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El conocimiento de la cultura ibérica en nuestros días ha alcanzado un desarrollo y un nivel considerables, de forma que el arte ibérico, lo que ahora más directamente nos interesa, puede ser contemplado y valorado con posibilidades muy distintas a las que hace no mucho se tenían. En principio, se dispone ya de secuencias arqueológicas y culturales bien definidas para el conjunto de las manifestaciones ibéricas, determinantes de una civilización cuyo proceso de formación y consolidación, sus rasgos internos y sus débitos con civilizaciones de otros ámbitos, aparecen ya bastante aclarados. Muy sucintamente, la configuración y la evolución de la cultura ibérica pueden presentarse como sigue. Es preciso tener inicialmente en cuenta el desarrollo de la civilización tartésica. En la zona que puede considerarse principal para la cultura ibérica, esto es, el Levante y Sudeste, se repite en sus líneas básicas el esquema evolutivo propio del ámbito de Tartessos. En la región levantina, la Edad del Bronce, con la facies propia del Bronce Valenciano, se cierra con una etapa de recesión reconocible como del Bronce Tardío o de la primera etapa del Bronce Final, hacia fines del segundo milenio antes de nuestra Era. La consolidación de este Bronce Final significa una ruptura con las fases anteriores y el comienzo de una renovación cultural de gran impulso, animada por los influjos de las culturas de los campos de urnas, de origen centroeuropeo y extendidas más acá de los Pirineos, y, sobre todo, por la irradiación de la brillante cultura tartésica. La intensidad de la impronta tartésica se empezó a comprobar hace algunos años en los yacimientos de los Saladares, en Orihuela (Alicante), y de Vinarragell, en Burriana (Castellón), y se ha confirmado posteriormente en muchos otros: la Peña Negra de Crevillente (Alicante), los Villares de Caudete de las Torres (Valencia), Puntal del Llops, en Olocau (Valencia), entre ellos. En esto, la investigación arqueológica no venía sino a confirmar aspectos de la realidad cultural que las fuentes literarias sugerían, pero eran miradas con recelo. En efecto, en la "Ora Marítima" se sitúa el límite de los tartesios en las inmediaciones de la desembocadura del río Sicano (el Júcar), por donde se hallaba una ciudad limítrofe, Herna, que ha de identificarse con alguno de los centros de la zona alicantina, quizá el de la Peña Negra de Crevillente. En definitiva, los pueblos de la fachada mediterránea y un amplio "hinterland" -sobre todo hacia la alta Andalucía- experimentan una verdadera revolución en el progreso de su cultura por la irradiación de la cultura tartésica, sobre todo en su fase de madurez, a lo que se sumó paralelamente el efecto directo de la acción de los colonizadores fenicios, muy activos en la costa. En la importante ruta que desde Ibiza conducía hasta Cádiz, hubieron de disponer de no pocos puntos de apoyo, que a los muy conocidos de las costas andaluzas hay que sumar los que van detectándose en las costas del Sudeste, como el localizado en las dunas de Guardamar del Segura (Alicante). De nuevo cabe recordar que, según la "Ora Marítima", también esa zona fue poblada por los fenicios. Sobre esta base, con los nuevos y decisivos impulsos llegados con los colonos griegos, las culturas ibéricas del Sudeste y Levante alcanzaron una notable madurez desde fechas bastante tempranas, y ya en el siglo VI a. C. aparecen perfectamente definidos rasgos esenciales de su carácter. Desde entonces, sus centros principales estarán en condiciones de ofrecer algunas de las más vigorosas creaciones de toda su cultura, entre ellas su mejor escultura. En este sentido, y en relación con la importancia que inicialmente tuvo el desarrollo de formas culturales superiores a partir de la irradiación de la civilización tartésica, no ha de extrañar que los focos más activos en las fases tempranas de la cultura ibérica se encuentren hacia la alta Andalucía y las zonas albaceteña y murciana. Aquí se hizo sentir primero la corriente vitalizadora que discurría aguas arriba del Guadalquivir, apoyada en una vía de comunicación ilustre, la Vía Heraclea, que apoyada en el curso del Guadalquivir se abría paso hacia la costa mediterrránea. Su protagonismo en el flujo cultural y económico convirtió a esta importante arteria en verdadera columna vertebral de las culturas tartésica y, sobre todo, ibérica. De otro lado, en relación con la importancia del sustrato tartésico, tampoco ha de ser casualidad que algunas manifestaciones principales del arte ibérico, como la escultura, no traspasasen por el norte la región valenciana, aproximadamente hasta donde se supone alcanzó la civilización de Tartessos. A grandes rasgos, por tanto, cabe hablar de una primera y vigorosa etapa de la cultura ibérica en el siglo VI a. C. Durante los siglos V al III a. C. se desarrolla la que puede considerarse época clásica, con un período principal para el arte mayor en el siglo V, en el que se produjeron las principales obras maestras del arte ibérico, entre ellas el gran conjunto escultórico de Porcuna y, seguramente, la Dama de Elche. Se cierra este siglo con una extraña y aún no explicada etapa de convulsiones, en la que fueron destruidos multitud de monumentos y esculturas, entre fines del siglo V y los comienzos del IV. Después, la cultura y el arte ibéricos continúan su andadura, aunque el arte no recuperó su vigor anterior. A partir del siglo III a. C., el mundo ibérico se incorpora a la corriente helenística, que vitalizó todas las civilizaciones mediterráneas, corriente que se intensifica y adquiere tintes propios como resultado de la conquista romana y la incorporación al Imperio de Roma. Desde entonces, la romanización se convierte en el rasgo cultural determinante del rumbo que, en todos los órdenes, adquirirá la cultura ibérica, aunque durante los dos siglos finales del milenio, en la época republicana, aún desarrollarán los pueblos ibéricos algunas de las facetas más personales de su arte, en la alfarería, en la escultura, en la menuda producción artística contenida en las monedas, y en otras manifestaciones. Ya en época imperial romana, la organización cultural ibérica resulta incorporada en bastantes cosas a la nueva situación propiciada por Roma y su tradición artística se va desvaneciendo, aunque aún encontrará refugio en ciertas facetas del arte romano provincial o en el del artesanado popular.
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El gusto por la luminosidad, la riqueza cromática y la factura suelta que habían iniciado algunos de los pintores anteriormente citados, alcanzó su máxima expresión en la obra de un grupo de artistas que dieron el paso decisivo hacia la plenitud barroca. Francisco Rizi (1614-1685), Juan Carreño de Miranda (1614-1685) y Francisco de Herrera el Mozo (1622-1685). Los tres asimilaron con intensidad el ejemplo veneciano, el estilo de Rubens y Van Dyck, y la influencia de los boloñeses Mitelli y Colonna, fresquistas contratados por Velázquez en Italia, que a partir de 1658 realizaron varias decoraciones en el Alcázar y en el palacio del Buen Retiro con el sistema de la quadratura, y partiendo de estas enseñanzas desarrollaron un lenguaje ya plenamente decorativo, de vibrante colorido y pincelada ligera, en el que priman los efectos dinámicos y la concepción escenográfica, concediendo además especial atención a la pintura al fresco, que hasta ese momento apenas había sido tratada por la escuela española. Configuraron así las cualidades del nuevo estilo, coincidente con el decorativismo italiano, que se generalizó en las últimas décadas de la centuria, realizado fundamentalmente por pintores formados con ellos.Hermano menor de Fray Juan Rizi, Francisco Rizi fue el más decidido introductor en la corte de estas renovadas fórmulas pictóricas. Formado con Vicente Carducho, y con Mitelli y Colonna en la técnica del fresco, su estilo dinámico y efectista fue absolutamente decisivo para la evolución de la pintura madrileña. Sus cuadros de altar presentan composiciones aparatosas y movidas y una entusiasta utilización del color aplicado en ejecución rápida, casi a borrones (Virgen con San Francisco y San Felipe, 1650, El Pardo, convento de capuchinos; retablo mayor de la iglesia de Fuente el Saz, Madrid, 1655; Historias de la vida de Santa Leocadia, h. 1660-1670, Madrid, iglesia de San Jerónimo el Real). Sus Inmaculadas, concebidas con opulencia teatral y dinamismo arrebatado, dependen de modelos anteriores de Rubens y Ribera, definiendo con ellas la tipología que imperará en la pintura posterior. Especial mención merece su dedicación al fresco, técnica que le permitió desarrollar su gran imaginación decorativa (bóveda de San Antonio de los Alemanes, Madrid, h. 1665-1668; Ochavo de la catedral de Toledo, h. 1665-1670; capilla del Milagro de las Descalzas Reales de Madrid, 1678; todo en colaboración con Carreño).La producción de Carreño está integrada por decoraciones al fresco, en su mayoría ejecutadas en colaboración con Rizi como se acaba de citar, por obras religiosas y por retratos. En las primeras su estilo aparece claramente vinculado al proceso de renovación que se produjo por estos años, al que él aportó una especial blandura de modelado y una concepción elegante puesta al servicio de intensos efectos escenográficos y de un lenguaje opulento de origen rubeniano (San Sebastián, 1656, Madrid, Museo del Prado; Asunción de la Virgen, 1657, Polonia, Museo de Poznan; Santiago en la batalla de Clavijo, 1660, Museo de Budapest; Fundación de la Orden Trinitaria, 1666, París, Museo del Louvre). En sus Inmaculadas, al igual que Rizi, creó el nuevo tipo de iconografía mariana triunfante que imperó en las generaciones posteriores (Museo del Prado, catedral de Vitoria).Pintor de cámara a partir de 1671, fue el principal retratista de la corte de Carlos II, teniendo a éste y a su madre doña Mariana de Austria como sus principales modelos. Sus retratos dependen de la sobria creación velazqueña y de la distinción aprendida en el arte de Van Dyck, representando generalmente a los reyes en los salones del Alcázar, quizás para enriquecer la triste imagen final de la monarquía española (retratos de Carlos II en el Museo del Prado, Museo de Bellas Artes de Oviedo, y colección Harrach, Rohrau; retratos de doña Mariana de Austria, en Museo del Prado y Museo de la Real Academia de San Fernando, Madrid). Los retratos ajenos a la familia real le permiten lucir mejor sus dotes como colorista, así como plasmar actitudes de distinguida afectación con las que se vincula a la retratística flamenca (El duque de Pastrana, h. 1666 y Pedro lvanowitz, embajador de Rusia, hacia 1681, Madrid, Museo del Prado).La personalidad de Herrera, hijo de Herrera el Viejo, fue absolutamente decisiva para la consolidación del nuevo estilo. Formado primero con su padre y después en Italia, desde donde regresó a Madrid hacia 1654, trabajó en la capital y en Sevilla, siendo el introductor del conocimiento directo del barroco decorativo italiano en la pintura española de la época. Antes que ningún otro dominó este lenguaje, como puede apreciarse en el espléndido Triunfo de San Hermenegildo (h. 1654, Madrid, Museo del Prado), en el que muestra una perfecta utilización de los recursos efectistas de la plenitud barroca, destacando la concepción teatral, el exaltado dinamismo, la riqueza de color y los contrastes de oscuro contra claro habituales en este estilo. Poco después pintó en Sevilla un San Fernando de similares características (1657, catedral), con el que reforzó la renovación estilística que por esos años iniciaba Murillo en la capital hispalense.Francisco Camilo (1615-1673) y Sebastián Herrera Barnuevo (1619-1671) también contribuyeron con sus respectivas obras al proceso evolutivo de la pintura cortesana, en la que asimismo hay que destacar al bodegonista Juan de Arellano (1614-1676), quien influido por modelos flamencos y napolitanos, abandonó el austero esquema creado por Sánchez Cotán a principios del siglo, realizando una obra más colorista y decorativa, en la que sobresalen sus cuadros de flores, con los que creó una tipología de amplia repercusión posterior.
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No parece que los nombramientos de 1957 conllevaran un plan específico. Meses antes Franco había decidido que tenía que sustituir a ciertos ministros clave, pero como era su costumbre, dejó que pasara el tiempo. En un memorándum, fechado el 26 de enero, Carrero Blanco insistía en que era necesario reforzar la autoridad personal de Franco después de los sucesos del año anterior -huelgas, disturbios entre los estudiantes, la pérdida de Marruecos y la frustrada reforma institucional. Los nuevos cambios políticos y leyes institucionales debían de realizarse conjuntamente entre el gabinete y el Jefe del Estado. La elección que hizo Franco de sus nuevos miembros suponía una nueva pérdida de protagonismo de la Falange y mayor preocupación por la preparación técnica de los mismos. En privado, describió al nuevo Gobierno como un esfuerzo renovado para que estuvieran representadas equilibradamente todas las fuerzas que sustentaban el Régimen, pero adaptado a la realidad de finales de los 50. La mayoría de los elegidos eran profesionales universitarios o con una formación técnica; y ésta fue casi la primera vez que Franco recibió dos o tres negativas a participar en su Gobierno. Carrero Blanco ejerció más influencia que otras veces en este proceso de selección. Las tres figuras clave para los asuntos económicos y la administración del Estado eran miembros del Opus Dei y tenían su apoyo personal. El primero que entró fue Laureano López Rodó, que había impresionado tanto a Carrero Blanco con sus propuestas para la administración, que se le nombró para el puesto recién creado de Secretario General Técnico para la subsecretaría de la Presidencia antes del final de 1956. Aunque no tenía rango de ministro, a López Rodó también se le puso al frente de la Secretaría del Gobierno y de la Oficina de Coordinación Económica y Programación, otra posición de carácter técnico pensada especialmente para él. Otros dos miembros del Opus Dei recibieron las carteras económicas más importantes. Alberto Ullastres, un catedrático de universidad de 43 años, sustituyó a Arburúa en el Ministerio de Comercio; Finanzas lo ocupó Mariano Navarro Rubio, un abogado y economista de una edad parecida que tenía amplia experiencia en el sistema sindical y que había sido subsecretario de Obras Públicas. Estos tres diseñarían y llevarían a cabo las mayores transformaciones en la economía política española durante los dos siguientes años, aunque probablemente Franco no tenía en mente alteraciones de semejante magnitud cuando reunió al nuevo Gobierno.
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La cuestión de los ducados daneses sirvió para proporcionar el primer pretexto para que Bismarck impusiera sus puntos de vista "pequeñoalemanes" en beneficio de Prusia. La causa del nacionalismo fue en él un instrumento de una política de engrandecimiento de Prusia en el seno del mundo alemán, lo que suponía necesariamente la exclusión de Austria. Esto se venía viendo desde comienzos de los sesenta, aun antes de la llegada de Bismarck, cuando se frustraron diversos intentos de reformar la Confederación Germánica y Prusia volvió a poner sobre el tapete la solución "pequeñoalemana". La propuesta hecha por Austria, en febrero de 1862, se encontró con una firme oposición prusiana y Bismarck también impidió que Guillermo I acudiese a la conferencia de príncipes que los austriacos convocaron en Francfort, en agosto de 1863. En ella se aprobó la iniciativa austriaca de realizar la unificación de los Estados alemanes por consenso, y mediante una dirección colegiada. Hubiera sido una fórmula "granalemana", que habría asegurado la hegemonía austriaca, pero Bismarck rechazaría posteriormente las conclusiones de la conferencia, exigiendo igualdad de estatus con Austria y una Asamblea elegida por sufragio universal. Su postura fue recibida con sorpresa e indignación por algunos convencidos nacionalistas, pero Bismarck trataba tan sólo de salvaguardar los intereses prusianos. En el caso de los ducados daneses de Schleswig, Holstein y Lauenburgo, la cuestión se planteó como consecuencia de diferencias en las leyes sucesorias, que justificaban las demandas del duque de Augustenburg frente a Christian IX (sucedería en noviembre de 1863 a Federico VII como rey de Dinamarca), y también como consecuencia del debate sobre el papel que los ducados habrían de tener en el conjunto de la Monarquía danesa. Las tensiones se habían prolongado durante toda la década de los cincuenta, alentadas también por el nacionalismo danés y hasta por un cierto movimiento "panescandinavista". La crisis estalló en 1863 cuando los daneses tomaron la decisión de poner a Schleswig bajo la misma Constitución que el resto de Dinamarca, lo que provocó la protesta de la Dieta de la Confederación y la amenaza de intervenir por medio de los Ejércitos de Austria y Prusia. La decisión danesa coincidió con los difíciles momentos del cambio dinástico, mientras que la situación originaba en Alemania un estallido nacionalista que pedía a la Dieta el reconocimiento de Schleswig-Holstein como miembro de la Confederación y la inmediata intervención militar contra Dinamarca. Bismarck, que pronto apreció las ventajas de la anexión de los ducados, porque significaba la incorporación de la importantísima base naval de Kiel y el acceso al Mar del Norte, trató de maniobrar prudentemente. En enero de 1864 pactó una alianza con Austria que preveía una acción militar conjunta contra Dinamarca, a la vez que establecía que ambas potencias decidirían por mutuo acuerdo el futuro de los ducados. Aunque mirado con recelo por el rey Guillermo, Bismarck había conseguido que Austria trabajara en una línea favorable a Prusia -Bismarck llegaría a decir que Prusia había alquilado a Austria-, a la vez que impedía que Austria utilizase la crisis para provocar algún movimiento diplomático antiprusiano. La presión de los liberales nacionalistas, que pretendían la ocupación de los ducados y la entronización del duque Federico, estuvo a punto de poner en peligro los planes de Bismarck, que decidió actuar inmediatamente, aun sin el respaldo de la Dieta. A lo largo de 1864 se alternaron las gestiones diplomáticas con las acciones militares y, en octubre, Dinamarca cedía los ducados. Los intentos de Austria (conde Mensdorff) para contrarrestar el auge prusiano estableciendo unos ducados independientes fueron neutralizados por Bismarck que, con ocasión de una reunión de Guillermo I con Francisco José en el balneario de Gastein, consiguió que se firmase una Convención (14 de agosto de 1865) por la que Austria se encargaba de la administración de Holstein, mientras que Prusia se encargaba de la de Schleswig, compraba el ducado de Lauenburgo, y se hacía cargo de bases militares y navales en Holstein. La Convención pudo entenderse como un parón a las apetencias anexionistas prusianas, que fue aceptado por Bismarck porque tal vez no estuviera completamente seguro de la capacidad militar de Prusia en un futuro conflicto, pero significaba, en todo caso, una indudable ganancia territorial y el previsible conflicto con Austria sólo quedaba pospuesto. De momento, Bismarck prefería asegurarse de sus apoyos internacionales para el momento en que llegase ese conflicto.
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Si las medidas anteriores se refieren a la Corona de Castilla, la expulsión de los judíos o el establecimiento de la Inquisición afectan a todos los reinos y sólo tienen sentido si se ven desde un punto de vista político, como formas de acelerar la unión de los territorios dependientes de los Reyes Católicos. Al crear la Inquisición se atiende a los problemas religiosos, pero también y sobre todo a los políticos y sociales. No se restablece la Inquisición medieval confiada a los obispos o a los dominicos sino que se crea un organismo enteramente sometido a los reyes y para ello se explotan los sentimientos antijudíos y anticonversos de la sociedad castellana. Las disposiciones tomadas contra los hebreos en los años anteriores no afectaban a los conversos, que pudieron mantener su poder económico y sus actividades anteriores. La exaltación de algunos eclesiásticos y la difusión de leyendas sobre actividades anticatólicas de conversos y judíos (profanación de formas sagradas, crucifixión de niños...) prepararon el ambiente para crear la Inquisición, autorizada por Sixto IV en 1478 y puesta en marcha después de las Cortes de Toledo de 1480. El carácter secreto de los juicios así como los medios empleados para obtener las confesiones crearon un clima de terror que obligó a emigrar a numerosos conversos cuyas quejas llegaron hasta el Papa y éste, en 1482, rectificó su decisión y pretendió que los inquisidores, nombrados por el rey, actuaran de acuerdo con las normas de la Inquisición medieval; acusó a los inquisidores sevillanos de haber actuado contra inocentes y de haber confiscado los bienes de los condenados, lo que no entraba en sus atribuciones; ordenó que, en adelante, los procesos se desarrollaran de acuerdo con las normas canónicas y con el obispo de la diócesis, y prohibió el trasplante de la Inquisición a los reinos de la Corona de Aragón, en los que funcionaba la inquisición tradicional. El nombramiento de los inquisidores fue confiado al general de los dominicos; se ordenó absolver a quienes confesaran sus culpas y se prohibió mantener en secreto los nombres y las declaraciones de los testigos..., pero ni lo reyes hicieron el menor caso de las disposiciones pontificias ni el pontífice mantuvo su disposición: interesado en nombrar arzobispo de Sevilla a uno de sus protegidos, anuló la bula promulgada, y los procesos y confiscaciones en favor de los reyes continuaron, acrecentados por la necesidad de reunir fondos para la guerra granadina. Hacia 1484 fue nombrado por los reyes inquisidor general de Castilla fray Tomás de Torquemada, que ya lo era de Aragón; con él se unificaba la organización inquisitorial convertida en un organismo más de centralización del poder monárquico, de unidad interior. Del mismo modo que se habían suprimido las hermandades para formar una Hermandad General enteramente sometida a los reyes, se suprimían las inquisiciones diocesanas para crear una sola Inquisición en todos los dominios de Fernando e Isabel. En la Corona de Aragón la resistencia fue mayor que en Castilla. Los aragoneses afirmaban que la confiscación de bienes y el mantenimiento del secreto iban contra los fueros del reino, pero nada pudieron hacer ante la firme decisión del rey. La religión fortalecía la política centralizadora y Fernando apoyó a los inquisidores, cuyas excomuniones podían servir -sirvieron- para destituir a diversas autoridades municipales; en Valencia se defendieron alegando la existencia de la inquisición tradicional y la extranjería de los inquisidores, y en Barcelona la resistencia se basó en los perjuicios económicos que la fuga de los conversos podía provocar y en la oposición a los fueros, usos y costumbres catalanes; los consellers pidieron que se perdonase a quienes abjurasen de sus errores, con lo que se salvaba la pureza de la religión, motivo indicado por los reyes para defender al nuevo organismo, pero el monarca se mostró intransigente. En 1490 la Inquisición está sólidamente asentada en todos los reinos, pero sólo puede actuar contra los cristianos, no contra los judíos, a los que al no ser cristianos no es posible acusar de herejía, y contra los hebreos se tomarán medidas por los mismos años, es decir, a partir de las Cortes de Toledo de 1480. En 1483 se procedió a la expulsión de los judíos de las diócesis de Sevilla, Córdoba y Cádiz; tres años más tarde fueron expulsados los de Zaragoza y Albarracín, acusados de connivencia con los conversos..., pero mientras duró la guerra granadina puede afirmarse que los reyes mantuvieron la tradicional protección dispensada por sus antecesores a los judíos, algunos de los cuales fueron tesoreros de la Hermandad y colectores de los subsidios para la guerra de Granada, lo que no hará sino aumentar el odio popular contra ellos. Haciéndose eco del malestar de la población, el 31 de marzo de 1492 los reyes firmaron el decreto de expulsión de los judíos de todos sus reinos y les dieron un plazo de cuatro meses para abandonarlos. En principio se les permite llevar todos los bienes muebles, pero las leyes vigentes prohíben sacar del reino oro, plata, monedas, caballos y armas, por lo que deberán transformar sus bienes en letras de cambio. En muchos lugares se prohibió a los cristianos la compra de bienes judíos y en todos se explotó la necesidad apremiante de vender; los propios monarcas prohibieron la venta de los bienes comunales de las aljamas, y en septiembre de 1492 confiscaron todos los bienes, deudas o letras de cambio dejadas por los judíos. Aunque de hecho la expulsión de algunos grupos musulmanes no puede ser incluida en el capítulo de reformas religiosas emprendidas por Isabel y Fernando, conviene recordar que clérigos como el cardenal Cisneros propusieron la adopción de medidas similares a las tomadas contra los judíos; pero el problema era distinto aunque desde el punto de vista religioso fuera el mismo y sólo en 1502, después de la sublevación morisca de las Alpujarras, se tomaron medidas contra los musulmanes, a pesar de lo cual numerosos moriscos permanecieron en las Alpujarras, en toda Castilla y en la Corona de Aragón hasta el siglo XVII. Expulsados los judíos, con graves daños para la economía de los reinos y para las haciendas municipales y sin beneficios para la población -las deudas con los judíos fueron heredadas por la Corona-, alejados voluntaria o forzosamente de la Península los dirigentes musulmanes que podían organizar la resistencia, y creado un clima de terror por la Inquisición contra los conversos, los reyes han logrado afianzar la unidad de sus dominios pero estaban muy lejos de conseguir la reforma religiosa, única que habría podido justificar las medidas anteriores. La necesidad de la reforma del clero secular y regular de la Iglesia occidental, reforma eclesiástica en definitiva y no religiosa, había sido vista con claridad desde el siglo XIV, y los reformadores tuvieron un importante papel en la solución del cisma y en la crisis conciliar de la primera mitad del siglo XV, pero en todas partes los intereses políticos y económicos aparecen demasiado mezclados con los económicos y la obra reformadora apenas progresó. En Castilla, uno de los graves problemas que afectaba al clero regular era la dependencia respecto a la nobleza laica, que mediante la utilización del cargo de encomendero había logrado intervenir en la mayor parte de los monasterios y controlar no sólo la vida económica de estos centros sino también las actividades religiosas. Juan II de Castilla se hizo eco de los ideales de reforma, ordenó revisar el régimen de encomiendas y facilitó la vuelta al espíritu de observancia de las reglas monásticas al ceder a la orden de San Benito el castillo de Valladolid para que, libres de toda injerencia laica, los monjes pudieran atender al cumplimiento de su regla. Nuevas órdenes como las de cartujos y jerónimos, caracterizados por su austeridad y cumplimiento de las reglas monásticas, fueron instaladas en Segovia y en Guadalupe así como en otros muchos lugares. Los monjes instalados en San Benito de Valladolid extendieron pronto su acción sobre otros monasterios castellanos, que fueron agrupados en una congregación dirigida por el monasterio vallisoletano. De él partiría la reforma efectuada en la época de los Reyes Católicos que la harían extensiva al monasterio catalán de Montserrat por obra del prior de Valladolid García Jiménez de Cisneros. La centralización vallisoletana no sólo serviría para dar mayor fuerza a los monasterios sino que también sería un elemento más dentro de la unificación emprendida por Isabel y Fernando.
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En el ámbito doméstico, Gaudí continúa experimentando una transformación que no había cesado desde el Palacio Güell. Su libertad creadora le permite partir de cualquier estilo pretérito para variarlo e imponer su estética personal. En la Casa Calvet (1898-1900; c/ Casp, 48, Barcelona), se adapta a la manzana propia del Ensanche y al programa de necesidades demandado por la clase burguesa asentada en el mismo. Su sentido racionalista le lleva a ventilar prácticamente todas las habitaciones mediante una distribución espacial en planta de rigurosa simetría y recurriendo a pequeños patios interiores, además del de manzana, dada la profundidad del solar entre medianeras. Parte del estilo barroco y rococó en elementos corno el doble piñón de remate en fachada o las columnas salomónicas del portal; pero su sentido modernista le conduce a transformar cualquier vocabulario historicista y a cuidar hasta los últimos utensilios (columnas abstractas, mirillas y tiradores, mobiliario integrado, motivos cerámicos en torbellino naturalista). En la unifamiliar Casa Figueras o Bellesguard (1900-1902; c/ Bellesguard, 16, Barcelona), Gaudí reinterpreta un persistente neogótico como homenaje testimonial a Martín I y a su palacio de recreo desaparecido en aquel lugar (gabletes, parteluces o maineles, almenas, esbelta aguja de coronación, etc.), pero simultáneamente introduce bajo estos detalles epidérmicos todo un repertorio novedoso de soluciones estructurales y espaciales (prefabricación en los bloques de piedra, corredor de azotea luego desarrollado por Le Corbusier, pilares fungiformes o arborescentes y arcos diafragmáticos en desvanes que remiten a la Naturaleza). Su valoración del concepto de gruta es creciente. Ya en la Casa Batlló (1904-1906; Paseo de Gràcia, 43, Barcelona. Colaboradores: Joan Rubió, Domènec Sugrañes, Josep María Jujol; Josep Bayó, constructor; Josep Llimona, Carles Mani, Joan Matamala, escultores), aun tratándose de la reforma en profundidad de un edificio anterior construido por Lluís Sala en 1877, Gaudí alcanza la plenitud de su originalidad y crea una obra cumbre en la Historia de la Arquitectura. Aquí ya no hay referencia alguna al lenguaje de otros arquitectos, se impone el más directo de la Naturaleza moldeado con su fantasía. La fachada se ondula corno un mar rizado que salpica espumas iridiscentes; la luz se gradúa en la vertical mediante distintas aberturas, desde los grandes huecos bajos cartilaginosos hasta los balcones-antifaz que evocan animales marinos y las simples ventanas; la obra entera, tratada corno una escultura, se presenta tridimensional, viva (piel-carne-hueso) y en permanente metamorfosis, mezclando imágenes como en un sueño ("De la beauté terrifiante et comestible de l' architecture Modern Style", Salvador Dalí. "Minotaure". N° 3-4. 1933), de las cavernas óseas que regurgitan burbujas de colores en sus membranas vítreas al espinazo-desván abatido con la Cruz en una azotea fantástica (¿San Jorge y el Dragón?). Pero este estado de devenir no es sino la pulsión a exterior de un flujo interior visceral y orgánico. Gaudí, aunque estuvo condicionado por la tradicional estructura a base de muros de carga y viguería de madera, con su reforzamiento y un forjado de varios tableros tabicados, logró insuflar una corriente que late en el hogar y en apéndices-muebles consustanciales, ondula muros y puertas, origina vórtices y escapa por simas. Estos espacios celulares, que se nutren de patios con luz graduada según se aclara la cerámica-piel hacia el fondo, se desarrollarán con nueva estructura en la Casa Milá ó La Pedrera (1906-1910; Paseo de Gràcia-Provença, Barcelona. Colaboradores: Jaume Bayó, Josep Canaleta, Josep María Jujol, Joan Rubió, Domènec Sugrañes, entre otros; Josep Bayó, constructor). Desde las grutas de Capadocia hasta los cenobios guanches, pasando por las más próximas montañas mallorquinas de Pareis, sierras de Sant Feliu de Codines y Prades o Montserrat, la Naturaleza ha ofrecido esta imagen de Gaudí para su casa. No tanto un acuario naturalista corno en la Casa Batlló, sino una montaña erosionada y de cumbres nevadas que habría de servir de inmenso pedestal a la Virgen del Rosario y arcángeles san Gabriel y san Miguel (grupo escultórico de Carles Mani en honor a Rosario, la mujer del promotor Pere Milà, no fundido ni colocado para serio disgusto de Gaudí al no concebir nunca concluida su obra). Pero sus innovaciones puramente técnicas y estéticas son demasiado importantes. Ni el también heterodoxo Borromini, ni su seguidor Guarino habíar ondulado igual el muro en pleno Barroco, no escapando como él tan descaradamente a la tratadística tradicional en soportes, alzados o cuadratura de ven tanas ("La línea recta no se encuentra en la naturaleza", solía decir a su amigo Bergós). Son en realidad dos casas de vecindad unidas en fachada por la ondulación continua, que nutren además sus espacios celulares de aire o luz mediante dos grandes y graduados patios-pulmones. Gaudí llega incluso a superar en este caso la perfecta ecuación modernista estructura = función = ornamento, pues vertebra su obra con una estructura mixta de apoyo metálico que le permite, por otra parte, variar las plantas superpuestas rozando el concepto moderno de planta libre, al tiempo que logra una deseada fachada autoportante con el fin de perforarla a placer. Esta no sostiene los pisos sino que engancha sus premodeladas piezas pétreas -montadas in situ y con distintas calidades de piedra según la resistencia (Garraf, Vilafranca)- a vigas metálicas onduladas unidas a la estructura. Es la innovación técnica al servicio de una idea poética; porque ésta habrá de prevalecer ya desde el exterior al recorrer con la mirada este pedestal por el que pasa el viento y sorprender nos con esa legión de seres antropomórficos que nos observan desde la azotea, la imagen expresionista/surrealista más inquietante. El gran proyecto de su vida, inconcluso: la Cripta de la Colonia Güell y el Templo de la Sagrada Familia. Sin embargo, el campo de investigación del Gaudí pleno va a estar entre estas dos obras de lenta realización e inacabadas, junto con la concepción del no realizado y ya comentado Proyecto para Tánger. La Cripta de la Colonia Güell (1898/1908-1914-; c/ Reixac s/n, Santa Coloma de Cervelló, Barcelona. Colaboradores: Francesc Berenguer, Josep M. Jujol, Joan Rubió), debía formar parte de una iglesia no realizada e integrada en una pionera Colonia residencial para obreros promovida por Eusebi Güell. Entendida como un pequeño laboratorio experimental, Gaudí parte de una planta armoniosa aunque de forma ovoide irregular (de dimensiones reducidas a 25 x 63 m). Pero como quiera que deseaba superar todo sistema constructivo histórico, colocaba ésta en el techo para calcular los esfuerzos o descargas de las futuras cubiertas mediante lo que él llamaba un sistema estereostático; es decir, conjuntos de polígonos funiculares definidos por cordeles pendientes de la planta dibujada y con pequeños sacos rellenos de pesos proporcionales a las cargas que habría de soportar en realidad la obra. Dándole la vuelta a este artefacto se obtendría el alzado de cripta e iglesia, repartiéndose las descargas de cubiertas por todo soporte que Gaudí inclinaría adecuadamente e incluso variaría en diámetro o calidad material para absorberlas mejor. Sin embargo, esta solución estructural, aun ajena al plano de regla y cartabón, no debía manifestarse en el aspecto formal de la obra ("La funículas son medios científicos de comprobación que se utilizan cuando es necesario, pero es vano pretender que una cosa científica nos dé formas artísticas", solía decir a Bergós). Igual sucede con la cubierta del atrio porticado, donde ensaya lo que él llamaba planoide o bóvedas tabicadas nervadas que se generan por paraboloides hiperbólicos (estructurs geométricas regladas para facilitar la construcción y ya presentes en los puentes del Parque Güell). Ahí interviene entonces su voluntad organicista y naturalista al materializar la obra en alianza con la Naturaleza: piedra bruta y ladrillo recocho de textura más tosca para muros; agujas inservibles de las máquinas textiles de Güell para rejas-telarañas en huecos informes; enlace visual de los soportes pétreos inclinados con los árboles exteriores torcidos por el viento; valoración del concepto de gruta. Sin olvidar una graduación cromática simbólica en el alzado (de la oscura cripta a la azul celeste iglesia). Todas estas soluciones estructurales se van trasvasando a la cubierta alabeada de las Escuelas de la Sagrada Familia (1909) ya todo el adjunto Templo de la Sagrada Familia (1883-1926; c/ Marina, 253, Barcelona. Colaboradores: Francesc Berenguer, Josep María Jujol, Joan Rubió, Domenec Sugrañes, Jaume Busquets, Carles Maní, Joan Matamala, escultores), su otro gran laboratorio experimental durante muchos años. Promovido por el librero Josep María Bocabella (fundador en 1866 de la Asociación Espiritual de Devotos de San José, con revista portavoz "El Propagador de la Devoción de San José", "Templo" a partir de 1948), es exponente claro del resurgir catolicista en la época. Debía dedicarse a Jesús, María y José, comenzándose las obras en 1882 a cargo del arquitecto diocesano Francesc de P. del Villar Lozano. Tras la renuncia de éste, la declinación y propuesta ya referida de Joan Martorell, Gaudí asume el encargo en noviembre de 1883 (oficialmente, en marzo de 1884). Entra de nuevo con pie forzado, pues el edificio presentaba ya una cripta neogótica corriente. Pero Gaudí -que se dedicará a la obra en cuerpo y alma, trasladándose incluso a vivir allí durante sus últimos días-, provoca una gran transformación dado su carácter. Supera la opresiva tectónica románica y la fragmentaria gótica. Tradicionalmente, las descargas tanto verticales como horizontales de la bóveda recaían en robustos pilares o en gruesos muros y después e esbeltos soportes nervados o en airosos arbotantes hasta contrafuertes. Ahora, Gaudí experimenta con la bóveda hiperbólica, a su juicio infinitamente más fluida y espiritual, absorbiendo sus empujes medianas de descargas naturalmente inclinadas a conveniencia (soportes). Pero siempre con el fin de recrear un espeso e íntimo bosque naturalista. Para ello parte de una organización espacial en una condicionada planta de cruz latina y cinco naves con girola, según un repertorio litúrgico que en última instancia se fundamenta en la "Biblia", asignando a cada elemento un valor simbólico específico: tres fachadas -Nacimiento, Pasión y Gloria- a tres orientaciones -Naciente, Poniente y Mediodía-; tres puertas de entrada, a Fe, Esperanza y Caridad; cuatro torre por tres fachadas, a los doce apóstoles; torre sobre el ábside (140 m), a la Virgen; torre sobre cimborrio (170 m) rodeada de cuatro menores con el Tetramorfos, a Jesucristo; más un sin fin de elementos orgánicos de la Naturaleza que se esparcen, trepan emergen de la materia, como animales diversos o plantas de Tierra Santa. Gaudí tan sólo pudo ver acabad una torre, fachada del Nacimiento, de todo este personal poema místico de espaldas a la realidad de algunas vanguardias europeas -frustración prevista por él mismo dada su grandiosidad y financiación a base de donativos particulares-; pero comparando su obra con la también emblemática y neogótica Catedral de la Almudena (1881-1883) en Madrid, proyecto del notable pero menos innovador Francisco de Cubas, la grandeza de Gaudí reside en haber sabido sobresalir por encima de su tiempo, en crear. No obstante, su introversión, las vanguardias se cuidaron de respetarle con el tiempo (incluido el G.A.T.E.P.A.C.), pues el arte moderno no discurría unidireccionalmente, como tampoco la obra gaudiana se entiende del todo con un análisis exclusivamente partidista, ideológico o religioso.
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El ataque a la fortificada isla de Pantelaria, considerada por los italianos prácticamente inexpugnable, constituyó el prólogo al desembarco en Sicilia. Este enclave disponía de todos los medios -físicos, humanos y materiales- suficientes para enfrentarse a un ataque en toda regla lanzado en contra suya. Cuatrocientos veinte oficiales y once mil soldados constituían su guarnición, apoyados en un estimable conjunto armamentístico que comprendía cañones de costa, de campaña, antiaéreos y ametralladoras pesadas. Además, se encontraban en la isla unos dos centenares de alemanes que actuaban en los servicios de radiotelegrafía y localización aérea.El día nueve de junio se inició, pues, el ataque contra esta verdadera llave de paso hacia Sicilia. Un fuerte bombardeo aéreo fue apoyado también con la acción de la artillería naval. En las siguientes horas, el lanzamiento de panfletos que invitaban a la rendición se complementó con el de las bombas. Estas no causarían muchos desperfectos en ningún caso, pero doblegaron la moral de resistencia de la guarnición. Mientras tanto, el reducido contingente alemán allí establecido evacuó la isla.El 11, el almirante Pavesi, supremo jefe militar, comunicó a sus superiores que todas las posibilidades se hallaban agotadas, por lo que se imponía la rendición. Mussolini se vio obligado a aceptar la realidad de los hechos y, de esta forma, a las 11,30 horas de aquel mismo día el primer espacio de territorio italiano era ocupado por las fuerzas aliadas. El 12, las pequeñas islas de Lampedusa y Linosa, desprovistas de medios de defensa, se rindieron ante sus atacantes, tras haber sido sometidas a unos bombardeos previos.Los objetivos de las fuerzas atacantes eran complementarios sobre el territorio de Sicilia, a partir de la actuación del XV Grupo de ejércitos comandado por el general Alexander. Así, los generales británicos Montgomery, Leese y Dempsey dirigirían su acción sobre la zona oriental, en dirección a la ciudad de Messina. De forma paralela, los generales norteamericanos Patton y Bradley partirían del centro de la costa sur para dirigirse hacia Palermo, la capital. Los puertos de Siracusa y Augusta, junto con los aeródromos de Catania, eran los objetivos principales de los primeros; para los segundos, las ciudades de Gela y Licata constituían las iniciales bases de desembarco y estabilización.La operación invasora se había preparado para el día 10 de julio, pero ya la víspera los aliados comenzaron a lanzar bombardeos sobre varias localidades y, con ánimo de confundir a sus adversarios, arrojaron centenares de maniquíes que simulaban ser paracaidistas. Sin embargo este prólogo aéreo no obtendría los resultados previstos, ya que la inadecuada actuación de los pilotos vendría a unirse a las malas condiciones atmosféricas imperantes en perjuicio final del efecto de la acción. Así, los paracaidistas no fueron lanzados en su mayor parte en las zonas previstas, lo que inutilizaría su actividad con respecto a los objetivos perseguidos.A nadie sorprendió el desembarco del 10 de julio. La observación aérea del Eje había detectado las escuadras y largos convoyes aliados. Pero sí fue una sorpresa el punto de desembarco: el sur de la isla, entre Cassibile y Licata: un litoral de 180 kilómetros defendido tan sólo por la 206 división y la 18.? brigada costera.La artillería naval barrió pronto las defensas del litoral y la escasa guarnición de tan larga línea, sin apoyo de artillería ni blindados, fue arrollada por las fuerzas de desembarco, más numerosas y bien cubiertas por el fuego de sus buques.El contraataque germano-italiano con divisiones blindadas rechazó a los norteamericanos hasta la costa, pero sufrieron muchas pérdidas por la acción de los cañones de la escuadra y hubieron de retirarse. Mientras tanto, en el sureste de la isla, Montgomery ocupaba casi sin resistencia Siracusa y Augusta.La lucha incrementó su dureza en el interior de la isla, donde la protección de la escuadra se perdía. Con todo, el 14 de julio enlazaban el 7.° Ejército norteamericano y el 8.° británico en la zona de Ragusa, con lo que su cabeza de puente podía darse por absolutamente consolidada.Comenzó entonces la carrera hacia Messina, intentando el copo de las tropas del Eje en la isla. Montgomery espoleó a su 8.° Ejército para abrirse paso por la carretera del litoral oriental, pero conforme avanzaban los días la resistencia se hizo más encarnizada y el progreso británico concluyó ante Siracusa.Pero en esas fechas ya eran los alemanes quienes dirigían la defensa de la isla y el general Kesselring metió en ella dos regimientos de paracaidistas y una división blindada más. Patton con su 7.° Ejército pudo progresar con gran rapidez por la costa occidental, tomando Palermo el 22 de julio, mientras cortaba en dos direcciones el interior de la isla, dispuesto con su habitual agresividad a ganarle a Montgomery en su carrera hacia Messina, llave del continente. No pudo conseguirlo: le salieron al paso las fuerzas alemanas, mandadas por el general Hube, y le frenaron en seco junto a San Stefano.Las tropas del Eje formaron una fuerte línea apoyada en el volcán Etna y sus estribaciones, cerrando a los aliados el acceso al triángulo noreste de Sicilia. Resistieron en ella cómodamente hasta comienzos de agosto, pero su situación se degradó con el paso de los días: nuevos desembarcos angloamericanos habían metido en la isla un total de 11 divisiones y la puesta en servicio de los aeropuertos de Comiso y Ragusa daban a los aliados un completo dominio del aire.Los alemanes dispusieron, pues, la retirada. Concentraron en el estrecho de Messina cuanta artillería antiaérea pudieron reunir y en los aeropuertos del sur de Italia lo mejor de su aviación. Con ese paraguas, Hube logró replegarse lentamente hacia la península italiana y trasladar a ella dos tercios de sus efectivos. En la madrugada del 17 de agosto, los últimos alemanes evacuaban Messina y sólo algunos grupos de retaguardia combatieron algunas horas más para retrasar el avance aliado. A las 10 de la mañana, los angloamericanos penetraban en las calles de la ciudad.Según datos del comandante en jefe de la operación, general Alexander, los aliados capturaron en Sicilia 132.000 prisioneros -italianos en su mayoría- con 260 carros de combate y medio millar de cañones. Los muertos del Eje sumaban 8.603 (4.278 italianos y 4.725 alemanes). Las bajas aliadas pueden considerarse muy moderadas: 7.541 (de ellos 4.299 eran muertos).Era, pues una gran victoria, pero quedó en el alto mando aliado un regusto amargo: no fueron capaces de impedir que embarcaran hacia el continente unos 100.000 hombres (60.000 italianos y 40.000 alemanes) con más de 300 tanques y un millar de cañones.El papel de la marina italiana estuvo en consonancia con su trayectoria en el conflicto. No intervino la flota de superficie, falta como siempre de apoyo aéreo y de coraje; pero sí sus submarinos, que lograron averiar gravemente un crucero y un portaaviones y hundir 6 mercantes de los convoyes aliados, pagando el fuerte precio de 8 sumergibles.
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La revolución de los transportes y la generalización de las ideas librecambistas -fenómenos que ya han sido aludidos- permitieron una expansión del comercio a la vez que una relativa universalización de los mercados. El papel determinante correspondió, desde luego, a Europa, cuyas exportaciones se cuadruplicaron en los veinte años que siguieron a 1850 y, dentro de Europa, al Reino Unido que, a la altura de 1870, protagonizaba la cuarta parte del comercio europeo. Junto al Reino Unido, las exportaciones alemanas experimentaron los mayores índices de crecimiento durante los años sesenta y, desde los años setenta, habían desplazado a Francia del segundo lugar entre los países exportadores europeos.Por otra parte, la especialización de la producción regional permitió también la diversificación de las exportaciones. A las exportaciones de cereales desde las regiones del sur de Rusia y, más tarde, desde el continente americano, habría que añadir las exportaciones de vinos franceses (que se multiplican por cuatro durante los años sesenta) o las exportaciones de productos daneses de granja hacia el Reino Unido.Por otro lado comienzan a tomar importancia, desde estos años, las inversiones extranjeras que buscan altos rendimientos, después que la construcción del ferrocarril hubiese comenzado a dar señales de saturación. El comercio invisible (en el que las inversiones extranjeras forman un importante capítulo, junto con los seguros y los fletes) permitió que la balanza de pagos británica arrojara un permanente saldo positivo, hasta bien entrado el siglo XX. La creación, en 1867, de bancos ingleses en Hong-Kong y Shanghai es buena muestra del interés de esas inversiones.
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A comienzos del siglo XX, la neutralidad no era una decisión política ni una actitud moral, sino la adecuación de un Estado a sus posibilidades reales. Suponía un reconocimiento de impotencia o de debilidad de recursos, porque la renuncia a la guerra como instrumento de política internacional era depresivo para el honor nacional y no se concebía más que en potencias secundarias que dependían para conservarla de la benevolencia de las grandes. El estallido de la Primera Guerra Mundial cambió esta valoración e inició la consolidación de un sistema de antagonismos que rebasaba consideraciones estrictamente políticas.Siguieron existiendo países, e incluso áreas, no implicados en los problemas en litigio. Pero la propaganda y la simplificación maniquea de la guerra hizo más difícil la no participación ideológica de los neutrales, hasta el punto que la misma doctrina jurídica de la guerra empezó a admitir dos formas de neutralidad: una estricta, identificada no sólo con la no intervención, sino también con la imparcialidad y la indiferencia, y otra condicionada, igualmente no beligerante, pero compatible con manifestaciones de simpatía y apoyo moral y material.Los esfuerzos de la Sociedad de Naciones por proteger los derechos de los neutrales fracasaron y no esclarecieron ambas posturas, de forma que al comenzar el nuevo conflicto la primera acepción se vio condenada a desaparecer y se impuso un nuevo modelo de neutralidad, limitada por compromisos políticos, económicos e incluso militares.Así pues, lo más característico durante la Segunda Guerra Mundial fue la progresiva identificación desde el punto de vista práctico de dos actitudes, hasta entonces bien diferenciadas: la del neutral y la del aliado no beligerante, es decir, la del que no ocultaba su simpatía ni su apoyo a uno de los bandos, pero no intervenía en las hostilidades.Otro aspecto no menos significativo fue el de los constantes ataques a la neutralidad. Estos ataques sólo tenían sentido en el contexto de guerra económica en que se desarrollaban los acontecimientos, hasta el punto de que el mantenimiento o la pérdida de esta situación dependía siempre de lo imperioso de las necesidades. Esto pudo comprobarse ya en la primera fase del conflicto, durante el bloqueo en que, tanto directamente, mediante convenios comerciales con neutrales, como indirectamente, a través de la intercepción o la disuasión, se establecieron serias cortapisas a la neutralidad comercial.Fue sobre todo a partir de diciembre de 1941 cuando estas presiones cobraron especial significación, porque el control económico del neutral se convirtió en un verdadero objetivo de guerra.En Europa, donde el problema se redujo a controlar a seis pequeñas potencias, Turquía, España, Portugal, Suiza, Suecia e Irlanda, se recurrió a la llamada "política de ayuda condicional", cuyo objetivo era independizar económicamente a estos Estados del Eje, y a la "prioridad", es decir, a la compra de mercancías neutrales para impedir su uso por el enemigo, fórmulas ambas escasamente desarrolladas con anterioridad.En América, la política de arreglos triangulares llevada a cabo por Estados Unidos con los países iberoamericanos permitió, bajo el pretexto del panamericanismo, inclinar abiertamente este continente hacia los aliados, a pesar de que Argentina y Chile se negaron siempre a la ruptura de relaciones diplomáticas con el Eje.El resultado fue que en 1944, y como consecuencia de las presiones a que ambas partes les sometieron, ya no hubo países neutrales desde el punto de vista económico. El cambio favoreció indudablemente a los aliados, aunque es cierto que algunos países sólo pudieron ser obligados a prestar su contribución económica a la derrota de Alemania, cuando tal derrota parecía claramente inevitable.
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De modo progresivo, el centro de gravedad de la ciudad de Roma se fue trasladando desde la plaza Navona a la Colonna para terminar en la plaza de Spagna. Hacia el último cuarto del Seicento, pero en especial durante la primera mitad del siglo XVIII, empezaría a afirmarse una interpretación burguesa del ambiente urbano, que respondía a nuevas exigencias de estructura social y de infraestructura pública, y que superaría en grandilocuencia triunfalista al Seicento. Por eso, quizá, las soluciones barrocas más escenográficas, ilusionistas e intimistas, se darían entonces, durante las primeras décadas del Settecento con el destruido puerto de Ripetta (de A. Specchi, 1703-05), la escalinata de la plaza de Spagna a Trinitá dei Monti (de A. Specchi y F. De Sanctis, 1723-26), la placita de Sant-Ignazio (de F. Raguzzini, 1726-28) y la fuente de Trevi (de N. Salvi, 1732-62).Sin exagerar el valor del plan sixtino, ni tampoco su importancia o su novedad, es evidente que tanto por su complejidad como por su rapidez de ejecución, además de por la amplitud de su implantación, no sólo se erigió en ejemplo de renovación urbanística para las grandes ciudades de Europa, sino que fue determinante respecto a la resolución de los problemas de la arquitectura posterior, y aun del resto de las artes. Y es que el proyecto sixtino está, por su misma envergadura, en la base de las diversas soluciones dadas a partir de entonces, desde las intervenciones de alta profesionalidad de Maderno, pasando por las modélicas actuaciones de Bernini y Borromini, que desde Roma proclaman sus manifiestos del Barroco, y siguiendo por C. Fontana que prepara el advenimiento del barroco clasicista, hasta llegar a la arquitectura de los iluministas y neoclásicos.Pero, además, no puede olvidarse que el proyecto sixtino también actuó como factor desencadenante y potenciador de las empresas decorativas en los mismos ámbitos urbanos y, sobremanera, en iglesias y palacios, construidos o remozados a partir de entonces, aumentando con ello la demanda no sólo de arquitectos e ingenieros, sino también de pintores, escultores, estucadores, grabadores, etc. La movilización que se produjo de artistas y artesanos, en solitario o asociados, bajo la coordinación de un maestro, para afrontar alguna de las obras en marcha, se vio favorecida, además, por la inminencia de la celebración del año jubilar de 1600, que incrementó, hasta límites que sobrepasan la sola fenomenología del fervor religioso, la comisión de obras de enriquecimiento y decoración.Roma se convirtió en un vivaz y variopinto hervidero de personas, en el que concurrieron artistas no exclusivamente italianos, sino también extranjeros. Allí, a caballo de los siglos XVI y XVII, confluyeron todas las tendencias posibles, desde las más retardatarias y vulgarizadoras hasta las más novedosas y experimentales. Sólo en Roma, pues, era posible la renovación artística. Y así fue. Lo curioso es que fue lenta y tardía en la arquitectura y la escultura, mientras que rápida y temprana, sensacional, lo fue en la pintura.