En general, parece importante el papel del crecimiento demográfico en la implantación/adopción del nuevo sistema económico. Se ocupan nuevas zonas y el aumento de la población es un factor dinámico de cambio cuando su desarrollo se acelera. Otra cuestión importante es la organización social y las características que podemos dilucidar sobre las relaciones sociales y sobre su interconexión con la economía. Parece ser que la familia es la unidad social básica entre estas comunidades: principalmente seria de carácter nuclear, pero también cabe pensar en la presencia de familias extensas. La diferenciación entre patrones de asentamiento, disperso o concentrado, puede reflejar relaciones sociales distintas, aunque todavía nos faltaría completar un registro demasiado parco en estos aspectos. Se trataría, en general, de sociedades igualitarias sin diferenciaciones internas significativas: alguna excepción encontraríamos en la documentación de grandes edificios singulares en poblados concentrados con casas grandes y alargadas construidas sobre el loess (Cys-la-Commune y Berry-au-Bac, en la Vallée de l'Aisne). Podríamos pensar, entonces, en la existencia de familias favorecidas, o quizás simplemente de casas comunales, o centros de reunión. Hoy por hoy, la discusión permanece abierta. Sin duda alguna deberían desarrollarse relaciones de parentesco y alianzas de carácter exógeno, ya que la interdependencia entre las comunidades parece ser un factor clave de cohesión social en estos momentos, dada la implantación incipiente de un nuevo modo de vida, la producción agrícola y ganadera. En este sentido, pues, se realizarían las actividades colectivas de cultivo, desmonte, etc. Además, esta identidad comunal se refuerza a partir de los datos que disponemos sobre los sistemas funerarios y de intercambio. Los modos de enterramiento más frecuentes de esta fase inicial de neolitización europea son las sepulturas individuales en el interior de los asentamientos y la construcción de algunas necrópolis aisladas. Pero, según las regiones, las prácticas funerarias se diversifican, como sucede, por ejemplo, en Gran Bretaña, con la construcción temprana de monumentos funerarios megalíticos, con estructuras tumulares y murales de tierra, madera o piedra, de carácter colectivo. También en el norte de Polonia aparecen los primeros enterramientos monumentales, las tumbas kujavienses (recubiertas por largos montículos definidos por grupos oblongos o triangulares de piedra), así como en Dinamarca y el norte de Alemania, con las cámaras megalíticas cerradas señalizadas con túmulos (Dyssen). En general no existe una diferenciación profunda entre los tipos de estructuras y ajuares, a excepción de algunos aspectos muy concretos. En la necrópolis de Nitra (Checoslovaquia), los ancianos inhumados reciben un trato diferencial; la uniformidad en la construcción de los túmulos megalíticos (del V milenio en adelante) puede tener una doble interpretación, pues o bien significa que se entierran determinados segmentos de la población (aparición de pocos esqueletos en túmulos de larga perduracion, como el de West Kennet) o, contrariamente, son focos de cohesión social, al tratarse de elementos y puntos de atracción socio-ideológica (al igual que las necrópolis). Diversos autores asocian el patrón de distribución funerario al patrón de asentamiento disperso: en zonas como el Danubio inferior, las costas del mar Negro y las llanuras húngaras. También a través del estudio del intercambio podemos analizar algunos elementos de las relaciones entre las comunidades. El desarrollo del intercambio de materiales no parece muy uniforme pero sí significativo de la preservación de las relaciones comunales. En la distribución de las materias primas destaca la circulación del Spodylus gaederopus del Mediterráneo oriental, con los que se fabrican brazaletes, cuentas y discos ornamentales y que llegan hasta la cuenca de París. Su dispersión se ha relacionado con la primera ocupación de las tierras loésicas. También se conoce la circulación de la obsidiana, desde los lugares de origen (Melos, Cerdeña, Lípari...) hasta la Europa central, y de sílex, por ejemplo, en los circuitos del norte de Polonia al norte de Europa, de Dinamarca hasta la península escandinava y la extensión de las hachas de piedra bretonas por toda la zona francesa (al igual que sucede entre el sur de Gran Bretaña y el resto de la zona insular). Se documentan, pues, las primeras minas europeas (Spiennes, Bélgica). Al margen debemos considerar la circulación de algunos de estos elementos como bienes de prestigio, pero seguramente a una escala no muy importante, sólo en aquellos casos en que las mismas fuentes de origen ofrecen escasas cantidades del producto en cuestión (por ejemplo, el Spondylus). En conjunto, y con el tiempo, se va hacia el desmembramiento de la uniformidad social-territorial (como la desintegración de la cultura de la cerámica de bandas que tiene su auge sobre el VI-V milenios). El proceso conllevará la reducción paulatina del tamaño de las agrupaciones culturales, una presencia mayor de la jerarquía interna y el desarrollo de una reciprocidad más restringida. Hemos visto, pues, una gran variedad en los tipos de organización social y en los mecanismos de desarrollo de las primeras comunidades agrícolas. De todas formas, el proceso de cambio del IV milenio en la Europa templada no se puede contrastar fácilmente, ya que en la misma diversidad del registro podemos leer la posibilidad del desarrollo de diversos tipos de organización social.
Busqueda de contenidos
contexto
Aunque los Incas lograron el mayor proceso de integración en el mundo andino antes del establecimiento del virreinato, no podemos desconocer la existencia de otras culturas, algunas de ellas verdaderamente ricas, en la región. En ellas encontramos algunos rasgos y patrones de comportamiento que cristalizarán en el Imperio de los Incas, pero que tienen su origen en tiempos muy remotos. Gráfico En la idílica visión que el indio yarovilca aculturado Guamán Poma nos ofrece del pasado preinca, señala que en la etapa de los purunruna, en los Andes "no había adúlteras ni putas. Se casaban vírgenes, y lo tenían por honra". Ciertamente no hemos de seguir al pie de la letra el relato de un cronista que no tiene demasiado aprecio por los incas. Pero nos sirve como introducción para comprender que "había vida" antes del incario. Que aunque no sobran los datos para conocerlas, otras culturas se asentaron en el espacio andino antes de la expansión inca, y que probablemente algunas de estas culturas perduraron y coexistieron con las fórmulas impuestas por el estado Inca. Cieza de León, en su Crónica del Perú, que describe casi en el primer momento de la presencia española la realidad que contemplaron los soldados, habla de la costa norte de Sudamérica y describe unos comportamientos que pueden llevarnos a considerar que estamos ante una cultura de tipo matriarcal. Esta afirmación se deduce de las leyes de sucesión descritas por Cieza, según las cuales en el reino de los Muiscas, en la actual Colombia, la herencia recaía sobre el hijo de la hermana. En su recorrido por las regiones del Norte, Cieza va recopilando noticias de los pueblos que atraviesa, y nos las dejó por escrito, quizá sin entrar a valorar la verosimilitud de lo que cuenta. Entro otras cosas, nos dice que cuando moría un señor enterraban con él a sus mujeres y servidores, además de diversos objetos que necesitaría en la otra vida. También describe las costumbres antropófagas de algunos de los pobladores, que les llevaba a comerse a sus propios hijos. En cuanto a las relaciones entre personas de ambos sexos, afirma que no tenían en gran estima la virginidad para las mujeres antes del matrimonio. Incluso podía ser un motivo de desprecio el que una joven llegara doncella a casa del marido. Así, describe Cieza que en algunas regiones de Quito, "cuando casan las hijas y se ha de entregar la esposa al novio, la madre de la moza, en presencia de algunos de su linaje, la corrompe con los dedos. De manera que se tenía por más honor entregarla al marido con esta manera de corrupción que no con su virginidad. Ya de la una costumbre o de la otra, mejor era la que usan algunas destas tierras, y es que los más parientes y amigos tornan dueña a la que está virgen, y con aquella condición la casan y los maridos la reciben." (La Crónica del Perú, capítulo 49) Aunque el propio Cieza señala al inicio de sus descripciones que el incesto estaba prohibido, parece que a medida que va avanzando hacia el sur esta prohibición se va atenuando, hasta que desaparece. Es precisamente entre los muiscas colombianos donde se desarrolla una de las leyendas que darán origen al mito del Dorado. Cuentan que en la laguna de Guatavita se realizaban ofrendas de oro a una diosa que habitaba en la laguna. También estos pueblos tenían veneración a una diosa relacionada con la fertilidad, de rasgos asociados con la luna. En cualquier caso, aunque las diferentes variantes de leyendas y tradiciones hacen difícil conocer con exactitud la relación entre lo masculino y lo femenino, lo cierto es que, al menos como concepto ritual y religioso, el elemento femenino unido a las fuerzas de la fertilidad tenía gran importancia entre los antiguos habitantes de la actual región norandina. También corresponden a la actual Colombia las piezas que constituyen el llamado "tesoro de los Quimbaya", del Museo de América de Madrid. Entre ellas se han encontrado varias figurillas de oro elaboradas con enorme delicadeza. No se sabe con certeza si estas figuras son ídolos religiosos o representan a caciques, lo que se podría deducir de su postura sedente. Entre ellas hay algunas que presentan rasgos femeninos, destacados precisamente por representar personajes desnudos, portando únicamente atributos de mando. Nuevamente son muestra de la importancia de la mujer o de lo femenino en estas regiones.
contexto
A lo largo de los siglos XI al XIII, la sociedad urbana comenzó siendo una agrupación simple, espontánea o dirigida, de campesinos, artesanos y, en algunos casos, caballeros, vinculados social y económicamente al medio rural, pare ir ofreciendo una evolución hacia formas complicadas y heterogéneas que fueron inclinando el poder inicialmente comumal en favor de minorías oligárquicas de componente señorial, burgués o principesco. Por ello no se puede hablar de una sociedad unívoca y separada del resto mayoritariamente campesino, porque aparecen sociedades urbanas distintas según las diferentes características de las ciudades medievales. El panorama es, por tanto, muy dispar, pues en las ciudades de mayor o menor rango encontramos desde gente modesta a grandes mercaderes y hombres de negocios, desde residentes dependientes del poder señorial en los burgos hasta auténticos burgueses de libre condición, desde familias humildes hasta patricios encumbrados que forman estirpes dominadoras del poder económico y social. Pero la sociedad urbana es contradictoria y en su seno surgirán diferencias abismales que el mundo rural no había conocido, pues aquí las solidaridades serán más gremiales y corporativas que asistenciales, con el resultado del abandono, la miseria y la pobreza urbana, más dramática que la rural. Como recuerda G. Fourquin, desde el siglo XI el artesanado rural comienza a instalarse en la ciudad organizándose en oficios especializados, a la vez que se diversifica y llega a crear potentes sectores casi industriales (como sucede con el textil). En la mayor parte de los casos, los artesanos instalados en la urbe rompen los lazos señoriales y se entremezclan con quienes procedían de un estado libre, pero unos y otros se promocionan, actualizan sus técnicas y hasta se enriquecen; sobre todo cuando se integraron en corporaciones privilegiadas que llegaron a monopolizar sectores enteros de la producción y a controlar el mercado local o regional, compitiendo con los grandes mercaderes que copaban los mercados internacionales pero que chocaban en las ramificaciones comarcales con ellos. Poco a poco el numero de corporaciones profesionales fue aumentando hasta el caso de París, que contaba en el siglo XIII con 130 profesiones artesanas; aunque lo normal era que las ciudades se distinguiesen por alguna de ellas: zapateros en Ruan, tejedores en Colonia o peleteros en Estrasburgo. Profesiones en las cuales la división entre maestros, oficiales y aprendices estableció una jerarquía laboral que mantuvo rígidos esquemas de comportamiento y acceso pluriforme, y en el caso de los primeros cierta influencia concejil y municipal. Algunas corporaciones incluso formaron sociedades monopolizadoras de fabricados que, en el caso de ciudades del norte de Italia, como Florencia, constituyeron hasta siete grandes oficios, entre los que se contaba el llamado "arte di calimala" (de la lana y la seda), y que integraron el "popolo grasso" que dominaba la "Signoria" junto con los cinco "artes medios" y los siete "artes minores" a finales del siglo XIII. Pero la situación italiana era excepcional, porque en la mayoría de las ciudades europeas los artesanos verían dificultada su aspiración de acceso al gobierno municipal por los señores laicos o eclesiásticos, la autoridad regia y principesca o la burguesía del gran comercio y los negocios. En todo caso, lo que caracteriza a la sociedad urbana del siglo XIII, al final del proceso formativo, es su organización y estructuración en provecho de las minorías, ya fueran éstas oficiales, patricias o señoriales, mientras que las corporaciones artesanas proporcionaron fuerza militar y recursos en momentos de dificultades, así como una base social de defensa de sus intereses y cobertura de sus necesidades solidarias a través de cofradías y hermandades que compaginaban el carácter benéfico-asistencial con el gremial. La proliferación de corporaciones es el resultado de la división del trabajo que caracteriza a la ciudad frente a la producción rural artesana menos profesionalizada, favoreciendo la aparición de una jerarquía profesional que incluye asimismo a las gentes de leyes, escolares y funcionarios. Pero existe en las ciudades otra jerarquía de carácter político, confundiéndose con la anterior con cierta frecuencia y rivalizando con ella por el dominio del poder municipal, que no se manifestaba exclusivamente en el gobierno de la ciudad, sino también en el control de la economía y las finanzas. De ahí que la burguesía sea la espina dorsal de la sociedad urbana, aunque convivan los grupos sociales burgueses con los jurídicos o los políticos. El burgués es, por tanto, el hombre completo en la ciudad desde el punto de vista jurídico. Goza de inmunidad, privilegios, participación en la organización urbana, en su enriquecimiento y hasta en su defensa; además forma parte del patriciado; patriciado entendido según los lugares de diferente manera. Así, por ejemplo, en Alemania comprende tres sectores: los grandes mercaderes (mercatores) que comercian a larga distancia, los ministeriales y los propietarios libres de tierras; pero no se incluyen los artesanos como en Italia, y sólo los patricios dominan las asambleas políticas y los intereses municipales, junto con algunos señores según las circunstancias. Las fortunas de esta poderosa burguesía se funden o se hunden según los avatares propios o ajenos, pero dichas fortunas se invierten en mejorar las tácticas, ampliar los negocios o adquirir bienes fundiarios, convirtiendo a algunas familias burguesas en señores de campesinos dependientes. Los abusos cometidos por el gobierno de las ciudades obligó a intervenir al poder real. El testimonio de Philippe de Beaumanoir, al servicio del rey de Francia, sobre el particular podría extenderse a muchas villas y poblaciones: "Vemos cómo en muchas ciudades los medianos y los pobres no tienen participación alguna en la administración de las mismas, y son los ricos los que gobiernan por su naturaleza o su golpe de fortuna. Así un año es uno de ellos quien ocupa un cargo, al año siguiente es su hermano o pariente; y a menudo descargan la contribución al bien común en los humildes y necesitados, evitándose ellos su aportación". De cualquier forma, si el cimiento de las sociedades urbanas comenzó siendo el conjunto de la gente del común que actuaba a través de lazos de solidaridad, la ciudad acogía a otras gentes que gozaban de inmunidad y privilegios desconocidos incluso por el común, como, por ejemplo, los milites y ministeriales de las ciudades imperiales y episcopales. Y en ese conjunto se instalo una burguesía del gran o mediano comercio, de las grandes corporaciones artesanas y de las finanzas que en el siglo XIII tuvo que compartir espacio político y social no sin enfrentamientos, conflictos y antagonismos que, en muchos casos, perduraron hasta el final de la Edad Media. Así, pues, la diferenciación social produjo también marginalidad y alienación económica (pobres y desheredados), religiosa (judíos), profesional (aprendices) y doméstica (fámulos, servidores o dependientes). Por ello, las nuevas órdenes religiosas propiciaron su instalación en las ciudades y alternaron otras dedicaciones con la atención de los necesitados, como ocurrió con los dominicos y franciscanos, introducidos también en las Universidades que en algunas de las ciudades de Occidente comenzaron a surgir desde finales del XII y a lo largo del siglo XIII (Bolonia, París, Salamanca). La diversidad social en el medio urbano provocó a la larga la formación de una mentalidad antifeudal que, en ocasiones, sirvió a los poderes públicos para contrarrestar el enorme peso de la aristocracia y obtener frente a ella logros y triunfos sonados que reforzaron el poder monárquico. Como afirmaba recientemente Benevolo, la creación del sistema urbano europeo a expensas del auge demográfico-social y económico desde el siglo XI a la recesión del XIV, se contempló en su momento como una aventura abierta hacia el futuro desconocido. Quienes, como Dante, a caballo de los siglos XIII-XIV, añoraban la ciudad rodeada de murallas de antaño y denostaban, en cambio, la ciudad coetánea con "nueva gente y ganancias aceleradas", chocaban abiertamente con los viajeros y cronistas que se extasiaban del impacto favorablemente, mostrando el contraste de dos maneras de entender el fenómeno urbano en toda su complejidad. En pocos siglos, la relación entre las ciudades europeas y las orientales se invirtió. Las grandes ciudades del pasado se resienten y declinan: Constantinopla tras la conquista de los cruzados en 1204, Bagdad después de la invasión mongola de 1258, Palermo tras la conquista de Carlos de Anjou en 1266. En cambio las ciudades europeas crecieron, se multiplicaron y diversificaron. Ni siquiera Marco Polo cuando visita China entre 1274 y 1291, con grandes ciudades que sobrepasan el espacio urbano europeo, se resiste a equiparar estas urbes extremo-orientales con Venecia. La urbanización de Europa entre los años 1050 y 1350, en ese tiempo que Benevolo califica como el de "la formación de un nuevo sistema de ciudades", fue un acontecimiento decisivo, pero decisivo porque originó un nuevo orden social que tuvo en la ciudad su ámbito de desarrollo. Ambos sistemas, el urbano (topográfico y urbanístico) y el humano han pervivido, en la mayoría de los casos, hasta nuestros días. Es una herencia que nos ha legado la misma noción de ciudad como un "sujeto individual" y animado que "no se puede reducir, a las recientes formalidades de las instituciones nacionales y supranacionales". Muchos discursos teóricos sobre la ciudad (como estado de ánimo, conjunto de costumbres y tradiciones, actitudes y sentimientos organizados en el seno de estas costumbres y transmitidos mediante dicha tradición) se basan en el recuerdo idealizado de la época creativa medieval (siglos X al XIV)". Pero nada impide, ampliando al autor mencionado, que desde una visión retrospectiva se pueda ver cómo fueron a la vez la ciudad y la sociedad que la animó y engrandeció, con solución o sin solución de continuidad respecto, del pasado antiguo y altomedieval. Porque la ciudad de la plena Edad Media transformó el entorno al importar del medio rural materias primas y alimentos, pero también porque atrajo del campo a sus pobladores, de forma que ya en estos siglos se produjeron despoblados como consecuencia de la instalación de sus miembros en las ciudades. Volviendo a Pirenne (un clásico redivivo de la interpretación del fenómeno urbano europeo durante la Edad Media), recordamos su afirmación de que a medida que se acentuó el renacimiento comercial, las colonias mercantiles de las ciudades o de los burgos crecieron ininterrumpidamente y su población aumentó según la vitalidad económica de cada caso. "Cada uno de los nudos del tránsito internacional participó naturalmente de la actividad de éste y la multiplicación de los comerciantes tuvo necesariamente como consecuencia el crecimiento de su número en todos los lugares donde se había asentado inicialmente, porque estos lugares eran precisamente los más favorables para la vida comercial. Si estos lugares atrajeron a los comerciantes antes que otros fue porque respondían a sus necesidades profesionales mejor que los demás. Así se puede explicar de la manera más satisfactoria, por que, por regla general, las ciudades comerciales más importantes de una región son también las más antiguas". El que los burgueses-comerciantes se instalasen en medio o al lado e incluso fuera de los recintos iniciales y de la población preexistente -según se tratase de ciudades, burgos (con su vetus burgus y su novus burgus) o portus (Países Bajos e Inglaterra) (recinto cerrado, y no marítimo necesariamente, para guardar las mercancías de paso)- no impide abundar en el hecho de la importancia que tuvo la instalación, en una población monolítica socialmente que guardaba todavía la organización y mentalidad campesina, de un conglomerado de mercaderes, artesanos especializados, caballeros, funcionarios y clérigos que iban a romper el estatismo social antagónico de señores y campesinos en favor de grupos más dinámicos y emprendedores.
contexto
Sabemos hoy, ciertamente, todavía poco sobre la sociología de la producción y el consumo de la cultura en España. La primera cuestión a desbrozar es la de la identidad de los escritores en la España del Siglo de Oro. Noél Salomon en 1972 estableció tres tipos de escritores en la España del Siglo de Oro: 1) Los escritores aristócratas, para quienes tomar la pluma es un arte noble del espíritu, un lujo en su existencia social palaciega. Tal es el caso del marqués de Santillana o Garcilaso de la Vega. 2) Los escritores artesanos, para quienes escribir es una profesión, una actividad para ganar el pan cotidiano. Entran en esta condición los juglares medievales, los poetas maestros de capilla (Juan de la Encina, Lucas Fernández) y los poetas secretarios capellanes del tipo Lope de Vega hacia 1600. Unos y otros viven de la pluma a la sombra del roble señorial. 3) Escritores de mercado. El ejemplo más expresivo es Lope de Vega después de 1610. El teatro fue para él un importante medio de vida. Por una comedia cobraba poco más de 300 reales. De ellos, para Salomon, el tipo más frecuente de escritor fue el apoyado por el mecenas. Sin embargo, el mecenazgo en España fue limitado. La burguesía mercantil, protectora de intelectuales en otros países, fue escasa. Participó más en el mecenazgo la nobleza, sobre todo en la primera mitad del siglo XVI. El conde de Tendilla, al que alababa Pérez del Pulgar por su conocimiento de Salustio, protegió a su llegada a España a Pedro Mártir de Anglería. Diego Hurtado de Mendoza mantuvo una fructífera relación con Páez de Castro y el duque de Gandía protegió a Juan Andrés Estrany, comentarista de Plinio. Hernando Colón hizo venir a Juan Vaseo a trabajar en la biblioteca colombina y tradujo la Mecánica de Aristóteles. El conde de Ureña fundó en 1548 la Universidad de Osuna. El marqués de Mondéjar, don Gaspar Ibáñez de Segovia, brilló por sus estudios de crítica histórica. La duquesa de Calabria fue la gran protectora del grupo científico renovador de la Universidad de Valencia en 1540. Pero la realidad es que sólo una minoría de la nobleza ejerció directamente el apoyo a las actividades de los humanistas. La mayoría se proyectó hacia tareas de gobierno, guerra o diplomacia. En 1534 el humanista Francisco Decio compuso un diálogo con el título Paedapectitia (aborrecimiento de la educación), en el que el protagonista refutaba los argumentos del caballero Geraldo, quien sostenía que los estudios no se acomodaban a la dignidad del caballero. Juan Costa, catedrático de la Universidad de Salamanca, afirmaba en 1578 que los nobles tenían a gala su pésima escritura. Juan de Mal Lara llega a decir que "aún es señal de nobleza de linaje no saber escribir su nombre". Pedro Mártir, llamado por el cardenal Mendoza a Granada para enseñar Humanidades a los jóvenes nobles, decía: "Estos aborrecen las letras. En efecto, estiman que las letras son un impedimento para la milicia, la única cosa, dicen, por la que es glorioso esforzarse". El proteccionismo nobiliario sólo se dejó sentir -y únicamente en las ciencias- a fines del siglo XVII. La Corona ejerció, asimismo, un notable mecenazgo. La reina Católica comenzó a estudiar latín en 1482 en sus esfuerzos por instruir a la nobleza cortesana. Desde 1487 figura en las cuentas del Tesorero Real Gonzalo de Baeza el nombre de Beatriz Galindo, la Latina. La preocupación de Isabel por la educación intelectual de sus hijas contrasta, por cierto, con el desinterés que Carlos V manifestó por la educación de las suyas. La labor de Pedro Mártir de Anglería como capellán y maestro de los caballeros de la corte en las artes liberales, desde 1492 a 1516, fue reconocidamente útil. A la muerte de Fernando el Católico, Cisneros suspendió la asignación de 30.000 maravedíes anuales que por su magisterio le había otorgado a Pedro Mártir la reina Isabel. Durante el reinado de Felipe II, Checa ha puesto de relieve el importante papel del rey en el mecenazgo artístico. El eje Amberes-Roma-Madrid tuvo enorme importancia. Destacaron en este sentido hombres vinculados a la corte como Granvela, Antonio de Mercader, Pau de Castro y otros personajes. López Piñero, Goodman, Vicente Maroto y Pivicio han destacado el papel del poder real en la organización de la actividad científica. Testimonios expresivos de ello fueron las Relaciones Topográficas de Felipe II, la expedición científica a México de Francisco Hernández de 1571-1577, la unificación de pesas y medidas, la promoción de la ingeniería militar, etcétera. A fines del siglo XVI la nobleza empezó a ir superando el tradicional concepto de la incompatibilidad de las armas con las letras. El arte participó de la misma situación que la literatura. La clientela, ya eclesiástica (cabildos catedralicios, curas párrocos, frailes, monjas...), ya civil (cofradías, hermandades, corporaciones, mayordomos, etcétera), por regla general encargaba pinturas para ser objeto de la devoción en iglesias, capillas y conventos. Son escasos, en cambio, los encargos, limitándose éstos a los más domésticos para los oratorios de las casas o las imágenes religiosas de alcoba. Los pintores, agrupados en gremios, con talleres de empresa artesanal y familiar, con una organización aún medieval y una posición pecuniaria mediocre, tenían que vérselas con unos clientes o mandatarios que no les concedían una consideración social semejante a la que ya tenía el artista en Italia o en Francia. Sólo los pintores de cámara y en especial Velázquez pudieron escapar, en gran parte, a una situación precaria de trabajo propia de una sociedad estamental, sin movilidad de clases y lentas reacciones estructurales. B. Bennassar, J. Elliott y J. Brown han demostrado, sin embargo, contra la interpretación de Bonet Correa, que en España hubo abundante coleccionismo artístico de la monarquía, de la nobleza y hasta de la burguesía. El marqués de Leganés, el conde de Monterrey, Jerónimo de Villanueva..., destacaron como expertos comisarios del rey para la compra de cuadros. El pintor Velázquez compró cuadros en Italia para el rey como la Venus y Adonis de Veronés y el Paraíso de Tintoretto. Pero no sólo brillan las colecciones del rey. Los inventarios de bienes de nobles y burgueses reflejan el interés por el arte. Colecciones como la del marqués de Carpio, Juan Viancio Lastonosa, los ya citados Leganés y Monterrey y el almirante de Castilla o el duque del Infantado son bien significativos. Incluso un comerciante como Pedro de Arce tenía una impresionante colección en la que destacaba las Hilanderas de Velázquez. Volviendo a la literatura, diremos que la clasificación de Salomon es muy superficial. Alberto Blecua ha subrayado las variaciones en la identidad de los autores en función del género cultivado. Los poetas presentan una facies sociológica compleja. Al lado de autores como Zapata, que pagó 400.000 maravedíes para imprimir su Carlo famoso, y que entraría dentro del grupo de aristócratas, vemos a autores de todo pelaje social; desde los que escriben por razones de utilidad -caso de los místicos y jesuitas- a los que sólo aspiran al fresco soplo del viento de la fama. Lo que parece evidente es que no son muchos los poetas que imprimieron sus obras y, desde luego, sus beneficios económicos fueron escasos. Las obras de Garcilaso y Quevedo fueron un éxito editorial, pero ello a quien benefició fue a los editores. Quizá sólo Lope obtendría directamente ganancias de su producción poética. Tampoco los poetas épicos compusieron obras por obtener beneficios. En su caso, sus elogios a determinadas familias ilustres propiciaron el mecenazgo. La dignidad de la poesía épica permite el acceso a la misma de una amplia gama de escritores, desde los procedentes de la gran nobleza a los simples soldados testigos presenciales de tales o cuales hechos militares. La novela sentimental entraba en la categoría poco definida de tratado y estaba compuesta generalmente por secretarios, es decir, profesionales de la pluma. Este género pertenece a la tradición humanista y desaparece hacia 1550. La novela de caballerías, con un centenar de títulos y más de 250.000 volúmenes impresos, es el género que más se presta a una fabricación en serie. Criticado por los moralistas y erasmistas, el libro de caballerías presenta cierta tendencia al anonimato y sus autores, salvo Fernández de Oviedo, Feliciano de Silva o Jerónimo de Urrea, son hombres un tanto oscuros en la historia literaria. Después de 1550 el género entra en crisis por la extensión enorme de sus textos, renaciendo de modo impresionante en la década de 1580-90, con nada menos que 31 ediciones que algunos historiadores han relacionado con la preparación de la Armada Invencible. La pervivencia del consumo de las novelas de caballerías a lo largo del siglo XVI y XVII no es incompatible con la realidad de un abandono de este género a mediados del siglo XVI por parte de los autores jóvenes, autores que no se habían formado en la tradición literaria del siglo XV. Desde mediados del siglo XVI, efectivamente, comienzan a desaparecer los libros de caballería originales, paralelamente a la escalada de la novela pastoril. De este género sólo fueron éxito editorial la Diana de Montemayor, Alonso Pérez y Gil Polo; la Arcadia de Lope, el Pastor de Filida de Gálvez de Montalvo y la Galatea de Cervantes. Fue un género culto, refinado, que se prestaba a ser abordado por secretarios e intelectuales cortesanos, que escribieron muchas veces en clave y con alusiones veladas a los lectores de su clase social. Sin embargo, vemos entre sus cultivadores gente muy variada: condes como don Gaspar Mercader; sacerdotes como Balbuena; médicos como Pérez; traductores como Texeda; notarios como Gil Polo, cantores como Montemayor; soldados secretarios o soldados poetas como Cervantes, Gálvez de Montalvo y Lofraso; secretarios como Lope y estudiantes jóvenes como Gonzalo de Bobadilla. La novela bizantina contó con pocos cultivadores aunque de reconocido prestigio, como Cervantes, Lope o Gracián. Todo lo contrario ocurrió con la novela corta. Salas Bobadilla y Castillo Solórzano se convierten en verdaderos fabricantes de novelas cortas. Asimismo contó con muchos autores la novela picaresca, tanto por el carácter proteico del tema como por el éxito fulminante del Guzmán de Alfarache. Al filón de la picaresca acudieron desde los poetas y novelistas conocidos como Quevedo, Salas Barbadilla, Castillo Solórzano, Espinel, Cervantes, a escritores accidentales como Alcalá Yáñez, López de Ubeda, Carlos García -los tres médicos-, Juan de Luna -traductor-, o Gregorio González y Martí, jesuitas. Los primitivos autores teatrales en lengua vulgar son secretarios -Francisco de Madrid-, organistas y músicos -Lucas Fernández, Encina, Gil Vicente-, clérigos -Diego Sánchez de Badajoz, Díaz Tanco, Torres Naharro- y estudiantes de escaso renombre. Sus obras, por lo general, están compuestas para ser representadas en los palacios o en las iglesias, con motivo de festividades religiosas, y en algunas ocasiones se escriben a petición de los mecenas o de los ayuntamientos. Hasta 1530 no hay noticias de actores profesionales, por lo que no se establecía entre el público y el autor ningún elemento mediador. Los primeros autores-actores profesionales fueron Lope de Rueda y Alonso de la Vega. El teatro fue el género más comercial. La demanda extraordinaria del mercado generó una fabricación casi en serie. Lope y Calderón, sobre todo el primero, pudieron vivir de la comedia aparte de sus mecenas. El mercado, en el siglo XVII, marcaba ciertamente sus pautas.
contexto
Bajo este epígrafe vamos a revisar diferentes aspectos que nos informan acerca de cuestiones relativas a los retratados y la sociedad en la que vivieron, de la que fueron sujetos activos y pasivos. Desgraciadamente los datos arqueológicos fiables que acompañan al bloque de retratos en nuestro país son escasos, o cuando menos insuficientes. Existe además otro problema añadido, y es que el lugar de aparición de un retrato no siempre corresponde con el espacio original para el que fue concebido. En este orden de cosas, es una tarea ardua reconstruir la ambientación en que se expusieron estos retratos y la finalidad para la que fueron encargados. Los trabajos al respecto se limitan al terreno de la mera hipótesis. Tengamos también en cuenta que un retrato, aun siendo material pesado, es una obra fácilmente transportable, y que la localización última, por circunstancias de su propietario, podía ser aleatoria. Los particulares que encargaban un retrato podían destinar éste a tres posibles usos: doméstico, funerario y públicoconmemorativo. Las casas romanas mostraban a sus visitantes las efigies de sus antepasados, imagines maiorum, como modernamente aparecen los blasones en las fachadas de nuestros pueblos. No olvidemos que, si bien el retrato se generaliza con rapidez, nace como estigma de prestigio social. Un magnífico ejemplo de este sentido son la casas pompeyanas, nutridas de retratos particulares. El retrato doméstico era fundamentalmente de busto, para acoplar a un soporte o pedestal. Se situaba según la entidad del representado: la región más destacada de la casa se reservaba para el pater familias. En los espacios ajardinados acompañaban a ciclos estatuarios, que simbolizaban creencias o gustos personales. No sólo encontramos retratos personales en las viviendas, también aparecen piezas que representan personajes públicos, en alusión a una posible clientela del propietario. Las villae nos han dispensado alto número de piezas contextualizadas en los establecimientos del territorio de las grandes ciudades. Son interesantes estos casos porque además de colaborar en las dataciones de algunos entornos problemáticos, confirman la dispersión productiva de los talleres urbanos. Mayoritariamente los retratos se asocian con los recintos funerarios, con las áreas de necrópolis. En la Península son de destacar los grupos de Carmona y Mérida. La versatilidad de los soportes retratísticos va paralela a la variedad tipológica de las construcciones funerarias. El hecho de que los retratos estén presentes en placas para empotrar, estelas, altares, sarcófagos, bustos y estatuas corrobora la primacía funeraria. El tipo seleccionado iba en función del monumento elegido, y éste del rango del difunto. Ya hemos visto también cómo algunos tipos funerarios crearon un estilo propio en ciertas zonas, caso de altares y estelas emeritenses. Cada época poseía su variante peculiar de moda. En la Península lo más frecuente son las cabezas-retrato de primera etapa y los bustos. Conocemos la existencia de algunos grupos estatuarios sedentes, pero existen ciertas lagunas de otros tipos: estatuas ecuestres, heroicas, etc. El retrato del entorno funerario jugaba un esencial papel simbólico en las celebraciones rituales en honor del difunto, siendo la encarnación más perfecta del fallecido. Los encargos de retratos particulares destinados a este medio provenían de familiares y herederos, o bien de personas estrechamente conectadas al difunto por otros vínculos: servidumbre, agradecimiento, etc. Como hoy, los ciudadanos hispanos se hacían retratar en vida pensando en el futuro fin funerario de la obra. Los datos epigráficos son reveladores de esta costumbre, normal entre los romanos. Las condiciones económicas de financiación del monumento y los retratos dispuestos en él están expresadas sin reparo. Es difícil calcular el coste de un retrato; en el precio final influirán factores como el material, tipo elegido, taller y localización del mismo. Las piezas individuales costarían más que las seriadas. En las estatuas-retrato los cuerpos estarían dispuestos en el taller y sólo habría que añadir la cabeza; por eso en ciertas estatuas-retrato no se corresponden cronológicamente cabeza y cuerpo. Cuando comprobamos que muchas piezas, estelas funerarias, responden a un patrón similar, podemos pensar que el trabajo se realizaba en serie como consecuencia de la popularización de estos monumentos de bajo coste. Gracias al texto complementario que suele acompañar al retrato funerario establecemos el grupo social al que pertenecía el individuo. Si carecemos de dicha información, la simple observación de un retrato resulta elocuente para precisar el estamento del difunto, no sólo por aspectos formales de tipología sino por notas simbólicas que reciben algunas obras. Cuando un retrato privado aparece en un contexto oficial religioso o político abandona su rango particular para asociarse con la producción oficial, pues el entorno condiciona la esencia de la obra. Puede representar a un personaje desconocido a nuestros ojos, aunque seguramente para la colectividad en la que vivió tuvo un papel relevante, tal vez en la escala de valores cotidianos superior a estratos imperiales, con frecuencia inalcanzables. Teniendo en cuenta la oscilación realismo-idealización que caracteriza a los retratos, existen algunas notas que denuncian factores sociológicos de estas obras. Los rasgos faciales establecen categorías étnicas, defectos físicos patentes o simbologías sociales. El retrato nos acerca a la edad del representado, aunque carezca de texto que la refleje exactamente. Este dato favorece el cálculo de la esperanza de vida, que nos habla de alta mortalidad infantil y mayor esperanza para el género masculino que femenino. Es elocuente el empleo de ciertos convencionalismos artístico-formales como la reducción intencionada de personajes retratados en un grupo. Los conjuntos familiares muestran en menor tamaño a la mujer cuando quieren indicar su distinta extracción social. La situación en distinto plano del relieve es otro uso interesante. Muchas obras incluyen en el texto la actividad profesional del difunto, y además también acompañan al retrato algunos elementos y útiles de trabajo para recordarlo. Por medio de un retrato es posible intuir el grupo étnico de origen del personaje en cuestión; además de las facciones del rostro, el peinado o adorno adscribe al representado en su grupo. Los gustos personales del vestido y peinado, aparentemente fruto de una moda pasajera y fortuita, hemos de considerarlos a la hora de trazar un perfil del retratado. La riqueza de la indumentaria no sólo refleja su status, también el empleo de adornos y útiles coloca al individuo en distinto sector: el uso de la toga, la aparición en niños de bullae, el tocado de la cabeza, las armas u objetos portantes, etc. Todo este atrezzo que acompaña a un retrato es capital en el tejido de la trama social del pueblo hispanorromano.
obra
El rey Felipe IV hizo construir el Palacio del Buen Retiro. En su sala más importante, el Salón de Reinos, decidió colocar imágenes de las batallas más célebres de su reinado, que anunciaba sin embargo la crisis a la que se enfrentaría el imperio español. Los autores que trabajaron allí fueron los mejores del momento, y este Socorro de Génova compartió protagonismo con La Rendición de Breda, de Velázquez, o la Recuperación de Bahía de Brasil, de Maíno. El autor de este cuadro era muy joven cuando lo llevó a cabo, por lo que resulta admirable su excelente técnica. Podemos adivinar en sus rasgos que sus maestros en la pintura fueron Velázquez, a cuya influencia en la Corte era imposible sustraerse, y los maestros venecianos. Así, Pereda resulta un maestro del colorido cálido, el dinamismo en la composición y la perspectiva atmosférica, tan bien representada por Velázquez. La juventud del autor tan sólo se nota en la falta de soltura a la hora de componer la escena, que parece algo teatral y pomposa, lejos de la fluidez natural que exhiben los personajes de Velázquez.
Personaje
Literato
Entre los filósofos más importantes del mundo griego encontramos a Sócrates, el maestro de Platón. Pertenecía a una familia de cierto poder adquisitivo ya que participó en las batallas de Potidea, Delio y Anfípolis como hoplita, sufragando los importantes gastos que conllevaba el coste del equipo. Atenas será el lugar donde Sócrates pase toda su vida, interesándose por la educación de los jóvenes y abandonando la política. Sus dos actuaciones en la política ateniense provocaron un grave peligro para el filósofo, consiguiendo salvarse por la conflictividad que vivía la ciudad. No ocurrió lo mismo cuando los demócratas le acusaron de impiedad y de pervertir a la juventud, siendo castigado a beber la cicuta que le produciría la muerte. Por coherencia con su estima de la justicia y su propia conciencia, Sócrates renunció a huir y librarse de la condena. Sócrates no dejó ningún escrito y lo que sabemos de su obra se debe a terceros, especialmente a Platón pero también a Jenofonte, Aristófanes y Aristóteles. Se le considera el fundador de la filosofía antropológica, partiendo de la máxima "conócete a ti mismo". Siendo consciente de la propia ignorancia, gracias a su método inductivo a través de diálogos, intentará alcanzar una verdad universal que sea admitida por todos. De esta manera el ser humano podrá alcanzar la Virtud a través de sus actos. La Virtud permite obtener la felicidad. El "daimónion" o voz interior se convierte en la única guía moral.
contexto
Sócrates (469-399) supera el escepticismo sofista y crea la filosofía antropológica al contraponer a la sensación la universalidad de la razón. El hombre debe alcanzar la verdad mediante el autoconocimiento ("conócete a ti mismo" será uno de sus planteamientos favoritos) y desarrollar su intelecto ("sólo sé que no sé nada"). La ignorancia nos llevará a la maldad, por lo que a través del conocimiento y la inteligencia alcanzaremos la virtud. Pero esa inteligencia hay que desarrollarla, estimulando la búsqueda del conocimiento y de la razón "característica principal del hombre" según Sócrates. El daimónion (voz interior) constituye la única guía moral del individuo. Su oposición a las clases dirigentes provocó una acusación de impiedad y de corrupción de menores, por lo que fue condenado a beber la cicuta. Sus amigos y colaboradores le posibilitaron la huida de Atenas, opción que él rehuyó. Platón (427-347) debe este nombre a la amplitud de su espalda, considerándose que se llamaba Aristocles, como su abuelo. Oponiéndose a la relatividad manifestada por los sofistas, Platón se interesa por la doctrina de Sócrates, desde donde parte para desarrollar sus propios planteamientos, basados en la existencia del mundo de las Ideas y el mundo del Ser, contrapuestos al mundo de las Apariencias. La formación del mundo se debe a una inteligencia, a un demiurgo, que desarrolla las apariencias (no ser) tomando las ideas como punto de partida. El individuo está formado por cuerpo y alma, siendo ésta inmortal. Existe un número limitado de almas, por lo que es necesaria la reencarnación. Esta unión de alma y cuerpo es accidental y violenta. El Estado platónico está estructurado en tres clases: los filósofos, que gobiernan; los guerreros, que defienden a la sociedad, y los artesanos, que trabajan. La finalidad del Estado es que sus ciudadanos sean felices, por lo que la Justicia debe ser la rectora, junto a la Prudencia, la Fortaleza y la Templanza. Todos estos planteamientos están recogidos en sus principales obras como El banquete, La república, Timeo o Fedón, estructuradas en forma de diálogos, donde el protagonista es Sócrates hablando con sus discípulos. En el año 387 a. C. fundó la Academia de Atenas. Aristóteles (384-322) se formó en la Academia Platónica y fue nombrado preceptor de Alejandro por su padre, Filipo de Macedonia. A su regreso a Atenas fundó el Liceo, donde se desarrolla la escuela peripatética, denominada así porque los discípulos recibían la enseñanza mientras paseaban por el jardín. Aristóteles abarca todo el saber de su época, rechazando el idealismo platónico para fundar la lógica formal a través de su Organon donde basa la reflexión analítica, la construcción especulativa y el método empírico. El Organon está constituido por la Metafísica, la Física, la Lógica, la Política y la Retórica. La Metafísica estudia el ser en cuanto a ser, compuesto de materia y forma, por lo que el ser es múltiple y no único. Una de las más importantes aportaciones de Aristóteles es la relación entre potencia y acto. El paso de la potencia al acto es el devenir, devenir que implica la existencia de una causa primera, un "primer motor inmóvil" que sería Dios, la "causa de las causas". Alma y cuerpo forman un solo ser. El fin del hombre es la felicidad, siendo el Estado el lugar apropiado para alcanzar esa felicidad mediante la virtud. Las conquistas militares de Alejandro provocarán la expansión y el contacto de la cultura griega hacia Oriente. Aparecen en esta época helenística nuevas corrientes de pensamiento como las escuelas epicúrea, estoica o cínica, que se mantendrán hasta la época romana. Los epicúreos se interesan por el placer, por el goce continuo, siempre que ese disfrute sea regido por la inteligencia. La escuela estoica fue fundada por Zenón de Citio (335-264) y debe su nombre a las lecciones impartidas en un pórtico (stoa en griego). El acertado uso de la razón y la práctica de la virtud serán los dos puntales de esta filosofía, manteniendo siempre la independencia con el exterior. Los cínicos tuvieron en Diógenes de Sínope (404-323) a su máximo representante, siendo famosa la anécdota, posiblemente falsa, del encuentro con Alejandro. El monarca fue a visitar al filósofo, que vivía en un tonel y sin apenas recursos, ofreciéndole lo que quisiera. La respuesta de Diógenes fue que se apartara, pues le estaba quitando el sol.
Personaje
Pintor
En las primeras obras de Bazzi observamos una acentuada influencia de G. M. Spanzotti, influencia que abandonó después de su traslado a Milán en 1497 donde se interesará por el estilo de Leonardo, manifestando una especial admiración por el "sfumatto" y el claroscuro del maestro florentino. Desde 1501 vivió Bazzi en Siena recibiendo cierta influencia de Perugino y Pinturicchio que se aprecia en una mayor fluidez compositiva y formal. Su obra más importante durante esta estancia sienesa serán los frescos del claustro de Monteolivetto Maggiore que Signorelli no había concluido. Su buen amigo Peruzzi le incitará a trasladarse a Roma en 1508 recibiendo el encargo de decorar el techo de la "Stanza della Segnatura" en los Palacios Vaticanos. En la Ciudad Eterna será Rafael el maestro que más afectará a la evolución del estilo de Sodoma, especialmente en la decoración de uno de los dormitorios de la Villa Farnesina donde también trabajará Sanzio. En 1518 Sodoma regresa a Siena para decorar el oratorio de san Bernardino, apreciándose una mayor relajación en la influencia rafaelesca y un más acentuado provincianismo, trabajando en una línea manierista caracterizada por el patetismo de las expresiones que será de gran influencia para los artistas sieneses de esa generación como Beccafumi.