La fachada principal de la catedral toledana se diseñó con dos torres pero sólo se concluyó la de la izquierda. Se alza hasta los 90 metros de altura y se remata con una aguja flamígera.
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En el siglo XV se diseñó la portada principal de la catedral de Toledo, trazándose dos torres de gran altura. Sólo se realizó la del flanco izquierdo, siendo ésta cerrada por una cúpula perfilada por el hijo de El Greco, Jorge Manuel Theotocopuli.
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La predominante peculiaridad del diseño del Transparente de la Catedral de Toledo es el maridaje, en un excepcional momento, de la orquestación escénica de la que se puede servir una mecánica visual en su peso perceptivo, el movimiento que socava el equilibrio provocando una tensión inherente a la estructura, y aspectos adicionales de carácter ornamentista interpretados como una manifestación particular o excepcional del proceso barroco. El objeto que se persigue de naturaleza sencilla, como es la filtración de la luz a través del muro pétreo de la girola para la contemplación simultánea del Santísimo Sacramento desde este plano del reverso del Altar Mayor, se convirtió, por el singular talento de Narciso Tomé, en una compleja fórmula de relación entre causa percéptica y efecto perceptivo. Inmóviles fórmulas yuxtapuestas se afrontan con otras unilateralmente dispuestas. Esbeltos fustes de donde brotan materias indefinibles, todo en apropiada relación y armónica disposición de las artes. Su peculiar efecto expresivo convierte esta obra en un ejercicio de perfección y de imaginación.
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La exuberancia creadora en este tipo de composiciones de exposición o presentación de un símbolo religioso tiene un gran pilar de sustento en el Transparente de la Catedral de Toledo, una obra debida al genio de Narciso Tomé en la que hipotecaría toda su espontaneidad creadora. Hay quien ha tratado el monumento como un lastre mental, como un self-expression, como un estilo sin gramática, o como un objeto derivado de un falso cálculo o, por contraste, de una ley óptica acertada. La invención de Tomé ha soportado la crítica más variopinta en el pasado y en el presente, y no deriva en exclusiva de los rigoristas ilustrados. Pero es hasta lógico que el Transparente plantee la controversia de su propia definición espacial y no tan sólo la del ornato barroco o rococó que acumula. Se discute si se caracteriza por una singular elementalidad estereométrica, por ser un simple plano en curvatura con decoración aplicada, si es producto de un rigor intelectualista utópico que traduce el nexo entre arquitectura real y ficticia. Creemos que el Transparente es la respuesta a éstas y otras exigencias y que en cualquier caso nunca está atrapado en la red de una definición tradicional arquitectónica. Su función es la de exponer y presentar la imagen; en este caso, el hacer posible la visión del Sagrario al paso del espectador por la girola del templo. El fermento didáctico es el mismo que Hurtado perseguía. Sin embargo, la formulación de Tomé pertenece a una de las más abstractas categorías de visión emocional. La encuadra en una nueva posición mental estructuralista respecto al pasado, refleja el estar al día en el gusto figurativo europeo, y altera, modifica o destruye cualquier tipo de sugerencia que nos acerque al clasicismo. Según los dictados de su inspiración apura la belleza de la forma hasta perfeccionarla al límite, o por contraste la deja inacabada. Aísla la obra y la ilumina desmantelando la arquitectura gótica, insensible a los valores ambientales. Individualiza el estilo rococó al que evoca en irrepetibles imágenes, pero no lo usa como instrumento en su más reconocido valor. Nace su lucha entre la poética de su tiempo y la fuerza arrolladora de su imaginación. Trata de conseguir una coexistencia entre los recursos iconográficos tradicionales (la Cena, la Virgen y el Niño, las figuras alegóricas) y su propia lingüística anticonvencional. Su espacio para la devoción tal vez sea amanerado, sofisticado incluso, pero es abiertamente honesto, sincero, y ha ilustrado el camino de un nuevo lenguaje barroco de esencia nacional.
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En la obra que Narciso Tomé hace para la catedral de Toledo se alterna la piedra, el mármol y el bronce. En su momento recibió numerosas muestras de admiración pero no tardaron en llegar las más terribles críticas de los neoclásicos.
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Aunque Toledo responde, en planta, a un modelo foráneo, las soluciones adoptadas en lo que a elevación de muros y proporciones del alzado en general se refiere, nada tienen que ver con él. Es significativa de esta acomodación, incluso el uso de los arcos polilóbulos en la zona de los triforios de la girola, de intenso sabor musulmán.
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El hecho de que en las catedrales de Toledo y Burgos sólo se hayan conservado estas obras de las primitivas vidrieras impide establecer cualquier supuesto sobre el programa iconográfico y lo que llegó a realizarse durante los siglos XIII y XIV. Algunos fragmentos que han llegado a nosotros procedentes de otros edificios parecen apuntar a una difusión más amplia del arte de la vidriera
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La primera piedra de la catedral de Tortosa se coloco el 21 de mayo de 1341, siendo el templo consagrado en 1597 por el obispo Gaspar de Punter. Antoni Guarch, Benet Basques de Montblanc y Bernat Dalguaire serán los encargados de realizar la obra, interviniendo posteriormente Andrés Juliá, quien después se trasladó a Valencia para edificar el Miguelete de la catedral.