Resulta muy extraño encontrar un paisaje aislado en la pintura española del Renacimiento e incluso en la época barroca. La aparición de esta Vista de Toledo hace considerar a El Greco como el primer paisajista de la historia del arte español. La explicación a la ausencia de paisajes vendría motivada por la menor consideración de los clientes a este tema, situándose los pintores que trataban este género en una segunda categoría. Eso no quiere decir que en las colecciones de estos clientes no existieran cuadros de paisaje; cuando había demanda de ellos se recurría al mercado italiano o flamenco, donde sí hay más ejemplos de paisajes aislados. Esto hace aún más importante la obra que contemplamos. Se trata de un paisaje bastante fantaseado, a pesar de partir de la realidad. Doménikos centra su atención en los edificios emblemáticos: el Alcázar, el puente de Alcántara, el castillo de San Servando y la catedral, situándose en un punto de vista frontal a la ciudad para mostrar el río Tajo. La aridez del terreno ha sido sustituida por un acentuado verdor más característico del norte de España. Unas nubes grisáceas amenazan tormenta. La silueta de los edificios se recorta sobre esas nubes, iluminándose por efecto de la tormenta. Las tonalidades verdes, azules y grises dan un aspecto dramático a la escena y ponen de relieve la grandeza de la ciudad. Esta misma idea la representa el maestro en San José con el Niño y San Martín con el mendigo, obras que tienen como lejano fondo una vista de Toledo muy similar a ésta. El significado exacto de la imagen nos resulta desconocido, planteándose que podría tratarse de una exaltación de la Ciudad Imperial, capital oficiosa del estado en los últimos tiempos hasta que en 1567 Felipe II decidió trasladar la capitalidad a Madrid. También se opina que podría estar relacionada con el espíritu místico que vivía la ciudad en aquellos momentos, hábilmente recogido por El Greco en sus lienzos religiosos.
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Los trabajos realizados por Turner en su segundo y tercer viaje a Venecia están protagonizados por la luz como bien podemos observar en esta sensacional vista de un canal veneciano en las cercanías del Arsenal. Las tonalidades azuladas contrastan con el blanco de las fachadas de la izquierda y con el rojo de las del fondo, creando un efecto lumínico y cromático de gran belleza. Las góndolas avanzan para dotar de dinamismo a la escena y la sensación atmosférica envuelve todo el conjunto, resultando una composición característica de la Ciudad de los Canales llena de romanticismo.
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Friedrich retornó a su tierra, la Pomerania anterior, en el otoño de 1815. Esta región había por fin abandonado el dominio sueco, y Friedrich se apresuró a regresar durante una temporada junto a su familia. Durante esos días realizó numerosos estudios, contenidos en un cuaderno hoy conservado en Oslo. Muchos de ellos le servirán para realizar en los años siguientes toda una amplia serie de cuadros de tema marino, con un especial interés en los veleros, como Barcos en el puerto de Greifswald. De todos estos óleos, el que nos ocupa es el más importante de los realizados a la misma vuelta del viaje. Fue expuesto en Dresde en 1816; más tarde en Berlín, en donde fue adquirido por el rey Federico Guillermo III de Prusia, como regalo de cumpleaños para el príncipe heredero, gran admirador de Friedrich. Con una gran riqueza de detalles, siempre dentro de su elaborada composición simétrica, el pintor vuelve a tratar el tema del puerto como alegoría de la muerte y la resurrección, del que ya había ocupado en 1811 en su Puerto a la luz de la luna, hoy en Winterthur. Aunque empleó un dibujo de 1798, la mayoría de los elementos proceden de su viaje de 1815, como los bergantines, vistos desde proa y desde popa, que tomó del dibujo conocido como Bergantín en el puerto. El éxito de este cuadro hizo que se aceptara en diciembre de ese año su demanda de admisión en la Academia de Dresde, con un salario anual de 150 thaler.