CRITERIOS DE EDICIÓN La transcripción que aquí darnos del manuscrito # 117 de la Colección Hans P. Kraus pretende conjugar dos intenciones no siempre compatibles: fidelidad al texto original y facilidad de lectura actual. No se trata, pues, de una edición paleográfica, pero sí de una que permite conocer el estado del original en los aspectos lingüísticamente más importantes. No se trata tampoco de una edición crítica pues todos los manuscritos conocidos de este texto son copias del siglo XIX de este ejemplar del siglo XVII; copias, además, no primeras ni segundas, sino, sucesivamente, terceras y cuartas. Por el momento, no hay otro modo de establecer la mejor lección textual más que ateniéndose a la de este manuscrito del XVII. Aunque sus diferencias con los demás son numerosísimas, la indicación de las mismas sería de un interés demasiado limitado, no debiéndose más que a dos razones evidentes: inatención de copia y voluntad de corregir el español original. Las modificaciones de esta edición respecto del texto manuscrito son las siguientes: 1.? Indicación entre corchetes de la página correspondiente del original: número del folio y "r" para "recto", y "v" para "verso". No se indican las líneas del manuscrito, pero sí sus párrafos, según los mismos calderones existentes en el original, salvo, como se observará, en unos pocos casos en que o bien el calderón manuscrito reproducido no corresponde a una división material del texto, o bien, aunque sí corresponda, contradice el sentido textual. 2.? La separación en palabras no sigue tampoco la del manuscrito en la medida en que esta responde solo a razones caligráficas, pero se respetan los criterios ortográficos de la época; es decir, la separación de palabras de esta edición refleja la que hubiera hecho normalmente un lector o copista del XVII. 3.? La puntuación del manuscrito existe y tiene su propia lógica, pero es tan distinta de la actual y, en algunos aspectos, todavía tan oscura, que mantenerla ofrecía menos ventajas que eliminarla. Por tanto, se sustituye totalmente por una actualmente aceptable. 4.? A todos los nombres propios se les ha añadido la mayúscula en su primera letra. También es añadida la acentuación, salvo en el caso de los vocablos en nahuatl --en cursiva, a excepción de los toponímicos--, siempre sin acento gráfico (su acento tónico es, invariablemente, llano). 5.? En todos los casos en que resultan ilegibles una o varias palabras o letras del manuscrito, se ha indicado ello mediante un único signo de interrogación entre corchetes. En cambio cuando son ilegibles, pero adivinables, se incluyen entre corchetes las letras o palabras adivinadas. 6.? Las abreviaturas han sido resueltas mediante la inclusión, entre este tipo de corchetes < >, de las letras elididas, pero sin indicar la posición --generalmente supraescrita-- de algunas de las letras y/o del signo de abreviatura. 7.? Las notas marginales del manuscrito se han incluido como notas a pie, de página. En todos los demás casos se ha mantenido fielmente la ortografía del manuscrito. Esto incluye el de letras o palabras tachadas --indicadas así: casa, ausentes o, al revés, repetidas a causa de la inatención o el error del amanuense. Asimismo, se incluyen todas las repeticiones de palabras o parte de ellas al principio y al final de las páginas, que mas que reclamos para facilitar la lectura, pues no obedecen a sistema alguno, se deben a errores u olvidos del amanuense. Por lo que respecta a las palabras y frases mexicanas, las modificaciones efectuadas son las siguientes: 1.? Los vocablos nahuatl, incluidos los gentilicios y su pluralización (aunque añadan también la castellana -que + -s) van en cursiva, excepto los topónimos, gentilicios castellanizados y nombres propios. Los títulos se diferencian porque van en mayúsculas (Tlailotlac), igual que los edificios o recintos con significado político, económico o ritual (Calmeca). 2.? Los mexicanismos. El Diccionario de la Real Academia define la voz como Vocablo, giro o modo de hablar propio de los mejicanos. En consecuencia, los numerosísimos mexicanismos de Crónica mexicana no deberían ir en cursivas ni incluirse en el glosario final. Ocurre, sin embargo, que la grafía de Alvarado Tezozomoc no se adapta a la actual ("axolote" en vez de "ajolote"), que la Real Academia no los reconoce como tales, aunque sean corrientes en el español de México, o que determinados mexicanismos, hoy en día ampliamente usados ("cacao", "jícara", "petate", etc.), resultaban ininteligibles para el castellanoparlante de la época, lo que obligó al autor a incluir explicaciones complementarias o sinónimos (por ejemplo, la voz "mitote" siempre va acompañada de las palabras "baile" y "areito"). A la vista de ello, se ha considerado que lo más correcto, y lo más cercano a la mentalidad de Tezozomoc, es considerar los mexicanismos como voces nahua, destacarlos con cursiva e incluidos en el glosario. 3.? Los restantes americanismos ("cu", "areito", etc.) van en redonda cualquiera que sea su uso actual o reconocimiento oficial. 4.? Las traducciones literales o parafrásticas, tanto del nahuatl al castellano como a la inversa, que suponen una redundancia van entre paréntesis (por ejemplo, les tomaron forçiblemente sus mantas y atapador de sus bergüenças (maxtli) y a..., en vez de les tomaron forçiblemente sus mantas y atapador de sus bergüeças, maxtli, y a...). Se diferencian en que los términos castellanos van en redonda (Lugar del Sol) y los nahua en cursiva (cihuatl). 5.? Las explicaciones de los vocablos nahuatl que supongan una ruptura de la lectura en general y de los discursos o citas literales en particular van entre paréntesis. 6.? Los términos en nahuatl se separan conforme lo hubiera hecho un autor de la época (por ejemplo, in xiuhmolpilli en vez de inxiuh molpilli). 7.? El uso de la "y". Tezozomoc utiliza casi siempre el grafema "y" como un nexo o conjunción copulativa conforme a la gramática española, pero en ocasiones una lectura atenta del texto revela que lo maneja bien como una abreviatura del artículo nahuatl yn (in), que a veces asimila a sustantivos u adjetivos (Ynaxitl por y<n> Naxitl), bien en calidad de posesivo de tercera persona del singular y (i). Si la asimilación es clara, el artículo va separado y en cursiva, aunque no se destraba; en caso contrario, se considera que ejerce la función de conjunción castellana.
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Criterios de la edición La presente edición está hecha a base del MS. 218-220 de la Colección Palatina de la Biblioteca Medicea Laurenciana de Florencia. La transcripción se ha llevado a cabo según los siguientes criterios: a). El texto en español se ha reproducido en su totalidad, salvo los "sumarios" a los diferentes libros, ya que éstos no presentan cambios de ninguna importancia respecto a las rúbricas que se encuentran en los libros mismos. b). Se han resuelto las pocas abreviaturas que aparecen en el manuscrito. Y se han desecho las contracciones del tipo deste, destos, del (por "de él"), etc. c). Se ha acentuado y puntuado el texto. En la separación de párrafos, cuando posible, se ha mantenido la división original; no obstante, ha habido que establecer numerosos nuevos párrafos para tratar de establecer unidades conceptuales. d). Se ha mantenido la ortografía del original salvo en los casos siguientes: se ha regularizado el uso de u y v en su valor vocálico o consonántico; se ha regularizado según el uso moderno las grafías de i, i larga, o sea j, e y; qu ante a se ha transcrito como cu; se ha regularizado, sólo en el texto en español y no en los vocablos en náhuatl, la h ortográfica, a pesar de la posible distinción fonémica de la época, que no se refleja en el manuscrito, entre la ortográfica y la aspirada; cuando la x de algunos vocablos (por ejemplo, "frixoles") parece estar trazada sólo a medias, dando la impresión de ser un tipo de s larga, se ha reproducido como x; los pocos casos de ortografía latinizante, tales como "lectión" o "natión" se transcriben como "lección" y "nación", pero se ha mantenido la grafía "ph" para representar la labiodental "f". e). Se han suprimido, sin indicación alguna, aquellas palabras o sílabas que aparecen repetidas por error claro de los amanuenses, sin que ello obstaculice el poder notar que el estilo general de la obra refleja en numerosos pasajes una redacción producto del dictado. f). La enmiendas editoriales quedan señaladas entre corchetes. g). Se ha añadido un breve vocabulario de aquellos términos en español que pueden ofrecer cierta dificultad a un lector medio, y un índice referencial de los vocablos en náhuatl que aparecen en el texto. Juan Carlos Temprano Universidad de Wisconsin-Madison Estados Unidos
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Durán y Tovar: la Segunda relación Contagiado por el virus de la investigación, Tovar perseveró en el estudio de la antigua cultura del Anahuac, aunque --todo hay que decirlo-- con un nuevo y más cómodo enfoque: Como entonces lo averigué y traté muy despacio, quedóseme mucho en la memoria, demás que vi un libro que hizo un fraile dominico, deudo mío, que estaba el más conforme a la librería que yo he visto, que me ayudó a refrescar la memoria para hacer esta historia que V.R agora ha leido, poniendo lo que era más cierto y dejando otras cosillas dudosas que eran de poco fundamento7. En otras palabras, el jesuita tetzcocano resume la historia de Durán, quien a su vez efectuó una traducción parafrásica de un original mexicano. Por supuesto, no acaba aquí el affaire. En junio de 1586, el padre Acosta llega a México procedente del Perú, traba amistad con el mestizo Tovar y éste le regala su Segunda relación para que la emplee en la investigación que Acosta realizaba. A punto de embarcar para la metrópoli, el meticuloso perulero solicita por escrito algunas aclaraciones al tetzcocano, que contesta con los términos arriba citados. Satisfecho, José de Acosta se lleva a la península el texto del mestizo y lo utiliza en la Historia natural y moral de las Indias, erudita obra que imprimiría el sevillano Juan de León en 1590. Fallecido Acosta, el manuscrito inició el peregrinaje de rigor que finalizó en la biblioteca de sir Thomas Phillips, un rico hacendado británico de Middle Hill. En la actualidad, el manuscrito que fuera propiedad de Acosta lleva el nombre de Manuscrito Tovar. Ahora bien, el padre de la relación, que había escarmentado en cabeza propia, poseía una copia que fue a parar al convento de San Francisco. Allí la encontró el patriarca Ramírez, quien, lanzando las campanas al vuelo, acusó a Acosta de plagiario, transformó al europeizado Tovar en un noble azteca, e inició la polémica. Por lo que respecta al valor histórico y etnográfico de la obra tovariana, mucho se podría decir, mas ello nos llevaría a volver sobre las relaciones entre el tetzcocano, su deudo, Diego Durán, el aristocrático escritor Fernando Alvarado Tezozomoc y la Crónica X. Para los propósitos de esta introducción --un tanto atípica, lo reconozco-- bastará con señalar que nos ofrece un magnífico punto de partida para estudiar el concepto que el pueblo mexica tenía de sí mismo.
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La Presente edición Para facilitar la lectura del texto hemos tomado la modernización que de él hizo Pilar Guibelalde, basado en la edición de Zaragoza de 1552. Hemos corregido en él algunos vocablos indígenas cuya lectura no nos pareció acertada y hemos vuelto a su forma original México, mexicano y demás derivados, que en la citada versión aparecían escritos con j. Es un tema éste en el que cada cual tiene sus gustos, y nosotros, en parte por costumbre y en parte por respeto a nuestros amigos mexicanos, lo escribimos como a ellos les gusta. Hemos procurado que las notas, sin escasear, no atosiguen al lector. Frecuentemente son muy breves, aclarando algún punto oscuro o ahorrando al esforzado leyente el acudir al diccionario para aclarar el significado de un término ya desusado o muy críptico. Con el mismo interés de facilitar la lectura, damos las equivalencias monetarias en uso en la época. Las medidas para el oro y la plata eran de peso, y su valor se refería a éste. No siempre fueron constantes las equivalencias, pero las que damos pueden servir de punto de referencia. El maravedí fue una unidad de cuenta, que nunca existió como moneda, pero a la que se referían los diferentes valores. En la Nueva España circuló un peso de oro de minas de 450 maravedises y otro de "oro común", de 272 maravedises. En España, en la época de la Conquista de México, el peso era de 480 maravedises, dividido en 8 reales. Existió también el ducado, que tuvo en Nueva España un valor de 375 maravedises. Equivalencias del peso de los metales 1 libra = 460 gramos = 2 marcos. 1 marco = 230 gramos = 50 castellanos. 1 castellano = 46 gramos = 8 tomines. 1 tomin = 5,75 gramos = 12 gramos. Ediciones Salvo indicación en contrario, las ediciones se refieren al conjunto de la Historia General de las Indias. Cuando la obra editada sea solamente la Conquista de México, aparecerá (CM) al final de la ficha. Ediciones en español 1552 Zaragoza, Agustín Millán. 1553 Medina del Campo, por Guillermo de Millis. 1554 Zaragoza, Pedro Bernuz. 1554 Amberes, J. Steelsio. 1554 Amberes, Juan Lacio. 1554 Amberes, Martín Nucio (CM). 1554 Amberes, Juan Bellero (CM). 1554 Zaragoza, Agustín Millán (CM). 1743 Madrid, Andrés González Barcia, volumen II de Historiadores Primitivos de Indias, edición utilizada por la Biblioteca de Autores Españoles para la edición hecha por Enrique de Vedia, Madrid, 1946-47. 1820 México, casa de Ontiveros, edición de Carlos M. Bustamante (CM). 1826 México, con traducción al nahuatl y la aprobación de Chimalpahin Ontiveros (CM). 1870 México, J. Escalante y Cía (CM). 1887-88 Barcelona, Biblioteca Clásica Española de Daniel Cortezo y Cía (CM). 1927 Madrid, Espasa Calpe. 1932 Bilbao, Espasa Calpe. 1941 Madrid, Espasa Calpe. 1943 México, Pedro Robredo, edición de Joaquín Ramírez Cabañas (CM). 1954 Barcelona, Iberia Agustín Núñez, edición de Pilar Guibelalde. 1979 Caracas, Biblioteca Ayacucho, edición de Jorge Gurría Lacroix (CM). 1982 Barcelona, Amigos del Círculo del Bibliófilo. Facsímil de la edición de Zaragoza, 1552. 1985 Barcelona, editorial Orbis. En francés 1569 París, Bernard Turrisan. 1569,1577, 1578, 1580, 1584, 1587, 1597, 1605, 1606 París, Michael Sonnius, traducción de Martín Fumée. 1588 París, Abel lAngelier (CM). En italiano 1555, 1556 Roma, Valerio y Luigi Dorici. 1557 Venecia, Andrea Arrivabene. 1557, 1565 Venecia, Giordano Ziletti. 1560 Venecia, Francisco Lorenzini. 1564 Venecia, Bonadis. 1566, 1568 Venecia, Giordano Ziletti (CM). 1576 Torino, Camillo Franceschini. 1599 Venecia, Barezzo Barezzi. En inglés 1578 Londres, Henry Bynneman. 1596 Londres, Thomas Creede. 1883 Londres, Hakluyt Society. 1964 Berkeley, edición y traducción de Leslie B. Simpson. José Luis de Rojas
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Ediciones anteriores Como adelantábamos al recoger las desventuras y avatares sufridos por el manuscrito hasta su definitiva adquisición por la depositaria actual del mismo, la Newberry Library de Chicago, fue esta institución la que se encargó de su primera publicación en 1966 en Santiago, en colaboración con el Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina de la capital chilena. La edición se pensó originariamente que constase de dos tomos, el primero concebido como una introducción histórica y literaria al cuidado del prestigioso historiador Guillermo Feliú Cruz y un segundo volumen conteniendo la transcripción del manuscrito. De ellos, únicamente llegó a aparecer el segundo, cuyo trabajo corrió a cargo del profesor Irving A. Leonard. Uno de los mayores méritos de esta edición es su carácter facsimilar y a plana, puesto que la transcripción, aunque muy meritoria por tratarse de la primera vez que se abordaba la lectura del texto, no es paleográfica como se declara, ya que se ha modernizado el resultado final siempre que se ha estimado conveniente. Contiene además numerosos y abundantes defectos de lectura que propician frecuentes errores, lo que denota una falta de comprensión en ocasiones del sentido de muchas palabras y expresiones por una carencia del dominio del castellano de la época. Lujosamente presentada, esta edición cuenta con tres láminas en colores y dieciséis en blanco y negro, algunas de ellas con varias viñetas, y tiene, como ya se ha señalado, la gran ventaja de poder consultar y leer directamente el original siempre que surja cualquier pequeña duda. Posteriormente, en 1979, La Bibliotheca Ibero-Americana publicaba en Berlín en la editorial Colloquium una nueva edición a cargo de Leopoldo Sáez Godoy. En esta ocasión sí se trata de una muy buena edición paelográfica, aunque también posee sus pequeños errores o quizás erratas de imprenta. Confeccionada con el auxilio de computadoras, uno de sus objetivos principales, además de mejorar sensiblemente la edición precedente, es el de abrir y ofrecer a los estudiosos de distintas disciplinas un gran número de posibilidades, especialmente en los variados y múltiples campos relacionados con la Lingüística y la Filología. Esta segunda impresión cuenta con suficientes recursos gráficos como para permitir reconstruir en todo momento el texto original, en cuyo auxilio se han redactado numerosísimas notas a pie de página y una lista alfabética de las voces comentadas. Su formato y presentación corresponden a las propias de una edición de bolsillo. Nuestra edición Conscientes de la extrema dificultad que supone conseguir, o tan siquiera consultar en alguna biblioteca especializada, cualquiera de las publicaciones que acabamos de comentar, nos hemos animado a dar a la luz por primera vez en nuestro país la interesante obra de Jerónimo de Vivar. Como es lógico suponer, hemos debido preparar el texto que presentamos según las características que la colección "Crónicas de América" posee, de acuerdo a los fines que la editorial y la dirección de la colección han estimado oportuno y convenientes. En primer lugar, destinadas como van las distintas crónicas a su conocimiento y divulgación entre un numeroso público no especializado, es obligación ineludible hacer asequible su lectura modernizando el texto, para lo que se han actualizado los signos anticuados, las formas verbales más alejadas de las empleadas hoy en día, y en general, intentando respetar las normas para la transcripción de documentos históricos aprobadas por la Primera Reunión Interamericana sobre Archivos, se ha perseguido establecer un difícil equilibrio entre la consideración debida al manuscrito que se conserva, de forma que éste no resulte alterado, y el resultado final que se propone. Nuestro criterio ha sido modernizar para permitir la lectura, pero a la vez, conservar para iniciar en el conocimiento del lenguaje y la escritura del siglo XVI. Por otra parte, constituye otra particularidad de la colección la inclusión de notas explicativas o aclaratorias a pie de página con el fin de ilustrar acerca del sentido de una palabra o una expresión caída hoy en desuso, o introducir ampliaciones históricas de hechos o personajes que aparecen en el guión argumental. Por último, otro tipo de notas van destinadas a ofrecer la información necesaria e indispensable sobre los pueblos indígenas mencionados, que constituyen los otros grandes protagonistas de las crónicas, a los que nos hubiese gustado haber podido dedicar algún apartado de esta breve introducción que esperamos poder ofrecer en otra oportunidad. Con la presente edición de la Crónica y relación copiosa y verdadera de los reinos de Chile, pretendemos dar a conocer en nuestro suelo este importante relato para la bibliografía histórica y etnográfica chilena y facilitar y estimular con ello el estudio por una porción de América injustamente relegada hasta ahora entre los especialistas españoles. Ángel Barral Gómez Madrid, otoño de 1987
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El "Libro perdido" Si las Noticias son un trasunto... ¿dónde está el texto que siguió el anónimo copista? Por desgracia, el interrogante carece de respuesta. A veces, cuando la investigación heurística ha producido pocos frutos, o los datos son contradictorios, los estudiosos suelen recurrir al axioma del libro perdido, un concepto que en la mexicanística tiene idénticas funciones a las del primer motor aristotélico. Amparándome en este recurso tradicional --el cual, dicho sea de paso, ha sido uno de los factores que más ha contribuido a rellenar el catálogo de Historias en paradero desconocid29--, avanzó la hipótesis que el fragmento formaba parte de una relación más extensa, de un libro perdido. Sin embargo, quiero dejar bien sentado que únicamente doy un valor hipotético, conjetural, a mis reflexiones. El tiempo y otros investigadores más serios que yo se encargarán de presentar las conclusiones definitivas. Para establecer una relación entre el fragmento y otros textos del Libro perdido --le daremos esta denominación a falta de otra mejor-- conviene determinar con precisión cuál es la particularidad más llamativa de las Noticias. Dejando a un lado el marcado chauvinismo, lo característico del manuscrito sería su providencialismo. El fervor religioso del cronista, que nunca deja de admirar al lector, alcanza el clímax en el último capítulo, consagrado a relatar el épico combate que Cortés e Ixtlilxochitl, cruzados de la cristiandad, mantuvieron con los servidores del diablo en la cúspide del teocalli mayor de Tenochtitlan: Llegaron a lo alto, donde estaba el ídolo mayor muy adornado ..., y echando Cortés mano de la máscara y lo que de ella pendía, y el don Fernando de los cabellos que solía antes adorar le cortó la cabeza y alzándola en lo alto la comenzó a enseñar y a decir a grandes voces a los mexicanos: "veis aquí a vuestro falso dios y lo poco que vale; daos por confundidos y vencidos, y recibid el bautismo y la ley de Dios que es la verdadera." A esta sazón, le tiraban tantas pedradas que fue necesario que su tío don Andrés con su rodela a él y a Cortés los guareciese30. En la famosísima Decimotercera relación del afamado historiador don Fernando de Alva Ixtlilxochitl, intitulada De la venida de los españoles y principio de la ley evangélica, la anécdota está relatada de forma idéntica31. Por supuesto, en las Noticias menudean los datos de cariz semejante. El brutal bautizo de la princesa Yacotzin, madre de Ixtlilxochitl, resulta muy ilustrativo al respecto: El Ixtlilxuchitl fue luego a su madre Yacotzin y diciéndole lo que había pasado y que iba por ella para bautizarla, le respondió que debía de haber perdido el juicio, pues tan presto se había dejado vencer de unos pocos de bárbaros como eran los cristianos, a la cual le respondió el don Hernando que si no fuera su madre la respuesta fuera quitarle la cabeza de los hombros, pero que lo había de hacer aunque no quisiese, que importaba la vida del alma; a lo cual respondió ella con blandura que la dejase por entonces, que otro día se miraría en ello y vería lo que debía hacer; y él se salió de palacio y mandó poner fuego a los cuartos donde ella estaba ... Finalmente ella salió diciendo que quería ser cristiana32. Este piadoso ejemplo de amor filial también se encuentra en el escrito de Alva, si bien el historiador, asustado ante el recio caso, se limitó a consignar que el feroz acolhua viendo la determinación de su madre se enojó mucho y la amenazó que la quemaría viva33. Como ya habrá observado el lector, el autor de la Decimotercia relación sigue muy de cerca el contenido del segundo fragmento. ¿Quiere ello decir que nuestro historiador manejó el manuscrito conservado en el Códice Ramírez? En absoluto. Fernando de Alva consultó el Libro perdido. El hecho de que Alva Ixtlilxochitl incluyera en las páginas de su relato la polémica que Cuitlahuac y Cacamatzin sostuvieron en la reunión convocada por Motecuhzoma, censurada en la copia del Códice Ramírez, no deja lugar para la duda34. Así pues, el Libro perdido existía aun a principios del siglo XVII, ya que el erudito virreinal se sirvió de él en repetidas ocasiones. Por desgracia, Alva Ixtlilxochitl se mostró reacio a descubrir sus fuentes de información. La crítica moderna ha demostrado que empleó los mapas conocidos como Tlotzin, Quinatzin y Tepechpan, los códices Xolotl y Chimalpopoca, y diversas historias castellanas, tlaxcaltecas y mexicanas35. Lamentablemente, ninguna de las cien referencias que aparecen en las obras de Alva concuerda con el Libro perdido. Este misterioso escrito, procedente del área tetzcocana, estaba redactado en castellano y se compuso en el segundo cuarto del siglo XVI, pues, como se recordará, sirvió de base a las relaciones del clan Pimentel. Posiblemente, el propio don Hernando Pimentel patrocinara la investigación preliminar, porque los gobernantes tetzcocanos, influidos por las indagaciones etnográficas del franciscano Motolinia en el antiguo señorío acolhua, mostraron un gran interés por las antigüedades de sus antecesores36. Hasta donde yo alcanzo a saber, no existe ninguna alusión al Libro perdido en los repertorios bibliográficos, ya sean antiguos o modernos. Prueba evidente de que los propietarios no hicieron ningún trasunto. Si así ocurrió --y todo invita a suponerlo--, el preciado manuscrito quizá se halla perdido para siempre. Y es una lástima, porque el otro fragmento que ha resistido el paso del tiempo demuestra que el original era francamente entretenido. El texto en cuestión figuraba en el inventario del caballero Lorenzo Boturini con el título de Pedazo de historia de la vida del referido Nezahualcoyotl, mas un erudito del siglo XIX cambió el arcaico epígrafe por el más moderno La guerra de Chalco y sucesos posteriores hasta la muerte de Nezahualcoyotzin. En esencia, el relato es el siguiente. Tras sufrir una derrota en la larguísima campaña de Chalco, el tlatoani acolhua, acusado de impiedad por el clero, mandó que se hiciese sacrificio de muchos hombres para calmar a los dioses. Pero las sangrientas deidades persistieron en su enojo, pues los chalcas capturaron a dos príncipes tetzcocanos y los sacrificaron. Víctima del dolor, el tlacatecuhtli se retiró a orar para ayunar al dios todopoderoso creador de todas las cosas, oculto y no conocido. Transcurridos cuarenta días, tuvo lugar un hecho portentoso: Uno de los pajes de su recámara, llamado Iztapacoltzin, oyó una voz que de la parte de afuera le llamaba por su nombre, y saliendo a ver quién era, halló que el que le llamaba era un mancebo hermoso y resplandeciente con ricas vestiduras; y como se espantase de aquella visión nunca por él vista, el mancebo le llamó por su nombre y le habló diciéndole: "no temas, entra y dile al rey, tu señor, que no tenga pena y se consuele, que el dios todopoderoso y no conocido, a quien él ha ayunado y hecho ofrenda estos cuarenta días le ha oído y le vengará por manos de su hijo el infante Axoquentzin ... y la reina, su mujer, parirá un hijo muy sabio y prudente que te suceda en el reino". Y diciendo esto se desapareció ... Tuvo el rey por disparate y embuste lo que le decía, porque el infante Axoquentzin no se había visto en batallas, era un mozo de diez años y siete años, y la reina, mujer mayor, y que había muchos años que no paría37. Claro está, se cumplió el milagro anunciado por el ángel, pues a lo que parece tal era la naturaleza del misterioso ser. El pusilánime infante venció a los chalcas y la menopáusica reina concibió al todopoderoso Nezahualpilli. La visión providencialista del relato --apócrifo del primer al último renglón-- presenta tanta similitud con la del segundo fragmento del Códice Ramírez que, en mi opinión, ambas pertenecen al Libro perdido. Ahora bien, no sólo existen semejanzas en el fondo, sino que la forma es idéntica en ambos textos. Tanto el uno como el otro presentan las mismas construcciones sintácticas. Igual puede afirmarse de la redacción, un tanto cultista y afectada, aunque agradable de leer, ya que el autor se esforzó por dar al libro un tono literario. Por lo que respecta a los vocablos nahua o aztecas, un cotejo de los mexicanismos existentes en los dos escritos corrobora un origen único. Por ejemplo, ambos textos escriben Tezcuco en ver de Tetzcoco y tienden a sustituir la x por la z. Cabe añadir que el autor poseía un magnífico conocimiento de la lengua mexicana, si bien su excesivo academicismo le llevo a aplicar las reglas fonéticas de transformación con demasiada rigidez. Hasta aquí mis especulaciones sobre el Libro perdido, las Noticias y la historiografía tetzcocana. Ediciones La primera impresión del Códice Ramírez tuvo lugar en 1878. Su editor, el mexicano José María Vigil, lo publicó conjuntamente con la Crónica mexicana de Hernando Alvarado Tezozomoc en la Biblioteca Mexicana. Que yo sepa, hoy en día no hay otra edición distinta a la efectuada por Vigil, si bien existen en circulación reimpresiones hechas por otras editoriales.
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EL MANUSCRITO #117 DE LA COLECCIÓN HANS P. KRAUS I. El texto hasta ahora conocido de la Crónica Mexicana Hasta el día de hoy la Crónica mexicana de Hernando de Alvarado Tezozomoc no se conocía más que en tres ediciones completas del siglo pasado y una parcial de hace cincuenta años. Tanto esta como dos de aquellas están en el castellano original; la tercera es una traducción al francés1. La traducción, hecha por H. Ternaux-Compans, fue la primera publicación y apareció en París entre 1844 y 1849 en sus Nouvelles annales des voyages de la géographie et de l'histoire, volúmenes 102-04, 107, 111-14 y 116-21; fue reimpresa en dos volúmenes en 1847 y 1849, respectivamente, por A. Bertrand, y luego, en 1853, en dos volúmenes también, por P. Jannet. La primera edición en castellano fue la del coleccionista británico Edward King Kingsborough en el último volumen de sus Antiquities of Mexico, comprising facsimiles of ancient Mexican paintings and hieroglyphs ... the whole illustrated by many valuable inedited manuscripts by Lord Kingsborough, cuyos 9 volúmenes fueron publicados en Londres entre 1831 y 1848. Los volúmenes son de un tamaño y un peso tales que los hacen difícilmente manejables, pero además hoy son imposibles de conseguir y sólo pueden consultarse en unas pocas bibliotecas especializadas. La segunda edición en castellano es la que se sigue manejando hasta el día de hoy mediante reimpresiones y selecciones; es la realizada por Manuel Orozco y Berra en 1878 y reimpresa en 1975 y en 1980 por la editorial Porrúa de México juntamente con el Códice Ramírez, es decir, la Relación del origen de los indios que habitan esta Nueva España, según sus historias, del Padre Juan de Tovar, una de las dos versiones existentes de su Historia de los Indios Mexicanos. En 1944 Editorial Leyenda de México reimprimió sólo la crónica de Tezozomoc con todas las notas de la edición original, pero sin sus estudios de introducción ni el Códice Ramírez. Finalmente, Mario Mariscal llevó a cabo dos selecciones del texto de la crónica que fueron publicadas en México en 1943 y 1944 por la U.N.A.M. y por la Secretaría de Educación Pública, respectivamente. Manuscritos utilizados en las publicaciones impresas Ternaux-Compans La traducción al francés lleva por título Histoire du Mexique par Don Álvaro Tezozomoc traduite sur un manuscrit inédit par H. Ternaux-Compans. No se sabe con certeza cuál sea el manuscrito en cuestión. J. Rubén Romero Galván asegura que d'après Orozco y Berra, Ternaux-Compans se servit de la copie de Madrid pour faire sa version française de la chronique2 basándose en la afirmación de aquel según la cual Ternaux-Compans tuvo ocasión de ver una de las copias que hoy se encuentra en la Real Academia de la Historia como parte de la Colección de Memorias de Nueva España, de la que más adelante se hablará. De hecho, Ternaux-Compans también podría haber utilizado para su traducción otro manuscrito que él manejó, el número 207 de los Fonds Méxicains de la Biblioteca Nacional de París, originalmente parte de la colección Aubin. Joseph Marie-Alexis Aubin estuvo en México de 1830 a 1840 y durante esos años llegó a juntar una colección considerable de documentos sobre antigüedades mexicanas procedentes de las colecciones de Ixtlilxochitl, Sigüenza y Góngora, Boturini, Veytia, León y Gama y Pichardo que luego consiguió llevar ilegalmente a Francia. Eugène Goupil compró la colección de Aubin en 1889 y, después de añadirle algunos pocos documentos más, su viuda la cedió a la Biblioteca Nacional de París en 1898. El manuscrito número 297, un volumen in-folio de 580 páginas, es la copia que hizo el historiador Mariano Fernández de Echeverría y Veytia del ejemplar de Boturini, como se desprende de la inscripción en que dejó constancia de su trabajo: Chronica Mexicana. Escripta por Don Hernando de Alvarado Tezozomoc por los años de 1598. Copiado de su original que por tal la tiene el Cav? Boturini, la que con los demas papeles, se le embargo y se halla depositada en la secretaria de Govíerno del cargo de Don Joseph Gorraez. De donde se sacó esta copía bíen y fielmente por el mes de Octubre del año de 1755. Nota. El cavallero Boturini, en el libro que imprímio en Madrid el año de 1746, con el titulo de Idea de una Nueva Historia general de la America septentrional, cita este manuscripto en el Catalogo de su Museo Indiano que imprimio al fin del atp. 17 No 11 y dise, ser el autor de esta Historia el referido Tezozomoc, y que es el primer tomo y falta el segundo y asi solo comprehende hasta la llegada de los Españoles y parese, que en el otro tomo devia seguir refiriendo la conquista3. Kingsborough El texto que dio a la estampa Lord Kingsborough en 1848 se basa, según Joaquín García Icazbalceta en una copia tomada de la que está en el Archivo General4 de la Nación de México, es decir, una de las copias de la Colección de Memorias de Nueva España. Actualmente se desconoce su paradero, aunque quizás sea el número 56 de la colección O. Rich de la New York Public Library, donada por James Lenox hacia 1848 a esta biblioteca, que procedía de varias colecciones anteriores, entre ellas la de Antonio de Uguina y la de H. Ternaux-Compans. Orozco y Berra La edición hoy más conocida, y la única fácilmente asequible, es, como ya se ha dicho, la de Manuel Orozco y Berra de 1878. Aclara éste respecto a ella: La copia dada por nosotros á la estampa se hizo directamente de la del Archivo General; confrontóse con el ejemplar de nuestro amigo el Sr. Lic. D. Alfredo Chavero, al mismo tiempo que con la del Sr. Joaquín García Icazbalceta. La nuestra y la de Chavero resultaron conformes, fuera de las pequeñas faltas debidas a la incuria de los copiantes. Mayores fueron las discordancias entre nuestro manuscrito y el del Sr. García, pues consistieron no solo en la variación de los nombres mexicanos (teniendo en cuenta la correccion del Lic. Faustino Galicia Chimalpopoca), sino en saltos ó lagunas, ya en el uno, ya en el otro libro. Explicamos esto porque el MS. del Sr. García Icazbalceta proviene de la Colección de San Francisco, segun consta por estas palabras: --"Se sacó esta copia para el Archivo de este Convento de N.P.S. Francisco de México el año de 1792, por el P. Fr. Manuel de la Vega"-- No hemos tocado el texto; dejamos las frases cual las hemos encontrado, atreviéndonos solo, en algunos casos, á llamar la atención acerca de la oscuridad del concepto. Nos permitimos á veces cambiar la puntuacion, en donde no podía variar el sentido, advirtiendo esto á los lectores para ayudarles en sus interpretaciones. Ninguna superchería en cambios, aumentos ó mutilaciones5. Mariscal No indica Mario Mariscal el manuscrito de que se sirvió para su corta selección del texto de la crónica, pero es muy problablemente el mismo utilizado por Orozco y Berra. Respecto de los cambios por él introducidos, dice lo siguiente: No creemos necesario esforzarnos por hallar justificación a las --por otra parte, imprescindibles-- levísimas modificaciones y recomposiciones, que nos ha sido preciso introducir en este texto ... expurgándolo de sus errores y aminorando sus defectos, ya que no tratemos de embellecerlo; cosa que ni necesita, ni creemos que pueda hallarse a nuestro alcance6. Tanto el texto utilizado por Orozco y Berra y, probablemente, Mariscal, como los utilizados por Lord Kingsborough y por Ternaux-Compans, es decir, los que se conocen impresos, proceden pues de copias: en el caso del texto en castellano copias segundas de una misma versión, la utilizada por la Colección de Memorias de Nueva España de 1792, a saber, la copia que hizo Veytia en 1755 del texto perteneciente a Boturini; en el caso de la traducción, esas mismas segundas copias o la copia primera de Veytia.
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El manuscrito de la Tercera Parte Durante mucho tiempo ha sido el gran desaparecido. Estuvo en manos de Jiménez de la Espada, quien pensó alguna vez en publicarlo; no lo hizo y se pasó la oportunidad. En 1946, el investigador peruano Rafael Loredo comenzó en el Mercurio Peruano la publicación de capítulos de esta parte tomados de un manuscrito que nunca describió, ni detalló; en una primera serie trascribió 56 capítulos, a los que se añadieron dos capítulos más que llevaban los números 61 y 77, que aparecieron en Lima en 1964, en tanto que la serie fue saliendo al público desde 1946 a 1958. A esta serie añadí yo en 1974 nueve capítulos más (del 88 al 97) en el Boletín del Instituto Riva Agüero. Loredo hablaba de varios manuscritos conservados en España; por mi parte, y tras larga búsqueda, localicé, en la biblioteca del antiguo patronato Menéndez y Pelayo del CSIC de Madrid los nueve capítulos que habían sido transcritos por Jiménez de la Espada de un manuscrito que le había proporcionado el conocido bibliófilo Sancho Rayón. Pude localizar un manuscrito en posesión del súbdito irlandés sir John Galvin, pero no me fue posible hojearlo, ni simplemente verlo. Sorpresa agradable produjo en los ambientes ciecianos la publicación en Roma, en 1979, de un manuscrito casi completo de la Tercera Parte, por su descubridora Francesca Cantú, que se guardaba en la biblioteca apostólica vaticana. Poco después tuve la oportunidad de examinar a mi gusto el manuscrito Reginense Latino n.?51 (llamado así por proceder de la colección formada por la reina Cristina de Suecia), del que se me proporcionó amablemente una copia en microforma, de la que he tomado texto para la edición madrileña de 1984-1985. En el manuscrito van juntas la segunda y la tercera parte colocadas en orden inverso, de tal manera que la tercera parte ocupa los folios 1-131, y la segunda desde el 132 hasta el 216. El manuscrito tiene toda la apariencia de ser ológrafo, y de haber sido sometido a distintas correcciones en vida del autor; en cualquier caso, conserva notas destinadas o a un lector de mucha confianza, o a un copista que debe transcribirlo. En el primer caso está la nota marginal que se conserva en el folio 1.: V.md. lo haga /el favor /de que se ponga en tal parte que no me trasladen /copien /nada; porque debajo desta confianza irá por sus cuadernos lo que v.md. mandare; y si me trasladaren algo dellos, es destruirlo todo. Y este cuaderno leído, tráiganlo y llevarán otro; y si quisiera lo de los Incas /la Relación/ también lo llevarán... Esta nota marginal nos deja algo perplejos, pues no se ve por qué sería destruirlo todo permitir que se sacara una copia de parte del manuscrito. Hay una nota en el folio 42 al final del capítulo 36, de la misma letra que el resto, en que se indica al lector o al copista que salte a los folios 45, 46 y 47 y continúe pasados éstos con el 42 v; en que comienza el capítulo 39 con la noticia de las primeras acciones de la guerra civil por la sucesión de Huayna Capac: indicación que perturba el orden de los folios, pero no el de los capítulos, que mantienen el orden existente: 36-37-38. En el folio 107 (c. 81), una nota parecida manda al lector a una señal marginal que se encuentra nueve folios más adelante, en el 116 v del cap. 87: la nota dice: Este capítulo de Hernando Pizarro ha de entrar, donde está otra señal como ésta... Y en el lugar correspondiente a la segunda nota, se dice: Aquí ha de entrar el capítulo de Hernando Pizarro que tiene esta señal. Indicación que no ha sido seguida por los editores, sin que al parecer haya sufrido mucho la inteligibilidad del texto. Las fechas no eran el fuerte de Cieza; comparando la relación de la primera entrada que hizo al continente desde el golfo de Urabá, con la relación aprovechada por Fernández de Oviedo, y con la documentación coetánea, aparece claramente un desvío de un año: febrero de 1537 frente a enero de 1538. Curiosamente, Cieza mantuvo a lo largo de sus relatos la fecha adelantada; y en el tercer libro damos con una anotación referida a fechas, de las que se reconoce ignorante: se trata del día, mes y año en que don Francisco Pizarro salió del puerto de Sanlúcar, cuando acababa de conseguir las primeras capitulaciones para sus conquistas. Dice así: El señor provisor (¿Pedro Bravo?) mande escribir a Hernando Pizarro, si se acuerda del día, mes y año, que salieron de San Lúcar; téngoselo de acordar y suplicar... Cieza no consiguió el dato que pedía al provisor, y la fecha quedó en blanco en el manuscrito. Para completar la descripción del manuscrito vaticano, hay que hacer constar que le faltan algunos folios, que sin embargo existían en el manuscrito que utilizó Loredo en su edición del Mercurio Peruano. Son éstos los folios 36 y 37, que comprenden los capítulos segunda mitad del 31, 32 entero, y mitad primera del 33. En ellos se trata de las primeras hostilidades que aparecieron entre los indígenas, que ya estaban molestos por la presencia de los castellanos. Estos capítulos están en la copia empleada por Loredo, que puede ser el mismo manuscrito que sigue en poder de sir John Galvin. En cambio faltan en las dos familias de manuscritos los que hubieran formado la unión entre este libro y la primera de las guerras civiles (la guerra de Salinas). Cieza alude a su contenido, demostrando que él los había redactado. En la edición de 1984, yo he suplido estos capítulos por los que Herrera dedica al tema al final de su Década Quinta y comienzo de la Sexta. Carezco de datos para saber si el ms. utilizado por Loredo tenía estos capítulos; o si el ms. propiedad de sir John Galvin los tiene. Sin embargo, parece que no los tenía el ms. propiedad de Sancho Rayón que Jiménez de la Espada tuvo en su poder, y que concluye de la misma manera que el ms. vaticano, interrumpiendo la acción con la llegada de Rada al campo de Almagro en territorio chileno. Antonio de Herrera, último poseedor conocido de este manuscrito cieciano, se engalanó con plumas ajenas al copiarlo (o plagiarlo) en sus Décadas, comenzando en la III y concluyendo en la V; en que precisamente he utilizado yo su texto para suplir, en la edición madrileña de 1985, los folios perdidos de Cieza. Voy a dedicar un poco de atención a este editor inesperado. Siempre se ha considerado muy aceptable la versión de Herrera sobre el descubrimiento y conquista del Perú, pero sólo tras el hallazgo del manuscrito vaticano se puede establecer cuál fue su fuente de información, y hasta qué punto Herrera ha seguido el texto de Cieza. Herrera se apega al texto de Cieza desde el capítulo II al XL, que transcribe fundamentalmente en sus décadas III (libros: 5, 6, 8 y 10) y IV (libros: 2, 3, 6, 7 y 9). En los capítulos 37 a 43, que Cieza considera fuera de lugar en el manuscrito, Herrera sigue el orden antiguo en las décadas V y III. Lo mismo ocurre en los capítulos 86-89 de Cieza, que en su libro representan una interrupción del orden estrictamente cronológico: interrupción que Herrera retrotrae al libro 7.? de la década quinta. Pasado este par de interrupciones, y desde el capítulo 86 de Cieza hasta el 97, Herrera se ajusta al orden cieciano. No está de más repetir lo dicho anteriormente y que confirma esta identidad básica; ha sido posible sustituir los folios desaparecidos, en los manuscritos hasta ahora conocidos de Cieza, por los que en Herrera relatan el sitio del Cuzco, hasta conectar con la llamada guerra de Salinas, y que se encuentran al final de la década quinta y comienzo de la sexta. La circunstancia de haber sido conocida la versión de Cieza a través de las páginas de Herrera las hace altamente probables, tomándose por dos testimonios concordantes lo que no es más que uno: redactado por Cieza y copiado por Herrera. Difieren generalmente en las consideraciones morales que ocupan gran parte del texto cieciano y que dan a su obra un tinte pesimista que no ha pasado a la versión de las Décadas, que es un himno a los castellanos.
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El talante historiador de Cieza Cieza se confiesa repetidas veces con sus lectores; para él lo fundamental es decir lo que pasó apoyado en la documentación disponible que siempre cita individualmente --o en testimonios de testigos inmediatos-- del hecho. Sabe que esta morosidad quita agilidad a su narración, pero prefiere ser tildado de poco grato al gusto del lector que de inexacto en sus declaraciones. En torno a los hechos que relata, Cieza se permite una serie de consideraciones, que yo he llamado moralizaciones y que equivalen a la moraleja de las narraciones breves, con la única diferencia de que no están reservadas para el fin y que se multiplican a lo largo de la historia. La primera moralización es teológico-trascendente. Cieza es profundamente cristiano y no le falta un leve regusto, diríamos musulmán, que tiñe de fatalismo las acciones de los hombres. Por encima del proceder de cada uno, que obedece a sus propias e individuales motivaciones, está la alta providencia divina, que pone en acción la antigua frase: Dios escribe derecho con líneas torcidas... A Cieza le parece especialmente significativa la expresión de una india que recorría el pasado próximo de su tierra y profetizaba lo que el porvenir te guardaba, con estas palabras que no cito textualmente. En esta tierra hubo gente mala que mereció un castigo colectivo que les vino por medio de los incas y su dominación; los incas no se mantuvieron en la línea moral que hubiera podido esperarse de su papel de ejecutores de la justicia divina y prevaricaron; y Dios les acaba de castigar con la derrota sufrida ante los cristianos. Lo mismo ocurrirá con los cristianos, y de triunfadores pasarán a ser derrotados y castigados. Movimiento cíclico de la historia que a Cieza le parecía una ley de suficiente altura y amplitud para que pudiera aplicarse a cualquier proceso fáctico. Bajando un poco, y antes de entrar en particulares responsabilidades, Cieza encontraba en cada uno de los compañeros Pizarro y Almagro suficientes extravíos morales para que el castigo pudiera considerarse inevitable. Cieza --amigo de los papeles-- transcribió las fórmulas con que en repetidas ocasiones se comprometieron ante Dios para mantener la mutua fidelidad entre ambos. Estos compromisos no se hicieron sólo sobre la base de simples palabras intercambiadas: estuvieron siempre robustecidos por grandes juramentos que apelaban a la presencia y a la suma fidelidad de Dios como última garantía. En sus imprecaciones pedían toda clase de males para quien quebrantara aquellos juramentos; y lo malo del asunto es que la repetición de actos semejantes --que se tuvieron, por lo menos dos veces, en plena celebración de la Misa y delante de la hostia consagrada-- demuestra que nunca fueron cumplidos con la exactitud que tales ceremonias exigían. Los amigos, y sucesivamente enemigos, Pizarro y Almagro repitieron demasiadas veces tan solemnes actos para ser duraderos: hubiera bastado un compromiso solemne, pero cumplido. Cieza recuerda los males, que pedían contra sí mismos, en caso de infidelidad; y Cieza recoge con ánimo entristecido la narración de las catástrofes por ellos pedidas; y por todos, a causa de ellos, recibidas. Bajando a un nivel más terreno, pero siempre sobrehumano, Cieza bosqueja una especie de epopeya de corte clásico en que las acciones humanas son eco amortiguado de los grandes designios de la providencia: en una especie de combate entre Cristo y las fuerzas del infierno. El demonio, para Cieza, es verdadero protagonista a través de las personas que están en contacto con él. Cieza considera haber oído una vez la comunicación demoníaca en las cercanías de Cartagena: con un silbo tenorio especifica Cieza; aunque no fue capaz de comprender ningún mensaje concreto. Cieza no perdió ocasión de entrar en relación con los sacerdotes o representantes de los cultos indígenas; y a través de ellos pudo conocer particularidades, ocultas para observadores más superficiales. En esta lucha épica, Cieza sabía que la victoria final estaba por los cristianos, pero lamentaba que los heraldos del evangelio hubiesen sido tan poco evangélicos en su conducta. Entrando en detalles de esta lucha que se desarrollaba en paralelo con la otra invisible entre Cristo y los ángeles malos, Cieza lamentaba las inútiles destrucciones que habían marcado con su huella la superficie de un país: que lo recordaban --de acuerdo indios y cristianos-- próspero, y en orden y justicia. Perdonaba con demasiada facilidad la brutalidad de las guerras que habían dado la victoria a los incas y no encontraba el doble sistema de traslados forzosos de los mitimaes y el encierro de las hijas, de los jefes sometidos, en las casas del sol: sistema de rehenes que mantenía subyugados a los pueblos que --antes del imperio-- vivían en su libertad y en su plena soberanía. Los jefes vencidos, que se libraban de las habituales matanzas que acompañaban las conquistas, acababan con frecuencia despellejados o, por el contrario, vaciados, de manera que pareciesen vivos y pudiesen --inflados, o rellenos de paja-- participar en los desfiles triunfales de los incas victoriosos: un detalle macabro consistía en hinchar sus vientres de manera que al balancearse en los desfiles sonaran como atambores al compás de los brazos que los golpeaban: atambores incaicos que nunca dejaron de señalar aun los observadores más superficiales. Visión de los incas triunfadores que escamoteó años adelante el seudo inca Garcilaso de la Vega: seudo porque la dignidad de inca no se transmitía por línea femenina. Los castellanos --se quejaba-- no mantuvieron la tradición de rectitud y justicia que habían iniciado los gobernantes incas: robaban, mataban, obligaban a trabajos forzados, desperdiciaban las subsistencias; tanto en los productos vegetales, como en los animales; y en éstos especialmente las llamadas ovejas: animales utilísimos que no se daban en el resto del continente americano. Los indios, por otra parte, utilizaban en grandes cantidades el oro, pero lo hacían casi exclusivamente al servicio de sus grandes difuntos; y el despojar una tumba de sus joyas les parecía a los soldados de a pie un robo al demonio, sin que se hubiera hecho de conocimiento común y menos de adaptación general la tesis de fray Bartolomé de las Casas que defendía su inviolabilidad. Por otra parte, los incas, en contraste con los indios moradores de los Andes colombianos, no eran antropófagos; pero convertían sus funerales en orgías de homicidios rituales; sin sangre, ni gritos, ni escenas desgarradoras: ya que las víctimas --mujeres y esclavos-- eran sepultadas tras una borrachera ritual que reservara para un despertar en la tumba el encuentro con una muerte ineludible. La costumbre --y la fe en una pervivencia al servicio del señor con quien se enterraban-- hacía voluntarias estas inmolaciones. No todos los personajes que intervienen en esta gran epopeya gozaban de la misma simpatía por parte de Cieza: don Francisco Pizarro ocupa un lugar primero e indiscutible en el afecto y en el respeto cieciano; parecido respeto despierta en él el burgalés Alonso de Alvarado; y no ocupa mal lugar el extremeño don Pedro, del mismo apellido. Don Diego de Almagro viene muy atrás, junto a la turba de los Pizarros, entre los que se lleva la palma --pero negativa, ya que es el malo de la acción épica--, Hernando Pizarro. Sería inútil seguir analizando los restantes personajes del grupo castellano; pero es útil recordar que no fueron los religiosos los más estimados por Cieza; a quienes deja mal parados en esta Tercera Parte; aunque; en algún caso, él u otra mano extraña han corregido sus frases, dulcificando sus censuras. En conjunto, Cieza, en esta parte de su relato, es un buen cronista, aun teniendo en cuenta que carece de la calidad del testigo de vista; detallando algo más, cuenta con un buen narrador que había estado presente en todos los sucesos que relata, en torno a don Francisco Pizarro; aunque hubo de apoyarse en otros, que no se mencionan específicamente, para los procesos que se desarrollaban en torno a Quito, o en Castilla. En este punto, Cieza es testigo inmediato para el hecho de la conmoción que en Córdoba produjeron las noticias del tesoro recién desembarcado procedente del Perú, aunque su extrema juventud te impidió colocarlo en la exacta perspectiva. En este libro no tiene mucha ocasión de consultar viejos papeles, pero no pierde la oportunidad de transcribir la provisión que debería haber producido la pacífica convivencia entre Pizarro y Almagro; que, por el contrario, encendió, definitivamente la discordia. En algunos casos, contó con informadores indios que le comunicaron sus dolorosas impresiones en torno al saqueo de los templos del Cuzco y de Pachacama. Estos informantes consiguen a lo largo de la obra teñir de indigenista la exposición cieciana. Las simpatías y antipatías que he señalado en el párrafo anterior ejercieron --no cabe duda-- influjo en el tono de su historia, pero no parece que hubiera sido en ningún caso venal: como le acuso años adelante Pedro Pizarro. Las frases con que en el testamento recuerda las cantidades recibidas con el destino que debería haberles dado, y su decisión de que sus albaceas completaran los pagos que él no había podido realizar, producen tal impresión de sinceridad, que hacen poco probable y débilmente fundada la acusación de venalidad.
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El virrey Enriquez y Tovar: la Primera relación El 17 de agosto de 1572, Felipe de Austria ordenaba a don Martín Enriquez de Almansa, virrey de Nueva España, que remitiese cuantas noticias pueda adquirir de las personas que hayan escrito sobre la conquista y población de aquellos reinos5. Para cumplir el real encargo, Enriquez pidió al p. Tovar que efectuara investigaciones sobre las antiguallas e historias de los naturales. El virrey jamás tendría que lamentar la elección. El padre Juan de Tovar, un mestizo tetzcocano que pertenecía a la Compañía de Jesús, era la persona idónea para llevar a buen puerto la comisión. El tetzcocano conocía bien la psicología indígena gracias a sus actividades docentes en el colegio de San Gregorio, y era tan experto lingüista que se le conocía con el sobrenombre de Cicerón mexicano. Además, por si esto no bastara, sabía algo sobre los métodos etnográficos empleados por Olmos y Sahagún, los dos grandes historiadores franciscanos, merced a su amistad con Juan González, canónigo de la catedral metropolitana. En una carta dirigida a José de Acosta, el conocido autor de la Historia natural y moral de las Indias, el jesuita mestizo dice lo siguiente sobre la comisión virreinal: El virrey don Martín Enriquez, teniendo deseo de saber estas antiguallas de esta gente con certidumbre, mandó juntar las librerías que ellos tenían de estas cosas, y los de Méjico, Tezcuco y Tulla se las trajeron, porque eran los historiadores y sabios en estas cosas. Envióme el virrey estos papeles y libros con el doctor Portillo, provisor de este arzobispado, encargándome las viese y averiguase, haciendo alguna relación para enviar al rey. Vi entonces todas estas historias con caracteres y hieroglifos, que yo no entendía, y así fue necesario que los sabios de Méjico, Tezcuco y Tulla se viesen conmigo por mandato del mismo virrey. Y con ellos yéndome diciendo y narrando las cosas en particular, hice una historia bien cumplida, la cual acabada, llevó el mismo doctor Portillo, prometiendo de hacer dos traslados de muy ricas pinturas, uno para el rey y otro para nosotros. En esta conjuntura le sucedió ir a España, y nunca pudo cumplir su palabra ni nosotros cobrar la historia6. En 1578, tras dos años de duro trabajo, Tovar había puesto el punto final a una historia de considerables proporciones, que se conoce como la Primera relación en el mundo americanista. Por aquellas mismas fechas, un dominico, fray Diego Durán, laboraba en una empresa de características similares. Hacia 1581, el predicador concluyó su obra, que recibió el título de Historia de las Indias de la Nueva España e Islas de la Tierra Firme. Durán tuvo mejor suerte que su colega, porque manejó un voluminoso documento que le evitó la lucha diaria con informantes seniles o pinturas incomprensibles. Este manuscrito, redactado en lengua mexicana, inspiró también la Crónica mexicana, una pésima traducción fruto de la mal cortada pluma de Hernando Alvarado Tezozomoc, miembro de la casa real de Tenochtitlan. Como suele ocurrir en estos casos, nada se sabe sobre el inapreciable manuscrito... tan enigmático que se le conoce en el mundillo nahuatlista como la Crónica X.