La atracción de Degas hacia Delacroix se inició en Italia, gracias a su amistad con Gustave Moreau. Al regresar a París en 1859 el joven pintor tuvo la oportunidad de contemplar las obras del maestro romántico presentadas al Salón, copiando algunas de ellas así como las que estaban expuestas en otros lugares públicos. El rey Luis Felipe de Orleans había encargado a Delacroix una serie de obras para la Galería de Batallas del Palacio de Versalles. Fue en este lugar donde Degas tuvo la oportunidad de copiar la escena; en ella aparece el Conde de Flandes entrando, al frente de sus cruzados, en la ciudad de Constantinopla. A los pies del caballo del triunfador se agolpan mujeres, niños y ancianos suplicantes, intentando evitar el consabido saqueo y la destrucción que acompañaba a la toma de una ciudad. Al fondo se contempla el azul del mar y un puñado de grisáceas nubes que anticipan el oscuro futuro. La gran atracción de Degas es el color, aplicado con tremenda fuerza y soltura, eliminando casi el dibujo. Deseaba crear sus propios conceptos cromáticos partiendo de este maestro, por lo que recurrió a las copias. El propio Degas comentaría años después que los maestros debían ser copiados una y otra vez y que sólo cuando se demuestra que se es un buen copista, ya se puede buscar la inspiración en la naturaleza.
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La atracción de Delacroix hacia la obra del Renacimiento y del Barroco fue especialmente intensa, como se pone de manifiesto en esta imagen en la que demuestra su capacidad de creación comparable con Rafael, Tintoretto, Tiziano o Veronés. La composición se organiza a través de diagonales cruzadas tanto en superficie como en profundidad, creando un conjunto de enorme intensidad dramática. Las figuras de primer plano piden clemencia a los cruzados mientras en el fondo encontramos una persecución. Las llamas de la batalla provocan un especial efecto atmosférico que distorsiona los contornos. La ciudad al fondo y el azul del mar confieren a la escena cierto aspecto exótico necesario en el Romanticismo. El colorido y los marcados escorzos muestran la manera de trabajar del Delacroix maduro.
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Moreno Carbonero fue seleccionado para realizar uno de los lienzos que decorarían el salón de conferencias del Senado. El protagonista de la composición será Roger de Flor, aventurero natural de Nápoles que dirigió una expedición de tropas aragonesas y catalanas a Constantinopla para salvar al emperador del peligro turco, en el año 1303. Roger, vistiendo de azul con cadenas de oro, aparece en la izquierda de la escena, llevando los atributos de mega-duque -el alto gorro y un cetro de oro en forma de bastón- sobre un caballo decorado con arneses bizantinos. Al frente camina su paje portando el caso y a la izquierda se sitúa el oficial con un caballo blanco, tras él un caballero con la bandera de San Jorge y en primer término las tropas, los temibles almogávares, vistiendo uno de ellos la bandera catalana. A la derecha, sentado en un trono dorado aparece el viejo emperador Andrónico Paleólogo y su hijo Miguel, rodeados de su corte. Al fondo se ve la iglesia de Santa Sofía. Aunque la estructura compositiva del cuadro es algo repetitiva, Moreno consigue un impresionante efecto visual al colocar el plano de la calzada donde ocurre el desfile a la misma altura del espectador, debiéndose contemplar el cuadro desde un punto de vista muy bajo. El pintor hace gala de su firme dibujo, un sensacional trabajo de documentación arqueológica -se documentó en París sobre el arte y la orfebrería bizantina-, una extraordinaria precisión en los detalles y un excelente verismo para resolver los personajes, destacando sin duda la paleta clara y la sensación atmosférica creada al captar la escena al aire libre, para lo que no dudó en poner el lienzo en la plaza de toros de Málaga, donde desfilaron sus amigos como modelos. El Senado recompensó al pintor con 40.000 pesetas.