La evolución de la población japonesa en el siglo XVIII ha podido ser conocida con notable fiabilidad gracias a que el primer censo estadístico del período Tokugawa data de 1721. Si ningún historiador pone en duda el notable crecimiento de población durante la centuria precedente, respecto al comportamiento demográfico del siglo XVIII se oponen distintas versiones que enfrentan a quienes sostienen la existencia de crisis malthusianas con los que hablan de un modesto crecimiento. Para la historiografía clásica se produce un claro retroceso, mientras Hamley y Yamamura, estudiando la evolución de la población en las circunscripciones japonesas o kuni, en el período 1721-1872, prefieren hablar de crecimiento moderado al menos en las dos primeras décadas del siglo, atenuado después por la existencia de crisis agrarias de cíclica periodicidad, en 1726, 1732-1733, 1756 y 1786. Destaca, asimismo, la tendencia a la urbanización, indicativa del alto grado de evolución de la sociedad Tokugawa. Cerca de un 10 por 100 de la población japonesa vivía en las ciudades, algunas de las cuales, como Osaka, habían alcanzado a mediados del siglo XVIII la cifra de 400.000 habitantes, mientras Edo sobrepasaba en la misma fecha el millón de habitantes, por delante, pues, de las principales ciudades europeas. Todas las tendencias apuntan a una importante similitud entre las tendencias de la población japonesa y las de la Europa preindustrial; es decir, altas tasas de natalidad y, salvo excepciones, unas tasas de mortalidad ligeramente inferiores, lo que explica un saldo vegetativo para el siglo XVIII caracterizado por un muy lento crecimiento de la población, que, al finalizar la centuria, alcanza la cifra de los 30 millones de habitantes.
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El preponderante papel de la familia en la Europa del siglo XVIII cobra su pleno sentido al enmarcarla en una sociedad como la entonces dominante, concebida como un conjunto de grupos cuya disposición jerárquica y desigualdad en derechos y deberes estaba reconocida y consagrada por la ley. Era la clásica estructura tripartita heredada de la Edad Media y que el Parlamento de París, ante la pretensión de Turgot de hacer contribuir en metálico a todos los propietarios de tierras, fundamentaba en 1776 de esta forma: "En el conjunto formado por los diversos órdenes, todos los hombres de vuestro reino os están sujetos, todos están obligados a contribuir a las necesidades del Estado. Pero también en esta contribución se encuentran el orden y la armonía. La obligación personal del clero es realizar todas las funciones relativas a la instrucción, al culto religioso y aplicarse con sus limosnas al socorro de los desventurados. El noble consagra su sangre a la defensa del Estado y asiste al soberano con su consejo. La última clase de la nación, que no puede rendir al Estado servicio tan distinguido, cumple su obligación con los tributos, la industria y el trabajo manual. Tal, Sire, es la regla antigua de los deberes y obligaciones de vuestros súbditos. Aunque todos sean igualmente fieles y sometidos, sus condiciones no están confundidas y la naturaleza de sus servicios está esencialmente ligada a la de su rango". Se describía así un ordenamiento social, comúnmente denominado estamental, en el que nobleza y clero eran reconocidos como estamentos jerárquicamente superiores al tercer Estado o Estado general, definido por exclusión y, en principio, amplísimo (todos los que no eran ni clérigos ni nobles), si bien se estimaba limitado en la práctica a sus elementos más destacados, a las profesiones ricas u honorables y a los cuerpos organizados. Se justificaba su preeminencia por la importancia de la función social a ellos encomendada, aunque la realidad ya no se ajustara exactamente a lo que reflejaban razonamientos como el que acabamos de reproducir; disfrutaban de determinados privilegios reconocidos legalmente, aunque no de forma exclusiva, ya que había otros cuerpos privilegiados; la inclusión del individuo en un grupo u otro, por lo que respecta a la división básica (noble/plebeyo), venia, en principio, determinada por el nacimiento -de ahí el papel clave de la familia- y la movilidad social era limitada y circunscrita a unas vías establecidas. Los criterios jurídico-legales, sin embargo, no eran los únicos presentes en la organización social. El factor económico, la posición de los grupos sociales en relación con los medios de producción, aparentemente al margen de la definición de los estamentos y, por el contrario, criterio primordial en la organización social en clases o clasista, ejercía también una notable influencia. Y andando el tiempo -1789 es la fecha simbólica, aunque, en la mayoría de los países, haya que penetrar no poco en el siglo XIX-, se terminará imponiendo la concepción burguesa, clasista, de la sociedad. Se consagrará la igualdad de los individuos ante la ley y el factor fundamental que regirá el ordenamiento social será de tipo económico. Se agilizará la movilidad y la promoción social. Pero, recordaba C. E. Labrousse en un coloquio internacional, ni el nacimiento ni la función desaparecieron como criterios operativos en la estratificación social. Aunque, eso sí, encuadrados en un marco jurídico diferente, presentando interacciones diferentes y actuando con un peso y un orden de sucesión también diferentes...
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La originalidad de la sociedad helenística se basa en su diversidad, al intentar integrarse, bajo un sistema intencionalmente unificador, un conjunto de pueblos de tradiciones distintas. En gran medida, se trató de conservar en cada caso las estructuras existentes en los territorios conquistados, pero necesariamente había que contar con un elemento nuevo formado por los griegos, cuyos rasgos sociales se habían modificado en contacto con los macedonios. De hecho, nunca se produjo una auténtica unificación. Las estructuras indígenas basadas en las aldeas perduraron en el mundo oriental y en Egipto. La superposición llevada a cabo por los estados helenísticos no variaba en gran manera de la que se operaba en los estados despóticos. Ahora, los sectores dirigentes estaban formados mayoritariamente por helenos y macedonios, aunque de modo habitual quedaban integradas las clases dominantes de las antiguas monarquías. Sin embargo, los miembros de éstas tomaban, en ocasiones conflictivas, la determinación de sumarse o encabezar movimientos secesionistas o rebeldes, manifestación de descontento colectivo generalmente encauzado como movimiento étnico. El panorama resultaba, de este modo, variado por diferentes conceptos. En primer lugar, el mundo helenístico en su conjunto estaba formado por territorios donde habitaban pueblos diferentes, en algunos de los cuales la población griega resultaba numéricamente superior, pero en otros era mayor el número de la población identificada como bárbara. Dentro del campo occidental, los macedonios experimentaban un proceso creciente de helenización, porque se asentaban en ciudades que imitaban a la polis griega y porque ésta dejaba de ser independiente para pasar a tener sentido sólo como modo de encuadramiento de poblaciones pertenecientes a un estado monárquico de amplia base territorial. Por otra parte, griegos y macedonios habían emigrado a los territorios orientales y se habían asentado en colonias que imitaban las instituciones y las prácticas griegas, pero vivían en el aislamiento entre poblaciones bárbaras, en relaciones a menudo tensas. También era posible que las prácticas orientales se introdujeran en las comunidades procedentes de Grecia y que los sistemas sociales tendieran en esos momentos a homogeneizarse, sobre nuevos fundamentos creadores de la unidad helenística como mosaico de la diversidad. La integración de griegos y bárbaros crea una nueva unidad donde las relaciones sociales llegan a prescindir parcialmente de los fundamentos étnicos, sólo conservados como tales en función de su capacidad productiva en las relaciones de explotación del trabajo. Las diferencias étnicas más duraderas fueron las que respondían a la distribución territorial, encajadas en las fronteras de los reinos, que perduran aún después de la caída de éstos bajo el poder romano. Con ello se estructuraba la nueva ecúmene, fronteriza con los bárbaros, objeto de conquistas territoriales y capturas bélicas, cuando la república en expansión conseguía reconstituir el sistema de la esclavitud que se alimenta de la guerra y transforma al cautivo en mercancía. También las ciudades se conservaron como centros de discriminación, donde los griegos mantenían sus costumbres y pretendían que su superioridad cultural se interpretara como superioridad natural y se tradujera en privilegios políticos y económicos.
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Los patricios estaban en el vértice de la pirámide social. Esta aristocracia se había ido configurando en el curso de los siglos VII-VI a.C. Este grupo estaba constituido por los patres y las gentes maiores que se habían apropiado de las tierras comunes. Posteriormente, durante la fase de los últimos monarcas, se procedió a una ampliación de la clase dirigente, incorporando a las gentes minores. Pero si estos tres reyes, sobre todo Servio Tulio, habían pretendido con sus medidas políticas impedir la profundización de la división entre patricios y no patricios, su éxito fue parcial puesto que generó otro dualismo mayor: el del populus (conjunto de ciudadanos que integraban al mismo tiempo el ejército hoplítico y la asamblea centuriada) y la plebe. El poder de las gentes durante esta época era enorme, tanto en el plano político como social y está por supuesto ligado a su poder económico y militar. Sin olvidar el monopolio de los altos cargos sacerdotales que les permitió también utilizar la religión como un arma política. El patriciado no perdió el control de la ciudad en ningún momento y sólo las amenazas exteriores que obligaban a movilizar a todos los ciudadanos, incluidas las tropas auxiliares, y la eficiencia y tenacidad de los plebeyos lograron que, durante la lucha patricio-plebeya, los patricios fueran modificando sus posiciones. Aún así, la victoria les costó a los plebeyos casi doscientos años.
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Si la crisis incidió en la sociedad rural, la recuperación que le siguió, como es lógico, no podía dejar de incidir igualmente en ella. De todas formas resulta en extremo difícil reducir a unas líneas generales la compleja huella dejada por la reconstrucción agraria en el ámbito de las relaciones sociales del mundo rural. En principio puede afirmarse que la reactivación del campo trajo beneficios a sus cultivadores. Los restos de la vieja servidumbre retrocedieron notablemente en buena parte de Europa, al tiempo que muchas de las corveas que aún subsistían fueron convertidas en rentas en metálico, lo que en principio favorecía a los labriegos que estaban obligados a satisfacerlas. Paralelamente progresaban los contratos de larga duración establecidos con los cultivadores de la tierra, lo que también resultaba ventajoso pare estos últimos. Refiriéndose a los campos de la zona de Burdeos, R. Boutruche demostró que a mediados del siglo XV, o más concretamente después del año 1453, fecha decisiva para la confirmación del triunfo francés en la guerra de los Cien Años, las cargas señoriales habían disminuido y la dependencia de los labriegos se había suavizado notablemente con respecto a la situación existente un siglo antes. Ahora bien, todo lo indicado no fue óbice, ni mucho menos, para que, al mismo tiempo, se fortalecieran los grandes propietarios territoriales, caso de los "landlords" ingleses, los "junkers" alemanes o los ricos hombres de la Corona de Castilla. Quien se llevó la peor parte fue, según todos los indicios, la pequeña nobleza rural, la cual, tras el varapalo que recibió de la depresión, se encontró sin fuerzas suficientes para salir adelante. Por otra parte, en algunas regiones de Europa, particularmente en el Este, la servidumbre, lejos de retroceder, conoció a fines de la Edad Media un notable resurgimiento. Es más, podría fijarse una imaginaria línea divisoria, que discurriría entre la ciudad de Dantzig, en tierras imperiales, y el norte del Adriático, para deslindar el ámbito en donde avanzaba la liberación del campesinado del área en la cual, por el contrario, progresaba la servidumbre de los trabajadores de la tierra. Los dos territorios se hallarían, respectivamente, al oeste y al este de la línea citada. Recordemos algunos datos: al filo del 1500 se aprobó en Bohemia una medida según la cual ningún campesino, ni su hijo, podía abandonar la tierra que cultivaba, si no daba su consentimiento previo el propietario; casi por las mismas fechas se agravó la condición de los labriegos que trabajaban en las tierras de la nobleza húngara, hasta el punto de convertirse de facto en siervos; también la condición de los campesinos de Lituania y de Rusia experimentó un considerable retroceso por aquellos años. Pero no sólo empeoró el status de los labradores en Europa oriental. En Dinamarca tuvo lugar, durante el reinado de Juan I, que se desarrolló a caballo entre los siglos XV y XVI, un notorio empeoramiento de la condición social de los campesinos, muchos de los cuales cayeron en la servidumbre lisa y llanamente.
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Una nueva sociedad estaba surgiendo, y los nuevos problemas, al igual que los nuevos conflictos, tienden a encontrar vías igualmente nuevas y suficientes de respuesta o de solución.Los nuevos conflictos sociales no son ahora la consecuencia de la vieja lucha entre empresa y sindicato en torno al poder social. La vieja lucha en torno a la producción y la distribución de los bienes se abre ahora a los nuevos terrenos de la vida social, precisamente porque la información, la educación y el consumo influyen mucho más en la producción, junto con las plurales decisiones políticas que condicionan, con sus fallos e interferencias, cualquier perspectiva de futuro.Las nuevas luchas sociales no pueden ya separarse tanto del poder económico como del poder político; precisamente porque en la sociedad postindustrial, que es consiguientemente una sociedad dominada, o dirigida, por tecnócratas, que han programado, conforme a supuestos económicos y políticos, los modos de producción y de organización económica.En un intento de síntesis capaz de definir someramente los contenidos que estos calificativos -postindustrial, tecnocrática o programada- encierran, A. Touraine aludía en 1969, en el mismo momento en que estas transformaciones comenzaban a experimentarse, a las nuevas realidades que estaban condicionando un crecimiento económico hasta entonces considerado definitivo.Porque, a partir de la crisis que se hará plenamente manifiesta en torno a 1970, el crecimiento, antes dependiente de la acumulación del capital casi de forma exclusiva, depende mucho más del conocimiento, de la investigación científica y técnica, de la formación profesional, y de la capacidad de programar el cambio y de controlar las relaciones entre sus elementos, de dirigir organizaciones y, por tanto, sistemas de relaciones sociales, o de difundir actitudes favorables a la puesta en movimiento y a la transformación continua de todos los factores de la producción, todos los terrenos de la vida social, la educación, el consumo, la información...: "El carácter más general de la sociedad programada consiste en que las decisiones y los combates económicos no poseen ya en ella la autonomía y el carácter fundamental que tenían en su tipo de sociedad anterior (...). El crecimiento económico está determinado por un proceso político más que por unos mecanismos económicos (...). La autonomía del Estado respecto de los centros de decisión económica se hace más débil en todas partes y con frecuencia desaparece (..). Las formas de dominación social resultan por ello profundamente transformadas (..). Nuestra sociedad es una sociedad de alienación; no porque reduzca a la gente a la miseria o imponga coerciones policiacas, sino porque seduce, manipula e integra." (D. Bell, La sociedad postindustrial, páginas 6-11).La sociedad postindustrial, o mejor dicho, las sociedades postindustriales, puesto que los modelos se manifiestan plurales, son aquellas en las que las áreas de ocupación dominantes son las de los servicios y donde la clase mayoritaria también se emplea en ellos. Estos cambios producidos en el empleo han venido acompañados, seguidos o motivados -según los casos- por un cambio de valores; de modo que, conforme las sociedades y las empresas abandonaban o disminuían la producción de bienes, experimentaban nuevos incentivos, nuevos interrogantes y nuevos fines que caminaban ligados a las nuevas fuerzas conductoras del progreso.El término de progreso, en estas circunstancias, comienza a ser sinónimo de conocimiento y de información. Científicos, técnicos y, más recientemente, informáticos se han convertido en grupo social constituido e indispensable; y marcan, como Bell ha definido, el "advenimiento de un nuevo principio de estratificación".La sociedad postindustrial se distingue en líneas generales por el inicial esbozo y posterior desarrollo de las siguientes características fundamentales:Primera: Son, sobre todo y como consecuencia del imparable aumento de conocimientos científicos y de la alta tecnología, sociedades de servicios, de la abundancia y de la información.Segunda: Optan por la expansión urbana, por la mayor dotación y urbanización de sus áreas rurales que evite una emigración poco rentable, y por el aumento de una prosperidad material.Tercera: Reducen sus porcentajes de población activa en ocupaciones de los sectores primario, secundario y, aun, terciario, y apuestan de forma creciente por ocupaciones cuaternarias (las relacionadas con la llamada ingeniería social; empleos a tiempo parcial, valoración del ocio, trabajo desde el hogar, nuevas categorías ocupacionales...).Cuarta: Condicionadas por el fuerte aumento de las provisiones y de oportunidades vitales, atienden a unos modos de vida sensorial, hedonista, pragmático; con fuerte énfasis en la educación general y profesional, y con gran vuelco en la planificación y programación de opciones alternativas para el futuro.Como señalara el tratadista P. Berger, "cuando la modernización tecnológica y el crecimiento económico perduran en el tiempo, las desigualdades de ingresos y de riqueza se incrementan de forma aguda, pero luego disminuyen también de forma aguda, para permanecer en una meseta relativamente estable".Para él, las causas de este proceso son más tecnológicas y demográficas que sociales o políticas. El aumento demográfico ha exigido una mayor producción ante las expectativas de un aumento casi infinito del consumo; y los avances y resultados de las nuevas tecnologías han sido la mejor respuesta a este reto.Las predicciones sustituyen tanto a creencias provindencialistas como a las múltiples manifestaciones del azar; y los avances tecnológicos -ese juego contra la naturaleza en que el esfuerzo del hombre por arrancar los secretos de la naturaleza surge en gran medida contra el carácter de las leyes físicas- han logrado convertir a esta sociedad postindustrial en una sociedad del conocimiento: porque las fuentes de la innovación derivan cada vez más de la investigación y del desarrollo y porque, como ha señalado Bell, la carga de la sociedad -que se mide por una mayor proporción del Producto Nacional Bruto y una mayor tasa de empleo- reside cada vez más en este campo del conocimiento."El trabajo -seguirá insistiendo el ya citado Berger cuando trata de explicar la nivelación social- se hace más especializado y más escaso en la medida en que avanzan las sociedades".En la actualidad, comentaba Bell en 1976 en su obra Las contradicciones culturales del capitalismo, se experimenta un contraste entre una estructura social caracterizada por el orden tecno-económico y la cultura occidental que parece marchar por un camino bien distinto, una vez sustituida la "ética del sacrificio y el ahorro" por otra nueva y muy diferente, más ligada a la distribución, a la prodigalidad y al disfrute.Las sociedades comienzan a experimentar en los años setenta una preocupación mayor y más profunda por el futuro; y están básicamente interesadas en lograr la armonía entre las diversas áreas que debe hacer posible, como Berger señala, las grandes exigencias del capitalismo de cara al futuro: "prosperidad, igualdad y libertad". Porque en este nuevo lema, que trae los recuerdos del planteado por la Revolución Francesa, se tratan de concatenar el mito del crecimiento, la convergencia de bienestar y nivelación materiales y el logro de una libertad política democrática en la que se superen los inconvenientes de una alineación mediante la liberación al mismo tiempo individual y comunitaria.Las áreas que deben armonizarse con vistas a la conquista de unos comportamientos sociales seguros en el presente y esperanzados y abiertos de forma optimista al futuro son las siguientes:Primera: La constitución de un orden político regido por la legitimidad, interesado en crear unas estructuras de participación y orientado a la búsqueda de la igualdad.Segunda: Afirmación de un orden económico dominado por la búsqueda y consecución de la prosperidad y la eficacia, y con unas estructuras jerárquico-burocráticas que incentiven productividad, control, mejores mercados y un bienestar crecientemente ampliable y de mejor calidad.Tercera: Un nuevo orden cultural más volcado en la autoafirmación y realización personales que en los precedentes crecimiento económico y progreso social.Cuarta: Un sistema de relaciones sociales dirigido por el principio de la autorrealización y la comunicación humanas.El problema nunca resuelto, como el sociólogo González-Anleo ha señalado, es el de la dificultad para realizar de forma conjunta y satisfactoria las exigencias de estas áreas, la consecución de la armonía más arriba señalada. La realización de cada una de ellas parece exigir el sacrificio o la minoración de otras, y ello produce insatisfacciones y frustraciones tanto individuales como colectivas, que pueden además confluir en conflictos personales o sociales.El propio González-Anleo ha sintetizado con gran claridad y no menos sencillez los diversos modelos con que sociólogos y futurólogos científicos han tratado de conformar, justificar y proyectar el futuro de las sociedades postindustriales, y ha querido diferenciar al menos tres modelos, el último de los cuales termina subdividiéndolo en cuatro formas progresivas que cambian en función de su localización y a partir de las dificultades que también progresivamente se encuentran.1. El primero es el "modelo sociologizador", al que se refiere Bell cuando trata de explicar en 1973 sus teorías del desarrollo social una vez superadas, con el paso a una situación nueva, "la eficacia funcional, la gestión y la producción de bienes", típicas de la "sociedad industrial: La división esencial en la sociedad moderna no se encuentra actualmente entre quienes poseen los medios de producción y un "proletariado" indiferenciado, sino en las relaciones burocráticas y autoritarias entre quienes tienen el poder de decisión y quienes no lo tienen, en todos los tipos de organización, política, económico y social. La tarea del sistema político se convierte en el control de esas relaciones, respondiendo a las diversas presiones en favor de una distribución equitativa y una justicia social" (El advenimiento de la sociedad postindustrial, página 146).Hay, pues, que vincular la ciencia a la política pública, y es obligado determinar el camino que el cambio social escoge en cada sociedad. El concepto de sociedad postindustrial va, por tanto, dirigido a la búsqueda de patrones ordenadores que hagan más inteligibles los cambios complejos en las estructuras de las sociedades de Occidente.Los conocimientos científicos y los saberes técnicos, imprescindibles en el desarrollo de las nuevas tecnologías, permitirán en las sociedades postindustriales el predominio de la investigación, el desarrollo científico, la información y la comunicación; la progresiva producción de servicios para una demanda creciente de bienes inmateriales (cultura, educación, salud plena y medios de autorrealización personal); la subordinación de las empresas a las mejoras sociales más que a puros logros de beneficio económico; el refuerzo del papel tecnocrático del Estado para hacer posibles, acertadas o eficaces nuevas técnicas de planificación, nuevos modos en la toma de decisiones y evaluaciones positivas de las innovaciones tecnológicas, y, sobre todo, la prioridad de la educación, de la que depende la matriz de vida de las personas: fuerte desarrollo de los niveles de vida en naciones atrasadas, sociedades mundialmente intercomunicadas, un nuevo sistema monetario mundial que haga posible y beneficiosa la internacionalización del capital.De todo ello surgirán nuevos modelos de consumo, una concepción y valoración del trabajo más positiva, la humanización de la tecnología, la reorientación de la tecnocracia y de los sistemas de planificación, nuevas formas de liderazgo, cambios en la naturaleza y en las organizaciones, y un nuevo sentido de la vida y de la sociedad.2. El segundo modelo parte de la crítica al diagnóstico y al proyecto de Bell, y queda perfectamente recogido en el análisis realizado por Dahrendorf en 1982, publicado bajo el título de Oportunidades vitales, y referido básicamente a su intento de responder a la crisis actual de civilización (se refiere a los mediados setenta) y a los problemas que están impidiendo o dificultando el logro de la igualdad y la libertad en las sociedades modernas: "Resulta muy pronto -comenta Dahrendorf- para poder saber hasta qué punto la crisis de los años setenta constituye un giro decisivo (...). Los valores se vieron sometidos a prueba y a cambio cuando tanto el desarrollo económico como el progreso social atravesaban momentos de agobio (...)".Dahrendorf construye entonces su teoría social y política volcada en la búsqueda de "la sociedad de la mejora social", y ofrece como objetivos sociales básicos en la misma el paso de la simple mejora económica a unas más profundas y válidas mejoras sociales, la supresión de los conflictos derivados de la llamada "sociedad dual" (un tercio de ricos, un tercio de marginados y una clase media amplia y desideologizada), la potenciación de la calidad de vida gracias a una humanización del trabajo desde una mejor educación, garantía salarial frente a la inseguridad económica, realización de un trabajo vocacional, con tiempo libre para el ocio y con posibilidades de participación en la organización empresarial.El mayor obstáculo, sin embargo, a la posible realización de estas sociedades que supondrían, de realizarse esta mejora social completa, la transformación más radical de las experiencias adquiridas, reside en la amenaza permanente de una hipertrofia burocrática. Esta terminaría coartando, cuando menos, la libertad concreta de los individuos, y sólo una participación ciudadana, una descentralización administrativa, la movilidad funcionarial y la reducción de estructuras y jerarquías de poder podría reducir estos inconvenientes y coordinar la mayor libertad con la necesaria programación, previsión y reafirmación ordenada y progresiva de las prospectivas.3. En el tercer modelo, cabría integrar los proyectos con que, desde los primeros sesenta, las sociedades avanzadas han tratado de dar respuesta a los grandes problemas y retos que ocuparon y preocuparon a científicos y sociólogos, convencidos ya de la necesidad de afrontar los interrogantes planteados por el crecimiento de la población, el desarrollo de las industrias y el deterioro imparable del medio ambiente de forma conjunta e interdisciplinar.a) En 1961 se publicaba el modelo Global 2000, que trataba de predecir, a instancias de la Administración norteamericana, el futuro de las sociedades postindustriales.Insistía en la creciente y preocupante deforestación y contaminación; auguraba un mundo más superpoblado, y aventuraba, de no surgir nuevos adelantos, una vida más precaria para los habitantes del año 2000.La única salida al pesimismo estaba en el cambio, en la modificación de las pautas actuales de comportamiento humano colectivo, que tanto científicos como sociólogos creían dependiente de los propios hombres.b) En 1972 se cruzan y complementan el informe realizado por el Club de Roma a partir de los trabajos de J. Forrester y Denis L. Miadows que habían elaborado un modelo matemático con el que analizaban cinco variables básicas -población, capital, contaminación ambiental, recursos y alimentos- teniendo a la población y al crecimiento como "exponenciales" del proceso, y el modelo de la Organización de las Naciones Unidas, también de 1972, encargado a V. Leontief, que trataba de analizar los costes del crecimiento económico para los países más deprimidos.En este último pudieron predecirse las tasas de crecimiento del Producto Nacional Bruto de las distintas regiones, lo mismo que sus necesidades de inversión para hacerlo posible, pero no supo o no pudo responder a los grandes problemas de los ochenta, como la contaminación o el deterioro progresivo del medio ambiente.c) Otros dos ensayos, de 1975 y 1976, el Modelo Integrado Mundial y el modelo latinoamericano, este último más insistente en las preferencias de un mundo más justo sobre un mundo más desarrollado, señalaba como cuestiones de complicada solución el difícil equilibrio del crecimiento demográfico, las razones sociopolíticas que dificultan el desarrollo mundial y la escasa consistencia de la ayuda internacional para la solución del subdesarrollo.Como síntesis de esta búsqueda y del cruce de modelos habría que tener en cuenta: que los recursos y la tecnología hoy existentes son válidos para satisfacer todas las necesidades de la humanidad; que ni la población ni el capital pueden crecer ilimitadamente en un planeta limitado; que no hay información exacta sobre la capacidad del medio ambiente para absorber los desperdicios que acumula la satisfacción de las necesidades humanas; que con las políticas en escena se acentuarán las diferencias entre áreas ricas y pobres de la humanidad; que el esfuerzo político de hoy para modificar estilos de vida, niveles de consumo y de despilfarro será mucho más difícil conforme se tarde en tomar las oportunas decisiones, y que la tecnología, que puede ayudar, no es la respuesta a todos los problemas planteados por el desarrollo."El camino que tenemos por delante -concluye R. Dahrendorf- requiere una nueva definición, al mismo tiempo que una afirmación, de la ciudadanía, de las oportunidades vitales y la libertad."
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La India tradicional es un mundo rural, caracterizado por la existencia de numerosas comunidades que viven por sí mismas, gobernadas por un jefe o por un consejo de ancianos. Los artesanos adscritos a la comunidad recibían, en compensación de sus servicios, una parte de la cosecha. En algunas aldeas existían también esclavos al servicio de los campesinos acomodados. La comunidad era colectivamente responsable de los impuestos y de las prestaciones que reclamaba el Estado o el señor más próximo. El impuesto servía como nexo de unión entre la ciudad y los pueblos que no carecían del poder adquisitivo necesario para demandar las mercancías que la ciudad fabricaba. A partir del siglo XVII comenzó a producirse un gran cambio en esta situación, gracias a dos acontecimientos. El primero fue que en su territorio surgió y se consolidó un imperio poderoso y centralizado, el Imperio mogol; el segundo factor fue que se establecieron agencias comerciales europeas en varias ciudades, puertos y centros del interior, y la India se vinculó aún más estrechamente con los mercados europeos. Desde el siglo XVII las actividades de los europeos favorecieron la expansión de la demanda de algunos bienes, entre los cuales se incluían en considerable proporción las artesanías y las manufacturas. En consecuencia, desde esa centuria hubo en la India una notable tendencia hacia el crecimiento de una economía monetaria.
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La polarización de la sociedad española en dos o tres reductos difíciles de conciliar no es un rasgo característico de la totalidad de nuestra Historia, pero sí del período bélico y del posterior; antes, la divergencia no había excluido la posibilidad de convivir. El estallido de la guerra abrió una profunda división en la sociedad española destinada a perdurar durante mucho tiempo. El factor divisorio fue, en parte, la pertenencia a una clase social, pero probablemente los factores estrictamente culturales, de concepción del hombre y de la vida, resultaron mucho más decisivamente influyentes que ese tipo de caracterizaciones basadas en la pertenencia a un sector social. Resulta obvio que la aristocracia latifundista estuvo al lado de la sublevación y que en contra tomaron las armas los grupos sindicales revolucionarios de plural significación. Sin embargo, no es menos evidente que la guerra civil enfrentó a dos sectores de España con amplias apoyaturas sociales y que, por tanto, no hubo una sola causa popular en la guerra sino dos. Los sublevados no eran sólo los miembros de la nobleza terrateniente sino también el campesino pobre, pero propietario, católico y alfabeto de la mitad Norte de la Península; la causa del Frente Popular no tuvo como únicos representantes y directivos a revolucionarios que habían conspirado en otro tiempo contra la República, sino a personas pertenecientes a la burguesía incluso relativamente acomodada y de ideario liberal como podrían ser Negrín y Azaña. Si desde una óptica política fue la pulverización del centro uno de los factores que más claramente explican el estallido de la guerra civil, como muy bien escribió Azaña, fue "la discordia interna de la clase media y, en general, de la burguesía, el origen de la misma". Al lado de generales, de requetés o de falangistas hubo también en el bando vencedor personas que habían sido liberales en el pasado, pero que vieron en la experiencia de los años treinta la falsa prueba de que el carácter español era poco conciliable con la práctica de la democracia. Uno de ellos, persona también procedente de esa clase media, era Cambó quien, en el exilio, se sentía "lejos del espíritu de ferocidad" que envolvía a la realidad española, pero que juzgaba que "ante la anarquía como mal menor ha de venir la fuerza". Puesto que los factores culturales primaron sobre los sociales bueno será referirse a los primeros. Por supuesto, los motivos de movilización de esas dos Españas en guerra no se autodefinieron en términos sociales sino ideológicos, más que estrictamente políticos. Si se leen las proclamaciones iniciales de los dirigentes de la sublevación la idea exclusiva que en ellas impera es la del restablecimiento de un orden y una autoridad que son todavía los republicanos, aunque la propia sublevación concluya por hacerlos inviables. De ahí por un mecanismo psicológico no sólo sublimador, sino también obvio producto de las circunstancias, se pasó a la exaltación religiosa, el ideal de cruzada, presente espontáneamente en los planteamientos no sólo de los dirigentes sino también en los simples combatientes. No hay una anécdota más reveladora a este respecto que la propaganda del plato único, una necesidad impuesta por las condiciones de abastecimiento en período bélico, como medio de "santificación". Un último paso consistió en la exaltación del pasado, en donde míticamente se habría dado la identificación entre la religión y la patria: el propósito sería "ser lo que fuimos después de la vergüenza de lo que hemos sido", como se afirmó en los titulares de un diario franquista. Si resulta relativamente sencillo simplificar en una fórmula como la citada el motivo movilizador para el combate entre los sublevados, entre los gubernamentales resulta, sin duda, mucho más difícil hacerlo. En algunos de los discursos de Azaña en el período bélico o en los 13 puntos de Negrín encontramos los principios de la ortodoxia republicana, pero, por supuesto, no puede pensarse que tan sólo ellos resultaran vigentes entre los combatientes de esa significación. Para muchos otros era verdad lo que decía CNT, el diario anarquista madrileño: "Todos los viejos valores... se han hundido estrepitosamente a partir de la insurrección militar". Lo que daba al Frente Popular un aire de abigarrado pluralismo es, precisamente, el hecho de que quien lo había sustituido no era una sola y única fórmula sino varias e incluso algunas de ellas contradictorias entre sí. Nada explica mejor las diferencias entre concepciones de la vida en los dos bandos que la política cultural y educativa que practicaron durante el período bélico. Entre los sublevados más que una política revolucionaria de corte radicalmente fascista se siguió, en educación, otra de carácter clerical y restauracionista. Las bibliotecas fueron depuradas y de ellas fueron excluidos no sólo autores revolucionarios sino también otros como Cambó, Baroja, Tolstoi o Blasco Ibáñez. También los maestros experimentaron un proceso paralelo: haber asistido a una homenaje a Gorki o "proceder de la Institución Libre de Enseñanza" eran argumentos suficientes como para recibir una sanción. En la enseñanza primaria no sólo se pretendió el restablecimiento de un sentido cristiano sino también la introducción de devociones muy concretas, como las de carácter mariano. La reforma del Bachillerato de 1938 se basó en la formación clásica, la consideración del catolicismo como "médula" de lo español y la exaltación de lo específicamente nacional a través precisamente de la Historia. Al lado de estas manifestaciones clericales hubo también una política cultural más fascista, en manos de Falange, que quería incorporar a los vencedores los valores de la cultura española laica. No hubo una política de propaganda a partir de la defensa del patrimonio artístico o monumental (el arquitecto Muguruza, responsable de esta parcela, admitió que "se tiene tan poco ante lo hecho por los rojos"), sino que tan sólo se insistió en los medios católicos acerca de las numerosísimas destrucciones de iglesias y otros lugares de culto. Sin embargo, se creó una gran institución cultural, el Instituto de España, que reunía a la totalidad de las Academias. Es igualmente significativo que en el Instituto, inspirado y animado por D'Ors, se entrara tras un estrambótico juramento de índole clerical y nacionalista y que para su presidencia se pensara en Falla, una personalidad católica sin significación política y que no llegó a desempeñar su cargo. En el bando gubernamental encontramos una pluralidad mucho mayor que la existente en el adversario entre clericalismo y falangismo. Existió, en primer lugar, toda una línea derivada de la tradición de corte liberal y republicano que concedía un papel eminente a la cultura, consideraba que el hombre se salvaba a través de ella y apreciaba o potenciaba de manera especial la de carácter popular. Sobre esta tendencia se impostó el sentido utilitario y propagandístico del PCE, que fue el principal responsable de la política educativa y cultural del Frente Popular hasta bien entrado 1938: testimonio de ese utilitarismo fue la existencia de un organismo administrativo de superior entidad a los que existieron entre el adversario, bien como Ministerio o como Subsecretaría. No cabe la menor duda de que la labor de los comunistas fue a menudo sectaria, pero que al mismo tiempo tuvo un éxito considerable en el exterior y demostró un mayor aprecio y sensibilidad por la problemática de carácter intelectual y cultural. Así se demuestra en los varios manifiestos suscritos por intelectuales en apoyo del Gobierno del Frente Popular en los primeros momentos de la guerra, algunos de cuyos firmantes acabaron retractándose, así como en la evacuación de intelectuales de Madrid y la posterior creación de una Casa de la Cultura para que residieran en Valencia. El mismo sentido cabe atribuir al nombramiento de Picasso para regir el Museo del Prado, cargo del que no tomó posesión. También el bando gubernamental tuvo su gran institución cultural sustitutiva de las Academias, denominada Instituto Nacional de Cultura, cuya vida no parece haber sido muy activa. El aspecto más interesante y positivo del interés del bando gubernamental por la cultura reside en la labor de extensión educativa y cultural lograda a través de la creación de un número importante de escuelas (quizá 5.000), mientras que entre sus adversarios algunos quisieron sustituir al maestro por el sacerdote, la creación de un bachillerato abreviado para obreros o la labor de difusión cultural a través de las llamadas milicias de la cultura. Por supuesto, en todas estas tareas había un componente de adoctrinamiento ideológico, como se demuestra por la existencia de una cartilla popular antifascista para enseñar a leer. Una tarea que recibió importante difusión propagandística, pero que respondía además a una obvia necesidad, fue la salvación del patrimonio artístico y principalmente de los tesoros del Museo del Prado. Al principio existió una Junta de Incautación y luego otra del Tesoro Artístico, hasta que esta competencia fue absorbida por el propio Estado. La labor de todos estos organismos contribuyó a aliviar la destrucción del legado histórico, de enorme gravedad en un acontecimiento bélico como el español de 1936-1939. Señaladas las respectivas políticas culturales resulta también preciso hacer referencia a la posición de los protagonistas del mundo cultural ante el conflicto fratricida. Los intelectuales españoles habían vivido la difícil y crítica coyuntura de los años treinta con aires de decidida beligerancia, que se convirtió incluso en una necesidad a partir del momento del estallido de la guerra civil. Ésta potenció la voz de quienes estaban ya comprometidos a favor de una u otra tendencia, pero también incorporó a esas filas a quienes pensaron ahora que no les quedaba otro remedio que adoptar una posición semejante, bien por lealtad geográfica con el bando en que estaban o bien porque pensaran que ahora era impensable su indiferencia política previa. Otros, sin embargo, acabaron optando por el silencio o la marginación. Para los intelectuales españoles, sin duda, hubo dos peligros, semejantes en gravedad. El primero de ellos era el de la depuración por ser considerados vitandos por alguno de los sectores en pugna o por los dos, hecho que sucedió con personas como Ortega o Sánchez Albornoz. El segundo peligro no era menor: consistía en la posibilidad de someter el propio pensamiento o creatividad a la beligerancia de manera exclusivamente utilitaria. Sin embargo, también la guerra tuvo otros aspectos más positivos: Max Aub escribió que la guerra civil sigue teniendo para el espíritu una importancia de la que carecieron las demás, y Cernuda ha explicado las razones: "Me hizo ver en el conflicto no tanto sus horrores, que aún no conocía, como las esperanzas que parecía traer para el futuro". La cultura de la España en guerra, como todo ella, estuvo con tanta frecuencia llena de ejemplos de creatividad como de insubstancial sumisión no ya a un ideario como a personas que dudosamente la merecían. Aunque, como es lógico, dado el ambiente de los años treinta, el mundo intelectual se decantó de manera mayoritaria hacia la causa republicana, no se puede ni mucho menos decir que todo el mundo intelectual estuviera con ella. En cualquier caso, merece la peña señalar la coincidencia de actitudes de fondo así como la coincidencia en la utilización de medios expresivos semejantes: el teatro de pretensiones heroicas, la radiodifusión que hizo nacer una verdadera guerra de las ondas, el verso épico o el cartelismo de combate. Los vencedores también tuvieron sus mártires intelectuales como Maeztu. Sin duda, hubo una tentación en ellos a considerar que los intelectuales eran culpables del estallido de la guerra, hasta el punto de que Sainz Rodríguez habló de la existencia de un auténtico "temor colectivo" a la inteligencia, y Cossío sugirió sustituir esa denominación por la de "hombres de razón". Dominada por militares carentes de preocupaciones intelectuales, la España sublevada no careció de apoyos intelectuales, aunque, entre los antirrevolucionarios, los más valiosos fueron, quizá, aquellos que abandonaron España incómodos en los dos bandos pero secretamente esperanzados en la victoria de Franco, o quienes estaban dispuestos a aceptar esta última por repudio de lo que sucedía en el bando del Frente Popular. Este fue el caso de algunos de los representantes de la llamada generación del 98 o de 1914. Baroja, aterrado ante la doble barbarie de los tradicionalistas y de los revolucionarios, creyó poder confiar en un dictador, "domador de esas bestias feroces", y acabó ingresando en el Instituto de España. Pérez de Ayala mantuvo una posición partidaria de Franco aunque sin hacerla pública. Ortega y Gasset criticó las simplificaciones de los visitantes extranjeros a la España en guerra, pero más taxativo aún fue Marañón, quien planteó la contienda como resultado del enfrentamiento entre comunismo y anticomunismo y embistió contra quienes al adoptar una postura respecto de España mostraban el "pánico infinito" de no parecer liberales. En realidad todos estos intelectuales profesaron una muy discreta simpatía por Franco, que se convirtió en nula cuando vieron de cerca en qué consistía o se disiparon sus esperanzas respecto de lo que podía llegar a ser. En el fondo, la discutida posición de Unamuno tenía el mismo fundamento. En un principio se identificó con la causa de los sublevados a la que vinculó con la civilización cristiana y occidental; fue no sólo un partidario de ellos sino un colaboracionista, incluso en expedientes de depuración. Pero pronto supo de sus amigos asesinados en un "estúpido régimen de terror". Después de su conocida intervención el 12 de octubre en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca se convirtió en un solitario que repudiaba la "mentalidad de cuartel y sacristía" imperante en la España de Franco y que se aproximaba a la muerte en plena angustia provocada por la discordia nacional. Por supuesto, ninguna de estas posturas fue la oficial de los intelectuales en la España de Franco. Los intelectuales oficiales en ella fueron los hombres de generaciones anteriores que habían evolucionado desde antes hacia posiciones autoritarias (como D'Ors) o nuevas adquisiciones para esta postura (como Manuel Machado en uno de cuyos versos de época bélica se dice que Franco "sabe vencer y sabe sonreír"). Tan característico como este sector fue el de los jóvenes de la generación de 1927, ahora identificados con un nacionalismo católico militante o con un falangismo revolucionario. En esta última versión resulta de interés especial la revista Escorial, empeñada en rescatar para la causa de los sublevados a una parte de la tradición liberal, aunque privándola de sus contenidos políticos, o Vértice, en que es manifiesta la imitación de la estética fascista italiana. Novelas como Madrid, de corte a checa (Foxá), o Eugenio o la consagración de la primavera (García Serrano) describen, respectivamente, el terror ante la represión o la experiencia de la violencia armada en las luchas juveniles. El radical enfrentamiento entre el Bien y el Mal o la rememoración de un pasado glorioso fueron objeto de la propaganda entusiasta de los poetas afectos a Franco. Así, Pemán pudo escribir que "No hay más que carne o espíritu / Luzbel o Dios", y Manuel Machado advirtió: "Ay del pueblo que olvida su pasado / y a ignorar su prosapia se condena". Al lado de los nacionalistas estuvieron algunos de los pintores españoles más conocidos de la época como Zuloaga, que retrató a Franco, o Sert, que empleó su decorativismo monumental en la exaltación de los mártires religiosos o de los defensores de El Alcázar; el primero fue el ganador de la Bienal de Venecia de 1938. Quienes estuvieron al lado de la España del Frente Popular contaron también con figuras de generaciones anteriores a la de 1927. Sin duda fue Antonio Machado el más beligerante partidario de esta causa que defendió con decisión y con una prosa cuyos valores morales y estéticos trascienden la adscripción política. Es cierto que también Machado fue autor de los versos de Líster ("Si mi pluma valiera tu pistola / de capitán, contento moriría"), pero, en general, fue capaz de mantener una línea inequívoca de patriotismo, exaltación de los valores humanos y populares, dentro de una adscripción a un genérico socialismo y un entusiasmo por Stalin y la Unión Soviética que desde una óptica actual resulta injustificable. Juan Ramón Jiménez se identificó con la causa republicana y luego escribiría acerca de la "extraña alegría que había invadido Madrid en los tiempos del estallido constante" en el que había vivido allí acosado por unos milicianos de la cultura de los que dijo "estar, con el más firme desprecio, a su disposición". Como resulta lógico, la mayor beligerancia literaria en favor de la causa del Frente Popular se encuentra en las nuevas generaciones literarias. Mientras que Alberti montaba una Numancia que recordaba la defensa de Madrid, Miguel Hernández era autor de la poesía bellamente comprometida de El rayo que no cesa. Entre estos jóvenes hubo, por supuesto, casos de convencido y devoto compromiso, como el del protagonista de la novela de Arturo Barca, La forja de un rebelde, pero también de entrega a un ideal cuyos males por el momento no se percibían: María Teresa León describió a Stalin como "nuestro padre querido" cuyas manos "blancas y puras, manos de nieve silenciosa" cantó Bergamín. En lo que la causa republicana fue indiscutiblemente superior fue en lo que respecta a las empresas colectivas montadas para exaltar la causa republicana. El Congreso de intelectuales antifascistas de 1937 motivó la malhumorada reacción de Azaña, para quien su organización costaba "un dineral", y presenció alabanzas a favor de la Unión Soviética y repudios de quienes querían independizar la tarea intelectual de la política, pero congregó en Valencia y Madrid a un elenco impresionante de intelectuales y dio lugar a intervenciones brillantísimas en el fragor del enfrentamiento bélico. Hora de España fue, sin duda, la mejor revista intelectual de la guerra, con respecto a la cual mantuvo un inequívoco compromiso, pero procurando enlazar con la sólida tradición intelectual del pasado (su símbolo fue un viejo tocón del que brotaban dos nuevas ramitas). El Pabellón de la Feria de París, en 1937, testimonió la identificación de la vanguardia estética (no sólo Picasso, sino también Miró, Alberto, Julio González o Sert) con la causa republicana. En adelante, el Guernica, que acabaría siendo considerado como el cuadro más importante del siglo XX, se convertiría en la prueba de que era posible hacer compatible el compromiso político y la experimentación estética. Aparte de hacer mención a la actitud de los medios culturales e intelectuales españoles en torno a la experiencia bélica y al modo en que su creatividad quedó multiplicada o disminuida como consecuencia de este fenómeno, es preciso también hacer referencia a otro aspecto de nuestra contienda interna que resultó de decisiva importancia para la Historia universal: aquélla no constituyó tan sólo uno de los "virajes hacia la guerra mundial", sino que además fue un momento de importancia en la evolución de la responsabilidad social de la cultura y del compromiso de los intelectuales. Nunca hasta entonces había existido una guerra en que la propaganda jugara un papel tan decisivo y nunca tampoco existió tal presión ambiental para tomar partido a favor de uno de los contendientes. En lo que respecta a la política internacional es posible que la guerra civil española no fuera más que un desgarrón más de la ficticia paz precedente, pero los intelectuales de todo el mundo la vivieron como una ocasión crucial de la que dependía el destino de la Humanidad. Hugh Thomas ha señalado que la guerra civil española fue una especie de Vietnam de los años treinta; como en aquella ocasión, durante los sesenta a la intelectualidad liberal o izquierdista le resultó muy obvio designar quién representaba el Bien o el Mal absolutos en el conflicto español. El poeta británico Stephen Spender indicó lo mismo con diferentes palabras: como en 1848 se ofrecía al mundo un campo de batalla en el que quien tenía de su lado a la libertad o la justicia parecía obtener victorias sobre el adversario. En consecuencia, la mayoría de las figuras literarias más conocidas se pronunciaron en contra de Franco: en una encuesta abierta por una revista británica un centenar de escritores se pronunciaron a favor del Frente Popular, mientras que sólo cinco lo hicieron a favor de Franco. Beckett, el conocido autor de teatro del absurdo, respondió simplemente: "¡Viva la República!" Así la guerra civil española se convirtió en la última gran causa: años después en Mirando hacia atrás con ira, uno de los personajes de la obra de John Osborne lamenta que "la gente de nuestra generación no es ya capaz de morir por una causa como la de la guerra civil española". Si nunca tantos escritores de tantos países escribieron desde una óptica política acerca de un acontecimiento histórico fue porque, por vez primera, en un mundo que había parecido ser sólo capaz de retroceder ante el empuje del fascismo, aparecía un símbolo de resistencia, "lo único que puede mantener la esperanza" (Einstein). Como es lógico, a partir de estas premisas fueron muy habituales las simplificaciones: Day Lewis decía que se trataba simplemente de "una batalla entre la luz y la oscuridad de la cual sólo un ciego puede no darse cuenta". Como cabía esperar, muy a menudo los intelectuales de todo el mundo no hacían otra cosa que trasladar a un conflicto civil en otras latitudes las tensiones espirituales propias o las que vivían en el seno de sus propias sociedades, pero siempre lo hicieron con una sensación de urgencia y de necesidad de que la propia creación literaria sirviera para un propósito colectivo. Por eso un personaje de Hemingway afirma que "si perdemos esta guerra no habrá ya nada que ver, ni hacer, ni intentar", y Cornford, muerto en los olivares de Lopera, aseguró que "no podemos escapar de la vida con el pensamiento". Resulta casi imposible citar una relevante figura del mundo intelectual europeo y americano de los años treinta que no se pronunciara acerca de la guerra española: en Gran Bretaña lo hicieron Wells, Auden, Huxley, O. Casey...; en Francia, Mauriac, Eluard, Bréton, Maritain...; en Estados Unidos, Dos Passos, Steinbeck, Dreisser...; en Alemania, Einstein, Mann, Brecht...; en Hispanoamérica, César Vallejo, Cortázar, Neruda, Paz... Sin embargo, resulta de especial relevancia el hecho de que algunos de estos intelectuales no sólo adoptaron una posición en torno a cuanto sucedía en España, sino que, además, escribieron obras centradas en sus experiencias propias como L'Espoir de Malraux, desde luego no su mejor obra, aunque sí demostrativa de su capacidad para el reportaje. Quizá lo más fresco y valioso de la obra de Hemingway en relación con la guerra española no sea Por quién doblan las campanas, que le dio prestigio y lectores, sino sus crónicas periodísticas. Varias de las de Koestler hacen referencia a su experiencia en la cárcel de Sevilla donde fue detenido: en Darkness at noon trasladó sus recuerdos a la ficción de un protagonista en una cárcel comunista; en Testamento español escribe: "Frecuentemente por la noche, cuando me despierto, siento la nostalgia de la casa de la muerte en Sevilla e imagino verdaderamente que nunca he estado tan libre como allí". En Hommage to Catalonia Orwell narró su alistamiento en las milicias populares debido a que en el ambiente revolucionario de la capital catalana ésa era la única actitud que le parecía posible; la mezcla entre la descripción de su experiencia íntima y su relato alegórico pleno de sentido moral y político la hacen una de sus mejores obras. Como Orwell y Koestler ( y otros como Dos Passos o Regler), pero en un sentido diverso, para Bernanos también la experiencia de la guerra civil española supuso una conmoción que le llevaría a adoptar actitudes muy distintas a las que había tenido en el pasado. En Les grand cimetiéres sous la lune este católico de derechas muestra todo su desgarro íntimo ante la represión nacionalista en Palma de Mallorca, acontecida ante la mirada complaciente o indiferente de los bienpensantes. Por supuesto, el cambio en las actitudes previas demuestra, en aquellos en quienes se dio, la sinceridad del compromiso respecto de la guerra civil española. Como ya se ha señalado, una clara mayoría de los intelectuales en todo el mundo se pronunciaron en contra de Franco. Hubo, sin embargo, excepciones importantes que se refieren principalmente a intelectuales atraídos por el fascismo o a católicos. Maurras visitó a Franco y también Belloc estuvo en España al final de la guerra civil. Ezra Pound, por su parte, pareció ser más contrario a los izquierdistas identificados con el Frente Popular español (a los que reprochó buscar "un lujo emocional para una pandilla de dilettanti") que, en realidad, próximo a Franco. En Francia, Claudel presentó a los mártires españoles como los sucesores de los perseguidos por Enrique VIII, Nerón o Diocleciano; ellos habrían seguido la senda difícil en el momento crucial. Arnold Lunn, en Gran Bretaña, propició la formación de un Frente cristiano unido contra la revolución y la persecución religiosa. Evelyn Waugh no dudó en afirmar que si fuera español lucharía a favor de Franco, porque no siendo fascista, se identificaría con esta posición si fuera la única alternativa respecto del comunismo. En la obra de cuantos intelectuales se ocuparon de lo que sucedía en España hay aciertos y errores, tanto literarios como históricos. Fue frecuente la mala información o la excesiva simplificación: abundan demasiado quienes erraron al ver a Franco como sólo un conservador o a la República como un régimen democrático. Salvador de Madariaga recordó a este respecto el dicho español según el cual "una cosa piensa el bayo y otra el que lo ensilla" y protestó contra los "adolescentes de todas las edades y naciones que, armados de máquinas de escribir, invadieron España en 1936 para no ver en ella más que lo que ya traían en sus ojos, ingenuos e ignorantes". Sin embargo, todo ello no hace otra cosa que ratificar la importancia de los acontecimientos españoles para la conciencia universal. Los diagnósticos pudieron ser errados pero el interés era legítimo y absorbente y nunca en la época contemporánea lo había sido y lo sería ni tan siquiera semejante.
contexto
La evolución de la población japonesa en el siglo XVIII ha podido ser conocida con notable fiabilidad gracias a que el primer censo estadístico del período Tokugawa data de 1721. Si ningún historiador pone en duda el notable crecimiento de población durante la centuria precedente, respecto al comportamiento demográfico del siglo XVIII se oponen distintas versiones que enfrentan a quienes sostienen la existencia de crisis malthusianas con los que hablan de un modesto crecimiento. Para la historiografía clásica se produce un claro retroceso, mientras Hamley y Yamamura, estudiando la evolución de la población en las circunscripciones japonesas o kuni, en el período 1721-1872, prefieren hablar de crecimiento moderado al menos en las dos primeras décadas del siglo, atenuado después por la existencia de crisis agrarias de cíclica periodicidad, en 1726, 1732-1733, 1756 y 1786. Destaca, asimismo, la tendencia a la urbanización, indicativa del alto grado de evolución de la sociedad Tokugawa. Cerca de un 10 por 100 de la población japonesa vivía en las ciudades, algunas de las cuales, como Osaka, habían alcanzado a mediados del siglo XVIII la cifra de 400.000 habitantes, mientras Edo sobrepasaba en la misma fecha el millón de habitantes, por delante, pues, de las principales ciudades europeas. Todas las tendencias apuntan a una importante similitud entre las tendencias de la población japonesa y las de la Europa preindustrial; es decir, altas tasas de natalidad y, salvo excepciones, unas tasas de mortalidad ligeramente inferiores, lo que explica un saldo vegetativo para el siglo XVIII caracterizado por un muy lento crecimiento de la población, que, al finalizar la centuria, alcanza la cifra de los 30 millones de habitantes. Orden natural, jerarquía y fundamentos legales eran las bases de una división de la sociedad en estamentos. La sociedad Tokugawa se ordenaba en sectores del siguiente modo: samurais (shi), campesinos (no), artesanos (ko) y comerciantes (sho), y por debajo de ellos los parias (eta) y los no personas (hinin). Cada grupo tenía sus códigos de conducta escritos o consuetudinarios. Los campesinos, sin embargo, no estaban sometidos a ningún reglamento oficial, aunque las instrucciones de Keian, de 1649, recogían la mayoría de las prescripciones fundamentales del sistema organizativo de la aldea en los diferentes territorios, y el estilo de vida de sus habitantes. El resultado de estas sistematizaciones fue un inmovilismo casi absoluto, porque las prerrogativas y obligaciones existentes eran consideradas inalterables y hereditarias. Jefes activos de la sociedad, los samurais componían la aristocracia guerrera, con obligaciones militares y administrativas. Constituían el 7 por 100 del total de la población, y a ellos pertenecían todos los guerreros, desde el shogun al soldado de infantería. Habitaban en Edo o en las capitales de los daimios y, con el restablecimiento de la paz, aquellos que no participaban en la administración se dedicaban al ocio. De entre sus privilegios destacaban los de ostentar un apellido, llevar dos espadas, ser tratados con respeto en todo momento por los miembros de los niveles inferiores y disfrutar de prerrogativas suntuarias. No obstante, las dificultades económicas de finales del siglo determinaron el fenómeno del interclasismo entre los samurais y los comerciantes enriquecidos o chonin. Con carácter excepcional, algunos campesinos y comerciantes ricos alcanzaban ciertos privilegios vitalicios, pero no hereditarios. Lentamente iban formando un nuevo grupo de burgueses capitalistas y, al igual que en Europa, se esforzaban por integrarse en los estratos sociales superiores, comprando tierras nobles y títulos de samurais. Aunque ocupaban el segundo puesto de la pirámide social, los campesinos eran tratados con paternalismo y gran severidad. Conformaban el grupo más numeroso de la población, en torno al 85 por 100 del total y las divisiones internas se basaban en el grado de riqueza. Legalmente no estaban sometidos a servidumbre y el daimio sólo tenia el derecho de veto en la elección de los cargos locales. Sin embargo, se les exigía vinculación a las tierras, gran laboriosidad y vida frugal; se obligaban a satisfacer al señor aproximadamente el 50 por 100 de las rentas de la producción y a estos elevados gravámenes, pagados en dinero o especie, se unían las corveas en carreteras, diques, tierras señoriales o ciudades-castillo. Sólo un minúsculo grupo, los jinushi, consiguió enriquecerse, dando lugar a una incipiente burguesía rural, que tiende a concentrar las tierras en sus manos. Nadie más que los terratenientes disfrutaban del privilegio de participar en el gobierno, compartir las tierras comunales y aprovechar los derechos de agua, e incluso en ocasiones tenían acceso a una buena educación que les elevaba de categoría ante sus convecinos. En teoría tampoco eran dueños de la tierra, que pertenecía al emperador, sino que gozaban del derecho de cultivo con carácter irrevocable, hereditario y permutable. Considerados por debajo de los campesinos, los artesanos gozaban de cierto respeto, en especial si las habilidades artesanas eran demandadas por el estamento militar. Así, el shogun y los grandes daimios trataban de diferente manera a los armeros en general y a los fabricantes de sables en particular. También gozaban de gran consideración aquellos talleres dedicados a la producción de artículos suntuarios. Peor calificación tenían los artesanos no cualificados que trabajaban en las aldeas o ciudades-castillo por un escaso salario, pero que contaban con la ventaja de disponer de un mercado más seguro. Los más miserables se contrataban como jornaleros y vivían en la pobreza, aunque no solían padecer desempleo. Todas las especialidades de trabajo existentes tenían su propia corporación y aplicaban un sistema de aprendizaje estricto y eficaz basado en la inmutabilidad de las reglas de fabricación. Muy ligados a los artesanos por el ambiente urbano en que se desenvolvían, los comerciantes eran considerados como el escalón más bajo de la sociedad. Pero con el desarrollo económico del período Tokugawa numerosos mercaderes incrementaron su prestigio y su fortuna hasta el punto de que en el siglo XVIII lucharon por abolir las barreras inmovilistas. No contaban con un código especial de conducta, aunque por estar situados en la base de la pirámide social tenían delimitadas sus funciones por exclusión. Gozaron de un trato especial en las ciudades-castillo de los daimios, pues monopolizaban el mercado urbano y abastecían de todo lo necesario a sus habitantes. Junto a los artesanos formaron el grupo denominado chonin, con unos rasgos de identidad contrapuestos a la cultura aristocrática de los samurais. Vetados para cualquier actividad política y limitados al comercio interno del Japón, los chonin se transformaron en la clase más dinámica y dinamizadora del Japón. Gracias a su papel de capitalistas, financieros y prestamistas, así como de redistribuidores de la producción agrícola, se convirtieron en los dueños de la economía japonesa. La organización social establecida por los Tokugawa excluía de las categorías oficiales a toda la población flotante de trabajadores manuales, braceros, terraceros o portadores, que componía el estrato más bajo de aldeas y ciudades y estaba condenada a la miseria, por sus bajos ingresos y las calamidades naturales sobrevenidas.
contexto
No parece posible interpretar la crisis de la democracia en la España de los años treinta a través de una óptica exclusivamente política. Es cierto que los factores propiamente institucionales, los comportamientos políticos y la conflictividad social son las causas más evidentes y mejor estudiadas. Parecen también haber sido las que incidieron con mayor fuerza en el proceso de deterioro de la convivencia nacional que se registró en los años de la República, y no le falta razón a G. Jackson cuando afirma que la agitación social de la época republicana tuvo más bien motivos políticos que económicos. Pero ignorar estos últimos sería negar la existencia de buena parte de las causas del malestar político acumulado durante el período.