El nombre de Treblinka evoca, probablemente, la cumbre del horror desatado por los alemanes contra los judíos, aunque no fuese este recinto donde se produjeron más asesinatos. Efectivamente, este no fue un campo de concentración, sino una industria fundada expresamente para asesinar a los judíos de Varsovia y alrededores, bajo la perfecta organización del técnico teniente Kurt Franz, alias Lalka, se abrió en julio de 1942. Este pequeño campo situado junto al curso del río Bug, cerca de Varsovia, tenía al lado una vieja vía de ferrocarril. Lalka hizo construir junto a ella todo un hermoso decorado que la hacia parecer una pequeña y alegre estación provinciana, equipada incluso con un reloj de madera que marcaba las tres de la tarde. A esta estación llegaron, incluso, hasta cuatro trenes diarios, con 60 vagones cada uno, cargados con un promedio de 100 personas. 24.000 judíos que el genio bien organizado de Lalka se encargaba de despojar de pelo y ropas, de asesinar por medio de cámaras de gas, de quitarles todo tipo de joyas o dientes de oro y de sepultar en una inmensa fosa común situada cerca de los barracones de la muerte. El campo se componía de dos instalaciones bien diferenciadas e incomunicadas entre sí. En la primera se recibía a los judíos, que debían ser sometidos a una revisión sanitaria y a una desinfección. Los hombres entraban por un lado: dejaban en un compartimento abrigos y sombreros; en el siguiente, pantalones y camisas y recibían un pequeño cordel; en el tercero debían descalzarse y atar sus zapatos con el cordel; en el cuarto, dejaban su ropa interior. Hasta ese punto se mantenía la ficción. Luego, los judíos, desnudos, debían atravesar una plaza acosados por los látigos de los SS y un grupo de voluntarios ucranianos y penetraban, jadeantes, en su último refugio: las cámaras de gas. Kurt Franz había descubierto que un hombre jadeante aspiraba mas rápidamente el gas y moría primero. Las mujeres pasaban por similar proceso de despojo en otro edificio. Al final, entraban en la peluquería, donde con cinco estudiados tijeretazos se las privaba de su cabellera. De allí salían por una puerta muy baja que las obligaba a agacharse, mostrando sus vaginas, que eran diestramente registradas en busca de joyas; había terminado el disimulo. A partir de ahí los latigazos, la enloquecida huída hacia aquellos barracones que, recibida su materia prima, cerraban sus puertas y ponían en marcha su maquinaria mortífera. La perfecta organización montada por Lalka podía matar 2.000 personas en 76 minutos, al cabo de los cuales quedaban listas las cámaras para recibir una nueva remesa de judíos. Un tren podía ser liquidado en menos de cuatro horas y, excepcionalmente, se llegaron a despachar hasta cuatro, aunque lo normal, en época de trabajo, eran dos trenes diarios. Luego se producían temporadas bajas, que eran aprovechadas para clasificar objetos y enviarlos a Alemania. La segunda parte del campo estaba encargada de retirar los cadáveres de las cámaras de gas y acomodarlos en hileras, cubrirlos de una capa de tierra y de otra de cuerpos, pero, previamente, las víctimas eran despojadas de las pocas joyas que aún podían llevar encima y de las piezas de oro de sus bocas. En 1943, cuando las tropas alemanas comenzaron a retroceder hacia el oeste, Himmler dio la orden de que se levantaran las inmensas fosas comunes donde yacían medio corrompidos unos 700.000 cadáveres, y quemarlos para eliminar las pruebas del inmenso genocidio. Los encargados de recoger las ropas y pertenencias de los condenados, de cortarles el pelo, retirarles las joyas y dientes y enterrarles eran también judíos, elegidos entre los más fuertes de aquellos convoyes. Ellos llevaron la terrible contabilidad, como ésta del banquero Alexandre: "9 de diciembre, 4 convoyes, 24.000 muertos; 2 de enero, 1 convoy, 2.000 muertos". A veces había recapitulado por meses y por país. La reexpedición de bienes judíos hacia Alemania estaba cifrada de igual manera: "26 vagones de pelo, 248 de vestidos, 100 de calzado, 22 de tejidos, 40 de medicamentos y de instrumental médico, 10 de borra, 200 de trapos diversos, 260 de mantas y 400 de objetos diversos: estilográficas, peines, vajilla, bolsos, carteras, bastones, paraguas, etc." El banquero Alexandre gustaba de cuentas exactas,y llevó el prurito del detalle hasta calcular la masa de brillantes reexpedidos en quilates: 14.000. Estos judíos, en permanente renovación por la elevada mortalidad que el tifus provocó en ellos durante el invierno de 1943-44, conspiraron durante nueve meses para sublevarse y, efectivamente, lo hicieron cuando el campo estaba a punto de ser cerrado y ellos liquidados para evitar testigos. Del millar aproximado que eran en Treblinka, lograron escapar unos 600, muriendo el resto en su lucha con los alemanes y ucranianos. Cuando el ejército soviético alcanzó Polonia apenas si hallaron a medio centenar de aquellos evadidos. El resto pereció en lucha contra alemanes, desertores, guerrilleros o polacos. Esos pocos supervivientes conservaban un valioso archivo de testimonios, diarios, documentos, etc. que permitieron reconstruir todo el horror de Treblinka.
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escuela
El Trecento es un siglo privilegiado que contó con los primeros nombres reconocidos como genios de la cultura: Dante, Petrarca, Giotto, Duccio son algunos de ellos. Sus producciones en sus respectivos campos marcan un espíritu nuevo que pone al hombre y su voluntad en el eje de la creación. Giotto fue además el primer pintor de la historia occidental que tuvo éxito en vida.El Trecento arranca de los últimos momentos del Duocento, en la transición iniciada por los artistas toscanos que trabajan la pintura en vez del mosaico. Durante este siglo, el XIV, se van a desarrollar dos escuelas diferentes, la florentina y la sienesa, cada una ella ubicada en sendas repúblicas poderosas. Pero las dos escuelas tienen características comunes, tales como son la individualización de los personajes, lejos ya de los estereotipos practicados durante el medioevo. A esta individualización corresponde una mayor expresividad de los rostros y el gesto, lo cual marca la separación de los tipos bizantinos practicados el siglo anterior, hieráticos, inmóviles en su diginidad eterna. También se presta mayor atención al cuerpo, con lo que se consigue una mayor corrección anatómica, más realista, sin idealizar. Esto implica introducir volumen y modelado en los cuerpos, que inmediatamente repercute en los objetos que lo rodean y en el fondo, que deja de ser un panel dorado para llenarse de paisajitos o interiores. En éstos se practican unas rudimentarias reglas de perspectiva, divergentes, que unifican escenas de diferentes marcos relacionándolas entre sí mediante puntos de fuga que sólo operan para las escenas seleccionadas.También se innova en la temática: la aparición de un poder civil fuerte, como son las repúblicas mercantiles, demanda unas obras que respalden su imagen del poder. El resultado fueron frescos magníficos, como los del palacio comunal de Venecia hechos por los hermanos Lorenzetti entre otros, o los del palacio de verano del papa en Avignon.Otro campo de avance será el meramente técnico: las técnicas al fresco se perfeccionan y resultan tan duraderas y brillantes como el mosaico, al que a veces imitan en decoraciones murales. El fresco se complementa con retoques "alla secca", que permiten mayor detallismo. Además, el volumen implica la necesidad de sombras y gradaciones, por lo que se abandona el color plano para introducir las gamas tonales, de una manera muy similar a como lo hará el impresionismo puesto que no hay sombras proyectadas de color negro, sino coloreadas con gamas más intensas o con colores complementarios.La escuela florentina es la que mejor aprovechará estos logros técnicos, puesto que el ambiente en ella es muy intelectual. Giotto es su mejor exponente, y realiza en sus ciclos al fresco verdaderos manifiestos pictóricos y teológicos que causaron furor en su época.La escuela de Siena halla su mejor representante en Simone Martini, el pintor de las vírgenes elegantes y bellas. Su estilo está claramente ligado al bizantinismo, en una escuela blanda, amanerada y sumamente apropiada para ambientes cortesanos, al estilo del retrato que realizó del Guidoriccio da Fogliano. La piel que pinta suele ser terrosa, las manos finas y crispadas, casi como garfios, los ropajes y los entornos son ricos, principescos. Estos rasgos convierten la pintura sienesa en inconfundible, puesto que sustituyen la intelectualidad florentina por el sentimiento religioso y humano. Sus mejores artífices, el citado Martini, Duccio, los hermanos Lorenzetti, obtuvieron proyección internacional. También la tuvieron los florentinos, Taddeo Gaddi, il Giottino, Starnina... esto se debe a dos circunstancias que indirectamente acaban con el Trecento. La primera fue la epidemia de Peste Negra que en 1348 provoca una huida masiva de la población. Los artistas se trasladaron a la corte papal en Avignon, donde llevaron a cabo obras magníficas. Un segundo receso tiene lugar en 1379, con la revolución de los Ciompi, campesinos contra el poder aristocrático y clerical, que determina un período de crisis económica y social en el cual la Toscana es sustituida en importancia cultural por Roma. Muchos artistas se trasladaron a las costas mediterráneas del sur de Francia y del este español, lo cual determinará una proyección de su estilo en el Gótico Italianizante inmediatamente posterior.
Personaje
Arquitecto
Fue alumno y ayudante de Longhena y trabajó en Venecia para la familia Fini, realizando el proyecto para la fachada de San Moisés en 1668 y una d elas fachadas laterales del Palazzo Labia. Para el obispo de Belluno hizo un seminario, actualmente hospital civil, y la residencia arzobispal en Belvedere.
obra
El tren que partía hacia Normandía fue retrasado en varias ocasiones para que Monet consiguiera un efecto lumínico de mayor calidad. No tuvo ningún inconveniente gracias a su entrevista con el Director de Ferrocarriles, quien facilitó el trabajo del maestro en todo lo posible. De esta manera, Monet realizó una de sus series más famosas en las que la luz y el humo del vapor se entremezclan obteniendo un resultado digno de elogio. Las nubes de vapor adquieren un color azulado por efecto de la luz solar, creando una sensación ambiental de inestimable belleza. El estilo de Monet se inscribe dentro del más absoluto Impresionismo, trabaja con una pincelada rápida y abocetada, crea sombras coloreadas y emplea colores primarios. Las formas van perdiendo importancia, inundando los lienzos de luz y color. Las figurillas de los pasajeros están conseguidas con un sucinto toque de pincel, al igual que las farolas o los cables, pero la sensación de realidad que crea el maestro es perfecta.
obra
El ferrocarril será para los impresionistas motivo frecuente de inspiración debido a la modernidad que suponía y a los efectos creados con su potente chorro de vapor. Monet dedicará una serie de 12 lienzos a la estación Saint-Lazare y algunos más a cantar las gracias de ese nuevo medio de transporte. Esta imagen que contemplamos es la primera en la que el maestro incluye el tren como protagonista; la densa nube de humo permite identificar el lugar que ocupa la locomotora, oculta tras la densa arboleda. Los vagones de cola se aprecian claramente, incorporando las pequeñas figurillas en su interior que conforman el pasaje. Ante la arboleda, en una inmensa pradera, pasean varias figuras, unas al sol y otras en la sombra. La luz del atardecer inunda por completo la escena, crea una sombra oscura y muestra un cielo plomizo en el que se mezclan nubes y humo. La pincelada empleada es tan rápida como acostumbra Monet, siguiendo el estilo impresionista, del que será su máximo exponente.
obra
David Cox no se interesaba en su trabajo por la industrialización que se estaba produciendo en Inglaterra producto de la Revolución Industrial, cuyo buque insignia era el ferrocarril. Sin embargo, cuando contempló Lluvia, vapor y velocidad, la obra emblemática de Turner, se interesó por las cuestiones planteadas por el maestro londinense, tal y como podemos contemplar en esta acuarela que fue expuesta en 1849. En primer plano podemos contemplar un pequeña manada de caballos iluminados por la luna mientras en el fondo se intuye la silueta del tren, con el fuego que despide la máquina contrastando con la luna. La escena se desarrolla en un páramo, mostrando una amplia perspectiva que tiene una sensacional punto de fuga. El cielo también tiene un papel protagonista en la composición, ocupando más de dos tercios de la superficie, en clara referencia a la pintura holandesa del Barroco. La técnica empleada permite al pintor trabajar de una manera rápida y difusa, en clara relación con la Escuela de Barbizon francesa.