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La manifestación artística más llamativa de la cultura Valdivia son las figurillas de cerámica que hacen su aparición hacia el 2300 a.C. De factura maciza, se modelan a mano, empleando una arcilla fina y arenosa que resulta de color gris claro una vez cocida. La superficie, engobada en rojo, suele estar pulida con cuidado. La mayoría de las figurillas suele ser de sexo femenino, con senos redondeados y prominentes. Los brazos se reducen a una tirilla aplicada bajo los senos, donde una incisión separa ambas manos.
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Son muchas las figurillas que conservamos de la diosa-madre, procedentes de las necrópolis protohistóricas de Tepé Gawra, Ur y Eridu. Sin embargo, aunque la temática sea la misma, las tipologías son muy diferentes. En este caso, la diosa aparece con anchos hombros, piernas juntas y amamantando a un niño.
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En una tumba de Minet el-Beida, puerto natural de Ugarit, fue hallado este relieve marfileño, correspondiente a la tapa de una caja circular (píxide), en la cual se representa a una diosa, tal vez la Potnia theron (diosa de las fieras) del ámbito egeo. La diosa, sentada y vestida con largo faldellín y con los senos al aire, está tocada con artístico peinado. En cada mano porta un ramo de espigas de las que intentan comer dos cabras salvajes.
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Igual que sucede en la pintura y la cerámica, en la escultura minoica también se tiende hacia un mayor esquematismo. Esta imagen representa a un ídolo femenino con manos levantadas y cuerpo acampanado con un curioso tocado de pistilos de amapolas, destinados a la producción y elaboración del opio. Representa a la diosa de la fertilidad y la salud.
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Del santuario del palacio de Cnosós proceden multitud de ofrendas; de entre ellas sobresalen las llamadas diosas de las serpientes y ésta es la mejor conservada. Con el característico vestido minoico de faralaes y un delantal superpuesto, la estrecha cintura y el escote abierto, la diosa agarra dos serpientes con las manos, mientras sobre su birrete o polos, un expectante felino está sentado.
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Obra de bulto redondo de gran originalidad ataviada a la forma siria (y no paleobabilónica) y con un par de cornamentas sobre la cabeza que demuestran su divinidad. En el rostro apreciamos dos huecos para la incrustación de los ojos, y un tratamiento de las cejas que nos habla de un cierto arcaísmo. Lleva los pies desnudos y se alza sobre un pedestal.