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La industria no existía únicamente en los países llamados desarrollados. La había también en países coloniales y dependientes, como la India, o en países menos desarrollados. En todo caso, se trataba, fundamentalmente, de productos textiles o alimenticios. Además, existían numerosas industrias familiares y artesanales en zonas atrasadas y rurales. En todo caso, sólo algunos países, los denominados industrializados, contaban con una infraestructura de comunicaciones, comercialización y medios financieros capaces de generar y mantener a gran escala una industria moderna y, por lo general, altamente rentable. Es en estos países donde la agricultura no empleaba la mayoría de la mano de obra (aunque en 1880, salvo en el Reino Unido, los índices de población activa agraria todavía eran muy altos). En los países industrializados, y sólo en ellos, se darán las condiciones para los excepcionales descubrimientos científicos y la aplicación de los mismos a nuevas tecnologías industriales. Por esto, entre otros motivos, cabe utilizar la industria como un criterio de modernidad. En la década de 1880, no podía decirse que ningún país al margen del mundo desarrollado (incluido Japón) fuera industrial o estuviera en vías de ello. Aunque sigue siendo uno de los líderes, el Reino Unido comienza a perder terreno en el progreso industrial (entre 1873 y 1913 su crecimiento anual industrial sólo fue de 1,8 por 100). En cambio, ya son grandes potencias industriales EE.UU. (4,8 por 100 de crecimiento) y Alemania (3,9 por 100). Les siguen Francia y Japón (que ahora se suma a las potencias industriales). Otros países ya citados se pueden situar en este momento entre las naciones industrializadas, aunque con mucha menor envergadura. En el resto de los países occidentales, la industria ocupa un papel importante, si bien todavía la actividad económica preponderante es la agricultura (excepto en algunas zonas de cada país). En Asia y África, pese a que progresa en ellos el colonialismo con el tipo de industria al que hemos hecho referencia, predominan todavía las antiguas estructuras agrarias.
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La segunda revolución industrial fue, ante todo, la revolución del acero y de la electricidad, de las máquinas-herramientas, del sector químico, del automóvil y de los medios de comunicación. Fue el resultado de la coincidencia y acumulación de una serie de circunstancias y factores favorables: a) innovaciones tecnológicas como las ya mencionadas; b) disponibilidad abundante de recursos básicos como carbón, mineral de hierro, saltos de agua y bosques; c) gran dinamismo empresarial; d) efecto acumulado de la extensión desde mediados de siglo de la educación y de la alfabetización; e) formidable expansión de los medios de transporte (ferrocarriles, grandes barcos de vapor, carreteras) y de los tráficos internacionales de mercancías, capital, mano de obra y tecnología; f) cambios en la organización de las empresas (sociedades anónimas, grandes corporaciones, grandes grupos financieros y bancarios, grandes factorías integradas: U.S.Steel Corporation, Krupp, Schneider-Creusot, Cockerill, Ford Motor Company, A.E.G., Siemens, Vickers, etc); g) desarrollo de los mercados domésticos y del comercio internacional, sobre todo entre los propios países desarrollados, favorecido por la estabilidad del sistema monetario internacional tras la aceptación general del patrón oro como valor de reserva, comercio que resistió bien el "retorno al proteccionismo" que se produjo en todas las economías europeas -salvo Gran Bretaña, Holanda, Bélgica y Dinamarca- y en la norteamericana desde 1879-80. A pesar de que entre 1876 y 1914 los países europeos adquirieron unos 17 millones de kilómetros cuadrados, los imperios coloniales tuvieron, en cambio, incidencia menor. La colonización sistemática de Angola y Mozambique por Portugal, realizada precisamente en esta época, o la ocupación de Libia por Italia en 1912, no aliviaron la situación de atraso de las economías italiana y portuguesa. El valor que para las industrias química y eléctrica, motores del desarrollo de Alemania, pudieron tener el Camerún, Tanganika o el África Sudoccidental -territorios adquiridos por aquel país a partir de 1884- resultó literalmente nulo. La India fue, ciertamente, un buen mercado para la industria textil británica y Francia, por su parte, rentabilizó de distintas formas la colonización del norte de África. Pero los gastos que para las economías británica y francesa -los dos mayores imperios coloniales- supusieron el mantenimiento de los ejércitos y de las administraciones imperiales y las inversiones en infraestructuras (caso de la India) probablemente sobrepasaron a los beneficios derivados del control de aquellos mercados y de la explotación de determinadas materias primas de los mismos (y en todo caso, muchas de las colonias -por ejemplo, el Sáhara- eran territorios escasamente poblados y muy pobres). El capital británico prefirió invertir en territorios de colonización anglosajona (Canadá, Australia, Nueva Zelanda) y en economías y mercados que le garantizasen altas tasas de reembolso y una fuerte demanda, como Estados Unidos o Argentina. Europa, Norteamérica e Iberoamérica, esto es, los continentes no colonizados, recibían en 1914 el 70 por 100 del total de las inversiones extranjeras (de las que el 43 por 100 eran británicas, el 20 por 100 francesas y el 13 por 100 alemanas). Para el capital británico, importaban más las rentas de fletes, seguros y depósitos en los bancos londinenses que la inversión en aventuras industriales en, el Imperio. Para la economía francesa- una economía que hasta 1945 siguió siendo mayoritariamente agraria y cuyos sectores más dinámicos como los vinos, el champaña, el turismo, los cosméticos o los automóviles se orientaron desde antes de 1914 al consumo de lujo-, las inversiones exteriores más rentables fueron los ferrocarriles en Rusia, América Latina, España y Portugal, no las colonias, que sólo absorbieron un 10 por 100 del total de la inversión exterior francesa. En 1914, debido a la importancia que en sus economías tenía la venta de equipos industriales, los mejores mercados para los países desarrollados eran los otros países desarrollados. La aportación de las colonias a la renta nacional de los imperios coloniales no fue porcentualmente relevante. Aunque las colonias beneficiaron "decisivamente" a ciertos sectores económicos y a determinadas empresas -que, por otra parte, habrían obtenido probablemente similares beneficios por vía comercial, sin necesidad de conquista militar-, el imperialismo resultó, desde el punto de vista económico, atávico "y falto de objetivos", como observó en 1919 el economista austriaco Joseph Schumpeter, y motivado más por razones militares y de prestigio que por razones económicas. La segunda revolución industrial afectó desigualmente a los distintos países, aunque sus consecuencias se dejaron sentir en todo el mundo. Gran Bretaña, el país de la primera revolución industrial, retenía aún un formidable potencial económico y era, a fines del siglo XIX, el país más desarrollado del planeta. En 1907, la agricultura suponía ya sólo el 7 por 100 del Producto Interior Bruto (frente al 43 por 100 de la industria y el 50 por 100 de los servicios). En 1880, la población urbana representaba el 67,9 por 100 de la población total (41,9 millones en 1901). En 1913, Gran Bretaña, merced a su marina mercante, puertos y astilleros, y a sus exportaciones de tejidos, carbón, acero y maquinaria, seguía liderando el comercio mundial: controlaba el 17 por 100 del total, frente al 15 por 100 de Estados Unidos y el 12 por 100 de Alemania. Era el segundo país productor de carbón (292 millones de toneladas; Estados Unidos, 571; Alemania, 279); el tercero, en acero (8,5 millones de toneladas; Estados Unidos, 34,4; Alemania, 17,6); y ocupaba las primeras posiciones, con Estados Unidos y Alemania, en consumo y producción de electricidad, número de vehículos de motor producidos o matriculados, y en actividad portuaria y densidad ferroviaria por kilómetro cuadrado. La City de Londres era el gran centro financiero del mundo. Entre 1870 y 1913, la economía británica había crecido a la nada desdeñable tasa del 2,2 por 100 anual, a pesar de la desaceleración que sufrió durante la llamada "gran depresión" de 1873 a 1896. Gran Bretaña, sin embargo, no ejercía ya el incuestionable liderazgo industrial del mundo desarrollado como había ocurrido hasta entonces. Fue perdiendo gradualmente posiciones ante Estados Unidos y Alemania. Ello pudo deberse a varias razones: al mismo desarrollo industrial de esos otros países; al desinterés que en adaptarse al cambio mostró una economía que, pese a todo, seguía siendo próspera y competitiva; al creciente trasvase de recursos desde la industria al sector de servicios (mayor que en ningún otro país); a la complacencia y prudente conservadurismo del empresariado y capital británicos que prefirieron las rentas seguras de las industrias tradicionales y de las bolsas, seguros, préstamos e inversión urbana a los riesgos implícitos en las innovaciones tecnológicas y en las aventuras industriales; al fracaso de una educación elitista que prefirió la formación en las humanidades clásicas en Oxford y Cambridge a la preparación técnica y científica; a los propios ideales dominantes entre las clases dirigentes británicas- la respetabilidad social, el club exclusivista, las buenas maneras, la mansión en el campo, el ocio elegante-, demasiado impregnados de valores aristocráticos y de nostalgia por el mundo rural (tal como ejemplificó en forma novelada John Galsworthy en su conocida obra La saga de los Forsyte, cuyo primer volumen se publicó en 1906). En cualquier caso, la irrupción de Alemania (y fuera de Europa, de Estados Unidos) como gran potencia industrial y económica y como centro del pensamiento científico constituyó el hecho más trascendente y de mayores consecuencias de la segunda revolución industrial. También las causas fueron varias: primero, la existencia de formidables yacimientos de carbón en el Ruhr, en el Saar y en Silesia, de yacimientos de hierro en Lorena- ocupada desde 1871- y en la región de Sauerland, y de potasio en Stassfurt-Leopoldshall; segundo, la estrecha relación entre la industria y la banca, en particular de los cuatro bancos D (Deutsche, Dresdener, Diskontogesellschaft y Darmstädter); tercero, la cartelización de la economía, esto es, la tendencia a la unión monopolista de las empresas de un sector (como el Sindicato Westfaliano-Renano del Carbón, la Unión de Acero, I.G. Farben, A.E.G., Siemens-Schuckert, Krupp, Thyssen...); cuarto, la atención de la industria a la investigación científica, notable sobre todo en el sector químico; quinto, la fuerte demanda interna, por lo menos en el caso del acero y del carbón, impulsada por la construcción de ferrocarriles, por el crecimiento de la flota mercante y por el desarrollo de la industria de armamentos (la red ferroviaria alemana creció de 18.876 kilómetros en 1870 a 61.749 en 1914; el tamaño de la flota pasó de 982.000 toneladas en 1870 a 3.000.000 en 1912); sexto, el talento de los nuevos empresarios, como Emil Rathenau, el impulsor de A.E.G. , Werner von Siemens y muchos otros. Pero igualmente decisivos pudieron ser otros dos factores: el fuerte sentimiento nacional alemán, revigorizado tras la unificación del país y la proclamación del Imperio en 1871, después de la victoria sobre Francia en la guerra francoprusiana de 1870; y la ética del trabajo, el sentido de la disciplina laboral, que desde pronto mostraron empresarios, técnicos y trabajadores alemanes (por lo que no sorprende que Max Weber escribiera su conocido estudio sobre La ética protestante y el espíritu del capitalismo en 1901, justo cuando culminaba el formidable despegue industrial alemán). Fuese como fuese, el crecimiento de la economía alemana entre 1870 y 1914 fue extraordinario especialmente en las industrias del acero y del carbón y en los sectores eléctrico y químico, con esa doble característica ya mencionada: grandes concentraciones empresariales y alianza banca-industria. A pesar de las recesiones de 1900 y 1907-8, la economía alemana creció entre 1870 y 1913 a una tasa del 2,9 por 100 anual y el sector industrial, al 3,7 por 100. Entre 1880 y 1910, la producción de acero se multiplicó 25 veces (690.000 toneladas en 1880; 17,6 millones, en 1913); la de carbón pasó de 89 millones de toneladas en 1890, a 279 millones en 1913; la producción de ácido sulfúrico buen exponente del sector químico- creció de 420.000 toneladas en 1890 a 1.727.000 toneladas en 1913; la de electricidad, de 1 a 8 millones de kilovatios-hora entre 1900 y 1913. El valor del comercio exterior alemán se cuadruplicó entre 1870 y 1913. En 1913, Alemania era el segundo país industrial del mundo por detrás de Estados Unidos y por delante de Gran Bretaña. Aunque en 1910-13 el sector primario aún empleaba al 35,1 por 100 de la población activa, un 37,9 por 100 de ésta trabajaba en la industria y un 21,8 por 100 en el sector servicios. La industria representaba, además, el 44,6 por 100 del PIB. Bélgica, que merced a su tradición textil y a sus recursos carboníferos y minerales se había industrializado muy tempranamente, desarrolló, sobre todo desde 1880, una importante industria siderúrgica -la empresa Cockerill, de Lieja, vino a ser una de las principales de Europa-, se especializó en la instalación de tranvías y trenes eléctricos y, a raíz de los trabajos de Ernest Solvay (1838-1922), en la producción de sosa cáustica. El crecimiento del comercio internacional, más la electricidad, impulsaron el desarrollo económico de países previamente no industriales y sin recursos carboníferos, como Holanda, Dinamarca, Suiza, Noruega y Suecia (que tenía, en cambio, grandes reservas de mineral de hierro). Ello dio pie a la industrialización y comercialización de productos alimenticios derivados de la agricultura y ganadería -la mantequilla de Dinamarca, las maderas y el pescado de Noruega y Suecia, la hortifloricultura de Holanda, quesos, leche condensada y chocolates de Suiza-, y a la especialización en sectores nuevos como la electrotecnia (caso de la empresa holandesa Phillips, de Eindhoven) y la industria química y sus múltiples manifestaciones. Suiza se convirtió en uno de los grandes fabricantes de productos farmacéuticos; Holanda, de fertilizantes y Suecia, de estos últimos más papel, explosivos y rodamientos metálicos. Países en situación geográfica muy ventajosa por su proximidad a Gran Bretaña y Alemania, sin grandes desequilibrios o territoriales o demográficos, con poblaciones relativamente alfabetizadas, con buenas comunicaciones, Holanda, Dinamarca, Suiza, Noruega y Suecia se integraron entre 1870 y 1913 en la Europa del desarrollo: todos ellos tuvieron en esos años tasas de crecimiento medias anuales iguales o superiores a las de Gran Bretaña y, en algunos casos, superiores incluso a las de Alemania. Francia fue un caso singular al menos por tres razones: por su bajo crecimiento demográfico, por el considerable peso de la agricultura en su economía- una agricultura, además, de pequeños propietarios y fuertemente protegida tras el desastre que para los viñedos supuso la invasión de filoxera en la década de 1870-, y por el dominio de la pequeña empresa en el sector industrial. Así, debido al continuado descenso de la natalidad, la población francesa creció sólo de 37 millones de habitantes en 1880 a 39 millones en 1900 y a 39,6 millones en 1910. En 1896, la agricultura representaba el 44,7 por 100 del total de la población activa del país y la población rural suponía cerca del 60 por 100 de la población total. En 1901, Francia sólo tenía 15 ciudades de más de 100.000 habitantes (frente a 50 en Gran Bretaña y 42 en Alemania). Según el censo de 1906, sólo 574 empresas, el 10 por 100 del total, empleaban más de 500 obreros; el 80 por 100 eran talleres con menos de 5 empleados cada uno. La estructura social y económica de la Francia de la "belle époque" era, pues, muy estable y conservadora (como revelaría, por ejemplo, En busca del tiempo perdido, de Proust, cuyo primer volumen se publicó en 1913). A diferencia del resto de los europeos, los franceses emigraron muy poco: entre 1880 y 1914, sólo lo hicieron unos 885.000, la mayoría a Argelia. El éxodo campo-ciudad fue también comparativamente menor: en 1906, uno de cada veinte franceses vivía aún en la provincia de nacimiento. Francia parecía haber optado por una vía equilibrada y relativamente armónica hacia el desarrollo. Era, por descontado, un país con obvios desequilibrios regionales y sociales, como revelaron los violentos conflictos que, a partir de 1906-07, estallaron tanto en el sector vitícola, como en distintos sectores industriales. Pero el dinamismo de su economía era mayor que lo que parecía sugerir aquella imagen de estabilidad. Primero, por el volumen de su comercio, Francia era en 1914 el cuarto país del mundo después de Gran Bretaña, Estados Unidos y Alemania (además de ser, tras las conquistas de los años 1880-1895, el segundo imperio colonial). Era también el cuarto país industrial: su producción de carbón (40 millones de toneladas anuales en 1910-14) y acero (4,5 millones de toneladas en 1914) era, sin duda, muy inferior a la de Gran Bretaña y Alemania, pero no era en absoluto desdeñable: los complejos siderúrgicos creados por Schneider en Le Creusot y por Wendel en Longwy podían equipararse a los mejores de Europa. Segundo, una parte de la agricultura francesa se modernizó sensiblemente antes de 1914, mediante la introducción de maquinaria agrícola, el uso de fertilizantes, la intensificación de los rendimientos y la especialización en productos de calidad como vinos y "champagne": el proteccionismo, sancionado por los aranceles de 1892, fue suficientemente flexible como para no dañar en exceso las exportaciones de esos productos. Tercero, la mentalidad dominante en una sociedad de agricultores, pequeños empresarios, profesionales y rentistas, favoreció el ahorro: los recursos de los cuatro principales bancos de depósito se incrementaron en un 2.500 por 100 entre 1870 y 1913. Cuarto, la industria francesa se incorporó pronto a los nuevos sectores creados por la segunda revolución industrial. Las industrias química (como Poulenc, de Lyon), eléctrica y del automóvil se desarrollaron vigorosamente. Por ejemplo, la producción francesa de electricidad, basada en la energía hidráulica, se multiplicó ocho veces entre 1900 y 1914. En 1914, Francia producía unos 45.000 vehículos de motor (Panhard, Peugeot, Renault y Citröen), algo más que Gran Bretaña. El país era igualmente uno de los pioneros en la aviación. El ingeniero Louis Bréguet (1880-1955) fue uno de los primeros constructores de aviones. El también ingeniero y constructor Louis Blériot (1872-1936) fue el primer aviador en cruzar el Canal de la Mancha (1909). No sería casual, por tanto, que, como se repetirá más adelante, fuese un escritor francés, Saint Exupéry (1900-1944) quien hiciera, ya en los años 30, la primera evocación poética y romántica de la aviación. En suma, la economía francesa registró una tasa de crecimiento medio anual entre 1870 y 1913 del 1,6 por 100; la producción industrial del 2 al 2,8 por 100. Superada la depresión de las décadas de 1870 y 1880, la economía francesa conoció un verdadero "boom" desde 1896, y sobre todo, entre 1905 y 1914 en que creció a una tasa del 5,2 por 100 anual. La evolución de Italia, Rusia, Imperio austro-húngaro y Europa del Sur (Portugal, Grecia, España) fue muy distinta. En casi todos esos países, se crearon enclaves industriales, a veces regiones enteras (casos de Bohemia y Lombardía), equiparables por su modernidad, capacidad y calidad productivas a las zonas más dinámicas de la Europa desarrollada. Pero, en general, esos países constituían antes de 1914, y aun mucho después, otra Europa, una Europa atrasada y marginal, en la que se integraban también los importantes enclaves de subdesarrollo que aún subsistían en la Europa industrial, urbana y moderna, como Irlanda, parte de Escocia y del norte de Inglaterra, y zonas del centro y sur de Francia y del este de Alemania. Era una Europa marcada por la pobreza, el analfabetismo, los bajos niveles de vida y las bajas condiciones sanitarias, anclada o en unas agricultura y ganadería de subsistencia- casos del Mezzogiorno italiano, de Grecia, de la Galicia polaca, de Serbia, Bulgaria y de muchos territorios balcánicos y caucásicos de los imperios austro-húngaro, otomano y húngaro-, o en la gran propiedad latifundista, perteneciente a la nobleza absentista y explotada por colonos, arrendatarios y jornaleros, caso de una gran parte de la Europa del Este y en especial, de Prusia, Rusia, Hungría y Rumanía. Baste ver los casos italiano y ruso. Italia experimentó entre 1896 y 1914 su primer milagro económico. El PIB pudo haber crecido en esos años en un 45 por 100; el valor de la producción industrial se duplicó entre 1896 y 1911. Entre 1896 y 1908, la producción de hierro y acero -de las acerías de Piombino, Savona, Terni, Portoferraio y Bagnoli- creció a una tasa del 12,4 por 100 anual, alcanzando el millón de toneladas en vísperas de la I Guerra Mundial. La red ferroviaria pasó de 9.290 kilómetros en 1880 a 18.873 en 1913; la producción de electricidad, basada en los saltos de agua de los Alpes, de 140.000 kilovatios-hora en 1900 a 2 millones en 1913, cifra superior incluso a la de Francia. El milagro se apoyó, además, en industrias nuevas -maquinaria, metalurgia, química-, que desplazaron como motor de la economía a los sectores tradicionales (textil, alimentación), algunos de los cuales, no obstante, se modernizaron considerablemente como, por ejemplo, la industria de la seda con centro en Milán, uno de los principales sectores de las exportaciones italianas, la fabricación de pasta, el alimento nacional italiano, o la de aceite de oliva envasado. Parte de ese desarrollo -que se desaceleró, conviene advertirlo, entre 1908 y 1913- se debió al apoyo del Estado, a través del estímulo que dio a la construcción ferroviaria y a la construcción naval, y a través de la política de protección arancelaria adoptada en 1887. Pero se debió en gran medida a la capacidad que los empresarios italianos, apoyados en una banca nueva creada a fines del siglo XIX según los esquemas de la banca alemana, mostraron para competir en los mercados creados por las innovaciones técnicas e industriales del momento. Ya quedó dicho que Agnelli creó FIAT en 1899. Para 1907, había otras seis importantes fábricas de automóviles (como Alfa Romeo de Milán, Lancia de Turín y Maserati de Bolonia) y un número muy elevado de empresas dedicadas a la producción de motocicletas y bicicletas y de materiales auxiliares de la industria del motor (como neumáticos, sector en el que la iniciativa de G. B. Pirelli daría lugar a otro de los grandes éxitos empresariales del país). Los italianos destacarían desde el primer momento por la calidad y elegancia de las carrocerías y la potencia de sus automóviles y motos de competición. Antes de 1914, los automóviles italianos rivalizaban en plano de igualdad con los franceses, ingleses y alemanes por el mercado europeo. FIAT construyó, además, su primer aeroplano en 1907. Camillo Olivetti, empresario socialista y judío, se implantó pronto en otro mercado de vanguardia, las máquinas de escribir, que empezó a fabricar en Ivrea (Piamonte) en 1908. En la "edad giolittiana", el equivalente italiano de la "belle époque", Italia recuperó, por tanto, parte del terreno perdido respecto a los países más industrializados. La estructura del sistema económico del país se transformó. La mitad norte y sobre todo, el triángulo Milán-Turín-Génova, completado por una magnífica red de ciudades de tipo medio (como Brescia, Cremona, Bérgamo, Mantua, Verona, Florencia, Venecia), bien servido por la electricidad generada en las zonas alpinas, bien integrado tras la terminación de la red ferroviaria -también altamente electrificada- y apoyado en un entorno rural, la cuenca del Po, próspero y moderno, se convirtió en una de las zonas más dinámicas de toda Europa. Con todo, Italia seguía siendo un país predominantemente agrario. En 1913, la agricultura todavía suponía el 38 por 100 del PIB (7 por 100 en Gran Bretaña; 23,4 por 100 en Alemania) y la población activa agraria, unos 9 millones, el 60 por 100 del total de la población activa. Pero la industria generaba ya el 24,2 por 100 del PIB (frente al 19 por 100 en 1900) y, junto con los servicios, empleaban al 40 por 100 de la población activa, esto es, a unos 5 millones y medio de trabajadores. El problema de Italia era el que los llamados "meridionalistas" venían planteando casi desde el mismo momento de la unificación en 1870: que el "Mezzogiorno" -Campania, Molise, Apulia, Basilicata, Calabria, Sicilia, la Sicilia novelada por Giovanni Verga- era una de las regiones más atrasadas de toda Europa. Esas provincias proporcionaron el grueso de la emigración italiana: 1.580.000 italianos emigraron fuera de Europa, a Estados Unidos y Argentina, principalmente, entre 1891 y 1900; otros 3.615.000 lo hicieron entre 1901 y 1910, y otros 2.194.000 entre 1911 y 1920 (cifras sólo superadas en valor absoluto por las del país más desarrollado del mundo, Gran Bretaña-8 millones de emigrantes en los mismos años- pero no en valor relativo: Italia tenía en 1900 una población de 33,9 millones y Gran Bretaña; de 38,2 millones). Los desequilibrios eran aún más acentuados en Rusia, el gigantesco imperio zarista de 22 millones de kilómetros cuadrados, extensión sólo superada por China, y una población en 1900 estimada en torno a los 132 millones de habitantes, verdadero conglomerado, además, de etnias y pueblos: rusos (55 millones en 1897), ucranianos (22 millones), bielorrusos (6 millones), judíos (5 millones), polacos (25,1 millones), finlandeses (2,7 millones), turco-tártaros (1 millón), georgianos (1,3 millones), armenios (1,1 millones). Merced al esfuerzo del Estado -no del mercado-, esto es, a la fuerte protección arancelaria y a la política de modernización de infraestructuras impulsada por Sergei Witte (1849-1915), ministro de Hacienda entre 1892 y 1903, y a las inversiones de capital extranjero, Rusia experimentó un sensible desarrollo industrial y urbano entre 1870 y 1914. El esfuerzo se basó, esencialmente, en cuatro sectores: la industria textil (algodón y lana); la minería e industria pesada, centradas en la cuenca del Donetz, al sur de Rusia, cerca del mar Azov, zona de grandes recursos de carbón y de mineral de hierro que permitieron la creación de un gran centro siderúrgico en Krivoi Rog; el petróleo, gracias a los pozos de Bakú, en Azerbaiján, y de otras localidades del Cáucaso; y los ferrocarriles. Los resultados, en términos absolutos, fueron espectaculares. La red de ferrocarril, que en 1860 sólo tenía 1626 kilómetros, era en 1900, con 53.234 kilómetros, la más amplia de Europa y aún seguiría extendiéndose (70.156 kilómetros en 1913): el Transiberiano se completó en 1904. La producción de hierro y acero, insignificante en 1880, llegaba a los 9,5 millones de toneladas en 1913, y la de carbón, a los 32 millones de toneladas. En vísperas de la I Guerra Mundial, Rusia era, por el volumen de su producción industrial, el quinto país del mundo: entre 1885 y 1914, su producción creció a una media anual del 5,72 por 100, cifra probablemente incomparable. Si en 1880 la población urbana se cifraba en unos 10 millones de habitantes, en 1914 se acercaba a los 30 millones, casi el 20 por 100 de la población total. Veinte ciudades tenían a principios de siglo más de 100.000 habitantes: San Petersburgo, con 1.267.000 habitantes en 1900; Moscú, 989.000; Varsovia, 423.000; Odessa, 405.000, Lodz, Riga, Kiev, Tiflis, Vilna, Kazán, Bakú y otras. Al igual que Francia, Rusia vivió un verdadero "boom" entre 1908 y 1914. Rusia era, pese a todo ello, un país atrasado y eminentemente rural. Según el censo de 1897, el 81,5 por 100 de la población eran campesinos. Por lo menos, dos terceras partes vivían en aldeas y trabajaban en tierras de propiedad comunal, mediante un sistema de adjudicación de parcelas individuales. En contraste, las propiedades de la nobleza (el 1 por 100 de la población a fines del siglo XIX) suponían, en 1914, sólo la décima parte del total de la tierra arable; los "kulaks", burguesía rural de propietarios acomodados y producción orientada al mercado, no representarían en 1900 más del 3 por 100 del total de la población campesina. Tal vez fuese ésa la principal causa del atraso de Rusia: la propiedad comunal de la tierra, particularmente importante en las regiones centrales del Volga y del Don, configuró una agricultura de subsistencia, descapitalizada y sin incentivos, fuertemente endeudada (debido a los impuestos indirectos y al impuesto de capitación que cada comuna debía pagar al Estado), de bajísima productividad, explotada por sistemas y técnicas de trabajo primitivas y tradicionales (se araba por lo general a mano, por la escasez de animales) y sometida a una fuerte presión demográfica. El campo ruso- castigado de forma permanente por una climatología verdaderamente adversa- sufrió gravísimas crisis en 1891-92 (sequías, cosechas desastrosas, hambre, epidemias de cólera y tifus) y de nuevo, en 1900-03. La cuestión de la tierra sería, como habrá ocasión de ver, la gran cuestión rusa en los años inmediatamente anteriores a la I Guerra Mundial. La industrialización, por tanto, avanzó notablemente en toda Europa en los años de la "segunda revolución industrial" y en gran medida, transformó, o estaba empezando a hacerlo, las estructuras básicas de las diversas y muy diferentes economías europeas. La luz eléctrica y los tranvías, que fueron instalándose paulatinamente en las principales ciudades y núcleos de población europeos desde la década de 1890, y luego, sobre todo después de 1914, el teléfono, el automóvil y el cine, más el formidable aumento que registró la oferta de bienes de consumo, cambiaron la vida cotidiana y mejoraron sin duda el nivel medio de vida. La aplicación del acero a la fabricación y construcción de puentes, edificios -como las estaciones de ferrocarril-, vigas, raíles, barcos, material ferroviario, máquinas, motores y similares permitió un desarrollo formidable de la construcción y de los transportes: más de 100.000 kilómetros de ferrocarril se abrieron en toda Europa entre 1870 y 1914. El aumento de las redes ferroviarias y de las carreteras, la extensión del uso de trenes, tranvías eléctricos, barcos de vapor, automóviles, motocicletas y bicicletas -estas últimas, de excepcional utilidad para las clases trabajadoras por su escaso precio- abarataron y democratizaron los transportes, multiplicando de forma extraordinaria las posibilidades de movilidad física de la población: sin aquéllos, ni el éxodo rural, ni la emigración, ni la expansión de las ciudades fuera de sus cascos históricos, habrían podido alcanzar el volumen que alcanzaron entre 1890 y 1914.
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En los primeros años del siglo XIX comenzó a producirse en la Europa occidental una transformación económica como no se había producido en toda la historia de la humanidad. No hace falta aducir muchos datos para percibir que un europeo que hubiese nacido en 1815 y hubiese vivido hasta la edad de ochenta y cinco años, conoció cambios más profundos que ninguno de sus antepasados, aunque quizá no tantos como llegarían a conocer sus descendientes. La causa que motivó estos cambios fue la Revolución industrial, un fenómeno de industrialización acelerada que se inició en Gran Bretaña en la segunda mitad del siglo XVIII y cuya base radicaba en la aplicación de una nueva fuerza mecánica a la producción y más tarde al transporte: la máquina de vapor.Entre los factores que contribuyeron a la aparición de este fenómeno de la industria mecanizada hay que señalar los siguientes: 1) el deseo de mejoras materiales; 2) los avances técnicos en el terreno de la mecánica, de la hidráulica y de la metalurgia; 3) la existencia de capitales disponibles para ser invertidos en la industria; 4) la mayor demanda de mercancías; 5) una provisión de materia prima lo bastante concentrada como para permitir operar en gran escala; 6) unos medios de transporte que permitían la acumulación de existencias y la distribución de los productos por diferentes mercados; 7) la existencia de una mano de obra dispuesta a trabajar por un salario, adaptándose a los nuevos modos de producción. Todos estos factores dependieron en gran medida de un elemento dinamizador de la economía, como era la expectativa de beneficios crecientes. Aunque, como se ha dicho, la Revolución industrial se inició en Gran Bretaña, las ventajas que ofrecía la producción industrial mecanizada, el fenómeno se expandió por otras partes del mundo occidental.Durante el siglo XVIII las fábricas utilizaban fundamentalmente la energía producida por el agua. Todavía a mediados del siglo XIX había en Francia más de 22.000 molinos de agua, la mayor parte de los cuales eran utilizados para moler maíz. Durante el siglo XVII, Holanda que era entonces uno de los países industrialmente más avanzados, hacía uso de la energía eólica. La fuerza animal era también uno de los elementos más utilizados en la producción de energía. Pero fue la utilización del vapor lo que le dio a la industria una nueva dimensión. Ya en 1690, el holandés Denis Papin había escrito que: "Dado que una propiedad del agua es la de convertirse en vapor que tiene una fuerza elástica como la del aire... concluyo que pueden construirse máquinas de agua, que con la ayuda de un calor no muy intenso y con un coste no muy alto, pueden producir ese perfecto vacío". Sin embargo, fue James Watt (1736-1819) quien un siglo más tarde dio en Inglaterra forma definitiva a la máquina de vapor adaptando un pistón al movimiento de rotación. A finales del siglo XVIII las máquinas de vapor se extendieron por Europa y América. Ese éxito se debió en gran parte a que Watt pudo encontrar a un industrial entusiasta y emprendedor como el juguetero de Birmingham, Mathew Boulton, quien se dio cuenta pronto de la importancia del invento de Watt y puso a su disposición sus talleres y su capital. Boulton colocaba las máquinas de vapor en los talleres de sus amigos o en el extranjero por sumas ridículas. La primera de estas máquinas que funcionó en Francia lo hizo en Chaillot, para extraer agua, en 1799. Inglaterra era la gran exportadora de máquinas de vapor a comienzos del siglo XIX, pero los Périer fueron los primeros que la fabricaron en Francia en la época del Imperio. También se construyeron poco después en Bélgica y en la cuenca del Ruhr por parte de industriales alemanes como Franz Dinnendhal, Fr. Harkort y otros, que imitaban las máquinas inglesas haciéndole una fuerte competencia. No obstante, Inglaterra siguió ostentando la supremacía en la difusión de esta nueva fuente de energía y en 1830 tenía ya en servicio 15.000 máquinas de vapor, mientras que en Francia sólo había 3.000 y en Alemania 1.000. El 29 de noviembre de 1814 se imprimía por primera vez el periódico Times en una prensa movida por el vapor.¿Qué ramo de la producción fue el que más se benefició de la mecanización? Parece que los historiadores de la economía están de acuerdo en admitir que fue la industria textil la pionera en estos cambios. "Cualquiera que mencione la Revolución industrial está refiriéndose al algodón", afirma Eric J. Hobsbawm, y aduce como símbolo de este espectacular desarrollo de la industria textil la ciudad de Manchester, que entre 1760 y 1830 pasó de tener 17.000 habitantes a 180.000. A lo largo del siglo XVIII se habían ido produciendo importantes innovaciones en este ramo de la producción. En 1733 un relojero llamado John Key había ideado una tejedora volante cuyo uso se generalizó en 1760. Pocos años más tarde, en 1767, un carpintero, James Hargreaves, construyó un bastidor de ocho usos al que denominó jenny, que era el nombre de su mujer. Esta máquina de hilar pasó a la historia con el nombre de spinning (tejedora) jenny. Sin embargo, uno de los pasos más importantes hacia el desarrollo de máquinas accionadas por fuerza mecánica en la industria textil fue el bastidor movido por fuerza hidráulica patentado por Richard Arkwright en 1768 y que se comenzó a producir masivamente a partir de 1785. Otro paso crucial en este proceso fue el que dio Edmund Cartwright cuando también en 1785 construyó un telar automático capaz de corresponder a la abundante hilaza proveniente de las máquinas de Arkwright, obteniendo un hilo fino y fuerte que no se rompía. En 1801 el francés Joseph Marie Jacquard inventó un telar capaz de tejer figuras y otros diseños en las telas, y por último en 1803 comenzaron a fabricarse los primeros telares metálicos y se aplicó por primera vez la máquina de vapor al proceso de tejido.La demanda de hierro para fabricar las nuevas máquinas y de carbón para alimentarlas hizo que los países que poseían ambos productos se encontraran en mejor disposición para beneficiarse de las ventajas de la industrialización. Eso fue lo que dio primacía a Inglaterra sobre Francia en el desarrollo económico. Gran Bretaña se encontraba ya, a partir de los primeros años del siglo XIX, en la segunda fase de su revolución industrial, cuyo despegue se había iniciado en la centuria anterior. Sin embargo, Francia tendría que esperar hasta los años cuarenta del siglo para conocer un fenómeno semejante, y en Alemania tampoco se habían creado las condiciones para un despegue industrial. En efecto, en Inglaterra, la producción de hierro se desarrolló considerablemente a finales del siglo XVIII, estimulada sobre todo por las guerras y por las necesidades de su flota. A ello contribuyeron también algunas grandes innovaciones en las técnicas de obtención de los terminados y la ubicación de esa industria en las bocaminas del carbón. Después de las guerras napoleónicas, el hierro se convirtió en un importante producto de exportación a los países en los que comenzaba entonces a desarrollarse la industrialización.A pesar de la superioridad británica en este terreno, como advierte Hobsbawm, "la Revolución industrial no puede ser explicada sólo en términos británicos, ya que este país formaba parte de una economía más amplia, que podríamos llamar Economía europea, o Economía mundial de los Estados marítimos europeos. Formaba parte de una gran red de relaciones económicas, que incluía algunas áreas avanzadas, algunas de las cuales eran también áreas potenciales de industrialización o que aspiraban a serlo, y áreas de economía dependiente, así como parte de economías extranjeras no implicadas todavía en Europa".La máquina de vapor transformó primero la industria minera y metalúrgica y, sobre todo, la industria textil. Pero donde produjo una transformación más profunda fue en los transportes. El ferrocarril no era una novedad pues en algunos países se utilizaban los de tracción animal. Pero en 1814 George Stephenson construyó la primera locomotora y diez años más tarde se puso en funcionamiento con fines comerciales la primera línea entre Stockton y Darlington. El éxito fue tan sonado que en 1830 ya se había abierto otra línea entre Liverpool y Manchester, y en 1837 se inauguró el recorrido entre Londres y Birmingham. A partir de entonces se emprendió una tarea de extensión de la red de ferrocarriles, impulsada por la iniciativa privada, ya que el Estado se limitaba a conceder las autorizaciones. También fueron los capitales ingleses los que dieron su impulso inicial a los ferrocarriles en el continente europeo, primero en Bélgica y después en Francia, países que habían completado su red viaria a mediados de siglo.Junto con el desarrollo de los ferrocarriles se pusieron en marcha notables adelantos en la construcción de túneles y de puentes. Existían pocos túneles antes del siglo XIX y en cuanto a los puentes, los que se habían construido hasta entonces eran utilizados fundamentalmente para el paso de peatones y de carruajes no excesivamente pesados. A partir de la puesta en funcionamiento de los primeros ferrocarriles, comenzaron a construirse verdaderas obras de ingeniería, como el túnel de Liverpool de 1830, o puentes colgantes, iniciados por James Finley en 1800 en Pennsylvania.También los transportes por mar se vieron afectados positivamente por el desarrollo de la máquina de vapor. Antes incluso de que Watt perfeccionase su invento, ya se habían hecho algunos intentos de mover los barcos mediante la fuerza del vapor. En 1775 se había hecho una prueba en el Sena con un pequeño motor, que había fracasado. Posteriormente se realizaron otros intentos en Europa y en América, y en 1807 Robert Fulton, un ingeniero de origen irlandés, después de haber realizado varios experimentos, pudo contemplar cómo efectuaba con éxito el recorrido por el río Hudson, entre Nueva York y Albany, el buque de vapor Clermont. Desde entonces comenzaron a utilizarse buques similares en el transporte interior por los Estados Unidos, especialmente en los Grandes Lagos. Conocida es también la estampa de los barcos que recorrían el Mississipí a partir de 1817 y que fueron maravillosamente descritos por Mark Twain. En Europa, los primeros barcos de vapor comenzaron a funcionar también en los recorridos fluviales, y en 1821 se abrió un servicio reglar a través del Canal de la Mancha. Poco más tarde se estableció una línea entre San Petersburgo y Estocolmo. Sin embargo, habría que esperar todavía algunos años para que los ingenieros se decidieran a construir barcos de vapor capaces de enfrentarse con la travesía del océano y desbancar a los populares clippers que siguieron dominando la ruta comercial entre Europa y América.También en esta época se produjeron cambios importantes como consecuencia de la aplicación de la química a la industria. El progreso experimentado por la química en la segunda mitad del siglo XVIII dio pie a la utilización de los nuevos conocimientos a la producción industrial. Henry Cavendish había descubierto en 1784 la composición química del agua, y en 1803, J. Dalton formuló la teoría atómica señalando que todas las propiedades tenían cantidades fijas de elementos; en 1811 Joseph Gay-Lussac describió la composición elemental de la materia orgánica. Con éstos y otros aportes teóricos, algunos químicos dotados de un mayor espíritu práctico se dedicaron al desarrollo de la industria. El sueco Scheele, y más tarde el francés Claude L. Berthollet descubrieron y estudiaron el cloro después de 1772. Años más tarde, el conde de Artois financió la creación de la fábrica de agua de cloro de Javel. El blanqueo de los tejidos por medio del cloro pasó de Francia a Gran Bretaña en 1787. La sosa era necesaria para la fabricación de la cristalería y de los jabones. Hasta entonces se obtenía naturalmente de ciertos lugares de la costa mediterránea, pero Francia que carecía de ella buscó desde comienzos de la Revolución un camino para obtenerla por procedimientos químicos. Nicolas Leblanc desarrolló un método consistente en el tratamiento de la sal marina con el ácido sulfúrico, en 1791, gracias a la financiación que obtuvo del duque de Orleans. Paralelamente se desarrollaban investigaciones semejantes en Liverpool y la primera gran fábrica de sosa fue la que creó J. Muspratt en 1823.El desarrollo en la industria y en los transportes implicó también un cambio en el sistema financiero. El crédito aumentó y se agilizó. Ya en 1815, el Banco de Inglaterra poseía los mayores depósitos de capital de todo el mundo y su prestigio se incrementó cuando el Parlamento votó en 1819 a favor del pago en metálico. Todo ello le permitió participar en numerosas especulaciones, pero también surgieron al amparo de la ley una serie de bancos privados y de establecimientos de crédito que se beneficiaron de esta época de extraordinario desarrollo; un desarrollo de tal calibre que -en palabras de Jacques Droz- Inglaterra jamás conoció otra época similar. En Francia, el sistema bancario durante la misma época no conoció un desarrollo semejante. El Banco de Francia, cuyos depósitos garantizaban el dinero en circulación, poseía unas cuantas sucursales repartidas por todo el país, entre las que cabría destacar las de Lyon, Burdeos, Toulouse y Nantes, por ser algunos de los centros donde se desarrollaba una mayor actividad económica. Los bancos privados tenían una actividad muy limitada, y hasta la banca Rothschild, instalada en París desde 1813, desarrollaba una labor relativamente modesta en el mundo de las finanzas. Lo mismo podría decirse en este sentido en Alemania, donde la actividad financiera estaba dominada también por los bancos del Estado. Así pues, durante este periodo del primer tercio del siglo XIX se ponen las bases de un sistema financiero en Europa que alcanzará un gran desarrollo en los últimos años de la centuria.De una forma análoga, se produjo en esta época la transformación de la estructura de las empresas que se desarrollarían más tarde, a lo largo del siglo XIX. Algunos grandes comerciantes a escala internacional, como los tratantes de esclavos de Liverpool, comenzaron a repartir el riesgo entre un grupo de inversores a manera de seguro, aunque muchos de ellos eran al mismo tiempo accionistas y directores de la compañía. Solamente unas cuantas compañías mercantiles, como las Compañías de las Indias Orientales de Holanda y de Inglaterra, o la Compañía de la Bahía de Hudson, contaban con numerosos inversores y desarrollaban múltiples actividades y, por tanto, podían ser calificadas como grandes compañías en la acepción actual del término. La Compañía de las Indias Orientales era en este sentido excepcional, ya que gobernaba una población de 60.000.000 de individuos y poseía un ejército propio de 150.000 hombres. En 1815 poseía un capital de 21.000.000 de libras esterlinas y alrededor de 2.000 accionistas. Sin embargo, el monopolio que poseía para el tráfico comercial británico con la India fue abolido en 1813.Las grandes compañías inglesas tenían algún equivalente en el continente europeo, pero lo que predominaba en él eran las pequeñas empresas privadas favorecidas por el Estado. Poco a poco, el pequeño comercio o la fábrica artesanal fue dando paso a la gran empresa. El proceso de concentración se desarrolló progresivamente, y poco a poco, debido sobre todo a los grandes gastos de la producción y de mejora de las técnicas, se fueron constituyendo las grandes compañías, como fue el caso de Krupp en Alemania cuando hubo que invertir sumas importantes en la aplicación del convertidor Bessemer para el tratamiento de alrededor de 1.000 toneladas de hierro al día.De todas formas, hasta mediados del siglo XIX la industria progresó lentamente. Por eso no conviene exagerar, sobre todo en este periodo, la importancia y la rapidez de todos estos cambios. Incluso en Gran Bretaña en 1815, sólo una pequeña proporción de todos los trabajadores de la industria se hallaba trabajando en las grandes factorías. La mayor parte de los ingleses vivía entonces en las pequeñas ciudades y en los pueblos. En Francia, los establecimientos industriales fueron todavía muy pequeños hasta el siglo XX, y hasta entonces no se puede decir que se industrializasen muchos países de la Europa oriental. Sin embargo, ese proceso que comenzó a principios de siglo en Inglaterra ha constituido hasta nuestros días uno de los factores más importantes del cambio social, creando constantemente nuevos problemas que sólo podían resolver gobiernos fuertes y eficaces administraciones que contaban con un significativo respaldo popular. El crecimiento de la tecnología y del desarrollo industrial continuó revolucionando la civilización occidental de una forma progresiva hasta el presente.
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En aquellos países que más habían avanzado en el camino de la industrialización sustitutiva, como México, Brasil o Argentina, ya a mediados de la década de 1950 comenzaron a observarse los primeros signos de agotamiento de las políticas realizadas. Al limitar la industrialización al mercado interno, la producción alcanzaba rápidamente a un techo, a la vez que la escala de producción resultaba limitada. Todo esto aumentaba los costes de producción y reducía los rendimientos empresariales y la única posibilidad de superar esta situación era mediante la ampliación de los mercados potenciando las exportaciones. Sólo México y Brasil se plantearon en esta época una política de ampliación de exportaciones, pero bastante tímida como para dar los resultados esperados. Los dos síntomas más importantes del deterioro observado fueron la inflación y el creciente signo negativo de las balanzas comerciales. El aumento de la inflación resultó difícil de contener en la medida en que la emisión monetaria se empleaba eficazmente como el principal instrumento de financiación del déficit fiscal y los economistas comenzaron a hablar de la "inflación estructural". Los déficit solían ser cuantiosos como consecuencia de la política de gastos desarrollada y de los escasos ingresos, como consecuencia de la frágil estructura tributaria existente, apoyada básicamente en la recaudación de impuestos indirectos que gravaban el consumo. El desequilibrio de la balanza comercial respondía a un notable aumento de las importaciones, lógica consecuencia del crecimiento industrial, pero también de la reducción de las exportaciones. Por un lado, la transferencia de recursos del sector exportador a la industria convertía a las exportaciones latinoamericanas en menos competitivas frente a las de otros rivales asiáticos o africanos. Por el otro, el creciente proteccionismo europeo y norteamericano, afectaba considerablemente a determinados productos, siendo uno de los casos más notable el de la ganadería y agricultura cerealera de clima templado. Pero también la ineficiencia industrial convirtió en una asignatura pendiente la posibilidad de profundizar en la industrialización gracias a la ampliación de los mercados y a la exportación de manufacturas. Es en este contexto donde la prédica de la CEPAL tuvo un éxito rotundo. Prebisch señalaba la imposibilidad de aplicar políticas keynesianas en economías dependientes como las latinoamericanas, con graves y serios problemas estructurales. El control que el centro industrializado ejercía sobre las finanzas internacionales y los medios de transporte no hacían sino aumentar la debilidad de la periferia subdesarrollada. La posición latinoamericana se hacía más vulnerable por el deterioro creciente de los términos de intercambio, que hacía que los precios que se debían pagar por las importaciones (manufacturas) fueran en aumento mientras que los precios de las exportaciones de materias primas se redujeran, lo cual significaba necesariamente que si se quería mantener el nivel de importaciones había que exportar más. Según esta interpretación, la única solución para salir del subdesarrollo, sin caer en una revolución social, era la acentuación de ese proceso de industrialización por vía sustitutiva, que como vimos en algunos países ya había comenzado en la Primera Guerra Mundial. El desarrollismo rescató algunos de los planteamientos industrialistas de la CEPAL y en ciertos países como México, Brasil y Argentina se aceleró la producción de bienes de consumo durables (como automóviles o maquinaria agrícola), fundamentalmente gracias a la instalación de filiales de compañías estadounidenses o europeas. Ahora bien, dada la falta de capitales en las economías latinoamericanas, el desarrollismo proclamaba la necesidad de abrirse a las inversiones extranjeras, para lo cual era necesario garantizar la repatriación de los beneficios a los inversores no nacionales, lo cual entraba en contradicción con el discurso autarquista y nacionalista que estaba plenamente vigente. Estas inversiones habían sido relativamente pequeñas en los años que siguieron a la Gran Depresión, aunque se observa una presencia cada vez más importante de capitales de origen estadounidense en actividades productivas vinculadas a la fabricación de bienes de consumo. Se trataba así de sacar beneficio de mercados todavía no demasiado explotados, a la vez que saltar y aprovechar en beneficio propio las barreras proteccionistas levantadas por los distintos gobiernos. Dadas las características particulares de la industrialización sustitutiva, la capacidad de la misma para crear empleo demostró ser muy limitada. Las fábricas instaladas por las compañías extranjeras solían utilizar, con bastante frecuencia, una maquinaria obsoleta ya amortizada en sus países de origen, que no solían ser demasiado intensivas en sus necesidades de mano de obra Por otra parte, la mayor parte de estas fábricas no solía trabajar a pleno rendimiento, lo que condicionaba todavía más su capacidad de absorber mano de obra. De ahí, la limitada capacidad de absorción de las industrias latinoamericanas frente a los nutridos contingentes de inmigrantes que por esta época abandonan el campo para instalarse en las ciudades en busca de mejores condiciones de vida y mayores expectativas de trabajo. Sólo el sector de los obreros más cualificados pudo beneficiarse de esta situación, al contar con una demanda asegurada en fábricas y talleres. Pese a las enormes dificultades existentes en el mercado urbano de trabajo, la situación en el mundo rural era más catastrófica, razón por la cual la urbanización y las migraciones internas se convirtieron en uno de los fenómenos más importantes de esta época. Los campesinos comenzaron a agolparse en sus chabolas en torno a las mayores ciudades, construyendo favelas, villas miserias o pueblos jóvenes. De este modo, el problema del asentamiento de estos grupos, y la construcción de infraestructuras urbanas para los mismos, se convirtió en un problema de primera magnitud. Junto con las migraciones internas observamos el desarrollo de movimientos migratorios de unos países a otros, tal como ocurría con los colombianos que pasaban a Venezuela o los paraguayos o bolivianos que lo hacían a Argentina, donde las expectativas laborales eran mayores que en sus países de origen. La agricultura se convirtió en un problema crucial en América Latina, fundamentalmente por su baja productividad. Por un lado, esto llevaba a limitar el número de potenciales consumidores, reduciendo el tamaño de un mercado importante que podría haber sido vital para la industria. Por el otro, importante la baja productividad agrícola suponía materias primas e insumos más caros para una industria poco competitiva, a la vez que alimentos a mayor precio para los consumidores urbanos, con la correspondiente pérdida en el poder de compra de los salarios de los obreros industriales. De este modo, la reforma agraria fue incorporada como un tema crucial de discusión y sus principales reivindicaciones fueron asumidas a principios de la década de 1950 por las revoluciones guatemalteca y boliviana. La profundización en la industrialización se convirtió en un estrecho cuello de botella por el que sólo pasaron Brasil y México. Si bien esos países, muy tímidamente, apostaron por la diversificación de sus exportaciones, los restantes siguieron dependiendo de sus estrechos mercados internos. De este modo Argentina, pese a sus esfuerzos, quedó rezagada y Chile y Perú perdieron definitivamente el tren. La tecnología industrial por entonces desarrollada en los países centrales requería de vastos mercados, ya que la escala de producción era muy grande y el exiguo tamaño de los distintos mercados nacionales del continente comprometía el futuro de la industrialización. Producir por debajo de un determinado nivel, manteniendo una importante capacidad ociosa en las fábricas, se convertía en un negocio demasiado ruinoso para las empresas, salvo que recibieran cuantiosos subsidios por parte del Estado. La debilidad creciente de las economías latinoamericanas las tornó todavía más dependientes de las inversiones extranjeras y los préstamos contratados en el exterior. Precisamente, fue en este período cuando los Estados Unidos, que ya asomaban como la potencia de mayor predominio en el continente americano, decidieron asumir su liderazgo internacional, no sólo en el plano económico, sino también en el político y en el ideológico. Esto se produciría en el contexto de la guerra fría y de los enfrentamientos Este-Oeste. Esta situación iba a influir de forma decisiva en las particulares relaciones entre los Estados Unidos y sus vecinos del Sur, ya que América Latina estaba dentro de lo que los Estados Unidos consideraba su zona de influencia. El triunfo de la revolución maoista en China y el surgimiento de la República Popular, junto con los avances soviéticos en materia de armamento atómico, agudizaron la naturaleza del enfrentamiento entre los Estados Unidos y el mundo comunista, haciendo que cualquiera que se apartara mínimamente de la norma fuera incluido dentro del mismo y excluido de cualquier tipo de ayuda norteamericana, lo que también influiría sobre las relaciones económicas y el discurso antiimperialista.
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Por el momento no tenemos pruebas indiscutibles de la presencia humana en el continente europeo antes del millón de años. Las referencias de muchos autores a restos industriales en yacimientos como Chillac III, Les Etouaries, Seneze I, Seinzelles o Venta Micena, situados entre los 2,6 y 1,2 millones de años, no presentan instrumentos líticos u óseos con huellas evidentes de actividad humana o las correlaciones entre los materiales y las dataciones no siempre son fiables. Es en el periodo cercano al millón de años cuando se datan los yacimientos más antiguos e indudables. Entre ellos, sobresalen Vallonet en el sureste de Francia, Ca'Belvedere en Italia, Sandalja I en Pula (Trieste) o Kärlich A en Renania central (Alemania). Hasta el fin del Pleistoceno Inferior, es decir, hasta los 750.000 años, los hallazgos continúan proporcionando industrias en las altas terrazas del Rosellón y del Somme en Francia, en el Lacio y el Véneto italiano, así como en Europa central (Becov II, en Bohemia, y Cerveny Kopec, en Moravia). En todos ellos aparece una industria basada en cantos trabajados uni o bifacialmente, así como lascas retocadas procedentes de núcleos globulares o discoidales, evidenciando las primeras muestras de una talla centrípeta. Esta técnica contrasta con las evidencias conocidas en Africa, donde la fabricación de bifaces es una técnica común desde hace 1,5 millones de años, mientras que en Europa sólo encontramos bifaces a partir del Pleistoceno Medio. Estos primeros bifaces presentan formas toscas, que los iniciales investigadores denominaron Abevillense, de bordes sinuosos. Cronológicamente se sitúa su aparición en los inicios del Pleistoceno Medio, con yacimientos como el epónimo Abeville. Sin embargo, la tradición de cantos trabajados perdurará, con variantes, hasta el final del Pleistoceno Medio. A inicios del Pleistoceno Medio, durante el estadio isotópico 19, la presencia humana se extiende ya por toda la Europa templada con yacimientos como Soleilhac en Francia, Karlich B y Mauer en Alemania, Strànska Skàla y Prezletice en Checoslovaquia o Iserna la Pineta en Italia, donde se descubrió un área de descuartizado de animales. La industria presenta los típicos cantos trabajados y la técnica de talla centrípeta, así como las primeras evidencias de técnica Levallois. Durante el Pleistoceno Medio, esta tradición evoluciona de forma que a finales del mismo, desde el estadio isotónico 9, se puede ya hablar de un Paleolítico Medio, con industrias como el Taubachiense o el Tayaciense. Entre los materiales correspondientes a los inicios del Pleistoceno Medio se sitúa el yacimiento de Verteszöllös. En él se descubrieron restos de hogares, así como abundantes restos de animales, destacando los osos, junto a una industria de pequeño tamaño sobre cuarzo. Otro yacimiento incluible en este momento es el de Bilzingsleben. Éste se encontraba situado en el borde de una corriente de agua que desemboca en un lago. En ella, los grupos humanos construyeron dos cabañas ovales de 3-4 metros de diámetro. Al Sureste se sitúan varios hogares utilizados también como zona de talla. Delante se extiende una zona de actividad particular donde han sido trabajados los útiles de piedra, hueso, marfil y asta. En su centro se encontró una zona de 18 metros cuadrados limpia y pavimentada con una hilera continua de piedras, orientada hacia el Oeste. Otra zona de actividad se situaba sobre el borde del lago donde una acumulación de fragmentos de hueso de poco valor alimenticio podría ser interpretada como un basurero.
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Aunque es del siglo XVI del que arranca el impulso constructor de catedrales, con posterioridad a esta centuria las obras continuaron ya fuera para concluirlas o para desarrollar obras nuevas de embellecimiento con la consiguiente diversidad estilística como es el caso de las portadas de la fachada principal de la catedral de México, en las que se aprecian soluciones manieristas que contrastan con el barroquismo en las del crucero. En la catedral de Puebla, por ejemplo, se realizó la cúpula proyectada por Diego García Ferrer. Con todo, si se compara con la actividad desarrollada durante el siglo anterior durante el XVII se aprecia un descenso en la actividad y en el volumen de obra realizado, aunque tampoco fue del todo extraña la construcción de nuevas catedrales. En 1669 Martín de Andújar comenzaba la construcción de la tercera catedral de la Antigua, Guatemala, que se inauguraría en 1680. Durante el siglo XVIII, al tiempo que se concluyen las obras de numerosas catedrales como algunas de las citadas se realizaban otras como la de Chihuahua, construida en la segunda mitad del siglo XVIII.La consagración de las tipologías arquitectónicas desarrolladas en las catedrales del siglo XVI y su empleo en los siglos siguientes determinó que se produjese una intensa unidad en lo estructural y que las novedades principales que aparecen en este proceso constructivo tardío se centren fundamentalmente en aspectos decorativos, en la construcción de retablos o en la realización de otros aspectos indisolublemente unidas a la catedral como las sillerías de coro. La presencia de otros modelos catedralicios como la catedral de Salvador (Bahia) en Brasil, comenzada en 1604 sobre proyecto de fray Francisco Dias y concluida en 1672, muestra unas soluciones de clara ascendencia vignolesca debido a que no fue pensada como catedral sino como iglesia de la Compañía de Jesús.El respeto y el mantenimiento de los modelos del siglo XVI no se quebró en el siglo XVIII. En la catedral de Zacatecas los pilares, con medidas columnas dóricas, siguen literalmente modelos del siglo XVI. Y lo mismo hallamos en la catedral de León (Nicaragua), realizada por el arquitecto Diego de Porres que firmaba un plano en 1767, y en la que siguen modelos de Lima y Cuzco. Sin embargo, la actividad constructiva en torno a las catedrales americanas durante el siglo XVIII dista mucho de ser un proceso lineal movido por un efecto de simple inercia. En determinados casos experimenta diversos planteamientos renovadores a través de los cuales nuevamente el proceso catedralicio hispánico y americano se desenvuelven de forma paralela. Nuevos modelos para suplantar a los antiguos se produjeron en algunas realizaciones, como en la catedral de La Habana, antigua iglesia de los jesuitas, cuya fachada es una síntesis de las de Guadix y Cádiz, analogía que puede ponerse en relación con la presencia de ingenieros militares como Silvestre Abarca, que llega a Cuba en 1763, y, sobre todo, del arquitecto Pedro de Medina que había trabajado durante mucho tiempo en las fortificaciones de Cádiz.Junto a estas novedades que trazan un desarrollo paralelo con la arquitectura catedralicia hispánica del siglo XVIII se producen otras de características singulares y premonitorias. La catedral de Córdoba, Argentina, se construyó tras el derrumbe, en 1677, de la del siglo XVI. Su cimborrio, construido a mediados del siglo XVIII por fray Vicente Muñoz presenta una estructura que se ofrece como una recuperación o un revival de soluciones medievales, concretamente románicas, como las desarrolladas en los edificios españoles del llamado Grupo del Duero tales como los de las catedrales de Zamora, Salamanca y colegiata de Toro.
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El desarrollo de la vidriera durante el siglo XIII en Castilla y León se produjo en relación con los nuevos programas constructivos del nuevo arte gótico. Sin embargo, no en todas las catedrales se produjo la misma actividad y ritmo de los talleres. Aunque no sabemos lo que se realizó en las catedrales de Burgos y Toledo, es probable que el inicio del programa de sus vidrieras se produjera con posterioridad al de León. Sin embargo, de ser esto cierto habría desaparecido siendo lo más antiguo que ha llegado a nosotros bastante posterior. En este sentido lo más antiguo que se conserva en la catedral de Burgos son las vidrieras del rosetón del hastial sur del crucero, situado sobre la Puerta del Sarmental. Alterado por las sucesivas recomposturas de que ha sido objeto, muestra en su centro un Santo obispo, rodeado en los otros vanos del rosetón por escudos de Castilla y León y diversas escenas de la Redención. En la catedral de Toledo la vidriera más antigua que ha llegado a nosotros es el rosetón norte del crucero. El hecho de que en las catedrales de Toledo y Burgos sólo se hayan conservado estas obras de las primitivas vidrieras impide establecer cualquier supuesto sobre el programa iconográfico y lo que llegó a realizarse durante los siglos XIII y XIV. Algunos fragmentos que han llegado a nosotros procedentes de otros edificios parecen apuntar a una difusión más amplia del arte de la vidriera. Un fragmento de vidriera del siglo XIII, al parecer procedente de la provincia de Alava, que se conserva en la Hispanic Society de Nueva York, muestra una vidriera realizada según las formulaciones que se generalizan en la vidriera europea de esta época y de la que en España tenemos contados ejemplos pero que debió alcanzar una cierta importancia. Donde encontramos un desarrollo sorprendente de la vidriera durante el siglo XIV es en Cataluña, Valencia y Baleares. Como consecuencia de los importantes programas constructivos que se emprenden, se produce un desarrollo importante de la vidriera que carece de precedentes conocidos salvo las mencionadas vidrieras cistercienses de Santes Creus. Aunque se hicieron nuevas vidrieras para antiguos edificios, como la Vidriera real del monasterio de Santes Creus, la producción discurrió íntimamente unida al desarrollo de la arquitectura que se inicia poco antes de 1300. En el proceso constructivo de esta arquitectura se produjo un equilibrio, especialmente en la primera mitad del siglo XIV, entre la amplitud de los programas, los recursos económicos y los tiempos de ejecución que hizo posible llevar a cabo los programas de vidrieras. La organización, forma y proporción de los ventanales en la arquitectura catalana, valenciana y balear es sensiblemente distinta de la vista en las grandes catedrales góticas castellanas de la centuria anterior. Y no sólo en el abundante número de iglesias de una nave, sino para los nuevos modelos de catedral y de iglesia de tres naves en las que se tiende igualmente a desarrollar una cierta unidad espacial. Frente a la concepción espacial vista en el gótico castellano del siglo XIII, la catedral y la iglesia catalanas no subordinan los elementos técnicos constructivos a una disolución e imprecisión atmosférica, sino que su presencia se destaca en toda su materialidad. Reducido el edificio a una simplicidad volumétrica, sus componentes no se atomizan a través de una multiplicación de molduras, baquetones, tracerías y escalonamientos de alturas, logrando una definición conmensurable del espacio. A causa del equilibrio de alturas en las iglesias de tres naves, la central no fue el núcleo básico de la iluminación interior. Es un cuerpo de ventanas, rodeando el perímetro exterior del edificio, el que establece el sistema de iluminación. Este sistema, tanto para las iglesias de una nave como para las de tres, se produce mediante una misma disposición de los ventanales -entendidos como huecos abiertos en el muro y no como muro translúcido continuo- situados sobre las capillas. En este sentido, la oscuridad de las iglesias góticas catalanas se justifica como una forma arquitectónica que no pretende disimular la realidad de un espacio cerrado ni crear unos efectos de iluminación evocadores de un espacio sobrenatural. De ahí que las vidrieras aparecen como elementos aislados e independientes en el muro. Las vidrieras conservadas ponen de manifiesto cómo este desarrollo constructivo promovió un trabajo incesante de los talleres vidrieros que no se limitaron a realizar obras para los nuevos edificios sino también para otros que habían sido construidos hacía tiempo, como es el caso de la vidriera de poniente del mencionado monasterio cisterciense de Santes Creus. Realizada hacia 1300, esta vidriera se organiza como un gran retablo translúcido con figuras de santos y numerosas escenas de la Pasión cobijadas por arquerías de medio punto. Ateniéndonos a la fecha de su realización es evidente que las distintas escenas presentan un cierto arcaísmo tanto iconográfico como formal, derivado, sin duda, del empleo de una técnica muy tradicional en la que no aparece el amarillo de plata y que se basa en el empleo esquemático de un trait que valora exclusivamente el efecto de la línea omitiendo cualquier referencia de claroscuro. La prolongación de las soluciones plásticas de lo que se ha denominado el gótico lineal avanzado no aparece solamente en la mencionada vidriera, pues se aprecia igualmente en otros conjuntos realizados en la primera mitad del siglo XIV como las vidrieras del presbiterio de la catedral de Gerona, las cuales constituyen una referencia fundamental para el desarrollo de la vidriera trecentista catalana. La Anunciación, La Visitación, El Nacimiento, El Anuncio a los pastores, La Adoración de los Reyes, La Purificación, La Dormición y La coronación de la Virgen, constituyen una referencia fundamental para conocer la trayectoria particular seguida por la vidriera catalana. Relacionadas con otras vidrieras catalanas como las de Pedralbes, muestran la prolongacíón de una tendencia desarrollada al margen de los planteamientos del trecentismo italiano introducido algo antes en la pintura catalana en los frescos de Pedralbes realizados por Ferrer Bassa. No obstante, todo hace pensar que fue en Palma donde primero se dejó sentir el influjo de la tendencia italiana. En Palma de Mallorca la influencia en la vidriera no se produciría exclusivamente a través de la pintura sino mediante la presencia de vidrieros venidos de Italia como Matteo di Giovanni, procedente de Siena y cuya actividad -en 1325 realizaba una vidriera para la iglesia de Santo Domingo, pasando luego a la catedral (1329-1330)- es anterior a la de uno de los introductores de la corriente italiana como el llamado Maestro de los Privilegios. Las mencionadas vidrieras de la catedral de Gerona, aunque no muestran sugestiones italianas, se apartan del linealismo exclusivo de las vidrieras comentadas anteriormente al introducir la sugerencia de modelado y volumen. Se trata de una misma corriente que también hallamos en los paneles de Santa María del Mar de Barcelona que representan El Lavatorio y La Ascensión, y cuya ejecución se ha situado entre 1341 y 1385. En estas vidrieras, en las que también hallamos la presencia de soluciones tradicionales en el tratamiento lineal de los rasgos y elementos descriptivos de las figuras, la ordenación compositiva de las figuras dispuestas de forma bilateral y escalonada se orienta hacia soluciones italianas ya difundidas en la pintura catalana.