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Personaje Científico Literato
A su actividad docente en las principales universidades italianas hay que añadir su presencia destacada como conferenciante en centros de toda Europa. Para Eco la semiótica es el estudio que contempla todas las formas de comunicación. En este sentido ha publicado ensayos como "Apocalípticos e integrados: comunicación de masas y teoría de la cultura de masas", "La forma del contenido" o "Tratado de semiótica general". Como novelista saltó a la fama con "El nombre de la rosa", donde se vale de un argumento policiaco para exponer sus teorías filosóficas y manifestar su erudición. Dentro de este género también cabe destacar "El péndulo de Foucault" y "La isla del día de antes". A esta trayectoria profesional hay que añadir su labor como director de las revistas "VS- Quaderni de studi semiotici".
obra
También llamado "La muerte de Narciso", fue realizado hacia 1627, o quizás en 1630, lo cual se ignora. Evoca de nuevo un pasaje de las "Metamorfosis" de Ovidio, en que se narran los amores de Eco y Narciso. Eco era una ninfa de los bosques enamorada de Narciso, un precioso joven que despreciaba el amor. Al nacer, el divino Tiresias profetizó que el niño viviría largo tiempo si no se contemplaba a sí mismo. El joven era insensible al amor que suscitaba en numerosas ninfas y doncellas. Eco no conseguía más que las otras, por lo que desesperada se retiró a un lugar solitario en donde se transformó lentamente en roca, aunque conservó la voz. La diosa Némesis, en venganza, hace que en un día muy caluroso, Narciso se incline sobre el agua para calmar su sed. Al ver reflejado su rostro, de una gran belleza, se enamoró de sí mismo, hasta el punto que, insensible ante el mundo, se dejó morir allí, reclinado sobre su imagen. En el lugar de su muerte brotó la flor del Narciso. El tema es, como en tantas ocasiones, el del amor imposible, que atormentará a Poussin durante toda su vida, hasta su última obra, el Apolo enamorado de Dafne. En primer plano Narciso, tumbado ante la fuente, yace atrapado por su propia belleza. Detrás, en un discreto segundo plano, Eco se reclina sobre la roca, con la que terminará por fundirse. El amorcillo, "putto", porta la antorcha que alumbra la muerte. Es una escena de lírico dramatismo, en que los rasgos traslucen la comprensión de lo inevitable y trágico de su destino.
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Esta dilatada región está definida por tres macroambientes articulados en torno a los Andes, cuya interconexión cultural tuvo vital importancia para el hombre andino: a. La sierra: que se va haciendo más alta, ancha y seca de norte a sur, ofrece grandes contrastes ecológicos según las condiciones que determinen la latitud y la altitud. Consiste en tres regiones fundamentales: Una zona periglacial con altitudes sobre los 5.000 m. que está cubierta permanentemente por hielos. En ella, los recursos son muy escasos como consecuencia de la existencia de una biomasa muy limitada y tiene una topografia tortuosa; de manera que resulta de poco valor para la ocupación humana. La puna es el área más alta para la ocupación humana y se levanta entre los 3.900 y los 5.000 m de altitud. Está ocupada por una tupida red de arroyos, lagos y grandes pastizales. Es un complicado mosaico ambiental en razón de la altitud, con escasos recursos de plantas (tubérculos y semillas) y más adaptada al pastoreo (camélidos) y a la caza (venados). Aquí la agricultura es marginal. Los valles serranos están condicionados por diferencias en altitud y régimen de lluvias. Los pastizales desaparecen con la menor altura, pero la capacidad agrícola es muy superior. La posibilidad de diversificar el cultivo según la altura fue estratégica para el desarrollo de la civilización andina. b. La costa del Pacífico, que en el norte contiene los bosques más húmedos del continente americano en el Chocó colombiano y en Ecuador, se transforma más al sur en una banda de estrechos desiertos, más cálidos y húmedos en el norte por la corriente cálida del Niño, y más secos y finos en el sur por la corriente fría de Humboldt; éstos se ven atravesados por multitud de ríos procedentes de los Andes, resultando en una fuente de vida de singular importancia, ya que todo su recorrido se transforma en un oasis de gran fertilidad. La relevancia económica y de contacto cultural de esta zona fue tal, que la relación cultural lógica de norte a sur impuesta por la majestuosa cadena andina fue desplazada por otra sierra-costa. c. La selva, emplazada al oriente de los Andes y distribuida en ceja de montaña y tierras bajas. Está ocupada en su mayor parte por el bosque tropical húmedo, y en el pasado aportó una amplia variedad de plantas de tipo tropical y experiencias culturales que tendrán una claro significado histórico
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La crisis del siglo anterior, con su cortejo de grandes catástrofes, parecía ya un asunto olvidado. En la decimoquinta centuria el signo dominante, tanto en el terreno demográfico como en el económico, fue de clara recuperación. Ahora bien, desde mediados del siglo XV encontramos de nuevo síntomas preocupantes, en forma de pestes generalizadas o de malos años. No se trataba, ciertamente, de un retorno a los tiempos de la gran depresión, pero sí de un bache, que cuando menos suponía un freno al panorama de expansión que se vivía en la Corona de Castilla por esas fechas. Por de pronto la peste seguía acechando. En 1457 sabemos que causaba estragos en Valladolid. No obstante, el ramalazo pestilente más grave fue el que estalló en el año 1465, tanto por su amplia difusión, pues afectó con mayor o menor intensidad a todos los reinos, como por su duración, ya que aún coleaba en 1468. Precisamente en ese año murió, víctima de la peste, el príncipe Alfonso, el personaje a quien los nobles rebeldes habían proclamado rey tres años antes en Avila, en sustitución de su hermano Enrique IV. De nuevo encontramos brotes de peste en los años setenta, pero por las noticias que tenemos su impacto fue escaso. ¿Y los malos años? También hicieron acto de presencia en Castilla en la segunda mitad del siglo XV. Nos consta, por ejemplo, que en la diócesis de Palencia, en los años 1458 y 1464, se perdió buena parte de la cosecha, a consecuencia de graves alteraciones climatológicas. Pero quizá el ejemplo más significativo de mal año lo tenemos en 1474. "En el año del Señor de 1474 años ovo un año malo menguado de pan e de todos frutos en toda España, e Francia, e Bretaña. E fue todo esto al contrario de los otros tiempos susodichos, que fueron por seca. E este dicho año fue por mucho agua", escribe el noble vizcaíno Lope García de Salazar en sus Bienandanzas e Fortunas. El período 1450-1480 ha sido considerado, en líneas generales, como de fuertes crisis, lo que contrasta notablemente con el crecimiento de las décadas anteriores. Asimismo en tiempos de Enrique IV, y en particular desde el año 1460, se disparó la inflación, que alcanzó un punto culminante en los años 1476-1478. Paralelamente observamos un aumento sostenido de la renta de la tierra. Mas de lo dicho no deben sacarse conclusiones negativas. El panorama de fondo en la Castilla de la segunda mitad de la decimoquinta centuria era positivo, como lo revela el hambre de tierras de cultivo que se observa por todos los reinos, expresión por su parte del incremento de la población.
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Los productos más frecuentes de la Hispania musulmana eran los cereales y la aceituna, además de la vid, a pesar de las prohibiciones del Corán sobre el consumo de alcohol. Pero además aumentaron el rendimiento de la tierra implantando regadíos, al tiempo que aclimataron nuevos productos como el arroz, la caña de azúcar o nuevas variedades frutales. Como en épocas anteriores, la minería tuvo un lugar destacado, extrayéndose oro, mercurio, plata, hierro o sal gema. También al-Andalus fue pródigo en ganado, principalmente caballos, ovejas y bóvidos. Las ciudades, unidas por una activa red comercial, vieron florecer las industrias, asentándose en ellas mercados permanentes y artesanos, que trabajaban el cuero, el algodón, el vidrio, la cerámica, los metales, la seda o el papel. Las grandes distancias o las diferencias religiosas no impedían que al-Andalus fuera objeto de un gran intercambio comercial. Así, de Europa procedían esclavos, madera, metales o armas; de Oriente llegaban especias, libros y objetos de lujo, mientras que de Africa se importaban trigo, oro y marfil.
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Los datos que poseemos sobre este tema son dispersos y enumerarlos tiene poco interés. Raro es que los datos relativos a un mismo tema en particular formen un conjunto coherente. Sin embargo, sería posible agrupar, por ejemplo, todo lo relativo al comercio de esclavos, del que hemos hablado más arriba al tratar de la piratería marítima de los siglos IX y X. Lo que nos llevaría a hablar otra vez de Almería, centro exportador de esclavos realmente importante. Según los geógrafos del siglo X este comercio daba lugar a una actividad que no nos atrevemos a llamar industria de transformación de estos esclavos en eunucos, que tenía lugar en Lucena, ciudad habitada por judíos. No es sorprendente dado que sabemos, por las fuentes carolingias, que fueron comerciantes judíos los primeros que se dedicaron a este comercio entre Galia y España durante el siglo IX. Otro de los artículos fundamentales, pero cuya importancia no es solamente comercial, era el oro, importado sobre todo del África negra. Es legítimo pensar que las relaciones con el Magreb occidental, por donde llegaba el oro, fuera una de las consideraciones que determinaron la política imperialista del califato en Marruecos y su lucha encarnizada contra el dominio fatimí. Habría que plantearse la pregunta sobre si los períodos de acuñación de oro por el califato correspondieron aproximadamente a los momentos en los que ejercía más directamente su control sobre el Magreb y sobre la naturaleza del proceso, sea comercial o tributaria, que llevaba el oro de África negra hasta su transformación en moneda y su posterior ingreso en las arcas del Estado. Al leer las crónicas, se tiene más bien la impresión de que la política africana acarreaba sobre todo gastos pesados para el pago de los ejércitos y las subvenciones a los jefes tribales fieles a Córdoba. Y ya hemos subrayado que fue precisamente en el momento en que el Estado cordobés parecía dominar totalmente el Magreb occidental y cuando las acuñaciones de oro eran más abundantes -hecho que debería haber asegurado su fuerza y su estabilidad- cuando se derrumbó bruscamente.
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Los programas políticos ilustrados intentan promover la economía española, fundamentalmente la industria. La siderurgia se concentra básicamente en la cornisa cantábrica, con centros como Oviedo, Liérganes, La Cavada, Bilbao o Vergara. También cuentan con centros siderúrgicos las ciudades de Sevilla, Toledo, Valladolid, Ripoll, Barcelona o Valencia. Importantes son también los arsenales. Los principales se sitúan en El Ferrol, Cádiz y Cartagena. La industria de la seda está muy extendida. Se trabaja en Talavera, Toledo, Sevilla, Granada, Lorca, Murcia, Valencia, Zaragoza y Barcelona. Como es tradicional, la industria lanar tiene en la Meseta y las tierras de interior su ámbito principal. Destacan centros de producción como Segovia, Avila, Ubeda, Baeza, Cuenca o Guadalajara. Acompañan a estos centros otros como Tarrasa o Gerona. La monarquía borbónica promueve la creación de fábricas reales, instalaciones que reciben ciertos privilegios con el objetivo de promover la industria. Las manufacturas reales se esparcen por centros como Sevilla, Granada, Murcia, Toledo, Cuenca, Madrid o Barcelona, entre otros. También los reyes promueven la industria de objetos de lujo, para los que se crean las Reales Fábricas en Madrid y La Granja. Por último, otras producciones importantes son las de papel, en Alcoy, Buñol o Valencia; algodón, en Olot o Berga; zapatos, en Barcelona, y sombrerería, en Madrid, Valladolid, La Coruña, Sevilla o Barcelona.
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La economía de los reinos peninsulares en la Baja Edad media era fundamentalmente agraria. Cultivos importantes, los cereales y la vid se producían especialmente en Castilla. El reino de Granada destacaba por el cultivo de la caña de azúcar y de la seda, mientras que, en Aragón, la principal producción agrícola recaía en las hortalizas del área de Valencia. La meseta castellana era el territorio en el que más se producía el ganado ovino. La cabaña bovina procedía fundamentalmente de Galicia, al tiempo que los caballos eran criados en Extremadura, Andalucía Occidental y el sur de Zaragoza. También se producían aceite en Andalucía, azafrán en Murcia o tejidos en Cuenca, Avila, Zamora o Barcelona, entre otros. La producción de cuero tenía sus centros principales en Córdoba o Galicia, mientras que eran famosas las cerámicas de Toledo, Sevilla o Valencia. El comercio exterior tenía especial importancia. De Oriente llegaban a Barcelona seda, especias y perfumes. A Cádiz arribaban el oro africano y las especias asiáticas, mientras que aceite y vino salían de aquí hacia el resto de Europa. La ruta de la lana partía de Medina del Campo, donde se celebraba una gran feria, hacia los puertos de Santander y Bilbao. La lana y el hierro vizcaíno salían con destino a Francia y Flandes. El reino de Aragón contaba con un activo comercio interior, con importantes lonjas en Zaragoza, Barcelona, Palma de Mallorca y Gandía. Además, los mercaderes catalanes establecieron consulados en Málaga y Almería, puntos de intercambio con los nazaríes del reino de Granada.
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La comunidad judía medieval se hallaba fuertemente cohesionada, muy aglutinada y cerrada sobre sí misma. Era éste un mecanismo de defensa frente a la presión exterior, la que ejercía la comunidad mayoritaria no judía. Este aislamiento se dejaba ver también en las actividades económicas, aunque de varias maneras. La cohesión de la comunidad judía medieval se lograba, en parte, gracias a la solidaridad económica. Los miembros más pudientes colaboraban en el sostenimiento de los sectores más deprimidos por medio de los impuestos y la beneficencia. Las limosnas se dedicaban a los viajeros más necesitados y también al rescate de los cautivos, lo que indica una colaboración de tipo económico entre las diferentes comunidades, prestándose entre ellas consejo y asistencia mutua. Las restricciones al trabajo judío impuestas por la comunidad mayoritaria no judía implicaron una especialización laboral, pues los hebreos vieron limitado el abanico de profesiones al que podían acceder. Al no poder poseer esclavos, la agricultura y la industria fueron para ellos actividades vedadas en la práctica. Con el tiempo, los judíos se vieron excluidos de la posesión de la tierra. También la prohibición de pertenecer a un gremio les dejaba fuera de un buen número de ocupaciones. El ejército, el gobierno y las llamadas profesiones liberales -excepto la medicina- les fueron negados. Por el contrario, sí hubo un sector económico al que tuvieron acceso: el comercio y el préstamo. La razón está en la prohibición de practicar la usura que pesaba sobre los cristianos lo que, unido a que era éste uno de los pocos sectores que estaba permitido a los judíos, hizo que éstos se volcaran en su desempeño. Así, en la Europa medieval, poco a poco la comunidad judía fue empujada a desempeñar oficios como la banca o el tráfico de mercaderías. A medio plazo, la especialización económica de los judíos profundizó en su marginación, separando a los judíos de los no judíos. La superior rentabilidad del préstamo y el comercio, que producía rápidos enriquecimientos, conllevó la animadversión de los cristianos que, en general, vivían en condiciones de pobreza. Rivales y deudores se convirtieron fácilmente en enemigos de los judíos, más aún cuando algunos monarcas concedieron a los judíos enriquecidos la entrada en las labores de gobierno o administración, como la recaudación de impuestos. El clima antijudío fue una constante en las sociedades medievales, desembocando en numerosas ocasiones en matanzas y deportaciones.