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Aproximadamente un millón de personas cruzaron en los primeros meses del año 1939 la frontera franco-española huyendo de las fuerzas nacionalistas, que el día 26 de enero habían ocupado Barcelona. Las penosas condiciones en las que este contingente se desenvolvía se hacían especialmente graves en los casos de los heridos, las mujeres, los ancianos y los niños. Aquellos republicanos, a los que el mismo Pons Prades califica de "bastante ilusos", se encontraban absolutamente desasistidos. Les esperaban los campos franceses, oficialmente destinados a refugiados pero de hecho más semejantes a los de concentración que ya estaban comenzando a poblar el espacio europeo situado bajo dominio alemán. Las ciudades y los pueblos franceses próximos a la frontera se veían llenos de personas, que se acomodaban en la forma en que podían y en las condiciones más precarias. Los elementos señalados como comunistas y anarquistas eran tratados de forma especial en verdaderos centros de castigo, que para muchos supuso la muerte. Los combatiente derrotados eran observados con hostilidad por la inmensa mayoría de los franceses. Pocos meses después, aquellos centros de concentración serían utilizados por el ocupante alemán, que en muy pocas semanas habría de derrotar al pretendidamente invencible ejército francés. Martín Bernal, uno de los futuros legionarios de origen español cuenta a propósito de su entrada en esta fuerza: "La declaración de guerra me pilló en la cárcel y enseguida comenzaron a presionarnos para que nos enrolásemos en la Legión. Pero mientras nosotros tratábamos de suscribir un contrato sólo para la duración de la guerra, los franceses se empeñaban en hacernos firmar por cinco años. Al ver que no transigíamos, nos amenazaron con devolvernos a España por las buenas. No creíamos que fuesen capaces de cumplir la amenaza,-hasta que un día nos sacaron de la cárcel -la de Tarbes-, nos montaron en un coche celular y nos echamos a la carretera, en dirección a la frontera de Canfranc. Nosotros seguíamos creyendo que era una maniobra para intimidarnos y romper nuestra resistencia. Pero cuando nos dimos cuenta de que la cosa iba en serio fue al ver asomar, a lo lejos, las puntas de los tricornios de los civiles. Así que no tuvimos más remedio que firmar. Y, a los pocos días nos hacíamos a la mar rumbo a Argelia". Las evidentes condiciones negativas que rodearon al episodio no impedirían que los contingentes de españoles, tan irregularmente enrolados, actuasen sobre los campos de batalla con gran valor y habilidad. El mes de mayo de 1940 supondría para muchos de ellos el comienzo de una nueva etapa, definida por la permanente acción, al lado de los aliados y en contra del Reich, que tan decisivo papel había jugado en el proceso de destrucción de la República española. Al comienzo de la guerra, ingleses y franceses como para desentumecer un poco a sus anquilosados ejércitos, crearon a su vez un pequeño cuerpo expedicionario que desembarcaría y ocuparía varios puntos estratégicos de Noruega. En la zona septentrional -en Narvik- actuarían dos batallones de la más tarde famosa 13? Semibrigada de la Legión Extranjera Francesa. La mitad de sus efectivos eran españoles: un millar de hombres de los que casi la mitad quedarían para siempre por tierras noruegas. Con ellos combatieron polacos, noruegos, franceses e ingleses. Pero las dos operaciones clave -el desembarco en el puerto de Bjerkvik, preludió a la toma de Narvik, y la ocupación de la cota 220- serían protagonizados por los legionarios españoles bajo la bandera francesa. A los voluntarios españoles les chocaba la baja moral de los Aliados. El gran miedo a la guerra de que habían hecho gala antes -abandonando al fascismo varios países de Europa-, contrastaba tremendamente con el triunfalismo derrochado apenas estalló la guerra. Hubo detalles que llamaron la atención ya desde el principio: la escasez de voluntarios franceses y el haber presenciado la salida de quintos franceses que se iban a la guerra llorando... Después, en las zonas cercanas a la línea de fuego, habíamos podido observar el buen partido que le sacaba a la guerra la oficialidad gala. Todo esto lo sintetizaría muy bien el teniente-coronel Tagüeña: "Llegaron más oficiales franceses que nos miraban con curiosidad y hacían preguntas como de profesional a aficionado. Creo que más tarde recordarían muchas veces, que, entre otras cosas, les dije que nuestro ejército -el republicano español- había sido vencido, pero que a ellos les iba a llegar pronto el turno y sentirían no habernos ayudado. No habla duda que nuestra derrota representaba también la de Francia; pero no querían admitirlo y me hablaron de las virtudes de sus soldados. Esto no me impresionaba, porque si las virtudes fueran suficientes para ganar una guerra nosotros no la hubiéramos perdido".. Cuando se desencadena la ofensiva alemana -con la invasión de Holanda y Bélgica, el 10 de mayo de 1940, y la de Francia, cuatro días después- los republicanos españoles que combaten bajo los pliegues de la bandera francesa ascienden a casi cien mil hombres. Una cuarta parte de ellos trabajan en las industrias de guerra, mientras que unos veinte mil sirven en unidades combatientes (Legión y Batallones de Marcha). Y alrededor de sesenta mil están encuadrados en la Compañías de Trabajo -dedicadas, sobre todo, a tareas de fortificación-, de los cuales las dos terceras partes trabajan, en plena línea de fuego, en la línea Maginot y la frontera franco-belga. Helios Bárcenas salvó la vida por poco en el desastre francés: "Por nuestro sector los combates empezaron hacia el 17 de mayo de 1940. Nos enfrentamos con pequeños destacamentos motorizados que procedían de las Ardenas, donde se había producido la brecha por la que se colocaron las divisiones blindadas alemanas. Fueron, en verdad, simples escaramuzas. Nunca enfrentamientos frontales, porque la relación de fuerzas y el material empleado hacía caer netamente la balanza del lado de los invasores. Nosotros, en realidad, sólo libramos combates de repliegue. Empeñados, tan sólo, en que no se nos cortasen todas las vías de retirada. Desde el primer momento perdimos de vista a la oficialidad francesa -y valía más así- y tomamos el mando los españoles, organizándonos en pequeños grupos. La compañía en que yo estaba -de ametralladoras- no tuvo suerte, pues una noche nos quedamos a dormir en un bosquecillo, pese a que nos enteramos de que el pueblo más cercano estaba acampada una unidad enemiga, suponiendo que al amanecer los alemanes se echarían a la carretera y pasarían de largo, sin preocuparse del bosquecillo. Algunos (docena y media de hombres) no lo creíamos así y durante la noche nos replegamos hacia otro bosque más alejado, en las laderas de una colina. Y cuando amaneció asistimos al terrible espectáculo de ver entrar en acción una sección de lanzallamas alemanes que le pegaron fuego, por los cuatro lados, al bosquecillo. Allí perecieron más de un centenar de hombres. Mariano Constante también puede contarlo, pese a su deportación al campo de exterminio de Mauthausen: "Cuando se inició el gran ataque alemán del 10 de mayo, nuestra unidad había sido desplazada días antes al sector de Longwy en la cruz de la frontera francesa, belga y luxemburguesa. Habíamos estado cavando enormes fosas antitanques, que luego utilizarían como reducto para parapetarse en ellas los paracaidistas alemanes. En seguida salimos hacia la frontera belgo-holandesa, pero no hicimos más que entrar en territorio belga y ya nos topamos con unos destacamentos motorizados alemanes. Volvimos hacia atrás y allí puede decirse que empezó nuestra retirada. Pasamos por Montmédi (Meuse), Verdún-sur-Meuse, Bar-le-Duc, Sainte-Menehoued (Marne), Neufcháteau y Epinal (Vosges). Como podrás ver, siempre íbamos hacia el sur, pero desviándonos hacia el este de vez en cuando, a causa del avance alemán. En un momento dado, nos dirigimos hacia el oeste (Sainte-Menehould) y luego nos orientamos rumbo al noroeste, hacia Rambervilliers, que es donde nos hicieron prisioneros, el 21 de junio de 1940, fuerzas alemanas que habían cruzado el Rhin y penetrado en Alsacia pocos días antes. Habíamos recorrido, en cosa de 40 días, un millar de kilómetros. Al caer prisioneros íbamos unos 400 españoles. La mayoría de las Compañías de Trabajo, pero también venían con nosotros algunos soldados de los Batallones de Marcha y un grupo de legionarios. Ya conoces nuestra odisea: del campo de fútbol de Rambervilliers nos llevaron a Baccarat -donde estuvimos varios días encerrados en las naves de las famosas cristalerías-, luego a un campo de selección de Alsacia y, después de permanecer unos meses en un campo de prisioneros de guerra de Alemania (Stalag XVII A) fuimos a parar (abril de 1941) al campo de exterminio de Mauthausen (Austria)". Los españoles de ocho Compañías de Trabajo (las 111, 112, 113, 114, 115, 116, 117, y 118) vivieron el drama de Dunkerque, donde la mayor parte de ellos murieron defendiendo las posiciones de Bray-les-Dunes, mientras los aliados (ingleses y franceses en particular) se disputaban a tiro limpio los puestos en las embarcaciones de evacuación. Los pocos españoles que lograrían llegar a Inglaterra, por sus propios medios, casi siempre serían encerrados en varias cárceles (testimonio del sevillano Juan López López, de la 118? C. de T.), junto con prisioneros de guerra alemanes. Y no pocos de ellos fueron devueltos a Francia, desembarcándolos en puertos de Bretaña, cuando las columnas de vanguardia alemanas ya penetraban por la parte oriental de la península bretona. Otras víctimas de aquella vergonzosa retirada fueron aquellos compatriotas nuestros que fueron abatidos -y con ellos algunos checos, polacos, belgas y holandeses por los gendarmes o la guardia cívica -una especie de somatén-, que, presos de pánico, los confundieron con paracaidistas alemanes. Tras la rendición de Francia y la formación del Gobierno de Vichy se inició la resistencia popular contra el invasor. Los refugiados españoles tomaríamos parte en la lucha. La integración de los españoles en las guerrillas antinazis fue completamente natural; unas veces se produjo por cuestiones ideológicas, otras porque no cabía otra forma de supervivencia. Dos protagonistas confluyeron, en peripecias bien diferentes, hacia la misma región: los departamentos de el Aude y el Ariége, donde surgieron las primeras guerrillas españolas en Francia. Ellos nos cuentan sus experiencias: Pedro Olea Salas, uno de los pioneros del maquis español en Francia, cuenta: "Yo estaba, como sabes, en el Onceavo Regimiento de Marcha de la Legión Extranjera y la invasión alemana nos pilló en el punto neurálgico de la ofensiva: en la cruz de las fronteras de Francia con Luxemburgo y Bélgica. La aviación alemana nos hizo trizas, y como la oficialidad chaqueteó de lo lindo, cada uno se las arregló como pudo. Yo, la verdad, no tenía muchas ganas de andar. Al final acaba uno hartándose de retiradas. Por eso, con tres compañeros más nos quedamos en los bosques del departamento de la Creuse, en el centro del país. No fue difícil colocarnos como leñadores, primero y como carboneros, después, Allí empezó, aunque muy modestamente, nuestra existencia guerrillera, que dos años más tarde proseguiría al pie de los Pirineos. Como estábamos muy cerca de la Línea de Demarcación, por aquella zona pasaban muchos fugitivos de la Francia ocupada por los alemanes. Entre ellos no faltaban españoles, que las gentes del lugar encaminaban hacia nosotros. Aquello, si exceptuamos los sabotajes y los golpes de mano, que al principio se dieron muy espaciados por falta de hombres y de armamento, fue, en efecto, una "base-posada-escuela". Ya que nuestros compatriotas, cuando se refugiaban en ella encontraban natural que se les acogiera fraternalmente; pero, al solicitar su ayuda para nuestras misiones -en particular que hicieran en nuestra ausencia el trabajo que nos incumbía- se mostraban más bien reacios a colaborar, Así que tuvimos que organizar unos cursillos, digamos de politización para transeúntes para explicarles, y en lo posible, convencerles de las razones morales de nuestra lucha y por qué habíamos decidido olvidar, por lo menos de momento, el trato de las democracias occidentales para con la república española". Una peripecia aún más complicada y que termina marchando por los mismo derroteros de la guerrilla es la de Martín Martínez García: "Los restos de mi compañía de trabajo (la 119) fuimos también a parar el infierno de Dunkerque, concretamente a la playa de Brayles-Dunes. Hubo muchas bajas. Unos cuantos pudieron ser evacuados hacia Inglaterra -o se marcharon por su cuenta- y a los demás nos hicieron prisioneros. Puede también que los hubiese con más suerte: yo conocí a uno que pudo atravesar las líneas enemigas y huir hacia el sur de Francia. Era un madrileño que se llamaba Paco Moreno. En medio de aquel gran desbarajuste, los alemanes nos agruparon -a belgas, holandeses, franceses, ingleses, polacos, checos y españoles- y nos llevaron hacia el río Rhin. En cuanto desembarcamos, me junté con un aragonés de mi compañía -Bernardo- y nos evaporamos. La evasión era mucho más peliaguda que en Bélgica, sobre todo a causa de la lengua. Pero nosotros nos dijimos: "Bueno si nos pescan iremos a parar al mismo campo y en paz." Nosotros lo que no sabíamos era que por aquellas tierras había campos de exterminio y que si nos cogen hubiésemos ido a dar con nuestros huesos a uno de ellos. Al de Mauthausen seguramente, que es en el que internaron a las tres cuartas partes de los prisioneros españoles. Estábamos decididos a no tropezarnos con un solo alemán, por lo que siempre andábamos de noche, escondiéndonos de día mejor que los topos. Y así nos volvimos a encontrar en Francia, una semana después, por el lado de Sarreguemines, frente a la famosa línea Maginot, ocupada por las tropas alemanas, que se entretenían en desmantelarla. Por allí estuvimos tres o cuatro días, recogiendo cosas abandonadas por los franceses: ropa, comida (botes de conserva, claro) y dos pistolas..., bueno dos de esas de tambor del 38. La mía la conservé hasta la liberación de Francia, fíjate, y luego se la regalé a un amigo español que hace colección de armas cortas. Nosotros seguimos bajando en dirección a España... Y en Lyon, a causa de un control de identidad en la estación, cuando íbamos a subir al tren de Toulouse -y después de haber salvado tantos y tantos obstáculos-, nos detuvieron los gendarmes. Nosotros, pobres de nosotros, creyendo que se portarían como hermanos de armas que éramos, les confesamos la odisea que acabábamos de vivir sin omitir detalle". Testimonio de Julián Villapadierna García: "En las minas de oro de Salsigne -al norte de Carcassone- trabajábamos muchos españoles, como sabes. Y puedo asegurarte que cuando se constituyeron los maquis franceses de la Montaña Negra, ya hacía tiempo que nosotros habíamos montado la Solidaridad Española. Esto sería a mediados de 1942. Luego, cuando vimos que los "guerrilleros" del país almacenaban el armamento y se daban la gran vida -eran de la "Armée Secrete"-, que se reservaban para los combates de la postliberación: o sea, para evitar que la auténtica guerrilla tomase el poder-, los españoles creamos varios grupos. Y nosotros, los de la mina -salvo las consabidas excepciones-, seríamos sus más fieles colaboradores. Teníamos salvoconductos para circular y podíamos facilitarles dinamita y también información. En lo que me afecta, cuando me ocurrió aquel accidente, que me dejó temporalmente paralizado de las manos, al disponer de tiempo y seguir gozando de facilidad de desplazamiento, me puse ya enteramente al servicio de nuestra guerrilla. Luego, al darme de alta, fui destinado -mejor dicho: los compañeros me recuperaron- al Grupo Disciplinario (G. T. E.) número 422 de Carcassonne, que era algo así como el Estado Mayor departamental (en el Aude) de las fuerzas -armados o no- de la Resistencia Española. En verdad, no creo que hubiese un solo G. T. E. que no estuviera controlado ("copado") por los exiliados españoles". Hubo otras dificultades, según testimonia José María Juan: "Los primeros republicanos españoles que llegaron a la región alpina lo hicieron en septiembre de 1940. Procedían casi todos de la región Centro. Unos llegaban de Bergerac (Dordogne) y otros -todos lo que se quedaron en la Alta Saboya-, de Sainte-Livrade (Lot-et-Garonne), y todos ellos pasaron a formar parte de tres G. T. E.: el 514, estacionado en Savigny; el 515; con sede en Vacheresse, y el 517, con base en Annecy. Al principio había en dichas unidades unos 750 españoles. Y, a fines de 1942, las deserciones habían alcanzado tal volumen que se tuvieron que disolver dos Grupos Disciplinarios; el 514 y el 515, reorganizándose el 517, que mandaban dos militares franceses de declarada filiación fascista: el capitán Valiére y el brigada Palop, enviados por el Gobierno de Vichy para "poner coto a las deserciones y reorganizar a fondo las unidades disciplinarias españolas."Una precisión: a los desertores había que añadir la deportación de muchos españoles a los campos de Alemania y de Argelia". El manchego Miguel Vera sería el primer coordinador departamental de las fuerzas resistentes españolas, compuestas casi enteramente por los desertores de los GET (grupos disciplinarios de trabajadores extranjeros). Un hijo de emigrados económicos españoles, de Almería, Ricardo Andrés, que más tarde sería ejecutado por los alemanes, realizó el enlace con la resistencia francesa. Con todo, hubo algunos grupos de maquis incontrolados. Por eso conviene puntualizar que la hora de la verdad sonó cuando los antiguos cazadores alpinos, unidad disuelta a raíz del armisticio franco-alemán, decidieron organizar el "Batallón del Gliéres", con el capitán Tom Morel a la cabeza. Debo decir que, con anterioridad, los cazadores alpinos ya nos habían entregado armamento suyo, de los arsenales que tenían escondidos antes de que llegasen los alemanes. Al iniciarse la gran ofensiva alemana, apoyada por los milicianos fascistas franceses, cada cual salió de la meseta como mejor le dio a entender su experiencia. Aunque se nos haya olvidado intencionadamente, la guerra en Francia está cubierta de andanzas españolas. Federico Moreno Buenaventura estuvo con las unidades de Leclerc en África y, después, en Normandía: "Después de aquella fabulosa aventura del desierto, la columna Leclerc fue enviada a descansar a tierras de Marruecos. Allí, al formarse la Segunda División Blindada de la Francia Libre, fue donde la representación española adquirió un volumen impresionante. Acudían compatriotas nuestros de todas partes: de los campos de concentración del Sáhara -donde los había encerrado el mariscal Pétain-, de la Legión Extranjera o de los Cuerpos Francos, de donde desertaban por racimos. A eso se le llamaba "traslados espontáneos". Y muchos otros que habían estado medio escondidos en Argel, en Orán, en Túnez y en Casablanca. Tamaña afluencia se justificaba así: habían corrido rumores de que el desembarco en Europa se iba a efectuar por las costas españolas. Si no cierran los banderines de enganche se hubiesen podido formar, sólo con españoles, las dos divisiones blindadas de la Francia Libre. Aunque pronto recibimos material americano e inglés, tardamos más tiempo de lo esperado en abandonar los campamentos africanos, y no embarcamos hacia Inglaterra hasta abril de 1944. Dos meses más tarde -el 6 de junio-, los Aliados desembarcaban en Normandía. Y nosotros, incomprensiblemente, seguíamos acampados en el centro de Inglaterra. Esto se debía a varias barrabasadas que el general Leclerc había hecho a sus aliados en la campaña de Túnez -y que volvería a hacerles en Francia y en Alemania-, ya que tanto él como De Gaulle consideraban que debía quedar bien claro -y para ello las unidades de la Francia Libre debían ir en vanguardia- que los territorios bajo mandato francés -o antiguas colonias-, eran liberados por unidades francesas, que debían entrar las primeras en las villas importantes reconquistadas. Al fin, en la noche del 31 de julio al 1° de agosto de 1944, los hombres de Leclerc ponen pie, a su vez, en las playas normandas. Entonces el orgullo nacional francés resurge de nuevo, con otra obsesión: la de entrar los primeros en Paris. Pero, para ello, tendremos que combatir a marchas forzadas, casi "a destajo", dejando de lado muchas veces las más elementales normas guerreras clásicas, como es la de no descuidar demasiado los flancos de las fuerzas propias. Mas lo cierto es que, tal como Leclerc -que era indiscutiblemente un genio- planteó los avances, nadie era capaz de señalar dónde estaban nuestros flancos. Aquello, visto a distancia, fue un puro disparate bélico y te puedo asegurar que nadie disfrutó tanto la marcha sobre París -en el tramo Normandía-París- como los españoles. Y en particular los de la Novena Compañía, que, salvo su jefe, el Capitán Dronne, estaba compuesta exclusivamente de españoles. ¡Había que ver las bandadas de autos blindados, bautizados casi todos con nombres españoles -Don Quijote, Madrid, Teruel, Ebro, Jarama, Guernica, Guadalajara, Brunete, Belchite y el de los tres mosqueteros: Porthos, Aramis y Artagnan-, corriendo por las carreteras, escalando ribazos, saltando acequias y vadeando arroyos! Lo dicho: ¡un puro dislate! Y, cuando norteamericanos e ingleses estaban discutiendo con De Gaulle, Leclerc ordena a Dronne: "Ya sabe lo que toca hacer: ¡derecho a Paris, sin preocuparse de nada más!". Y Dronne nos convoca a los jefes de sección -Montoya, Granel, Campos y Moreno- y nos dice lo que hay que hacer, pase lo que pase. Recorrer los doscientos kilómetros que nos separaban de Paris no fue tarea fácil para nadie. Al operar en francotiradores renunciábamos a la cobertura aérea made in USA, y al apoyo de nuestros tanques pesados. Personalmente, tuve que enfrentarme, con mis tres blindados, con unos cañones alemanes del 88, que nos tapaban el camino. Tuvimos suerte, esa es la verdad. Así que, el día 24 de agosto de 1944 -un jueves- a eso de las nueve de la noche, entrábamos en la plaza del Ayuntamiento de París. El "Don Quijote", que era el blindado de mando de mi sección, fue el primero en aparcar allí. Y en la hora que siguió llegaron los restantes autos blindados conducidos por españoles, con nombres castellanos en los flancos y en el morro de sus vehículos. Por eso nos dolió tanto lo que ocurrió, veinticinco años más tarde, en agosto de 1969, en un reportaje conmemorativo de la Liberación de París, retransmitido por la televisión francesa. La emisión duró casi dos horas y en ella participó incluso la viuda del mariscal Leclerc. Pues bien, ni una sola vez, en toda la emisión, se oyó nombrar la palabra español..." Los refugiados españoles colaboraron también en la evasión de otros perseguidos. Uno de ellos fue M. H. P., "el Murciano", que cuenta: "Mi actuación clandestina empezó en el Mediodía de Francia y se centró casi exclusivamente en organizar expediciones de personal y trasladarlo a España, clandestinamente y por vía marítima, por cuenta de la famosa cadena de evasión aliada "Pat O'Leary". Ya es sabido que los últimos eslabones de la misma -tanto por tierra, desde Toulouse, como por mar, desde Séte- fueron organizados y estaban servidos por guías republicanos españoles. Y que su máximo responsable -los libertarios repugnamos usar el término de jefe- era un maestro nacional de Huesca, asturiano de nacimiento, llamado Paco Ponzán Vidal. Con anterioridad, y por razón de mi empleo como mecánico a bordo de un barco griego que batía pabellón panameño, yo ya había participado en la organización de la huida de un grupo importante de diamanteros de Amsterdam, todos judíos, en el otoño de 1940. Los llevamos hasta Lisboa, después de una escala fallida en Casablanca. Yo todavía me estoy preguntando cómo se las arreglaron para salir de Holanda, cruzar Bélgica y luego la zona norte de Francia, ocupada toda la zona llamada Libre y presentarse en el puerto de Séte como si tal cosa. Con sus coches, sus respectivas esposas y un equipaje tremendo. ¡Ah, y unos maletines de mano que no los soltaban ni para dormir! O sea, que en punto a persecución de judíos, se ve que los alemanes no hilaban muy fino, según en qué ocasiones... En Séte los embarques debieron interrumpirse, en la primavera de 1943, a causa de la detención de un joven matrimonio belga, que se fue de la lengua... Entonces me trasladé a Marsella y a Niza, donde organicé algunas expediciones. Luego, presionado por nuestros protectores franceses, que me consideraban "quemado", se me pasaportó a la capital austríaca, donde estuve un año. Algún día diremos cuál fue nuestra actuación allí. En mayo de 1944 ya estaba de nuevo en Francia: en París. Los españoles participamos activamente -tanto los de la Leclerc como los paisanos- en la liberación de la capital de Francia. Y semanas después, tras varios cambios de impresiones entre libertarios de la Lecrerc (Campos y Bullosa) y los del Comité Regional de París, nos incorporábamos clandestinamente a la 2? División Blindada, con el único objeto de recuperar armamento ligero abandonado por los alemanes en el campo de batalla y enviarlo a Paris, con vistas a armar a gente nuestra destinada a ir a luchar a España. Algunos españoles estuvieron, incluso, entre los primeros que alcanzaron la casa donde veraneaba Hitler. Martín Bernal "Garcés" cuenta: "Yo pasé a Francia en agosto del 39, escapado de la prisión de Porta-Celi (Valencia) en compañía de varios paisanos maños. Al cabo de ocho semanas de andar de noche y dormir de día llegamos a Francia. Allí me vi obligado a enrolarme en la Legión Extranjera, cuando los gendarmes franceses ya me conducían a la frontera -en el Senegal- y después participé en la campaña de Túnez, en la que me hirieron el 9 de mayo de 1943. Yo fui de los que se autoaplicaron el "traslado espontáneo", reuniéndome con los españoles de la División Leclerc. Con Federico Moreno fuimos subjefes de sección primero y de sección más tarde. A mí me hirieron de nuevo por tierras de Alsacia. En abril de 1945 cruzamos el Rhin y comenzó la invasión de Alemania. Mi sección fue una de las que participó en la última travesura de Leclerc, despegándonos primero del grueso de la columna, utilizando luego el "itinerario por libre" fijado por él, y llegando casi los primeros a Berchtesgaden, el lugar de veraneo del Führer Adolfo Hitler. Y digo casi porque, con la sección de Moreno, nos tropezamos con unos cañones alemanes del 88 en el desfiladero de Inzell, ya muy cerca de nuestro objetivo final. Y hasta que no acabamos con ellos no reemprendimos la marcha. Así que, al entrar en aquella villa tirolesa, por las calles ya se veían blindados de la 2? División Blindada, de los que habían pasado por arriba... o por el medio, porque aquello fue algo parecido a la marcha sobre París. ¡No podía negarse que Leclerc era del arma de Caballería! No, yo no fui de los primeros en subir al Nido de Aguila de Hitler. La sección que acompañó al capitán Touyéres, de pie en su jeep, como un caballero de la Edad Media erguido en su montura, fue la 1?, que mandaba Moreno. Nosotros -la 2? - subimos detrás de ellos, en servicio de protección. Pero yo fui, eso sí, uno de los primeros españoles que entró en el Berghof de Hitler. Y experimenté, lo confieso, un gran alivio. Era como si, de pronto, hubiésemos lavado todas las afrentas que los republicanos españoles habíamos recibido desde 1936".
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Españoles que sacrificaron en Tezcuco Iba Cortés ganando cada día fuerzas y reputación, y acudían a él todos los que no eran de la parcialidad de Culúa, y muchos de los que lo eran; y así, a los dos días de hacer señor de Tezcuco a don Fernando, vinieron los señores de Huaxuta y Cuahutichan, que ya eran amigos, a decirle que venían sobre ellos todas las fuerzas de los mexicanos; que si llevarían sus hijos y hacienda a la sierra, o los traerían a donde él estaba: tanto era su temor. Él los animó, y rogó que se estuviesen quietos en sus casas y no tuviesen miedo, sino cuidado y espías; que de que los enemigos viniesen se alegraba él; por eso, que le avisaran, y verían cómo los castigaba. Los enemigos no fueron a Huaxuta, como se pensaba, sino a los tamemes de Tlaxcallan, que estaban proveyendo a los españoles. Salió a ellos Cortés con dos tiros, con doce de a caballo, doscientos infantes y muchos tlaxcaltecas. Peleó y mató pocos, porque se refugiaban en el agua; quemó algunos pueblos donde se recogían los de México, y se volvió a Tezcuco. Al otro día vinieron tres pueblos de los más principales de aquella comarca a pedirle perdón, y a rogarle no los destruyese, y que no acogerían más a hombre alguno de Culúa. Por esta embajada hicieron castigo en ellos los de México, y muchos aparecieron después descalabrados ante Cortés para que los vengase. También enviaron los de Chalco por socorro, pues los destruían los mexicanos; mas él, como quería enviar por los bergantines, no se lo podía dar de españoles, sino remitirlos a los de Tlaxcallan, Huexocinco, Chololla, Huacacholla y otros amigos, y darles esperanza que pronto iría él. No estaban ellos nada contentos con la ayuda de aquellas provincias, sin los españoles; pero todavía pidieron cartas para que lo hiciesen. Estando en esto, llegaron hombres de Tlaxcallan a decir a Cortés que estaban terminados los bergantines, y si necesitaba gente, porque hacía poco que habían visto más ahumadas y señales de guerra que nunca. El, entonces, los puso con los de Chalco, y les rogó dijesen de su parte a los señores y capitanes que, olvidasen lo pasado y fuesen sus amigos y les ayudasen contra los mexicanos, que con ello le darían gran placer; y de allí en adelante fueron muy buenos amigos, y se ayudaron unos a otros. Vino asimismo de Veracruz un español con noticia de que habían desembarcado treinta españoles, sin contar los marineros de la nao, y ocho caballos, y que traían mucha pólvora, ballestas y escopetas. Por lo cual hicieron alegrías los nuestros, y en seguida envió Cortés a Tlaxcallan a por los bergantines a Sandoval con doscientos españoles y quince de a caballo. Le mandó que de camino destruyese el lugar en que prendieron a trescientos tlaxcaltecas y cuarenta y cinco españoles con cinco caballos, cuando estaba México cercado; este lugar es de Tezcuco, y linda con tierra de Tlaxcallan. Bien hubiese querido castigar por lo mismo a los de Tezcuco, pero no era tiempo ni convenía por entonces; pues mayor pena merecían que los otros, porque los sacrificaron y comieron, y derramaron la sangre por las paredes, haciendo señales con ella misma de que era de españoles. Desollaron también los caballos, curtieron los cueros con sus pelos, y los colgaron con las herraduras que tenían, en el templo mayor, y junto a ellos los vestidos de España como recuerdo. Sandoval fue allá decidido a combatir y asolar aquel lugar, así porque se lo mandó Cortés, como porque halló un poco antes de llegar a él, escrito con carbón en una casa: "Aquí estuvo preso el sin ventura de Juan Juste"; que era un hidalgo de los cinco de a caballo. Los de aquel lugar, aunque eran muchos, lo dejaron, y huyeron en cuanto vieron españoles sobre ellos, los cuales les fueron detrás siguiendo; mataron y prendieron muchos de éstos, especialmente niños y mujeres, que no podían andar, y que se entregaban por esclavos y a misericordia. Viendo, pues, tan poca resistencia, y que lloraban las mujeres por sus maridos, y los hijos por sus padres, tuvieron compasión los españoles, y ni mataron a la gente ni destruyeron el pueblo; antes bien llamaron a los hombres y los perdonaron, con juramento que hicieron de servirlos y serles leales; y así se vengó la muerte de aquellos cuarenta y cinco españoles. Preguntados cómo cogieron tantos cristianos sin que se defendiesen ni escapase hombre alguno de todos ellos, dijeron que se habían puesto al acecho, muchos frente a un mal paso en una cuesta arriba, que tenía estrecho el camino, donde por detrás los acometieron; y como iban de uno en uno y los caballos del diestro, y no se podían dar la vuelta ni hacer uso de las espadas, los prendieron fácilmente a todos, y los enviaron a Tezcuco donde, como arriba he dicho, fueron sacrificados en venganza de la prisión de Cacama.
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El estamento superior de la sociedad colonial lo constituyeron los españoles y sus descendientes los criollos. Tuvieron la posesión de los bienes, la administración y el usufructo de la mano de obra. El modelo fue establecido por los primeros conquistadores transformados en colonos -siguiendo el patrón peninsular- y lo siguieron luego los criollos, que vieron garantizados en el mismo la defensa de sus privilegios. Tampoco son muy exactos los datos sobre la población española que pasó a América, pese a que contamos con un buena fuente informativa que son los catálogos de pasajeros a Indias llevados por la Casa de la Contratación. El problema radica en la emigración ilegal, que muchos cifran en el doble o más de la registrada en dichos catálogos. La política migratoria española fue bastante pintoresca, pues en vez de aprovechar en las colonias los excedentes poblacionales que se desechaban en la Península por problemas de religión, como hicieron Francia e Inglaterra con hugonotes, calvinistas y católicos, prefirió expulsarles a África. Sólo podían emigrar a Indias católicos o descendientes de conversos que acreditaran doscientos años de fidelidad católica entre sus antepasados. Esto restó capacidad poblacional a las Indias. A pesar de ello, se calcula que durante el siglo y medio transcurrido entre 1506 y 1700 pasarían a América unos 481.000 españoles, que suponen 2.479 por año. Los ritmos fueron muy variables, como podemos apreciar en el cuadro siguiente: Años Emigrantes Promedio anual 1506-1560 85.000 1.574 1561-1600 157.000 3.140 1601-1650 194.000 3.380 1651-1700 45.000 900 Totales 481.000 2.479 Aunque la emigración ilegal duplicara a la legal, sería a todas luces insuficiente para poblar el enorme espacio hispanoamericano. Mucho más, teniendo en cuenta el decrecimiento de la población aborigen. En cuanto a la emigración femenina fue mayor de lo que usualmente se piensa. Representaría el 10% de la masculina en los primeros años y luego hasta el 23%. La Corona se esforzó en evitar que los emigrantes españoles dejaran a sus mujeres en la Península, pero no pudo arreglar el problema con leyes. Tampoco es verdad que pasaran sólo mujeres casadas. Entre las 1.041 mujeres que emigraron legalmente entre 1509 y 1538 había 687 solteras. La Casa de la Contratación llegó a favorecer la emigración de solteras, pero Felipe II lo prohibió en 1575, después de que el virrey del Perú se quejara de la presencia de muchas mujeres disolutas en Lima, que hacían peligrar los hogares. De las muestras de emigrantes tomadas para el siglo XVI, se desprende que los españoles procedían principalmente de Andalucía (37,5%), Castilla (26,7%) y Extremadura (14,7%). Sólo el 0,8% venía del reino de Aragón (aragoneses, catalanes, valencianos y baleares) y desde luego jamás se negó el paso a los súbditos de tal reino. Durante el siglo XVII, aumentó el número de canarios (en 1675 se ordenó enviar cinco familias isleñas por cada 100 toneladas de productos que se exportaran a Indias). Progresivamente fue creciendo la emigración del norte (vascos, asturianos, navarros y gallegos) con respecto a la del sur. En cuanto a la extracción de los emigrantes, era de los sectores más bajos de la sociedad peninsular: desposeídos de las ciudades y del medio rural, baja nobleza sin oficio ni beneficio, y bajo clero. Entre el funcionariado hubo, en cambio, bastantes nobles (virreyes) y muchos profesionales que buscaban enriquecerse con su carrera. Verdadero problema plantea la presencia de judíos, judaizantes, gitanos, extranjeros y otros grupos que tenían prohibido emigrar, y que llegaron violando todas las leyes. Gran parte de los judíos denunciados por la inquisición habían entrado desde Brasil y Portugal, cuando este reino fue anexado por Felipe II. Los gitanos aparecieron por generación espontánea, sin que nadie diera razón de su paso. Los extranjeros fueron expulsados varias veces y finalmente se les permitió quedarse mediante composiciones o pago de derechos a la Real Hacienda. Una de estas composiciones, realizada en México en 1688-96, dio 57.271 pesos. Se consideraron méritos para obtener la residencia llevar 20 años en dicho lugar y tener mujer e hijos. Pese a lo escaso y selectivo de la emigración española, la población blanca de Hispanoamérica aumentó considerablemente gracias al crecimiento vegetativo. Los 150.000 blancos existentes a fines del siglo XVI eran ya 659.000 a mediados de la centuria siguiente. El fenómeno más interesante de este grupo fue el de su criollización progresiva, del que hablaremos más adelante.
Personaje Pintor
José de Ribera es el máximo exponente de la Escuela tenebrista dentro del Barroco español. Nació en Xátiva (Valencia) durante el año 1591. Según consta en la partida de bautismo, celebrado el 17 de febrero en la iglesia de Santa Tecla, se le imponen los nombres de Joan Josep. Sus padres -Simón Ribera y Margarita Cuco- formaban una humilde familia; concretamente, Simón era zapatero. En el seno del matrimonio nacieron dos hijos más llamados Vicente Miguel y Juan. Cuando Simón Ribera enviudó en 1597 volvió a contraer matrimonio, lo que volvería a hacer en 1607.Como hijo de un artesano, Ribera empezaría su formación artística en algún taller local. Posiblemente se trasladaría después a Valencia para continuar su formación con algún maestro de renombre. Se ha especulado sobre una estancia en el taller de Ribalta, aludiéndose a la similitud de estilos de ambos artistas. Pero hay que advertir que Ribalta se inicia en el naturalismo hacia 1615 por lo que si Ribera acudió al taller de este maestro, lo único que le pudo transmitir Ribalta sería un estilo manierista influido por los artistas italianos que habían llegado para decorar El Escorial.La noticia más temprana de la presencia de Ribera en Italia procede de un manuscrito del siglo XVIII titulado "Descrizione dei famosi pittori" en el que se hace referencia a un pago realizado por un San Martín para la parroquia de San Próspero en Parma. El dicho pago se habría realizado el 11 de junio de 1611. Ribera sólo tiene 20 años y ya ha alcanzado un importante encargo en un centro artístico de gran prestigio como es Parma. El cuadro por desgracia se ha perdido pero quedan grabados y copias lo que es un claro indicativo de la importancia que tuvo en su momento. Todos estos datos nos hacen pensar que Ribera se trasladaría a Italia hacia 1609, teniendo posiblemente como puerto de acceso la ciudad de Nápoles donde el estilo de Caravaggio estaba en pleno auge. Sin embargo, no existen datos que avalen esta hipótesis. En 1613 tenemos una nueva noticia sobre Ribera. Se ha establecido -junto a su hermano menor, Juan, y dos pintores zaragozanos- en Roma, viviendo en la Via Margutta, la calle habitada por los pintores. Lonhghi apunta que durante la estancia romana realizó la serie de los Cinco Sentidos donde da claras muestras de haber asimilado el estilo naturalista imperante en aquellos momentos en la capital romana. También se aprecian influencias flamencas ya que en la Via Margutta habitaban un buen número de artistas flamencos con los que tuvo estrecha relación. Desde mayo de 1613 forma parte de la Academia de San Lucas romana lo que implica un importante prestigio. Recibe buenos encargos pero los desmesurados gastos, la pereza que le caracteriza, la vida bohemia y las ingentes deudas motivarán su traslado a Nápoles donde ha recibido un encargo de Marco Antonio Doria. Corría el año 1616 y no desaprovecha la oportunidad que le depara la nueva ciudad. En Nápoles, virreinato español por aquellas fechas, entrará en el taller del caravaggista Gian Bernardo Azzolino, donde permanecerá un corto periodo de tiempo. La tradición cuenta que Ribera estaba dibujando en la calle con tal maestría que Azzolino decidió someterle a una prueba de habilidad consistente en la ejecución de una cabeza del natural. Ribera pasó la prueba con tanta facilidad que Azzolino le ofreció a su hija como esposa. El 10 de noviembre de 1616 se hacen las capitulaciones matrimoniales de Ribera y Caterina Azzolino, celebrándose la boda entre el 11 de noviembre y el 25 de diciembre, en la iglesia napolitana de San Marco dei Tessitori. El matrimonio tendrá cinco hijos: Antonio Simone (1627), Jacinto Tomás (1628), Margarita (1630), Anna Luisa (1631) y Francisco Antonio (1634). Al poco tiempo de la boda Ribera abre su taller con el que se conseguirá imponer en la capital napolitana, contando siempre con el inestimable apoyo de los virreyes, por lo que los encargos serán numerosos. El primer encargo importante será para la colegiata de Osuna en España por orden de don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, destacando el famoso Calvario. El éxito obtenido motivará que los encargos aumenten, teniendo como clientes tanto a los nobles españoles e italianos como algunas iglesias napolitanas. En 1624 fallece el duque de Osuna y el duque de Alcalá le sustituye como virrey de Nápoles. Ribera es nombrado Pintor de Corte y recibe la protección del virrey, al tiempo que un importante número de encargos entre los que destaca el San Jerónimo y el ángel para la iglesia della Trinità delle Monache. Mantiene la influencia de Caravaggio como también se pone de manifiesto en el Martirio de San Andrés. Su taller se ha convertido en el más prestigioso de los napolitanos y en él trabajarán un buen número de ayudantes, entre ellos Lucas Jordán, conocido como "Luca fa presto" por la rapidez con la que trabaja y la facilidad para imitar a su maestro. Ribera no trabaja más que seis horas por la mañana, dedicando las tardes a sus quehaceres mundanos. Vive rodeado de lujo y se le describe de la siguiente manera: "plantada arrogancia, si bien de talla poco lucida; moreno, de encendida tez, frente descubierta a medias, ojos negros, de párpados carnosos, bajo la arcada de tupidas cejas; nariz chata, roma y fuerte, ancho de pómulos, cuello corto y grueso fuste y áspera melena". Ya firma como "Español" pero su pequeña estatura -"pequeño y corto de miembros" dice De Dominici- motivará su cariñoso apelativo: "spagnoletto".La década de 1630 será la más fructífera para Ribera, realizando importantes encargos como las series de los filósofos, los apostolados o el extraño retrato de Magdalena Ventura con su marido. En todos ellos continúa con su estilo naturalista heredado de Caravaggio. A fines de 1633 o principios de 1634 el conde de Monterrey realizará a Ribera un encargo fundamental en la evolución pictórica del artista. Se trata de una serie de obras para la iglesia del Convento de Agustinas recoletas de Monterrey en Salamanca entre las que destaca la Inmaculada Concepción. En este gran lienzo se aprecia la influencia de los Carracci, iniciándose una nueva etapa en el estilo de Ribera caracterizada por el colorismo y la difusa luminosidad que recuerdan a la Escuela veneciana. Su brillante carrera continúa, recibiendo un buen número de encargos que le permiten mantener su vida de lujo. Estos encargos aumentarán al recibir en 1644 la dignidad de Caballero de la Orden de Cristo de manos del papa Inocencio X. La actividad del taller de Ribera es frenética. Sin embargo, al año siguiente sufre una enfermedad que le obliga a abandonar temporalmente los pinceles. En el año 1647 estalla una revuelta antiespañola en Nápoles. Se trata de un movimiento popular que tiene sus raíces en el hambre, la miseria y los numerosos impuestos que debían pagar las clases humildes. Su líder será el pescador Masaniello y en un primer momento contó con las simpatías de las clases altas y medias que pronto abandonaron el movimiento al temer que degenerara en un conflicto social que pusiera en peligro sus privilegios. Para sofocar la revuelta será enviado un ejército desde España al mando de don Juan José de Austria, hijo natural de Felipe IV. En febrero de 1648 entraba en la ciudad para restablecer la autoridad y reprimir duramente a los rebeldes. Nombró virrey al conde de Oñate y partió para Sicilia en septiembre de 1648. Durante el tiempo que permaneció en la ciudad, Ribera le realizó un excelente retrato ecuestre. La leyenda cuenta que don Juan José se prendó de la belleza de Anna, hija del artista, naciendo una niña de esa relación que sería educada en el madrileño convento de las Descalzas Reales. Según Pérez Sánchez, no sería la hija de Ribera la seducida por don Juan José sino su sobrina María Rosa, hija de Juan, hermano del artista que siempre vivió a su lado. Los últimos años de la vida de Ribera están marcados por la enfermedad y las penurias económicas que le obligan a solicitar préstamos a sus clientes. Especialmente tumultuosas serán las relaciones con el prior de la Cartuja de San Martín. Para esta cartuja ya había trabajado en 1637 pero hacia 1650 recibe un importante encargo en el que se incluye la Comunión de los Apóstoles. En estas obras recupera el estilo tenebrista que caracterizó sus primeros momentos, consiguiendo imágenes llenas de vivacidad en las que emplea una rebosante luminosidad al estilo veneciano. La desconocida enfermedad y las dificultades económicas llevarán a Ribera a la muerte el 3 de septiembre de 1652 según aparece en el "Libri dei Difunti della Parrochia di Santa Maria della Neve". Fue enterrado en Mergoglino, en la iglesia de Santa María del Parto. Las dificultades económicas que había tenido en los últimos años obligarán a su viuda a solicitar un préstamo de 300 ducados al 9% de interés hipotecando los bienes inmuebles de la familia (23 de noviembre de 1652). En diciembre los hijos del artista denunciaban en una carta al Nuncio Apostólico la actitud de los monjes de la Cartuja de San Martín, considerándoles responsables de la muerte de su padre a causa de los disgustos sufridos por no haber recibido el dinero estipulado en relación con la Comunión de los Apóstoles. Según el contrato, Ribera debía recibir 100 ducados por figura; como la obra tiene trece figuras, el precio estipulado serían 1.300 ducados de los que sólo había cobrado 900. El 9 de junio de 1665 finalizaba el proceso al obligar a los cartujos al pago de 315 ducados a Caterina Azzolino.
obra
El coleccionista y director de la "Gazette des Beaux Arts", Charles Ephrussi, encargó a Manet una naturaleza muerta - Manojo de espárragos - quedando tan satisfecho del resultado que pagó 200 francos más que el precio convenido - 800 francos - por lo que el pintor decidió realizar este pequeño óleo que le fue enviado con una nota aclaratoria en la que decía "había quedado uno suelto de su manojo". Posiblemente se trate de uno de los mejores bodegones pintados por Manet dentro de un estilo totalmente impresionista en el que el color cobra absoluto protagonismo. El espárrago se sitúa en primer plano sobre una mesa, sobresaliendo su parte final. La pincelada empleada es muy fluida, de modo que el objeto queda casi eliminado.
obra
Fotografía cedida por el Servicio de Promoción e Imagen turística del Gobierno de Navarra.
contexto
La tradición legendaria transmitida en la épica homérica situaba en Esparta el reino de Menelao, el rapto de Helena, la casa de Tíndaro y las relaciones amorosas entre Zeus y Leda. Contrariamente a lo que ocurre con otros centros micénicos, aquí la arqueología ha podido constatar sólo la existencia de restos muy pobres de edificación como los que reciben el nombre de Menelaion, al que se atribuía la cualidad de palacio del rey, o el santuario de Amiclas, al sureste de Esparta, al margen de abundantes yacimientos no constructivos a las orillas del Eurotas y en el golfo Laconio. La cerámica corresponde sobre todo al Heládico Tardío III B. La construcción más sólida donde puede percibirse una continuación con el estilo geométrico es la de Amiclas, donde se estableció el culto de Apolo sobre el de Jacinto, de origen aparentemente prehistórico, dedicado al niño divino, símbolo de la recuperación primaveral, en peligro de muerte anual. Al margen de este centro, el resto parece haber quedado prácticamente despoblado hacia 1100, hasta mediados del siglo VIII. Por otro lado, la tradición se refiere al retorno de los Heráclidas como acontecimiento posterior a la guerra de Troya, fundamento de una imagen de Esparta como ciudad típicamente dórica. Junto al dialecto dorio se considera huella sintomática de los efectos del proceso migratorio la existencia de las tres tribus que se repiten en otros centros considerados del mismo origen, Hileos, Dimanes y Pánfilos. La clase dominante se considerará heredera de los Heráclidas, dorios por su procedencia, pero predorios por representar el retorno por el que reivindicaban el territorio del que habían sido expulsados. De hecho, da la impresión de que el abandono que se nota desde el siglo XI pudo ser aprovechado por tribus de pastores inmigrantes que tienden a configurar una nueva sociedad estructurada y estable.
lugar
Ciudad del Peloponeso, ocupa una posición privilegiada sobre una fértil llanura. Su fundación, en el siglo IX a.C. se debe a emigrantes dorios, probablemente con componentes aqueos, lo que podría servir como explicación a la existencia de dos dinastías paralelas. El pequeño asentamiento primitivo fue absorbiendo progresivamente a las aldeas circundantes, conformando más tarde una ciudad en la que las poblaciones de las aldeas absorbidas ocuparon un estatus subordinado, los llamados ilotas. Probablemente la tierra fue repartida entre ciudadanos llamados homoioi -los iguales- a partir del siglo VIII a.C., quienes también recibirían trabajadores a modo de esclavos. Un grupo intermedio entre ciudadanos y esclavos serían los periecos, dedicados a la artesanía y el comercio -ocupaciones prohibidas para los ciudadanos- y residentes en las afueras de la ciudad. Las primeras instituciones de gobierno fueron atribuidas a un rey mítico, Licurgo. Las leyes iban encaminadas a ejercer un férreo control del pueblo. El expansionismo militar espartano les permitió incorporar nuevas poblaciones como ilotas. Los dos reyes de Esparta ejercían el papel de mediadores ante la divinidad y jefes militares. Los ciudadanos se reunían en una asamblea llamada apella. Otro órgano político era el consejo, una especie de senado electivo y gerontocrático compuesto por individuos mayores de 60 años. Con el paso del tiempo se añadirán los cinco éforos, encargados del control policial y del poder judicial. En la época de las Guerras Médicas Esparta es la ciudad más poderosa de Grecia, aunque muy poco más tarde comienza su decadencia. Sin embargo, al final de la Guerra del Peloponeso consigue derrotar a Atenas y hacerse con la hegemonía de Grecia. Con todo, la sociedad espartana sufre una paulatina descomposición, puesta de relieve con la sublevación de los ilotas. En época helenística, Esparta ya es una ciudad en plena decadencia, pese a los ensayos de reforma llevados a cabo por algunos reyes. Son pocos los restos arqueológicos de una ciudad que pudo albergar a 30.000 habitantes y que contaba con unas amplias murallas. En su acrópolis se encuentra el santuario de Atenea Calcioikos. Junto al río Eurotas estaba el santuario de Artemis, conocida como Orthia. Es posible ver tres templos superpuestos, que abarcan entre los siglos VII y II a.C. En este templo se celebraba un rito de paso para jóvenes, siendo flagelados ante el altar de la diosa. Los trabajos arqueológicos han sacado a la luz más de 100.000 figurillas de plomo, bronces, marfiles y máscaras de terracota.
contexto
Esparta conseguía con la firma de la Paz del Rey imponer sus condiciones en las relaciones entre ciudades, pues la situación le permitió frenar el desarrollo del imperio ateniense a pesar de que no era capaz de hacerlo sólo con sus propias fuerzas. En este sentido, la paz revela las condiciones objetivas de ese equilibrio, entre el poder y la debilidad. En ese ambiente fue igualmente capaz de someter a las ciudades rebeldes que, por las transformaciones de sus propias realidades internas, tendían a separarse de su tutela. La estabilidad conseguida se resintió pronto, como es natural, de la precariedad de la propia situación espartana. A la larga, no fue posible frenar el nuevo impulso de la segunda confederación ni la reacción de la confederación beocia encabezada por Tebas en su nueva imagen democrática. Durante la década de los setenta a duras penas podía conservar la situación establecida, a pesar de los esfuerzos de Agesilao. La paz se rompía de hecho constantemente, hasta que, en 371, atenienses y espartanos llegaron a la firma de una nueva paz, con participación persa, en que los espartanos aceptaban el reconocimiento de las Ligas entre ciudades griegas. Los tebanos eran ahora los verdaderos protagonistas en la iniciativa de las acciones bélicas entre ciudades. Las relaciones espartanas con los persas en los primeros años del siglo IV estaban condicionadas por las circunstancias internas, heredadas del conflicto dinástico, que se plasmaban en rivalidades entre los sátrapas occidentales. Fue Tiribazo el encargado de introducir a los espartanos ante el Gran Rey para llegar a establecer las condiciones de la paz. A pesar de la iniciativa espartana, encabezada por Antálcidas, la verdad es que la paz suele recibir un nombre más adecuado a su sentido real, la Paz del Rey. Éste era el verdadero valedor de la paz y amenazaba con la fuerza a quienes no se adecuaran a ella. Se inaugura así una institución destinada a tener gran trascendencia en la historia de las relaciones entre las ciudades griegas en el siglo IV, de sus alianzas y enfrentamientos, desde ahora bajo la mirada de alguna potencia exterior, persa o macedonia. Por su parte, los persas quedaban libres de actuar en todo el territorio asiático y una de las primeras acciones de Artajerjes, consecuencia de la paz, fue la intervención armada contra Evágoras de Chipre. Sin embargo, a partir de aquí, la tendencia predominante entre los persas fue la de conservar la situación, sobre todo a partir de la derrota sufrida por la expedición enviada a Egipto entre 374 y 373, de tal modo que la paz de 371 fue patrocinada por el Gran Rey como árbitro, pero su capacidad de presión real había desaparecido. Luego, serán los problemas internos de nuevo los que tengan ocupados a los reyes, situación que sin duda se reflejará en los modos de reaccionar cuando tenga lugar la intervención macedónica.