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De la manera que hay de serpientes y otros animales ponzoñosos De culebras o serpientes es grande la diversidad que hay, de muchos colores y no dañosas salvo dos castas de ellas. Las unas son muy ponzoñosas víboras, y mucho mayores que las de acá de España. Llámanlas taxinchan. Otras hay también muy ponzoñosas y muy grandes y con cascabel en las colas; otras muy grandes que se tragan un conejo o dos y no son dañosas, y es cosa de decir que hay indios que con facilidad toman las unas y las otras sin recibir de ellas perjuicio. Hay una casta de lagartijas mayores que las de acá, de las cuales es maravilla grande el temor que los indios tienen, porque según ellos dicen, en tocándola la persona, suda un sudorcillo el cual es mortal ponzoña. Hay muchos alacranes entre las piedras y no son tan ponzoñosos como los de acá de España. Hay un género de hormigas grandes cuya picada es mucho peor y duele y encona más que la de los alacranes, y tanto, que dura su enconación más del doble que la del alacrán como yo he experimentado. Hay dos géneros de arañas, la una muy pequeña y muy pestífera, la otra es muy grande y toda cubierta de espinitas muy delicadas, negras, que parecen vello y tienen en ellas la ponzoña, y así se guardan mucho de tocarlas los indios donde las hay. Otras muchas sabandijas hay pero no dañosas. Hay un gusanito colorado del cual se hace ungüento muy bueno, amarillo, para hinchazones y llagas, con no más de batirlos o amasarlos juntos y sirve de óleo para pintar los vasos y hace fuerte la pintura. De las abejas y su miel y cera Hay dos castas de abejas y ambas son muy más pequeñas que las nuestras. Las mayores de ellas crían en colmenas, las cuales son muy chicas; no hacen panal como las nuestras sino ciertas vejiguitas como nueces de cera, todas juntas unas a otras, llenas de la miel. Para castrarlas no hacen más que abrir la colmena y reventar con un palito estas vejiguitas y así corre la miel y sacan la cera cuando les parece. Las demás crían en los montes, en concavidades de árboles y de piedras, y allí les buscan la cera de la cual y de miel abunda esta tierra mucho, y la, miel es muy buena salvo que como es mucha la fertilidad del pasto de las abejas sale algo tocada del agua y es menester darle un hervor al fuego y con dárselo queda muy buena y de mucha dureza. La cera es buena salvo que es muy humosa y nunca se ha acertado cual sea la causa, y en unas provincias es muy más amarilla por razón de las flores. No pican estas abejas ni hacen (nada) cuando las castran mal. Mucha es, y muy de notar, la diversidad de yerbas y flores que a Yucatán ornan en sus tiempos, así en los árboles como en las yerbas y muchas de ellas a maravilla lindas y hermosas y de diversos colores y olores, las cuales, allende el ornato con que a los montes y campos atavían, dan abundantísimo mantenimiento a las abejitas para su miel y cera. Pero entre ellas pondré aquí algunas, así por su preciosidad de olor y hermosura, como por el provecho que de ellas los moradores de aquella tierra tienen. Hay ajenjos muy más frescos y olorosos que los de acá y de más largas y delgadas hojitas y críanlos los indios para sus olores y recreación, y he visto que se hacen más hermosos con echarles las indias, al pie, cernada. Hay una yerba de muy anchas hojas y de altas y gordas ramas, de singular frescura y fertilidad, porque de pedazos de las ramas se dan tanto, que crecen (a) la manera y muchedumbre de las mimbreras, aunque en nada les son de comparar; tratada un poco la hoja entre las manos, tiene el verdadero olor del trébol, aunque lo pierde después de seca; es muy buena para frescura de los templos en las fiestas, y de esto sirve. Hay tanta albahaca, que están los montes y los caminos llenos de ella en algunas partes, y con nacer en aquellas peñas es muy fresca, hermosa y olorosa, aunque no se compara a la que se cría en las huertas, llevada de acá, que es cosa muy de ver lo que cría y ensancha cada pie. Hay una flor que llaman tixzula del más delicado olor que yo he olido y mucho más que los jazmines; es blanca y la hay morada clara, y porque su tronco es de cebollas gordas se podría traer a España. Es, pues, de esta manera: echan sus cebollas unas espadañas altas y gruesas muy frescas, que duran todo el año y dan en medio una vez al año, un mástil verde, ancho como de tres dedos, y gordo y tan largo como las espadañas; en éste al cabo salen las flores en un manojo, cada una de un jeme de largo abiertas con el pezón, que dan cinco hojitas largas y abiertas, y ciérralas por lo bajo una tela blanca, delicada, y en medio tienen unas telitas amarillas a maravilla hermosas de blanco y amarillo. Cortado este vástago y puesto en un jarro de agua, dura con muy suave olor muchos días, porque no se abren las flores juntas, sino poco a poco. Hay unas azucenitas muy blancas y olorosas y que duran mucho en agua, y fáciles de traer acá, porque son también de cebolla y en todo semejantes a las azucenas, salvo que el olor es más suave y no dañoso a la cabeza, y no tienen en medio lo amarillo de las azucenas. Hay una rosa llamada ixlaul que me han dicho que es de mucha hermosura y olor. Hay también un género de árboles que llaman nicté que llevan muchas rosas blancas y otras medio amarillas y otras medio moradas; son de mucha frescura y olor y hacen de ellas galanos ramilletes, y los que quieren, letuario. Hay una flor que llaman Kom, la cual es de mucho olor y arde de gran calor cuando huele; podríase fácilmente traer acá, y son sus hojas a maravilla frescas y anchas. Sin estas flores y yerbas olorosas hay otras muy provechosas y medicinales entre las cuales hay dos maneras de yerba-mora muy fresca y muy linda. Hay mucha doradilla y culantrillo y una yerba con cuyas hojas cocidas y agua se quitan a maravilla las hinchazones de los pies y piernas. Hay otra muy singular para curar llagas viejas que llaman iaxpalialché. Hay también otra que tiene el mismo sabor del hinojo y se come y es muy buena para cocer agua y para curar llagas, puesta así cruda como la pasada. Hay en lo de Bachalar zarzaparrilla.Tienen cierta yerba que crían en los pozos y en otras partes, triangulada como la juncia, pero muy más gorda, de la cual hacen sus seras y la suelen teñir de colores y hácenlas muy lindas a maravilla. Tienen una yerba silvestre, que también la crían en sus casas, y es mejor, de la cual sacan su manera de cáñamo de que hacen infinitas cosas para su servicio. También se crían en algunos árboles, sin ser de su cosecha, un cierto género de yerbas las cuales echan unas frutas como pequeños cohombros, de los cuales se hacen sus gomas o colas con que pegan lo que han menester.Las simientes que para la humana sustentación tienen, son: muy buen maíz y de muchas diferencias y colores, de lo cual cogen mucho y hacen trojes y guardan en silos para los años estériles. Hay dos castas de habas pequeñas, las unas negras y las otras de diversos colores, y otras que han llevado los españoles, blanquillas y pequeñas. Hay de su pimienta; muchas diferencias de calabazas, algunas de las cuales son para sacar pepitas para hacer guisados, otras para comer asadas y cocidas y otras para vasos de sus servicios; tienen ya melones y muy buenos, y calabazas de España; los hemos puesto a coger mijo, y dáse a maravilla bien que es buen mantenimiento; tienen una fruta a maravilla fresca y sabrosa que se siembra y la fruta es la raíz que nace como nabo gordo y redondo: cómense crudas con sal; la otra raíz que nace debajo de tierra sembrándola, que es grande mantenimiento, y es de muchas diferencias, que hay moradas, amarillas y blancas, cómense cocidas y asadas y son buena comida, y tiran algo a castañas, y ayudan, asadas, a beber. Hay otros dos géneros de raíces y son mantenimiento de los indios. Otras dos raíces silvestres hay que se parecen algo a las dos que primero he dicho, y ayudan en tiempos de necesidad de hambre a los indios, que sin ella no curan de ellas. Tienen un arbolillo de blandas ramas y que tiene mucha leche, las hojas del cual se comen guisadas, y son como berzas de comer y buenas con mucho tocino gordo. Plántanlo los indios luego do quiera van a morar, y en todo el año tiene hoja que cogerle. Hay muy frescas achicorias, y criábanlas en las heredades aunque no las saben comer. Cosa es de mucho alabar a Dios con el profeta que dice: "admirable es, Señor, tu nombre en toda la tierra", por la muchedumbre de árboles que en esta tierra Su Majestad crió, todos tan desemejantes de los nuestros, que hasta hoy (no) se ha visto uno que conozca, digo en Yucatán, que fuera sí he visto, y de todos tienen sus servicios y provechos los indios y aun los españoles. Hay un árbol de cuya fruta, que es como calabazas redondas, hacen los indios sus vasos, y son muy buenos y hácenlos ellos muy pintados y galanos. De esta misma casta hay otro que lleva la fruta más pequeña y muy dura y hacen de ella otros vasillos para ungüentos y otros servicios. Hay otro, el cual lleva una frutilla como avellana de cuesco, de la cual se hacen buenas cuentas, y con la cáscara se lava la ropa como con jabón, y así hace su espuma. Criaban mucho el árbol del incienso para los demonios, y sacábanselo hiriendo con una piedra el árbol en la corteza para que por allí corriese aquella goma o resina; es árbol fresco, alto y de buena sombra y hoja, pero su flor hace negra la cera donde lo hay. Hay un árbol que crían en los pozos, muy hermoso de alto, y fresco de hoja, y que es maravilla lo que extiende sus ramas, las cuales nacen en el tronco por mucho orden, que nacen de tres en tres o más, a trozos, a la redonda del árbol, y así se van extendiendo ellas y la guía creciendo. Hay cedros, aunque no de los finos. Hay una casta de palo algo amarillo y vetoso como encina, a maravilla fuerte y de mucha dura y tan recio, que lo hallamos en las puertas de los edificios de Izamal, puesto por batientes y cargada la obra toda sobre él. Hay otro, fortísimo, y hacían de él los arcos y las lanzas y es de color leonado. Otro hay de color anaranjado oscuro, de que hacían bordones; es muy fuerte y creo se dice esbrasil. Hay muchos árboles de los que dicen son buenos para la enfermedad de bubas, y llámanles zon. Hay un árbol que lleva leche la cual es rejalgar y llaga cuanto toca, y su sombra es muy pestífera, especial(mente) si se duerme a ella. Hay otro que todo él está lleno de pares de espinas largas y muy duras y gordas, que no hay ave que en él repose jamás ni se pueda en él asentar; tiene aquellas espinas todas agujereadas por el tronco y llenas siempre de hormigas. Hay un árbol de muy gran altadura y grandeza; lleva una fruta como algarrobas llena de unos piñones negros, y que en tiempo de necesidad hacen de ella comida los indios, y con sus raíces hacen cubos para sacar agua de los pozos y norias. Otros árboles hay de cuyas cortezas hacen los indios cubillos para sacar agua para sí, y otro de que hacen las sogas, y otros de cuyas cortezas majadas hacen un caldo para bruñir con él los encalados, y los hace muy fuertes. Hay muy hermosas moreras y es buena madera, y tienen otros tantos árboles y de todo servicio y provecho, que espanta. Tienen en los campos y montes muchas diferencias de mimbres muy largos, aunque no son mimbres, de los cuales hacen cestas de todas maneras y con los cuales atan sus casas y cuanto han menester, y es muy grande a maravilla el servicio que de esto tienen. Hay un árbol cuya leche es singular medicina para encarnar los dientes. Hay otro que lleva cierta fruta grande, llena de lana mejor para almohadas que las estopas de la Alcarria. Temiendo hacer agravio a la fruta o sus árboles los he acordado poner por sí, y primero diré del vino como cosa que los indios mucho estimaban y por eso lo plantaban casi todos en sus corrales o espacios de sus casas. Es árbol feo y sin más fruto que hacer de sus raíces y miel y agua, su vino. Hay en esta tierra ciertas parras silvestres que llevan uvas comestibles; hay muchas en la costa de Kupul. Hay ciruelos de muchas diferencias de ciruelas y algunas muy sabrosas y sanas y diferentísimas de las nuestras, que tienen poca carne y gran cuesco, al revés de las que acá hay a qué lo comparar; echa este árbol las frutas antes que las hojas, y sin flor, sino la fruta. Hay muchos plátanos y los han llevado los españoles, que no los había antes. Hay un árbol muy grande, el cual lleva una fruta grande, algo larga y gorda cuya carne es colorada, y muy buena de comer; no echa flor sino la propia fruta, muy pequeñita y va creciendo muy poco a poco. Hay otro árbol muy frondoso y hermoso y que nunca se le cae la hoja, y sin echar flor, echa una fruta de tanta y más dulzura que la de arriba, pequeña, muy golosa y gustosa de comer y muy delicada, y hay unos mejores que otros, y tanto mejores que serían muy preciados si los tuviésemos: llámanlos en la lengua Ya. Hay otro muy hermoso y fresco árbol que nunca pierde la hoja y lleva unos higuillos sabrosos que llaman Ox. Hay otro árbol a maravilla hermoso y fresco y lleva la fruta como huevos grandes. Cógenla verde los indios y madúranla en ceniza, y madura, queda a maravilla y al comer es dulce y empalaga como yemas de huevo. Otro árbol lleva otra fruta así amarilla y no tan grande como esta otra y más blanda y dulce que ella, la cual comida, queda el cuesco como blando erizo todo, que es de ver. Hay otro muy fresco y hermoso árbol que lleva una fruta ni más ni menos que las avellanas con su cáscara; tienen debajo (de) aquella cáscara una fruta como guindas, y su cuesco grande; llámanlas los indios Vayam y los españoles Guayas. Hay una fruta que los españoles han llevado, de buen comer y sana, que llaman Guaybas.En las sierras hay dos géneros de árboles. El uno lleva unas frutas tan grandes como una buena pera, muy verdes, y de gorda corteza, las cuales maduran aporreándolas todas en una piedra, y son después de muy singular sabor. El otro lleva unas frutas muy grandes, de la hechura de las piñas, y tienen gustoso comer, que son aguanosas y acedas, y tienen muchos cuescos, pequeños, pero no son sanas. Hay un árbol el cual se da siempre en los rasos, y nunca entre otros árboles sino solos ellos, cuya corteza es muy buena para adobar cueros y sirve de zumaque; lleva una frutilla amarilla sabrosa y golosa mucho para las mujeres. Hay un árbol muy grande y fresco al cual llaman los indios On; lleva una fruta como calabacillas grandezuelas de gran suavidad que parece a sabor de manteca y es mantecosa, y es de muy gran mantenimiento y sustancia. Tiene gran cuesco y delicada cáscara, y cómese cortado (en) rebanadas como melón y con sal. Hay unos cardos muy espinosos y feos, y crecen a trozos siempre pegados a otros árboles, revueltos con ellos. Éstos llevan una fruta cuya corteza es colorada y semejante algo a la hechura de la alcachofa y blanda de quitar y sin ninguna espina. La carne que dentro tiene es blanca y llena de muy pequeños granos negros. Es dulce y delicada a maravilla y aguanosa que se deshace en la boca; cómese a ruedas como naranjas y con sal, y no hallan los indios tantas por los montes cuantas comen los españoles. Hay un árbol fofo y feo aunque grande, que lleva cierta manera de fruta grande llena de tripas amarillas muy sabrosas y de cosquezuelos como cañamones y muy mayores, los cuales son muy sanos para la orina. De esta fruta hacen buena conserva y echa el árbol la hoja después de pasada la fruta. Hay un árbol algo espinoso pequeño, el cual lleva una fruta de hechura de delgados pepinos y algo larga. Tiene alguna similitud su sabor con el cardo, y cómese así, con sal, partida en rebanadas, y los cuescos son como los del cohombro muy pequeños y muchos y tiernos. Si acierta a tener esta fruta algún agujero por algún accidente estando en el árbol, en él se le recoge una gomilla (de) muy fino olor de algalia. Es también buena fruta para las mismas enfermedades de las mujeres. Hay otro árbol cuya flor es asaz de suave olor, y cuya fruta es la que acá en España llaman del manjar blanco, y hay muchas diversidades de ellos en el llevar fruta buena y mejor. Hay un arbolito que suelen los indios criar en sus casas, el cual lleva unos erizos como los de las castañas, aunque no son tan grandes ni tan ásperos. Ábrense cuando están en sazón y tienen dentro unos granillos de los cuales usan, aun los españoles, para dar color a los guisados, como lo da el azafrán, y tan fino el color que mancha mucho. Bien creo se me deben quedar más frutas, pero todavía diré de la de las palmas, de las cuales hay dos castas. Las unas sirven sus ramas (para) cubrir las casas, y son muy altas y delgadas, y llevan unos muy grandes racimos de una golosilla fruta negra como garbanzos (a las que) son muy aficionadas las indias. Las otras son unas palmas bajas y muy espinosas, y no sirve su hoja de nada, que es muy cortilla y rara. Llevan unos grandes racimos de una fruta redonda, verde, tan grande como huevos de paloma. Quitada la cáscara le queda un cuesco de gran dureza, y quebrado, sale de él una pepita redonda tan grande como una avellana, muy sabrosa y provechosa en tiempos estériles, que hacen de ella la comida caliente que beben en las mañanas, y a falta, se guisaría con su leche cualquier manjar, como con la de las almendras. Cógese mucho algodón a maravilla, y dáse en todas las partes de la tierra, de lo cual hay dos castas: la una siembran cada año, y no dura más que aquel año su arbolito, y es pequeño, la otra dura el árbol cinco o seis años y todos da su fruto, que son unos capullos como nueces con cáscara verde, el cual se abre en cuatro partes a su tiempo y allí tiene el algodón. Solíase coger grana, y dicen que era de la mejor de las Indias, por ser de tierra seca, y todavía cogen en algunas partes alguna poca los indios. Colores hay de muchas diversidades, hechos de tintas de algunos árboles, y de flores, y porque los indios no han sabido perfeccionarlos con las gomas que les dan el temple que han menester para que no desdigan, desdicen. Pero los que cogen la seda han ya buscado remedios y dicen se darán tan perfectos como en las partes que más perfectos se dan. La abundancia que tiene esta tierra de aves es a maravilla grande, y tan diversas, que es mucho alabar al que de ellas las hinchió como de bendición. Tienen aves domésticas y que crían en las casas como son sus gallinas y gallos en mucha cantidad, aunque son penosos de criar. Hanse dado a criar aves de España, gallinas, y crían muchas a maravilla, y en todos los tiempos del año hay pollos de ellas. Crían algunas palomas mansas, de las nuestras, y multiplican mucho. Crían para la pluma cierta casta de anadones blancos grandes, que creo les vinieron del Perú, y así les pelan muchas veces las barrigas y quieren aquella pluma para las labores de sus ropas. Hay mucha diversidad de pájaros y muchos son lindos, y entre ellos hay dos castas de tortolillas muy saladas, y las unas muy chiquitas y domésticas para criar, mansas. Hay un pajarito pequeño, de tan suave canto como el ruiseñor, que llaman Ixyalchamil; anda en las paredes de las casas que tienen huertas y en los árboles de ellas. Hay otro pájaro grande y muy lindo, de color verde muy oscuro, que no tiene en la cola más de dos plumas largas, y con no más de la mitad, y al cabo, pelos en ellas, y su morar es en los edificios, y no anda sino a las mañanas. Hay otros pájaros que en las travesuras y cuerpo son como las picazas y grandes gritadores a la gente que pasa por los caminos, que no la dejan ir secreta. Hay muchos avioncillos o golondrinas, y yo he creído que son aviones porque no crían en las casas como las golondrinas. Hay un pájaro grande y de muchos colores y hermosura, el cual tiene gran pico y muy fuerte, y anda siempre en los árboles secos, asido con las uñas, agujereando las cortezas aherronadas con el pico tan recio que se oye buena pieza, para sacar los gusanos de la carcoma, de los cuales se mantiene; y es tanto lo que agujerean estos pájaros, que están los árboles que crían estos gusanos, de arriba abajo, hechos una criba de agujeros. Hay muchas aves del campo, buenas todas para comer, que hay tres maneras de muy lindas palomitas pequeñas. Hay unas aves en todo semejantes a las perdices de España, salvo que son de muy altas piernas, aunque coloradas, y tienen ruin comer; son, empero, a maravilla domésticas, si se crían en casa. Hay muchas codornices a maravilla, y son algo mayores que las nuestras, y de singular comer; vuelan poco y tómanlas los indios encaramadas en los árboles, con perros, y con lazos que les echan al pescuezo, y es muy gustosa caza. Hay muchos faisanes pardillos y pintados y de razonable tamaño, y no tales para comer como los de Italia. Hay un pájaro grande como las gallinas de allá que llaman Cambul, muy hermoso a maravilla y de gran denuedo y buen comer. Hay otro, que llaman Cox, tan grande como él, de furioso paso y meneo, y son los machos negros todos como un azabache, y tienen unas coronas muy lindas de plumitas crespas, y los párpados de los ojos amarillos y muy lindos. Hay muchos pavos que aunque no son de tan hermosas plumas como los de acá de España, las tienen muy galanas y son a maravilla hermosos, y tan grandes como los gallos de los indios y de tan buen comer. Otras muchas aves hay que aunque las he visto no me acuerdo. A todas las grandes matan los indios, en los árboles, con las flechas, y a todas les hurtan los huevos y los sacan sus gallinas, y se crían muy domésticas. Hay tres o cuatro castas de papagayos pequeños y grandes y tantas bandas de ellos, que hacen mucho daño a las sementeras. Hay otras aves nocturnas, como son lechuzas, mochuelos, y gallinas ciegas, que es cosa de pasatiempo caminar de noche pues se van grandes piezas del camino poniendo a vuelos delante de los hombres. Amohínan mucho a los indios y tiénenlas por agüero, y lo mismo tienen a otros pájaros. Hay unas aves muy carniceras que llaman los españoles auras y los indios kuch, las cuales son negras y tienen el pescuezo y cabeza como las gallinas de allá, y el pico larguillo con un garabato. Son muy sucias pues siempre andan en los establos y en lugares de la purgación del vientre comiéndola y buscando carnes muertas para comer. Es cosa averiguada no habérsele hasta ahora conocido nido ni saber dónde crían, por lo cual dicen algunos viven vidas de doscientos años y más, y otros creen ser verdaderos cuervos. Huelen tanto la carne muerta que para hallar los indios los venados que matan y se les huyen heridos, no tienen remedio sino subidos en altos árboles mirar adonde acuden estas aves, y es cierto hallar allí su caza. De aves de rapiña es a maravilla mucha la diversidad que hay, porque hay águilas pequeñas, hay muy lindos azores y muy grandes cazadores, hay gavilanes muy hermosos y mayores que los de acá de España. Hay alcotanes y sacres, y otros que, como no soy cazador, no tengo memoria. En la mar es cosa que admira la infinidad, la variedad y la diversidad y muchedumbre que hay de aves y pájaros, y la hermosura de cada uno de sus géneros. Hay unos pájaros tan grandes como avestruces pardos y de mayor pico; andan siempre en el agua buscando que pescar y así como sienten al pescado, álzanse en el aire y caen con gran ímpetu sobre la pesca con aquel picazo y pescuezo, y jamás echan lance vacío, y quédanse, en haciendo el golpe, nadando y tragando al pez vivo sin más lo guisar ni escamar. Hay unos pájaros grandes, flacos y que vuelan mucho y muy alto, los cuales dividen la cola en sus dos puntas, la enjundia de los cuales es a maravilla medicinal para señales de heridas y para pasmo de miembros por causa de heridas. Hay unos anadones que se sustentan grandísimo rato debajo del agua, para pescar que comer, y son muy sueltos y tienen en el pico un garfio con que pescan. Hay otros anadoncitos pequeños y de mucha hermosura que se llaman Maxix; son muy mansitos y si se crían en casa, no se saben huir. Hay muchas maneras de garzas y garcetas, unas blancas, otras pardas, unas grandes, otras pequeñas; en las Lagunas de Términos hay muchas encarnadas muy claras que parecen de color de polvo de grana, y tantas maneras de pajarillos chicos y grandes, que ponen admiración su muchedumbre y diversidad, y más el verlos a todos cuidadosos de buscar de comer en aquella playa, unos entrando tras la ola en la reventazón de la mar, y después huyendo de ella, otros buscando comida a orillas, otros quitándola a otros con llegar más presto a ella, y lo que más admira: ver que a todos los provee Dios (y) que los hinche de bendición. De muchos animales han carecido los indios; y especialmente han carecido de los que más necesarios son para el servicio del hombre; pero, tenían otros de los más, de los cuales se aprovechaban para su mantenimiento, y ninguno de ellos era doméstico salvo los perros, los cuales no saben ladrar ni hacer mal a los hombres, y a la caza sí, que encaraman las codornices y otras aves y siguen mucho los venados y algunos son grandes rastreadores. Son pequeños y comíanlos los indios por fiesta, y ya creo se afrentan y tienen por poquedad comerlos. Dicen que tenían buen sabor. Hay dantas en sólo un cornijal de tierra que está detrás de las sierras de Campeche, y hay muchas, y hanme dicho los indios que son de muchos colores, que hay rucias y oberas, bayas y castañas, y muy blancas y negras. Andan más en este pedazo de tierra que en toda ella, porque es animal muy amigo de agua y hay por allí muchas lagunas de aquellos montes y sierras. Es animal del tamaño de medianas mulas, muy ligero y tiene la pata hendida como el buey, y una trompilla en el hocico en que guarda agua. Tenían los indios por gran valentía matarlas y duraba para memoria el pellejo, o partes de él, hasta los biznietos, como lo vi yo; llámanla Tzimin, y por ellas han puesto nombre a los caballos. Hay leoncillos y tigres, y mátanlos los indios con el arco, encaramados en los árboles. Hay un cierto género de oso o quier (sic) que es a maravilla amigo de castrar colmenas. Es pardo con unas manchas negras y largo de cuerpo y corto de piernas y cabecirredondo. Hay cierta casta de cabrillas monteses, pequeñas y muy ligeras y hosquillas de color. Hay puercos, animales pequeños y muy diferentes de los nuestros, que tienen el ombligo en el lomo y hieden mucho. Hay muchos venados que es maravilla, y son pequeños y la carne de buen comer. Conejos hay infinitos en todo semejantes a los nuestros, salvo el hocico que lo tienen largo y no nada romo, sino como de carnero; son grandes y de muy buen comer. Hay un animalito tristísimo de su natural y anda siempre en las cavernas y escondrijos, y de noche; y para cazarlo le arman los indios cierta trampa y en ella le cogen; es semejante a la liebre y anda a saltos y encogido. Tiene los dientes delanteros muy largos y delgados, la colilla aun menor que la liebre y el color verdoso y muy umbrío, y es a maravilla manso y amable y llámase Zub. Hay otro animalito pequeño, como un lechoncillo recién nacido, y así las manezuelas y el hocico, gran hozeador, el cual está todo cubierto de graciosas conchas que no parece sino caballo encubertado, con sólo las orejuelas y los pies y manos fuera, y su pescuezo y testera cubiertos de las conchas; es muy bueno de comer y tierno. Hay otros animales como perrillos pequeños; tienen la cabeza de hechura de puerco y larga cola, y son de color ahumado y a maravilla torpes; tanto, que los toman muchas veces de la cola. Son muy golosos y andan de noche en las casas y no se les escapa gallina en poco a poco. Paren las hembras catorce y dieciocho hijuelos como comadrejuelas y sin ningún abrigo de pelo y a maravilla torpecillos; y proveyó Dios a las madres de una extraña bolsa en la barriga en que los amparan, porque le nace a todo lo largo en la barriga, por cada parte y encima de las tetas, un cuero, y cuando lo junta uno con otro, quedan cerradas las tetas, y cuando quiere lo abre, y allí reciben los hijos, cada uno, el pezón de la teta en la boca, y cuando los tienen todos asidos échales aquellas ijadas o cueros encima y apriétalos tan fuertemente que ninguno se le cae, y con ellos, así cargada, va por ahí a buscar de comer; críalos así hasta que tienen pelo y pueden andar. Hay zorras en todo como las de acá, salvo que no son tan grandes ni tienen tan buena cola. Hay un animal que llaman Chic a maravilla travieso, tan grande como un perrillo, de hocico como lechón. Críanlo las indias, y no les dejan cosa que no les hozen y trastornen, y es cosa increíble que son a maravilla amigos de burlar con las indias, y las espulgan y se llegan siempre a ellas, y no pueden ver al hombre más que a la muerte. Hay muchos de éstos y andan siempre a manadas en hila, uno tras otro, encajados los hocicos los unos debajo de la cola de los otros, y destruyen mucho la heredad de maíz donde entran. Hay un animalito como ardilla, blanco y de unas cinchitas amarillas oscuras cercado alrededor, que llaman Pay, el cual se defiende de los que le siguen o dañan con orinarse, y es de tan horrible hedor lo que echa, que no hay quien lo pueda sufrir ni cosa en que se caiga se puede más traer. Hánme dicho que no es aquello orina sino un sudorcillo que trae en una bolsita detrás. Sea lo que fuere, sus armas le defienden, y por maravilla matan uno de ellos los indios. Hay muchas ardillas muy lindas, y topos y comadrejas y muchos ratones como los de España, salvo que son de muy largos hocicos.
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A pesar de su aclamación, Sisenando (631-636) estaba obsesionado con legitimar su ascensión al trono, algo de lo que, aunque aceptado, todos eran conscientes del carácter de usurpación que había tenido. En el IV Concilio de Toledo, presidido significativamente por Isidoro, que tanto había elogiado a Suintila, consiguió tal legitimación, aunque también una regulación de la sucesión al trono, en la que la intervención de la nobleza y el clero será decisiva, según analizaremos. Pero los reinados siguientes demostrarían, como antes indicábamos, la fragilidad de la monarquía, sus intentos de formar monarquías hereditarias, a pesar de que se siguió precisando y perfilando el carácter electivo de las mismas en los sucesivos concilios, sus temores ante la nobleza. Chintila (636-639), sucesor de Sisenando, es un buen ejemplo de esta fragilidad, según puede verse en las actas de los concilios toledanos V y VI. Nombró sucesor a su hijo Tulga (636-642), pero le fue arrebatado el trono por un nuevo tyrannus, Chindasvinto, un octogenario de gran historial de rebeliones en su dilatada vida y cuya acción represiva recordaba el pseudo Fredegario, como antes comentamos. Sin embargo, Chindasvinto (642-653) tuvo gran apoyo eclesiástico, especialmente de parte del poderoso sucesor de Isidoro de Sevilla, Braulio de Zaragoza. También debió soportar intentos de rebelión, porque la expedición contra los vascones, en la que murió el noble Oppila, famoso por su epitafio métrico, tenía ahora ante sí una cabeza visible al frente de los enemigos, un tal Froja, cuyo nombre godo hace pensar no sólo en una incursión más de este pueblo. Debido a la avanzada edad del monarca, Braulio, junto con un importante laico, Celso, y el obispo de Valencia, Eutropio, recomendaron la asociación al trono de Recesvinto; después de todo seguía aflorando la monarquía hereditaria, ahora con la configuración de auténticos clanes familiares. Así ocurrió y Recesvinto fue "consors regis" en el año 649. Su gobierno, especialmente en solitario, se caracterizó por el intento de suavizar las relaciones con la nobleza, decretó una serie de indultos y amnistías y rectificó la política represiva de su padre. Tanto Chindasvinto como Recesvinto (649-672) realizaron algo políticamente fundamental: la renovación del sistema legislativo que culminó en la promulgación del Liber Iudicum (Iudiciorum o Lex Visigothorum). El reinado de Wamba (672-680) es otro buen ejemplo de las características que hemos ido describiendo más arriba. Aunque fue elegido en Gérticos el mismo día que murió Recesvinto, probablemente con toda intención, retrasó su coronación hasta su unción real en Toledo de manos del obispo Quirico; si bien Julián de Toledo afirma rotundamente que no quería ser rey y que casi lo fue a la fuerza. Nada más empezar a gobernar tuvo que realizar una expedición contra los sempiternos vascones. Pero en esa situación, se declara una rebelión en la Narbonense, en ella la nobleza -Hilderico de Nimes, Wilesindo de Agde, etc.-, y el clero -el abad Ranimiro-, se confabulan contra el rey; éste rápidamente envía al dux Paulo a sofocarla, pero, de forma sorprendente, en lugar de hacerlo se pone al mando de la misma, encontrando, además, el apoyo de Ranosindo, dux de la Tarraconense. En una rápida sucesión de acontecimientos, la Narbonense y la Tarraconense se sublevan, el jefe de la rebelión se hace ungir como rey de la zona oriental. Wamba reaccionó de forma fulminante trasladándose con el ejército rápidamente a la zona y venciendo en una ofensiva casi espectacular a los sublevados. Pero este hombre que no quería reinar, se vio despojado de su trono, víctima de un complot tramado por un rival, Ervigio: un probable envenenamiento y apariencia de muerte inminente llevó a que fuera tonsurado y a que Julián de Toledo, el escritor oficial del éxito sobre Paulo, le administrara la penitencia y ungiera nuevo rey a Egica, por otra parte amigo suyo. Wamba se recuperó y aunque ahora sí quería gobernar, ya no pudo. Ervigio (680-687), al igual que anteriormente Sisenando, buscó la legitimación de su reinado en otro concilio, el XII de Toledo. Trató de acercarse más al clero, debido a las molestias ocasionadas en él por la legislación sobre obligaciones militares de Wamba, que afectaba a este estamento, y legislando nuevamente contra los judíos. En sus intentos de acercarse más a la facción contraria de la nobleza -el miedo volvía a hacer presa de los reyes usurpadores- amnistió en el año 683 a los sublevados de la Narbonense contra Wamba, pero, a su vez, quiso proteger a su familia casando a su hija Cixilo con un sobrino de Wamba, Egica, a quien nombró su sucesor, para evitar que fuese contra su familia a su muerte. Egica (687-702) le sucedió, pero pidió ser librado de su promesa de proteger a la familia de Ervigio y, al parecer, repudió a su propia mujer; el fantasma de la conjura volvió a aparecer, esta vez por medio del obispo sucesor de Julián, Sisberto, aunque fue abortada. Por otra parte, este rey, ensombrecido por la deplorable situación económica heredada y agravada por una terrible epidemia de peste bubónica, siguió con políticas antijudaicas ya bien conocidas, aunque, como se dirá más adelante, en principio parecía que su actitud iba a ser de tolerancia; y además quiso intentar otra vez la herencia monárquica, asociando al trono a su hijo Witiza en el año 698. Durante este tiempo se sumarían otros problemas como el intento de rebelión por parte de un tal Suniefredo. El gobierno de Witiza (698710), en solitario desde la muerte de Egica en el año 702, continuó en la vertiginosa caída a la que había llegado la monarquía. Casi nada se sabe de su reinado; algunas fuentes, como la Crónica Rotense, le acusan de ser el causante del final del reino, aunque otras le alaban, como la Mozárabe. Lo cierto es que murió dejando tres hijos, uno de los cuales, Akhila, fue nombrado su sucesor por el clan familiar; pero una buena parte de la nobleza se negó a ello proclamando a Rodrigo, rey. Los partidarios del primero pidieron ayuda a los musulmanes que, so pretexto de concederla, entraron en Hispania el 28 de abril del año 711. Rodrigo se hallaba en Pamplona y avanzó hacia el sur con su ejército. El enfrentamiento definitivo se produjo en el río Guadalete. La estrepitosa derrota del ejército de Rodrigo y su propia muerte pusieron el punto final a la agónica realeza visigoda, a la ya mortecina unidad ideada por Leovigildo y al mundo de la Antigüedad tardía hispana.
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La crónica del pseudo Fredegario hablará del morbus gothorum como del mal endémico de este pueblo en la lucha por el trono, al relatar la subida al poder de Chindasvinto: "Una vez que consolidó su autoridad sobre el reino entero de Hispania, conociendo el mal de los godos de deponer a sus reyes, ordenó dar muerte a unos y desterrar a otros... hasta quedar convencido de que el mal de los godos había sido extinguido". Efectivamente, las disensiones nobiliarias contra Recaredo se pondrían de manifiesto rápidamente, tras la sucesión de su hijo ilegítimo Liuva II en el año 601. Aunque al principio no hubo problemas y parecía que el sueño leovigildiano de monarquía hereditaria se consolidaba, en el año 603, el antiguo traidor de la conspiración contra Recaredo habida en Mérida, destronó y terminó por asesinar al joven Liuva. No era la primera vez ni sería la última que la sucesión al trono se producía de forma violenta, por medio de usurpaciones, cruentas o no. Por otra parte, estas sucesiones ponen de manifiesto la debilidad del poder real cada vez mayor en el siglo VII y las oposiciones y tendencias independentistas de ciertos grupos nobiliarios, así como la lucha de grupos aristocráticos familiares que darán lugar a auténticas venganzas. La usurpación de Witerico dista del fin del reino visigodo más de un siglo, pero es el principio del fin. Hay una serie de constantes que debilitan la monarquía con el paso del tiempo. En primer lugar, estas luchas de sucesión y el miedo de los reyes a la suerte que podrían correr, cuando ellos murieran o fueran depuestos, sus familias y sus fideles, clientelas que les juraban fidelidad -cuyo status fue formulado en tiempos de Chintila en el VI Concilio de Toledo-; temor que muchos tenían porque ellos mismos habían accedido al trono por usurpación. Progresiva extensión de un régimen de protofeudalización del estado, a base de vasallajes y obligaciones de reclutamiento militar. Conflictos que emergen paulatina y reiteradamente contra los vascones y bizantinos a lo largo de los sucesivos reinados hasta que, en lo que respecta a estos últimos Suintila logra anularlos. Implicación absoluta del clero que, en unas ocasiones, se siente más favorecido y en otras más perjudicado, y que interviene en no pocos intentos de desestabilización del reinante de turno. Surgimiento de un elemento de discordia que llegó a constituirse en un gravísimo problema: las discriminaciones a la población judía en la legislación conciliar, según comentaremos. Decaimiento progresivo de la economía, desesperación y hundimiento de la población, debido a diferentes motivos, peste, hambre, miseria. Witerico (603-610) también debió temer rebeliones nobiliarias y no sólo hispanorromanas, dada su presunta tendencia arriana -recuérdese que había conspirado contra Recaredo en Mérida, aunque traicionó a su grupo-, sino contra diversos sectores, pues persiguió al comes Bulgar, en la Narbonense. Sus éxitos militares fueron parciales con los bizantinos, sólo en Segontia, y durante su reinado se ganó las enemistades de los católicos, como lo revela el que el conde Froga de Toledo apoyase a los judíos, a quienes erigió una sinagoga con el enfrentamiento del obispo católico Aurasio. Su política exterior fue tensa, al repudiar como esposa a Ermenberga, hija de Teodorico II de Borgoña. Murió a manos de los nobles, perdiendo el trono de la misma manera que lo había conseguido, como señala Isidoro de Sevilla. Durante el corto reinado de su sucesor, Gundemaro (610-612), la política de lucha con bizantinos y vascones y la política exterior siguió por derroteros similares, ahora con una clara hostilidad hacia el rey de Borgoña y hacia Brunequilda y de amistad con el reino de Austrasia y Teodoberto II. Sin embargo, en su relación con la política eclesiástica dio un giro, publicando un Decretum, donde se reafirmaba la sede toledana como la metrópoli de la Cartaginense y su predominio sobre las demás. Restableció, por otro lado, al comes Bulgar. Sisebuto (612-621) le sucede. Es el rey culto, escritor, poeta, durante cuyo mandato Isidoro llega a la culminación de prestigio en la Iglesia y se convierte, podríamos decir, en el ideólogo del gobierno real, según se señalará al hablar de la sucesión al trono. Sisebuto realizará una política intervencionista en la Iglesia y contraria a los judíos, asunto éste sobre el que volveremos más adelante. Realizará campañas contra los ruccones e intentará negociar la situación bizantina con el patricio imperial Cesáreo. A su muerte dejó un hijo, Recaredo II, el cual, según Isidoro (Historiae 61), "después de la muerte del padre es tenido por rey durante unos pocos días, hasta que le llegó la muerte". Fueron tres meses y las fuentes no explican cómo murió. Fruto o no de una nueva usurpación, Suintila asumió el poder en el año 621. Nuevas victorias contra los vascones -hasta el punto de que, vencidos, tuvieron que trabajar en la construcción de la ciudad de Ologicus (Olite)-; pero que, no obstante, seguirían posteriormente atenazando con sus incursiones diferentes zonas del regnum. Fue alabado por Isidoro (Historiae, 62) por haber puesto fin al dominio bizantino en el este, consiguiendo así el mayor dominio territorial: "...Consiguió por su admirable éxito la gloria de un triunfo mayor que la de los demás reyes, fue el primero que alcanzó el poder monárquico de todo la Spania peninsular, lo que ninguno de los príncipes anteriores había conseguido". Suintila, como otros antecesores suyos, pretendió nuevamente promover una sucesión hereditaria, para lo que asoció a su hijo Recemiro al trono; pero nuevamente las luchas nobiliarias hicieron su aparición: esta vez en la Narbonense, auténtico foco de disensiones. Sisenando, ayudado por el franco Dagoberto, penetró hasta Zaragoza, pero allí el ejército visigodo se le unió, destronando a Suintila y aclamando a Sisenando. Es curioso ver cómo un rey elogiado vivamente por Isidoro sufre posteriormente una especie de domnatio memoriae, siendo acusado por sus actuaciones, tanto en las actas del IV Concilio de Toledo, como por el pseudo Fredegario.
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De todos los nombramientos que hizo Franco en septiembre de 1942, el más importante, en términos históricos, fue el General Francisco Gómez Jordana. Miembro del primer Directorio Militar de Primo de Rivera, recibió el título de Conde por su participación en el desembarco de Alhucemas en 1927 y sirvió como Alto Comisario en Marruecos. También había sido presidente de la Junta Técnica de Franco en 1937-38 y después el primer Ministro regular de Asuntos Exteriores entre 1938 y 1939. Aunque Franco no pensó en él desde el principio, en 1942, fue probablemente la mejor elección que podía haber hecho. Jordana era un profesional meticuloso y un monárquico conservador de la vieja escuela. Al contrario que Serrano, era un buen administrador, prudente y calculador. Aunque aseguró a las potencias del Eje que los cambios en el ministerio no supondrían cambio alguno en la política, Jordana se puso a la tarea de dirigir España hacia la verdadera neutralidad, aunque con sutileza y de forma pausada. No hacía declaraciones filosófico-fascistas y otorgó más importancia a las relaciones con Portugal y con Latinoamérica. Franco no había dado instrucciones acerca de este cambio progresivo, pero tampoco mostró su desacuerdo. La llegada de los Aliados al noroeste de África el 8 de noviembre de 1942 acercó la guerra a España más que nunca. Las fuerzas alemanas tomaron posiciones rápidamente en la mitad sur de Francia, que antes había estado controlada por el régimen de Vichy, de modo que España estaba encerrada entre dos frentes. Mientras tanto, Franco recibió cartas personales de Roosevelt y Churchill en las que le aseguraban que España no debía temer ninguna acción militar por parte de los Aliados. Era la clara consecuencia del cambio sutil en la política que había iniciado Jordana y fue un gran alivio. Pero pronto sonaría una nueva alarma. En la reunión del gabinete del 16 de noviembre se recibió un informe de la embajada en Berlín indicando que Hitler no tardaría en solicitar permiso para pasar con sus tropas por territorio español. Algunos de los miembros más germanófilos del Gobierno, como Asensio, Arrese y Girón, exigieron un mayor acercamiento al Tercer Reich, pero la mayoría apoyó a Franco y Jordana en favor de mantener una postura no beligerante. El Gobierno acordó que habría que oponer resistencia a la entrada de las tropas alemanas y el 18 de noviembre el Generalísimo ordenó una movilización parcial que durante varios meses multiplicó por dos el número de tropas españolas sobre las armas. Se informó a los embajadores españoles de todo el mundo de la firme decisión del Gobierno a resistir cualquier ocupación extranjera de las Baleares -una idea que, según los informes, estaban considerando tanto los Aliados como el Eje. A lo largo de 1942 se diseñaron varias estrategias para movilizar a los falangistas radicales contra la política actual del Gobierno español e, incluso, contra el propio Franco. Los autores no eran los diplomáticos alemanes regulares, sino los líderes del Partido Nazi en Madrid -y a veces en Berlín-. Las altas autoridades alemanas, como Hitler y Ribbentrop no se dejaron engañar por estas maniobras, ya que eran muy conscientes de que la debilitada FET apenas tendría el poder suficiente para reemplazar a Franco. Durante este año las mencionadas estrategias se concentraron cada vez más en el general Agustín Muñoz Grandes, comandante de la División Azul y ahora fuertemente involucrado en el combate en el frente ruso. Para aplazar semejantes complicaciones, Franco había intentado hacer regresar a Muñoz Grandes en mayo de 1942, pero Hitler hizo que no se le sustituyera hasta finales de año. Aunque Muñoz Grandes mantuvo conversaciones con Hitler y otras autoridades alemanas sobre la necesidad de efectuar algunos cambios en el Gobierno de Madrid y la posible entrada de España en la guerra, evitó prudentemente comprometerse con los alemanes. Cuando por fin regresó a Madrid el 17 de diciembre, el Gobierno en pleno fue a recibirle y se le ascendió a Teniente General. Franco parecía tener conocimiento de que no formaba parte de ninguna conspiración real, pero por el momento, mantuvo a Muñoz Grandes sin una misión militar activa. En las últimas semanas de 1942 Franco dejó bien claro que la ofensiva angloamericana en el oeste mediterráneo no había hecho que cambiara su orientación política y lanzó la que sería su última diatriba pública de corte fascista. El 7 de diciembre, el primer aniversario del ataque japonés sobre la base naval americana de Pearl Harbor, declaró ante el Consejo Nacional de la FET: "Estamos asistiendo al final de una era y al comienzo de otra. Sucumbe el mundo liberal, víctima del cáncer de sus propios errores, y con él se derrumba el imperialismo comercial, los capitalismos financieros y sus millones de parados". Después de hacer una alabanza de la Italia fascista y de la Alemania nazi, insistió: "Se realizará el destino histórico de nuestra era, o por la fórmula bárbara de un totalitarismo bolchevique, o por la patriótica y espiritual que España... ofrece, o por cualquiera otra de los pueblos fascistas... Se engañan, por lo tanto, quienes sueñan con el establecimiento en el occidente de Europa de sistemas demoliberales" (Palabras del Caudillo, 523-27). El día 18 declaró ante la Escuela Superior de Guerra que: "El destino y el futuro de España están estrechamente unidos a la victoria alemana" (Informaciones, 19 de diciembre de 1942). Franco hacía gestos fascistas verbales de cuando en cuando, en parte para animar a la FET y en parte para mantener la unidad relativa que existía en sus fuerzas siempre en tensión. Gómez Jordana siguió dirigiendo la diplomacia española lento pero seguro hacia una postura más despegada y más neutral. Tenía gran seguridad en sí mismo y era un hombre decidido, características que demostró cuando en más de una ocasión ofreció su dimisión. Franco estaba cada vez más dispuesto a dejarse convencer y un cambio de actitud era lo que le proponía también su Subsecretario, Carrero Blanco, neutralista convencido, que cada vez tenía más influencia sobre él. Otro producto de la política de Jordana era una relación económica más exigente y equilibrada con Alemania. Desde 1936 los productos alemanes que llegaban a España se habían valorado a precios demasiado altos y desde 1939 se recibía muy poco en comparación con los enormes envíos de materias primas que hacía España a Alemania. Durante 1943 Jordana negoció una relación más realista y convenció a Hitler de que enviara cantidades más grandes de armas para equipar al Ejército español en caso de una incursión de los aliados. Otro producto más de esta perspectiva alterada, fue la campaña diplomática entre enero y febrero de 1943 en la que se pretendía llegar a un acuerdo entre los países que permanecían neutrales -Suecia, Suiza e Irlanda- para ayudar en la mediación para una paz negociada entre los Aliados y Alemania, que salvaría a Europa del bolchevismo. La política española también preveía un acercamiento entre los Estados católicos en asociación con el Vaticano, como una alternativa de la diplomacia europea. Franco hizo una llamada pública a la paz en varios discursos que pronunció en Andalucía a principios de mayo, pero Suecia y Suiza se negaron a cooperar, y Gran Bretaña y Alemania rechazaron el proyecto. De ahí que Franco desarrollara su teoría sobre las tres guerras que se estaban librando y sobre la diferente actitud de España hacia cada una de ellas: neutral en el conflicto entre los Aliados occidentales y Alemania, a favor de Alemania en su lucha contra la Unión Soviética, y a favor de los Aliados en la batalla que estaban librando en el Lejano Oriente contra Japón. Entretanto, estaba mejorando la provisión de bienes y la situación económica, hasta el punto de que, a comienzos de 1943, el periodo de mayor sufrimiento para una gran parte de la población española estaba llegando a su fin. El Alto Estado Mayor realizó un estudio de la situación militar europea el 19 de mayo de 1943 en el que llegó a la conclusión de que el final más probable del conflicto sería la derrota alemana y el dominio de la Unión Soviética en Europa. A pesar de no haber recibido respuesta a su iniciativa de paz, el Generalísimo no perdió la esperanza y el 1 de junio dio instrucciones al embajador en Berlín de que pidiera al Gobierno alemán que modificara su política respecto a la Iglesia católica. A medida que cambiaba la situación internacional, la presión de los Aliados sobre España se hizo más fuerte. Desde 1940 Washington había tomado una postura más dura que Londres y tenía planeado reducir drásticamente la importación de aceite, tan necesaria para la economía española. Jordana respondió el 1 de junio, exigiendo que el Gobierno tomara las medidas pertinentes para reducir la propaganda en favor de Alemania que todavía dominaba la prensa española. Asimismo envió una protesta formal al embajador americano acerca de la nota de prensa que habían lanzado con el titular La España fascista desde dentro, argumentando que no se debía de aplicar este adjetivo al Régimen español. Tras una discusión abierta entre Franco y el embajador el 29 de julio, el tono de la prensa española hacia los Aliados empezó a cambiar. Los medios españoles informaron inmediatamente de la caída de Italia en septiembre y el 1 de octubre Franco, ataviado con su uniforme de Almirante en vez del atuendo falangista, anunció el final de la no beligerancia española y la nueva política de neutralidad vigilante. En noviembre, el Gobierno americano exigió el embargo total de los envíos españoles de wolframio a Alemania, pero Franco se negó. Sin embargo, desmanteló oficialmente la División Azul ese mismo mes, poniendo fin a su colaboración más directa con la Alemania nazi. En total 47.000 oficiales españoles habían servido en el frente ruso, entre los que hubo alrededor de 22.000 bajas, de los cuales 4.500 murieron. Algunos se ofrecieron voluntarios para quedarse allí, sustituyendo la División Azul por una Legión Española de Voluntarios o Legión Azul. Pero no había suficientes hombres para llegar a los requeridos 2.133, de modo que hubo que reclutar a algunos más. Esta división se disolvió el 15 de marzo de 1944 y las pocas tropas españolas que permanecieron se incorporaron directamente en las Waffen SS -junto con un grupo nuevo de voluntarios españoles-. Lo que quedaba de la unidad española de las Waffen SS tomó parte en la defensa del centro de Berlín -incluido el perímetro del búnker de Hitler- durante los últimos días de la guerra, a finales de abril de 1945.
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La historiografía viene etiquetando al reinado de Felipe III de pacifista, aunque lo cierto es que la actividad bélica nunca estuvo ausente por completo. Felipe II, poco antes de fallecer, había firmado con Francia, en 1598, el Tratado de Vervins, para que su heredero no tuviera que enfrentarse a un poderoso adversario, toda vez que desconfiaba de sus dotes para gobernar tan vasto imperio. Por igual motivo, decidió nombrar a su hija Isabel Clara Eugenia y al archiduque Alberto, su esposo, príncipes soberanos de las provincias meridionales de los Países Bajos que aún permanecían fieles a la Corona, aunque, en la práctica, esta cesión contuviese una serie de limitaciones que impedían a los archiduques gobernar de forma independiente el territorio recibido. Buena prueba de ello es que Felipe III, al poco tiempo de acceder al trono, continúa la política belicista de su padre dirigiendo sus acciones contra las Provincias Unidas e Inglaterra. El cese de las hostilidades con Francia favorecía estas empresas militares, pero el éxito no acompañó al joven monarca: la expedición a Irlanda en 1601 fracasó de forma dramática, lo mismo que la reactivación de la guerra en Flandes, pues en 1600 el ejército español cayó derrotado en la batalla de Nieuwpoort. Además, Enrique IV de Francia, que venía prestando ayuda financiera a los holandeses, inicia una hábil maniobra en Italia, enfrentándose al duque de Saboya, aliado de España, por la posesión del marquesado de Saluzzo. Esta campaña benefició a la República de Holanda, que se vio libre temporalmente de la presión de los tercios españoles desplazados en apoyo de Saboya, pero también a Francia, ya que a cambio de Saluzzo, que pasa a incorporarse a las posesiones del duque de Saboya, obtiene el territorio de Bresse, poniendo en peligro, por su posición estratégica, la red de comunicaciones que enlazaba los reinos que España tenía en Italia con Alemania y, por tanto, con los Países Bajos. La designación de Ambrosio Spinola al frente del ejército de Flandes contribuyó a mejorar la posición española en su lucha contra las Provincias Unidas, recobrando la iniciativa y el terreno perdido, a lo que coadyuvó el envío de elevadas cantidades de plata americana. Por otra parte, las negociaciones iniciadas por el archiduque Alberto y Jacobo I Estuardo progresaron rápidamente, y en 1604 España firmó con Inglaterra el Tratado de Londres, concluyendo así sus divergencias. Este triunfo diplomático permitió a Felipe III destinar mayores recursos a la guerra contra la República de Holanda al efecto de someterla y de poner fin a su expansión en Asia a costa del imperio portugués. La conquista de Ostende en 1604 por Ambrosio Spinola fue la consecuencia directa de esta nueva acometida militar. Los holandeses, desprovistos de aliados -sólo contaban con el apoyo del príncipe elector del Palatinado y con subvenciones francesas-, comenzaron a estudiar la posibilidad de llegar a un acuerdo con España, pero las ventajas que Madrid pudo haber obtenido de tan brillante campaña se perdieron ante la dificultad de proporcionar el dinero que el ejército de Flandes necesitaba, lo que provocó en el invierno de 1606 un motín de las tropas. En tales circunstancias lo más sensato por ambas partes era concertar el alto el fuego y así se acordó en la primavera de 1607. El colapso en este mismo año del sistema financiero español, con la suspensión de pagos a los banqueros genoveses, y el recelo que suscitaba en la Corte el despertar del poder francés, en particular tras el conflicto con Saboya, convenció a los consejeros de Felipe III de que debían replantearse las líneas maestras de la política exterior, prestando mayor atención a los asuntos de Italia, por lo que se imponía la firma de un tratado de paz -o, cuando menos, de una tregua a largo plazo- con los holandeses, idea acogida en Bruselas con satisfacción por los archiduques. De este modo, en 1609, a pesar de la resistencia que encontró el duque de Lerma en el Consejo de Estado, donde empezó a germinar un partido contrario a la paz, se formaliza la Tregua de Amberes, un acuerdo de cese de las hostilidades durante doce años, por el que España, además de reconocer de facto a las Provincias Unidas como estados libres -algo inconcebible una década antes-, dejaba a los holandeses la suficiente capacidad de maniobra para continuar su actividad mercantil en las Indias Orientales y Occidentales.
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A la hora de abordar el estudio de la arquitectura mendicante, el elemento que más atrae la atención es la interesante evolución sufrida en lo que respecta a materia constructiva. Una evolución sufrida sin prisa, pero sin pausa, y marcada por tres grandes momentos caracterizados por pautas de comportamiento perfectamente diferenciadas. Las cuatro primeras décadas del siglo XIII es una etapa calificada por Meerseman como de gestación y se caracteriza por una ausencia total de arquitectura. En este primer estadio los frailes, tras una vida de itinerancia, inician una lenta evolución encaminada hacia la ocupación de residencias estables. Se trataba no obstante de una instalación en asentamientos ya preexistentes, nunca fundaciones ex nihilo, generalmente casas o ermitas ubicadas en los arrabales de las ciudades, y nunca, y esto era indispensable, tomadas en propiedad por los frailes. Resulta sin embargo interesante comprobar cómo desde los primeros momentos se delinea ya la posterior trayectoria de ambas órdenes al plantearse el fenómeno mendicante como un movimiento intrínsecamente urbano. Esta vida de itinerancia, propugnada como base de actuación de los frailes en estos primeros momentos, comenzará a modificarse a raíz del incremento del número de vocaciones, la progresiva aceptación popular y, lo que consideramos un factor determinante, la creciente hostilidad con el clero parroquial, acontecimientos todos que tuvieron como inmediata consecuencia una mayor estabilización y pusieron, en los años centrales de la centuria, las bases para el nacimiento de una nueva etapa, de infancia, caracterizada por el nacimiento de una arquitectura propia. Es entonces cuando los conventos, financiados por la iniciativa de una poderosa monarquía, de una rancia nobleza, e incluso de una enriquecida burguesía, se trasladan desde los arrabales de las ciudades al interior de las mismas, dando así luz verde a una febril actividad constructiva que marcará la actuación de los frailes en los años finales de los siglos XIII y XIV en toda su plenitud o adolescencia. Como consecuencia de este lento proceso surgirá una arquitectura cuyo rasgo más definitorio será la diversidad dentro de la unidad. Diversidad, porque el estudio detallado de las fábricas mendicantes dentro y fuera de la Península Ibérica nos permite constatar -y así tendremos ocasión de demostrarlo a lo largo de estas líneas- que en modo alguno se puede hablar de un tipo único de iglesia mendicante y, mucho menos, franciscana o dominica. Los frailes toman lo que ven, se adaptan a los condicionamientos físicos, a la personalidad de los maestros canteros, a las tradiciones constructivas de la zona de asentamiento..., si bien condicionando todo ello a dos fines principales: la liturgia y la predicación, aspecto éste que fundamenta en última instancia la existencia de ambas órdenes. Unidad, porque, pese a esa pluralidad de formas se observa sin embargo en todas las construcciones un acusado carácter de familiaridad que las singulariza respecto a otras construcciones religiosas contemporáneas. Es ésta una peculiaridad sumamente sorprendente, máxime si se constata que los frailes nunca se pararon a reflexionar acerca de cómo deberían distribuirse las dependencias en sus respectivas moradas. Piénsese que las únicas prescripciones al respecto son las emanadas de los Concilios de París, para el caso de los dominicos, tradicionalmente fechado en 1228, y Narbona en lo que respecta a los franciscanos, más tardías (1260) e inspiradas en aquéllas. En el primer texto se incide fundamentalmente en la altura de los edificios: "Que nuestros hermanos tengan casas pequeñas y sencillas, así como también que los muros de las casas, sin solario, no rebasen la altura media de XII pies, y con solario, XX; La iglesia XXX pies". En este sentido es de sobra conocido el caso del convento dominico de Bolonia, cuyas obras fueron mandadas interrumpir por considerarlo santo Domingo de una elevación excesiva. En el escrito franciscano se sugieren normas para la construcción y decoración de los mismos: "De ningún modo las iglesias deben ser abovedadas, excepto el presbiterio. Por otra parte, el campanario de la iglesia en ningún sitio se construirá a modo de torre; igualmente nunca se harán vidrieras historiadas o pintadas, exceptuando que en la vidriera principal detrás del altar mayor, puedan haber imágenes del Crucifijo, de la santa Virgen, de san Juan, de san Francisco y de san Antonio; y si se hubiesen pintado otros, serán depuestos por los visitadores". Vemos pues cómo más que prohibir, lo que hacen ambos estatutos es recomendar sobriedad y austeridad, acomodándose así a los principios de ambas órdenes en estos primeros momentos de su existencia. Dos son los elementos que entran en juego a la hora de concebir un edificio mendicante: uno, el componente religioso y otro, el factor social. En el primer caso los elementos condicionantes emanan de los propios preceptos y fines de la orden. Este aspecto lo entiende y refleja a la perfección Braunfels en su libro ya clásico sobre arquitectura monacal cuando afirma: "Así como resulta imposible comprender el templo dórico sin comprender el espíritu religioso helénico, también se interpretará erróneamente una edificación monasterial occidental si no se conoce la correspondiente regla monástica o no se admite la idealidad del pensamiento monacal".
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Sin duda, uno de los reflejos más evidentes de los cambios que ha conocido la mujer en la segunda mitad del siglo XX en España ha sido su incorporación al mercado laboral que ha alcanza casi los 9 millones de mujeres. Gráfico
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Las agrupaciones gentilicias y las relaciones de clientelas que se consolidan durante el período oscuro, en la misma dinámica organizativa en que se sustenta el renacimiento, hacen posible la organización tribal como modo de encuentro de la dinámica que lleva a la polis. Así, es difícil establecer la procedencia, una vez eliminada la concepción lineal que exige la creación de una institución detrás de la otra. En efecto, frente a una concepción excesivamente evolucionista, que concibe el proceso como una marcha ascendente hacia el Estado, desde genos y la phratría hacia la phylé y la polis para llegar al Estado territorial helenísticorromano, culminación de la historia antigua, algunos autores, sobre la tradición de Max Weber y de De Sanctis, a partir de nuevos argumentos de Bourriot y Roussel, han llegado al extremo opuesto para considerar que genos y tribu son sólo formas de organizarse la ciudad a través de la subdivisión funcional. En cualquier caso, gracias a tales argumentaciones se ha podido llegar a una actitud más flexible y capaz de observar en cada caso formas específicas de desarrollo. En cada caso, el genos ha adoptado un papel diferente, según la capacidad de control que han sido capaces de acumular determinadas familias para imponer su presencia en el tránsito hacia la organización estatal. En ese proceso, las grandes familias dirigentes, al acumular el poder y el control sobre bienes materiales y sobre colectividades humanas, han podido igualmente controlar los hilos de la organización colectiva para hacer del propio genos el único reconocible. Sólo sus miembros necesitan imponer la genealogía para hacerse reconocer como eugeneis, herederos de un genos conocido, gnorismós. Al organizarse las comunidades en tribus, los gene pudieron convertirse en elementos clave para la integración y, de ese modo, el control de los medios de agrupación fue acaparándose por los miembros de aquellos. Cuando en el proceso formativo y en los movimientos migratorios las agrupaciones se consolidaron a través de acciones dirigentes de la ascendente clase dominante, la tribu se va haciendo campo de ejercicio de su mismo dominio. Sin embargo, las tribus como tales parecen estar presentes por lo menos desde las épocas previas a la distribución y a los asentamientos. Los dorios, por su parte, con sus tres tribus repetidas en las organizaciones de cada ciudad, y los jonios con las suyas, cuatro en este caso, parecen portadores de esa tradición desde el período postmicénico, cuando las comunidades sufren el proceso de dispersión desde previas organizaciones que han creado en ellos criterios de agrupamiento. En lo que se refiere a las agrupaciones intermedias, trittyes, fratrías o heterías participan igualmente de una naturaleza dinámica, pues si bien en el primer caso la terminología refleja un contenido exclusivamente numérico y, por tanto, resultado de un acto voluntario, las otras dos reflejan aspectos del parentesco, restos de las organizaciones primitivas basadas en el mismo. La dinámica organizativa de la ciudad parece haberse servido, una vez más, de instituciones primitivas para adaptarlas a las formas de organización estatal en crecimiento que resultan así nuevas, pero también arraigadas en la tradición que reflejaría la naturaleza genética del grupo.
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Con el transcurso de los años sesenta, se produjo la marginación o el pase a la oposición de fracciones de las familias franquistas tradicionales. Esto ocurrió sobre todo en el caso de los monárquicos y los carlistas pero incluso entre los falangistas y los católicos hubo una división respecto a su posición en el seno del régimen franquista. Mientras que algunos monárquicos constituían la opositora y juanista Unión Española, parte de los nacional-católicos se sumaba a las nuevas formaciones democristianas y los tradicionalistas constituían un renovado partido carlista, e incluso los falangistas radicales creaban grupos antirrégimen como Falange auténtica o un Frente Sindicalista. La división de las familias franquistas y los nuevos alineamientos tuvieron que ver con la existencia de diversas tentativas de institucionalización del régimen de Franco. Se trataba de organizar una especie de pluralismo limitado en el seno del régimen. Esta prospectiva política, unida a las perspectivas de la sucesión en la jefatura del Estado, llevó a un juego aperturista de intentar definir una izquierda y una derecha del Movimiento. Por un lado, un sector de los falangistas, vinculado sobre todo a Sindicatos, se autodefinía como la izquierda nacional con evidentes modulaciones populistas mientras que el sector tecnócrata, de los que muchos de sus miembros pertenecían al Opus Dei, tenía un proyecto de desarrollo económico y de configuración de un Estado social de Derecho sin democracia. Antes de la crisis de gobierno de 1965, por ejemplo, Navarro Rubio pensó presidir una asociación del Movimiento de derecha católica frente a otra dirigida en la izquierda por el falangista José Girón. En definitiva, los diversos aperturismos de los años sesenta pretendían organizar un juego político de pluralismo limitado en el seno del régimen. En cualquier caso, estos aperturismos estaban lejanos de un planteamiento democrático, ni siquiera de democracia limitada, pues todavía pretendían cubrir todo el espacio político en el seno de los principios del Movimiento. No obstante, políticos del Régimen como Manuel Fraga o José María de Areilza, todavía en su etapa ministerial en Información y Turismo o en el servicio diplomático, iban a ir perfilando una peculiar teoría del centrismo que permitiría la conversión de sectores del enemigo, de la oposición democrática como los socialistas, en meros adversarios. Además de estos aperturismos se fue definiendo un sector ultra o inmovilista, reacio a cualquier cambio de los fundamentos del régimen franquista. Un representante cualificado de estos sectores ultras fue el grupo de Fuerza Nueva, aglutinado por el notario Blas Piñar. En todo caso, los deseos de apertura del Movimiento respondían a una realidad de anquilosamiento de su base y de incertidumbre ante la sucesión. Hacia 1965 el cincuenta por ciento de sus miembros pertenecía al mismo desde la inmediata posguerra, acercándose a una media de edad de los cincuenta años. La pertenencia a organizaciones del Movimiento más activas como Sindicatos o el Frente de Juventudes no se traducía necesariamente en militancia en el partido único. La gestión del nuevo ministro-secretario general del Movimiento, José Solís Ruiz, no ayudó precisamente a la politización del mismo sino a su burocratización. Tras la derrota de la tentativa de falangistización de Arrese, el eje de la iniciativa política pasó al almirante Carrero y a su estrecho colaborador Laureano López Rodó. Catedrático de Derecho Administrativo y miembro del Opus Dei, había sido también falangista. Aunque había entrado en la política de la mano del tradicionalista Iturmendi, su promoción la debió al almirante Carrero. Desde Presidencia ascendió en 1962 a la Comisaría de los Planes de Desarrollo, integrándose en el Gobierno tras la crisis de 1965. Según Tusell, su proyecto venía a representar una evolución hacia una dictadura burocrática de contenido clerical. La nueva Ley de Principios del Movimiento de mayo de 1958 tenía un contenido político bajo pues, aunque ratificaba la condición de reino de España, se limitaba a enunciar una docena de bases que permitía el acuerdo entre las familias arbitradas por Franco. Otros proyectos de ley orgánica terminaron arrinconados aprobándose, en cambio, unas medidas de reforma de la Administración. Esta reforma permitió, además de la racionalización burocrática, una progresiva separación entre Estado y Gobierno que, a medio plazo, habría de jugar un papel clave en la configuración de un Estado de Derecho y, por tanto, en la transición a la democracia. La ley de régimen jurídico de la Administración de julio de 1957 regulaba los procedimientos y la organización del Estado, estableciendo una jerarquía normativa y la responsabilidad de los funcionarios. Esta Ley no contemplaba para nada el tema de la jefatura del Estado ni aludía al Movimiento Nacional, lo que provocó el descontento de los falangistas. Además de la reforma de la Administración, la medida de más alcance del Gobierno de Franco de 1957 fue el giro de la política económica. La ley de Liberalización y Estabilización Económica de julio de 1959 supuso un verdadero punto de inflexión no sólo del régimen de Franco sino de la totalidad de la Historia reciente de España.
contexto
Cuando Felipe II (1527-1598) vaya recibiendo de su padre los distintos territorios de los que le hizo heredero entre 1554 y 1556, se vendrá a recuperar de alguna manera la situación anterior a la elección imperial de 1519. La rama española de los Austrias renunciaba al trono imperial después de complejos acuerdos familiares, pero, eso sí, con la incorporación a los dominios del Rey Católico del Ducado de Milán, definitivamente asegurado contra Francia, el Franco Condado y los Países Bajos, que, con la conquista de algunos nuevos territorios, agrupaban un conjunto de Diecisiete Provincias. Sin embargo, Felipe II no iba a renunciar en modo alguno a seguir adelante con ese destacado papel en la escena internacional europea, porque, a pesar de que no es Rey Católico y Emperador al mismo tiempo, pretende mantener la hegemonía de su potencia. En el marco de las relaciones exteriores se ha operado un cambio sustancial y, ahora, no nos encontramos ante un panorama de guerras dinásticas, sino de guerras confesionales, en el que Felipe II se presenta como la cabeza del mundo católico romano. Pero esto no supuso que su política internacional fuera aceptada al cien por cien por sus súbditos españoles. La imbricación de la política hispánica con los grandes episodios de la disputa internacional será característica de todo el siglo XVI, moviéndose los Austrias Mayores sobre el difícil y resbaladizo terreno de que su acción exterior no fuera bien recibida dentro de la Monarquía Hispánica. De esta manera, no será extraño que nos encontremos con una revuelta interna al mismo tiempo que se organiza o desarrolla una campaña exterior. Los problemas comienzan nada más llegar Carlos de Gante a España en 1517 procedente de los Países Bajos. La regencia la ocupa el Cardenal Cisneros, pero la primera cuestión que se discute es la de cuál va a ser el estatuto que se le concederá al Duque de Borgoña junto a su madre, quien es la legítima reina de Castilla desde la muerte de Isabel I. Carlos impone su reconocimiento como rey conjuntamente con su madre y se niega a ser considerado únicamente regente en su nombre como había sido Fernando el Católico. Sólo a la muerte de Juana la Loca en 1555, Carlos I ocupará el trono en solitario y, entonces, lo hará por escasísimo tiempo. Las Cortes reunidas en Valladolid en 1518 lo reconocen solemnemente como soberano de Castilla, pero muestran una declarada pretensión de preservar un gobierno de naturales, es decir, de castellanos, frente a la corte flamenca y borgoñona que ha traído consigo el nuevo rey. Al año siguiente, las Cortes de Zaragoza lo reconocen como rey de Aragón y lo hacen con menos reticencias que las que han tenido que vencerse en Castilla. De Zaragoza, el nuevo Rey Católico se traslada a Barcelona para celebrar el Capítulo de la Orden del Toisón de Oro, de la que es maestre soberano, y hasta allí llega, primero, la noticia de la muerte de Maximiliano I y, poco más tarde, la de su elección como Rey de Romanos. Apenas año y medio después de su llegada a España, Carlos I se apresta a volver al Norte para ser reconocido como titular del Imperio, una dignidad muy superior a la de rey de Castilla y de Aragón. Pero, antes de hacerlo, convoca las Cortes castellanas para solicitar del reino el apoyo económico que precisa para su viaje y para sufragar los gastos que ha acarreado la elección imperial, en la que ha tenido que ser generoso con los príncipes electores. Las Cortes se celebran en Santiago de Compostela y se trasladan a La Coruña, de cuyo puerto sale Carlos rumbo al Imperio después de haber conseguido con muchas dificultades el servicio económico que pretendía. Deja a su preceptor Adriano de Utrecht -el futuro papa Adriano VI- como gobernador durante su ausencia. El camino a las Comunidades de Castilla queda definitivamente abierto, porque no sólo se gobernaba con extranjeros, sino que el rey abandonaba su reino.