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La continua adecuación a la modernidad de cada momento hace que la arquitectura civil románica haya sobrevivido muy precariamente. Las casas de los oprimidos se consumieron en su miseria, mientras que los palacios de los poderosos dieron paso al confort de las continuas modernidades. Las fortalezas militares tuvieron que transformarse de acuerdo con la evolución de las tácticas y el armamento. Las murallas de las ciudades desaparecieron en medio de la voracidad de los especuladores de terreno, con las diferentes expansiones del casco urbano. La vivienda románica, salvo excepciones muy tardías, presenta una planta muy sencilla, con dos o tres habitaciones unidas directamente, sin espacios intercomunicadores. Las casas con pretensiones señoriales adoptaban varias plantas: un atrio porticado como planta baja, la primera planta se destina a gran sala, espacio único que se transforma en múltiples funciones según se amueble, en la tercera planta estarían las cámaras o aposentos. En uno de los lados laterales se adjuntaba una torre. La arquitectura militar románica intentó poner fin a las torres defensivas de madera, sin embargo, éstas debieron seguir construyéndose durante mucho tiempo. Este curioso fragmento de los "Miracula Sancti Benedicti", de Radulfo Tortario, nos transmite la forma de una de estas construcciones tradicionales de madera que sobrevivían en el románico hacia 1100: "Este edificio consistía en una torre de madera: sin duda Albérico era un varón poderoso, que había sido de los indígenas más nobles de este castillo . Así pues, esta torre tenía el piso en la parte superior, donde el mismo Seguino con su familia habitaba, conversaba, comía y reposaba de noche. En la parte inferior había la bodega, donde se hallaban despensas, idóneas y de diversos tipos para guardar y conservar las cosas necesarias para el alimento humano. El pavimento del piso, según es costumbre, estaba hecho de pequeñas vigas pulimentadas, que tenían poco espesor, pero más de ancho y aún más de largo". (Traducción en "Arte Medieval II. Románico y Gótico", edición a cargo de Joaquín Yarza et al., Barcelona, 1982, págs. 113-114.) Una estructura similar se mantiene en las obras pétreas de estas torres únicas o principales en fortalezas más complejas. Es un baluarte que debe hacer las funciones de vivienda -donjon- en el que mediante una división en pisos se dispone todo lo necesario para la habitación del señor, su familia y los servidores.
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Al hilo de las circunstancias de la guerra fría, el régimen de Franco ve roto el aislamiento internacional y restablecidos contactos que abren horizontes a la cultura española y obligan a un replanteamiento -primero solo epidérmico- de sus parámetros, propiciando una presencia en muestras internacionales (La Habana, Amberes, Milán, Londres, Alejandría, Sáo Paulo, Venecia...), cuyos éxitos son utilizados como reflejo de libertades socioculturales. En todo caso es un inicio a la búsqueda del tiempo perdido, con contradicciones sí, pero con alientos y logros de excepción. Recordemos que en la gestación de esta búsqueda tuvieron gran protagonismo grupos e iniciativas periféricas (Barcelona, Santander, Zaragoza, Las Palmas, Valencia...) y tengamos también en cuenta que desde fines de los 40 muchos artistas viajan y se fecundan fuera, y han regresado al país otros que enriquecen el interior (Serra, Rebull, Oteiza, Serrano...). En el dilatado proceso de crisis autárquica, Ferrant continúa su investigación formal y cinética con renovados ímpetus; Eduardo Gregorio reencuentra la depuración volumétrica en Cataluña, antes de su aventura venezolana; Cristino Mallo concibe en menuda su gracia de siempre; Antonio Failde (1907) poético y primitivo, reinterpreta el románico popular; Rafael Sanz (1912) rebusca en el clasicismo y lo explota en nuevas calidades, a veces deudoras de Marini y Manzú, tal como hacen Silvestre de Edeta (1909), Octavio Vicent (1914), Juan L. Vassallo (1908), Juan L. Medina (1909), Rafael Isern (1914), José Espinós (1911-1969), José Esteve Edo y algunos otros; Luis María Saumells (1915) incorpora acentos expresivos, como Eduardo Díaz Yepes, y Plácido Fleitas (1915-1972), del indigenismo más depurado de LADAC, pasa a la investigación magicista y abstracta, campo este último al que llega Carlos Ferreira (1914), bello sintetizador de Arp y Brancusi, en la más refinada volumetría. Mientras, en Francia, más liberados, Baltasar Lobo (1911) resume en volúmenes esenciales la estela de Laurens y la orgánica, al tiempo que Antoni Clavé (1913) y Francisco Badía (1907) exploran con fortuna las asociaciones misteriosas de lo surreal. Asimismo merecen mención las investigaciones cerámicas de Lloréns Artigas (1892-1981), Acebal Idígoras (1912) o Antoni Cumella (1913), base para esculturas y escultores. En tan complejo panorama, y siguiendo a Marín Medina, señalemos las tendencias dominantes: 1) La abstracción informalista y derivados tardíos; 2) La abstracción analítica y geométrica y sus vertientes de actualidad; 3) Las corrientes neofigurativas; 4) Relecturas de ciertas vanguardias expresivas; 5) Hiperrealismo; 6) La figuración tradicional; 7) La figuración fantástica; 8) Escultura óptica, cinética y cibernética y 9) Nuevas propuestas. 1. La corriente abstracta, fraguada en las vanguardias históricas y potenciada en las crisis morales de las guerras mundiales, se desarrolla en los 50 como ruptura y rechazo. Su vertiente informalista asume un liderazgo ético evidente (Chillida, Chirino, Serrano), pero que también recogen neoexpresivos y geométricos. Eduardo Chillida (1924-2002) se inicia en la simplificación volumétrica (Torso, 1948), pasando con celeridad a la abstracción férrica de raíz popular (Música para esferas, 1953; Yunque de los sueños, 1958). Tras su éxito en Venecia (1958) entra de lleno en la especulación espacial con piedras y maderas (Abesti Gogora I, 1958-60) y de la luz sobre volúmenes, y los 60 le decantan por el hormigón y el acero (Lugar de encuentros III, 1971-73). Desde 1975 su obra recrea con cierto manierismo las conquistas anteriores proyectándolas en materiales y formatos varios, pero con tendencia a lo monumental, en íntima conexión con el espacio y la naturaleza (Homenaje a Luca Pacioli, 1986; Gure Eitaren Etxea, 1988; Homenaje a la tolerancia, 1992). Similar trayectoria, con un lenguaje más dúctil tras su formación académica, está Martín Chirino (1925) que entra en la plena abstracción bajo el influjo de Ferrant. Miembro fundador de EL PASO, encuentra en la espiral sus referencias mágicas y simbólicas (Vientos), que luego se desarrollan espacialmente (Raíces) con bellas tensiones de ritmo y color (Series Mediterránea, Lady y Paisajes). Todo ello antes de cargarse de acentos africanos (AfroCan,PenetraCan) , a los que se unirán ecos de Brancusi, Gargallo y ciertas recuperaciones de fases previas propias (Atlántica). Más dramático y plural, Pablo Serrano (1910-85) se integra tarde en el informalismo tras su vuelta de Uruguay (1955). Sus series Bóvedas para el hombre y Unidades-yunta, le hacen explorar los ángulos plásticos del informalismo, lo que no impide que continúe cultivando lo monumental con acierto (Unamuno, Pérez Galdós, San Valero, Prieto), manteniendo en esa vertiente fuertes acentos expresivos. Sus últimas obras, de corte cubista, resultaban gratas pero anacrónicas. Ciertos rebrotes tardíos de las tendencias informales han aparecido luego, más ambiguas, menos densas, a los que unen la recuperación de valores y símbolos asociados con lo humano, o sea, que potencia una abstracción cada vez más humanizada sin perder del todo sus raíces y en lo que pesan igualmente recuerdos de González, Moore. Tres grupos, vasco, catalán y madrileño, despuntan sobremanera. En el primero, descuella Néstor Basterretxea (1924), renovador de primera hora en los años 50 es quien consigue su línea más singular en la impresionante serie Cosmogonía Vasca (1973-75), transcribiendo con madera las raíces mágicas, rituales e intangibles del pueblo vasco, que ha ido completando con otras series (Estelas funerarias, Máscaras de la abuela Luna...). En esta línea, acentuando la monumentalidad se sitúa Remigio Mendiburu (1931), mientras Vicente Larrea (1934) también monumental en su concepción espacial nos parezca más manierista. El grupo madrileño es más plural y no tiene la carga etnográfica del anterior, perdiendo fuerza paulatinamente lo informal en obsequio de una recuperación figurativa. Sus figuras más sensibles son Francisco Barón (1931) y Hortensia Núñez Ladeveze (1934) y se cuentan entre las más versátiles de nuestra escultura, habiendo tocado todos los registros con refinamiento, pero los juegos rítmicos de raíz orgánica son los más representativos. El grupo catalán cuenta con dos figuras de excepción, refinados y dúctiles ambos. Marcel Martí (1925), se inició en la pintura, pero desde 1953 encontró en la escultura abstracta un lenguaje donde expresar un repertorio de referencias culturales que se despojan de todo elemento superfluo para quedar en exquisitos ritmos casi geológicos y totémicos, pero en grado tal de depuración y elegancia que admite todos los formatos y materiales, encontrando en todos ellos calidades, mientras Moisés Villelia (1928) ha sido relacionado con González y Picasso, al lograr ingeniosas elaboraciones con materiales breves (cañas, bambú americano), verdaderos dibujos especiales de inmaterialidad matérica. Partiendo de esos pobres materiales, a los que llega por penuria económica, establece una secuencia de valores móviles, con referencias evidentes a lo oriental y primitivo. Recordemos por último, en el ámbito catalán, a Xavier Corberó (1935) y Manuel Álvarez (1945) que han heredado las mejores fórmulas de Arp y Brancusi para desarrollar recursos táctiles y refinamiento que acaso pequen de excesivo virtuosismo, tentaciones que también rondan las obras en chapa recortada del valenciano Antonio Sacramento (1915). 2. En la versión analítica la figura es, sin duda, Jorge de Oteiza (1908-2003) especulativo y racional tanto como visceral y apasionado, que al volver de América trae alientos geométricos definidos que defiende con vehemencia y rigor. Su obra hasta 1950 combina expresividad y geometría, decantándose hacia la segunda tras lo de Aránzazu. Es su corta etapa puramente analítica, en la que estudia las relaciones de volúmenes, planos y desarrollos internos de los mismos (Cajas metafísicas). Abandona la escultura hacia 1959, pero ha seguido influyendo con fuerza en distintas generaciones. Relacionables con Oteiza, el Equipo 57 (formado en París por J. Cuenca, J. y A. Duarte, A. Ibarrola y J. Serrano) encuentran muchos quilates en el desarrollo geométrico modular y en los dinamismos espaciales externo-interno, apreciables también en la obra de Leoncio Quera (1921-63) y Ángel Mateos (1931) en metales y cemento, mientras entre la depuración geométrica y el diseño debemos citar a José María Cruz Novillo (1936). A mediados de los sesenta los conceptos de lenguaje y estructura han internacionalizado bastante las corrientes analíticas y constructivas. Casi todos nuestros creadores tras los rigores de los 60 y primeros 70 han dulcificado sus planteamientos hacia ofrecer síntesis finales de conciliación muy personal. Los pioneros son Salvador Soria (1915), de vida azarosa, que fue puliendo sus tendencias neoexpresivas hasta llegar a las geometrías esenciales y científicas de sus Máquinas para el espíritu, más impersonales, y Pablo Palazuelo (1916), en quien el acento geométrico y de desarrollo de planos queda dulcificado por unas indefinidas sugerencias naturales. Más jóvenes, Gustavo Torner (1925) juega con las posibilidades modulares y rítmicas de perfiles y cubos; mientras Amador (1928), Lorenzo Frechilla (1927), Elvira Alfageme (1937), Feliciano (1936), Ricardo Ugarte (1942) y otros han conjugado sus investigaciones constructivas con estudios de estructura interna o tensiones dinámicas. La línea más tecnológica la representan Antonio Santonja (1930-92) y Ángel Mateos (1931), en metales o cemento. Hagamos finalmente unas consideraciones sobre artistas difícilmente clasificables pero de indudable aliento constructivo y estructural. José Luis Sánchez (1926) arranca de la estela de Ferrant y conecta con el clasicismo a la manera italiana del momento, para derivar luego en clave expresionista, en la que hizo una imaginería de gran modernidad y aceptación. Desde los 70 logró un rico repertorio de raíz geométrica, pero a los que los ritmos internos, los contrastes de materiales y calidades dotan de fuerte carga poética, en la que también se mueve Ramón Molina (1937). Amadeo Gabino (1922) encontró en las chapas metálicas remachadas de carácter constructivo un lenguaje personal, mientras, por último, con similares preocupaciones estructurales Javier Rubio Camín (1929) lleva investigando desde 1961 las posibilidades rítmicas de ángulos metálicos, labor que completa con bellos bloques de madera tratados primitivamente y torsos modelados con refinamiento. 3. Tras cierto hastío frente a la abstracción y su elitismo primero, rebrotan con fuerza maneras figurativas nuevas. Priman ahora las soluciones plásticas, con pedigrí, pero que abran perspectivas, que no renuncien a la denuncia. Sus figuras más logradas son Venancio Blanco (1923), que con rigor artesano ha construido una estudiada obra de ritmos y movimientos (temas taurinos, religiosos, rurales, animalísticos, retratos...), donde masa y hueco se equilibran (El Segador, 1970); Jesús Valverde (1925), de bellos juegos y tensiones expresivas (Maternidad); Joaquín García Donaire (1926), directo y sin ambigüedades pero con gracia; César Montaña (1928), en quien todavía vibran simbolismos en clave informal; Juan M. Castrillón (1929), barroco de formas y rítmico en volúmenes naturales; José Carrilero (1928), mezclador de bloques y toques expresionistas; Emilia Xargay (1927), que de lo artesanal saca valores expresivos y cubistas para su figuración; Pedro Elorriaga (1936), de bellísimos torsos todo ritmo y torsión, y Carlos García Muela (1936), sólido constructor de volúmenes de raíz arqueológica y orgánica. Otros artistas, aun viviendo fuera, se integran en esta corriente: José Subira-Puig (1926) que con piezas de madera recrea formas animales, y Miguel O. Berrocal (1933), internacionalmente conocido por sus múltiples desmontables ejecutados en metales, que parte de la estela de Ferrant y Moore para lograr una articulación rigurosa de bloques y formas que no impide un manierismo equilibrado (Gran Arcimboldo, 1976). 4. Las relecturas de las vanguardias se apoyan en la capacidad de sugestión de las mismas (conviene recordar que muchos históricos siguen produciendo fuera, -Creeft, Picasso, Domínguez, Fenosa-, en especial en la línea surrealista, pero de casi todas las tendencias quedan representantes). Estas neovanguardias son de diverso signo: la neoexpresionista, más desgarrada con los críticos Luis Álvarez Lencero y Jesús Avecilla; Francisco Toledo (1928) que lindando con la tradición en el modelado la carga de fuerza dramática; Manuel Bethencourt (1932), que pasa por la tradición africana e italiana para regodearse en las posibilidades expresivas de figuras en lavas insulares; Angela (1942) con referencias primitivas y recurrencias a lo barroco y surreal; Javier Aleixandre (1946) y sus homúnculos en tensión espacial, descoyuntados y orgánicos. Francisco Torres Monsó (1922) ha recorrido muy plural andadura estilística, de viejas herencias noucentistas dio paso al neoexpresionismo virulento y encontró su mundo en las asociaciones de poética neodadá, pero ligadas al consumismo industrial de raíz pop, campo en que también se han centrado las concepciones lúdicas finales de José L. Coomonte (1932) tras abandonar la orfebrería en clave tradicional y constructiva. Miró, en Palma, siguió impertérrito al paso del tiempo y siempre actual recreando su obra mágica y lírica de corte surreal, investigando en cerámica y otros formatos con piezas que han pasado a la antología del arte español y universal (El pájaro y el astro, 1.968; Mujer y pájaro). 5. La corriente hiperrealista limitada a pocos creadores, casi todos en Madrid, se desarrolla alejada de la impersonalidad y comercialidad USA, para dotarse de una visión mágica y poética de temas familiares e íntimos, en conexión con la pintura. Capitanea el círculo Julio López Hernández (1930), preciosista autor de relieves y medallas que ha logrado tocar la realidad cotidiana (pareja de artesanos, Ursula) y trascenderla espiritualmente en sus mutilaciones (Manos de Blanca). Su hermano Francisco (1932) se mueve en los primores de lo cotidiano, pero con aura quattrocentista, siendo de menor aliento escultural el pintor, justamente famoso, Antonio López (1936). 6. El capítulo de la figuración tradicional se debate entre quienes no olvidan ciertas conquistas de la vanguardia orgánica o expresionista, caso de Juan Haro (1932), definidor exquisito de volúmenes prietos a lo Maillol, conectado con sugerencias de Brancusi (Paloma, Desnudo); Benjamín Mustieles (1920), Ramón Muriedas (1938), José F. Reyes (1942), Ángel Pérez (1941), atentos a la evolución de lo figurativo en Francia e Italia, y quienes recurren a soluciones antiguas con efectismos formales, que dan falsa idea de novedad y diseño, caso de Fernando Cruz Solís (1913), Santiago de Santiago (1925), Francisco Otero Besteiro (1933) o Aurelio Teno (1942). 7. Más compleja es la que se denomina figuración fantástica, de recursos muy variados, en tanto articula descripción y poesía. Así, José María Subirachs (1927), iniciado por Monjo y Casanovas en un noucentismo tardío, tras viajar por Europa se acerca a la abstracción y encuentra su visión más personal en el juego dramático de volúmenes, pero que se ha ido amanerando en soluciones brillantes de raíz clásica y arqueológica donde juega con la masa y el vaciado; Nassio (1932), preocupado por lo espacial y expresivo; Oscar Estruga (1933), surreal y cósmico de raíz mitológica; Camilo Otero (1932), de lúdicas o dramáticas de ecos surreales, que tanto deben a las paradojas de Arrabal, y José María Navascués (1934-79), que tras explorar la vanguardia se refugia en la figuración misteriosa con fuerte tendencia a lo artesanal industrializado. En transición al periodo final citemos las obras de Xavier Medina-Campeny (1942) que pasó de la abstracción a la solidez orgánica y los recursos lúdicos y críticos de Eduardo Arranz-Bravo (1941) y Rafael Lozano Bartolozzi (1943). 8. En lo tratante a lo óptico y cinético conviene recordar que artistas españoles tuvieron relevancia ya desde los años 50 en las primeras investigaciones del GRAV en París (Sempere, Equipo 57 y otros). Eusebio Sempere (1923-1985) colaborador en Francia de Vasarely, Soto y Agam, introdujo en España hacia 1960 una vertiente de op-art escultórico que se enriquece con efecto de color y movimiento, que se dotan de indudable valor lúdico. Asimismo se mostraron conexos con los maestros citados y con Le Parc, las obras de Francisco Sobrino (1932), Enrique Salamanca (1943) y Diego Moya (1943) atentos a incorporar todo tipo de materiales y tecnologías susceptibles de ser analizados con valores matemáticos, regulares y rítmicos. Más personal y rica es la obra del valenciano Andreu Alfaro (1929) que iniciado en un informalismo lírico, tratará con gran economía de medios y rigor geométrico sus aluminios hasta conseguir bellas soluciones para un arte monumental y dinámico (Obra Etérea) a los que ha ido incorporando sutiles dibujos espaciales que a veces se han plasmado en sugerencias figurativas (Homenaje a Goethe). La llamada escultura cibernética tiene un limitado eco en España, mereciendo atención las máquinas de Luis Lugán (1929) y las soluciones modulares y computerizadas de José Luis Alexanco (1942). 9. Otras propuestas de menor calado en estos años tienen que ver con un primer desarrollo de la llamada escultura de ambientes, de plena raíz conceptual, con intervenciones en la naturaleza, como la producida por Angel Orensanz (1941) y las piezas teatrales e hinchables de Josep Ponsatf (1948).
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El proceso de implantación del nuevo régimen se hizo a través de una dictadura, consecuencia de la declaración del estado de sitio, que duró hasta finales de marzo de 1852. Desde el primer momento el Gobierno se atribuyó la posibilidad de realizar deportaciones por vía administrativa y, desde comienzos de febrero, estableció unas comisiones mixtas (prefecto, autoridad militar, procurador de justicia) que desencadenaron un verdadero terror, especialmente entre la izquierda republicana y la población artesanal urbana. Se produjeron casi 27.000 arrestos, de los que salieron más de 15.000 condenas (10.000 deportados a Argelia, y 240 a Cayena). Contra ellos se utilizaron leyes anteriores, como las del verano de 1848, que limitaban las reuniones políticas y la libertad de prensa, pero el Gobierno se apresuró a tomar las medidas necesarias para asegurar el control de la nueva situación. Al restablecimiento, el 2 de febrero, del sufragio universal para todos los varones franceses mayores de veintiún años (creó un cuerpo electoral cercano a los 10.000.000) sucedió la implantación de la candidatura oficial por la que el Gobierno podía recomendar a sus propios candidatos y los funcionarios debían favorecer sus tareas de propaganda. El Gobierno no parecía interesado en defender la igualdad de oportunidades, ya que se sentía obligado a promocionar a los que habrían de ser colaboradores en las tareas públicas. Un prefecto lo puso en términos morales: "El gobierno -dijo- quiere el triunfo de sus candidatos, como Dios quiere el triunfo del bien, aunque deja a cada uno la libertad de obrar mal". El decreto sobre la prensa del 17 de febrero, que fijaba fuertes depósitos para los nuevos periódicos y establecía la posibilidad de suspender, e incluso suprimir las publicaciones, brindó nuevos mecanismos para el control de la opinión pública.En esas condiciones, no fue extraño que las elecciones que se celebraron el 29 de febrero dieran una abrumadora victoria a la candidatura oficial, que obtuvo todos los puestos menos cuatro. De ésos, tres eran republicanos y se negaron a sentarse en su escaño para no tener que jurar obediencia a la Constitución y fidelidad al presidente. De todas maneras, las elecciones demostraban una cierta disminución del apoyo al Gobierno con respecto al plebiscito del anterior diciembre, y salvando la diferente naturaleza de ambas consultas. Los votos obtenidos por la oposición se mantenían en torno a los 600.000, pero los favorables al Gobierno se habían reducido a 5.000.000. Lo que había crecido, por tanto, era la abstención, que había pasado de un 17 a un 37 por 100 entre ambas consultas, especialmente en las grandes ciudades. Dadas las condiciones del ejercicio del voto durante el periodo napoleónico, estas cifras de abstención son buenos indicadores de la evolución de las fuerzas que se oponían al régimen.El fortalecimiento del poder del que se titulaba príncipe-presidente y las mismas características de la Constitución, de carácter imperial aunque formalmente republicana, hicieron fácil el tránsito hacia el régimen imperial. Napoleón se convenció de la viabilidad de la empresa durante la gira que realizó por diversas ciudades en septiembre de 1852. El discurso que pronunció en Burdeos, a comienzos del siguiente mes, significó su aceptación definitiva de la idea del cambio de régimen. "Para conseguir la felicidad del país -afirmó entonces- no es necesario aplicar nuevos sistemas sino transmitir, ante todo, confianza en el presente, seguridad en el porvenir. Por eso parece que Francia quiere que vuelva el Imperio". El Imperio, según Napoleón, sería garantía de paz, concordia moral y reconstrucción material, por lo que no fue extraño que un senado-consulto de 7 de noviembre restableciera el Imperio hereditario. En un plebiscito celebrado dos semanas después, 7.824.000 franceses dieron su aprobación a la medida, frente a 253.000 que se opusieron. La abstención bajó esta vez a poco más del 20 por 100, por lo que cabe concluir que la medida contaba con un notable respaldo popular. Napoleón se instaló en las Tullerías y adoptó el ordinal tercero, para manifestar su reconocimiento de la abdicación hecha por su tío. La boda con Eugenia de Montijo, a finales de enero de 1853, completó la imagen de estabilidad de la nueva dinastía.
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La "física de las partículas elementales" comenzaba su andadura de la mano de la mecánica cuántica, teoría fundamental de la estructura de la materia. Para ello fue preciso el desarrollo de la "física de altas energías", debido a la necesidad de romper las fuerzas de ligadura del núcleo atómico. En su primera etapa, el análisis de la estructura atómica se había realizado sobre la base de la radiación alfa (a). Para avanzar en el conocimiento de la estructura del núcleo atómico era necesario conseguir partículas a más energéticas; en 1932, John Cockcroft y Ernest Walton lograron, mediante un multiplicador voltaico, la desintegración artificial de átomos de litio en dos partículas a. Dando un paso más en esta dirección, Van de Fraaff diseñó un generador electrostático para acelerar partículas que alcanzaba los 80 kV, y ya en 1935 llegaba a los cinco millones de voltios (5 MV).El salto más significativo se produjo de la mano de Ernest Orlando Lawrence que, sobre la base de los trabajos de Rolf Wideröe, desarrolló el ciclotrón. Se fundamentaba en una estructura circular en la que las partículas cargadas entraban en un campo eléctrico alterno, logrando su aceleración por la diferencia de potencial. Lawrence aplicó al modelo de Wideröe la acción de campos magnéticos, que lograban un incremento sustancial de la aceleración de las partículas. En 1932, Lawrence lograba poner en funcionamiento el primer ciclotrón con la colaboración de M. Stanley Livingston en Berkeley. Paralelamente, en la Universidad de Columbia (Nueva York), Harold Urey y su equipo descubrían un isótopo del hidrógeno: el deuterio, cuyo poder desintegrador era diez veces más potente que los protones. En 1936, con un ciclotrón más potente, se logró medir el momento magnético del neutrón, produciéndose además el primer elemento artificial: el tecnecio. El ciclotrón posibilitó la creación de isótopos radiactivos que pronto revelaron importantes aplicaciones, entre otras, en el campo de la medicina para el diagnóstico y tratamiento del cáncer.En 1938, Otto Hahn junto con su colaborador Fritz Strassmann observó con sorpresa la producción de bario como consecuencia del bombardeo del uranio con neutrones. Se encontraban frente a la primera reacción de fisión nuclear conocida. El 6 de enero de 1939 publicaban sorprendidos estos resultados. Lisa Meitner, antigua colaboradora de Hahn y exiliada en Estocolmo por su origen judío, fue la primera en interpretar correctamente el alcance del descubrimiento de Hahn junto con su sobrino Otto R. Frisch. La aplicación de la fórmula einsteiniana E = mc2 a la fisión del uranio revelaba dicho proceso como una fuente inagotable de energía. Las bases de la bomba atómica estaban puestas. La proximidad de la Segunda Guerra Mundial aceleró el proceso.Frisch comunicó los cálculos a Niels Bohr en Copenhague antes de que partiera a Estados Unidos. El 16 de enero de 1939, Bohr y su colaborador Leon Rosenfeld se encontraron en Nueva York con John Wheeler y Enrico Fermi, a los que comunicaron el hallazgo de Hahn y los resultados de Meitner y Frisch. Inmediatamente los físicos en Norteamérica comenzaron a explorar el nuevo horizonte de la posibilidad de provocar reacciones en cadena. Para ello era necesario que, en la fisión del uranio, se produjera más de un neutrón. Joliot en París calculó un valor medio de 3,5 neutrones, mientras en Columbia Fermi contabilizaba dos neutrones. La reacción en cadena era, pues, una realidad. Algo que había predicho en 1934 Leo Szilard a raíz del descubrimiento de la radiactividad artificial por Irène Curie y Frédéric Joliot.Szilard, consciente del peligro que entrañaba la bomba atómica en manos de la Alemania nazi, se dirigió a Albert Einstein para que alertara al presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt. Es la famosa carta de Einstein del 2 de agosto de 1939: "Trabajos recientes de E. Fermi y L. Szilard..., me hacen esperar que el elemento uranio pueda convertirse en una nueva e importante fuente de energía en el futuro inmediato... En el curso de los cuatro últimos meses se ha hecho probable -...- que pueda ser posible establecer una reacción nuclear en cadena en una gran masa de uranio... Este nuevo fenómeno conduciría también a la construcción de bombas y es concebible (...) que de esta manera se puedan construir bombas de un nuevo tipo extremadamente poderosas... En vista de esta situación, acaso pueda usted considerar aconsejable que exista algún contacto permanente entre la administración y el grupo de físicos que trabajan en reacciones en cadena en Estados Unidos".En octubre de 1939 se creaba un comité presidencial encabezado por Lyman J. Briggs, era el primer paso del llamado "proyecto Manhattan" que desembocaría en la fabricación de las primeras bombas atómicas. A principios de 1941, en plena guerra mundial, Ernest Lawrence se involucraba directamente en el proyecto. Desde que tuvo conocimiento de los trabajos de Hahn, Meitner y Frisch había embarcado a su equipo de Berkeley a investigar el proceso de fisión del uranio en los ciclotrones. En la primavera de 1940, Edwin McMillan y Phillip Abelson descubrieron un nuevo elemento producido por la fisión del uranio en el ciclotrón: el neptunio. En febrero de 1941, Glenn T. Seaborg identificaba un nuevo elemento de la desintegración del neptunio: el plutonio; Halban y Kowarski en Cambridge postularon que este nuevo elemento podía ser fisionable con neutrones lentos. De esta forma, se optimizaba la utilización del uranio, puesto que sólo el escasísimo isótopo del uranio U-235 era capaz de generar reacciones en cadena, mientras que el más frecuente U-238 no lo era, a cambio éste podría producir plutonio. Nacía así la posibilidad de la bomba de plutonio, que fue la utilizada en Nagasaki.El siguiente paso lo dieron Otto Frisch y Rudolf Peierls en Gran Bretaña, al calcular aproximadamente la masa crítica de uranio necesaria para desencadenar una reacción en cadena autosostenida. Los cálculos les llevaron a considerar esa masa crítica en torno al medio kilo, cuya reacción en cadena liberaría una energía equivalente a miles de toneladas de TNT. La bomba atómica era ya una posibilidad real. En noviembre de 1942 se inauguraba en Nuevo México el laboratorio de Los Alamos, bajo la dirección de Robert Oppenheimer, donde se realizaron las pruebas de la primera bomba atómica. Al amanecer del 16 de julio de 1945 estallaba en el desierto de Nuevo México la primera bomba atómica. El 6 de agosto una bomba atómica de uranio, con una potencia de 20.000 toneladas de TNT y unos 4.500 kilos de peso, arrasaba Hiroshima. El 9 de agosto de 1945 una bomba de plutonio arrasaba Nagasaki. Nacía así la "era nuclear".Una de las derivaciones del "proyecto Manhattan" fue el impulso que recibió la electrónica, sentando las bases prácticas para el desarrollo de los computadores. La participación de John von Neumann en el "proyecto Manhattan" fue, a este respecto, decisiva. Las necesidades de cálculo requeridas para el desarrollo del programa nuclear exigían nuevas innovaciones. Von Neumann conoció por Hermann Goldstine el proyecto de la Morre School of Electronics Engineering de la Universidad de Pennsylvania, embarcada en la construcción del computador electrónico ENIAC (Electronic Numerical Integrator And Computer) para los Ballistic Research Laboratories, que contaba con 18.000 válvulas. Von Neumann se incorporó al proyecto en el ámbito de la organización lógica. Al finalizar la guerra, Von Neumann se dedicó al desarrollo de máquinas más potentes, que culminaron con la construcción, en Princeton, de la JOHNNIAC, que entró en funcionamiento en 1952. Era el comienzo de la "era de los computadores". El desarrollo de la "física del estado sólido" en el campo de los semiconductores contribuyó decisivamente a ello. En 1947, el descubrimiento del transistor en los Laboratorios Bell, por Brattain, Bardeen y Shckey, permitió sustituir las viejas y aparatosas válvulas de vacío por los transistores, que redujeron las dimensiones e incrementaron las velocidades de cálculo de los computadores electrónicos.Sin embargo, los antecedentes de los computadores se remontan más atrás en el tiempo. En 1930, Vannevar Bush desarrolló el analizador diferencial, base sobre la que se fundamentaron los "computadores analógicos". El siguiente paso se debe a Howard Aiken, creador del Automatic Sequence Controlled Calculator, más conocido como Harvard Mark I, iniciado en 1939 y que entró en funcionamiento en 1944, que podía controlar toda la secuencia de cálculos, lectura de datos e instrucciones en un punto a impresionar sus resultados. Von Neumann y Goldstine avanzaron en el diseño lógico de los computadores, resolviendo los problemas asociados al almacenamiento de datos y programas en una memoria en común, proponiendo el sistema numérico binario, que se aplicó por primera vez en 1949 en el EDSAC de la Universidad de Cambridge y es de la base sobre la que se asientan los computadores desde entonces. Las ideas de von Neumann encontraron su plasmación más acabada en Princeton, el primer prototipo fue el IAS, o máquinas de Von Neumann, a partir de la que se construyeron la AVIDAC, la ORDVAC, la ORACLE, la SILLIAC, la ILLIAC, la MANIAC o la JOHNNIAC antes mencionada.Sobre el modelo estándar de las IAS, la IBM introdujo el sistema de tarjetas perforadas que permitió desarrollar la IBM-701 en 1953. Un año más tarde aparecía la IBM-650 y en 1959 la IBM-1401. En esta época, Jack Kilby de TI y Robert Noyce de Fairchild Semiconductor crearon el primer circuito integrado, conjunto de transistores y resistencias interconectados, nacía así el chip, que permitiría dar un salto de gigante en la construcción de computadoras y, en general, en la microelectrónica. Si a principios de los años sesenta un chip incorporaba unos cuantos transistores microminiaturizados, a finales del decenio de los ochenta un microchip incorpora millones de transistores. En abril de 1964 IBM desarrollaba el System/360, primera familia de computadores compatibles y, en 1981, creaba la primera computadora personal. En abril de 1976 Steve Wozniak y Steve Jobs fundaban la Apple Computer, que fabricaría la gama de computadores personales competidora con el sistema IBM, los Macintosh. En 1987, IBM lanzó al mercado el IBM PS/2, que ha reemplazado su anterior línea de computadoras personales.El avance en el campo de los ordenadores ha exigido combinar diferentes disciplinas desde la lógica formal a la física cuántica, pasando por la física del estado sólido, la cibernética, la teoría de la información, la ciencia de sistemas y la teoría de sistemas. Dos ramas han sido precisas para ello: el "hardware", o soporte material de los computadores, esto es la estructura de las máquinas, donde la física del estado sólido ha sido trascendental, al permitir desarrollar los transistores y, posteriormente, los microchips, mediante los avances registrados en el campo de la semiconductividad y más recientemente de la superconductividad, en los que la física cuántica es fundamental, logrando máquinas infinitamente más potentes y reducidas; y el "software", o lenguajes de programación, donde las matemáticas, la lógica formal, la teoría de la información y la teoría de sistemas han desempeñado un papel esencial, dando lugar a nuevas aplicaciones fruto del avance de la programación computacional, un campo donde el concepto de algoritmo es imprescindible.Los trabajos del británico Alan M. Turing en 1936, Emil Post en 1943 y Markov en 1947 han sido básicos en el desarrollo de la teoría algorítmica, cuyos antecedentes inmediatos se sitúan en el cálculo lambda de Alonzo Church y las funciones recursivas generales de Gödel. La máquina universal de Turing es un sistema matemático diseñado para manejar el problema general del cálculo no un objeto, de manera que para un argumento dado el valor de la función puede encontrarse utilizando sólo reglas preasignadas, aplicadas por la computadora y construidas previamente en su estructura. Su importancia reside en el hecho de que una máquina universal de Turing puede en principio ejecutar todo tipo de cálculo que sea realizable, Church señaló en 1936 que es el mecanismo más general posible para la solución de un problema resoluble. Shannon ha reducido el número de estados internos de la máquina de Turing a sólo dos, simplificando considerablemente el diseño de una máquina de Turing.Von Neumann ha extendido el principio de la máquina universal de Turing a los procesos biológicos regidos por los mecanismos de replicación del DNA. Lo que ha llevado a los defensores de la "Inteligencia artificial fuerte" a pensar en la posibilidad de construir máquinas inteligentes, abriendo un nuevo campo en el que se entrelazan la física y química cuánticas con la bioquímica del cerebro y la cibernética. En la actualidad los computadores, tanto en serie como en paralelo, se basan en los principios de la máquina universal de Turing. Sin embargo, el propio Turing ha reconocido posteriormente que no puede existir un algoritmo general capaz de decidir sobre todas las cuestiones matemáticas. A ello ha contribuido decisivamente el teorema de incompletud de Gödel, al demostrar que el programa de David Hilbert era irrealizable, en tanto en cuanto cualquiera de los sistemas de matemáticas formales de axiomas y reglas de inferencia debe contener algunos enunciados que no son demostrables ni indemostrables con los medios permitidos dentro del sistema.
contexto
Las naciones europeas no desempeñaron un protagonismo de primerísima importancia en el derrumbamiento del comunismo ni tampoco se han demostrado capaces de tener un liderazgo eficaz a la hora de enfrentarse con un nuevo desorden mundial con conflictos imprevisibles y de difícil solución. Sin embargo, en los últimos lustros del siglo XX dieron un paso de gigante en la configuración de una unidad política y económica destinada a tener un papel cada vez más relevante en el inmediato futuro del mundo. A lo largo del presente epígrafe estudiaremos la evolución interna de los países europeos más importantes señalando las coincidencias y las diferencias entre ellos para tratar a continuación del surgimiento de la Unión Europea. Finalmente se abordará también un problema que afecta al conjunto de las democracias y, por lo tanto, también a Estados Unidos y Japón: la paradoja de que, por un lado, este sistema de gobierno parece el único legítimo desde el punto de vista intelectual y moral en el momento presente y, por otro, desde la óptica de los ciudadanos aparece sometido a permanente crítica en lo que respecta a su funcionamiento cotidiano.
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La celebración de esas fiestas era un momento de síntesis para que todas las técnicas se colocaran entonces al servicio del arte como instrumento de persuasión, propaganda o representación: arquitectura, poesía, escultura, danza, pintura, música, teatro, se fundían en un esfuerzo de unidad, que tendía al logro final y global del espectáculo artístico. Artistas como Bernini, Cortona, C. Rainaldi o el P. Pozzo pusieron sus talentos en los empeños de invención y ejecución de las máquinas, las coreografías, los efectos de iluminación teatral, etc., que servían a la efímera ocasión de la fiesta barroca. Ayudándoles se encontraban poetas y escritores (aportando los temas y los programas iconográficos) junto a artesanos y obreros especialistas (vinculados, sobre todo, con la decoración: carpinteros, tallistas, doradores, estucadores, y con la escenografía teatral: tramoyistas).Sin embargo, hasta en eso la fiesta barroca rozaba los límites de conexión entre lo verdadero y lo verosímil con una solución recurrente en sus consecuencias. En efecto, la práctica del arte efímero ofrecía un campo experimental de técnicas y materiales, de medios expresivos y efectos visuales que, comprobados en su puesta a punto provisional a lo largo de la fiesta, en muchos casos y en breve tiempo se convertían de transitorios en estables a escala urbana. De esta manera, a partir del baldaquino trabajado con materiales pobres y perecederos (madera, cartón piedra y estuco) para la fiesta de canonización de Santa Isabel de Portugal, Bernini reproyectará años después su gran Baldaquino de S. Pietro. Y a la inversa, el mismo Bernini, en la puesta en escena del Ponte ruinante (1632), junto al palacio Barberini, muestra cómo la arquitectura real en piedra asume la poética y la praxis del arte efímero, hasta el grado de aparecer ella misma como efímera.En la producción de los arquitectos barrocos las ocasiones de cotejo recurrente entre obras definitivas y efímeras son numerosas. Quizá, el hito más llamativo de cómo una estructura efímera transforma otra ya existente y anticipa un proyecto por realizar, es dado por el y rato escenográfico del quarantore (teatro sacro de los jesuitas de 1650) por Carlo Rainaldi, que viene a ser una maqueta a escala de su obra maestra Santa Maria in Campitelli, de Roma.Al margen de muchas otras consideraciones, el dato capital que se colige de la práctica de las tramoyas efímeras por los arquitectos del Barroco es que su auténtica vocación teatral residía en esa tendencia a transformar el espacio urbano en el escenario permanente de sus intervenciones, aunque de vez en cuando experimentaban en él, de modo efímero, una propuesta estructural o un efecto escenográfico.
Personaje Pintor
Será Le Brun quien le inicia en el arte de la pintura. Fue miembro de la Academia y también impartió clases en ésta. Trabajó en Londres, donde decoró el palacio de Lord Montaigu con bellos frescos. Su factura también se aprecia en al Hospital de los Invalidados y en el Palacio de Versalles. Es autor de lienzos como El rapto de Proserpina o Moisés salvado de la aguas, en el Louvre.
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Para F. Chueca, Villanueva "es un teórico que no ha escrito nada, pero que ha escrito en piedra", y para P. Monleón, el más reciente investigador de la obra y la personalidad del arquitecto, la complejidad de su legado es tal que es preciso desglosar su visión en ocho puntos, con referencias explícitas a la contingencia del modo, a la doble solicitud del edificio y la ciudad, a la consideración del territorio, a la constancia del tipo, al pórtico excavado, al orden como valor instrumental, al orden como emblema y a la utilidad y conveniencia. Son los postulados que, afrontados con profunda actitud crítica y reflexiva, nos adentran en el entendimiento y en el anchuroso mundo arquitectónico de Juan de Villanueva.Para todos, Villanueva es un genio que se hace inimitable y, para muchos, se define su talento por algo tan simple como el haber sido el intérprete de lo esencial, sencillo y claro del hecho arquitectónico. Muchas y variadas definiciones han conducido al reconocimiento de su talento, siempre sustentadas en el trabajo del artista, en la huella de su obra.Pasó, sin prisa, por Roma, en el momento en que la escuela de Winckelmann o el Parere de Piranesi y las rígidas filosofías de Algaroti sustentaban el estilo rigorista al que se acomodaban Lodoli y Laugier. La Antiquitá Romana disparaba también aquellos fragmentos de las ruinas clásicas, vistas ad absurdum, y las ideas de los discípulos de Servandini se afianzaban, mientras pasaban también por la ciudad, no con poco asombro para su mentalidad de analistas, Adan, Goudoin o Clerisseau. Allí, y en ese ambiente, creyó encontrar el arquitecto español su camino estético, el sendero que, a su regreso a España, en el amor por lo antiguo, le conduce a integrarse en la expedición formada para dibujar las Antigüedades árabes de Granada y Córdoba, hecho analizado recientemente en su trascendencia por D. Rodríguez.Con la ayuda de Ponz, en fecha temprana, 1768, fue nombrado arquitecto de El Escorial, lugar donde planteaba por primera vez el tema de la arquitectura doméstica en los edificios del Marqués de Campo Villar y del Cónsul francés. Permitió que, analizando su estilo, confiaran en él los hijos del rey Carlos III, quienes le encargaron la Casa de Infantes frente al Monasterio, la cual le daría opción para desarrollar la magna obra con cinco patios a la que llega diluido el eco del edificio realizado en La Granja con el mismo propósito por Díaz Gamones.Simultáneamente interviene en la Capilla Palafox de Burgo de Osma, cuya planta a él debe el mérito, aunque más tarde sería interferida por la intervención de Francisco Sabatini y Bernarconi. En el esquema palladiano dibujó una rotonda rodeada de columnas in antis. La columna bajo entablamento liso comenzaba a ser un símbolo que iría configurando hasta su conclusión en años sucesivos.Bajo la mirada atenta de Juan de Villanueva, El Escorial iniciaba su desarrollo urbano. Fondas, mercado, casas, fincas privadas hacían su aparición dentro de un esquema racional de tejido ortogónico. No pierde la clave escurialense en proporción y técnica. En la Casa de Infantes introduce la escalera imperial de tramos convergentes bajo una premisa de magnificencia que ha de volver a evocar en 1793, cuando construya la escalera del ala norte del palacio.Para disponer de un alojamiento independiente para el Príncipe e Infantes construyó tres villas o casinos. La llamada Casita de Arriba para Don Gabriel, verdadero auditorium arquitectónico, en el que no se pierde el carácter íntimo y suntuoso, y respuesta también al carácter de mecenas de las artes y de las ciencias del infante.En la Casita de Abajo, para el Príncipe Carlos, el núcleo central de dos pisos se flanquea por dos alas bajas. Al este proyecta un pórtico tetrástilo, y al oeste, se adelanta una tercera ala, configurando la original planta en forma de T que ha permitido esa cualificación pintoresca de su arte.La Casita del Príncipe, de ladrillo visto enmarcada por piedra blanca, dibuja una planta pentapartita, de palaciega escala, con su pabellón central y alas extremas. Sus volúmenes, articulados por austeras superficies, se alteran por el juego de sombras de los vanos. Kubler indicó que la inspiración estuvo en la "Architecture des ombres" de Boullé.Los postulados de su arte iban tomando configuración. Se plasmaron a un unísono cuando, por real decreto de 30 de mayo de 1785, le fue encargado el proyecto del Gabinete de Ciencias de Historia Natural y Academia de Ciencias, obra que impulsaría decisivamente Floridablanca. Destacará seguidamente su intervención en el Jardín Botánico y, después, en el original edificio del Observatorio Astronómico.Para la primera de estas obras, Juan de Villanueva trabajó en un primer proyecto en el que el edificio se condicionaba a un amplió entorno porticado, complementado con otros edificios y jardines, una idea sugerida sin duda por el emplazamiento en el viejo Prado de San Jerónimo. A la idea había precedido un planteamiento de gran relieve, de configuración circoagonal, de Hermosilla, y el plan de peristilo-paseo, dibujado por Ventura Rodríguez, fórmulas embellecidas con las tres fuentes equidistantes trazadas por este mismo arquitecto, Apolo, Cibeles y Neptuno. Villanueva volvió a la idea de paseo cubierto terminado en exedras y centrado por una rotonda con columnata. La planificación de Paseo-Auditorio con eje cruzado, se amplificaba con la idea de espacio basilical, planteándose el valor del museo como templo de la ciencia bajo el punto de vista formal. Un segundo proyecto conduciría a Villanueva a consideraciones de mayor sincretismo, abandonando el sentido de edificio-paisaje para profundizar en la distribución racionalista, en la que muestra en el juego de unidades geométricas diferenciadas, uno de los planteamientos articulados más inteligentes. Las cinco células congregadas son cambiantes. El pabellón norte en rotonda concentra un ambiente puro neoclásico dentro de un diferenciado caparazón arquitectónico con orden jónico in antis. Los extremos se relacionan con el centro por galería de estatuas. En cada extremo, el espacio mayor permite la adición de varias estancias, manteniéndose la variación y el juego de independencia modular. El lado sur es palaciego, de orden corintio, y clara influencia italianizante. El edificio, pese a su definición interiorizada, condesciende al ambiente exterior en su alineamiento externo, ceñido al impulso de la horizontalidad del paseo, con rotura en la continuidad por el simbólico pórtico escultural que parece imprimir en su alegorismo el temperamento intemporal del diseño. El edifico, desde estos términos, es representativo y visualizante.En el Oratorio de Caballero de Gracia (1789) evocó las basílicas romanas con sus pantallas de columnas y sus bóvedas artesonadas. En el Observatorio Astronómico volvió al rigorismo clásico. Su planta cruciforme, con amplio espacio central, sirvió para conectar las laterales alas de Instrumentos y Biblioteca. El centro sirve de soporte al bello templete jónico que, aunque puesto en relación con las obras efímeras del último barroco, no es más que la enseña más justa de la asimilación del fenómeno neoclásico en España.En el Botánico, salvando todas las innovaciones que en él se han experimentado, la firma villanovina aún está latente en la solemne entrada frente al Museo, entendida como propileo de carácter neo-griego.Otras obras completaron su actividad y son muestra también de su talento versátil, rico en matices, como la Galería del Ayuntamiento de Madrid, los diseños para casas domésticas de la capital, los pabellones y jardines para la ciudad cortesana de Aranjuez, retablos, tabernáculos, remodelaciones de obras antiguas, a las que imprimió su estilo. Un denso legado que sirvió también de enseñanza a un amplio discipulado que, a pesar de los reveses históricos, mantendría la ideología del clasicismo puro o del clasicismo romántico.A la misma generación de Villanueva corresponde Juan Pedro Arnal (1735-18??), formado en la Academia de Toulouse, integrado también en la expedición de Andalucía y miembro docente de la Academia de S. Fernando. Realizó obras de consideración como la Imprenta Real, el Palacio de Buenavista o la Real Casa de Postas. Era el intérprete de un acercamiento al clasicismo, como lo fueron Juan Soler y Fanecas al construir la Lonja de Barcelona o Vicente Gascó, restaurador de la arquitectura en Valencia, Juan Antonio Olaguivel en el País Vasco, Silvestre Pérez, Isidro Velázquez, Antonio López Aguado, Benjumea o Ignacio Haan, entre otros; alcanzando con su obra cierta autoridad contribuyeron a que la gran arquitectura de Juan de Villanueva permaneciera viva, y actualizable su huella.Una huella, que como se ha escrito, tiene la cualidad de la intemporalidad, tal vez porque "sus soluciones no dejaran de sorprender por lo inagotable de sus respuestas".
contexto
La Guerra de Suez tuvo como consecuencia el establecimiento de los "cascos azules" enviados por la ONU no sólo a lo largo de la frontera egipcio-israelí en el Sinaí sino también en el estrecho de Tirán para garantizar la navegación de Israel desde su único puerto del Mar Rojo, en Eilat. Pero esta situación de ninguna manera pudo considerarse, ni siquiera de forma remota, como una paz. Fue, en realidad, una pausa temporal en una guerra cuyos principales contendientes mantenían unas posiciones todavía más encastilladas como consecuencia de la adquisición de aliados firmes y capaces de proporcionarles armas; se produjo, pues, una "rutinización del conflicto". Cuando, en la primavera de 1965, el presidente de Túnez, Burguiba, hizo un viaje por Medio Oriente proponiendo, por un puro ejercicio de realismo, que los países árabes reconocieran a Israel a cambio de volver a las fronteras de 1948, se encontró con la indignada respuesta de Nasser quien le calificó de "derrotista" pero también con una actitud muy negativa por parte del Gobierno israelí que reivindicó "negociaciones directas" y tan sólo "ajustes territoriales menores" al "statu quo". A mediados de los sesenta los israelíes habían iniciado sus grandes proyectos de irrigación con agua traída del Mar de Galilea, lo que indicaba su voluntad de permanencia y multiplicó, así, los conflictos con los árabes. Desde finales de 1966 el camino hacia una tercera guerra entre árabes e israelíes pareció ya imparable, favorecida ésta por la llegada al poder en Siria de los sectores más radicales del partido Baas. Fue, en efecto, Siria el principal promotor de la beligerancia. A mediados de mayo de 1967 el Gobierno de El Cairo pidió a la ONU la retirada de sus fuerzas de interposición y, días después, firmó un acuerdo con Jordania al mismo tiempo que impedía el paso del tráfico marítimo israelí por el estrecho de Tirán. Las incendiarias declaraciones de Nasser favorecieron la impresión de inminencia de un ataque propio, al mismo tiempo que la retirada precipitada de las fuerzas de la ONU, por la muy equivocada decisión de U Thant, facilitó que los israelíes pudieran llevarlo a cabo. El 5 de junio se produjo la ofensiva israelí que, pese a las circunstancias, sorprendió por completo a los egipcios. Éstos esperaban que el primer ataque adversario se dirigiera en contra de Siria, pues en esta frontera los incidentes habían sido más frecuentes hasta el momento; además, la aviación israelí procedió del mar haciendo pensar a sus enemigos, por un momento, que se reproducía la Guerra de Suez en 1956. Después de reducir a la nada a la aviación egipcia -unos 450 aparatos- los israelíes en tan sólo tres días se habían instalado a las orillas del canal de Suez haciendo posible la circulación marítima propia por el golfo de Akaba y habían logrado que Egipto aceptara el cese del combate ordenado por la ONU. Mientras tanto, la ofensiva israelí en contra de Jordania acabó con la ocupación de la totalidad de Jerusalén y Cisjordania; el rey Hussein aceptó la derrota incluso antes que los egipcios. En cambio, la frontera siria permaneció prácticamente en calma hasta el 9 de junio en que los israelíes iniciaron la ofensiva sobre las alturas del Golán que dominan Galilea. Los combates no cesaron hasta el día 10. En el momento en que concluyeron, el Estado de Israel controlaba casi cinco veces más territorio que el que había conseguido tras la primera guerra y siete veces más del que le correspondió en el reparto propiciado por la ONU. Con algo menos de 800 muertos había destruido el 70% del equipo pesado adversario y ocupado 70. 000 kilómetros cuadrados incluyendo dentro de sus fronteras un millón de árabes. El resultado fue tan humillante para los árabes -Jordania había perdido su provincia más rica- que incitaba a buscar la revancha. En cuanto a Israel, si de forma inmediata se anexionó Jerusalén, muy pronto se encontró con la complicación complementaria de tener que administrar a tanta población árabe y de no tener una política clara para esos territorios ocupados. En cuanto a la ONU consiguió en noviembre de 1967 aprobar unánimemente una resolución -la 242- pero a partir de un contenido muy impreciso: no se sabía si Israel debía retirarse de todos los territorios ocupados o no, aunque se propiciaba la existencia de unas fronteras seguras y aceptables para todas las partes. De cualquier forma, los países árabes e Israel no llegaron a nada parecido a un acuerdo. Mientras que los árabes exigieron la retirada previa de las tropas israelíes, éstos respondieron negándose y queriendo establecer una negociación directa con el propósito de evitar cualquier tipo de acuerdo entre las superpotencias que les pudiera, a continuación, ser impuesto a ellos mismos. Abundaron, sin embargo, las iniciativas aunque ninguna de ellas tuvo la menor posibilidad de prosperar. La ONU envió a un mediador, el diplomático sueco Gunnar Jarring cuya misión no acabó de declararse fracasada hasta 1971. El rey Hussein mantuvo contactos indirectos con Israel y se declaró dispuesto a segregar de Jordania la zona ocupada por los israelíes si esto contribuía a una solución. De Gaulle, después de intentar una concertación entre las grandes potencias que le otorgaría un papel de importancia a él mismo, se dijo partidario de un embargo de armas pero acabó vendiéndoselas a los libios, lo que Israel consideró como un acto poco amistoso. Los norteamericanos hicieron todo lo posible para tratar de lograr un cese del fuego efectivo pues, en realidad, los combates habían sido permanentes a lo largo de la línea de separación de los contendientes una vez concluidas las operaciones militares. Lo peor de la situación posterior a la Guerra de los Seis Días fue que desestabilizó todavía más la situación existente en Medio Oriente difundiendo la violencia entre quienes militaban en un mismo bando. Egipto fue pronto superado por Siria en su beligerancia anti-israelí aunque hasta la muerte de Nasser en 1970 hubo pocas posibilidades de que se pudiera llegar a la paz; sin embargo, en sus últimos años dio una mayor sensación de flexibilidad que le hizo aceptar la posibilidad de conversaciones sin la retirada israelí. Pero la pésima novedad esencial fue el cambio producido en los países árabes del entorno. En 1964 había sido creada la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) cuyo líder indisputado fue Yaser Arafat, un pariente del Gran Mufti de Jerusalén que había sido el primer líder contrario a la llegada de los israelíes; la nueva organización de ninguna manera aceptó la posibilidad de existencia del Estado de Israel. La toma de conciencia del nacionalismo palestino muy pronto se vio acompañada por la adopción de una estrategia guerrillera a partir de bases en territorios árabes, en especial desde Jordania. Amman, aseguró Arafat en los años de la Guerra de Vietnam, vendría a ser una especie de Hanoi árabe. Ese país, como era previsible, se vio sometido a las represalias israelíes mientras que la OLP se convertía en una especie de Estado dentro del Estado. En septiembre de 1970 Hussein utilizó el Ejército jordano para restablecer el orden en los campos de refugiados en la llamada operación "Septiembre negro" que luego daría nombre a una organización palestina dedicada a la acción terrorista. Como resultado, hubo numerosas muertes y por un momento existió la posibilidad de una intervención siria a favor de los palestinos. La represión contra la OLP tuvo como consecuencia la estabilización de Jordania, pero demonizó la figura del monarca a los ojos de los árabes más radicales. Los palestinos, refugiados ahora en el Líbano, tenderían a convertirse de nuevo en un Estado dentro del Estado en este país hasta entonces estable. Desde allí la OLP lanzó numerosas operaciones terroristas. Un comando palestino atacó al equipo olímpico israelí en Munich, en septiembre de 1972, produciendo numerosos muertos. Mientras tanto, también en el resto de Medio Oriente se producían cambios cuyo resultado más frecuente fue la aparición de regímenes árabes más radicales. En Irak un golpe de Estado en 1968 supuso la victoria del sector más radical del Baas que tuvo como dirigente principal a Sadam Hussein. Fue él quien firmó un Tratado con la URSS y nacionalizó los recursos petrolíferos en 1972. En Siria, por su parte, un golpe de Estado llevó al poder a Hafez el-Assad que, aunque se libró de los dirigentes más declaradamente prosoviéticos, al mismo tiempo mantuvo unas relaciones estrechas con la URSS, consiguiendo de ella un amplio aprovisionamiento militar que convirtió a Siria en una potencia militar de primer orden. Mientras tanto, en el Golfo Pérsico Kuwait logró la independencia en 1961 y elaboró al año siguiente una Constitución relativamente liberal en comparación con las instituciones mayoritarias en la zona. A partir de 1968 el resto los emiratos árabes del golfo, hasta el momento bajo dominación británica, se independizaron y, tras varias vicisitudes, formaron tres unidades políticas, Bahrein, Qatar y los Emiratos Árabes Reunidos, a los que hubo que sumar Omán que nunca fue colonizado y en 1971 ingresó en la ONU. Todas estas nuevas entidades políticas, pequeñas desde el punto de vista territorial y demográfico, tuvieron siempre una importancia estratégica muy considerable para Occidente, dados sus importantes recursos petrolíferos que, por otra parte, no les proporcionaban unas fronteras estables ni evitaban la codicia de otras potencias cercanas. Para acabar de complicar la cuestión, dos sublevaciones regionales en Medio Oriente complicaron aún más la situación. Los kurdos, al Norte de Irak, aparecieron alternativamente como uno de los componentes principales de este país o como una minoría oprimida mientras la provincia de Dhofar en Omán presenció una sublevación radical. Un último factor para explicar la complicada situación estratégica de la zona fue la definitiva retirada de Gran Bretaña, la última potencia occidental presente, de ella. Fueron las dificultades económicas las que obligaron a Wilson que, en la oposición -1964- había afirmado que tenía más sentido tener mil soldados allí que en Alemania, a renunciar a esta presencia tan sólo cuatro años después. Irán sustituyó en parte a los británicos pero en un permanente conflicto con Irak con quien sólo llegó a un acuerdo, que resultaría tan sólo temporal, en 1975. Mientras tanto, se estaban produciendo cambios importantes en el Oeste de esta región del globo. En principio, la política del sucesor de Nasser, Anuar el Sadat, no sólo no supuso ningún cambio respecto a su antecesor en lo que respecta a las relaciones con la URSS sino que la ratificó y amplió. El número de consejeros soviéticos alcanzó la cifra de 20.000, dotados de misiles antiaéreos y otros materiales bélicos muy sofisticados. En 1971 el presidente soviético estuvo en la inauguración de la presa de Asuán y se firmó un nuevo Tratado entre Egipto y la URSS que permitía que los barcos soviéticos recalaran en puertos egipcios. Pero este idilio no iba a durar mucho y en esta ocasión, como en otras a comienzos de la década de los ochenta, los soviéticos tuvieron la ocasión de comprobar la volatilidad de las alianzas que tenían en Oriente Medio. En julio de 1972 Sadat ordenó que los muy impopulares consejeros soviéticos abandonaran Egipto, a lo que se procedió de forma inmediata. No tardaría en descubrirse que lo había hecho para impedir cualquier tipo de veto sobre una acción ofensiva. Los tiempos, por otro lado, parecían propicios a la vertebración de una alternativa árabe al margen de la dependencia soviética. Sadat anunció la unión con Siria y Libia. Ésta había presenciado una revolución nacionalista que tuvo como líder a Gadaffi, muy poco propicio a la colaboración con los países comunistas pero también muy inclinado a mantener una actitud de radicalismo anti-israelí. A la altura de 1973 la unidad política mencionada se había demostrado ya imposible, de forma semejante a como sucedió con la RAU. En este año se fueron manifestando las posibilidades de un nuevo estallido bélico en Medio Oriente. La URSS, a pesar de sus dificultades con Egipto, le seguía proporcionando armas, como también a Siria. Israel, con frecuencia involucrado en operaciones de castigo contra los palestinos en Líbano, seguía estando muy aislado en el panorama internacional; además, sus nuevas fronteras eran mucho más porosas a la penetración adversaria. Mientras tanto, los países árabes iban recuperando su unidad pero este hecho no pareció constituir una suficiente advertencia para sus adversarios. De cualquier modo, su propósito no parece haber sido lanzar a sus enemigos al mar sino tan sólo recuperar los territorios perdidos. El ataque de sirios y egipcios el 5 de octubre de 1973, un día que era, a la vez fiesta religiosa de árabes e israelíes, constituyó una sorpresa total para éstos. Los egipcios consiguieron ocupar el lado Este del canal de Suez protegidos por sus baterías de misiles soviéticos mientras que los sirios penetraban en el Golán. Sin embargo, a partir del día 12 los israelíes pasaron a la ofensiva. El 19 estaban ya a 30 kilómetros de Damasco, mientras que habían conseguido incluso una fuerte penetración al Oeste del canal de Suez, a unos 70 kilómetros de El Cairo. El fuerte apoyo norteamericano en material, conseguido a través de una espectacular operación de transporte aéreo norteamericano, había tenido este resultado. Fueron los Estados Unidos pero también la URSS quienes más contribuyeron a evitar una derrota de los árabes en un momento en que parecía inevitable: los primeros pusieron en alerta sus fuerzas nucleares mientras que los segundos amenazaron directamente a Israel. El 22 de octubre el Consejo de Seguridad de la ONU decretó un cese de las operaciones que, sin embargo, duraron hasta el 23 cuando ya todo un ejército egipcio estaba rodeado junto al canal de Suez. Israel había vencido de nuevo y ocupaba unos 1.600 kilómetros cuadrados más en Egipto y otros 600 en Siria. En esta ocasión, sin embargo, había rondado la catástrofe: en el Golán sus unidades habían tenido que intervenir sin estar por completo encuadradas. Además, había perdido 2. 500 soldados, equivalentes a un 1% de su población. La Guerra del Kippur -el nombre de la fiesta judía ya citada- tuvo consecuencias importantes desde varios puntos de vista. Aunque en la fase final los vencedores fueran los israelíes, en realidad se había demostrado su vulnerabilidad así como la incapacidad para solucionar definitivamente mediante las armas este conflicto. Por su parte, los árabes, en especial los egipcios, habían perdido ya el complejo de inferioridad que les habían proporcionado sus derrotas hasta este momento; eso mismo facilitaba que pudieran encauzarse por el camino de la negociación. Fue, a partir de este momento, la distensión permitió, gracias al acuerdo de las superpotencias y no a las decisiones de la ONU, evitar la confrontación que había tenido lugar en este marco regional. Les correspondió a los Estados Unidos, concretamente al secretario de Estado norteamericano Kissinger, conseguir acuerdos iniciales de separación de los contendientes y sentar las bases para un posterior acuerdo de paz entre Egipto e Israel; en cambio, el papel de los soviéticos fue mucho menor. No obstante, la negociación tardaría en llegar. De momento, el resultado más inmediato de la guerra fue que los países del Golfo Pérsico utilizaron como medio de presión la elevación de los precios del crudo petrolífero y con ello desencadenaron una crisis económica de importancia trascendental y abrieron paso a un período de turbulencias multiplicado por el hecho de que la distensión acabó concluyendo a mediados de los setenta. Pero lo que había sucedido durante todos estos años había sido muy importante. La política de apertura hacia el Este testimonió realismo y lo mismo cabe decir de la entrada de China en el concierto de las naciones. La distensión había logrado la Conferencia de Helsinki y concluir una Guerra árabe-israelí y siempre mantuvo la Guerra de Vietnam como un conflicto controlado que no podía provocar el estallido de una guerra mundial. Sin embargo, los años que vinieron supusieron la reanudación de la conflictividad porque los soviéticos tuvieron la sensación de que la distensión podía ser un camino hacia la hegemonía y porque los norteamericanos percibieron en aquélla estos mismos resultados.
Personaje Político
Tras licenciarse en Derecho el Banco Nacional de Comercio Exterior le ofrece su primer trabajo. Más tarde entró en el Banco de México, que le otorgó una beca para estudiar Administración Pública en la Universidad de Harvard. Esta oportunidad le permitiría ocupar importantes cargos de regreso a su país. Además en este tiempo de dedicó a la enseñanza en la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde 1963 ingresa en las filas del PRI -Partido Revolucionario Institucional-. En los años setenta regresa a la actividad pública y ocupa la Secretaría de Hacienda como Director General de Crédito, de aquí pasaría a la subsecretaría de Hacienda y Crédito Público y luego a la Secretaría de Programación y Presupuesto. En 1981 es propuesto para presentarse a las elecciones del 82 como líder del PRI. El recuento de votos mostró una espectacular victoria. Poner fin a la corrupción y acabar con la crisis económica en que estaba sumido el país fueron sus dos objetivos prioritarios. Como gestor en materia internacional, contribuyó a la pacificación de América Central y participó en la creación de Contadora. En 1988 puso fin a su mandato. Es autor de diversos estudios como "Los grandes problemas nacionales de hoy", "Cien tesis sobre México" o "Los grandes retos de Ciudad de México".