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La situación política y económica de los Países Bajos en el siglo XVII permitió la ejecución de numerosos retratos debido al auge de la burguesía, ocupando esta clase social importantes responsabilidades y exigiendo un arte diferente. Los personajes retratados abarcan desde altos dignatarios hasta personas sin distinción aparente como en este caso donde un hombre de cierta edad protagoniza la composición. Rembrandt se interesará especialmente por las expresiones de sus modelos, mostrando sus personalidades, sus almas. Esa es la razón por la que ilumina el rostro, la parte más interesante del retrato, destacando los gestos del personaje. El hombre barbado parece retirar la mirada, huyendo de la observación, indicando cierta vergüenza. Sus ropas pasan desapercibidas, fundiéndose con el fondo oscuro donde se recorta la figura. Sin embargo, la cabeza del hombre parece emerger con fuerza, como si fuera tallada gracias a la seguridad del dibujo y la correcta aplicación de las pinceladas, ya rápidas y empastadas. A pesar de no estar identificado, es uno de los mejores ejemplos de la retratística de Rembrandt.
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Quizá sea ésta una de las imágenes más atractivas y populares de la serie de miniaturas en marfil que realizó Goya en los años de Burdeos. Un hombre se afana en quitar las pulgas de su camisa; con el torso desnudo, mira atentamente en las costuras para eliminar a los molestos parásitos, comunes en periodos de hambre y necesidad. La expresividad del personaje pone la obra en relación con algunas escenas de la serie como Cabezas de niño y vieja o Monje y vieja.
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La escultura es para Serrano "un medio de expresión que da forma concreta al pensamiento". Por ello, su obra no encaja completamente en ninguno de los movimientos artísticos de vanguardia. Notas destacables son la fuerza y la expresividad, así como la permanente preocupación por el tratamiento del espacio, cuestión ésta que el artista entiende como elemento básico de la escultura contemporánea. El espacio puede ser un elemento protector -Bóvedas para el hombre es una serie iniciada en 1961-, o un interior luminoso - Bóvedas lúminicas será otra serie variante de la anterior-. Otras interpretaciones son los Hombres bóvedas y los Hombres con puerta, de redondeadas superficies y concavidades bruñidas que, como elementales símbolos de comunicación, resumen la incertidumbre de las relaciones del hombre con su entorno. Su concepción humanista lleva a Pablo Serrano a trabajar la figura humana y el retrato, tanto en su vertiente íntima y expresiva, como monumental. Este aspecto enlaza además con su defensa de la función monumental de la escultura, que constituye por ende lo más interesante de su obra en tierras aragonesas.
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La economía de medios -el manto que cubre el cuerpo del hombre y la postura- macizan el bloque escultórico, mientras el juego de diagonales le imprime movimiento. La concentración en el rostro intensifica la expresión de la figura que se entrega de lleno al canto hasta el punto de cerrar los ojos. A pesar de estar fundida en bronce, las formas angulosas remiten a la talla en madera de la Alemania medieval, cargada de sentimiento religioso, emoción y expresividad.
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El ansia por devorar de este pobre hombre ha sido perfectamente interpretada por Goya en este pequeño marfil que forma parte de la serie ejecutada en Burdeos, junto a Hombre buscando pulgas, Joven semidesnuda o Niños mirando un libro.
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Este lienzo fue adquirido por la emperatriz Catalina II de Rusia y vendido posteriormente por el gobierno soviético al coleccionista norteamericano Mellon en 1932, quien lo donó a la National Gallery de Washington cinco años más tarde. Se trata de uno de los habituales retratos realizados por Hals en la década de 1630, identificados muchos de ellos por que la figura lleva su mano a la cintura para crear efecto de perspectiva. El modelo se recorta ante una pared en la que podemos apreciar una ventana que se abre a un paisaje marítimo, lo que hace pensar a los expertos que nos encontramos ante el retrato de un oficial de la fuerza naval. Retomando la influencia de Tiziano, la figura del militar se situa en primer plano, recibiendo un intenso foco lumínico desde la izquierda, resaltando así la expresiva personalidad del modelo, verdadera protagonista de esta composición y de todos los trabajos del maestro de Haarlem, ya que sus retratos siempre muestran el alma de los retratados. Las pinceladas son cada vez más rápidas y empastadas, despreocupándose de los detalles aunque no se abandonan por completo, como podemos observar en el cuello o los puños. Esta forma de trabajar, "alla prima", sin realizar dibujos preparatorios, será admirada por los maestros del siglo XIX, entre ellos Courbet y Manet.
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Existen numerosas dudas alrededor de este Hombre con armadura sobre las que los especialistas no se ponen de acuerdo. Podría tratarse del Alejandro Magno que un comerciante de Messina encargó a Rembrandt en la década de 1650 para formar una serie con Aristóteles y Homero pero esa posibilidad es puesta en tela de juicio. Tampoco sabemos exactamente la identidad del personaje, especulándose sobre las opciones de Marte, Apolo o incluso Atenea. La figura aparece de medio cuerpo, vistiendo una armadura plateada y una capa rojiza. Lleva un escudo y una lanza que quedan en penumbra ya que el foco de luz impacta en el rostro y en el pecho del modelo, resaltando los brillos del metal. Las radiografías han determinado que Rembrandt utilizó un lienzo que contenía una figura femenina y que se han añadido diversas tiras de lienzo posiblemente en años posteriores a la fecha de ejecución. El enigma rodea a esta extraordinaria figura de perfil que porta un pendiente en su oreja y parece asumir con su gesto su destino.