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Estas dos tablas atribuidas a Miguel Ximénez que conserva el Museo del Prado proceden de un retablo originario de la provincia de Lérida. En la primera encontramos al apóstol decapitado, colocado en una barca, mientras al fondo Herodes y su séquito contemplan el embarco del cuerpo del santo, momento en que el verdugo envaina la espada empleada para el martirio. La escena se desarrolla en el puerto de Jafa. En la segunda tabla el cuerpo del santo es llevado en un carro tirado por dos feroces novillos. El carro es acompañado por los discípulos del santo: san Teodoro y san Atanasio mientras la reina Lupa y dos servidores observan la escena desde la ventana del palacio. Al fondo podemos observar la barca que ha traído el cuerpo mecida por las olas de la costa gallega.
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A fin de evitar la predicción de la reina de Saba, según la cual el Sagrado Madero traería el fin del reino judío, Salomón decidió ocultarlo en la piscina probática; el madero flotó y se empleó en la construcción de la cruz de Cristo. La escena del traslado fue representada por Piero en la pared frontal de la capilla, en el tercer cuerpo del conjunto, frente a la Tortura del judío. Las tres figuras que trasladan el madero se integran en un paisaje que adquiere sensación de mero telón de fondo, representadas de perfil y en tres cuartos. La iluminación empleada es muy fuerte, aportando unidad al conjunto, sin apenas proyectar sombra, destacando el efecto escultórico de los personajes y los plegados de las telas. Los detalles de los cabellos y la textura de la madera podrían indicar cierta influencia de la pintura flamenca, aunque los ecos de la obra de Masaccio son los más evidentes. Buena parte de los especialistas consideran que la obra fue pintada por uno de los ayudantes de Piero della Francesca, posiblemente Giovanni di Piamonte, siguiendo los cartones facilitados por el maestro, que fueron ejecutados de manera estricta.
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Uno de los terrenos en donde se manifestó de forma más rotunda la crisis bajomedieval fue, sin lugar a dudas, el poblacional. Hasta tal punto es estrecha esta relación que la misma expresión crisis de la Baja Edad Media suele evocar, por encima de todo, la imagen de una catástrofe demográfica en Europa. Sin duda mucho tienen que ver en ello las noticias que nos han sido transmitidas de aquella época, noticias que hablan insistentemente de la difusión por tierras europeas de terribles epidemias de mortandad, de las cuales la principal fue la que conocemos con el nombre de peste negra. Pero no es menos cierto que la demografía histórica ha comprobado, a través de las escasas y controvertidas fuentes que permiten reconstruir los efectivos poblacionales de los siglos XIV y XV en el territorio europeo (por lo general fuentes de carácter fiscal), la existencia de una importante fractura demográfica en la decimocuarta centuria, por más que en la siguiente tuviera lugar una indudable recuperación de la población. Así las cosas, el incremento de la población europea, aceptado para el periodo comprendido entre los años 1000 y 1300, se vio interrumpido en el siglo XIV. M. K. Bennett había calculado que la población del conjunto de Europa había pasado de unos 42.000.000 de habitantes en los inicios del siglo XI a cerca de 72.000.000 en el año 1300. Por su parte, J. C. Russell llegó a la conclusión de que la población de Inglaterra, para la cual las fuentes medievales son incomparablemente más sustanciosas que en cualquier otro país europeo, ascendió de 1.100.000 habitantes en el año 1086, la fecha de la redacción del "Domesday Book", considerado el primer gran censo del país, a unos 3.300.000 en los comienzos del siglo XIV. No obstante, las grandes catástrofes que se abatieron sobre Europa con posterioridad al año 1300, y en primer lugar las pestes, causaron una rotunda inversión de ese proceso de crecimiento ininterrumpido de la población.
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Lo más corriente era que no se diesen excesos. Los sabios europeos, ya en la primera mitad del siglo XII, optaron por venir a España. Unos aprendieron el árabe y llegaron a traducir por sí mismos los libros que les prestaban los obispos, que habían pasado a ser dueños de las bibliotecas de los vencidos. Es el sistema de traducción que se llama a dos manos y que se ha mantenido hasta nuestros días. Los que no aprendían la lengua buscaban a un judío o cristiano (raras veces un musulmán) que supiera árabe, le contrataban para que leyera en voz alta el texto en lengua vulgar o romance, y ellos lo escribían en latín (traducción a cuatro manos). Algún manuscrito, al principio o al fin o en notas, nos informa de estos detalles.Dos de esos clérigos -hubo muchos más- llaman la atención aun en pleno período almorávide como mecenas: el arzobispo don Raimundo de Toledo (1125-1152), que pasa por ser el creador de la llamada Escuela de Traductores de Toledo, y el abad Pedro el Venerable de Cluny. Pero las grandes traducciones, prescindiendo de las de los siglos X y XI, habían empezado ya antes: Juan de Sevilla -fuera o no hijo del conde mozárabe Sisnando, que parece haber sido consejero de al-Mutamid de Sevilla y, con seguridad, de Alfonso VI en 1085- parece haber empezado su actividad en el primer cuarto del siglo XII. Simultáneamente, aparecieron focos de traductores en Toledo, Barcelona, Tarazona, Zaragoza y otras ciudades de la Península con dos características comunes: la búsqueda en especial de manuscritos de filosofía y ciencias exactas (incluyendo en éstas la astronomía/astrología) y el que todos ellos, al menos en esta época, se conocían o tenían relación escrita entre sí, aunque trabajaran en ciudades distintas y de modo independiente. Así, la traducción por dos autores de la misma obra apenas existe y hace el efecto de que hubieran pretendido verter al latín el máximo de textos árabes en el mínimo tiempo posible. Simultáneamente, se produce otro fenómeno: la emigración de la ciencia autóctona andalusí hacia el Próximo Oriente y tal vez hasta la India. Este hecho se debe a varias causas: la difusión del papel, que permitía hacer múltiples copias a precio relativamente barato; la seguridad cada vez mayor de las aguas del Mediterráneo y la necesidad del transporte de los ejércitos cruzados y materias estratégicas hacia Oriente, que los musulmanes compensaban con la exportación de objetos de lujo, especias, joyas, etcétera. Así se explica que libros andalusíes como la Historia de la Ciencia del cadí Said de Toledo, el Istikmal o la Astronomía de Chábir ibn Aflah figuraran ya, en la segunda mitad del siglo XII, en los anaqueles de las bibliotecas egipcias e incluso en las de Yemen.Al mismo tiempo, los magrebíes se habían formado una imagen del mundo gracias a dos geógrafos suyos bien documentados: al-Idrisí (1101-1165), nacido en Ceuta, no sólo fue relativamente un gran viajero, sino que entró al servicio del rey Roger II de Sicilia, quien le facilitó todos los medios materiales para que obtuviera toda la información que deseara de los múltiples mercaderes que tenían su domicilio en la isla o pasaban por ella, e incluso le permitió que subvencionara a algunos para que se desviaran de sus rutas habituales y pudieran allegar información de tierras vecinas a las de su destíno. El otro geógrafo aludido, al-Zuhrí (h. 1150), era andalusí, fue testigo presencial de muchos de los curiosos acontecimientos que narra y para algunos sus noticias son irremplazables.
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Versalles y Londres llevaron el peso de las negociaciones, y el resto de los participantes no hicieron otra cosa que aceptar los resultados presentados. Todos los acuerdos fueron incluidos en un único tratado para que no se hiciesen salvedades particulares y se respetasen de forma global, algo improbable vista la situación y la importancia de las cuestiones abordadas. El 28 de octubre de 1748 se firmó el Tratado de Aquisgrán o de Aix-La Chapelle, tras ocho años de guerra, por Gran Bretaña, Francia, Austria y las Provincias Unidas. Destacaron las siguientes cláusulas: - Los Habsburgo cedían los ducados de Parma y Piacenza y el principado de Guastalla al infante español don Felipe, yerno de Luis XV. También entregaron a Piamonte los territorios prometidos en Worms. - Se garantizó la independencia de la república de Génova. - Madrás pasaba, de nuevo, a Gran Bretaña, y Luisburgo, a Francia. - No se dispuso nada sobre la neutralidad de los Países Bajos. - España prometió á Gran Bretaña a renovación del asiento hasta 1752. - Se confirmó la Pragmática Sanción y la elección imperial de Francisco I. - Prusia retuvo Silesia. - Francia renunció a cesiones territoriales en los Países Bajos, Piamonte, Niza o Friburgo, se comprometió a no fortificar Dunkerque y aceptó la expulsión del pretendiente Estuardo. - Los holandeses mantenían las fortalezas de la barrera, pero sin los subsidios extranjeros. Era indudable que el tratado podía calificarse como una tregua, ya que todos los participantes buscaban otros aliados de cara a futuros conflictos. No resolvió los graves problemas continentales, ni las diferencias ultramarinas, y, por ello, provocó profundos resentimientos. No obstante, los Estados de los Habsburgo salieron fortalecidos y mejor preparados para ocupar un papel protagonista en el juego de las relaciones internacionales, a pesar de las presiones ejercidas sobre María Teresa en momentos cruciales. Holanda, sin fuerza militar y con las trabas derivadas de las diferencias internas, quedó como una potencia de segunda fila y perdió su antiguo prestigio. Italia parecía haber iniciado el tan deseado equilibrio entre las fuerzas de los Borbones y de los Habsburgo, auspiciado por los proyectos de consolidación de María Teresa y Carlos Manuel. Sin embargo, Gran Bretaña se había dejado arrastrar por los intereses coloniales y no prestó demasiada atención a las irregularidades diplomáticas de su gabinete, que le costaron el alejamiento de Austria y Holanda. Su actividad directiva redundó en ventajas para Francia, que mantenía sus posesiones territoriales, conservaba Silesia en manos de Prusia, intervenía en la política interior alemana y garantizaba la seguridad de sus fronteras. Bien es verdad que la alianza de Versalles y Madrid se resintió por la pérdida de Gibraltar y Menorca, criticándose su actitud conciliadora con Londres y Berlín, pero preservó en gran parte el papel de árbitro de Europa. En definitiva, la Guerra de Sucesión austríaca había estado caracterizada por la incertidumbre diplomática.
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TRATADO PRIMERO 37 Aquí comienza la relación de las cosas, idolatrías, ritos y ceremonias que en la Nueva España hallaron los españoles cuando la ganaron; con otras muchas cosas dignas de notar que en la tierra hallaron CapÍtulo I 38 De cómo y cuándo partieron los primeros frailes que fueron en aquel viaje, y de las persecuciones y plagas que hubo en la Nueva España 39 En el año del Señor de 1523, día de la conversión de San Pablo, que es a 25 de enero, el padre fray Martín de Valencia, de santa memoria, con once frailes sus compañeros, partieron de España para venir a esta tierra de Anáhuac, enviados por el reverendísimo señor fray Francisco de los Ángeles, entonces ministro general de la Orden de San Francisco. Vinieron con grandes gracias y perdones de nuestro muy Santo Padre, y con especial mandamiento de la sacra Majestad del Emperador nuestro señor, para la conversión de los indios naturales de esta tierra de Anáhuac, ahora llamada Nueva España. 40 Hirió Dios y castigó esta tierra, y a los que en ella se hallaron, así naturales como extranjeros, con diez plagas trabajosas. La primera fue de viruelas, y comenzó de esta manera: siendo capitán y gobernador Hernando Cortés, al tiempo que el capitán Pánfilo de Narváez desembarcó en esta tierra, en uno de sus navíos vino un negro herido de viruelas, la cual enfermedad nunca en esta tierra se había visto, y a esta sazón estaba esta Nueva España en extremo muy llena de gente; y como las viruelas se comenzasen a pegar a los indios, fue entre ellos tan grande enfermedad y pestilencia en toda la tierra, que en las más provincias murió más de la mitad de la gente y en otras poca menos; porque como los indios no sabían el remedio para las viruelas antes, como tienen muy de costumbre, sanos y enfermos, el bañarse a menudo, y como no lo dejasen de hacer morían como chinches a montones. Murieron también muchos de hambre, porque como todos enfermaron de golpe, no se podían curar los unos a los otros, ni había quien les diese pan ni otra cosa ninguna. Y en muchas partes aconteció morir todos los de una casa; y porque no podían enterrar tantos como morían para remediar el mal olor que salía de los cuerpos muertos, echábanles las casas encima, de manera que su casa era su sepultura. A esta enfermedad llamaron los indios la gran lepra, porque eran tantas las viruelas, que se cubrían de tal manera que parecían leprosos, y hoy día en algunas personas que escaparon parece bien por las señales, que todos quedaron llenos de hoyos. 41 Después dende ha once años vino un español herido de sarampión, y de él saltó en los indios, y si no fuera por el mucho cuidado que hubo en que no se bañasen, y en otros remedios, fuera otra tan gran plaga y pestilencia como la pasada, y aun con todo esto murieron muchos. Llamaron también a este año de la pequeña lepra. 42 La segunda plaga fue, los muchos que murieron en la conquista desta Nueva España, en especial sobre México; porque es de saber que cuando Cortés desembarcó en la costa de esta tierra, con el esfuerzo que siempre tuvo, y para poner ánimo a su gente, dio con los navíos todos que traía al través, y metióse la tierra adentro; y andadas cuarenta leguas entró en la tierra de Tlaxcala, que es una de las mayores provincias de la tierra, y más llena de gente; y entrando en lo poblado de ella, aposentóse en unos templos del demonio en un lugarejo que se llamaba Tecoacazinco, los españoles le llamaron la Torrecilla, porque está en un alto, y estando allí tuvo quince días de guerra con los indios que estaban a la redonda, que se llaman otomíes, que son gente baja como labradores. De éstos se ayuntaba gran número, porque aquello es muy poblado. Los indios de más adentro hablan la misma lengua de México; y como los españoles peleasen valientemente con aquellos otomíes, sabido en Tlaxcala salieron señores y principales, y tomaron gran amistad con los españoles, y lleváronlos a Tlaxcala, diéronles grandes presentes y mantenimientos en abundancia, mostrándoles mucho amor. Y no contentos en Tlaxcala, después que reposaron algunos días tomaron el camino para México. El gran señor de México, que se llamaba Moteuczoma, recibiólos de paz, saliendo con gran majestad, acompañado de muchos señores principales, y dio muchas joyas y presentes al capitán don Hernando Cortés, y a todos sus compañeros hizo muy buen acogimiento; y así anduvieron con su guarda y concierto paseándose por México muchos días. En este tiempo sobrevino Pánfilo de Narváez con más gente y más caballos, mucho más que la que tenía Hernando Cortés, los cuales puestos de bajo de la bandera y capitanía de Cortés, con presunción y soberbia, confiando en sus armas y fuerzas humillólos Dios de tal manera que queriendo los indios echarlos de la ciudad, comenzándoles a dar guerra los echaron fuera sin mucho trabajo, muriendo en la salida más de la mitad de los españoles, y casi todos los otros fueron heridos, y lo mismo fue de los indios que eran amigos suyos; y aun estuvieron muy a punto de perderse todos, y tuvieron harto que hacer en volver a Tlaxcala, por la mucha gente de guerra que por todo el camino los seguía. Allegados a Tlaxcala, curáronse y convalecieron, mostrando siempre ánimo; y haciendo de las tripas corazón, salieron conquistando; llevando consigo muchos de los tlaxcalteca conquistaron la tierra de México. Y para conquistar a México habían hecho en Tlaxcala bergantines, los cuales están hoy día en las atarazanas de México, los cuales llevaron en piezas desde Tlaxcala a Tetzcoco, que son quince leguas. Y armados los bergantines en Tetzcoco y echados al agua cuando ya tenían ganados muchos pueblos, y otros que les ayudaban de guerra, y de Tlaxcallan que fue gran número de gente de guerra en favor de los españoles contra los mexicanos, que siempre habían sido sus enemigos capitales. 43 En México y en su favor había mucha más pujanza, porque estaban en ella y en su favor todos los más principales señores de la tierra. Allegados los españoles pusieron cerco a México, tomando todas las calzadas y con los bergantines peleando por el agua, guardaban que no entrase a México socorro ni mantenimientos. Los capitanes por las calzadas hicieron la guerra cruelmente, y ponían por tierra todo lo que ganaban de la ciudad; porque antes que diesen en destruir los edificios, lo que por día los españoles ganaban, retraídos a sus reales y estancias, de noche tornaban los indios a ganar y a abrir las calzadas. Y después que fueron derribando edificios y cegando calzadas, en espacio de días ganaron a México. En esta guerra, por la gran muchedumbre que de la una parte y de la otra murieron, comparan el número de los muertos, y dicen ser más que los que murieron en Jerusalén, cuando la destruyó Tito y Vespasiano. 44 La tercera plaga fue una gran hambre luego como fue tomada la ciudad de México, que como no pudieron sembrar con las grandes guerras, unos defendiendo la tierra ayudando a los mexicanos, otros siendo en favor de los españoles, y lo que sembraban los unos los otros lo talaban y destruían, no tuvieron qué comer; y aunque en esta tierra acontecía haber años estériles y de pocas aguas, otros de muchas heladas, los indios en estos años comen mil raíces y yerbecillas, porque es generación que mejor que otros y con menos trabajo pasan los años estériles; pero aqueste que digo fue de tanta falta de pan, que en esta tierra llaman centli cuando está en mazorca, y en lengua de las islas le llaman maíz. De este vocablo y de otros muchos usan los españoles, los cuales trajeron de las islas a esta Nueva España, el cual maíz faltó en tanta manera que aun los españoles se vieron en mucho trabajo por falta de ello. 45 La cuarta plaga fue de los calpixques, o estancieros, y negros, que luego que la tierra se repartió, los conquistadores pusieron en sus repartimientos y pueblos a ellos encomendados, criados o sus negros para cobrar los tributos y para entender en sus granjerías. 46 Estos residían y residen en los pueblos, y aunque por la mayor parte son labradores de España, hanse enseñoreado en esta tierra y mandan a los señores principales naturales de ella como si fuesen sus esclavos; y porque no querría descubrir sus defectos, callaré lo que siento con decir, que se hacen servir y temer como si fuesen señores absolutos y naturales, y nunca otra cosa hacen sino demandar, y por mucho que les den nunca están contentos; a doquiera que están todo lo enconan y rompen corrompen, hediondos hediendo como carne dañada, y que no se aplican a hacer nada sino a mandar; son zánganos que comen la miel que labran las pobres abejas, que son los indios, y no les basta lo que los tristes les pueden dar, sino que son importunos. En los años primeros eran tan absolutos estos calpixques que en maltratar a los indios y en cargarlos y enviarlos lejos de su tierra y darles otros muchos trabajos, que muchos indios murieron por su causa y a sus manos, que es lo peor. 47 La quinta plaga fue los grandes tributos y servicios que los indios hacían, porque como los indios tenían en los templos de los ídolos, y en poder de los señores y principales, en muchas sepulturas, gran cantidad de oro recogido de muchos años, comenzaron a sacar de ellos grandes tributos; y los indios con el gran temor que cobraron a los españoles del tiempo de la guerra, daban cuanto tenían; mas como los tributos eran tan continuos que comúnmente son de ochenta en ochenta días, para poderlos cumplir vendían los hijos y las tierras a los mercaderes, y faltando de cumplir el tributo, hartos murieron por ello, unos con tormentos y otros en prisiones crueles, porque los trataban bestialmente, y los estimaban en menos que a sus bestias. 48 La sexta plaga fue las minas del oro, que además de los tributos y servicios de los pueblos a los españoles encomendados, luego comenzaron a buscar minas; que los esclavos indios que hasta hoy en ellas han muerto no se podrían contar; y fue el oro de esta tierra como otro becerro por dios adorado, porque desde Castilla le vienen a adorar pasando tantos trabajos y peligros; y ya que lo alcanzan, plegue a Nuestro Señor que no sea para su condenación. 49 La séptima plaga fue la edificación de la gran ciudad de México, en la cual los primeros años andaba más gente que en la edificación del templo de Jerusalén, porque era tanta la gente que andaba en las obras que apenas podía hombre romper por algunas calles y calzadas, aunque son muy anchas; y en las obras a unos tomaban las vigas, otros caían de alto, a otros tomaban debajo los edificios que deshacían en una parte para hacer en otra, en especial cuando deshicieron los templos principales del demonio. Allí murieron muchos indios, y tardaron muchos años hasta los arrancar de cepa, de los cuales salió infinidad de piedra. 50 Es la costumbre de esta tierra, no la mejor del mundo, porque los indios hacen las obras, y a su costo buscan los materiales, y pagan los pedreros y carpinteros, y si ellos mismos no traen qué comer, ayunan, todos los materiales traen a cuestas; las vigas y piedras grandes traen arrastrando con sogas y como les faltaba el ingenio y abundaba la gente, la piedra o viga que había menester cien hombres, traíanla cuatrocientos; y tienen de costumbre de ir cantando y dando voces, y los cantos y voces apenas cesaban de noche ni de día, por el gran hervor que traían en la edificación del pueblo los primeros años. 51 La octava plaga fue los esclavos, que hicieron para echar en las minas. Fue tanta la prisa que en algunos años dieron a hacer esclavos, que de todas partes entraban en México tan grandes manadas como de ovejas, para echarles el hierro; y no bastaban los que entre los indios llamaban esclavos, que ya que según su ley cruel y bárbara algunos lo sean, pero según ley y verdad casi ninguno es esclavo; mas por la prisa que daban a los indios para que trajesen esclavos en tributo, tanto número de ochenta en ochenta días, acabados los esclavos traían los hijos y los macehuales, que es gente baja como vasallos labradores, y cuantos más haber y juntar podían, y traíanlos atemorizados para que dijesen que eran esclavos. Y el examen que no se hacía con mucho escrúpulo, y el hierro que andaba bien barato, dábanles por aquellos rostros tantos letreros, demás del principal hierro del rey, tanto que toda la cara traían escrita, porque de cuantos era comprado y vendido llevaba letreros, y por esto esta octava plaga no se tiene por la menor. 52 La novena plaga fue el servicio de las minas, a las cuales iban de sesenta leguas y más a llevar mantenimientos los indios cargados; y la comida que para sí mismos llevaban, a unos se les acababa en llegando a las minas, a otros en el camino de vuelta antes de su casa, a otros detenían los mineros algunos días para que les ayudasen a descopetar; o los ocupaban en hacer casas y servirse de ellos, adonde acababa la comida, o se morían allá en las minas, o por el camino; porque dineros no los tenían para comprarlo, ni había quién se la diese. Otros volvían tales, que luego se morían, y de éstos y de los esclavos que murieron en las minas fue tanto el hedor, que causó pestilencia, en especial en las minas de Guaxaca, en las cuales media legua a la redonda y mucha parte del camino, apenas se podía pisar sino sobre hombres muertos o sobre huesos; y eran tantas las aves y cuervos que venían a comer sobre los cuerpos muertos, que hacían gran sombra al sol, por lo cual se despoblaron muchos pueblos, así del camino como de los de la comarca; otros indios huían a los montes, y dejaban sus casas y haciendas desamparadas. 53 La décima plaga fue las divisiones y bandos que hubo entre los españoles que estaban en México, que fue la que en mayor peligro puso la tierra para se perder, si Dios no tuviera a los indios como ciegos; y estas diferencias y bandos fueron causa de que se justiciaron algunos españoles, y otros fueron afrontados y desterrados. Otros fueron heridos cuando allegaron a las manos, no habiendo quien los pusiese en paz, ni quien se metiese en medio, si no eran los frailes, porque esos pocos españoles que había todos estaban apasionados de un bando o de otro, y era menester salir los frailes, unas veces a impedir que no rompiesen, otras a meterse entre ellos después de trabados, andando entre los tiros y armas con que se peleaban, y hollados de los caballos; porque demás de poner paz porque la tierra no se perdiese, sabíase que los indios estaban apercibidos de guerra y tenían hechas casas de armas, aguardando a que allegase una nueva que esperaban, que al capitán y gobernador Hernando Cortés habían de matar en el camino de las Higueras, por una traición que los indios tenían ordenada, así los que iban con él como los del camino, lo cual él supo muy cerca de el lugar adonde estaba ordenada y justició los principales señores que eran en la traición, y con esto cesó el peligro; y acá en México se esperaba a cuando los unos españoles desbaratasen a los otros, para dar en los que quedasen y matarlos todos a cuchillo, lo cual Dios no permitió, porque no se perdiese lo que con tanto trabajo para su servicio se había ganado; y el mismo Dios daba gracia a los frailes para los apaciguar, y a los españoles para que los obedeciesen como a verdaderos padres, lo cual siempre hicieron; y los mismos españoles habían rogado a los frailes menores (que entonces no había otros) que usasen del poder que tenían del Papa, hasta que hubiese obispos; y así, unas veces por ruego; otras poníendoles censuras, remediaron grandes males y excusaron muchas muertes.
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TRATADO SEGUNDO 186 De la conversión y aprovechamiento de estos indios; y cómo se les comenzaron a administrar los sacramentos en esta tierra de Anáhuac, o Nueva España, y de algunas cosas o misterios acontecidos preámbulo 187 Estando yo descuidado y sin ningún pensamiento de escribir semejante cosa que ésta, la obediencia me mandó que escribiese algunas cosas notables de estos naturales, de las que en esta tierra la bondad divina ha encomenzado a obrar, y siempre obra; y también para que los que en adelante vinieren, sepan y entiendan cuán notables cosas acontecieron en esta Nueva España, y los trabajos e infortunios que por los grandes pecados que en ella se cometían Nuestro Señor permitió que pasase, y la fe y religión que en ella el día de hoy se conserva, y aumentará adelante, siendo Nuestro Señor de ello servido. 188 A el principio, cuando esto comencé a escribir, parecíame que más cosas notaba y se me acordaba ahora diez o doce años que no a el presente; entonces, como cosas nuevas y que Dios comenzaba a obrar sus maravillas y misericordias con esta gente, ahora, como quien ya conversa y trata con gente cristiana y convertida, hay muchas cosas bien de notar, que parece claramente ser venidas por la mano de Dios; porque si bien miramos, en la primitiva Iglesia mucho se notaban algunas personas que venían a la fe, por ser primeros, así como el eunuco Cornelio y sus compañeros, y lo mismo los pueblos que recibieron primero la palabra de Dios, como fueron Jerusalén, Samaría y Cesárea. De Bernabé se escribe que vendió un campo, el precio lo puso a los pies de los apóstoles. Un campo no es muy precioso, según lo que después los seguidores de Cristo dejaron; pero escribese por ser a el principio, y por el ejemplo que daban. Estas cosas ponían admiración, y por ser dignas de ejemplos los hombres las escribían; pues las primeras maravillas que Dios en estos gentiles comenzó a obrar, aunque no muy grandes, ponían admiracion, que no las muchas y mayores que después y ahora hace con ellos, por ser ya ordinarias; y a este propósito diré aquí en este segundo tratado algunas cosas de las primeras que acontecieron en esta tierra de la Nueva España, y de algunos pueblos que primero recibieron la fe, cuyos nombres en muchas partes serán ignotos, aunque acá todos son bien conocidos, por ser pueblos grandes y algunos, cabezas de provincia. Tratarse ha también en esta segunda parte la dificultad e impedimentos que hubo el bautismo, y el buen aprovechamiento de estos naturales. CapÍtulo I 189 En que diré cómo comenzaron los mexicanos y, los de Coutichan a venir a el bautismo y a la doctrina cristiana 190 Ganada y repartida la tierra por los españoles, los frailes de San Francisco que al presente en ella se hallaron, comenzaron a tratar y a conversar entre los indios; primero adonde tenían casa y aposento, como fue en México y en Texcoco, Tlaxcala y Huexuzinco, que en estas se repartieron los pocos que a el principio eran, y en cada provincia destas, y en las en que después se tomó casa, que son ya cerca de cuarenta en este año de 1540, había tanto qué decir que no bastaría el papel de la Nueva España. Siguiendo la brevedad que a todos aplace, diré lo que vi yo y supe, y pasó en los pueblos que moré y anduve; y aunque yo diga o cuente alguna cosa de una provincia, será del tiempo que en ella moré, y de la misma podrán otros escribir otras cosas allí acontecidas con verdad y más de notar, y mejor escritas que aquí irán, y podráse todo sufrir sin contradicción. En el primer año que a esta tierra allegaron los frailes, los indios de México y Tlatelulco se comenzaron de ayuntar, los de un barrio y feligresía un día, y los de otro barrio otro día, y allí los iban los frailes a enseñar y bautizar los niños; y dende a poco tiempo los domingos y fiestas se ayuntaban todos, cada barrio en su cabecera, adonde tenían sus salas antiguas, porque iglesia aún no la había, y los españoles tuvieron también, obra de tres años, sus misas y sermones en una sala de éstas que servían por iglesia, y ahora es allí en la misma sala la casa de la moneda; pero no se enterraban allí casi nadie, sino en San Francisco el viejo, hasta que después se comenzaron a edificar iglesias. Anduvieron los mexicanos cinco años muy fríos, o por el embarazo de los españoles y obras de México, o porque los viejos de los mexicanos tenían poco calor. Después de pasados cinco años despertaron muchos de ellos e hicieron iglesias, y ahora frecuentan mucho las misas cada día y reciben los sacramentos devotamente. 191 El pueblo a que primero salieron los frailes a enseñar fue Quautitlán, cuatro leguas de México, y a Tepusticlán Tepotzotlan, porque como en México había mucho ruido, y entre los hijos de los señores que en la casa de Dios se enseñaban estaban los señoritos de estos dos pueblos, sobrinos o nietos de Motezuma, y éstos eran los principales que en casa había, por respecto de éstos comenzaron a enseñar allí y a bautizar los niños, y siempre se prosiguió la doctrina, y siempre fueron de los primeros y delanteros en toda buena cristiandad, y lo mismo los pueblos a ellos sujetos y sus vecinos. 192 En el primero año de la venida de los frailes, el padre fray Martín de Valencia, de santa memoria, vino a México, y tomando un compañero que sabía un poco de la lengua, fuese a visitar los pueblos de la laguna del agua dulce, que apenas se sabía cuántos eran, ni a dónde estaban, y comenzando por Xuchimilco y Cuyoacan, veníanlos a buscar de los otros pueblos, y rogábanles con instancia que fuesen a sus pueblos, y antes que llegasen los salían a recibir, porque esta es su costumbre, y hallaban que estaba ya toda la gente ayuntada; y luego por escrito y con intérprete los predicaban y bautizaban algunos niños, rogando siempre a Nuestro Señor que su santa palabra hiciese fruto en las ánimas de aquellos infieles, y los alumbrase y convirtiese a su santa fe. Y los indios señores y principales delante de los frailes destruían sus ídolos, y levantaban cruces y señalaban sitios para hacer sus iglesias. Así anduvieron todos aquellos pueblos que son ocho, todos principales y de mucha gente, y pedían ser enseñados, y el bautismo para sí y para sus hijos; lo cual visto por los frailes, daban gracias a Dios con grande alegría, por ver tan buen principio y en ver que tantos se habían de salvar, como luego sucedió. 193 Entonces dijo el padre fray Martín, de buena memoria, a su compañero: "muchas gracias sean dadas a Dios, que lo que en otro tiempo en espíritu me mostró, ahora en obra y verdad lo veo cumplir", y dijo: "que estando él un día en maitines en un convento que se dice Santa María del Hoyo, cerca de Gata, que es en Extremadura, en la provincia de San Gabriel, rezaba ciertas profecías de la venida de los gentiles a la fe, le mostró Dios en espíritu muy gran muchedumbre de gentiles que venían a la fe, y fue tanto el gozo que su ánimo sintió, que comenzó a dar grandes voces", como más largamente parecerá en la tercera parte, en la vida del dicho fray Martín de Valencia. Y aunque este santo varón procuró muchas veces de ir entre los infieles a recibir martirio, nunca pudo alcanzar licencia de sus superiores; no porque no le tuviesen por idóneo, que en tanto fue estimado y tenido en España, como en estas partes, mas porque Dios lo ordenó así por mayor bien, según se lo dijo una persona muy espiritual, "que cuando fuese tiempo, Dios cumpliría su deseo, como Dios se lo había mostrado", y así fue, que el general le llamó un día y le dijo cómo él tenía determinado de venir a esta Nueva España con muy buenos compañeros, con grandes bulas que del Papa había alcanzado, y por le haber elegido general de la orden, el cual oficio le impedía la pasada, que como cosa de mucha importancia y que él mucho estimaba, le quería enviar y que nombrase doce compañeros cuales quisiese, y él aceptando la venida, vino, por lo cual, parece lo a él prometido no haber sido engaño. 194 Entre los pueblos ya dichos de la laguna dulce, el que más diligencia puso para llevar los frailes a que los enseñasen, ya en ayuntar más gente, y en destruir los templos del demonio, fue Cuitlauac, que es un pueblo fresco y todo cercado de agua, y de mucha gente; y tenía muchos templos del demonio, y todo él fundado sobre agua; por lo cual los españoles la primera vez que en él entraron le llamaron Venezuela. En este pueblo estaba un buen indio, el cual era uno de tres señores principales que en él hay, y por ser hombre de más manera y antiguo, gobernaba todo el pueblo; éste envió a buscar a los frailes por dos o tres veces, y allegados, nunca se apartaba de ellos, más antes estuvo gran parte de la noche preguntándoles cosas que deseaba saber de nuestra fe. Otro día de mañana ayuntada la gente después de misa y sermón, y bautizados muchos niños, de los cuales los más eran hijos y sobrinos, y parientes, de este buen hombre que digo; y acabados de bautizar, rogó mucho aquel indio a fray Martín que le bautizase, y vista su santa importunación y manera de hombre de muy buena razón, fue bautizado y llamado Don Francisco, y después en el tiempo que vivió fue muy conocido de los españoles. Aquel indio hizo ventaja a todos los de la laguna dulce, y trajo muchos niños a el monasterio de San Francisco, los cuales salieron tan hábiles que precedieron a los que habían venido muchos días antes. Este don Francisco aprovechando cada día en el conocimiento de Dios y en la guarda de sus mandamientos, yendo un día muy de mañana en una barca, que los españoles llaman canoa, por la laguna oyó un canto muy dulce y de palabras muy admirables, las cuales yo ví y tuve escritas, y muchos frailes las vieron y juzgaron haber sido canto de ángeles, y de allí adelante fue aprovechando más; y al tiempo de su muerte pidió el sacramento de la confesión, y confesado y llamando siempre a Dios, falleció. La vida y muerte de este buen indio fue gran edificación para todos los otros indios, mayormente los de aquel pueblo de Cuitlauac, en el cual edificaron iglesias; la principal advocación es de San Pedro, en la obra de la cual trabajó mucho aquel buen indio don Francisco. Es iglesia grande y de tres naves, hecha a la manera de España. 195 Los dos primeros años, poco salían los frailes del pueblo adonde residían, así por saber poco de la tierra y lengua como por tener bien en qué entender adonde residían. El tercero año comenzaron en Tezcuco de se ayuntar cada día para deprender la doctrina cristiana; y también vino gran copia de gente a el bautismo; y como la provincia de Tezcuco es muy poblada de gente, en el monasterio y fuera no se podían valer ni dar a manos, porque se bautizaron muchos de Tezcuco y Huexuzincla Huejotzingo, Coathichan Coatlichan y de Coatepec: aquí en Coatepec comenzaron a hacer iglesia y diéronse mucha prisa para la acabar, y por ser la primera iglesia, fuera de los monasterios, llamóse Santa María de Jesús. Después de haber andado algunos días por los pueblos sujetos a Tezcuco, que son muchos, y de lo más poblado de la Nueva España, pasaron adelante a otros pueblos, y como no sabían mucho de la tierra, saliendo a visitar un lugar salían de otros pueblos a rogarles que fuesen con ellos a decirles la palabra de Dios, y muchas veces otros poblezuelos pequeños salían de través, y los hallaban ayuntados con su comida aparejada esperando y rogando a los frailes que comiesen y los enseñasen. Otras veces iban a partes en que ayunaban lo que en otras partes les sobraba, y entre otras partes adonde fueron, fue Otumba y Tepepulco y Tulanzinco, que aun desde en buenos años no tuvieron frailes; y entre éstos, Tepepulco, lo hizo muy bien, y fue siempre creciendo y aprovechando en el conocimiento de la fe; y la primera vez que allegaron frailes a este lugar, dejado el recibimiento que les hicieron, era una tarde, y como estuviese la gente ayuntada comenzaron luego a enseñarles; y en espacio de tres o cuatro horas muchos de aquel pueblo, antes que de allí se partiesen, supieron persignarse y el Pater Noster. Otro día por la mañana vino mucha gente, y enseñados y predicados lo que convenía a gente que ninguna cosa sabía, ni había oído de Dios, y recibido la palabra de Dios; tomados aparte el señor y principales, y diciéndoles cómo Dios del cielo era verdadero Señor, criador del cielo y de la tierra, y quién era el demonio a quien ellos honraban y adoraban, y cómo los tenía engañados, y otras cosas conforme a ellas; de tal manera se lo supieron decir, que luego allí delante de los frailes destruyeron y quebrantaron todos los ídolos que tenían, y quemaron los teucales. Este pueblo de Tepepulco está asentado en un recuesto bien alto, adonde estaba uno de los grandes y vistosos templos del demonio que entonces derribaron; porque como el pueblo es grande y tiene otros muchos sujetos, tenía grandes teucales o templos del demonio; y ésta es regla general en que se conocía el pueblo ser grande o pequeño, en tener muchos teucales.