Las primeras etapas del Paleolítico Superior han sido tradicionalmente establecidas por la existencia de diferencias con el Musteriense subyacente. Desde las primeras clasificaciones de H. Breuil, la presencia de la tecnología de hojas y la industria de hueso y asta fueron los criterios básicos. A estos caracteres técnicos se unía un importante factor antropológico: la aparición del Homo sapiens sapiens, también conocido como hombre de Cro-Magnon. Esta distinción antropológica está en la base de todas las interpretaciones y valoraciones distintas sobre la singularidad del Paleolítico Superior. Sin embargo, como veremos, esta visión simplista se ha visto alterada en los últimos años al obtenerse nuevas atribuciones cronológicas, así como el descubrimiento de nuevos yacimientos. El problema se complica por la unión de dos factores; por un lado, nos encontramos en los límites del método del C14, pues cerca de los 40.000 años la cantidad de C14 se reduce a cantidades infinitesimales. Por ello, sólo gracias al descubrimiento de nuevos sistemas, sobre todo el del acelerador de partículas, se empiezan a obtener nuevas dataciones: ¿cuáles son los límites entre el Paleolítico Medio y el Superior?; ¿cuántos raspadores o buriles hacen falta para definir el Paleolítico Superior?; ¿hay suficientes cambios económicos o de estructuración social como para que sean ciertamente distinguibles? Como veremos, estas preguntas están aún lejos de ser respondidas en su totalidad. En primer lugar, hay que considerar que durante un período cronológico comprendido desde hace 45.000 hasta hace 35.000 años observamos cómo en áreas tales como el Próximo Oriente o Europa (tanto oriental como occidental) se producen una serie de cambios tecnológicos que transformarán gradualmente las industrias locales del Paleolítico Medio. En cada región las tradiciones específicas permitirán la aparición de industrias con caracteres nuevos. Sin embargo, en otras, como el norte de Africa, se documentan industrias que tienen una perduración hasta fechas relativamente próximas, como el Ateriense. Los niveles de transición se sitúan en el Próximo Oriente en dos yacimientos principales, Ksar Akil en el Líbano y Boker Tachtit en el Negev. En ellos se percibe la transición tecnológica por disminución de la técnica Levallois, que tiende a ser utilizada en la fabricación de hojas. Los instrumentos principales son los buriles y los raspadores, aumentando la disminución de las raederas. Un instrumento característico son las puntas de Emireh, por lo que se ha propuesto denominar Emiriense a este momento. Las dataciones de Boker Tachtit sitúan este momento cerca de los 46.000 años. Tras estos niveles de transición, los primeros momentos del Paleolítico Superior están marcados por la presencia de dos tradiciones que se solapan geográfica y cronológicamente. Por un lado, una industria caracterizada por una tecnología elaborada de hojas y hojitas, en cuyo instrumental abundan las piezas de dorso, así como las puntas de base retocada o puntas de El-Ouad, por lo que se ha propuesto para este momento el término de Ahmariense. Junto a él se encuentran las primeras evidencias del Auriñaciense Levantino, tecnológicamente opuesto al Ahmariense, basándose en una tecnología de lascas cuyo componente industrial está caracterizado por los raspadores y los buriles. Su cronología lo sitúa después de las culturas de transición. En fechas cercanas al 28.000 a.C., el Ahmariense desaparece y el Auriñaciense Levantino perdurará hasta fechas cercanas al 18.000 a.C. Tecnológicamente, nos hallamos ante dos modelos: uno se basa en la producción de lascas y grandes hojas gruesas que se transformarán en raspadores espesos y en hocico. La otra técnica se dedica a la producción de pequeñas hojas y hojitas que evolucionarán hacia las puntas de El-Ouad. La mayoría de los yacimientos se sitúan, sobre todo, en cuevas y abrigos. La ausencia de yacimientos al aire libre no es de fácil interpretación, pues las prospecciones sistemáticas de los arqueólogos israelíes no han dado resultados positivos. La presencia de industria ósea en yacimientos como Ksar Akil permite también reconocer que ésta se fabricó con cuchillo de sílex, no habiéndose reconocido el uso de buriles como en Europa. Entre los tipos óseos se hallaron los punzones, las puntas y bipuntas así como las espátulas. En varios yacimientos aparecen restos de colorantes. La única obra de arte conocida proviene de la cueva de Hayonim, que consiste en una plaqueta caliza con una posible figura de caballo. En Europa la transición al Paleolítico Superior se dividió en dos tendencias metodológicas. Por un lado, se postulaba una evolución policéntrica en la que las industrias habían evolucionado partiendo de la base del Paleolítico Medio local. Por otro, se proponía la llegada de grupos humanos nuevos (el Homo sapiens sapiens) procedente del Próximo Oriente, debido a los restos antropológicos y a la presencia de industrias de técnica laminar (como el Acheleo-Yabrudiense), ambos presentes en esta zona durante el Paleolítico Medio. En los últimos años, los descubrimientos han complicado el modelo y tienden a considerar un origen poligénico y policéntrico para el Paleolítico Superior. En Europa occidental, durante el interestadial de Henguelo (Würm II/III), se empiezan a encontrar las industrias del Perigordiense Inferior o Chatelperroniense y el Auriñaciense como los primeros en las que aparecen elementos característicos del Paleolítico Superior, tales como las hojas y la industria de hueso. Estas se han relacionado con el Musteriense en sus diferentes facies. Así, el Perigordiense Inferior o Chatelperroniense, caracterizado por las puntas de Chatelperron, derivaría del Musteriense de Tradición Achelense tipo B, en el que aparecen también cuchillos de dorso, especialmente los del tipo del Abri-Audi. En él las raederas alcanzan aún cantidades importantes. El Auriñaciense presenta en muchos aspectos relaciones con el Musteriense, especialmente en el uso del retoque escamoso que lo vincula con un Musteriense Charentiense tipo Quina. Durante mucho tiempo, la existencia de un cierto hiatus cronológico unido a la presencia de industria ósea, desconocida en el Musteriense, hizo proponer a muchos autores un origen extraeuropeo para el Auriñaciense. Las nuevas fechas radiocarbónicas obtenidas en yacimientos españoles, como la Cueva del Castillo y la Arbreda, que sitúan a industrias auriñacienses cerca del 38.000 a.C. el primero y del 36.000 a.C. para el segundo, permiten cubrir este hiatus y postular un origen local. Por otro lado, la contemporaneidad de ambas fases culturales ha sido descubierta en varios yacimientos, tanto franceses (Roc-de-Combe, La Piage) como españoles (El Pendo), en los que se encuentran interestratificados, con niveles Auriñaciense debajo del Perigordiense Inferior, confirmando en cierta medida su relación con las tradiciones musterienses locales. El Perigordiense Inferior representa una industria que conserva todavía muchos de los elementos del Musteriense, como la pervivencia de la técnica levallois, la presencia de raederas y puntas musterienses en proporciones intermedias. Junto a éstas aparecen la tecnología de hojas y la multiplicación de los raspadores y buriles. La necesidad de materias primas de mejor calidad provoca una mayor movilidad de los grupos. Otro factor nuevo es el uso del hueso, utilizado sobre todo como colgantes de marfil y hueso o dientes perforados. Estos representan uno de los primeros elementos estéticos conocidos. Su dispersión espacial es restringida, apareciendo exclusivamente en Francia y en la Región Cantábrica española. Cronológicamente, contamos con fechas del 34.000 a.C. en la Cueva de Morín (Cantabria, España). En la cueva de Arcy-sur-Cure aparecieron los restos de varias cabañas, construidas con un basamento de piedra que soporta una superestructura de defensas de mamut. Estas estructuras estaban impregnadas de ocre, tendencia que se convertirá en habitual. En el yacimiento de Saint-Cesaire (Charente, Francia), F. Leveque descubrió los restos de un enterramiento de un individuo neandertal muy evolucionado, demostrando la pervivencia de este tipo humano en el Paleolítico Superior en fechas cercanas al 35.000 a.C. El descubrimiento de estos restos neandertales hizo que muchos autores atribuyeran esta cultura en su totalidad a éstos; sin embargo, la generalización nos parece excesiva, y sólo nos demuestra que la información que poseemos es aún parcial y todavía quedan muchos datos por descubrir. Más compleja es la situación del Auriñaciense. Como ya dijimos, para éste se ha propuesto un origen extraeuropeo, en función del mayor uso de la técnica laminar en los yacimientos clásicos y la presencia de individuos de tipo moderno. Su dispersión geográfica es más amplia que el Perigordiense Inferior, pues lo encontramos por toda Europa desde los Balcanes hasta la Península Ibérica. Caracterizado por una industria lítica de grandes hojas, junto a lascas espesas que se transforman en raspadores carenados y en hocico, unida a una industria de hueso centrada en las azagayas. El problema fundamental es la falta de unidad real del Auriñaciense. Los elementos característicos no se presentan por igual en toda Europa. Mientras que en algunos lugares como Mladec (Checoslovaquia) o Istallosko (Hungría) existen azagayas con fechas del 28.000 a.C., el resto de la industria es de difícil atribución. Otros materiales atribuibles a estos momentos iniciales del Auriñaciense son los de Willendorf (Austria), situados entre el 42.000 y el 37.000, con raspadores espesos. Los materiales, raspadores espesos e industrias de hueso, de las cuevas búlgaras de Bacho Kiro y Temnata, situadas cerca del 38.000 a.C., fueron en principio atribuidos al Auriñaciense, aunque posteriormente se prefirió incluirlos dentro de una cultura transicional, el Bachokiriense, a partir de la cual se propondría la hipótesis de su expansión hacia el oeste. La tendencia más probable es, tal como propusimos, la existencia de cultura de transición en las que los elementos característicos aparecerán en diversos lugares entre el 38.000 y el 33.000. Ésta ya se encuentra homogeneizada en el 33.000 como la primera cultura paneuropea. Otras formas de transición específicas de la Europa central son las industrias de tipo Bohuniciense. Éstas se sitúan en la actual Moravia (Checoslovaquia) uniendo algunos elementos de técnica levallois a hojas retocadas y raspadores espesos, y con una cronología entre los 41.000 y los 36.000. La presencia, en algunos conjuntos, de puntas foliáceas bifaciales nos lleva a otro de los grandes conjuntos culturales: el Szeletiense. Esta industria, descubierta en primer lugar en el yacimiento de la cueva de Szeleta, en Hungría, ha sido posteriormente encontrada por toda la zona norte de Europa, siguiendo fundamentalmente las montañas de los Cárpatos, tanto al norte como al sur, hasta Polonia. En esta última, se presenta bajo la forma de una facies especial, el Jermanoviciense. A esta tradición de puntas foliáceas se podría también incluir el Lincombiense de Inglaterra. Los materiales del Szeletiense y culturas afines se caracterizan por la presencia de puntas foliáceas talladas con retoque plano, cuyo origen se podría rastrear hasta las industrias del Pleistoceno Medio de tipo Altmülh. Durante los inicios del Pleistoceno Superior en otros yacimientos alemanes, como Ranis, o moravos, como Külna, se puede constatar una fase Micoquiense que podría situarse como origen más directa de esta facies. Cronológicamente, los niveles de la propia cueva de Szeleta se sitúan entre los 40.000 a 30.000 años. Las industrias con foliáceos también se sitúan en la base de las industrias de la llanura ruso-ucraniana, donde reciben el nombre de cultural de Kostieski-Sungir, pudiendo resultar de la evolución local de las industrias musterienses de Crimea. Curiosamente, también junto a ella encontramos una tradición ligada al desarrollo de una técnica laminar, con industria de hojas de dorso, conocida como industrias de Kotienki-Spitsine. Como hemos visto, el periodo entre los 43.000 y los 33.000 años se caracteriza por una enorme variedad cultural, reflejo tanto de la evolución de los distintos tipos de Musteriense como de la propia interacción entre ellas. No son muchos los elementos artísticos que podemos atribuir a este momento, aunque sí poseemos uno de los más espectaculares. En Sungir se descubrieron los restos de tres concentraciones circulares de fauna, de cerca de 20 metros de diámetro, separados por áreas vacías de restos. En ellas se encontraron abundantes útiles, así como restos de fauna y objetos de adorno. Próximas a las estructuras se descubrieron tres sepulturas, posiblemente de las más espectaculares conocidas. Los muertos se encontraban cubiertos de ocre rojo y literalmente cubiertos de conchas, dientes de animales y cuentas. En una de ellas, la presencia de 3.5OO perlas de marfil repartidas por el cuerpo hace pensar que sus ropas estaban engarzadas de cuentas de marfil, conchas y demás elementos. A su lado se descubrió una tumba doble, en la que dos muchachos se encontraban enterrados cabeza con cabeza. Sobre el pecho de uno y sobre el hombro del otro se encontraron dos estatuas de marfil, una representando un caballo y la otra un mamut. Junto a ellos se depositaron dos lanzas de marfil de mamut de 2,40 metros de largo. El proceso de fabricación de éstas debió de ser enormemente complicado, dada su longitud y la natural curvatura de las defensas. La punta de una de las lanzas estaba bordeada de lascas de sílex y la presencia de una ranura hace pensar en el uso de resinas para ligarlas. Cerca de la punta también tenía un aro de marfil, posiblemente usada para equilibrarla, aunque su peso, cercano a los 5O kilos, la convertía en un arma de difícil manejo. Junto a ellas se pudieron reconstruir varias lanzas de madera. Como vemos, durante estos momentos la complejidad social ya debió alcanzar cotas muy elevadas.
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El factor que mejor caracterizará este periodo es la intensificación del trabajo agrícola. En la Europa templada se desarrollará un sistema intensivo de agricultura mixta, con la práctica del cultivo con arado, el uso de carros tirados por animales y la cría de animales para producir leche y lana. Las formas de asentamiento se relacionan entre sí si nos fijamos en la presencia de un pequeño número de artefactos característicos y de tipos parecidos. La base social sigue siendo principalmente de carácter igualitario, pero se constatan el afloramiento de las condiciones apriorísticas de los procesos sociales posteriores, ya entrada la Edad del Bronce.
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El final de la Edad Oscura se conoce justamente como Renacimiento griego, pero no se trata de un milagro, sino del resultado de un largo proceso en que van fraguando características de una nueva sociedad y de nuevas formas culturales. Movimientos de pueblos, contactos con otros pueblos, procesos de integración y de rechazo, disolución de los antiguos mecanismos de control en otros nuevos, sobre la base del manejo de los metales, adaptación de las tradiciones a los cambios, todo ello se conjuga para explicar la aparición de un nuevo mundo, que no nace de la nada, pero pretende igualarse al pasado remoto y prestigioso más que al inmediato pretérito oscuro y poco lucido. En el nuevo uso de los restos materiales y en la adaptación de las formas conocidas por la memoria, elaboradas al tiempo que se da solidez a las tradiciones, va creándose una cultura que tendrá el rasgo propio de adaptarse al proceso de creación de la polis sin perder su identidad aristocrática. Pues, de hecho, las formas culturales fraguan en centros palaciegos, donde el basileus, aristócrata destacado, capaz de crear clientelas a su alrededor, se hace heredero del pasado micénico para dar el paso hacia lo nuevo con capacidad para dominar los aspectos más destacados del mundo imaginario. Una vez que se ha apropiado del pasado, la transferencia crítica hacia la polis queda ideológicamente en sus manos, hasta el punto de que para toda la historia de Grecia permanecen marcadas las señales de identidad cultural, para ser utilizadas por cualquiera de las formaciones sociales que, al mismo tiempo, resultan de este modo condicionadas por sus rasgos principales. Las nuevas sociedades de la Grecia arcaica adoptan como arma ideológica las tradiciones creadas cuando las aristocracias regias de la época oscura consolidan su poder en el mundo del oikos, en el que se apoyaron las civilizaciones urbanas de la época arcaica. A las puertas del arcaísmo, la sociedad homérica representa un modo específico de organización cuyo rasgo más duradero ha sido el de la creación de una imagen perdurable, patrimonio cultural de la humanidad. Su capacidad para expresar la vinculación con el pasado de las sociedades en formación es precisamente parte del secreto que permite seguir disfrutando de sus logros como de un bien eterno, productor de emociones y de sensaciones relacionadas con la creencia en la solidaridad humana no porque enmascare, sino más bien porque revela de modo ejemplar el sentido de los conflictos entre los hombres, entre las clases, entre los pueblos, entre las generaciones. Ése es el primer momento favorable a que la humanidad se piense críticamente a sí misma. El renacimiento constituye un fenómeno que realmente se forma en el proceso del palacio a la polis.
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Nos encontramos ante una excelente copia realizada por un desconocido discípulo del gran lienzo que Claudio Coello realizó en 1682 para el retablo mayor de la iglesia parroquial del madrileño pueblo de Ciempozuelos. La santa se sitúa en el centro de la composición, elevando su mirada al cielo y llevándose las manos al pecho en actitud orante. Sus raídas ropas se envuelven en un pesado ropaje rojizo movido por el viento, creando así una marcada diagonal. Un grupo de querubines portan la nube con la que la santa era izada hacia el cielo diariamente para escuchar los oficios que celebraban los bienaventurados, en recompensa por su arrepentimiento y el abandono de su pecaminosa vida anterior. Algunos de estos angelitos portan los atributos de la santa como la calavera - aludiendo a la brevedad de la vida y a su eremitismo - y el tarro de los afeites con el que ungió los pies de Cristo, aludiendo además a la prostitución anteriormente ejercida. Un nutrido grupo de angelitos abre el camino de nubes que rodea la escena central. En la zona baja contemplamos un paisaje con un torreón y el mar, pudiendo tratarse de la ciudad de Marsella donde estaba la santa cuando se producía este milagroso viaje.Coello parece inspirarse en una obra con el mismo asunto realizada por José de Ribera que se encontraba en el siglo XVII en El Escorial, lo que motivaría el conocimiento de Coello. El pintor madrileño ha hecho una reinterpretación cargada de barroquismo en la que destaca el dinamismo de las figuras y el efecto de perspectiva creado, apreciándose cierto influjo de Francisco de Herrera "El Mozo". Las luces empleadas refuerzan el aspecto sobrenatural de la escena, resultando una obra de inolvidable belleza.
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Es frecuente que los artistas eviten la representación de la muerte de María, sustituyéndola por el tema del tránsito o la dormición. El tránsito implica el paso de un estadio a otro, sin que la Virgen haya de sufrir la muerte como los demás seres humanos. Tras su expiración, María pasó directamente al cielo, junto a su hijo, y es la única persona que no habrá de esperar al Juicio Final para disfrutar la Gloria eterna. Este es el tema que nos ocupa.Correa, en su característico estilo dinámico y grácil, ha situado en el centro del cuadro la cama de la Virgen, moribunda, rodeada por los doce Apóstoles. Ellos llevan los objetos de la Extremaunción, y a sus pies, San Juan, adoptado por María tras la muerte de Jesús, se arrodilla entristecido.Dos detalles captan la atención del espectador en el primer plano, dos detalles que nos aproximan al mundo de la realidad terrenal, que son el bodegón de membrillos sobre una bandeja de plata, en el mueblecito de madera; y la figura de un donante, algo extraordinario para el año que estamos tratando. El donante es el retrato de la persona que encargaba la pintura, pero se había abandonado su representación durante el siglo anterior.El plano más alejado del espectador es también el más cercano a la divinidad. Allí aparece la Virgen, rodeada de ángeles, ascendiendo al cielo, donde la espera su hijo. El autor plantea un juego ilusionista, puesto que la escena podría ser la Ascensión real vista a través de la ventana, o un cuadro colgado en la pared representando el acontecimiento. Este es un juego típico del Manierismo, que busca elementos sofisticados y de juego, que sólo clientes cultos supieran apreciar.
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Goya tenía la oportunidad de demostrar su superioridad ante su cuñado Ramón Bayeu cuando ambos recibieron el encargo de decorar la iglesia del Real Convento de Santa Ana en Valladolid en el año 1787. Goya se puso manos a la obra y realizó sus ya tradicionales bocetos preparatorios - véase la Anunciación o la Aparición de la Virgen del Pilar - que serán sustancialmente modificados en la obra definitiva. En este caso las dos escenas son totalmente diferentes, suprimiéndose en la definitiva los angelitos, la posición de las figuras y la actitud de Jesús y la Virgen. El pintor dibujó directamente sobre el lienzo a lápiz, como puede verse a los pies de la cama o en la figura de Cristo, aplicando después el color con rápidos toques de pincel que acentúan la expresividad y el sentimentalismo de la escena, mucho más impactante y humana que el lienzo definitivo.
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Goya recibió de manos de Carlos III el encargo de decorar la iglesia del Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana de Valladolid, inmerso en tareas de renovación al sustituirse el convento medieval por otro de estilo neoclásico diseñado por Francisco Sabatini. Ramón Bayeu también trabajará en este suntuoso encargo. Esto proporcionará una excelente oportunidad a Goya para brillar sobre su cuñado. La tradición cuenta que San José falleció a los 111 años, en compañía de María y Jesús. Goya recurre a esta leyenda, situando a San José en una clara posición horizontal acompañado de un imberbe Cristo y de la Virgen, marcando ambos personajes una verticalidad contrapuesta a la figura protagonista. La escena es iluminada por un potente foco de luz procedente del cielo que otorga un destacado aspecto teatral al asunto. El carácter escultórico se adueña de la composición al estar muy acentuados los pliegues de las telas y al dotar a las figuras una esbeltez inspirada en Miguel Angel. El estilo neoclásico que era solicitado por Mengs a los jóvenes artistas fue perfectamente interpretado por el aragonés. Como buen retratista que va a ser, nos llama la atención el interés de Goya por mostrarnos las expresiones de los rostros, especialmente el último balbuceo de San José, cuya boca se entreabre mientras María mira fijamente a su Hijo, quien abre las manos teatralmente. Aunque el conjunto es algo frío, es una excelente muestra de como Goya va a triunfar, despuntando en el panorama artístico español de fines de la Ilustración.
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La producción agrícola en muchas comunidades neolíticas excedía sus necesidades de abastecimiento, lo que permitió dedicar los excedentes al intercambio con otras comunidades y, al mismo tiempo, servia para alimentar a algún miembro de la comunidad, dedicado a tareas organizativas y gerenciales, que progresivamente dejaría de participar en el trabajo productivo. Desde su nueva posición ese jefe tenderá a incrementar las posibilidades de generación de riqueza a través de las dos fuentes principales: la producción agrícola y el abastecimiento exterior. En este segundo caso intervienen no sólo las relaciones de intercambio, sino también los botines obtenidos como resultado de las campañas militares, de tal forma que la guerra se convierte en un procedimiento ordinario para la obtención de los bienes de los que se carece. Por otra parte, los efectos de las relaciones externas no afecta de modo indiferenciado a la totalidad de la población, sino que ésta paulatinamente tiene un acceso desigual a los productos externos, reproduciendo así las diferentes posiciones que comienzan a detectarse en el seno de la comunidad. Por lo que respecta a la principal fuente de riqueza, la explotación colectiva del suelo no implica una redistribución equitativa del producto, sino que en virtud de la modalidad del trabajo, formas de agrupación, etc., unos productores o grupos de productores pueden percibir mejores cotas en la redistribución, lo que afectará también al desigual reparto de los bienes exteriores. La solución violenta de las posibles disputas impone también una lógica distibutiva que consolida las desigualdades individuales o de grupo. Éstas, a su vez, se ven sancionadas por los jefes redistribuidores que, con frecuencia, son al mismo tiempo intermediarios en las relaciones de la comunidad con los seres sobrenaturales. Y así se obtiene la pretendida aquiescencia divina que es el procedimiento para proyectar en una esfera externa al orden social la razón de las desigualdades. Si ese orden de cosas requiere, adicionalmente, otras formas de agrupamiento para el trabajo colectivo, como es el caso de Mesopotamia y Egipto, se sitúa en las manos de los jefes de cada comunidad la posibilidad de acentuar las diferencias entre los distintos miembros de la comunidad. En efecto, la necesidad de controlar la irrigación y el drenaje supone el contacto y el trabajo colectivo de unidades productivas poco extensas, incapaces por sí mismas de someter la naturaleza a sus menesteres. De ese modo, pequeñas agrupaciones que en condiciones ambientales diferentes hubieran desarrollado una vida política independiente, quedan integradas en un proceso de colectivización del trabajo, por encima del horizonte de sus propias unidades productivas, dando así lugar a la aparición de las aldeas. En la actualidad se niega la vinculación del trabajo infraestructural colectivo (por innecesario, se dice) con el proceso de estatalización; no obstante, la propuesta alternativa, que basa el origen del proceso en una necesidad psicológica que se proyecta simbólicamente en la forma de estado, resulta sospechosamente idealista, demasiado gratificante para el sistema naciente. La mejora de la capacidad productiva que conlleva la nueva ocupación del territorio genera la posibilidad de desarrollos técnicos, cuya aplicación, además, multiplica su potencialidad. Así, por ejemplo, la adquisición de una tecnología hidráulica permite una mejora en la explotación del suelo, de tal forma que el excedente producido es cada vez mayor. Su control, redistribución y uso, permite no ya a un individuo, sino a un grupo social abandonar las tareas productivas para especializarse definitivamente en las de gestión. Ese grupo desarrollará todos los mecanismos posibles de coerción física e ideológica para no perder jamás su posición de privilegio y perpetuarla en su descendencia, de manera que la sociedad queda dividida en dos grupos con intereses opuestos. Es cierto que frente a esta percepción conflictivista de la formación del estado hay obra integracionista, que hunde sus raíces modernas en el pensamiento de Rousseau y su "contrato social". Según esta interpretación, se habría producido un acuerdo entre las partes, mediante el cual los productores entregaban voluntariamente su excedente para que fuera eficazmente administrado y defendido por quienes tenían la posibilidad de hacerlo. Al margen de las dificultades reales de que tal pacto hubiera llegado a producirse en algún momento de la historia, resulta tan groseramente beneficioso para justificar las desigualdades que se articula más como deseo que como exposición de la realidad. Por otra parte, mientras se consolida la existencia de un grupo dominante, también va arraigando la especialización laboral de individuos que no se dedican a la producción de bienes alimenticios, sino de objetos artesanales o al sector de servicios, con lo que la estructura socio-económica se va haciendo cada vez más compleja. Estos artesanos especializados, primero a tiempo parcial y posteriormente a tiempo completo, no son propietarios de las materias primas que transforman, por lo que quedan integrados dentro de los circuitos económicos de quienes los controlan, de modo que se ven sometidos a unas especiales relaciones de dependencia. Y es precisamente en torno al grupo dominante y a los trabajadores artesanales alrededor de los cuales se articula el nuevo modelo de ocupación territorial, que podemos definir ya como típicamente urbano. En efecto, la diferencia entre la aldea y la ciudad no se basa en las dimensiones, el tamaño, sino en las funciones. La novedad que introduce la ciudad es que sus habitantes no están dedicados a una única función, la agricultura, como ocurre en las aldeas por grandes que sean, sino que existe una diferenciación laboral que se proyecta y reproduce en la topografía del hábitat. En definitiva, podemos afirmar que la ciudad es la expresión física de la sociedad compleja articulada en clases sociales. En ella se integra un doble sistema de contradicciones, el primero, de carácter vertical está representado por los conflictos entre las clases y, el otro, horizontal, afecta a las relaciones campo/ciudad y, posteriormente, a mayor escala, centro/periferia. Un problema distinto es establecer el proceso y las condiciones en las cuales el grupo dominante termina controlando prácticamente la totalidad de los medios de producción, como ocurre en el mundo próximo oriental. Ciertamente, la realidad se percibe de una forma más compleja ahora que como se formulaba hasta no hace mucho tiempo. De hecho se acepta que junto a la apropiación insolidaria, muchas antiguas comunidades rurales consiguieron mantener la propiedad de las tierras que trabajaban, quedando su sumisión reducida al pago de importantes porcentajes tributarios, pero no conlleva necesariamente la pérdida de la propiedad comunitaria. Por otra parte, se admite que incluso entre los trabajadores dependientes de los circuitos económicos de los templos habría situaciones diversas, ya desde los orígenes de la formación del sistema. Las modalidades que pueden adquirir el control social y el político son de muy diversa naturaleza, pero las condiciones ambientales en el Próximo Oriente permitieron el desarrollo de unos mecanismos especificos que, tomados como modelo, han sido denominados modo asiático de producción, término que encierra una enorme controversia, incluso entre los seguidores de la teoría de los modos de producción. Destaca, en principio, la forma de propiedad de la tierra y de los restantes medios de producción base de todo el sistema económico, que queda definido, además, por las relaciones entre los medios de producción y las fuerzas productivas. Los procesos de neolitización habían difundido un modo de producción doméstico, en el que existe coincidencia entre las fuerzas productivas y los poseedores de los medios de producción, que se va desintegrando conforme avanza el proceso de complejidad social al que se ha hecho alusión con anterioridad. Por otra parte, la urbanización no había sido otra cosa sino la consolidación del modo de producción palacial (o más específicamente templario-palacial), en el que los medios de producción están controlados por el grupo dominante que reside en el centro nuclear, desde el que somete a los productores a una situación de servidumbre y en el que se toman las decisiones políticas y redistributivas. Ya se ha adelantado cómo en plena época de predominio palacial persiste el modo de producción doméstico, como sistema paralelo e integrado mediante procedimientos tributarios. La gestión económica se lleva a cabo, lógicamente, desde los templos, vértice en el que confluyen los dos modos de producción y verdadero centro regulador, tanto de la vida urbana como de las comunidades agrícolas. Los campesinos poco a poco no van a ser más que la fuerza de trabajo capaz de generar la riqueza necesaria para reproducir el sistema y, aunque muchos de ellos jurídicamente sean libres, carecerán de cualquier mecanismo real de control político capaz de modificar el orden de las cosas. Por esa razón, las sociedades hidráulicas han infundido en los observadores esa apariencia de inmutabilidad que tanto las aleja de otras formaciones sociales con diferentes formas de propiedad de la tierra. Al templo concurren los excedentes agrícolas y desde allí se desunan a la alimentación de los artesanos o al comercio. En consecuencia, los trabajadores especializados en manufacturas tienen también una relación de dependencia con respecto al templo, lo que los sitúa en una posición social análoga a la de los campesinos. Y los comerciantes, puesto que no son propietarios de los objetos con los que trafican, no son más que meros transportistas sometidos a unas relaciones sociales similares a las de los artesanos. Sin embargo, la usurpación de la propiedad del suelo, que se ve acompañada de una centralización en las tareas de decisión política, no puede impedir la persistencia de viejos instituciones propias de las comunidades igualitarias, como son las asambleas. Su existencia pone de manifiesto, por una parte que la masa productora -lógicamente aquella que no está sometida a una relación de dependencia servil- mantiene ciertas prerrogativas políticas, que le permite reunirse y aclamar o no las propuestas que la jerarquía política le plantea. Por otra parte, la consolidación de una clase dominante se expresa políticamente a través de una institución propia, como es la asamblea restringida o consejo de ancianos, representantes inicialmente de las unidades productivas, compuesta en el periodo estatal por los miembros del grupo privilegiado. Desde el punto de vista analítico, el problema es discernir el papel político real de tales asambleas, pues como instituciones han podido quedar enquistadas de modo que su convocatoria puede ser un mero ejercicio formal. En este sentido, el poder efectivo del monarca podría no verse afectado por la existencia de tales asambleas. Frente a esta interpretación últimamente se va abriendo paso una imagen novedosa que tiende a minimizar el poder absoluto del monarca en el periodo formativo. Se trataría más bien de un jefe carismático y obligadamente distante, manipulado por un sector social privilegiado que sería el auténtico gestor de los asuntos públicos. Sin embargo, la monumentalidad vinculada al poder unipersonal en los momentos iniciales de la consolidación del estado, tanto en Egipto como en Mesopotamia, otorga escasos favores a esa imagen, según la cual emergería primero el grupo y de él el líder, frente a la que postula el surgimiento del grupo dominante en torno a un jefe caracterizado como tal previamente. La disputa, no obstante, resulta clarificadora en el sentido de que probablemente se había simplificado en exceso la realidad, cuya correcta interpretación sería la de la combinación de los dos procesos, ya que la conformación del líder vitalicio y de su grupo sería paralela, lo que permitía la integración de instituciones propias del modo de producción doméstico, transformándolas en virtud de la nueva realidad y creando otras nuevas para el correcto funcionamiento del sistema palacial. En la delimitación de las instituciones no se aprecia inicialmente la dicotomía entre el templo y el palacio, propia de un momento más avanzado. En la gestación de las desigualdades aún no se había hecho necesario un reparto de poderes, pues la articulación interna dentro del grupo no productivo carecía de sentido. Es probable que los contactos bélicos con las comunidades limítrofes estén en la base del surgimiento de una aristocracia con un fondo de poder basado en la comandancia militar, frente al fondo religioso ostentado por quienes se quedaban en el centro nuclear agasajando a los dioses. En principio no tendría por qué apreciarse esta doble función, solamente el proceso de complicación de las relaciones sociales en Mesopotamia la haría necesaria, dando lugar a un proceso de diferenciación funcional propio de un estado avanzado. Tampoco somos capaces de explicar con exactitud el proceso de transformación en la participación en las tareas bélicas. Si la guerra propia del modo de producción doméstico es la comunidad en armas, la ciudad dispone de otros mecanismos para la composición de las tropas, relacionados con la desvinculación de los productores y los medios de producción. La aparición de los ejércitos profesionales es un síntoma adicional de la ruptura de la cohesión social, como consecuencia del surgimiento de los dos grupos antagónicos que protagonizan este discurso. El nuevo orden militar puede ser interpretado, al mismo tiempo, como una usurpación de la posesión de armas y una monopolización de las tareas bélicas, de modo que se convierte en un procedimiento adicional represivo y coercitivo que garantiza la seguridad interior y la integridad del territorio estatal. Obviamente, en caso de necesidad -y debía de ocurrir con frecuencia- se realizan levas entre la población dedicada a otras actividades que, de este modo, participa en la defensa de los intereses del Estado como una forma más de trabajo forzoso; pero al tiempo sirve de mecanismo de integración y cohesión social ya que la masa productiva armada se hace partícipe, al menos teóricamente, de la ideología dominante. De esta manera, los señores de la guerra, junto con el clero, constituyen las fuerzas sociales dominantes en la desintegración de las sociedades igualitarias. En torno a ellos, precisamente, se articulan las instituciones estatales que tienen como misión la preservación del orden establecido, que se sustenta en la asunción de las desigualdades como aplicación de una lógica divina. Esa es la dimensión en la que se sustrae a la voluntad de los hombres y, por tanto, resulta un orden inmutable.
obra
El pintor de origen castellano Fernando Yáñez, realizó junto a Fernando Llanos las tablas para el retablo del altar mayor de la Catedral de Valencia. Es difícil distinguir qué tabla es de su autoría y cuál pertenece a Llanos, sin embargo, en sus obras se suele apreciar un mayor sentido de la grandiosidad y del equilibrio. En este Tránsito y Asunción de la Virgen, los apóstoles se organizan en grupos de dos o tres en torno al cuerpo de la Virgen, y se deja sentir las influencias de Leonardo y Rafael. El Descanso en la huida a Egipto es su compañero.