Busqueda de contenidos

contexto
En la historia de la dominación del suelo, R. Fossier constata varias etapas que arrancan incluso desde antes del año mil: una primera fase de lento pero ininterrumpido crecimiento del espacio agrícola que alcanza su orto entre 1100-1125 y 1250-1275 para la mayor parte del noroeste europeo y prosigue hasta 1300 más allá del Rin, y después una estabilización que se mantiene a lo largo del siglo XIII, disminuyendo en cambio a partir del 1200 en el Mediterráneo; encontrándose desde 1250 las primeras dificultades que precederán a la "parálisis del crecimiento" a partir de 1270. Esta panorámica puede resumirse en una generalizada disminución del suelo improductivo, aunque (como el mencionado autor reconoce) todavía no estamos en condiciones para poder globalizar en una cifra la ganancia de nuevos suelos entre los años álgidos de la expansión, es decir, entre 1100 y 1250. Si acaso se puede adelantar alguna cifra al respecto que puede oscilar desde el 10 por 100 en áreas ya muy ocupadas de la Europa celta o de las regiones mediterráneas hasta el 40 por 100 en las áreas germánica o escandinava, gracias a la enorme ganancia sobre los bosques y pantanos. En conjunto, además de la transformación propia de la "geografía rural ya explotada" de antiguo en mayor o menor medida, es importante constatar que las "tierras periféricas" de los campos sembrados y cosechados habitualmente, además de constituir una frontera y hasta un espacio aparentemente de nadie, o en todo caso público, se integran también en la base económica de las poblaciones o explotaciones próximas, pues en ellas se extraen raíces y se recogen frutos silvestres, se asienta temporalmente el ganado, se practica la caza o se explota la madera, el carbón o la resina. En principio los "alodios" o explotaciones reducidas libres aumentan en número a lo largo del siglo XI, aunque se asienten sobre todo en suelo conocido y no necesariamente explotado. A la vez que los contratos correspondientes a bienes raíces en este mismo siglo en regiones muy dispares, aunque dentro de la geografía occidental (Francia, norte de Italia, Alemania o Cataluña), nos hablan de un movimiento acelerado y dirigido hacia la ampliación de los dominios particulares o colectivos, especialmente la Iglesia pero también las comunidades aldeanas. Por otro lado, a partir de 1100 los litigios y reivindicaciones aumentan en la misma medida que proliferan los contratos de roturación y de aprovechamiento de terrenos baldíos. Al igual que el asalto a suelos grasos es otro fenómeno constatable después de no haberse abordado por carencia de herramientas necesarias para removerlos, siendo entonces invadidos por los arbustos, y aprovechados después porque sus limos arcillosos sobre una plataforma calcárea llegan a formar tierras excelentes. Junto a la expansión agrícola, el aumento de la cabaña, sobre todo menor, complementa la ocupación del suelo y el aprovechamiento al máximo (al menos en las zonas más desarrolladas y dinamizadas) de sus recursos; retrocediendo la maleza y ordenando el monte bajo, conteniendo las aguas y desecando tierras lacustres, recuperando los valles y las laderas y acondicionando secarrales y pedregales en las medias alturas o en el Mediterráneo, donde la vid y el olivo serán algunos de los cultivos más beneficiados por este esfuerzo personal y colectivo, público y privado, oficial o espontáneo. Pero todo ello fue el resultado de un esfuerzo generalizado que debe valorarse en conjunto y por sus resultados, los cuales son la suma de los análisis regionales realizados hasta la fecha allí donde la documentación informa los suficiente y permite un seguimiento sin demasiados saltos en el tiempo. Así se puede constatar que las tierras meridionales debieron de ser las primeras en potenciarse (Cataluña, el norte de Italia, la Provenza), antes incluso del año mil o al menos desde mediados del siglo X con certeza, pues el crecimiento agrícola antes del milenio esta localizado y focalizado en algunas de estas áreas del sur continental y mediterráneo. Para luego, a partir de 1100, incorporarse otras tierras centrales al esfuerzo colonizador y aperturista (Aquitania, Poitou, Normandía o Flandes) y después, a lo largo del siglo XII incluirse otras áreas más continentales (parisién, lorenés, Baviera) y también Inglaterra, incorporándose finalmente el resto a partir del 1200 (Sajonia y Franconia). Este avance se desarrolló por oleadas momentáneas y con ritmos interrumpidos continuamente que propiciaron la consolidación de núcleos habitados fuera del ámbito señorial y que deberían haber servido de acicate para la liberación de los sometidos, cuando en realidad el proceso fue en muchas ocasiones inverso, pues el acicate fue para los señores y sus aspiraciones dominicales y patrimoniales. Por ello también son destacables los efectos sociales del esfuerzo generalizado en la expansión agraria, sobre todo teniendo en cuenta la ampliación del marco feudal europeo o buena parte del espacio roturado después de que previamente se hubiese dado un proceso de liberaciones colectivas de quienes eran todavía siervos por parte de los señores. Pero, ¿estamos en condiciones de constatar la alternancia de grandes "propiedades fundiarias" con "alodios" reducidos en un espacio saturado de explotaciones agrícolas? Ello conllevaría la admisión de que hacia 1200 los intersticios dejaron de existir y el espacio estaba cerrado, mostrando la compartimentación parcelaria una multiplicación de pequeñas explotaciones campesinas en los bordes y limites de las grandes propiedades señoriales. Prescindiendo de consideraciones regionales o sectoriales, y analizándose en otro momento el factor social y la cobertura feudal de la expansión agrícola, cabe señalar que como resultado del gran esfuerzo realizado por el campesinado europeo en estos siglos de crecimiento y progreso continuo, aunque limitado, los "cultivos cerealistas" sobresalen por encima del resto. El pan aporta por sí solo suficientes calorías (de 1.800 a 2.400) repartidas entre 400 gramos y uno o dos kilos diarios por persona, constituyendo todavía en esta época la base de la alimentación. Los demás alimentos son simplemente el acompañamiento (companaticum). Pero dicho pan es variado en cuanto al genero del cereal panificable, dependiendo de los suelos y demás condiciones la calidad y variedad del mismo. La cebada y la avena le siguen en cuanto a cultivo cerealista, sobre todo aprovechando la rotación de cultivos allá donde se había introducido. Ahora bien, este "predominio cerealista" no impide la constatación del "policultivo" sistemático que se encuentra en algunas regiones desarrolladas e incluso la especialización de cultivos que hallamos en el siglo XIII en alguna comarca o región señalada (vid, materias tintóreas, etc.). Aunque en conjunto prime la subsistencia sobre el interés comercial y la finalidad autárquica por encima de la necesidad de intercambios interregionales dirigidos a corregir desequilibrios alimentarios y productivos. En cuanto a la vid, su cultivo sigue siendo en estos siglos aleatorio y de difícil aclimatación, y por lo general en "complantatio" o en "promiscua", o sea, combinada con otros cultivos, ocupando como mucho entre el 10 y el 20 por 100 del suelo explotado, aunque haya zonas de mayor proporción y otras en las que la vid salpique simplemente el terreno sin constituir un cultivo concentrado. La ganadería por su parte también constituye un complemento en muchos casos y hay que llegar al siglo XIV para considerarla en su vertiente especulativa y especializada, sobre todo en lo referente al ganado bovino y ovino, pues el cerdo o el caballo representan otros intereses distintos, ya que en el primer caso se alimenta en el bosque sin control y en el segundo caso se trata de un animal muy valioso y apreciado.
contexto
La década final del XIX supuso en España, como en el conjunto de Europa, una etapa de crisis económica. En nuestro caso se podría pensar que esta situación estaría agravada por el hecho del desastre del 98 pero, en realidad, éste tuvo unas consecuencias económicas que pueden calificarse de netamente positivas en cuanto que produjo una importante repatriación de capitales. La crisis económica, sin embargo, produjo una inflexión que habría de ser de una enorme repercusión en la historia económica española. Al entrar los productos nacionales en competencia con nuevos productores cuyos precios eran mucho más bajos, se produjo una creciente tendencia hacia el establecimiento de barreras proteccionistas, favorecidas por la organización de cada rama de la producción en organizaciones sectoriales. Ya en la década de los noventa los aranceles empezaron a subir, pero con la reforma de 1906 se convirtieron en los más altos de toda Europa: la protección era normalmente del 50% y los derechos debían ser pagados en oro. Cuando en 1907 llegó al poder, Maura inició una política de corte muy nacionalista y de estímulo directo a la producción a través de la directa intervención del Estado. Así se configuró toda una tendencia en la política económica española que habría de alcanzar su momento culminante durante la dictadura del general Primo de Rivera. Señalados estos rasgos generales en la evolución de la política económica, la impresión predominante en un examen general de los distintos sectores productivos es la de que en todos ellos se produjo una modernización que puede parecer modesta, pero que en términos comparativos resulta significativa. En la agricultura, por ejemplo, el ritmo de crecimiento se duplicó, a pesar de lo cual era de tan sólo un 1,5% anual. El incremento se debió principalmente a la introducción de nuevas técnicas. No sólo se introdujo maquinaria importada sino que, además, la producción de abonos aumentó y en el año del estallido del conflicto mundial era ya superior a la importada. También se produjo una importante difusión del regadío aunque mucho más gracias a la iniciativa privada que a la de carácter público, inducida por uno de los aspectos de la mentalidad regeneracionista. Este fue el caso, a título de ejemplo, de Valencia. El conjunto de estas innovaciones en la forma de cultivo produjo un cambio en la producción. Desde comienzos de siglo España se autoabasteció de trigo y hasta los años treinta la superficie cultivada creció en aproximadamente un tercio. La vid tardó en recuperarse de la crisis de la filoxera, pero el valor de la producción se incrementó de forma considerable aunque lo hiciera menos la extensión del cultivo. El olivo no llegó a duplicar el número de hectáreas dedicadas al cultivo durante las tres primeras décadas del siglo pero sextuplicó su producción. Lo más novedoso en lo que respecta a la agricultura española del comienzo de siglo reside en la difusión de cultivos de cara a la exportación. A fines del XIX el incremento de la exportación de la naranja valenciana se llevaba a cabo a un ritmo de incremento del 20% anual. Desde comienzos del XX hasta el final de la segunda década se pasó de 3 a 10 millones de toneladas. En un tono menor la almendra también se convirtió en un cultivo de exportación conectado con la propiedad parcelada. Papel de parecida importancia a la exportación cabe atribuir a la configuración definitiva de un mercado nacional, gracias a lo cual se fue introduciendo una creciente especialización. De estos años data, en efecto, la especialización ganadera de Asturias y de Galicia. En ésta la industria conservera data también de estos momentos. El comienzo de siglo también resulta esencial para entender la configuración definitiva del sistema bancario español hasta el momento actual. La repatriación de los capitales procedentes de las colonias facilitó la creación en 1901 del Banco Hispanoamericano y, al año siguiente, la conversión del Crédito Mobiliario en Banco Español de Crédito. El resto de los grandes bancos españoles procedieron de la capitalización obtenida por la exportación de mineral de hierro hacia Gran Bretaña y por eso remiten a nombres vascos (Bilbao, Urquijo, Vizcaya...). Desde un principio la banca española tuvo un carácter mixto, no sólo comercial sino también industrial. Asimismo, en el terreno industrial los años del comienzo de siglo presenciaron novedades muy importantes. Las primeras grandes empresas de producción siderúrgica datan de estos años -Altos Hornos, 1902- lo que en la práctica supuso que una porción considerable de la producción de hierro quedara en España y no fuera, por tanto, exportada hacia Gran Bretaña. Todavía en 1914 la exportación era la actividad mayoritaria, pero ya la ría de Bilbao se había convertido en la zona siderúrgica por excelencia en España. El otro mundo industrial, Cataluña, pasó por una crisis como consecuencia de la pérdida del mercado colonial, pero el arancel de 1906 le reservó en la práctica la totalidad del mercado interior, no sólo del algodón sino también de la lana. Sin embargo, la industria catalana no tuvo tan sólo esta faceta conservadora sino también otra mucho más innovadora en la que pudo competir, con ventaja incluso, con el País Vasco. Así sucedió en los sectores de la electricidad, el cemento o la industria química. Con la primera se produjo la sustitución del vapor como fuente energética por excelencia. Aunque Iberduero e Hidroeléctrica Española fueran empresas vascas, durante la guerra mundial la industria textil catalana logró sustituir el vapor en su totalidad. La producción de cemento y la química tuvieron su centro de gravedad en Cataluña de forma casi exclusiva. De los cambios sociales acontecidos en estos años de comienzo de siglo el más importante es el que se refiere a la movilidad de la población. En los tres primeros lustros del siglo el 10% de la población española se desplazó. Lo hizo principalmente del campo hacia la ciudad, de modo que las dos grandes capitales recibieron aproximadamente medio millón de habitantes. Pero hubo también desplazamientos de más amplio recorrido. Durante el mismo período Iberoamérica recibió un tercio de millón de habitantes. En el momento en que estalló la guerra Argentina tenía una colonia de medio millón de españoles, principalmente gallegos. En el tránsito de un siglo a otro la mitad de los gallegos emigraron. Ese fue un testimonio de una sociedad tradicional que iniciaba su transformación.
contexto
El proceso de transformación que se produce en el horizonte neolítico afecta a diferentes campos (hábitat, producción de subsistencia, tecnología...), la imbricación de los cuales permite observar las características esenciales de las primeras sociedades agrícolas. El análisis global de las características de transformación, con la inclusión de algunos ejemplos del registro del Próximo Oriente y Europa, permite la definición de estas transformaciones a nivel genérico y de su incidencia en el desarrollo histórico.
contexto
Las ciudades crecieron a veces lentamente en lo que no era el puro centro en torno a la plaza Mayor. En Querétaro por ejemplo, el reparto de solares que había sido gratuito a lo largo del XVI, dejó de serlo para los del centro de la ciudad a fines de siglo, pues ya había que comprarlos. Aunque la adjudicación de un solar llevaba aparejada la obligación de construir, a veces hubo que tomar medidas, como en San Luis Potosí (México) donde se pidió en 1596 dejar sin solares a aquellos que todavía no habían construido, a pesar de ser reciente la fundación de esa ciudad.El crecimiento en extensión de las ciudades obedeció a veces a razones operativas tan simples como en el caso de Puebla, que a fines del siglo XVI estaba creciendo hacia el norte porque en esa zona era más fácil obtener la piedra, la cal y el agua necesarios para la construcción. No siempre mantuvieron la cuadrícula en su crecimiento y a veces se extendieron a lo largo de los caminos que llegaban hasta ellas. También esos caminos fueron mejorados con obras de infraestructura viaria como el famoso puente de piedra con seis arcos que fue construido en Lima a comienzos del siglo XVII por Juan del Corral.La tendencia a jerarquizar la ciudad por sus funciones se aprecia no sólo en la huella dejada por los oficios en los nombres del callejero: Mercaderes, de las Mantas..., sino también por la tendencia a agrupar los edificios más representativos que fueron necesarios después de la fundación que ya no estarán en la plaza Mayor, sino en plazas creadas en función de esas nuevas necesidades urbanas. Desde el punto de vista del funcionamiento de la ciudad hubo una serie de cuestiones prioritarias. Una de ellas fue el abastecimiento de agua, que fue una de las empresas más prontamente abordadas. Aunque se hizo con obras de infraestructura que en principio no afectan a la imagen urbana, la realidad es que tanto las fuentes como los acueductos están netamente ligados a la construcción y transformación de la ciudad.A veces en los planos de las ciudades, a la par que los solares y los edificios más representativos, se dibuja la red de abastecimiento de agua, pues fue un factor diferenciador de las grandes ciudades, asociado al hecho urbano, la existencia de una infraestructura para la llegada del agua a la ciudad. En una planta de Quito del año 1573 se aprecian los acueductos y a qué lugares llegaba su agua: hospital del Rey, Real Casa de la Audiencia y campo de Iñaquito, la Merced y a las fuentes públicas de las plazas. En La Habana se hizo la llamada Zanja Real para llevar el agua a la ciudad a fines del siglo XVI. En Santiago de Guatemala la primera noticia que se tiene de una fuente en la plaza Mayor es de 1555, muchísimo antes de que, a comienzos del siglo XVIII, se empedrara dicha plaza. Poco después del empedrado, Diego de Porres dio la traza para una nueva fuente en la que el agua salía de los pechos de unas sirenas, motivo decorativo que se ha relacionado tanto con la tradición de Guatemala, como con la posible influencia de la fuente de Neptuno en Bolonia que el autor pudo conocer a través de un grabado.En México se había ocupado del abastecimiento de agua Claudio de Arciniega en la segunda mitad del siglo XVI, construyéndose entre otras obras el acueducto de Chapultepec, a la vez que se siguió utilizando en parte la primitiva red prehispánica, pero el gran problema de México con el agua fue el de las inundaciones: en 1604, en 1607 y sobre todo, en 1629, que duró años. De todas formas, el problema de una ciudad asentada sobre una laguna no fue solucionado en mucho tiempo. La llegada del agua a las ciudades llevó aparejada en algún caso la construcción de fuentes, elemento clave del ornato urbano.La cuadrícula de las ciudades -aquellas que la tenían, que no eran todas ni mucho menos- se fue modificando con el tiempo. A veces las órdenes religiosas unieron dos o más manzanas para sus conventos con lo cual, como ha indicado L. Mattos Cárdenas, algunas calles fueron interrumpidas con "fondos visuales que el gusto barroco aprovechó en algunos casos". A veces lo que también hicieron las órdenes religiosas fue dejar sin construir parte de la manzana que se les había adjudicado para crear una plaza delante del edificio, tal como se puede comprobar en la manzana que en La Plata (Bolivia) ocupaba el convento de Santo Domingo en 1779.La riqueza de la ciudad de Lima a comienzos del siglo XVII (en ese siglo llegó a tener sesenta mil habitantes) se fue reflejando en determinadas reformas urbanas que asimilaron los modelos del barroco europeo para crear pequeñas plazas ante los edificios más representativos, lo cual fue transformando la perfección de la cuadrícula. Esa concepción barroca del espacio urbano con toda su carga teatral y escenográfica se plasmó también en la fuente de bronce que se colocó en 1651 en la plaza de Armas, con ocho leones y el ángel de la fama para enaltecer la gloria de esta ciudad. El hecho de que ya desde comienzos del siglo XVII contara con una Alameda -la de los Descalzos- nos da idea de la importancia dada por esta ciudad al ornato. Con sus siete calles de árboles y cuatro fuentes, se ha puesto en relación con otras similares en México (la de San Diego, proyectada en 1592, en tiempos del virrey Velasco) y en Antigua, Guatemala, siendo su modelo en última instancia tanto la Alameda de Hércules en Sevilla como el Paseo del Prado de Madrid.
contexto
Aparte del panorama general que ofrece el conjunto de las ciudades griegas, sólo puede observarse parcialmente la situación económica en Atenas, protagonista de hecho y, sobre todo, de las fuentes, como contrapunto de la hegemónica Esparta, modelo para muchos de los autores a través de los que se deja ver algo de la realidad en este terreno. Así pues, hablar de las transformaciones económicas del siglo IV en Grecia es referirse a las que pudieron tener lugar en Atenas, en la seguridad de que la especial posición de esta ciudad en el siglo anterior garantiza el carácter representativo, no porque la situación de las demás ciudades pueda ser comparable, sino porque aparece como modelo y como factor condicionante de cambios a escala general. Hay ciudades donde pueden notarse movimientos protagonizados por el demos en los que se reivindican medidas del tipo de la abolición de deudas o la redistribución de las tierras, lo que en cambio no ocurre en Atenas. Pero, a pesar de la derrota de la guerra del Peloponeso, tanto las posibilidades anteriores de control como las prácticas democráticas, en situación de peligro, pero no abolidas del todo, permiten la existencia de otros mecanismos donde se desenvuelve la vida económica por derroteros diferentes. Desde luego, la única visión realista de la economía griega en el siglo IV sería la que permitiera observar, junto a Atenas, la economía de las otras ciudades y, además, el tipo de relaciones que se establece entre la una y las otras, en una escala amplia y variada, que incluiría Esparta, Tebas y ciudades pequeñas como Fliunte, poco conocidas, pero lo suficiente como para notar que los acontecimientos políticos reflejan profundas convulsiones relacionadas con el nuevo panorama económico. A escala amplia, sólo este panorama general permitiría comprender los variados aspectos, externos e internos, que se ven implicados en las luchas entre ciudades que se conocen como luchas por la hegemonía. Durante la época clásica, la economía sigue teniendo como base productiva el trabajo agrario. Los movimientos mencionados indican que, al menos en algunas ciudades, se ha operado una agudización en la presión explotadora que puede afectar, según las circunstancias, a la población de los campesinos libres. El panorama variado de las ciudades indica igualmente que el desarrollo productivo agrario sigue siendo profundamente desigual. El sistema ateniense se ha hecho dominante, pero, al tiempo, ha provocado una crisis y ha caído en ella. El modelo sólo se mantiene con cambios, pero ha generado una dinámica que influye en el panorama económico general. Las ciudades no poseedoras de un imperio, donde en general el sistema de explotación esclavista no se ha hecho dominante, al entrar en el mundo de las transacciones económicas han desarrollado en sus clases dominantes aspiraciones productivas que sólo se satisfacen con el aumento de la explotación interior, sobre poblaciones libres que normalmente se hallan en posición cercana a determinadas formas de dependencia. Atenas como imperio defensor de la democracia ha representado en ocasiones un modelo, inalcanzable, pero que podía servir de apoyo para delimitar las posibilidades de explotación por parte de la clase dominante. En el siglo IV, ha desaparecido el imperio ateniense y la potencia hegemónica predominante, Esparta, tiende mas bien a apoyar a las oligarquías, con lo que éstas consiguen consolidar su situación. Es cierto que no lo hacen sin conflicto y eso es lo que explica la existencia de las tensiones sociales, dentro de un panorama en que las posibilidades de recuperación o de consolidación económica pasan por el disfrute de una posición políticamente hegemónica.
contexto
Desde la reunión de Babilonia, a la muerte de Alejandro, en el año 323, se puso de relieve el papel del ejército en el momento de nombrar al nuevo rey. La única disyuntiva era la de si habría de contar más la opinión de los nobles de la caballería o la de los campesinos de la falange. Sobre ello, cada vez será más importante el papel de los ejércitos mercenarios. Sea cual fuere su composición, es evidente la necesidad mutua. El individuo que pretende acceder a los puestos de mando necesita la lealtad de un ejército, cuya fidelidad se define de forma cada vez más individualista, mientras que el ejército necesita la guía carismática de un dinasta, que proporcione la victoria gracias a sus habilidades y conocimientos, pero también a ciertos poderes incontrolables que tienden a considerarse hereditarios o, al menos, innatos. El triunfo garantiza la disciplina y en ella se apoyan las formas de poder que terminan definiéndose como monárquicas. Por ello, que perduren ciertas formas de lo que suele definirse como monarquía militar; más que como síntoma de democracia, ha de clasificarse dentro de las formas de relacionarse el poder personal con el ejército. Además, junto a las formas monárquicas que pueden considerarse heredadas de la realeza macedónica o de los jefes griegos de ejércitos mercenarios, también van configurándose como parte de la nueva realidad las aportaciones procedentes de las satrapías orientales, donde el poder se ejerce por jefes aborígenes. No deja de ser curioso, sin embargo, que la reacción de las ciudades griegas venga encabezada por individuos que igualmente adoptan papeles dirigentes, en cierto modo competitivos con los de sus propios oponentes, en la línea de Demóstenes, que, cuando atacaba a Filipo, envidiaba su capacidad personal de tomar decisiones individuales, hecho imposible en la ciudad democrática. Atenas estaría dirigida por Demetrio de Fálero, que desempeña un papel individual al servicio del rey para defender la posición de los partidarios de la oligarquía, o por Demetrio Poliorcetes quien, individualmente, pretende conseguir la salvación del demos. Antípatro aparece como el representante más extremado de la postura contraria al establecimiento de las dinastías salvadoras, basadas en el carisma de corte orientalizante, pero teme a su propio hijo, Casandro, que pretende el establecimiento de una nueva dinastía en su propia persona, por ser hijo de su padre, el enemigo de la teoría dinástica. Sin embargo, Diodoro lo representa consultando a sus amigos en el campo, los que tenían ocio, los oligarcas propietarios de tierra, para la organización de una dynasteia, poder personal que pretende no basarse en la basileia. Seria una forma específica de poder personal al margen de la realeza tradicional, basada en la solidaridad de la aristocracia. Los diversos elementos van configurando nuevas formas de poder, a través de la intervención en las ciudades que sirven para oscurecer los conflictos internos, unas veces represiva y otras con la máscara de la salvación del pueblo y de la liberación, lo que, unido a las victorias capaces de aumentar el prestigio personal del jefe va acrecentando sus posibilidades reales de aspirar a cargos más altos. La satisfacción de las ambiciones individuales corre paralela al desempeño de funciones ambiguas, donde importa el evergetismo. La capacidad de controlar al demos tiene la doble cara que, conjuntamente, constituye su eficacia, montada sobre la fuerza y las promesas de salvación elaboradas sobre su propia capacidad redistributiva.
contexto
La banca, factor de transformación en el mundo de la economía, actuaba también, sintomáticamente, como elemento revelador de las transformaciones sociales. En ella se fraguaba, también en lo social, el fundamento de la preocupación aristotélica. Si no es frecuente en la ciudad griega que el esclavo reciba la manumisión, ni es legal que el liberto se convierta en ciudadano, ambos fenómenos se producen entre los banqueros y Pasión y Formión experimentaron un proceso parecido. Se rompía en ellos la norma estatutaria de la comunidad de la polis. También se rompía la tradición en el plano de la vida militar. La capacidad de la participación ciudadana, como tal, se reduce y la mayoría de los soldados recibe el misthós, sea ciudadano o extranjero. El ciudadano ateniense también se alquila como mercenario para otras ciudades o reinos. La sociedad hoplítica ha roto su integridad, la que identificaba al ciudadano con el propietario de tierra que se manifestaba en la ciudad como soldado. El misthós, que antes recibían los thetes de la flota, se generaliza, con lo que contribuye a aumentar la circulación monetaria. No es éste el menor de los factores que llevaron al desarrollo de los procesos inflacionistas, pues fueron precisamente los jefes de los soldados mercenarios, como Timoteo, los que tomaron medidas particulares en ese sentido, para facilitar el sistema de pagas. Parece admitido que, al ser los primeros trabajadores que reciben masivamente un salario, los soldados mercenarios contribuyen a desarrollar formas de mercado que tienden a salirse de los marcos propios de la sociedad antigua. El desarrollo de los mercados también favoreció el aumento de la esclavitud como sistema sometido a las normas de la mercancía. La guerra era para ello al mismo tiempo un obstáculo, como para otras mercancías, y un cauce, debido a la facilidad que ofrecía para acceder a los cautivos. Un problema se suma, sin embargo, consistente en que las guerras del siglo IV fueron mayoritariamente entre griegos. En teoría sólo era esclavizable el prisionero bárbaro, pero la realidad se impone y la tendencia a esclavizar griegos se hace cada vez mayor, desde el período de la guerra del Peloponeso, donde ya se practica por las ciudades contendientes. La ruptura de la identificación con el bárbaro contribuyó para que la condición de los esclavos dejara de tener una identificación étnica en general, incluso dentro de la ciudad. De hecho, en Atenas proliferan los procesos judiciales para determinar la condición estatutaria de personas, que había sido puesta en duda por el hecho de que realizaran trabajos serviles. Tan es así que Aristóteles llega a considerar que es esclavo el que realiza determinados trabajos banáusicos, trabajos manuales hechos al servicio de otro, al margen del estatuto de quien lo realiza. Está claro que éste no es el factor determinante de las sociedades, sino un efecto jurídico de las relaciones reales de dependencia económica. Paralelamente, los esclavos realizan trabajos de todo tipo. No sólo son frecuentes en la explotación agraria del siglo IV, sino que también los propietarios se dedican a alquilarlos para trabajos externos, para que lleven el salario a casa del dueño, y allí se mezcla con el ciudadano pobre que realiza el mismo trabajo y recibe el mismo salario. El aumento del trabajo esclavo y los problemas de la tierra y del mercado llevan a la indefinición estatutaria que hacía del ciudadano pobre una vez más una posible víctima de la sumisión a nuevas formas de dependencia.
contexto
La dualidad de funciones que asume la ciudad en el Imperio como organización autónoma de una comunidad ciudadana y como fundamento de la administración imperial condiciona su conformación material en aspectos esenciales como la funcionalidad de su urbanismo, los valores ideológicos que se proyectan en sus programas monumentales, o las implicaciones sociales presentes en su desarrollo. Como hábitat permanente de la comunidad ciudadana, su organización urbanística satisface determinadas necesidades, que tienen su materialización en los programas monumentales básicos que se constatan en la generalidad de los municipios y de las colonias. Concretamente, la protección de su población frente a posibles invasiones como las de mauri en la Betica en tiempos de Marco Aurelio o el control de la población rural requieren la construcción de las correspondientes murallas, cuyo trazado constituye en los rituales fundacionales de las colonias romanas una de las primeras ceremonias que se realizan. Su importancia queda recogida por determinadas cecas hispanas, como ocurre concretamente en Clunia, Emerita y Caesaraugusta, que conmemoran en sus emisiones el rito fundacional. Tras la declaración del lugar elegido como idóneo por el auspicio, el augur deposita en el agujero fundacional (mundus) tierra del lugar de origen de los colonos y determinadas primicias, y traza mediante una cruz los ejes ortogonales fundamentales de su red viaria que, como puntos de referencia, permiten su ulterior trazado en damero. Seguidamente, el pontífice delimita el perímetro de la ciudad con un arado de bronce, símbolo de fertilidad, tirado por dos bueyes blancos, de los que la vaca ocupa la posición interna, mientras que el toro la externa, en clara alusión simbólica a la dualidad de las funciones domésticas y públicas de la mujer y del hombre. El lugar donde el pontífice levante puntualmente el arado corresponde a la ubicación de las distintas puertas que permiten el acceso al centro urbano. Junto a las murallas protectoras, el foro constituye, como plaza central del entramado urbano, el espacio donde se concentran diversos edificios públicos en los que se proyectan funciones inherentes a la organización de la comunidad ciudadana; el lugar central, preferentemente orientado hacia el norte, lo ocupan los templos dedicados a las divinidades supremas constituidas por la tríada capitolina y compuesta por Júpiter, Juno y Minerva; la ulterior evolución religiosa del Imperio condiciona el carácter de los templos ubicados en el foro, en el que tiende a ocupar una posición preeminente el relacionado con el culto al emperador. En los laterales restantes del espacio rectangular y porticado del foro se ubican edificios relacionados con las actividades políticas, jurídicas y económicas de la comunidad. La curia, como lugar de reunión del senado local, el tabularium, como archivo de la colonia o del municipio, y la basílica, destinada a la administración de justicia, constituyen tres edificios vinculados a la administración municipal. Las actividades comerciales tienen su proyección en los múltiples comercios que se yuxtaponen alineados en unos de los laterales del foro; la acentuación de su importancia tiene su proyección en determinadas ciudades en la construcción del correspondiente mercado (macellum). Las murallas y el foro no agotan las necesidades de la comunidad ciudadana; los hábitos higiénicos propios del mundo romano generan en las ciudades hispanas la construcción de conjuntos termales públicos, organizados en torno a las clásicas tres piscinas de agua fría (frigidarium), templada (tepidarium) y caliente (caldarium), que en ocasiones pueden ir acompañadas de palestras destinadas a los ejercicios gimnásticos. En contraste con la ubicación de las termas, que pueden localizarse en las proximidades del foro, los espacios destinados al ocio ciudadano, tales como teatros, anfiteatros y circos, ocupan una posición periférica en el entramado urbano y suelen aprovechar peculiaridades topográficas del terreno que favorecen su compleja construcción. Semejante programa monumental permite la satisfacción de las necesidades fundamentales de la comunidad ciudadana, mientras que su trazado urbanístico ortogonal permite una óptima organización del espacio urbano. No obstante, en ambos aspectos se encuentran presentes elementos ideológicos que facilitan la cohesión del mundo provincial. El fenómeno se aprecia en la centralidad que ocupan las divinidades principales del panteón romano, pero también en las concepciones que subyacen en el trazado ortogonal que permiten una adecuación de la organización urbana al orden del universo. De hecho, cuando el ciudadano pasea por los decumani, orientados en sentido este-oeste, sigue el curso que, según se creía, traza el sol alrededor de la tierra. El desarrollo del culto al emperador acentúa aún más estos elementos ideológicos, ya que la importancia y centralidad del templo del culto al emperador en el entramado urbano reflejan la relación entre el patrono supremo del Imperio y sus clientes concretos en la colonia o municipio. La entidad urbana y la importancia de los monumentos se encuentra condicionada por su función dentro del organigrama de la administración imperial y por la riqueza de sus respectivos grupos dirigentes. En consecuencia, la jerarquía observable en las funciones como capitales de provincia o de conventus y en los respectivos estatutos jurídicos se relaciona normalmente con la impronta urbanística y monumental, que viene favorecida por la administración imperial. A su vez, la riqueza de las oligarquías de las colonias y municipios se proyecta en actividades evergéticas, cuyo valor supera en ocasiones la cuantía del presupuesto anual de las ciudades en las que se realizan. Templos como el de Apolo y Diana en Arucci (Aroche) fueron sufragados por particulares con cantidades que alcanzan los 200.000 sextercios; aunque esta cantidad es ciertamente excepcional en el panorama evergético, las liberalidades de las elites locales oscilan desde el mero ornato del foro o de edificios concretos como la basílica con estatuas a la celebración de juegos, banquetes públicos, etc. Pese a estar condicionado por el evergetismo que protagonizan las elites locales en compensación por los honores que ostentan en las colonias y en los municipios, la monumentalización y las reformas urbanísticas que se introducen en las ciudades hispanorromanas guardan relación en líneas generales con los momentos clave que marcan la evolución de las comunidades humanas que las habitan en otros aspectos como el de su estatuto jurídico. En este sentido, con los precedentes de época republicana observables en las modificaciones que se operan en la antigua colonia griega de Emporiae, las grandes transformaciones urbanísticas se producen en época augústea con proyección durante la dinastía julio-claudia y especialmente durante el reinado de Claudio, en el período flavio y durante el reinado de Adriano.
contexto
Al comienzo de 1992 nos encontramos con que todos los países latinoamericanos, salvo Cuba y Haití, tienen sistemas políticos que pueden definirse como democráticos, aunque al final de la década de 1970 sólo Colombia y Venezuela, en América del Sur, junto con Costa Rica y México, se encontraban en esta situación. Los procesos que permitieron el paso de dictaduras militares a gobiernos democráticos han sido denominados por los politólogos como de transición a la democracia. Un primer grupo de transiciones corresponde a los países definidos como burocrático-autoritarios, donde por un lado se encuentran las transiciones más tempranas de Argentina o Uruguay y la mucho más tardía de Chile. En este grupo también debería incluirse al Brasil, aunque las diferencias son notables. Mientras en Argentina el proceso electoral se inició después de la derrota en la guerra de las Malvinas y sin pacto alguno entre las principales fuerzas políticas (radicales y peronistas), en Uruguay nos enfrentamos a una transición prolongada y sumamente controlada desde el gobierno y en Brasil el partido del régimen gozó durante un tiempo de un apoyo electoral significativo, algo inexistente en los casos anteriores, lo que le sirvió para organizar la transición. En aquellos países que iniciaron su transición en fechas tempranas, ya se ha producido el relevo pacífico de autoridades a través de elecciones. Esto ha ocurrido en Argentina, Uruguay o Perú, donde los nuevos gobernantes pertenecen a partidos diferentes al de los líderes que comenzaron la transición. En la debilidad de los partidos políticos es donde radica uno de los puntos flojos de la democracia. La corrupción y el desánimo generalizado de la población lleva a los votantes a apostar por soluciones providenciales, en un proceso denominado de fuyimorización, al tomar como prototipo al ex presidente del Perú. En Argentina, el radical Arturo Illia, elegido presidente en 1963, fue relevado del mando por un golpe militar en 1966, encabezado por el general Juan Carlos Onganía. El problema político de fondo era la participación electoral del peronismo. Este período de dictadura militar, que coincidió con la intensificación de la violencia guerrillera, finalizó en 1973, cuando el candidato peronista, Héctor Cámpora, fue elegido de forma aplastante. En 1976 se apoderó del gobierno una nueva dictadura militar con el objetivo de eliminar definitivamente a la subversión izquierdista, pero para cumplir con su cometido se violaron de forma sistemática los derechos humanos. La política represiva fue acompañada en materia económica por la aplicación de un plan neoliberal, diseñado por el ministro Alfredo Martínez de Hoz, que terminó en un gran fracaso. En 1981, cuando ya era evidente el cansancio de los civiles, las fuerzas políticas, a iniciativa de la Unión Cívica Radical, organizaron la Multipartidaria Nacional con el principal objetivo de propiciar la vuelta a la democracia. Pero el detonante que aceleró el retorno de los militares a los cuarteles fue la derrota de las Malvinas. En las elecciones del 30 de octubre de 1983, el candidato radical, Raúl Alfonsín, se impuso contra todo pronóstico a los peronistas, asimilados por buena parte de los votantes con la dictadura militar. Uno de los grandes logros del alfonsinismo en el poder fue la normalización de la vida electoral, pero el mismo gobierno fue incapaz de solucionar la cuestión militar. Después del juicio a las juntas militares que gobernaron entre 1976 y 1983, que terminó con sus principales figuras en la cárcel, el malestar dentro del ejército aumentó y hubo varios conatos de rebelión. La situación se agravó por el mal comportamiento de la economía, lo que aceleró la toma de posesión del nuevo presidente electo, el peronista Carlos Menem. La amnistía que dicto en favor de los militares aplacó el clima deliberativo que se respiraba en el interior de los ejércitos. La democracia uruguaya se caracterizó durante décadas por la relativa limpieza del juego electoral y por el alejamiento de los militares de la vida política. Sin embargo, los avances de la violencia tupamara aglutinaron a los sectores más conservadores de la sociedad, que impulsaron a partir de 1973 la implantación de una dictadura con respaldo militar, encabezada por el ya presidente Juan María Bordaberry, que disolvió el parlamento. En 1976 se produjo un enfrentamiento entre los militares y Bordaberry, que llevó a los primeros a ocupar el poder. Los militares habían propuesto una nueva institucionalización y plantearon una reforma constitucional en noviembre de 1980, que fue derrotada en un plebiscito. A partir de 1982 el desgaste de la dictadura se aceleró y luego de unas complicadas negociaciones con las cúpulas de los partidos políticos, se llegó a la firma del Pacto del Club Naval, en junio de 1984, que marcó los límites de la transición política. El Pacto fue firmado por las Fuerzas Armadas, el Partido Colorado y el Frente Amplio, una coalición de partidos de izquierda y centro-izquierda. En noviembre de 1984 se celebraron las elecciones presidenciales, con la proscripción de los líderes del Partido Nacional o Blanco (Wilson Ferreira Aldunate) y del Frente Amplio (Liber Seregni). Fue elegido Julio María Sanguinetti, del Partido Colorado, cuyo gobierno tuvo que enfrentar menos problemas que el de Alfonsín, pero al igual que en Argentina el relevo presidencial se realizó sin complicaciones de ningún tipo, después de las elecciones de 1989 que dieron el triunfo a Luis Lacalle. El proceso chileno fue más complicado, especialmente por lo traumático del golpe que derrocó a Salvador Allende y por lo trabado de la transición, dados los condicionantes impuestos por Augusto Pinochet. Entre 1958 y 1973 se produjo una "alternancia política arrítmica", al sucederse en la presidencia la derecha, Jorge Alessandri (1958-1964), el centro demócrata cristiano, Eduardo Frei (1964-1970) y la izquierda, Salvador Allende (1970-1973). Esta situación llevó a la tesis de los tres tercios, según la cual la sociedad política chilena se repartía equilibradamente en tres tendencias políticas. Sin embargo, como señala Manuel Alcántara, una vez que los partidos políticos mayoritarios llegaban al poder se comportaban con una lógica bipartidista que negaba la realidad plural que los rodeaba. La democracia cristiana intentó impulsar su "revolución en libertad" (reforma agraria y "chilenización" del cobre) a fin de evitar un estallido insurreccional y cerrarle el paso a la izquierda, aunque no pudo evitar que las elecciones de 1970 fueran ganadas por la Unidad Popular. Allende intentó desarrollar la "vía chilena al socialismo", pese a no contar con la mayoría en el Parlamento, lo que polarizó la vida política. El aumento de la conflictividad, con un creciente apoyo de los grupos medios a la acción opositora, sumado al bloqueo financiero norteamericano y a la ingobernabilidad del país condujo al golpe de estado del 11 de septiembre de 1973. La dictadura pinochetista, con sus dieciséis años de duración, puede definirse por la personalización del poder y la baja institucionalización del régimen. Al igual que en Argentina, la política represiva se acompañó de un programa económico neoliberal, pero a diferencia del país transandino, en este caso el éxito coronó la gestión de la dictadura, aunque al precio de un elevado coste social. En el plebiscito de 1980 se aprobó con el 67 por ciento de los votos una nueva Constitución que imponía a Pinochet como presidente constitucional hasta 1989. La persona que ocuparía el cargo en el periodo 1989-1997 sería presentada por Pinochet, pero su propuesta debía aprobarse en otro plebiscito. Las dificultades económicas y la falta de libertades políticas redoblaron las presiones de la oposición para democratizar el régimen, pero la cerrazón de la dictadura dificultaba cualquier salida negociada. Sin embargo, la situación cambió tras la derrota de Pinochet en el plebiscito de 1988 para proponer su propia candidatura presidencial. En un proceso pleno de dificultades, y con Pinochet al frente de las Fuerzas Armadas, se llegó a las elecciones de 1990 ganadas por el candidato demócrata cristiano Patricio Aylwin, que contó con el respaldo del centro y de la izquierda. La transición brasileña se caracterizó por la tutela militar en sus primeras etapas y por la sanción de una nueva Constitución en 1988, fruto de un proceso constituyente iniciado con las elecciones parlamentarias de 1986. Las elecciones de 1989 supusieron la primera elección presidencial directa en tres décadas y se celebraron de acuerdo a la nueva normativa. Los militares habían llegado al poder en 1964 y se mantendrían en él durante dos décadas, para impulsar el llamado "milagro brasileño". Los gobiernos del general Humberto Castelo Branco y de sus sucesores introdujeron importantes cambios en la economía, en la sociedad y en las formas políticas brasileñas. El sistema funcionaba con dos partidos políticos, el oficialista Alianza Renovadora Nacionalista (ARENA) y el opositor, aunque tolerado, Movimiento Democrático Brasileño (MDB). Entre 1966 y 1974 la hegemonía de ARENA fue clara. A partir de 1979 la transición política se aceleró con la llegada de un nuevo presidente, el general Joáo Baptista Figueiredo, que se comprometió a la completa democratización del país. Entre las medidas por él impulsadas se cuenta la sanción de una nueva ley de partidos políticos, que acabó con el sistema bipartidista artificial que existía en Brasil. En las elecciones de noviembre de 1982 la oposición ganó en diez de los veintidós estados del país. Y si bien la oposición obtuvo la mayoría de la Cámara de Diputados, no tenía el control ni del Senado ni del Colegio Electoral, que debía elegir en 1985 al nuevo presidente. Ese año llegó a la presidencia Tancredo Neves, que llevaba como compañero de fórmula a José Sarney, un antiguo militante del partido gubernamental. La muerte de Neves antes de asumir su cargo, permitió que Sarney ocupara la presidencia. Pese a su giro conservador la transición siguió adelante y en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 1989, el 15 de noviembre, el candidato del Partido de la Reconstrucción Nacional, Fernando Collor de Mello, y el del Partido de los Trabajadores, Luis Ignacio da Silva, Lula, obtuvieron la mayor cantidad de votos y pasaron a la segunda vuelta. Un mes más tarde Collor de Mello obtenía el 53 por ciento de los votos, frente al 47 por ciento de Lula.
contexto
Después del período precedente, el de los emperadores ilíricos, durante el cual en sólo 47 años se habían proclamado 25 emperadores y el mundo romano había sufrido tanto el acoso externo como la proliferación de imperios locales, se puede decir que el Imperio Romano fue salvado, finalmente, por una revuelta militar. Cuando en el 284 el ejército sublevado en Calcedonia proclamó emperador a un oficial dálmata que asumió el nombre de Diocleciano, se abrió un período durante el cual se logró tanto la superación de la larga crisis política anterior como la elaboración de una serie de medidas que afectarían directamente a la evolución del mundo romano bajo-imperial. Al advenimiento del gran emperador reformista, el Imperio presentaba múltiples problemas que se habían ido gestando en los siglos anteriores, algunos de los cuales supo abordar con éxito, mientras que otros siguieron una evolución irreversible y, en ocasiones, aceleraron la propia estructura de la sociedad bajo-imperial. Así, por ejemplo, los ataques de los pueblos bárbaros al limes romano habían sido frecuentes durante todo el Alto Imperio: el ataque de los marcomanos y los cuados en el 166, de los mauros en Hispania en el 173, etc. Aunque tales asaltos tenían un carácter esporádico y no pusieron en peligro la estabilidad política del Imperio hasta el siglo III. Pero con la ascensión de Persia a partir del 224 (en que se instaura la dinastía sasánida), con la confederación gótica que se había formado en la cuenca del Danubio en el 248, y el constante pulular de bandas armadas a lo largo del Rin desde el 260, el Imperio vivía en medio de constantes guerras defensivas. Tal vez se hubieran podido atajar tales amenazas definitivamente, como se había hecho con anterioridad, pero mientras la presión de los pueblos bárbaros era ahora mucho mayor, el Imperio estaba peor preparado para tal empresa. Ciertamente, el ejército se había remodelado y sus efectivos eran impresionantes: hacia el 290 se calcula el cuerpo del ejército en torno a unos 400.000 hombres. La legión fue dividida en unidades más pequeñas, capaces de actuar y hacer frente a los asaltos de los bárbaros en forma de razzias. Los destacamentos fronterizos quedaron protegidos por enormes fuerzas de choque de caballería y el mando militar ya no era asumido sistemáticamente por la aristocracia imperial sino por profesionales experimentados que había destacado en sus empresas militares. Pero el ejército debía ser costeado y eran fundamentalmente las clases bajas quienes se veían más afectadas por esta carga. El Estado venía actuando como un extorsionador, a través de una burocracia administrativa que frecuentemente actuaba por medio de la coerción y la delación. Se habían acabado los tiempos en los que el botín de guerra subvenía a las necesidades del Estado. El endeudamiento era tan frecuente que, ya en el año 118, Adriano canceló una deuda al Estado de 900 millones de sestercios porque resultaba imposible de cobrar. Puesto que en el ejército recaía la defensa de la integridad del Imperio, éste, a lo largo del siglo III, fue ostentando el control del Estado. Estos emperadores, puestos por el ejército y mantenidos por él, eran autócratas que gobernaban al margen del Senado y las instituciones, de manera personalista y, a menudo, despótica. La crisis del sistema esclavista afectó fundamentalmente a las clases medias, a la burguesía urbana que tanta importancia tuvo en el progreso de la vida municipal. La mayoría de ellas obtenían sus ingresos del cultivo de la tierra. Ante la escasez de mano de obra se veían obligados a aumentar los salarios o rebajar sistemáticamente los alquileres. Sus rentas siguen una curva descendente, sobre todo desde finales del siglo III. Paralelamente, la concentración de bienes agrícolas en manos de unos pocos honestiores se amplía. El crecimiento de la gran propiedad contribuyó a que la civilización urbana decayera, ya que estas haciendas comienzan a actuar, además, como centros de producción industrial. El aumento de los salarios provoca el alza de los precios y, consecuentemente, también son mayores los gastos municipales. La decadencia de la vida ciudadana va unida a la crisis de la burguesía urbana y ambos factores incidirán de forma crítica en las estructuras del Imperio. Tampoco es ajena a este estado de cosas la crisis religiosa que, sobre todo desde mediados del siglo II, se percibe claramente. La crisis de la religión romana tradicional -estrechamente relacionada, por otra parte, con la vida municipal- se vio acelerada por la invasión de religiones orientales a lo largo del Imperio. La estrecha relación entre el sentimiento religioso y el Estado, la identificación entre derecho sagrado y derecho público, hizo que la transformación de las estructuras del Estado afectase a la autoridad de las antiguas tradiciones. Los emperadores antoninianos, apoyándose en los valores del estoicismo y del neoplatonismo, intentaron dotarla de un contenido moral-filosófico nuevo. Pero tal reforma no podía ser popular: se trataba de un sistema demasiado elaborado para que pudiera penetrar en los sectores menos cultivados. La mayor importancia de esta reelaboración religiosa fue que creó las condiciones necesarias para que pudieran arraigar otras religiones, en concreto, las orientales y, entre ellas, el cristianismo. La persecución de Diocleciano fue un intento vano de erradicación del peligro que, para la estabilidad del Estado, parecía implicar esta religión arrogante en la que la creencia en su dios excluía y combatía a todos los demás.