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acepcion
Príncipes o soberanos pertenecientes a una misma familia, aunque también se puede referir a los gobernantes de una ciudad o a un grupo étnico.
contexto
No podemos precisar el proceso de instalación de los persas en su nuevo entorno geográfico. Seguramente no difirió mucho del de los medos, aunque sus posibilidades de desarrollo estarían mediatizadas por el contacto con el estado elamita. Cabe la posibilidad de que ya a fines del siglo IX algunas comunidades persas hubieran alcanzado una organización de carácter estatal, pero el núcleo del reino se establecerá en el antiguo territorio de Anshán, llamado ahora Parsuash. Un jefe mencionado por Assurbanipal, Kurash (Ciro), le rendiría homenaje en 648. Este gesto se interpreta como la ruptura de los persas con Elam y la inauguración de una política de amistad con Asiria que habría de conducirlos a su independencia del Elam. En cualquier caso, a mediados del siglo VII, parece existir ya una dinastía consolidada, que tiene como referente originario a un tal Hakhamanish (Aquemenes), y que ha logrado vincular a su entorno a la mayor parte del ethnos persa. Los distintos documentos que poseemos para reconstruir el árbol genealógico de los Aqueménidas proporcionan variantes que dificultan la tarea. No obstante, y con todas las reservas pertinentes, podríamos aventurar que hacia el año 700 Aquemenes, jefe tribal del clan pasargada, establecería a su gente en Anshán. Su heredero, Teispes, sería el auténtico fundador del reino, mientras que Ciro representa ya al pequeño autócrata capaz de maniobrar políticamente a su antojo, como se desprende de su alianza con Assurbanipal. Su sucesor, Cambises, acrecienta territorialmente el estado mediante la incorporación de la mayor parte del Elam, debilitado por los ataques neoasirios. Persia es aún un estado vasallo de la potente Media, cuyos conflictos internos obligan quizá al matrimonio dinástico del que nacerá Ciro el Grande, que accede al trono persa en torno al ano 560. En esa fecha probablemente todavía no controlaba la totalidad de las tribus persas, ni tampoco cuando decide atacar a su abuelo Astiages, cuyo ejército se pasa en bloque del lado persa. El proceso de integración de las tribus persas en un estado unitario se ve acelerado por la absorción de los distintos reinos iranios por parte de Ciro. Súbitamente, éste se ha convertido en el monarca de vastísimos territorios que van desde el río Halys hasta el corazón del Irán. Tal es su potencial poderío que los monarcas de Lidia, Babilonia y Egipto intentan una coalición con los lacedemonios, pero Ciro se adelanta, atacando repentinamente al rey Creso de Lidia al que derrota en el ano 547. Su general Harpago recibe el encargo de someter las ciudades griegas del litoral occidental de Anatolia, tarea que culmina en 544. Los persas respetaron relativamente la autonomía de estos pequeños estados, pues se conformaron con la instalación de gobernantes filopersas, tiranos será el término que acuñen las fuentes griegos. Las poleis fueron sometidas a tributo, a excepción de Mileto que recibió un trato privilegiado. La rapidez con que se produce la anexión de las comunidades griegas se atribuye a una oculta connivencia. Sus grupos dominantes, dedicados principalmente a las actividades comerciales, pudieron intuir las ventajas de participar sin trabas en el inmenso mercado que era ya entonces el Imperio Persa, de ahí su vinculación al proyecto de unidad económica que estaba construyendo el Gran Rey persa. Mientras Harpago estaba en Asia Menor, Ciro se dirige a Babilonia, donde Nabónido era rechazado por el clero de Marduk. La proximidad de Ciro fue interpretada como una posibilidad de solución y la ciudad se le entregó en el ano 539. Con la anexión del Imperio Neobabilonio, Ciro adquiere los sistemas administrativos más sofisticados de la época que, unidos a los generales que le había proporcionado Media, lo convierten en el monarca con mayores efectivos y potencialidades de cuantos había conocido el Próximo Oriente. Tras la conquista de Mesopotamia, Ciro se dirige hacia el interior del altiplano, donde anexionó las tribus arias de la región del Oxus y del Yaxartes, a los partos, y después marchó contra Bactria y llegó hasta Samarcanda. En una de aquellas acciones pereció en el año 530, sin lograr ver concluida Pasargada, la capital que estaba construyendo. Lo que poblemos vislumbrar de la política expansionista de Ciro parece indicar el interés del monarca por controlar el rico comercio del litoral oriental del Mediterráneo, destino en definitiva de las rutas caravaneras asiáticas y, por el otro extremo, la actividad militar parece orientada a impedir la penetración de grupos nómadas en el Imperio, al tiempo que canalizaba la actividad comercial de esos nómadas a través de los circuitos imperiales, sometidos a control fiscal. Cambises, hijo y sucesor de Ciro, concluye la conquista de todo el Próximo Oriente, con la incorporación de Egipto, tras vencer sin dificultad a Psamético III en el año 525. El sentimiento antipersa de su población se manifestó en insurrecciones brutalmente sofocadas incluso mediante la destrucción de templos. Al mismo tiempo, la intensificación de la presión fiscal repercutía decisivamente en el fortalecimiento de los grupos de oposición, dispuestos a colaborar con cualquier intento de eliminar el opresivo sistema de dominación persa y no sólo en Egipto, sino en la totalidad de los territorios conquistados. El malestar se pone de manifiesto en la abolición por tres años de las levas y de los impuestos decretada por el usurpador Gaumata que se hace con el poder a la muerte de Cambises en 522. Este era un mago, sacerdote de Ahura Mazda, que se hacía pasar por Bardiya, un hermano menor de Cambises que tiempo atrás había sido mandado ejecutar por el propio rey. Las reformas del impostor, que incluían la implantación del mazdeísmo y la destrucción de los viejos templos, despierta pavor en la corte que encuentra, como única solución, el magnicidio. Fueron nobles persas quienes organizaron la conjura, pues Gaumata se había ido mostrando proclive a la aristocracia meda. Al frente de los conspiradores se encontraba Darío, quizá de la familia Aqueménida, que se hace con el poder y justifica su advenimiento en la famosa inscripción de Behistún. Durante dos años estuvo alterado el imperio, con revueltas nacionalistas, levantamientos de jefes locales y conspiraciones en el seno mismo de la corte, acontecimientos inconexos que Darío pudo controlar de forma definitiva ya en 520. Atiende entonces a la reforma del aparato administrativo, para adecuarlo al control efectivo del inmenso Imperio que habían ido construyendo más o menos precipitadamente los Aqueménidas, sin tiempo para darle la coherencia necesaria para su buen gobierno. Probablemente es Darío quien organiza territorialmente el Estado en satrapías, circunscripciones enormes que disponían de amplia autonomía y que participan mediante tributos y contingentes militares en el sustento del Imperio. También crea él mismo un nuevo sistema tributario, consolida o inaugura rutas comerciales y amplía, por el este hasta el Indo y Asia Central, los territorios conquistados. Pero nuestra información es más densa sobre su actividad en la parte occidental del Imperio, gracias a la obra de Heródoto. Desde la conquista de las ciudades griegas de Asia Menor, los sátrapas se habían conformado con ir incorporando paulatinamente otras ciudades independientes a su esfera de influencia, sobre todo siguiendo una hábil política de fomento de las querellas, incluso mediante sobornos, entre las ciudades griegas y ocupando un dudoso lugar de árbitros en unos conflictos que sólo les interesaban para ir debilitando a los griegos. Esta política de injerencia en los asuntos griegos es vista con relativa indiferencia por las ciudades-estado de Grecia Continental, donde el asunto sólo es empleado como instrumento de propaganda política. Tan sólo la presencia de Darío en el Danubio logrará disparar los mecanismos de alarma de los helenos. Por otra parte, en las ciudades griegas de Asia Menor se van fraguando grupos de oposición a los gobiernos filopersas, que fomentan la propaganda política de exaltación de la libertad griega, frente a los sistemas despóticos de los bárbaros. En esta confrontación se halla el fundamento ideológico del relato herodoteo de las Guerras Médicas. La conflagración comienza cuando Aristágoras, el nuevo tirano de Mileto, propone al sátrapa de Sardes, Artafernes, defender a la aristocracia de Naxos enzarzada en una guerra civil. La expedición fracasa y Aristágoras, para evitar las consecuencias, reacciona aboliendo la tiranía y sublevando las ciudades griegas de Asia Menor contra Persia. Comienza así la llamada Revuelta Jonia, cuyo primer capítulo es la desaparición de las tiranías y, en la búsqueda de un nuevo régimen: la recién estrenada democracia en Atenas se convierte en el modelo deseado. Sin embargo, el conflicto político no puede ocultar la dimensión económica de las actitudes, pues el mercado persa no había favorecido tanto como pensaban a los oligarcas griegos que, además, tenían que pagar tributo al Gran Rey; las condiciones para la sublevación eran óptimas. Atenas envía a Aristágoras veinte naves junto a otras cinco de Eretria. En 498, la rebelión alcanza también a Caria, Licia y Chipre, que dos años después cae de nuevo bajo dominio persa. En el año 494, una flota fenicia se dirige contra Mileto y las defecciones de ciudades griegas no se hacen esperar. La victoria naval fenicia resuelve la situación: Mileto cae y una parte de su población es deportada a Babilonia, mientras el famoso templo de Apolo en Dídima es incendiado. En 493 continuaron las operaciones tanto terrestres como marítimas para sofocar la insurrección, que entonces estaba ya virtualmente dominada. No contento con ello, en 492 Darío envía a su ejército contra el Quersoneso Tracio, y aunque los persas pierden la mayor parte de su flota en la circunnavegación del Athos, las ciudades griegas de la región fueron sometidas y Macedonia reconoció la autoridad formal del Gran Rey. La represalia contra Atenas y Eretria comenzó en 490. La flota imperial ocupó las Cícladas, Naxos fue destruida, Eretria devastada por las llamas y sus ciudadanos deportados cerca de Susa. Después se produjo el desembarco para atacar Atenas. Unos veinte mil soldados persas se enfrentaron en la llanura de Maratón a los seis o siete mil hoplitas atenienses encargados de preservar la libertad de su ciudad. Sólo ciento noventa y dos de aquellos no pudieron celebrar la victoria. Atenas se jugaba allí su propia existencia y esa es precisamente la clave de su triunfo. Entre tanto, el aumento de las cargas militares, unido a la ambición de dinastas que agitaban a la población del Delta del Nilo, había provocado el recrudecimiento del nacionalismo egipcio en un grado similar al que se había conocido en los inicios del reinado de Darío. Pero el Gran Rey muere sin llegar a actuar. Será su hijo y heredero Jerjes (486-465) quien aplaste la insurrección egipcia en 485-484. Pero las insurrecciones se generalizan por el resto del Imperio hasta el 482. La pacificación le permite organizar la campaña contra Grecia que no había podido culminar su padre. En Grecia, los pilares de la defensa estaban constituidos por el ejército hoplítico espartano y la flota ateniense. En 480, pues, da comienzo la Segunda Guerra Médica, cuyo primer acto será el enfrentamiento en el famoso paso de las Termópilas, cuya única función fue la de retrasar el avance persa. No obstante, Atenas fue tomada y la Acrópolis incendiada (480). La confrontación marítima se produjo en Salamina, donde los atenienses lograron la victoria. Jerjes se retiró a Asia; no obstante, en 479 su ejército se enfrenta a los aliados griegos en Platea, pero fue nuevamente derrotado. Los asuntos de Grecia pasaron a segundo término entre los intereses de Jerjes. Sin embargo, el triunfo griego había animado la rebelión de los jonios, que consiguen con veinte años de retraso los objetivos propuestos por Aristágoras. El reinado de Jerjes se reduce entonces a cuestiones de política interior, sumamente deteriorada por las intrigas palaciegas, como pone de manifiesto el libro bíblico de Esther, una judía casada con el monarca persa. Tales intrigas no concluirán siquiera con el propio asesinato del monarca en el año 465. Mes y medio más tarde caía asesinado su heredero, Darío, a manos de quienes habían provocado la muerte del padre. Entonces ocupó el trono otro de los hijos, Artajerjes I, quien tras pacificar el país tuvo que hacer frente a la revuelta egipcia de Inaro, que, secundada por Atenas, durará de 460 a 454. La tensión entre Atenas y Persia concluye en el año 449 por la firma de la llamada Paz de Calias. En ella Atenas se compromete a abandonar cualquier pretensión sobre Chipre y la ayuda a los rebeldes del Delta; por su parte, el Gran Rey acepta la autonomía de las ciudades griegas de Asia Menor. Artajerjes muere en 425 dejando unas satrapías casi independizadas, con dinastías propias, y una corte sumamente dividida por los apoyos de cada uno de los dieciocho hijos del difunto monarca que aspiran al poder imperial. Las intrigas familiares no se hacen esperar y rápidamente se suceden Jerjes II, que reina un mes y medio; Sogdiano, seis meses, tras haber envenenado al anterior y que perece, a su vez, por las intrigas de Darío II. Este último se impone definitivamente tras eliminar al resto de sus hermanos. Durante su reinado, se produce la victoria espartana en la Guerra del Peloponeso, que había contado con el apoyo de Persia, lo que justifica su activa presencia en el futuro político de Grecia. En el mismo año 405, se produce en Egipto la revuelta de Amirteo, que da fin a la dinastía de faraones persas. Su éxito se debe, en gran medida, a los múltiples focos de conflictividad, entre los que destaca la sedición de Media, síntoma fehaciente de las tendencias centrifugas que culminarán con la desarticulación del propio imperio. La muerte de Darío II, en 404, provoca una nueva guerra civil entre los partidarios de su primogénito Artajerjes II y los de su hermano menor, el favorito de Parisátida, Ciro. El entresijo de este enfrentamiento lo encontramos minuciosamente descrito por un testigo presencial de los acontecimientos, Jenofonte, quien en su "Anábasis" nos proporciona un apasionante relato autobiográfico. La batalla decisiva entre los dos hermanos tuvo lugar en el año 401 en Cunaxa, donde perece el pretendiente. Las disputas cortesanas propician la sublevación de las ciudades griegas de Asia Menor, mientras que Egipto, aliada con Esparta y Chipre, aprovecha para imponer su autoridad en Palestina. Esta situación poco favorable para todas las partes propicia la denominada paz de Antálcidas, o paz del Rey, del 386, mediante la cual Persia mantenía el control de las ciudades de Asia Menor y Chipre; incluso, tras un ataque contra Egipto, logra recuperar Fenicia y Palestina. Pero la mayor preocupación del Gran Rey será la pacificación de las satrapías occidentales, de las que sólo Lidia se mantiene fiel. La falta de cohesión entre los sublevados, interesarlos sólo en obtener la independencia, está entre las causas de su fracaso. En 358, dos años después de acabar con la rebelión muere, octogenario, el monarca. Su hijo Artajerjes III (358-338) necesitó quince años para restablecer la integridad territorial del Imperio. En 351 decide enviar una campaña contra el faraón Nectanebo II. El éxito inicial del faraón no impidió que, tras haber equipado el más formidable ejército de su época, Artajerjes recuperara el control de Egipto gracias a la batalla de Pelusio en 343. La represión fue de una extraordinaria crudeza. Aún pretendía el rey participar en la política griega favoreciendo las facciones antimacedónicas de las ciudades, pero en 338 es asesinado por el eunuco Bagoas, uno de los cortesanos más influyentes. El magnicida, que controla todos los resortes del poder, decide poner al frente del Estado a un personaje de escasa relevancia, Oarses, que ocupa el trono durante dos años. Es entonces sustituido por Darío III (336-330), el único miembro con vida de la familia Aqueménida. Pronto se cansó Bagoas del nuevo soberano y decidió eliminarlo, pero el monarca actuó con mayor celeridad y se deshizo de su antiguo protector. Darío III llevó a cabo una expedición contra Egipto nuevamente sublevado. Después regresó a Persépolis y desarrolló una importante actividad constructiva; pero lo más destacable de su reinado fue la invasión del Imperio por parte de Alejandro de Macedonia. La debilidad estructural del Imperio, maltrecho por los continuos conflictos internos y la ausencia de un programa común, son razones profundas que justifican la brillante progresión del ejército del joven macedonio. A orillas del Gránico, en 334, se produce la primera derrota de los persas. Es el primer aviso y Darío en persona se enfrenta a las falanges macedónicas en 333 en Iso. El nuevo triunfo abre a Alejandro el corredor sirio-palestino que da acceso a Egipto. Habiendo tomado posesión de todos esos territorios, Alejandro se dirige contra el corazón del Imperio. En 331, en Gaugamela de Asiria, tiene lugar el enfrentamiento definitivo. Tras una encarnizada batalla, Darío III huye hacia Bactria, donde es asesinado por el sátrapa Beso. Paradójicamente, el vengador del último de los Aqueménidas será el propio Alejandro, cuyo éxito se debe tanto a las transformaciones operadas en el ámbito helénico, como al deterioro estructural del estado aqueménida, en el que las fuerzas disgregadoras se aprecian no sólo en las disputas cortesanas, sino también en la conducta insurreccional de los territorios sometidos. Las tendencias centrífugas no son resultado de un vacuo nacionalismo, sino consecuencia de una crisis provocada por el expolio sistemático, necesario para mantener un onerosísimo estado, cuya cohesión había desaparecido y en el que el Gran Rey había dejado de ser el administrador eficaz o el poderoso jefe militar. El descontento social hacía prácticamente ingobernable el Imperio, que sólo necesitaba un estímulo externo para quedar quebrantado. Y el ejército de Alejandro lo proporcionó. La forma en que es recibido por las naciones sometidas al poder persa exhibe el talante antipersa imperante. Si Alejandro aparece por lo general como el libertador, es por oposición al opresor precedente y ello es así aunque hagamos cuantas salvedades sean necesarias para mitigar el énfasis que la literatura filoalejandrina pone en el héroe como defensor de la libertad, verdadero estereotipo de la propaganda política griega. En cualquier caso, con Alejandro se inaugura una nueva época que modifica considerablemente las estructuras que habían caracterizado la historia del Próximo Oriente durante los tres milenios precedentes.
contexto
La historia política de la III dinastía escapa a nuestro conocimiento por la falta de información, ni siquiera se puede establecer el número total de faraones ni su sucesión. No obstante hay, aparentemente, continuidad entre ésta y la dinastía anterior, por lo que desconocemos las razones que impulsaron a Manetón a esta división. El monarca más conocido de la III dinastía es su segundo representante, Djeser, el constructor de la gran pirámide escalonada de Sakkara, cuyo arquitecto sería Imhotep el visir posteriormente divinizado en la Baja Época. Parece probado que Djeser alcanzaría territorio nubio en sus campañas, del mismo modo que sus sucesores hicieron expediciones al Sinaí. En el primer caso el objetivo sería conseguir oro, mientras que en el segundo el cobre y las turquesas estarían entre las razones de las empresas. Con Snefru, que concluye la pirámide de su padre Huni en Meidum, se inaugura la IV dinastía. Tampoco conocemos en este caso la razón que conduce a esta separación, pues Snefru parece hijo del monarca anterior y de una esposa secundaria. Los hechos de su reinado se conservan en la Piedra de Palermo. De forma sucinta podemos señalar que dirige sus ejércitos hacia todos los puntos cardinales: Nubia, Libia, Sinaí e incluso envía dos expediciones marítimas en busca de cedro del Líbano. Fue un gran constructor de templos y palacios, pero sobre todos sus restos arquitectónicos destacan sus pirámides de Dahshur, precedente inmediato de las pirámides de Guiza, pues establece definitivamente los elementos del recinto funerario del faraón: la pirámide, la rampa, el templo funerario y el templo del valle. No es necesario acudir a la mano de obra importada, como prisioneros de guerra, para explicar la capacidad constructiva de Snefru; sin duda es una patética ayuda, pero la capacidad acumulativa del faraón ya lo había puesto en condiciones óptimas para afrontar vastos programas constructivos, incluso antes de que tengamos noticia de exitosas campañas desde el punto de vista de la captación de mano de obra. El recuerdo de Snefru en la literatura posterior es magnífico y su culto funerario se mantiene por lo menos hasta el Reino Medio, posiblemente por la pervivencia de fincas del monarca que rentan lo suficiente como para mantener al personal del templo y sus trabajadores dependientes, aunque resulta sorprendente que no fueran amortizadas por alguno de sus sucesores, como sucedió con la práctica totalidad de las fundaciones regias destinadas a proveer los recursos necesarios para mantener el templo del culto funerario de cada faraón. Kheops, hijo de Snefru, obtuvo la herencia real. No tenemos, prácticamente, ninguna noticia sobre el reinado del faraón que construyó la pirámide más grande de toda la historia de Egipto. La gloria de esta obra, el Horizonte de Khufu, se basa en la imposición de un trabajo obligatorio improductivo a una masa social cuyas condiciones de existencia se pueden intuir por la monumentalidad de la construcción. La omnipotencia del monarca, sin embargo, no es nueva y Kheops no hace más que centralizar en un programa único su capacidad constructiva, frente a la dispersa actividad de sus predecesores. En opinión de algunos, la realización arquitectónica pone de manifiesto la sabia administración del monarca y la prosperidad económica; sin embargo, la tradición mantuvo un recuerdo sumamente negativo de Kheops, como lo transmite el historiador griego Heródoto (II, 124-126), que viajó por Egipto en el siglo V a.C., o incluso el Papiro Westcar, cuando el mago Djedi reprende la crueldad del monarca. Es curioso que los estudiosos vinculen las grandes construcciones con coyunturas económicas favorables y que esa imagen no sea coincidente con los datos de su propia cultura; es el caso igualmente de Djeser, transmitido por un texto de Ptolomeo V, en el que el monarca se lamenta de la situación de su país. No se trata más que de imágenes subjetivas. Es cierto que la construcción requiere un gasto extraordinario, pero sus efectos sociales pueden ser terriblemente negativos, por lo que potenciar una u otra percepción no es más que un ejercicio de sensibilidad. La sucesión de Kheops es conflictiva y la documentación permite sospechar tendencias contrapuestas en la familia real, representadas por advocaciones divinas diferentes, entre las que puede hallarse el ascenso de Re, que forma parte del nombre del faraón Menkauré; además, Re aparece en el Papiro Westcar como promotor de los primeros faraones de la V dinastía. En cualquier caso, la situación se tranquiliza con Khefren, constructor de la segunda gran pirámide de Guiza, y del que apenas tenemos información adicional. Algo similar ocurre con su hijo y sucesor Menkauré, denominado Micerino por Heródoto, constructor de la tercera pirámide de Guiza, que dejó inconclusa. Después de Micerino las fuentes son confusas, pues citan varios sucesores de los cuales sólo uno está monumentalmente documentado. No resulta pues extraño que Manetón proponga aquí una nueva cesura tras la que da comienzo la V dinastía. La sucesión dinástica parece mejor establecida por los especialistas que, sin embargo, dudan respecto a las relaciones de parentesco ente los distintos faraones de la V dinastía. El primero de ellos, Userkaf, nieto del faraón Didufri de la IV, se distingue por las concesiones de tierras a los dioses, en especial a Re. Parece obvio que el clero de Heliópolis ha adquirido una importancia notoria que afecta, incluso, a la titulatura real, ya que a partir de ahora se generaliza el uso del título Hijo de Re y cada faraón construirá un templo al nuevo sol. Quizá vinculado con todo esto se encuentre el abandono de la necrópolis de Guiza y el regreso a Sakkara, donde Userkaf erige una pequeña pirámide técnicamente peor que las de la IV dinastía. El cambio ideológico que se opera no tiene una explicación clara, pero tal vez no esté desvinculado de otra realidad constatada en la época: el progresivo incremento del poder de los nomarcas, es decir, de las grandes familias provinciales. Se puede colegir que había una voluntad explícita de reelaborar ideológicamente la integración de los nomos proporcionando la imagen de una cohesión basada en nuevos postulados, entre los que destaca la reducción de la lejanía faraónica, Userkaf es sucedido por Sahuré, que construye su templo funerario en Abusir. Las paredes del edificio se decoran con bajorrelieves que nos permiten conocer algunas de las actividades del monarca, por ejemplo, que llevó campañas al país de Punt (en la costa de Somalia de donde procedían la mirra, el incienso y también oro, marfil, ébano y muchos otros productos exóticos; es la primera noticia de una fructuosa relación comercial que se prolonga hasta época ptolemaica), al Sinaí, quizá contra los libios y los beduinos, e incluso sus barcos llegarán a la costa del Líbano. Por la Piedra de Palermo sabemos, además, que fue muy generoso en la concesión de tierras a los nomos, en especial a los del Bajo Egipto, lo que coincide bien con el creciente poder de los aristócratas locales y de los grandes funcionarios cortesanos, que se expresa claramente en la riqueza de sus monumentos funerarios, las famosas mastabas, entre las que cabe destaca la de Ti en Sakkara. De los siete faraones siguientes sabemos bien poca cosa, desde el punto de vista de la historia política. El último faraón de la dinastía, Unas, construye su complejo funerario en Sakkara y su pirámide es la primera que conserva literatura religiosa inscrita en sus paredes, son los famosos Textos de las Pirámides; también construyó en Elefantina y parece haber mantenido relaciones con Biblos y Nubia, todo lo cual hace de su reinado poco sospechoso como época de decadencia. El tránsito a la nueva dinastía no resulta, pues, traumático y más si tenemos en cuenta los conocidos datos sobre la continuidad en el funcionariado de la época de Unas y la de su sucesor Teti. Este es el primer faraón de la VI dinastía del que conocemos exenciones tributarias para el templo de Abidos y que erigió pirámides, como los faraones de la IV dinastía, en lugar de mastabas para las esposas reales; algunos datos arqueológicos parecen confirmar su actividad comercial con Biblos y quizá con Nubia y Punt. Manetón se hace eco de una noticia según la cual Teti habría sido asesinado. Su sucesor parece ser un tal Userkaré, cuyo nombre tiene resonancias propias de la V dinastía. Bien pudiera ser éste el cabecilla de la conspiración, camuflada en motivos ideológicos de ser ciertos los diferentes referentes dinásticos. Poco tiempo después se haría con el poder el joven hijo de Teti, Pepi I, cuyos nombres personales contribuyen a la hipótesis de la usurpación de Userkaré. En efecto, Pepi tiene como nombre de Horus, Meritaui, que cambia después por el de Meri-re (Defensor de Re), quizá necesaria para congraciarse con el clero heliopolitano y ejercer el poder. Tuvo un largo reinado, de unos cuarenta años, en los que no faltaron expediciones militares a Asia, a Nubia, restauraciones en los principales templos del Alto Egipto e intrigas de palacio, que se saldan con el incremento de poder de los gobernadores provinciales, cuyos cargos se hacen hereditarios al tiempo que se incrementan las exenciones fiscales, lo cual repercute directamente en el decrecimiento de la solvencia económica del faraón. Pepi es, por tanto, responsable del desmantelamiento de los puntales del sistema, quizá porque no tenía otra opción para mantenerse al frente del estado; pronto se dejarán sentir las consecuencias. Dos hijos de Pepi le suceden en el trono. El segundo de ellos, Pepi II, accede a él a los seis anos y tendrá el reinado más largo de la historia egipcia. Sus documentos atestiguan el censo trigésimo tercero y puesto que se realizaban cada dos años podemos estar seguros de que reinó como mínimo sesenta y seis años, aunque Manetón asegura que reinó noventa y cuatro. Prácticamente todos los estudiosos atribuyen al largo reinado de Pepi II la causa de la decadencia del Reino Antiguo, ya que se habría esclerotizado el aparato del estado, los nobles locales habrían obtenido más privilegios que nunca y en palacio se habrían dado las mayores oportunidades a las intrigas que desembocarían en la crisis sucesoria. De ser ciertas esas tres razones como causa de la decadencia, nada tienen que ver con la longevidad de Pepi, sino con las condiciones objetivas en las que se desenvuelve el estado egipcio. Durante su reinado continúa la progresión de Egipto, por Nubia, hacia Africa central: conservamos en la tumba de un noble el relato del rey niño entusiasmado ante la noticia de que se le va a regalar un pigmeo, al que imagina como un enano bailarín. También continúan las relaciones con Biblos y Punt. En las actividades internas, sigue habiendo noticias de concesiones reales de tierras, pero destaca especialmente el hecho de que comienzan las divinizaciones post mortem de nobles servidores del faraón, síntoma evidente de las tendencias dominantes entre los poderes fácticos. A la muerte de Pepi II las fuentes sólo citan dos monarcas, Merenré y la reina Nitocris, mencionada por Heródoto y Manetón, pero de la que no existen otros restos documentales. Al margen del problema de su existencia, se ha utilizado el nombre de esta reina junto al de Neferusobek (XII din.), Hatshepsut (XVIII din.), Tausret (XIX din.) y Cleopatra para demostrar el importante papel de la mujer en la cultura egipcia. El propio argumento desvanece su calidad, pues sólo se pueden registrar con seguridad tres nombres de mujeres en el papel masculino de faraón -eso si, con adornos viriles- para tres mil años de historia; con mayor rigor podríamos traer a colación algún caso como el de Meritneith, regente durante la minoría de Den (Udimu), de la I dinastía, que reclamó una serie de privilegios propios de los faraones, como la tumba doble, pero que nunca ostentó el nombre de Horus, ni se registraron sus años de regencia, por lo que no puede ser considerada como faraón gobernante, quizá precisamente por ser mujer. Y es que no se puede demostrar, por falso, que la posición de la mujer en Egipto fuera mejor que en otras sociedades contemporáneas.
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De los palacios y las viviendas de la familia real de la dinastía Han no ha quedado nada, debido a que el material principal empleado en su construcción era la madera, quedando sólo los restos de muros y terrazas de tierra apisonada que fueron sus basamentos. Sin embargo, se han conservado crónicas que hablan sobre la riqueza y la belleza del decorado de los interiores de las residencias palaciegas, hecho con maderas pintadas, pinturas murales, tapices de seda, etc. Los sepulcros hallados en toda el área de dominio de la dinastía Han reflejan la vida cotidiana, la política y las costumbres de la época, y tienen un alto nivel artístico. Fueron encontrados muchos objetos funerarios en estos sepulcros de grandes dimensiones, con diversas salas y vestíbulos, con sus pasillos franqueados por pilares, estelas y estatuas. Asimismo fueron hallados ladrillos decorados o grabados, que formaban parte de los muros de la cámara funeraria. En estos ladrillos se encuentran los motivos pintados o estampados de animales, figuras humanas, bienes materiales del difunto o escenas de vida cotidiana. El mismo estilo decorativo aparece en las piedras grabadas o pintadas y las losas empleadas en la construcción de las cámaras subterráneas, siendo de excelente calidad las encontradas en Mizhi, de la provincia de Shaanxi, en Suining de Jiangsu y en Tengxian de Shandong, todas ellas pertenecientes a la dinastía Han del Este. También pertenecen a esta época las estatuas de guerreros, carros y caballos de bronce encontradas en Wuwei, Gansu, igual que los objetos de jade, y las figuritas de hombres y animales que fueron enterrados en sustitución de los vivos, denominados mingqi.
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Para la historiografía china la dinastía Han ha sido tradicionalmente tratada como la que alcanzó los mayores logros sociales, políticos y culturales de su historia. Sin ser tan determinantes a la hora de enjuiciarla no podemos negar la importancia que tuvo, especialmente en la formación de un sistema político que le ha sobrevivido dos mil años. No en vano los chinos se autodenominan gentes de Han, y su lengua, idioma de Han; sólo los occidentales utilizamos el término China para referimos a su país, nombre que deriva de la dinastía Qin (pronunciada chin) y no de la Han. Esta dinastía se subdivide en dos períodos: Han del Oeste (206 a. C.-25 a. C.) y Han del Este (25 a. C.-220 d. C.), criterio derivado de la localización de sus capitales: Chang'an (hoy Xian, provincia de Shaanxi) en el oeste y Luoyang (provincia de Henan) en el este. En su estudio analizaremos de un modo general los hechos más importantes considerados desde diferentes aspectos. En el terreno político se consolidó la unificación territorial iniciada con los Qin y sobre todo la aceptación de la idea imperial, borrando los resquicios de las antiguas estructuras feudales. Liu Bang, primer emperador de la dinastía Han, sofocó las revueltas y guerras civiles acaecidas tras la muerte de Qinshi Huangdi, completando la unificación en el año 221 a. C. Gobernó con el nombre de Gao y sentó los principios administrativos y políticos capaces de sustentar la idea imperial. Gao Di heredó la organización de la dinastía anterior y comprendió la importancia de la tradición para sentar las bases de su reinado. Mantuvo el sistema centralizado de gobierno apoyado en las teorías legalistas, pero sin rechazar los principios confucianos. Su capital continuó siendo Chang'an por razones estratégicas y prácticas más que por asociaciones con un pasado glorioso, que le exigía establecerse en Luoyang (antigua capital de la dinastía Zhou). Para mantener la estructura centralizada se sirvió del principio de autoridad absoluta que emanaba del emperador y que se transmite, jerárquicamente, en la pirámide social. A su base, compuesta por los mung o campesinos, les concedió derechos sobre la tierra, pero con impuestos recaudados por gobernadores militares y funcionarios civiles. Esta organización estuvo bajo la amenaza constante de los nobles en unión de los sabios confucianos que, tras la represión sufrida con la dinastía Qin, no aceptaban la idea imperial. La supresión de sus pequeños feudos se realizó de forma lenta pero sumamente eficaz, al dividir sus territorios entre personas leales al emperador y suprimir el mayorazgo. En el año 199 a. C. se reunió en la capital a todas las familias más antiguas e influyentes para fortalecer el tronco y debilitar las ramas. Esta macro-estructura necesitaba de una base ideológica que partiendo del legalismo llegara al confucionismo. Los shih, antiguos escribientes o sabios, vieron reforzado su poder cuando se les permitió iniciar públicamente la enseñanza de la doctrina confuciana; sin embargo, no sería hasta el reinado del emperador Wen Di (179-156 a. C.) cuando se abrazase el confucionismo de un modo oficial. Para el reclutamiento de los shih como funcionarios del Estado, se ideó un sistema de exámenes formalizado en el siglo I a. C., que se realizaban anualmente, siendo su base de estudio el conocimiento de los Clásicos: el I Jing (Libro de los Cambios), el Shi Jing (Libro de las Odas), el Qun Qin, (Anales de Primavera y Otoño). Siglos más tarde (XVII-XVIII) este sistema de exámenes constituiría una de las aportaciones chinas a Occidente: las oposiciones. En teoría este método de acceso a la administración estaba abierto a todos, puesto que no se valoraba la procedencia social del individuo, sino su capacidad de estudio; en la práctica sólo aquellos cuyas rentas estuviesen aseguradas podían dedicar su tiempo al estudio. Hay que señalar que las mujeres estuvieron al margen, teniendo una formación estrictamente privada. En los años de transición entre los Han del Oeste y los Han del Este, se sucedieron una serie de acontecimientos que exigieron nuevos conceptos para consolidar la idea imperial. En primer lugar, se trasladó la capital a Luoyang, escogida por sus vínculos con el pasado. La ampliación de fronteras, los intercambios culturales, comerciales y las luchas internas por la sucesión, hicieron aconsejables retomar el concepto divino, cielo o tien, oficial ya a fines de la dinastía Han del Oeste, mediante el cual la autoridad temporal del emperador derivaba del cielo, recibiendo el título de Hijo del Cielo; era el mandato celeste, por medio de signos visibles e invisibles, quien en última instancia ratificaba la subida al trono de un emperador o por el contrario el ocaso de un emperador o dinastía. El Cielo exigía sus ritos destinados a la consecución de buenas cosechas que permitieran una estabilidad al imperio. El lugar donde se llevaban a cabo las celebraciones se conocía con el nombre de la Casa del Calendario, de donde deriva la única construcción que se hizo para tal fin: el Templo del Cielo, en Beijing, construido por el emperador Yongle (1402-1424) de la dinastía Ming. En política exterior se puso fin al aislamiento histórico del país, al abrir un camino que permitió poner en contacto por primera vez Oriente y Occidente. Esta iniciativa fue debida al genio del emperador Wu Di (141-87 a.C.) en sus deseos de expansión por las entonces llamadas regiones occidentales y que hoy forman parte del territorio chino. Dichas regiones estaban controladas militarmente por los Xiung-nu, pueblos de las estepas que constituyeron una constante amenaza al país desde el siglo III a. C. La política de alianzas y la consideración de Estados tributarios formulada con los Han no tuvo la eficacia deseada manteniendo una actitud beligerante y sirviendo de freno a la expansión china. En el año 121 a.C., tras el debilitamiento interno de su confederación, los Xiun-nu se declararon vasallos de los Han, permitiendo el acceso directo de éstos a las regiones occidentales por el corredor de Gansu. Zhan Qien, general del emperador Wu Di, fue enviado a explorar estas nuevas regiones en varios viajes. En el 138 a.C. inició su primer viaje, cuyo objetivo principal fue el de conseguir alianzas militares con los pueblos alejados del control chino. Zhan Qien fue hecho prisionero en varias ocasiones por los Xiung-nu, sin conseguir sus propósitos; sin embargo, acumuló la suficiente información para que Wu Di le mandara en un segundo viaje (115 a.C.) con más de trescientos hombres. Esta vez, conociendo algunos de los gustos y costumbres de los pueblos objeto de la embajada, mandó reunir un gran cargamento de obsequios entre los que destacaban el oro y la seda, esta última desconocida fuera de las fronteras chinas. Aunque no consiguió establecer compromisos políticos y militares con ninguno de ellos, al menos contactó con los Estados de Fergana, Sogdiana, Bactriana y Khotan que enviaron a su vez mensajes y obsequios a la corte Han. La dominación militar china se produjo un siglo y medio más tarde, pero a. Wu Di y Zhan Qien se debe el inicio del camino cultural y comercial más importante entre Asia y Europa hasta el siglo XVII: la Ruta de la Seda, denominación dada por Ferdinand Von Richtofen a este vínculo comercial en el siglo XIX. En el terreno artístico se vieron reflejados estos cambios políticos, sociales y económicos. En primer lugar podemos observar cómo se transformó radicalmente la valoración de los objetos artísticos, ya que, aún ligados a los ajuares funerarios, fueron apreciados también en su vertiente estética, por lo que la búsqueda de la belleza como placer hace que se pueda considerara los objetos de la dinastía Han obras de arte, sin negar su utilidad práctica o ritual. El bronce y la cerámica continuaron utilizándose como materiales susceptibles de lograr formas bellas, ausente ya el carácter mágico-religioso de las dinastías anteriores. La laca y la seda definen artísticamente la búsqueda de otros materiales capaces de ofrecer nuevas cualidades táctiles y visuales. Pero no sólo se asistió a una sustitución de los materiales y a un cambio cualitativo en su uso, sino que el repertorio iconográfico se amplió considerablemente y muchos de los motivos decorativos adquirieron un nuevo valor semántico.
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El advenimiento de la dinastía Hannover al trono inglés se hizo pacíficamente. Jorge I (1714-1727), hijo de Sofía y elector de Hannover, llegaba a Londres para ser coronado rey en agosto de 1714, cuando tenia cincuenta y cuatro años y desconocía casi todo lo referente a sus nuevos súbditos. Desde el principio se apoya en el partido whig, que había propiciado su sucesión. Destituyó a Bolingbroke, por sus simpatías jacobitas, y nombró un equipo ministerial con mayoría whig, donde destacaban lord Townshend, como presidente; Stanhope, Sunderland, Marlborough (repuesto en su anterior cargo, al frente del Ejército), Nottingham, Walpole pagador general de las tropas y Pulteney. Su llegada desató también una importante rebelión en Escocia, cuando el conde de Mar lideró una insurrección jacobita facilitando el desembarco del pretendiente Jacobo III, con apoyo de los highlands y de sectores ingleses simpatizantes de los tories. Se apeló a la ayuda irlandesa, que no se consiguió, y tras algunos éxitos fugaces el pretendiente tuvo que abandonar y refugiarse de nuevo en Francia como había ocurrido en 1705 y 1707; la muerte de Luis XIV hizo desaparecer su principal apoyo y la represión desatada por el Gobierno hizo el resto. Tras la derrota jacobita se decretó un castigo ejemplar para evitar un nuevo levantamiento: apresamiento de centenares de personas, destierros, cárcel, prohibición a los clanes de portar armas y separación de clérigos de sus iglesias. La insurrección escocesa contribuyó al desprestigió de los tories, que cada vez serán más marginados de los centros de poder. En 1717 los whigs aprueban la Septennal Act, alargando la legislatura a siete años para garantizar su permanencia en el Gobierno. En estos años la clientela y postulados ideológicos de ambos partidos estaba ya claramente delimitada. Los tories se han convertido en una facción conservadora, representante de la aristocracia tradicional y de la alta jerarquía eclesiástica, incapaz de generar auténticos líderes por lo que se irá sumiendo en la decadencia; los whigs representan a los nuevos grupos sociales, con otros intereses, procedentes de las grandes haciendas formadas tras la revolución, hombres de negocios, manufactureros y profesionales liberales que son acérrimos partidarios de la supremacía parlamentaria, de la sucesión protestante y del Bill of Rights, y que defenderán ante todo la propiedad y el individualismo. La implantación de los whigs en el Gobierno potenció el parlamentarismo, sometió a su control a la Iglesia anglicana e hizo algunas concesiones a los disidentes religiosos. La indiferencia del rey por los asuntos de gobierno y su incomprensión del idioma hizo que no estuviera presente en las reuniones del gabinete por lo que éste se fue convirtiendo en el ejecutivo real, bajo la fiscalización del Parlamento. Sin embargo, Jorge I siempre mantuvo la atención en su antiguo electorado; por ello viajó a Londres con un equipo de consejeros -Bernstorf, Robethon, Fabrice, Kielmannsegge- que constituirán una especie de cancillería hannoveriana y que le permitió conocer puntualmente todo lo que afectaba a su lejano país, pero no desempeñarán cargos públicos ya que lo prohibía el Acta de Establecimiento, al vetar a los extranjeros para ocupar escaños parlamentarios, administrar tierras de la Corona u ocupar altos cargos en la Administración del Estado. Aunque el Acta también establecía determinadas limitaciones al soberano para defender territorios extranjeros, la seguridad de Hannover se convirtió en un problema de la diplomacia inglesa que se empezó a familiarizar con los asuntos europeos a través de ese Estado. A pesar de la casi identificación entre el rey y los whigs, se da la primera crisis de gobierno en 1716, cuando Townshend se niega a ir más allá en las aspiraciones del monarca por los territorios de Bremen y Verden. Ahora los hombres fuertes serán Stanhope y Sunderland, éste como ministro de Hacienda intentó acabar con la deuda pública, un problema pendiente y cada día más grave, impulsando el Fondo de Amortización, pero incapaz de detener el crac económico provocado por la quiebra de la South Sea Company. Esta compañía había impulsado numerosas especulaciones originando riquezas fáciles, pero hacia 1720 la fiebre especulativa hizo multiplicar tanto el valor de sus acciones que las operaciones subsiguientes provocan el hundimiento de las cotizaciones. El escándalo fue enorme, y salpicó al Gobierno que, mediante sobornos, había facilitado las actividades de la compañía, provocando una crisis económica y la caída de aquél. A pesar de que el Banco de Inglaterra y la Compañía de Oriente pudieron controlar la situación, el crac despertó recelos durante mucho tiempo en el mundo financiero, desprestigiando sobre todo las sociedades de acciones. Comienza ahora la llamada era Walpole, líder nato del partido whig, nombrado lord del Tesoro, y en la práctica primer ministro entre 1721-1742, "un hombre con la instrucción de un caballero rural, las altivas maneras y los costosos gustos de un gran aristócrata, y el talento de un hombre de Estado de primera clase, el más apropiado para gobernar sobre la Inglaterra hannoveriana" (W. R Brock). Su política estuvo orientada en dos direcciones: consolidar a la dinastía Hannover y enriquecer la nación, para lo cual era indispensable un pacifismo en el exterior y el orden público en el interior. Como ministro de Hacienda intentó sanearla, y para evitar las peticiones de dinero al Parlamento, acudió frecuentemente al Fondo de Amortización de la Deuda para cubrir los gastos del Estado, estableció un impuesto extraordinario para reducir la deuda pública, aligeró las cargas fiscales de los propietarios con la rebaja de las land taxes, lo que dio mucha influencia a la aristocracia whig, y a cambio aumentó los tributos sobre el consumo y aduanas. Partidario del mercantilismo, se aplicó a favorecer la industria y el comercio con una política proteccionista: exenciones a los fabricantes de seda y lana, pólvora y azúcar refinada, ayuda a los pescadores de arenque en el mar del Norte y a los balleneros de Groenlandia, elevación de las primas para la exportación de cereales y productos agrícolas, imposición de gravámenes sobre los productos extranjeros que podían ser competitivos con los nacionales y derechos preferenciales para las materias primas extranjeras utilizadas en la industria inglesa. Dio importantes subsidios a las compañías que comerciaban con África, Oriente y los países ribereños del Báltico. Con estas medidas logró una balanza comercial favorable, un activo comercio y un erario saneado. A nivel político intentó frenar la corrupción generalizada que imperaba en el sistema, pero la oposición sorda que se hizo en su contra desde la prensa y otras publicaciones lo impidieron; mantuvo buenas relaciones con la Iglesia oficial; suavizó el centralismo ejercido desde Londres sobre las autoridades regionales; su actitud tolerante contribuyó a la efervescencia intelectual e ideológica de la época y favoreció mucho la instrucción pública. Defensor a ultranza de la propiedad facilitó la aprobación de severas leyes penales para castigar los delitos contra ella. La muerte del monarca y el acceso de su hijo, Jorge II, no interrumpieron su política, al ser confirmado en el cargo.
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El descontento popular, debido principalmente a las hambres cíclicas, contra el cada día más débil gobierno mongol cristalizó en una serie de rebeliones, una de las cuales dirigida por el antiguo monje Chu Yüan Chang logró vencer a los mongoles y conquistar Pekín en 1368, de la que había huido el último emperador mongol, Togan Temür. El movimiento liderado por Chu Yüan Chang estaba ligado al llamado movimiento de los Turbantes Rojos que incorporaba un elemento escatológico nuevo, el creer en un Buda redentor o Maitreya, y a la vez enraizaba con el más profundo nacionalismo tradicional. Después de acaudillar durante veinte años la revuelta al conquistar la capital se proclamó emperador con el nombre de Tai Tsu (1368-1398), iniciándose la dinastía Ming, que habría de regir los destinos de China hasta 1644. La nueva capital del renovado imperio fue Nankín y la consolidación militar del Estado fue el objetivo primordial del nuevo soberano. Para ello expulso a las mongoles de sus últimos reductos en las provincia de Yunnan y después los atacó en sus propios territorios de origen, Manchuria, apoderándose de su capital Karakorum en dos ocasiones en 1372 y 1388. Sus victorias le permitieron establecer una especie de protectorado sobre Corea desde 1392. La expansión continuó durante la primera mitad del siglo XV, en especial durante el reinado del hijo del fundador de la dinastía, Cheng Tsu, cuyo nombre dinástico sería Yung Lo (1403-1424), verdadero consolidador de la dinastía. Sus reiterados ataques contra los nómadas de Mongolia impidieron la creación de un resurgir militan mongol, llegando incluso en 1414 a destruir Karakorum. En 1420 volvió a instalar la capital en Pekín, ya que Nankín quedaba lejos de sus campañas hacia el Norte, si bien continuó siendo la segunda capital, y la ciudad en donde se hizo construir su sepulcro. La utilización de armas de fuego permitió al ejército china dominar temporalmente Annam en el Sur hasta 1428, conquistando Hanoi en 1407. La construcción de una potente flota imperial de unos 70 navíos, no pudo impedir los ataques de los piratas japoneses contra las costas chinas. Dicha flota también sirvió para realizar importantes expediciones ultramarinas entre 1405 y 1430, llegándose a visitar 30 países en Insulindia, el océano índico y las costas orientales de África. Se llegó a los puertos del golfo Pérsico (Ormuz, 1412-1415), así como a Aden y Jedda, en Arabia. El esplendor de los dos primeros reinados Ming se basó en una profunda reconstrucción agraria y en la puesta en marcha de un nuevo régimen político y administrativo. Especialmente sensibles a las reivindicaciones campesinas acaudilladas por el fundador de la dinastía contra los mongoles, supuso un aumento considerable de la producción agrícola y la redacción de nuevos censos y catastros entre 1381 y 1391. También se fomentó la repoblación forestal, sobre todo en la región de Nankín, hecho que permitió después la construcción de grandes flotas. Todas las grandes empresas fueron llevadas con un férreo absolutismo, de clara influencia del régimen mongol anterior. De hecho el Código de los Ming de 1367 centralizaba todos los poderes efectivos en manos del emperador, el cual rodeado de Consejos secretos, vigilaba su propia burocracia a través de policías secretas o de drásticas purgas. Sin embargo, a pesar de todos estos controles, desde mediados del siglo XV el poder del gobierno se fue debilitando por la corrupción, la administración de los eunucos y las luchas fratricidas, surgidas a raíz de que los emperadores Ming dejaron de asistir a las audiencias y tomar parte en los asuntos de Estado. Los emperadores Ming volvieron a imponer el sistema de dos impuestos, el de verano, con la entrega de trigo, y el de otoño, con la entrega de arroz. Desde 1450 se fue pasando gradualmente al sistema de cobrar los impuestos en metálico, en lugar de hacerlo en especie. El periodo Ming se caracterizó por dos factores esenciales: el nuevo y creciente sentimiento nacional de los chinos, que se desarrolló hasta dar lugar a un nacionalismo popular, y el fortalecimiento de la burguesía, que alcanza la máxima importancia como portadora de la cultura. Es un periodo en que se rechaza todo lo extranjero, y se busca por todos los medios el conocimiento de su propia tradición. Sin embargo este odio hacia lo extranjero no impidió que se continuasen los contactos diplomáticos con el exterior, ni que penetrasen influencias culturales europeas con la llegada de los primeros navíos portugueses a las costas de China en 1514, ante Cantón en 1517, y que desde 1557 existiese una importante colonia portuguesa en Macao. El periodo Ming, tanto cultural como políticamente, fue una de las épocas más importantes de China, y la que determinó la concepción europea sobre la nueva China. La pintura, la cerámica, la arquitectura, la artesanía, la literatura, la filosofía brillaron como nunca, y la acción al enciclopedismo, tan arraigado en China, alcanzó una de sus cúspides. De 1406 es el gran tratado de botánica conocido como "Herbario para remedio de las épocas de hambre". También generaron una gran enciclopedia los libros geográficos y de viajes en 1461. A mediados del siglo XV comenzaron las problemas para la dinastía con la aparición de numerosos campesinos vagabundos (taomin) que se dedicaban al vagabundeo, minería o al pequeño comercio incontrolado, a la vez que aumentaban los terratenientes, únicos capaces de hacer frente al cada vez más duro sistema fiscal, pero incapaces a su vez de contener las revueltas cada vez más violentas de los pequeños campesinos y de los sin medios de subsistencia. En el exterior, los mongoles liberados del control chino multiplicarán los ataques sobre la frontera norte, llegando incluso a hacer prisionero al emperador Ying Sung en 1449, que es puesto en libertad previo pago de un rescate y firma de una paz en 1453. La Edad Media finalizaba en China justo cuando empezaba la relajación del Imperio Ming, que había dado un primer siglo de recuperación nacional en todos los campos.
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Tras la invasión de los mongoles en los períodos precedentes, la nueva dinastía Ming, imperante durante los siglos XV y XVI plantea un retorno a ciertos temas muy ligados con el sentimiento nacional chino. Durante la invasión, los artistas se habían retirado a las montañas y a regiones de la periferia, donde cultivan una pintura llena de símbolos alusivos a la resistencia del espíritu chino a ser doblegados por una cultura extranjera. La corte Ming retoma esta simbología así como la de los letrados Yuan para practicar una arte conservador, decorativo y exquisito en su captación de la exuberancia natural. Rechaza las tendencias anti-cortesanas y readapta a sus artistas dedicándolos a la producción palaciega casi en exclusiva, similares al paisaje en tinta china Claro después de la Nieve en el Paso de Montaña. Este período es también el del esplendor de su porcelana y su arte funerario. Las repercusiones del arte Ming a través de las vías comerciales fueron grandes en especial sobre su vecino Japón y sobre Europa, que se encuentra en pleno Renacimiento.
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La adaptación paulatina de los usos y costumbres chinos en materia administrativa había facilitado la transición de una dinastía a otra, pero, sin embargo, ésta no se llevó a cabo sin traumas. Millares de funcionarios letrados y señores feudales se suicidaron a la caída de los Ming, previendo la pérdida de poder político y económico que iba a suponer el cambio. Efectivamente, la dinastía manchú se asentó sobre una separación radical de las razas, quedando prohibidos los matrimonios mixtos desde 1645, y haciéndose obligatoria para los vencidos la coleta, como signo de sumisión. En las grandes ciudades se aplicó la segregación territorial, dividiéndose en barrios chinos y manchúes. Sin embargo, el sistema administrativo de los Ming permaneció en sus aspectos esenciales. Se conservó el sistema de exámenes de Estado para acceder a la carrera burocrática y, aunque los aspirantes manchúes eran favorecidos sobre los chinos, para los cargos centrales importantes fueron nombrados por partes iguales. El proceso de sinización fue imparable. Una muestra es que, pese a que los emperadores Qing decretaron el bilingüismo para todos los asuntos oficiales escritos, a fin de salvaguardar su propia lengua manchú, ésta fue siendo desplazada irrevocablemente por la china. El confucianismo, religión cuya ortodoxia siempre fue defendida por la dinastía Qing, facilitó la resignación de los vencidos al prohibir la crítica al poder por parte de los que eran ajenos a él y al considerar que el castigo a un mal gobernante debe venir del cielo, como había ocurrido con los últimos emperadores Ming, a quienes Dios había castigado con inundaciones, sequías y desórdenes sociales. La nueva dinastía manchú, pues, en vez de usurpadora del poder legítimo será considerada como la enviada divina, y se le deberá obediencia. Hasta 1681 la China continental no fue controlada por la dinastía manchú, fecha en la que consiguió someter la poderosa resistencia de los generales chinos, que habían conseguido una amplia autonomía en las provincias del Sur a cambio de su colaboración. En 1683 se llevó a cabo la incorporación de Taiwan, centro de actividades comerciales semipiráticas, que mantenía relaciones con los partidarios de los Ming. Desde entonces, los focos de resistencia, sin ayuda exterior, fueron consumiéndose lentamente. El hijo de Shunzi, Kangxi (1662-1722), fue el primer emperador Qing que pudo enfrentarse, sin preocupaciones de paz interior, con la reforma del Estado, el aumento del poder imperial y el desarrollo económico, tareas todas que llevó a cabo con gran eficacia y energía, por lo que puede considerarse uno de los grandes estadistas de su tiempo y uno de los más grandes emperadores de la historia china. Su conocimiento y aprecio de la cultura china le hizo no sólo respetarla, sino adaptarse en lo posible a ella. En este sentido, pese a ser extranjero, se presentó como un monarca conservador y restaurador de la cultura y tradiciones chinas. Así, fomentó la creación de obras artísticas y literarias y encargó la realización de una historia de la dinastía Ming. A ello se sumó la búsqueda del bienestar para su pueblo con un programa de obras públicas para fomento de la agricultura y una serie de medidas que favoreciesen a los pequeños campesinos, la lucha contra la corrupción funcionarial mediante el aumento de las retribuciones y la suavización del comportamiento político en general. Junto a sus sucesores, puede dársele merecidamente el título de déspota ilustrado. La principal preocupación de la política exterior iba a ser el mantenimiento de las fronteras con el resto del Continente asiático. En este sentido, uno de los continuos motivos de intranquilidad era el estado de confrontación permanente entre las diversas tribus mogolas que vivían más allá de la frontera occidental. La división facilitó la intervención victoriosa de Kangxi, llevado por la necesidad de que los problemas no atravesaran la frontera afectando a los mogoles del interior. Con las armas de fuego facilitadas por el comercio occidental propiciado por los jesuitas, consiguió el sometimiento a su autoridad a cambio de facilitarles la subsistencia en tiempos de escasez. Pronto se abrirán al mercado chino y se llevarán a efecto roturaciones de pioneros chinos. Los mismos mogoles nómadas se van haciendo sedentarios y cambiando la ganadería por la agricultura. Por otra parte, en la frontera occidental con el Tibet era cuestión esencial contar con un Dalai Lama favorable a la dinastía manchú, lo que le atraería la buena voluntad de los numerosos budistas del Imperio chino. En 1653, el lama del Tibet acudió a Pekín y reconoció a la nueva dinastía, a cambio de ver respetado su poder temporal. En 1713 se consiguió un Dalai Lama absolutamente fiel. En 1720, ante el avance de los dzúngaros, tribu mogola especialmente belicosa, Kangxi intervino militarmente y controló el Tíbet para evitar que la dirección espiritual del budismo cayese bajo una autoridad exterior. El Dalai Lama reconoció la autoridad superior del emperador, a cambio de conservar un gran margen de autonomía en el terreno espiritual y temporal. Sin embargo, la seguridad de estas fronteras fue un problema pendiente en los siglos siguientes. En la frontera septentrional el Imperio chino iba a encontrarse necesariamente con la expansión rusa por Siberia, que originará rivalidades fronterizas entre ambas potencias desde el siglo XVII. La región del Amur será la primera manzana de la discordia, pues los rusos comenzaron a explorar la zona desde 1643 y en 1658 fundaron la ciudad de Nertchinsk, en la confluencia de los ríos Chilka y Nertcha, puerta para el ingreso en territorio chino. Ante la imposibilidad de llegar a un resultado militar decisivo, se intentó alcanzar una solución por vía diplomática y en 1689 se firmó el Tratado de Nertchinsk, que fijaba por el momento las fronteras ruso-chinas, en el curso del río Amur y la cordillera de Hsingan. En contrapartida, los rusos obtuvieron la libertad de comercio en China, fundamentalmente pieles siberianas a cambio de metales preciosos, intercambio que interesaba a ambas partes.
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La imposición de los manchúes sobre las costumbre tradicionales chinas provocó una violenta reacción de resistencia por parte de los artistas, que se agruparon de nuevo en la antigua capital del sur. Mientras en la corte se dedicaban a rescatar el arte conformista y decorativo de los Ming, y a adoptar el estilo exótico de las primeras pinturas europeas que llegaban a China, los resistente se agruparon en dos escuelas: los Pintores Excéntricos y los Pintores Individualistas. De estos últimos destacan Zhu Da y Shi Tao, junto con los Cuatro Wang, con un estilo minucioso, reiterativo, tratando de resucitar el estilo de los maestros del pasado. Los Pintores Excéntricos tratan de romper radicalmente con la concepción tradicional de la pintura. Pintaban con cualquier parte de su cuerpo, incluso en estado de embriaguez, obteniendo unas composiciones muy expresionistas y espontáneas, valorando el vacío, con unos efectos espectaculares que tuvieron honda repercusión sobre la pintura japonesa y sobre algunos europeos, como Toulouse-Lautrec. Al igual que en el Japón Edo, en esta época se comienza una pintura de costumbres caricaturesca, con una vertiente hacia los álbumes eróticos y cómicos.