Los arquitectos neoclásicos tomarán como modelo constructivo uno de los edificios emblemáticos de la antigüedad: el Partenón, levantado en el siglo V antes de Cristo por Iktinos y Kallikrates en la Acrópolis ateniense para albergar la estatua de Atenea Partenos, modelada en oro y marfil por Fidias. En Francia Soufflot utiliza este esquema para la construcción de la iglesia de Santa Genoveva, hoy Panteón de Hombre Ilustres, levantada entre 1757 y 1790. Vignon lo repite en la parisina iglesia de la Madeleine, edificada entre 1807 y 1842. En Inglaterra se emplea el mismo esquema en el Templo de la Concordia y la Victoria, erigido en Stowe hacia 1748 por Richard Greville, al igual que Robert Smirke en la fachada principal del British Museum, ejecutado entre 1842 y 1847. En Alemania uno de los grandes impulsores de este esquema será Leo von Klenze quien lo empleará en primer lugar en la edificación de la Gliptoteca de Munich, levantada entre 1815 y 1830 y lo perfeccionará en el Valhala del pueblo alemán, erigido entre 1830 y 1842. En España Ventura Rodríguez no dudará en emplear este modelo en la fachada de la catedral de Pamplona de 1783, de la misma manera que Juan de Villanueva utilizará un esquema similar en la fachada principal del Museo del Prado, la actual puerta de Velázquez, levantada en 1785. Estados Unidos será uno de los países donde mayor éxito alcanzará la arquitectura neoclásica. El Capitolio muestra este esquema en sus dos fachadas, construidas en 1827 por Thorton y Bulfinch, al igual que el diseño del Banco de Pensilvania realizado por Benjamín Latrobe en 1799.
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Si de Cánovas se dijo en su época que constituía él solo la Restauración, también se afirmó, con razón, que el partido conservador es Cánovas. Y es que el político malagueño no sólo fue el principal inspirador de las instituciones de la nueva monarquía sino el artífice y la personalidad más destacada de uno de los partidos de gobierno de la misma, el partido de la derecha o liberal-conservador. El primer núcleo de este partido fue el pequeño grupo de oposición liberal-conservadora en las Cortes Constituyentes de 1869 a 1871 en el que, junto a Cánovas, aparecía ya Francisco Silvela, quien, después de aquél, fue la personalidad conservadora más importante de la época. Aquel grupo se manifestaba distante tanto respecto de los moderados -que habían protagonizado la vida política durante los últimos años del reinado de Isabel II- como de los revolucionarios de 1868 y, aunque defendieron la candidatura de Alfonso de Borbón al trono de España, votaron favorablemente la Constitución de 1869, y mantuvieron una actitud expectante frente a la monarquía de Amadeo de Saboya. Para Cánovas lo más importante no era una dinastía, sino que España consiguiera la estabilidad política y, con ella, la convivencia en paz. Por ello afirmó que, si la monarquía de Saboya hubiera logrado este objetivo fundamental, jamás habría servido personalmente a la dinastía extranjera, pero tampoco habría militado nunca entre sus sistemáticos adversarios. Pero la monarquía de Saboya fracasó, lo mismo que los intentos de Isabel II por conseguir la restauración bien mediante una acción militar promovida por los generales moderados, o por una política de atracción de los revolucionarios menos radicales. El proyecto canovista de restauración de los Borbones en la persona del príncipe Alfonso -y no de Isabel II-, hecha sin espíritu de revancha, fue ganando fuerza en el ánimo de quienes -especialmente de aquellos que tenían intereses que defender- deseaban la vuelta al orden. El pequeño grupo canovista fue aumentando progresivamente con antiguos componentes de la Unión Liberal y con revolucionarios arrepentidos, como Francisco Romero Robledo, a los que Cánovas se mostraba dispuesto a integrar en su proyecto siempre que pensaran como él. Además comenzó a edificar "un movimiento de opinión importante, para lo que entonces eran aquellas cosas", como ha escrito José Varela Ortega. Por todo ello, a mediados de 1873, Cánovas terminó siendo encargado de dirigir los trabajos en favor de la restauración del príncipe Alfonso. El campo borbónico quedó así dividido entre moderados y canovistas, unidos por la causa dinástica pero profundamente enfrentados por sus respectivos proyectos: la vuelta a lo anterior a 1868, o la creación de algo completamente distinto. Aunque Cánovas no descartaba la posibilidad de una proclamación de Alfonso XII por una representación significativa del Ejército, e hizo planes en dicho sentido, prefería que la restauración se produjera por un procedimiento civil, la proclamación por las Cortes. Lo que no quería, en absoluto, es que la monarquía que debía acabar con los pronunciamientos naciera ella misma de un pronunciamiento y ello, además de por la cuestión de principio, por temor a la preponderancia que los moderados pudieran alcanzar en el bando alfonsino, si eran ellos los que protagonizaban el golpe. Como esto fue, en definitiva, lo que ocurrió, Cánovas -que presidió y compuso a su gusto el primer gobierno de la Restauración- tuvo que hacer frente a la avalancha de los moderados. En el proyecto canovista estaba clara la necesidad de dos partidos que alternaran en el poder pero, en los momentos iniciales del nuevo régimen, nadie sabía exactamente cuáles serían estos partidos. Para muchos, Cánovas, con la inclusión de más ex revolucionarios, debería liderar el partido de la izquierda del sistema, mientras que los moderados ocuparían la derecha. Lo que de hecho pasó fue que Cánovas se impuso a los moderados, y formó él mismo la derecha, mientras que la izquierda fue ocupada por uno de los partidos revolucionarios, el constitucional, que Sagasta, actuando hábilmente, supo adaptar a la nueva situación. Si esto ocurrió así es porque el proyecto canovista, por la amplitud de su liberalismo, estaba mucho más próximo a los planteamientos de los revolucionarios menos radicales que al de los antiguos moderados. El enfrentamiento entre Cánovas y los moderados tuvo lugar a lo largo del año 1875. El presidente del gobierno, que siempre contó con el respaldo incondicional de Alfonso XII, hizo algunas concesiones iniciales, como la abolición del matrimonio civil y la clausura de algunos templos y escuelas protestantes, pero resistió a las tres grandes demandas moderadas: el restablecimiento de la Constitución de 1845, la prohibición de todo culto no católico y la vuelta a España de Isabel II, que permanecía en París. La incompatibilidad de proyectos de unos y otros quedó de manifiesto con motivo de la llamada segunda cuestión universitaria, ocasionada por el ministro de Fomento, Orovio, de procedencia moderada, quien pretendió encerrar la enseñanza oficial en los límites de la ortodoxia católica y la monarquía constitucional. Cánovas lo consideró una barbaridad y medió personalmente, aunque sin éxito, para tratar de evitar la salida de la Universidad de quienes se negaron a aceptar las imposiciones oficiales, algunos de los cuales formarían la Institución Libre de Enseñanza. Orovio desapareció del ministerio en la primera ocasión. En mayo, tuvo lugar la maniobra para la elaboración del proyecto constitucional. Muchos moderados terminaron integrándose en el canovismo, recibiendo su recompensa en forma de nombramientos y favores; los que no lo hicieron fueron definitivamente marginados a partir de las elecciones de enero de 1876, cuando Romero Robledo, desde el ministerio de Gobernación, sólo les permitió obtener un puñado de actas frente a las cerca de trescientas del partido de Cánovas. Aislados de la savia del poder, los moderados terminaron por disolverse siete años más tarde. El partido liberal conservador fue acusado numerosas veces, durante aquellos años, de ser un partido sin principios, de estar dispuesto a sacrificarlo todo con tal de disfrutar del poder: "Una oligarquía egoísta y absorbente, formado por elementos heterogéneos, sin cohesión moral ni vínculos de doctrina, más atenta al monopolio del poder que alas inspiraciones del patriotismo, que ha ido tendiendo por todas partes (...) la espesa malla de su influencia oficial". Es cierto que, frente a la nitidez de los planteamientos moderados, la agrupación dirigida por Cánovas parecía oscilar entre la reacción y la revolución. Pero éste era precisamente el carácter ecléctico que Cánovas -que se preciaba de rendir el debido "tributo a la prudencia, al espíritu de transación, a la ley de la realidad"- pretendía dar a su partido, y a través de él a las instituciones, para poder integrar en las mismas al mayor número posible de fuerzas políticas. Desde el comienzo de la Restauración hasta 1881 gobernaron los conservadores, aunque Cánovas estuvo ausente de la presidencia del Consejo durante dos breves períodos. Entre septiembre y diciembre de 1875, fue presidente el general Jovellar porque Cánovas, que era favorable a la convocatoria de elecciones de acuerdo con la ley vigente de sufragio universal, pero que al mismo tiempo era opuesto a este principio, prefirió que la responsabilidad de la convocatoria por este procedimiento recayese sobre otra persona. Nuevamente, en marzo de 1879, Cánovas fue sustituido en la presidencia, en esta ocasión por el general Martínez Campos, que ya aquél no quería dirigir dos veces consecutivas unas elecciones generales. Una vez celebradas éstas, la mayoría conservadora que resultó elegida no prestó el suficiente apoyo a la política de Martínez Campos -especialmente a sus reformas coloniales y militares- por lo que éste dimitió, apartándose de las filas conservadoras. En diciembre de 1879, Cánovas volvía de nuevo a ocupar la cabecera del consejo de ministros.
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En la formación y desarrollo del otro partido de gobierno -que terminaría llamándose partido liberal- también desempeñó un papel fundamental un individuo, en este caso, Práxedes Mateo Sagasta. Pero la naturaleza de su influencia fue distinta a la de Cánovas. Si éste lo era todo -ideas, proyectos y prestigio- en el partido conservador, la fuerza de Sagasta radicaba, por el contrario, en la carencia de planteamientos personales, unida a la capacidad -gracias a "la agilidad mental y el sentido de humanidad", que destacara en él el cardenal Rampolla- para unir a las distintas personalidades y agrupaciones que terminaron confluyendo en el partido. Aunque de una personalidad completamente distinta a la de Cánovas, Sagasta pudo entenderse con éste porque era también un político pragmático, convencido de que en política "no (...) se puede hacer siempre lo que se quiere, ni siempre es conveniente hacer lo más justo". El núcleo del partido liberal de la Restauración fue el partido constitucional, que se había formado en 1871, tras la escisión de los progresistas que siguió a la muerte del general Prim. El ala derecha del partido progresista y un buen número de componentes de la Unión Liberal se organizaron con el nombre de partido constitucional, bajo la jefatura del general Serrano y de Sagasta, mientras que el ala izquierda de los progresistas junto con los demócratas que optaron por la monarquía, formaron el partido radical, dirigido por Manuel Ruiz Zorrilla. Ambos partidos se alternarían en el poder durante el reinado de Amadeo I. Los constitucionales estuvieron apartados de la vida política durante la I República, con la que colaboraron inicialmente los radicales. A lo largo del año 1874, después del golpe de Estado del general Pavía, fue el partido constitucional quien tuvo en mayor medida la responsabilidad de gobierno. Cuando ocurrió el pronunciamiento de Sagunto, Serrano era presidente del Poder Ejecutivo, y Sagasta presidente del Gobierno; ninguno de ellos extremó su oposición al movimiento iniciado por Martínez Campos, al comprobar el escaso apoyo militar y civil con que contaban, y se prestaron a negociar su integración en el nuevo régimen. Cánovas era el primer interesado en que ésta se produjera para conseguir equilibrar el peso de los moderados. El problema era encontrar los términos de la avenencia. Para los constitucionales no sólo estaba en juego la supervivencia como partido, y el medio de vida para muchos, sino también el legado de la revolución de septiembre. La cuestión clave que enfrentó a Cánovas con los constitucionales durante los primeros años de la Restauración fue el problema constitucional. Cánovas quería hacer una nueva Constitución cuya existencia le parecía indispensable como base del nuevo sistema político. Los constitucionales, por el contrario, defendían la vigencia de la Constitución de 1869, que consideraban expresión de las conquistas liberales de la revolución de 1868: la declaración de la soberanía nacional y los derechos individuales. Ante esta disyuntiva, el partido constitucional se dividió, en mayo de 1875: una minoría, dirigida por Manuel Alonso Martínez, se prestó a colaborar con Cánovas en la elaboración del texto constitucional, mientras que la mayoría, al frente de la cual Sagasta había consolidado su posición frente al general Serrano, siguió defendiendo el texto de 1869. La primera gran asamblea del partido celebrada en Madrid después de la Restauración, en noviembre de 1875, ratificaría esta postura, mantenida durante la discusión del proyecto constitucional de 1876. No obstante, una vez aprobada la Constitución de 1876, se manifestaron dispuestos a aceptarla. En 1877, el partido constitucional se retiró de las Cortes como señal de protesta porque, al constituirse el nuevo Senado, sólo ocho de los 110 senadores vitalicios nombrados por la Corona, pertenecían al partido. Parecía la vuelta a la vieja táctica progresista del retraimiento como preludio de la conspiración que, por otra parte, el general Serrano no había dejado de seguir practicando. Sin embargo, al año siguiente se impuso el criterio de Sagasta favorable a la reintegración en la vida política legal. Aquel mismo año tuvo lugar la reconciliación entre constitucionales y centralistas, al parecer por consejo e impulso de Alfonso XII. Ambos hechos eran signos inequívocos de moderación por parte de los constitucionales. No obstante, ante la perspectiva de la disolución de las Cortes y la formación de un nuevo gobierno, en 1879, Cánovas no aconsejó al monarca la llamada al poder de los constitucionales porque desconfiaba, y con razón, de la lealtad hacia la monarquía de los elementos militares de este partido, no de los civiles. En las elecciones convocadas aquel año por el gobierno de Martínez Campos, los constitucionales acudieron en coalición con los antiguos radicales -que comenzaban a dar los primeros pasos para integrarse en el nuevo régimen- y los republicanos de Castelar -que desde el comienzo de la Restauración se habían mostrado dispuestos a participar en la nueva legalidad-. Desde luego no era muestra de una identificación absoluta con la monarquía borbónica. Sin embargo, al año siguiente, los constitucionales dieron un paso de gigante en orden a adquirir el estatus de partido de gobierno, al unirse a algunas destacadas personalidades políticas y formar el partido fusionista. El 23 de mayo de 1880 se sumaron a la agrupación de Sagasta, y bajo su liderazgo, el general Martínez Campos -cuyas relaciones con Cánovas siempre fueron malas y que se apartó del partido conservador, acompañado por algunos altos mandos militares, tras su fracasada experiencia de gobierno- y José Posada Herrera -el ministro de la Gobernación de la Unión Liberal que hizo a Cánovas su subsecretario en 1860, quien no obstante presidir los Congresos conservadores de 1876 y 1877, siempre se mostró dispuesto a encabezar la alternativa liberal-. Días más tarde, el conde de Xiquena junto con algunos moderados históricos, se unían al nuevo partido. No parece que el propio Alfonso XII fuera completamente ajeno a la iniciativa que culminó en la fusión. Adquiría así Sagasta, el condenado a muerte por conspirar contra Isabel II, la respetabilidad necesaria para llegar a ser el presidente de gobierno en la monarquía de su hijo, Alfonso XII. Más que una manifestación de principios, la declaración programática del nuevo partido consistía en un ataque a los conservadores -a los que se acusaba de vivir "a costa de la monarquía, como la yedra vive a costa del árbol"- y, sobre todo, una airada apelación al rey, para que dispensara por igual sus altísimos prerrogativas. "Después de este acto -concluía amenazante- la política española podrá seguir rumbos tranquilos o azarosos derroteros: ¡feliz aquel que pudiendo cerrar el paso a los segundos, tiene en sus manos la paz de los pueblos!".
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Respecto al Partido Socialista Obrero Español, creado en 1879, su expansión fue muy lenta. Entre los aspectos más destacados de su historia en estos años están la publicación del Informe que el doctor Jaime Vera redactó para la Comisión de Reformas Sociales -informe que Miguel Artola ha considerado una obra maestra de la literatura de divulgación, por la fidelidad a la doctrina y por la capacidad sintética- en el que su autor manifestaba la aceptación de las normas democráticas por los socialistas, mientras no tuvieran fuerzas para asegurar su triunfo en una revolución: "Cuidaremos de no daros el gusto de que resolváis por la fuerza lo que no podéis alcanzar con la razón". Mayor trascendencia pública tuvo la fundación del periódico -semanal, en un primer momento- El Socialista, en cuyo prospecto inicial se subrayaba la necesidad de la lucha política, para acelerar el cambio que se avecina, aunque -se decía, de acuerdo con la vigente ortodoxia marxista- la razón última de todos los cambios sociales esté en el desenvolvimiento de las fuerzas económicas. Al mismo tiempo, se señalaba -de acuerdo, también, con la práctica de todos los partidos socialistas de la época- que su primer y principal propósito era procurar la organización de la clase trabajadora en partido político, distinto y opuesto a todos los de la burguesía. Cuatro meses después de su aparición, una vez pasada la curiosidad que despertó, como dice Juan Pablo Fusi, El Socialista sólo producía pérdidas. El sueldo de su director, Iglesias, tuvo que ser reducido a la mitad y durante casi veinte años los demás empleados no recibieron retribución alguna. De aquella época data también el comienzo de la celebración del 1°- de mayo, calificada humorísticamente por un obrero socialista barcelonés como fiesta de Nuestra Señora de las Ocho Horas. En 1890 se inició este ritual obrero -en palabras de Michelle Perrot, citadas por Manuel Pérez Ledesma- con un código común de procesiones, consignas y concentraciones masivas, que tanto habría de influir en la toma de conciencia de clase de muchos trabajadores. Al amparo de la ley de asociaciones de 1887, en agosto de 1888 tuvo lugar en Barcelona un Congreso nacional obrero que acordó la creación de la Unión General de Trabajadores, la central sindical socialista cuyo primer presidente fue García Quejido. Una semana más tarde se celebró el congreso fundacional del Partido Socialista Obrero Español, que eligió a Pablo Iglesias como presidente del comité central. Los congresos del partido se sucederían cada dos años, hasta 1894. Sólo entre los mineros vizcaínos -gracias a la propaganda iniciada por un obrero metalúrgico, Facundo Perezagua, nacido en Toledo y llegado a Bilbao en 1885- se desarrolló en estos años una verdadera organización socialista con el apoyo de masas. De la debilidad socialista da idea el escaso número de votos obtenido en las elecciones de 1891: poco más de 1.000 en Madrid y en Barcelona, y unos 5.000 en toda España. Hasta 1910, presentándose en solitario, el PSOE no llegó a sumar nunca más de 30.000 votos en todo el país, y no consiguió ningún diputado.
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No es muy habitual encontrar obras de Monet en las que la figura humana tenga mayor relevancia que el paisaje. Los protagonistas vuelven a ser Camille, su compañera, y Jean, su hijo, igual que vemos en Almuerzo. Aquí están vistos desde una perspectiva baja, situados sobre una loma donde el viento es mayor. La luz provoca una sombra malva que domina toda la figura mientras que la sombra que ella proyecta es más oscura. Las zonas iluminadas por el sol tienen, obviamente, un colorido más vivo. Jean queda más difuminado en el fondo, apreciándose apenas el color sonrosado de sus mofletes. Una vez más la pincelada rápida, a base de pequeñas comas, se convierte en la configuradora del conjunto, eliminándose las formas lo que provocará la reacción de Cézanne o Renoir.
obra
La protagonista de esta escena es Louise Weber, más conocida en el mundo de la farándula por el apodo de La Goulue, la Golosa, debido a su insaciable apetito. Era originaria de la Alsacia, dedicándose al trabajo de lavandera hasta que fue descubierta por M. Astruc debutando en el café "Medrano"; más tarde debutó en el "Moulin Rouge" donde alcanzó considerable fama entre 1890 y 1895. Debido a su gordura fue sustituida y se instaló en una barraca en "Foire du Trone". Con sus ahorros compró una casa en Montmartre donde convivió con Môme Fromage para arruinarse y tener que dedicarse a vender flores en el "Casino", luchar en un espectáculo circense o hacer de domadora en el circo "Juliano". Convivió después con un hombre que la expuso como curiosidad pública y acabó sirviendo en un burdel. Falleció en 1929 en la más absoluta de las miserias, en el hospital Lariboisière, cuando los cuadros de Lautrec que ella había vendido para sobrevivir estaban alcanzando precios desorbitados. En esta composición la encontramos en su momento de reinado en el Moulin Rouge, realizando su cotidiano paseo por el local acompañada de un bailarín. La imagen se convierte en una de las "fotografías" más significativas del ambiente del Moulin, recogiendo a toda su "fauna" entre la que destaca Jane Avril de espaldas. El estilo rápido y preciso que siempre manifiesta Henri caracteriza una composición donde el color ocupa un importante papel, compaginando el protagonismo con el dibujo firme y seguro habitual en los trabajos de Toulouse-Lautrec. La admiración hacia las luces artificiales enlaza con Degas, iniciador de este tipo de escenas de la noche parisina. Resulta destacable el acierto al captar las personalidades de los dos protagonistas: la mirada altiva y segura de la Goulue frente al gesto de hastío e indiferencia del compañero.
obra
La modelo utilizada para esta obra tomada directamente del natural fue Mamada Gamba. El jardín que aparece al fondo posiblemente sea el de la casa alquilada por Manet en Bellevue durante el verano de 1880. La mujer recibe un fuerte foco de luz que ilumina su bello rostro, que contrasta con el vestido negro. Las tonalidades verdes del jardín se resaltan al impactar sobre ellas la luz solar, como demandaba el Impresionismo. La pincelada fragmentada del jardín y las tonalidades empleadas sitúan a Manet en la órbita de Monet o Pissarro.
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La Barcelona del cambio de siglo había recibido el impulso de la Exposición Universal celebrada el año 1888, modernizándola y dándole una nueva imagen. La ciudad histórica estaba encerrada dentro del perímetro de murallas de origen medieval, impidiendo su crecimiento y propiciando que a su alrededor nacieran dispersos en el llano, una serie de núcleos de población, Sant Martí de Provençals, Sant Andreu del Palomar, Gràcia, Sant Gervasi, Sants... La campaña para la demolición de las murallas empezó en 1854 y al mismo tiempo se convocaba un concurso para trazar y distribuir el nuevo crecimiento de la ciudad hacia las poblaciones más cercanas. La unión del centro histórico con éstas poblaciones se definió en el proyecto de l' Eixample, del año 1859, que consistía en la urbanización del plano de Barcelona con una trama de calles paralelas y perpendiculares las unas a las otras que delimitaban manzanas de casas. El Ayuntamiento declaró como ganador a un arquitecto local, Antoni Rovira i Trias, quién había articulado la urbanización a partir de ejes radiales que partían de la ciudad antigua. Pero fue el gobierno central quién escogió la propuesta de un plano más regular en su diseño y en su distribución, la que finalmente se ejecutó. Esta planificación era obra de Ildefons Cerdà, urbanista profundamente preocupado por la dificultades del obrero y por las condiciones sanitarias y de salubridad extremadamente insuficientes de Barcelona. Su distribución ideal, en la que proyectaba manzanas con espacios abiertos ocupados por jardines fue corrompida rápidamente por las clases dominantes, quienes lo modificaron de la mano de urbanistas, arquitectos y empresarios repetidas veces. El Passeig de Gràcia fue inaugurado el 1827 y funcionaba como eje de comunicación entre la ciudad y la cercana población de Gràcia. Se ensanchó un antiguo camino, que seguía el trazado de un torrente de agua, que en su camino dejaba fuentes, jardines, unos Campos Elíseos y diferentes zonas de paseo. Con el crecimiento del Eixample se convirtió en la vía principal de la nueva ciudad, dotándola de iluminación, pavimento y circulación de los principales transportes públicos y privados. En ella se construyeron los mejores cines y teatros, se concentraron los mejores y grandes almacenes, así como se convirtió en el escenario de los grandes actos y paseos de la burguesía barcelonesa. Contribuyendo a su ornamentación, el Passeig de Gràcia se dotó de unas farolas y bancos, diseño del arquitecto Pere Falqués. Es en esta avenida donde los burgueses decidieron construir sus residencias, en una carrera de trasgresión respecto de los modelos más historicistas y académicos y de exhibición de su riqueza, encargando los proyectos a los mejores arquitectos del momento. Buena muestra de ello nos la proporciona la llamada "Mançana de la Discordia", entre las calles Consell de Cent y Aragó. Su nombre lo debemos a que en ella se encuentran tres obras de especial relevancia de los arquitectos más emblemáticos del momento: Lluís Domènech i Montaner con la Casa Lleó Morera, Josep Puig i Cadafalch con la Casa Amatller y Antoni Gaudí i Cornet con las Casas Batlló y Milà.