El comportamiento social y demográfico de los españoles en los tres primeros cuartos del siglo XIX es más parecido a la segunda mitad del siglo XVIII que al siglo XX. Se apunta una fase de transición en la que todavía hay algunos rasgos propios de las sociedades del Antiguo Régimen. La población del Antiguo Régimen se caracterizaba por tasas de natalidad y mortalidad muy cercanas entre sí, lo que llevaba a un crecimiento natural muy débil o incluso, en algunos períodos, a retrocesos como consecuencia de catástrofes demográficas producidas, fundamentalmente, por epidemias de enfermedades infecciosas o hambres colectivas en malos años de cosecha. En España (si exceptuamos zonas concretas, como parte de Cataluña y Baleares) la transición demográfica se dio durante el siglo XIX de un modo imperfecto, sobre todo por las altas tasas de mortalidad sólo superadas en el continente por Rusia y algunas zonas del Este europeo. Aun así, la tasa de mortalidad había descendido relativamente en comparación con las tasas propias del Antiguo Régimen. Será ya en el siglo XX cuando desciendan bruscamente. El crecimiento de la población fue posible por el mantenimiento de unas tasas de natalidad bastantes altas durante el siglo XIX, aunque también habían decrecido relativamente. Al tiempo, en la misma centuria, hubo un paulatino y leve descenso de la mortalidad relativa a causa sobre todo de mejoras higiénicas y médicas, aunque esporádicamente la sociedad tuvo que sufrir crisis más propias del Antiguo Régimen como las epidemias de cólera y las hambrunas, fenómenos analizados por Antonio Fernández (1986). Las primeras produjeron en 1834, 1855, 1865 y 1885 unas 800.000 víctimas mortales. Las segundas, que se pueden datar en torno a 1817, 1824, 1837, 1847, 1857, 1867 y 1877 según la cronología elaborada por N. Sánchez Albornoz, producen una mortalidad difícil de calcular, elevada en cualquier caso. La mortalidad infantil, uno de los indicadores que reflejan los cambios o persistencias del modelo antiguo, disminuyó pero se mantuvo en niveles aún muy altos. Hay que tener en cuenta que, en buena parte de los países del mundo occidental, el aumento demográfico fue unido a un proceso previo o paralelo de modernización económica. En España éste fue más lento que aquél. La consecuencia inmediata será el desequilibrio entre recursos y población, que impulsará a la emigración, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XIX. En el reinado de Isabel II podemos distinguir dos etapas en cuanto al aumento de la población, tomando como referencia el promedio anual de crecimiento. En la primera, entre 1834 y 1860, el porcentaje medio de crecimiento anual fue del 0,56%; en la segunda, entre 1860 y 1877, el porcentaje fue del 0,36%. Asistimos pues a una fase de mayor crecimiento entre 1834 y 1860 que entre 1860 y 1877 con porcentajes en esta última parecidos a las primeras décadas del siglo. Sobre la relación entre crecimiento económico y demográfico durante el siglo XIX, ha habido un debate historiográfico que se puede resumir en las posturas de J. Nadal y V. Pérez Moreda. Para el primero, el crecimiento demográfico en este período constituye una falsa pista, si se toma como indicador de los cambios económicos del país. El crecimiento demográfico, al menos hasta mediados del siglo XIX, no estuvo relacionado con ningún tipo de modernización industrial de la economía del país y responde más bien a mayor producción de alimentos por extensión de los cultivos y a cambios políticos que pudieron convivir con una economía de tipo antiguo. Pérez Moreda entiende que hay una relación mutua. La extensión y diversificación de los cultivos y las medidas que lo permitieron (reformas liberales que afectaron a la tierra y los impuestos como el diezmo), efectivamente, ayudaron a sostener el ritmo de crecimiento de la población, pero justamente se dieron en gran medida como una primera respuesta ante un problema de presión creciente de la demanda de alimentos motivada por el aumento demográfico. Parece evidente, en mi opinión, que no hay un automatismo entre cambios económicos y demográficos o viceversa, aunque casi siempre mantienen una cierta relación. Otro aspecto a considerar es la desigual distribución geográfica de la población que tenderá a una dualidad por un lado, entre el centro y la periferia, y, por otro, entre el Norte y Sur. Una constante en la edad contemporánea española -aunque se inicia en el siglo XVIII- es la corriente centrífuga. Dentro de la periferia, hay que destacar una mayor vitalidad natural y capacidad de atracción de población en las regiones del norte. El motivo fundamental es un desfase entre ambos conjuntos regionales. La periferia, y especialmente el Norte, tenía una economía más fuerte, un mayor grado de desarrollo y ello afecta, lógicamente, a los cambios sociales y a la demografía. Ya en siglo XVIII el número de habitantes es mayor en la periferia -sobre todo en el Norte- a pesar de su menor extensión, lo que se acentuará a lo largo del período contemporáneo, por causas diversas entre las que destacan: - Crecimiento económico mayor y más sostenido de diversas zonas costeras, con menores fluctuaciones de los abastecimientos alimenticios y de los precios, lo que supone una menor incidencia de las crisis de subsistencias, como puso de manifiesto Gonzalo Anes. - Mayor crecimiento biológico por un mayor descenso de los índices de mortalidad, debido, entre otros motivos, a las causas anteriores. Como han puesto de manifiesto los estudios de Nicolás Sánchez Albornoz, en torno a 1870 el saldo vegetativo era considerablemente más elevado en la mayor parte de las provincias de la periferia, especialmente en el Norte, que en las del interior. En líneas generales, las provincias del interior crecen vegetativamente entre un 2 y un 7 por mil anual, las periféricas mediterráneas alrededor de un 10 por mil y la fachada norte entre un 11 y 13 por mil. Canarias, un caso excepcional, crece casi un 22 por mil. Tomando otros indicadores, por ejemplo la tasa media de las décadas de los cincuenta a los setenta, varían los porcentajes pero a grandes rasgos se mantienen las diferencias de población. Si bien zonas, como Extremadura, debido a su alta tasa de natalidad mantienen una crecimiento vegetativo bastante alto hasta los años cincuenta (8,4 por mil) para descender desde entonces: 5,2 por mil hasta 1900. - Despoblamiento o estancamiento de muchas ciudades del interior con bastante vitalidad en la Edad Moderna. Algunas de estas pérdidas fueron espectaculares. Casos, por ejemplo, de Segovia, Toledo o Medina del Campo. Emigración interna del centro a la periferia (salvo enclaves como Madrid y algunos menores como Valladolid) y especialmente a las regiones industriales del Norte.
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contexto
La mujer en América jugó un importante papel catalizador en la transmisión de los valores culturales y propició la configuración de una cultura que integraba elementos españoles y americanos. Fueron ellas las que permitieron una mayor permeabilidad entre las repúblicas de españoles e indios. El cruce de los tres grupos raciales más importantes -el español, el indígena y el africano- gestó en América un sinnúmero de variedades raciales, cuyo resultado inicial dio origen a los mestizos, los mulatos y los zambos o chinos, productos del cruce de sangre española e india, española y negra, y negra e india. También es cierto que las variantes regionales fueron patentes. En lugares donde la población indígena era escasa, como en el norte de México, los hispanos practicaron la endogamia y los patrones ibéricos perduraron más. En cualquier caso, era una forma de permanencia que se adaptaba también a la sociedad nueva en la que las normas eran menos rígidas y la movilidad social había debilitado los rasgos de la sociedad estamental de la que provenían. En otros lugares, en los que la población autóctona era mayor, el mestizaje influyó en la organización familiar al propiciar el cruce de modelos y alumbrar nuevas formas. Gráfico La diversidad racial tuvo también un reflejo en la organización social. Las mujeres españolas, peninsulares o criollas, pertenecían a la clase adinerada y a través de una adecuada política matrimonial propiciaron la consolidación de los linajes, fortunas y patrimonios. El resto -indias, mestizas, negras- ocupaban distintos rangos dentro de la escala social, pero siempre en un grado inferior dentro de un amplio abanico que recorría los talleres artesanales, el trabajo en los obrajes o el servicio doméstico de las familias principales. La lejanía de Europa y la mezcla racial propició, sin embargo, una mayor libertad, menos rigidez en la aplicación de las normas y una mayor permeabilidad social. La mujer en América gozó de más libertad que sus contemporáneas europeas.
acepcion
Esta figura empleada en más de una ocasión por Homero, como dios o deidad, es recordada en el Nuevo Testamento con un sentido negativo como "mensajero y ministro del mal" o "espíritu malo".
contexto
Las primitivas comunidades vivían en demos, asentamientos donde se explota la tierra repartida, dasmós, que entran en relaciones complejas con los señores, en el proceso acumulativo que se refleja en el poema hesiódico de "Los trabajos y los días". Su capacidad de supervivencia como demos libre resultó variable a lo largo del espacio geográfico griego. En algunos lugares se convirtieron en comunidades dependientes, en otras forzaron los agrupamientos en comunidades urbanas donde asentaron su identidad como comunidad, con funciones militares y capacidad para disfrutar de parcelas de tierra, siempre en relaciones conflictivas con los poderosos y de resultado variable. Al margen de las comunidades, los acontecimientos de la edad oscura permitieron la aparición de personas o grupos marginales, carentes de identidad como grupo, sólo capaces de subsistir cuando se alquilaban como mano de obra a cambio de la manutención o de un salario, misthós. Son los thetes, los que carecen de arraigo en la comunidad y con la tierra, que se encuentran en las condiciones adecuadas para caer en formas de dependencia individual que se orientan hacia la esclavitud, fenómeno que poco a poco se ve favorecido por el desarrollo de los viajes con intenciones comerciales y de las expediciones bélicas que tendían, no ya a controlar las tierras vecinas, sino a la captura de hombres para someter a los incipientes mercados de esclavos.
obra
En época helenística surge el empeño de representar a los grandes intelectuales de la cultura griega, individualizando, cada vez más, sus rasgos. Demóstenes es uno de los oradores que simbolizaron el nacionalismo ateniense frente a Filipo II, y que por tanto hubieron de esperar años, una vez muertos, hasta recibir el homenaje de unas estatuas en su ciudad. Las copias de cuerpo entero que nos han llegado de su imagen revelan una obra maestra, perfectamente fechada (280 a. C.), y la única conocida de un escultor llamado Polieucto; aquí sí que podemos ver los avances del realismo, desde las telas a la fláccida musculatura, pasando por la reconcentrada frente. El artista hizo un canto a la paradójica figura del orador y político de mente fuerte y cuerpo débil; su obra es la perfecta ilustración del epigrama que para sí compuso el retratado: "Si hubieras tenido, Demóstenes, fuerza pareja / a tu alma, en Grecia el Ares macedón no imperara."
Personaje
Político
Demóstenes lideró el partido antimacedonio ateniense y defendió la democracia y la libertad frente a los que apostaban por el liderazgo de Macedonia para poner fin a la preponderancia persa. Durante su juventud ejerció como abogado hasta su participación en política durante el año 355 a.C., momento en el que pronunció sus famosos discursos llamados "Olintinas" al apoyar a Olinto frente a Filipo de Macedonia. Posteriormente pronunció las célebre "Filípicas" contra la política del rey macedonio. Demóstenes pasó de las palabras a los hechos al organizar una coalición contra Macedonia integrada por Tebas, sufriendo una contundente derrota en Queronea (338 a.C.). Filipo quiso congratularse con los atenienses y no fue especialmente duro en su trato a la ciudad vencida pero Demóstenes continuó con su campaña contraria a la hegemonía macedonia, contando con el apoyo del pueblo ateniense que le regaló una corona de oro. La desaparición del tesoro de Harpalo, ministro de Alejandro, de la ciudad de Atenas provocó el destierro de Demóstenes que regresó a la muerte de Alejandro. Una vez más el orador fue mandado al destierro por el gobernador Antípater, envenenándose en el templo de Poseidón de Calauria.