El arte barroco se difundió desde Roma a toda Europa, si bien con desiguales resultados. Sin embargo, ningún país lo acogió tan bien, en todas sus manifestaciones artísticas, como España, el país defensor del catolicismo y de la Contrarreforma, de la exaltación religiosa. En la austeridad de la arquitectura, en la escultura polícroma en madera, en las estatuas de procesiones, en las escenas de retablos y en la pintura religiosa, aparecen las huellas y las órdenes de Trento. Aunque autónomo con relación a las corrientes estilísticas de su tiempo, Doménico Teotocópulos (1541-1614), llamado el Greco, dedicó la pintura de su etapa española casi exclusivamente a temas religiosos, preferentemente escenas de la vida y la pasión de Cristo. Para dar a sus personajes la máxima plenitud espiritual, una exaltación mística casi irreal, utilizó la técnica del alargamiento de las figuras de sus personajes y una sobriedad y una contención tridentinas. En el "Entierro del conde de Orgaz" se resume toda su visión de la pintura y del mundo religioso: la realidad impregnada de misticismo y una espléndida representación de la majestad divina. Intérprete de la sensibilidad barroca es igualmente, aunque por distintos motivos, José Ribera, llamado el Españoleto (1591-1652). De formación italiana, pues marchó a Italia en 1608 y ya no volvería, Ribera es por el colorido, por su metodología, por su naturalismo y por su tenebrismo, un discípulo y heredero de Caravaggio. La mayor parte de sus obras son de temática religiosa, entre las que caben destacar personajes o escenas del Antiguo Testamento (El sueño de Jacob, 1639), figuras de santos penitentes (san Jerónimo, María Magdalena), escenas de milagros y de martirios (el Milagro de san Jenaro para la catedral de Nápoles, el Martirio de san Bartolomé, de san Felipe, de san Andrés, de san Sebastián), episodios del Nuevo Testamento (Adoración de los pastores) o vírgenes con niños. Ribera no olvidó los temas mitológicos, los retratos (La mujer barbuda) y los personajes o escenas de la vida cotidiana (El alegre bebedor, El muchacho del tiesto, etc.). Su cuantiosa producción presenta, no obstante, dos etapas estilísticas muy diferenciadas. Una primera, muy a la manera de Caravaggio, en la que predominan los violentos contrastes de luz, la descripción microscópica de los detalles de fuerte realismo y naturalismo, y la monumentalidad de las composiciones. Después de 1634, Ribera, sin abandonar las posiciones naturalistas, se inclina por una pintura más luminosa, de temas amables y bellos, de marcado influjo neoveneciano. El naturalismo de Ribera sirvió de modelo a Francisco de Zurbarán (1598-1664), al mismo tiempo que el claroscuro y las actitudes realistas. Destaca personalmente por su sentido peculiar de la ordenación, de la monumentalidad y del rigor geométrico, por su tono solemne y grave y, temáticamente, por un gusto especial por los temas eclesiásticos (episodios de la vida conventual cartuja, como San Hugo en el refectorio), religiosos (de devoción mariana, como La Virgen protegiendo con su manto a los religiosos, y cristológica) y por los pasajes de naturaleza muerta (bodegones). El fondo negro de los caravaggistas es en su pintura una lámina negadora de espacio para destacar la presencia volumétrica de sus personajes. Las Historias de san Buenaventura (1629) y las Historias de san Pedro Nolasco (1629-1630) constituyen un paradigma de la utilización de la luz contrastada y de la unción religiosa de sus personajes. Sin embargo, Zurbarán no sintió interés por el movimiento, reñido con su gusto por las composiciones reposadas y tranquilas, en las que el esfuerzo físico es inexistente, pues lo que importa es la expresión espiritual. A pesar de poseer un estilo propio y de escapar a toda clasificación, Diego de Silva y Velázquez (1599-1660), el menos místico, el más impasible, el más frío y sobrio de los artistas españoles del siglo XVII, forma parte cronológicamente de la generación de pintores barrocos. Protegido por el conde-duque de Olivares, se introdujo en la Corte y gracias al éxito que obtuvo de su retrato al rey Felipe IV, fue nombrado pintor de cámara. Sus diferencias con los pintores puramente barrocos son claras: Velázquez no mira la vida desde un ángulo trágico o espectacular, ni tan siquiera de manera extremadamente realista como lo hiciera Ribera el Españoleto. Es lo más llano y lo menos retórico posible, es equilibrado y ponderado. Y tal vez, por ello, no habría que considerarlo como un pintor barroco. Para Velázquez, por ejemplo, el tenebrismo, que practicará en sus primeros años, no es una tendencia o una actitud, sino una falta de respuesta al problema de la expresión de la luz. Su respuesta es crear el aire, la perspectiva aérea, haciendo que las formas pierdan precisión y los colores no sean ya tan brillantes y limpios. No obstante, a su primera época, propiamente barroca y tenebrista, pertenecen retratos y composiciones (la Vieja friendo huevos, Cristo en casa de Marta, el Aguador y la Adoración de los Reyes), el retrato de Don Carlos, el de Felipe IV, y el del bufón Calabacillas y un tema mitológico, Baco (o Los Borrachos). Posteriormente, su contacto con Rubens y su primer viaje a Italia modificaron sustancialmente su estilo. El tenebrismo desapareció a partir de esa etapa. En esos años, liberado ya de la carga tenebrista, Velázquez pinta sus lienzos dedicados a reproducir los hechos más gloriosos del reinado de Felipe IV (La rendición de Breda, entre ellos), los retratos ecuestres del monarca y del príncipe Baltasar Carlos y del conde-duque y del infante don Fernando. La vida de la Corte pasa también ante él: bufones, retratos de aristócratas, y otros retratos reales como el de la infanta Margarita atendida por sus meninas (Las Meninas), donde la técnica de la perspectiva aérea presenta una calidad insuperable y modélica. En Las hilanderas se consuma ese hallazgo velazquiano. Si Velázquez encontró protección en la Corte, otros pintores sevillanos del siglo XVII respondieron a la demanda de la sociedad hispalense, sin necesidad de salir de la capital andaluza. Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682) y Juan Valdés Leal (1622-1690). Murillo es, dentro de la pintura barroca española, uno de los principales cultivadores del género religioso, aunque a la religión viril de Zurbarán él oponga una religiosidad idealizada y tierna, sin llegar al empleo de la ampulosidad de Rubens. Murillo, por el contrario, refleja una corriente de la devoción popular española sensible a la gracia, a la dulzura y al optimismo y rechaza todo arrebato extremado. A los temas trágicos él prefiere las visiones celestiales. En cualquier caso, su pintura responde al espíritu de la Contrarreforma, pues despierta el fervor del creyente y, sobre todo, por su temática en torno a la Inmaculada Concepción de la Virgen y, en general, a las vírgenes. Las vírgenes de Murillo eran ante todo mujeres, de tal manera que gracias a él asistimos a una humanización de lo sagrado. Con igual dulzura trata los temas de la vida cotidiana (cuyos personajes son casi siempre niños, los niños abandonados de la Sevilla del siglo XVII o mendigos o trabajadores manuales), restándoles dureza y dramatismo, creando una atmósfera apacible, alejado del doloroso realismo de Valdés Leal. Alejado artísticamente de Murillo por su estilo y por su temática, Valdés Leal tenía puesto su afán en el realismo dramático y en el movimiento. Más preocupado por la expresión que por la belleza ideal, sus modelos son con frecuencia patéticamente feos y algunos de sus temas son macabros y repugnantes, lo cual ponía de manifiesto uno de los gustos barrocos por excelencia. Mientras que parte de su serie sobre la vida de san jerónimo (La Tentación y La Flagelación de san Jerónimo) trata de expresar ese movimiento intenso y violento, en los Jeroglíficos de nuestras postrimerías (In ictu oculi y Finis gloriae mundi) ejecutados por encargo de don Miguel de Mañara para la iglesia del hospital de la Caridad, representa el desprecio de las glorias terrenas y el crudo realismo de una parte del alma barroca. Por lo que respecta a otras manifestaciones artísticas del Barroco español, la escultura religiosa jugó un papel destacado en los objetivos de la Contrarreforma, sobre todo porque en el primer tercio del siglo XVII aumentó la construcción de retablos y las procesiones religiosas a cielo abierto que, concebidas como espectáculos escenográficos, cobraron una importancia capital e inusitada. Además, las beatificaciones y canonizaciones de santos españoles (san Ignacio, santa Teresa, san Francisco Javier, san Isidro, san Francisco de Borja, etc.) y la extensión del culto a la Inmaculada contribuyeron aún más a incrementar la producción escultórica repartida entre dos escuelas, la castellana y la andaluza. Entre los miembros de la primera destacó a comienzos de siglo Gregorio Hernández (1566-1636) autor de esculturas religiosas en madera policromada. Hijo del naturalismo barroco, su principal interés estético reside en interpretar la realidad con un estilo directo, sin concesiones. Sus figuras de Cristo yacente, sus dolorosas, sus crucificados y sus representaciones de la Piedad alimentaron la piedad y la devoción de los fieles desde los altares de las iglesias y desde los pasos procesionales. El gran maestro de la escuela andaluza es Juan Martínez Montañés (1568-1649). Formado en el manierismo de la última etapa renacentista, conserva en sus obras el equilibrio, el orden y la ponderación clásicas. Es únicamente en los rasgos dramáticos de sus Cristos donde se manifiesta la pasión barroca. Sus obras maestras son los relieves y las estatuas de sus retablos por su dulzura y belleza formal: el de san Isidoro del Campo y los de santa Clara y de san Leandro de Sevilla. El patetismo del que carece la obra de Montañés se encuentra, en cambio, en su discípulo Juan de Mesa, con sus Cristos trágicos y apasionados, capaces de mover el sentimiento de quienes lo contemplan, hechos para el espectáculo procesional en la calle, didáctico y piadoso. La devoción popular hacia el Cristo de la Buena Muerte y el Jesús del Gran Poder demostraron desde el primer momento que el arte barroco de Mesa era un arte popular.
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Con el cambio de siglo España se convirtió casi exclusivamente en una potencia europea cuyo marco intelectual y político se debía vincular con el liberalismo, pero cuya realidad social tenía mucho más que ver en no pocos aspectos con el mundo balcánico o el hispanoamericano. El contraste entre esas dos realidades contribuye a explicar el reinado de Alfonso XIII y sus propósitos de regeneración de España. A comienzos del siglo XX España, aunque desde el punto de vista geográfico era una nación europea, por sus características peculiares en ocasiones parecía no serlo. Los dieciocho millones y medio de españoles todavía padecían una elevada mortalidad, hasta el punto de que uno de cada cuatro nacidos no llegaba a vivir un par de años. Sólo un tercio de los españoles residía en núcleos de población de más de 10.000 habitantes. A diferencia de lo sucedido en Europa, el control de los nacimientos fue tardío y sólo se produjo en una porción mínima de la geografía nacional. Otra de las divergencias entre el resto de Europa y España residía en que ésta continuaba siendo un país fundamentalmente agrario en el que entre el 65 y 70% de la población activa trabajaba en el sector agrícola o ganadero, mientras que la población activa empleada en la industria representaba menos de un 16% del total y aproximadamente la mitad de ella se ocupaba en sectores de necesidad tan perentoria o tan escasa complejidad como las confecciones o la construcción. En cuanto al sector terciario o de servicios una parte muy importante de él estaba integrada por el servicio doméstico, lo que era indicativo de una sociedad retrasada. El campo español estaba atenazado desde hacía mucho tiempo por enfermedades estructurales como eran no sólo el latifundismo y el minifundismo, sino también el retraso técnico que le hacían estar estancado en los cultivos tradicionales como el trigo, el olivo y la vid. A comienzos del siglo XX, aproximadamente un 6% de la propiedad de la tierra seguía en manos de la nobleza, con desigualdades regionales notables. De todos modos, en lo esencial el latifundismo era ya burgués e incluía una explotación racional. Las fincas grandes (superiores a 250 ha.) suponían un 28% del territorio nacional, pero en la mitad sur del país este porcentaje se elevaba mucho más. Nada semejante a este latifundismo existía en otros países de Europa occidental. Es cierto también que los rendimientos por hectárea en nuestro país eran cinco o seis veces inferiores a los de Inglaterra o Alemania. El latifundio no resume la situación de la agricultura española sino que ésta tenía muchas otras muestras de arcaísmo que, además, eran muy variadas a lo largo de su geografía. La agricultura pobre de Castilla experimentó pocos cambios a pesar de que la propiedad estaba relativamente bien repartida. En Galicia se aceleró el rescate de las rentas conocidas con el nombre de foros y se inició la exportación de vacuno. En todo el Cantábrico el dinero a América produjo una modernización económica, aunque modesta. Sin duda los mayores cambios en la agricultura tuvieron lugar en el litoral mediterráneo, en especial en el levantino y de cara a la exportación de productos como la naranja. En términos generales puede decirse que, a comienzos de siglo, España seguía siendo un país agrícola y minero. Con anterioridad a 1900 comenzó el proceso de capitalización que llevaría al auge posterior del País Vasco, pero en la época del cambio de siglo la zona industrial por excelencia en España era Cataluña y su producción más importante la textil. En relación con el resto de España existía una notable diferencia, indicio de modernidad, pero también la industria catalana padecía unas muy notables debilidades que eran expresivas del propio retraso español. Tanto las materias primas, sobre todo el algodón, como las patentes procedían del exterior, por lo que la industria textil catalana no resultaba competitiva a nivel internacional y necesariamente había de apoyarse en un arancel alto. Las empresas eran fundamentalmente familiares y en exceso conservadoras desde el punto de vista de la gestión. Si la estructura económica española resultaba retrasada respecto a las europeas también lo era la sociedad. A comienzos de siglo el crecimiento de la población española era más lento que el europeo, debido al alto índice de mortalidad (en España era del 29% frente a un 18% en Europa occidental). En el nivel de analfabetismo radicaba una de las diferencias más marcadas: en 1900, en torno a un 63% de la población española no sabía leer ni escribir, mientras que en Francia el porcentaje era tan sólo del 24%. Había provincias españolas como, por ejemplo, Jaén o Granada, en las que el número de analfabetos llegaba al 80%. En cuanto a la estructura social resulta difícil precisar cuántos y quiénes formaban cada clase pero, en general, puede afirmarse que existían grandes desigualdades, mucho mayores que en Francia, por ejemplo. La clase alta estaba formada por la nobleza, latifundistas, grandes labradores y miembros de la burguesía industrial o negocios y miembros de la elite política. Sin embargo, no puede decirse que se tratara de una sociedad feudalizada, sin movilidad social y parecida al mundo del Antiguo Régimen. Gran parte de la clase dirigente, por ejemplo, estaba formada por burgueses nobilizados conectados con la política y el mundo de los negocios. Integraban las clases medias los miembros de las profesiones liberales, burócratas y los medianos propietarios del campo y la ciudad. La clase baja, formada por pequeños agricultores, jornaleros, obreros industriales y de servicios, representaba el 75% de la población activa y sufría unas pésimas condiciones de trabajo, aunque la situación del jornalero andaluz era con mucho la más dura de todas frente a la industria textil y la minería vasca. En la industria la jornada de trabajo era de 11 horas en verano y 9 en invierno con un salario de algo menos de tres pesetas diarias. Pero todavía eran peores las condiciones del jornalero andaluz con un salario de un tercio o la mitad del de los obreros de la industria y sólo tenían trabajo entre el 60 y el 80% de los días del año. Por ello, no es de extrañar que surgieran movimientos revolucionarios que tenían como propósito fundamental la transformación social subversiva o reformista. El movimiento obrero en España tenía una indudable tradición histórica pero su principal inconveniente para ejercer una influencia efectiva fue siempre su división en dos tendencias, una socialista y otra anarquista. A comienzos del siglo XX el socialismo era una no muy nutrida organización que avanzaba lentamente en su crecimiento y practicaba una doctrina de rígida hostilidad a los políticos burgueses. Sus afiliados eran obreros especializados, en especial tipógrafos como Pablo Iglesias, el fundador del PSOE. El anarquismo, por el contrario, ascendía y descendía súbitamente en el número de afiliados y en realidad no existían uno sino varios tipos de anarquismos. En las zonas de latifundio del sur de España el anarquismo tuvo el apoyo de los jornaleros y fue una doctrina más de rebelión que de revolución. Las grandes desigualdades sociales existentes en España eran un testimonio de retraso pero también lo era la existencia de ese anarquismo. Al mismo tiempo, sin embargo, el anarquismo inspiró un sindicalismo hegemónico en la región más industrializada de España, como era Cataluña. Existía, en fin, un anarquismo que practicó el terrorismo urbano. En cuanto al sistema político, España era desde luego una monarquía liberal aunque no exactamente democrática. Según la vigente Constitución de 1876 el Rey compartía el poder legislativo con las Cortes y en el Senado tenían representación, al margen del sufragio popular, sectores de la sociedad que habían tenido una gran influencia en el Antiguo Régimen, como la nobleza y la Iglesia. Los liberales, a fines del siglo XIX, habían introducido una serie de reformas que eran más avanzadas que en otros países europeos como, por ejemplo, el sufragio universal masculino, que existía en España desde 1890 y permitía la existencia en España de un electorado más amplio que en Inglaterra. La generación de intelectuales de los años noventa criticaron muy duramente la realidad política española. Una de sus figuras, Joaquín Costa, la describió como de oligarquía y caciquismo. El principal rasgo del régimen español fue la perduración de una serie de características que parecían vincularle al mundo del Antiguo Régimen en el que la influencia de unas pocas personas era consagrada por la propia estructura estamental. Ahora ya no era así en términos de estricta legalidad pero el sistema caciquil se sobreimponía a la legislación. En efecto, era el cacique quien daba nombre al sistema político y esta persona, por las razones que fueron, principalmente la riqueza o la influencia política, ejercía el monopolio de la vida pública local. Si esto podía hacer se era debido en parte a que existía un absoluta desmovilización ideológica de electorado que permitía al cacique sustituir los programas políticos que, en realidad no interesaban a nadie y ejercer un tipo de actividad más primitiva como era el clientelismo, es decir, el reparto de favores. En realidad, el caciquismo venía a resultar algo así como un modo de hace compatible una España rural con unas instituciones modernas. De hecho el clientelismo había existido siempre, pero lo característico de la España de la época es que impregnaba toda la vida política, incluso a nivel nacional. A la hora de las elecciones los políticos tenían que negociar con los caciques para lograr que éstos aceptaran el candidato oficial, de modo que a nivel nacional también existía la desmovilización ideológica y el clientelismo. Había dos partidos políticos que se turnaban en el poder, conservadores y liberales. En la realidad, apenas se distinguían por la procedencia social de sus miembros y en sus programas se diferenciaban muy poco. Existían dos grandes fuerzas que estaban al margen y que podrían haber logrado la movilización política de la que carecían los partidos del turno: el catolicismo y la república. La misión de los partidos del turno consistía en neutralizar a esa oposición, como lograron durante mucho tiempo, hasta los mismos años treinta. Toda esta realidad del caciquismo revestía una extremada importancia incluso en la cúspide del Estado. En efecto, como las elecciones no eran veraces y siempre las ganaba el partido que estaba en el poder, tenía muchísima importancia la concesión por el Rey del decreto de disolución de las Cortes y era el propio monarca el que debía considerar si la situación política estaba agotada y llamar a formar gobierno al otro partido. Con posterioridad al desastre del 98 las críticas al sistema se hicieron especialmente duras, al mismo tiempo que se percibían esas grandes diferencias existentes entre España y el resto de Europa que hacían evidente un deseo de modernización. En realidad, la política exterior española apenas cambió después de la pérdida de Cuba y se puede decir que las únicas novedades que introdujo el 98 se redujeron a la aparición de un cierto hispanoamericanismo de tipo cultural y a considerar Marruecos como tema crucial para la política exterior. En cuanto a la economía, la incorporación de capitales de más allá del Atlántico tuvo un efecto inequívocamente positivo. En cambio, el impacto en el terreno cultural fue mayor y más profundo, al producirse una generalizada crítica en contra de la vida española finisecular en sus más diversos aspectos. Los autores de la misma fueron intelectuales regeneracionistas disconformes con el mundo de la Restauración. Su ideario constituye una curiosa mezcla de una actitud pesimista y un arbitrismo semejante al que en el siglo XVIII produjo la derrota exterior. El pesimismo se traducía con frecuencia en un lenguaje inmoderado y una actitud dramática. Sin duda fue en Joaquín Costa donde ese tono desaforado alcanzó sus más altas cotas pero, por otro lado, fue también el primero en realizar profundas investigaciones acerca de las prácticas jurídicas colectivistas en cuanto a la explotación de la tierra y, por otro lado, inició un nuevo género de propuestas al recomendar una política de aprovechamiento hidráulico que posteriormente tendría una influencia muy considerable. En líneas generales, los regeneracionistas no erraban al plantear una situación que sin duda era denunciable e incluso al señalar algunas de sus posibles soluciones. Sin embargo, su talante solió ser desmesurado y poco constructivo. Resulta perceptible una cierta ambigüedad del regeneracionismo desde el punto de vista estrictamente político. Joaquín Costa criticaba la falta de realismo del sistema liberal y se identificaba con la tradición krausista, como discípulo que era de Giner de los Ríos, pero al mismo tiempo para producir la regeneración del país veía como instrumento imprescindible la irrupción de una personalidad fuerte que actuara como cirujano de hierro. Costa fracasó en cuanto a una actuación política concreta. Pretendía apelar a lo que él denominaba como masas neutras del país, pero la realidad es que o éstas no existían o estaban demasiado vinculadas a la vida de los partidos políticos del turno. Sin embargo, con él tuvo su comienzo un ambiente que duraría largo tiempo. La regeneración fue un motivo crucial de la vida política y social durante el reinado de Alfonso XIII y sin ella resulta imposible realizar una interpretación de dicho reinado. Consistía en una voluntad de transformación de las estructuras políticas en sentido modernizador y liberal, aunque con la ambigüedad de que en ocasiones se propusieran medios no liberales. Por tanto, el regeneracionismo trascendió al pensamiento de quienes lo crearon y por procedimientos indirectos llegó a tener un decisivo protagonismo en la vida española durante el siglo XX. El inicio de la época regeneracionista coincide casi perfectamente con el advenimiento al trono, en mayo de 1902, a la edad de dieciséis años, de Alfonso XIII. Fue siempre un personaje atrayente que sabía ganarse a los políticos no sólo nacionales sino extranjeros por su simpatía e inteligencia, muchas veces superior a la de sus colaboradores. Como aspecto negativo se le suele acusar de una cierta superficialidad y de un gusto por la política entendida en su sentido menos noble. Pero sin duda fue indiscutible su buena voluntad, nacida de una conciencia de la gravedad de la situación española en el momento de su subida al trono, que se aprecia en el diario que escribió durante sus primeros meses de reinado. Educado desde su nacimiento para tan importante cargo, a lo largo de todo su reinado su mentalidad fue la de un Rey constitucional, con todas las limitaciones de la mentalidad de su época que no excluían un eventual recurso a una situación dictatorial temporal. La Constitución de 1876 atribuía el poder legislativo a las Cortes con el Rey y éste, además, nombraba todos los altos cargos pudiendo incluso elegir y separar a sus ministros. La inexperiencia del joven monarca le llevó inicialmente a hacer amplio uso de esas facultades interviniendo activamente en la política, sobre todo hasta 1907. A partir de esta fecha, en las crisis políticas consultó a los jefes de partido y tendió a aceptar las sugerencias de los presidentes del Consejo de Ministros, permitiendo con ello que el texto constitucional adoptase en la práctica un sentido más liberal. Su poder todavía era muy superior al de cualquier otro monarca constitucional europeo de épocas posteriores (aunque no a los del momento, pues los poderes del rey italiano eran mayores). Por lo tanto, también eran mayores las dificultades de su gestión que las de un Rey en una democracia. El ejercicio de sus prerrogativas constitucionales en muchas ocasiones no le trajo sino grandes críticas, tanto de la derecha como de la izquierda. Sin duda pudo equivocarse en muchas ocasiones. Sin embargo, los problemas de España durante el reinado de Alfonso XIII derivaban mucho más de las tensiones y contradicciones de todo proceso de modernización que de la supuesta anticonstitucionalidad sistemática del Rey como aseguraron los republicanos en el año 1930. El monarca estuvo rodeado durante su actuación política por un medio aristocrático y militar frecuentemente reaccionario. Sin embargo, también formaban el entorno del Rey miembros de la alta burguesía junto a un sector de la nobleza no precisamente conservador como, por ejemplo, los nobles palatinos antimauristas. Por otro lado, la influencia del sector conservador católico durante el reinado de Alfonso XIII fue muy inferior a la que tuvo en tiempos de la Regencia de su madre María Cristina por su procedencia austriaca y su sensibilidad religiosa. En cuanto a los contactos del Rey con la oficialidad militar hay que recordar el papel fundamental que el Ejército había tenido en al advenimiento de la Restauración. Los militares se consideraban con derecho a ser consultados en una serie de temas relacionados con su profesión, llegando a exigir una participación en la política cuando se agravaban las tensiones con la política civil. El monarca nunca defendió la primacía política del ejército, aunque se identificara con él en tanto que sus componentes eran liberales y nacionalistas en el sentido tradicional. Alfonso XIII fue uno de los escasos soberanos europeos que no experimentó la influencia determinante de ningún consejero y su concepción del interés nacional le mantuvo siempre por encima de los partidos. Como señala Carlos Seco Serrano, esa actitud política del monarca no satisfizo por completo a los políticos que le rodearon y fue un argumento que éstos a menudo usaron contra su persona. Cuando un partido político obtenía el poder lo atribuía a méritos propios, pero cuando lo perdía solía acusar al Rey. No obstante, a pesar de los aciertos y desaciertos en su etapa de reinado, la monarquía española se mantuvo más firme que otras de Europa meridional, como la portuguesa, que caería en el año 1910 o la italiana que sucumbiría, en la práctica, en 1922 al quedar por completo sometida a Mussolini, cosa que al monarca español no le sucedió con Primo de Rivera.
contexto
Los éxitos militares del Emperador y de España en vez de acallar los tambores de la guerra los hizo repicar con mayor fuerza si cabe. En 1621 expiraba la Tregua de Amberes y nadie confiaba en su renovación. Desde Bruselas los archiduques hicieron vivas instancias para que se prolongara, al menos por un corto período de tiempo, pero la facción de Zúñiga no estaba dispuesta a suscribir un acuerdo que implicaba la aceptación de las Provincias Unidas como estado soberano independiente de los Habsburgo. De otra parte, los Consejos de Portugal y de Indias, a quienes se consultó a mediados de 1619, tampoco eran partidarios de la tregua en los términos estipulados en 1609 a la vista de la penetración espectacular de los mercaderes holandeses en los circuitos comerciales de la península, así como en la Carrera de Indias y en los territorios portugueses en Africa occidental, India, Indonesia y Brasil, con el establecimiento de factorías y con la presencia de buques de guerra. La creación en 1619 de la Compañía de las Indias Occidentales añadió más leña al fuego de la discordia, pues ahora se desafiaba abiertamente el monopolio comercial de España en América, demostrando así los Estados Generales su rechazo a un entendimiento con Madrid, actitud que reforzaba la postura belicista de la poderosa facción de Zúñiga, pues aunque se mantuvieron negociaciones para prolongar la tregua éstas fracasaron al no estar Madrid ni La Haya inclinadas a realizar concesiones. El 31 de marzo de 1621 el archiduque Alberto informaba a Felipe III de la ruptura de las conversaciones, pero el monarca nunca llegó a enterarse, ya que ese mismo día fallecía. Pocas semanas después, el 9 de abril, expiraba la tregua dejando expedito el camino a las armas, la interrupción de las relaciones comerciales y el embargo de todas las propiedades pertenecientes a los mercaderes y vasallos de Holanda. El fin de la tregua hispano-holandesa coincidió con un agravamiento de la crisis internacional. La neutralidad de la mayoría de los príncipes protestantes alemanes, atemorizados ante la fuerza del Emperador y de España, junto con la actitud de Cristian IV de Dinamarca, que sólo estaba dispuesto a intervenir en el conflicto si también lo hacía Inglaterra, obligó a Federico V del Palatinado a buscar aliados en Londres y La Haya. En junio de 1621 la Cámara de los Comunes manifestaba su deseo de actuar militarmente en defensa de cualquier Estado protestante, propiciando una gran coalición centrada en la alianza anglo-holandesa, pero Jacobo I deseaba preservar a Europa de una guerra de religión. En esta línea, intentó convencer al Emperador de que devolviese a Federico V sus estados patrimoniales si éste renunciaba a la corona de Bohemia, pero no pudo conseguir sus objetivos. Apoyado por Mauricio de Nassau y por los Estados Generales, que renovaron el subsidio que venían otorgando desde 1619, el elector del Palatinado se mantuvo firme en sus aspiraciones, en tanto que los Habsburgo tampoco parecían querer abandonar los territorios conquistados, sobre todo España, pues mientras durase el conflicto con Holanda el Palatinado constituía un pasillo de vital importancia entre Lombardía y los Países Bajos a través del cual conducir hombres, dinero y municiones para el ejército de Flandes. Como vital era también la Valtelina, ocupada por España en 1621, tras derrotar a las Ligas Grisonas, apoyadas por Berna, Zurich y Venecia, aunque no por Luis XIII, maniatado por los problemas religiosos que se habían desencadenado en Bearn. En el otoño de 1622, superada la crisis interna, el monarca francés pudo ya formalizar una coalición, la Liga de Lyon, con Saboya y Venecia, para expulsar a los Habsburgo. España, que no deseaba verse envuelta en una acción militar en Italia, abandonó la Valtelina, aceptando que las tropas del Pontífice se hicieran con el control del valle mientras se producía la retirada de su ejército. La promesa dada por el Emperador a Maximiliano de Baviera de transferirle el título de elector que poseía Federico V levantó las suspicacias de las potencias europeas y de las cancillerías alemanas, en particular de Sajonia y Brandemburgo. Esto no desanimó a Fernando II, que prosiguió en su proyecto, sancionado por la Dieta de Ratisbona, donde se aprueba que Maximiliano obtenga la categoría de príncipe elector del Imperio con carácter vitalicio, no hereditario. Federico V, contrariado, organiza un ejército para recuperar sus estados, pero es derrotado en agosto de 1623 en Stadloham. La victoria de los Habsburgo ponía en un serio aprieto al elector, quien envía una embajada a Gustavo Adolfo de Suecia en demanda de ayuda, pero aunque el monarca era favorable a la causa protestante sus consejeros le desanimaron ante las reclamaciones de Segismundo III de Polonia al trono sueco, del que había sido derrocado por su tío. Federico V dirige entonces su mirada hacia Holanda sin demasiada fortuna, ya que en ese momento el ejército de Flandes había comenzado el asedio de Breda y no podía desviar su atención a otro asunto que no fuera la defensa del territorio amenazado por los españoles. Sólo Francia podía ayudar al elector, y en París encontró el apoyo que necesitaba, pues Luis XIII, aprovechándose del desaire sufrido por Jacobo I al rechazar Madrid su propuesta de matrimonio del príncipe de Gales con la infanta María, había concertado una alianza con Inglaterra en 1624 para organizar una fuerza conjunta destinada a recuperar el Palatinado, ofreciendo subsidios a los príncipes alemanes, impulsando una alianza con Holanda (Tratado de Compiégne, 1624) y revitalizando la Liga de Lyon con Saboya y Venecia. Mientras Francia mueve sus peones con el objetivo de aislar a los Habsburgo, el conde-duque de Olivares realiza grandes esfuerzos diplomáticos a fin de conseguir una alianza católica entre Madrid, Viena y Munich. En Viena la propuesta fue acogida con entusiasmo, pero los miembros de la Liga Católica desconfiaban de las intenciones de España, especialmente Maximiliano de Baviera que temía verse envuelto en el conflicto hispano-holandés, por lo que las negociaciones no prosperaron. Afortunadamente, la alianza anti-Habsburgo tampoco llegó a consolidarse. Es cierto que Luis XIII, protegido por los acuerdos diplomáticos alcanzados, invade y ocupa la Valtelina, al no haber España retirado sus tropas como se había estipulado en el Tratado de Asti, pero una nueva revuelta hugonote en la región occidental de Francia le obliga a firmar el Tratado de Monzón (1626), por el cual la Valtelina, Bormio y Chiavermo se erigen en un Estado independiente de las Ligas Grisonas, y si bien España pierde el control del enclave esto no significa que no puedan sus ejércitos utilizar el territorio para mantener sus comunicaciones con el Imperio y los Países Bajos, aunque Francia obtiene también determinados derechos de tránsito para sus tropas. La retirada de Francia de los asuntos que afectaban al Imperio y a la Monarquía Hispánica coincide con el abandono de Gustavo Adolfo de Suecia, en el verano de 1625, de la alianza anti-Habsburgo concertada un año antes entre las Provincias Unidas, Inglaterra, Brandemburgo y el Palatinado, para así emprender una campaña militar contra Polonia. Por el contrario, Cristian IV de Dinamarca, hasta entonces renuente a enfrentarse con el Emperador, decide intervenir en los negocios de Alemania ante el temor de que el liderazgo recaiga en Gustavo Adolfo, quien podría utilizar su privilegiada posición al frente de la Liga Evangélica para obtener sólidas bases en la Baja Sajonia, poniendo en peligro la seguridad de Dinamarca. De este modo, en el mes de junio de 1625 se dirige hacia el sur a la cabeza de un ejército de 20.000 mercenarios, pero ante el avance de las tropas imperiales al mando de Wallenstein opta por retirarse. Si el Emperador había logrado parar el golpe de sus enemigos sin la ayuda española, la misma fortuna acompañó a las armas de la Monarquía hispánica, obteniendo en 1625 éxitos notables en todas sus empresas. La expedición naval anglo-holandesa contra Cádiz fracasa dramáticamente, sin conseguir destruir un barco español importante, ocupar una plaza o apresar la flota procedente de América. En los Países Bajos, Ambrosio Spinola añade un éxito más a su carrera militar con la ocupación de Breda, mientras en el Mediterráneo la escuadra del marqués de Santa Cruz libera a Génova de un ejército franco-saboyano y en América una escuadra hispano-portuguesa recupera Bahía, ocupada por los holandeses en 1624, y rechaza un ataque contra Puerto Rico. Todos estos triunfos suscitaron el entusiasmo en la Corte, y Olivares, exultante de alegría, encargó su representación pictórica a varios pintores afamados de su tiempo para que fueran inmortalizados -más tarde colgarían de las paredes del Salón de Reinos en el Palacio del Buen Retiro-. Asimismo, dos comedias se escribieron y representaron en Madrid a las pocas semanas de conocerse la noticia de estas hazañas: El Brasil restituido, de Lope de Vega, y El sitio de Breda, de Calderón de la Barca.
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El Estado Mayor Conjunto, sirviéndose del abundante material conseguido en Madrid por el espionaje angloamericano, pudo disponer de una información muy fiable sobre efectivos, armas y fortificaciones en el Marruecos español, así como de la relativa seguridad de que Madrid no iría a la guerra. Lo más preocupante era controlar la posible reacción alemana, que podría intentar asentarse en Marruecos pese, incluso, a la oposición armada de los españoles. El "plan Backbone" trataba de cubrir estas eventualidades. Si España declaraba la guerra en los primeros momentos de la invasión, Eisenhower desviaría contra el Protectorado español parte de las fuerzas previstas para asaltar el Marruecos francés. No serían necesarias muchas tropas, pues España disponía en Marruecos de unos 120.000 hombres (incluidas las fuerzas indígenas, unos 20.000 hombres), pero tales tropas ni tenían armamento moderno, ni estaban bien adiestradas. La capacidad de fuego de una división española se estimaba, a lo sumo, en un 50 por ciento de la capacidad de una división aliada. Este ejército disponía de 60 aviones como única cobertura aérea, con el agravante de que eran anticuados y andaban escasos de combustible. Sus fuerzas blindadas ascendían a unos 200 carros, pero sólo constituían una fuerza teórica, pues todos ellos eran restos de la guerra civil, en buena parte inoperantes... en cualquier caso resultaban blancos indefensos ante los modernos blindados que Torch llevaría a África. Si España declaraba la guerra en esos primeros momentos, la escuadra de protección aliada pulverizaría las defensas -bastante importantes por cierto - de la punta de Tarifa, en un ataque rápido, concentrado y con abundante apoyo aéreo. Si España se mantenía neutral y era invadida por Alemania, los aliados dispondrían de tiempo suficiente para prepararse. Por un lado, la invasión de España no sería sencilla: Berlín tendría que concentrar fuerzas importantes y eso resultaría lento dado que la Wehrmacht estaba metida hasta el cuello en la campaña de Rusia. Los preparativos de una hipotética invasión alemana contra España serían detectados por el espionaje aliado al menos con 15 días de antelación respecto al comienzo del ataque. La invasión hallaría, seguramente, fuerte resistencia en España -que los aliados tratarían de activar - donde, además, las dificultades geográficas y la escasez de comunicaciones retardarían, al menos un mes, la presencia alemana en el sur de España. Estos plazos resultaban suficientes para que los aliados pusieran en marcha las operaciones contempladas en el plan Backbone y se adueñasen del Protectorado español. Tales operaciones tenían tres partes: 1.- Toma de Tánger y Tetuán: fuerzas desembarcadas en el Marruecos francés avanzarían hacia Alcázarquivir, con fuerte cobertura aérea, mientras que grupos de paracaidistas y comandos aerotransportados limpiarían el camino al grueso de las fuerzas. Tetuán, capital y capitanía general del Protectorado, con importante guarnición, constituía el objetivo prioritario por el efecto psicológico que causaría en el resto de las guarniciones españolas. 2.- La toma de Ceuta, considerada como la operación más difícil de Backbone, requeriría el desembarco de dos importantes grupos de comandos en la zona de Cabo Negro. Uno de ellos trataría de destruir los 8 cañones de costa que allí había y el otro cortaría la carretera entre este punto y la plaza. A continuación podrían desembarcar las tropas adjudicadas al ataque a Ceuta, que a esas horas estaría bajo el fuego aeronaval de los aliados. 3.- Toma de Melilla y su aeropuerto: una fuerza aliada partiría de Uxda, cruzaría por sorpresa el puente internacional, tomaría Melilla y después avanzaría por el norte del Protectorado para rendir a las fuerzas españolas acantonadas en la zona de Alhucemas (19). Todo ello requeriría el empleo de 4 divisiones de infantería, unos 400 tanques y 200 aviones. Tales fuerzas estarían concentradas en el sur de Gran Bretaña.
Personaje
Militar
Político
Estudió en Caracas y se dedicó al desarrollo de una hacienda particular en Naiguatá. A partir de 1796 participa en las reuniones independentistas donde coincide con Picornell y Gual. Tomando aires revolucionarios procedentes de Francia y Estados Unidos, plantean diversas conspiraciones que acabarán en fracaso tras ser delatados. Huyó antes de ser castigado pero regresó a La Guaira para continuar sus proyectos independentistas. Las autoridades españolas le descubrieron y sufrió prisión acabando sus días ejecutado.
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Algunos puntos dispersos, pero importantes, corresponden al arte paleolítico en las regiones mediterráneas, en el territorio en el que predomina la facies llamada arte levantino de las manifestaciones artísticas postpaleolíticas. Así, cerca de la desembocadura del río Ebro, se encontraban las figuras actualmente desaparecidas de la cueva de La Moleta de Cartagena (Sant Carles de la Rápita, Tarragona), con la enigmática asociación de un toro rampante de tipo paleolítico antiguo, de color negro, junto con unos anchos trazos del mismo color de lo que parecía ser -en una interpretación forzada- una figura humana de tipo levantino. Un poco más al sur, en Cueva Matutano (Villafamés, Castellón), en un nivel Magdaleniense fechado en 12.090 + 170 BP, se halló en el año 1979 un canto rodado con la figura de un cuadrúpedo indeterminado. Hacia el sur hay otros hallazgos de arte mueble como Les Mallaetes (Barig, Valencia), Cova del Barranc (Fleix, Alicante) y Cova del Tossal de la Roca (Vall d'Alcalá, Alicante). Pero la más importante -en número y en elementos iconográficos- colección de arte mueble de la Península Ibérica es sin duda la que proporcionó el yacimiento de la cueva de El Parpalló. En sus excavaciones, Luis Pericot halló unas 5.000 plaquetas grabadas o pintadas, o con ambas técnicas a la vez. Corresponden a una larga secuencia del Paleolítico Superior y son muy importantes desde el punto de vista de la evolución estilística, motivo por el que siguen siendo objeto de notables estudios. En la Cova Fosca y en la Cova de Reinós (ambas del Vall d'Ebo, provincia de Alicante) se hallan las únicas muestras de arte parietal paleolítico de la región valenciana cuyo descubrimiento y estudio ha llevado a cabo Mauro S. Hernández Pérez. La primera contiene varios grabados, en buena parte zoomorfos (caballos, ciervos y un bóvido). En la segunda existe un cáprido de color vinoso. Las representaciones murales de estos lugares han sido atribuidas al Solutrense y por ello paralelizadas con la etapa clásica de las plaquetas de El Parpalló, al menos parcialmente (Estilo II-III de Leroi-Gourhan). En la provincia de Albacete se encuentra la cueva de El Niño (Ayna), descubierta en 1971 y publicada por M. Almagro Gorbea. Contiene en su entrada una serie de figuras de la facies levantina y en el interior otras -cérvidos y cápridos- que constituyen un claro santuario paleolítico. Probablemente pertenecen al Magdaleniense medio.
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Dos hechos vinculados a la corte marcarán el panorama artístico español en su relación con lo que ocurre en Europa, cuando Europa era sinónimo de mundo occidental. Son el incendio del antiguo Alcázar de los Austrias, en la noche del 24 de diciembre de 1734, y la creación de la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando en Madrid -en 1744 la Junta Preparatoria y en 1752 la Academia propiamente-. La un tanto artificial necesidad de erigir un palacio real nuevo sobre los restos del Alcázar traerá a Madrid a los italianos Juvarra (1678-1736) y Sacchetti (1690-1764), creador éste del edificio barroco clasicista que hoy conocemos con adiciones. Pero la trascendencia del Palacio Nuevo no reside tanto en su estilo como en que, en torno a su construcción, produjo una escuela práctica vinculada a la Academia en la que se formaron, o mejor, se pensó que se formaran, los mejores discípulos de la fundación fernandina. La Academia quedó instituida como lugar de enseñanza de la arquitectura, única institución capaz de otorgar titulaciones y competencias, y de control o tutela de la calidad de las obras costeadas con fondos públicos en España. Sin embargo, la formación de discípulos siguió manteniendo el esquema tradicional del aprendizaje en los estudios de los arquitectos reputados. También los gremios de artistas, prohibidos explícitamente por la Academia de una forma severísima, pero articulados como colegios profesionales encubiertos bajo advocaciones devocionales, mantuvieron una vindicativa polémica sobre su utilidad consultiva y su arraigo en el graduado orden tradicional del ejercicio de la profesión. Una muestra de la contradicción existente entre la teoría y la práctica la encontramos con la madrileña Congregación de Arquitectos de Nuestra Señora de Belén, fundada en 1688 y organismo consultivo del Consejo de Castilla, que tuvo como hermanos mayores, siempre por un año y por riguroso orden de antigüedad, a Teodoro Ardemans en 1708, a Pedro de Ribera en 1725 o a Nicolás de Churriguera en 1740, claros representantes del Barroco castizo del que se abominaba. Pero también figuraron con el mismo cargo principal, estando ya creada la Academia y definida su finalidad, arquitectos representativos del cambio deseado, como Francisco Moradillo (1755), Ventura Rodríguez (1764), Francisco Sabatini (1778), Miguel Fernández (1786), Francisco Sánchez (1790) y, por una casual, aunque máxima, paradoja Juan de Villanueva en 1792, año en el que también es elegido el arquitecto como director general de la Academia por un trienio. Sentada, aunque sea muy esquemáticamente, la diversidad de causas que favorecen, tanto la voluntad de restauración de la arquitectura greco-romana en España como el mantenimiento de un orden anterior, y volviendo a la expuesta periodización de nuestro Neoclasicismo, es entre 1744-80 cuando se produce el intento de un cambio fundamental, en el que podemos constatar la coexistencia de maneras proyectuales muy diferentes en la actividad de nuestros arquitectos, de un barroco clasicista e italianizante con Ventura Rodríguez (1717-1785) y Francisco Sabatini (1721-1797), por mencionar los más claros y conocidos referentes de esa vía, pero también innovadoras y hasta precursoras en otros, y es entonces cuando las figuras de Diego de Villanueva (1713-74) y su hermanastro Juan de Villanueva (1739-1811) se revelan más significativas. Ambas vías se dan simultáneamente en el ámbito de dos generaciones de arquitectos, nacidos en torno a 1720 y a 1740, lo que nos habla de la patente diversidad de los protagonistas iniciales o ya representativos de aquel cambio. Estaríamos ante un primer momento en el que se sabe a qué oponerse, críticos todos los profesores de la Academia de San Fernando con las extravagancias churriguerescas y riberescas, pero no qué oponer a cambio. Faltaba lo que podríamos denominar, en los términos propuestos por Ortega, "el epónimo de la generación decisiva" y que éste aflorara con una naturalidad acorde con la necesidad y las ideas para que pudiera ser asumido como conclusión y como verificación, no como un genio casual. La figura en torno a la cual se materializa el sentido de aquel cambio anhelado la encontramos sin duda en la personalidad y en la obra del arquitecto Juan de Villanueva. Si Ventura Rodríguez era reconocido como el "restaurador de la arquitectura en España", en la sentencia de Jovellanos también asumida por Ceán-Bermúdez, en Villanueva se concreta la labor necesaria "para acabar de arraigar en el reino el antiguo arte de construir, y el buen gusto en el adorno de la arquitectura" (Ceán). En este arquitecto se cumplen las condiciones de partida para que sea comprendido por la historia como efecto de unas circunstancias que perfilan su singularidad de un modo menos mesiánico que consecuente, vinculable a la significación artística de un linaje de académicos que anticipa su culminación.
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Se ha venido madurando una definición sobre los valores figurativos del arte francés, italiano o centroeuropeo en España en el siglo XVIII, examinando su génesis y sus implicaciones. España no dejó a lo largo del siglo de reaccionar ante las influencias artísticas venidas del exterior. Tanto las acciones como las reacciones se manifiestan en toda la Península y son especialmente significativas en los núcleos cortesanos. Sin embargo, la relación que se establece en Occidente, en la dirección Norte-Sur, vino a ser un hecho, que en su riqueza profunda, se remite a un marco mucho más general, ya que la misma Italia es deudora de influencias francesas y centroeuropeas, que en pleno siglo XVIII llegan a alcanzar cierta polaridad, y a la inversa, Francia se beneficia de una serie de ideas que son de estímulo mediterráneo.I. Bottineau ha clarificado ampliamente la relación existente entre las Cortes de París y de Madrid justificando las influencias artísticas que maduran en la Corte de España a través de un trasiego de ideas, de artistas e incluso de objetos. Entra magistralmente en este cuadro, exhaustivamente documentado, la evidente elaboración programática de una puerta abierta al arte extranjero, que casi con carácter de ley, provoca la fuerza de una corriente, planteada desde términos funcionales y prácticos y que traduce al mismo tiempo una intención claramente estética.Desde los primeros años del reinado de Felipe V se manifestó esta intención de contacto con el arte de otros enclaves europeos, que se reconoce en primer lugar en una explícita voluntad del rey de no romper el hilo con Versalles, aquella Corte donde había vivido y donde se habían formado sus criterios políticos o culturales. Esa relación, de la que hacen gala los hombres de su séquito restringido, se interpreta como un gesto de nostalgia de la vida de fasto versallesco, pero establece también otra visión desde los términos de tender un camino de relaciones, o de artes conexas.Su conocimiento del arte italiano fue fortalecido por sus matrimonios con María Luisa de Saboya e Isabel de Farnesio, portadoras de una densa cultura italiana que todavía hacía furor. Ambas contribuyeron a que las artes plásticas de origen italiano no quedaran relegadas en España a un tono de referencia superficial.La monarquía borbónica consideró el nuevo reino como un centro dinámico, de intercambios, contemplado en su perspectiva precisa en el contexto de Occidente y en el marco general de las artes, salvando el aislamiento o retraso producido en el siglo XVII. Tal vez con un exceso en el valor de lo ítalo-francés, la técnica y los valores figurativos de aquellas artes fueron encontrando sus espacios de acomodación, hecho de suma importancia, pero del cual se debe hablar sin exageración. Este sentimiento de apertura programada, se convirtió en la política artística de la nueva monarquía en algo ejemplar, pues hoy se entiende como una vía para la renovación de opiniones, que favorece la implantación de establecimientos culturales como la Academia, que materializa una red constante de intercambios de artistas o como emulación de un coleccionismo y de un cosmopolitismo artístico de gran trascendencia.Pero sobre las bases de tales criterios de apertura, nos parece conveniente señalar que, aparte de que las creaciones extranjeras tendrán interpretaciones en dependencia de quien las adopte, existe un matiz que queremos resaltar. Felipe V, en los términos en que se subraya su excepcionalidad por ese criterio flexible, de apertura, que acrecentó con todos los medios disponibles, entrelazando el choque de estilos, de tendencias, que rayan incluso en la mera importación de curiosidades, lo hizo, sí, pero favoreciendo deliberadamente la vía del arte áulico, el mundo exclusivo y personal de la Corona, aquel mundo privado del monarca, en el que también, coyunturalmente, se habían creado condiciones favorables para su transformación.La empresa, planteada ya tempranamente, tuvo unos objetivos diáfanos. Son los planes de transformación del Real Sitio del Buen Retiro, residencia predilecta del monarca, realizados entre 1707 y 1715 por el arquitecto de Luis XIV, Robert de Cotte. Fue la construcción de La Granja de San Ildefonso trazada por el binomio Ettienne Marchand y René Carlier como idea de conjunto, en cuyo diseño se vierte lo francés reforzado por un grupo de escultores y de jardineros. También el Palacio Nuevo de Madrid, que tras el incendio del viejo Alcázar en la Navidad de 1734 se delineaba por Juvarra y se construía por franceses e italianos. En el Palacio y el convento de las Salesas y en los Teatros Reales se medía el talento de Jaime Marquet y Francisco Carlier. En El Pardo y Aranjuez se conjuga la labor de italianos y franceses. La vitalidad de estas construcciones crea escuelas de enseñanza de cierta autoridad. Empresas todas de dominio real y núcleos donde radica en su mayor significación la influencia foránea. Se aprecia igualmente en las manufacturas reales, donde los operarios extranjeros son los favoritos.Algo que merece ser mencionado y que nos lleva a la misma conclusión de empresa artística privatística, fue la entrada de científicos e ingenieros, topógrafos, químicos, jardineros, etc., dispuestos a poner en marcha iniciativas de nueva producción en los territorios de los Sitios Reales. La presencia de Sttilinguer, Bowles, Nangle, Rodolphe, etc., desempeñaron un papel relevante en el campo científico, en el urbanismo, hidráulica, puentes, pantanos, caminos nuevos, etc., en los parámetros de El Pardo, Aranjuez, El Escorial, etc.Los diferentes puntos áulicos, en su vitalidad constructiva, son sin duda una notable contribución, que se extiende al ancho campo de todas las artes. La fisonomía de los edificios reales creados bajo este signo internacional es inconfundible, pero debe más a la constancia de algunos de sus rasgos que al rigor de un sistema. La escultura, estrechamente imbricada en la arquitectura, conoce el mismo camino y el mismo auge, al igual que la pintura. Las obras surgen con clara afinidad a Marly, a los palacios de Versalles, a los edificios reales piamonteses, a las corrientes berninianas, pasadas muchas de ellas por el juicio ponderado de Ferdinando Fuga, Vanvitelli o Salvi. Pero no nos muestran una seguridad de diseño total, salvo algún caso, porque los artistas que llegan como invitados del monarca, o aquellos que desde lejos participan en la empresa a través de diseños o asesoramientos, son tendentes al eclecticismo, ya que en raras ocasiones son hombres con firme trayectoria artística anterior, pues fue en la Corte de España donde desarrollan con distinto grado de talento su carrera profesional. Sachetti, Pavia, Sabatini, Marquet, Carlier, van Loo, Olivieri, Housse, Ranc, etc., se enorgullecen de innovar, pero en la mayor parte de los casos se revela un conocimiento muy avisado de los maestros que les preceden.Pero la influencia extranjera nos muestra otros caminos complejos. El progresismo libresco de la Academia fue sin duda la convergencia final de una doble vía, sintetizada en la importación de libros y en el impulso al pensionado en el extranjero. Constituye una vía restringida pero fecunda, que tiene su vigencia en la segunda mitad del siglo, cuando el organismo goza plenamente de la protección monárquica.
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La entrada de Suecia y de Francia en la guerra demostró claramente que la colaboración de las dos ramas de los Habsburgo sólo concitaba la unión de sus enemigos, empeñados a toda costa en evitar que impusieran su dominio, como había sucedido en la centuria anterior. Durante algún tiempo Madrid y Viena lograron hacer frente a las fuerzas coaligadas en contra suya, pero al final cada una procuró concentrar todos sus recursos en proteger sus estados patrimoniales, lo que dará paso a una nueva concepción de la política exterior de los Habsburgo, al menos por parte del Emperador. Las consideraciones dinásticas ceden su lugar a las prioridades de cada monarquía, y si para asegurar la convivencia en Alemania es necesario sacrificar a España se sacrifica. Este principio, que quedó confirmado en los tratados de paz de 1648, se mantiene en los años siguientes, aun cuando en alguna ocasión Viena ayude a España en su pugna con Francia. La paz alcanzada con Holanda permitió a Madrid desplazar el ejército de la frontera septentrional de los Países Bajos al frente catalán, toda vez que el estallido de la sublevación de la Fronda en Francia y la deserción de Condé y de Turena, incorporados al servicio de Felipe IV, minaba la capacidad ofensiva gala. Esto contribuirá a que España pueda reconquistar en 1652 Barcelona y el puerto de Dunkerque. En Italia también se recuperan las posiciones perdidas en años anteriores (Porto Longo y Piombino) e incluso se ocupa Casale, en poder de los franceses desde 1628, haciendo fracasar el proyecto de Mazarino de destruir el sistema de comunicaciones español en el Mediterráneo, completando así la obra iniciada por Richelieu en el centro de Europa. Para España, el año 1652 fue un segundo annus mirabilis, pues sus ejércitos consiguieron evitar la disolución de la Monarquía y establecer las bases para negociar con Francia la firma de una paz honrosa, máxime cuando poco después los franceses caen derrotados en Pavía (1655) y Valenciennes (1656). De hecho, Mazarino se ve precisado a iniciar conversaciones con España, alcanzándose el compromiso de que si Luis XIV no se aliaba con Inglaterra y retiraba su apoyo a Portugal, se le entregaría la Cerdaña, el Rosellón y varias ciudades del Artois, y se concedería a los mercaderes franceses condiciones favorables en el comercio español. A pesar de tales acuerdos, las negociaciones no prosperaron por la negativa del monarca francés a perdonar a Condé, que se había revelado contra su autoridad, y porque Felipe IV no deseaba desposar a su hija María Teresa con Luis XIV, requisito exigido por Francia para reforzar la paz, pero inviable en este momento porque la infanta española era la única heredera de la Monarquía y, por tanto, debía contraer matrimonio con algún vástago de los Habsburgo de Viena para que los estados patrimoniales de la familia no pasasen a otras manos. El fracaso de las negociaciones condujo a Mazarino a buscar el medio de obligar a España a flexibilizar su postura. Sin aliados desde 1648, su atención se dirigió a Inglaterra, donde Cromwell había desencadenado en 1655 un ataque perfectamente planificado, y por sorpresa, contra las colonias españolas en el Caribe, ocupando la desguarnecida isla de Jamaica. Sin embargo, los ingleses descubrieron muy pronto la fuerza que todavía conservaba el imperio español, pues fracasaron en su ataque a La Española, y aunque la flota de Blake asestó algunos zarpazos al tráfico ultramarino, la escuadra de España en Dunkerque, unida a los corsarios de Ostende y del Cantábrico, causaron enormes estragos en el comercio de Inglaterra, provocando una grave depresión económica, a la que contribuyó también la represalia decretada en 1655 contra las propiedades de los súbditos ingleses en España. París y Londres, pues, se vieron abocados a la firma de una alianza que les deparará brillantes éxitos, destruyendo unidas la resistencia militar española: en 1657 Blake consigue apresar la flota española procedente de América cerca del final de su viaje, hazaña que en 1658 repite Stayner, mientras en Flandes se pierde de nuevo, y ahora para siempre, el puerto de Dunkerque. La derrota española en el norte, junto al deseo de Felipe IV de poner fin a la secesión de Portugal, después de las fracasadas campañas de 1657 y 1658, van a permitir la reanudación de conversaciones entre Madrid y París, obteniéndose en 1659 la firma del Tratado de los Pirineos. En este acuerdo, Luis XIV accede a rehabilitar a Condé y a no prestar ayuda a los rebeldes portugueses; Felipe IV, asegurada por entonces la sucesión con el príncipe Felipe Próspero y el infante Fernando Tomás -morirían, sin embargo, al poco tiempo-, no puso reparos en entregar la mano de la infanta María Teresa a Luis XIV, junto con algunas plazas en los Países Bajos y los territorios catalanes del Rosellón y la Cerdaña, poniendo así fin a la contienda franco-española iniciada en 1635. Con Inglaterra el enfrentamiento continuará aún después de la muerte de Cromwell (1658) y la subida al trono de Carlos II(1660), a quien Felipe IV había estado protegiendo desde la revolución de 1642. El monarca inglés, aconsejado por sus ministros, optó por unir los intereses de Inglaterra con los de Portugal a través de un enlace dinástico con los Braganza, obteniendo en dote por su matrimonio en 1661 con la infanta Catalina la ciudad de Bombay, que abría las puertas de la India, y la plaza de Tánger, en el Estrecho de Gibraltar, que facilitaba la entrada al Mediterráneo y la posibilidad de obstaculizar el tráfico marítimo entre Cádiz y América. La alianza anglo-portuguesa acordada en 1661 fue decisiva, además, para el afianzamiento de la dinastía Braganza en Portugal, ya que el auxilio prestado a Lisboa a cambio de concesiones comerciales importantes a los mercaderes ingleses, según los acuerdos de 1642, 1652, 1654 y 1660, facilitó su resistencia, a la que contribuyó también la ayuda que Francia enviaba, no obstante el compromiso adquirido en el Tratado de los Pirineos. Las victorias portuguesas sobre el ejército español, tampoco muy bien coordinado, en Ameixial (1663) y Villaviciosa (1665), convencieron a la reina regente Mariana de Austria de la imposibilidad de recuperar el reino separado en 1640, por lo que no tuvo más remedio que reconocer su independencia en 1668, inaugurándose una nueva etapa en las relaciones de ambas monarquías.