La infanta Margarita María estaba prometida desde su nacimiento a su primo Leopoldo de Austria, quien llegaría a ser emperador. Ese compromiso motivaría el envió de numerosos retratos de la joven infanta a la corte de Viena para apreciar su crecimiento. Así encontramos uno con dos años, otro con aproximadamente cinco y éste que contemplamos, posiblemente enviado a Viena en 1659, cuando la infanta contaría con 9 años. Margarita ha perdido la gracia y belleza de los primeros retratos para tomar el gesto característico de la familia Habsburgo; viste un traje de raso en tonos azules y platas con el guardainfante característico de la moda y las mangas acuchilladas. Una gruesa cadena de oro que cruza su pecho en bandolera y una delicada gargantilla adornan el conjunto, apreciándose en el fondo un escritorio con un león dorado. El rubio cabello suelto se adorna con un lazo azul, en sintonía con el que encontramos en el pecho y en los laterales del vestido. La pincelada rápida, aparentemente imprecisa, domina la composición, creando insuperables aspectos atmosféricos, cromáticos y lumínicos, aplicando el óleo a través de pequeños toques que le sitúan como el mejor precedente del Impresionismo.
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La modelo de este cuadro es la niñita rubia que protagoniza el lienzo de las Meninas, la infanta Margarita de Austria. Martínez del Mazo la retrata a la edad de 15 años, vestida de negro por la reciente muerte de su padre, el rey Felipe IV. El autor era el yerno de Velázquez, al que continuamente imitó durante su obra. En este cuadro realiza un pequeño homenaje a la obra principal de aquél, las Meninas: al fondo, tras la infanta, se hallan unas figuras, que son el hermano de la princesa, el príncipe Carlos, a quien atienden meninas y enanos, en una disposición similar a la del citado cuadro. Por lo que respecta al retrato de la infanta, la sobriedad del retrato oficial de la Escuela española se conjuga con la densidad de color del Barroco. El rostro serio de la adolescente se enmarca en una suave aureola dorada que forman sus trenzas. La cabeza, a su vez, queda envuelta en el negro de la estancia y el vestido, que resalta fuertemente una de sus manos, blancas y lánguidas. La otra se apoya en un sillón de terciopelo rojo, que es respondido en un eco amplificado de color con el cortinaje de fondo, herencia de la Escuela veneciana, de la cual existían numerosos ejemplos en las colecciones reales. La alfombra está también llena de puntos de color rojo y dorado, lo cual reduce extraordinariamente la gama de colores utilizados que, sin embargo, ofrecen un increíble juego de efectos de contraste entre sí.
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Quizá sea este uno de los retratos más atractivos de la infanta Margarita, la primogénita de Felipe IV y su segunda esposa Mariana de Austria. Había nacido en Madrid el 12 de junio de 1651, aparentando en este retrato unos dos o tres años por lo que se fecha entre 1653 y 1654. Por estos retratos velazqueños conocemos la gracia de la pequeña infanta quien destacaría por su carácter simpático y animado, siendo la favorita de su padre. Se casaría a los quince años con su primo, el Emperador Leopoldo I de Alemania, con el que estaba prometida antes de nacer. Por eso muchos retratos de esta infanta española son propiedad del Museo de Viena ya que se exigía por parte de la casa imperial conocer la evolución de la joven a través de esas imágenes. La infanta se nos presenta como una persona muy importante, en pie, sobre una alfombra de color negro con adornos rojizos. Apoya su manita derecha sobre una mesilla en la que se observa un pequeño jarrón de cristal, con un excelente ramillete de rosas, lirios y margaritas, éstas últimas en alusión a su nombre. La armonía del colorido es realmente sorprendente, al igual que la soltura de la técnica especialmente en el florero, donde obtiene el brillo y la transparencia gracias a un par de pinceladas. La herencia de la escuela veneciana ha sido perfectamente recogida por Velázquez, en cuyos cuadros la luz y el color se convierten también en los auténticos protagonistas.
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Margarita María era la hija primogénita de Felipe IV y Mariana de Austria; nació en Madrid, el 12 de junio de 1651, a las tres y cuarto de la tarde; las descripciones nos hablan de ella como una niña muy bonita, como podemos atestiguar en los retratos que le hizo Velázquez, estando prometida desde su nacimiento con el emperador Leopoldo I de Alemania, contrayendo matrimonio en 1666. Esta pequeña es la protagonista de Las Meninas y la hija favorita de su padre. El retrato que contemplamos repite la figura del lienzo que se exhibe en el Kunsthistorisches Museum de Viena, existiendo entre los especialistas un amplio debate sobre su autenticidad o si se tratara de una copia de taller. La pequeña, que tendría unos dos años de edad, aparece apoyándose sobre una mesa con un tapete verde. En su mano izquierda porta un abanico cerrado y viste un elegante traje en tonos rojos y platas, adornados con lazos carmesíes. Su pequeña figura se sitúa sobre una alfombra de tonalidades rojizas y negras, recortándose sobre un fondo neutro en el que se vislumbra un cortinaje verdoso. La mirada alegre y dulce de la infanta es el centro de atención del lienzo, iluminado el rostro por un potente foco de luz que resalta los brillos del vestido. Las pinceladas maestras de Velázquez han sido aplicadas de manera prodigiosa, aparentemente desordenadas pero situándolas en su lugar exacto, creando un juego de armonías cromáticas y lumínicas de insuperable belleza. Con este estilo, el maestro sevillano se coloca a un paso del Impresionismo.
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Hija menor de Felipe V e Isabel de Farnesio, la infanta M.? Antonia Fernanda casó con Víctor Amadeo de Saboya, futuro Víctor Amadeo III, duque de Saboya y rey de Cerdeña. Se trata, seguramente, de la réplica de un retrato pintado por Amigoni para mandarlo a la corte de Turín con motivo de los preparativos del matrimonio de la infanta con Víctor Amadeo. Amigoni hizo un retrato de la infanta lleno de encanto y de gracia rococó. La retratada, hermosa joven de veinte años, adopta una pose elegante, y coge una flor de entre las que le ofrecen dos juguetones geniecillos alados que le acompañan.
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Antes de ponerse a trabajar en la Familia de Carlos IV, Goya realizó una serie de bocetos para representar a los principales protagonistas de la obra más importante del pintor, en lo que a retratos se refiere. Son unos bocetos muy interesantes ya que apreciamos la rapidez con la que trabaja el artista, con una pincelada suelta pero que nos muestra todos los detalles. A pesar de que el lugar que ocupa la hermana de Carlos IV en el cuadro definitivo no es prioritario, el boceto realizado es una obra maestra al captar la personalidad de la infanta.
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Lorenzo Tiepolo es el mejor retratista de la familia, individualizando personajes concretos y ofreciendo, a través de sus penetrantes miradas, las características predominantes de sus respectivos caracteres: una mirada señorial como corresponde a una infanta de España, acompañada de un perrito que simboliza la fidelidad. Esta infanta era hija de Carlos III y María Amalia de Sajonia; nació en Gaeta el 16 de julio de 1744 y falleció soltera en Madrid el 8 de diciembre de 1801, siendo una de las protagonistas del retrato familiar de Carlos IV pintado por Goya.
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A su regreso triunfal de Italia - donde había realizado excelentes retratos como el de Juan de Pareja o el papa Inocencio X - Velázquez realizará pocos trabajos. En la década de 1650 sólo se pueden fechar unas quince obras del maestro. La razón estaría en el deseo de Velázquez: ser nombrado Caballero de la Orden de Santiago - lo que supondría su ennoblecimiento - para lo que tiene que demostrar que no cobra por su trabajo de pintor. Al obtener el cargo de Aposentador Mayor de Palacio en 1652 tendrá un sueldo fijo como funcionario y dejará de recibir dinero por los cuadros que le encarga el rey. Aunque parezca ilógico, las leyes de la nobleza en el siglo XVII eran muy estrictas y los artesanos como Velázquez no tendrían acceso a esa clase social. El proceso que se inició en 1657 dio sus frutos, siendo el artista nombrado caballero como observamos en la cruz que luce en Las Meninas.La infanta Margarita, hija de Felipe IV e Isabel de Borbón, será de las más retratadas en esta década de 1650 ya que estaba en edad de contraer matrimonio y su retrato era muy solicitado por las diversas cortes europeas que deseaban conocerla. Esto motiva que algunos de los retratos fuesen obra del taller, pagándose bajos precios por ellos. Este que nos ocupa se considera realizado por Velázquez en su totalidad, especialmente por la genialidad a la hora de realizar los adornos del cabello de la infanta. Pero lo más interesante es, sin duda, la mirada de la joven. Su expresión reservada, de honesta doncella, se refuerza con ese gesto de mirar de reojo al espectador.La gama de grises y rojos empleados por el artista es totalmente armónica, contrastando con la oscuridad del fondo. La pincelada es bastante suelta, obtenida a base de pequeños toques de color. En cuanto a la luz, resulta significativo el fuerte fogonazo que aplica Velázquez, creando ligerísimas zonas de sombra.
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Entre los meses de mayo y junio de 1800 Goya se trasladó a Aranjuez para trabajar en el retrato colectivo de la Familia de Carlos IV. Antes de enzarzarse con la ejecución definitiva realizó una serie de bocetos preparatorios con los retratos de los personajes que más tarde protagonizarían la obra final. El infante Don Antonio Pascual, don Luis el Príncipe de Parma o la infanta María Josefa son compañeros de este lienzo en el que contemplamos al infante Carlos María Isidro, segundo hijo varón de Carlos IV y María Luisa de Parma nacido el 29 de marzo de 1788. Contaba doce años cuando fue retratado por Goya, mostrándose como un niño dulce y encantador, siempre a la sombra de su hermano Fernando. Cuando Fernando VII falleció en 1833 suscitó Carlos María Isidro un grave problema sucesorio al considerar que su sobrina Isabel II no era la legítima heredera de la Corona, argumentando que según la Ley Sálica - ley sucesoria que introdujo Felipe V en España en 1713 - las mujeres no podían reinar. Sin embargo, esa ley sucesoria había sido derogada por Fernando VII en 1829, precisamente para permitir que su hija ciñera la corona española. Alrededor de Carlos María Isidro - autotitulado Carlos V - se reunirán los partidarios de la defensa a ultranza del Antiguo Régimen, recibiendo sus partidarios la denominación de carlistas. Por supuesto, en esta imagen Goya no podía advertir el futuro de este joven que falleció en Trieste en 1855. El retrato es de una calidad excelente, mostrándonos la rapidez de ejecución del maestro que trabaja con una pincelada suelta y vibrante sobre una preparación rojiza para asentar el óleo.