AL MUY MAGNÍFICO SEÑOR BALIANO DE FORNARI, JOSÉ MOLETO Fueron siempre, magnífico Señor mío, tenidos en grandísima estima todos aquellos que fueron descubridores de alguna cosa provechosa; y a tal aprecio subieron entre los antiguas, que, no contentándose con darles alabanza humana, los contaron entre los dioses. De allí, Saturno, Jove, Marte, Apolo, Esculapio, Baco, Hércules, Mercurio, Palas y Ceres; y de allí, en suma, todos los dioses gentílicos de que están llenos los escritos antiguos. No me parece que hicieron esto sin alguna razón verosímil, porque no teniendo luz de la verdadera religión, adoraban a los hombres de quienes habían recibido algún beneficio notable. Ni puede mejor, a juicio de los sabios, mostrar el hombre señal de gratitud a aquel de quien ha recibido un provecho tal que no puede remunerarse con dones comunes, sino con honrarlo, pues solamente se honran las cosas divinas o que tienen resplandor de divinidad. Y, ¿qué mayor señal puede dar el hombre de su divinidad, que con descubrir cosas de utilidad para otro hombre? Y es hecho cierto que todo inventor de cosas útiles es sumamente amado por Dios, siendo éste sólo el verdadero dador de todos los bienes; el cual, muchas veces, por medio de un solo hombre, se digna manifestar cosas rarísimas y escondidas por muchos siglos; como en nuestro tiempo ha sucedido con el Nuevo Mundo, de los demás ignorado, o, si lo conocieron, la memoria de esto se perdió en tal manera, que todo aquello que se contaba era tenido por fabuloso; y ahora, por medio del ilustre D. Cristóbal Colón, hombre verdaderamente divino, le ha placido manifestarlo. Por lo cual, de esto cabe deducir primeramente, que este varón singularísimo, fue muy grato al eterno Dios, y, por tanto, se puede afirmar que si hubiese vivido en la Edad Antigua, no solamente los hombres, por tan magna obra, le habrían contado y puesto en el número de los dioses, más aún le hubiesen hecho el príncipe de éstos. Y es cosa cierta que no puede esta época honrarlo tanto que no sea digno de mayor honra. Y es digno de grandísima alabanza quien se consagra a la inmortalidad de un hombre tan esclarecido, verdaderamente digno de vivir en la memoria de los hombres mientras dura el mundo; como se ve que ha hecho vuestra señoría, que con tanta diligencia ha procurado que salga a luz la vida de tan egregia persona, escrita, ha tiempo, por el ilustre D. Hernando Colombo, segundo hijo del mencionado D. Cristóbal, Cosmógrafo mayor del invictísimo Carlos V. Fue D. Hernando de no menos valer que su padre, y dotado de más letras y ciencias que éste; el cual dejó a la Iglesia mayor de Sevilla, donde hoy se ve honrosamente sepultado, una librería, no sólo numerosísima, mas también riquísima y llena de muchos libros rarísimos de toda Facultad y Ciencia; la cual, quienes la han visto, la juzgan una de las cosas más notables de toda Europa. Resulta indudable que su Historia es verdadera, pues la escribió el hijo con relaciones y cartas y con mucha prudencia. También está fuera de sospecha que no fuese escrito por manos del susodicho ilustre D. Hernando, y que lo que ha visto vuestra señoría, no sea el mismo original, pues a vuestra señoría le dio por tal el ilustre D. Luis Colombo, muy amigo de vuestra señoría, y el día de hoy Almirante de Su Majestad Católica; fue sobrino del dicho D. Hernando, e hijo del ilustre D. Diego, primogénito de D. Cristóbal; el cual D. Diego heredó el estado, y la dignidad de su padre. Del buen ánimo de dicho D. Luis no se puede decir tanto que lo sea más vuestra señoría, por lo que, como caballero de honor, de suma bondad, y deseoso de que la gloria de tan excelente varón quede siempre inmortal, no mirando a su edad, de setenta años, ni a la estación, ni a lo largo del viaje, vino de Génova a Venecia con propósito de hacer imprimir el mencionado libro, tanto en lengua castellana, en la que fue escrito, como en la italiana, y aun con designio de mandar traducirlo a la latina, para que del todo pudiera hacerse clara y manifiesta la verdad de los hechos de hombre tan eminente, ciertamente gloria de Italia, y en especial de la patria de vuestra señoría. Mas viendo el mucho tiempo que esto exigía, obligado por sus muchas ocupaciones, públicas y particulares, a volver a su ciudad, se encargó de ello el Sr. Juan Bautista de Marino, caballero adornado de nobilísimas cualidades, de mucho ánima y muy estudioso; el cual, siendo como es muy señor mío, ha querido que fuese mío en buena parte el afán de tal negocio, y yo no he intentado eludirme, sabiendo que daría gusto al mencionado señor y que a vuestra señoría no le sería desagradable, observándolo yo como fue. He, aquí, pues, señor mío, que el libro se publica, y con razón, bajo el nombre de vuestra señoría, como de quien ha procurado con tanta fatiga que se imprima y de quien he recibido tan diligente ayuda. Siendo casi como obra vuestra, es justo que los efectos retornen y se reflejen en su causa. Recibid, pues, señor, con alegre semblante, vuestro libro, y tenedme siempre por afectísimo. De Venecia, el día 25 de Abril de 1571.
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Posible influjo de fray Bartolomé de las Casas Fray Bartolomé de las Casas no estuvo en el Perú, aunque las noticias que de aquella tierra llegaron a sus oídos le decidieron a interrumpir su vida de retiro en Santo Domingo, efecto de su entrada en la orden dominicana, que era a su vez resultado del fracaso de su plan de colonización en Cumaná. Pero su vocación peruanista se interrumpió a medio camino, cuando había llegado a Nicaragua con el probable propósito de alcanzar aquellas nuevas y ya tan famosas tierras. En Nicaragua se enzarzó en gran altercado con el gobernador Contreras, altercado del que le vino a liberar el obispo de Guatemala, don Francisco Marroquín; quien le invitó a sustituirle a la cabeza de su diócesis durante el viaje que tenía que hacer a México para recibir allá su consagración episcopal. Las Casas no perdió el tiempo en Guatemala, aunque su trabajo principal fue conseguir del gobernador don Francisco Maldonado un encargo de misionar todo el territorio septentrional de la provincia. No tuvo tiempo de llevar a la práctica lo que él ya consideraba demostración triunfal de sus doctrinas de penetración pacífica, y sin esperar el regreso de Marroquín marchó a México para invervenir en el capítulo provincial de su orden: capítulo en que se había de decidir --contra su opinión-- el establecimiento de una provincia dominicana en México, que fuera independiente de la que tenía su base en Santo Domingo. Regresa Las Casas algo decepcionado a Guatemala y las cosas parecen enderezarse: Marroquín --también de vuelta-- le encarga que aproveche su viaje a España para traer una buena expedición de religiosos; Alvarado, también de vuelta de su expedición al Perú y de su nuevo viaje a Castilla, le ofrece el pasaje en uno de los barcos que le ha traído de la península. Y con este apoyo doble, organiza fray Bartolomé un viaje que estará lleno de actividad, con resultados generalmente favorables. No olvida lo peruano, pero su fervor no le obliga a aceptar años después la mitra del Cuzco, en tanto que da su consentimiento al obispado de Chiapas, frontero de las provincias de Guatemala, que considera su campo de actividad pastoral. Años adelante, pasada la crisis de las Leyes Nuevas que la voz popular le atribuía, aunque él las creía muy inferiores a sus ideales de reivindicación indígena; establecido ya tranquilamente en el colegio de San Gregorio, en Valladolid, vuelve a influir en los destinos imperiales del Perú consiguiendo el rechazo de la perpetuidad de las encomiendas que los peruleros propugnaban. No apareció por el Perú, pero su nombre aparecía ligado con las Leyes Nuevas, cuya aplicación por parte del virrey Blasco Núñez Vela haría rebrotar con nueva fuerza las guerras civiles... Pero estos sucesos quedan fuera de la Tercera Parte de la Crónica del Perú, que concluye en las primeras escaramuzas entre Pizarro y Almagro, sin relación con las Leyes Nuevas y el posible influjo lascasiano. Sólo una mención he encontrado de Las Casas en la extensa obra cieciana cuando lo presenta como autor de las Leyes Nuevas; pasaje en que Cieza muestra su disconformidad con las generalizaciones lascasianas: pues no todos --escribe en el capítulo 99 de la guerra de Chupas-- los que tenían asiento en Indias eran tan malos que se deleitaban en cometer pecados tan grandes, antes había muchos que les pesaba e reprendían ásperamente aquellas cosas... Y en el mismo pasaje de Chupas expresa su aprobación al sistema de las encomiendas, que en las Leyes Nuevas se declaraban a extinguir.. Porque ellos (los encomenderos) han pasado grandes trabajos, hambres e miserias que no se pueden brevemente contar; e muchos dellos habían perdido las vidas en descubrimientos e conquistas de Indias, e dejaban sus mujeres e hijos; y sentían estos tales que los de sus padres se pusiesen en cabeza del rey, e les fuese quitada la encomienda que dellos tenían, habiéndoles hecho merced de ciertas vidas... Sin embargo, en la Tercera Parte de la Crónica algunas moralizaciones de Cieza suenan a lascasianas; en una de ellas alude --sin nombrarlo-- a fray Bartolomé y sus doctrinas sobre la propiedad de los indígenas, y sobre la obligación de restituirles lo mal habido. Y es clara alusión a las controversias surgidas en torno a las publicaciones de fray Bartolomé aquella frase: Muchas veces he oído discutir (dice en el cap. LII) y tratar a grandes teólogos sobre si lo que el rey o los españoles llevaron fue bien habido y no para hacer conciencia: no es materia para mí tratar dello, los que lo hubieron, que lo pregunten, e lo sepan; que yo si me cupiera parte, lo mismo hiciera... En sus relaciones literarias, fray Bartolomé aprovechó generosamente lo ya publicado de Cieza, en su Apologética Historia Sumaria; en ella, al tratar de los indios del Perú, sigue Casas a su original Cieza --sin tomarse naturalmente el trabajo de citarlo--, aunque su transcripción no es textual y queda disimulada y distribuida entre los capítulos 46-48, 125, 126 y 133, 182, 247 y 277. La relación del descubrimiento peruano sigue en las Casas una supuesta relación de fray Marcos de Niza y la descripción del sistema incaico sigue un original diferente de Cieza que no he identificado. Sin embargo, Cieza menciona a fray Bartolomé repetidas veces en su testamento, encargando a su buen juicio la decisión sobre los papeles que a su muerte queden inéditos. ¿Cuándo y por qué se produjo este aumento de confianza...? Pudo ser a lo largo de sus gestiones para poner en marcha la impresión de su Primera Parte, fecha que corresponde a la primera aparición de los folletos lascasianos. Fray Bartolomé debió parecer a nuestro Pedro hombre lleno de recursos que sabía manejarse muy bien en las marañas legales que dificultaban la impresión de obras que tuvieran relación con las indias. Un fray Bartolomé que ponía en circulación obra tan comprometida como la célebre Brevísima Relación era muy capaz de superar todas las dificultades que impidieran tanto las reediciones en España de la Primera Parte de la Crónica --ya que en el extranjero marchaban muy bien-- como los demás cuadernos que, a la hora de su muerte, quedaban manuscritos. En su testamento, Cieza distingue entre la segunda y tercera parte de la Crónica del Perú, y las Guerras civiles. Para las primeras, cree Cieza que pueden darse sin más a la imprenta, sugiriendo, en caso de no encontrar editor que se responsabilice de ello, que se envíen al obispo de Chiapa a la Corte, y se lo den con el dicho cargo de que lo imprima. En el estudio bio-bibliográfico de Cieza que aparece en el tomo III de la edición monumental, se aclara la complicada trayectoria que siguieron los papeles de Cieza, que, en el caso de la Tercera Parte, tuvo su final feliz en la biblioteca de la reina de Suecia; para llegar finalmente a la biblioteca apostólica vaticana, donde la encontró y editó Francesca Cantú (1979) y la hemos estudiado y editado nosotros (1984-1985).
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Introducción y declaración nuevamente sacada, que es el calendario de los indios de Anáoac, esto es, de la Nueva España "Por las ruedas aquí antepoestas cuentan los indios sus días, semanas, meses, años, olimpíadas, lustros, indiciones y hebdómadas, comenzando su año con el nuestro desde el principio de enero, en el cual se hallan las maneras de contar los tiempos que tuvieron todas las naciones, y según parece los indios que la composieron y sabían bien ciertamente se mostraron philosophos naturales. Solamente faltaron en el bisexto, pero también pasó el gran philosopho Aristótiles y su maestro Platón y otros muchos sabios que no lo alcançaron. Y es de saber que en este calendario no hay cosa de idolatría; y esto se poede de alabar por muchas razones, pero bastará dezir una, y es: que en esta tierra no ha muy muchos años que començaron las idolatrías, y este calendario es antiquíssimo; y si los nombres de los días, semanas y años y sus figuras son de animales y de bestias y de otras criaturas, no se devan maravillar, pues si miramos los nuestros también son de planetas y de dioses que los gentiles tuvieron, y pues que aquí se escriven muchos ritos, ficciones y antiguos sacrificios, una cosa tan buena y de tanto primor y verdadera que estos naturales tuvieron no es razón de reprobarla, pues sabemos que todo bien y verdad, quienquiera que lo diga, es del Espíritu Sancto". Confutación de lo arriba dicho En lo primero que dize, que por esta cuenta los indios contavan sus semanas, meses y años, es falsíssimo, porque esta cuenta no contiene más de doscientos y sesenta días, y fáltale ciento y cinco días para ser cuenta de un año entero. Ni tampoco contavan sus meses por esta cuenta, porque sus meses son deziocho en un año, y cada uno tiene veinte días, que son trezientos y sesenta días, al cual número no llega esta cuenta. Ni tampoco cuentan por esta cuenta sus semanas, porque aquello que dizen que tenían treze días por semana es falso, porque de esta manera sería una semana de treze días, y otra semana entraría con tres días en el mes siguiente, y ansí cada mes no tendría dos semanas enteras, mayormente que sus semanas eran de cinco días, las cuales mejor se llamaran quintanas que no semanas, y hay en cada mes cuatro de estas quintanas. Lo que dize de olimpíades y lustros y indiciones a la mesma razón es falso y mera ficción. Lo que dize que el año començava en enero como el nuestro es falsíssimo, porque lo que llaman un año por esta cuenta no son más de doscientos y sesenta días, y de necesidad se havía de acabar ciento y cinco días antes de nuestro año, y ansí no podía començar con el nuestro año sino algunas y muy raro. En lo que dize que los indios que composieron esta cuenta se mostraron philosophos naturales es falsíssimo, porque esta cuenta no le llevan por ninguna orden natural, porque fue invención del demonio y arte de adivinación. En lo que dize que faltaron en el bisexto es falso, porque en la cuenta que se llama calendario verdadero cuentan trescientos y sesenta y cinco días, y cada cuatro años contavan trecientos y sesenta y seis días, en fiesta que para esto hazían de cuatro en cuatro años. En lo que dize que en este calendario no hay cosa de idolatría es falsíssima mentira, porque no es calendario sino arte adivinatoria, donde se contienen muchas cosas de idolatría y muchas supersticiones y muchas invocaciones de los demonios, tácita y expressamente, como parece en todo este Cuarto Libro precediente. De manera que ninguna verdad contiene aquel tratado arriba puesto, que aquel religioso escrivió, mas antes condene falsedad y mentira muy perniciosa. Síguese adelante en el tratado de aquel religioso "Los indios, que bien entendían los secretos de estas ruedas y calendario, no los enseñavan ni descubrían sino a muy pocos, porque por ello ganavan de comer, y eran estimados y tenidos por hombres sabios y entendidos; empero, sabían casi todos los indios adultos y tenían noticia del año, ansí del número como de la casa en que andavan; mas de los nombres de los días y semanas y otros muchos secretos y cuentas que tenían, solos aquellos maestros compotistas lo alcançávanla de saber. Agora para entender la cuenta que estos naturales tenían, y para saber cómo contavan los tiempos por las ruedas y figuras aquí escritas, se ponen reglas, que son las infraescritas". Confutación de lo arriba dicho Ya está dicho que el calendario es dintincto de esta cuenta y no tiene nada que ver con ella. Y el calendario trata de los meses de todo el año, y de los días de todo el año, y de las semanas de todo el año y de las fiestas fixas de todo el año. Sabíanle todos los sátrapas y todos los ministros de los ídolos y mucha de la otra gente popular, porque es cosa fácil y toca a todos. Empero, la cuenta de la arte adivinatoria, a la cual falsamente llama calendario, es cuenta por sí, porque su fin se endereza a adivinar las condiciones y sucessos de los que nacen en cada signo o carácter. Esta cuenta sabíanla solamente los adivinos y los que tenían habilidad para deprenderla, porque condene muchas dificultades y obscuridades. Y a éstos que sabían esta cuenta llamávanlos tonalpouhque y teníanlos en mucho y honrávanlos mucho. Teníanlos como prophetas y sabidores de las cosas futuras, y ansí acudían a ellos en muchas cosas, como antiguamente los hijos de Israel acudían a los prophetas. Dize éste que los meses son veinte en un año, y no es verdad, porque no son más de deziocho; dize ansimismo que las semanas son de treze días, y no es verdad, porque no son más de cinco días, y ansí son cuatro semanas, o por mejor dezir quintanas, en un mes. Los treze días, a que falsamente llama semana, no son sino el número de días que reinava cada uno de los veinte caracteres de esta arte adivinatoria, como está claro en el Cuarto Libro precedente, que trata de esta arte adivinatoria. Síguese la tabla y manera de contar que tenían los adivinos en esta arte. Al lector Esta tabla que está frontera (ver lámina I), amigo lector, es la cuenta de los caracteres o signos de que en este Cuarto Libro havemos tractado, la cual procede por esta orden, que primeramente se ponen veinte caracteres, y junto a ellos sus nombres, y después de ellos se ponen los días en que reinan por cifras del alguarismo, y comiença uno, dos, tres, etc. El carácter donde está junto el uno o frontero de él es el que reina aquello treze días, y comiénçase a contar desde arriba hazia abaxo, y llegando a treze luego buelve a uno, y el carácter enfrente de quien está aquel uno es el que reina los treze días que se siguen; y ansí de todos los demás números y caracteres. De manera que cada un carácter viene a reinar treze días, y el número de todos estos días son dozientos y sesenta, y de allí buelve otra vez al principio. También en el principio de esta cuenta se pone la manera de contar de los años, porque estas dos cuentas andan vinculadas o pareadas. La cuenta de todos los tiempos que tenían estos naturales es la que se sigue La mayor cuenta de tiempo que contavan era hasta ciento y cuatro años, y a esta cuenta llamavan un siglo. A la mitad de esta cuenta que son cincuenta y dos años llamavan una gabilla de años. Este tiempo de años traíanla ab antiquo contados. No se sabe cuándo començó, pero tenían por muy averiguado, y como de fe, que el mundo se havía de acabar en el fin de una de estas gabillas de años. Y tenían prenóstico o oráculo que entonce havía de cesar el movimiento de los cielos, y tomavan por señal al movimiento de las Cabrillas la noche de esta fiesta, que ellos llamavan toximmolpilía. De tal manera caía que las Cabrillas estavan en medio del cielo a la medianoche, en respecto de este horizonte mexicano. En esta noche sacavan fuego nuevo, y primero que los sacassen apagavan todo el fuego en todas las provincias, pueblos y casas de toda esta Nueva España, y ivan con gran processión y solemnidad todos los sátrapas y ministros del templo. Partían de aquí, del templo de México, a prima noche, y ivan hasta la cumbre de aquel cerro que está cabe Itztapalapan, que ellos llaman Uixachtécatl. Y llegavan a la cumbre a la medianoche, o casi, donde estava un solemne cu, edificado para aquella cerimonia. Llegados allí, miravan a las Cabrillas si estavan en el medio, y si no estavan esperavan hasta que llegassen. Y cuando vían que ya passavan del medio entendían que el movimiento del cielo no cesava, y que no era allí el fin del mundo, sino que havían de tener otros cincuenta y dos años, seguros que no se acabaría el mundo. En esta hora estavan en los cerros circunstantes que cercan a toda esta provincia de México, Tezcucu y Xuchimilco y Cuauhtitlan, gran cantidad de gente esperando a ver el fuego nuevo, que era señal que el mundo iba adelante. Y como sacavan el fuego los sátrapas con gran cerimonia en el cu de aquel cerro, luego se parecía en todo lo circunstante de los cerros, y los que estavan allí a la mira levantavan luego un alarido que le ponían en el cielo, de alegría, que el mundo no se acabava y que tenían otros cincuenta y dos años por ciertos. La última solemnidad que hizieron de este fuego nuevo fue el año de mil y quinientos y siete; hiziéronle con toda solemnidad porque no havían venido los españoles a esta tierra. El año de mil y quinientos y cincuenta y nueve se acabó la otra gabilla de años, que ellos llaman toximmolpilía; en ésta no hizieron solemnidad pública porque ya los españoles y religiosos estavan en esta tierra, de manera que este año de mil y quinientos y setenta y seis anda en quinze años de la gabilla de años que corre. Cuando sacavan fuego nuevo y hazían esta solemnidad renovavan el pacto que tenían con el demonio de servirle, y renovavan todas las estatuas del demonio que en sus casas tenían, y todas las alhajas de su servicio y las de sus casas, y hazían grandes alegrías por saber que ya tenían el mundo seguro, que no se acabaría por cincuenta y dos años. Claramente consta que este artificio de contar fue invención del diablo para hazerlos renovar el pacto que con él tenían de cincuenta en cincuenta y dos años, y amedrentándolos con la fin del mundo y haziéndolos entender que él alargava el tiempo y les hazía merced de él, passando el mundo adelante. Demás de esta cuenta tenían que de ocho en ocho años hazían un ayuno de pan y agua por espacio de ocho días, y hazían al cabo una fiesta donde hazían solemne areito de diversos personajes, donde dezían que descubrían ventura o que la merecían, y llamávanla atamalcualiztli. Otra fiesta hazían de cuatro en cuatro años a honra del fuego, donde agujeravan las orejas a todos los niños y niñas, y la llamavan pillauanaliztli. Y en esta fiesta es verisímile y hay conjecturas que hazían su bisexto, contando seis de nemontemi. La otra cuenta del tiempo es de un año, el cual repartían en deziocho meses, y cada mes le davan veinte días, y cada uno de estos meses era dedicado a uno o a dos dioses, y hazían en él sus fiestas. Cada uno de estos meses le repartían de cinco en cinco días, y hazían las ferias el último día de estos cinco en un pueblo, y dende a cinco días en otro, y dende a otros cinco días en otro. De manera que el cuarto quintanario era la fiesta del dios que se celebrava en el mes que se seguía. Los cinco días que son más de los trezientos y sesenta de todo el año teníanlos por valdíos y aziagos, y ansí no hazían cuenta de ellos para ninguna cosa; pero cuenta tenían con todos los días del año y con todos los meses del año y con todas las quintanas del año, que son cuatro en cada mes. Otra cuenta tenían estos naturales que ni sigue la cuenta del año, ni de los meses, ni de las quintanas, que impropriamente se pueden dezir semanas. Esta cuenta tiene veinte caracteres, como está pintado en la tabla que está detras de esta hoja (ver lámina I); a cada uno de estos caracteres atribuían treze días, en las cuales reinava uno de estos caracteres, de manera que cada uno reinava treze, días, y el círculo que estos caracteres con sus días hazían son dozientos y sesenta días, el cual círculo tiene ciento y cinco días menos que un año. Esta cuenta se usava para adivinar las condiciones y sucesos de la vida que tendrían los que naciessen. Es cuenta delicada y muy mentirosa, y sin ningún fundamento de astrología natural, porque el arte de la astrología judiciaria que entre nosostros se usa tiene fundamento en la astrología natural, que es en los signos y planetas del cielo y en los cursos y aspectos de ellos. Pero esta arte adivinatoria síguese o fúndase en unos caracteres y números en que ningún fundamento natural hay, sino solamente artificio fabricado por el mesmo diablo; ni es posible que ningún hombre fabricasse ni inventasse esta arte, porque no tiene fundamento en ninguna sciencia ni en ninguna razón natural; más parece cosa de embuste y embaimiento, que no cosa razonal ni artificiosa. Digo que fue embuste y embaimiento para encandilar y desafinar a gente de poca capazidad y de poco entendimiento; no obstante esto, era tenida en mucho esta arte adivinatoria, o más propriamente hablando, embuste o embaimiento diabólico. Y también los que la sabían y usavan eran muy honrados y tenidos porque dezían las cosas por venir, y del vulgo eran tenidos por verdaderos, aunque ninguna verdad dezían, sino acaso y por yerro. Esta arte ni sigue años, ni meses, ni semanas, ni lustros, ni olimpíadas, como algunos dixeron y afirmaron falsamente. Fray Bernardino de Sahagún Porque la tabla precedente del arte adivinatoria está dificultosa de entender y de contar, puse esta tabla que se sigue, porque está muy más clara y la cuenta muy más fácil y conforme a como ellos contavan (ver láminas II-III). Y no piense nadie que esta tabla es calendario, porque como dicho es, no es sino arte adivinatoria. El calendario de estos naturales se pone en el principio del Segundo Libro; está muy claro de entender por las letras del a b c que tiene: de una parte se cuentan los meses suyos, que son de veinte en veinte días, y de la otra parte se cuentan los nuestros meses, que son de a treinta días, uno más o menos. Y por estar esta cuenta de esta manera, fácil cosa es saber sus fiestas, en qué mes de los nuestros caían y a cuántos días de cada mes. La otra cuenta, que es de los años, se pone en el Séptimo Libro de esta historia; allí se podrá ver si pluguiere a Nuestro Señor que salga a luz.
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"Mi fin es mi comienzo... ... y mi comienzo mi Fin". Así se inicia un hermoso rondó de Guillaume de Machaut, y así, con esta paráfrasis, concluye mi acercamiento a la vida y obra de Alvarado Tezozomoc, cuya complejidad, como habrá podido comprobar el lector, exige ir más allá de los estudios ad hoc. La extensa crónica que sigue y la personalidad de su autor sólo son inteligibles si se tiene en cuenta un par de ideas. Primera, que Don Hernando de Alvarado Tezozomoctzin era más Tezozomoc que Alvarado; y segunda, que tenía derecho a usar indistintamente el Don castellano y su equivalente nahuatl, el reverencial -tzin. Un dato acaso sin importancia para el mundo actual, hijo legítimo de las revoluciones burguesas de finales del siglo XVIII, pero vital para sociedades estamentales como eran la española del siglo XVI o la mexicana prehispánica. Unas sociedades, conviene añadir, que, para desgracia y desesperación del cronista, experimentaban un duro proceso de cambio. A Don Hernando de Alvarado, al Tlaçopilli Tezozomoctzin, quien debería haber sido bien Tlatoani, bien padre de tlatoque, sólo le quedó el recurso de la memoria y la transmisión del glorioso pasado a las generaciones futuras. De ahí que nada resuma mejor la personalidad de este tlamatini ("sabio") noble metido a escritor castilleca que las palabras que acompañan a los créditos de Más allá de la Cúpula del Trueno: Los años caminan rápido, y veces sin fin yo he dicho el relato, pero no es relato de sólo uno, es relato de todos nosotros. Así que tienes que oírlo. Y recuerda, porque lo que oyes hoy, tienes que contarlo a los nacidos mañana. Germán Vázquez Chamorro
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ALVARADO TEZOZOMOC, EL HOMBRE Y LA OBRA Respecto al contenido de la Crónica mexicana, lo primero que debe señalarse es que apenas se ha estudiado, aunque, paradójicaniente, la gran mayoría de los autores que tratan de forma directa o indirecta la historiografía novohispana incluyen una obligada y breve alusión a Alvarado Tezozomoc, destacando su pureza racial y, en consecuencia, la importancia de la obra24. Un ejemplo paradigmático de lo dicho lo ofrece Manuel M. Marzal en el voluminoso estudio que dedica a la antropología indigenista en México y Perú25. Marzal, tras indicar un tanto arbitrariamente que México tuvo peor suerte que Perú en los testimonios de indios y mestizos, da la siguiente noticia de Tezoczomoc, como él le llama: Es una fuente importante para la historia de su patria, México-Tenochtitlán .... Es un indígena que se declara nieto del último emperador azteca, Moctezuma II. De su vida se sabe que fue alumno de Sahagún en el colegio de Tlatelolco y se desempeñó como intérprete de náhuatl en la Real Audiencia de México. Escribió en náhuatl su Crónica mexicana (1598), en la que cuenta la historia de los aztecas de fines del siglo XIV hasta la llegada de Cortés en 1519. Pero sólo se conserva una traducción al castellano, que se publicó por primera vez por Lord Kingsborough en Antiquities of México y luego por Orozco y Berra en México en 1878 26. La cita no puede ser más reveladora, pues sintetiza en unas pocas líneas todos los tópicos acumulados sobre Al varado Tezozomoc. Así, le convierte en egresado del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco --un centro regentado por los franciscanos donde recibían educación superior los hijos de la nobleza indígena--cuando todos los indicios apuntan en la dirección contraria, y en nahuatlato de la Audiencia, lo cual, hoy por hoy, resulta indemostrable. Mucho mas grave es la confusión de Marzal al tratar la crónica en si, porque o bien funde en una las dos crónicas de Alvarado Tezozomoc (la Mexicayotl, redactada en nahuatl, y la Mexicana, escrita en castellano), o bien atribuye a Tezozomoc la paternidad del documento en mexicano que inspiró la versión castellana del texto objeto de la presente edición. A la vista de lo expuesto, está claro que para Marzal, como para tantos otros americanistas, lo verdaderamente importante es la lectura ideológica en clave de actualidad de la Crónica mexicana y de su autor, y no el análisis objetivo de la misma; análisis que --dicho sea al paso--puede arrojar algo de luz sobre ese complejísimo mundo que era el México de finales del siglo XVI. Para abordar con mentalidad histórica la vida y la obra de Alvarado Tezozomoc, conviene, pues, poner en entredicho cualquier criterio preestablecido, ya que su empleo dificulta aún más el estudio de un autor de por sí confuso y desconcertante27.
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Antonio Valeriano, cuñado de Tezozomoc, plebeyo y gobernante de Tenochtitlan De acuerdo con lo expuesto en la Crónica mexicayotl, el título de Tlatoani no pasaba de padre a hijo sino de hermano a hermano y de tío a sobrino41. La norma se solía respetar, aunque siempre había excepciones. En concreto, cuando un linaje local mostraba pocos deseos de colaborar con el imperio, los tenochcas lo abolían y nombraban un Cuauhtlatoani (literalmente, "Orador águila", es decir, un gobernador militar). El ejemplo más significativo lo ofrece Tlatelolco, la ciudad gemela de Tenochtitlan, regida por jefes militares desde que el bisabuelo de Don Hernando, Axayacatl, la conquistara en 1473. Pues bien, los españoles utilizaron el mismo sistema. Tras la ejecución de Cuauhtemoc, acusado de traición por lo tlatelolcas, según Tezozomoc42, la parcialidad indígena de México estuvo en manos de cuauhtlatoque hasta que, en 1539, se restauró la dinastía legítima en la persona de Diego de Alvarado Huanitzin, nieto de Axayacatl, quinto Tlatoani de Tenochtitlan. Huanitzin, sobrino de Motecuhzoma, fue muy probablemente educado por su tío, quien, tras casarle con su hija, le entregó el gobierno del señorío de Ecatepec, un territorio del Valle de México cuyo usufructo se disputaban las diferentes ramas del linaje gobernante de Tenochtitlan. Su íntima vinculación con el Tlatoani y su participación en la política despótica del mismo sin duda le enemistó con una gran parte de la nobleza, aunque le resultó beneficiosa a largo plazo, pues se convirtió en uno de los protegidos de Hernán Cortés. Que esto es así, lo demuestra el hecho de que sólo Chimalpahin incluyó a Huanitzin en la lista de gobernantes capturados tras la caída de Tenochtitlan, si bien añadió a renglón seguido que el extremeño le liberó casi de inmediato, cosa que no hizo con el resto de los prisioneros43. Don Diego tampoco aparece entre los señores mexicanos que marcharon con el extremeño a Las Hibueras en calidad de rehenes, ni, según las crónicas, estuvo implicado en cuestiones de idolatría44. La protección tuvo un precio: Ecatepec. Cortés, que se había reservado la encomienda del Señorío, lo cedió como dote a Leonor Moteczuma cuando ésta matrimonió con el español Cristóbal de Valderrama en 1527, aunque no ignoraba que sólo los Alvarado-Moteczuma tenían derecho a su usufructo45. Una decisión que pone sobre el tapete el fino olfato político de Don Hernán, ya que Leonor, hermanastra de Francisca, era el fruto de la unión del Tlatoani mexica con una de las hijas del Cihuacoatl Tlilpotonqui, quien heredó el cargo de su padre, el gran Tlacaelel46. La cesión debió ser un duro golpe para Huanitzin, quien tendría que esperar algo más de una década para recobrar el rango que le correspondía por derecho de nacimiento. Tras su fallecimiento, acaecido en 1541, le sustituyó Diego de San Francisco Tehuetzquititzin, descendiente a su vez de Tizoc, hermano de Axayacatl. En buena lógica, la gobernación debería haber recaído a continuación en Luis de Santa María, nieto de Ahuitzotl, hermano de Axayacatl y Tizoc; sin embargo, pasó al hijo mayor de Huanitzin, Cristóbal de Guzmán Cecetzin. Santa María, apodado Nanacacipatzin ("el vendido", "el vende Patria"), sólo pudo ocupar el cargo después de la muerte de Cecetzin47. Con Nanacacipatzin vino a concluir el gobierno de los hijos de los amados reyes de los Tenochcâ, en México Tenochtitlan, Atl?tic48. A partir de entonces serían los gramáticos los que regirán la ciudad con el título castellano de Juez Gobernador, o sea, plebeyos con educación superior. Para las autoridades hispanas, estos maceguales merecían el nombramiento por su preparación; para la nobleza indígena, eran usurpadores que se valieron de enlaces matrimoniales para apoderarse de un rango al que no tenían derecho. En este contexto se sitúa la tragedia íntima de Don Hernando de Alvarado Tezozomoc. Cuando la tlatocayotl regresó a la rama de Huanitzin, ni él ni sus hermanos --suponiendo que vivieran-- pudieron disfrutar de ella; fue el plebeyo cuñado, Antonio Valeriano, que ni siquiera era tenochca, quien se hizo con el poder: Inmediatamente, en este año mencionado 3-Casa, 1573 vino Don Antonio Valeriano, "Juez Gobernador" de Tenochtitlan, habitante de Atzcapotzalco, de quien ya se dijo que no era noble, sino tan sólo un sabio, que podía hablar en "latín"; era yerno del señor Don Diego Huanitzin49. Y sólo porque podía hablar en "latín"; posibilidad que, por ironías del destino, le fue negada al muy noble aunque poco cultivado Hernando de Alvarado Tezozomoc50. " Y Tlatelolco nunca nos lo quitará" La Crónica mexicana responde, pues, a motivaciones muy concretas y sólo resulta inteligible examinada a la luz de las circunstancias vitales del autor. Desde esta perspectiva, lo primero que debe señalarse es que no persigue una finalidad utilitaria. A diferencia de la Historia general de las cosas de la Nueva España de Fray Bernardino de Sahagún --obra en la que Valeriano jugó un importante papel--, carecía de móviles evangelizadores. Tampoco parece que su redacción estuviese relacionada con algún pleito o disputa legal, pues se hizo mucho tiempo después de la sustitución de los gobernantes tradicionales por otros más cualificados. Su único objetivo fue la preservación de la visión que la antigua oligarquía nativa tenía del pasado prehispánico. Que éste y no otro fue el propósito, lo corrobora de nuevo el mismo Tezozomoc en la Mexicayotl al exponer las razones que le impulsaron a tomar la pluma en 1609. Tras subrayar lo elevado de su estirpe y la credibilidad de sus informantes --todos tlaçopipiltin, "preciados nobles"--, consigna que transcribió los hechos tal cual: lo vinieron a asentar en su relato, y nos lo vinieron a dibujar en sus "pergaminos" los viejos y viejas que eran nuestros abuelas, nuestros abuelos, nuestros bisabuelos, nuestros tatarabuelos, nuestras bisabuelas, nuestros antepasados51. Y añade a renglón seguido que tomó la pluma para que las generaciones futuras no olvidaran las bizarras hazañas de los viejos, sometidas a un proceso de mistificación histórica por parte de los maceguales de la ciudad hermana de Tlatelolco: Tlatelolco nunca nos lo quitará, porque no es en verdad legado suyo. Esta antigua relación y escrito admonitorios son efectivamente nuestro legado; por ello es que, al morir nosotros, lo legaremos a nuestra vez a nuestros hijos y nietos, a nuestra sangre y color, a nuestros descendientes, a fin de que también ellos por siempre lo guarden. Fijaos bien en esta relación de los ancianos que aquí queda asentada, vosotros que sois hijos nuestros, y vosotros todos que sois mexicanos, que sois tenochcas; aquí aprenderéis cómo principiara la referida gran población la "ciudad" de México Tenochtitlan, que está dentro del tular, del cañaveral, y en la que vivimos y nacimos nosotros los tenochas52. Conservar la huehuetlahtolli, la antigua palabra, el discurso de los viejos, y transmitirlo a las generaciones futuras. El objetivo no puede ser más concreto e importante; tan importante que Tezozomoc, plenamente consciente del histórico papel que desempeña al transcribir ad litteram el recitado de los viejos y viejas, no titubea en mexicanizar las fórmulas jurídicas hispánicas, convirtiéndose de hecho, que no de derecho, en el letrado de la familia Huanitzin: Y hoy en el año de 1609, yo mismo, Don Hernando de Alvarado Tezozomoc ... precisamente yo mismo certifico y doy fe, en este mencionado año, de esta antigua herencia, de esta antigua amonestación, con la cual Dios nuestro señor me fortalece, la cual nos dejaran los nobles ancianos mexicanos a quienes arriba se nombrara, y a quienes perdonara y se llevara consigo Dios nuestro señor53. Ni le tiembla la mano al personalizar en el Cihuacoatl Tlacaeleltzin ese canto a la nobleza de Tenochtitlan que es la Crónica mexicana. Una actitud inconcebible para un europeo, que habría preferido morir antes que loar las gestas del fundador de un linaje que arrebató al suyo las tierras patrimoniales. Pero, desde luego, perfectamente admisible para una mentalidad que daba la misma importancia a los bienes materiales que a los espirituales, y valoraba por igual recibir como herencia el usufructo de un poema o de un pedazo de suelo. Y Tezozomoc --él mismo lo indica y hay datos que lo corroboran--recibió como legado la antigua amonestación, incluyendo los hechos de Tlacaelel54. Ahora bien, aunque el propósito de las crónicas Mexicana y Mexicayotl sea el mismo y estén redactadas con la exhaustiva y reiterativa minuciosidad que caracteriza a Alvarado Tezozomoc, hay diferencias sustanciales entre una y otra. Ambas tratan sobre la aristocracia tenochca, pero desde una perspectiva a la vez opuesta y complementaria. La primera aborda la historia de la nobleza, describiendo prolijamente sus hechos gloriosos, gracias a los cuales una mísera aldea lacustre se transformó en la populosa capital del cemanahuac, del mundo; la segunda, cuyo contenido genealógico predomina sobre el puramente histórico, es ante todo una interminable lista de los nobles protagonistas y de sus descendientes. Por eso mismo, la Crónica mexicayotl utiliza un concepto de nobleza muy individualizado --hasta tal punto que la obra parece un who is who-- mientras que la Mexicana presenta a la aristocracia mexicana como un bloque sin rostro donde, como ya se ha apuntado, sólo sobresale un nombre: el del Cihuacoatl Tlacaeleltzin, convertido en la encarnación del colectivo de los tlaçopipiltin. Las diferencias afectan también al marco cronológico y al idioma en que están escritas. La datación es casi inexistente en el texto castellano y muy cuidada en el nahuatl (los años del calendario mesoamericano van siempre acompañados de su conversión europea). Estas variaciones convierten a la Crónica mexicana en un caso único de la historiografía indígena postcortesiana55. En la Mexicayotl, Alvarado sacrifica el enorme potencial expresivo de la escritura en el altar de la tradición. Para él, la escritura sólo es un mero instrumento que simplifica la memorización del relato oral, piedra angular de la pedagogía prehispánica. Se limita a reproducir tan fielmente las grandezas y limitaciones del discurso de sus parientes que el lector tiene la impresión de encontrarse ante la transcripción de una moderna cinta magnetofónica. Por el contrario, la fidelidad se desdibuja en la Mexicana por razones en parte comprensibles --el problema lingüístico--, y en parte incomprensibles (el rarísimo tono asincrónico de la obra, tan ajeno a la mente mesoamericana).
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Características de la crónica Si atendemos al soporte físico y material del manuscrito, éste se halla constituido por ciento siete folios escritos por ambas carillas o páginas, teniendo cada uno de ellos un tamaño aproximado de un pie de largo por un palmo de ancho, medida usual en los oficios empleados en el siglo XVI23. De este conjunto homogéneo se ha desgajado el folio número veintiuno, sin lugar a dudas extraviado como consecuencia de la azarosa historia del documento y que no figura por tanto en la actualidad con el resto, habiéndose perdido con él el final del capítulo XXVII, todo el siguiente y gran parte del XXIX. Por lo que se refiere a su estructura interna se encuentra articulado en ciento cuarenta y dos capítulos, en general bastante similares, en cuanto a su extensión, viniendo a ocupar cada uno de ellos cerca de una cara y media. En cuanto al tipo de escritura utilizado, puede comprobarse que los rasgos caligráficos empleados corresponden a la letra cortesana propia de la época, en cuyo trazado se puso buen cuidado para que el resultado final adquiriese limpieza y facilitara la lectura, aunque con posterioridad a su redacción al manuscrito fue corregido, intentando conferir una mayor transparencia a algunas frases poco claras, por lo cual se tacharon ciertas palabras y se alteraron otras. Por lo que respecta a su contenido, nos encontramos frente a la crónica más temprana del período valdiviano, exceptuando naturalmente la propia correspondencia del conquistador, aunque desgraciadamente los primitivos sucesos, anteriores al regreso de Valdivia del Perú tras la revuelta de Gonzalo Pizarro, no han sido vividos por el autor como testigo directo de los mismos, sino que, como hemos tenido ocasión de ver, le fueron relatados por los conquistadores que sí tomaron parte en ellos. Sobre este particular conviene recordar que tanto Alonso de Góngora Marmolejo como Pedro Mariño de Lovera, los otros dos grandes cronistas de este período, llegaron por las mismas fechas al reino de Chile, uno alrededor de 1549, según consta en un expediente judicial en el que se recoge su declaración, y el otro hacia 1552, por lo que tampoco fueron partícipes de las acciones ocurridas con anterioridad a su llegada. Con todo, se trata de una obra cuya conclusión es realmente muy temprana, 1558, y con un lapso de tiempo abarcado muy breve, algo menos de veinte años. La crónica se encuentra centrada fundamentalmente en don Pedro de Valdivia, presentándonos su figura y su quehacer como propios del súbdito español idealizado del siglo XVI, mostrando un prototipo de conquistador hispano en América, y así lo da a entender Vivar, tanto en la dedicatoria: Y hallándome en estas provincias de Chile en su descubrimiento y conquista y población y sustentación, con don Pedro de Valdivia, vasallo y servidor a la Corona Real de España, al cual servicio fue muy aficionado como caballero que representaba la persona real, le seguí y aún le serví hasta lo último de sus días..., como unas líneas más adelante, en el proemio: ... y hallándome con don Pedro de Valdivia en los reinos del Perú, cuando emprendió el descubrimiento y conquista de las provincias de Chile en nombre de Su Majestad, determiné de escribir y poner por memoria, y hacer una relación y crónica de los hechos heroicos de don Pedro de Valdivia y de los españoles que con él se hallaron en la jornada. Incluso habría que plantearse si no fue el mismo don Pedro quien de alguna manera inspirase directamente la ejecución de esta composición, sabedor como era, y buena prueba de ello son sus cartas, de la importancia de la difusión y divulgación de las realizaciones acometidas, de la misma manera que tenía en mente una descripción de la tierra, que sólo reclamaba verse concluida y puesta en perfección para ser enviada a la Península. La labor de Valdivia en el relato no se ve nunca enturbiada por murmullos, altercados, ni asonadas, y bien sabemos que casi desde sus inicios tuvo que hacer frente a más de una conspiración, atajada casi siempre con mano dura. incluso el suceso de Pedro Sancho de la Hoz aparece exclusivamente concentrado en su desenlace final, ocurrido durante la ausencia del gobernador y bajo el mandato de Francisco de Villagrán. Baste recordar estas palabras para entender lo dicho: Era lo que el general pretendía enriquecer en la honra y en hacienda dada por mano y voluntad de su príncipe y señor. Trabajaba de todo su corazón con servir a Dios y a su rey, en traer los indómitos bárbaros indios en el conocimiento de nuestra Santa Fe católica, y a la obediencia y vasallaje de la Corona Real de nuestra madre España, y en acrecentar nuestra Santa religión cristiana y los patrimonios reales y rentas reales. Es tal la admiración por su persona, en la que seguramente se refleja de algún modo el vacío producido a raíz de la muerte violenta de Valdivia, que lleva a Vivar a comparar los primeros trabajos sufridos por los españoles durante el período inicial de la conquista chilena con una época dorada: Y esto siempre ha procurado puesto que haya sido ajeno de la condición de la mayor parte de los conquistadores de indios, de decir en esto. Que era un tiempo bueno y un tiempo sano y tiempo libre y amigable. Digo bueno sin codicia, sano sin malicia y libre de avaricia. Todos hermanos, todos compañeros, todos contentos con lo que les sucedía y con lo que se hacía. Llamábale yo a este tiempo, tiempo dorado. A causa de esta áurea visión del cronista, presente en toda la obra, en ciertos pasajes se alcanza a detectar una valoración y una presentación de los sucesos totalmente distintas de las que ofrecen otros autores, como por citar algún ejemplo, el discurso del viaje realizado a la isla de Santa María en busca de alimentos y el desembarco en la punta Lavapié24, en donde aparece toda la narración tamizada y distorsionada por un cedazo que hace figurar el resultado final desprovisto de cualquier crítica dirigida hacia los autores de los hechos, sin asomar nunca siquiera un juicio personal desfavorable contra los españoles. No es, sin embargo, en el ámbito de los hechos históricos tratados donde la crónica adquiere relevancia -puesto que no viene a aportar nada substancialmente nuevo, a pesar de enriquecer el período valdiviano con noticias que otras fuentes no mencionan- sino en los capítulos destinados a pintar las costumbres de los indios donde realmente la obra de Vivar consigue todo su valor. En vano trataríamos de encontrar en otras crónicas y documentos del mismo momento, en las que el aborigen aparece únicamente de pasada al hilo de los acontecimientos bélicos reseñados, las pinceladas que nos ofrece este relato. Desfilan aquí ante nosotros multitud de observaciones relacionadas con la lengua, la alimentación, la vivienda, las costumbres funerarias, el vestido, el adorno, los usos militares y el armamento, todas ellas de gran valor por su temprana datación, permitiendo a diversos especialistas de distintas disciplinas trabajar en la reconstrucción de estas culturas antes de su contacto con los europeos. Igual mérito consigue Vivar con las anotaciones biológicas centradas en la flora y en menor medida en la fauna. Hierbas, plantas y árboles figuran en ocasiones descritos de tal forma que hacen innecesaria cualquier nota o comentario aclaratorio, facilitando en multitud de casos sus propiedades y usos en la farmacopea tradicional. Diseminadas entre estos brillantes apuntes surgen acertadas consideraciones geográficas en las que en todo momento se impone la explicación razonada, no excusando en apoyo de la misma el recurso a imágenes y comparaciones casi siempre apropiadas. Tampoco escapan al ojo del experto las enormes posibilidades extractivas y mineras, ni la riqueza y abundancia de metales en las variadas regiones comentadas. Las menciones al mundo clásico, siempre presente en el pensamiento renacentista de los escritores americanistas del siglo XVI, tan frecuentes en otros autores, no son excesivamente abundantes. No obstante aparecen citados el famoso matemático y geógrafo griego Ptolomeo, el historiador latino Titio Livio, el también retórico e historiador romano Valerio y la no muy conocida pareja griega de Bías y Aliates. Sin duda admirador del mundo andino, equipara la figura del Inca Huayna Capac y sus conquistas con las realizaciones del gran Alejandro de Macedonia, y compara la orden de pelear de los araucanos y su modo de combatir con las centurias romanas. Su sentido de la historia se encuentra impregnado por una concepción evolucionista del desarrollo de las culturas que transitarían de unos estadios inferiores a otros superiores, haciendo gala de una gran percepción etnológica que queda bien patente en el párrafo que reproducimos a continuación, en el que asimila la acción española en América con la ejercida por los romanos a su llegada a la península Ibérica, parangonando el nivel cultural de los diversos pueblos celtibéricos que recibieron el influjo latino con las naciones indias americanas a las que frecuentemente califica de bárbaras: En lo cual me parece a mí, en los ardides que tienen en la guerra y orden y manera de pelear, ser como españoles cuando eran conquistados de los romanos, y ansí están en los grados y altura de nuestra España. Esta dicotomía entre barbarie y civilización, enunciada por muchos de los escritores españoles cuya producción nace de la experiencia americana en pleno siglo XVI, mucho antes por tanto de que los primeros pensadores evolucionistas hagan su aparición, lleva a Jerónimo de Vivar a mantener una particular visión etnocéntrica, justificadora del papel civilizador de nuestro país en aquellas latitudes; siendo en muchas ocasiones bastante duro en sus juicios y apreciaciones cuando se refiere a los indígenas chilenos, cuyo nivel económico y social distaba mucho de aquel que tanto asombro había provocado en el corazón de los españoles cuando tuvieron la oportunidad de conocer las realizaciones del mundo incaico. Se ve traslucir en el fondo el pensamiento dominante, tan en boga en aquella centuria, sobre la evangelización universal y el papel que en la misma le correspondía a la monarquía española.
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Conflictos y estrategias en la Nueva España En el transcurso de las acciones que emprendieron los frailes para cristianizar a los indígenas, y durante el tiempo que Motolinia vivió los problemas que se derivaban de esta conversión, ocurrieron sucesos que afectaron grandemente a la suerte y a la misma supervivencia de las poblaciones nativa y española. De hecho, y paralelamente con los esfuerzos misioneros, los españoles que habían conquistado Tenochtitlán estaban instalados como señores de los indios, y su dominio político y militar primero se había convertido ya en dominio social y económico. Como consecuencia del poder social que habían adquirido, un gran número de los indios que fueron tomados en guerra contra los españoles se había convertido en esclavos de éstos, con lo cual los misioneros se enfrentaban a un doble problema: convertir a los indios, y conseguir que los españoles liberaran a sus esclavos y los devolvieran a la libertad. La conversión no era, pues, sólo cuestión de predicación y de superioridad intelectual convincente, sino que llevaba consigo una previa solución ética17 que era primordial en la conciencia plenamente cristiana de los frailes. Esta conciencia tenía que reflejar necesariamente tanto la condenación de la religión demoníaca de los indígenas como la oposición a su esclavitud y malos tratos de los conquistadores españoles y de aquellos civiles que se añadían a este comportamiento. En lo fundamental, la crítica cristiana tenía que ser más dura con aquellos que habían alcanzado la razón y la fe de su experiencia, los españoles, que con aquellos, los indios, que por su ingenuidad racional apenas podían ser culpados de la práctica de sus llamadas aberraciones. Por añadidura, el sentido crítico de los frailes se dirigió contra todos cuantos españoles se apartaban de las justas relaciones de buen trato que debían mantener con los indios y, asimismo, se mostró también demoledor contra los inductores, los sacerdotes indígenas, de prácticas que Motolinia atribuía al demonio. Según Motolinia, la denuncia sistemática contra aquellos españoles que mantenían cautivos y obligados a servir a los indios, tuvo efectos positivos porque, muy pronto, bajo la constante presión moral de los frailes y a causa de la consiguiente movilización de las leyes reales, se abandonaron los privilegios que permitían estas licencias y se restringieron los poderes de los conquistadores en cuanto a continuar la explotación arbitraria de los indios. Motolinia señala, al respecto, que estos comportamientos de maltrato a los indios era sólo cuestión de unos cuantos españoles, pues la mayor parte de éstos ajustaban sus relaciones con aquéllos a la conciencia cristiana. Así entendido, Motolinia y los frailes en general se comportaron como debeladores de toda injusticia, y en el texto de esta Historia se nos hace muy claro que dondequiera que actuaban desbordaban los límites del silencio y denunciaban abiertamente las desviaciones éticas que podían advertir en el ambiente de los mismos españoles. Comúnmente, se dio desde el comienzo de sus actos misioneros una colisión frontal entre sus intereses morales y el pragmatismo económico oportunista de algunos españoles. Esta colisión llevó a que muchos españoles consideraran como enemigos principales de la continuidad política de España en América a estos frailes. Y por el contrario, y como señala Motolinia, sólo un entendimiento previo de que la libertad personal del indio y su protección social y económica impediría su rebelión, y consiguiente fracaso de la Conquista, era la condición para que fuera posible la continuidad en los privilegios que habían conseguido estos españoles. Mientras los conquistadores y los civiles españoles estuvieran incursos en un conflicto permanente con los indígenas, sería inevitable el desgaste de su posición dominante, y señala Motolinia, en tales condiciones sería prácticamente imposible, no sólo mantener la paz social en México, sino que también sería ésta una causa de que el trabajo misionero encontrara obstáculos insalvables para su realización positiva. Por añadidura, los frailes sostenían con denuedo que el triunfo de la fe sería también el triunfo político de España, de manera que sin su cristianización el indio constituiría un peligro latente para la estabilidad de la Corona en América. Estas razones fueron comprendidas desde el comienzo por el mismo Hernán Cortés, y éste, al compartir la misma visión geopolítica, y según nos dice Motolinia, fue quien estimulaba con sus propias decisiones el trabajo misionero y castigaba, al mismo tiempo, los desmanes y malos tratos que advertía en los propios españoles. En este sentido, la versión que nos transmite Motolinia es la de que Cortés siempre mantuvo una inteligente alianza con los franciscanos ayudándoles a conseguir sus fines y entendiendo, desde siempre, que el éxito misionero representaba una condición necesaria del desarrollo político de la empresa americana. En todo caso, Motolinia describe estas experiencias y reconoce que tienen su raíz en la colisión inevitable que resultaba de los enfrentamientos militares entre los poderes indígenas y los españoles y que, en el tiempo de su misionalia, se manifestaba en forma de desarrollos individuales de poder irrestricto que aparecían fuera del control de la Corona por el simple hecho de que ésta no podía asegurar todavía directamente el cumplimiento de sus leyes. Los frailes fueron, en este caso, los conductores y censores de estas leyes, y mientras denunciaban su incumplimiento por parte de muchos españoles, aseguraban para ellos mismos la credibilidad de su mensaje y de sus personas ante los indígenas. Desde luego, en este contexto, Motolinia se muestra condenatorio de cualquier acto que amenazara la continuidad política de la Corona española en América, y concretamente en México. Y por ello, toda acción individual que irritara a los indígenas suponía una amenaza directa para la integridad de una colonización española que todavía era débil en su implantación y que, por lo mismo, requería de cautela y prudencia si quería conseguir un mínimo de seguridad. Asimismo, Motolinia y los frailes eran conscientes de que ésta era una oportunidad excepcional para desplegar la difusión del Evangelio, precisamente porque los indígenas demostraban ser muy receptivos a sus contenidos. Por estas razones, si la Conquista había tenido un estilo ético circunstancial18, ahora dicho estilo debía ser transformado en otro basado en la paz y en la protección, política y social, del indio, para así convertirlo en un nuevo hombre, esto es, en un cristiano. Estas convicciones tuvieron que pasar por el cedazo de experiencias éticas de contraste que Motolinia expone con singular claridad cuando reconoce que los indígenas atravesaban una crisis de identidad y de adaptación que, por la misma catarsis de la desorganización que se manifestaba, ponía en peligro su misma existencia. El papel de un fraile era en este punto muy definido: se trataba de salvar la crisis indígena recuperando, desde la Iglesia, su dignidad personal, para así lograr también que su integración con los españoles permitiera contrarrestar toda tendencia a destruirlos. Motolinia desarrolla en sus planteamientos la convicción de que los indígenas se enfrentaban, para su supervivencia como personas, con varios inconvenientes: su fragilidad física y su inferioridad política. Al estimarlo así, Motolinia entiende su función misionera en términos propiamente indigenistas; esto es, asume el compromiso de proteger su identidad, pero también actúa con la conciencia de que ésta sólo podía ser defendida cuando el indio fuera católico o cristiano como los mismos españoles. El hecho de que los indígenas se bautizaran, comulgaran y se casaran en las mismas iglesias que lo hacían los españoles era para Motolinia una demostración de que podían vivir juntos y de que asumiendo los mismos principios morales, compartían el mismo destino y se integraban en una misma sociedad, con independencia de sus desigualdades sociales de status. En lo fundamental, Motolinia no parece mostrarse contrario a estas desigualdades de status, porque más que molestarle el statu quo de la estratificación social, lo que le contrariaba era la separación étnica, y especialmente la esclavitud del indio a manos de los españoles y de los mismos señores indios que, en este caso, también retenían en esta situación a grandes cantidades de indígenas, ya desde tiempos prehispánicos y como forma habitual de su organización social. Mayormente atraído por esta conciencia de igualdad de las personas en el seno de la religión católica, Motolinia destaca el esfuerzo de los misioneros por conseguir que los españoles se comprometieran a cumplir con su actividad de contribuir también a cristianizar a sus servidores, no sólo trayéndolos consigo a la Iglesia, sino educándolos con su ejemplo y con su palabra en las virtudes cristianas. Gran parte de la obra de Motolinia es una descripción de estas experiencias de comunicar a unos, los españoles, con otros, los indios. Y cuando esto se conseguía, para Motolinia representaba exactamente el triunfo de la fe que predicaba, traducido aquél en la praxis misma de la reunión de indios y españoles en los templos donde se celebraban las mismas o en las procesiones que se convocaban. Se advierte, además, que cuando Motolinia desarrollaba su acción misionera, también reconocía las dificultades que representaban conciliar a dos bandos de señores, los españoles y los jefes indígenas, que se disputaban el control de la fuerza de trabajo, su servicio, y con éste el logro de su triunfo económico y de status, los españoles, y el mantenimiento de sus privilegios los señores locales y tribales. De este modo, cuando Motolinia se refiere a la ingenuidad y bondad de los indios, lo que realmente describe son las masas sociales, tradicionalmente serviles, cuyo control económico y social se disputaban unos y otros: los señores tradicionales y los que ahora surgían como resultado de la implantación del nuevo poder. Estas situaciones fueron afrontadas por los frailes de varios modos, entre otros por medio del recurso al desgaste del prestigio reverencial que habitualmente mantenían las bases sociales en sus relaciones con sus señores, pero también contra el que surgió después cuando los españoles, que primero fueron confundidos con dioses, preferían seguir siendo tratados de esta manera por los indígenas, como si éstos no hubieran advertido ya su condición de mortales y de seres vulnerables a las enfermedades y a las debilidades propias de todo ser humano. Dice Motolinia que los frailes despertaron en los indios la conciencia de que los españoles no eran dioses y que, por lo tanto, no debían ser tratados como tales, sino como hombres. Desde luego, estas exhortaciones producían fuertes resentimientos en los españoles, pues por este medio veían mermado su carisma místico entre los indígenas, precisamente porque por este medio estos últimos prolongaban en los españoles la idea de que su poder social les venía dado vicariamente por Dios. En este punto, Motolinia relata que sus relaciones con los españoles pasaron por crisis violentas, porque al defender la integridad del Cristianismo contra cualquier oportunismo de poder, provocaba inmediatamente la irritación de quienes, en este caso los españoles, aprovechaban la ingenuidad indígena para reforzar sus privilegios. Las pugnas entre misioneros y españoles fueron, pues, muy vivas en la medida en que estos últimos sentían las predicciones cristianas como una intromisión en sus privilegios. De hecho, aquí las contradicciones entre unos y otros se revelaban como productos del desarrollo de diferentes intereses, asimismo, representados por las diferentes funciones éticas de cada poder social: el de la Iglesia que redimía y el de la encomienda que esclavizaba.
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Consideraciones últimas Esta edición de la Relación que al lector presento, tiene como base y antecedente la de Julio Guillén, publicada por el Instituto Histórico de la Marina en 1944. He trascrito todas las anotaciones --de índole gramatical-- hechas por el ilustre académico, con las que se aclaraba el texto original. Mi aportación a éste ha sido fundamentalmente de carácter técnico: era preciso poner al alcance del profano la terminología marinera, que profusamente aparece en esta crónica. Algunos modismos que en ella pueden leerse son invención del propio Sarmiento, quien es, en consecuencia, innovador del vocabulario náutico. Me ha sido de gran utilidad para esta labor el Diccionario Marítimo de Gonzalo de Murga, el cual ha recogido las enriquecedoras aportaciones semánticas del marino pontevedrés. Termino esta introducción a la Relación y Derrotero de Sarmiento en la playa de la Punta Dungenes, tras haber recorrido, formando parte de una expedición militar española, el sur de la Patagonia, desde la desembocadura hasta las fuentes del Río Gallegos, en la Laguna Larga, cerca de la cordillera de los Andes. Pese a contar con medios actuales para marchar y vivir, el recorrido ha resultado notablemente duro, por el viento reinante en la zona --que alcanza picos superiores a los 100 kilómetros por hora-- y la irregular climatología de la misma. Por tal escenario, hace cuatro siglos anduvieron Sarmiento y sus hombres con precarias ayudas para medrar en aquella inhóspita lejanía. Hemos podido medir el mérito de esos españoles esforzados. Pasó Sarmiento por el Estrecho descubriéndolo con exactitud y rescatándolo del misterio. Y como todos los grandes españoles de América, volvió al sitio donde le alcanzó la gloria. Sitio donde domina el viento, que no deja crecer al árbol, y que sólo respeta a las plantas enanas y secas que se agarran a un suelo eternamente parco en agua. Pero sitio grandioso, cuyo protagonista principal es el espacio, inmenso y vacío, tan virgen entonces como ahora. Dice de los héroes indianos el historiador Carlos Pereyra, que enraizaban en las tierras americanas embriagados por sus jugos enloquecedores. Quienes hemos participado en la Expedición Sarmiento de Gamboa, sabemos muy bien el significado de tan elocuente reflexión, Hemos sentido lo mismo que sintió el gran descubridor ante aquella tierra enorme contra la que se estrellaron sus afanes. Jorge Vigón, en su Historia de la Artillería Española (Madrid 1947), cuenta que hubo un último superviviente de aquellos pobladores que Sarmiento implantó en el Estrecho de Magallanes. Cuando, tras mil penalidades, fue rescatado comentó que conservaba la fe en la promesa de socorro dada por Sarmiento, y había querido permanecer solo aguardándolo. Consecuentemente, esta crónica está escrita por un hombre de honor. Llego al final en la redacción de este proemio. Escribo sus últimas líneas sentado en la arena de la Punta Dungenes donde el Estrecho se abre hacia el Atlántico. Tras de mí, se halla el Cabo Vírgenes, prolongado por una loma que se proyecta hacia el oeste, bajo la cual se implantó la ciudad de Nombre de Jesús, de vida corta y desgraciada. Todo aquí está intacto, como hace cuatro siglos. Hay restos de naufragios, algunos muy recientes: siguen estas aguas siendo enemigas del hombre de la mar. En la puerta del Estrecho de Magallanes, lugar donde Pedro Sarmiento de Gamboa ingresó en la Historia, frente a la enigmática Tierra de Fuego, la de la Gente Grande, firmo este prólogo con emoción. Espero poder transmitir al lector mi admiración hacia el más desdichado campeón español de la historia americana. Juan Batista González Punta Dungenes, Magallanes, 11 de febrero de 1987.
contexto
Copias y ediciones La genealogía de las copias, en apariencia confusa, puede, sin embargo, ser establecida. Ya fuera del original que fue a parar a Salamanca, o de notas y borradores perdidos, la secuencia es la siguiente: 1. Del original de Salamanca, copia hecha por el americanista español Juan Bautista Muñoz, en su misión científica por España16. Fue a parar a la llamada Colección Muñoz que se conserva en la Real Academia de la Historia, en cuyo catálogo figura, pero ha desaparecido17. 2. Mss. de Loyola, del Archivo de la Compañía de Jesús en esta población. Quizá sea copia de borradores -pues no coinciden los libros y capítulos de la obra- o en sí mismo un sucio anterior al original. Parece estuvo en el Archivo de la Compañía de Jesús en Alcalá de Henares, y que llegó a Loyola como donativo del P. Arcos de la Santísima Trinidad. De esta copia se hicieron las siguientes, pero ella ha desaparecido también. Hay indicios de que, sin embargo, no ha sido destruida18. 3. Copia de González de la Rosa, tomada de Loyola. 4. Copia de Sir Clemens R. Markham, tomada de la del Dr. D. Manuel González de la Rosa, y que el peruanista inglés utilizó en su History of Perú. 5. Copia del P. Olmo, tomada del Mss. de Loyola, para entregarla al Dr. D. Horacio H. Urteaga para su edición, de que se habla más adelante. 6. Copia del P. Bayle, para su edición, tomada también del Mss. de Loyola. Como se ve, aunque perdido el original durante mucho tiempo, hasta que fue descubierto en la Biblioteca Wellington, como luego se dirá, no hubo escasez de ocasiones en que pudiera conocerse el texto. Por desgracia, esta historia de las copias es una serie de contratiempos no interrumpidos: se pierde la copia de Muñoz, se pierde la copia de Loyola, la familia del Dr. González de la Rosa no la encuentra entre sus papales póstumos, Markham sólo utiliza los datos, y la copia del P. Olmo, como veremos, sufre mutilaciones, cuando el Dr. Horacio H. Urteaga se decide a hacer una edición. Sólo la copia que hiciera el P. Bayle del Mss. Loyola es la que llegará a buen fin editorial, pero como la copia no era buena, su edición brindaba un texto incompleto, inferior al original de Wellington, hasta entonces desconocido. Las ediciones siguen el ritmo de las copias usando siempre el apellido Morúa19. Son las siguientes: 1. Edición del Dr. D. Horacio Urteaga y D. Carlos A. Romero. Su título es: Historia del Origen y Genealogía Real de los Reyes Incas del Perú, de sus hechos, Costumbres, Trajes y manera de Gobierno, compuesta por el Padre Fray Martín de Murúa del Orden de Nuestra Señora de la Merced de Redención de cautivos, conventual del gran Convento de la gran ciudad del Cuzco, cabeza del Reino y Provincia del Perú. Acabada por el mes de Mayo de 1590.20 Los señores Urteaga y Romero hicieron sin duda una meritísima labor con la edición de su Colección de Libros y Documentos referentes a la Historia del Perú, pero fueron en ella extraordinariamente descuidados, y a Fr. Martín le tocó la mayor culpa de este descuido, pues al aparecer en la obra faltaban infinidad de partes de ella, pequeñas y grandes. Los editores se disculpan -honestamente- de ello, confesando su falta con las siguientes palabras: Para colmo de males, el desglosamiento de un doble centenar de páginas, que habían sido entregadas a la imprenta, se perdieron en los talleres tipográficos; y la familia del Sr. González de la Rosa21 sólo recuperó el manuscrito fragmentario... 2. Edición de Raúl Porras Barrenechea. Con el título siguiente: Los orígenes de los Incas. Crónica sobre el Antiguo Perú, escrita en el año de 1590 por el Padre mercedario Fray Martín de Morúa22. Porras utiliza el mismo texto, con las mismas mutilaciones que Urteaga y Romero, pero ha cuidado de corregir el texto, de conservar una ortografía correcta quéchua y su estudio es luminoso. 3. Edición del P. Constantino Bayle. El benemérito jesuita, al que tanto debe el americanismo mundial, tuvo inquietud por cotejar el Mss. Loyola con la edición hecha en 1925 por Urteaga y Romero, y mandó copiarlo, como él mismo nos dice con su estilo característico: Me procuré copia de la copia que queda en Loyola; la confronté despacio; y vi con asombro que allí estaba entero el desbarajuste de la edición limense23. Esta confrontación le devolvía 20 capítulos a la obra, pero a pesar de ello, la edición, por el defecto de origen, de donde había sido copiado el texto, era deficiente. Su título era: Fray Martín de Murúa, O. M. Historia del origen y genealogía real de los Reyes Ingas del Perú24. 4. Edición Ballesteros. Sobre el Mss. Wellington, de cuyo hallazgo se hace relación más adelante, es decir, sobre el original cuya elaboración ya hemos reseñado. Es una edición cuidada, cuyo título es: Historia General del Perú, origen y descendencia de los Incas...25.