Otro de los dibujos realizados dentro de la serie que, conservada en el Castillo de Windsor, fue ejecutada hacia 1623, antes de marchar a Roma. Como los demás, se inspira en temas clásicos pero, en esta ocasión, no bebe de las fuentes mitológicas sino que se recrea, como será también normal en su edad madura, en un episodio de la historia legendaria romana, presente también en Ovidio. La historia la relata Virgilio, en la "Eneida". Camila, hija del rey de los Volscos, ardorosa guerrera, es muerta en batalla por Arrunte, compañero del troyano Eneas. Al fondo de la escena, Acca, amiga de Camila, galopa hacia la corte para comunicar tan pesarosa noticia. De todas las escenas de batalla de este ciclo, ésta es la más amplia en cuanto a complejidad compositiva y número de personajes.
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Los efectivos de Napoleón rondaban los 72.000 hombres y, según Wellington, "formaban el mejor ejercito que nunca mandó; desde el principio todo parecía marchar según sus planes. Por supuesto que podía pensar que batir de nuevo a los prusianos, como hizo en Ligny, le llevaría cuatro horas. Pero dos ejércitos como los que se enfrentaban en Waterloo rara vez se encontraban... Si he de expresar un juicio por lo que ambos hicieron ese día, diría que fue una batalla de gigantes. ¡Sí, una batalla de gigantes!". Por supuesto que a Wellington le interesaba enfatizar las cualidades del ejército francés al que derrotó y, quizás, la Grande Armée con la que Napoleón invadió Rusia, en 1812, era una fuerza militarmente superior, pero, analizando objetivamente el ejército de Napoleón en 1815, no existe ninguna duda de que era también una extraordinaria fuerza combativa. Wellington no tenía una muy buena opinión de su ejército políglota, quejándose del escaso número de tropas británicas que lo componían en Waterloo -23.990 de los 67.660 hombres- y solo la mitad de ellos habían servido en la Península. "Muchas de mis tropas eran novatas", comentó posteriormente, "y aunque lucharon bien, se equivocaban en las maniobras". Sabía que podía confiar en los 5.800 hombres de la Legión alemana del Rey. Mientras que algunas otras tropas -en su ejército se hablaban cinco lenguas- eran de segunda clase. Políticamente no confiaba en los 17.000 soldados belgas y holandeses, ni en los 2.800 nausarianos, que habían luchado con Soult hasta 1813; y muchos de los 11.000 hanoverianos y de los 5.900 hombres de Brunswick eran bisoños. Sobre el papel ambos ejércitos resultaban parecidos -Napoleón 71.947 hombres, Wellington 67.600-, pero el francés, en teoría, parecía superior en calidad, experiencia, homogeneidad e, incluso, motivación. A lo que había que añadir la ventaja artillera de Napoleón: 246 cañones frente a 156. Aunque Napoleón reconoció el terreno y las líneas enemigas y envió al general de ingenieros Haxo a inspeccionar las fortificaciones y trincheras -no encontró ninguna-, no valoró por completo la fortaleza de la posición elegida por Wellington en las faldas del Mont St. Jean. Más tarde se lamentaba en Santa Elena de que no tuvo una buena visión del escenario. Lo que sí pudo ver Napoleón eran las reducidas dimensiones del campo de batalla y la dificultad que representaba maniobrar sobre el mismo. De todos los campos de batalla en los que había luchado Napoleón, Waterloo era el más reducido. Con las aldeas de Papelote, Smohain y La Haie y el castillo de Frischermont, y el bosque de París al Este, y el pueblo de Braine l'Alleud al Oeste, más las dos granjas fortificadas de La Haie Sainte y Hougoumont en medio, Waterloo, con sus escasos diez kilómetros cuadrados, era un lugar excesivamente congestionado para los ciento cincuenta mil hombres dispuestos a luchar sobre él. Incluyendo los extremos de las alas de caballería, el frente de batalla tenía una longitud de cinco kilómetros, mientras que en Austerlitz era de doce kilómetros, veinte en Bautzen, trece en Dresde, quince en Friedland, doce en Jena-Auerstddt, treinta y cuatro en Leipzig, veinte en Wagram y doce en Ligny. Sólo la Batalla de las Pirámides se desarrolló en un frente menor. También Wellington estaba acostumbrado a frentes más extensos; Vitoria veinte kilómetros y Fuentes de Oñoro veinticuatro, pero en Waterloo debía encajonar a Napoleón al máximo, si no quería sufrir un ataque sobre ambos flancos por las más numerosas y maniobreras fuerzas francesas. Siempre eligió acertadamente los campos de batalla, en particular los de Vimeiro, Talavera, Salamanca y Orthez. Tal y como uno de sus colaboradores recordaba encantado seis días después: "Antes de llegar dije al Duque (Wellington): "¡Ojalá tuviéramos un apropiado punto débil en el flanco derecho de la posición, que atrajese la atención de Napoleón como para ordenar un inmediato furioso asalto, y olvidarse de su ala derecha de tal forma que no llegue a descubrir la llegada de los prusianos!" ¡Y mira! Cuando llegamos, allí estaba el puesto avanzado de Hougoumont, sobre el que por supuesto cayó". Hougoumont era "un apropiado punto débil" en tanto que estaba peligrosamente adelantado del resto de las líneas angloaliadas, pero constituía una posición fácilmente defendible que distrajo la atención francesa del avance prusiano por el extremo opuesto del campo de batalla. El terreno elegido por Wellington era sólo plano en la medida que no presentaba accidentes elevados. Desplegado como un cuadrado a lo largo de la carretera principal que une Charleroi con Bruselas, su ejército ocupó los diversos montículos, quebradas y desniveles del terreno, bastante pronunciados cuando se camina por él, pero insignificantes para representarlos sobre los dos mapas de que disponía Napoleón. Con leves declives y desniveles casi imposibles de detectar por una fuerza lanzada al ataque, conformaba el perfecto territorio wellingtoniano. Y aunque resulta excesivo dar el nombre de cresta al Mont St. Jean, la elevación sobre la que Wellington situó la mayor parte de su ejército, permitió a Wellington practicar su famosa maniobra de "bajada inversa" resguardándose de la mayor parte del fuego artillero. Como dijo un historiador: "Aunque muy apropiado para el sistema defensivo de Wellington, lo poco que el terreno ofrecía a la vista no impresionó a Napoleón por su especial dificultad". A la espalda de Wellington se encontraba el bosque de Soignies; más tarde comentó que había escogido ese lugar deliberadamente en caso de que su ejército tuviera que emprender la retirada, obstaculizando la persecución de la caballería francesa. Pero Napoleón, por el contrario, pensaba que una retirada a través del bosque hubiese significado su ruina. "En la guerra", dice una de las muchas máximas militares de Napoleón, "las operaciones más simples son las mejores y el secreto de su éxito descansa en maniobras fáciles y en tomar las medidas necesarias para prevenir sorpresas". Sin embargo, en Waterloo, sus operaciones fueron demasiado simples, confiando en su enorme batería principal para romper el centro de las líneas de Wellington como "destrozó el centro de Blücher en Ligny". En todo caso Wellington estaba decepcionado, ya que cuando se disponía a probar su valía contra el más grande descubrió que lo mejor que Francia podía ofrecer no superaba al resto de los mariscales con los que se había enfrentado en la Península. Como recordaba sir Andrew Barnard, herido en Waterloo: "El Duque dijo de Napoleón durante la batalla: "Maldito tipo, después de todo no es más que un simple artillero". Napoleón estaba dispuesto a lanzar un ataque de distracción contra Hougoumont, con la esperanza de atraer las fuerzas de reserva de Wellington y entonces, protegido por una tremenda cortina de fuego artillero, tendría lugar su ataque principal sobre el centro izquierdo de Wellington, por donde esperaba romper la línea anglo-aliada, apoyando su embestida cuando aparecieran las primeras fisuras con sus fuerzas de reserva, caballería pesada y Guardia Imperial. En Wagram la batería principal de Napoleón, compuesta por cien cañones, había aplastado las líneas austriacas, así que en Waterloo, con doscientos cincuenta, confiaba en pulverizar las de Wellington. Pero la técnica de Wellington de ocultar a muchos de sus hombres, plantearía un inesperado problema a Napoleón. El asalto frontal había funcionado en Rívoli en 1797 y en Leipzig en 1813, pero no suponía una táctica muy imaginativa frente a Wellington, que había preparado ese choque a conciencia: sólo durmió nueve horas entre el 15 y el 18 de junio, empleando el tiempo en ajustar sus líneas con extraordinario detalle, llegando a intercalar unidades británicas entre alemanes y belgas para infundirles valor.
obra
El maestro de Toulouse-Lautrec en París, Leon Bonnat, había desarrollado su estilo dentro del realismo, tomando como referencia a Courbet y Daumier. Quizá ese realismo vivido durante el tiempo pasado en el estudio motivaría la ejecución de esta escena que contemplamos protagonizada por una criada junto al carretero acompañado por su carro tirado por dos caballos. Henri utiliza un colorido muy oscuro, con negros, grises y ocres aplicados con una pincelada bastante suelta, interesándose también por el espacio obtenido a través de esas grandes piedras que se alejan hasta la pared del fondo donde se observa una ventana semicircular. Las figuras parecen gesticular aunque ignoramos el mensaje que el joven pintor desea transmitir. Pronto abandonará esta temática más rural para exhibir el mundo nocturno de París y sus principales protagonistas.
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Los vehículos debían dirigirse al Hospital siguiendo la avenida Appel, que bordea el río, sin adentrarse en las angostas callejuelas de la ciudad antigua. El cambio de planes serviría de medida de seguridad, ya que nadie les esperaría por esta avenida y porque así se evitarían las calles más estrechas y concurridas de la ciudad. Sin embargo, ninguno de los conductores había sido informado de los cambios, por lo que pensaban seguir el camino originariamente trazado, por la calle Francisco José en dirección al Museo, para, posteriormente, dirigirse a la residencia del gobernador. El trabajo de alertar a los conductores sobre las rutas era responsabilidad del teniente coronel Merizzi, pero éste se encontraba herido en el hospital. Ese error iba a tener trágicas consecuencias. Mientras tanto, los terroristas se encontraban desconcertados. Sin ninguna certeza de que el Archiduque fuese a seguir el itinerario previsto, se situaron en diversos puntos de la ruta. Uno de ellos, el estudiante de 19 años, Gavrilo Princip, deprimido por la falta de suerte de la misión, decidió comer algo mientras reflexionaba sobre lo que haría después. Se encaminó hacia la calle Francisco José, donde se detuvo para comprar un bocadillo en el establecimiento de un tal Moritz Schiller. Al salir, se encontró con un amigo. Justo en ese mismo instante, ignorando el cambio de itinerario, el conductor del primer automóvil de la comitiva giró para adentrarse en la calle Francisco José, según las instrucciones que había recibido esa mañana. El general Potoirek se dio cuenta del error y le gritó para que rectificase: "¿Qué es esto? ¡Éste es el camino equivocado, se supone que seguiríamos por la avenida Appel!". El conductor, sorprendido por los gritos del general, frenó en seco para dar marcha atrás. El automóvil se detuvo así a escasos pasos de Princip. La suerte estaba echada. Pocas veces en la Historia un error ha tenido unas consecuencias tan graves. Princip se dio cuenta rápidamente de lo que estaba sucediendo. Apenas se lo podía creer: allí, a escasos metros se encontraba el Archiduque, el odiado enemigo. No se lo pensó dos veces, sacó su pistola del bolsillo y realizó dos disparos sin apenas apuntar. Tras ellos, el Archiduque y su mujer siguieron erguidos, Potoirek pensó que los terroristas habían vuelto a fallar y dio órdenes al conductor para que se dirigiera a toda prisa hacia la residencia del gobernador. Princip intentó suicidarse disparándose un tiro, pero un espectador le agarró el brazo y se lo impidió. Momentos después, estaba a punto de ser linchado por la multitud.
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Amparados por la funcional desmesura burocrática, simbólica y formal del plan sixtino -que con su trazado rectilíneo y articulado, su culto al eje y al nudo viarios y su amor por el monumento focal, convergente e irradiador, convertía a Roma en el prototipo máximo de ciudad capital-, y siguiendo las pautas edificatorias de unificación del panorama urbano fijadas por las ordenanzas de Gregorio XIII (bula "Quae publicae utilia", 1574), los artistas del Barroco: arquitectos, escultores, pintores, redujeron a proporción y enriquecieron, hasta humanizarlos, esos ámbitos espaciales. A lo largo del siglo XVII, los arquitectos y escultores experimentaron en el tejido de Roma (y en sus interiores, los pintores), las posibilidades expresivas que el nuevo lenguaje les facilitaba, y ello a pesar de lo reducidas y modestas que fueron, en comparación, las sucesivas iniciativas papales.Sin embargo, las sistematizaciones que durante el Seicento se ejecutaron en los diversos niveles de construcción, transformación, ampliación y decoración, confirieron a Roma su aspecto decididamente barroco y su carácter ejemplar. Así, poniendo el acento, sobremanera, en la sistematización arquitectónica y en operaciones de retoque y ornato urbanos, los papas del Seicento llevaron adelante las pautas sixtinas.Pablo V (1605-21) construyó un nuevo acueducto para resolver el problema hídrico del Trastévere, auto-celebrándose con la erección de nuevas fuentes (Acqua Paola). Durante el pontificado de Urbano VIII (1623-44) se sistematizaron algunas plazas, como la del Quirinale, y se fortificó el Gianicolo; en el de Inocencio X (1644-55) se renovaron los interiores de las dos mayores basílicas y se completó a lo barroco las plazas del Campidoglio y Navona, convirtiendo ésta en espectacular corte de la familia Pamphili, y durante el de Alejandro VII (1655-67), que volvió a tener el control sobre toda la ciudad, a más de ordenarse la graciosa placita ante S. Maria deIla Pace, de iniciarse la sistematización de la del Popolo y de proyectarse la transformación de la plaza Colonna en corte de los Chigi (transportando la Columna Trajana al lado de la Antonina), se aborda, por fin, la resolución del nudo urbano más importante y complejo, formal y simbólicamente, de Roma: la plaza de S. Pietro, ante la Basílica Vaticana.
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Leonidas Breznev ocupó el poder hasta su muerte en 1982 de modo que su etapa de Gobierno cubrió en realidad una gran parte del período que examinamos en esta parte del volumen. Se ha tratado ya de los rasgos fundamentales de su período de Gobierno de modo que podemos abordarlo ahora haciendo tan sólo mención a que aquellas características a las que ya se ha hecho mención se acentuaron durante el período inmediatamente siguiente. La fase final de esta etapa de Gobierno puede parangonarse con la decadencia del Imperio Romano en la óptica de un historiador de la Antiguedad en lo que tenía de contraste entre la realidad y la apariencia. El dirigente soviético probablemente tuvo tantas medallas como todos sus antecesores juntos, pero esta acumulación de honores significaba muy poco realmente. Los libros que se le atribuyeron carencias de cualquier originalidad y habían sido elaborados por escritores profesionales. Tanto el culto a la personalidad como esa proliferación de condecoraciones ocultaban, en realidad, la propia vaciedad del líder, y eran la prueba de la autosatisfacción de un sistema que sabía que había evitado la conflictividad interna por el procedimiento de exaltar al más mediocre. En su fase final Breznev apenas trabajaba dos o tres horas diarias porque sus condiciones físicas no daban para más. No era una excepción porque algo parecido le sucedía al conjunto de la clase dirigente soviética: a estas alturas se habían establecido ya las diez semanas de vacaciones como norma general para los miembros del Politburó, dada su edad. El verdadero interés de Breznev se situó en sus aficiones como, por ejemplo, su colección de un centenar de fusiles de caza o de automóviles. Desde 1975 hubo llamadas de atención de Andropov acerca de la posibilidad de una grave crisis del sistema, sobre todo en el aspecto económico, pero no hubo reacción por parte de Breznev que nunca hubiera tenido la menor posibilidad de enfrentarse con ella. Lo que Andropov, responsable de la KGB y, por tanto, la persona más enterada de la verdadera realidad de la URSS, quería era una cierta vuelta a los procedimientos de movilización popular del período inicial revolucionario para lograr así un mayor grado de disciplina y de cumplimiento de los planes. Pero Breznev, cuyo entorno familiar se había configurado como una auténtica mafia en el terreno económico, no estaba en condiciones de protagonizar esta política. Incluso se puede decir que no participó de forma destacada en la actividad del partido o del Estado pero, en cambio, quiso aparecer periódicamente en televisión. Todo lo que se refería a la rutina del poder estuvo entregado a Chernenko que, en realidad, actuaba como una especie de mandatario suyo aun no teniendo otras virtudes que las de un secretario. Fueron precisamente los dos personajes citados quienes sucedieron a Breznev de forma sucesiva en el momento de su muerte. Andropov llegó al poder con 68 años y después de haber padecido un infarto. Triunfó en la sucesión por ser apoyado por el Ejército -el general Ustinov- y por su papel al frente de la KGB durante mucho tiempo. Alguna sensación de crisis debía haber llegado a hacerse clara ante la dirección soviética cuando se optó por él en vez de por quien había sido el colaborador más estrecho de Breznev. Como en otras ocasiones, el hecho de que fuera nombrado para hacer la alabanza a éste en sus funerales testimonió sus futuras responsabilidades. De él dijo que "encantaba a todos por su simplicidad, por su transparencia", lo que parecía indicar la voluntad de mantener el liderazgo en la línea desdibujada y de colaboración colectiva. Chernenko, que era en un principio su competidor, le propuso insistiendo en la necesidad de mantenerse en un modo de actuación colectiva como el indicado. En Occidente algunos describieron a Andropov como un reformador liberal, pero sería mucho más oportuno hacerlo como un miembro de la clase dirigente soviética, inteligente y culto, consciente hasta cierto punto de la situación crítica del sistema y dispuesto a tomar algunas medidas para enfrentarse con el futuro. Nació en Stavropol en 1914 y desde muy pronto inició su carrera política en las juventudes comunistas. Aunque fue una persona de cierta educación no concluyó sus estudios universitarios; escribía poesía y tenía una vida familiar muy activa que era muy importante para él. Un historiador ruso poscomunista le ha descrito marxista idealista, que creía en el leninismo y en la KGB y desde ambos sirvió a la URSS. Fue embajador entre 1954 y 1957 en Hungría, lo que implica haber participado en el aplastamiento de esta sublevación, pero también que tuvo la ocasión de demostrar entonces sus capacidades políticas, aunque fuera Kruschev quien en lo esencial dirigió la operación contra los seguidores de Nagy. Eso tuvo como consecuencia que dejara la carrera diplomática, que era su destino previsible para el resto de su vida y volviera a la URSS. El gran salto adelante en su carrera política Andropov lo dio, sin duda, en 1967 cuando se hizo cargo de la KGB. De los siete líderes soviéticos fue el único que pasó de la KGB a la dirección del partido lo que resulta muy característico de esta fase final del régimen soviético. Esta institución había sido un instrumento en manos de Beria y durante el período posterior a él había sido dirigida por personajes de semejante brutalidad. Pero con Andropov fue algo muy distinto: la convirtió en una especie de "Inspección general" del sistema soviético o, lo que es lo mismo, la convirtió en una especie de Estado dentro del Estado con procedimientos técnicos mucho más sofisticados que en el pasado. De hecho, sabía mucho más que el secretario general del PCUS sobre muchos asuntos. Pero el propósito de la KGB, como es lógico, seguía siendo el mismo de siempre: el mantenimiento estricto de la estabilidad del régimen. Los procedimientos, de cualquier manera, eran ya muy distintos: la propaganda fue más matizada e incluso se dirigió a los medios culturales en donde podía anidar la disidencia. A los más rebeldes Andropov ya no los encarceló, hizo juzgar o envió a los campos de concentración, sino que les privó de la nacionalidad o los envió a clínicas psiquiátricas. También toleró que pudieran emigrar y también se lo permitió a los judíos (unos 250.000 pudieron salir de la URSS). Incluso la KGB mejoró su imagen por el procedimiento de hacer propaganda de sí misma pero también persiguiendo a la corrupción. Sus competencias llegaron incluso a la administración de los fondos que utilizaba la URSS para subvencionar a los Partidos Comunistas de los países occidentales. Andropov fue siempre considerado como una persona enigmática que hacía pocas apariciones públicas, no gritaba y era, a la vez, temido y respetado. Su liderazgo siempre fue más bien tolerante, poco conflictivo y eficiente y su capacidad de trabajo prodigiosa, pero todo ello no permite decir en absoluto que fuera un reformador liberal. En muchos aspectos distó mucho de ser lo que luego sería Gorbachov: no dio la sensación de ser un populista, no apeló al ciudadano medio, no sugirió que tuviera un programa amplio de reformas y tampoco mostró ningún deseo de modificar la esencia de la política interna soviética. Sin embargo, en cierto sentido las declaraciones y discursos de Gorbachov tuvieron un antecedente en él. En el fondo, parecía haber sido muy consciente de la situación crítica en que vivía el sistema soviético y haber intentado ponerle remedio, pero lo hizo en una dirección mucho más tradicional que la que luego lo intentó el creador de la "perestroika". En ese sentido también podría decirse que el planteamiento de un programa de reformas era simplemente inevitable en la URSS, al menos a medio plazo. No repudió a Breznev pero llevó una vida austera frente a la ostentación del entorno familiar de su antecesor. En el terreno económico -en el que se centraban principalmente las dificultades soviéticas- pareció haber sido mucho más consciente de la necesidad de adecuar precios a la realidad y reclamó una disciplina de trabajo que se había derrumbado durante la etapa del estancamiento. Su programa consistió en repetir una y otra vez que era necesario reforzar la producción y la disciplina de trabajo pero este tipo de invocaciones tenía una escasa posibilidad de resolver problemas profundos. Hubo casos de persecución a gestores administrativos como, por ejemplo, el más importante de la tienda de alimentación más grande de Moscú y el antiguo ministro del Interior. Pero estos casos ejemplares tampoco sirvieron para volver a la disciplina que había gestado el terror estaliniano. Por otra parte, Andropov no tenía formación en materias económicas o de agricultura. En política exterior protagonizó un cierto cambio por el procedimiento de dejar entrever que estaba de acuerdo en admitir una retirada de Afganistán. Es incluso posible que, de haberse atendido mejor a sus consejos en su momento, no se hubiera producido la invasión. Pero los cambios efectivos fueron escasos, entre otros motivos porque no hubo tiempo para llevarlos a cabo aunque hubieran podido ser positivos porque implicaban una cierta vuelta a la distensión. Aunque no quiso que las potencias árabes, por ejemplo, le obligaran a participar en un conflicto mundial no deseado, siguió armándolas, en especial a Siria. Quiso mejorar las relaciones con China pero pronto descubrió la imposibilidad de ponerse de acuerdo porque ésta le pedía que Vietnam abandonara Camboya y la URSS se retirara de Afganistán y de Mongolia. Se mantuvo la tensión con Occidente por el despliegue de los misiles y en el momento de producirse la réplica de los países democráticos respondió con nuevas instalaciones pero también con una "ofensiva de paz" que presagiaba la política que luego mantendría la URSS en la etapa de Gorbachov. El derribo del avión sudcoreano que sirvió a Reagan para hacer una violenta requisitoria contra la URSS no fue, en cambio, un acontecimiento premeditado. La acción fue el resultado de una cadena de errores y de coincidencias desgraciadas: el avión se desvió por error y penetró el espacio aéreo enemigo donde fue tomado por espía. Las discusiones de la dirección soviética testimonian, sin embargo, la ausencia de una mínima compunción por los muertos. Los soviéticos descubrieron la caja negra del avión y hubieran podido dar cuenta de lo realmente sucedido y pedir disculpas, pero no lo hicieron. El problema principal de Andropov, casi inmediatamente después de llegar al poder, fue su propia salud. A los tres meses de llegar a la Secretaría General tuvo que someterse a diálisis por insuficiencia renal. A pesar de su mayor deseo de enfrentarse a la crisis del sistema soviético, por el estado de salud propio y de los suyos, se vio obligado a reducir la jornada de trabajo a tan sólo de 9 de la mañana a 5 de la tarde con un día de trabajo semanal en casa. De los quince meses que estuvo en el poder, la mitad del tiempo permaneció en el hospital, donde recibía llamadas y leía papeles. Muerto en febrero de 1984, Andropov fue sustituido por Chernenko, lo que es bien expresivo de la situación crítica de la política soviética. A sus setenta y dos años Chernenko era una persona mediocre desde el punto de vista intelectual, muy cauteloso, muy titubeante al hablar y que carecía por completo de fuerza espiritual o física para desempeñar el poder, pues daba la sensación de que la había agotado en su totalidad en llegar al ápice del mismo. Nunca había tenido la responsabilidad suprema de ninguna parcela de la política o la Administración soviéticas hasta el momento de llegar a la Secretaría General. Habiendo sido el hombre de confianza de Breznev no consiguió siquiera ser elegido como su sucesor, tan patentes eran sus carencias; incluso después de haber desaparecido Andropov la dirección soviética tardó el doble de tiempo en proclamarle que a su predecesor. El general Ustinov hubiera preferido a Grishin o a Romanov y Gorbachov le acabó apoyando a base de pedir la unidad de todo el equipo dirigente e incluso puede decirse que su nombramiento no se explica sino por ir acompañado de un papel preminente suyo hasta el punto de que "Pravda" le describió como "el segundo secretario". Un diario parisino dijo de Chernenko que lo más notable en su persona era la carencia de cualquier cosa notable. En la práctica entregó a Gorbachov la dirección del secretariado del Comité Central, las cuestiones de agricultura y la comisión sobre Polonia, lo que equivalía a descargar sobre sus espaldas buena parte de las responsabilidades más graves que le correspondían al liderazgo soviético. En el poder resultó, como parecía inevitable, extremadamente conservador y no hizo el menor intento para cambiar nada a pesar de que no podían ocultarse ya los signos de crisis. Aun así, por la inveterada práctica del culto al líder fue exaltado como si se tratara de un muy singular personaje histórico. Su papel en la Guerra Mundial había sido nulo y, sin embargo, se alabó su labor como modesto guardia de frontera. Breznev, al menos, había acabado la Segunda Guerra Mundial como general pero él no había hecho nada reseñado. Su mérito había sido ser el hombre de confianza de quien le promovió como encargado de agitación y propaganda en Moldavia pero toda su vida había demostrado una rotunda incapacidad de salirse de su línea burocrática. A las reuniones de la dirección soviética presentaba textos elaborados por la maquinaria del partido pero, en cambio, en las agendas de trabajo de Breznev aparecía mucho más que cualquier otro. Ni siquiera era tomado en serio, puesto que no tenía preparación en materias económicas, militares o de cualquier otro tipo verdaderamente relevante. Pero por su mesa de trabajo pasó una inmensa cantidad de papel a lo largo de muchos años. En sus trece meses en el poder testimonió una total apatía en la tarea de Gobierno. Sólo había viajado en dos ocasiones al exterior antes de ser dirigente soviético pero le cogió gusto a la política exterior. La mejor prueba reside en su voluntad de recibir a extranjeros y en su ansiedad de lograr un reconocimiento que le faltaba en el interior pero siempre demostró una total incapacidad para mezclarse con las masas, como luego haría su sucesor. Muy pronto dio cuenta de que su voluntad de perfeccionamiento del sistema era inexistente. En realidad, en mayor o menor grado, todos los dirigentes tenían conciencia de la situación que existía pero nadie parecía demasiado propicio o capaz para la reacción. La única excepción parecía Gorbachov pero, como comprobaremos, tampoco la suya fue una posición caracterizada por la lucidez.