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El autor de esta tabla la incluyó en una serie dedicada a la vida de San Esteban, que se encuentra en el Museo del Prado, como es la dedicada a su Martirio. El traje del santo es el mismo que en el resto de la serie para poder identificar al protagonista entre la multitud de personajes que aparecen en la historia. Tras el martirio en que el santo fue lapidado, sus amigos le entierran en medio de una gran consternación. El estilo renacentista de Juan de Juanes nos habla de la influencia que este pintor había recibido de Rafael y Leonardo, pues el rostro de los personajes "buenos" es hermoso y lleno de gracia. La escena se halla muy suavizada en los contornos y las líneas, lo que nos habla de la técnica leonardesca del sfumato, que Juanes aplicaba en todas sus obras. El conjunto nos remite al ámbito de la pintura italiana, que marcaba el ritmo de la pintura mediterránea.
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Zurbarán era un pintor acostumbrado a "inspirarse" en los dibujos y grabados de otros artistas, modificando algunos de los personajes, situaciones, etc. Pero en este caso, el pintor copia la composición sin apenas variaciones de un grabado del siglo XVI, también titulado Entierro de Santa Catalina. Quizá la razón sea que el mismo cliente que le encargó el lienzo le facilitara la estampa en cuestión. Sin embargo, Zurbarán es capaz de imprimir su estilo personal a la escena, y sustituye la linealidad del grabado por un verismo y un colorido inimaginables en otro autor. Santa Catalina era una virgen mártir del siglo IV, que fue conducida ante un tribunal de sabios teólogos para defender su fe. Sus conocimientos y retórica hacen que se la considere patrona de los filósofos y de los oradores. Desgraciadamente su elocuencia no convenció a los jueces, que la condenaron a tortura: primero se la ató a una rueda con cuchillas, que se rompió. Tras el primer intento fallido, fue decapitada con una espada. Obsérvese cómo los dos instrumentos de su martirio aparecen junto al sepulcro y que el níveo cuello de la muchacha está limpiamente seccionado. El milagro póstumo tuvo lugar cuando los ángeles a los que la santa se había encomendado al morir rescataron su cadáver de las manos de los verdugos y lo enterraron en el monte Sinaí, donde se descubrió incorrupto en el siglo IX. Subastado en 2008 por 210.000 euros, fue adquirido por una colección particular.
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Este cuadro es prácticamente idéntico al Entierro de la Santa de la colección del Conde de Ibarra, por lo que recomendamos acudir a este cuadro para analizar en profundidad sus características maestras.
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Caravaggio pintó este lienzo inmediatamente después de su huida de la cárcel en Malta, donde se había refugiado desde su salida de Roma. Nada más llegar a Siracusa, se encontró con la iglesia principal, la iglesia de Santa Lucía, en restauración. El cabildo vio como caída del cielo la llegada del artista y le encargó el lienzo para adornar la iglesia reformada. En el edificio se encuentran también los restos de la santa, quien fue decapitada por no renunciar al catolicismo. El cuadro ha sufrido muchos retoques, especialmente en el siglo XVII y uno de ellos del propio Caravaggio: observando la figura de la muerta, podemos apreciar una ligera anomalía en la unión de cabeza y tronco; se debe a que el pintor había realizado la cabeza totalmente separada del cuerpo, pero se juzgó demasiado tremebundo el efecto y lo corrigió mediante un repinte. La maestría a la hora de componer la escena resulta sobrecogedora. El cuerpo bellísimo de la joven mártir está enmarcado por las figuras de los enterradores, que forman una especie de paréntesis en esta parte del lienzo, separando del resto de la composición a la virgen. El cadáver marca una fortísima horizontal en brusco contraste con el resto de los personajes, arremolinados verticalmente tras ella. Y todos estos elementos se concentran como un lastre en la mitad inferior del cuadro, mientras la mitad superior está completamente vacía, en tonos desvaídos y oscuros. El efecto es similar al cuadro de David sobre la Muerte de Marat, pintado más de un siglo después.
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La pintura de paisajes estaba considerada en España como un arte de segunda categoría. Por eso, era habitual que se encargaran a artistas extranjeros, preferentemente flamencos o italianos. Sin embargo, un francés despuntó rápidamente entre los paisajistas del Barroco; su nombre era Claude Gellée, conocido en nuestro país como Claudio de Lorena por su lugar de procedencia. Felipe IV le encargó numerosas obras para el Palacio del Buen Retiro, entre ellas este Entierro de Santa Serapia. Lorena nunca representa el paisaje de manera aislada, sino que su temática se integra perfectamente en la composición paisajista. Así, el entierro se sitúa en primer plano, mientras Santa Sabina y sus acompañantes presencian el funeral. Al fondo se observan unas ruinas clásicas que recuerdan la Roma antigua. La luz será la gran protagonista de las obras del maestro, una luz romántica - de los momentos preferidos por el artista: el amanecer o la puesta de sol - obteniendo composiciones ensoñadoras que en el siglo XVIII enamoraron a Turner y le sirvieron como punto de partida.