En la Florencia del siglo XV existía la curiosa hermandad denominada la "Compagnia dei Magi", una de las congregaciones más importantes de la ciudad. No es de extrañar la existencia de asociaciones de seglares que tenían como objetivo cumplir la doctrina cristiana; la novedad de esta hermandad estriba en la imitación cada cinco años del viaje de los Reyes Magos por las calles de Florencia, encuadrándose entre los episodios más suntuosos de la ciudad toscana. La importancia de esta compañía motivará que la temática de la Epifanía sea una de las más repetidas por Botticelli, ejecutando hasta cinco tablas con este asunto. La que aquí contemplamos sería la segunda que realizó; la escena de la Adoración se sitúa en el centro de la composición, colocando a la Sagrada Familia bajo unas ruinas clásicas. María se convierte en el centro de todas las miradas, con el Niño en sus piernas, mientras san José se muestra en un discreto segundo plano. Los Reyes Magos están de espaldas, acompañados por una amplia corte en la que encontramos las más diversas posturas y expresiones. El cortejo con los pajes y los caballos se sitúa en primer plano, junto a unas moles de piedra que se proyectan hacia el espectador para integrarle en la escena. Sus variados ropajes indican que proceden de lejanas tierras, interesándose el artista por transmitir una sensación de pluralidad. Tras este primer plano nos encontramos el asunto principal, siguiendo las leyes de la perspectiva central recientemente descubierta; al fondo, un paisaje algo teatral cierra el conjunto. Esa variedad a la que hace alusión Botticelli está inspirada en Leon Battista Alberti quien, en su tratado Della Pittura, aconsejaba representar "la variedad y diversidad de las cosas". Sin embargo, Sandro no ha sabido unir a la perfección las diferentes escenas, resultando un conjunto con cierta desconexión. Las figuras están realizadas con un soberbio modelado, que recuerda a los Pollaiolo y a Verrocchio, mientras que el tratamiento de los paños es muy característico del pintor, de su formación inicial como orfebre.
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En torno a 1475 Botticelli recibe uno de los encargos más interesantes de esta primera etapa; el cliente era un hombre de baja condición social llamado Gaspar del Lama quien había realizado una meteórica carrera ascendente en la Florencia del Quattrocento. Condenado en la década de 1440 por malversación de fondos públicos, unos años después amasó una considerable fortuna gracias a su trabajo como agente y cambista. Para elevar su categoría decidió ingresar en las hermandades de mayor prestigio, llegando a donar una capilla en la iglesia de Santa María Novella para cuya decoración encargó esta obra a Botticelli. El nombre del mecenas - Gaspar - motivó la elección del tema, repitiendo Botticelli una temática que ya había tratado en dos ocasiones previamente. El asunto está tratado con mayor maestría que en los precedentes, especialmente al dotar de cierta unidad dramática al conjunto. Bajo unas ruinas encontramos a la Virgen con el Niño en sus rodillas, recibiendo la adoración de los Magos, vestidos con suntuosos ropajes que aluden a su procedencia oriental. Los tres reyes rodean a la Sagrada Familia, situándose sus cortes en los laterales de la tabla. Entre esas cortes Botticelli ha incluido a su mecenas - el hombre de pelo cano y túnica azul que, desde la derecha, dirige su mirada hacia el espectador - a los miembros de la familia Médici - la figura que se arrodilla ante la Virgen tiene las facciones de Piero de Médici - para mostrar la relación del cliente con este poderoso clan e, incluso, al propio pintor, en la zona de la derecha y también mirando hacia el espectador. La ruinosa construcción permite contemplar en los laterales una ligera referencia al paisaje y algunas construcciones clásicas. El conjunto está sabiamente compuesto, destacando la variedad de posturas y gestos en las figuras así como la delicadeza de sus ropas y el vivo colorido. Al ascender el suelo de manera suave se aprecian todos los personajes, confluyendo nuestras miradas hacia la Sagrada Familia. El carácter escultórico de las figuras se entiende gracias a la estrecha relación de Botticelli con los hermanos Antonio y Piero Pollaiolo, Andrea del Verrocchio o Donatello, sin olvidar su admiración por las estatuas de la Antigüedad clásica que eran descubiertas en aquellos años en toda Italia.
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La Epifanía es uno de los temas favoritos de Botticelli, conservándose cinco representaciones de diferentes épocas. La que aquí contemplamos es una de las más atractivas al colocar a la Virgen y al Niño en el centro de la composición, sin situar ningún personaje entre el espectador y las figuras divinas. Los cortejos de los magos se presentan a ambos lados de la destruida edificación que sirve como portal, edificación totalmente clásica con que se refuerza la sensación espacial. Un acertado paisaje sirve como fondo al conjunto, recordando ligeramente a la pintura flamenca que tan bien se conocía en Italia gracias a las relaciones comerciales entre ambos países. Todos los personajes dirigen su mirada hacia la Sagrada Familia, ocupando san José un puesto más cercano. Entre el cortejo hay diversidad de posturas y edades, como demandaba el tratado Della Pittura escrito por Alberti. Una vez más, las figuras están dotadas de una poderosa monumentalidad debido a las luces empleadas, reforzadas por los hábitos que portan, destacando sus vivos colores. La línea domina un conjunto en el que encontramos algo de frialdad y dureza tanto en los personajes como en las edificaciones.
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La Epifanía es el acontecimiento que segue a la escena del Nacimiento de Cristo, en el ciclo desarrollado en los muros de la nave de la capilla Scrovegni. Para expresar la relación entre las dos escenas y hacer más efectivo el flujo narrativo, Giotto ha presentado el mismo escenario, además, de la misma forma. El motivo principal se presenta ahora a la derecha de la escena, pero en la misma disposición que en el anterior episodio, ligeramente en diagonal sobre un macizo rocoso de pliegues muy atemperados. La comitiva hace su entrada desde la izquierda, con lo que crea una continuidad también dentro de la propia escena, es decir, un camino a recorrer, hasta llegar al motivo principal. Todos los elementos representados están subordinados al sentido de la obra, de gran armonía y de un ritmo calmo. Mientras un rey se ha despojado de la corona para rendir homenaje al Mesías, los otros dos Magos fijan la mirada en el Niño, esperando su turno con los regalos en sus manos. Giotto presenta también un detalle de cotidianeidad, con la figura del paje que atiende al camello, desviando así su atención del argumento de la obra. Pero no deja de ser un detalle lleno de verismo que enfatiza la fuerza de la escena y su gran naturalidad.
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El número de obras realizadas por los pintores del taller de Zurbarán es elevado. Esto se debe a la gran demanda que provocó el estilo del pintor extremeño en Sevilla. Este óleo sería una obra de taller, quizá mejor construida espacialmente que las de Zurbarán, pero sin la viveza expresiva que el maestro imprimía a sus personajes. El oficial que realizó las telas de los vestidos de los Reyes Magos imitó la riqueza y el colorido de Zurbarán, como podemos comparar con las santas vírgenes o los ángeles turiferarios que realizó. La escena de la Epifanía nos relata cómo el Niño fue mostrado a los Reyes Magos, que le rindieron homenaje. Simboliza la aparición de Jesús frente al mundo, pues cada uno de los Reyes representa a un continente del mundo conocido tradicionalmente: África, Europa y Asia. El centro de la composición lo constituye, pues, la adoración que rinde el más anciano de los Reyes al Niño Jesús, quedando el resto de los personajes en un discreto segundo plano, todavía más acentuado en el caso de San José, a quien se empieza a dar relevancia en este principio del siglo XVII. Es una composición tradicional y muy similar a la utilizada por el maestro en la Adoración de los Magos de la Cartuja de Jerez, pintada a finales de los años 30.
Personaje
Escultor
Hijo de un ciudadano de Pérgamo, fue el escultor de la dinastía de los Atalos. Dirigió las obras que conmemoraban las victorias sobre los celtas. Las fuentes literarias le nombran como autor de dos obras que se han identificado como El Galo Moribundo del Museo Capitolino de Roma y La Amazona del Museo Nacional de Nápoles.
contexto
A finales del siglo IX, el rey de Wessex Alfredo el Grande evocaba, desde la ruina causada por las incursiones normandas, el tiempo en que las iglesias inglesas rebosaban de tesoros y libros. Las segundas invasiones fueron, efectivamente, una dura prueba, pero la Europa cristiana se recupero de ella con relativa rapidez. Con frecuencia se habla de los cien años posteriores a la muerte de Escoto Eriúgena como de uno de los periodos más negros para la historia de la cultura europea. Las luces, sin embargo, no faltan como podemos observar en las tierras francas, las islas británicas o la España cristiana. En las tierras francas, la huella de Escoto Eriúgena, aunque muy tenuemente, se aprecia en el grupo de autores de la escuela monástica de Auxerre representada por Erico y su discípulo Remigio. Sus glosas y comentarios serían de utilidad para las generaciones posteriores hasta el siglo XII en que fueron manejadas por Guillermo de Conches. Gracias a la escuela de Auxerre se mantuvo en tiempos difíciles la estima por los autores profanos. Remigio de Auxerre murió el año de la fundación de Cluny. En este monasterio se educó el monje Abbon que, a lo largo de su vida, recorrió buena parte de Europa hasta convertirse en abad del monasterio de Fleury-sur-Loire, uno de los primeros que aceptó la disciplina cluniacense. Bajo su gobierno, el cenobio se enriqueció con un gran número de obras de autores clásicos como Virgilio, Horacio, Lucano, etc., que le convertirían hacia el año mil en uno de los centros de la vida intelectual mejor dotados. También discípulo de Remigio de Auxerre sería Odón de Cluny, reformador del monasterio de Aurillac en donde hizo sus primeros estudios la figura más singular de su siglo: Gerberto. Enlazará con el otro movimiento de regeneración cultural del Alto Medievo: el Renacimiento otoniano. En las islas británicas, Alfredo el Grande no se dejó paralizar por sus lamentos ante la deplorable situación de la Inglaterra de su época. Antes bien, junto a su labor como restaurador de la vida política, impulsó acciones para la regeneración cultural de su reino. Monjes extranjeros fueron llamados a Inglaterra para reactivar una vida monástica prácticamente desaparecida. El propio monarca se convirtió, en opinión de S. A. Broocke, en educador de su pueblo y hombre de letras. Bajo su patrocinio se tradujeron diversas obras al anglosajón: la "Regula pastoralis" de Gregorio Magno, el "De consolatione Philosaphiae" de Boecio, la "Historia eclesiastica gentis anglorum" de Beda el Venerable, además de algunos fragmentos del "De Civitate Dei" de san Agustín y de los comentarios de Gregorio Magno al "Libro de Job". El impulso cultural de Alfredo el Grande no se perdió. Algunos años después de su muerte, el abad de Glastonbury y arzobispo de Canterbury, san Dunstan (924-988) se convirtió en el verdadero restaurador de la vida monástica en la isla. Los lazos con el continente fueron estrechados. El propio Dunstan pasó algunos años de su vida refugiado en el monasterio de San Pedro de Gante. De este centro, así como de Corbie y Fleury recibieron los ingleses un enorme apoyo. Al morir Dunstan, los monasterios ingleses disponían de un buen equipamiento en textos bíblicos, libros litúrgicos y obras variadas de instrucción. Gracias a ello, un discípulo de Dunstan, el monje Aelfrico, pudo promover en la escuela monástica de Cerne Abbas de Dorset la traducción al anglosajón de algunos textos escriturarios. Fue autor también de una importante colección de homilías. En la cultura hispano-cristiana, la herencia de san Isidoro se conservó, aunque muy tímidamente, entre las comunidades mozárabes sometidas políticamente al Islam. Toledo siguió manteniendo algo del viejo prestigio que le había dado el ser el centro político y espiritual de la España visigoda. Toledo, precisamente, fue importante reducto del adopcionismo que, después de todo, era una forma hispánica de entender el misterio trinitario. Sin embargo, más que Toledo o Sevilla fue Córdoba el principal bastión del mozarabismo. En Córdoba actúan las dos principales figuras: san Eulogio, campeón de la resistencia martirial frente a las presiones de los gobernantes musulmanes y la tibieza de algunos obispos; y su biógrafo Paulo Alvaro. Del ámbito cordobés salen también los presbíteros Sansón, Leovigildo y Cipriano y el científico Recemundo, autor de un "Calendario" y buen amigo del califa Abderrahmán III que le envió como embajador a la corte de Otón I. La tradición isidoriana también se mantuvo en los reinos hispano-cristianos. Beato de Liébana, aparte de sus aportaciones antiadopcionistas, fue autor de unos "Comentarios al Apocalipsis" que se inspiraron en los de Ticonio y Apringio de Beja. Los monasterios que se levantaron al calor del impulso repoblador fueron los más importantes focos culturales, muchas veces animados por exiliados mozárabes. Los años finales del siglo IX conocieron en los núcleos occidentales una notable producción cronística que hay que relacionar con el reinado de Alfonso III (838-910). La llamada "Crónica profética", la "Crónica albeldense" y, sobre todo, la "Crónica de Alfonso III" fueron excelentes herramientas ideológicas para fijar la supuesta continuidad existente entre el reino visigodo de Toledo y la monarquía astur. A lo largo del siglo X, los centros culturales de la primitiva Cataluña adquieren la primacía sobre sus vecinos del Occidente. A pesar de las graves dificultades políticas (Barcelona fue saqueada por Almanzor el 985), los condados catalanes viven un pequeño renacimiento cultural apoyado en figuras como los obispos Atón de Vich y Mirón Bonfill de Gerona o los abades del monasterio de Ripoll. Con uno de ellos -Oliba- habrá de alcanzar este cenobio un alto nivel intelectual una vez superado el milenario del nacimiento de Cristo. La primitiva Cataluña se convirtió así en zona de intercambio de diferentes corrientes culturales: las del Mediodía de Francia, las de Italia y las de la Córdoba califal cuyo nivel científico era el más alto de Europa.