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Correa de cuero en el escudo, que permitía llevarlo colgado del cuello y dejar las manos libres.
Personaje Militar
De nombre José Joaquín da Silva Xavier, aunque desempeñó varias profesiones, su oficio de dentista fue el que le procuró el apodo. Conocedor de la ideas revolucionarias francesas, defendió la independencia del Brasil con respecto a Portugal y la proclamación de un estado liberal de corte moderno. Junto a sus partidarios, emprendió en 1789 una sublevación sin mayores resultados, denominada "incofidencia mineira", por la que fue procesado. Durante el juicio alcanzó gran popularidad, siendo finalmente ajusticiado.
contexto
Todo intento de encontrar una causa unilateral al fenómeno de la tiranía griega se ha mostrado condenado al fracaso no sólo porque la casuística ofrece múltiples variedades, sino, sobre todo, porque los factores concluyentes, en cada caso de diferente manera con graduación distinta, son tantos como los aspectos que pueden detectarse en la realidad histórica que acompaña a este momento de crisis de la aristocracia. La tiranía no es la "dictadura del proletariado", vanguardia de una lucha que representaría los intereses del trabajo asalariado, representado por los thetes, ni la manifestación política de una clase mercantil ascendente en lucha contra la aristocracia, ni el gobierno que abrió las puertas al sistema hoplítico, ni el resultado de las rivalidades aristocráticas de las grandes familias apoyadas en clientelas compuestas por grupos de campesinos más o menos identificados con territorios precisos. Ninguna de estas explicaciones resulta coherente, y en cada caso hay datos que representarían una flagrante contradicción con la explicación general. La tiranía no representa unilateralmente ninguno de los fenómenos anteriormente expuestos, pero, en cambio, puede decirse que responde a rasgos susceptibles de identificarse con todos ellos. Globalmente, en lo que se refiere al sistema productivo, tal vez pueda decirse que el fenómeno coincidente más importante es el de la consolidación de la clase hoplítica como oligarquía de los propietarios de tierra, al margen de cuál fuera en cada caso la intención del tirano, que actuaría más bien como un fenómeno mas y no como puro artífice del cambio. Como tal fenómeno, sus relaciones con las clases en conflicto pueden ser contradictorias. Naturalmente no pueden hallarse coincidencias cronológicas entre el desarrollo del armamento hoplítico y la tiranía, pues no se trata, en ningún caso, de una relación mecánica en que el tirano implante el ejército hoplítico ni que éste imponga el gobierno tiránico. Por otra parte, la presencia de sectores urbanos pertenecientes a la clase subhoplítica también se deja notar, aunque sólo se refleje en el plano de la demagogia y de las representaciones imaginarias. En algunos casos existen medidas relativamente integradoras, pues, en definitiva, en el plano político los programas tienden a potenciar la funcionalidad urbana con la que articular mejor las actividades productivas agrarias. Esto quiere decir que en el panorama general de la tiranía no hay que olvidar el desarrollo de un proletariado, si se entiende como tal la masa del demos subhoplítico que constituye el conjunto de los thetes. Finalmente, si bien es cierto que el protagonismo aristocrático resulta evidente al estudiar la prosopografia tiránica y que los tiranos se apoyan en grupos clientelares, en ocasiones con base territorial, es preciso tener en cuenta que estas actitudes sólo se entienden dentro de la llamada crisis de la aristocracia, donde se rompe la solidaridad al producirse la posibilidad de acceso a fuentes de riqueza alternativas a la explotación agrícola y de crear nuevas dependencias en los sectores no asentados agrícolamente, donde se encuentran bases de apoyo para consolidar el nuevo sistema de poder. Además, al romper con la solidaridad aristocrática, los tiranos buscan fundamentos nuevos en las tradiciones del pasado y en los modelos vecinos. Por ello, no es extraño que los tiranos busquen representar la recuperación del papel del basileus, idealizado como factor de superación de conflictos entre nobles y campesinos, en ocasiones ornamentado con las formalidades de la realeza oriental, conocida principalmente a través de los lidios. Así, el tirano, símbolo de la riqueza monetaria, coincidente con el desarrollo de los cambios que le permite la ruptura de sus solidaridades internas, toma un nombre que parece de origen asiático, atribuido por primera vez en la literatura griega, en el fragmento 102 (Adrados) de Arquíloco, al rey Giges de Lidia, rico en oro. También se decía que de allí procedía la moneda cuando se difundió entre las ciudades griegas. De este modo, la tiranía representa un fenómeno político vinculado a la heterogeneidad de las relaciones sociales de la época, centro, al mismo tiempo, del debate ideológico vinculado al desarrollo del período orientalizante, producto de la presencia objetiva de bienes materiales y de las influencias que Oriente ejercía como atractivo espiritual.
contexto
Vuelto a la Península, Alfonso el Magnánimo tomó las riendas de los intereses familiares en Castilla, donde sus hermanos (los infantes de Aragón: Juan, convertido en rey consorte de Navarra, en 1425, y Enrique, gran maestre de la orden de Santiago) encabezaban una facción de la nobleza hostil a Álvaro de Luna y a su política de reforzamiento de la autoridad real. Pero también aquí las luchas costaban un dinero que había que pedir a los estamentos. La ciudad de Valencia fue generosa y las Cortes valencianas, reunidas en Murviedro (1428), votaron un subsidio, pero las catalanas, convocadas en Tortosa (1429-30), fueron más remisas y osadas: dieron la mitad de la ayuda solicitada, forzaron al rey a pedir consejo y, como si fuesen soberanas, enviaron una embajada a Juan II de Castilla para exhortarle a hacer la paz con el rey de Aragón. En estas mismas Cortes también comenzaron a producirse divisiones dentro del sector eclesiástico. Finalmente, perdida la guerra en Castilla y expulsado el clan aragonés del vecino reino (treguas de Majano, 1430), el monarca volvió a centrar su interés en Italia, donde la reina de Nápoles solicitaba su ayuda. Sólo las perspectivas de un éxito en la política mediterránea y la necesidad de dinero para conseguirlo explican que se decidiera de nuevo a llamar a Cortes a los estamentos catalanes (Barcelona, 1431). Las sesiones se centraron en cuatro cuestiones: la reorganización y control de la administración de justicia, sobre lo que no hubo acuerdo; la situación de las finanzas de la Generalitat, muy endeudada y con ingresos menguantes a causa de la disminución de la producción y el comercio, problema que no fue abordado a fondo; la cuestión agraria, y los impagos de censales y violarios (rentas constituidas). Eclesiásticos y ciudadanos, principales acreedores de pensiones de censales y violarios, reclamaron leyes más severas contra los deudores y, a pesar de la resistencia de los nobles, muy endeudados, obtuvieron del monarca la constitución que deseaban. Probablemente la cuestión agraria fue la más controvertida: los señores se manifestaron alarmados por la amplitud que tomaba el movimiento campesino de emancipación (contra las servidumbres) y la pérdida de rentas a causa de la crisis demográfica, y exigieron medidas contra las reuniones campesinas y el abandono de cultivos, y el reforzamiento de sus poderes, pero el monarca, que quizá ya se sentía tentado de sacar ventajas políticas del conflicto, rehusó entrar en el fondo de la cuestión. Al fin, habiendo obtenido un donativo, marchó definitivamente a Italia (1432), donde, después de graves sinsabores, culminaría su política mediterránea con la conquista de Nápoles (1442). Hasta principios de los 40, el Magnánimo, que necesitaba del capital extranjero para su política mediterránea, facilitó la penetración en la Corona de Aragón de comerciantes y banqueros italianos, sobre todo florentinos. No se diferenciaba en ello de Juan I y Martín el Humano. La Generalitat, cuyos ingresos reposaban en gran medida en el comercio exterior, tampoco se opuso a esta política que, en cambio, dividía a los estamentos catalanes. Por el contrario, en Valencia, donde mercaderes y financieros italianos ocupaban muy sólidas posiciones, básicas para la economía del reino, nadie pensaba en expulsarlos. Pero, a partir de los años 30, con un cambio de coyuntura más favorable para los negocios mercantiles de los catalanes, creció la opinión contraria a los negociantes extranjeros en Cataluña. Y durante los años 40, la propia monarquía cambió de política, al coincidir la incorporación de Nápoles a la Corona, la mayor inserción del nuevo reino en la economía catalanoaragonesa y las tensiones entre el Magnánimo y Florencia. En 1447 los florentinos eran expulsados de la Corona, y sustituidos en sus funciones financieras por mercaderes y banqueros catalanoaragoneses, mientras la industria textil catalana iniciaba una reconversión para producir tejidos de calidad que evitaran la importación de tejidos flamencos y florentinos. Alfonso el Magnánimo elaboró entonces un programa de tendencias proteccionistas y autárquicas, que pretendía prohibir la importación a países de la Corona de paños producidos en el extranjero, usar en el transporte marítimo exclusivamente embarcaciones catalanoaragonesas y obligar a los mercaderes importadores de trigo a comprarlo en países de la Corona, sobre todo Sicilia, Cerdeña y Nápoles. Pero este proyecto, que pretendía integrar en una sola unidad económica a todos los reinos de la Corona, lesionaba intereses de la poderosa Biga barcelonesa, facción de grandes mercaderes importadores, que hicieron fracasar su plena aplicación. Las iniciativas reales en materia social y política tuvieron mayor trascendencia. Mientras Alfonso residía en Nápoles, la reina María, su esposa, gobernaba como lugarteniente los reinos peninsulares de la Corona. No fue una labor fácil puesto que aquellos fueron años de dificultades que dividían a la sociedad, situación que la ausencia del rey no hacía más que agravar. Aunque las Cortes generales de Monzón (1435) respondieron positivamente y al unísono a la petición de sumar esfuerzos para liberar al rey, entonces prisionero del duque de Milán, las relaciones futuras entre la reina lugarteniente y los estamentos serían problemáticas. Los desacuerdos se hicieron patentes en Cortes posteriores (Barcelona, 1436-37, Lérida, 1440 y Tortosa 1442-43), donde las divisiones y recelos entre los estamentos no les impidieron protestar por el absentismo real y la orientación filopopular de la política real. Entre tanto, seguía el déficit de las finanzas de los organismos públicos y crecía el descontento popular por el mal gobierno y la corrupción de la vida municipal. Y la situación se complicó aún más, en 1446, cuando la monarquía decidió reanudar la política de recuperación patrimonial, cuestión que había paralizado las Cortes de 1421-23 y 1431-34. No ha de extrañar, por tanto, que, reunidas de nuevo las Cortes (Barcelona, 1446-48), esta vez para tratar de la financiación de tropas para el rey, se discutiera de todo menos de lo que interesaba a la monarquía: absentismo real, disputas entre la Generalitat y el gobierno de Barcelona, déficit de las instituciones, banderías, recuperación patrimonial y cuestión remensa. Los estamentos pidieron la suspensión de esta política de recuperación, cuyo desarrollo fomentaba la agitación rural puesto que facilitaba las reuniones campesinas, pero la monarquía prefirió disolver las Cortes antes que ceder.
obra
Las estatuas de Harmodios y Aristogeiton creadas por Antenor hubieron de ser sustituidas, tras ser robadas por los persas, por otras encargadas a Kritios y a Nesiotes. El nuevo grupo sólo nos ha llegado en reproducciones, por ejemplo en pintura de vasos, o bien en copias romanas. Las figuras de Harmodios y Aristogeiton son más evolucionadas que el Efebo de Kritios, y así permite constatarlo fundamentalmente el modelado más blando.
contexto
El dos de enero de 1460 el caballero valenciano Joanot Martorell (c. 1404-1465) empieza la redacción del Tirant lo Blanc, que no llegaría al gran público hasta su impresión en 1490 y que Cervantes había de considerar, no sin cierto ánimo provocador, como el mejor libro del mundo. Quizá por los mismos años, en cualquier caso, creo, con posterioridad a 1456, un inquietante anónimo compuso la novela Curial e Güelfa. Ambas tienen en común el narrar aventuras caballerescas en clave realista, en una geografía fácilmente identificable, con personajes a escala humana, cuyas acciones no alcanzan nunca lindares de desmesura. Ambas, además, recogen detalles de la historia más reciente -aragonesa o europea-, y suponen, en medida desigual -la cultura del anónimo es superior a la de Martorell- la formación de una realidad narrativa distinta, hecha a partir de la recepción de géneros diversos -epistolar, cuento, teatro-, en el marco mayor de las dos grandes tradiciones narrativas: la prosa artúrica y la lección boccaccesca, alentadas por el conocimiento de los cronistas. Desclot en el caso del Curial, Muntaner en el del Tirant. El Curial narra en tres libros dedicados genéricamente a las armas, a los amores y a la ciencia, la dificultad de los protagonistas por alcanzar la deseada unión. Partiendo de unos principios modestos, Curial, adoptado por la dama -un esquema que también se da en el Jehan de Saintré de Antoine de la Sale-, acaba derrotando a los turcos, después de una peripecia amorosa y militar en Centroeuropa y de un largo cautiverio en Africa en el que con la mora Cámar -luna, en árabe-, lectora de Virgilio, vive una apasionada historia de amor que termina con su conversión y posterior suicidio para preservar la fe. La obra, en la que destaca una gran finura psicológica -muy de Stendhal, si se me permite- y un estilo elevado, elegante y sin caídas que no quita viveza a los diálogos, permite también una lectura política, pues no sólo desprende una manifiesta simpatía por la causa de don Jaime de Urgell, sino que, a través de la figura del rey Pedro el Grande, se efectúa una crítica de la ausencia del Magnánimo de sus reinos peninsulares, a la vez que no es exagerado ver en la figura de Güelfa rasgos de la reina María. En el Tirant, en cambio, la confusión de los estilos es una constante, ya que casi siempre se deja sentir la fuente apenas transformada. En compensación, es aún hoy una mina de contento y tesoro de pasatiempos, como la definió Pedro Pérez en el capítulo VI del Quijote. El héroe de Martorell, formado en Inglaterra, será llamado a salvar Constantinopla de los turcos, en una aventura en la que el mítico Roger de Flor se suma a otros guerreros occidentales y del XV en relación con Bizancio. En el Imperio griego Tirant se enamora de la hija del Emperador, Carmesina, a la que procurará poseer con la ayuda de la doncella Placerdemivida. Estas aventuras, más las de Hipólito con la Emperatriz, los delirios eróticos de la Viuda Reposada, las cálidas noches de Diafebus y Estefanía, dan a la novela un aire erótico más palpable que en Boccaccio y convierten la ceremoniosa corte bizantina en el escenario de una farsa tocada de vodevil. La obra, al mismo tiempo, contiene una lección amarga, ya que Tirant, después de haber alcanzado la gloria, muere arrastrando con su desaparición a Carmesina y al emperador. Hipólito, un compañero de armas que supo satisfacer la lascivia de la Emperatriz, gentil vieja, acaba siendo proclamado Emperador y formando su propia dinastía. Es posible que haya en ella un reflejo autobiográfico de quien murió arruinado- tuvo que entregar a Martí Joan de Galba el manuscrito del Tirant para saldar una deuda de no demasiados reales-, viviendo en los lindes del bandolerismo y sin domicilio fijo, habiendo pertenecido a una de las familias más poderosas de Valencia.
termino
acepcion
Taller musulmán dedicado a la confección de tejidos de lujo, adornados con hilos de oro que se empleaban en ceremonias reales. Aunque esta industria tiene su origen en Bagdad, fue introducida en España en el siglo IX. En Córdoba tuvo un gran desarrollo en una alcaicería construida por Abderraman II junto a la Gran Mezquita.
lugar
Localidad cercana a Haro, en la Alta Rioja y a unos 50 kilómetros de Logroño, Tirgo se ubica junto al río Tirón y su población es de 268 habitantes dedicados especialmente a la actividad vinícola. Sus orígenes se remontan a las primeras civilizaciones peninsulares, siendo su nombre una degeneración de Autrigones, antiguos pobladores de la comarca asentados cerca del río Tirón. La primera mención escrita que se hace de Tirgo es del año 978, en que aparece citada en las escrituras de fundación del monasterio de Covarrubias. Sin embargo, no fue hasta el siglo XVII cuando la reina Mariana de Austria, viuda de Felipe IV, declaró la villa de Tirgo independiente y libre. Desde el punto de vista arquitectónico, destaca la iglesia parroquial de San Salvador, fechada en el siglo XII y de estilo románico, con una sola nave dividida en cuatro tramos.
lugar
Pueblo de la provincia de Castellón, situado en la comarca del Maestrazgo, es uno de los lugares con mayor cantidad de restos de la Comunidad Valenciana. Comparte con los municipios de Albocacer y Coves de Vinromá el Barranco de la Valltorta, cuyas pinturas rupestres le ha merecido la declaración de Monumento Nacional y compartir con otros lugares la denominación de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Por Tírig pasaron iberos, cartagineses, romanos y árabes. Mucho más tarde, en el siglo XIII, se produjo la fundación del actual núcleo de población. Reconquistado el territorio a los musulmanes, la propiedad de las tierras le fue cedida a Joan de Brusca, quien en 1245 procedió a repoblarlas. De esta época quedan escasos restos del castillo y las murallas. Tírig y otros territorios permanecieron en poder del Señorío de Blasco de Alagón, pasando sucesivamente por las manos de las órdenes de Calatrava, de Artal, de Alagón, del Temple y de Montesa. El visitante que llegue a Tírig no deberá dejar escapar la oportunidad de aprender sobre el arte rupestre levantino visitando el Museo de la Valltorta; también merecen una visita la iglesia parroquial del siglo XVII, dedicada a Nuestra Señora del Pilar, la ermita de Santa Bárbara y el monumento al pintor Gabriel Puig Roda.