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Personaje Otros
Nacido en el seno de una familia de agricultores, desde muy pequeño se siente atraído por el deporte. Sus condiciones físicas y su capacidad de resistencia le animan a interesarse por el ciclismo. Se inicia en esta modalidad en un modesto Club de su pueblo natal. En 1978, con tan sólo doce años ya pertenece a la Federación Española de Ciclismo, donde aparece inscrito como cadete. Estando en el equipo Reynolds, con diecinueve años ya es vencedor del Campeonato de España que se celebra en 1983. Un año después se traslada a Los Angeles, con motivo de la edición de las Olimpiadas. A partir de este momento va escalando puestos. Antes de participar en el Tour de Francia ya logró destacados triunfos en otras competiciones como el Tour del Porvenir. Coincidiendo con el éxito que estaba protagonizando a mediados de los ochenta Pedro Delgado, la actuación de Induráin fue discreta. En 1985 sólo se le pudo ver en cuatro etapas del Tour. Desde entonces y durante tres años correría como gregario de Delgado. Conocedores de sus habilidades, sus entrenadores, Echevarri y Unzué, le sometieron a un estudiado y minucioso plan para potenciar sus habilidades evitar esfuerzos inútiles. Ambos concentraron sus esfuerzos en ayudar a que Induráin superara las etapas de montaña, ya que por su estructura física eran las que mayor dificultades representaban para él. Con la llegada de la década de los años noventa las victorias son ya habituales en el currículum del ciclista. Estando con el equipo Banesto en 1991, junto con Pedro Delgado, se convierte en líder del equipo. Este año conquista el primer Tour de Francia. Además de otros triunfos que se sumarían a su carrera personal, lograría ser vencedor en otras cuatro ediciones consecutivas del Tour de Francia. En 1992 y 1993 se hizo además con el Giro de Italia. Su última actuación estelar fue en 1996 en los Juegos Olímpicos de Atlanta, donde ganó el oro en la prueba de contrarreloj. Un año después se retiraba como profesional del ciclismo, aunque su nombre pasaba a formar parte del reducido club de legendarios del ciclismo que como Eddy Merckx, Bernard Hinault o Jacques Anquetil han ganado en cinco ocasiones el Tour de Francia.
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El siglo XVIII fue, indudablemente, una gran época para la industria. Respondiendo al estímulo de unos mercados, internos y exteriores, en constante expansión y contando en muchos casos con la protección estatal, se produjo, especialmente durante la segunda mitad, un impresionante aumento (se partía de unos niveles muy bajos) de la producción manufacturera, que afectó tanto a las industrias más antiguas como a otras de nueva creación. Pero no fue un fenómeno únicamente cuantitativo. El legado del siglo fue, ante todo, el afianzamiento del capitalismo industrial, resultado de la profundización de un proceso iniciado mucho tiempo atrás y que se manifestará en la lenta, pero incuestionable decadencia del tradicional sistema gremial urbano y el paralelo auge de las formas de producción capitalistas -que, hay que subrayar, no suponían en sí mismas novedad alguna-, ya en el marco de la industria rural dispersa animada y controlada por mercaderes-empresarios urbanos, ya en el de la empresa concentrada. La aplicación de algunas novedades técnicas contribuirá al aumento de la producción y, en ciertos casos, al surgimiento de la moderna empresa fabril mecanizada (factory system). En los albores del siglo XIX y en el seno de una Europa aún predominantemente agraria, diversas regiones, más que países, podían considerarse ya industrializadas. Y en Inglaterra comenzaba a configurarse la civilización industrial del futuro.
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A principios de siglo la industria española era muy débil. En cierta manera, más que a una industria como hoy la entendemos debemos referirnos a la artesanía en la mayor parte de los casos. Efectivamente, aunque los gremios desaparecieron definitivamente por el R.D. 2-XII-1836, aun existe una gran cantidad de maestros y aprendices de taller que subsisten en la contabilidad socio-profesional. En las ciudades y pueblos españoles existían actividades industriales, con frecuencia más próximas a la artesanía que a la actividad fabril, como los curtidos, cerámica, corcho, harinas, conservas, aceite, jabón, vinícolas, etc. Además, especialmente desde 1825, se fue desarrollando una industria moderna, en la que se destacaron el textil y la metalurgia en las que nos vamos a detener, sin que faltaran casos de nuevas fábricas en otros sectores como el alimenticio, químico o papel. Como veremos, la industria del siglo XIX se regionaliza en la periferia norte, con intentos en la periferia del sur que fracasan a medio plazo. Los índices de producción industrial que han elaborado A. Carreras y L. Prados nos orientan hacia un lento crecimiento industrial (superior al conjunto de la renta nacional), desde 1830, que permite duplicar la producción en torno a 1860 y triplicarla, con referencia a 1830, en 1890. Como la industria inglesa o la francesa tuvieron comportamientos similares, pero partiendo de niveles muy superiores, la diferencia subsistía proporcionalmente aunque aumentaba en números absolutos. En la Europa industrial del siglo XIX "había que correr a toda velocidad para seguir en el mismo sitio: España, evidentemente, no corrió lo bastante" (Tortella, 1994). La Guerra de la Independencia y la pérdida de las Colonias (1810-24) supuso un colapso de la industria española. Vino a agravarlo la coyuntura general depresiva y el hundimiento de los precios. A partir de 1827 se inicia una leve mejoría, sobre todo en la industria textil catalana, gracias al proteccionismo, a una nueva generación de empresarios y a la mecanización. Se puede hablar -según Nadal- del comienzo de la revolución industrial en España, muy incipiente aún, a partir de 1832 con la adopción de la energía del vapor por la industria de consumo más representativa (textil), así como de los procedimientos siderúrgicos modernos: el alto horno para la primera fusión y el cubilote para la segunda. La reconstrucción de la industria española se sitúa entre los años 1832 y 1855. Aumenta la actividad en todos los sectores y aparece una auténtica mentalidad industrial. Entre 1856 y 1881 se da el paso decisivo del equipamiento industrial. La llegada de capitales extranjeros hacia el ferrocarril y la minería también estimulan la industria. Gracias a estos capitales la industria inicia un proceso de concentración típico del capitalismo industrial.
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Junto a la industria tradicional y al "putting-out system" de la industria textil hay que contar con una tercera forma de organización industrial. Por su especial contextura, actividades que alcanzaron un gran desarrollo como la minería, la siderurgia o la construcción naval exigían concentraciones de capital y mano de obra. Fueron éstos, prácticamente, los únicos sectores en los que avanzó la industria concentrada de tipo capitalista. A mediados del siglo XVI, por ejemplo, los astilleros de Venecia concentraban más de 2.300 trabajadores. Por las mismas fechas, en las minas de alumbre (utilizado corno apresto en la industria textil) de la Tolfa, en las cercanías de Roma, trabajaban más de 700 obreros. Se trata de sectores que se desarrollaron al compás de las exigencias del gran comercio internacional o de la demanda estatal condicionada por la guerra. Especial atención merece el despertar del sector minero. La minería de la plata en Centroeuropa (Alemania, Bohemia, Tirol) ocupa un cierto lugar en este fenómeno, aunque no logró satisfacer la creciente demanda de la economía monetaria. La fortuna de los Fugger, poderosa familia de banqueros alemanes del XVI, se vio potenciada mediante la explotación de minas de plata. La minería del hierro obtuvo también un gran desarrollo. La producción europea de este metal se estima en 100.000 toneladas en 1525. La fabricación de cañones de bronce estimuló la extracción de cobre en Tirol, Turingia y Hungría. También proliferó la minería del carbón, aunque con técnicas menos avanzadas y menores concentraciones de mano de obra. La minería contempló la aplicación de novedosos avances técnicos que contribuyeron a su perfeccionamiento, tales como los hornos de tiro forzado para la producción de hierro (A. Tenenti). En España, este tipo de actividades concentradas cobraron especialmente impulso en el País Vasco, lugar de florecimiento de la construcción naval y la fabricación de armas. También en las atarazanas de Barcelona o Sevilla se llevaba a cabo la construcción de barcos. La minería se desarrolló a lo largo del siglo en lugares como Almadén, que proporcionaba mercurio para la amalgama de la plata en América, y Mazarrón, punto productor de alumbre para la industria pañera.
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La industria más significativa de todo el Medievo fue, sin duda ninguna, la textil. En los siglos finales de la Edad Media se benefició de una importante novedad técnica, la rueda de hilar. Dicho instrumento ya era conocido en la segunda mitad del siglo XIII, pero su uso sólo se propagó en el transcurso del XIV, por más que su implantación definitiva no tuviera lugar hasta la decimoquinta centuria. De todas formas el mapa textil europeo experimentó en la época que nos ocupa algunas variaciones importantes con respecto al de periodos anteriores. Tradicionalmente se ha venido hablando de un retroceso de la industria textil de Flandes. Sería el precio que pagó aquella región tanto por el estallido de la guerra de los Cien Años como por el cierre de las importaciones de lana procedente de Inglaterra. En cualquier caso es preciso ser muy cautos a la hora de contemplar lo ocurrido en la producción flamenca de tejidos a fines del Medievo. Ciertamente puede hablarse de retroceso, en lo que a la fabricación de tejidos se refiere, en algunas ciudades del sur de Flandes, casos de Saint-Omer, Ypres, Douai, Arras o Lille. Estas urbes intentaron hacer frente a las dificultades poniendo trabas crecientes a la producción textil de los núcleos rurales y, en general, fomentando las medidas monopolísticas. Pero el éxito, ciertamente, no las acompañó. Ahora bien, no es menos cierto que, al mismo tiempo, otros centros fabriles que hasta aquella época apenas habían destacado conocieron, a partir del siglo XIV, un notable progreso. De todas formas lo más significativo, siempre pensando en lo acontecido en los siglos finales de la Edad Media, fue el auge de la pañería de territorios vecinos de Flandes, como el Hainaut, Lieja, Brabante u Holanda. Así se explica que desde finales del siglo XIV comenzaran a adquirir relieve en el comercio internacional, entre otros, los paños de Amsterdam, Leyden, Harlem y Rotterdam, todos los cuales suponían una novedad. Si pasamos de Flandes a otras regiones europeas que contaban desde el pasado con una producción de tejidos significativa encontraremos un panorama muy diversificado. Italia, en términos generales, conoció en los siglos XIV y XV una expansión de la pañería, mas no sin notables altibajos. Recordemos lo sucedido en Florencia. A mediados de la centuria, según el testimonio del cronista Villani, salían de los talleres florentinos entre 70.000 y 80.000 piezas anuales, pero en los años de la revuelta de los "ciompi", debido a numerosos factores, entre los cuales el clima de agitación en que vivió la ciudad del Arno, la producción era inferior a las 24.000 piezas. La respuesta de Florencia, en el siglo XV, fue la dedicación preferente a la fabricación de tejidos de más calidad, de forma que su mayor precio pudo compensar sobradamente el descenso del número de piezas producidas. En Francia, por el contrario, las cosas no fueron tan bien. La guerra de los Cien Años afectó de manera negativa a la pañería francesa, aunque no es menos cierto que desde mediados del siglo XIV ya se anuncia una indiscutible recuperación en la producción textil de regiones como Normandía, Champagne o el Languedoc, sobresaliendo entre todas la pañería de Toulouse. Por lo que respecta a las tierras imperiales la ciudad más pujante en el capitulo de la producción textil era, sin discusión, Friburgo. Un testimonio de la época, que hay que tomar, no obstante, con sumo cuidado, señalaba que casi la mitad de los habitantes de Friburgo trabajaban a mediados del siglo XV en la pañería. También era importante la fabricación de paños en ciudades como Nuremberg o Augsburgo. No obstante, lo más significativo de la industria textil europea de los siglos XIV y XV fue la incorporación de nuevos focos productivos. El más importante de todos lo constituye Inglaterra. Desde su vieja posición de potencia exportadora de lana Inglaterra se convirtió, en un periodo de tiempo relativamente breve, en un país productor de tejidos. El proceso se inició a fines del siglo XIII, en tiempos del monarca Eduardo I. Al objeto de disponer de materia prima abundante, Inglaterra no sólo dejó de exportar lana a Flandes, sino que incrementó la ganadería ovina. Al mismo tiempo fueron llamados artesanos flamencos, que se desplazaron a Inglaterra para poner en marcha la pañería de aquel país. Lo cierto es que en la segunda mitad del siglo XIV los paños ingleses eran ya muy estimados en toda Europa. Hubo, ciertamente, un estancamiento de las exportaciones en los inicios del siglo XV, a causa de los conflictos internacionales, pero la pañería inglesa salió pronto del bache. Por lo demás la producción textil de Inglaterra, que supo adaptarse con gran rapidez a las novedades técnicas, se caracterizaba por su gran dispersión geográfica. Los principales centros productores eran, al filo del año 1400, Bristol, Salisbury y Winchester. También data de estos siglos los inicios de la pañería en tierras catalanas. Las más antiguas ordenanzas conocidas que tengan relación con la producción textil son las de los trabajadores de la lana de la ciudad de Barcelona, fechadas en el año 1308. Unos años después ya habían adquirido justa fama los "paños negros" de Perpiñán, pero también los tejidos de Tarrasa, Barcelona, Puigcerda o Vic. Por lo demás, pronto comenzó Cataluña a exportar tejidos, básicamente en dirección al norte de África y hacia las islas del Mediterráneo, es decir, hacia las áreas por donde discurría su expansión política. En cambio la Corona de Castilla, gran productora de lanas, en su mayor parte exportadas, no consiguió despegar como potencia textil. Sin duda, en el siglo XV había núcleos de cierta solidez en lo que a la pañería se refiere. Tales eran, por ejemplo, los casos de Toledo, Cuenca, Segovia, Murcia o Úbeda, ciudades en donde se fabricaban tejidos para el consumo local. Pero en lo esencial Castilla era, en el siglo XV, importadora de tejidos. La materia prima más importante en las manufactures textiles era la lana. Pero también se trabajaban otras material, particularmente el algodón, el lino, el cáñamo y la seda. El algodón procedía de Oriente o del norte de África, pero también se cultivaba a fines de la Edad Media en algunas regiones del sur de Europa. El trabajo con el algodón se localizaba preferentemente en Italia, con centros de tanto relieve como Cremona, Pisa o la misma Florencia. Un género que alcanzó gran popularidad en la época fue el fustán, mezcla de algodón y de lana. No obstante, en la decimoquinta centuria la industria algodonera estaba comenzando a prosperar en otras regiones, ante todo en el mundo germánico. Por lo que al lino se refiere los núcleos que más sobresalían se hallaban en los Países Bajos, Flandes o Brabante. En el Imperio el lino se trabajaba en ciudades como Augsburgo, Ulm o Constanza. Paralelamente experimentó un bajón la lencería francesa, si bien la producción de Reims siguió gozando de gran predicamento. La industria del cáñamo se localizaba en primer lugar en regiones occidentales de Francia, como Normandía, Bretaña o el Poitou. La industria de la seda, por su parte, conoció un notable auge, debido al consumo creciente de paños de esa materia por parte de los sectores aristocráticos. El principal centro productor de tejidos de seda seguía siendo la localidad italiana de Lucca, pero la industria penetró asimismo en otras ciudades, como Florencia, Siena, Génova, Venecia o Milán. Para corroborar la importancia que llegó a alcanzar la sedería es suficiente con que recordemos el papel que tenía el "Arte de la seda" en Florencia, con más de 80 talleres a mediados del siglo XIV. Por lo demás los tejidos de seda proporcionaban, según todos los indicios, beneficios muy altos, sin duda superiores a los de la lana. Los datos publicados por R. de Roover, a propósito de la familia Médici, ponen de relieve cómo, a mediados del siglo XV, la tienda de sedas les daba unos beneficios del 16 por 100 anual, en tanto que la de lana sólo proporcionaba un 6 por 100. También había importantes centros sederos en tierras hispanas, principalmente en Valencia, en zona cristiana, y en Granada, en territorio musulmán.
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El sector al que correspondió el mayor protagonismo dentro de la industria europea moderna fue, sin lugar a dudas, el textil. Ello no representaba, en realidad, novedad alguna, pues la industria medieval se desarrolló precisamente en función primordialmente de la fabricación de tejidos. El vestido, al tiempo que una necesidad inmediata, resulta expresión visual de distinción social, aún más que la decoración de la vivienda. Por ello la industria textil creció a expensas tanto de la necesidad como del lujo. Los grandes centros de producción eran en el siglo XVI, en buena medida, idénticos o parecidos a los de siglos anteriores. Había varias áreas que condensaban el mayor número de talleres y artesanos. El norte de Italia, en primer lugar, constituía una zona de amplia implantación tanto de la producción de paños de lana como de la de tejidos de seda. Las oligarquías nobiliarias urbanas de ciudades como Florencia o Milán fundamentaron su poder económico en la producción y comercialización de textiles. A estos centros se añadieron otros, como Bérgamo, Brescia, Pavía o Como. En conjunto, el peso de la fabricación de paños y telas en la composición de la población activa industrial norteitaliana fue abrumador. En Florencia, por ejemplo, el Arte della lana "ocupa una treintena de miles de personas de la ciudad y las afueras. Compra la lana bruta que viene de Puglia, Castilla, Borgoña o Champagne, y la hace lavar, cardar, y peinar en los lavaderos y talleres del Arte con utensilios fabricados en Lombardia. Los Médicis, por ejemplo, cuya expansión se ha observado en la segunda mitad del silo XV, tienen sus propios talleres, donde sus obreros trabajan sometidos a una severa disciplina, vigilados por los encargados y según horarios regulados por el sonido de la campana" (B. Bennassar). La ciudad del Arno disponía a principios del siglo XVI de capacidad suficiente para producir más de 2.000 piezas de paño anuales, el equivalente a unos 80.000 metros de tejido. En el sur de Italia, Nápoles constituía también un centro importante de producción e hilado de seda, junto a Catanzaro. Sin embargo, la fabricación de tejidos se efectuaba en las ciudades del Norte (Florencia, Venecia, Génova, Milán), a cuyos talleres la seda napolitana o calabresa era remitida para su confección definitiva. La industria textil italiana atravesó por momentos de dificultades a raíz de las guerras de Italia, aunque más tarde se recobró en parte. Otro gran centro de producción pañera fue Flandes. Aquí, la materia prima utilizada era, principalmente, la lana de oveja merina procedente de Castilla, excelente para la fabricación de telas ligeras. La unión de ambos países bajo la Monarquía de Carlos V favoreció aún más las posibilidades de un comercio regular de exportación e importación de lana. Junto a la pañería, en Flandes floreció también una industrial textil artística de primera calidad como la tapicería. Los bellos tapices flamencos con representaciones de escenas bíblicas, mitológicas o históricas adornaron ricamente las paredes de los grandes palacios de la época. En tercer lugar, Inglaterra fue también un foco de potente desarrollo textil, fundado en la industria pañera. Durante el siglo XVI esta industria, ya floreciente en el siglo XV en el este del país (Norfolk, Essex, Kent), se extendió hacia el oeste (Gloucester, Somerset). La demanda de materia prima para la pañería inglesa potenció la cría de la oveja hasta el punto de provocar serías transformaciones en las estructuras de la producción agropecuaria. De forma un tanto más tardía se empleó también lana española. La industria textil inglesa se benefició de la emigración de multitud de tejedores flamencos protestantes refugiados tras la revuelta de los Países Bajos. Inglaterra recibió una mano de obra cualificada que resultó de gran utilidad para el desarrollo de su pañería. La situación de Inglaterra en el mercado internacional de textiles mejoró también como consecuencia de los problemas derivados de la guerra en los Países Bajos y de la decadencia de la industria italiana. Estos tres fueron los principales focos de desarrollo textil, pero, junto a ellos, existieron otros focos secundarios. En el oeste de Francia floreció una industria de exportación de telas de lino y cáñamo (los famosos ruanes y bretañas), que convivió con otra industria más orientada al consumo interno en regiones como Champagne, Picardía y Borgoña. Por su parte, en Tours y Lyon se desarrolló una industria sedera de considerable magnitud, que ocupó a varios miles de obreros y obtuvo la protección real. También en el sur de Alemania alcanzó la fabricación de tejidos un cierto desarrollo, especialmente por lo que respecta a los fustanes de Augsburgo, Ulm, Ratisbona y Nuremberg. En España se localiza otro foco secundario de producción textil. Las ciudades castellanas como Segovia, Cuenca, Palencia y Ávila desarrollaron una industria de paños de lana, aunque ésta atravesó por grandes dificultades derivadas de la orientación exportadora de la producción de materia prima lanera y de su falta de competitividad frente a las confecciones extranjeras. En la segunda mitad del siglo la pañería castellana se hallaba en franca decadencia. La industria de la seda, de tradición morisca, se desarrolló en Granada (principal zona productora de materia prima), Toledo, Valencia y Sevilla. Fueron las manufacturas textiles (las más importantes por el número de productores, por el volumen y valor de la producción y por su papel en el comercio internacional) las que alumbraron nuevas formas de organización industrial en la Europa del XVI. Como se ha visto, el monopolio local de las corporaciones de artesanos representaba un control estrecho de la industria urbana, al servicio de una producción de calidad que excluía la presencia de una verdadera empresa capitalista. Sin embargo, se ha podido comprobar que en el norte de Italia la producción textil se organizó en ocasiones de forma distinta, en grandes talleres que concentraban a un buen número de obreros bajo el control de poderosos empresarios. Los cambios más novedosos, sin embargo, derivaron de la aparición de una industria rural que se desarrolló fuera de los límites de control de los gremios urbanos y que superaba, por tanto, los marcos corporativos. Surgió una clase de mercader-fabricante interesado en los negocios de exportación de textiles que ideó formas de abaratar la producción y de romper los límites impuestos por las corporaciones, sacando provecho de la creciente demanda de paños. Estos mercaderes-fabricantes rentabilizaban las posibilidades derivadas del trabajo en el ámbito rural. Los campesinos podían dedicar sus horas libres al trabajo de hilar o tejer. Sus mujeres, y hasta sus hijos menores, podían asimismo ayudar en ello. Obtenían así unos ingresos complementarios que incrementaban el presupuesto familiar. El empresario-comerciante les facilitaba la materia prima y el instrumental necesario y recogía a domicilio los productos elaborados o semi-elaborados para llevarlos a recibir las labores de acabado en la ciudad. A este sistema se le conoce como "domestic-system" o "putting-out". Esta forma de organización industrial se desarrolló en Flandes, sirviendo como alternativa a la decadencia de la actividad textil en ciudades como Gante, Brujas o Courtrai, pero también floreció en otros ámbitos de la Europa industrial. Las fluctuaciones del mercado internacional y los grandes riesgos derivados de la elasticidad de la demanda la hacían más rentable que la creación de grandes empresas centralizadas, que exigían fuertes inversiones y gastos de mantenimiento y que podían fácilmente quebrar debido a un cambio de ubicación de los centros gravitatorios del comercio internacional (Lis-Soly).
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Heredera de la organización industrial medieval, la manufactura tradicional tenía en las ciudades su marco por excelencia de desenvolvimiento. Las corporaciones gremiales de artesanos ejercían un estrecho control de esta industria urbana, impidiendo mediante un complicado reglamentismo el desarrollo de la libre iniciativa. Aunque la industria tradicional pudo en un primer momento sostener las exigencias derivadas de la dilatación de la demanda de productos manufacturados, en los inicios de la coyuntura expansiva del XVI, en realidad los gremios representaban una concepción anticapitalista y significaban una rémora para el surgimiento de formas técnicamente más avanzadas de organización productiva. La estructura gremial descansaba sobre varios principios. Uno de ellos era la comunidad de intereses con el poder público estatal y municipal. Éste ejercía respecto de los gremios una actitud de proteccionismo, privilegiándolos mediante el reconocimiento legal del monopolio de producción y comercialización de sus productos. A cambio, las corporaciones de artesanos garantizaban el abastecimiento de manufacturas de calidad y servían de útiles estructuras de recaudación fiscal, defensa armada de las ciudades y encuadramiento de las clases productivas urbanas. En conexión con lo anterior, un segundo principio inherente a la organización gremial era el exclusivismo y la resistencia contra el intrusismo laboral. Las ordenanzas, o reglamentos por los que se regía la actividad de los gremios, prohibían taxativamente el ejercicio de un oficio determinado a todo aquel que no estuviera previamente autorizado por las autoridades de la respectiva corporación. En tercer lugar, las ordenanzas -fiel reflejo en el plano normativo del espíritu gremial- trataban de garantizar la igualdad teórica de los agremiados, al tiempo que de eliminar la competencia facilitando el equitativo acceso al abastecimiento de materias primas, estableciendo cuotas de producción, obstaculizando la libre circulación de la mano de obra subalterna, interviniendo los precios de las mercancías, etcétera. Ello se opone a la libre concurrencia clásica del capitalismo liberal. Los gremios representaban también el inmovilismo técnico. Dentro de un marco minuciosamente reglamentista como el descrito, los tipos de productos y las labores necesarias para su confección eran regulados de tal forma que las únicas diferencias posibles venían determinadas sólo por el mayor o menor grado de pericia de los artesanos. El conocimiento del oficio y los secretos técnicos eran celosamente guardados y transmitidos en el seno de los talleres, en los que primaba una nítida jerarquía laboral articulada en función de tres categorías: maestros, oficiales y aprendices. Los gremios, en suma, determinaban la atomización de la producción industrial, fundándose en la defensa inflexible de los privilegios corporativos y en la estrecha asociación de capital y trabajo. En este sentido, las unidades de producción consistían en pequeños talleres que presentaban una mínima concentración de mano de obra. En ellos no sólo tenían lugar todas las fases de la producción, sino que también unían este aspecto al de la comercialización. No aplicaban, pues, el principio de división técnica del trabajo. El maestro-propietario dirigía la actividad de un normalmente escaso número de oficiales y aprendices y participaba él mismo de forma intensa en la elaboración de las manufacturas. Su capital, asimismo escaso, se reducía comúnmente a la propia tienda-taller y a las tradicionales herramientas que allí se empleaban. Los oficios urbanos encuadrados dentro de la organización gremial eran, principalmente, los relacionados con las manufacturas textiles (pañeros, sederos...), del cuero (zapateros, talabarteros...), de la madera (carpinteros) y el metal (armeros, plateros...). Pero también las industrias alimenticias, como la molinería, la panadería, la pastelería o la fabricación de cerveza se acogían frecuentemente al ámbito urbano. La construcción y los oficios artísticos (tallistas, escultores... ) vivieron un momento de auge al compás de la proliferación de iniciativas para levantar iglesias, palacios y otras grandes obras. La aparición de la imprenta hizo que se abrieran talleres de impresión en las principales ciudades. En fin, la industria urbana se sostenía no sólo sobre la base de la demanda de bienes de primera necesidad como el vestido, el calzado o la vivienda, sino que también alentó a tenor del desarrollo del hijo, las artes y las nuevas técnicas del Renacimiento.