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Leonidas Breznev ocupó el poder hasta su muerte en 1982 de modo que su etapa de Gobierno cubrió en realidad una gran parte del período que examinamos en esta parte del volumen. Se ha tratado ya de los rasgos fundamentales de su período de Gobierno de modo que podemos abordarlo ahora haciendo tan sólo mención a que aquellas características a las que ya se ha hecho mención se acentuaron durante el período inmediatamente siguiente. La fase final de esta etapa de Gobierno puede parangonarse con la decadencia del Imperio Romano en la óptica de un historiador de la Antiguedad en lo que tenía de contraste entre la realidad y la apariencia. El dirigente soviético probablemente tuvo tantas medallas como todos sus antecesores juntos, pero esta acumulación de honores significaba muy poco realmente. Los libros que se le atribuyeron carencias de cualquier originalidad y habían sido elaborados por escritores profesionales. Tanto el culto a la personalidad como esa proliferación de condecoraciones ocultaban, en realidad, la propia vaciedad del líder, y eran la prueba de la autosatisfacción de un sistema que sabía que había evitado la conflictividad interna por el procedimiento de exaltar al más mediocre. En su fase final Breznev apenas trabajaba dos o tres horas diarias porque sus condiciones físicas no daban para más. No era una excepción porque algo parecido le sucedía al conjunto de la clase dirigente soviética: a estas alturas se habían establecido ya las diez semanas de vacaciones como norma general para los miembros del Politburó, dada su edad. El verdadero interés de Breznev se situó en sus aficiones como, por ejemplo, su colección de un centenar de fusiles de caza o de automóviles. Desde 1975 hubo llamadas de atención de Andropov acerca de la posibilidad de una grave crisis del sistema, sobre todo en el aspecto económico, pero no hubo reacción por parte de Breznev que nunca hubiera tenido la menor posibilidad de enfrentarse con ella. Lo que Andropov, responsable de la KGB y, por tanto, la persona más enterada de la verdadera realidad de la URSS, quería era una cierta vuelta a los procedimientos de movilización popular del período inicial revolucionario para lograr así un mayor grado de disciplina y de cumplimiento de los planes. Pero Breznev, cuyo entorno familiar se había configurado como una auténtica mafia en el terreno económico, no estaba en condiciones de protagonizar esta política. Incluso se puede decir que no participó de forma destacada en la actividad del partido o del Estado pero, en cambio, quiso aparecer periódicamente en televisión. Todo lo que se refería a la rutina del poder estuvo entregado a Chernenko que, en realidad, actuaba como una especie de mandatario suyo aun no teniendo otras virtudes que las de un secretario. Fueron precisamente los dos personajes citados quienes sucedieron a Breznev de forma sucesiva en el momento de su muerte. Andropov llegó al poder con 68 años y después de haber padecido un infarto. Triunfó en la sucesión por ser apoyado por el Ejército -el general Ustinov- y por su papel al frente de la KGB durante mucho tiempo. Alguna sensación de crisis debía haber llegado a hacerse clara ante la dirección soviética cuando se optó por él en vez de por quien había sido el colaborador más estrecho de Breznev. Como en otras ocasiones, el hecho de que fuera nombrado para hacer la alabanza a éste en sus funerales testimonió sus futuras responsabilidades. De él dijo que "encantaba a todos por su simplicidad, por su transparencia", lo que parecía indicar la voluntad de mantener el liderazgo en la línea desdibujada y de colaboración colectiva. Chernenko, que era en un principio su competidor, le propuso insistiendo en la necesidad de mantenerse en un modo de actuación colectiva como el indicado. En Occidente algunos describieron a Andropov como un reformador liberal, pero sería mucho más oportuno hacerlo como un miembro de la clase dirigente soviética, inteligente y culto, consciente hasta cierto punto de la situación crítica del sistema y dispuesto a tomar algunas medidas para enfrentarse con el futuro. Nació en Stavropol en 1914 y desde muy pronto inició su carrera política en las juventudes comunistas. Aunque fue una persona de cierta educación no concluyó sus estudios universitarios; escribía poesía y tenía una vida familiar muy activa que era muy importante para él. Un historiador ruso poscomunista le ha descrito marxista idealista, que creía en el leninismo y en la KGB y desde ambos sirvió a la URSS. Fue embajador entre 1954 y 1957 en Hungría, lo que implica haber participado en el aplastamiento de esta sublevación, pero también que tuvo la ocasión de demostrar entonces sus capacidades políticas, aunque fuera Kruschev quien en lo esencial dirigió la operación contra los seguidores de Nagy. Eso tuvo como consecuencia que dejara la carrera diplomática, que era su destino previsible para el resto de su vida y volviera a la URSS. El gran salto adelante en su carrera política Andropov lo dio, sin duda, en 1967 cuando se hizo cargo de la KGB. De los siete líderes soviéticos fue el único que pasó de la KGB a la dirección del partido lo que resulta muy característico de esta fase final del régimen soviético. Esta institución había sido un instrumento en manos de Beria y durante el período posterior a él había sido dirigida por personajes de semejante brutalidad. Pero con Andropov fue algo muy distinto: la convirtió en una especie de "Inspección general" del sistema soviético o, lo que es lo mismo, la convirtió en una especie de Estado dentro del Estado con procedimientos técnicos mucho más sofisticados que en el pasado. De hecho, sabía mucho más que el secretario general del PCUS sobre muchos asuntos. Pero el propósito de la KGB, como es lógico, seguía siendo el mismo de siempre: el mantenimiento estricto de la estabilidad del régimen. Los procedimientos, de cualquier manera, eran ya muy distintos: la propaganda fue más matizada e incluso se dirigió a los medios culturales en donde podía anidar la disidencia. A los más rebeldes Andropov ya no los encarceló, hizo juzgar o envió a los campos de concentración, sino que les privó de la nacionalidad o los envió a clínicas psiquiátricas. También toleró que pudieran emigrar y también se lo permitió a los judíos (unos 250.000 pudieron salir de la URSS). Incluso la KGB mejoró su imagen por el procedimiento de hacer propaganda de sí misma pero también persiguiendo a la corrupción. Sus competencias llegaron incluso a la administración de los fondos que utilizaba la URSS para subvencionar a los Partidos Comunistas de los países occidentales. Andropov fue siempre considerado como una persona enigmática que hacía pocas apariciones públicas, no gritaba y era, a la vez, temido y respetado. Su liderazgo siempre fue más bien tolerante, poco conflictivo y eficiente y su capacidad de trabajo prodigiosa, pero todo ello no permite decir en absoluto que fuera un reformador liberal. En muchos aspectos distó mucho de ser lo que luego sería Gorbachov: no dio la sensación de ser un populista, no apeló al ciudadano medio, no sugirió que tuviera un programa amplio de reformas y tampoco mostró ningún deseo de modificar la esencia de la política interna soviética. Sin embargo, en cierto sentido las declaraciones y discursos de Gorbachov tuvieron un antecedente en él. En el fondo, parecía haber sido muy consciente de la situación crítica en que vivía el sistema soviético y haber intentado ponerle remedio, pero lo hizo en una dirección mucho más tradicional que la que luego lo intentó el creador de la "perestroika". En ese sentido también podría decirse que el planteamiento de un programa de reformas era simplemente inevitable en la URSS, al menos a medio plazo. No repudió a Breznev pero llevó una vida austera frente a la ostentación del entorno familiar de su antecesor. En el terreno económico -en el que se centraban principalmente las dificultades soviéticas- pareció haber sido mucho más consciente de la necesidad de adecuar precios a la realidad y reclamó una disciplina de trabajo que se había derrumbado durante la etapa del estancamiento. Su programa consistió en repetir una y otra vez que era necesario reforzar la producción y la disciplina de trabajo pero este tipo de invocaciones tenía una escasa posibilidad de resolver problemas profundos. Hubo casos de persecución a gestores administrativos como, por ejemplo, el más importante de la tienda de alimentación más grande de Moscú y el antiguo ministro del Interior. Pero estos casos ejemplares tampoco sirvieron para volver a la disciplina que había gestado el terror estaliniano. Por otra parte, Andropov no tenía formación en materias económicas o de agricultura. En política exterior protagonizó un cierto cambio por el procedimiento de dejar entrever que estaba de acuerdo en admitir una retirada de Afganistán. Es incluso posible que, de haberse atendido mejor a sus consejos en su momento, no se hubiera producido la invasión. Pero los cambios efectivos fueron escasos, entre otros motivos porque no hubo tiempo para llevarlos a cabo aunque hubieran podido ser positivos porque implicaban una cierta vuelta a la distensión. Aunque no quiso que las potencias árabes, por ejemplo, le obligaran a participar en un conflicto mundial no deseado, siguió armándolas, en especial a Siria. Quiso mejorar las relaciones con China pero pronto descubrió la imposibilidad de ponerse de acuerdo porque ésta le pedía que Vietnam abandonara Camboya y la URSS se retirara de Afganistán y de Mongolia. Se mantuvo la tensión con Occidente por el despliegue de los misiles y en el momento de producirse la réplica de los países democráticos respondió con nuevas instalaciones pero también con una "ofensiva de paz" que presagiaba la política que luego mantendría la URSS en la etapa de Gorbachov. El derribo del avión sudcoreano que sirvió a Reagan para hacer una violenta requisitoria contra la URSS no fue, en cambio, un acontecimiento premeditado. La acción fue el resultado de una cadena de errores y de coincidencias desgraciadas: el avión se desvió por error y penetró el espacio aéreo enemigo donde fue tomado por espía. Las discusiones de la dirección soviética testimonian, sin embargo, la ausencia de una mínima compunción por los muertos. Los soviéticos descubrieron la caja negra del avión y hubieran podido dar cuenta de lo realmente sucedido y pedir disculpas, pero no lo hicieron. El problema principal de Andropov, casi inmediatamente después de llegar al poder, fue su propia salud. A los tres meses de llegar a la Secretaría General tuvo que someterse a diálisis por insuficiencia renal. A pesar de su mayor deseo de enfrentarse a la crisis del sistema soviético, por el estado de salud propio y de los suyos, se vio obligado a reducir la jornada de trabajo a tan sólo de 9 de la mañana a 5 de la tarde con un día de trabajo semanal en casa. De los quince meses que estuvo en el poder, la mitad del tiempo permaneció en el hospital, donde recibía llamadas y leía papeles. Muerto en febrero de 1984, Andropov fue sustituido por Chernenko, lo que es bien expresivo de la situación crítica de la política soviética. A sus setenta y dos años Chernenko era una persona mediocre desde el punto de vista intelectual, muy cauteloso, muy titubeante al hablar y que carecía por completo de fuerza espiritual o física para desempeñar el poder, pues daba la sensación de que la había agotado en su totalidad en llegar al ápice del mismo. Nunca había tenido la responsabilidad suprema de ninguna parcela de la política o la Administración soviéticas hasta el momento de llegar a la Secretaría General. Habiendo sido el hombre de confianza de Breznev no consiguió siquiera ser elegido como su sucesor, tan patentes eran sus carencias; incluso después de haber desaparecido Andropov la dirección soviética tardó el doble de tiempo en proclamarle que a su predecesor. El general Ustinov hubiera preferido a Grishin o a Romanov y Gorbachov le acabó apoyando a base de pedir la unidad de todo el equipo dirigente e incluso puede decirse que su nombramiento no se explica sino por ir acompañado de un papel preminente suyo hasta el punto de que "Pravda" le describió como "el segundo secretario". Un diario parisino dijo de Chernenko que lo más notable en su persona era la carencia de cualquier cosa notable. En la práctica entregó a Gorbachov la dirección del secretariado del Comité Central, las cuestiones de agricultura y la comisión sobre Polonia, lo que equivalía a descargar sobre sus espaldas buena parte de las responsabilidades más graves que le correspondían al liderazgo soviético. En el poder resultó, como parecía inevitable, extremadamente conservador y no hizo el menor intento para cambiar nada a pesar de que no podían ocultarse ya los signos de crisis. Aun así, por la inveterada práctica del culto al líder fue exaltado como si se tratara de un muy singular personaje histórico. Su papel en la Guerra Mundial había sido nulo y, sin embargo, se alabó su labor como modesto guardia de frontera. Breznev, al menos, había acabado la Segunda Guerra Mundial como general pero él no había hecho nada reseñado. Su mérito había sido ser el hombre de confianza de quien le promovió como encargado de agitación y propaganda en Moldavia pero toda su vida había demostrado una rotunda incapacidad de salirse de su línea burocrática. A las reuniones de la dirección soviética presentaba textos elaborados por la maquinaria del partido pero, en cambio, en las agendas de trabajo de Breznev aparecía mucho más que cualquier otro. Ni siquiera era tomado en serio, puesto que no tenía preparación en materias económicas, militares o de cualquier otro tipo verdaderamente relevante. Pero por su mesa de trabajo pasó una inmensa cantidad de papel a lo largo de muchos años. En sus trece meses en el poder testimonió una total apatía en la tarea de Gobierno. Sólo había viajado en dos ocasiones al exterior antes de ser dirigente soviético pero le cogió gusto a la política exterior. La mejor prueba reside en su voluntad de recibir a extranjeros y en su ansiedad de lograr un reconocimiento que le faltaba en el interior pero siempre demostró una total incapacidad para mezclarse con las masas, como luego haría su sucesor. Muy pronto dio cuenta de que su voluntad de perfeccionamiento del sistema era inexistente. En realidad, en mayor o menor grado, todos los dirigentes tenían conciencia de la situación que existía pero nadie parecía demasiado propicio o capaz para la reacción. La única excepción parecía Gorbachov pero, como comprobaremos, tampoco la suya fue una posición caracterizada por la lucidez.
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Desde esta perspectiva, la clientela popular e iletrada del Luis de Morales tradicional debiera convertirse en otra culta, latinista, al día en materia bibliográfica (que maneja incluso libros que bordean el filo de la prohibición o caen directamente dentro del "Indice"), e inquieta y novadora en materia devocional y espiritual, en un momento como el siglo XVI de inusitada efervescencia religiosa y un apasionamiento que desembocaría en nuevas y diversas teologías, reformas, contrarreformas, herejías varias, dispersas guerras de religión, concilios generales y sínodos locales, catecismos y libros de oración. Ya hemos apuntado de pasada los contactos que debió establecer Morales con los obispos Francisco de Navarra (1498-1563) y Cristóbal de Rojas y Sandoval (1502-1580); sin embargo, su más conocido cliente, casi su mecenas al pasarle un excelente sueldo de 160 ducados anuales (el arquitecto real Juan Bautista de Toledo comenzó su carrera española con uno de 220), fue su sucesor en la sede episcopal y futuro santo Juan de Ribera (1532-1611). Conocemos bastante al detalle sus peticiones de estos años; a Morales le encargó ya en 1564 un Retrato de Juan de Ribera (Madrid, Museo del Prado), dos tablas con la Virgen en 1565 y, en 1566, otro retrato para su capilla (probablemente el del tríptico del Ecce Homo de colección particular de Cádiz, similar a los ejemplos sevillanos de la catedral y del convento de las Teresas), una Virgen con Niño (a imitación de otra del conde de Monteagudo, quizá don Juan Hurtado de Mendoza el santo) y una Procesión del Concilio de Trento (que le costó 4.500 dineros o maravedís, el muy alto precio de 12 ducados); en 1565, el prelado había enviado dos tablas de la Virgen a Sevilla y, al año siguiente, una tercera al obispo de Avila, Alvaro de Mendoza; en el bienio 1567-1568, el futuro San Juan de Ribera pagaba al pintor por un tríptico de la Quinta Angustia (el ya citado de Cádiz, con su retrato), por su famosísimo Juicio del alma (Valencia, Colegio del Patriarca), por dos Cristos a la columna con San Pedro y por dos Vírgenes gitanas. Además del Juicio del alma, la fundación valenciana del Corpus Christi -creado por Ribera durante su gobierno de la archidiócesis mediterránea- conserva hoy un Nazareno que procedía del oratorio de su palacio arzobispal. Los tres prelados de Badajoz, que con mayor o menor frecuencia requirieron los servicios de Morales y debieron orientar sus encargos, parecen haber coincidido en algunos rasgos. El agustino Navarra (1546-1556), estudiante en Toulouse y París, más tarde rector de la Universidad de Salamanca y reformador de la de Alcalá de Henares, fue discípulo del también canónigo de Roncesvalles el Doctor Navarro, el famoso erasmista Martín de Azpilicueta, amigo del escritor Cristóbal de Villalón y del arzobispo de Toledo Bartolomé de Carranza, quien terminaría prácticamente sus días en las cárceles inquisitoriales de Roma acusado de escribir un catecismo sospechoso de protestantismo; presente en las sesiones conciliares de Trento en 1545-1547, Navarra permaneció en Venecia y Milán hasta 1552, en estrecha relación con Carranza, el cardenal Pole, su secretario Priuli y Ascanio Colonna, muchos de ellos más tarde en contacto con los luteranos de Valladolid y miembros del círculo romanovéneto de los reformistas católicos italianos, acusados de herejía por el papa Paulo IV. Nombrado más tarde arzobispo de Valencia, Navarra aplicó su sentimiento irenista y pacificador a la conversión conciliatoria de los moriscos que no permanecían demasiado firmes en su nueva fe; creó una Junta especial, cuyos comisarios debían abandonar la política de la mano dura y, en cambio, "tratar este negocio con toda benignidad, de suerte que esta gente no se encandalice... para que estos bivan Christianamente y reciban la doctrina más por amor que por temor, e incluso tenían que castigar a los christianos viejos si deshonraren a los christianos nuevos llamándoles perros moros", e impulsó un catecismo en valenciano, para su más fácil lectura, que publicaría finalmente su sucesor Ribera. Cristóbal de Rojas y Sandoval (1556-1562), hijo del marqués de Denia y tío del futuro privado real el duque de Lerma, se había doctorado en Alcalá y, como arcediano de Jerez y chantre catedralicio, residió en Sevilla antes de ser nombrado, en 1546, obispo de Oviedo. Asistió también al Concilio de Trento (1551-1552) y fue amigo de Francisco de Borja, el futuro santo, introduciendo a los jesuitas en su diócesis pacense, como a las carmelitas descalzas de Santa Teresa de Jesús en la sevillana, durante su posterior arzobispado hispalense; ninguna de estas órdenes recibía en aquellos momentos un apoyo unánime y sin discusión, a causa de las suspicacias que levantaban sus caracteres innovadores. Mientras gobernaba Rojas y Sandoval la sede de Córdoba, encargó la publicación de unos "Documentos y avisos a los rectores del obispado de la prudencia que deben guardar consigo y con sus penitentes" (1569), en los que prevenía a los últimos del peligro de los falsos misticismos, actitud de la que pronto se le acusaría de fomentar entre sus antiguos feligreses extremeños. Juan de Ribera (1562-1569) era hijo bastardo del duque de Alcalá Perafán de Ribera. Intelectuamente muy inquieto y poseedor a la postre de una espléndida biblioteca que incluía obras tanto de ciencias sagradas como de naturales, astrología, artes mágicas y ocultismo, se formó en Salamanca y Sevilla; allí entró en contacto con los jesuitas y el maestro Juan de Avila, con quien mantuvo correspondencia; en Sevilla mantuvo contactos con el doctor Egido -también procesado por hereje- y Constantino, por lo menos hasta 1556, fecha en la que milagrosa y muy oportunamente se dio cuenta de su error. Asimismo disfrutó de la amistad de fray Luis de Granada, quien le dedicó su vida del maestro Avila, con quien mantuvo larga relación epistolar y de quien en Valencia conservó dos retratos. Su ulterior carrera eclesiástica -como Patriarca de Antioquía y arzobispo de Valencia- y política -como virrey de este reino- no nos interesa pero apunta la categoría del que más tarde llegaría a los altares. El clima en el que se movieron estos tres prelados parece similar, con raíces erasmistas y una clara tendencia a radicalizar su espiritualidad, con su preferencia por la oración mental (privada más que comunitaria y pública), su proclividad al abandono en la voluntad divina, su veneración de los Hechos de la Pasión de Cristo, su afán por una consolación espiritual que se evidenciaba en emociones fuertes e incluso lacrimógenas. El deseo del dolor sensible está bien puesto de manifiesto en el "Audi Filia" (1554) -incluido en el "Indice de libros prohibidos" de 1559- del venerado Apóstol de Andalucía y futuro San Juan de Avila, la misma suerte que corrieron dos tratados del admirado fray Luis de Granada: "De la oración y consideración" (1554) y "Guía de pecadores" (1556). Además, la semilla de este discípulo del Apóstol de Andalucía debió de quedar bien sembrada en la propia Badajoz y sus alrededores, donde residió desde 1547, antes de trasladarse a Evora a mediados de los cincuenta. No es de extrañar, por lo tanto, aunque el acusador dominico fray Alonso de la Fuente exagerara, que a partir de 1570 tanto Rojas como Ribera, junto a los jesuitas, el mismísimo maestro Juan de Avila y el propio fray Luis de Granada fueran inculpados de causar y promover -aunque en realidad sólo fuera de forma involuntaria- la desviación herética de los alumbrados extremeños, que sólo se cerraría con las condenas leves del auto de fe, de 1579, de la villa de Llerena.
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La nueva capital establecida, con algunos intervalos, en Beijing desde el siglo XIII, favoreció el desarrollo de todas las artes, incluyendo la industria de la seda a través de una rica y compleja indumentaria, sujeta a un código estricto en cuanto a formas y decoración. La dinastía Yuan, en su política de integración con el pueblo chino, no tardó en adoptar el vestuario tradicional, enriqueciendo en colorido y diseño la austera indumentaria correspondiente a su carácter nómada. Largas túnicas de anchas mangas se decoraron con dragones y fénix, los símbolos más antiguos de la tradición china; a diferencia de los chinos, los mongoles se cubrían la cabeza con gorros rectangulares, mientras que las mujeres de la corte prefirieron altos sombreros (66 cm. de altura), denominados guguguan, decorados con bordados y joyas. La victoria sobre los mogoles y la instauración de una dinastía propiamente china, la Ming, provocó una mirada hacia atrás que devolviera al país sus orígenes históricos, filosóficos y artísticos. La dinastía Han fue su modelo de inspiración en todos los aspectos referidos a la indumentaria. Los códigos de colores, formas y motivos decorativos revivieron en la corte Ming; en 1393 se publica la "Enciclopedia de reglas y códigos, de la dinastía Ming" (Ming Hui Dian), en la que se establecen los diferentes tipos de indumentaria atendiendo a la categoría social de las personas, de manera que se identificaran visualmente de una manera inmediata y certera. Un funcionario de la corte utilizaba como prendas básicas las túnicas sobrepuestas y el tocado; durante las jornadas cotidianas de la corte, el sombrero debía ser de gasa negra, mientras que en las celebraciones más relevantes, como los ritos de sacrificio, debía emplear el rojo en su vestimenta y adornar su tocado y cinturón. Algunos ejemplos nos ayudarán a comprender el sutil entramado del código chino. Al primer rango de funcionario le correspondía el tocado con siete cintas con motivos de nubes y fénix, mientras que el cinturón debería estar adornado con jade. Al segundo rango le correspondía un número menor de cintas y un cinturón con motivos de rinoceronte; conforme se descendía en rango, la indumentaria era más sencilla, hasta llegar al octavo y noveno rangos, a los que sólo se les permitía una cinta y un único motivo decorativo: una pareja bicolor de patos mandarines. La indumentaria, diferenciada no sólo por categorías, sino también por sexos, se componía de diferentes prendas superpuestas unas sobre otras, donde las variaciones se introducían en la calidad de las telas y sus motivos decorativos. La indumentaria masculina de la dinastía Ming se componía de túnicas, chaquetas, turbantes y calzado, con marcadas diferencias. Así, los funcionarios de la corte tenían adscritos diferentes colores según sus categorías; del primer al cuarto rango el color debía ser el carmesí; al quinto y al sexto correspondía el azul, mientras que el octavo y noveno usaban el verde. Los letrados portaban gorros diferentes a los de los funcionarios y comerciantes y éstos, a su vez, distintos que los del pueblo llano. Las mujeres buscaron su inspiración en el vestuario de las dinastías Tang y Song, basado en la superposición de prendas, el uso de faldas y largos chalecos sin mangas que les permitían mostrar las diferentes telas de las ropas superpuestas. Su categoría social, derivada de su calidad de madres o mujeres de funcionarios o príncipes, condicionaba la elección de colores, telas y motivos decorativos, fijados en el código ya mencionado. Así, en las ceremonias o audiencias de la emperatriz, debían portar una corona de fénix, capa rosa y capa corta de mangas anchas. Por el mismo motivo las mujeres del pueblo no podían llevar otra ropa que telas sencillas sin ningún adorno de oro, y atendiendo a los siguientes colores: púrpura, rosa o verde; en ningún caso podían utilizar el violeta y carmesí o el amarillo. Durante la dinastía Ming continuó la tradición de vendar los pies a las niñas, como símbolo tanto de refinamiento como de fetiche sexual. Estos pies diminutos, debido a su deformación, exigían un calzado arqueado, sobre elevadas suelas, realizadas en madera, siendo el material del calzado sedas bordadas, apenas visibles bajo el largo de sus faldas. La última dinastía, la Qing, aportó a la tradición china las costumbres manchúes, tales como el uso de prendas anchas adecuadas a las monturas de caballos y el gusto por la incorporación de elementos propios de la indumentaria militar. Todo ello no restó vigencia al estricto código recuperado con la dinastía Ming, tal y como lo demuestran las fuentes documentales para su estudio: pinturas, tratados, novelas e incluso fotografías realizadas a comienzos del siglo XX. Tanto el emperador como la emperatriz se ajustaron estrictamente a los cánones establecidos; en cuanto al color, el amarillo, reservado para uso imperial, era el utilizado para las grandes ceremonias, salvo en aquellas dedicadas al cielo, el sol y la luna, en los que el emperador debía vestir de azul, rojo y blanco, respectivamente. El motivo decorativo principal de las túnicas reservadas al emperador fue el dragón con cinco arras, repetido en número de nueve (dos en los hombros, cinco en el talle, uno en la espalda y el último en el pecho), emergiendo de sinuosas líneas de colores -símbolo del agua- y tratando de alcanzar la perla de la inmortalidad, todo ello como alusión a la unidad eterna y la prosperidad del imperio. A diferencia de las anchas mangas de los emperadores de la dinastía anterior, los Qing estrechan el puño, dándole forma de pezuña de caballo. La emperatriz utilizaba en las ceremonias la misma túnica de dragón que el emperador, mientras que los días ordinarios podía lucir otros motivos como el fénix, los caracteres de la doble felicidad o las cien mariposas. Respecto a las mujeres chinas, las manchúes se diferenciaban por el rechazo de la práctica de vendar los pies a las niñas, pudiendo utilizar zapatos de altos tacones, así como por el uso de peinados altos con gran profusión de joyas. Los funcionarios incorporaron a sus túnicas exteriores unas piezas cuadradas bordadas con los animales que les correspondían por su rango; así los de primer grado mostraban una grulla, un faisán, los de segundo, el pavo los de tercer rango, la oca salvaje era el símbolo de los de cuarto grado, el lofóforo para el quinto grado, la garzota para el sexto y el pato mandarín, la codorniz y el pájaro de larga cola para los funcionarios de séptimo, octavo y noveno rango, respectivamente. Para diferenciarse de éstos, los funcionarios militares debían llevar bordados animales, todos ellos diferentes según su categoría, entre los que cabría citar: el león, el qiling, el leopardo y el tigre. Accesorios como sombreros, joyas, cinturones, fundas de abanicos, tabaqueras, etc., estaban sometidos a las mismas exigencias del código de indumentaria. La importancia del cumplimiento de estos códigos de indumentaria, símbolo de un sistema político y social, conoció su declive tras la Guerra del Opio (1840) y el inicio de los cambios políticos en China a fines del siglo XIX. Los jóvenes que regresaban tras sus estudios en el extranjero, fueron los primeros en desobedecerlos, incluso bajo la amenaza de la pena mayor. El corte del cabello y la adopción de vestimentas occidentales constituyeron los símbolos visibles del cambio. En 1911, tras derrocar al último emperador, Pu-yi, se ordenó terminar con la humillante costumbre masculina de la trenza, así como se abolieron todas aquellas normas que discriminaban, por su indumentaria, a los ciudadanos.
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La nueva capital establecida, con algunos intervalos, en Beijing desde el siglo XIII, favoreció el desarrollo de todas las artes, incluyendo la industria de la seda a través de una rica y compleja indumentaria, sujeta a un código estricto en cuanto a formas y decoración. La dinastía Yuan, en su política de integración con el pueblo chino, no tardó en adoptar el vestuario tradicional, enriqueciendo en colorido y diseño la austera indumentaria correspondiente a su carácter nómada. Largas túnicas de anchas mangas se decoraron con dragones y fénix, los símbolos más antiguos de la tradición china; a diferencia de los chinos, los mongoles se cubrían la cabeza con gorros rectangulares, mientras que las mujeres de la corte prefirieron altos sombreros (66 cm de altura), denominados guguguan, decorados con bordados y joyas. La victoria sobre los mogoles y la instauración de una dinastía propiamente china, la Ming, provocó una mirada hacia atrás que devolviera al país sus orígenes históricos, filosóficos y artísticos. La dinastía Han fue su modelo de inspiración en todos los aspectos referidos a la indumentaria. Los códigos de colores, formas y motivos decorativos revivieron en la corte Ming; en 1393 se publica la "Enciclopedia de reglas y códigos, de la dinastía Ming" (Ming Hui Dian), en la que se establecen los diferentes tipos de indumentaria atendiendo a la categoría social de las personas, de manera que se identificaran visualmente de una manera inmediata y certera. Un funcionario de la corte utilizaba como prendas básicas las túnicas sobrepuestas y el tocado; durante las jornadas cotidianas de la corte, el sombrero debía ser de gasa negra, mientras que en las celebraciones más relevantes, como los ritos de sacrificio, debía emplear el rojo en su vestimenta y adornar su tocado y cinturón. Algunos ejemplos nos ayudarán a comprender el sutil entramado del código chino. Al primer rango de funcionario le correspondía el tocado con siete cintas con motivos de nubes y fénix, mientras que el cinturón debería estar adornado con jade. Al segundo rango le correspondía un número menor de cintas y un cinturón con motivos de rinoceronte; conforme se descendía en rango, la indumentaria era más sencilla, hasta llegar al octavo y noveno rango, a los que sólo se les permitía una cinta y un único motivo decorativo: una pareja bicolor de patos mandarines. La indumentaria, diferenciada no sólo por categorías, sino también por sexos, se componía de diferentes prendas superpuestas unas sobre otras, donde las variaciones se introducían en la calidad de las telas y sus motivos decorativos. La indumentaria masculina de la dinastía Ming se componía de túnicas, chaquetas, turbantes y calzado, con marcadas diferencias. Así los funcionarios de la corte tenían adscritos diferentes colores según sus categorías; del primer al cuarto rango el color debía ser el carmesí; al quinto y al sexto correspondía el azul, mientras que el octavo y noveno usaban el verde. Los letrados portaban gorros diferentes a los de los funcionarios y comerciantes y éstos, a su vez, distintos que los del pueblo llano. Las mujeres buscaron su inspiración en el vestuario de las dinastías Tang y Song, basado en la superposición de prendas, el uso de faldas y largos chalecos sin mangas que les permitían mostrar las diferentes telas de las ropas superpuestas. Su categoría social, derivada de su calidad de madres o mujeres de funcionarios o príncipes, condicionaba la elección de colores, telas y motivos decorativos, fijados en el código ya mencionado. Así, en las ceremonias o audiencias de la emperatriz, debían portar una corona de fénix, capa rosa y capa corta de mangas anchas. Por el mismo motivo las mujeres del pueblo no podían llevar otra ropa que telas sencillas sin ningún adorno de oro, y atendiendo a los siguientes colores: púrpura, rosa o verde; en ningún caso podían utilizar el violeta y carmesí o el amarillo. Durante la dinastía Ming continuó la tradición de vendar los pies a las niñas, como símbolo tanto de refinamiento como de fetiche sexual. Estos pies diminutos, debido a su deformación, exigían un calzado arqueado, sobre elevadas suelas, realizadas en madera, siendo el material del calzado sedas bordadas, apenas visibles bajo el largo de sus faldas. La última dinastía, la Qing, aportó a la tradición china las costumbres manchúes, tales como el uso de prendas anchas adecuadas a las monturas de caballos y el gusto por la incorporación de elementos propios de la indumentaria militar. Todo ello no restó vigencia al estricto código recuperado con la dinastía Ming, tal y como lo demuestran las fuentes documentales para su estudio: pinturas, tratados, novelas e incluso fotografías realizadas a comienzos del siglo XX Tanto el emperador como la emperatriz se ajustaron estrictamente a los cánones establecidos; en cuanto al color, el amarillo, reservado para uso imperial, era el utilizado para las grandes ceremonias, salvo en aquellas dedicadas al cielo, el sol y la luna, en los que el emperador debía vestir de azul, rojo y blanco, respectivamente. El motivo decorativo principal de las túnicas reservadas al emperador fue el dragón con cinco arras, repetido en número de nueve (dos en los hombros, cinco en el talle, uno en la espalda y el último en el pecho), emergiendo de sinuosas líneas de colores -símbolo del agua- y tratando de alcanzar la perla de la inmortalidad, todo ello como alusión a la unidad eterna y la prosperidad del imperio. A diferencia de las anchas mangas de los emperadores de la dinastía anterior, los Qing estrechan el puño, dándole forma de pezuña de caballo. La emperatriz utilizaba en las ceremonias la misma túnica de dragón que el emperador, mientras que los días ordinarios podía lucir otros motivos como el fénix, los caracteres de la doble felicidad o las cien mariposas. Respecto a las mujeres chinas, las manchúes se diferenciaban por el rechazo de la práctica de vendar los pies a las niñas, pudiendo utilizar zapatos de altos tacones, así como por el uso de peinados altos con gran profusión de joyas. Los funcionarios incorporaron a sus túnicas exteriores unas piezas cuadradas bordadas con los animales que les correspondían por su rango; así los de primer grado mostraban una grulla, un faisán, los de segundo, el pavo los de tercer rango, la oca salvaje era el símbolo de los de cuarto grado, el lofóforo para el quinto grado, la garzota para el sexto y el pato mandarín, la codorniz y el pájaro de larga cola para los funcionarios de séptimo, octavo y noveno rango, respectivamente. Para diferenciarse de éstos, los funcionarios militares debían llevar bordados animales, todos ellos diferentes según su categoría, entre los que cabría citar: el león, el qiling, el leopardo y el tigre. Accesorios como sombreros, joyas, cinturones, fundas de abanicos, tabaqueras, etc., estaban sometidos a las mismas exigencias del código de indumentaria. La importancia del cumplimiento de estos códigos de indumentaria, símbolo de un sistema político y social, conoció su declive tras la Guerra del Opio (1840) y el inicio de los cambios políticos en China a fines de siglo. Los jóvenes que regresaban tras sus estudios en el extranjero, fueron los primeros en desobedecerlos, incluso bajo la amenaza de la pena mayor. El corte del cabello y la adopción de vestimentas occidentales constituyeron los símbolos visibles del cambio. En 1911, tras derrocar al último emperador, se ordenó terminar con la humillante costumbre masculina de la trenza, así como se abolieron todas aquellas normas que discriminaban, por su indumentaria, a los ciudadanos.
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El 2 de octubre los norteamericanos realizan un intento de conquistar Aquisgrán, que hubo de interrumpirse por el retraso en la llegada de carburante y municiones: sólo el 21 se ocupaba la mayor parte de la ciudad, pero Model fue capaz de bloquear el avance aliado hacia el sur del Ruhr, y reforzar más la frontera alemana. Tras esto, los norteamericanos se volvieron hacia Bélgica y Holanda. Durante el mes de septiembre habían sido pequeños los progresos en la limpieza del estuario del Escalda, controlado por los alemanes. El 6 de octubre los canadienses atacaron el estuario, defendido por divisiones alemanas veteranas, cuyo punto fuerte era la isla de Walcheren; sólo un mes después los canadienses, con la colaboración de comandos franco-holandeses, la ocupaban (6 de noviembre), tras sangrientos combates. En el este, Patton lanzaba, entre el 8 y 16 de noviembre, una ofensiva muy costosa en material, que sólo le permitió progresar unos 15 km. desde Aquisgrán. El 18 de noviembre Patton completaba el cerco de Metz y renovaba sus ataques contra el Sarre. Más al sur, los norteamericanos ocupaban Lorena y los franceses rebasaban los montes Vosgos y conquistaban Belfort (21 de noviembre). El mismo día penetraban en Mulhouse y el 22 en Estrasburgo, sin poder reducir, sin embargo, la bolsa de Colmar. La línea defensiva alemana en el Rin y los Vosgos estaba a punto de desaparecer. Un oficial alemán, von Mellenthin, describe la situación gráficamente: "Aquellos de nosotros que habíamos llegado del frente del Este, en el que las formaciones alemanas se encontraban todavía en una situación combativa tolerable, quedamos impresionados por las condiciones de nuestros ejércitos en el Oeste. Las pérdidas de material habían sido colosales; por ejemplo, el IX Ejército tenía inicialmente 1.480 cañones y perdió 1.316 en la retirada desde el sur de Francia. Las tropas bajo nuestro mando estaban formadas por una extraordinaria mezcla. Disponíamos de personal de la Luftwaffe, de la Policía, viejos y adolescentes, especialmente batallones con individuos con padecimientos de estómago o bien hombres con afecciones auditivas. Incluso las unidades bien equipadas provenientes de Alemania no habían recibido prácticamente adiestramiento y llegaron del patio del cuartel al campo de batalla. Algunas brigadas de carros no habían efectuado nunca ni siquiera entrenamientos a nivel de escuadrón, lo que explica nuestras enormes pérdidas en carros. Nos cedieron también -prosigue Mellenthin- una división de rusos -la 30.? División de Granaderos de las SS- pero se hallaban en una situación próxima al amotinamiento y aconsejamos que fuera disuelta. La petición fue rechazada". Francia había sido conquistada en tres meses. La superioridad material, organizativa, numérica, la sensatez de Eisenhower y la capacidad de la mayoría de los mandos, todo ello había conducido a la victoria (3). "Es raro -reflexiona el historiador francés Latreille- que los alemanes perdieran una partida que ellos mismos habían preparado y que estaban tan seguros de ganar". Pero no todo había concluido.
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La historiografía marxista sostuvo, desde hace años, la opinión de que la crisis bajomedieval debía de ser contemplada desde una perspectiva global. No se trataría sólo de la presencia en la vida de los seres humanos de tal o cual aspecto negativo, ya fuera el clima, las pestes, la distorsión de los precios o la circulación monetaria, sino de una crisis que afectaría, inevitablemente, a todo el entramado socio-económico. Los partidarios de esta interpretación alegaban asimismo que resultaba sorprendente que la explicación de un fenómeno de tan larga duración y que afectó en profundidad a toda la sociedad no tuviera en cuenta aspectos tan significativos en cualquier análisis histórico como las relaciones sociales de producción. El historiador inglés R. Hilton se preguntaba, en un conocido artículo publicado en la revista "Annales" en 1951, "Y eut-il une crise generale de la fóodalité?" Su respuesta era, indudablemente, positiva. Fue la sociedad feudal de los siglos finales de la Edad Media la que padeció una crisis, a la vez general y profunda. En idéntica línea interpretativa se han situado otros historiadores, como el checo F. Graus, que tipificaba lo sucedido en los siglos XlV y XV como la primera gran crisis del sistema feudal (Die erste Krise des Feudalismus, 1955) o el alemán J. Kuczynski, el cual afirmó, en 1963, en respuesta a su colega W. Abel, que una crisis agraria en la sociedad europea de fines de la Edad Media sólo podía entenderse como una crisis del modo de producción feudal y no simplemente en función de hechos, al fin y al cabo naturales, como la mayor o menor mortandad causada por la difusión de una epidemia. Hemos mencionado a historiadores adscritos a la corriente del materialismo histórico. Pero no hemos de olvidar en ningún momento que el marxismo escolástico, entendiendo por tal el oficialmente vigente en diversos países europeos hasta hace poco tiempo, ofreció una versión canónica de la crisis del siglo XIV. Todo se explicaba, decían los corifeos de esa interpretación, a partir de la ley de la correspondencia necesaria entre fuerzas productivas y relaciones de producción. Según ese postulado el feudalismo habría entrado, en el transcurso de la decimocuarta centuria, en una primera fase de disgregación, debido al empuje que se ejercía por parte de las fuerzas productivas. La explicación, sin duda, encajaba en el cuadro previamente trazado de las leyes del desarrollo histórico de la sociedad. Pero de hecho lo que se hacía, al seguir al pie de la letra esa interpretación de la depresión europea tardomedieval, era trastocar el camino lógico de la investigación histórica, pues, como ha señalado desde una perspectiva crítica G. Bois, se iba "del principio a la materia histórica concreta", la cual serviría de ilustración a aquél, y no al revés, como parece razonable. En la óptica marxista se sitúa también la interpretación aportada, no sólo a propósito de la crisis bajomedieval, sino en general sobre la época preindustrial, por el historiador norteamericano R. Brenner. El punto de partida se encuentra en el trabajo presentado por dicho historiador en un coloquio en 1974, y publicado en 1976 en la revista "Past and Present", con el título "Agrarian Class Structure and Economic Development in Pre-Industrial Europe". Las réplicas y contrarréplicas a dicho texto, con intervenciones de diversos historiadores, dieron lugar al denominado "debate Brenner", que ocupa un puesto de excepción en la historiografía de las ultimas décadas. R. Brenner, crítico despiadado de los neomalthusianos, capítulo en el que incluía a historiadores tan destacados como el inglés M. M. Postan o el francés E. Le Roy Ladurie, ponía su acento en el papel de la lucha de clases como determinante de la evolución histórica, y por lo tanto también de la crisis que padeció el Continente europeo en los siglos XIV y XV. Oigamos al propio Brenner: "Las contradicciones entre el desarrollo de la producción campesina y las relaciones de extracción de excedente que definían las relaciones de clase de la servidumbre produjeron una crisis de la acumulación y la productividad campesina y, en última instancia, de las mismas posibilidades de subsistencia campesina. Esta crisis se acompañó por una intensificación del conflicto de clases inherente a la estructura social vigente". Sin duda se trata de un trabajo enormemente sugestivo, en el que su autor ha puesto en juego tanto su amplio conocimiento de la historia socio-económica de la Europa bajomedieval y moderna como su singular capacidad para la confrontación dialéctica. De todos modos, aun admitiendo la imperiosa necesidad de tener en cuenta la problemática de las relaciones sociales, la opinión de Brenner acerca de la crisis europea bajomedieval parece también unidimensional y más pegada al puro análisis teórico que a la toma en consideración de los datos empíricos conocidos de aquella época. Una explicación global de la crisis europea bajomedieval, en la que pretende engarzar el concepto tradicional de crisis agraria con la teoría del modo de producción feudal, la ha intentado el historiador francés G. Bois, en su obra, ya clásica, sobre Normandía (Crise du féodalisme. Economie rurale et demographie en Norrnandie orientale du debut du XIV siecle au milieu du XVI, siecle, 1976), así como en diversos escritos posteriores (como "La crise du Féodalisme en Europe a la fin du Moyen Age", 1986). Bois entiende que lo que se produjo en Europa en el siglo XIV fue, ni más ni menos, una crisis general del sistema vigente. En esa crisis habría que ver dos disfunciones, una relacionada con la producción, otra con el reparto. El bloqueo de la producción agrícola tendría su explicación en la conjunción de dos factores: por una parte, un estancamiento técnico; por otra, un descenso de la productividad del trabajo. En cuanto a la disfunción experimentada en el ámbito del reparto de la renta, Bois observa el desarrollo paralelo del crecimiento de las imposiciones fiscales de carácter público, por un lado, y del descenso de las rentas señoriales (aquí, según él, entraría en juego la lucha de clases), por otro. Rechaza, asimismo, la existencia de una contradicción entre las dos nociones que habitualmente se barajan de la crisis, la que pondría su acento en lo negativo y la que habla de mutación, portillo abierto hacia las novedades y por lo tanto positiva. De todas formas, Bois no ha dejado de señalar que su modelo explicativo, que él considera simplemente un método de aproximación para el entendimiento de la dinámica que desembocó en la crisis de los siglos XIV y XV, quizá no sea aplicable a todas las regiones de Europa, por más que encaje en algunas de ellas. En posiciones próximas, aunque diferentes de las de Bois, se ha situado hace unos años el historiador alemán R. Berthold, el cual ya había mostrado su disentimiento de las opiniones de W. Abel. En un trabajo publicado en 1979 (Die Agrarkrise im Feudalismus), Berthold ha manifestado que la cuestión capital, para explicar la crisis bajomedieval, se halla en el ámbito de la renta feudal. El deseo de afianzar dicha renta fue, en su opinión, el hecho verdaderamente decisivo, en tanto que la depresión agraria o las epidemias de peste fueron sólo factores secundarios que a lo sumo contribuyeron a reforzar y generalizar la crisis, pero en ningún modo a ponerla en marcha. Incluso los despoblamientos se habrían producido básicamente, según este autor, por la actitud de los labriegos que en un momento dado decidían abandonar sus aldeas, ante el intento de los señores de subir la renta. Ahora bien, sin negar importancia a la lucha por la renta cabe preguntarse por qué pasó a primer plaño esta cuestión en los siglos XIV y XV. Por lo demás, la conexión de la lucha por la renta feudal con la depresión agraria o las mortandades ¿fue simplemente episódica? En cualquier caso, y como conclusión a lo señalado hasta ahora, podemos afirmar, apoyándonos en las inteligentes palabras del investigador alemán W. Rosener, que "la crisis bajomedieval solo puede comprenderse en su integridad en el contexto del desarrollo general de la sociedad, en la urdimbre de relaciones entre economía, sociedad y sistema señorial".
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Los ilustrados no desmintieron en ningún momento su convicción de que la cultura era el requisito indispensable para la felicidad pública. Sin embargo, por un lado definieron un modelo cultural tan exigente que sólo pudo estar al alcance de una minoría selecta, mientras que por otro pensaron que el orden de la sociedad reclamaba un escalonamiento en el acceso a los bienes culturales. Es decir, por un lado propusieron un modelo demasiado elevado para ser asumido por las clases populares, mientras por otro compusieron su teoría pedagógica siguiendo la figura estratificada de la sociedad estamental. Este último aspecto se desprende con claridad del análisis de Joël Saugnieux sobre el pensamiento ilustrado en materia educativa. Si bien todos los escritores ilustrados pusieron su acento en la necesidad de la instrucción pública, sus puntos de vista no siempre fueron coincidentes respecto al alcance y las modalidades que debía revestir el esfuerzo pedagógico. La posición oficial aparece reflejada con nitidez en Campomanes, que propugna la creación de centros donde la enseñanza elemental sea sólo el camino previo indispensable para la formación profesional de los artesanos, dentro de un esquema teórico que servirá de inspiración a las escuelas gratuitas de las sociedades patrióticas y que había presidido también la creación de las escuelas más especializadas de la Junta de Comercio de Barcelona y de los Consulados de otras ciudades. Para otros gobernantes, como Floridablanca, la enseñanza no es más que un instrumento para acabar con la ociosidad de mendigos y vagabundos, un instrumento de profilaxis social, como por otro lado también lo entendían otros teorizadores ilustrados como Bernardo Ward. Las posiciones de otros ilustrados al margen de los círculos oficiales no diferían mucho de las propugnadas por el gobierno, como puede observarse en Jovellanos, quien con su habitual ambigüedad aboga calurosamente por una educación al alcance de todos y por la proliferación de las escuelas públicas, pero al mismo tiempo deja entrever que el buen orden social prescribe la limitación de la instrucción para muchos a sus niveles elementales y sólo como vía a su capacitación técnica, pues lo contrario provocaría una igualación en los saberes que sería perniciosa para el equilibrio de la sociedad. De este modo, y prescindiendo de posturas más abiertas y generosas, como la de Meléndez Valdés, la Ilustración creyó que los más altos niveles de la formación cultural debían estar reservados únicamente a una elite definida no sólo por sus capacidades intelectuales, sino también por sus posibilidades materiales de acceso a los mismos. Esta elite cambia a lo largo del siglo el decorado de su vida. Así, busca una casa bien acomodada, pero sin estridencia ni envaramiento, con profusión de pequeñas habitaciones confortables y disponiendo de un jardín que permita el contacto con una naturaleza domesticada. La vida de relación se hace más fácil, a partir de una mayor sencillez al recibir a los amigos, una mayor libertad en la comunicación entre las personas de distinto sexo, que llega incluso a consentir la institucionalización del cortejo o chichisveo, es decir el que las mujeres sean acompañadas por sus amigos con licencia de sus esposos, y una mayor delicadeza en el trato, con profusión de saludos y reverencias, que denotan la difusión de las buenas costumbres, que conquistan incluso la mesa, mediante la exquisitez culinaria y la complicación del servicio. Las reuniones se prodigan, tanto públicas en el paseo o en el café, como domésticas, con la finalidad de disfrutar de la buena conversación, de los juegos de salón (el billar, los naipes, la gallina ciega) o de las actividades artísticas (la música y el teatro, sobre todo), todo ello acompañado de refrigerios (refrescos, café o chocolate) y cerrado frecuentemente por el baile del minué o la contradanza. En este ambiente es fundamental la compostura física, que se expresa en la frecuentación del baño, el recurso a barberos y peluqueros, la sofisticación de la cosmética y la sucesión de modas cada vez más caprichosas en el vestido. La vida pública es asimismo imprescindible, pues se debe acudir, preferentemente en un buen carruaje, a los bailes de disfraces, a las funciones de ópera, a las solemnidades religiosas y a los espectáculos insólitos, como las experiencias aerostáticas con globos Montgolfier. Esta minoría selecta, que posee los bienes materiales y espirituales, trata de introducir sus nuevos modales, pero también sus nuevos modelos culturales entre las clases populares, singularmente en los medios urbanos. Un primer frente donde los ilustrados combaten al mismo tiempo contra los gustos populares y contra la oposición tradicionalista es la batalla del teatro. El teatro constituye, en efecto, una herramienta fundamental para la campaña de instrucción pública que se proponen llevar a cabo los partidarios de las Luces, tal y como se expresa en las palabras de Jovellanos: "(Es el) teatro el primero y más recomendable de todos los espectáculos, el que ofrece una diversión más general, más racional, más provechosa y por lo mismo el más digno de la atención y desvelo del gobierno". Sin embargo, los ilustrados hubieron de librar duros combates para promover las representaciones teatrales. Primero, contra los defensores de las piezas de aparato, que se avenían mal con el género defendido por Olavide como el más conveniente para la nación y que incluía "tragedias que la conmuevan y la instruyan, comedias que la diviertan y corrijan". Y después, contra las fuerzas conservadoras, especialmente clericales, que se valieron de todos los medios para impedir el funcionamiento de los teatros en las distintas ciudades, ayudadas por la división que sobre el tema manifestaron los ayuntamientos e incluso por la incoherencia de la política gubernamental, que no mantuvo una opinión firme al respecto, excepto en el período de mayor influencia de Aranda y Campomanes, íntimamente persuadidos de la utilidad del teatro como vehículo propagandístico de las directrices reformistas. De este modo, la trayectoria del teatro español del siglo XVIII sigue los vaivenes de la vida política en general, con un período de apogeo que coincide con los años posteriores al motín de Esquilache (aunque todavía en 1767 el arzobispo de Valencia consiguiera el cierre del patio de la Olivera, igual que en 1760 el obispo de Segovia había obtenido la demolición del teatro de aquella ciudad) y una etapa de dificultades que se inicia tras el proceso inquisitorial de Olavide y enlaza con las furibundas campañas desatadas por el fanatismo de fray Diego José de Cádiz, para encontrar un respiro en los años finales de la centuria. Con estas circunstancias, puede comprenderse que el influjo educativo del teatro no rebasase un ámbito muy restringido, tanto en el tiempo como en el espacio, y no penetrase sino muy superficialmente en el tejido social, si bien en ningún momento se interrumpieron de modo general las representaciones, que en algunos lugares privilegiados, como Cádiz, resistieron incluso la crisis de 1789. Si el teatro era concebido por los ilustrados como un instrumento que podía ponerse al servicio de su campaña pedagógica, la contrafigura, encarnación de los más lamentables vicios a desarraigar entre las capas populares, era la fiesta de los toros. Algunas personalidades del mundo de la cultura setecentista fueron partidarios de la fiesta taurina, como fue el caso de Nicolás Fernández de Moratín, mientras otras se mostraban indulgentes, ya fuera por su posible utilidad social, ya por su capacidad de sintetizar el carácter atávico de la nación, como bien supo expresar Francisco de Goya, pero la Ilustración en general no dejó de manifestar su animadversión a los toros, como puede comprobarse leyendo a Feijoo, a Jovellanos, a Cadalso, a Meléndez Valdés, a Blanco White y, sobre todo, a José Vargas Ponce, gran debelador de la fiesta, que consideraba una incitación a la violencia y a la crueldad, señalando su efecto deseducador sobre las clases populares, del mismo modo que haría más tarde León de Arroyal, con una más aguda intención política. Tras una larga etapa de inhibición, las autoridades finalmente tomarían partido contra la fiesta, mediante un expediente incoado por el conde de Aranda en 1767 que terminaría en la pragmática de 1787, decretando una prohibición que nunca sería absoluta, sino antes al contrario burlada a través del subterfugio del festejo con fines benéficos. Ello permitió que la fiesta de toros, tan contraria al espíritu ilustrado, adquiriese a lo largo del siglo XVIII sus perfiles clásicos, con la implantación del toreo a pie, la aparición de las primeras grandes figuras y de las primeras rivalidades históricas (como la que enfrentó a Pedro Romero con Costillares), la construcción de los primeros ruedos de piedra (en Ronda y Sevilla) y la fundación de la primera Escuela de Tauromaquia, regentada por el sevillano José Delgado, Pepe-Hillo, autor del primer tratado preceptivo sobre la materia y cuya muerte en la arena supuso una nueva prohibición, ahora completa, de la fiesta en 1805. El caso de los toros no es el único que denota la resistencia de la cultura popular a avenirse con el elitismo ilustrado. La cultura popular se expresó con fuerza a través de las fiestas, que comprendían romerías (algunas magnificadas por el arte, como la de San Antonio de la Florida), ritos de carnaval (como el entierro de la sardina, inmortalizado por Goya) y festivales aldeanos relacionados con los grandes hitos de la vida agrícola, como las cruces de mayo o las hogueras de San Juan. Del mismo modo, los razonables espectáculos de las clases acomodadas tuvieron su réplica en las más animadas versiones populares: el teatro neoclásico, descansando sobre un cuidado texto y encerrado en las tres unidades, se enfrentó a la comedia de magia de aparatosa tramoya y acción trepidante; el lento y delicado minué tuvo su contrapunto en la agitada zarabanda o la graciosa seguidilla; la solemne ópera a la italiana tuvo que competir con la ligera tonadilla o la zarzuela castiza; la viola cortesana fue desbordada por una guitarra revalorizada; los aristocráticos saraos convivieron con todo tipo de ferias populares, como la que congregaba a los madrileños en la pradera de San Isidro. Más aún, si en épocas anteriores la intercomunicación entre la cultura de elites y la cultura popular había sido una característica de la vida hispana, ahora, cuando los ilustrados se divorcian de las formas populares y tratan de arrinconarlas, incluso prodigando medidas prohibitivas a fines de siglo (contra los toros, contra las comedias fantásticas, contra las mojigangas, contra las riñas de gallos), la cultura plebeya impone entre las clases adineradas la moda castiza en la indumentaria, el gusto por las fiestas al aire libre, el trato con el mundo de las majas y los chisperos, que dan su colorido peculiar a las manifestaciones públicas de la sociedad española de las postrimerías del Antiguo Régimen. Si la dicotomía entre la expresión cultivada y la expresión popular se patentizaba en niveles tan diversos de la vida cotidiana, el divorcio no podía dejar de reflejarse en la esfera de la práctica religiosa, que acompasaba la andadura vital del hombre de la época desde la cuna a la tumba. En efecto, las corrientes jansenistas pretendieron, además de las reformas de las estructuras eclesiales, la implantación de un catolicismo que fuera al mismo tiempo más racional y más riguroso, propugnando por un lado la depuración de la verdad revelada de toda ganga supersticiosa, y por otro una vivencia de la fe más interiorizada y desprendida de las formas externas y aparatosas de la piedad barroca. La pedagogía ilustrada trató así de penetrar en el terreno de la conciencia, imponiendo una práctica más racional que sentimental, más íntima que extrovertida, pero tropezando también aquí con la resistencia de una devoción popular irreflexiva y exuberante, profundamente reacia a modificar sus formas de expresión. De esta manera, el clero jansenista se vio totalmente incapaz de contrarrestar la influencia de los predicadores populares (particularmente frailes capuchinos), que alentaban una religión afectiva y adaptada a las circunstancias locales frente a la piedad elitista y uniformizadora de los ilustrados, a través de los sermones masivos y de las misiones itinerantes, que creaban en los pueblos un clima de efusiva exaltación merced al premeditado empleo de recursos teatrales destinados a conmover los corazones de los fieles. Del mismo modo, la campaña de los intelectuales, desde Feijoo en adelante, para combatir los ritos supersticiosos o las creencias sospechosas se estrelló contra el muro de la ignorancia y la tradición, que defendían convicciones irracionales y costumbres atávicas, que formaban parte de un sustrato cultural intangible. La Ilustración no consiguió alterar de modo perceptible el horizonte religioso de las clases populares, sino que, por el contrario, ensanchó el foso existente entre la práctica de las elites y la piedad de la mayoría de la población. En cambio, el catolicismo siguió siendo la religión compartida por la minoría ilustrada, que mantuvo incólume su confianza en la compatibilidad entre razón y fe, y por el conjunto de la población, insensible a cualquier sugestión descristianizadora, como manifiestan sus actitudes ante la muerte, presididas por la angustia de la salvación que se propicia con el auxilio del sacerdote, la demanda de sufragios y el ejercicio de las caridades póstumas para con las comunidades religiosas y para con el prójimo. Así, la cultura ilustrada se detuvo ante las puertas de los comportamientos tradicionales de extensos sectores de la sociedad que, siguiendo inveteradas costumbres o tocados por la predicación interesada de frailes inmovilistas e intransigentes, se mantuvieron al margen de la ideología de las Luces, que por otra parte no dispuso de medios suficientes para extender por todo el país su campaña pedagógica. En el polo opuesto, algunos ilustrados perdieron su confianza en la capacidad transformadora de una cruzada estrictamente cultural y en la sinceridad reformista del sistema absolutista, abandonando las filas del movimiento ilustrado y poniendo los cimientos del liberalismo español.