En los últimos años, y especialmente durante el decenio de los ochenta, se han acentuado las diferencias en el seno del Tercer Mundo. Entre 1980 y 1990, la renta per cápita creció mucho en Asia oriental -excluido el Japón- y lo hizo de forma considerable en Asia meridional. Sin embargo, esos años constituyeron un verdadero "decenio perdido" (en expresión de la CEPAL) para tres grandes zonas del Tercer Mundo: Oriente Medio y Norte de Africa, América Latina y el Caribe y el Africa subsahariana.Además, en los últimos treinta años algunas economías del Tercer Mundo se han industrializado muy rápidamente mientras que otras -la mayoría- se han mantenido en la subindustrialización o en el estancamiento. Mientras que los "nuevos países industriales" (Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong y Singapur, en Asia oriental, y Brasil y México, en América Latina) se han convertido, sobre todo en el caso de los cuatro "pequeños dragones" asiáticos, en importantes potencias manufactureras, el grueso del Tercer Mundo continúa todavía apartado de la expansión industrial moderna.Por consiguiente, se ha registrado una creciente heterogeneidad en el Tercer Mundo. Incluso es muy posible que algunos de los países citados estén incorporándose al mundo desarrollado. Es el caso especialmente de Corea del Sur y Taiwan, cuya renta per cápita es ya superior a la de Grecia o Portugal y se aproxima a gran velocidad a la de España. Corea del Sur ingresará en la OCDE en 1996. Curiosamente México, un país menos desarrollado que Corea, se incorporó a la organización en 1994. En todo caso, al margen incluso de estas excepciones, las diferencias entre países subdesarrollados son cada vez mayores.Cabe hacer brevemente referencia a los dos extremos del Tercer Mundo: los países menos adelantados (PMA) y los nuevos países industriales (NPI), aunque existen otras tipologías. Los PMA son unos cincuenta países, fundamentalmente del Africa negra, que, con una población conjunta de más de 500 millones de habitantes, forman el llamado "Cuarto Mundo", esto es, el de los países más pobres del Planeta. Han recibido una atención creciente por parte de la comunidad internacional: desde hace algunos años, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés) publica un informe anual sobre esos países. Se caracterizan por tener una renta per cápita inferior a los 500 dólares (es decir, menos de una octava parte de la renta media mundial); un peso relativo de la producción manufactura en el PIB inferior al 10 por 100, y una tasa de alfabetización de adultos inferior al 20 por 100.Los principales PMA, por su peso demográfico, son, ordenados de menor a mayor PNB por habitante, Etiopía, Bangladesh, Nepal, Mozambique, Myanmar (la antigua Birmania), Tanzania, Sudán y Yemen. Los rasgos principales de sus economías son: una estructura productiva muy desarticulada y poco integrada, un nivel muy bajo de comercio exterior (los cuarenta PMA apenas llegan conjuntamente al 1 por 100 de las exportaciones mundiales frente al 9 por 100 de los cuatro "pequeños dragones" asiáticos), una dependencia extrema de la venta al exterior de uno o dos materias primas o productos alimenticios (monoexportación primaria), un mercado interior restringido, una acusada falta de servicios en educación y sanidad, una baja esperanza de vida al nacer, una alta tasa de analfabetismo y una elevada mortalidad. Por si esto fuese poco, muchos de ellos tienen un medio ambiente frágil (alto grado de exposición a desastres naturales, como ciclones, terremotos, desertización, etc.) y algún grave inconveniente geográfico o climático (insularidad, enclave, ausencia de litoral, etcétera).La situación general de los PMA ha empeorado incluso durante los años ochenta y primeros noventa. Han recibido una ayuda exterior insuficiente, problema al que hay que añadir unas políticas interiores poco adaptadas a las necesidades más urgentes (en gran medida por la imposición de programas de ajuste por parte de algunos organismos internacionales) y un marco internacional desfavorable, definido por los problemas de deuda externa o la caída de las cotizaciones internacionales de los principales productos primarios.Por el contrario, los NPI integran un selecto grupo de países que ha registrado en los últimos cuarenta años un crecimiento económico muy rápido, especialmente en el sector manufacturero, y que se han convertido en exportadores preeminentes de manufacturas. Aunque, según la clasificación de la OCDE, este grupo comprende seis países (Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong, Singapur, Brasil y México), el fenómeno más notable es el que se ha registrado en los NPI asiáticos. Los "dragones" han crecido a una tasa media anual que rondó el 7 por 100 en 1965-90, periodo durante el cual el conjunto del mundo lo hizo a apenas 1,5 por 100 (2,4 por 100 en la OCDE). La participación de esos cuatro países -que tienen una población conjunta inferior a los 75 millones de habitantes- en las exportaciones mundiales pasó del 2 por 100 al 9,2 por 100 en 1992, un porcentaje que duplica el de toda América Latina e iguala al de Japón, que, recordemos, tiene más de 125 millones de habitantes y una renta per cápita equivalente a más del doble de la de los "dragones".Junto con Brasil y México, aunque éstos tengan un menor grado de desarrollo, los NPI son el reverso más claro de los PMA en la realidad mundial. Tienen una economía integrada y diversificada, unos altos coeficientes de comercio exterior, unas exportaciones diversificadas (Corea exporta desde artículos de confección hasta automóviles y componentes electrónicos avanzados), un mercado interior relativamente grande (los 20 millones de taiwaneses tienen una renta per cápita que se acerca rápidamente a la de España), y unos indicadores sociales muy superiores a la media del Tercer Mundo y mayores que los de algunos países de la OCDE. Hong Kong y Corea (así como presumiblemente Taiwan, cuyas estadísticas no figuran en el informe por no ser país miembro) tienen, según el PNUD, un IDH superior al de Portugal y casi tan alto como el de España.Las razones que explican el crecimiento y el desarrollo extraordinario de los "dragones" son diversas. De entrada, es sorprendente que el crecimiento más alto del Tercer Mundo se haya producido en países carentes de recursos naturales, con una escasa tierra cultivable, que en los años cincuenta se contaban entre los más pobres del mundo y cuyas economías (muy orientadas a la exportación y muy dependientes de la importación de petróleo) eran potencialmente muy sensibles a las perturbaciones comerciales y energéticas externas de los años setenta y ochenta.Entre otros factores del desarrollo de Corea del Sur y Taiwan, los más citados por los especialistas son: una agricultura dinámica, gracias fundamentalmente a una ambiciosa reforma agraria, que contribuyó mucho a la industrialización; una amplia disponibilidad de capital extranjero en los años cincuenta y sesenta (la ayuda estadounidense, suministrada al ser países situados en la frontera exterior de la "guerra fría"); y un Estado intervencionista, en lo que se refiere al menos al sistema financiero, a la actividad exportadora y a la política industrial. En suma, la experiencia de los "dragones" no es la de un "milagro" económico "liberal", como ha defendido, por ejemplo, B. Balassa, por cuanto hay razones identificables que explican ese, sin duda extraordinario, crecimiento y porque la intervención del Estado en la actividad productiva fue al menos tan importante como en Japón.
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La penetración social del cristianismo, en esta época, abarca no sólo gente humilde. Conocemos además la existencia de cristianos que, curiosamente, eran flamines, es decir, sacerdotes del culto romano (cánones 2, 3, 4 y siguientes), que incluía también el culto imperial. En el Concilio de Elvira se les prohíben las prácticas religiosas inherentes a su cargo y es de suponer que, en esta época de crisis en la religión romana, la sustracción a tales prácticas por parte de los flamines no fuera muy difícil ya que se admite (con una condena de excomunión por dos años) que sigan llevando la corona flamínica como distintivo aunque sin ejercer sus funciones religiosas. La admisión de este hecho por los cristianos se correspondería con la posibilidad oficial de ser flamines puramente honorarios. También había cristianos que ostentaban el cargo municipal más importante, el de dunviro. A éstos se les aparta de la Iglesia durante el año de su mandato (canon 56). Los sectores económicos elevados también aparecen representados: cristianos propietarios cuyos esclavos no participan de la fe cristiana del patrón (canon 41), mujeres cristianas que poseen esclavas (canon 5) o propietarios que ajustan las cuentas a sus renteros (canon 40). Al lado de estos personajes aparecen trabajadores agrícolas (canon 49), aurigas, cómicos (cánones 62 y 67) y libertos (canon 80). La extensión social del cristianismo es, como se ve, variada y no circunscrita a un sector social determinado. La nueva religión se desarrolla en un ambiente social aún escasamente cristianizado y muchas de las creencias ancestrales relacionadas con los dioses o la religión antigua no han sido superadas ni por muchos fieles ni, en ocasiones, por las propias autoridades eclesiásticas. Así, por ejemplo, en el canon 34, se dice: "Durante el día no se enciendan cirios en los cementerios, pues no se ha de molestar a los espíritus de los justos". La idea de que los muertos mantenían una vida relacionada con su sepultura y de que las tinieblas despertaban a los malos espíritus (de ahí la necesidad de encender cirios por la noche pero no por el día, porque éstos podían perturbar a sus espíritus) está más relacionada con la muerte en la religión romana que en el cristianismo. Pero la carga ideológica de siglos está profundamente enraizada tanto entre los cristianos como en los no cristianos. Las elaboraciones teológicas y doctrinales posteriores irán cobrando fuerza con el tiempo y transformando o aboliendo, según los casos, muchas de las creencias que en esta época aún se mantenían vivas. Lo que sí aparece claro entre los clérigos reunidos en Elvira es el monoteísmo cristiano, la creencia en un Dios que excluía y combatía la existencia de todos los demás. Por consiguiente, los castigos en este campo eran muy graves para los cristianos que acudieran a los templos de los ídolos (canon 1) bien para sacrificar o bien como espectadores (canon 59). Sin embargo, la frecuencia de cristianos cuya familia o siervos no lo eran aconseja una mayor benevolencia: "Hemos creído conveniente aconsejar a los fieles que en cuanto sea posible impidan que haya ídolos en sus casas" (canon 41), pero si la supresión resultara peligrosa, bastaba con que el cristiano los ignorase manteniéndose al margen. En el mismo sentido, el canon 57 prohíbe que las mujeres y los hombres den vestiduras para adornar las procesiones mundanas, es decir, paganas. Otro canon que, al igual que el 34, demuestra la fuerza de las creencias del entorno social, es el que prohíbe matar a otro por medio de un maleficio porque "tal crimen no ha podido realizarlo sin idolatría" (canon 6). Resulta sumamente curioso que los propios clérigos creyesen en el poder de los dioses romanos, ya que confieren a éstos la capacidad de actuar contra la vida de alguien. Es por tanto una Iglesia que mantiene unas cuantas convicciones firmes que la separan del entorno político-social en el que se desenvuelve pero que, al mismo tiempo, está conformada por los mismos individuos que arrastran gran parte de su mundo tras de sí. La influencia de su entorno, del ambiente pagano y la necesidad de preservar su propia identidad configuran una escala de valores a veces contradictorios. En realidad todos los cánones conciliares y el propio espíritu del Concilio de Elvira consiste en la elaboración de una lista de prohibiciones sobre determinados comportamientos que debían producirse con frecuencia y a los que los obispos no sabían qué pena aplicar.
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El sistema monetario, genuinamente feudal, en que cada condado y obispado tenía moneda propia, evolucionó hacia la simplificación o reducción de tipos durante los siglos XII y XIII. A partir de entonces predominó en casi toda Cataluña la moneda barcelonesa y en Aragón y parte de la Cataluña Nueva (tierras de Tortosa y Lérida) la moneda jaquesa. Como en época carolingia, en la Corona se utilizaban monedas de cuenta (libras y sueldos) y monedas circulantes (dinero). La libra equivalía a 20 sueldos y el sueldo a 12 dineros, pero el dinero, que en la buena época carolingia era de plata pura, fue perdiendo valor durante los siglos XI y XII a base de reducciones de peso e incremento de cobre en la aleación. A finales del siglo XII y principios del XIII las acuñaciones barcelonesas y jaquesas eran de dinero cuaternal (de ley de 4 dineros de plata sobre 12, es decir, piezas de 1/3 de plata), llegándose con Jaime I a la forma más devaluada: la acuñación (1221) de dineros de doblenc (de ley de 2 dineros, es decir, piezas de 1/6 de plata). Estas monedas fueron substituidas, desde 1234 (Aragón), 1247 (Valencia) y 1256 (Barcelona), por el dinero ternal (de ley de 3 dineros, es decir, piezas de 1/4 de plata). Estas oscilaciones en el contenido en plata de las monedas seguramente responden, por un lado, a una demanda creciente de numerario por parte de una economía en crecimiento, que quizá todavía no disponía de las necesarias fuentes de aprovisionamiento de metal fino, y, por otro, a dificultades de las finanzas reales que los monarcas intentaron resolver mediante devaluaciones. Para conseguir que el monarca renunciara a este uso de la regalía de la moneda, es decir, la acuñación de piezas devaluadas, los estamentos de Aragón, Valencia (1266) y Mallorca (1300) pactaron entonces con la monarquía el pago de un impuesto compensatorio (monedaje, maravedí o morabetín) y, en Cataluña, un rescate de la moneda que dio a la ciudad de Barcelona el control de las acuñaciones (1257). Desde entonces, y durante toda la Baja Edad Media, aunque con aspectos formales distintos (efigies y leyendas), y denominaciones diversas (dinero jaqués de Aragón, dinero de tern de Cataluña y rol o real de Valencia), en todos los países de la Corona circuló una misma moneda ternal de idéntico valor. Era como una constatación, a nivel monetario, de las interrelaciones comerciales entre los países de la Corona. La moneda ternal servía, por tanto, para el comercio interior, pero la segunda mitad del siglo XIII, con la creciente inserción de la Corona en los circuitos del gran comercio internacional, se hizo necesaria la acuñación de una buena moneda para el comercio exterior. Fue el croat, una moneda de plata, equivalente a un sueldo de 12 dineros ternales, ley de 11,5 dineros de plata y talla de 72 piezas por marco (piezas de 3,23-3,10 g.), que se acuñó en Barcelona desde 1285 e inmediatamente fue imitada en Mallorca, Valencia y Cerdeña (real de plata), pero no en Aragón. Las acuñaciones barcelonesas de croats se hicieron siempre bajo el control de los consejeros de la ciudad, y la nueva moneda se convirtió en instrumento del gran comercio barcelonés. Las acuñaciones de monedas de oro en territorio catalanoaragonés se iniciaron en 1310 y 1342, por parte de Jaime II y Jaime III de Mallorca, que acuñaron reales y florines de oro en su ceca de Perpiñán. Cuando el rey de Aragón Pedro el Ceremonioso reincorporó Mallorca a la Corona, quizá simplemente por razones de prestigio, decidió también acuñar, en la ceca de Perpiñán, su propia moneda de oro, el florín de oro de Aragón (1346), que sería de curso legal en todos sus reinos, y que representaba la entrada de la Corona en el área de las grandes monedas de oro occidentales (el florín de Florencia, el ducado veneciano). Acuñaron florines las cecas de Perpiñán, Barcelona, Valencia y Mallorca, y, aunque el florín perdió valor intrínseco en sucesivas emisiones (1346, 1352, 1363 y 1365), penetró fuertemente en Navarra y Castilla, pero no en Francia. De una ley originaria de 23,75 quilates (98,95 por ciento de oro), las nuevas piezas descendieron a 22, 20 y 18 quilates (75 por ciento de oro), donde se estabilizaron, y siempre mantuvieron la talla de 68 piezas el-marco, es decir, piezas de 3,48 gramos. A finales del siglo XIV y durante el siglo XV se acuñaron otras monedas de oro de menor importancia: timbres de oro en Perpiñán (1394), reales de oro en Valencia (1426), pacíficos en Barcelona (1465) y ducados de oro o ducados juanistas en Zaragoza y Valencia. Simplificando, se podría decir que el croat de plata fue la moneda símbolo de la prosperidad catalana de finales del siglo XIII y la primera mitad del XIV, mientras que, paradójicamente, el florín de oro encarna el período de las dificultades y la crisis, al menos para Cataluña.
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Entre los romanos la ociosidad era el modo ideal de vida ya que el trabajo era algo despreciable que ya realizaban los esclavos. Pero en la Europa germánica cambiará este concepto, en parte por la introducción del cristianismo. No en balde, san Benito de Nursia incorpora a su regla monástica la máxima "ora et labora" que implica aceptar el trabajo como algo saludable y que satisface al espíritu. Aún así los nobles no son muy aficionadas a la labor por lo que sus diversiones son bastante conocidas. La caza encabeza el ranking de aficiones nobiliarias al estar también considerada como un adiestramiento para la guerra. Los francos sometan la naturaleza por la fuerza en época otoñal, en el momento que los animales jóvenes ya no dependen de sus madres y el bosque se presentan más claros. De esa manera se establece la ley del más fuerte, entre el hombre y la bestia. La caza también tenía inconvenientes como en el caso de Carlomán III, herido mortalmente por un jabalí al igual que su tío Carlos el Niño. Childerico II y su esposa Bilichilda fueron asesinados por una conjura nobiliaria cuando estaban de caza, a pesar del estado de buena esperanza de la reina. Más curioso es el caso de Luis II, prendado de una bella moza mientras cazaba. Decidió perseguir a la muchacha a golpe de caballo y no se percató de que la joven había entrado en su choza cuando chocó contra el dintel, abriéndose la cabeza. Para la caza a caballo eran utilizados perros de dos tipos, unos que perseguían y cercaban a la presa y otros que la atacaban al cuello para matarla. Esta estrecha relación con el perro de caza motivaría que aquel que robase un can se viera castigado a abrazarle el trasero en público, deshonor que podía ser sustituido por una multa de 7 sueldos, cinco para el dueño del animal y 2 para las arcas estatales. También se utilizaban trampas como el ciervo en celo atado a unas ramas que con sus bramidos atraía a las hembras. Otro tipo de caza era el que tenía a las aves de presa como protagonistas. Los halcones eran muy preciados y aquel que osase robar uno de una percha debía soportar un cruel castigo: el animal devoraría cinco onzas de carne roja sobre el pecho del ladrón. Para la caza era habitual utilizar el arco, especialmente para una modalidad denominada tiro al vuelo. El cazador, montado a caballo, disparaba sus flechas contra las aves, siendo su criado quien le preparaba el arco. Otro tipo era la caza a cuchillo, especialmente para los jabalíes, la pieza más preciada. Entre las diversiones más sosegadas tenemos la pesca -que no requería casi actividad física por lo que no era ocio típico del guerrero- el ajedrez y los banquetes, momento en el que el noble se abandonaba a las pasiones de la comida y la bebida.
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Uno de los pasatiempos más populares de la China clásica era el juego de pelota, practicado, desde la dinastía Han, tanto por la nobleza como por el propio emperador. Las partidas estaban reguladas por un árbitro y se jugaban en campos cerrados o excavados en el terreno. El campo de juego contaba con doce porterías defendidas por otros tantos porteros, siendo la pelota pesada, por lo que no rebotaba. Este condicionante motivaba que el juego fuera muy fatigoso, siendo utilizado como entrenamiento para el Ejército. Durante la dinastía Tang se utilizó una pelota de cuero inflada con aire y el deporte se hizo algo más relajado; también se hicieron modificaciones en el reglamento y las doce porterías iniciales fueron reducidas a una sola que se ubicaba en el centro del terreno de juego. La portería estaba constituida por listones de madera entre los que se tendía una red con una abertura en la parte superior, consiguiendo el punto quien pasaba la pelota por el agujero. El juego de polo se introdujo desde Persia durante la dinastía Tang, resultando muy admirado, tal y como se puede apreciar en las pinturas murales o las estatuillas funerarias. La fascinación por la equitación se pone de manifiesto también desde la dinastía Tang, aunque cabalgar era una prerrogativa nobiliaria, ya que existía un decreto -fechado en el año 667- en el que se prohibía esta práctica a artesanos y mercaderes. Con motivo de las celebraciones en la corte tenían lugar exhibiciones hípicas, con los caballos enjaezados ricamente, realizando los animales ejercicios muy espectaculares. Los aristócratas disponían de mucho tiempo libre y practicaban numerosos pasatiempos, como el tiro con arco, disciplina integrada en la formación de los jóvenes nobiliarios junto a la música, la caligrafía, la conducción de carros, las matemáticas y los ritos. Eran frecuentes las apuestas en las carreras de perros, las peleas de gallos o las competiciones hípicas, así como en los juegos de cartas o dados. Una de las diversiones favoritas en la Corte era un juego de estrategia llamado weiqi, tan apreciado durante la dinastía Tang que los mejores jugadores recibían títulos honoríficos y prestigiosos cargos. Ministros, intelectuales y militares eran asiduos a este entretenimiento. El juego del volante, practicado con las piernas y los pies, se popularizó entre las damas y los monjes budistas. Las mujeres de la corte también practicaban el shuanglu -juego del doble seis- y el xiangqi -ajedrez del elefante-, juego conocido desde época remota que fue perfeccionado en la dinastía Tang. La práctica del liubo también estaba muy extendida. También denominado Juego de los Inmortales, se jugaba en un tablero cuadrado en cuya superficie estaban pintados los recorridos en forma de líneas rectas o transversales, con seis palillos de bambú, doce fichas en forma de paralelepípedo y dos dados de 18 caras. Se desconocen exactamente las reglas del juego, pero se piensa que estaba relacionado con la práctica adivinatoria. La mayoría de las fiestas populares incluían espectáculos musicales, bailes, acrobacias, rapsodas, comedores de fuego o exhibiciones de juglares.
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La diversión con mayúsculas del mundo romano es el circo o los juegos circenses. En el circo encontramos deporte, pasión e incluso ideas religiosas o políticas por lo que algunos especialistas lo consideran como algo más que espectáculo. La tradición hace referencia a los reyes etruscos como los creadores de los juegos en Roma, ya en el lugar donde posteriormente se instalaría el Circo Máximo. Estas ceremonias posiblemente tuvieran un origen funerario, con el fin de conjurar los poderes de ultratumba. Paulatinamente el espectáculo fue ganando terreno al rito y se establecieron fechas fijas para su celebración, debiéndose sumar los espectáculos extraordinarios que habitualmente pagaba un particular para ganarse al pueblo. Los juegos eran regulados por el Senado, siendo los magistrados los garantes del cumplimiento del calendario fijado. Los juegos solían durar entre seis y ocho días con algunas excepciones como los Ludi Romani que duraban dieciséis. Las víctimas de los sacrificios, los aurigas y los atletas participaban en una procesión inicial donde se dejaba una muestra del lujo y el boato que rodeaba a los juegos. En un primer momento los juegos no tenían un lugar reservado para su celebración, eligiéndose el foro para presentar los combates de luchadores, cuya sangre tranquilizaría el espíritu de los muertos. En época republicana eran los magistrados los encargados de la organización de los ludi, recibiendo un fuerte impulso en época de César. Los magistrados locales debían responsabilizarse del espectáculo, sufragando los gastos de su propio bolsillo, a partes iguales con las arcas públicas. El ambiente que se vivía alrededor de los juegos era impresionante. La gente se agolpaba en el recinto antes del amanecer para poder disponer de los mejores lugares. Una vez en el sitio, allí se comía y bebía para no perderlo, dejando la ciudad casi desierta. Muchos espectadores se desplazaban desde lejos para contemplar el espectáculo y pasaban la noche a la intemperie. Los altos dignatarios, con el sitio reservado, accedían al recinto cuando ya estaba lleno, momento en que la muchedumbre manifestaba su cercanía o lejanía de los representantes populares. A continuación se sorteaban las parejas de luchadores, se examinaban las armas y se procedía al calentamiento. Cuando estaba todo preparado se iniciaba el combate que solía ser a muerte. Si uno de los luchadores caía, el vencedor se volvía al palco del editor -quien sufragaba los juegos- para que dictara sentencia: el caído podía vivir o morir allí mismo con un simple movimiento de dedo. En muchos casos la valentía con la que se luchaba era un acicate para salvar la vida en este delicado momento. Pero uno de los principales motivos del espectáculo era la sangre de los gladiadores, que llegó a ser considerada como un remedio para curar la epilepsia. Otra alternativa de lucha era contra animales salvajes, a las que se daba caza en la arena. Los gladiadores eran hombres de diversa condición social. Algunos podían ser personas libres que habían sido condenadas a muerte y que la pena se le había conmutado por este "oficio". También encontramos condenados a trabajos forzados que elegían la lucha para poder obtener la libertad, si mantenían la vida. La mayoría eran esclavos condenados aunque también encontramos alguno alquilado momentáneamente para el juego o un soldado desafortunado que luchaba para obtener lo que las campañas le habían negado. Todos ellos se formaban en las escuelas de gladiadores donde cada uno se especializaba en una técnica o tipo de armamento ya que los combates enfrentaban a hombres en diferentes tipos de lucha. De esta manera se compensaban los armamentos e incluso los espectadores participaban en el combate avisando a los luchadores de los movimientos de sus adversarios o sugiriendo iniciativas. Para evitar el floreciente mercado de gladiadores, durante el Imperio se crearon centros de formación estatales. Los entrenadores llamados doctores supervisaban los entrenamientos, especializándose cada uno en una técnica particular, siendo habitual que estos puestos los ocuparan gladiadores viejos ya retirados. Los precios de los gladiadores experimentaron una importante alza con el paso del tiempo, existiendo algunas estrellas muy bien pagadas. Los gladiadores normales -gregarii- cobraban entre 1.000 y 2.000 sestercios mientras los experimentados -meliores- llegaron a recibir entre 3.000 y 15.000 sestercios. El propio Estado intentó regular este mercado, abaratando los precios al limitar los impuestos y establecer una tarifas máximas de contratación. Más pasión que la lucha desataron en Roma las carreras de carros, llegando incluso a producir divisiones partidistas entre los asistentes. Era el fútbol del mundo antiguo. Originalmente las carreras se celebraban en honor de Consus, una deidad agraria por lo que el evento se integró en las fiestas celebradas en abril para honrar a la diosa de la cosecha -Cerealia-. La carrera iba precedida también de un desfile -pompa- que partía del Capitolio, atravesaba el foro y llegaba al Circo Máximo. Tras el desfile se procedía al sorteo para determinar el lugar de salida de cada una de las facciones en liza: blancos, azules, rojos y verdes. Los carros estaban tirados generalmente por cuatro caballos y se situaban en su correspondiente calle -carcer-. El presidente daba la salida, momento en el que estallaba el delirio. La carrera no era una cuestión de rapidez sino de táctica y técnica. Colocarse bien y obstaculizar los progresos del contrario era más importante que poseer caballos veloces. El equino fundamental era el de la izquierda ya que debía realizar los giros por lo que no iba atado al carro sino a su compañero. Su nombre eras funalis. Era bastante fácil volcar el carro, chocar contra la spina o contra otro carro, lo que en el argot se llamaba naufragar. La victoria se decidía en los últimos metros, cuando el público enloquecía apoyando a su color. Incluso existía cierta correspondencia cromática con las clases sociales. Los partidarios de los azules se reclutaban entre los miembros de la aristocracia mientras los verdes eran más populares. El espíritu partidista llegó a provocar enfrentamientos entre los espectadores, dejando pequeñas las algaradas de los tiffosi o los hooligans. Como ocurrió con los gladiadores, algunos aurigas y sus caballos también alcanzaron la fama, especialmente entre las damas, celebrándose sus victorias y sus gestas amorosas. Entre ellos destacó Dioclés, auriga procedente de la Lusitania que venció en 1.462 carreras y ganó más de 35 millones de sestercios. Los espectáculos eran anunciados en carteles realizados en colores rojo y negro que se distribuían por toda la ciudad. Junto con las distribuciones gratuitas de alimentos, los juegos eran la manera más utilizada papa ganarse la simpatía popular. Panen et circus contentaban a la plebe y no se dedicaban a prestar atención a las cuestiones gubernamentales.
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El ocio en Grecia debía ocupar buena parte de la jornada de los ciudadanos ya que en la mayoría de las polis estaba mal considerado el trabajo manual. Para estos menesteres disponían de numerosos esclavos y de extranjeros, llamados metecos, que constituían un amplio porcentaje de la población. Acudir a los baños era una actividad frecuente entre los ciudadanos helenos ya que en la mayoría de las casas no había agua corriente, al tiempo que servían como centro de reunión. Estos baños públicos serán numerosos durante el siglo IV a. C. y pasarán a Roma. También era habitual dar largos paseos, utilizando las stoas, largos pórticos en ocasiones de dos pisos y dos naves cerrados por un testero, siempre decorados con frescos, mosaicos o cuadros. Recordemos que una escuela filosófica será denominada estoica por reunirse sus discípulos en una stoa. La stoa de Eco en Olimpia tenía doscientos metros de longitud. Pero la actividad favorita por excelencia entre los ciudadanos será la política. Podemos afirmar que los griegos gozaban de la política, participando activamente en el gobierno de sus polis. No olvidemos que todos los ciudadanos atenienses podían participar en la Asamblea donde se toman las decisiones más relevantes de la ciudad. La música y el teatro serán dos de las actividades favoritas para disfrutar del ocio. Existían dos edificios destinados a tal fin, el odeón y el teatro, contando todas las polis con significativos ejemplos, siendo el más importante el teatro de Epidauro por su configuración acústica ya que desde todos los puntos se alcanza una calidad de sonido difícilmente superable. Al teatro acuden casi todas las clases sociales, recibiendo los ciudadanos más pobres una subvención para poder adquirir las entradas. Los actores iban cubiertos con máscaras y vestidos con trajes concretos para que el espectador pudiera identificar claramente a quien representaban. Los griegos daban mucha importancia al ejercicio físico, siendo una de las actividades educativas más importantes. Los atletas competían en juegos, celebrados en cada una de las polis, aunque existían algunos que tenían carácter supranacional como los Olímpicos o los Píticos, dedicados a Zeus y Apolo respectivamente. Tenían lugar cada cuatro años y durante el tiempo que duraba la celebración existía una tregua panhelénica. Los atletas participaban desnudos en la competición, cubiertos con una capa de aceite que resaltaba la belleza de sus cuerpos, y sólo los hombres tenían acceso a contemplar las pruebas. Durante casi un año se entrenaban en las cercanías del templo de Zeus y los ganadores recibían una rama de olivo como triunfo, aunque obtenían numerosos beneficios a posteriori como exención de impuestos o derecho a manutención gratuita.