Lo poco que desde el punto de vista social sabemos sobre los artistas y artesanos hititas parece sugerir que se trataba de un grupo de hombres libres -como los demás súbditos del gran rey-, que con las inevitables reservas, nos recuerdan en cierto modo a los demiurgoi homéricos, pues los vemos especialmente reconocidos por la estima, la protección y el aprecio de sus potenciales clientes. Tenemos noticia, por ejemplo, de que a cambio de sus conocimientos y productos, príncipes, sacerdotes, particulares y comunidades concedían parcelas de tierra a los artesanos. La indolencia emotiva y la carencia de aptitud para lo bello que S. Lloyd atribuye a los hititas no parece tener mucho fundamento desde luego. Pues como en el caso bien conocido de los tallistas de piedras duras en la Alalakh siria, la sociedad hitita estimaba a sus artistas. No obstante, la gente común y el mundo artesanal hitita vivían en unas condiciones muy lejanas a nuestra mentalidad. Pero aunque el esquema más rígido de las culturas mesopotámicas no se corresponda tampoco con el hitita, como en el sur, una monarquía poderosa y un mundo de creencias o magia que lo embargaba todo, rodeaban al artesano y al artista de Anatolia influyendo con fuerza en el resultado de su trabajo. Al servicio de sus clientes, los particulares o el rey, los artistas hititas debían organizarse en talleres y obradores que giraban, posiblemente, en torno a un maestro de cualidades especiales. Para E. Akurgal, las semiestatuas de las puertas abiertas en las fortificaciones de la última ampliación de Hattusa denuncian la mano de un maestro y un taller muy personal. Los rytha de la colección N. Schimmel avalan la producción de talleres de orfebres dotados de un altísimo sentido estético a la par que excelente capacitación técnica. Y las cerámicas con relieves adosados de Bitik, Selimli o Hattusa, por ejemplo, no son fruto de una producción industrializada sino artística y de la mayor calidad. Por otra parte, las creencias y los valores religiosos, los mitos y las tradiciones populares están presentes en cada objeto antiguo. Ya fuera consciente o inconscientemente, ya fuera diseñando con libertad o por encargo y proyecto de un cliente versado -el sacerdote, la maga, un príncipe-, el artista hitita expresaba en sus obras lo profundo de sus miedos, sus supersticiones y su fe. Por eso tal vez, en la Anatolia de entonces se produjo un número tan alto de amuletos en piedras o metales diversos. Porque tras esos colgantes de figuritas divinas realizadas en oro había algo que, para el hitita, era más valioso que el metal mismo: su fuerza, su magia, su virtud escondida, su simbolismo. En uno de los muchos rituales conservados sobre la purificación previa a la construcción de un templo, se cita una gran cantidad de piedras y metales de supuestas propiedades maravillosas y protectoras: oro de la ciudad de Piruntumiya, plata, lapislázuli de las montañas de Takniyara, alabastro del país de Kanis, cristal de roca del Elam, diorita, hierro del cielo, cobre y bronce de Alasiya y el monte Takata. Porque para un hitita, versado o analfabeto, bajo la mayoría de los metales y las piedras se escondían fuerzas mágicas poderosas y enigmáticas. Así en otro ritual, dedicado a la purificación de un palacio, se ofrecían a las divinidades subterráneas semillas, plata, oro, hierro, plomo, aceite y miel. Y el artista en su taller, difícilmente podía abstraer su trabajo de su fe. Sabemos que el sol era el símbolo de la diosa de Arinna. Pero el oro, por su estrecho contacto con el sol, por su color, venía a simbolizar tanto a uno como a la idea de Arinna, la diosa solar, y así, para el orfebre y su cliente, esos pequeños y numerosos colgantes de una diosa sentada, sobre cuyos hombros reposa un gran disco o halo de santidad, sumaban muchos valores profundos. Otro tanto ocurría si el artesano trabajaba la plata. Y lo hacía con especial cuidado porque, para un hitita, la plata era una sustancia pura, inmaculada. Por eso, como destaca V. Haas, los artistas de Hatti solían realizar en plata los objetos de culto y las imágenes de los dioses. Un rython de plata perteneciente a la ya citada colección N. Schimmel, que representa a un ciervo, es obviamente un objeto destinado al culto, que tiene también muchas lecturas simultáneas: la pureza del metal, mágico y limpio; la forma del ciervo, tema de larga tradición mística en Anatolia; la magia protectora y aliada del ciervo y del metal en el símbolo del culto divino: las propiedades que contra las enfermedades o los espíritus malignos tenía la plata. Pero no solamente los metales que nosotros valoramos tanto eran para ellos estimables. Otros no tan nobles para nuestra mentalidad, poseían sin embargo un valor no menor para el hombre de Anatolia. Si hacemos memoria recordaremos que los artesanos de Kanis realizaban numerosos colgantes de plomo ¿Por qué?, ¿por su baratura? Pero ése es un razonamiento de nuestra época. Antes bien, sabemos que en tiempos hititas, el plomo prevenía contra el venenoso cáncer de las úlceras, tan difíciles de curar entonces y hoy. Y de plomo se han recogido cientos de figuritas y colgantes de valor mágico y profiláctico. Como el hierro, cuyo magnetismo tenía un efecto beneficioso sobre la salud. Cuando los artistas tallaban primorosamente los pequeños sellos de estampilla -los habituales sellos hititas cuyos pasadores indican que sus dueños los llevaban normalmente al cuello-, con sus entallados miniatura venían a remitirse a un mundo de creencias. Pero con las piedras soporte también. Porque los sellos -como en el resto de Oriente- poseían un gran valor de amuleto en sus temas iconográficos y en sus materiales. En efecto, si consideramos hoy un sello de cornalina o de jaspe rojo por ejemplo, nuestro estudio no debe olvidar que para el hitita, la cornalina o el jaspe tenían mágicas propiedades contra las terribles hemorragias. Y así los sellos resultaban símbolos de propiedad pero también, y acaso más, amuletos protectores. Algunas piedras raras, como el lapislázuli, eran quizás más estimadas por otros valores que por el de su lejana y cara procedencia, el Afganistán actual. Porque un objeto de lapislázuli debía suprimir, entre otras cosas, la melancolía depresiva de su feliz poseedor. Los artistas y artesanos hititas, que día a día trabajaban con todos estos metales y piedras, creían también en todos esos valores, en esos simbolismos. Incluso cuando con simple barro daban forma a figuritas de toros por ejemplo, estaban evocando ideas cruciales: los animales sagrados y simbólicos del dios hitita de las tormentas. Y cuando esculpían los leones de Alaca tenían en su mente a la diosa Hepat. Porque vivían un mundo de materias vivas muy distinto al nuestro, un mundo en el que hasta los manantiales y los ríos traían un mensaje del más allá. La escultura y el relieve hititas, que en la mayor parte de las obras conservadas podría datarse entre el 1400 y el 1190 a. C. es un arte de madurez técnica y estilística. Contra lo que cabía esperar de épocas tan remotas, los maestros hititas mostraron preferencias distintas sobre unas u otras piedras. La caliza, por ejemplo, una piedra blanda fácilmente disponible en el entorno de Anatolia, sería ciertamente la base más utilizada para tallar relieves o esculturas monumentales. Pero otras más duras y problemáticas también gozaron de su estima. Así el granito, empleado en los ortostatos de Hattusa, utilizado para esculpir las grandes esfinges, el león del ángulo y los ortostatos de Alaca, y el bello cristal de roca importado del lejano Elam, con el que se realizaron pequeñas y graciosas estatuillas. Desde el punto de vista técnico y aunque muy dañadas en su mayoría por las injurias del tiempo, las obras de escultura hitita evidencian ya el uso de las habituales herramientas de escultor: las puntas, los cinceles de distintas hechuras, el taladro, los mazos y, probablemente, varios tipos de abrasivos. Siguiendo la ya vieja tradición anatómica, la escultura de pequeño formato en bronce -de la que se conservan cientos de estatuillas y colgantes- continuó haciéndose por el sencillo sistema de colar el metal fundido en moldes. Mas para piezas de gran formato -como la perdida escultura de oro que Puduhepa dedicó a su esposo, en tamaño natural- o en las obras de orfebrería de gran precio -como los rytha de la colección N. Schimmel-, los artistas trabajaron por martilleo en frío de las láminas de metal. Al ámbito de la alta orfebrería correspondían también diversos objetos de marfil, como las figuritas del Dios de la Montaña o los pequeños discos calados de Hattusa, modestas muestras de un arte que, como en Ugarit, debió alcanzar elevadas cotas de calidad. El mejor lenguaje de la escultura hitita se encuentra en el arte monumental y ligado a la arquitectura que, con excepción de un fragmento encontrado por T. Özgüc, en Kanis parece haber nacido de golpe con la época imperial. Y no podemos pensar en artesanos o aires importados pues, aunque no sepamos dar respuesta todavía a la paradoja, desde su formulación y hasta su fin nos hallamos ante una plástica que estética, icónica y técnicamente responde al gusto y a la mentalidad propias de los hititas. En 1949, A. Moortgat publicó un estudio sobre el arte hitita en el que suponía profundas influencias hurritas. Pero poco después y sin negar algunos puntos posibles de contacto, K. Bittel (1950) y E. Akurgal (1961, 1964) descartaron con razón un influjo determinante. Porque los maestros hititas supieron dar cuerpo a un estilo muy peculiar que, extendido con su Imperio por Anatolia y Siria, poseía suficiente personalidad y fuerza como para mantener la cohesión en aspectos y contenidos. Dice E. Akurgal que una vez estudiados en todos sus detalles las obras conservadas, el historiador de arte comprueba que los maestros hititas trabajaron con fórmulas sólidas y según esquemas muy ajustados de representación. Sus temas, sobre todo, serían religiosos o de lectura religiosa, pues incluso las escenas de caza debían responder a esos intereses. Y el llamado estilo imperial, manifiesto en los detalles iconográficos y estilísticos que vamos a ver, usó unas reglas muy precisas que en el caso de la escultura y el relieve de la capital señalan la obra de unos pocos maestros y talleres. Las mayores y más antiguas esculturas hititas conocidas son las que adornaban las tres puertas principales del último recinto amurallado de Hattusa; la puerta de los leones en el sector oeste, la de las esfinges que coronaba el glacis de Yerkapi al sur y la del rey, en el sector oriental. Esta última sería así llamada desde su descubrimiento, porque en la enorme jamba izquierda del arco parabólico interior, el que da a la ciudad, un fino maestro escultor dejó tallada la figura de un imponente personaje armado que constituye, en su acentuado altorrelieve -pues la cabeza, por ejemplo, sale casi tres cuartos de la piedra- la única escultura de bulto redondo hitita conservada. Se trata, evidentemente, de un dios guerrero y protector del acceso urbano con su típico casco divino de cuernos, su torso desnudo y sus pies descalzos. El casco, con carrilleras, cubrenuca y largo penacho, semeja a los llevados por los guerreros hititas; lo mismo que la espada ajustada a su cintura y el hacha de mango largo suponen otros tantos trasuntos de las armas empleadas habitualmente. E. Akurgal destaca el minucioso cuidado puesto en el tallado y cincelado de los adornos del faldellín, el vello del pecho y las uñas de la mano izquierda. Y tanto él como K. Bittel opinan que lo que confiere tal plenitud de vida a la escultura es el modelado de los músculos del cuerpo, los rasgos del rostro y la firmeza de su paso. Con razón sobrada, E. Akurgal considera al anónimo escultor como uno de los mayores artistas de la época. El mismo, por cierto, que esculpió las esfinges que desde Yerkapi protegían la ciudad, en cuyos rasgos faciales se evidencia idéntica mano. La profunda expresividad latente tras sus enigmáticas sonrisas y las cuencas vacías de sus en otro tiempo incrustados ojos, hacen que K. Bittel las estime obras de calidad superior incluso a la anterior. Se trata de figuras míticas, tocadas con un bonete de cuernos que corona una cimera de volutas y rosetas. Las alas, ampliamente desplegadas, responden a una idea absolutamente original y anterior a cuanto veremos en Siria y Mesopotamia. La llamada puerta de los leones, situada en el flanco occidental del recinto, presenta en las jambas del arco exterior sendos prótomos de león que desprenden de la piedra la cabeza, el pecho y los cuartos delanteros del animal. Según E. Akurgal, los leones se deben a la misma mano o, por lo menos, al mismo taller que esculpió las figuras de las otras puertas. Aquí también las fauces abiertas, el cincelado de la melena o la plasticidad de sus rasgos ponen de relieve el buen hacer del escultor. Por esa razón y como ya apuntara H. Frankfort, resulta tan chocante el tosco y mediocre tratamiento dado por el artista a las patas y garras de leones y esfinges. Es en fin curioso anotar que K. Bittel llamó la atención sobre el jeroglífico grabado junto a la cabeza perdida de uno de los leones de la puerta. Traducido el ideograma inferior como puerta, resultaría encontramos con una interesante precisión urbana, el nombre escrito de la puerta, aunque, de momento, ignoramos cuál puede ser. Las esfinges y los leones de Hattusa contrastan fuertemente con las esculturas de Alaca, según K. Bittel, de fecha anterior. Nos encontramos también ante prótomos que salen de las gigantescas jambas de unos 3 m de altura de la puerta de un recinto sagrado. Muy dañadas por la erosión, los rasgos del rostro y sus perdidos ojos incrustados -aunque de inferior calidad sin duda- recuerdan a las esfinges de Yerkapi, pero el extraño y abierto tocado rematado en puntas enrolladas sobre el pecho y los anchos collares de sus gargantas se remontan a la vieja tradición hitita en Acemhöyük. No obstante, lo que hace de Alaca un punto aparte en la escultura hitita es su conjunto de semiortostatos decorados con bajorrelieves que flanqueaban la puerta de las esfinges. La decoración con relieves tallados sobre grandes losas, que revestían la parte inferior de los muros de ciertos edificios, parece haber sido una creación original si no completamente hitita, sí al menos en su mayor parte. Y la importancia jugada por Alaca se comprende con facilidad. Cierto que en el museo monográfico instalado en la misma Bogazköy se conserva un ortostato de granito, procedente del palacio real en Büyükkale, en el que con una técnica plana -¿no será una obra inacabada?- parece haberse tallado un combate entre dioses. Y que en el de Estambul se guarda otro que, hallado cerca del templo I, presenta una escena de adoración real en la mejor línea clásica. Pero fuera de Alaca y hasta ahora por lo menos, el arte hitita no nos ha conservado ningún conjunto que explique la floración del relieve luvio-arameo. Mas con toda certeza, en las piezas de Hattusa y en los relieves de Alaca se encuentra la semilla de aquél. Los relieves esculpidos en los semiortostatos de Alaca -puesto que como K. Bittel apunta, no se trata en rigor de grandes losas verticales, sino de verdaderos bloques integrantes esenciales del muro- presentan un aspecto casi plano, sin apenas modelado, con los músculos y las formas del cuerpo muy estilizadas. Puede que como piensa el investigador alemán, su falta de expresión quedara suplida por algún tipo de revoco pintado. Por su parte, E. Akurgal estima que la talla plana sería el producto de que el artista se hubiera limitado a copiar un trabajo de orfebrería. Y aunque señala algunas influencias icónicas sirias -como el ciervo que vuelve la cabeza sobre el lomo o el león saltando-, concluye con acierto que el estilo, la técnica y el conjunto iconográfico son puramente hititas. Las escenas representadas son en apariencia muy diversas -sacrificios reales, procesiones sacerdotales, dioses recibiendo homenajes, músicos, guerreros, acróbatas, momentos de la caza del ciervo o el toro-, pero todas poseen un evidente trasfondo religioso, en consonancia posiblemente con el recinto al que servían de acceso. Tipos y posturas recuerdan a los relieves de Yazilikaya. Tal vez por eso en parte, E. Akurgal sitúa cronológicamente los trabajos de Alaca en una fecha posterior a la propuesta por K. Bittel. En fin, pese a todo el esquematismo con el que se les suele tachar, los semiortostatos de Alaca están llenos de vida y no exentos de una cierta gracia. Una vida que surge tremenda en el relieve de un bloque de ángulo que representa a un león saltando sobre un ternero. La fuerza del felino, apenas desvelado en la andesita, produce una impresión extraordinaria. No obstante, todos los tratadistas están de acuerdo en señalar que la obra cumbre del relieve hitita se halla en el santuario de Yazilikaya. A unos dos kilómetros al noroeste de Hattusa se encuentra aquel célebre conjunto religioso que, en el aspecto final, parece obra del rey Tudhaliya IV (1250-1220). A juicio de K. Bittel, las dos cámaras principales, a cielo abierto, sugieren haber tenido cada una fines distintos: la mayor, como centro de la Fiesta de la Primavera. La menor, como templo funerario y columbario de las cenizas del rey Tudhaliya. Pero Yazilikaya, para la historia del arte antiguo, es algo más. La profusión de relieves que llena sus rocas viene a traducirse, en palabras de E. Akurgal, en la primera expresión de un pensamiento religioso complejo traducido en un friso. En efecto, en la cámara de la Fiesta de la Primavera, los artistas esculpieron además de la imagen del rey, sesenta y cuatro imágenes divinas ordenadas en dos procesiones que, desde uno y otro lado, caminan hacia el fondo de la cámara. En la pared occidental, los dioses varones. En la oriental, las diosas. Ambos cortejos tienden a converger en el muro norte donde las cabezas del panteón hitita, el Dios de las Tormentas y Hepat, se encuentran frente a frente acompañadas por su hijo, Sarruma. La cámara pequeña, un verdadero lugar de culto a los muertos, se cerraba en su muro Norte con una escultura del rey Tudhaliya cuya base aún se conserva. En ésta cámara, más pequeña y recoleta que la anterior, se encuentran precisamente los relieves más conocidos y mejor conservados de todo el santuario: El Dios-Espada -que por sus cuernos, los ideogramas que lo acompañan y su representación destacada se ve que constituía un dios muy importante-, el dios Sarruma en la típica postura de protección al rey, y finalmente, la procesión de los Doce Dioses. La figura del Dios-Espada -cuya empuñadura forman cuatro leones y cuya hoja parece salir de la boca de dos de ellos-, encuentra su paralelo en muchas armas contemporáneas de Anatolia y Siria, pero sus raíces podrían remontarse al lejano Dorak del III milenio. La imagen de Sarruma protegiendo con su brazo al rey constituye, en opinión de E. Akurgal, el grupo más valioso por su concepción puramente artística, su composición piramidal y la ascensión impuesta por la ordenación del perfil y los paños de los vestidos. Y la procesión de los Doce Dioses de la inmortalidad en fin, el relieve mejor conservado, resulta una muy destacada creación del artista hitita. Con indudable acierto, el maestro supo resolver el problema de representar una fila de hombres avanzando agrupados. La impresión de desfile la consiguió por un hábil entrecruzamiento de las piernas, los brazos que apoyan sobre el hombro derecho las curvas espadas y los puños izquierdos levantados en el habitual gesto de oración que, a un observador occidental de hoy, se le antoja el peculiar braceo de los soldados en desfile. Para concluir y por encima de sus ricos contenidos icónico-religiosos analizados con amplitud por G. Guterbock, E. Laroche, H. Otten, K. Bittel y, en fechas recientes, E. Masson entre otros, la composición de los relieves del santuario de Yazilikaya traduce un fuerte sentido artístico y una técnica excelente. Si su estado fuera otro, una historia del arte hitita debería dedicar largas páginas a los grandes relieves rupestres que, esparcidos por la geografía de Anatolia, significaban quizás otras tantas afirmaciones del poder y el alcance del Estado y la cultura hititas. Desde Karabel en el oeste remoto hasta Hanyeri o Hemite en un sureste abierto ya a los vientos de Siria, pasando por el misterioso Gavurkalesi de las tierras centrales, príncipes y dioses quedarían esculpidos a gran tamaño y con frecuencia a no poca altura, en imponentes paredes rocosas. Pero la continua exposición sufrida a los agentes erosivos ha hecho que el estado en que han llegado hasta nosotros sea, por lo general, muy deficiente. No obstante, en sus rasgos denotan una estrecha relación técnica y estilística con el arte inconfundible de Yazilikaya. La escultura imperial, realizada en bronce colado, tuvo un temprano mensajero en la estatuilla hallada cerca de Sivas y conservada en el museo de Ankara, que E. Akurgal sitúa entre los siglos XVI y XV a.C. Más recientes serían los bronces de Dogantepe, mucho más perfectos técnicamente y de estética y estilo más clásicos, fechados probablemente en el último siglo del arte hitita.
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Hemos intentado dejar claro que el Barroco fue, a la vez, rural y urbano, nobiliar y burgués, católico y protestante, y que contribuyó, en tanto de arte de síntesis, a la unidad cultural de toda la época. O, dicho de otra manera, que las formas artísticas del Barroco, en su variedad de corrientes y en su multiplicidad de tendencias, no fueron privativas de ninguna ideología religiosa, régimen político, sistema económico o clase social, sino que se convinieron a todos los usos. La cuestión estriba en algo que ya hemos insinuado: en los artistas y en sus capacidades de concepción y de elaboración de las obras de arte en sí mismas consideradas, así como en sus facultades de interpretación y de traslación, o de adecuación del gusto, de las aficiones o de las simples indicaciones de aquellas personas, grupos o instituciones, que les demandaban sus obras, encargándoselas o comprándoselas.También aquí, a la hora de las interpretaciones, es fácil caer en la red de la atractiva hipótesis crítica que deduce, arbitrariamente, que un mecenazgo burgués y progresista activa inexcusablemente un arte clasiquizante y realista, y que aquel otro aristocrático y conservador propicia un arte barroquizante e idealista. Como lo dicho más arriba, testimonios a favor no faltan para cubrir la pretensión de probar esta posición, pero no son ni suficientes ni concluyentes para convencer y dejar resuelta la cuestión a nivel historiográfico. En efecto, ya que resulta problemático deslindar el fenómeno del gusto y la pasión por el arte de los motivos utilitarios y de los intereses de afirmación política, de prestigio social, de convencionalismo ideológico y de uso cultural o de costumbre religiosa, a más de la desprendida liberalidad o del cálculo y la inversión económicas.Lo verdaderamente atractivo del fenómeno, y lo que es más fácil de demostrar con convicción (y por tanto, de ser admitido), es la implícita influencia condicionante, pero nunca determinante, ejercida por los mecenas, los patronos o los clientes ocasionales sobre las artes y los artistas, y que en muchas ocasiones, es cierto, llegó a ser enorme, tanto si fue ejercida por vía de convicción como por vía de imposición coercitiva, tanto directa como indirecta. La clave para aclarar tales extremos reside, es obvio, en que los recursos económicos se concentraban en la tesorería de sólo las instituciones (eclesiásticas o civiles) o en las manos de unos pocos individuos (ricos aristócratas y burgueses potentados), que son los únicos elementos sociales (potenciales o reales) con capacidad para efectuar los encargos o ultimar las compras, influyendo de este modo el gusto.Con todo, el florecimiento del mercado artístico moderno, con lo que ello supone de circulación múltiple y movimiento recurrente de compra-venta de las obras de arte, sujetas a las normas comerciales y a las leyes del libre mercado financiero, como cualquier otro producto manufacturado o bien de consumo, ocasionó la emergencia como cliente artístico del pequeño burgués.Durante el siglo XVII, la política de los grandes potentados, al seguir el ejemplo papal o real del Quinientos, trajo como consecuencia un renacer del mecenazgo artístico principesco, desplegando una gran protección y originando un vasto dispendio económico. Arquetípico fue el ejercido por Carlos I de Inglaterra (tan parejo y, a un tiempo, tan distinto al de Felipe IV de España), capaz de otorgar a su corte una imagen brillante que ha resistido el paso del tiempo, y ello a pesar de la dispersión que a su muerte sufrieron sus colecciones (ventas de 1650 y 1653), y la destrucción (incendio del palacio de Whitehall en 1698). Protector de Gentileschi, Rubens y Van Dyck, a quienes atrajo a su lado, sus planteamientos (que, junto al gusto y el placer personal, veían en el coleccionismo un instrumento cultural de afirmación política y de prestigio dinástico) variaron el concepto de mecenazgo y revitalizaron el de coleccionismo cortesano a gran escala.No deja de ser muy significativo que el puritano y republicano Cromwell, como haciéndose eco de parte de tales planteamientos: necesidad de expresar su poder, conservará personalmente los Triunfos de Mantegna y los Cartones de Raffaello comprados por su víctima.Diversa, pero también muy típica del Seiscientos, fue la actitud del archiduque Leopoldo Guillermo de Austria, gobernador de los Países Bajos meridionales (Flandes) entre 1646 y 1656. Verdadero conocedor de la pintura flamenca de los siglos XV-XVI y admirador de la pintura italiana, formó una riquísima colección en su palacio de Bruselas, en donde reunió 1.397 cuadros, 343 dibujos y 542 esculturas (Inventario, 1659), que legada a su sobrino el emperador Leopoldo I, constituyó el núcleo fundacional de las galerías imperiales vienesas. Una nota de alcance nos informa no tanto del gusto personal del archiduque, cuanto de las consecuencias a que le condujeron sus radicales prejuicios religiosos y políticos, muy propios de la época: evitar la adquisición de obras de los pintores protestantes holandeses y de Rembrandt. Su protegido, Teniers el Joven, al que nombró director de su galería, nos ha dejado varias vistas de su colección, tratadas con la minuciosidad ilustrativa de los pintores de cabinets d' amateur (El archiduque Leopoldo Guillermo visitando su galería de Bruselas) (Madrid, Museo del Prado; Viena, Kunsthistorisches Museum). De gran interés documentalista, estos cuadros son catálogos ilustrados de las galerías de pinturas, estatuas y curiosidades que atesoraban los príncipes, los nobles o los potentados cultos de la época.Relacionando diplomacia con arte (incluido el elaborado por algún coetáneo, como A. Brouwer, al que ayudó), Rubens reunió en su casa de Amberes una colección demostrativa del tono internacional alcanzado por los modos que definieron al coleccionismo europeo del siglo XVII, uniendo a la fruición estética la adquisición de prestigio económico y social, cuando no cortesano. Buena prueba del carácter áulico que, en gran medida, rodeó a la colección reunida por Rubens, fue su venta parcial al duque de Buckingham (1627).Con todo, queremos llamar la atención sobre el hecho de que Rubens tuviera 17 cuadros de Brouwer (8 poseyó Rembrandt), ya que nos introduce en el mundo de la clientela y el mercado artístico modernos, basados no tanto en la protección desplegada a favor de un artista determinado, con el que se establecía una relación de servidumbre, o en el encargo de una obra al artista que mejor se acomodara a las pretensiones e ideas del comitente, cuanto en la aplicación de los principios del mercantilismo económico, comprando la producción de las obras y almacenándolas para su reserva y posterior venta mediante subasta.
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Junto al patrocinio artístico oficial de la Iglesia, el Papado al frente, el de las órdenes religiosas y el de la aristocracia romana, se desarrolló una amplia comitencia culta, animada principalmente por hombres de cultura (médicos, abogados, literatos), expertos en arte y coleccionistas, a los que se unen algunos viajeros extranjeros. Entre esos grandes comitentes romanos figuraron el cardenal Del Monte, admirador y protector incondicional de Caravaggio; el marqués Vincenzo Giustiniani, rico banquero genovés, propietario de una riquísima galería de pintura y arte antiguo; el estudioso y experto en arte Cassiano Del Pozzo, amigo de Galileo, admirador de la obra de Poussin, al que protegió, de Lorrain y de Velázquez, de los que poseía cuadros, uno de los animadores de la vida cultural de Roma desde su cargo de maestro de cámara papal. Ya fuera por herencia o por compra-venta, en el siglo XVII se formaron en Roma grandes galerías privadas, creadas al socaire del contexto apuntado, que reflejaban en su conformación tanto el gusto de la época como la sensibilidad de sus dueños (Doria, Spada). La galería Giustiniani, por ejemplo, se formó a partir de un núcleo de obras de Tiziano, Veronese y Tintoretto, más alguna del genovés Cambiaso, para pronto decantarse por la pintura de los primeros barrocos, en sus dos filones más representativos, con los Carracci y Caravaggio a la cabeza, para terminar volcándose por el clasicismo de Poussin y Lorrain.Iluminador de la valoración que merecía la pintura, cercana al de bien de consumo generador de intereses económicos (inversión y renta), es el testimonio del marqués Giustiniani: "no sólo en Roma, en Venecia y en otras partes de Italia, sino también en Flandes y en Francia, modernamente se ha puesto de moda decorar los palacios completamente con cuadros, para andar variando el uso de los paramentos suntuosos usados en el pasado, máxime en España... y esta nueva costumbre ofrece, además, gran favor a la venta de las obras de los pintores, a los cuales deberá resultar al día de mayor utilidad para el futuro" (Lettera al signor Teodoro Amideni, ant. 1620). Ese nuevo valor dado al cuadro varió en parte el ejercicio de la protección artística, lo que unido al rápido cambiar de las fortunas económicas, alentó la antigua relación de servitú particolare, en la que el artista era acogido y mantenido con regularidad en el palacio del protector, para el que el artista trabajaba cobrando por las obras ejecutadas un pago aparte. Al margen de los cambios de fortuna del mecenas, no todos eran tan liberales como un Del Monte o un Del Pozzo, planteando serias limitaciones a la iniciativa de los artistas.Es así que, con el paso de los años, la figura del intermediario o marchante de arte de profesión adquiere una mayor importancia. Con libertad por ambas partes, el marchante contrataba la obra al artista y la proponía a los coleccionistas. Con todo, dada la no existencia de normas sobre los precios, estimación y pagos al artista, éste solía salir perdiendo, lo que se agravaba si el marchante había colocado en el mercado obras falsas, copias o imitaciones. En 1633, la Academia romana de San Lucas intentó el control y la limitación del mercado por medio de unas tasas. Pero, la respuesta a la figura del intermediario, sin escrúpulos, en este variopinto mundillo del arte apareció en otra de más alto nivel profesional, la del experto conocedor. A esta categoría pertenecieron altos funcionarios como monseñor G. B. Agucchi, médicos como G. Mancini, poetas de fama como G. B. Marino o, incluso, pintores como el caballero D'Arpino. Coleccionistas también, por la mediación prestada solían cobrar dones, favores o cargos por parte del cliente u obras por parte del artista. La aportación más fundamental de estos profesionales fue, sin duda, la de potenciar las preferencias barrocas entre los coleccionistas. De su capital aportación habla a las claras el que Mancini, erudito y teórico del concepto del ideal en el arte, escribiera un breve tratadito, especie de guía práctica dedicada a los coleccionistas: "Considerazioni appartenertti alla pittura come diletto di gentiluomo nobile" (c. 1617-21), con la que intentó dar un criterio con el que el hombre de gusto pudiera estimar con corrección las obras de arte, distinguir las copias de los originales, elegir una ubicación digna del cuadro, etcétera.Hechos como éste otorgaron a la pintura, en especial, el carácter de fenómeno cultural público. Gradualmente se fue ampliando el interés ciudadano por la creación artística, difundiéndose las novedades a través de exposiciones organizadas con ocasión de alguna ceremonia o fiesta, como la del Corpus. El público podía recorrer los lugares de exposición (que no de venta) en el Panteón o en iglesias como San Salvatore in Lauro o San Giovanni Decollato, convirtiéndose así, a más de en un espectáculo festivo, en una oportunidad singular para los artistas que se daban a conocer ante el gran público y llamaban la atención de los expertos y coleccionistas. De su importancia, sólo un ejemplo. Velázquez, para confrontar su valía y afirmarse ante los críticos y artistas romanos, pero también ante el pueblo, expuso en el Panteón (1650) su extraordinario retrato de Inocencio X.
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A la altura de comienzos de 1945, ya las posibilidades de que Alemania resistiera a sus adversarios se habían desvanecido de un modo tan total que sólo el irrealismo de los dirigentes nazis explica que trataran de mantener una resistencia, en estos momentos por completo imposible. El frente interior mantuvo, sin embargo, su solidez; en parte, porque la oposición había sido triturada en el verano de 1944, pero también porque los altos mandos militares dejaron simplemente de prestar atención a las órdenes de Hitler cuando, por ejemplo, decidió la destrucción de cualquier recurso alemán que pudiera caer en manos del adversario. En sus memorias, Eisenhower afirma que al Führer le dominaba una especie de complejo de conquistador, que le impedía abandonar lo que había conquistado. En realidad, esa actitud se explica porque en un momento inicial de la campaña rusa había obtenido buenos rendimientos militares de ella. Ahora, sin embargo, no era más que una muestra de irrealismo que acababa por agravar la situación de sus propias tropas. En una reunión celebrada en Malta en enero-febrero de 1945, que precedió a la que tuvo lugar en Yalta, los anglosajones establecieron sus planes estratégicos respecto a la ofensiva hacia el corazón de Alemania. Siguiendo las preferencias de Eisenhower, decidieron derrotar al adversario junto al Rin, aprovechando su superioridad, en especial de la aviación, que los norteamericanos utilizaban como rodillo de idéntico modo que los soviéticos hacían con la artillería. Pero, como veremos, la ofensiva fue general y no sólo en un frente. El Mediterráneo se había convertido ya en un lago aliado, de modo que los aprovisionamientos a la URSS podían llegar sin problemas a través del Mar Negro. En febrero y marzo de 1945, los anglosajones batieron a sus adversarios en la orilla izquierda del Rin. Durante esa batalla, además, se hizo posible el paso del río en dos puntos. El primero de ellos fue el puente de Remagen, que los alemanes no pudieron destruir, mientras que el segundo punto, más al Sur, fue consecuencia de la decisión y la audacia de Patton. De esta manera, los aliados conseguían una doble penetración en el Ruhr y junto a Maguncia. Gracias a estas dos pinzas, pudieron efectuar un movimiento envolvente, en el que causaron al adversario un número triple de bajas que el que ellos mismos sufrieron. Lo que reveló verdaderamente que se enfrentaban con un ejército virtualmente derrotado fue el número de prisioneros que lograron, soldados deseosos de entregarse a ellos y evitar caer en las manos soviéticas. A fines de marzo, los anglosajones habían cruzado todo el Rin y se lanzaban hacia el centro de Alemania, concentrando el mayor peso de su ofensiva en su zona Norte. Se manifestó entonces, por parte de Churchill, un deseo de avanzar cuanto más al Este fuera posible porque ya preveía un próximo enfrentamiento con los soviéticos. Lo cierto es, sin embargo, que Roosevelt siempre mantuvo la promesa del reparto en áreas de ocupación que había hecho a los soviéticos y las tropas norteamericanas se retiraron de las dos quintas partes del territorio alemán que ya habían ocupado. Por otro lado, Roosevelt mismo murió cuando faltaban tres semanas para que concluyera la guerra en Europa. Truman, su sucesor, era un político provinciano cuyo buen sentido no le hacía persona con real capacidad para enfrentarse con las relaciones internacionales. Churchill, que se sintió muy afectado por la desaparición del presidente norteamericano, también se vería desplazado en la fase final del conflicto del centro mismo de las decisiones. En esos días finales de la guerra en Europa, menudearon los incidentes entre los aliados occidentales. Por ejemplo, los franceses fueron obligados por los norteamericanos a retirarse de Stuttgart, porque no les correspondía a ellos llevar a cabo la ocupación de esta ciudad. Por otra parte, la inmediata supresión de la legislación de "préstamo y arriendo" por parte de los norteamericanos empezó a revelar las dificultades económicas que los británicos habrían de sufrir durante la posguerra. Paradójicamente, en ese mismo mes de abril, Churchill, por fin, vio cómo se convertía en realidad ese triunfo en Italia que había esperado largamente y que le había sido negado hasta el momento. Las tropas aliadas, como en todos los frentes, tenían una amplia ventaja (doblaban al adversario y aun lo triplicaban en blindados). A esta superioridad en tierra era necesario sumar la abrumadora que se manifestaba en el aire y, junto a ella, la actividad de los guerrilleros de la resistencia. Las órdenes alemanas de no retroceder no provocaron otra cosa que el desbordamiento por parte de los aliados. El Ejército alemán en Italia había perdido su mando más brillante, Kesselring, quien había hecho posible una defensa tenaz aunque más destinada al retraso que a una posible victoria. En abril, se produjo una generalizada sublevación partisana en la zona Norte de Italia. Fueron los guerrilleros quienes detuvieron a Mussolini que huía hacia Suiza con un pasaporte español y lo ejecutaron sumariamente, junto a su amante, Clara Petacci, exponiendo los cadáveres de ambos en una gasolinera de Milán. El Duce que, en la fase final de su régimen había radicalizado sus contenidos y su acción política hasta el extremo de ordenar la ejecución de su yerno y antiguo ministro de Exteriores, el conde Ciano, durante los últimos meses de su existencia no fue más que una caricatura de sí mismo. Los alemanes de guarnición en Italia, por su parte, no tuvieron el menor inconveniente en negociar su rendición a los norteamericanos en Suiza, desoyendo cualquier indicación de Hitler en este sentido. La ofensiva del Ejército Rojo en el frente del Este se inició en el mes de enero y estuvo decidida por su aplastante superioridad, en especial en artillería; su potencia de fuego era diez veces mayor que la alemana. En esta última fase, los soviéticos demostraron una capacidad militar muy superior a la que sus mismos aliados occidentales les atribuían. El avance desde el Vístula al Oder, donde ya se encontraban cuando se celebró la reunión de Yalta, fue rápido y testimoniaba una capacidad de penetración en forma de cuña semejante a la que habían exhibido los alemanes en 1940. El avance fue acompañado de una barbarie abrumadora en el tratamiento de la población civil, con violaciones y ejecuciones sumarias que parecían devolver a los que huían el mal que ellos mismos o sus jefes habían hecho. En su avance, las tropas soviéticas descubrieron los campos de concentración y de exterminio alemanes; en el de Auschwitz, por ejemplo, encontraron almacenadas siete toneladas de cabello de mujer listas para su reutilización. No puede extrañar que la población alemana huyera en masas de millones de personas, eligiendo la senda inversa a la colonización germana iniciada ochocientos años atrás. Se comprende también que algunas ciudades alemanas, como Breslau, resistieran a ultranza hasta el final. Por su parte, los aliados siguieron con los bombardeos, en algún caso tan injustificados como los de Dresde, a mediados de febrero de 1945, cuando ya las líneas alemanas carecían de capacidad de resistencia. Una resistencia que también se había derrumbado en el frente húngaro. La Batalla de Berlín se inició a mediados de abril, con un número de atacantes que decuplicaba al de defensores, carentes de preparación y de armas. Pronto, la ciudad estuvo rodeada y el 25 de abril las tropas soviéticas se hallaban ya a unos centenares de metros del búnker donde se había refugiado Hitler. Lo que sucedió allí es bien expresivo de lo que era la dictadura alemana y de aquello en lo que se convirtió en su fase final. Hitler lo había mandado construir y durante los tres últimos meses de su vida permaneció en su interior, saliendo a la superficie en tan sólo dos ocasiones. Allí vivió una existencia irreal, pretendiendo que acudieran en su ayuda ejércitos que ya no existían o confortado por la lectura de la biografía de Federico el Grande, que había sufrido severas derrotas pero que finalmente había podido superarlas. Cuando tuvo noticia de la muerte de Roosevelt, Hitler lo interpretó como una señal de esperanza. A veces se dejaba guiar por los horóscopos, y otras elaboraba fantásticos planes, como construir un auditorio para 35.000 personas cuando consiguiera la victoria. Enfermo y tratado por curanderos, con frecuencia se sumía en una apática pasividad, pero también dedicó los últimos días de su vida a destituir a alguno de sus mejores generales, como Guderian, o a ordenar la ejecución del jefe del servicio secreto, Canaris. Los últimos días del Reich resultaron simplemente propios de un manicomio. Los generales y ministros desobedecían las órdenes y uno de estos, Speer, no sólo se negó a destruir sistemáticamente todo lo que pudiera caer en las manos de los aliados, sino que trató de envenenar a los habitantes del búnker con gases tóxicos. Algunos de los dirigentes nazis, como Goering y Himmler, que habían tomado parte en las más abominables empresas del régimen, tuvieron esperanzas, carentes de cualquier justificación, de que podrían pactar con los aliados. Hitler reaccionó contra ellos antes de suicidarse, el 30 de abril. Después de casarse con Eva Braun, que seguiría su mismo destino, dictó un testamento por el que nombraba como sucesor al almirante Donitz, que había dirigido la Marina con fidelidad bovina y como jefe de Gobierno a Goebbels; en el nuevo Gabinete no figurarían ni Speer ni el ministro de Exteriores, Ribbentrop. Goebbels, sin embargo, se suicidó también con toda su familia. Sus cuerpos fueron quemados. El 2 de mayo se dejó de combatir y, una semana después, se produjo la capitulación definitiva.
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En el verano de 1944 la guerra llegaba a su momento culminante. Resultaba universalmente evidente que Alemania estaba perdiendo la guerra y que el inmenso esfuerzo desplegado por los ejércitos y las industrias alemanas sólo lograrían retrasar la derrota. Sin embargo, a comienzos de aquel verano, Hitler aun dominaba toda Europa occidental -salvo media Italia- y sus ejércitos ocupaban una importante porción de la Rusia Europea, más Estonia, Letonia y Lituania... El III Reich tenía bajos las armas a cerca de seis millones de hombres y muchos millares de aviones, tanques y cañones.. las industrias alemanas fabricaban ingenios bélicos cada vez más sofisticados y los fanáticos nazis esperaban armas secretas, la gran panacea para aquellos días de retroceso en todos los frentes de lucha. En suma, Alemania aparecía como un enemigo aún muy entero y dispuesto a luchar. Bastó el verano para cambiarlo todo. El 6 de junio desembarcaron en las costas de Normandía los aliados occidentales y en tres meses tomaron Francia y se plantaron en las fronteras de Alemania. Quince días después atacaban los soviéticos y en seis semanas de lucha empujaron a los alemanes hasta el Vístula. En ese verano, tremendo para Alemania, perdió Hitler más de dos millones de hombres (muertos, heridos, desaparecidos, prisioneros) y a sus aliados: Rumania, Hungría y Bulgaria... En septiembre de 1944, con Alemania retorciéndose bajo los bombardeos aliados, la guerra estaba vista para sentencia... Y, sin embargo, sacando fuerzas y recursos impensables, el nazismo logró prolongar su agonía, con poderosos coletazos, como las Ardenas o los contraataques en Prusia y Hungría... Este volumen dedica dos tercios de sus páginas a esa marcha triunfal de un lado y desesperada de otro, pero no podía olvidarse de la guerra en el mar, que será estudiada en el período 1942-1945, apogeo y eclipse del arma submarina alemana. En el mar, sin embargo, la guerra estaba decidida antes que en tierra: a mediados de 1943, los aliados ya eran dueños por completo de las grandes rutas oceánicas y habían decidido a su favor la guerra del tonelaje.
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El asalto a la playa de Utah fue una operación casi aislada, sin nexo directo con las otras, a las que no comprometía. A las 6,30 horas la Fuerza U desembarcaba rápidamente, con facilidad, pues un error de navegación la había llevado a 1,5 Km del objetivo, cerca del pueblo de La-Madeleine, en una zona casi indefendida, por lo que la reacción alemana fue prácticamente nula. Dos horas más tarde se había despejado la playa, tras desembarcar vehículos y 32 carros DD (sólo 4 perdidos), y se la había dejado atrás. Pérdidas: 12 muertos y 39 heridos. Todo un éxito. Durante el trayecto hasta la costa se habían ocupado también las islas Marcouf, que los alemanes no habían creído oportuno controlar. Por otro lado, todavía en el mar, surgieron las primeras fricciones entre los mandos británicos y estadounidenses. En la playa Omaha todo fue muy diferente. Antes del desembarco se produjo una situación de dantesca confusión a causa de la mar gruesa: algunas embarcaciones zozobraron, se perdieron cañones y carros por lanzamientos prematuros al agua -sólo quedó un tercio de éstos-;los soldados arribaron mareados, congelados, agotados, con calambres, en desorden. Apenas desembarcados -en el mar, no en la playa- fueron recibidos por nutrido fuego de morteros y ametralladoras, sufriendo muchas bajas, también por la negativa de Bradley a utilizar los Funnies de Hobart -salvo algunos DD- para limpiar los campos de minas; la barrera artillera alemana destruyó bastantes carros. El desembarco se había efectuado cerca de Vierville y Colleville; al cabo del día la Fuerza O había avanzado apenas 1,2 km, muy por debajo de sus objetivos. No se había logrado abrir ningún pasillo ni reducir al enemigo, que aquí había combatido decididamente. Sólo una parte de los desembarcados pudieron avanzar. Hubo unidades cuyo agotamiento o desmoralización, y la falta de carros, les impidió avanzar, pese a los esfuerzos de los oficiales por reagruparles: pero su idea era que luchasen los que venían detrás. Sólo 100 Tm de suministros pudieron descargarse, de las 2.400 requeridas. Hay que decir, sin embargo, que por parte norteamericana falló la protección artillera y de los carros y que en esa zona había una división alemana cuya presencia no se sospechaba. Finalmente, se había conseguido que la operación no se convirtiera en un desastre, pero a costa de 1.000 muertos y más de 2.000 heridos. Así pues, los norteamericanos habían llevado a cabo con relativo éxito su cometido en la porción occidental del frente. En el sector oriental los británicos-canadienses van a desembarcar con rapidez y sin demasiados contratiempos en las playas Gold, Juno y Sword. El peso del desembarco recayó en la Fuerza G de Gold, los británicos de Bucknall. Su misión era ocupar Arromanches (donde debería fondearse un Mulberry) y Port-en-Bessin, nudo ferroviario que llevaba a Bayeux. En la zona las fortificaciones alemanas estaban bien defendidas, pero los británicos pudieron avanzar bien por su izquierda, gracias también al apoyo de los Funnies, que atacaron las fortificaciones. En menos de una hora los asaltantes habían penetrado dos kilómetros tierra adentro, desarticulando las defensas alemanas, y ocupando, en el oeste, Arromanches. Pronto la cabeza de puente de Le-Hamel tendrá 5 km. de profundidad. A primeras horas de la tarde se habían alcanzado ya los 16 km de penetración.
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La tercera batalla de Cassino, programada por los aliados para antes incluso de terminar la segunda (es decir, para la segunda mitad de febrero), comenzó el 15 de marzo: las condiciones meteorológicas impidieron hasta aquel momento la realización del "experimento" que debía abrir el camino a las tropas. Dicho experimento consistía en realizar un bombardeo intensivo sobre la ciudad de Cassino mediante los bombarderos pesados de la "Strategic Air Force" orientado a la destrucción de los edificios y los alemanes que los defendían. El 14 de marzo se dió la señal de partida a la operación, pues se preveían algunos días de buen tiempo. También esta vez el ataque se confió a los neozelandeses de la 2? división y a los indios de la 4? división, mientras que la 78? división se mantuvo en reserva con la intención de hacerla intervenir en caso de que fracasaran las anteriores divisiones.El plan de ataque fue preparado por el general Freyberg. Sin embargo, la tercera batalla de Cassino, denominada también "Operación Dickens", no fue sino un horroroso desastre que duró cinco días y cinco noches, habiendo conseguido atacar apenas las defensas alemanas.El nuevo ataque a las líneas de Kesselring se lanzó el 11 de mayo de 1944: la ofensiva fue organizada a lo largo de un frente de 32 kilómetros que iba desde Cassino hasta el Mar Mediterráneo. Los ingleses se retiraron más allá del Rápido , pero los alemanes resistieron el ataque. Los americanos, por su parte, fueron capaces de atravesar la "Línea Gustav", a pesar de que fueron detenidos un poco más allá de Santa María Niña. A la derecha de la formación americana, el Cuerpo de expedicionarios francés de Juin consiguió sobrepasar el Garigliano y desplazarse más allá cortando a los alemanes las líneas de comunicación. El 17 de mayo, Kesselring, intuyendo que la posición estaba perdida, ordenó la retirada. Finalmente, el 18 de mayo, los polacos ocuparon Cassino y lo que quedaba después de los duros bombardeos. La pesadilla de Alexander había terminado.
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Las donaciones efectuadas por los monarcas de la dinastía Trastámara a la nobleza constituyen, en opinión del historiador S. de Moxó, la más caudalosa fuente de señoríos de Castilla. Sin duda antes de 1369 había en Castilla abundantes señoríos, pero después de esa fecha se produjo una auténtica marea señorializadora, de la que fue beneficiaria la alta nobleza. Claro que la victoria de los poderosos significaba, simultáneamente, el retroceso del común, pues, como indicó C. Sánchez Albornoz, tras el triunfo de la facción enriqueña y nobiliaria después de Montiel (1369), las masas populares tuvieron que sufrir las consecuencias de su vencimiento. A Enrique II se le denomina el de las mercedes por la gran cantidad de donaciones que hizo a la nobleza. Pero el proceso por él iniciado continuó en tiempos de sus sucesores. El fracaso castellano en Aljubarrota, por ejemplo, supuso la instalación en Castilla, ricamente dotados, de diversos linajes nobiliarios lusitanos, como el de los Pimentel. En el siglo XV, Juan II y Enrique IV, particularmente este último, hicieron asimismo importantes concesiones a los poderosos. Ahora bien, el grupo social beneficiario de esas mercedes, la alta nobleza, experimentó en el transcurso del siglo XIV importantes cambios. Algunos linajes de la vieja nobleza, como los Lara, los Haro, los Castro o los Meneses, desaparecieron, ante todo por causas biológicas. Otros, en cambio, subsistieron, algunos debilitados, como los Manuel, otros renovados, como los Girón, otros, en fin, plenamente integrados en la nobleza de servicio creada por los Trastámaras, como los Mendoza, los Guzmán o los Manrique. Pero quizá lo más significativo del proceso en cuestión fue la llegada a las filas de la ricahombría de nuevas familias nobiliarias, estrechamente ligadas a la nueva dinastía. Esta nueva nobleza puede ser ejemplificada en familias como los Velasco o los Alvarez de Toledo, o, por mencionar linajes de origen foráneo, los citados Pimentel. En definitiva, tal y como señalara en su día S. de Moxó, se había producido en los reinos de Castilla y León el paso de la nobleza vieja a la nobleza nueva. Al concluir el siglo XIV la Corona de Castilla estaba salpicada, de Norte a Sur y de Este a Oeste, por un rosario de grandes estados señoriales. En ellos funcionaba, al servicio del señor correspondiente, un aparato de Estado que reproducía, ciertamente a otra escala, el de la propia monarquía. Los señores gozaban de facultades jurisdiccionales, cobraban rentas de muy diversa índole, algunas de origen regaliano, ejercían monopolios diversos y, en general, aprovechaban cualquier resquicio para obtener beneficios en su provecho. En ocasiones acudían a métodos violentos, lo que explica que se haya hablado de ellos como los malhechores feudales. Los castillos, utilizados cada vez más como residencias palaciegas, eran el símbolo de su poder, pero también de su dominio sobre los vasallos de las tierras circundantes. Hagamos un rápido recorrido por el territorio de la Corona de Castilla con el fin de trazar, a grandes rasgos, su "geografía señorial". En Galicia, destacaban los linajes de los Osorio y los Andrade. En la Meseta Norte brillaban a gran altura los señoríos de los Fernández de Velasco, en tierras burgalesas; los Manrique, en el ámbito palentino; los Pimentel, en torno a Benavente; los Enríquez, señores de Medina de Rioseco; los Alvarez de Toledo, en la vertiente septentrional del Sistema Central y los Bearne-Cerda, señores de Medinaceli. En la Meseta Sur, tierras por excelencia de las Ordenes Militares, se establecieron los Estúñiga, en la zona occidental, y los Mendoza, en la zona de Guadalajara. En el reino de Murcia la familia más pujante era la de los Fajardo. Los Guzmán y los Ponce de León destacaban entre la alta nobleza de la Andalucía Bética. Creció el número de los señoríos en poder de los ricos hombres en la época trastamarista. Pero sobre todo se produjo un cambio cualitativo en el carácter mismo de esos señoríos. Por de pronto, se trataba de señoríos plenos, lo que quiere decir que aunaban los dos rasgos básicos que definen a la institución: el referente al territorio sobre el que se proyectaban, es decir el elemento solariego, y el específicamente jurisdiccional. Es más, C. Estepa ha afirmado que el triunfo del señorío jurisdiccional se alcanzó precisamente en la época de los Trastámaras. Paralelamente, se generalizó el sistema del mayorazgo. Ciertamente las concesiones que hiciera Enrique II por vía de mayorazgo tenían un claro límite, pues si fallaba la sucesión por línea directa los bienes donados por el rey a la nobleza tenían que retornar a la corona. Mas la ofensiva de los ricos hombres logró al final sus objetivos, al conseguir la supresión de dicha cláusula, lo que se acordó en las Cortes de Guadalajara, convocadas por Juan I en 1390. Si no había sucesión por línea directa podía acudirse a las líneas laterales. Así las cosas, estaba garantizada la transmisión, indivisa, de los grandes patrimonios nobiliarios. Por eso ha dicho el profesor B. Clavero, brillante estudioso del mayorazgo, que la implantación de la institución citada supuso la consolidación, en la Corona de Castilla, de la propiedad territorial feudal. Al fin y al cabo los estados señoriales constituidos en la Baja Edad Media han perdurado hasta la disolución del régimen señorial, en la primera mitad del siglo XIX. Por lo demás, los pomposos títulos que aún en nuestros días acompañan a la alta nobleza (duque de Medinasidonia, de Medinaceli, de Alba, del Infantado, de Benavente, etcétera) tienen también su génesis en la época trastamarista.
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La rapidez y profundidad de los avances cristianos en la zona occidental -la frontera se establece a orillas del Duero- sólo puede explicarse si aceptamos la relativa despoblación de esta zona y el escaso interés de los musulmanes por asentarse en ella tras el abandono de las guarniciones beréberes a mediados del siglo VIII. El Valle del Ebro está mucho más poblado, y sus dirigentes, árabes o miembros de la nobleza visigoda convertidos al Islam, ofrecen una gran resistencia por lo que los avances cristianos serán mucho más lentos y la frontera se estabiliza en una línea que se extiende desde la sierra de Codés en Occidente hasta Benabarre pasando por el valle de Berrueza, las estribaciones de Montejurra y Carrascal hasta el río Aragón en Pamplona, y desde el Aragón por Luesia, Salinas, Loarre, Guara y Olsón en el condado aragonés. Esta línea no fue superada hasta comienzos del siglo X en tiempos de Sancho Garcés I (905-925), cuya subida al trono fue facilitada por el leonés Alfonso III, interesado en que los navarros cerraran el paso a los musulmanes del Ebro y a los cordobeses y protegieran el flanco oriental de León. Con la ayuda leonesa, Sancho I extiende sus dominios sobre Monjardín, Nájera, Calahorra y Arnedo a pesar de la derrota sufrida en Valdejunquera. Por el Este el reino se extiende a lo largo de la cuenca del Aragón dejando así al condado aragonés sin posibilidad de ampliar su territorio hacia el Sur. Aragón acabará uniéndose al reino navarro aunque conserve sus instituciones y su propia personalidad. El artífice de la unión navarroaragonesa, con la que se inicia la hegemonía navarra sobre los reinos cristianos, parece haber sido la reina Toda, viuda de Sancho Garcés y regente de García Sánchez I al que casó con Andregoto Galíndez de Aragón y al que hizo intervenir decisivamente en León al morir Ramiro II. Toda, aliada al castellano Fernán González o de acuerdo con los califas, nombra y depone reyes en León y pone en peligro la independencia de Castilla cuyo conde tuvo que renunciar, en favor de Navarra, al monasterio de San Millán de la Cogolla y a su entorno, que sería saqueado por Almanzor, lo mismo que Santiago de Compostela, a pesar de la sumisión navarra y leonesa a los musulmanes. Tanto Vermudo II de León como Sancho II de Navarra reconocieron su dependencia de Córdoba entregando a Almanzor una hermana y una hija como esposas, respectivamente. Sancho III el Mayor (1005-1035) puede ser considerado el primer monarca europeo de la Península sobre cuyos reinos cristianos ejerce un auténtico protectorado. No sin razón ha podido afirmarse que el reino de Sancho se extiende desde Zamora hasta Barcelona, aunque su autoridad es muy desigual: en unos casos se hace efectiva mediante la intervención militar, como en el caso castellano; en otros, su hegemonía es reconocida gracias a una hábil combinación de la diplomacia y de las armas, que le permiten alternar los ataques al reino leonés con la creación en tierras leonesas de un partido favorable al monarca navarro. En Gascuña y Barcelona la autoridad de Sancho es más nominal que efectiva y adopta la forma feudal europea: Sancho tendrá como vasallo al conde Sancho Guillermo de Gascuña al que apoya contra los señores de Toulouse y del que obtiene el vizcondado de Labourd, y vasallo del monarca navarro es Berenguer Ramón I de Barcelona. El condado de Sobrarbe-Ribagorza es anexionado de forma directa. Las zonas incorporadas mantienen su personalidad: Castilla fue unida a Navarra previo el compromiso de Sancho de confiar el gobierno del condado al segundo de sus hijos legítimos, y puede suponerse que a un acuerdo similar se llegaría en los casos de Sobrarbe-Ribagorza o Aragón, según se desprende del testamento de Sancho, o de las leyendas que explican por qué Sancho dividió el reino entre sus hijos García (Navarra), Fernando (Castilla), Ramiro (Aragón) y Gonzalo (Sobrarbe). La preeminencia feudal de García sobre sus hermanos, de Navarra sobre los demás territorios, tiende a mantener la unidad de los dominios de Sancho el Mayor y es al mismo tiempo la mejor prueba de las diferencias existentes, la prueba de que tanto los castellanos como los aragoneses se sienten y son distintos de los navarros. La anexión de estos territorios y el reconocimiento de la superioridad del monarca navarro sólo pueden explicarse satisfactoriamente por la importancia adquirida por el reino, pero nuestra información sobre este punto es deficiente. Sin duda, Navarra es un lugar privilegiado para el intercambio comercial y cultural entre la zona musulmana del Ebro y el mundo europeo, pero ignoramos la importancia de los intercambios económicos y su incidencia sobre la economía navarra. Mejor conocidas son las relaciones políticas, eclesiásticas y culturales: Sancho es el protector de las nuevas corrientes eclesiásticas representadas por Cluny, cuya observancia introduce en el monasterio aragonés de San Juan de la Peña y en el navarro de Leyre desde los que se realiza una importante labor de cristianización de las masas rurales. A Sancho se debe la reparación y modificación de los caminos seguidos por los peregrinos que atraviesan Navarra y Aragón para dirigirse a Santiago de Compostela, y sus contactos políticos con el mundo europeo le llevan a considerar el reino como una monarquía cuya unidad vendrá dada por las relaciones feudales existentes entre sus hijos y entre las tierras confiadas a cada uno de ellos.
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La noche del 30-31 de enero (viernes a sábado), una larga columna de ambulancias, camiones, tractores de artillería, hombres barbudos y demacrados comenzó a cruzar la calzada que unía Malasia con Singapur. 30.000 hombres heridos, agotados y desmoralizados por 8 semanas de lucha y derrota, todo lo que quedaba del 3er Cuerpo de Ejército británico, penetraron como espectros en la fortaleza. Atrás quedaban cerca de 25.000 hombres muertos o prisioneros de los japoneses. Cuando los gaiteros de Argyll, que cerraban la retirada, terminaron de cruzar el dique de un kilómetro de largo por casi 40 metros de ancho, los ingenieros volaron un trozo de la obra, produciendo un boquete de unos 30 metros... esa era la distancia que separaba Yamashita, ya bautizada como el Rommel de la jungla, de su presa más codiciada. Para esas fechas Londres daba por perdida la isla, aunque confiaba en una activa y prolongada resistencia que entretuviera y desgastara al ejército japonés. Tal es así que la Royal Navy había ordenado por su cuenta la evacuación de la gran base naval, operación que se efectuó entre los días 28 y 30 de enero en el más absoluto secreto. Para la población de Singapur, que se enteró tres días después, fue una noticia desmoralizadora. También para las tropas estacionadas o recién llegadas a la isla: estaban abocados a una defensa sin esperanza. Con todo, el general Percival iba a contar con fuerzas teóricamente capaces de oponerse a los japoneses. Tenía bajo su mando unos 85.000 hombres, pero era ésta una fuerza más teórica que real: unos 15.000 hombres eran fuerzas no combatientes y sus 41 batallones de infantería padecían toda clase de calamidades: los pertenecientes a la 18? D. estaban faltos de entrenamiento tras una larga navegación; los de la 9? y 111? D. angloindias estaban agotados, desmoralizados y con efectivos muy bajos tras haber cargado con el peso de la lucha en Malasia; los de la 8? D. australiana eran, en general, tropas bisoñas. La artillería pesada no había sido movida de sus emplazamientos y seguía apuntando al mar. Toda la aviación disponible era un escuadrón de Hurricanes y una docena de viejos Búfalos. Yamashita iba a lanzar contra ese ejército a tres divisiones de choque: la de La Guardia, la 5? y la 18?, Crisantemo, bien apoyadas por artillería, dos centenares de carros y otros tantos aviones. En total, unos 55.000 veteranos, bien equipados y llenos de moral por su rosario ininterrumpido de victorias. Tenían, además, el dominio del mar (28). Pese a esta superioridad cualitativa, aérea y naval, los japoneses hubieran encontrado muchas dificultades si las defensas disponibles hubiesen sido bien utilizadas y mejor distribuidas las tropas: los japoneses debían atravesar el estrecho de Johore, empresa costosa si se les oponía una defensa enérgica que contara con medios. Estos existían y no era problema ni de abastecimiento de víveres (tenían para 6 meses) ni de agua. Pero Percival se equivocó. La costa norte de Singapur podía dividirse claramente por el este y el oeste de la calzada. Frente a la costa oeste los japoneses disponían de fáciles embarcaderos para el asalto, cosa que no les ocurría en el otro lado; la costa oeste de Singapur tenía buenas playas y terrenos apropiados para desembarcos masivos, mientras que la este era pantanosa e impracticable para grandes masas o medios pesados. Examinado el terreno, Wavell recomendó a Percival que reforzase fundamentalmente la costa oeste; Simson había llegado a la misma conclusión por su cuenta y volcó todo su esfuerzo en fortificar al oeste: minas, alambradas, obstáculos contra embarcaciones, barriles de gasolina que pudieran ser incendiados en caso de ataque nocturno, centenares de faros extraídos de los cementerios de automóviles que iluminarían las aguas del estrecho en el caso de un más que probable asalto durante la noche... Percival se empeñó en hacer todo lo contrario. Colocó en el oeste de la calzada a la 8? D. australiana, mientras que situaba en el este a la 111? D. angloindia y a la 18? D. inglesa. Simultáneamente ordenaba a Simson que trasladase todo su aparato defensivo al este, operación que concluía el 5 de febrero. Había ofrecido a Yamashita el mejor terreno sin protección y con los efectivos más débiles. De poco sirvió que el día 6 ordenase a Simson que volviera a instalar sus artilugios defensivos en el oeste, porque el ataque japonés ya no lo permitió.