No es muy habitual que Goya pinte escenas alegóricas, aunque sí realizó alguna a lo largo de su carrera. Su faceta más conocida como retratista hace que estas imágenes adquieran un mayor valor por su originalidad. Sobre un fondo nebuloso encontramos tres figuras: el Tiempo - con las alas desplegadas - nos trae a España a primer plano, mientras con su mano izquierda sujeta un reloj de arena con la ampolla superior llena para indicarnos que comienza una nueva era; España, vestida de blanco y con un pronunciado escote, porta en su mano derecha un pequeño libro - la Constitución de Cádiz del año 1812 - y en la izquierda un cetro, dando a entender la superioridad de la Carta Magna sobre el poder monárquico; en primer término aparece la Historia, desnuda al ser también la imagen de la Verdad, tomando nota del acontecimiento mientras pisa los antiguos textos legales de una época ya pasada. Goya nos muestra su carácter liberal de manera abierta, sin ningún tipo de tapujos, poniendo todas sus esperanzas en el Texto Constitucional que rompía con el Antiguo Régimen e inauguraba la España liberal. Desgraciadamente, Fernando VII no la aplicó y la famosa "Pepa" - llamada así porque la Constitución se promulgó el día 19 de marzo de 1812, festividad de San José - cayó en saco roto. Aunque la temática de la obra tenga tintes neoclásicos al emplear figuras alegóricas, el estilo al que recurre Goya es el característico de los años de la Guerra de la Independencia - véase las Majas al balcón -. En dicho estilo se observa un interesante contraste cromático, las pinceladas son muy rápidas sin preocuparse de los detalles y la luz empleada baña a las figuras produciendo una sensación atmosférica que recuerda a Velázquez. La forma de trabajar del aragonés está demostrando su peculiar evolución hacia un estilo totalmente personal, que tendrá escasos adeptos entre los miembros de la aristocracia, los cuales elegirán como nuevo retratista a Vicente López.
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Al morir Carlos II, el 1 de noviembre de 1700, la Monarquía hispánica seguía siendo, por su extensión, el mayor imperio colonial; las posesiones del último de los Habsburgo madrileños se extendían a lo largo de más de 12 millones de kilómetros cuadrados: en América, desde la frontera norte del Virreinato de Nueva España (actuales Estados del sudoeste de EE.UU.) hasta el estrecho de Magallanes; en el Pacífico, los archipiélagos de las Marianas, las Carolinas y las Filipinas, y en Europa, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Milanesado, Luxemburgo y los Países Bajos del sur. Pero la Monarquía que había heredado Carlos II en 1665 había perdido ya la condición de primera potencia europea y mundial, cediendo el testigo de la hegemonía continental a Luis XIV. Y las sucesivas derrotas ante Francia, desde 1668 hasta 1697, no hacían sino confirmarlo. Ahora bien, aunque España estaba todavía débil y empobrecida, se encontraba ya en un proceso de recuperación política, demográfica, cultural y económica iniciado en algunas regiones de la periferia peninsular en las dos últimas décadas del siglo; proceso que ayuda a explicar mejor la regeneración española del XVIII, tradicionalmente atribuida a la mera llegada de la nueva "dinastía borbónica reformista". El éxito a medio plazo de las durísimas medidas de política monetaria tomadas en Castilla en los años ochenta, la evolución positiva de las curvas de natalidad o la presencia de núcleos de estudiosos preocupados por hacer brotar en España la Ciencia moderna que estaba cambiando el panorama intelectual europeo, son alguna de las pruebas inequívocas de que se estaba produciendo un cambio de coyuntura y de que la "centuria de la decadencia" no duró esos cien años, pese a lo que se viene aseverando desde hace tres siglos por una historiografía que quiere ver cómo, desde la muerte de Felipe II (1598) hasta la llegada del primer Borbón en 1700, únicamente se suceden derrotas militares, crisis económicas y catástrofes demográficas en la malhadada España de los peyorativamente llamados "Austrias menores". Como resultado de la profunda revisión que en los últimos años se viene haciendo sobre el siglo XVII, en general, y sobre el siglo XVII español, en particular, hoy sabemos que también la España de Carlos II, al margen de la triste y lamentable figura del monarca, estaba atravesando una época de transformaciones económicas, demográficas y culturales, si bien la mayoría de sus contemporáneos no fueron conscientes de que el futuro que se les avecinaba era mucho más próspero que la dura realidad por la que estaban pasando. Precisamente esa distinta autopercepción del momento en que vivían positiva para un gran número de habitantes de la Corona de Aragón y negativa para muchos de los súbditos de la Corona de Castilla- contribuirá a explicar los porqués del alineamiento de unos y otros españoles en el bando austracista o en el borbónico durante la Guerra de Sucesión española. La experiencia de los últimos reinados -considerada nefasta por los castellanos y feliz por los aragoneses- y la realidad económica -una Corona de Castilla aún empobrecida frente a una Corona de Aragón que ya muestra perceptibles síntomas de recuperación-, junto con la pervivencia del secular odio catalán a Francia (por las luchas fronterizas y la competencia comercial entre países vecinos), son las razones que Domínguez Ortiz apunta para explicar el austracismo de muchos catalanes, valencianos, mallorquines y aragoneses y la fidelidad de la mayoría de los castellanos hacia el rey Borbón. Porque la extendida afirmación de que "desde el mismo momento de su llegada a España de Felipe V todos los catalano-aragoneses lucharon contra la nueva dinastía en defensa de sus fueros, en peligro de ser revocados por el centralismo borbónico", no puede ser mantenida hoy; si Felipe V juró los fueros, libertades y privilegios de Cataluña antes de partir a la guerra contra los austriacos en Italia, confiado en que no peligraba su trono en la Península que le había jurado fidelidad y recibido sin problemas en 1701, no hay razón para pensar que tenia decidido abolir los fueros de los reinos no castellanos de su Monarquía, como no abolió la peculiaridad foral de vascos y navarros tras la conclusión de la guerra. De hecho, hasta 1705 no se dieron levantamientos austracistas en la Península, azuzados e inducidos por la presencia de tropas anglo-austro-holandesas en los territorios levantinos. Por otro lado, frente a lo que había sucedido en 1640, en 1705-1714 no hubo una guerra de independencia. Cataluña creyó que combatía por España en una guerra civil. Y es preciso advertir que, como en toda contienda civil, en el conflicto que enfrentó a los partidarios de Felipe de Anjou, nieto del rey Luis XIV de Francia, con los de Carlos de Habsburgo, hijo del emperador Leopoldo de Austria, el deseo de que triunfe una de las facciones o, cuando ello es posible, la decisión de incorporarse activamente a las filas de uno u otro bando, vienen determinados la mayoría de las veces por motivaciones tan personales y subjetivas que cualquier generalización es necesariamente peligrosa o inexacta. Sabemos, por ejemplo, que hubo muchos catalanes partidarios de Felipe de Borbón y que no faltaron pueblos castellanos que lucharon a favor de Carlos de Austria. Y si bien se dieron casos en los que el pueblo seguía el ejemplo de sus autoridades y notables locales, no pocas veces en una misma comarca el pueblo llano era borbónico, mientras que la nobleza defendía la causa austracista. Tal vez porque alguno de los estamentos privilegiados deseaba el triunfo de un pretendiente, los pecheros se situaban en el bando contrario. Tampoco eran desinteresados los motivos que llevaron a ingleses, holandeses, portugueses o saboyanos a luchar en la alianza antiborbónica. No se trataba de restituir unos derechos sucesorios presuntamente conculcados, aunque se esgrimieran en alegato de cada postura argumentos jurídicos; cada país -como cada persona- defendía sus pretensiones diplomático-militares o sus intereses económico-sociales. Si la Guerra de Sucesión a la Corona de España en tanto que conflicto internacional terminó con las paces de Utrecht-Rastatt que veíamos anteriormente las consecuencias en España vienen marcadas por la aplicación de los Decretos de Nueva Planta que modificaron radicalmente el sistema político-administrativo español. De una Monarquía Hispánica de Reinos, entidad supranacional en la que, bajo los reyes de la Casa de Habsburgo, cada uno de sus territorios tenía sus propias cortes, monedas y leyes, se pasa a una Monarquía española borbónica que tendía -si bien es verdad que imperfectamente- hacia un centralismo uniformizador. Argumentando que los "Reynos de Aragón y de Valencia, y todos sus habitadores por el rebelión que cometieron, (habían) perdido todos los fueros y libertades que gozaban...", desde el 29 de junio de 1707 (fecha del primero de los Decretos de Nueva Planta, firmado por Felipe V dos meses después de la victoria de sus ejércitos en la crucial batalla de Almansa) se inicia el camino hacia la unificación: "Siendo Mi Voluntad que estos (fueros) se reduzcan a las leyes de Castilla y al uso, práctica y forma de gobierno que se tiene y se ha tenido en ella y en sus tribunales, sin diferencia alguna en nada..." Los reinos de la Corona de Aragón (Cataluña, Valencia, Aragón y Mallorca) acabarían por ver radicalmente alteradas sus instituciones de gobierno y su articulación dentro del conjunto de la nueva Monarquía borbónica. Se suprimía el Consejo de Aragón y sus funciones se atribuían al poderoso Consejo de Castilla, el único de los otrora decisivos organismos de la administración polisinodial de los Habsburgo que no perdía competencias sino que acrecentaba su poder en el nuevo organigrama político-administrativo de la España del siglo XVIII, caracterizado porque en él se potenciaban las instituciones unipersonales en detrimento de las colegiadas (los secretarios de Estado -precedentes de los actuales ministros- irán adquiriendo atribuciones que anteriormente correspondían a los multipersonales Consejos). También eran modificadas con un inequívoco sesgo centralizador numerosas instituciones de gobierno local y regional de los demás territorios españoles y del propio poder central: Intendentes, capitanes generales, etc. La excepción y la prueba, a la vez, de la imperfección, las limitaciones y contradicciones del absolutismo centralista- estuvo en la persistencia de la particularidad de Navarra y el País Vasco, que consiguieron preservar intactas sus libertades, leyes e instituciones de autogobierno pese a los deseos y presiones ejercidas desde el poder central durante todo el Antiguo Régimen. La fuerza que mostraron los españoles durante la Guerra de Sucesión sorprendió a unos europeos que ya habían enterrado definitivamente a España considerándola incapaz de volver a ocupar un papel relevante dentro de las potencias. El hecho de que Felipe V se asentase en el trono de Madrid con la ayuda de unos renovados y numerosos ejércitos españoles y lograse, con ello, triunfar parcialmente sobre la poderosa coalición antiborbónica y, más aún, el que la España de los años posteriores a 1713-1714 se convirtiera en lo que Gaston Zeller llamó el aguafiestas de Utrecht, demuestra que "no estaba (..) sobrada de recursos, pero tampoco tan falta de ellos que no pudiera hallarlos un gobierno enérgico" (Domínguez Ortiz). Por otra parte, la pérdida en Utrecht de todas las posesiones extrapeninsulares en Europa permite a España readaptar su política diplomático-militar y hacer compatibles, desde el realismo, sus recursos con sus fines. El esfuerzo por preservar unidos a la Corona territorios tan alejados logísticamente de la Península como los Países Bajos, Luxemburgo, el Franco-Condado o el Milanesado, había sido superior a los medios que la Monarquía hispánica podía poner en juego y desde los años centrales del siglo XVII al deterioro de la situación militar en los frentes europeos se unía el empobrecimiento castellano, incapaz de soportar dicho esfuerzo. Por eso, perdidos aquellos territorios, los nuevos gobernantes se vieron libres de la necesidad de mantenerlos a cualquier precio y pudieron dedicarse a reorganizar lo que quedaba de la Monarquía, que era muchísimo. Utrecht significó, también, el nacimiento oficial de España. Porque, "antes del siglo XVIII no existió una denominación para el conjunto de territorios que, enlazados por mera unión personal, obedecían a la rama española de la Casa de Austria (..). España era un término culto, de raigambre clásica, divulgado por el Renacimiento (..) ignorado casi por completo de la terminología oficial (..). España era una expresión geográfica sin contenido político..." Y desde Utrecht, "más chica que el Imperio, más grande que Castilla, España, la más excelsa de las creaciones de nuestro siglo XVIII, sale del estado de nebulosa y toma contornos sólidos y tangibles" (Domínguez Ortiz).
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Como ya dijera Alfonso X el Sabio: "España es segura e batida de castillos". Las continuas luchas que se produjeron durante los más de siete siglos que duró la Reconquista hicieron que en la Península Ibérica se construyeran numerosos castillos, fortalezas y sistemas defensivos. El castillo es una de las construcciones medievales más características. Es un lugar fuerte, cercado de murallas, baluartes, fosos y otras fortificaciones. Se trata de un edificio que obedece a necesidades defensivas, por lo que su arquitectura era, en un principio, puramente funcional. Con el paso del tiempo, el castillo abandona en parte su carácter militar para pasar a ser residencia de un noble, por lo que se convierte en un palacio y aparecen el gusto por la decoración y la estética. Habitualmente, los castillos eran construidos con unas características similares. Solían estar ubicados en un alto, para evitar los ataques del enemigo, y disponían de un foso y una barrera fortificada exterior. Además, sus muros eran de gran anchura y altura, rematados por almenas y matacanes. Las puertas, su parte más débil, se protegían por diferentes sistemas y, para disponer de agua durante los asedios, se construían aljibes en los que recoger el agua de lluvia. Finalmente, dentro del castillo se levantaba la Torre del Homenaje, el edificio donde residía el señor. Los castillos españoles suelen obedecer a un tipología común: son más bien pequeños, con torres almenadas, material constructivo visto y foso seco alrededor. En un primer momento, la mayoría de estos castillos eran de propiedad de los reyes, quienes cedían su gobierno a un alcaide. A lo largo de los siglos XII y XIII serán las órdenes militares las constructoras de fortalezas, especialmente en la zona de Castilla-La Mancha. En las siguientes centurias, los nobles se adueñan de los castillos, hasta que los Reyes Católicos acaben con las habituales revueltas nobiliarias de sus antecesores. La etapa musulmana deja en España un buen número de fortificaciones. Muchas de ellas fueron levantadas durante el emirato y el califato cordobés. El modelo a seguir son los campamentos romanos, castillos con plantas cuadradas y cubos rectangulares. También son interesantes las torres y atalayas defensivas que recorrían la mayor parte del terreno andalusí. Los alcázares de época taifa introducen importantes cambios, ya que los monarcas tienden al lujo y la ostentación. La Aljafería de Zaragoza es el modelo más interesante de esta etapa. Los primeros ejemplos de castillos cristianos que nos han llegado pertenecen a los siglos XI-XIII. Se trata de modelos muy funcionales, con plantas cuadradas o adaptadas a las tipologías de los terrenos en los que se alzan, con cubos cilíndricos en las esquinas y una potente torre principal de sección cuadrada. En estas fechas los castillos que se construyen abarcan las tierras de Castilla, León, Navarra, Aragón y Cataluña. Con el avance de la Reconquista, las órdenes militares pondrán en marcha en la región manchega un intenso programa constructivo para defender esta zona de las incursiones andalusíes. En estos momentos, la frontera es defendida por monjes-soldados, que tienen a su cargo tierras y sirvientes a los que protegen mediante sus poderosas fortalezas. El concepto de castillo sufre un importante cambio en los siglos XIV y XV. Ya no tiene una función defensiva tan intensa, por lo que se sitúan en poblaciones o en lugares poco escarpados. Los nobles son sus promotores y ponen de manifiesto su gusto por lo decorativo. Así, aparecen múltiples ventanas, elementos ornamentales como los escudos nobiliarios y el patio de armas se convierte en un patio porticado. Se trata de edificios de planta cuadrangular, con cubos en las esquinas y una gran torre del Homenaje, símbolo de poder señorial. El de Olite es un excelente ejemplo de este tipo de construcciones. Mandado construir por Carlos III el Noble a principios del siglo XIV, el castillo se divide en dos espacios, denominados Palacio Viejo y Palacio Nuevo. El de la Mota, en Medina del Campo, es otra buena muestra. Alfonso VIII lo reconstruyó y los Reyes Católicos procedieron a su renovación. La fortaleza consta de dos recintos, dominados por una magnífica Torre del Homenaje. Si el Renacimiento trae a España importantes novedades en la cultura y el arte, también se introducen cambios en la edificación de los castillos. El motivo viene determinado por el uso de la artillería. De esta manera, los muros presentan menor altura y las torres son circulares. Las saeteras, antes verticales, pasan a ser horizontales, para alojar los cañones, y se construyen diferentes barreras previas para evitar los proyectiles enemigos. Uno de los mejores ejemplos de castillo renacentista es el de Grajal de Campos, del siglo XVI. La fortaleza tiene planta cuadrada, con cubos en los ángulos y numerosas troneras en los muros, construidos con un pronunciado talud. Amplias almenas coronan la edificación. Aunque la mayoría de los castillos nos han llegado maltrechos, nos quedan ejemplares suficientes para poder disfrutar de estas fortificaciones, verdadero símbolo de la Edad Media. Atravesar sus puertas, recorrer su baluartes, subir sus torres, nos traslada a la época de los caballeros, un mundo lleno de romanticismo, de fantasía y de misterio que, sin duda, existió.
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Como ya dijera Alfonso X el Sabio: "España es segura e batida de castillos". Las continuas luchas que se produjeron durante los más de siete siglos que duró la Reconquista hicieron que en la Península Ibérica se construyeran numerosos castillos, fortalezas y sistemas defensivos. El castillo es una de las construcciones medievales más características. Es un lugar fuerte, cercado de murallas, baluartes, fosos y otras fortificaciones. Se trata de un edificio que obedece a necesidades defensivas, por lo que su arquitectura era, en un principio, puramente funcional. Con el paso del tiempo, el castillo abandona en parte su carácter militar para pasar a ser residencia de un noble, por lo que se convierte en un palacio y aparecen el gusto por la decoración y la estética. Habitualmente, los castillos eran construidos con unas características similares. Solían estar ubicados en un alto, para evitar los ataques del enemigo, y disponían de un foso y una barrera fortificada exterior. Además, sus muros eran de gran anchura y altura, rematados por almenas y matacanes. Las puertas, su parte más débil, se protegían por diferentes sistemas y, para disponer de agua durante los asedios, se construían aljibes en los que recoger el agua de lluvia. Finalmente, dentro del castillo se levantaba la Torre del Homenaje, el edificio donde residía el señor. Los castillos españoles suelen obedecer a un tipología común: son más bien pequeños, con torres almenadas, material constructivo visto y foso seco alrededor. En un primer momento, la mayoría de estos castillos eran de propiedad de los reyes, quienes cedían su gobierno a un alcaide. A lo largo de los siglos XII y XIII serán las órdenes militares las constructoras de fortalezas, especialmente en la zona de Castilla-La Mancha. En las siguientes centurias, los nobles se adueñan de los castillos, hasta que los Reyes Católicos acaben con las habituales revueltas nobiliarias de sus antecesores. La etapa musulmana deja en España un buen número de fortificaciones. Muchas de ellas fueron levantadas durante el emirato y el califato cordobés. El modelo a seguir son los campamentos romanos, castillos con plantas cuadradas y cubos rectangulares. También son interesantes las torres y atalayas defensivas que recorrían la mayor parte del terreno andalusí. Algunos de las más importantes fortalezas de esta época construidas son la alcazaba de Mérida, el castillo de Calatayud o el castillo de San Esteban de Gormaz, en la provincia de Soria, quizá una de las mejores muestras de estructura militar islámica en la Península Ibérica. Los alcázares de época taifa introducen importantes cambios, ya que los monarcas tienden al lujo y la ostentación. La Aljafería de Zaragoza es el modelo más interesante de esta etapa. Los primeros ejemplos de castillos cristianos que nos han llegado pertenecen a los siglos XI-XIII. Se trata de modelos muy funcionales, con plantas cuadradas o adaptadas a las tipologías de los terrenos en los que se alzan, con cubos cilíndricos en las esquinas y una potente torre principal de sección cuadrada. En estas fechas los castillos que se construyen abarcan las tierras de Castilla, León, Navarra, Aragón y Cataluña. Con el avance de la reconquista, las órdenes militares pondrán en marcha en la región manchega un intenso programa constructivo para defender esta zona de las incursiones andalusíes. En estos momentos, la frontera es defendida por monjes-soldados, que tienen a su cargo tierras y sirvientes a los que protegen mediante sus poderosas fortalezas. Los mejores ejemplos los encontramos en Consuegra (Toledo), Calatrava la Nueva (Ciudad Real) y Loarre (Huesca). Este último es un sensacional ejemplo de castillo medieval en tierra de frontera. El concepto de castillo sufre un importante cambio en los siglos XIV y XV. Ya no tiene una función defensiva tan intensa, por lo que se sitúan en poblaciones o en lugares poco escarpados. Los nobles son sus promotores y ponen de manifiesto su gusto por lo decorativo. Así, aparecen múltiples ventanas, elementos ornamentales como los escudos nobiliarios y el patio de armas se convierte en un patio porticado. Se trata de edificios de planta cuadrangular, con cubos en las esquinas y una gran torre del Homenaje, símbolo de poder señorial. El de Olite es un excelente ejemplo de este tipo de construcciones. Mandado construir por Carlos III el Noble a principios del siglo XIV, el castillo se divide en dos espacios, denominados Palacio Viejo y Palacio Nuevo. El de la Mota, en Medina del Campo, es otra buena muestra. Alfonso VIII lo reconstruyó y los Reyes Católicos procedieron a su renovación. La fortaleza consta de dos recintos, dominados por una magnífica Torre del Homenaje. Otros ejemplos de castillo-palaciego los encontramos en Coca, Arévalo y Manzanares el Real, apreciándose en ellos interesantes muestras de mudejarismo en sus decoraciones. Si el Renacimiento trae a España importantes novedades en la cultura y el arte, también se introducen cambios en la edificación de los castillos. El motivo viene determinado por el uso de la artillería. De esta manera, los muros presentan menor altura y las torres son circulares. Las saeteras, antes verticales, pasan a ser horizontales, para alojar los cañones, y se construyen diferentes barreras previas para evitar los proyectiles enemigos. Uno de los mejores ejemplos de castillo renacentista es el de Grajal de Campos, del siglo XVI. La fortaleza tiene planta cuadrada, con cubos en los ángulos y numerosas troneras en los muros, construidos con un pronunciado talud. Amplias almenas coronan la edificación. El de Lacalahorra en la provincia de Granada es otra sensacional muestra de este tipo de castillos. Afortunadamente conocemos a su autor, Michele Carlone, un arquitecto italiano llegado a tierras españolas para aportar aires lombardos a nuestro Renacimiento. Aunque la mayoría de los castillos nos han llegado maltrechos, nos quedan ejemplares suficientes para poder disfrutar de estas fortificaciones, verdadero símbolo de la Edad Media. Atravesar sus puertas, recorrer su baluartes, subir sus torres, nos traslada a la época de los caballeros, un mundo lleno de romanticismo, de fantasía y de misterio que, sin duda, existió.
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Desde finales de los años cincuenta España sufre dos cambios fundamentales: un intenso y prolongado crecimiento económico y una profunda transformación social. Un tercer cambio, el político, va a seguir sin realizarse, pese a ciertas modificaciones habidas. Las transformaciones de la estructura económica y social van a tener una influencia decisiva en la vida de los españoles, favoreciendo la demanda de cambios políticos. A partir de esas transformaciones ya no se reivindica de forma esporádica y sentimental volver al sistema democrático de la República, pues una nueva generación en la oposición, más realista y presente entre la población, va a establecer una estrategia conducente a la democracia que no implicará una ruptura total con el pasado. No asistimos en esos años a una acumulación de hechos lineales que nos llevan inevitablemente a la transición hacia la democracia, pero es obvio que al producirse una profunda transformación social surge el cambio político como una opción factible.
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La emigración española a Indias durante los siglos XVI y XVII tuvo una enorme importancia, no tanto por la cantidad que cruzó el mar para establecerse en aquellas tierras, sino por su contribución a la formación de la nueva sociedad indiana. Los inmigrantes españoles no eran tropas del rey de España, sino grupos de particulares que mediante capitulaciones con el monarca organizaban sus propias empresas. Sin embargo, no fue un movimiento totalmente espontáneo. Desde el principio estuvo regulado por la Corona para impedir que los elementos considerados nocivos arribaran a aquellas tierras. En teoría, sólo aquellas personas que cumplieran los requisitos impuestos por las autoridades recibían licencia para embarcar. La emigración fue prioritariamente masculina, debido a los riesgos de la navegación. En una primera etapa (1493-1519) las mujeres representaron el 5,6%. A medida que se consolidó el proceso colonizador creció también la participación de las mujeres. En gran parte, eran mujeres casadas que acudían a la llamada de sus maridos, sobre todo a partir del endurecimiento de las leyes que prohibían que los hombres casados permanecieran en los nuevos territorios sin sus mujeres. Ya en 1509 llegó a La Española una cédula real dirigida al Gobernador Ovando por la que se prohibía permanecer en la isla a ningún hombre casado que, en el plazo de tres años, no hubiera llevado allí a su mujer. Esta ordenanza, con el paso del tiempo, se fue complementando y ampliando a las demás regiones americanas, aunque su cumplimiento siempre fue difícil. En 1549 los hombres casados tenían prohibido pasar a Indias si no lo hacían con su mujer, además de que tenían que demostrar que estaban realmente casados. Fue una preocupación constante de las autoridades la reunión de las familias. La Corona recordaba continuamente a los nuevos virreyes y gobernadores la obligación que éstos tenían de enviar a los casados a por sus mujeres. El problema era que muchas mujeres no querían arrostrar los riesgos de semejante viaje; o que muchos hombres se desentendían de la esposa que habían dejado en España y vivían en América amancebados con alguna indígena. Es significativo que un capítulo entero de la Nueva Recopilación de Leyes de Indias de 1680 esté dedicado a este tema "De los casados y desposados en España e Indias que están ausentes de sus esposas" (Lib. VII, Tit. 13). Estas políticas favorables de la emigración femenina por parte de la Corona tuvieron como consecuencia que entre 1549 y 1559 casi se triplicó la proporción de mujeres (16,4%) y en la siguiente etapa llegaron a alcanzar el 28,5% (1560-1579). De ellas, parece que unas cuatrocientas treinta y cinco eran casadas. La misma tendencia se mantuvo en los últimos veinte años del siglo XVI, al representar las mujeres el 26% del total de emigrantes con una proporción de casadas de poco más de un tercio. Las españolas no llegaron en realidad al 30% de la población colonial y arribaron por lo general durante los primeros cincuenta años de la conquista, a petición y con la ayuda financiera de parientes consanguíneos que las habían precedido. Gráfico Las mujeres solteras tenían más difícil el viaje. No sólo porque viajaban en peores condiciones y con más inseguridad, sino también porque a partir de 1539 se prohibió otorgar licencias de embarque a las solteras, por el temor de que emigraran aventureras o prostitutas que influyeran negativamente en la salud moral de las nuevas poblaciones. Por eso, eran muchas las trabas que se les presentaban para poder embarcar. Debían presentar pruebas de ser cristianas viejas, no procesadas por la Inquisición, evidencias de un honesto propósito como ser llamadas por el padre, hermano, marido o algún otro familiar, tener medios económicos para sostenerse, o demostrar que acudían para casarse en un matrimonio concertado o reclamar una herencia. Sin embargo, estas dificultades no fueron un obstáculo para que muchas jóvenes emigraran a Indias. Suponía una oportunidad de conseguir marido y de hecho este es el motivo por el que muchas se embarcaron. Se abría ante ellas un mundo nuevo en el que no parecía importante el pasado ni se les exigía unos cánones de belleza, formación o fortuna. También las casadas tenían que argumentar y demostrar las razones por las que marchaban a América, si querían obtener la licencia. Era usual que aludieran al deber y derecho de reanudar la vida en común como matrimonio legítimo; aportaban las cartas del marido y el dinero del pasaje que éste normalmente les mandaba. Solicitaban licencia para ella y sus hijos, e incluso a veces para toda una prole familiar femenina. Algunos casos resultan muy ilustrativos, como el de Doña Inés de Villalobos, quien solicitó licencia también para su hermana viuda, dos hijas de ésta y una sobrina huérfana. Los testigos declaraban que eran mujeres "honestas, honradas, recogidas y muy principales". Otra mujer, Doña Felipa Tavares, también solicitaba licencia para ir con su madre doña Catalina Tavares a la ciudad de Zacatecas, donde residía su marido como médico. Hijas, madres, hermanas, sobrinas o cuñadas acompañaban a la mujer casada para probar fortuna en las nuevas tierras al amparo de la gran familia. Este hecho tan generalizado favoreció a la larga el asentamiento en poblaciones estables en lugar de la formación de campamentos militares. En muchos casos, las mujeres reclamaban a la justicia la búsqueda del marido ausente, porque no había dado señales de vida desde su marcha al nuevo continente. Es cierto que muchas veces la búsqueda no estaba motivada por el deseo de reencontrarse con el marido en América, sino de que las autoridades lo obligaran a volver a España y cumplir con sus obligaciones familiares. Lógicamente la dificultad mayor con la que tropezaba la justicia era localizar al ausente. Habían pasado demasiados años, por no hablar de los cambios de residencia, incluso de un virreinato a otro, u otras muchas circunstancias. Se dieron también casos de sobornos y prácticas fraudulentas por parte de los maridos para evitar que la justicia lo obligara a volver a su tierra. De hecho, el temor a la cárcel, el coste que suponía librarse de ella, y las abundantes solicitudes de prórroga de licencia, con la promesa de reanudar en breve plazo su vida de pareja, estaban presentes en la abundante correspondencia de carácter privado que existe. Sin embargo, todas las ordenanzas y leyes dictadas tenían un sentido contrario, prohibiendo de forma reiterada la prórroga de licencia por tiempo limitado. Pero estas situaciones de separación "forzosa" eran más que toleradas a juzgar por la cantidad de cartas que existen en este sentido y que revelan tales prácticas, previa entrega de fianza. Entre las mujeres que emigraron a América también hay que incluir pequeños grupos de beatas, enviadas en los primeros días del dominio español en México, para convertir a las mujeres de la recién convertida élite india. A ellas las siguieron las monjas para fundar conventos a mediados del siglo XVI. Estas mujeres que arrostraban los peligros del mar impulsadas por el deseo de cumplir una misión evangelizadora contaban con todo tipo de honores y facilidades para realizar el viaje y asentarse en las nuevas tierras.
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Las primeras generaciones de mujeres que vivieron en Manila eran españolas, algunas de ellas vinieron con sus maridos a poblar los nuevos territorios. En 1580, por ejemplo, de los seiscientos hombres que llegaron con el nuevo gobernador, Gonzalo Ronquillo, doscientos estaban casados. No todos se atrevían a traer consigo a sus mujeres, sino que preferían llamarlas cuando estaban asentados ya en las islas. Sin embargo, parece ser que la proporción de mujeres españolas fue siempre escasa, a juzgar por la rapidez con la que las viudas volvían a casarse. Esto explica también la insistencia de las órdenes reales para que no se admitieran hombres casados sin mujeres, la constante oposición a la creación de conventos de clausura y el fomento de matrimonios con las huérfanas del colegio de Santa Potenciana. Las esposas de los primeros pobladores ocupaban, como sus maridos un lugar privilegiado en el entramado social, lo que les garantizaba cierta posición socioeconómica en el archipiélago. Cuando enviudaban disfrutaban de las rentas de la encomienda de sus maridos, lo que les facilitaba contraer un nuevo matrimonio. Fueron frecuentes los matrimonios con viudas encomenderas, como un medio rápido de ascenso en la escala social. En principio, ambas partes salían beneficiadas. Las mujeres, por la seguridad que ofrecía un matrimonio; los hombres porque se convertían en encomenderos y entroncaban con las familias de primeros pobladores, situación que abría las puertas a los puestos de gobierno municipal u otros privilegios. En 1592 el gobernador Gómez Pérez Dasmariñas manifestaba su preocupación en una carta al rey ante estos métodos. Consideraba que estos matrimonios ponían al alcance de cualquier advenedizo unas mercedes que debían reservarse a gente con más méritos. Más duro en sus críticas fue otro gobernador, Francisco Tello, quien en 1598 se quejaba de la facilidad con que las viudas ancianas se casaban con hombres jóvenes y recién llegados, que quedaban favorecidos con importantes encomiendas. Le dolía que, a su parecer, ocuparan posiciones de privilegio "hombres ruines y vagos y quedaran defraudados los antiguos soldados caballeros honrados e hidalgos" (1). El escaso poblamiento español del archipiélago explica la política de fomento de matrimonios por parte del gobierno. Los gobernadores favorecieron con su patronazgo, por ejemplo, al colegio de Santa Potenciana -creado en 1594 para acoger a huérfanas de los residentes españoles- y ofrecían oficios de provecho a los hombres que se casaran con las alumnas del colegio. Esta política explica también la fuerte oposición que hubo en la ciudad de Manila a la fundación del convento de clarisas en 1623 y la negativa a que se fundara uno de dominicas en 1632 porque se pensaba que estas instituciones se llevarían a las mejores doncellas casaderas, como informaba al rey el procurador de Manila, Juan Grau y Monfalcón, en 1632: "No es conveniente que en república tan corta y tierra tan nueva haya tantos conventos de monjas, pues los hijos de los vecinos de aquella ciudad no tienen con quien poderse casar y en particular ahora que no van como solían familias de Nueva España a hacer vecindad a aquellas islas". Aunque el papel de la mujer española durante la época colonial pasó discretamente, algunas han dejado su huella en los documentos de la época como Ana de Vera, esposa del maestre de campo Pedro de Chaves, impulsora de la fundación del convento de Santa Clara; la madre Jerónima de la Concepción que fundó el convento de Clarisas o Potenciana Ezquerra, de la segunda generación de descendientes de españoles nacidos en las islas, que facilitó el abastecimiento de pan en la ciudad de Manila con la construcción de panaderías en sus solares. En cualquier caso, la mujer española estaba destinada al matrimonio y, dado el carácter endogámico de la oligarquía, se vio obligada a contraer, en ocasiones, extraños matrimonios de conveniencia. Ana Atienza, por ejemplo, tuvo que casarse con el suegro de su padre, Diego Morales. Ana era hija de Francisco de Atienza, un poderoso comerciante de Manila del último cuarto del siglo XVII, y de la primera mujer de éste. Al enviudar Francisco se casó con una hija de Diego de Morales y a su vez le ofreció el matrimonio con su hija Ana, con lo que quedaban fortalecidos los lazos comerciales y familiares. La convivencia entre los tres grupos principales de población -españoles, chinos y filipinos- era estrecha, al menos en la ciudad de Manila. Sin embargo se conocen pocos casos de mestizaje entre españoles e indios. En cualquier caso no dieron lugar a uniones legales, como ocurrió en América, y los hijos usualmente quedaban en la casa en calidad criados. Pedro Sarmiento, por ejemplo, era uno de los primeros pobladores de las islas, destacado servidor de la Corona y miembro importante de la sociedad de Manila en el primer cuarto del siglo XVII. En su testamento reconoce como propios dos hijos tenidos con Ana Visaya, con la que convivió antes de su matrimonio con Elvira de Sandoval, hija de un oidor de la audiencia de Manila. El tono del testamento hace pensar en un caso de concubinato antes que de una unión esporádica, pero como en tantas otras ocasiones, los españoles preferían casarse con mujeres procedentes de su país. Hay constancia de algún matrimonio con mestizas. Francisca de Fuentes -una de las fundadoras del beaterio de Santa Catalina de Siena- era hija de Simón de Fuentes, un español casado con una mestiza. A su vez ella contrajo matrimonio con un hidalgo que le doblaba la edad y que la dejó viuda y sin hijos siendo todavía muy joven. Las uniones entre sangleyes (chinos afincados en Manila) y filipinas fueron abundantes. Los chinos empezaron a llegar masivamente al archipiélago poco después de los españoles. En su mayor parte, se asentaron en la ciudad de Manila donde se creó un barrio propio para ellos, el Parián de los sangleyes. Los filipinos mantuvieron con ellos un estrecho contacto porque trabajaban en sus talleres artesanales y en los pequeños comercios chinos que muy pronto se extendieron por la ciudad. Se dice que el mestizaje fue tan frecuente que ha alterado los caracteres de la propia raza filipina. Aunque el asentamiento español en general tuvo un carácter pacífico, algunos pueblos manifestaron una gran resistencia a la hispanización: los moros de Mindanao, los negritos y zambales. Otros, como los pampangos, se destacaron por su fidelidad a la Corona que demostraron con creces durante las sublevaciones chinas de 1603 o 1639. Sin embargo, hubo alguna revuelta filipina que consiguió poner en jaque a las tropas españolas, aunque terminaran fracasando. La sublevación de los ilocanos a mediados del siglo XVIII tuvo además la característica de ser liderada por una mujer Gabriela Silang o (Estrada). Murió ajusticiada en 1763 junto con el resto de rebeldes capturados, hecho que la colocado entre las heroínas filipinas.
contexto
En el año 1942, 3.500 hombres, bajo el mando del general francés Koenig, se atrincheraron en Bir-Hakeim prestos a frenar, con su sacrificio, el especular avance del Afrika Korps, de Rommel, y del Cuerpo Expedicionario italiano por el desierto libio, con el Canal de Suez como primer objetivo. Cerca de 1.000 de ellos eran españoles -ex soldados del Ejército Popular republicano- y constituyeron la fuerza de choque del campo atrincherado durante las dos semanas que duró el asedio. El testimonio del primer general francés, Béthouart, que mandó españoles, fue éste: "La 13 Semi-Brigada de la Legión Extranjera estaba integrada, en particular, por unos 900 españoles, morenos, alborotadores, difíciles de mandar, pero de una valentía extraordinaria". Otro, no menos valioso, el del joven capitán -hoy general-, Jacques París de la Bollardiére, que luchó al lado de los españoles de la citada unidad Noruega, en África y en Italia, nos dice en una de sus cartas: "... (los españoles) eran altivos y humildes a la vez, valientes..., uno de ellos, el joven Zapico, un vasco, murió a mi lado -al volante de nuestro jeep- en plena batalla de Bir-Hakeim, en la que yo también fui gravemente herido". Aunque en determinadas "memorias" se insiste en lo difíciles que eran de mandar -no de manejar- los españoles, y pese a que todos ellos habían pasado por la piedra de molino de Siddi-Bel-Abbés, no se hace la menor alusión a repercusiones negativas, en el plano militar, de esa peculiaridad al parecer tan ibérica. En cambio, por su eficacia sobre el terreno, a menudo en trances delicadísimos, se les puede considerar soldados fuera de serie. ¿Porque venían fogueados de nuestra guerra civil? Algo de eso hubo, pero el "quid" de la cuestión estaba en la conciencia adquirida, a través de esos años de lucha, de que estaban defendiendo algo importante y que esta defensa requería una acción sostenida contra enemigos bien definidos, con los que ya se habían enfrentado por tierras de España: la Alemania nazi y la Italia fascista. Es lo que forzará la admiración ajena, ya sea en los fiordos noruegos, en la Unión Soviética, en Europa o por el continente africano: con estos españoles no hay quien pueda, "¡Son indestructibles", dirá el general Koenig al capitán de la Bollardiére, durante los combates para abrir una brecha y evacuar el campo atrincherado de Bir-Hakeim. Recordemos el incidente que se produjo en Noruega, cuando un oficial francés mandó a un español que rematase a un alemán malherido, tras haber ocupado el arma blanca la famosa cota 220: "¡Hala, dale fuerte y véngate de lo que os hicieron en España!" Entonces, el español se enfrentó, como loco, con el oficial, gritándole: "Pero ¿usted qué se ha creído que somos los españoles? ¿Unos asesinos?" Si no interviene el sargento Gayoso, el joven legionario ensarta al francés de un bayonetazo". El Cuerpo Expedicionario francés destinado a Noruega -que acababa de ser ocupada por los alemanes- comprendía la 13 SemiBrigada de la Legión Extranjera (Batallones 1° y 2°), unos 2.000 hombres, de los cuales casi la mitad eran republicanos españoles. Se formó en el campo militar de la Vallbonne, al pie de los Alpes. Allí se crearían también otras unidades legionarias que serían destinadas a la Línea Maginot. Antes de entrar en combate en el campo atrincherado de Bir-Hakeim -mayo de 1942- los españoles de la 13 Semi-Brigada realizarán una larga marcha que los llevará desde Noruega, pasando por Francia e Inglaterra, hasta el africano Camerún.