Posibles influencias en otras crónicas Pocas páginas más atrás, nos hemos referido ya a la relación y al paralelismo que se produce entre las cartas de don Pedro de Valdivia y la composición de Jerónimo de Vivar, cuando tratábamos la tesis lanzada por Barros Arana a propósito de la posible identificación de nuestro autor con Juan de Cardeña, el secretario de Valdivia, paralelismo que hizo pensar a algunos historiadores que una misma mano podía haber sido la autora de ambos documentos. También hemos repasado después las facilidades que pudo encontrar el burgalés para consultar los archivos epistolares del gobernador y cómo los errores advertidos, especialmente en las dataciones, abrían la especulación al posible empleo de resúmenes o copias de las cartas mencionadas, y señalábamos que quizás fuesen éstos los traslados que cita cuando menciona el origen de las fuentes sobre las que se asienta la autoridad de su obra: ... puesto que parte de ella me trasladaron sin yo verlo ni sabello...; a los que habría que añadir la propia experiencia del autor: ... lo que yo por mis ojos vi y por mis pies anduve...; integrada por aquellos relatos en los que aparece su persona y aquellos capítulos que debieron de figurar como parte de la descripción de la tierra. A este conjunto se le sumarían los sucesos que le fueron relatados de viva voz por sus protagonistas, los cuales suelen carecer, en general, del rigor y de la precisión necesarios. Si éstas son las principales fuentes en las que bebió Vivar, vamos a intentar dilucidar ahora si él a su vez sirvió de manantial para posteriores cronistas y muy especialmente para dos de los escritores de mayor renombre de las letras castellanas en Chile durante los siglos XVI y XVII. Nos referimos naturalmente a Ercilla y Rosales, ambos madrileños pero de muy distinta andadura en suelo chileno y cuyas producciones se enmarcan en géneros también muy dispares. Don Alonso de Ercilla y Zúñiga desembarca en la ciudad de los Reyes a mediados del año 1556, formando parte del lucido séquito que acompañaba al recién nombrado virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, en cuya flota viajaba también Jerónimo de Alderete como gobernador de Chile. Poco importa ahora para nuestro intento saber si Ercilla iba destinado desde la Península a las tropas chilenas o no, lo cierto es que muerto prematuramente Alderete durante la travesía antes de llegar a su destino -en la isla de Taboga cercana a Panamá- es elegido para sustituirle el primogénito del virrey, don García Hurtado de Mendoza, a quien acompaña nuestro poeta en la expedición que parte hacia las tierras mapuches en los primeros días del mes de febrero de 1557. Llegados a la Concepción e iniciadas las operaciones militares, Ercilla permanece en campaña hasta finales del año siguiente, en que es desterrado al Perú a causa de un desgraciado lance ocurrido ante el joven gobernador, por lo que pasa a la ciudad de los Reyes, donde con toda seguridad le encontramos en los primeros meses del año 1559. Un año y medio en las guerras araucanas bastaría a Alonso de Ercilla para inmortalizar su nombre entre los poetas épicos más importantes de nuestra literatura. En esta breve síntesis de la experiencia chilena de don Alonso, podemos comprobar la coincidencia de fechas que se produce entre él y Jerónimo de Vivar en el mismo escenario. No se hace entonces muy difícil imaginar que, vinculados por su mutua inquietud hacia las letras, el antiguo paje de Felipe II tuviese noticias de la obra que por aquellos mismos días finalizaba nuestro autor, y quizás en los últimos meses de 1558 pudiera haber producido un encuentro entre ambos personajes. Otra oportunidad mucho más probable se produce durante la estancia del cronista en Lima, a donde acude como hemos visto en defensa de Francisco de Villagrán. Ercilla, en desgracia en aquellos instantes, se vería lógicamente atraído por su trayectoria y su situación personal a frecuentar la compañía de los veteranos chilenos presentes en la capital del virreinato, de los que obtenía información para su composición, y es entonces cuando debió de conocer a nuestro escritor y cuando tuvo la ocasión de leer el manuscrito de Vivar e incluso de conseguir alguna copia del mismo o de los papeles utilizados por aquél. No es descabellado pensar, llegados a este punto, que de haberse producido esta relación personal, Ercilla, por su pasada vinculación con el monarca, se presentaba como la persona idónea para introducir en la corte el manuscrito dedicado al príncipe Carlos. Las afinidades, concomitancias e igualdades entre uno y otro han sido bien estudiadas y puestas de manifiesto entre otros por el profesor chileno Mario Orellana Rodríguez25, gran amante y conocedor de la figura y de la obra de Vivar, quien afirma: Para nosotros, estas y otras semejanzas en los dos relatos son mucho más que similitudes accidentales, producto de la repetición fantasiosa de los conquistadores26. Lo que le lleva a resaltar el valor histórico de La Araucana, tantas veces discutido y puesto en duda: Gracias al cronista burgalés, La Araucana puede ser considerada como una obra histórica, además de su condición de poema épico27. Totalmente distinta de cuanto acabamos de referir es la historia del padre Diego de Rosales. Nacido con el despuntar del siglo XVII, en 1601, es destinado al Perú siendo aún novicio de la Compañía de Jesús, de donde pasa a Chile en 1629 para no abandonar jamás tan magnífica y espléndida tierra. Provincial en dos ocasiones de su orden y viajero infatigable, le debemos una Historia General del Reino de Chile28, que constituye, sin exageración alguna, una de las mayores cumbres de la prosa castellana en aquel reino durante la etapa española. Inédita hasta el año de 1877, en que el polifacético y polémico Vicuña Mackenna consigue, tras truculentas peripecias, sacar el manuscrito de Europa y publicarlo, no alcanzó nunca la fama y la influencia de los metros ercillescos, siguiendo por lo tanto un rumbo bastante parecido a la obra de Jerónimo de Vivar. Como ésta, gran parte de la labor del jesuita se centra en los aborígenes, la flora y la fauna, pues no debemos de olvidar su excelente conocimiento del país y su nada desdeñable experiencia misionera, que le permitía predicar a las tribus mapuches en su propia lengua, facilitándole por tanto el acercamiento a la cultura indígena. Además de su propia experiencia, Rosales utilizó una valiosa y abundante documentación, entre la que se encontraba el manuscrito de Jerónimo de Vivar, bien formando parte de los papeles reunidos por el gobernador Luis Fernández de Córdoba, o bien dentro de los fondos acopiados por otros cronistas consultados por aquél. De tal forma, que antes de conocerse el texto de Vivar, Thayer Ojeda le achacaba a su ascendiente los errores contenidos en la Historia General29. También en esta ocasión ha sido el profesor Mario Orellana Rodríguez una de las personas interesadas en desvelar las semejanzas y equivalencias de ambas producciones, y recientemente, en los últimos meses de 1986, tuvimos la oportunidad de leer un estudio preparado para su publicación que muy generosa y amablemente el mismo antropólogo chileno nos facilitó, en el que se ponían de relieve las relaciones existentes entre estos dos autores.
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Prebendas, historias y burócratas Si bien hemos despejado algunas de las incógnitas que giran en torno al manuscrito, aún nos quedan tres interrogantes: ¿quién escribió el fragmento? ¿qué motivación le guiaba? ¿cuándo se redactó la relación? Respecto a la primera pregunta, las inferencias que se deducen del documento invitan a suponer que el cronista era una persona cultivada, muy cristiana y buena conocedora de la psiquis humana; una persona que, además, gozaba de una mente tomista y de una gran sutileza. En la Nueva España, estos rasgos caracteriológicos se pueden aplicar bien a un funcionario mestizo, bien a un español perteneciente al estamento religioso. La deducción --un tanto osada, he de reconocerlo-- proporciona un punto de partida para especular sobre las motivaciones de la obra. En principio, el hecho que un castellano aficionado a las antigüedades nativas tomara apuntes de una historia nada tiene de extraño. De hecho, la historiografía novohispana empleaba el sistema de forma habitual. Ahora bien, la loable postura indigenista de las órdenes misioneras propiciaba que los frailes escritores diesen más crédito al relato indígena de la conquista que al discurso castellano, Fray Diego Durán ofrece un magnífico ejemplo de esta credulidad acrítica: Lo cual, si esta historia no me lo dijera, ni viera la pintura que lo certificara, me hiciera dificultoso de creer, pero como estoy obligado a poner lo que los autores por quien me rijo en esta historia me dicen y escriben y pintan, pongo lo que se halla escrito y pintado. Y porque no me arguyesen de que pongo cosas de que no hay tal noticia, ni los conquistadores tal dejaron dicho ni escrito, pues es común opinión que Motecuhzoma murió de una pedrada, lo torné a preguntar y satisfacerme, porfiando con los autores que los indios lo mataron de aquella pedrada. Dicen la pedrada no haber sido nada, ni haberle hecho mucho daño, y que en realidad de verdad, le hallaron muerto a puñaladas y la pedrada ya casi sana en la mollera24. Igual fe de carbonero muestran los historiadores mestizos25. Sin embargo, el trasunto que aquí nos interesa rompe la tónica general. La meticulosa y rígida revisión indica que el compilador pensaba en el lector metropolitano cuando releyó la copia. Un lector sui generis, cabe añadir, pues aunque aborrecía el vicio de la lectura, como la mayoría de los ibéricos, se veía en la obligación de ojear plumbeos mamotretos por razones profesionales. Dicho con otras palabras, las Noticias constituían la base de un documento que, sin duda alguna, alguien pretendía presentar al Consejo de Indias. ¿Quién? Evidentemente, algún miembro de la casa real tetzcocana con el objeto de obtener alguna merced. ¿Y qué podía pretender un cacique indio del Serenísimo Carlos? Únicamente dos estímulos incitarían a un orgulloso acolhua a iniciar los complejos trámites burocráticos: la concesión de un escudo de armas, recompensa que le equiparaba a la nobleza de Castila, o prosaicas demandas monetarias. En ambos casos, los funcionarios exigían un gran número de informaciones. Don Hernando Pimentel, hijo de Coanacotzin, no fue la excepción de la regla. Primero pidió un escudo heráldico; después, obtenido éste, sus demandas adquirieron un matiz financiero. En 1557, el César, tras examinar la relación histórica enviada por don Hernando y sus hermanos, ordenaba que se restituyera al linaje acolhua las ciudades de Tepepulco y Coatepec26. Ahora bien, para desgracia y desesperación del clan Pimentel los trámites se demoraron. El 14 de julio del año siguiente, una real cédula, fechada en la ciudad del Tormes, pedía a la real audiencia que abriera una información para corroborar lo alegado por Pimentel27. A la vista de lo expuesto, no resulta nada extraño que los documentos a exhibir se examinasen con lupa. Sólo un estulto o un ingenuo esperaría obtener una recompensa presentando una relación de méritos y servicios que no sólo criticaba a los encargados de conceder la prebenda, sino que, para mayor inri, loaba la actuación de la oveja negra de la familia. Queda por despejar la tercera de las incógnitas. ¿Cuándo se compuso las Noticias? Aunque el documento no proporciona ninguna evidencia para fijar su fecha de redacción, un somero examen de las disposiciones legislativas referentes al antiguo señorío de Nezahualpilli induce a suponer que el manuscrito se escribió a mediados del siglo XVI28.
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Primeras noticias del manuscrito Las referencias iniciales de la obra de Jerónimo de Vivar que poseemos, se las debemos al célebre cronista mayor de Indias Antonio de León Pinelo, bibliógrafo y jurista, quien publicara en Madrid, en 1629, su conocida obra Epítome de la biblioteca oriental i occidental, náutica i jeográfica9, reeditada recientemente en 1982 por la Universidad de Barcelona en edición facsimilar10. En ella, en contra de lo que escribiera el profesor Demetrio Ramos11, figura citado nuestro autor en el título IX de la Bibliotheca Occidental, dedicado a las Historias del Reino de Chile12. Un año después, en 1630, en otra publicación distinta, de contenido jurídico, el Tratado de confirmaciones reales13, en una cita en el margen izquierdo y no a pie de página, el mismo León Pinelo nos informa textualmente: Gerónimo de Bivar, historia de Chile manuscrita, cap. 11014. Esta exacta noticia bibliográfica con la mención expresa de uno de los capítulos, el ciento diez, la recoge don Antonio a propósito de la jornada que realizara el capitán de Pedro de Valdivia, Francisco de Villagrán, atravesando la provincia de Tucumán por expreso deseo del gobernador chileno y autorización del presidente Pedro de La Gasca, que figura en la crónica del burgalés narrada en el mencionado capítulo, y que paradójicamente constituye uno de los relatos menos consistentes del manuscrito, ya que probablemente le fue referido a Vivar por alguno de los participantes en dicha expedición. Estas referencias de Antonio de León Pinelo, que sin lugar a dudas tuvo el manuscrito en sus manos, o al menos una buena copia del mismo, serían recogidas en el último tercio del mismo siglo XVII por otro gran bibliógrafo, el erudito sevillano Nicolás Antonio, autor de la más vasta obra dedicada al conocimiento de los libros y de las letras hispanas, la Bibliotheca Hispana. Este escritor, en el tomo I de su Bibliotheca Hispana Nova, recoge literalmente: Hieronymus de Bivar, scripsisse dicitur: Chronica del Reyno de Chile: Ms. adhuc, teste Antonio Leonio in Bibliotheca Indica, tit. IX15. Lo que nos hace pensar que ya Nicolás Antonio no conoció el original. Nuevas noticias Después de estas escuetas informaciones bibliográficas, se pierde cualquier otra nueva noticia y han de pasar casi trescientos largos años, hasta que en nuestra centuria, en plena guerra civil española, el historiador y arqueólogo levantino don José Chocomeli Galán adquiera un conjunto de volúmenes y libros antiguos, entre los cuales al parecer se encontraba nuestro manuscrito, que equivocadamente el comprador atribuyó entonces a la conquista del Perú, quizás guiado por el contenido de las primeras hojas, dedicadas al papel jugado por Pedro de Valdivia en la guerra de las Salinas. Instalado el gobierno republicano en la capital española y en la región levantina, don José opta por trasladarse al vecino país, transportando consigo los añejos folios adquiridos, que, consciente del valor de los mismos, fueron encomendados a las seguras arcas de un generoso banco francés. Finalizada la contienda civil española y a la espera de ver terminada la subsiguiente conflagración mundial que envolvía por aquellos años a la nación gala para intentar recuperar sus depósitos y pertenencias, el señor Chocomeli confía la existencia del manuscrito al catedrático Demetrio Ramos, sabedor de los afanes americanistas de éste, al que facilita en una entrevista posterior una fotocopia de la última hoja del preciado tesoro. Fallecido su propietario, el profesor Ramos se anima a publicar una breve reseña en la Revista de Indias16, solicitando el retorno del manuscrito a su lugar de origen, es decir a España, a la vez que analizaba la reproducción que tenía en sus manos. Erróneamente en su corto estudio el profesor Ramos juzgó en esta ocasión que se trataba de una relación de los hechos de don García Hurtado de Mendoza, consecuencia hasta cierto punto lógica si pensamos que disponía únicamente de la última página, centrada en las acciones militares de dicho personaje. Lo que en realidad por aquellas fechas se desconocía era que, desaparecido don José Chocomeli Galán, la firma suiza Nicolás Rauch, establecida en Ginebra, adjudicaba en subasta a la sociedad Kenneth Nebenzahl la propiedad del manuscrito, no sabemos con qué derechos y por qué caminos, para ser traspasado con posterioridad a The Newberry Library de Chicago, Illinois, actual poseedora del mismo. La cual, como tendremos oportunidad de mencionar en otro apartado, hizo posible la primera edición y con ella su conocimiento y difusión. No es ésta la ocasión de analizar aquí las posibles negligencias cometidas en un tiempo pasado y revuelto de nuestra historia, que impiden tener hoy entre nosotros una obra que ya pertenecía al patrimonio histórico español en el momento de su adquisición por parte del arqueólogo levantino, pero sí debemos de llamar la atención sobre hechos tan lamentables que aún en nuestros días se siguen produciendo con mayor frecuencia de la que sería de desear.
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Proceso y dialéctica de la aculturación De algún modo, este proceso de aculturación tuvo su dialéctica, y ésta se configuró en torno del desarrollo de confrontaciones sociales e ideológicas. El mero enfrentamiento físico entre españoles y grupos indígenas cabe entenderlo como una realidad de conquista y de pacificación, pero nunca se dio una solución institucional fuera de las asunciones culturales e ideológicas, en cuanto éstas eran la condición para la implantación del Cristianismo. No sólo se trataba de vencer, sino que también era necesario convencer. A veces era indispensable negociar y pactar, evitar en suma la lucha frontal bélica, y en otras esto último, y en función de las capacidades de resistencia indígena se adoptaba la solución de conquista y ocupación. Estas fueron alternativas que se dieron con frecuencia y simultáneamente, pero en cualquier caso, la institucionalización de la cultura española, de sus organizaciones y de su ideología requería la implantación de sus propios grupos étnicos, y en especial la difusión del Cristianismo implicaba la presencia directa de los misioneros. Estos estuvieron mayormente orientados por el propósito de transformar la ideología religiosa indígena, pero también, y como resultado de su convivencia con los grupos nativos, los aculturaban en otros aspectos como, por ejemplo, los elementos de la tecnología, la organización social, cultígenos, animales, ciencia y conocimiento. La entrada de tales elementos podía hacerse a través de la observación, de la imitación, e incluso de la misma integración de los indígenas entre los españoles. Sin embargo, desde la perspectiva de la difusión primera del Cristianismo, la aculturación suponía el dominio de los lenguajes indígenas por parte de los frailes y el entrenamiento de éstos en el uso del castellano, especialmente los más jóvenes. Si tenemos en cuenta estas circunstancias, la aculturación ideológica y religiosa constituyó desde el comienzo una dialéctica de contrastaciones filosóficas cuando se trataba de convencer a las jerarquías sacerdotales indígenas y a los jefes civiles de éstos; mientras que cuando se ejercía esta actividad directamente entre las masas, era conveniente, y así se hizo poco tiempo después de su llegada por los frailes, la predicación del Evangelio. Por añadidura, éstas serían dialécticas de diferentes niveles, ya que mientras las jerarquías y clases altas dominaban el ejercicio de la palabra filosófica y usaban el argumento complejo, especulativo, las masas sociales de base aparecían más susceptibles a la predicación y la demostración magicorritual. Por extensión, entonces, el proceso de aculturación no sólo fue una dialéctica entre españoles ##civiles y misioneros## e indígenas, sino que una vez implantado el Cristianismo en una parte de la población nativa, se inició el enfrentamiento entre los mismos indígenas, generalmente entre bautizados y los que para aquel entonces todavía no lo estaban, y asimismo entre generaciones viejas y generaciones jóvenes. En este sentido, Motolinia señala que gran parte de la resistencia que ofrecieron muchos grupos indígenas al Cristianismo y a los españoles era el resultado de la convicción que tenían de que los españoles permanecerían poco tiempo en México, pues en realidad les parecía que estaban de paso y que en poco tiempo abandonarían aquellas tierras. Esta idea permaneció, sobre todo, en los primeros años, mientras que, por otra parte, los sacerdotes nativos solían instigar la resistencia contra los frailes, y señalaban a sus masas de fieles que todas las desgracias que ocurrían cabía atribuirlas a la difusión del mismo Cristianismo y al hecho de que sus dioses ancestrales estaban irritados por las conversiones y por los bautismos que se estaban prodigando. Las situaciones primeras fueron dramáticas, en varios sentidos. Por una parte, a las hambres que sucedieron inmediatamente después de la Conquista por abandono de los campos, bajas demográficas, dispersiones indígenas y desorganización social, se dieron también inundaciones y sequías que fácilmente podían extrapolarse y atribuirlas a la dicha irritación de los dioses míticos que, en este caso, tomaban venganza colectiva contra quienes abandonaban su devoción. Fundamentalmente, fueron tiempos de agobio que simultaneaban con grandes inundaciones en 1528. En esta incidencia, los frailes llevaron a cabo procesiones multitudinarias, y las lluvias cesaron. Con este resultado, y al frente de ellas con la cruz y con imágenes católicas, las masas indígenas instituyeron la costumbre de las procesiones como forma de conciliarse con la divinidad, y al entenderse estos buenos resultados como debidos a la mayor fuerza de los dioses (santos) cristianos, éstos triunfaron sobre los nativos y fueron adoptados. Además del crédito espiritual y moral dado por los indígenas a los frailes, pronto éstos fueron solicitados por las masas indígenas para que se les bautizara cuanto antes, y en muchos casos, quienes más influyeron en la petición de misioneros para sus comunidades fueron algunos señores tribales y locales que, previamente, habían sido bautizados y atraídos a la fe católica. Es notoria, por otra parte, la influencia de los frailes en la erradicación de la esclavitud prehispánica y de la que ejercían muchos españoles. En tales extremos, Motolinia informa cómo los frailes obligaban a ambos grupos a que restituyeran a la libertad a sus esclavos. Esto causaba agradecimientos entre las masas indígenas, ciertamente asombradas del poder que ejercían los frailes sobre los que en aquel entonces actuaban como señores de la tierra. En el terreno de las conversiones, los indígenas comenzaron a tener visiones y revelaciones ajustadas a la nueva cognición religiosa, y otros muchos se acercaban a los frailes para anunciarles curaciones de enfermedades a partir de haber invocado la protección de Cristo o de la Virgen María. El proceso de cristianización fue, pues, relativamente rápido. La cruz, asimismo, se convirtió en un medio terapéutico, pues los indígenas acudían a ella para sanarse, y en tal extremo muy pronto este signo se convirtió en vehículo de adoración, y en todas partes se llegaban los nativos a encontrar en la cruz alivio a su males, hasta el punto de que, en muchos casos, declaraban a los frailes el haber tenido visiones y sueños terapéuticos relacionados con su evocación. Por lo demás, los frailes se manifestaban indulgentes con las masas indígenas y duros con el poder civil y militar. Mientras, y al mismo tiempo, acudían flexibles a buscar el favor de las autoridades políticas. Su actividad era fanáticamente religiosa en sus convicciones, tanto como se manifestaban austeros y sencillos en sus modos de vivir. Desde luego, eran muy flexibles en cuanto a su capacidad de adaptación, pues los sermones, nos dice Motolinia, se ajustaban en sus contenidos a los tipos de audiencia con que trataban. Por eso, tanto en su lenguaje como en sus actuaciones, los frailes entendieron muy pronto cuáles debían ser las tácticas a emplear para lograr la conversión de los indígenas. Los hijos de los señores fueron reclutados enseguida para ser enseñados en la doctrina cristiana y las humanidades, y sobre la base de conocer el poder político de sus padres, los frailes utilizaron a los hijos de éstos con ventaja. Así, por ejemplo, dado el ascendiente que los linajes de estos jóvenes tenían sobre las poblaciones indígenas, no sólo se bautizaron, sino que se convirtieron en agentes de la aculturación de sus propios vasallos, llegando incluso a enfrentarse con sus propios padres, basándose para ello en actos de afirmación de fe en el Cristianismo. Muchos de estos jóvenes hijos de caciques misionaron en diferentes partes de México y descubrían a los frailes las idolatrías, mientras coadyuvaban a la destrucción de imágenes indias. Hay casos, incluso, de causar la muerte de sacerdotes indígenas porque les increpaban por estar al servicio de otro dios. Las segundas generaciones fueron el medio principal de cristianización utilizado por los frailes, y así a medida que éstos iban bautizando, movilizaban a los indígenas para la edificación de iglesias. Como señala Motolinia, las iglesias se edificaron con las mismas piedras que antes sirvieron para construir los teocalli o templos indígenas. Cuando esto ocurría, los frailes ya sabían hablar lenguas indígenas y ya habían educado primeras generaciones de muchachos pertenecientes a la nobleza nativa. Al hacerlo así, pronto consiguieron que las bases sociales indígenas comenzaran a desobedecer a sus señores tradicionales, y debido a la presión que ejercían los frailes sobre estos últimos, redujeron a una décima parte el número de servidores que se obligaban habitualmente a ser sus criados. La religión católica fue inteligentemente adaptada a las costumbres indígenas. Generalmente, en sus ceremonias éstos practicaban el canto, y así, al advertir esta inclinación, los frailes enseñaron a los indígenas las oraciones cantadas en idioma náhuatl. Esto se hizo con el Padrenuestro, el Avemaría, el Credo, la Salve y otras oraciones a las que los mismos indígenas ponían música, y lo mismo hicieron con los Mandamientos. A este fin, Motolinia describe cómo eran cantadas con gran entusiasmo estas oraciones y cómo a ellas dedicaban hasta cuatro horas diarias de su tiempo. Dicho entusiasmo llevaba a los indígenas a cantar las oraciones fuera de la misma misa, y como relata Motolinia, los niños se revelaron los más animosos en las demostraciones de los Mandamientos. Había, sin embargo, cierta tendencia por parte de los indígenas a reiterar ciertas celebraciones tradicionales, sobre todo las de siembra y cosecha, así como aquellas que tenían un carácter festivo y que se hallaban insertas en su calendario. Estas eran celebraciones difíciles de extinguir porque pertenecían a una tradición profundamente arraigada. Empero, los frailes supieron convertirlas en fiestas cristianas basadas en el sincretismo de los símbolos, más que de los signos. Incluso es cierto que debajo de una cruz cristiana era frecuente que los indígenas escondieran ídolos ancestrales, y como consecuencia, los frailes encontraban que los indígenas realizaban una doble religión. Por ello, los misioneros se veían obligados a contrarrestar estas tendencias usando de artificios dialécticos, tales como atribuir el fracaso de una cosecha al hecho de esconder ídolos enterrándolos bajo la cruz. En este sentido, si los indígenas atribuían doble fuerza mágica a la cruz combinada con ídolos ocultos debajo de ella, y si la cruz actuaba como protectora simbólica de dichos ídolos, al mismo tiempo los frailes procuraban confundir estas creencias indígenas relativas a la doble fuerza mágicamente obtenida, introduciéndolos a la sencillez de los sacramentos. Cuenta Motolinia que con la introducción de los sacramentos, los indios cesaron de tener visiones, y a partir de imponerse aquéllos, aumentaron también las capillas al aire libre porque los indígenas constituían auténticas muchedumbres en los templos, hasta rebosarlos. La religiosidad católica penetró con gran fuerza entre los azteca, y a este respecto Motolinia dice que era tanta la fe que demostraban aquéllos, que para hacerla más profundamente propia los indígenas se herían para de este modo conseguir que les entrara simbólicamente en su seno. De hecho, los indígenas repetían, por lo menos, algunas costumbres prehispánicas formales como, por ejemplo, la tradición de celebrar ritos a medianoche y lavarse ##recordando actos de purificación## con agua caliente y ají después de la liturgia. En esta línea, el proceso de aculturación se fue ampliando desde una base ideológica a la línea de la organización social. Así, Motolinia describe cómo cuando se conseguían cristianizaciones en escala suficiente, se procedía a la organización de cofradías, pues éstas no sólo reforzaban la fe, sino que provocaban la solidaridad en torno a una advocación, por ejemplo, la de Nuestra Señora de la Encarnación. Asimismo, y en un contexto de profundización religiosa, los frailes instituyeron los Autos Sacramentales, piezas teatrales en las que representaban el drama de Adán y Eva en el Paraíso, con el pecado y el destierro de los protagonistas como punto de referencia, y por añadidura el Auto de la Conquista de Jerusalén. Cuenta Motolinia que en 1540 habíanse edificado ya 40 iglesias, y que éstas habían sido posibles gracias a que cinco años después de la Conquista los hijos de los señores indígenas habían establecido una colaboración con los frailes, incluso cuando los mismos padres continuaban siendo devotos de su propia religión. Cumplidas las primeras presentaciones públicas de los frailes, y obtenidas sus demostraciones de fuerza espiritual, se multiplicaron sus bautismos, de manera que en 1536, con unos 60 sacerdotes actuando sobre el territorio mexicano se habían alcanzado unos cinco millones de conversiones, mientras que en 1540, y según estimaciones de Motolinia, el número de bautizados alcanzaba la cifra de 15 millones. No hay duda de que los franciscanos no fueron la única orden misionera que actuó en México, pues si éstos llegaron a México en 1524, después, en 1526, lo hicieron los dominicos, y en 1533 los agustinos. En 1526 se instituyeron ya en México la confesión y la penitencia católicas, y en este momento y debido a que los frailes no entendían bien de lenguas indígenas, éstos traían escritos sus pecados en códices que permitían entender claramente de qué se trataba. Estas campañas de cristianización incrementaban la demanda de misiones, hasta el extremo de que en 1540, año importante en la historia misionera, dice Motolinia que en Tehuacán pudieron concentrarse una multitud constituida por 12 naciones y 11 lenguas diferentes. Ya en este tiempo los frailes introdujeron en México la costumbre de la limosna, en tanto, pensaban, ésta permitía obligar a los más ricos a distribuir riqueza entre los más pobres. En conexión con este elemento, y mientras tanto, los frailes influyeron en instituir el testamento como forma de transmitir la herencia, pues hasta dicho momento se legaba por simple costumbre automática según el orden de nacimiento. Simultáneamente, esta nueva costumbre obligaba a reconstruir las obligaciones matrimoniales, pues no sólo se repudió la poliginia y se formalizó la unión conyugal monógama (1526), sino que también tuvieron que manifestarse readaptaciones en las distribuciones de herencia, de manera que si en un tiempo la ley mantenía una clara influencia civil, ahora tenía la religiosa. Aunque las visiones demoníacas constituían experiencias oníricas habituales entre los indígenas en la época prehispánica, en tiempos de un Motolinia ya maduro, dichas visiones tenían lugar con imágenes y figuras de ángeles por cuyas manos los indios eran conducidos al ciclo. En otros casos, y dada la capacidad visionaria de los indígenas, Motolinia menciona que en el acto de tomar la hostia se imaginaban un Niño Jesús resplandeciente, y a los frailes los veían como si llevaran puesta una corona de oro sobre la cabeza. Al mismo tiempo, el Cristo adulto era figurado como la llama certera de un gran fuego. Sin embargo, no todas las visiones tenían este carácter placentero, pues también cuenta Motolinia que los indígenas mencionaban terrores nocturnos basados en apariciones terribles de negros que actuaban contra ellos. Para quitarse estos terrores los indígenas utilizaban el nombre de Jesús invocándolo tres veces, y convencidos de su poder taumatúrgico pintaban, esculpían y reverenciaban su imagen dondequiera, mientras también lo rodeaban de rosas en actos de gran belleza y esteticismo ritual. La profusión del Cristianismo fue como un prendimiento colectivo, y a este tenor los frailes fueron considerados enviados directos de Cristo. En este sentido, eran adorados por los indígenas y sus pertenencias conquistaron muy pronto un sitio en las magias indígenas. Por ejemplo, eran muy solicitados los cordones de los cinturones frailunos por creer que poseían propiedades curativas. Por eso, entonces, la dialéctica de este proceso contado por Motolinia fue singularmente espiritual, y aunque éste sería el núcleo de la Historia de Motolinia, no obstante se ajusta al hecho de que la relación de los españoles con los indígenas representó cambios decisivos en la vida social, económica, tecnológica e institucional indígena. En gran manera, los indígenas empezaron a contar según el calendario cristiano, esto es, de acuerdo con el nacimiento de Cristo. Asimismo sembraron nuevos cultígenos, trigo, frutales, legumbres, verduras, aprendieron a edificar con nuevos materiales, usaron animales de tiro y de monta, comenzaron a luchar contra los peligrosos tigres de la región con perros traídos expresamente de España, aumentaron la productividad económica, se aficionaron al transporte en carreteras, y enseñaron a leer, escribir, oficios, canto y música a muchachos escogidos inicialmente por su condición de clase y como parte de sus estrategias de penetración entre los indígenas. Al mismo tiempo, los frailes enseñaron nuevos oficios a los indígenas, entre otros, la pintura, el batimiento de oro, la curtiduría, la fundición, la platería, la herrería, la sastrería, la zapatería, la carpintería y la albañilería. Estas diferentes funciones fueron divulgadas, básicamente, por los frailes. Motolinia observó los procesos de esta aculturación y las condiciones en que ésta se produjo. El contexto es, como dijimos, extremadamente dialéctico. Algunos dirían que es apasionante. Nosotros nos limitamos a indicarte al lector de esta obra que Motolinia representa ser uno de los más directos testigos de este proceso. En cierto modo, cabría añadir que Motolinia es ya un clásico, generalmente poco leído, excepto por los historiadores, y sin embargo debiéramos ampliar nuestro convencimiento de que la fuerza y verdad de su relato invitan a considerarlo como una de las fuentes de la historia mexicana más importante con que contamos. Y sobre todo, y especialmente, si dijimos que esta Historia abarca dos momentos, el prehispánico y el que llega hasta el tercer cuarto del siglo XVI, también debemos añadir que como protagonista de la segunda parte, Motolinia debe ser considerado como uno de los más ilustres decidores de historias de este tiempo. El lector encontrará justificadas las palabras y las advertencias de Motolinia cuando decía: sin los misioneros España probablemente no hubiera permanecido ni fructificado en las Indias. Claudio Esteva Fabregat Junio de 1985
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Pedro Sarmiento de Gamboa fue un hombre con permanente avidez por saber. En sus escritos abundan las referencias a otros cronistas sobre los que pone de manifiesto un conocimiento más que notable. Así, cuando en el libro de bitácora anota que esta noche vimos un arco que llaman los filósofos Iris blanco, en contraposición de la luna que se iba a poner y de la reciprocidad de sus rayos, que por antiperístasis herían en las nubes opuestas.... añade tras esa científica descripción: Cosa es tan rara que ni la he visto otra vez, ni oído ni leído que otra persona la baya visto tal como éste, sino en la relación de Alberico Vespucio, que dice en el año de 1501 haber visto otro como éste. Es decir, cuanto parece insólito es sometido por Sarmiento al tamiz de su memoria y de su entendimiento --de la razón, en suma--. Atemperaba nuestro hombre las leyendas, que también existían en relación con las tierras australes que reconoció. Y fue de los pocos que no elevó lo no corriente al nivel de lo extraordinario. Con Sarmiento se derrumban, por ejemplo, las fábulas relativas a la existencia de gigantes en el extremo sur americano. Y no porque no los viera: los buscó y los encontró. Pero no le parecieron gigantes, sino, simplemente, hombres crecidos de miembros. Cuando, al norte de la punta que llamó de San Antonio, entablaron sus hombres contacto con los indios, se observaron en la costa de enfrente --la Tierra de Fuego-- humos que ahuyentaron a los indígenas. Dijeron éstos que en aquella orilla vivían unos gigantes muy poderosos con quienes tenían guerra. Sarmiento, lector infatigable, debió recordar lo que respecto de estos seres escribieron Pigafetta, Cieza de León, Fernández de Oviedo o Gómara. Que, para emprender su viaje, se asesoró leyendo lo que otros aventureros australes escribieron, es seguro: como ejemplo de este aserto, ahí está la cita que hace de Vespucio, y que acabamos de transcribir. En esta relación, es parco Sarmiento en recuerdos hacia otros, porque quiere presentarse ante el rey --humana debilidad-- como el nuevo e indiscutible descubridor--por eso propone un nuevo nombre para el Estrecho-- de las tierras y mares del austro americano. Espoleada su inquietud científica, quiso ver de cerca aquellos indios de tamaño desmesurado, poniendo rumbo hacia el litoral fueguino y desembarcando en una bahía que recibió el elocuente nombre de Bahía de Gente Grande, aún vigente. Efectivamente, los hombres que allí se hallaban eran de una talla muy superior a la de los españoles. Pero en ningún momento, Sarmiento --que era, por cierto, de baja estatura--, los considera gigantes. Se asombrará, sí, de su fuerza hercúlea (diez de sus hombres, a uno de ellos, apenas le podían tener), y anotará, objetivamente, sus nada corrientes características físicas. Pero no cayó en la exageración, que en relación con el factor humano magallánico fue vicio de tantos exploradores del siglo XVI, del XVII y aun del XVIII, la centuria de las luces. No fue, pues, nuestro hombre quien originó la leyenda que, sumándose a tantas otras fábulas americanas, refería la existencia de gigantes en las tierras australes del Nuevo Mundo. Gigantes, por cierto, para que la fantasía fuese completa, que habitaban una ciudad suntuosa visible entre dos elevaciones del terreno. Veamos cómo describe Sarmiento aquella insólita urbe: Descubrimos unos grandes llanos entre dos lomas muy apacibles a la vista y de muy linda verdura, como sementeras, donde vimos mucha cantidad de bultos como casas, que creímos ser casas y pueblos de aquella gente. Testigo de una visión fugaz, sencillamente, con intelectual prudencia, da Sarmiento cuenta de ella. Ni gigantes, ni ciudades fabulosas. Unas décadas más tarde, Leonardo de Argensola, más imaginativo que el descubridor, se hará eco de las leyendas que este encuentro generó y que venían a ratificar las exageradas apreciaciones sobre la raza de gigantes hechas por Pigafetta en su relación de la primera vuelta al mundo. Sarmiento es, sin duda, el viajero que con mayor rigor describe a estos indígenas meridionales, no habiendo contribuido en absoluto a los inútiles tratados gigantológicos que tanto proliferaron en Europa desde el viaje de Magallanes hasta finales del siglo XVIII. Fue en efecto Pigafetta, el improvisado cronista del gran marino portugués, quien difundió el mito que a tantas mentes crédulas encandiló. De un patagón, dice Pigafetta, que este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura, y el propio traductor al francés del fantasioso relator, Carlos Amoretti, hombre de la Ilustración, lejos de tratar con cordura las exageraciones de aquél, procura testimonios que en las mismas abunden. Así, entre las opiniones al respecto de Byron, Wallis, Cook y Forster, y las más circunspectas de Winter, Narbourough y Bouganville, se queda con las de los primeros, menos ajustadas a razón. Aduce para ello que los habitantes de las costas más meridionales de América no son todos de gigantesca estatura, sino únicamente los individuos de algunas tribus tienen esa talla. Como no habitan siempre en el mismo sitio, ha sucedido que algunos navegantes no los vieron. Este razonamiento choca con el que hace Sarmiento en una relación posterior, señalando que el Río San Juan --en la península Brunswik-- es el límite entre dos pueblos de indios: los grandes y los pequeños. (Obsérvese que dice los grandes, no los gigantes.) Muchos cronistas de América se hicieron eco de las disparatadas referencias a los habitantes del sur del Nuevo Mundo: Fernández de Oviedo, en su Historia General y Natural de las Indias, dice que la costa a ambos lados del Estrecho de Magallanes está habitada por unos gigantes a los cuales llamaron patagones por sus grandes pies, que tienen una estatura de trece palmos, grandísima fuerza y son tan veloces en el correr como muy ligeros caballos o más. Por su parte, Cieza de León, con indisimulado escepticismo, en su Crónica del Perú comenta que porque en el Perú hay fama de los gigantes que vinieron a desembarcar a la Punta de Santa Elena, que es en los términos desta ciudad de Puerto Viejo, me paresció dar noticia de lo que oí dellos, según que yo lo entendí, sin mirar las opiniones del vulgo y sus dichos varios, que siempre engrandece las cosas más de lo que fueron. Gómara, en su Historia de las Indias, afirma que en el Perú hubo gigantes, porque fueron hallados huesos y calaveras con dientes de tres dedos en gordo y cuatro en largo. (Don Manuel Ballesteros, en notas 51 y 224 de su edición de la obra de Cieza --número cuatro de esta Colección-- aclara que los restos óseos que originaron tal mito peruano procedían de animales terciarios.) Y el autor de la Historia de las guerras civiles del Perú, Gutiérrez de Santa Clara, refiere la llegada de gigantes australes al reino de los incas, en período. prehispánico, durante el tiempo de Túpac Yupanqui, personaje al que prestó Sarmiento especial atención, pues fue el Inca viajero, protagonista de un fabuloso viaje por el Pacífico en el que descubrió dos ricas islas: Huanachumbi y Ninachumbi, hacia las que el marino-cronista se proyectaría, descubriendo, con Mendaña, el archipiélago de las Salomón. Es decir, Sarmiento, que con notable inquietud antropológica escudriñó las leyendas y tradiciones incaicas, supo seleccionar las que eran verosímiles, investigándolas por la vía de la práctica (consecuencia de tal actividad fue su primer viaje de descubrimiento). No se dejó deslumbrar, evidentemente, por la que refería la existencia de gigantes en las tierras magallánicas, pese a lo que sobre tan apasionante cuestión escribieron muchos narradores antes que él. El caso es que, ya en el siglo XVIII, continuaban tratadistas y exploradores exagerando y fantaseando en relación con los indígenas del extremo sur americano. El comandante Byron en su Diario del viaje alrededor del mundo --periplo en el que utilizó la Crónica de Sarmiento-- incluye gráficos en los que se compara la estatura de los patagones con la de los europeos: las rodillas de aquéllos llegaban a la cintura de éstos, que resultaban duplicados en talla por los gigantes indígenas. Considerando a estos dibujos reflejo de las realidad, los patagones podrían medir más de tres metros de altura. El propio Sarmiento, que tan cauto se mostró en sus descripciones sobre los gigantes meridionales, fue tergiversado, y así, el franciscano José Torrubia en su Aparato para la Historia Natural Española, publicado en 1754, recurre al descubridor para apoyar su tesis gigantológica, según la cual abundaron las razas de tamaño desmedido en varios puntos de América, incluida Nueva España. En cuanto a Byron, hizo caso omiso de las contenidas opiniones que, sobre el asunto, emitió el navegante español. Fue precisamente el traductor al castellano del viajero británico --el doctor Ortega-- quien, con una actitud crítica muy superior a la del que expresó en francés el Diario de Byron, sitúa la polémica en términos racionales, citando como ejemplo el veredicto de la Real Academia de la Historia respecto de una osamenta incompleta --presuntamente humana-- que, desde el virreinato del Río de la Plata, fue remitida a Madrid. Y acusa el investigador español al francés de recoger citas inciertas y novelas extravagantes, que injustamente atribuye a escritores españoles, para apoyar sus disparatadas teorías. El santacrucense --argentino patagónico-- Juan Hilarión Lenzi, en su Historia de Santa Cruz, magnífica obra que vio la luz en 1970, elegantemente, sin lanzar críticas en tal o cual dirección, o contra ésta o aquella época, pone a cada autor con opinión sobre el discutido tenia, en el lugar que le corresponde. Para los que exageraron, exhibe la atenuante de que los indígenas patagones, seguían impresionando como más altos de lo que eran en realidad. Pensando que la talla media de las primeras tripulaciones castellanas que navegaron las aguas magallánicas no iba mucho más allá del metro sesenta, y que la de los agigantados patagones era de 1,83 metros --según los rigurosos trabajos del naturalista chileno Enrique Ibar Sierra-- se explica el asombro de Pigafetta y de tantos otros observadores posteriores. Por eso, frente al mito, ampliamente difundido, cobra especial valor la figura de Pedro Sarmiento de Gamboa, que no se hizo portavoz de las fábulas --lo reconoce Hilarión Lenzi-- en sus veraces y concretas relaciones. Y en cambio, el que no se dejó impresionar por la leyenda, acabó siendo absorbido por la leyenda. Otro ensueño patagónico fue el de la encantada Ciudad de los Césares, surgida a orillas de un lago sereno y cristalino, y en la que --cuenta Hilarión Lenzi-- el oro y la plata, las gemas y perlas, expresiones mayúsculas de riqueza, abundaban tanto que aquellos eran utilizados para construir vasijas, cubiertos e instrumentos varios, de uso casero y aún de labranza. Era su población mestiza: Hombres blancos --sigue narrando el mismo autor-- habíanse casado con indias; mujeres blancas formaron hogar con varones autóctonos. Dos razas se fusionaron, equilibradamente, de modo tal que se mantuvieron intactos los valores prevalecientes de cada una. Ciudad pagana --en la que había un templo con campana de plata que nadie tañía-- asegurábase que fue fundada por los supervivientes de los desastres australes. Los de los naufragios de las naves de Simón de Alcazaba o de la flota del obispo de Plasencia; los que escaparon tras el ataque de los araucanos a Osorno; los perdidos compañeros de Alonso de Camargo... y los fugitivos --escribe Hilarión Lenzi-- de las ciudades efímeras, desventuradas, que fundó Sarmiento de Gamboa. Y aclara, poético, el historiador argentino: De esos restos misérrimos surgiría la idea de la ciudad que era portento de riqueza; del clamor de los moribundos nació la urbe en que el hombre alcanzaba la divina condición de la inmortalidad. Los vencidos por la naturaleza, los doblegados por las propias flaquezas, daban paso a la ostentosa Ciudad de los Césares, ricos, felices y triunfadores. Cuando Sarmiento escribió sus crónicas, ya bullía en muchas mentes la leyenda de la encantada ciudad austral. Él mismo, al establecer --durante el segundo de sus viajes al Estrecho-- contacto con un grupo de indios magallánicos, se vio sorprendido por una salutación, en castellano, que estos le hicieron: Paz, paz Jesús, María, Capitán. ¿Cómo conocían aquellos indígenas tan alejados de toda implantación española tales vocablos? Pudo el navegante haber supuesto una conexión entre ellos y alguna ciudad española meridional y no conocida. ¿Por qué no la de los Césares? En cambio, prudente y con rigor científico, extrae de su recuerdo las diversas hipótesis que pueden explicar el curioso fenómeno: y así, dice que pueden haberlas aprendido de un capitán Quirós de que hay noticia por Chile que está en esta tierra con sesenta hombres años ha. Y con sorprendente precisión, añade: También se lee en una relación impresa del viaje que hizo al Estrecho el Comendador Loaysa el año de 1526 en el capítulo VI, que yendo caminando en este Estrecho por la costa de la mar dél un clérigo llamado don Juan de Yrarza y otros tres compañeros a buscar la nao del general, se perdió uno de los compañeros llamado Juan Pérez de Yguerola (...), y pudo ser que los indios que estaban cerca guardasen el tal Juan Pérez y dél hayan aprendido estas palabras. Ni en esta crónica, ni en ninguna, aparece Sarmiento como vocero de lo fantástico. Sus juicios son siempre medidos, razonables, lógicos. Somete a crítica lo que ve y lo que oye, y tras ese proceso intelectual, emite su parecer. Su rigor frente a la leyenda otorga particular mérito a una destacada característica de su personalidad: su acendrado fervor religioso.
contexto
Sahagún en Nueva España Tras su llegada a México en 1529, como quedó ya dicho, se dedicó con todo ahínco a estudiar la lengua y la cultura del pueblo que había ido a evangelizar. Fue tal su éxito que al decir de Mendieta, y sus escritos lo prueban, "aprendió en breve la lengua mexicana, y súpola tan bien, que ninguno otro hasta hoy se le ha igualado en alcanzar los secretos de ella." (1971: 663). A diferencia de los conquistadores, quienes no mostraron gran inquietud por comprender la nueva realidad con que se encontraron, o incluso la misma Europa que durante, al menos, los primeros tres cuartos de siglo la ignoró, un gran número de misioneros, por diferentes razones, trataron de conocerla y sus escritos nos han dejado gran parte de la mejor documentación que se posee de la civilización prehispánica. Es precisamente en este aspecto donde la figura de Bernardino de Sahagún destaca como ninguna otra. Los primeros años de su estancia los pasó en los conventos de Tlalmanalco y Xochimilco, situados a poca distancia al sureste y sur respectivamente de México. Fue tal vez aquí donde Sahagún debió comenzar a tener sus dudas sobre la validez del optimismo expresado por sus hermanos de orden que le habían precedido en cuanto a la conversión de los habitantes de la Nueva España. En el "prólogo" a su Arte adivinatoria Sahagún recordará como: A todos nos fue dicho (como ya se había dicho a los padres dominicos) que esta gente había venido a la fe tan de veras, y estaban casi todos baptizados y tan enteros en la fe católica de la Iglesia Romana, que no había necesidad ninguna de predicar contra la idolatría, porque la tenían dejada ellos muy de veras. Tuvimos esta información por muy verdadera y milagrosa, porque en tan poco tiempo y con tan poca lengua y predicación y sin milagro alguno, tanta muchedumbre de gente se había convertido y unido al gremio de la Iglesia, y así dejamos las armas que traíamos muy afiladas para contra la idolatría, y del consejo y persuasión de estos padres comenzamos a predicar cosas morales acerca de los artículos de la fe y de los siete sacramentos de la Iglesia (en García Icazbalceta 1954: 382). Pero la realidad era muy distinta, porque, según Sahagún, "se ignoraba la conspiración que habían hecho entre sí los principales y sátrapas de recebir a Jesucristo entre sus dioses", y por ello continúa diciendo en el mismo prólogo: De esta manera se inclinaron con facilidad a tomar por dios al Dios de los españoles; pero no para que dejasen los suyos antiguos, y esto ocultaron en el catecismo cuando se baptizaron, y al tiempo del catecismo, preguntados si creían en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, con los demás artículos de la fe, respondían quemachca, que sí, conforme a la conspiración y costumbre que tenían; y preguntados si renegaban de todos los otros dioses que habían adorado, respondían también quemachca, que sí, paliadamente y mentirosamente (en García Icazbalceta 1954: 383). Para remediar esta situación Sahagún propone tres postulados, que serán precisamente los que marcarán toda su obra. El primero consistiría en la "investigación e inquisición de saber las cosas idolátricas que públicamente se hacen en todos los pueblos, barrios o aldeas de toda esta Nueva España." El segundo, el que los predicadores lleven a cabo su misión con vocación y prudencia. Y el tercero "es que los confesores sepan los ritos idolátricos que antiguamente tenían éstos en sus sacramentos como en sus sacrificios y supersticiones y pecados carnales, para que si el penitente tocare un vocablo o dos en que se pueda conocer y tomar asilla para preguntar de alguna cosa que en aquel vocablo o vocablos se toca, lo sepan entender y proseguir y sacar..." (en García Icazbalceta 1954: 384). Es decir, que lo que Sahagún propone es el conocimiento científico y lingüístico de los pueblos a evangelizar, si bien movido por su afán proselitista. Estas mismas preocupaciones aparecen también declaradas en el prólogo general y en el del libro III de su HGCNE. Lo propuesto por Sahagún lo lleva a cabo como ejemplo en su propio caso. Si como ya se indicó logró adquirir sin grandes dificultades un buen dominio de la lengua del pueblo conquistado, la tarea para obtener los conocimientos propuestos no resultó tan fácil. Gran parte de la documentación pictográfica e ideográfica de los aztecas había sido destruida (ver Libro X, xxvii Relación del autor y xxix, 13) no sólo por los españoles en su intento de erradicar todo lo que tuviese algo que ver con la idolatría, sino también por la tribu aliada de los tlaxcaltecas, e incluso por los mismos aztecas para que no cayesen en manos no debidas. No obstante, Sahagún, como se verá más adelante al hablar del método de composición de la HGCNE, logró por medio del uso de informantes los objetivos deseados. En 1536 pasa Sahagún al Colegio de Santa Cruz de Tlaltelolco, situado a corta distancia al norte de México, donde impartió clases de latín durante los cuatro años siguientes. El Colegio de Santa Cruz se inaguró ese mismo año de 1536 gracias a los auspicios del primer obispo de México fray Juan de Zumárraga y del Virrey Antonio de Mendoza. La misión de esta institución era la de educar a "niños de diez a doce años, hijos de los señores y principales de los mayores pueblos o provincias de esta Nueva España, trayendo allí dos o tres de cada cabecera o pueblo principal" (Mendieta 1971: 414). Es decir, el formar a la nueva generación de la clase dirigente de los aztecas fuera de la influencia de su propia cultura. Conjetura con mucha razón Nicolau D'Olwer (1952: 32-33) que el Colegio se estableciese en Tlaltelolco por haber sido este lugar, antes de la llegada de los españoles, la sede de un importante calmécac, especie de templo-escuela donde se educaban precisamente los hijos de los nobles. El Colegio de Santa Cruz, al igual que otros colegios, venía así a sustituir el sistema de educación azteca por el cristiano, como lo hacían las iglesias, en cuanto al sistema ceremonial religioso, con respecto a los templos o cúes indígenas. No fue, sin embargo, la creación de este colegio del agrado de todo el mundo, tanto religiosos como seglares se quejaron de la insensatez y peligro, según ellos, que representaba la enseñanza de la gramática a los indígenas. Mendieta (1971: 416-417) enumera las razones que se dieron, tales como la de que el conocimiento del latín por parte de los indios no redundaba en ningún beneficio para la república, mientras que podía dar pie a la renovación de la herejía entre ellos; e incluso llega a mencionar que algunos de los religiosos que se opusieron, lo hacían por temor de que los indios le notasen, en la celebración de los oficios de la iglesia, su poco conocimiento del latín. Lo mismo indica Sahagún (Libro X, xxvii "Relación del autor"), a la vez que refuta los argumentos. En realidad este episodio no es sino un ejemplo más de las muchas desavenencias existentes entre los diferentes grupos en la Nueva España que veían con recelo cualquier ocasión que pudiera dar a un sector, en este caso los franciscanos, una superior ventaja sobre los sometidos. Estos años fueron marco de las discordias entre los partidarios de Cortés y sus oponentes, entre el poder civil y el religioso, entre las diferentes órdenes, e incluso dentro de una misma orden, entre diferentes facciones. En esta primera estancia en Tlatelolco Sahagún comienza a componer, en lengua azteca, una serie de materiales religiosos para ayuda de la predicación "no traduzidos de sermonario alguno sino compuestos nuevamente a la medida de la capacidad de los indios: breves en materia y en lenguaje congruo venusto y llano facil de entender para todos los que le oyere altos y baxos principales y macegales hombres y mugeres" (en Chavero 1948: 29), cuyos resultados fue lo que hoy se conoce como Sermones de dominicas y de santos en lengua mexicana, y tal vez una de las primeras redacciones del Evangeliarum, Epistolarium et Lectionarium Aztecum sive Mexicanum. En 1540 Sahagún abandona el Colegio de Santa Cruz y hasta el año de 1545, en que regresará de nuevo a él, parece haber residido en el convento de Huexotzinco, situado cerca de la ciudad de Cholula, al suroeste de México. Como ya lo han señalado sus biógrafos, desde García Icazbalceta en adelante, numerosos recuerdos de este periodo, con precisiones geográficas de la región del valle de Puebla, aparecen mencionados muchos años más tarde en su HGCNE. En efecto, Sahagún describe la gran pirámide de Cholula (Prólogo y Libro X, xxix, Párrapho 13), menciona los monasterios de Cholula y Huexotzinco (Libro X, xxvii Relación del autor), describe con bastante prolijidad unos arroyos cerca de Huexotzinco (Libro XI, xii, Párrapho segundo), y recuerda su ascensión al Popocatépetl y al Iztactépetl, así como haber contemplado la erupción del Poyauhtécatl (Pico de Orizaba) (Libro XI, xii, Párrapho sexto). Estos recorridos por las tierras al sureste de México debieron de tener como fin no sólo el de llevar a cabo su misión evangelizadora, sino también el de profundizar su conocimiento de la cultura indígena. En 1545 se encuentra de nuevo Sahagún en Tlaltelolco durante la gran epidemia que casi le costó la vida. Gran cantidad de gente murió a causa de esta epidemia de "tabardete" (tifus exantemático), y él nos asegura haber enterrado a "más de diez mil cuerpos" (Libro XI, xii, Párrapho octavo). Fue ésta una de las varias epidemias que diezmaron la población indígena, hasta el punto de considerarse hoy que desde 1519 hasta 1605 la población se redujo en un noventa y cinco por ciento. Al terminar esta epidemia se llevó a cabo la reorganización del Colegio de Santa Cruz, mediante la cual los franciscanos dejaron en manos de los naturales la dirección del mismo (Libro X, xxvii, Relación del autor). También por esta época Sahagún se dedica a recopilar directamente en náhuatl el tratado De la retórica y philosophía moral y teología de la gente mexicana, que al traducirlo al romance treinta años después, en 1577, incorporaría a su monumental HGCNE como Libro VI. Durante los próximos siete años la cronología del quehacer de fray Bernardino de nuevo no es muy precisa. Fue guardián del convento de Xochimilco, definidor de la orden, visitador de la de Michoacán, e hizo un viaje a Tula, la antigua capital del reino tolteca (Nicolau D'Olwer 1952: 44-45). No obstante, hacia 1555 Sahagún se encuentra una vez más en Tlaltelolco, ocupado esta vez en recoger el testimonio directo de los naturales y en su propia lengua de la historia de la conquista. Esto lo afirma el mismo Sahagún en su declaración Al lector al hacer su revisión en 1585 del Libro XII de la HGCNE: Cuando escribi en este Pueblo del Tlaltilulco, los doce libros de la historia de esta nueva España ... el nono libro fue de la conquista de esta Tierra. Cuando esta escritura se escribio (que ya ha mas de treinta años) toda se escribio en lengua mexicana, y despues se romancio toda. Los que me ayudaron a esta escritura, fueron viejos principales, y muy entendidos en todas las cosas, asi de la Idolatria, como de la Republica, y oficios de ella: y tambien que se hallaron presentes en la Guerra cuando se conquisto esta ciudad (ed. de S. L. Cline 1989: 147). Las dos recopilaciones a que se ha hecho mención, llevadas a cabo en lengua náhuati, provocó el malestar de quienes consideraban que la lengua indígena no se debería utlizar. Esta actitud en cuanto al uso de la lengua indígena afectará, en una serie de vaivenes, la labor de Sahagún durante las próximas dos décadas, resolviéndose con la total prohibición, e incluso incautación de sus obras, determinada por la cédula de Felipe II del 22 de abril de 1577 dirigida al virrey Martín Enríquez. En ella el rey le dice que: Os mandamos que luego que recibáis esta nuestra cédula, con mucho cuidado y diligencia procuréis haber estos libros, sin que de ellos quede original ni traslado alguno, los enviéis a buen recaudo en la primera ocasión a nuestro Consejo de Indias, para que en él se vean; y estaréis advertido de no consentir que por ninguna manera persona alguna escriba cosas que toquen a supersticiones y manera de vivir que estos indios tenían, en ninguna lengua, porque así conviene al servicio de Dios Nuestro Señor y nuestro (Códice Franciscano 1941: 249-50). En 1558, tras ser instaurado como provincial de la orden fray Francisco de Toral, Sahagún comienza la labor que le ocuparía los próximos veinte años y que constituiría su magna obra, la HGCNE. Él mismo nos dice en el Prólogo al Libro II que el nuevo provincial le mandó escribir "en lengua mexicana" lo que considerase oportuno para el fortalecimiento del cristianismo entre los naturales y para ayuda de los ministros encargados de llevar a cabo la evangelización. Para llevar a cabo su misión, continúa informándonos Sahagún, redactó en castellano una "minuta o memoria", es decir una especie de programa a seguir, y se trasladó a la localidad de Tepepulco, ubicada en la parte oriental de lo que fue el lago Texcoco, a unos veinte kilómetros de México. Allí, tras conferir con el señor y los principales del pueblo, le fue facilitada la ayuda de "hasta diez o doce principales ancianos", con quienes, y junto con cuatro discípulos suyos de Tlatelolco, Sahagún mantuvo por espacio de "cerca de dos años" una serie de conversaciones en las que se trataron los temas de la minuta previamente establecida. Durante estos encuentros los ancianos le entregaron a Sahagún unos códices pictográficos ("pinturas" nos dice él), que fueron anotados por los discípulos en su lengua. Esta documentación recogida en Tepepulco es lo que hoy se llama Primeros memoriales, según lo hizo Paso y Troncoso, quien estableció corresponde a los folios 250r-303v del Códice Matritense de la Biblioteca de Palacio, y a los folios 51r-85v del Códice Matritense de la Real Academia de la Historia. La materia, dividida en cuatro capítulos, contiene según la nomenclatura del erudito mexicano lo siguiente: "Dioses"; "Cielo e infierno"; "Señorío"; y "Cosas humanas" (Nicholson 1973: 207-218, y Dibble 1982: 12). A fines de 1560 o principios de 1561 pasó Sahagún con todos sus escritos de nuevo a Tlatelolco, donde, siguiendo un procedimiento semejante al de Tepepulco, consiguió se le asignasen un grupo de principales "hábiles en su lengua" y versados en sus "antiguallas". Con ellos y "con cuatro o cinco colegiales, todos trilingües", por espacio de algo más de un año corrigió y revisó los materiales traídos de Tepepulco, e hizo que se volvieran a escribir (Prólogo al Libro II). El trabajo resultante constituye lo que hoy se conoce como Segundos memoriales, de los que nos quedan dos fragmentos que corresponden a los fólios 49 52 del Códice Matritense de la Biblioteca de Palacio, y a los folios 2 5 del de la Real Academia de la Historia. Estamos, pues, en 1562. A partir de este momento y hasta la redacción final en náhuatl de la HGCNE, realizada en 1569 (Prólogo), Sahagún lleva a cabo todo un enorme proceso de acumulación, revisión y restructuración de sus materiales. En esta etapa, según el importante estudio de Jiménez Moreno (1938: xxxviii-xl) y las sucesivas modificaciones y precisiones establecidas desde entonces (Nicolau D'Olwer 1952: 56-66; Cline 1973: 190-93; Glass 1978: 33-34; y Dibble 1982: 13-14), Sahagún, todavía en Tlatelolco, produjo entre 1563 y 1565, junto con sus informantes y colaboradores, un borrador conocido hoy como Memoriales en tres columnas (folios 33-48, 54-159, 178-249 del Códice Matritense de la Biblioteca de Palacio, y folios 6-50, 104-342 del de la Real Academia de la Historia), en el cual el texto en náhuatl ocupa la columna central. La columna de la izquierda debería llevar una paráfrasis en español y la de la derecha las glosas al texto central, pero esto sólo ocurre en un número limitado de folios tanto en el códice de Palacio como en el de la Academia. A este mismo periodo, es decir 1563-65, pertenece el llamado Memoriales con escolios (folios 160-70 del Códice Matritense de la Biblioteca de Palacio y folios 88-96 del de la Real Academia de la Historia), que es una copia en limpio y algo revisada de las partes completas de los Memoriales en tres columnas. El trabajo de toda esta etapa: los Segundos memoriales, los Memoriales en tres columnas, y los Memoriales con escolios, representa una considerable ampliación con respecto a la de Tepepulco. Los capítulos han pasado a ser libros, y se ha añadido un quinto libro sobre las "Cosas naturales". En 1565 Sahagún se mudó a México con todos sus materiales, y allí, según él mismo afirma, "por espacio de tres años", a solas, repasa, enmienda y reorganiza su obra en "doze libros, y cada libro por capítulos, y algunos libros por capítulos y párraphos" (Prólogo al Libro II). Esta labor, según Jiménez Moreno, pasó por tres etapas. En la primera, los cinco libros de Tlatelolco se convierten en nueve al dividir el primero ("Dioses") en tres (Libros I, II y III actuales), y añadir, como libros séptimo y noveno respectivamente, los textos de la "Retórica y filosofía" y de la "Conquista de México", que, como se recordará, había compuesto hacía ya tiempo; además, en esta primera etapa al segundo libro ("Cielo e infierno") se le asigna el número cuarto, al tercero ("Señorío") el número octavo, al cuarto ("Cosas humanas") el número cinco, y al quinto ("Cosas naturales") el número sexto. En la segunda etapa los cambios consisten en dividir el reciente numerado libro cuarto en tres: Libros IV, V, VI (que corresponden respectivamente a los actuales Libros VII, IV y V); se divide también el reciente numerado libro octavo en dos: Libros VIII y IX (que son también los actuales); y se le asigna a los recientes numerados libros quinto y sexto un nuevo orden, Libros X y XI respectivamente (que son los lugares que ocupan en la actualidad). Quedan así establecidos los doce libros, que en la tercera etapa, y definitiva, sufrirán una última reorganización. En ésta los Libros IV, V y VI de la segunda etapa pasan a ser los definitivos VII, IV y V respectivamente, y el Libro VII ("Retórica y filosofía") pasa a ser el Libro VI (véase el "Esquema del proceso" que se adjunta para mayor claridad). De los doce libros, así organizados, se sacó una copia en limpio -hoy perdida- en 1569, según indica el propio Sahagún (Prólogo), que debería haber estado dispuesta en tres columnas: "la primera de lengua española; la segunda, la lengua mexicana; la tercera, la declaración de los vocablos mexicanos señalados con sus cifras en ambas partes", pero la copia en limpio sólo se hizo de la segunda columna "por no haver podido más por falta de ayuda y favor" (Al sincero lector). La "falta de ayuda y favor" a que alude se refiere al hecho de que, al terminar la redacción en limpio del texto arriba mencionado, Sahagún le pidió al padre comisario fray Francisco de Ribera que sometiese su obra, en el capítulo provincial que se iba a celebrar, a la consideración de algunos religiosos. Aunque el dictamen fue favorable y se consideró su obra como de "mucha estima", a un grupo de los definidores "les pareció que era contra la pobreza gastar dineros en escrivirse aquellas escrituras", y así le ordenaron despedir a sus amanuenses, otorgándole a él escribir lo que desease. Esta decisión paraba de hecho su labor, ya que para esta época fray Bernardino era "mayor de setenta años y por temblor de la mano" no podía escribir nada (Prólogo al Libro II). No debió contentarse Sahagún con esta decisión, pues, siguiendo con la información que nos provee el ya tan mencionado Prólogo al Libro II, este año de 1570, hizo un "sumario de todos los libros y de todos los capítulos de cada libro, y los prólogos" que entregó a fray Miguel Navarro y fray Gerónimo de Mendieta para llevarlo a España, para que se conociera "lo que estava escrito cerca de las cosas de esta tierra". Esta iniciativa de Sahagún tuvo éxito, ya que, como se verá más adelante, el "sumario" llegó a conocimiento de Juan de Ovando, presidente del Consejo de Indias, quien mostró interés por la obra completa. Este "sumario" se considera hoy perdido. No contento con sola esta gestión, Sahagún envió al Papa Pío V, a finales de este mismo año un Breve compendio de los ritos idolátricos de Nueva España, que es básicamente un resumen de los primeros dos libros de la HGCNE. Si bien en la carta dedicatoria al Pontífice no lo declara, hay que pensar que, al ir por encima de los regentes de su orden, Sahagún buscase en él apoyo para continuar su obra, lo que explicaría también el dato curioso de que nunca se refiera al Breve compendio en los diferentes y detallados comentarios que inserta en la HGCNE. El manuscrito, conservado hoy en el Archivo Secreto Vaticano, lleva la firma del autor y está fechado en México a 25 de diciembre de 1570 (Oliger 1942: 174). En el periodo de 1569 a 1571 comenzó a redactar una versión en español, que es lo que hoy se conoce como Memoriales en español y que contiene los Libros I y V sin prólogos ni apéndices (son los folios 1-24 del Códice Matritense de la Biblioteca de Palacio). Mientras tanto fray Alonso de Escalona, quien había sido elegido provincial de la orden, mandó recoger todos los libros de Sahagún y los dispersó por toda la provincia, "donde fueron vistos de muchos religiosos y aprovados por muy preciosos y provechosos" (Prólogo al Libro II). La recogida de los libros no se debió llevar a cabo, como ha sido ya señalado (Marchetti 1983: 254), hasta el año de 1571, ya que esta fecha se menciona en el Libro VIII, cap. v, lo que indicaría además que para ese tiempo se había iniciado ya lo que habría de constituir la traducción total en romance. Interrumpida una vez más su labor, Sahagún regresó al Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco con motivo de la reorganización que del mismo tuvo lugar en 1572. Mediante ella el Colegio volvió a estar bajo la dirección de los franciscanos, y allí estableció fray Bernardino su residencia principal por el resto de sus días. A finales de septiembre de 1573 regresó de España fray Miguel Navarro, esta vez en calidad de comisario general, especie de delegado general enviado por el Papa. Este mandó que se recogiesen los libros dispersos bajo las órdenes de Escalona, "y desque estuvieron recogidos de ahí a un año, poco más o menos", fueron a parar a manos de Sahagún. No por ello pudo reanudar su trabajo. Fray Miguel Navarro, debido a las tensiones existentes entre diferentes facciones de la orden franciscana, se vio obligado a renunciar a su cargo y decidió regresar a España en el otoño de 1574. Con la llegada a México del nuevo comisario general, fray Rodrigo de Sequera, en septiembre de 1575, la labor de Sahagún pudo reanudarse y llevarse a feliz término. El pasaje con que termina el Prólogo al Libro II presenta esta última etapa, a la vez que muy elocuentemente expresa el largo y tedioso proceso sufrido: En este tiempo ninguna cosa se hizo en ellos, ni huvo quien favoreciese para acabarse de traducir mi subrayado en romance, hasta que el padre Comissario general fray Rodrigo de Sequera vino a estas partes y los vio y se contentó mucho de ellos, y mandó al dicho autor que los traduxese en romance, y proveyó de todo lo necessario para que se escriviesen de nuevo, la lengua mexicana en una coluna y el romance en la otra, para los embiar a España, porque los procuró el ilustríssimo señor don Juan de Ovando, presidente del Consejo de Indias, porque te- nía noticias de estos libros por razón del sumario que el dicho padre fray Miguel Navarro havía llevado a España, como arriba se dixo. Todo lo sobredicho haze al propósito de que se entienda que esta obra ha sido examinada y apurada por muchos, y en muchos años, y se han passado muchos trabajos y desgracias hasta ponerla en el estado que agora está. Así, con el nuevo apoyo, hay que suponer que Sahagún realizó su texto bilingüe en los años 1576-1577. Esta fecha coincide con toda la información que poseemos. En primer lugar 1576 como término ad quo es compatible con la declaración de Sahagún de que "estuviéronse las escrituras sin hazer nada en ellas más de cinco años" (Prólogo al Libro II), ya que como vimos arriba la requisición de sus obras se llevó a cabo en 1571; las únicas fechas de composición que se mencionan en la HGCNE son la de 1576 (Libros I-V, X y XI) y la de 1577 del Libro VI; hay que pensar también que como Sequera llegó a México en septiembre de 1575, algunos meses pasarían mientras el comisario general pudo ver la obra y proveer los medios necesarios para su ejecución. Por otra parte el año de 1577 como término ad quem es consecuente con las fechas arriba mencionadas, y con lo que el mismo Sahagún declara en la carta, fechada a 26 de marzo de 1578, que dirigió a Felipe II con motivo de la cédula expedida por el rey en la que, como quedó ya dicho atrás, se ordenaba la incautación de su obra. Este documento, publicado por García Icazbalceta (1954: pág. 348), dice lo siguiente: El virrey D. Martín Enríquez tuvo una cédula de V.M., por la cual se le mandaba que unas obras que yo he escrito en lengua mexicana y española con brevedad se enviasen a V.M., lo cual me dijo el Visorrey y también el Arzobispo de esta ciudad; todas las cuales obras acabé de sacar en limpio este año pasado, y las di a Fr. Rodrigo de Sequera, Comisario General de nuestra orden de S. Francisco, para que si él fuesse las llevase a V.M., y si no, que las enviase, porque cuando la cédula vino, ya el dicho las tenía en su poder. Tengo entendido que el Visorrey y Comisario enviarán a V.M. estas obras que están repartidas en doce libros en cuatro volúmenes, en esta flota, si no las enviaron en el navío de aviso que poco ha salió; y si no las envían, suplico a V.M. humildemente sea servido de mandar que sea avisado, para que se torne a trasladar de nuevo, y no se pierda esta coyuntura, y queden en olvido las cosas memorables de este Nuevo Mundo mis subrayados. Tenemos, pues, que la obra en "doce libros" y en "cuatro volúmenes", lo que coincide con la descripción que aparece en el prólogo al Libro IX de la HGCNE, se terminó de "sacar en limpio" en 1577, el "año pasado" al de la carta enviada, y que ese mismo año fue entregada a Sequera. Esta es la obra que hoy se conoce como el Códice Florentino, y que aquí se edita. Más adelante en el apartado dedicado a los manuscritos de la HGCNE se tratará de explicar cómo esta obra fue a parar a Italia. No obstante, la mayoría de los estudiosos de la obra de Sahagún, a excepción de Marchetti (1983: 534), han supuesto dos redacciones de la HGCNE en este periodo: una que identifican como "manuscrito Enríquez" que se habría realizado en 1576-1577, hoy perdido, y una segunda, "manuscrito Sequera", realizada en 1578-1579 que identifican con el Códice Florentino. Se basan para ello en el testimonio de Sahagún que incorpora a la segunda versión del Libro XII ("El libro de la conquista"realizada en 1585. En él, al referirse a los libros de su historia, dice: ... los cuales libros que fueron doce embió por ellos nuestro Señor el Rey Don Felipe y se los embié yo por manos del Señor D. Martin Enriquez: Viso Rey que fué de esta tierra, y no sé lo que se hizo de ellos, ni en cuyo poder estan ahora, llevolos despues de esto, el padre Fray Rodrigo de Sequera, desque hizo su oficio de comisario en esta tierra, y nunca me ha escrito, ni hecho saber en que pararon aquellos libros que llevó en lengua Mexicana y Castellana, y muy historiados, ni sé en cuyo poder estan ahora (ed. de S. L. Cline 1989: 237). Creo, y así también opina Marchetti, que lo que refleja el pasaje arriba citado es un total despiste por parte de Sahagún de lo ocurrido con su obra. El texto es bastante confuso y sólo hace referencia a vagas secuencias de envíos y no a redacciones o copias de ningún tipo. No obstante, puede existir otra posible explicación, a la que me referiré más adelante al hablar de los manuscritos de la HGCNE.
contexto
Traducción y oralidad en la Crónica mexicana Lo cual pone sobre el tapete la cuestión del idioma. Ante todo, basta una simple ojeada para comprobar que el castellano del texto no resulta nada fácil de leer. De hecho, la mezcla de estructuras heterodoxas, grafías arcaicas y cultismos difícilmente inteligibles para el lector actual63 convierte la lectura de la Crónica mexicana en un auténtico acto de fe que influye de forma negativa en la valoración de la obra y del autor. En principio, las características enunciadas en el párrafo anterior responden a una traducción literal de finales del siglo XVI, y bastante buena, como pone de manifiesto la comparación de la versión que da Tezozomoc de la única frase en nahuatl de la Crónica mexicana que tiene su equivalente en la Mexicayotl. El párrafo en cuestión aparece en una de las muchas arengas patrióticas a las que tan aficionado era Tezozomoc; concretamente figura a modo de resumen del discurso que el Tlatoani Ahuitzotl dirigió a los mexicanos que marchaban a colonizar los antiguos señoríos de Oztoman y Alahuiztlan, cuya población, incluyendo niños, mujeres y ancianos, fue masacrada por rebelarse contra el imperialismo tenochca. Ahuitzotl, según su lejano pariente, animó a los colonos a que: se jatasen siempre de ser mexicanos y por tales abidos, temidos, benidos y llegados al paraxe de tultzalan, acatzalan, benedizos, chichimeca, biejos, antiguos, de uxpalatl matlalatl yninepanian, atlatlaya michin, ypan mani coatl yçomocayan, cuauhtli y tlacuayan, Mexico Tenuchtitlan, como dezir --traduce Alvarado Tezozomoc--, "en el agua clara como la pluma rrica dorada, azul, una agua sobre otra, adonde hierue y espuma el agua, asiento de pescado, adonde silua la gran culebra, en el comedero de la águila caudal, situado Mexico Tenuchtitlan"64. La misma poética descripción de Tenochtitlan se reproduce sin variar apenas en el prólogo de la Mexicayotl. Aparece tras un párrafo donde abundan los gentilicios similares a los antes citados (teochichimecas, mexicanos, viejos, etc.), y reza así: yn cuauhtli ynequetzayan ynquauhtli ypipitzacayan. ynquauhtli ynetomayan quauhtli ytlaquayan. ycohuyatl yçomocayan yn michin ypatlanian: ynmatlatatl yntozpallatl yninepajuhyan ynatlatlayan. ynoncan ynihuiyotl machoco yntoltzallâ ynacatzallâ. O lo que es lo mismo, según la versión literal del afamado nahuatlato Adrián León, traductor de la Crónica mexicayotl: el lugar donde se extiende el águila, el lugar donde come el águila, el lugar donde es desgarrada la serpiente, el lugar en donde nada el pez, el agua azul, el agua amarilla, el lugar de entronque, el lugar del agua abrasada, allá en el ¿brazalete? de plumas, dentro de los tules, dentro de los carrizos65. Como puede observarse, la traducción de Tezozomoc no tiene nada que envidiar a la de León. A lo largo y ancho de la crónica, Don Hernando, como buen faraute, se esfuerza por hacer comprensibles para un lector español ciertos términos intraducibles. Por ejemplo, vuelve correctamente motenhuitec al castellano, traduciendo el invertible gritarse a uno mismo como alarido con boca y mano, forma mucho más correcta para designar el ulular bélico característico de los indios norteamericanos que también usaban los nahuas del México Central66. E incluso no duda en cometer anacronismos, como el poner en boca de Tlacaelel la expresión "Hazé cuenta <que> hezistes el mensaje al fuego y brasa del ynfierno y que de allá salistes"67, una clarísima concesión a la mentalidad hispana, ya que no había fuego ni brasas en el ultramundo mesoamericano. El interés de Tezozomoc Por el lenguaje llega a veces a niveles obsesionantes que dificultan la lectura, pues incluye continuamente largas y repetitivas listas de voces nahua acompañadas por su traducción. Así, por ejemplo, describe la coronación de Ahuitzotl con las siguientes palabras: E acabado esto, le ponen la corona, que es azul, de pedrería rrica, como media mitra <que> le llaman xiuhtzolli. Luego le aguxerean la ternilla de la nariz dentro de las bentanas de la nariz y luego le ponen lo que llaman teoxiuhcapitzalli, una piedra muy sutil, delgada, pequeñita, en la nariz, y luego le ponen el matzopetztli, significa manopla o guante de malla, y en el pie derecho, <en > la garganta del pie, le ponen una muñequera de cuero colorado <que> llaman ycxitecuecuextli, y luego le ponen las cótaras azules <que> son xiuhcactli, y una manta azul de rred con pedrería senbrada; luego le ponen el maxtli, pañetes azule labrado68. Sorprendentemente, esta rutina --que invita a pensar que Tezozomoc seguía el método del padre Sahagún y de su cuñado Valeriano--se corta a veces cuando la traducción es más necesaria: las mantas de las diferentes maneras, que llaman coaxacayo <en> sus esquisitos nombres y no bariar de lo que es naturalmente llamado no se le dé el sentido aquí, y con su beçolera <que> llaman tentecomachoc y otra tenxiuhcoayo y tlauhtonatiuhyo y xiuhtlalpiltilmatli, que esta manta es manera de una rred azul y en los ñudos de ella, <en> las lazadas, una piedra rrica apegada a ella sotilmente, y con su pañete yn yaocamaxaliuhqui y tzohuazalmaxtlatl y yacahualiuhqui, pañetes diferentes69. El hecho de que posiblemente los taparrabos tuvieran un uso ritual explica la reticencia a describirlos o a traducirlos, pero, desde luego, no la de ese fanático de la lingüística, y fervoroso cristiano, que era Alvarado Tezozomoc, sino la del informante que participó en la elaboración del original nahuatl. Un original nahuatl sobre el cual se han volcado ríos de tinta desde que a mediados del siglo pasado José Fernando Ramírez descubriera en la biblioteca del convento de San Francisco el Grande de México un manuscrito intitulado Relación del origen de los indios que habitan esta Nueva España, según sus historias. Para la historiografía mexicana decimonónica, la relación --rebautizada con el nombre de Códice Ramírez en honor del erudito que la encontró-- era la traducción castellana de un texto escrito en lengua mexicana que también había servido de fuente a la Crónica mexicana y a la Historia de las Indias de la Nueva España, del fraile dominico Diego Durán. La hipótesis fue en parte confirmada y en parte rechazada un siglo después por Robert H. Barlow, quien aceptó la existencia de una historia en nahuatl perdida, a la cual denominó con el instinto literario que le caracterizaba --Barlow había sido miembro del círculo de H. P. Lovecraft, el célebre escritor de cuentos de terror--Crónica X, pero rechazó de plano que el Códice Ramírez fuera la traducción más antigua. Según él, la relación era un resumen elaborado por el jesuita Juan de Tovar de la Historia de las Indias de Durán; historia que, a su vez, sería en una versión parafrástica de la famosa crónica perdida, la misma que vertió Tezozomoc al castellano con el título de Crónica mexicana. Ahora bien, si tenemos en cuenta la más que conservadora mentalidad de Tezozomoc, sus obsesiones, frustraciones, posesiones e intenciones, la conclusión lógica es que volcó al castellano el misterioso documento con los mínimos cambios posibles. Dicho de otra forma y parafraseando a Barlow, si se conociera el nombre del autor de la Crónica X, su nombre sería Hernando de Alvarado. La prueba de lo apuntado se encuentra en los fragmentos que siguen, los únicos donde coinciden casi literalmente las dos obras de Don Hernando. y allí cumplió otro año, ome tuchtli. Y allí les habló Huitzilopochtli a los mexicanos, a los saçerdotes que son nombrados teomamaque (cargadores del dios), <que> heran Cuauhtloquetzqui y Axoloa, Tlamacazqui, y a Ococaltzin, a estos cargadores de este ydolo llamados saçerdotes les dixo: "Padres míos, mirá lo que a deuenir a ser, aguardá y lo beréis, que yo sé todo esto y lo que a de benir y susçeder. Esforçáos, començáos aparejar y mirá que no emos de estar más aquí, que otro poco adelante yremos en donde emos de aguardar y asistir y hazer asiento,y cantemos, que dos géneros de gentes uendrán sobre nosotros muy presto" (Crónica mexicana, c.? 3). y allá en chapultepec "ataron" también el año, la cuenta de años 2-caña. E inmediatamente da Huitzilopochtli órdenes a los "teomamas", a los llamados Cuauhtlequetzqui, el segundo Axolohuâ, sacerdote, y el tercero, llamado Ococaltzin; díjoles Huitzilopochtli: "¡Oh, padres míos!, esperad aún por aquello que ha de hacerse, pues lo veréis, pero esperarlo todavía, que yo lo sé; esforzaos, atreveos, reforzaos, arreglaos, ya que no es aquí donde estaremos, sino que aún más allá están a quienes cautivaremos, a quienes regiremos; y además esperemos a quienes nos vengan a destruir, que de ellos vienen ya dos clases" (Crónica mexicayotl). Dejando a un lado las variaciones fruto de la traducción, la similitud es tal que parece fuera de toda duda que Alvarado transcribió por duplicado la lectura que dos de sus amados viejos hicieron de un mismo códice prehispánico en épocas distintas, y lo efectuó con mentalidad mexicana porque de lo contrario se habría dado cuenta que el lector de la Mexicana fechó el evento en el año ome tochtli ("dos conejo") y el de la Mexicayotl en el ome acatl ("dos caña"), y habría corregido la incongruencia. Un par de deducciones se desprenden de las reveladoras citas. Primera, que el concepto de historia de Tezozomoc difería muy mucho del europeo; y segunda, que la enigmática Crónica X fue un conjunto de lecturas, hechas por lectores diferentes, de códices pictográficos variopintos mejor o peor engarzados en torno a la pintura que describía las hazañas de Tlacaelel, el espíritu encarnado de la aristocracia tenochca. Respecto al primer punto, un examen minucioso del texto corrobora lo expuesto. Así, a los escrúpulos traductores que de cuando en cuando aparecen en la Crónica Mexicana, a la contradicción sobre la fecha en que sucedió el episodio de Chapultepec --tan nítido para los mexicas, por otra parte--cabe añadir bastantes añadidos, o interpolaciones, muy fáciles de descubrir si se tiene la paciencia de leer y releer la obra. Para no extenderme, me limitaré a indicar que en el capítulo 96, donde se relata la segunda guerra contra Huexotzinco, el protagonismo recae en el Señor de Tula, un auténtico héroe que no lo fue tanto si creemos lo que se escribe respecto al evento en un capítulo precedente. Sobre el segundo, bastará con indicar que en contra de lo que pueda parecer, Tezozomoc no es un historiador caótico o inepto, es simplemente un mexicano de linaje noble que escribe historia, pero no al hispánico modo sino al mexicano.
contexto
Un autor desconocido Si novelescas y accidentadas son las andanzas de la obra, el destino no ha querido depararnos mejor suerte en lo que respecta a su artífice, Jerónimo de Vivar, ya que el desconocimiento y la contradicción presiden cuanto se diga y escriba sobre la vida de este burgalés indiano, según la propia confesión que se declara en el colofón: Acabóse esta crónica y relación copiosa y verdadera, sábado a catorce de diciembre del año de nuestro nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil y quinientos y cincuenta y ocho años, hecha por Gerónimo de Vivar, natural de la ciudad de Burgos. Nacido probablemente hacia 1524 o 1525, ignoramos cuándo y en qué condiciones se traslada a los Reinos de las Indias, puesto que el Catálogo de Pasajeros a éstas no consigna ninguna información registrada con dicho nombre. Sí sabemos, recurriendo a sus escritos, de su paso por otras regiones americanas antes de recalar en Perú y Chile, pues en uno de los pasajes nos informa: ... aunque en otras partes que yo he visto y me he hallado de Indias... y más concretamente, tenemos la certeza de su estancia en Santa Marta, donde escuchó la fabulosa historia del viaje del capitán Francisco César, de labios de uno de sus hombres, expedición que diera lugar a la leyenda sobre la mítica ciudad de los Césares o Trapalanda: ... según dijo en Santa Marta uno de los compañeros que yo vi, que con él había andado. Y también le oí decir que habían pasado por una provincia de gente barbada, y ansí son estos comechingones, ... Con toda probabilidad hubo de pasar al Perú con motivo de las revueltas acaecidas en tiempos de Núñez Vela y La Gasca para acompañar a Valdivia en su regreso a Chile cuando aquéllas dieron a su fin. Si atendemos a los datos que nos ofrece él mismo, podemos observar que en todo su relato nunca emplea la primera persona hasta el inicio de la campaña por territorio araucano, puesta en marcha a principios del año 1550, de la que nos dice: Y con esta orden iba marchando, topando en cada valle indios que nos daban guazábaras o recuentros y punaban y trabajaban con toda diligencia defender nuestro viaje y entrada de su tierra cada el día. Poco más adelante añade: Caminamos con esta orden hasta treinta leguas adelante del río de Itata que arriba dijimos, y apartados de la costa de la mar catorce leguas, donde se halló muy gran poblazón y tierra muy apacible. Y en este compás de leguas que habemos dicho, hallamos un río muy ancho y caudaloso. Testigo directo, aunque no partícipe, de la batalla de Andalién y del encuentro con el cacique Ainavillo, Jerónimo de Vivar formó parte de la armada del capitán Juan Bautista Pastene en el reconocimiento que se efectuó en busca de bastimento a las islas de Santa María y de la Mocha -emergentes frente a las costas araucanas-, acciones incluidas en la campaña ya mencionada. Posteriormente le vemos en la fundación de la ciudad de Valdivia y acompañando al conquistador extremeño al punto más meridional alcanzado nunca por éste: Caminamos quince días por tierra muy poblada, donde llegamos a un gran lago que está a la falda de la cordillera nevada. Estuvimos en una loma pequeña que a las espaldas tenía. Este lago se puso por nombre el lago de Valdivia. Estará treinta leguas de Valdivia. Desde aquí regresó el gobernador a la Concepción y Santiago, debiendo de permanecer Vivar en la primera de las poblaciones citadas hasta el nuevo retorno de Valdivia, para incorporarse posteriormente a la expedición marítima del capitán Francisco de Ulloa en dirección al estrecho de Magallanes, viaje poco conocido en sus detalles e interesante de leer en nuestro cronista. Habiendo zarpado de la bahía de la Concepción, recalaron en el resguardado puerto valdiviano, donde se ultimaron los preparativos necesarios para tal empresa. La navegación se desarrolló bordeando la recortada costa meridional chilena, pródiga en archipiélagos y canales, hasta un lugar que señalaron próximo a los cuarenta y nueve grados de latitud sur y al que bautizaron con el nombre de los Puertos de Hernando Gallego. Desde este abrigo arrumbaron las dos embarcaciones hacia la entrada del estrecho, suceso que dejamos que nos describa el propio protagonista: Salimos de este puerto a seis de diciembre y seguimos nuestro viaje y llegamos día de Nuestra Señora de la Concepción, que se contaron nueve de diciembre del año de mil y quinientos y cincuenta y tres. Llegamos a la boca del estrecho de Magallanes y estuvimos allí dos días por no nos aclarar el tiempo. Y aclarado el tiempo, se vio la boca del estrecho que tiene tres leguas de ancho. Tiene dos isletas en medio y al lado del norte tiene unosfarellones que parecen velas. A la banda del sur tiene una isla a manera de campana, y así se llama la isla de la Campana. Es montuosa y poblada de indios. Tienen sus casas cubiertas con cortezas de árboles y con cueros de lobos marinos y tresquilados. Está en altura de cincuenta y un grado y medio. No está totalmente claro y suficientemente comprobado que en esta oportunidad se reconociera en realidad el estrecho de Magallanes, y parece mucho más verosímil que las naves que capitaneaba Francisco de Ulloa fondearan y examinaran cualquiera de los múltiples senos y canales que caracterizan aquel complicado litoral, confundiéndolo con el auténtico paso que une los dos océanos. Sea como fuere, a mediados del mes de diciembre se emprendía la navegación de vuelta hacia el puerto de Valdivia, arriando las velas en la bahía de Corral a los pocos días después de haber ocurrido la desgraciada muerte del gobernador. Vivar debió de pasar entonces a la ciudad de la Concepción, bien en la misma armada o bien por tierra, pues tras el ulterior revés sufrido por Francisco de Villagrán, se encuentra en el precipitado abandono de la ciudad penquista, en los primeros días de marzo, según él mismo señala: E visto el general Francisco de Villagrán que desemamparaban la ciudad, salió fuera en unas barcas que estaban en la playa. Hizo embarcar ciertas mujeres viudas e doncellas, e yo estuve con él hasta que se embarcó. Vuelto a Santiago, debemos de suponer que durante los acontecimientos que se desarrollaron hasta la aparición de don García Hurtado de Mendoza, Vivar hubo de permanecer inmerso en la tarea de recopilar los diversos traslados de los distintos documentos utilizados en la confección de su obra, informándose de los sucesos que él no había tenido la oportunidad de admirar directamente antes de su llegada, que fueron bastante numerosos y constituyen una parte muy importante del manuscrito. Igualmente en el transcurso de esta etapa hubo de ordenar sus propias anotaciones y descripciones -casi siempre acertadas y de gran valor, como veremos al analizar las características- en las que se condensa el mayor interés conseguido en la crónica. En 1558 aun se hallaba al parecer en la ciudad bañada por el Mapocho, y es en ese mismo año cuando concluye la crónica y relación copiosa y verdadera, como hemos tenido la oportunidad de destacar en el colofón. De allí pasa a la ciudad de los Reyes para declarar en el proceso que se seguía contra Francisco de Villagrán por los enfrentamientos e irregularidades detectadas tras el fallecimiento de Valdivia, y a partir de este momento desaparece cualquier nueva prueba o averiguación y el más absoluto silencio se cierne sobre nuestro escritor. Bien pudo regresar a Chile, permanecer en el Perú, o bien retornó a España con el ánimo de presentar su obra en la corte e intentar publicarla, ya que algunos indicios apuntan hacia la posibilidad de que la misma se encontrase en nuestro suelo antes de 1563. También pudiera ocurrir que una copia preparada al efecto fuese remitida a la Península aprovechando cualquier circunstancia favorable. La falta absoluta de datos en todos los documentos referidos a la conquista en torno a la figura de Jerónimo de Vivar, puesta va de manifiesto desde un principio por el gran historiador chileno Diego Barros Arana17, y posteriormente por el profesor Demetrio Ramos18, llevó al primero de ellos a presuponer que dicha denominación correspondía sencillamente a un seudónimo adoptado por el secretario de Valdivia, Juan de Cardeña, o Juan de Cárdenas según otras lecturas y otros escritos. Esta tesis, avalada por Antonio de León Pinelo, que se refiere a Vivar como Secretario del General Pedro de Valdivia, vino a afianzarse y a tomar cuerpo al comprobarse la gran similitud detectada entre las cartas redactadas por Pedro de Valdivia y la crónica de Vivar, en algunos párrafos fiel trasunto de aquéllas. De este modo se daba explicación, por una parte, a la utilización evidente de la correspondencia valdiviana en la obra del burgalés, y por otra, se aunaban fácilmente dos apellidos de gran significación y resonancia cidianas, como son los de Vivar y Cardeña, aceptando, eso sí, que ésta fuese la lectura correcta y que no tuviese ninguna vinculación con el municipio cordobés del mismo nombre. Esta hipótesis, que defiende una misma identidad para ambos personajes, ha perdido en la actualidad toda consistencia a la luz de la narración, puesto que las actuaciones conocidas de uno y de otro no permiten sustentar ninguna coincidencia entre ellos. Es preciso aclarar no obstante que Barros Arana no tuvo la oportunidad de conocer y manejar el manuscrito en cuestión. En el estado actual de nuestros conocimientos, y mientras no dispongamos de mayores datos sobre la vida y la persona de Jerónimo de Vivar, nosotros nos inclinamos a pensar que nuestro autor se contaba entre alguno de aquellos geógrafos, escasos suponemos, que reconocían y registraban las características de la tierra, mientras acompañaban a Valdivia, según el mismo conquistador informa en sus cartas en repetidas ocasiones: E porque, como dicho es, él Jerónimo de Alderete sabrá dar razón de todo lo que se le pidiere e lleva la relación de la tierra, aunque la discrepción della no puede ir ahora, atento que traigo, así por la tierra adentro como por la costa, cosmógrafos que la pongan en perfección para la enviar a S.M. e a Vuestra Alteza e no estar acabada: enviarla he con los primeros navíos que partan.19. Estas líneas que acabamos de reproducir las dirige el gobernador chileno al príncipe don Felipe con fecha 26 de octubre de 1552, y casi exactamente las mismas palabras las repite a su padre el emperador Carlos en el mismo correo y en el mismo día. De su atenta lectura se desprende que Pedro de Valdivia disponía de ciertas personas dedicadas a estos cultos y necesarios menesteres y que preparaba un compendio geográfico del territorio que estaba incorporando a la corona castellana, en el que se contenían lo mismo noticias de las características físicas relacionadas con el temple y la naturaleza del suelo de la nueva gobernación que diseñaba y trataba de organizar bajo el título de Nueva Extremadura, como informaciones sobre la vida y las costumbres de los recientes súbditos adquiridos por la fuerza de las armas para la administración española: Por la noticia que de los naturales he habido y por lo que oigo decir e relatar a astrólogos y cosmógrafos, me persuado estoy en paraje donde el servicio de nuestro Dios puede ser muy acrecentado20. Lógicamente, con la desaparición de su impulsor y los sucesos que se originan a continuación, debieron de quedar relegados a un lado los proyectos geográficos en espera de una mejor ocasión, pero como acabamos de ver, éstos se encontraban ya en marcha y a falta únicamente de algunos detalles y de una versión definitiva que pudiera ser presentada a Su Majestad. Seguramente se aguardaba al resultado que depararán los descubrimientos efectuados durante la navegación al estrecho de Magallanes para incorporarlos a la descripción, puesto que los mismos eran de gran importancia en las reclamaciones y peticiones que desde la gobernación chilena se elevaban a la corte: Sacra Majestad: en las provisiones que me dio y merced que me hizo por virtud de su real poder que para ello trajo el Licenciado de la Gasca, me señaló de límites de gobernación hasta cuarenta e un grados de norte sur, costa adelante, y cient leguas de ancho ueste leste; y porque de allí al Estrecho de Magallanes es la tierra que puede haber poblado poca, ... muy humillmente suplico sea servido de mandarme confirmar lo dado y de nuevo hacerme merced de me alargar los límites della, y que sean hasta el Estrecho dicho, la costa en la mano, y la tierra adentro hasta la Mar del Norte21. Aceptada nuestra suposición sobre la verosímil ocupación de Vivar, no nos ha de extrañar entonces la estructura premeditada que adoptan ciertos capítulos y la ordenación interna alcanzada por los mismos, intercalados hábilmente en el conjunto del relato y dedicados todos ellos a describir los diversos valles chilenos y las costumbres de los naturales que los habitaban, desde la desértica zona de Atacama hasta la región lluviosa de Valdivia, incorporando al hilo de la narración las noticias que se obtuvieron gracias al viaje de vuelta de Francisco de Villagrán, desde los reinos del Perú a través del actual territorio del noroeste argentino. A este cúmulo de conocimientos se añaden además otros títulos destinados a ofrecer alguna información complementaria, como por ejemplo los que se ocupan de la cordillera de los Andes, de los puertos que hay desde el valle de Atacama hasta la ciudad de Valdivia y de la altura en que están, sin faltar, por supuesto, un apartado dedicado exclusivamente a los puertos que descubrieron los navíos que envió el gobernador a descubrir el estrecho de Magallanes y en qué grados están. De la misma manera podemos entender ahora la presencia frecuente de nuestro escritor a bordo de las distintas naves que recorren el litoral chileno en diversos cometidos, hecho que no pasó desapercibido para el historiador Tomás Thayer Ojeda, el cual había llamado ya la atención sobre la vinculación marinera que podía observarse en Vivar22, lógica de ser cierta nuestra conjetura, puesto que no en vano toda la labor geográfica y cosmográfica de la época se hallaba íntimamente ligada a los estudios náuticos. Así mismo podemos explicarnos también el paralelismo existente entre las cartas de Valdivia y la crónica, ya que los documentos que formaban el fondo de la secretaría del gobernador, sin duda debieron de ponerse a disposición de un proyecto que animaba y alentaba el mismo Valdivia. Así, a este material inicial que habría de servir para la descripción de la Nueva Extremadura, olvidada y abandonada la idea primitiva, Vivar le fue incorporando el resto, concebido ya por él el plan y la intención de una crónica que relatase desde los primeros avatares las vicisitudes sufridas por don Pedro de Valdivia y sus compañeros. Pudiera ocurrir igualmente que nuestro autor hubiese aprovechado y utilizado algunas recopilaciones ya existentes, referidas a este período y basadas en las cartas, que podrían circular entre algunas manos por el reino de Chile, ya que de haber manipulado los archivos epistolares del gobernador u otros documentos relativos a su persona, no se detectarían los errores que la crónica contiene. Sin embargo, de lo que no puede dudarse en ningún modo es del empleo de otros escritos, como muy bien afirma en la dedicatoria al príncipe Carlos: Y estoy confiado, como ciertamente me confío, que en todo seré creído, y porque no me alargare más de lo que vi, y por información cierta de personas de crédito me informé, y por relación cierta alcancé de lo que yo no viese. Declaración que volvemos a encontrar casi repetida en el proemio, donde redunda: Y en ella no pondré ni me alargaré más de como ello pasó y como yo lo vi y como ello aconteció, puesto que parte de ella me trasladaron sin yo verlo ni sabello, ... En uno u otro supuesto, queremos resumir nuestra opinión sobre Jerónimo de Vivar diciendo que, o bien se encontraba dentro de las personas encargadas de recoger y preparar para su posterior redacción la información obtenida sobre el reino de Chile, tal como hemos expuesto, y al abandonarse tal intención utilizó el material elaborado para la construcción de la crónica junto con otros escritos, o bien nuestro personaje se benefició de extractos y compendios de la ya tantas veces mencionada descripción, a los que añadió los hechos de don Pedro de Valdivia relatados por testigos de los mismos, sin faltar en ninguno de los dos casos la propia experiencia del autor sobrevalorada hasta ahora en exceso: Serenísimo Señor, he hecho y recopilado esta relación de lo que yo por mis ojos vi y por mis pies anduve y con la voluntad seguí, para que los que leyeren y oyeren esta relación se animen a semejantes descubrimientos, entradas y conquistas y poblaciones, y en ellas empleen sus ánimos y esfuerzos en servicio de sus príncipes y señores, como este don Pedro de Valdivia lo hizo.
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Un leguleyo amateur Pero Alvarado Tezozomoc no recibió educación superior porque sobrepasaba algo la edad estipulada. Ignoraba la palabra latina y esa carencia condicionó su vida, dado que en la Nueva España, al igual que en la vieja Castilla, era complicado acceder a algún cargo oficial sin la latin tlatolli. Así pues, mal pudo ser nahuatlato de la Real Audiencia de México33. Lo cual no implica que, dado su bilingüismo, su posición y sus buenos contactos con las distintas élites virreinales, se le encargaran asuntos de índole oficial o la defensa ante la administración de intereses de particulares, ya fueran éstos de españoles o de mexicanos. La importancia que el anónimo autor del techialoyan de Huauquilpan dio al faraute Alvarado invita a pensar que el nieto de Motecuhzoma gozaba de gran popularidad en los círculos de la magistratura, sin duda porque sus vastos saberes genealógicos e históricos eran muy apreciados a la hora de juzgar los continuos pleitos entre los distintos sectores de la sociedad novohispana. El falsificador, o falsificadores, del tlalamatl conocía las actividades históricas de Alvarado Tezozomoc y para justificar sus reivindicaciones incluyó una burda imitación de las complejas genealogías de Don Hernando, acompañadas por un apócrifo retrato suyo que se intituló "nahuatlato alBarado". Una imagen ficticia, ciertamente, pero también verídica. Falsa en tanto en cuanto los rasgos faciales, incluido el poblado mostacho que exhibe, no se corresponden en absoluto con los de un nahua de sangre pura; real porque le atribuyó una actitud y una ropa hispánicas que a buen seguro usaría el erudito Tezozomoc, pues sólo los nobles de altísimo rango gozaban del privilegio de portar espada y vestirse a la europea. Ahora bien, si existe un poso de verdad en el retrato, habrá que aceptar también que el protagonismo jurídico otorgado por el documento a Alvarado Tezozomoc tuvo una base real. De hecho, los pocos datos que poseemos sobre el mexica apuntan en esta dirección. Así, en 1610 su nombre aparece en un documento sobre la genealogía de Doña Francisca de Guzmán, una dama noble de Itztapalapan, uno de los muchos señoríos del Valle de México que tenía una dinastía tenochca34. Diez años antes, su nombre aparece en el Diario de Chimalpahin. En la entrada correspondiente al martes, 15 de febrero de 1600, el cronista consignó un pintoresco episodio que tuvo como protagonista al aristocrático Don Hernando: ... el que le representaba a Juan Cano Moteczuma era Don Hernando de Alvarado Teçoçomoctzin, quien se hizo conducir erguido sobre unas andas y bajo palio hasta llegar a la puerta del palacio. Iba a rendirle pleitesía al Virrey. Frente a ella, el Virrey salió a su encuentro. Los castellanos se burlaron35. Además de confirmar la impresión que un acercamiento no ideológico proporciona sobre la peculiar psiquis del cronista --la de un aristócrata orgulloso y arruinado que trata de mantener su antiguo modo de vida--, el texto relaciona a Tezozomoc con Juan Cano Moteczuma, quinto de los siete hijos de Doña Isabel Tecuichpo, hija legítima y heredera de Motecuhzoma II. Un vínculo de gran interés porque Cano residía en España desde 1550 y jamás regresó a México, aunque gozaba de la renta de una de las partes que surgieron al dividir el legado de Doña Isabel36. Por lo tanto, parece seguro que en 1600 Tezozomoc se ocupaba de los intereses de su joven primo, seriamente amenazados por los continuos pleitos entre las distintas ramas familiares. Aventurando algo, cabe añadir que tal vez se encargaba de ellos desde que el muchacho y su padre, ya viudo, viajaron a la península para reclamar la fabulosa herencia de la legítima heredera de Motecuhzoma II. Una actividad muy factible dadas la buenas relaciones de Isabel con Francisca de Moteczuma, la madre de Don Hernando, quien, según una interesante relación anónima, vivió con ella por lo menos entre la primavera de 1530 y el otoño de 1532: Mucho habría que decir aquí acerca desto, que todo hace en favor de Moteczuma y sus hijos, porque nos parece segund Dios y nuestra conciencia que deben ser favorecidos y amparados de S.M., en especial la dicha doña Isabel, que es la legítima, y después della doña Leonor, que es casada con otro español que se dice Cristóbal de Valderrama; y otra su hermana que tiene consigo, que se dice doña María, no es casada aunque es mayor en días. Estas dos son hijas de una madre, son de parte de su madre de linaje, cuyo abuelo era de los más privados de Moteczuma. Son muy buenas personas y nobles de condición; y otra que tiene doña Isabel consigo, que se dice doña Francisca, ésta es de menor edad que ninguna37. La relación del nieto de Motecuhzoma con los círculos de la magistratura parece, pues, bastante posible, pero, desde luego, no hay ninguna constancia de que tuviera carácter funcionarial. De ser así --y debo insistir en que el aserto no es imposible, aunque sí improbable--, Don Hernando formaría parte de ese grupo de ambiciosos bilingües que, según el oidor Alonso de Zorita, vivían de los continuos pleitos que sostenían los indios, de azuzar esa fiebre pleitista que el jurista describió con tintes cuasi apocalípticos. Para Zorita --reaccionario en lo político y místico en lo religioso--, era inadmisible y, claro está, punible que los maceguales, los plebeyos, se sublevaran y exigieran a sus señores una sustancial reducción del tributo, máxime si los inspiradores de tal tropelía no eran indios sino españoles, negros, mulatos y mestizos38. Una falsedad porque también la rancia nobleza nativa participó en el caos judicial que sacudió la Nueva España. Tezozomoc, indio por los cuatro costados ejerció de nahuatlato. Por lo tanto, y me limito a seguir el razonamiento de Zorita, tomó parte en la destrucción del bucólico orden imaginado por el oidor; un orden donde todos estaban contentos, así indios como españoles, e los tributos mejor e con menos vejación pagados, por tener la gobernación los señores naturales39. Hermosa paradoja. Uno de los alabados pipiltin del magistrado se gana la vida proporcionando pruebas históricas a los plebeyos y munícipes que pleitean incansablemente para reclamar derechos que, a los ojos del juez español, conducen a la más absoluta de la anarquía. ¿Cómo entender tamaña contradicción? ¿No será, acaso, porque al muy noble Tezozomoctzin no le quedó otra alternativa después de que los bienintencionados frailes y los frailunos funcionarios tipo Zorita desmontaran el sistema oligárquico imperante en la época prehispánica y en el virreinato temprano? La respuesta a la pregunta --políticamente muy incorrecta, lo reconozco-- se encuentra de nuevo en la Crónica mexicayotl. Antes de entrar en materia, debo señalar que lo apuntado no implica convertir automáticamente a Don Hernando en uno de los delincuentes zoritianos. Sería muy fácil deducir de las alusiones del techialoyan de Huauquilpan que don Hernando siguió los pasos de su lejano pariente Don Diego García de Mendoza Moteczuma y se dedicó a falsificar títulos de propiedad y "pinturas antiguas", pero de tan inconsistente prueba no se puede ni se debe deducir que Alvarado era lo que, marzalianamente hablando, podríamos llamar un renegado40.
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Un título demasiado largo A semejanza de las relaciones que le preceden, el segundo fragmento del Códice Ramírez carece de paternidad conocida. Ello, empero, no implica que se deba renunciar a efectuar el pertinente estudio crítico, porque un examen superficial del anónimo manuscrito pone de manifiesto un detalle de gran interés. Me refiero a las frecuentes tachaduras que se encuentran en la obra. Estas enmiendas, que en circunstancias más favorables hubieran parecido triviales, tienen un valor extraordinario a la hora de determinar la filiación de un escrito que, recordémoslo, carece de fecha y firma. Por supuesto, elaborar una teoría sobre tan endebles cimientos puede parecer heterodoxo, arriesgado y conjetural en extremo; mas, desgraciadamente, no existe ninguna opción alternativa. O se sigue la frágil pista hasta las últimas consecuencias, corriendo el riesgo de caer en el más absurdo de los cartesianismos; o se pasa por alto la espinosa cuestión, que queda relegada a la sección de enigmas varios. Ante todo, conviene fijarse en el encabezamiento que inicia la relación. Aunque el escrito llevaba en principio un título muy en consonancia con los gustos literarios de la época -Noticias relativas a la conquista desde la llegada de Cortés a Tetzcuco hasta la toma del templo mayor de México-, el misterioso autor, descontento con tan rimbombante epígrafe, lo redujo de forma drástica, tachando todo el párrafo salvo la palabra inicial. A primera vista, poco se puede decir de la testadura, salvo que el escritor tenía un nuevo título en mente y, por razones ignoradas, no lo consignó. Sin embargo, el marbete final, pese a su ambigüedad, resulta muy sugestivo desde el punto de vista filológico. Al respecto, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua define la voz noticia de la siguiente manera: apuntamiento de algunas especies o materias para extenderlas después o acordarse de ellas. De lo expuesto se deduce que o bien nos encontramos ante el borrador de una obra original, como pensaba Ramírez; o, por el contrario, ante un resumen sacado de un texto va redactado. Dicho con otras palabras, existen los suficientes indicios para suponer que pudo haber una segunda obra y un segundo autor. Naturalmente, esta conjetura necesita apoyos más firmes que una mera divagación lingüística. Para ello, conviene examinar las restantes testaduras para determinar los motivos que impulsaron las modificaciones. Si lo tachado responde a razones de estilo, habrá que dar la razón a don José Fernando Ramírez; mas si las enmiendas responden a una lógica distinta a la esbozada en las Noticias, a una mentalidad historiográfica diferente, entonces mi aserto cobra fuerza. Ahora bien, antes de dar el paso expuesto en el párrafo precedente debemos estudiar previamente el contenido de la relación, que se divide en catorce capítulos sin numerar. Aunque se podría escribir largo y tendido sobre el manuscrito, de momento me limitaré a poner de relieve una observación que considero crucial. El hecho de que las Noticias recojan la versión tetzcocana del dramático enfrentamiento hispano-azteca implica que el anónimo autor, consciente o inconscientemente, cayó en todos y cada uno de los vicios típicos de esa actividad que los eruditos, pomposamente, han dado en llamar microhistoria. El discurso panegirista de los acontecimientos, subjetivo y manipulado, que caracteriza a los historiadores locales, a los cronistas matrios, alcanza tales cotas en las Noticias que el narrador, violentando realidades indiscutibles, llegó a negar la participación de los tlaxcaltecas en la caída de México-Tenochtitlan: Partido de Tlaxcallan Cortés llegó en dos días a Tezcuco ... y el mismo día se fue don Fernando Ixtlixochitl a Otumba para desde allí despachar y hacer llamamiento por toda la tierra, y en su ausencia algunos tlaxcaltecas, por algún odio antiguo, pusieron fuego a los palacios del rey Netzahualpitzintli ... Y viniendo don Fernando y sabiendo lo que pasaba, quiso castigar a los tlaxcaltecas, mas Cortés rogó por ellos, y con todo esto mató dos o tres que habían sido caudillos, por lo cual se amotinaron los demás y se volvieron a Tlaxcallan; por donde queda probado que no fueron ellos los que ganaron a México, sino don Fernando Iztlilxuchitl sic con doscientos mil vasallos suyos, ayudando a los españoles9. Por lo tanto, queda claro que el contenido de la redacción original está plagado de errores mal intencionados y exageraciones. Ahora bien, retomando el hilo de la argumentación, cabe preguntar: ¿las testaduras modifican la concepción laudatoria del escrito? Según se desprende de los textos tachados, la respuesta sólo puede ser negativa. Lejos de objetivar la relación, las enmiendas potencian su tono apologético. Sólo uno de los cinco borrones atañe a la forma10; los restantes afectan al fondo del relato, cuya extensión se vio reducida de manera considerable. La tarea del anónimo corrector perseguía una doble finalidad. De un lado, proporcionar credibilidad a la historia, eliminando tergiversaciones evidentes y puntos polémicos; del otro, difuminar el excesivo protagonismo de Cacamatzin, el tlatoani tetzcocano. El primer objetivo se saldó con la supresión de un capítulo tan fantasioso, absurdo y disparatado que cualquier burócrata palatino lo pondría en entredicho. En efecto, sólo un ignorante o un malevolente se atrevería a corroborar el párrafo con que nuestro enigmático cronista abre el cuarto capítulo: Ido Cortés a México, don Hernando Ixtlilxuchitl contentísimo de haber recibido la ley de Dios y fervoroso en ella con la ayuda del capitán Alonso de Zúñiga y de un muchacho llamado Tomás que iba aprendiendo la lengua y le ilustraba en las cosas de la fe, dejando bastante guarda en Tezcuco salió a recorrer las fronteras y a apercibir sus amigos y vasallos para si se le ofreciese a Cortés alguna necesidad, y hecho esto muy a gusto suyo se volvió a la ciudad de Tetzcoco, donde se ocupaba en el cumplimiento de nuestra santa fe católica, de manera que si hubiera sacerdotes se bautizaran todos, y derribó y quemó los templos y deshizo los ídolos y puso las cosas en tal punto que era cosa de espanto11. Un lector del siglo XVI que fuera lego en la materia nada objetaría a tan piadoso texto; por el contrario, se haría cruces ante tamaña demostración religiosa. Sin embargo, un probo funcionario del Consejo de Indias, acostumbrado a bregar con las relaciones de méritos y servicios de los con conquistadores novohispanos movería la cabeza negativamente. Y, desde luego, llevaría razón, porque el capitán Alonso de Zúñiga y el paje Tomás solo existieron en la imaginación del autor12. No contento con incurrir en tan grave dislate, el autor se refería algunas líneas después a la polémica sobre el bautismo de Motecuhzoma, una cuestión que, esgrimida con habilidad, podía cuestionar las razones expuestas por la Corona castellana para la conquista de las Indias. Aunque la alusión carecía de intención crítica, el sentido común exigía la supresión de una referencia que, sin duda alguna, levantaría suspicacias en los círculos cortesanos. Como el resto del texto hacía hincapié en la actividad proselitista de don Hernán, el corrector optó por suprimir el capítulo en su integridad. Respecto al segundo móvil de las tachaduras, puede afirmarse sin temor a errar que el misterioso censor efectuó una labor de primera clase. Tras los oportunos borrones, Cacamatzin, sobrino de Motecuhzoma y señor del Acolhuacan, no solo perdió el protagonismo que le concedió el texto primigenio, sino que, además, sus relaciones con Ixtlilxochitl, hermanastro suyo, desaparecen como por ensalmo. El gobernante tetzcocano mantuvo desde el principio de la Conquista una actitud ambigua, muy en consonancia con su nombre13, que sólo se desveló tras la prisión de Motecuhzoma. En los momentos iniciales, Cacamatzin, como buen gobernante títere, defendió con ardor las decisiones de su imperial tío, a quien debía el icpalli o trono del Acolhuacan14. Así, cuando el tlacatecuhtli mexicano, preocupado por la llegada de don Hernán al Valle de México, convocó una junta de magnates para dictaminar cual había de ser la postura a seguir, el leal sobrino fue el único asistente que apoyó la opinión del gobernante tenochca. El Sombrío, pregonero de su regio pariente, recordó a los congregados la inviolabilidad de los embajadores --el astuto Cortés se había presentado como legado del emperador Carlos--, y pidió que se admitiera a los barbudos forasteros en la Venecia americana: Ya cabo de esto el Motecuzuma, sabiendo lo que pasaba, llamó a su sobrino Cacama a su consejo y a Cuitlahuacatzin, su hermano, y a los demás señores y propuso una larga plática en razón de si se recibirían los cristianos y de qué manera, a lo cual respondió Cuitlahuacatzin que a él le parecía que en ninguna de las maneras, y el Cacama respondió que él era de contrario parecer, porque parecía falta de ánimo estando en las puertas no dejarlos entrar, de más que a un tan grande señor como era su tío no le estaba bien dejar de recibir unos embajadores de un tan grande príncipe como era el que les enviaba, de más de que si ellos quisiesen algo que a él no le diese gusto, les podía enviar a castigar su osadía teniendo tanto y tan valerosos hombres como tenía; y esto dijo que era su último parecer, y así el Motecuzuma antes que hablase nadie dijo que a él le parecía lo propio. Cuitlahuacatzin dijo: "plega a nuestros dioses que no metáis en vuestra casa a quien os eche de ella y os quite el reino, y quizá cuando lo queráis remediar no sea tiempo". Con lo cual se acabó y concluyó el consejo y aunque todos los demás hacían señas que aprobaban este último parecer, Motecuzuma se resolvió en que los quería recibir, hospedar y regalar15. Por supuesto, la lealtad y el sentido común del señor acohua era una mise en scène. Apenas Malinche colocó los fierros al desdichado Motecuhzoma, Cacama, engolosinado por la tentación de usurpar el icpalli imperial, rechazó la autoridad del tenochca y se declaró en abierta rebeldía. La conspiración fracasó y el tetzcocano, víctima de una trampa, cayó en las manos de su irritado pariente, quien se lo entregó a don Hernán: Visto esto, el rey Cacama, entendida la prisión de su tío, llamó a don Pedro Cohuanacotzin, su hermano, y se fueron a Tezcuco con intento de juntar gentes para venir contra los españoles, pero no tuvo efecto respecto a don Hernando Ixtlilxochitl que estaba de por medio y aún el mismo Motecuzuma dio orden cómo se le trajese a México al Cacama16. Los párrafos transcritos aparecen testados en el manuscrito original. ¿Por qué? Porque, en mi opinión, conservar el discurso del monarca tetzcocano implicaba correr el riesgo de que el lector hispano simpatizase con el Sombrío. Por otra parte los descendientes del linaje real acolhua no verían con buenos ojos la reproducción del sesudo parlamento de la oveja negra familiar. Ahora bien, si tal era el propósito perseguido, ¿no resulta ilógica la supresión de la traidora conducta de Cacamatzin? Rotundamente, no. Un examen superficial de la cuestión demuestra que la censura tenía su razón de ser. La difícil postura de Motecuhzoma --inteligente, sutil y por ello incomprendida-- resulta cuando menos claudicante e indigna para el común de los mortales, educados desde la tierna infancia en los grandilocuentes conceptos de heroísmo, patriotismo y demás ismos; mientras que la rebeldía del sobrino levanta el entusiasmo de tirios y troyanos. La figura de un joven príncipe, que, asqueado y sin estómago para resistir --los adjetivos no son míos--, rompe los lazos de sangre, lanza a los cuatro vientos el grito de libertad y se alza en armas contra el Quisling mesoamericano impresiona, qué duda cabe. Y no sólo al profano... también muchos eruditos, seres humanos al fin, se estremecen emocionados ante tan heroico acto. Véase si no la cita siguiente, fruto de la bien cortada pluma de don Manuel Orozco y Berra: Conducido en hombros de los nobles Cacamatzin fue llevado a la presencia de Motecuhzoma; reconvínole éste su proceder, mas él no perdió la entereza y con palabras desabridas le echó en cara su afeminada cobardía; furioso el emperador entregó su sobrino en manos de don Hernando. ... Así, aquel miserable emperador se tornaba en vil instrumento de sus carceleros y por medios reprobables entregaba a cuantos sentían en el corazón el amor de la patria17. Ocurre, sin embargo, que la prosaica realidad casa mal con el romanticismo. Como he señalado en otra ocasión, ni los acontecimientos se desarrollaron de tan simplista manera, ni tienen cabida en ellos los planteamientos mazdeistas18. A lo que parece, la persona que borró los textos conocía bien la psicología humana, El lector de las Noticias difícilmente suscribiría la opinión de Orozco sobre Cacamatzin. Evidentemente, la depreciación política de Cacamatzin favorecía a su hermanastro, el díscolo príncipe Ixtlilxochitl, quien se convertía así en el indiscutible héroe de la gesta cortesiana. No obstante, convenía pulir la tarea, pues el manuscrito presentaba las relaciones fraternales de una manera tan ambigua que el héroe Ixtlilxochitl perdía credibilidad. Los dos últimos testados solo se comprenden desde este punto de vista. El complejo panorama geopolítico del México central --muy similar al de la Italia renacentista-- propiciaba la traición solapada, la hipocresía política y la aplicación exhaustiva de las enseñanzas de Niccolo Maquiavelli. La dureza de una situación donde imperaban la ley de la jungla, donde la mera supervivencia física era el único fin en muchas ocasiones, legitimizaba el uso de medios heterodoxos o censurables. Un nativo lo comprendería; pero ¿lo admitiría un castellano? Probablemente no. Por eso, era de vital importancia eliminar aquellos párrafos que pudieran poner en la picota las honradas intenciones del gran amigo de Cortés. Examinada bajo esta perspectiva, la primera testadura, que comprende el capítulo inicial en su totalidad, cobra una coherencia imposible de captar por otros medios. El relato de la entrevista que Ixtlilxochitl mantuvo con su hermano Coanacotzin, emisario del Sombrío, en Tepetlaoztoc sacaba a la luz un hecho desagradable: el combativo magnate acolhua había aceptado, siquiera por una vez, los planes de los tiranos Motecuhzoma y Cacama. Al menos, a esa conclusión se llega tras la lectura del capítulo que abre las Noticias: ...trataron de muchos negocios y Cohuanacotzin dijo lo que pasaba en México y cómo el rey Cacama, su hermano, estaba allí y Motecuzuma, su tío, le había cometido el recibimiento de los españoles, y que él había venido en orden de su hermano a apercibir en la ciudad comida y regalos para si acaso quisiesen venir por allí, y pues que ya tenía nueva cierta que habían de venir a salir por aquel camino, era del parecer que los recibiesen y convidasen a su ciudad y el Iztlilxuchitl sic que como lo deseaba dijo que sí y así los recibieron19. Si se hubiera conservado el texto, el aliado de Cortés habría quedado en mal lugar, porque, desde luego, su comportamiento resulta muy poco edificante. Empero, tras los oportunos borrones, la figura del acolhua adquiría una intachable respetabilidad. Cacama e Ixtlilxochitl eran hermanos, sí; mas nada tenían en común, pues sus distintas motivaciones les llevaba a actuar de manera independiente. Resta por examinar el pasaje omitido en el quinto capítulo, cuyo largo título también se suprimió. El párrafo en cuestión abordaba uno de los temas más espinosos de la Conquista: la activa participación de Motecuhzoma en la detención de Cacamatzin. El texto censurado se inicia de manera un tanto abrupta, pues mutila la conversación que Motecuhzoma y Cortés tuvieron a propósito de la actitud rebelde del gobernante acolhua. El impulsivo extremeño pretendía marchar sobre Tetzcoco y capturar al traidor; pero el Motecuzuma le dijo que no hiciese tal, porque Cacama era muy orgulloso y señor de los culhuas y chichimecas, y la ciudad muy fuerte, y le sucedería mal; y así tomó su consejo y porque le dijo que él le haría venir y le aplazaría, y así le mandó llamar por ciertos señores y vino, aunque lo trajeron con muy grandes cautelas y engaños hasta la laguna, donde teniendo recaudo de canoas y gente de guardia dieron con él en México, y no queriéndole ver Motecuzuma, porque estaba enojado con Cortés respecto de que aquel día se determinó a echarle grillos, mandó que se le entregasen (que a tanto llegó la confusión de Motecuzuma viéndose con grillos, que no osó de vergüenza ver a su sobrino), y entregado el preso amaneció un día muerto el desdichado Cacama, postrero rey y heredero directo del imperio chichimecatl, de edad de veinticinco años no cumplidos y gentil. Entre tanto que estas cosas pasaban en México y en ausencia de don Fernando20. A primera vista, la poda resulta un tanto absurda, porque los sucesos consignados eran de sobra conocidos. La especie, moneda corriente en el virreinato, se encontraba prolijamente relatada en cualquier crónica de la época, figurando incluso en la segunda Carta-relación de Hernán Cortés21. Sin embargo, una segunda lectura pone al descubierto algunos detalles sui generis que, sin duda alguna, irritarían a más de un poderoso. En primer lugar, la abierta acusación de regicidio lanzada contra don Hernán --uno de los tópicos de las historias de inspiración indígena-- sería mal recibida en los círculos castellanos. Pocas personas, salvo el extremeño y sus allegados, negarían la denuncia en la España del siglo XVI. Para muchos españoles de la época, Cortés asesinó a Cacamatzin; pero en unas circunstancias que le eximían de cualquier culpa. Gracias al crimen, el ejército español logró salir sano y salvo de la capital mexicana. En mi opinión, el aserto parece lógico y admisible. El capitán castellano, buen etnólogo, había observado que los nahuas del México central suspendían las hostilidades durante las honras fúnebres y, obsesionado por escapar de la lacustre ratonera, vio en la práctica una oportunidad para retirarse de Tenochtitlan. De manera que ordenó sin pestañear la ejecución de Cacamatzin y de los restantes prisioneros. El testimonio de fray Francisco de Aguilar --un sanguinario conquistador devenido en fraile dominico y, por ello, autor digno de confianza-- corrobora la suposición. En su relación, el antiguo soldado afirma textualmente: Moctezuma herido en la cabeza dio el alma a cuya era, lo cual sería a hora de vísperas, y en el aposento donde él estaba había otros muy grandes señores detenidos con él a los cuales el dicho Cortés, con parecer de los capitanes, mandó matar sin dejar ninguno, a los cuales ya tarde sacaron y echaron en los portales donde están ahora las tiendas, los cuales llevaron ciertos indios que habían quedado que no mataron ... Hecho esto, venida ya la noche, el capitán Hernando Cortés con los demás capitanes dieron orden cómo todos saliesen con gran silencio22. Aunque los crímenes jamás dejan de ser crímenes, existe una gradación que los hace más o menos odiosos. Éticamente hablando, no es lo mismo ejecutar a unos pocos para salvar las vidas de muchos que el asesinato cometido a sangre fría. Como el autor de las Noticias presentaba el suceso de una forma que cualquier juez calificaría de homicidio en primer grado, el anónimo escrito resultaba inaceptable para la Corona. Al actuar el marqués del Valle con nocturnidad, alevosía y premeditación había violado el derecho natural y moral, ergo... la dominación española de Tetzcoco --fruto del acto-- era ilegítima. Mas el espantoso crimen también salpicaba a Ixtlilxochitl, el noble príncipe acolhua. Si, según repite el texto una y otra vez, nada se hacía en Tetzcoco sin el conocimiento del belicoso magnate, Ixtlilxochitl, forzosamente, tuvo que participar en la conjura contra Cacamatzin, convirtiéndose con ello en cómplice del asesinato. Aunque en el testado se mencionaba de forma expresa que el aliado de Cortés se encontraba casualmente fuera de Tetzcoco, conservar el texto era peligroso, porque en las líneas anteriores se le relacionaba con el affaire Cuauhpopoca, y ello invitaba a relacionar uno y otro suceso. En su deseo de librar al hijo de Nezahualpilli de toda sospecha, el misterioso corrector incurrió en un grave dislate que destrozó una gran parte de la labor previa. Consistió éste en respetar el pasaje final del capítulo, que, como se verá a continuación, carece de desperdicio: Y en esto llegó la nueva de la muerte del rey de Cacama y el don Fernando y todos hicieron grandísimo sentimiento, y en particular por parte de don Fernando, que se quejó de Cortés al capitán Zúñiga, no tanto por su muerte, cuando porque le habían muerto sin el bautismo; aunque pasó por ello respecto del amistad de su ley y de la que ya a su nuevo emperador23. Las contradicciones saltan a la vista. La acusación de regicidio, cuidadosamente eliminada, reaparece con fuerza al siguiente renglón. Y no para aquí el desliz, pues la enérgica protesta de Ixtlilxochitl se presenta al fantasmagórico capitán Zúñiga. Por lo visto, la mente del corrector se obnubiló al comprobar tamaño ejemplo de piedad cristiana. Sea como fuere, el examen de las testaduras ha dado unos magníficos resultados, ya que nos permite establecer algunas conclusiones bastante lógicas. Ante todo, queda claro que el segundo fragmento del Códice Ramírez no es el borrador de un original, como pensaba su ilustre descubridor, sino unos apuntes, unas noticias, tomadas de un texto ya redactado. El autor de la relación que inspiró las notas era con toda seguridad un tetzcocano, cuyo amor patrio le condujo a crear una historia apologética llena de exageraciones, erróneas interpretaciones e ingenuas manipulaciones. El anónimo historiador pretendía destacar el papel del pueblo acolhua en conjunto. Por eso concedió a Cacamatzin, enemigo de la cruz y de Castilla, un protagonismo que obscurecía en ocasiones el papel de su hermanastro, el famoso Ixtlilxochitl. La persona que copió las noticias no compartía este punto de vista. Menos chauvinista que su colega, eliminó cuidadosamente las falsedades más evidentes. Al censurar el texto, el copista pretendía un doble objetivo: de un lado, eliminar el tono antiespañol del relato, inaceptable para el lector castellano; del otro, realzar en mayor medida la personalidad de Ixtlilxochitl. Aunque de hecho ambos fines se complementaban, el último predominó de facto.