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monumento
Dentro de los temas monográficos de la Exposición se encontraba el deporte. De todas las infraestructuras construidas dentro de este apartado merece especial mención el Estadio Olímpico. Proyectado y construido por Pere Domènech i Roura desde 1928. Se trataba de un gran estadio con un aforo para 62.000 espectadores, que lo convertían en el estadio más grande de Europa de su época, eso sí, después del estadio de Wembley, en Inglaterra. Aun cuando sus instalaciones eran válidas para la práctica de algunos deportes, el edificio se construyó demasiado deprisa y primando los aspectos económicos sobre los cualitativos. Las graderías, con muy poca pendiente, tenían un acceso muy cómodo en detrimento de una buena visibilidad para los espectadores. La puerta de la Maratón, quizá el elemento más destacable del conjunto, tiene unas excelentes esculturas ecuestres nacidas de la mano del escultor Pau Gargallo. La fachada principal, a pesar de ser monumental, no llega a tener una gran calidad estética. Con motivo de la celebración de las Olimpiadas de Barcelona de 1992, el edificio fue rescatado de la ruina casi total en la que se encontraba. Los arquitectos Vittorio Gregotti, Federico Correa, Alfonso Milá, Joan Margarit y Carles Buxadé, lo restauraron, conservando únicamente las fachadas y la puerta de la Maratón, solucionando los problemas de visibilidad para los espectadores y de práctica de algunos deportes. Fue el edifico y centro principal de los actos deportivos y de inauguración y clausura de las Olimpiadas de Barcelona de 1992.
monumento
El Estadio Panatenaico fue construido durante el gobierno de Licurgo, en el año 330 a.C. Estaba empotrado en un barranco y las terrazas excavadas en el suelo ofrecían asiento a los espectadores. Herodes Ático será el responsable de la construcción del nuevo estadio en el año 140 de nuestra era, realizado en mármol del Pentélico. En 1869 se realizaron las excavaciones que sacaron el estadio de nuevo a la luz, restaurándose para las Olimpiadas de 1896.
contexto
Convertida oficialmente al cristianismo ortodoxo en el 988 por Vladímir I (980-1015), Rusia quedó integrada en la órbita de la civilización bizantina. Organizó su iglesia bajo el mismo modelo y dependió en un primer momento de la jurisdicción del patriarca de Constantinopla. Un hecho de trascendentales consecuencias para el futuro cultural del mundo eslavo-oriental. Para explicar dicha conversión, acontecimiento clave de su historia, se han barajado diversos argumentos. Algunos de débil consistencia, como la labor realizado por eclesiásticos procedentes de Escandinavia, o la voluntad de Roma por extender hacia el este su labor evangelizadora, a través de una misión impulsada por la viuda del emperador Otón II. Desde luego, ambas hipótesis nos indican la complejidad del hecho. La primera crónica rusa, o "Crónica de Néstor", relata cómo el príncipe Vladímir-que había unido bajo su mando el eje Kiev-Nóvgorod- tras haber sido visitado por musulmanes del Volga, por judíos jázaros y por legaciones de germanos y griegos, decidió enviar diferentes embajadores a los distintos centros religiosos para que le informasen acerca de la verdad. Entre los informes de estos observadores, al príncipe le llamó la atención la descripción de las prácticas culturales y rica liturgia de los bizantinos, por su esplendor y belleza, inclinándose sin dudar por ella. De manera que, una vez efectuado su bautismo personal, instó a todo el pueblo de Kíev a que también abrazara la nueva fe en las aguas del río Dniéper. El bautismo de Vladímir y de su pueblo era la condición que el emperador de Bizancio le había impuesto para que pudiera casarse con su hermana Ana Porfirogénita. Una concesión que la nobilísima dinastía griega nunca había hecho, hasta entonces, a un monarca extranjero. La necesidad de ayuda militar en la larga y dura lucha que mantenían contra los búlgaros y contra las numerosas insurrecciones internas había permitido que Basilio II formulase tal promesa, en el momento en que Kíev le proporcionó un contingente de 6.000 hombres armados (varegos). Ahora bien, una vez pasado el peligro, y como la boda se fue retrasando, Vladímir invadió Jersón y las posesiones bizantinas en Crimea, consiguiendo que le enviaran la princesa en el verano del 989. Poco después, devolvería dichas conquistas a su antiguo dueño en prenda de amistad. Con esta unión, la dinastía de los Rurik alcanzó gran prestigio entre los monarcas europeos, pero mucho más decisivo que el enlace fue lo que llevaba aparejado: la aceptación del cristianismo ortodoxo. La cristianización del Estado de Kíev fue el comienzo de una nueva etapa para Rusia, que quedó sometida a la dirección espiritual y al desarrollo cultural de Bizancio. Para éste, fue un inmenso triunfo, pues extendía su influencia de forma insospechada, al tiempo que apaciguaba a su indómito vecino, cuya extensión sobrepasaba con creces la suya. A la difusión de la fe cristiana por todo el territorio ruso contribuyeron presbíteros griegos y búlgaros. Estos últimos jugaron un papel destacado en la introducción de la liturgia eslava y también en la eslavización de la minoría rectora, de origen normando, en un proceso parecido al ocurrido con anterioridad en Bulgaria. De forma que la iglesia rusa fue una copia de la ortodoxa en lo relativo al dogma, culto, derecho y organización. A estas notas, habría que añadir pronto su estatus de privilegio, ya que para los príncipes la cristianización representó, en buena medida, un vehículo de acción política al disponer de una jerarquía y unas instituciones eclesiásticas que los apoyaban en sus empresas. De ahí que a la Iglesia, además de los deberes propios, se le encomendaran ciertos asuntos de la vida jurídica y de la administración pública. Vladímir mandó construir un templo dedicado a Maria, madre de Dios, al que dotó con la décima parte de sus ingresos; aceptó al griego Anastasio como obispo de Kíev, y mantuvo estrechas relaciones con Constantinopla. Durante los últimos años de gobierno se dedicó a fortificar la frontera sudoriental de su reino, en peligro a causa de los ataques pechenegos, un nuevo pueblo de las estepas que había venido a llenar el vacío provocado por la imprudente destrucción del Estado jázaro. La obra de Vladímir I, en definitiva, puede considerarse como el triunfo de la unificación política y espiritual. Pero a su muerte, durante el periodo que transcurre entre 1015 y 1035, los enfrentamientos entre sus hijos amenazarían su labor. Las luchas fratricidas, salvo escasas excepciones, serán en adelante una característica dominante del primer Estado ruso. Otros rasgos distintivos serán la expansión hacia el nordeste y la creciente influencia de Bizancio. Hasta conseguir consolidarse en el trono, Yaroslav (1019-1054), uno de sus hijos, tendrá que sostener una serie de guerras contra sus numerosos hermanos, enfrentados a su vez entre sí. En relación con estas luchas, cuenta la tradición cómo dos de ellos, Boris y Gleb, fueron asesinados por su cruel hermano Sviatopolk. Víctimas piadosas e inocentes, pronto gozaron de gran devoción popular. Su canonización jugó un importante papel desde el ángulo político ya que "al ser inmolados por la paz", su sacrificio se convirtió en una especie de grito de conciencia para los demás príncipes, que en el futuro recurrirán a la lucha armada para defender sus derechos. Por otro lado, la guerra civil representó para Rusia una repetición de la historia de los varegos y de los príncipes paganos del siglo X, por cuanto Yaroslav sólo pudo triunfar con el apoyo masivo sueco. Efectivamente, al igual que su padre, también contrató guerreros escandinavos para luchar contra sus hermanos. Gracias a ellos consiguió el poder sobre todo el país en el año 1036, convirtiéndose en el único gobernante y en el príncipe más importante de este primer Estado ruso. Con el apoyo normando, siguiendo su antigua trayectoria, Yaroslav emprendería la última gran expedición contra Constantinopla en 1043. A partir de esta fecha, el enfrentamiento con el Imperio de Oriente tocará a su fin y el proceso de bizantinización de la Rusia de Kíev será cada vez más intenso. En este tiempo, Kíev había llegado a ser uno de los centros comerciales más importantes de Europa. Asimismo, la transformación se observa en que sus antiguas estructuras tribales han cedido el paso a los principados, que toman el nombre de sus respectivos centros urbanos. Los campesinos libres (smerdy) se han articulado en torno a los titulares de las tierras de cultivo. La aristocracia escandinava y eslava que integraba la comitiva del príncipe (druzhina) ha configurado el estamento nobiliario (boyardos). Este detenta el dominio rural y nutre los cuadros rectores. Los habitantes de las ciudades comienzan a desarrollar instituciones en los grandes centros, como la asamblea local (vietche), que colaboraría con el príncipe en las decisiones políticas importantes. El vietche se desarrollará especialmente en Nóvgorod. La Iglesia está organizada en siete diócesis. Cinco de ellas están situadas en Ucrania: Kíev, Vladímir-Volynski, Túrov, Chernígov y Belgorod; una al norte, en Nóvgorod y la séptima al nordeste, en Rostov. De ellas, Kíev se ha convertido en metropolitana, estableciendo un acuerdo con Bizancio por el que sus titulares griegos y rusos deben alternarse en la prelatura. El primer metropolitano ruso, elegido en 1051, seria Hilarión, autor del "Sermón sobre la Ley" y "Sermón sobre la Gracia". Obra que demuestra el importante grado de influencia de la cultura bizantina, adaptada a la lengua eslava. Yaroslav, apodado el Sabio, se preocupó extraordinariamente por el desarrollo cultural de su país. La política de construcciones al estilo bizantino queda reflejada con claridad en las catedrales de Kíev (1037) y Nóvgorod (1045). Iglesias que serian consagradas bajo la advocación de Santa Sofía, imitando a su modelo de Constantinopla. Este gran príncipe se preocupó también de fundar monasterios, entre los que destacamos el Monasterio de las Cuevas. Asimismo, impulsó la educación promoviendo la traducción de obras griegas al eslavo. A él, se atribuyen dos importantes obras de carácter jurídico: la denominada "Ordenación eclesiástica" y la "Rússkaia Pravda", primer código de Derecho ruso, elaborado bajo la atenta mirada de expertos bizantinos. De forma que, a nivel religioso y cultural, Rusia se preparaba para asumir su papel de heredera del Imperio bizantino, aunque a costa de su aislamiento del occidente europeo. Respecto a esta última afirmación, se ha especulado con el hecho de que los metropolitanos de Kíev, al ser indígenas desde mediados del siglo XI, recortaron sensiblemente la dependencia incondicional a Bizancio. Por otra parte, también se ha dicho que la conexión con los griegos no significó hostilidad hacia Occidente, al menos hasta bien avanzado el siglo XII. Es más, Yaroslav demostró con su política matrimonial que las relaciones con los Estados occidentales no se habían interrumpido y que, por el contrario, estaba muy interesado en que dichos contactos fueran más estrechos. En efecto, Yaroslav ejerció una intense política de acercamiento a Occidente, a través de su matrimonio y el de sus hijos. El desposó con la hija de Olaf de Suecia. Su hijo Iziaslav se unió a la hermana del rey polaco Casimiro I, emparentándose también otros miembros colaterales de ambas dinastías reinantes. Otros de sus hijos, Vsévolod, casó con una princesa bizantina. Intentó unir, aunque no lo consiguió, a su hija Ana con el futuro emperador Enrique III. Más tarde, Ana llegaría a ser la esposa de Enrique I de Francia. Otras hijas, igualmente, se sentaron en los tronos de Hungría y Noruega. Esta política matrimonial refleja sus ambiciosas aspiraciones, porque al entrar de lleno a formar parte de las familias reales europeas, aumentaba el prestigio del principado de Kíev de modo considerable. Junto a esta política de engrandecimiento de cara al exterior, Yaroslav frenó los avances de las tribus finesas y bálticas, fundando la ciudad de Iúriev, y efectuó, junto con los polacos, una campaña contra los lituanos. Este interés por el norte presagia, en gran medida, la ocupación de la Rusia meridional por otro gran pueblo estepario, los cumanos. Estos, como nueva potencia nómada, desalojarán a los pechenegos de las estepas y cerrarán definitivamente el mar Negro a los rusos. Para prevenir las clásicas y tradicionales rivalidades entre sus hijos, Yaroslav estableció un sistema de "sucesión lateral por antigüedad". Cada uno de sus herederos recibiría la dotación de un principado, que estaría bajo la preeminencia del primogénito, fijando el orden sucesorio, no de padre a hijo, sino de hermano mayor a hermano menor, que serían sustituidos por el primogénito de los sobrinos. A pesar del plan, el momento de esplendor para este primer Estado ruso había llegado a su fin. La muerte del gran príncipe, en 1054, marca el momento de la decadencia y desintegración posterior. Teóricamente, la primacía de Kíev continuó y el poder siguió concentrado en la familia de Yaroslav. Pero en la realidad, Kíev fue perdiendo significado y el poder llegó a estar tan dividido que desembocaría inexorablemente en interminables luchas internas.
fuente
En una guerra en la contienden alianzas entre países, ¿quién lleva la dirección de las operaciones? ¿cómo se coordinan los esfuerzos de los diferentes Ejércitos nacionales para lograr una mayor eficacia? Este problema, no muy bien resuelto durante la I Guerra Mundial, dará lugar, a partir de la entrada de los Estados Unidos en la II Guerra al lado del Reino Unido, a la creación, por parte de Churchill y Roosevelt, de la figura de los jefes de Estado Mayor combinado y, también, a la de los Estados Mayores combinados e integrados, específicos para cada teatro de operaciones. En un Estado Mayor combinado se hallan representadas las tres Armas de un Ejército, es decir, Tierra, Mar y Aire, y se encarga de dirigir y coordinar las operaciones, llamadas también combinadas, en las que intervienen estos tres elementos, haciendo de la coordinación de fuerzas su mayor virtud. De similar manera, un Estado Mayor integrado es un organismo interaliado creado con un fines y un ámbito de acción específico, en el que se prima la eficacia y la operatividad por encima de la nacionalidad de sus integrantes, no ateniéndose el reparto de poder a ningún sistema de cuotas. Quizás el ejemplo más característico de este sistema de organización aliado sea el dispuesto para el desembarco de Normandía, operación mayúscula que requirió de un inmenso despliegue de medios. En dicha operación, Eisenhower desempeñó el cargo de comandante en jefe en Europa Occidental de todas las fuerzas de tierra, mar y aire. A su cargo, como segundo, se encontraba el británico Tedder. El Cuartel general de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas se encontraba dirigido por el norteamericano Bedell-Smith, formando un Estado Mayor al mismo tiempo combinado e integrado. Por último, cada Oficina albergaba a oficiales de ambos países, sin duda ayudados por el hecho de compartir idioma. La fuerzas navales aliadas en Europa occidental eran comandadas por el británico Ramsey, mientras que Leigh-Mallory dirigía las operaciones tácticas aéreas.
contexto
A la muerte de Luis de Hungría surgieron disensiones a la hora de elegir un sucesor. Se formaron dos partidos en torno a las dos hijas del monarca fallecido: María, casada con Segismundo de Luxemburgo, y Eduvigis, prometida con Guillermo de Austria. La Confederación de Radom, que aglutinaba a la nobleza de la Gran Polonia, propuso otorgar la Corona a aquella de las dos princesas que garantizara el establecimiento de su residencia en Polonia. La Asamblea de Wislica, que reunió a la nobleza y a los representantes de las ciudades de la Pequeña Polonia, se adhirió a la citada propuesta. La facción que apoyaba a María terminó por perder el pulso y, así, Segismundo abandonó el país junto a sus tropas. Eduvigis (1384-1399) fue coronada en Cracovia el 15 de octubre de 1384, no sin antes ser anuladas las disposiciones de la Dieta de Sieradz, que había planteado la posibilidad de elegir como rey a un tercer candidato independiente, Ziemowit de Masovia. Eduvigis, forzada por las presiones de la alta nobleza, rompió el compromiso matrimonial con el príncipe Habsburgo. Los magnates (alta nobleza) consideraban más apetecible para Polonia un enlace con algún príncipe lituano: la alianza con Lituania, único enclave capaz de plantear batalla a los tártaros en Europa oriental, suponía la adhesión de nuevas fuerzas para enfrentarse a la Orden Teutónica y la apertura a los intereses polacos de nuevas regiones como el Mar Negro. En 1384 una embajada lituana solicitó la mano de la princesa en nombre del príncipe Jaguellón, hijo de Olegardo de Lituania. Polonia y Lituania llegaron a un acuerdo (Convenio de Krewo), mediante el cual Jaguellón, todavía pagano, se convertiría a la fe cristiana, se comprometería a recuperar los territorios irredentos y liberaría a los prisioneros polacos de las campañas de Casimiro III; a su vez, el Tesoro polaco pagaría a Guillermo de Austria en compensación 200.000 florines. De esta forma quedaron unidos a Polonia los territorios lituanos y rusos pertenecientes al príncipe Jaguellón (Lituania, Rusia Blanca, Rusia Negra, Polesia, Wolhynia y Podolia). Jaguellón de Lituania (1386-1434) se convirtió en rey de Polonia con el nombre de Ladislao II, tras la celebración de su bautismo, matrimonio y coronación en Cracovia entre los meses de febrero y marzo de 1386. Jaguellón y su dinastía condujeron a la Monarquía polaca a su periodo de máximo apogeo. La Orden Teutónica, encargada de la evangelización de Lituania por parte del Papado desde 1339, perdió parte de sus apoyos al convertirse el país al Cristianismo y quedar suprimido el culto pagano al dios Perun en 1387; numerosos príncipes locales del norte de Rusia y de la Rusia Roja, así como los hospadares de Moldavia (1387) y Valaquia (1389) y los voivodas de Besarabia (1396) y Transilvania, se reconocieron vasallos del rey de Polonia. Sin embargo, el primero de los Jaguellones tuvo que hacer frente a importantes problemas en la misma Lituania, país en el que convivían católicos, ortodoxos y paganos. Un primo segundo del nuevo rey, el príncipe de Grodno, Witoldo (1382-1430), se levantó en armas y reclamó sus derechos sobre el principado lituano. Tras la entrevista de Ostrow (1392), Witoldo se convirtió en gobernador de Lituania, pero la tregua entre los dos primos quedó rota al proclamarse el de Grodno gran príncipe en 1398. En Vilna (1401) se firmó un nuevo tratado, mediante el cual Witoldo se convertía en príncipe vitalicio y reconocía su condición de vasallo de Polonia. El acuerdo se consolidó con las disposiciones de la Asamblea de Radom del mismo año, en las que la nobleza polaca se comprometía a hacer partícipes a los lituanos de los asuntos relacionados con la Monarquía polaca. La unión de las fuerzas polacas y lituanas contra la Orden Teutónica ofreció al Reino de Polonia una gran oportunidad para iniciar una ofensiva final contra la misma. Witoldo ya había iniciado entre 1390 y 1392 una serie de campañas contra la Orden, que había respondido a los empujes lituanos con la belicosidad del gran maestre Ulrico de Jugingen. En 1409 se desataron los primeros enfrentamientos directos entre polacos y caballeros teutónicos, que fueron bloqueados gracias a la intervención y mediación de Wenceslao IV de Bohemia. Pese a todo, el 15 de julio de 1410 se produjo el choque de Tannenberg, en el que el maestre de la Orden encontró la muerte y los caballeros teutónicos fueron aplastados por las tropas polacas, apoyadas por husitas, rusos y tártaros. Tras el sitio polaco de Marienburg, principal sede de la Orden, los dos contendientes firmaron un armisticio en septiembre del mismo año, que desembocaría en la I Paz de Thorn (1411). La Orden renunció a Dobrin y Polonia obtuvo la libre posesión de Samogitia; también se fijaron las cuantías de los rescates de algunos caballeros alemanes prisioneros, como los duques de Stettin y Ols. El maestre Miguel Küchenmeister inició un tímido contraataque, que fue anulado con la firma de un nuevo armisticio en Strasburg (1414). Después de varios años de treguas, la guerra se reinició en 1422, tras el fracaso del arbitraje entre ambas partes de Segismundo de Luxemburgo. La victoria final fue para los polacos, que con la paz del lago Melno obtenían definitivamente el dominio sobre Samogitia. La unión con Lituania, confirmada por el Tratado de Horodlo (1413), trajo consigo una serie de problemas de carácter religioso. En 1415 el Sínodo de Nowohorodok promulgó la independencia de la Iglesia lituana ortodoxa, surgida en las comarcas orientales de Lituania que limitaban con los principados rusos y a la que pertenecían algunos miembros de la familia real, como el príncipe Skirgillo, gobernador de Lituania y hermano de Jaguellón. Sin embargo, el Concilio de Constanza propuso en 1418 la necesidad de someter esta institución a los dictados de Roma, a cambio del mantenimiento de su culto y liturgia particulares. Los católicos lituanos terminaron por acaparar el protagonismo político del país, a pesar de que el nuevo Tratado de Unión de Grodno (1432) equiparara los derechos políticos de cristianos ortodoxos y romanos. La actuación política del primero de los Jaguellones estuvo capitalizada por la concesión de nuevos privilegios a la alta nobleza. Los Privilegios de Czerwinsky (1422) y su cláusula "Neminem Captivabimus" aumentaron el poder de los magnates. Durante su reinado las ciudades, en las que predominaba la cultura germana, sufrieron un proceso de polinización de sus estructuras. En 1400 el antiguo Studium de Cracovia se transformó en universidad, bajo la rectoría del obispo de la ciudad, Zbigniew Olesnicki. Ladislao III (1434-1444) sucedió a su padre Jaguellón a la edad de diez años, por lo que sus primeros años de reinado estuvieron capitalizados por los dos regentes, Teczinski y Olesnicki. Al morir Alberto II de Hungría, el joven rey también ciñó la corona de San Esteban. Este nuevo compromiso le hizo embarcarse en la aventura cruzadista contra los turcos, que por aquel entonces amenazaban Hungría, perdiendo la vida en la batalla de Varna (1114). Tras un interregno de tres años, en los que la unión con Lituania estuvo a punto de desintegrarse, subió al trono polaco otro higo de Jaguellón, Casimiro IV Jaguellonczyk (1447-1492), cuya candidatura contó con la aprobación de las asambleas de Brzesc y Parczow. Sus primeros años de gobierno estuvieron marcados por el desarrollo de la guerra de los Trece Años (1454-1466) contra la debilitada Orden Teutónica. Polonia participó en la contienda como aliada de la Liga Prusiana, fundada en 1440 por los nobles y las ciudades prusianas. Esta había sido disuelta por el emperador Federico III en 1453 ante las presiones de los caballeros teutónicos, acontecimiento que provocó el estallido de la revuelta generalizada el 4 de febrero de 1454, capitaneada por Juan de Baysen. Tras la confirmación del auxilio polaco y la firma del Privilegio de Incorporación, mediante el cual los prusianos se adhieren a la unión polaco-lituana, Casimiro inició una ofensiva sobre Marienburg y Konitz. Para conseguir apoyos en la guerra, el rey tuvo que conceder una serie de privilegios a la nobleza (Privilegios de Zirkwitz y Nessau, 1454), que supusieron el triunfo de la baja nobleza y el recorte de las competencias reales. En 1455 estalló una revuelta anti-polaca en la ciudad de Konisberg, motivada por la fuerte presión fiscal de los agentes reales sobre la población prusiana. A partir de ese momento, Polonia participó en el conflicto a través de la entrega de subsidios a las ciudades prusianas. Tras la caída de Konitz, los contendientes firmaron la II Paz de Thorn, por la que Casimiro recibió los territorios de Kulma, Michelauer, Pomerelia, Marienburg, Elbing y Christburg; por su parte el gran maestre de la Orden, Luis de Erlichshausen, reconoció su condición de vasallo del rey de Polonia, aunque bajo la autoridad del Papa. Este tratado dio origen al llamado corredor polaco de Dantzig. Casimiro IV mantuvo también un pulso con el principado de Moscú por los territorios de la Pequeña Rusia, que finalizó con la victoria del príncipe Iván III (1462-1505) en la batalla del río Schelona (1471) y la definitiva expansión del Cristianismo ortodoxo en la región. Con Casimiro IV, Polonia entró definitivamente en el teatro político europeo. Así, su hijo mayor Ladislao fue elegido rey de Bohemia en 1471 y monarca de Hungría en 1490. Juan I Alberto (1492-1501) heredó de su padre Casimiro tan sólo los territorios polacos, ya que Lituania abandonó temporalmente la unión al elegir como gran príncipe a otro hijo del monarca fallecido, Alejandro. Durante su reinado trató de apoyarse en la "szlatcha" (baja nobleza) para gobernar el país. Fruto de dicha inquietud fue la promulgación del Estatuto de Petrikau (1496), que otorgaba a la pequeña aristocracia un mayor protagonismo en las asambleas generales (seymiki) y, a la vez, empeoraba la situación de campesinos y burgueses. El rey emprendió una campana de castigo contra el hospadar Esteban Bogdanowicht de Moldavia, que finalizó con la derrota de los polacos en las selvas de Bucovina (1497) y que facilitó la penetración turca en la región un año más tarde. Alejandro de Lituania (1501-1506) sucedió a su hermano y consiguió unir nuevamente Polonia y Lituania. Presionado por los magnates y por el desprestigio de sus derrotas ante los moscovitas, promulgó el Privilegio de Mielnik, que frenaba el ascenso de la baja nobleza; la Constitución de Radom (1505) y su cláusula "Nihil Novi" sellaron el triunfo de los grandes de Polonia. La preponderancia de la nobleza llegará hasta el extremo de que, durante el siglo XVI, el concepto de Estado sea expresado con la palabra "Panstwo", derivada de los términos "pan" (noble) y "pany" (alta nobleza). En 1.506 el rey murió en un ataque de epilepsia, dejando el trono en manos de su hermano menor Segismundo Stary (1506-1548). La vida económica polaca estuvo marcada durante los siglos bajomedievales por la importancia de la producción cerealista, comercializada por los mercaderes de la Hansa desde Polonia hacia los mercados de Flandes, Inglaterra y Francia. Otro importante recurso era la ganadería, capitalizada por la cría de bueyes, destinados al mercado internacional de Colonia. La población campesina sujeta a servidumbre vio empeorar su condición tras la firma de tratados como el de 1436, que garantizaba el trueque de siervos fugitivos entre los magnates polacos y los príncipes alemanes. En el campo polaco convivían los siervos con numerosos nobles empobrecidos, que mantenían el nombre del linaje, pese a ejercer humildes oficios o cultivar pequeñas parcelas de tierra. La actividad comercial no era un monopolio de la Hansa, ya que a las ferias de Lemberg y Cracovia se desplazaban mercaderes holandeses y en Dantzig los comerciantes ingleses traficaban con estaño, paños, sal, vinos, higos y uvas pasas. Desde Cracovia, los mercaderes florentinos, recaudadores del diezmo para la Curia pontificia de Aviñón, gestionaban las aduanas y las minas de sal del país.
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El siglo XVI fue una centuria clave para el Papado si tenemos en cuenta los graves acontecimientos que le iban a impactar y las difíciles circunstancias que tendría que afrontar, especialmente las motivadas por la ruptura protestante. No obstante, tras una fase crítica de desconcierto y debilidad, lograría salir adelante con renovadas fuerzas hasta alcanzar, desde la perspectiva de su poder temporal como titular de la soberanía del Estado pontificio, un claro auge en la segunda mitad del Quinientos. Si del primer Papa elegido ya iniciada la nueva andadura secular (Pío III en 1503) no se puede resaltar nada, dado su brevísimo mandato, el siguiente, por contra, no pasaría precisamente desapercibido, ya que por su personalidad y sus acciones de gobierno alcanzaría a ser una figura clave en los años de la primera década del siglo XVI, tanto en el marco de la política italiana como fuera de sus fronteras. Julián Della Rovere, el papa Julio II (1503-1513), fue un típico soberano belicoso, audaz e intrigante. Al igual que de sus predecesores inmediatos, casi nada podría resaltarse en él desde el punto de vista espiritual, como máximo pastor del rebaño de los fieles cristianos; sin embargo, si analizamos su mandato como monarca del Estado pontificio, su figura se destaca sobremanera. Supo consolidar de una forma bastante definitiva el poder temporal de la Santa Sede: controló de nuevo a los inquietos señores feudales que de continuo desobedecían la autoridad soberana del Pontífice; expulsó de su ámbito de poder al peligroso César Borja; recuperó Bolonia y Perusa, se apoderó de Ravena, que había sido tomada por Venecia, logrando incluso anexionarse las posesiones milanesas de Parma y Piacenza. El Estado de la Iglesia quedó así fortalecido territorialmente y robustecido por el autoritarismo papal. Julio II no dudó en empuñar personalmente la espada y en dirigir sus ejércitos, mostrándose públicamente en su faceta de Papa guerrero, osado y belicoso. Tampoco desperdició su capacidad de intrigar, cambiando de bando en las alianzas interestatales cuando la ocasión lo requería, como lo demostró al organizar la lucha contra Venecia atrayendo a su causa al rey francés para poco tiempo después aliarse con los venecianos contra los franceses, tan presentes aún en los acontecimientos italianos. Por esta rivalidad política, los últimos años del pontificado de Julio II estuvieron marcados por el tenso pulso que se planteó entre él y el monarca francés Luis XII. Éste, reanimando y utilizando en su propio beneficio las tesis conciliaristas, promovió en 1511 una asamblea eclesiástica en Pisa, contando con cardenales adictos, con el claro propósito de minar la autoridad papal y de contrarrestar la política exterior de la Santa Sede, que estaba resultando bastante perjudicial para la Corona gala. Julio II contraatacó de inmediato convocando a su vez otro Concilio general en Letrán (1512), donde reunió a la mayor parte de los prelados, dictándose a continuación fuertes penas de orden espiritual para castigo del rey francés y de sus partidarios. La victoria de la Monarquía papal resultó completa, gozando Julio II en el último año de su existencia de un amplio reconocimiento en Italia, al aparecer como abanderado de la lucha contra los bárbaros extranjeros. A ello se unió el merecido prestigio como mecenas que obtuvo por su apoyo a figuras tan sobresalientes como Bramante, Miguel Ángel y Rafael, por la creación del Museo Vaticano, o por ser el iniciador de la construcción de la basílica de San Pedro. Sin duda aluna fue una personalidad extraordinaria, más apta para la lucha política, para los conflictos bélicos y para el desarrollo de la cultura renacentista que para asumir la difícil y problemática tarea de ser la cabeza visible de la Cristiandad v de actuar en consecuencia en pro de una religiosidad auténtica y de una Iglesia menos corrompida. Como jefe espiritual resultó un total fracaso; como soberano temporal y protector de las artes, un triunfador.