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En esta obra, El Greco repite la tabla central del reverso del Tríptico de Módena a pesar de encontrarse ya en Roma bajo la protección del cardenal Farnesio y tras haber pasado tres años de formación en Venecia, donde había acudido a los talleres de Tiziano y Tintoretto. El arcaísmo de esta imagen podría deberse al interés por el mundo bizantino desarrollado en el círculo de Fulvio Orsini - bibliotecario del cardenal, considerado como el primer propietario de la obra - al que pertenecían el artista y el sacerdote cretense Juan Nathanael. En la composición se reproduce una estampa de madera que era vendida a los diversos peregrinos que acudían al monasterio de Santa Catalina en Sinaí, mostrando una serie de figurillas en primer plano y la potente arquitectura del edificio al fondo, rodeado de gigantescas montañas. Un cielo anaranjado y una pincelada tremendamente empastada definen esta extraña composición donde El Greco pone de manifiesto su admiración por la repetición de los temas.
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El 4 de julio de 1786 ordenó Carlos III a Luis Paret que "pasando por los puertos del Océano pintase las vistas de ellos", trabajo que mantuvo ocupado al pintor durante unos seis años, hasta que le fue otorgada al artista la Vice-secretaría de la Academia. Los expertos consideran que el encargo está constituido por unas quince vistas. Paret recuerda en esta obra al estilo de Watteau al representar en primer plano una dama desembarcando, descentrando hacia la derecha del espectador la vía de agua que sale al mar, entre los dos montes que alojan en sus faldas el caserío urbano. Ante el monte central se recortan varios navíos de los que llegan las barcas, destacando el colorido vivo de las telas de los personajes. El horizonte bajo es una influencia de la pintura barroca flamenca, al igual que el transparente cielo, enrojecido hacia la izquierda, brillando las velas de los barcos a la luz crepuscular.