Posiblemente fue ese apartado uno de los que generaron mayores consecuencias entre lo acordado en Potsdam. El objetivo pretendido por los grandes era, evidentemente, deseable: ...establecer, tanto como sea posible, las condiciones para una paz duradera, después de la victoria en Europa. El hecho de que a la paz no se le eligiera otro calificativo que el de duradera permite creer que algo sí se consiguió. Pero los avatares sufridos entre 1945 y hoy dan pie para pensar que los buscadores de la paz en Potsdam perseguían algo mejor que lo que la guerra fría, la coexistencia pacífica y el equilibro del terror nos proporcionaron. Textualmente, Potsdam cita cinco situaciones anormales: las de Italia, Bulgaria, Finlandia, Hungría y Rumania. Corregir su anormalidad, para los firmantes del acuerdo de la cumbre, significa, por este orden: concertar con ellos sendos tratados de paz, permitir su ingreso en las Naciones Unidas y establecer relaciones diplomáticas. Quizá resulte curioso ese desorden. Porque, erigidos los hombres de Potsdam en rectores del mundo, parecería lógico que indicaran el camino a los demás pueblos, estableciendo primero las relaciones y acogiendo después a los Gobiernos respectivos en la ONU. También resulta curiosa una nota que parece desentonar del tono del documento y que recuerda como "deseable" que la prensa aliada goce de libertad para informar sobre lo que ocurre en cuatro de los cinco países citados como "anormales": Finlandia, Bulgaria, Hungría y Rumania. Al no mencionar a Italia -ocupada por los occidentales-, la diferencia resulta aún más expresiva, y hace pensar que la caída del telón de acero no fue un producto del azar. Aquella famosa cuartilla que Stalin y Churchill habían pergeñado en su reunión de Moscú, el 9 de octubre de 1944, sobre el reparto de territorios, empezaba a tener más validez que otros documentos oficiales. El ingreso en las Naciones Unidas, la meta que se consideraba como óptima para todos los países del mundo, no se condicionaba por otros extremos que los fijados en el artículo 44 de la Carta fundacional de la Organización: ser un Estado pacífico, dispuesto a aceptar las obligaciones que se derivan de la propia Carta y estimado por la Organización como capaz de cumplir esas obligaciones. La admisión será efectiva por decisión de la Asamblea General a recomendación del Consejo de Seguridad. A la generalidad con que se establecían estas condiciones, había dos anotaciones. La primera fue una recomendación de los tres grandes a favor de aquellos países que hubieran permanecido neutrales durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y que, naturalmente, cumpliesen los requisitos señalados más arriba. La segunda acotaba a la primera. Los tres Gobiernos se consideraban obligados a declarar claramente que no apoyarían la candidatura del Gobierno español de Franco, por entender que todas sus calificaciones quedaban destruidas por la connivencia habida con los países del Eje. Esta nota, a distancia, sería el origen del llamado "problema español", planteado a partir de 1946 en las Naciones Unidas y resuelto con la admisión de España en la Organización en diciembre de 1955.
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El espontáneo desarrollo del tema de la montaña en el paisajismo dio pie a tratados de pintura especializados. Tal es el libro de Alexander Cozens (h. 1717-1786) "Nuevo método para asesorar a la inventiva al dibujar composiciones paisajísticas originales". El ensayo práctico de Cozens, que publicó poco antes de su muerte, servía al pintor de taller en la ejecución de paisajes, bien para estimular la imaginación, bien para aprender a recrear paisajes vistos, a veces con la ayuda de dibujos realizados al aire libre. El método de Cozens era empirista, y enseñaba la técnica de la mancha casual, conocida desde Leonardo, como forma abstracta que exhorta a la fantasía del artista para intuir en ella un paisaje. Aun el propio Constable elogió sin reservas el ensayo de Cozens y aprendió de sus sugerencias. El hijo de Alexander, J. R. Cozens, antes nombrado, realizó en los años 70 y 80 del XVIII viajes a los Alpes suizos e italianos de los que dejó numerosas vistas a la acuarela. Aprovechó técnicas similares a la de la sugestiva mancha, pero las diferentes versiones de sus motivos hacen ver la inquietud verista, fiel, de su forma de imitación.Poco posterior al tratado de Cozens es el libro del pintor Pierre Henri de Valenciennes (1750-1819) "Elementos de perspectiva práctica". También éste se centraba en los problemas prácticos que afectan a la representación de la naturaleza empírica. Los interesantes paisajes de Valenciennes, generalmente óleos sobre papel, no son sino estudios de los efectos plásticos que puedan hacer de equivalentes de los fenómenos naturales. En su pintura, como en su tratado, se entrega al estudio de fenómenos naturales -nubes o cualesquiera constelaciones atmosféricas- sobre la base de los recursos técnicos que puede emplear el pintor. Y a esto se aplica con un rigor naturalista que, repetimos, es un componente importante en el paisaje del 1800, generalmente tan lleno de arrobo, ensoñación y estímulos irracionales que tal vez olvidamos este otro factor, que no contradice lo demás.La incidencia del tratado de Valenciennes fue, de todos modos, menor. En el Romanticismo francés el paisaje no ocupó un lugar eminente, como ocurrió en las escuelas británica y germana, para las que resultó una vía privilegiada de renovación artística. Habría que remitir a los paisajes de Delacroix y a incidencias puntuales de los paisajistas ingleses en la pintura francesa. Existen algunos motivos para considerar la obra de Camille Corot (1796-1875) dentro del paisajismo romántico, pero su personalísima factura y su naturalismo lírico abren una constelación nueva en el paisaje que es más sensato considerar dentro de la época de los pintores de Barbizon.Los escritos de Cozens y Valenciennes no son, ni mucho menos, los únicos tratados artísticos que vindicaron los valores del paisaje. De 1770 data la "Carta sobre la pintura de paisaje" del pintor suizo Salomon Gessner. En 1809 aparece el escrito de Carl Grass "Algunas observaciones sobre pintura de paisaje" y el clasicista Philipp Hackert escribió también "Sobre pintura de paisaje" (1811). Además, en este período son muchas las referencias que existen a los asuntos del paisajismo en la teoría artística no específica. El esfuerzo de la literatura, como el de los pintores, se orientaba a hacer emerger la pintura de paisaje, darle un rango digno, y hacerla equiparable con la pintura de tema. Puesto que toda la doctrina académica, por no decir la teoría artística afianzada, había postergado el paisaje como género menor. Esa desventaja es la que justifica las apasionadas palabras de un Carl Grass sobre el paisajismo: "¿No es la pintura de paisaje precisamente aquella en la que tanto queda por hacer, y en la que, si no se abren nuevos caminos, el genio debe andar, pese a todo, su propia senda? ... La pintura de paisaje no abarca menos de todo aquello que se ofrece a nuestra vista, y gracias a ella, por así decirlo, contemplamos en el real un mundo nuevo. ... ¿Qué gama de imágenes y fines se presenta aquí al espectador, desde la más sencilla imitación de lo verdadero, siguiendo la escala de lo ameno, lo gracioso, lo naif, hasta la más elevada poesía de lo romántico y lo sublime?".Carl Grass formula los argumentos fundamentales que confieren primacía al género del paisaje en el Romanticismo. Es una región artística a explorar y susceptible de poder encarnar hasta la más elevada poesía. Un teórico que exalta ilimitadamente el paisaje romántico es Carl Gustav Carus (1789-1869), médico e investigador, y pintor que sigue los pasos de Caspar David Friedrich. Publicó sus "Cartas sobre la pintura de paisaje" en 1815, y en versión ampliada, nuevamente en 1835. El tema de la montaña sirve en sus cuadros para evocar introspecciones y sentimientos piadosos con la experiencia del paisaje, como lo sugiere también en sus Cartas.Muy significativo es su cuadro Monumento a la memoria de Goethe (1832), pintado a la muerte de éste, cuya obra fue su gran referencia intelectual. Pintó en él, colocado en lo alto de una montaña, un sarcófago vagamente neogótico con unos ángeles orantes que hacía las veces de altar en el que se solemnizaba el alma del poeta difunto en la Iglesia de la naturaleza. La presencia del poeta se disuelve en la infinita y sagrada vida de la inmensa naturaleza que lo celebra y recibe.
Personaje
Arquitecto
La mayoría de los trabajos de este arquitecto valenciano se encuentran en Sevilla y su zona de influencia, al ser nombrado en 1926 director general de las obras de la Exposición Iberoamericana de 1929, en sustitución de Aníbal González. Entre sus trabajos más importantes destacan la iglesia de San Juan Bautista, en San Juan de Alnazfarache, el Teatro Lope de Vega, el caserío del Cortijo de la Cebolla, la fuente de la Glorieta de San Diego, todo ello en Sevilla, diseñando también los planos para la reforma del Altar Mayor de la Catedral hispalense.
acepcion
Tipo de piedra o roca sedimentaria compuesta por calcita y limonita. Su formación es reciente y típica de zonas termales. Fue uno de los materiales más empleados en las construcciones del Imperio Romano
contexto
La evolución de las burguesías europeas del siglo XVII resultó desigual. Como en tantos otros aspectos, es necesario trazar una divisoria entre los países que obtuvieron un mayor grado de desarrollo capitalista y aquellos otros que padecieron de forma más aguda los efectos de la crisis, viendo detenida la marcha de su desarrollo económico. Los primeros asistieron a un auge burgués sin equivalente en otras áreas. En los segundos, por el contrario, los grupos burgueses se deterioraron en beneficio de un reforzamiento de las estructuras sociales tradicionales, dominadas por la nobleza señorial y por el modelo aristocrático. La crisis forzó formas de comportamiento inversor que alejó a la burguesía de las actividades económicas que habían sido propias de su clase. La incertidumbre de los negocios detrajo capitales de la industria y el comercio, y orientó las inversiones hacia terrenos más seguros. A pesar de su desvalorización relativa, efecto evidente de la crisis, la tierra mantenía su condición de refugio de valor estable. La burguesía no sólo conservó, sino que incluso incrementó, su propensión a comprar propiedades rústicas. En muchas ocasiones esta actitud, dictada por motivos económicos, formaba parte al mismo tiempo de las estrategias de ennoblecimiento puestas en práctica por los burgueses como medio de ascender socialmente y de adquirir el prestigio anejo a las clases aristocráticas. Otra forma de deserción de los negocios vino representada por el acceso a cargos de la Administración del Estado. En Francia esta tendencia se vio muy favorecida por la venalidad de oficios públicos resultado de las necesidades financieras de la Monarquía. La venta de cargos alcanzó en este país su momento de mayor apogeo en el siglo XVII. En realidad, como sostiene Mousnier, la adquisición de un cargo era una manera de inversión segura, a la que correspondía un beneficio en forma de salarios, gajes y posición social. Numerosos hijos o nietos de comerciantes acabaron ocupando puestos de funcionario en los diversos niveles de la Administración estatal e, incluso, lograron el derecho a hacer transmisible su titularidad. Ello contribuyó a la consolidación de la nueva clase de funcionarios de origen burgués dentro de las élites locales y provinciales, pero también constituyó una fuente de tensiones con la aristocracia antigua, celosa ante el ascenso de esta nueva nobleza de toga advenediza. En España, las capas burguesas, ya de por sí débiles, estuvieron al borde de la extinción a raíz de la crisis económica y financiera desatada a fines del XVI y que se prolongó a lo largo del XVII, lo que acentuó la polarización social y la distancia existente entre la minoría privilegiada y la mayoría no privilegiada. La burguesía tendió a hacerse terrateniente y rentista, buscando refugios de valor como alternativa a los problemas económicos. Las oscilaciones monetarias desalentaron las iniciativas de inversión en actividades reproductivas y propiciaron la inhibición de las clases medias respecto a la industria y el comercio. Muchos capitales se desviaron hacia el préstamo privado (censos), favoreciendo la conversión de la burguesía en una clase parasitaria. Cuando los moriscos españoles fueron expulsados por Felipe III, los prestamistas urbanos de Valencia -área de mayor asentamiento de aquella minoría- se resintieron de las dificultades de sus deudores aristócratas, señores rentistas de vasallos moriscos, para satisfacer las cantidades debidas por los censales, cuya garantía de devolución eran precisamente las rentas agrarias generadas por los vasallos moriscos. En las Provincias Unidas y en Inglaterra, por el contrario, la burguesía se consolidó. En Holanda y Zelanda el desarrollo urbano y mercantil propició la formación de sólidos grupos burgueses, que fueron muy influyentes políticamente y que impusieron una particular mentalidad y forma de vida. Estos grupos nutrieron de elementos a los patriciados urbanos y proporcionaron los cuadros del Gobierno del país. En cualquier caso, no faltaron actitudes sociales y formas de inversión que ponen de manifiesto algún grado de dependencia respecto al modelo aristocrático y que han llevado a varios historiadores a preguntarse si pudo llegar a producirse un cierto anquilosamiento de la dinámica burguesía de esta zona. En Inglaterra, la influencia social de la aristocracia retrocedió frente al avance decidido de la burguesía capitalista. La propia nobleza amoldó progresivamente sus actitudes a los usos burgueses. La expansión de la industria y del comercio colonial favoreció la creación de fortunas y el ascenso económico, social y político de la burguesía. Las formas políticas y la mentalidad social, crecientemente teñida de un utilitarismo pragmático, se adaptaron a las concepciones representadas por los grupos emergentes. En cualquier caso, la historia social inglesa del siglo XVII no debe reducirse a una mera dialéctica de enfrentamiento entre aristocracia y burguesía capitalista. Ello representaría ignorar una realidad de integración, al menos parcial, de ambos niveles en unas élites oligárquicas que dominaron la vida económica y política del país y que se nutrieron indistintamente de uno y otro sector social.
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Prueba de la consideración que tenía el emir almorávide hacia Algazel y al-Turtusi fue la petición de fatua o sentencia religiosa que les solicitó para seguir adelante en su tarea de defender el Islam contra los musulmanes que lo mancillaban, trasgrediendo sus leyes, y contra los cristianos que lo amenazaban. Tras la victoria de Zallaqa en 1086, Ibn Tasufín rechazó la oferta de adoptar el título de Emir de los Creyentes, aferrándose en su convicción de que este título era propio del Imam, el Califa de Bagdad, y que él adoptaría, para formar parte de la Umma ortodoxa, el título de Príncipe de los Musulmanes, Defensor de la Fe y Delegado del Príncipe de los Creyentes. En este sentido habría probablemente encargado al jurista andalusí Abdallah ibn al'Arabi y al hijo de éste, Abu Bakr, que solicitaran de Bagdad su reconocimiento oficial como delegado del Califato en el occidente islámico, ya que él había cumplido con todos los requisitos de un buen emir musulmán ortodoxo: durante cuarenta años había luchado por imponer el respeto al Califa en los territorios que ocupaban los almorávides; en 2.500 púlpitos se hacía la oración en nombre del Califa, no había cejado en llevar al-Yihad a tierras cristianas, recuperando fortalezas que les habían sido arrebatadas a los musulmanes; era un emir justo, que no recaudaba más que los impuestos legales; todos los caminos de su comunidad estaban seguros y sus monedas eran absolutamente de ley y estaban acuñadas con el nombre del Califa.Este, el Califa abbasí al-Mustazhir bi Allah, mandó su respuesta afirmativa reconociendo el Emirato almorávide en una carta firmada por él con fecha de junio de 1098. Estaba acompañada por otro documento, expedido por el visir selchuqí Mohamad ibn Muhamad ibn Gahir, al-wazir agachal, lo que denota claramente que era este último el que ejercía el poder real. Algazel apoyó también a Tasufín en esta solicitud de reconocimiento formal y justificó así la invasión de al-Andalus: "...en estas tierras sufrían los musulmanes humillaciones y oprobios... afligidos" (a causa de los cristianos) por el cautiverio, muertes y depredaciones, consiguiendo vejarles, habida cuenta de las disensiones entre aquellos reyes rebeldes que intentaban conseguir todo el poder y se combatían por ello... " Y llevaron las cosas al extremo de recurrir a los cristianos, en su afán de atacarse... Les descubrían todos los secretos... A Yusuf, Dios, ensalzado sea, le concedió erradicar a los cristianos, apartarles de la tierra musulmana..." Algazel debió tener buenas relaciones con el Emir almorávide y tuvo la intención de visitarle en su capital, pero la muerte sorprendió a Tasufín en el año 1106, dejando como heredero a su hijo Alí. Buena muestra de la influencia que sobre Ibn Tasufín tuvo también al-Turtusi es una carta que le escribió en estos términos: "Debes saber, oh Abu Ya'cub, que no se comete un adulterio en tus dominios, en toda la extensión de tu Imperio ni a lo largo de tu vida, sin que seas el responsable de ello y el reo de su pecado. Tampoco ingiere su bebida un borracho, sin que dejes de ser el responsable de ello. Ni se lesiona el honor de un musulmán, sin que a ti se te reclamen cuentas. Ni se opera con usura, sin que tú seas requerido. Y así con todos los pecados, pues todas las prohibiciones de Dios que sean transgredidas, a ti serán reclamadas, ya que tienes poder para cambiarlas. Y de las cosas que queden ocultas, sin que ningún musulmán las vea, de esas serás eximido, si Dios, ensalzado sea, quiere". Estas recomendaciones de Algazel y al-Turtusi legitimaban el objetivo almorávide: introducir reformas religiosas, sociales y fiscales tras haber parado el avance cristiano y encarcelado, asesinado o exiliado a los reyezuelos corruptos. Yusuf ibn Tasufín y su hijo Alí intentaron dar un vuelco total a la situación en los territorios musulmanes de la Península:A) la re-islamizaron, volviendo con mayor fuerza al rigorismo malikita, aplicando la saría. Había que guiar al pueblo hacia la dicha eterna a través del respeto y la práctica rigurosa de las enseñanzas coránicas. Por tanto, se debía reforzar el papel de los alfaquíes, verdaderos conocedores de esta ley; el propio emir daba ejemplo, recurriendo a su consejo. En este mismo sentido, algunos historiadores del período han creído ver ciertas prácticas democráticas en los almorávides, puesto que sus dirigentes recababan la opinión de la comunidad antes de tomar algunas decisiones, ateniéndose así a los preceptos del Corán.B) Moralizaron la sociedad, castigando a todo aquel que se descarriaba. Recobró importancia el cargo del mohtaseb, cuyo cometido principal era imponer el Bien e impedir el Mal; sus obligaciones eran, entre otras: vigilar el desarrollo de la oración, cuidar del comportamiento de los fieles en la mezquita e impedir que fueran importunados en sus rezos; podía, además, intervenir en la vida privada de la comunidad, ya que le incumbía vigilar el respeto del ayuno y la limosna legal.C) Abolieron todas las cargas fiscales impuestas por los reyes de taifas sobre musulmanes, cristianos y judíos para obtener sus propios fines de poder y gloria. Se limitaron, en la primera etapa de su gobierno, a recaudar justo los impuestos estipulados en el Corán.
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El nombre de Treblinka evoca, probablemente, la cumbre del horror desatado por los alemanes contra los judíos, aunque no fuese este recinto donde se produjeron más asesinatos. Efectivamente, este no fue un campo de concentración, sino una industria fundada expresamente para asesinar a los judíos de Varsovia y alrededores, bajo la perfecta organización del técnico teniente Kurt Franz, alias Lalka, se abrió en julio de 1942. Este pequeño campo situado junto al curso del río Bug, cerca de Varsovia, tenía al lado una vieja vía de ferrocarril. Lalka hizo construir junto a ella todo un hermoso decorado que la hacia parecer una pequeña y alegre estación provinciana, equipada incluso con un reloj de madera que marcaba las tres de la tarde. A esta estación llegaron, incluso, hasta cuatro trenes diarios, con 60 vagones cada uno, cargados con un promedio de 100 personas. 24.000 judíos que el genio bien organizado de Lalka se encargaba de despojar de pelo y ropas, de asesinar por medio de cámaras de gas, de quitarles todo tipo de joyas o dientes de oro y de sepultar en una inmensa fosa común situada cerca de los barracones de la muerte. El campo se componía de dos instalaciones bien diferenciadas e incomunicadas entre sí. En la primera se recibía a los judíos, que debían ser sometidos a una revisión sanitaria y a una desinfección. Los hombres entraban por un lado: dejaban en un compartimento abrigos y sombreros; en el siguiente, pantalones y camisas y recibían un pequeño cordel; en el tercero debían descalzarse y atar sus zapatos con el cordel; en el cuarto, dejaban su ropa interior. Hasta ese punto se mantenía la ficción. Luego, los judíos, desnudos, debían atravesar una plaza acosados por los látigos de los SS y un grupo de voluntarios ucranianos y penetraban, jadeantes, en su último refugio: las cámaras de gas. Kurt Franz había descubierto que un hombre jadeante aspiraba mas rápidamente el gas y moría primero. Las mujeres pasaban por similar proceso de despojo en otro edificio. Al final, entraban en la peluquería, donde con cinco estudiados tijeretazos se las privaba de su cabellera. De allí salían por una puerta muy baja que las obligaba a agacharse, mostrando sus vaginas, que eran diestramente registradas en busca de joyas; había terminado el disimulo. A partir de ahí los latigazos, la enloquecida huída hacia aquellos barracones que, recibida su materia prima, cerraban sus puertas y ponían en marcha su maquinaria mortífera. La perfecta organización montada por Lalka podía matar 2.000 personas en 76 minutos, al cabo de los cuales quedaban listas las cámaras para recibir una nueva remesa de judíos. Un tren podía ser liquidado en menos de cuatro horas y, excepcionalmente, se llegaron a despachar hasta cuatro, aunque lo normal, en época de trabajo, eran dos trenes diarios. Luego se producían temporadas bajas, que eran aprovechadas para clasificar objetos y enviarlos a Alemania. La segunda parte del campo estaba encargada de retirar los cadáveres de las cámaras de gas y acomodarlos en hileras, cubrirlos de una capa de tierra y de otra de cuerpos, pero, previamente, las víctimas eran despojadas de las pocas joyas que aún podían llevar encima y de las piezas de oro de sus bocas. En 1943, cuando las tropas alemanas comenzaron a retroceder hacia el oeste, Himmler dio la orden de que se levantaran las inmensas fosas comunes donde yacían medio corrompidos unos 700.000 cadáveres, y quemarlos para eliminar las pruebas del inmenso genocidio. Los encargados de recoger las ropas y pertenencias de los condenados, de cortarles el pelo, retirarles las joyas y dientes y enterrarles eran también judíos, elegidos entre los más fuertes de aquellos convoyes. Ellos llevaron la terrible contabilidad, como ésta del banquero Alexandre: "9 de diciembre, 4 convoyes, 24.000 muertos; 2 de enero, 1 convoy, 2.000 muertos". A veces había recapitulado por meses y por país. La reexpedición de bienes judíos hacia Alemania estaba cifrada de igual manera: "26 vagones de pelo, 248 de vestidos, 100 de calzado, 22 de tejidos, 40 de medicamentos y de instrumental médico, 10 de borra, 200 de trapos diversos, 260 de mantas y 400 de objetos diversos: estilográficas, peines, vajilla, bolsos, carteras, bastones, paraguas, etc." El banquero Alexandre gustaba de cuentas exactas,y llevó el prurito del detalle hasta calcular la masa de brillantes reexpedidos en quilates: 14.000. Estos judíos, en permanente renovación por la elevada mortalidad que el tifus provocó en ellos durante el invierno de 1943-44, conspiraron durante nueve meses para sublevarse y, efectivamente, lo hicieron cuando el campo estaba a punto de ser cerrado y ellos liquidados para evitar testigos. Del millar aproximado que eran en Treblinka, lograron escapar unos 600, muriendo el resto en su lucha con los alemanes y ucranianos. Cuando el ejército soviético alcanzó Polonia apenas si hallaron a medio centenar de aquellos evadidos. El resto pereció en lucha contra alemanes, desertores, guerrilleros o polacos. Esos pocos supervivientes conservaban un valioso archivo de testimonios, diarios, documentos, etc. que permitieron reconstruir todo el horror de Treblinka.