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Es uno de sus característicos dibujos o estudios sobre batallas que tanto abundan en el catálogo poussiniano. Se debían a dos motivos entrelazados: por una parte como estudios o bocetos previos del autor para la realización de diversos cuadros de batallas, como la Batalla de Josué contra los Amorreos o La toma de Jerusalén. Sus bocetos son abundantes: por ejemplo, la Batalla de Josué contra los Amalecitas, Una batalla (Muerte de Camila) o la Victoria de Godofredo de Bouillon sobre el rey de Egipto. Este dibujo presenta una innegable riqueza de matices a la hora de plasmar la violencia del combate. Lejos de la serenidad clásica, el clasicismo barroco refleja una lucha espiritual y física desbordada. La anatomía se retuerce, se somete a torsión; los rostros casi desaparecen del dibujo, sometido a la idea del autor, plasmar un combate en sí, no en tanto que resultado de la acción de personajes concretos. Se ha hablado en numerosas ocasiones de las "máscaras" de Poussin, ese óvalo sustitutivo del rostro humano. Cuando lo representa es una mueca de horror, como en la figura central que está siendo atravesada por una espada.
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Son muy numerosos los dibujos sobre batallas que realizó Poussin a lo largo de toda su vida. Fue una preocupación muy presente en su primer periodo italiano, época en que realizó varios cuadros sobre batallas, como Batalla de Josué contra los Amalecitas, Batalla de Josué contra los Amorreos o la Batalla de Gedeón contra los Madianitas. No le abandonó esta inquietud a lo largo de los años, y continuó realizando dibujos y lienzos aunque de tendencia cada vez más histórica que bíblica; tal es el caso de La destrucción del Templo, realizada hacia 1638. En este caso, la batalla presenta un gusto barroco, escasamente influenciado por el gusto manierista de los coetáneos de sus primeros años franceses. Así, las figuras, divididas por la composición en dos bandos claramente delimitados a cada mitad del dibujo, se acometen con una gran dosis de dramatismo, con ese patetismo característico aprendido de la escultura clásica. Incluso podríamos decir que obedece a un estudio detallado de los relieves romanos de batallas, que Poussin conocía a la perfección a partir de grabados y directamente de los monumentos aún visibles en Italia.
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Aunque pueda resultar extraño, esta escena fue pintada por Goya para decorar una de las salas de la finca El Capricho, propiedad de los Duques de Osuna, situada en las afueras de Madrid. El maestro nos muestra un grupo de brujas vestidas de negro y encapuchadas, con lechuzas sobre sus cabezas y figurillas en las manos, que podían ser pequeños exvotos de cera empleados en las actividades de magia. En primer plano vemos a un hombre vestido con una túnica blanca que se arrodilla ante el extraño grupo presidido por una figura de amplia túnica amarilla que podía ser la bruja neófita. El fondo tenebroso y la luz lunar refuerzan el carácter tétrico de la escena, en la que aparece una figura que desciende del cielo que resulta muy difícil de identificar. Goya ha empleado una pincelada rápida, aplicando el color a base de manchas, anticipándose a sus Pinturas Negras.
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Uno de los temas más tratados de la vida privada de Degas es su presunta misoginia ya que no conocemos ninguna relación con mujeres. Esto provocaría su obsesión por los temas femeninos, especialmente los desnudos y los asuntos de burdel. Concretamente en estos temas, de los que realizará un buen número de grabados, se anticipa a Toulouse-Lautrec como cronista de la prostitución. Las figuras de las prostitutas se nos muestran incluso con tristeza, en los lujosos burdeles que no dejaban de esconder miseria y sufrimiento. Una mujer de cierta edad nos ofrece sus servicios sentada, vestida con un vaporoso corpiño mientras tras ella una supuestamente mujer más joven se tumba desnuda en un diván. De nuevo vuelve a brillar el exquisito dibujo de Degas - deudor de Ingres - así como su interés por los espejos y la iluminación artificial, uno de los retos del Impresionismo.
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Este relieve del Palacio Norte de Nínive con el tema de la caza de leones por parte de Assurbanipal (669-630), que en esta escena los caza montado a caballo, es una de las más acertadas y rítmicas composiciones del arte asirio. La armonía de líneas, la minuciosidad de los detalles y, sobre todo, la representación del movimiento animado que el artista ha transmitido a los animales hacen de la pieza una obra maestra. La leona herida también forma parte de esta decoración.