Epígrafes Tomando como criterio las divisiones temáticas que acostumbramos reconocer en los tratados misceláneos europeos, podemos afirmar que el Chilam Balam de Chumayel contiene apartados sobre historia, cronología, astronomía, genealogía, teología, cosmogonía, series de profecías e interrogatorios de carácter iniciático. Para una mejor comprensión del texto, hemos tomado la determinación, común a todos los editores del manuscrito, de fraccionarlo a medida que van diferenciándose los asuntos, y de añadir títulos alusivos que creemos no distorsionan el sentido ni interrumpen la natural continuidad de las anotaciones. Pensamos firmemente que al viejo h-men y h-miats Juan José Hoil no le hubiera resultado chocante o sacrílega esta manera de proceder. Veamos pues la razón de los distintos epígrafes: El capítulo primero trata de los orígenes de las tribus, de los antepasados fundadores de la sociedad -seres míticos, seguramente divinizados y a los que se rendía culto-, de las antiguas migraciones y de los acontecimientos históricos que llegan hasta la época en que se inicia la decadencia de Chichén Itzá. Hay una referencia inicial al aspecto del universo, que pretende delimitar el escenario en que se van a desarrollar los hechos posteriores. El aire arcaico de todo el fragmento le confiere gran importancia arqueológica, como la tiene también el párrafo que menciona la misteriosa y fundamental figura de Hunac Ceel Cauich, uno de los principales jefes en las luchas que mantuvieron los reinos septentrionales de la península de Yucatán durante el período Postclásico Medio y aun después. Hemos llamado a esta parte Crónica de los antepasados, porque suponemos que el objetivo del compilador fue establecer la memoria de los antiguos gobernantes de la región. Su extensión llega desde la página 1 (no se olvide que falta la primera hoja del manuscrito original) hasta la página 12. El capítulo segundo es una oscura profecía con resonancias históricas, pues el escriba se extiende en una amarga lamentación sobre la pasada o inminente dominación de los cristianos. Es conveniente advertir ahora que el concepto del tiempo para los mayas precolombinos difiere sensiblemente del que prevaleció en el Viejo Mundo. En sus anuncios y admoniciones los profetas indígenas confunden de forma natural el tiempo pretérito con el tiempo futuro, ya que lo que una vez sucedió volverá a suceder, y el porvenir no es otra cosa que la llegada de los mismos signos causantes de los acontecimientos que ocurrieron en algún remoto rincón de la historia cíclica. El período Katún Once Ahau (es decir, uno de los lapsos de 7.200 días identificado porque terminaba en una fecha 11 Ahau del calendario adivinatorio perpetuo de 260 días) es el que contempló el arribo de los españoles; pero ese mismo período particular regresaba en la cuenta eterna de los días cada 256 años occidentales aproximadamente, y siempre lo hacía con su misma carga de bondades o desgracias. Hemos titulado esta parte Lamentaciones en un katún Once Ahau. Comprende desde la página 13 a la 15 del manuscrito original, numerado, según hemos advertido antes, por las hojas conservadas. El capítulo tercero comienza con el recuerdo de la gloria de los reyes primitivos y, como si el redactor hubiera querido forzar el contraste con el momento que vivía, prosigue de inmediato narrando la conquista y sus consecuencias. Es un fragmento lleno de hermosos símbolos y de melancolía, quizá la mejor descripción americana del momento justo del contacto cultural, con un epílogo de poética resignación que se resume en la célebre sentencia: Toda luna, todo año, todo día, todo viento, camina y pasa también. Así toda sangre llega al lugar de su quietud, como llega a su poder y a su trono. Es decir, la confirmación de que la era de la cultura maya independiente había acabado para siempre; completada en su justa medida, era de razón que cayera en el olvido. Un tipo de fatalismo éste característico de los sabios del Mayab, pero que no obstaculizó los sucesivos levantamientos y rebeliones de la época colonial y de la republicana. Esta parte se titula El final del tiempo antiguo. Podría ser un verdadero kahlay sobre los tsules, lo que quiere decir un memorial o relato indígena acerca de los españoles. Ocupa las páginas 15 a 21 del original maya. El capítulo cuarto trata algunas cuestiones calendáricas y astronómicas. Evidentemente, está inspirado en los almanaques hispánicos, aunque incluye una interesante cuenta de los uinales (meses mayas de veinte días) adaptada al año cristiano. Las observaciones sobre los eclipses son de una deliciosa ingenuidad y, como el autor dice, constan ahí para que sepan los hombres mayas qué es lo que le sucede al sol y a la luna. Esta breve sección contiene también el dibujo de un escudo de armas, que viene a ser un mapa de Yucatán por los nombres que lleva, y así cabe pensar que los indígenas otorgaban capacidad descriptiva y geográfica a los escudos que representaban el país: ¡curiosa y atinada manera de interpretar esta clase de alegorías! Denominamos el capítulo Notas calendáricas y astronómicas, se encuentra entre las páginas 21 y 27 del original. El capítulo quinto es de los más notables del manuscrito. Constituye el mejor testimonio que poseemos de las pruebas que debían pasar los dignatarios y jefes políticos de los Estados de Yucatán para obtener la legitimidad en el ejercicio de su cargo. Una serie de acertijos, que el propio texto califica de lenguaje de Suyua (para algunos autores, el enigmático lugar de procedencia de los habitantes del Mayab, aunque suyuá también puede significar simplemente lo que es simbólico o figurado), son propuestos a los altos personajes, que están obligados a descifrar su sentido. Ello les identifica como miembros de los linajes dominantes, conocedores de las claves místicas que se manifestaron en la iniciación o enseñanza para su oficio. Son palabras secretas que probablemente introdujeron los grupos venidos del sur, conquistadores de la península en sucesivas oleadas a partir del siglo VIII, o los mexicanos más tardíos, con el fin de reconocerse entre sí y mantener el predominio sobre la gran mayoría de la población. Claro es que en los albores del siglo XVI tales pruebas formaban parte del ritual de acceso al desempeño de los cargos públicos, mas parece dudoso que todavía conservaran la calidad discriminadora de antaño. Seguramente perduraron como otros tantos signos de la identidad étnica tradicional, sin que sirvieran ya para discernir abiertamente la limpieza de sangre de los aspirantes. En cualquier caso, el habla de Suyua, las preguntas a los jefes, además de un ejemplo excelente de la literatura de imaginación, revela aspectos muy sugestivos de la organización social de los mayas yucatecos. Hemos llamado a esta sección del Chumayel Palabras del Suyua tan, lo que quiere decir lenguaje figurado, cuestionario de Suyua, o el diálogo secreto de los señores. Comprende las páginas 28 a 42 del manuscrito. El capítulo sexto es un magnífico compendio de las ideas religiosas mayas de los primeros tiempos de la colonia. Consta de dos subdivisiones, claramente separadas por el amanuense indígena, pero que nosotros hemos unido ahora justificados por la similitud del asunto y del estilo expresivo. En la primera se narra la creación del mundo y se profetiza sobre su final; es uno de los fragmentos del libro con sabor más prehispánico, teñido de un turbador esoterismo que parece estar sólo al alcance de los antiguos sumos sacerdotes. En la segunda, que empieza con las palabras Dominus vobiscum, se dibuja el entendimiento de la religión cristiana impuesta a los mayas, y, como era de esperar, resulta una calamitosa amalgama de sorprendentes latines, terminología de la iglesia católica, personajes de la liturgia romana, y creencias tradicionales de Yucatán; es decir, el autor realizó un esfuerzo para conciliar la religión de sus antepasados con la fe extranjera, y lo hizo por el método de sumir sin titubeos los escasos, y deslavazados informes que poseía sobre la doctrina de los frailes en una imagen del cosmos nativo bastante parcial y algo aberrante. Con tenacidad y un meticuloso análisis es posible extraer de esa segunda parte datos interesantes para la reconstrucción del panteón anterior a la conquista, por tanto es recomendable pasar por alto los disparatados nombres y hasta párrafos en latín, y ver en el intento de incorporación del lenguaje eclesiástico la auténtica situación de sincretismo que se produjo -y aún subsiste- en América. Queda patente, por último, el deseo de adecuar la nueva religión al simbolismo y al profundo temple místico de la antigua, ocultando tal vez ésta en aquella para preservarla de persecuciones y olvidos. Hemos titulado esta sección Los viejos y los nuevos dioses; comprende las páginas 42 a 53 del manuscrito maya. Sigue a continuación una breve profecía acerca del semblante -o suerte- de un katún Trece Ahau, firmada por el sacerdote Chilam Balam. Así, hemos denominado este capítulo séptimo, entre las páginas 53 y 54 del manuscrito, El katún Trece Ahau. El capítulo octavo es una curiosa muestra de los cantos que podemos llamar reflexivos, donde se ponen de manifiesto, a la manera de los melancólicos poemas del altiplano de México, las dudas sobre la naturaleza y el destino del hombre. En este caso el pretexto son los itzaes, los célebres fundadores o conquistadores de la gran ciudad norteña de Chichén Itzá, los que llenan con sus peripecias históricas las crónicas indígenas tardías, un pueblo misterioso del que todavía se sabe muy poco. Hemos titulado el pasaje Canto triste de los itzaes; se extiende de la página 58 a la 60 del texto maya. En la página 60 del manuscrito de Chumayel da comienzo otro importantísimo capítulo, el noveno, que hemos llamado El nacimiento del uinal. Es un largo poema de asunto calendárico, que describe la creación a lo largo de los veinte días del mes maya. Como en otros lugares de la obra, se pretende aquí ajustar las creencias occidentales a las del antiguo Yucatán, y a falta de una semana de siete días se emplea la de veinte. Sin embargo, el autor superó con mucho ese modesto objetivo para ofrecernos una perfecta representación del sentido que tenía el tiempo para los yucatecos prehispánicos, pues hace hincapié fundamentalmente en la índole casi viva y actuante de los períodos cronológicos, cargados de señales que determinan los acontecimientos en la tierra y en el cielo. El capítulo décimo tiene una corta introducción con algunos hechos acaecidos entre 1519 y 1692, al estilo de los anales del centro de México -los Anales de Cuauhtitlan, por ejemplo- que hacen ver el paso del tiempo enumerando de corrido fechas y sucesos27. A continuación sigue una profecía para un katún 10 Ahau, que probablemente terminaba hacia el año 1697, aunque la correlación no está clara y puede tratarse de un error del copista28. Por último, se desarrolla la extraña aventura de un personaje llamado Antonio Martínez y Saúl, sobre el cual nadie posee, al parecer, la menor información; las razones de que los sabios mayas incluyeran un episodio tan insólito en sus libros de Chilam Balam (puesto que también hay otras versiones en el Tizimín y en el Maní) son un auténtico enigma. Hemos unido estos fragmentos bajo el título Sucesos en un katún Diez Ahau. Llenan las páginas 63 a 67 del manuscrito original. En el capítulo decimoprimero encontramos de nuevo los acertijos del lenguaje de Suyua, ahora con un estilo algo más esquemático. Lo hemos titulado Segunda serie de palabras del Suyua tan, y se encuentra entre las páginas 67 y 71 del libro sagrado. El capítulo decimosegundo se abre con una bella exhortación, y pasa en seguida a describir la carga o sino de cuatro períodos katúnicos; posteriormente, y tras el dibujo de una rueda de katunes (los trece lapsos cronológicos que se completan en un día Ahau diferente, sumando en total 93.600 días), se inicia una crónica muy escueta que corre desde el descubrimiento de Chichén Itzá por los que se supone sus primeros pobladores -tal vez los itzaes, en todo caso las gentes de la facies cultural que los arqueólogos han bautizado con el término Puuc-, hasta poco después del fallecimiento del obispo Diego de Landa. Se rememoran a continuación con más detalle algunos hitos de la mitología y la historia de la región. Finalmente, hay otra relación de katunes referidos sobre todo a sucesos ocurridos a los itzaes, que termina a su vez algunos años más tarde de la desaparición del famoso prelado. Una interesantísima nota llama luego nuestra atención: Estoy en 18 de agosto de este año de 1766. Hubo tormenta de viento. Escribo su memoria para que se pueda ver cuántos años después va a haber otra. Aquí Juan José Hoil expresó con nitidez la idea básica del acontecer cíclico, idea que impregna la imagen maya del mundo en la época precolombina. Termina esta parte del Chumayel con varios apuntes de distintas manos, que muestran cómo se transmitió el manuscrito ya en el siglo XIX y otras particularidades. Ocupa el capítulo, llamado La rueda de los katunes, las páginas 71 a 84 del original. El libro aborda seguidamente, luego de un fragmento histórico en donde se vuelve a mencionar la llegada y el establecimiento de los españoles, los vaticinios para una serie de trece katunes, con fechas cristianas que van de 1560 a 1780. Es un texto ejemplar, que reúne la fuerza de los intérpretes de los dioses, el ímpetu de su oratoria, con multitud de símbolos sagrados y ligeras disquisiciones morales. Las líneas postreras, sin embargo, que describen el juicio final, reflejan la influencia de la religión católica y de muchas fórmulas que le son propias. Hemos titulado este capítulo decimotercero del Chumayel Vaticinios de los trece katunes. Empieza en la página 85 del manuscrito y llega hasta la 103. En las restantes cinco páginas del libro maya se contienen varias profecías con los nombres de otros tantos sacerdotes a cuya boca se atribuyen: Napuc Tun, Ah Kin Chel, Nahau Pech, Natzin Yabun Chan y Chilam Balam. Hemos llamado a este capítulo decimocuarto Las últimas profecías, porque dejan traslucir una profunda nostalgia salpicada con la ira de los que saben inevitable el fin de su tiempo, la postergación de sus creencias y tradiciones, la confusión de las costumbres. Abrumado por la desgracia que se cierne sobre el Mayab, pero tenaz en el clamor frente a los invasores barbados, el compilador del libro escribió la más amarga de las quejas cuando culminaba la prédica de Chilam Balam: ¿Qué profeta, qué sacerdote será el que interprete rectamente las palabras de estas escrituras?
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acepcion
Inscripción literaria aguda y concisa escrita en verso. Solía aparecer en las tumbas y estatuas.
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Los yacimientos del Mediterráneo español presentan en cierto modo una situación semejante a la que encontramos en Italia. En esta región el Paleolítico Superior Final está representado por el Epigravetiense que presenta varias fases, marcadas sobre todo por las variaciones tipológicas dentro de conjuntos basados en una industria lítica de hojitas de dorso. Estos conjuntos, en los que la ausencia del Solutrense permite ver cómo se transforman a partir del Gravetiense, se encuentran también hacia los Balcanes. Esta relación con los Balcanes de la península italiana responde a condiciones geográficas. Durante los momentos en los que el nivel del mar se encontraba debajo del nivel actual existía en el Adriático un amplio valle que lo reducía a menos de la mitad de la longitud actual, favoreciendo la comunicación entre Italia y Dalmacia. Estos momentos coinciden con los máximos de los glaciares alpinos que llegaban a veces hasta el Mediterráneo, dificultando la comunicación entre Francia e Italia. De esta forma encontramos Epigravetiense en Sandalja II en la península de Trieste o en Badanj y Crvena Stijena en Bosnia. Más hacia el oriente se presenta en Hungría donde se encuentran cabañas simples con refuerzos de astas de reno como en Dömös (Hungría). Las regiones de Centroeuropa presentan elementos epigravetienses, aunque a veces se noten influencias del Magdaleniense. En la cueva de Pekarna se descubrieron varias plaquetas grabadas con modelos semejantes a los occidentales. En ella destacan dos costillas grabadas, una con una hilera de bisontes y otra con caballos, por lo que no podemos olvidar las teorías de A. Leroi-Gourhan para el arte rupestre.
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El que el límite final del Helenismo se coloque en el año 30 a. C. tiene una razón de ser exclusivamente política -la conquista por Roma de Egipto, el último reino griego independiente-, y no corresponde a la realidad de la evolución en las artes. Roma, tras casi dos siglos de helenización intensiva, tenía ya bastante fuerza para mantener la tradición del arte helénico, y los artistas griegos estaban acostumbrados a trabajar en su propio estilo para la clientela romana. Por ello, nadie pone en duda que el arte helenístico entró a formar parte integrante del complejo mosaico de estilos que convivieron en el Imperio Romano, evolucionando durante siglos. Lo que sí parece claro es que, en un ambiente que se alejaba del que le había dado origen, el helenismo artístico sólo tenía dos soluciones: anclarse en la tradición clásica, encerrándose en un neoaticismo perpetuo, o intentar adaptarse y buscar nuevas fórmulas. Ambos planteamientos tendrán sus seguidores, y el segundo dará lugar a fenómenos tan interesantes como el "impresionismo neroniano" o la refinada melancolía de ciertas obras adrianeas, cuando no a los cuadros poblados de personificaciones que se desarrollaron en el siglo II d. C., y que se reflejan en los sarcófagos y en descripciones literarias, como las Imagines de Filóstrato. Pero no nos cumple a nosotros llegar tan lejos; sólo queremos recordar que, de hecho, el helenismo artístico llegó hasta el Medievo, constituyendo sus prolongaciones lo que algunos han denominado, con evocadora expresión, el "Helenismo perenne".
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Por los años treinta del siglo VII, grupos de árabes merodeaban las fronteras del Irán sasánida. Con el mensaje de Mahoma y la dirección del califa Omar actuaban con una rabia y un entusiasmo del que los persas, ahítos de guerras y divididos entre sí, estaban faltos. Dice la leyenda que Rustam, hombre de confianza de Yazdgird III y general de ejército del centro, enérgico y leal, comprendía con claridad la naturaleza del peligro que se cernía sobre la corona sasánida. Decidido a erradicarlo para siempre, reunió un gran ejército y el año 636, encontró a los árabes en Qádisiya, no lejos de Hira. Como recuerda A. Christensen, el combate duró tres días y Rustam en persona, ante quien se erguía el estandarte del imperio murió luchando. Aquella bandera legendaria, que siempre dio la victoria a los sasánidas sería troceada por el califa y repartida entre los musulmanes. Si un símbolo sagrado de Irán acabó así, su arte alcanzaría mejor suerte. Porque como maravillosa levadura, impregnaría la vida de una nueva época: la del Islam.
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La explícita declaración formulada por Breton durante su estancia en Tenerife en 1935: "Desde Canarias en la punta poética de España, el surrealismo internacional, por boca de André Breton y Benjamin Péret, declara haber encontrado en la colaboración de los artistas españoles su principal componente", nos exime de la necesidad de insistir en la importancia de la aportación española al Surrealismo internacional. Pero no quisiéramos terminar sin hacer unas breves consideraciones sobre la incidencia del Surrealismo en la vanguardia anterior a la guerra civil; aspecto mucho más controvertido, por cuanto durante mucho tiempo, tanto los poetas como los pintores españoles adscritos a dicha tendencia, se mostraron extremadamente remisos a reconocerse como tales. Tras los últimos estudios publicados, se han visto rebatidos muchos de los tópicos que pesaban sobre el tema, desde aquel que cuestionaba su propia existencia, hasta el que aducía la carencia de actividad teórica. Ello pasando por el mito de un Surrealismo autóctono, cuando éste existía, que en poesía hundía sus raíces en las coplas populares andaluzas y que en pintura exhibía como rasgo diferencial un Surrealismo telúrico. Ahora bien, siendo, como dijimos este último una de sus facetas más interesantes, no agota sin embargo la totalidad de la práctica pictórica de carácter surreal en España, que al igual que ocurre con el resto de los movimientos vanguardistas españoles es fruto de la aclimatación de fenómenos europeos. La pintura surrealista española, en el aspecto técnico, da muestras de una gran variedad y en cuanto a su temática se refiere, salvo algunas incidencias específicas en el carnuzo -la carne en descomposición -y la insistencia en la materia degradada, presenta los mismos contenidos oníricos, perversos y sexuales que caracterizan al Surrealismo internacional. El Surrealismo conoció en España un intenso arraigo, constituyendo, sir duda, en el contexto de las artes plásticas de los años veinte y treinta, la tendencia más definida. Ahora bien, se trata generalmente, salvo contadas excepciones, de un Surrealismo superficial, por cuanto se limitó a asimilar un repertorio formal desprovisto de todo componente vital e ideológico. Salvo Planells, Juan Ismael y Eugenio Granell -nunca podemos saber el rumbo que hubieran podido tomar personajes como Lekuona, o González Bernal-, para la mayoría de los pintores españoles el Surrealismo constituyó tan sólo una etapa de su vida y una faceta de su producción. Aun así, su importancia fue tal, que cuando en los años cuarenta, tras el paréntesis de la guerra civil, se reemprendió la actividad vanguardista en España gracias a la actuación de Dau al set, el Postismo, y algunas de las figuras del informalismo como Antonio Saura, el Surrealismo fue el germen vivificador de la nueva aventura.
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Tradicionalmente los manuales de arte chino terminan con el estudio del arte imperial, esto es, hasta la proclamación en 1911 de la República China. El siglo XX, inmerso en importantísimos cambios sociales y políticos, ha producido y produce en el campo artístico una constante renovación del lenguaje artístico. Tradición y modernidad son los dos conceptos que pugnan y convergen en la expresión artística. La apertura hacia el mundo exterior y muy concretamente hacia Occidente, permitió conocer nuevas formas y símbolos que se han ido fusionando con la tradición. Los pintores chinos asimilaron nuevos conceptos como la perspectiva y el claroscuro, así como las técnicas del óleo, y más recientemente el acrílico, collage, técnicas mixtas... La formación de estudiantes y profesores en Europa y Norteamérica fomentó la creación de Facultades de Bellas Artes en las principales ciudades del país (Beijing, Shanghai, Cantón), que dieron como fruto la aparición de nuevas corrientes pictóricas, donde tímidamente se introdujo el arte occidental. Sin embargo, durante la primera mitad del siglo la tradición tuvo una continuidad en las figuras de artistas como Qi Baishi (1863-1935), de gran repercusión en los medios académicos por considerarse el último representante de la pintura de letrados. Los acontecimientos políticos de la segunda mitad de siglo unieron íntimamente el arte a las nuevas directrices ideológicas, renovando formalmente el lenguaje artístico. El grabado, el cartel, la pintura mural sirvieron de medios de masa, olvidando el espíritu individual del artista del pasado como única función del arte. La aproximación cultural a Occidente ha permitido que el arte chino se universalice, al formar parte del nuevo lenguaje del arte contemporáneo mundial. No parece que asistamos a una época de esplendor artístico, sino por el contrario a una fase más en el largo proceso histórico de asimilación y aprendizaje. Las artes plásticas no han sido las únicas que han sufrido estas alteraciones de concepto y forma. Las artes decorativas han ido parejas a ello, encontrándose, en estos momentos, en un período de ajuste entre el peso de la tradición y las nuevas vías de investigación.