El preponderante papel de la familia en la Europa del siglo XVIII cobra su pleno sentido al enmarcarla en una sociedad como la entonces dominante, concebida como un conjunto de grupos cuya disposición jerárquica y desigualdad en derechos y deberes estaba reconocida y consagrada por la ley. Era la clásica estructura tripartita heredada de la Edad Media y que el Parlamento de París, ante la pretensión de Turgot de hacer contribuir en metálico a todos los propietarios de tierras, fundamentaba en 1776 de esta forma: "En el conjunto formado por los diversos órdenes, todos los hombres de vuestro reino os están sujetos, todos están obligados a contribuir a las necesidades del Estado. Pero también en esta contribución se encuentran el orden y la armonía. La obligación personal del clero es realizar todas las funciones relativas a la instrucción, al culto religioso y aplicarse con sus limosnas al socorro de los desventurados. El noble consagra su sangre a la defensa del Estado y asiste al soberano con su consejo. La última clase de la nación, que no puede rendir al Estado servicio tan distinguido, cumple su obligación con los tributos, la industria y el trabajo manual. Tal, Sire, es la regla antigua de los deberes y obligaciones de vuestros súbditos. Aunque todos sean igualmente fieles y sometidos, sus condiciones no están confundidas y la naturaleza de sus servicios está esencialmente ligada a la de su rango". Se describía así un ordenamiento social, comúnmente denominado estamental, en el que nobleza y clero eran reconocidos como estamentos jerárquicamente superiores al tercer Estado o Estado general, definido por exclusión y, en principio, amplísimo (todos los que no eran ni clérigos ni nobles), si bien se estimaba limitado en la práctica a sus elementos más destacados, a las profesiones ricas u honorables y a los cuerpos organizados. Se justificaba su preeminencia por la importancia de la función social a ellos encomendada, aunque la realidad ya no se ajustara exactamente a lo que reflejaban razonamientos como el que acabamos de reproducir; disfrutaban de determinados privilegios reconocidos legalmente, aunque no de forma exclusiva, ya que había otros cuerpos privilegiados; la inclusión del individuo en un grupo u otro, por lo que respecta a la división básica (noble/plebeyo), venia, en principio, determinada por el nacimiento -de ahí el papel clave de la familia- y la movilidad social era limitada y circunscrita a unas vías establecidas. Los criterios jurídico-legales, sin embargo, no eran los únicos presentes en la organización social. El factor económico, la posición de los grupos sociales en relación con los medios de producción, aparentemente al margen de la definición de los estamentos y, por el contrario, criterio primordial en la organización social en clases o clasista, ejercía también una notable influencia. Y andando el tiempo -1789 es la fecha simbólica, aunque, en la mayoría de los países, haya que penetrar no poco en el siglo XIX-, se terminará imponiendo la concepción burguesa, clasista, de la sociedad. Se consagrará la igualdad de los individuos ante la ley y el factor fundamental que regirá el ordenamiento social será de tipo económico. Se agilizará la movilidad y la promoción social. Pero, recordaba C. E. Labrousse en un coloquio internacional, ni el nacimiento ni la función desaparecieron como criterios operativos en la estratificación social. Aunque, eso sí, encuadrados en un marco jurídico diferente, presentando interacciones diferentes y actuando con un peso y un orden de sucesión también diferentes...
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La originalidad de la sociedad helenística se basa en su diversidad, al intentar integrarse, bajo un sistema intencionalmente unificador, un conjunto de pueblos de tradiciones distintas. En gran medida, se trató de conservar en cada caso las estructuras existentes en los territorios conquistados, pero necesariamente había que contar con un elemento nuevo formado por los griegos, cuyos rasgos sociales se habían modificado en contacto con los macedonios. De hecho, nunca se produjo una auténtica unificación. Las estructuras indígenas basadas en las aldeas perduraron en el mundo oriental y en Egipto. La superposición llevada a cabo por los estados helenísticos no variaba en gran manera de la que se operaba en los estados despóticos. Ahora, los sectores dirigentes estaban formados mayoritariamente por helenos y macedonios, aunque de modo habitual quedaban integradas las clases dominantes de las antiguas monarquías. Sin embargo, los miembros de éstas tomaban, en ocasiones conflictivas, la determinación de sumarse o encabezar movimientos secesionistas o rebeldes, manifestación de descontento colectivo generalmente encauzado como movimiento étnico. El panorama resultaba, de este modo, variado por diferentes conceptos. En primer lugar, el mundo helenístico en su conjunto estaba formado por territorios donde habitaban pueblos diferentes, en algunos de los cuales la población griega resultaba numéricamente superior, pero en otros era mayor el número de la población identificada como bárbara. Dentro del campo occidental, los macedonios experimentaban un proceso creciente de helenización, porque se asentaban en ciudades que imitaban a la polis griega y porque ésta dejaba de ser independiente para pasar a tener sentido sólo como modo de encuadramiento de poblaciones pertenecientes a un estado monárquico de amplia base territorial. Por otra parte, griegos y macedonios habían emigrado a los territorios orientales y se habían asentado en colonias que imitaban las instituciones y las prácticas griegas, pero vivían en el aislamiento entre poblaciones bárbaras, en relaciones a menudo tensas. También era posible que las prácticas orientales se introdujeran en las comunidades procedentes de Grecia y que los sistemas sociales tendieran en esos momentos a homogeneizarse, sobre nuevos fundamentos creadores de la unidad helenística como mosaico de la diversidad. La integración de griegos y bárbaros crea una nueva unidad donde las relaciones sociales llegan a prescindir parcialmente de los fundamentos étnicos, sólo conservados como tales en función de su capacidad productiva en las relaciones de explotación del trabajo. Las diferencias étnicas más duraderas fueron las que respondían a la distribución territorial, encajadas en las fronteras de los reinos, que perduran aún después de la caída de éstos bajo el poder romano. Con ello se estructuraba la nueva ecúmene, fronteriza con los bárbaros, objeto de conquistas territoriales y capturas bélicas, cuando la república en expansión conseguía reconstituir el sistema de la esclavitud que se alimenta de la guerra y transforma al cautivo en mercancía. También las ciudades se conservaron como centros de discriminación, donde los griegos mantenían sus costumbres y pretendían que su superioridad cultural se interpretara como superioridad natural y se tradujera en privilegios políticos y económicos.
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Los patricios estaban en el vértice de la pirámide social. Esta aristocracia se había ido configurando en el curso de los siglos VII-VI a.C. Este grupo estaba constituido por los patres y las gentes maiores que se habían apropiado de las tierras comunes. Posteriormente, durante la fase de los últimos monarcas, se procedió a una ampliación de la clase dirigente, incorporando a las gentes minores. Pero si estos tres reyes, sobre todo Servio Tulio, habían pretendido con sus medidas políticas impedir la profundización de la división entre patricios y no patricios, su éxito fue parcial puesto que generó otro dualismo mayor: el del populus (conjunto de ciudadanos que integraban al mismo tiempo el ejército hoplítico y la asamblea centuriada) y la plebe. El poder de las gentes durante esta época era enorme, tanto en el plano político como social y está por supuesto ligado a su poder económico y militar. Sin olvidar el monopolio de los altos cargos sacerdotales que les permitió también utilizar la religión como un arma política. El patriciado no perdió el control de la ciudad en ningún momento y sólo las amenazas exteriores que obligaban a movilizar a todos los ciudadanos, incluidas las tropas auxiliares, y la eficiencia y tenacidad de los plebeyos lograron que, durante la lucha patricio-plebeya, los patricios fueran modificando sus posiciones. Aún así, la victoria les costó a los plebeyos casi doscientos años.
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Si la crisis incidió en la sociedad rural, la recuperación que le siguió, como es lógico, no podía dejar de incidir igualmente en ella. De todas formas resulta en extremo difícil reducir a unas líneas generales la compleja huella dejada por la reconstrucción agraria en el ámbito de las relaciones sociales del mundo rural. En principio puede afirmarse que la reactivación del campo trajo beneficios a sus cultivadores. Los restos de la vieja servidumbre retrocedieron notablemente en buena parte de Europa, al tiempo que muchas de las corveas que aún subsistían fueron convertidas en rentas en metálico, lo que en principio favorecía a los labriegos que estaban obligados a satisfacerlas. Paralelamente progresaban los contratos de larga duración establecidos con los cultivadores de la tierra, lo que también resultaba ventajoso pare estos últimos. Refiriéndose a los campos de la zona de Burdeos, R. Boutruche demostró que a mediados del siglo XV, o más concretamente después del año 1453, fecha decisiva para la confirmación del triunfo francés en la guerra de los Cien Años, las cargas señoriales habían disminuido y la dependencia de los labriegos se había suavizado notablemente con respecto a la situación existente un siglo antes. Ahora bien, todo lo indicado no fue óbice, ni mucho menos, para que, al mismo tiempo, se fortalecieran los grandes propietarios territoriales, caso de los "landlords" ingleses, los "junkers" alemanes o los ricos hombres de la Corona de Castilla. Quien se llevó la peor parte fue, según todos los indicios, la pequeña nobleza rural, la cual, tras el varapalo que recibió de la depresión, se encontró sin fuerzas suficientes para salir adelante. Por otra parte, en algunas regiones de Europa, particularmente en el Este, la servidumbre, lejos de retroceder, conoció a fines de la Edad Media un notable resurgimiento. Es más, podría fijarse una imaginaria línea divisoria, que discurriría entre la ciudad de Dantzig, en tierras imperiales, y el norte del Adriático, para deslindar el ámbito en donde avanzaba la liberación del campesinado del área en la cual, por el contrario, progresaba la servidumbre de los trabajadores de la tierra. Los dos territorios se hallarían, respectivamente, al oeste y al este de la línea citada. Recordemos algunos datos: al filo del 1500 se aprobó en Bohemia una medida según la cual ningún campesino, ni su hijo, podía abandonar la tierra que cultivaba, si no daba su consentimiento previo el propietario; casi por las mismas fechas se agravó la condición de los labriegos que trabajaban en las tierras de la nobleza húngara, hasta el punto de convertirse de facto en siervos; también la condición de los campesinos de Lituania y de Rusia experimentó un considerable retroceso por aquellos años. Pero no sólo empeoró el status de los labradores en Europa oriental. En Dinamarca tuvo lugar, durante el reinado de Juan I, que se desarrolló a caballo entre los siglos XV y XVI, un notorio empeoramiento de la condición social de los campesinos, muchos de los cuales cayeron en la servidumbre lisa y llanamente.
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Una nueva sociedad estaba surgiendo, y los nuevos problemas, al igual que los nuevos conflictos, tienden a encontrar vías igualmente nuevas y suficientes de respuesta o de solución.Los nuevos conflictos sociales no son ahora la consecuencia de la vieja lucha entre empresa y sindicato en torno al poder social. La vieja lucha en torno a la producción y la distribución de los bienes se abre ahora a los nuevos terrenos de la vida social, precisamente porque la información, la educación y el consumo influyen mucho más en la producción, junto con las plurales decisiones políticas que condicionan, con sus fallos e interferencias, cualquier perspectiva de futuro.Las nuevas luchas sociales no pueden ya separarse tanto del poder económico como del poder político; precisamente porque en la sociedad postindustrial, que es consiguientemente una sociedad dominada, o dirigida, por tecnócratas, que han programado, conforme a supuestos económicos y políticos, los modos de producción y de organización económica.En un intento de síntesis capaz de definir someramente los contenidos que estos calificativos -postindustrial, tecnocrática o programada- encierran, A. Touraine aludía en 1969, en el mismo momento en que estas transformaciones comenzaban a experimentarse, a las nuevas realidades que estaban condicionando un crecimiento económico hasta entonces considerado definitivo.Porque, a partir de la crisis que se hará plenamente manifiesta en torno a 1970, el crecimiento, antes dependiente de la acumulación del capital casi de forma exclusiva, depende mucho más del conocimiento, de la investigación científica y técnica, de la formación profesional, y de la capacidad de programar el cambio y de controlar las relaciones entre sus elementos, de dirigir organizaciones y, por tanto, sistemas de relaciones sociales, o de difundir actitudes favorables a la puesta en movimiento y a la transformación continua de todos los factores de la producción, todos los terrenos de la vida social, la educación, el consumo, la información...: "El carácter más general de la sociedad programada consiste en que las decisiones y los combates económicos no poseen ya en ella la autonomía y el carácter fundamental que tenían en su tipo de sociedad anterior (...). El crecimiento económico está determinado por un proceso político más que por unos mecanismos económicos (...). La autonomía del Estado respecto de los centros de decisión económica se hace más débil en todas partes y con frecuencia desaparece (..). Las formas de dominación social resultan por ello profundamente transformadas (..). Nuestra sociedad es una sociedad de alienación; no porque reduzca a la gente a la miseria o imponga coerciones policiacas, sino porque seduce, manipula e integra." (D. Bell, La sociedad postindustrial, páginas 6-11).La sociedad postindustrial, o mejor dicho, las sociedades postindustriales, puesto que los modelos se manifiestan plurales, son aquellas en las que las áreas de ocupación dominantes son las de los servicios y donde la clase mayoritaria también se emplea en ellos. Estos cambios producidos en el empleo han venido acompañados, seguidos o motivados -según los casos- por un cambio de valores; de modo que, conforme las sociedades y las empresas abandonaban o disminuían la producción de bienes, experimentaban nuevos incentivos, nuevos interrogantes y nuevos fines que caminaban ligados a las nuevas fuerzas conductoras del progreso.El término de progreso, en estas circunstancias, comienza a ser sinónimo de conocimiento y de información. Científicos, técnicos y, más recientemente, informáticos se han convertido en grupo social constituido e indispensable; y marcan, como Bell ha definido, el "advenimiento de un nuevo principio de estratificación".La sociedad postindustrial se distingue en líneas generales por el inicial esbozo y posterior desarrollo de las siguientes características fundamentales:Primera: Son, sobre todo y como consecuencia del imparable aumento de conocimientos científicos y de la alta tecnología, sociedades de servicios, de la abundancia y de la información.Segunda: Optan por la expansión urbana, por la mayor dotación y urbanización de sus áreas rurales que evite una emigración poco rentable, y por el aumento de una prosperidad material.Tercera: Reducen sus porcentajes de población activa en ocupaciones de los sectores primario, secundario y, aun, terciario, y apuestan de forma creciente por ocupaciones cuaternarias (las relacionadas con la llamada ingeniería social; empleos a tiempo parcial, valoración del ocio, trabajo desde el hogar, nuevas categorías ocupacionales...).Cuarta: Condicionadas por el fuerte aumento de las provisiones y de oportunidades vitales, atienden a unos modos de vida sensorial, hedonista, pragmático; con fuerte énfasis en la educación general y profesional, y con gran vuelco en la planificación y programación de opciones alternativas para el futuro.Como señalara el tratadista P. Berger, "cuando la modernización tecnológica y el crecimiento económico perduran en el tiempo, las desigualdades de ingresos y de riqueza se incrementan de forma aguda, pero luego disminuyen también de forma aguda, para permanecer en una meseta relativamente estable".Para él, las causas de este proceso son más tecnológicas y demográficas que sociales o políticas. El aumento demográfico ha exigido una mayor producción ante las expectativas de un aumento casi infinito del consumo; y los avances y resultados de las nuevas tecnologías han sido la mejor respuesta a este reto.Las predicciones sustituyen tanto a creencias provindencialistas como a las múltiples manifestaciones del azar; y los avances tecnológicos -ese juego contra la naturaleza en que el esfuerzo del hombre por arrancar los secretos de la naturaleza surge en gran medida contra el carácter de las leyes físicas- han logrado convertir a esta sociedad postindustrial en una sociedad del conocimiento: porque las fuentes de la innovación derivan cada vez más de la investigación y del desarrollo y porque, como ha señalado Bell, la carga de la sociedad -que se mide por una mayor proporción del Producto Nacional Bruto y una mayor tasa de empleo- reside cada vez más en este campo del conocimiento."El trabajo -seguirá insistiendo el ya citado Berger cuando trata de explicar la nivelación social- se hace más especializado y más escaso en la medida en que avanzan las sociedades".En la actualidad, comentaba Bell en 1976 en su obra Las contradicciones culturales del capitalismo, se experimenta un contraste entre una estructura social caracterizada por el orden tecno-económico y la cultura occidental que parece marchar por un camino bien distinto, una vez sustituida la "ética del sacrificio y el ahorro" por otra nueva y muy diferente, más ligada a la distribución, a la prodigalidad y al disfrute.Las sociedades comienzan a experimentar en los años setenta una preocupación mayor y más profunda por el futuro; y están básicamente interesadas en lograr la armonía entre las diversas áreas que debe hacer posible, como Berger señala, las grandes exigencias del capitalismo de cara al futuro: "prosperidad, igualdad y libertad". Porque en este nuevo lema, que trae los recuerdos del planteado por la Revolución Francesa, se tratan de concatenar el mito del crecimiento, la convergencia de bienestar y nivelación materiales y el logro de una libertad política democrática en la que se superen los inconvenientes de una alineación mediante la liberación al mismo tiempo individual y comunitaria.Las áreas que deben armonizarse con vistas a la conquista de unos comportamientos sociales seguros en el presente y esperanzados y abiertos de forma optimista al futuro son las siguientes:Primera: La constitución de un orden político regido por la legitimidad, interesado en crear unas estructuras de participación y orientado a la búsqueda de la igualdad.Segunda: Afirmación de un orden económico dominado por la búsqueda y consecución de la prosperidad y la eficacia, y con unas estructuras jerárquico-burocráticas que incentiven productividad, control, mejores mercados y un bienestar crecientemente ampliable y de mejor calidad.Tercera: Un nuevo orden cultural más volcado en la autoafirmación y realización personales que en los precedentes crecimiento económico y progreso social.Cuarta: Un sistema de relaciones sociales dirigido por el principio de la autorrealización y la comunicación humanas.El problema nunca resuelto, como el sociólogo González-Anleo ha señalado, es el de la dificultad para realizar de forma conjunta y satisfactoria las exigencias de estas áreas, la consecución de la armonía más arriba señalada. La realización de cada una de ellas parece exigir el sacrificio o la minoración de otras, y ello produce insatisfacciones y frustraciones tanto individuales como colectivas, que pueden además confluir en conflictos personales o sociales.El propio González-Anleo ha sintetizado con gran claridad y no menos sencillez los diversos modelos con que sociólogos y futurólogos científicos han tratado de conformar, justificar y proyectar el futuro de las sociedades postindustriales, y ha querido diferenciar al menos tres modelos, el último de los cuales termina subdividiéndolo en cuatro formas progresivas que cambian en función de su localización y a partir de las dificultades que también progresivamente se encuentran.1. El primero es el "modelo sociologizador", al que se refiere Bell cuando trata de explicar en 1973 sus teorías del desarrollo social una vez superadas, con el paso a una situación nueva, "la eficacia funcional, la gestión y la producción de bienes", típicas de la "sociedad industrial: La división esencial en la sociedad moderna no se encuentra actualmente entre quienes poseen los medios de producción y un "proletariado" indiferenciado, sino en las relaciones burocráticas y autoritarias entre quienes tienen el poder de decisión y quienes no lo tienen, en todos los tipos de organización, política, económico y social. La tarea del sistema político se convierte en el control de esas relaciones, respondiendo a las diversas presiones en favor de una distribución equitativa y una justicia social" (El advenimiento de la sociedad postindustrial, página 146).Hay, pues, que vincular la ciencia a la política pública, y es obligado determinar el camino que el cambio social escoge en cada sociedad. El concepto de sociedad postindustrial va, por tanto, dirigido a la búsqueda de patrones ordenadores que hagan más inteligibles los cambios complejos en las estructuras de las sociedades de Occidente.Los conocimientos científicos y los saberes técnicos, imprescindibles en el desarrollo de las nuevas tecnologías, permitirán en las sociedades postindustriales el predominio de la investigación, el desarrollo científico, la información y la comunicación; la progresiva producción de servicios para una demanda creciente de bienes inmateriales (cultura, educación, salud plena y medios de autorrealización personal); la subordinación de las empresas a las mejoras sociales más que a puros logros de beneficio económico; el refuerzo del papel tecnocrático del Estado para hacer posibles, acertadas o eficaces nuevas técnicas de planificación, nuevos modos en la toma de decisiones y evaluaciones positivas de las innovaciones tecnológicas, y, sobre todo, la prioridad de la educación, de la que depende la matriz de vida de las personas: fuerte desarrollo de los niveles de vida en naciones atrasadas, sociedades mundialmente intercomunicadas, un nuevo sistema monetario mundial que haga posible y beneficiosa la internacionalización del capital.De todo ello surgirán nuevos modelos de consumo, una concepción y valoración del trabajo más positiva, la humanización de la tecnología, la reorientación de la tecnocracia y de los sistemas de planificación, nuevas formas de liderazgo, cambios en la naturaleza y en las organizaciones, y un nuevo sentido de la vida y de la sociedad.2. El segundo modelo parte de la crítica al diagnóstico y al proyecto de Bell, y queda perfectamente recogido en el análisis realizado por Dahrendorf en 1982, publicado bajo el título de Oportunidades vitales, y referido básicamente a su intento de responder a la crisis actual de civilización (se refiere a los mediados setenta) y a los problemas que están impidiendo o dificultando el logro de la igualdad y la libertad en las sociedades modernas: "Resulta muy pronto -comenta Dahrendorf- para poder saber hasta qué punto la crisis de los años setenta constituye un giro decisivo (...). Los valores se vieron sometidos a prueba y a cambio cuando tanto el desarrollo económico como el progreso social atravesaban momentos de agobio (...)".Dahrendorf construye entonces su teoría social y política volcada en la búsqueda de "la sociedad de la mejora social", y ofrece como objetivos sociales básicos en la misma el paso de la simple mejora económica a unas más profundas y válidas mejoras sociales, la supresión de los conflictos derivados de la llamada "sociedad dual" (un tercio de ricos, un tercio de marginados y una clase media amplia y desideologizada), la potenciación de la calidad de vida gracias a una humanización del trabajo desde una mejor educación, garantía salarial frente a la inseguridad económica, realización de un trabajo vocacional, con tiempo libre para el ocio y con posibilidades de participación en la organización empresarial.El mayor obstáculo, sin embargo, a la posible realización de estas sociedades que supondrían, de realizarse esta mejora social completa, la transformación más radical de las experiencias adquiridas, reside en la amenaza permanente de una hipertrofia burocrática. Esta terminaría coartando, cuando menos, la libertad concreta de los individuos, y sólo una participación ciudadana, una descentralización administrativa, la movilidad funcionarial y la reducción de estructuras y jerarquías de poder podría reducir estos inconvenientes y coordinar la mayor libertad con la necesaria programación, previsión y reafirmación ordenada y progresiva de las prospectivas.3. En el tercer modelo, cabría integrar los proyectos con que, desde los primeros sesenta, las sociedades avanzadas han tratado de dar respuesta a los grandes problemas y retos que ocuparon y preocuparon a científicos y sociólogos, convencidos ya de la necesidad de afrontar los interrogantes planteados por el crecimiento de la población, el desarrollo de las industrias y el deterioro imparable del medio ambiente de forma conjunta e interdisciplinar.a) En 1961 se publicaba el modelo Global 2000, que trataba de predecir, a instancias de la Administración norteamericana, el futuro de las sociedades postindustriales.Insistía en la creciente y preocupante deforestación y contaminación; auguraba un mundo más superpoblado, y aventuraba, de no surgir nuevos adelantos, una vida más precaria para los habitantes del año 2000.La única salida al pesimismo estaba en el cambio, en la modificación de las pautas actuales de comportamiento humano colectivo, que tanto científicos como sociólogos creían dependiente de los propios hombres.b) En 1972 se cruzan y complementan el informe realizado por el Club de Roma a partir de los trabajos de J. Forrester y Denis L. Miadows que habían elaborado un modelo matemático con el que analizaban cinco variables básicas -población, capital, contaminación ambiental, recursos y alimentos- teniendo a la población y al crecimiento como "exponenciales" del proceso, y el modelo de la Organización de las Naciones Unidas, también de 1972, encargado a V. Leontief, que trataba de analizar los costes del crecimiento económico para los países más deprimidos.En este último pudieron predecirse las tasas de crecimiento del Producto Nacional Bruto de las distintas regiones, lo mismo que sus necesidades de inversión para hacerlo posible, pero no supo o no pudo responder a los grandes problemas de los ochenta, como la contaminación o el deterioro progresivo del medio ambiente.c) Otros dos ensayos, de 1975 y 1976, el Modelo Integrado Mundial y el modelo latinoamericano, este último más insistente en las preferencias de un mundo más justo sobre un mundo más desarrollado, señalaba como cuestiones de complicada solución el difícil equilibrio del crecimiento demográfico, las razones sociopolíticas que dificultan el desarrollo mundial y la escasa consistencia de la ayuda internacional para la solución del subdesarrollo.Como síntesis de esta búsqueda y del cruce de modelos habría que tener en cuenta: que los recursos y la tecnología hoy existentes son válidos para satisfacer todas las necesidades de la humanidad; que ni la población ni el capital pueden crecer ilimitadamente en un planeta limitado; que no hay información exacta sobre la capacidad del medio ambiente para absorber los desperdicios que acumula la satisfacción de las necesidades humanas; que con las políticas en escena se acentuarán las diferencias entre áreas ricas y pobres de la humanidad; que el esfuerzo político de hoy para modificar estilos de vida, niveles de consumo y de despilfarro será mucho más difícil conforme se tarde en tomar las oportunas decisiones, y que la tecnología, que puede ayudar, no es la respuesta a todos los problemas planteados por el desarrollo."El camino que tenemos por delante -concluye R. Dahrendorf- requiere una nueva definición, al mismo tiempo que una afirmación, de la ciudadanía, de las oportunidades vitales y la libertad."
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La India tradicional es un mundo rural, caracterizado por la existencia de numerosas comunidades que viven por sí mismas, gobernadas por un jefe o por un consejo de ancianos. Los artesanos adscritos a la comunidad recibían, en compensación de sus servicios, una parte de la cosecha. En algunas aldeas existían también esclavos al servicio de los campesinos acomodados. La comunidad era colectivamente responsable de los impuestos y de las prestaciones que reclamaba el Estado o el señor más próximo. El impuesto servía como nexo de unión entre la ciudad y los pueblos que no carecían del poder adquisitivo necesario para demandar las mercancías que la ciudad fabricaba. A partir del siglo XVII comenzó a producirse un gran cambio en esta situación, gracias a dos acontecimientos. El primero fue que en su territorio surgió y se consolidó un imperio poderoso y centralizado, el Imperio mogol; el segundo factor fue que se establecieron agencias comerciales europeas en varias ciudades, puertos y centros del interior, y la India se vinculó aún más estrechamente con los mercados europeos. Desde el siglo XVII las actividades de los europeos favorecieron la expansión de la demanda de algunos bienes, entre los cuales se incluían en considerable proporción las artesanías y las manufacturas. En consecuencia, desde esa centuria hubo en la India una notable tendencia hacia el crecimiento de una economía monetaria.
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La polarización de la sociedad española en dos o tres reductos difíciles de conciliar no es un rasgo característico de la totalidad de nuestra Historia, pero sí del período bélico y del posterior; antes, la divergencia no había excluido la posibilidad de convivir. El estallido de la guerra abrió una profunda división en la sociedad española destinada a perdurar durante mucho tiempo. El factor divisorio fue, en parte, la pertenencia a una clase social, pero probablemente los factores estrictamente culturales, de concepción del hombre y de la vida, resultaron mucho más decisivamente influyentes que ese tipo de caracterizaciones basadas en la pertenencia a un sector social. Resulta obvio que la aristocracia latifundista estuvo al lado de la sublevación y que en contra tomaron las armas los grupos sindicales revolucionarios de plural significación. Sin embargo, no es menos evidente que la guerra civil enfrentó a dos sectores de España con amplias apoyaturas sociales y que, por tanto, no hubo una sola causa popular en la guerra sino dos. Los sublevados no eran sólo los miembros de la nobleza terrateniente sino también el campesino pobre, pero propietario, católico y alfabeto de la mitad Norte de la Península; la causa del Frente Popular no tuvo como únicos representantes y directivos a revolucionarios que habían conspirado en otro tiempo contra la República, sino a personas pertenecientes a la burguesía incluso relativamente acomodada y de ideario liberal como podrían ser Negrín y Azaña. Si desde una óptica política fue la pulverización del centro uno de los factores que más claramente explican el estallido de la guerra civil, como muy bien escribió Azaña, fue "la discordia interna de la clase media y, en general, de la burguesía, el origen de la misma". Al lado de generales, de requetés o de falangistas hubo también en el bando vencedor personas que habían sido liberales en el pasado, pero que vieron en la experiencia de los años treinta la falsa prueba de que el carácter español era poco conciliable con la práctica de la democracia. Uno de ellos, persona también procedente de esa clase media, era Cambó quien, en el exilio, se sentía "lejos del espíritu de ferocidad" que envolvía a la realidad española, pero que juzgaba que "ante la anarquía como mal menor ha de venir la fuerza". Puesto que los factores culturales primaron sobre los sociales bueno será referirse a los primeros. Por supuesto, los motivos de movilización de esas dos Españas en guerra no se autodefinieron en términos sociales sino ideológicos, más que estrictamente políticos. Si se leen las proclamaciones iniciales de los dirigentes de la sublevación la idea exclusiva que en ellas impera es la del restablecimiento de un orden y una autoridad que son todavía los republicanos, aunque la propia sublevación concluya por hacerlos inviables. De ahí por un mecanismo psicológico no sólo sublimador, sino también obvio producto de las circunstancias, se pasó a la exaltación religiosa, el ideal de cruzada, presente espontáneamente en los planteamientos no sólo de los dirigentes sino también en los simples combatientes. No hay una anécdota más reveladora a este respecto que la propaganda del plato único, una necesidad impuesta por las condiciones de abastecimiento en período bélico, como medio de "santificación". Un último paso consistió en la exaltación del pasado, en donde míticamente se habría dado la identificación entre la religión y la patria: el propósito sería "ser lo que fuimos después de la vergüenza de lo que hemos sido", como se afirmó en los titulares de un diario franquista. Si resulta relativamente sencillo simplificar en una fórmula como la citada el motivo movilizador para el combate entre los sublevados, entre los gubernamentales resulta, sin duda, mucho más difícil hacerlo. En algunos de los discursos de Azaña en el período bélico o en los 13 puntos de Negrín encontramos los principios de la ortodoxia republicana, pero, por supuesto, no puede pensarse que tan sólo ellos resultaran vigentes entre los combatientes de esa significación. Para muchos otros era verdad lo que decía CNT, el diario anarquista madrileño: "Todos los viejos valores... se han hundido estrepitosamente a partir de la insurrección militar". Lo que daba al Frente Popular un aire de abigarrado pluralismo es, precisamente, el hecho de que quien lo había sustituido no era una sola y única fórmula sino varias e incluso algunas de ellas contradictorias entre sí. Nada explica mejor las diferencias entre concepciones de la vida en los dos bandos que la política cultural y educativa que practicaron durante el período bélico. Entre los sublevados más que una política revolucionaria de corte radicalmente fascista se siguió, en educación, otra de carácter clerical y restauracionista. Las bibliotecas fueron depuradas y de ellas fueron excluidos no sólo autores revolucionarios sino también otros como Cambó, Baroja, Tolstoi o Blasco Ibáñez. También los maestros experimentaron un proceso paralelo: haber asistido a una homenaje a Gorki o "proceder de la Institución Libre de Enseñanza" eran argumentos suficientes como para recibir una sanción. En la enseñanza primaria no sólo se pretendió el restablecimiento de un sentido cristiano sino también la introducción de devociones muy concretas, como las de carácter mariano. La reforma del Bachillerato de 1938 se basó en la formación clásica, la consideración del catolicismo como "médula" de lo español y la exaltación de lo específicamente nacional a través precisamente de la Historia. Al lado de estas manifestaciones clericales hubo también una política cultural más fascista, en manos de Falange, que quería incorporar a los vencedores los valores de la cultura española laica. No hubo una política de propaganda a partir de la defensa del patrimonio artístico o monumental (el arquitecto Muguruza, responsable de esta parcela, admitió que "se tiene tan poco ante lo hecho por los rojos"), sino que tan sólo se insistió en los medios católicos acerca de las numerosísimas destrucciones de iglesias y otros lugares de culto. Sin embargo, se creó una gran institución cultural, el Instituto de España, que reunía a la totalidad de las Academias. Es igualmente significativo que en el Instituto, inspirado y animado por D'Ors, se entrara tras un estrambótico juramento de índole clerical y nacionalista y que para su presidencia se pensara en Falla, una personalidad católica sin significación política y que no llegó a desempeñar su cargo. En el bando gubernamental encontramos una pluralidad mucho mayor que la existente en el adversario entre clericalismo y falangismo. Existió, en primer lugar, toda una línea derivada de la tradición de corte liberal y republicano que concedía un papel eminente a la cultura, consideraba que el hombre se salvaba a través de ella y apreciaba o potenciaba de manera especial la de carácter popular. Sobre esta tendencia se impostó el sentido utilitario y propagandístico del PCE, que fue el principal responsable de la política educativa y cultural del Frente Popular hasta bien entrado 1938: testimonio de ese utilitarismo fue la existencia de un organismo administrativo de superior entidad a los que existieron entre el adversario, bien como Ministerio o como Subsecretaría. No cabe la menor duda de que la labor de los comunistas fue a menudo sectaria, pero que al mismo tiempo tuvo un éxito considerable en el exterior y demostró un mayor aprecio y sensibilidad por la problemática de carácter intelectual y cultural. Así se demuestra en los varios manifiestos suscritos por intelectuales en apoyo del Gobierno del Frente Popular en los primeros momentos de la guerra, algunos de cuyos firmantes acabaron retractándose, así como en la evacuación de intelectuales de Madrid y la posterior creación de una Casa de la Cultura para que residieran en Valencia. El mismo sentido cabe atribuir al nombramiento de Picasso para regir el Museo del Prado, cargo del que no tomó posesión. También el bando gubernamental tuvo su gran institución cultural sustitutiva de las Academias, denominada Instituto Nacional de Cultura, cuya vida no parece haber sido muy activa. El aspecto más interesante y positivo del interés del bando gubernamental por la cultura reside en la labor de extensión educativa y cultural lograda a través de la creación de un número importante de escuelas (quizá 5.000), mientras que entre sus adversarios algunos quisieron sustituir al maestro por el sacerdote, la creación de un bachillerato abreviado para obreros o la labor de difusión cultural a través de las llamadas milicias de la cultura. Por supuesto, en todas estas tareas había un componente de adoctrinamiento ideológico, como se demuestra por la existencia de una cartilla popular antifascista para enseñar a leer. Una tarea que recibió importante difusión propagandística, pero que respondía además a una obvia necesidad, fue la salvación del patrimonio artístico y principalmente de los tesoros del Museo del Prado. Al principio existió una Junta de Incautación y luego otra del Tesoro Artístico, hasta que esta competencia fue absorbida por el propio Estado. La labor de todos estos organismos contribuyó a aliviar la destrucción del legado histórico, de enorme gravedad en un acontecimiento bélico como el español de 1936-1939. Señaladas las respectivas políticas culturales resulta también preciso hacer referencia a la posición de los protagonistas del mundo cultural ante el conflicto fratricida. Los intelectuales españoles habían vivido la difícil y crítica coyuntura de los años treinta con aires de decidida beligerancia, que se convirtió incluso en una necesidad a partir del momento del estallido de la guerra civil. Ésta potenció la voz de quienes estaban ya comprometidos a favor de una u otra tendencia, pero también incorporó a esas filas a quienes pensaron ahora que no les quedaba otro remedio que adoptar una posición semejante, bien por lealtad geográfica con el bando en que estaban o bien porque pensaran que ahora era impensable su indiferencia política previa. Otros, sin embargo, acabaron optando por el silencio o la marginación. Para los intelectuales españoles, sin duda, hubo dos peligros, semejantes en gravedad. El primero de ellos era el de la depuración por ser considerados vitandos por alguno de los sectores en pugna o por los dos, hecho que sucedió con personas como Ortega o Sánchez Albornoz. El segundo peligro no era menor: consistía en la posibilidad de someter el propio pensamiento o creatividad a la beligerancia de manera exclusivamente utilitaria. Sin embargo, también la guerra tuvo otros aspectos más positivos: Max Aub escribió que la guerra civil sigue teniendo para el espíritu una importancia de la que carecieron las demás, y Cernuda ha explicado las razones: "Me hizo ver en el conflicto no tanto sus horrores, que aún no conocía, como las esperanzas que parecía traer para el futuro". La cultura de la España en guerra, como todo ella, estuvo con tanta frecuencia llena de ejemplos de creatividad como de insubstancial sumisión no ya a un ideario como a personas que dudosamente la merecían. Aunque, como es lógico, dado el ambiente de los años treinta, el mundo intelectual se decantó de manera mayoritaria hacia la causa republicana, no se puede ni mucho menos decir que todo el mundo intelectual estuviera con ella. En cualquier caso, merece la peña señalar la coincidencia de actitudes de fondo así como la coincidencia en la utilización de medios expresivos semejantes: el teatro de pretensiones heroicas, la radiodifusión que hizo nacer una verdadera guerra de las ondas, el verso épico o el cartelismo de combate. Los vencedores también tuvieron sus mártires intelectuales como Maeztu. Sin duda, hubo una tentación en ellos a considerar que los intelectuales eran culpables del estallido de la guerra, hasta el punto de que Sainz Rodríguez habló de la existencia de un auténtico "temor colectivo" a la inteligencia, y Cossío sugirió sustituir esa denominación por la de "hombres de razón". Dominada por militares carentes de preocupaciones intelectuales, la España sublevada no careció de apoyos intelectuales, aunque, entre los antirrevolucionarios, los más valiosos fueron, quizá, aquellos que abandonaron España incómodos en los dos bandos pero secretamente esperanzados en la victoria de Franco, o quienes estaban dispuestos a aceptar esta última por repudio de lo que sucedía en el bando del Frente Popular. Este fue el caso de algunos de los representantes de la llamada generación del 98 o de 1914. Baroja, aterrado ante la doble barbarie de los tradicionalistas y de los revolucionarios, creyó poder confiar en un dictador, "domador de esas bestias feroces", y acabó ingresando en el Instituto de España. Pérez de Ayala mantuvo una posición partidaria de Franco aunque sin hacerla pública. Ortega y Gasset criticó las simplificaciones de los visitantes extranjeros a la España en guerra, pero más taxativo aún fue Marañón, quien planteó la contienda como resultado del enfrentamiento entre comunismo y anticomunismo y embistió contra quienes al adoptar una postura respecto de España mostraban el "pánico infinito" de no parecer liberales. En realidad todos estos intelectuales profesaron una muy discreta simpatía por Franco, que se convirtió en nula cuando vieron de cerca en qué consistía o se disiparon sus esperanzas respecto de lo que podía llegar a ser. En el fondo, la discutida posición de Unamuno tenía el mismo fundamento. En un principio se identificó con la causa de los sublevados a la que vinculó con la civilización cristiana y occidental; fue no sólo un partidario de ellos sino un colaboracionista, incluso en expedientes de depuración. Pero pronto supo de sus amigos asesinados en un "estúpido régimen de terror". Después de su conocida intervención el 12 de octubre en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca se convirtió en un solitario que repudiaba la "mentalidad de cuartel y sacristía" imperante en la España de Franco y que se aproximaba a la muerte en plena angustia provocada por la discordia nacional. Por supuesto, ninguna de estas posturas fue la oficial de los intelectuales en la España de Franco. Los intelectuales oficiales en ella fueron los hombres de generaciones anteriores que habían evolucionado desde antes hacia posiciones autoritarias (como D'Ors) o nuevas adquisiciones para esta postura (como Manuel Machado en uno de cuyos versos de época bélica se dice que Franco "sabe vencer y sabe sonreír"). Tan característico como este sector fue el de los jóvenes de la generación de 1927, ahora identificados con un nacionalismo católico militante o con un falangismo revolucionario. En esta última versión resulta de interés especial la revista Escorial, empeñada en rescatar para la causa de los sublevados a una parte de la tradición liberal, aunque privándola de sus contenidos políticos, o Vértice, en que es manifiesta la imitación de la estética fascista italiana. Novelas como Madrid, de corte a checa (Foxá), o Eugenio o la consagración de la primavera (García Serrano) describen, respectivamente, el terror ante la represión o la experiencia de la violencia armada en las luchas juveniles. El radical enfrentamiento entre el Bien y el Mal o la rememoración de un pasado glorioso fueron objeto de la propaganda entusiasta de los poetas afectos a Franco. Así, Pemán pudo escribir que "No hay más que carne o espíritu / Luzbel o Dios", y Manuel Machado advirtió: "Ay del pueblo que olvida su pasado / y a ignorar su prosapia se condena". Al lado de los nacionalistas estuvieron algunos de los pintores españoles más conocidos de la época como Zuloaga, que retrató a Franco, o Sert, que empleó su decorativismo monumental en la exaltación de los mártires religiosos o de los defensores de El Alcázar; el primero fue el ganador de la Bienal de Venecia de 1938. Quienes estuvieron al lado de la España del Frente Popular contaron también con figuras de generaciones anteriores a la de 1927. Sin duda fue Antonio Machado el más beligerante partidario de esta causa que defendió con decisión y con una prosa cuyos valores morales y estéticos trascienden la adscripción política. Es cierto que también Machado fue autor de los versos de Líster ("Si mi pluma valiera tu pistola / de capitán, contento moriría"), pero, en general, fue capaz de mantener una línea inequívoca de patriotismo, exaltación de los valores humanos y populares, dentro de una adscripción a un genérico socialismo y un entusiasmo por Stalin y la Unión Soviética que desde una óptica actual resulta injustificable. Juan Ramón Jiménez se identificó con la causa republicana y luego escribiría acerca de la "extraña alegría que había invadido Madrid en los tiempos del estallido constante" en el que había vivido allí acosado por unos milicianos de la cultura de los que dijo "estar, con el más firme desprecio, a su disposición". Como resulta lógico, la mayor beligerancia literaria en favor de la causa del Frente Popular se encuentra en las nuevas generaciones literarias. Mientras que Alberti montaba una Numancia que recordaba la defensa de Madrid, Miguel Hernández era autor de la poesía bellamente comprometida de El rayo que no cesa. Entre estos jóvenes hubo, por supuesto, casos de convencido y devoto compromiso, como el del protagonista de la novela de Arturo Barca, La forja de un rebelde, pero también de entrega a un ideal cuyos males por el momento no se percibían: María Teresa León describió a Stalin como "nuestro padre querido" cuyas manos "blancas y puras, manos de nieve silenciosa" cantó Bergamín. En lo que la causa republicana fue indiscutiblemente superior fue en lo que respecta a las empresas colectivas montadas para exaltar la causa republicana. El Congreso de intelectuales antifascistas de 1937 motivó la malhumorada reacción de Azaña, para quien su organización costaba "un dineral", y presenció alabanzas a favor de la Unión Soviética y repudios de quienes querían independizar la tarea intelectual de la política, pero congregó en Valencia y Madrid a un elenco impresionante de intelectuales y dio lugar a intervenciones brillantísimas en el fragor del enfrentamiento bélico. Hora de España fue, sin duda, la mejor revista intelectual de la guerra, con respecto a la cual mantuvo un inequívoco compromiso, pero procurando enlazar con la sólida tradición intelectual del pasado (su símbolo fue un viejo tocón del que brotaban dos nuevas ramitas). El Pabellón de la Feria de París, en 1937, testimonió la identificación de la vanguardia estética (no sólo Picasso, sino también Miró, Alberto, Julio González o Sert) con la causa republicana. En adelante, el Guernica, que acabaría siendo considerado como el cuadro más importante del siglo XX, se convertiría en la prueba de que era posible hacer compatible el compromiso político y la experimentación estética. Aparte de hacer mención a la actitud de los medios culturales e intelectuales españoles en torno a la experiencia bélica y al modo en que su creatividad quedó multiplicada o disminuida como consecuencia de este fenómeno, es preciso también hacer referencia a otro aspecto de nuestra contienda interna que resultó de decisiva importancia para la Historia universal: aquélla no constituyó tan sólo uno de los "virajes hacia la guerra mundial", sino que además fue un momento de importancia en la evolución de la responsabilidad social de la cultura y del compromiso de los intelectuales. Nunca hasta entonces había existido una guerra en que la propaganda jugara un papel tan decisivo y nunca tampoco existió tal presión ambiental para tomar partido a favor de uno de los contendientes. En lo que respecta a la política internacional es posible que la guerra civil española no fuera más que un desgarrón más de la ficticia paz precedente, pero los intelectuales de todo el mundo la vivieron como una ocasión crucial de la que dependía el destino de la Humanidad. Hugh Thomas ha señalado que la guerra civil española fue una especie de Vietnam de los años treinta; como en aquella ocasión, durante los sesenta a la intelectualidad liberal o izquierdista le resultó muy obvio designar quién representaba el Bien o el Mal absolutos en el conflicto español. El poeta británico Stephen Spender indicó lo mismo con diferentes palabras: como en 1848 se ofrecía al mundo un campo de batalla en el que quien tenía de su lado a la libertad o la justicia parecía obtener victorias sobre el adversario. En consecuencia, la mayoría de las figuras literarias más conocidas se pronunciaron en contra de Franco: en una encuesta abierta por una revista británica un centenar de escritores se pronunciaron a favor del Frente Popular, mientras que sólo cinco lo hicieron a favor de Franco. Beckett, el conocido autor de teatro del absurdo, respondió simplemente: "¡Viva la República!" Así la guerra civil española se convirtió en la última gran causa: años después en Mirando hacia atrás con ira, uno de los personajes de la obra de John Osborne lamenta que "la gente de nuestra generación no es ya capaz de morir por una causa como la de la guerra civil española". Si nunca tantos escritores de tantos países escribieron desde una óptica política acerca de un acontecimiento histórico fue porque, por vez primera, en un mundo que había parecido ser sólo capaz de retroceder ante el empuje del fascismo, aparecía un símbolo de resistencia, "lo único que puede mantener la esperanza" (Einstein). Como es lógico, a partir de estas premisas fueron muy habituales las simplificaciones: Day Lewis decía que se trataba simplemente de "una batalla entre la luz y la oscuridad de la cual sólo un ciego puede no darse cuenta". Como cabía esperar, muy a menudo los intelectuales de todo el mundo no hacían otra cosa que trasladar a un conflicto civil en otras latitudes las tensiones espirituales propias o las que vivían en el seno de sus propias sociedades, pero siempre lo hicieron con una sensación de urgencia y de necesidad de que la propia creación literaria sirviera para un propósito colectivo. Por eso un personaje de Hemingway afirma que "si perdemos esta guerra no habrá ya nada que ver, ni hacer, ni intentar", y Cornford, muerto en los olivares de Lopera, aseguró que "no podemos escapar de la vida con el pensamiento". Resulta casi imposible citar una relevante figura del mundo intelectual europeo y americano de los años treinta que no se pronunciara acerca de la guerra española: en Gran Bretaña lo hicieron Wells, Auden, Huxley, O. Casey...; en Francia, Mauriac, Eluard, Bréton, Maritain...; en Estados Unidos, Dos Passos, Steinbeck, Dreisser...; en Alemania, Einstein, Mann, Brecht...; en Hispanoamérica, César Vallejo, Cortázar, Neruda, Paz... Sin embargo, resulta de especial relevancia el hecho de que algunos de estos intelectuales no sólo adoptaron una posición en torno a cuanto sucedía en España, sino que, además, escribieron obras centradas en sus experiencias propias como L'Espoir de Malraux, desde luego no su mejor obra, aunque sí demostrativa de su capacidad para el reportaje. Quizá lo más fresco y valioso de la obra de Hemingway en relación con la guerra española no sea Por quién doblan las campanas, que le dio prestigio y lectores, sino sus crónicas periodísticas. Varias de las de Koestler hacen referencia a su experiencia en la cárcel de Sevilla donde fue detenido: en Darkness at noon trasladó sus recuerdos a la ficción de un protagonista en una cárcel comunista; en Testamento español escribe: "Frecuentemente por la noche, cuando me despierto, siento la nostalgia de la casa de la muerte en Sevilla e imagino verdaderamente que nunca he estado tan libre como allí". En Hommage to Catalonia Orwell narró su alistamiento en las milicias populares debido a que en el ambiente revolucionario de la capital catalana ésa era la única actitud que le parecía posible; la mezcla entre la descripción de su experiencia íntima y su relato alegórico pleno de sentido moral y político la hacen una de sus mejores obras. Como Orwell y Koestler ( y otros como Dos Passos o Regler), pero en un sentido diverso, para Bernanos también la experiencia de la guerra civil española supuso una conmoción que le llevaría a adoptar actitudes muy distintas a las que había tenido en el pasado. En Les grand cimetiéres sous la lune este católico de derechas muestra todo su desgarro íntimo ante la represión nacionalista en Palma de Mallorca, acontecida ante la mirada complaciente o indiferente de los bienpensantes. Por supuesto, el cambio en las actitudes previas demuestra, en aquellos en quienes se dio, la sinceridad del compromiso respecto de la guerra civil española. Como ya se ha señalado, una clara mayoría de los intelectuales en todo el mundo se pronunciaron en contra de Franco. Hubo, sin embargo, excepciones importantes que se refieren principalmente a intelectuales atraídos por el fascismo o a católicos. Maurras visitó a Franco y también Belloc estuvo en España al final de la guerra civil. Ezra Pound, por su parte, pareció ser más contrario a los izquierdistas identificados con el Frente Popular español (a los que reprochó buscar "un lujo emocional para una pandilla de dilettanti") que, en realidad, próximo a Franco. En Francia, Claudel presentó a los mártires españoles como los sucesores de los perseguidos por Enrique VIII, Nerón o Diocleciano; ellos habrían seguido la senda difícil en el momento crucial. Arnold Lunn, en Gran Bretaña, propició la formación de un Frente cristiano unido contra la revolución y la persecución religiosa. Evelyn Waugh no dudó en afirmar que si fuera español lucharía a favor de Franco, porque no siendo fascista, se identificaría con esta posición si fuera la única alternativa respecto del comunismo. En la obra de cuantos intelectuales se ocuparon de lo que sucedía en España hay aciertos y errores, tanto literarios como históricos. Fue frecuente la mala información o la excesiva simplificación: abundan demasiado quienes erraron al ver a Franco como sólo un conservador o a la República como un régimen democrático. Salvador de Madariaga recordó a este respecto el dicho español según el cual "una cosa piensa el bayo y otra el que lo ensilla" y protestó contra los "adolescentes de todas las edades y naciones que, armados de máquinas de escribir, invadieron España en 1936 para no ver en ella más que lo que ya traían en sus ojos, ingenuos e ignorantes". Sin embargo, todo ello no hace otra cosa que ratificar la importancia de los acontecimientos españoles para la conciencia universal. Los diagnósticos pudieron ser errados pero el interés era legítimo y absorbente y nunca en la época contemporánea lo había sido y lo sería ni tan siquiera semejante.
contexto
La evolución de la población japonesa en el siglo XVIII ha podido ser conocida con notable fiabilidad gracias a que el primer censo estadístico del período Tokugawa data de 1721. Si ningún historiador pone en duda el notable crecimiento de población durante la centuria precedente, respecto al comportamiento demográfico del siglo XVIII se oponen distintas versiones que enfrentan a quienes sostienen la existencia de crisis malthusianas con los que hablan de un modesto crecimiento. Para la historiografía clásica se produce un claro retroceso, mientras Hamley y Yamamura, estudiando la evolución de la población en las circunscripciones japonesas o kuni, en el período 1721-1872, prefieren hablar de crecimiento moderado al menos en las dos primeras décadas del siglo, atenuado después por la existencia de crisis agrarias de cíclica periodicidad, en 1726, 1732-1733, 1756 y 1786. Destaca, asimismo, la tendencia a la urbanización, indicativa del alto grado de evolución de la sociedad Tokugawa. Cerca de un 10 por 100 de la población japonesa vivía en las ciudades, algunas de las cuales, como Osaka, habían alcanzado a mediados del siglo XVIII la cifra de 400.000 habitantes, mientras Edo sobrepasaba en la misma fecha el millón de habitantes, por delante, pues, de las principales ciudades europeas. Todas las tendencias apuntan a una importante similitud entre las tendencias de la población japonesa y las de la Europa preindustrial; es decir, altas tasas de natalidad y, salvo excepciones, unas tasas de mortalidad ligeramente inferiores, lo que explica un saldo vegetativo para el siglo XVIII caracterizado por un muy lento crecimiento de la población, que, al finalizar la centuria, alcanza la cifra de los 30 millones de habitantes. Orden natural, jerarquía y fundamentos legales eran las bases de una división de la sociedad en estamentos. La sociedad Tokugawa se ordenaba en sectores del siguiente modo: samurais (shi), campesinos (no), artesanos (ko) y comerciantes (sho), y por debajo de ellos los parias (eta) y los no personas (hinin). Cada grupo tenía sus códigos de conducta escritos o consuetudinarios. Los campesinos, sin embargo, no estaban sometidos a ningún reglamento oficial, aunque las instrucciones de Keian, de 1649, recogían la mayoría de las prescripciones fundamentales del sistema organizativo de la aldea en los diferentes territorios, y el estilo de vida de sus habitantes. El resultado de estas sistematizaciones fue un inmovilismo casi absoluto, porque las prerrogativas y obligaciones existentes eran consideradas inalterables y hereditarias. Jefes activos de la sociedad, los samurais componían la aristocracia guerrera, con obligaciones militares y administrativas. Constituían el 7 por 100 del total de la población, y a ellos pertenecían todos los guerreros, desde el shogun al soldado de infantería. Habitaban en Edo o en las capitales de los daimios y, con el restablecimiento de la paz, aquellos que no participaban en la administración se dedicaban al ocio. De entre sus privilegios destacaban los de ostentar un apellido, llevar dos espadas, ser tratados con respeto en todo momento por los miembros de los niveles inferiores y disfrutar de prerrogativas suntuarias. No obstante, las dificultades económicas de finales del siglo determinaron el fenómeno del interclasismo entre los samurais y los comerciantes enriquecidos o chonin. Con carácter excepcional, algunos campesinos y comerciantes ricos alcanzaban ciertos privilegios vitalicios, pero no hereditarios. Lentamente iban formando un nuevo grupo de burgueses capitalistas y, al igual que en Europa, se esforzaban por integrarse en los estratos sociales superiores, comprando tierras nobles y títulos de samurais. Aunque ocupaban el segundo puesto de la pirámide social, los campesinos eran tratados con paternalismo y gran severidad. Conformaban el grupo más numeroso de la población, en torno al 85 por 100 del total y las divisiones internas se basaban en el grado de riqueza. Legalmente no estaban sometidos a servidumbre y el daimio sólo tenia el derecho de veto en la elección de los cargos locales. Sin embargo, se les exigía vinculación a las tierras, gran laboriosidad y vida frugal; se obligaban a satisfacer al señor aproximadamente el 50 por 100 de las rentas de la producción y a estos elevados gravámenes, pagados en dinero o especie, se unían las corveas en carreteras, diques, tierras señoriales o ciudades-castillo. Sólo un minúsculo grupo, los jinushi, consiguió enriquecerse, dando lugar a una incipiente burguesía rural, que tiende a concentrar las tierras en sus manos. Nadie más que los terratenientes disfrutaban del privilegio de participar en el gobierno, compartir las tierras comunales y aprovechar los derechos de agua, e incluso en ocasiones tenían acceso a una buena educación que les elevaba de categoría ante sus convecinos. En teoría tampoco eran dueños de la tierra, que pertenecía al emperador, sino que gozaban del derecho de cultivo con carácter irrevocable, hereditario y permutable. Considerados por debajo de los campesinos, los artesanos gozaban de cierto respeto, en especial si las habilidades artesanas eran demandadas por el estamento militar. Así, el shogun y los grandes daimios trataban de diferente manera a los armeros en general y a los fabricantes de sables en particular. También gozaban de gran consideración aquellos talleres dedicados a la producción de artículos suntuarios. Peor calificación tenían los artesanos no cualificados que trabajaban en las aldeas o ciudades-castillo por un escaso salario, pero que contaban con la ventaja de disponer de un mercado más seguro. Los más miserables se contrataban como jornaleros y vivían en la pobreza, aunque no solían padecer desempleo. Todas las especialidades de trabajo existentes tenían su propia corporación y aplicaban un sistema de aprendizaje estricto y eficaz basado en la inmutabilidad de las reglas de fabricación. Muy ligados a los artesanos por el ambiente urbano en que se desenvolvían, los comerciantes eran considerados como el escalón más bajo de la sociedad. Pero con el desarrollo económico del período Tokugawa numerosos mercaderes incrementaron su prestigio y su fortuna hasta el punto de que en el siglo XVIII lucharon por abolir las barreras inmovilistas. No contaban con un código especial de conducta, aunque por estar situados en la base de la pirámide social tenían delimitadas sus funciones por exclusión. Gozaron de un trato especial en las ciudades-castillo de los daimios, pues monopolizaban el mercado urbano y abastecían de todo lo necesario a sus habitantes. Junto a los artesanos formaron el grupo denominado chonin, con unos rasgos de identidad contrapuestos a la cultura aristocrática de los samurais. Vetados para cualquier actividad política y limitados al comercio interno del Japón, los chonin se transformaron en la clase más dinámica y dinamizadora del Japón. Gracias a su papel de capitalistas, financieros y prestamistas, así como de redistribuidores de la producción agrícola, se convirtieron en los dueños de la economía japonesa. La organización social establecida por los Tokugawa excluía de las categorías oficiales a toda la población flotante de trabajadores manuales, braceros, terraceros o portadores, que componía el estrato más bajo de aldeas y ciudades y estaba condenada a la miseria, por sus bajos ingresos y las calamidades naturales sobrevenidas.
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No parece posible interpretar la crisis de la democracia en la España de los años treinta a través de una óptica exclusivamente política. Es cierto que los factores propiamente institucionales, los comportamientos políticos y la conflictividad social son las causas más evidentes y mejor estudiadas. Parecen también haber sido las que incidieron con mayor fuerza en el proceso de deterioro de la convivencia nacional que se registró en los años de la República, y no le falta razón a G. Jackson cuando afirma que la agitación social de la época republicana tuvo más bien motivos políticos que económicos. Pero ignorar estos últimos sería negar la existencia de buena parte de las causas del malestar político acumulado durante el período.
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El campo protobizantino estaba dominado por un solo tipo de asentamiento, en el que podían coexistir dos formas de propiedad fundamentales: la pequeña y mediana propiedad campesina libre y la gran propiedad o dominio protoseñorial. Aunque esta radical distinción era con frecuencia mas jurídica que real, y entre medias existían formas de dependencia social y económica variadas, enmarcadas por lo general en la noción del patrocinio. La aldea era el resultado de la preponderancia completa del hábitat agrupado en todas las provincias del Imperio, aunque entre unas aldeas y otras pudiera haber diferencias de tamaños y de funciones muy considerables. Por contra, el hábitat disperso era un fenómeno extraño que fue haciéndose más corriente a medida que se avanzó en el tiempo, y ello como consecuencia del surgimiento de ámbitos señoriales fortificados y provistos de alguna edificación religiosa. Pero un hábitat campesino disperso sólo se testimoniaría en las zonas semidesérticas del sur de Palestina. Las palabras helénicas (kome, jorion) utilizadas para designar la aldea ocultan una enorme diversidad de realidades: desde los pueblos fiscalmente responsables y autónomos a aldeas propiedad de un dueño. En todo caso lo importante es señalar cómo en esta época la comunidad aldeana aparece frente al exterior como una colectividad solidaria, sujeto de obligaciones y responsabilidades fiscales, penales y religiosas. Lo que se correspondía ciertamente con comportamientos colectivos en el mismo interior de la aldea. A tal fin las fuentes nos hablan de la existencia de asambleas aldeanas, y muy especialmente de un consejo aldeano formado por diez primeros, sin duda las gentes de mayor fortuna. También cabe destacar la autoridad creciente, llegándose a convertir en muchos casos en el auténtico representante de la aldea, del clérigo o clérigos encargados de la iglesia local. Resulta difícil realizar una sola descripción del paisaje agrario para todo el Imperio protobizantino, dada la diversidad de ambientes geográficos que éste abarcaba. Sin embargo, una cierta uniformidad existía como consecuencia de una cierta comunidad de hábitos alimenticios. De este modo no cabe duda que la cerealicultura era preponderante en todas las regiones, incluso en zonas áridas como Nessana en Palestina. Lo que con frecuencia conducía a rendimientos medios más bien mediocres, no superiores al 4-5 por 1. Junto con los cereales el vino y el aceite constituían los otros dos cultivos necesarios para la dieta mediterránea. Estas exigencias de orden alimenticio y el ideal de autarquía hacían que el policultivo fuera la regla, aunque en algunas áreas concretas -Macizo Calcario de Siria- podía existir un monocultivo (olivar) con vistas a la comercialización. También era normal la coexistencia de un régimen de "open fields" con otros de cercados. En lo relativo al utillaje agrícola y a las técnicas aplicadas a los cultivos y a la transformación del producto la situación era de penuria general, siendo a este respecto indicativo el cuidado con el que el posterior Código Rural haría el inventario de los instrumentos agrícolas objeto de posibles robos. Aunque la fuerza hidráulica se conocía, sin embargo seguía siendo predominante el molino manual o movido por fuerza animal. Un tema de debate ha sido el de la importancia y existencia de la pequeña y mediana propiedad campesina libre. Las fuentes a nuestra disposición la atestiguan en los lugares más diversos: Egipto, Hypaipa, Nesanna; mientras que el posterior Código Rural indica su frecuencia. Generalidad de la pequeña propiedad campesina que se relaciona con el carácter preponderantemente individual de la empresa agrícola, donde sólo la era y la prensa podían ser de uso comunal o de propiedad señorial. Y junto a ello las fuentes también testimonian la existencia de formas de cooperación en los cultivos, basadas en lazos de parentesco o de vecindad, pudiéndose dar también patrimonios mantenidos proindiviso entre varios herederos. Además, la comunidad aldeana en su conjunto podía ser propietaria de tierras mantenidas indivisas, normalmente dedicadas a pasto y sobre todo a bosque. Aunque existían también pastos y montes privados. La comunidad aldeana también podía proceder al reparto entre sus miembros de antiguas tierras privadas abandonadas, situadas por lo general en los confines del espacio cultivado. La existencia de estas importantes solidaridades y usos comunitarios aldeanos no impedía que hubiera grandes desigualdades de fortuna y condición entre sus miembros. En la cúspide de la sociedad aldeana se encontraban los notables, en especial ese grupo de los diez primeros, que ejercían funciones de representación y gobierno de la comuna. Entre éstos se encontraban desde campesinos hasta propietarios rentistas, como ocurría en las importantes aldeas del Macizo Calcario sirio. En determinados lugares podían ser comerciantes o incluso titulares de cargos públicos. Por debajo de este grupo se situaban los pequeños propietarios libres, que cultivaban parcelas individuales o familiares, por sí solos o con la ayuda de algún esclavo, y que solían recibir el nombre de amos de casa (oikodespota), o ya simplemente agricultor (georgos), distinguiéndolos así claramente de los grandes propietarios absentistas, llamados dueños del suelo o de haciendas. En una posición todavía inferior, y además de dichos esclavos, se encontraban los jornaleros libres. También existían en las comunidades aldeanas algunas personas calificadas de obreros o artesanos (tejnitai), por su posesión y habilidad sobre algunas herramientas normalmente no poseídas por el común del campesinado, y por lo general empleados en trabajos relacionados con la construcción. Pero sin duda una buena parte de los habitantes de estas comunidades aldeanas se encontraban insertos en los cuadros de la gran propiedad fundiaria. Aunque desde un punto de vista funcional no existían diferencias notables entre la gran propiedad y la pequeña, pues la primera, al objeto de su puesta en explotación, se encontraba subdividida en una mutiplicidad de parcelas autónomas trabajadas individualmente por una familia campesina. La época protobizantina se ha solido identificar como propicia al avance incontenible de la gran propiedad fundiaria y su transformación en una estructura de tipo protoseñorial. La estructura interna de la gran propiedad nos es especialmente conocida para Egipto gracias a la conservación de ciertos archivos privados, como el perteneciente a los dominios de la familia de los Apiones. En el país del Nilo el avance de la gran propiedad en los siglos V y VI se habría realizado a costa principalmente de las tierras imperiales y públicas, y en menor medida de la pequeña propiedad campesina nunca muy abundante allí. En concreto la disminución de esta última se habría debido sobre todo al abandono de sus propietarios, superados por las deudas contraídas con algún gran propietario vecino como consecuencia de las exigencias fiscales o de la adquisición de simientes en años de débiles cosechas. Los grandes patrimonios, como los de los Apiones, denominados casas (oikoi), solían encontrarse compuestos de parcelas que con mucha frecuencia no constituían ningún coto cerrado, encontrándose dispersas en el conjunto de las tierras dependientes de una comunidad aldeana (kometikà). Aunque también existían estos últimos (ktemata), separados de la administración aldeana, y parcelas situadas en lugares marginales (exotike ge). La gran mayoría de estas parcelas de la gran propiedad se encontraban trabajadas por colonos. Los textos jurídicos siguieron distinguiendo entre los sujetos con un vínculo indisoluble y hereditario a la tierra que trabajaban -denominados originarios, adscritos o enapografoi- y los teóricamente libres, con un contrato de aparcería (misthotoi), pero que su dependencia de una relación de patrocinio había convertido su subordinación respecto del gran propietario en algo perpetuo y frecuentemente hereditario. Por lo que la tendencia evolutiva de esta época fue la de una paulatina indiferenciación entre ambos tipos de colonos. Estos cultivadores pagaban al dueño de la tierra una serie de rentas tanto en dinero como en especie, así como realizaban una serie de prestaciones de trabajo. Sin embargo, no parece que estas últimas constituyeran auténticas corveas en el sentido del régimen señorial clásico del Occidente europeo, pues no servían para poner en explotación ninguna reserva dominical, sino que consistían fundamentalmente en tareas de acarreo, tratándose en definitiva de una forma de trabajo humano coercitivo de gran tradición en todo el Oriente antiguo. En conjunto no parece que estas rentas señoriales constituyeran una carga muy difícil de soportar para el campesinado. No obstante que con frecuencia se haya afirmado lo contrario, presentando como prueba de ello la abundante legislación de la época contra la huida de colonos. Sin embargo, esta legislación lo que parece poner en evidencia no son tanto las cargas campesinas como la misma escasez de campesinos. De tal forma que lo que se trata de impedir con ello es la rivalidad entre los diversos grandes propietarios por hacerse con los servicios de mano de obra para sus tierras. Esta rivalidad se basaba en las mejores condiciones de trabajo ofrecidas por unos propietarios que otros. Mejores condiciones que no consistían precisamente en un menor peso de la renta señorial como en una mayor capacidad del gran propietario de defender a sus campesinos dependientes frente a otros poderes, en particular el Estado y las autoridades de la ciudad cabeza del distrito donde habitaban dichos campesinos, que acosaban a éstos con exacciones fiscales. Ya desde finales del siglo IV Libanio testimonia para el campo sirio en torno a Antioquía cómo muchos campesinos, e incluso comunidades aldeanas en su conjunto, buscaban la protección de un poderoso, con frecuencia un oficial del ejército, poniéndose bajo su patrocinio. Sin duda el gobierno imperial, mucho más fuerte en Oriente que en Occidente, trató por todos los medios de oponerse a esta forma de patronato que visionaba una auténtica senoría elemental y ponía en entredicho las formas tradicionales de propiedad sobre la que se basaba el Estado tributario que en el fondo era el Imperio. Sin embargo, el Código de Justiniano no recogió ya las numerosas constituciones imperiales que entre el 360 y el 415 habían tratado de prohibir la proliferación de este tipo de relaciones de patronato. Y ello porque desde mediados del siglo V las cosas habían cambiado mucho. Fundamentalmente había desaparecido la anterior oposición entre propietarios fundiarios y otros detentadores de poderes, como consecuencia del hundimiento progresivo de aquellos propietarios absentistas urbanos incapaces de acceder a puestos de poder en la Administración imperial, el Ejército o la Iglesia, y la conversión en grandes propietarios fundiarios de otros poderosos provenientes de las filas del ejército o de la burocracia imperial. Una ley del 429 había ya reconocido parcialmente el derecho de los grandes propietarios a recolectar los impuestos estatales entre las gentes que vivían donde ellos tenían sus dominios, así como a ejercer la justicia y realizar actividades de policía sobre los mismos. Para la efectividad de dichos derechos de autopragia esos poderosos comenzaron a tener soldados privados mantenidos a sus expensas, los llamados bucelarios. Si todavía una constitución imperial del 468 declaraba ilegales este tipo de mesnadas privadas, en el 538 Justiniano les daría plena legitimidad, al menos para Capadocia. A partir por lo tanto de mediados del siglo V merced a las relaciones de patrocinio y los derechos autoprágicos se irían conformando en el Imperio bizantino unos nuevos agrupamientos verticales en los que la raíz de subordinación no estribaba tanto en los tradicionales derechos de propiedad sobre la tierra como en los del ejercicio de una autoridad de orden público, pero de hecho en vías de privatización. Proceso en el que tendía a confundirse la antigua renta fundiaria pagada por los colonos al dueño de la tierra con los diversos censos estatales, y en el que la antigua oposición jurídica entre el gran dominio y la aldea libre desaparecía. Sin duda se trataba de un fenómeno de confusión entre el grupo social y el poder económico y el de soberanía política, por lo que en la terminología tradicional de Marc Bloch se podría hablar propiamente de la constitución de un régimen señorial protobizantino. Los rasgos distintivos de éste, frente al posterior del Occidente medieval, consistirían en: 1) la forma prácticamente única de las rentas señoriales serían los pagos en dinero y en especie impuestos a las explotaciones campesina; 2) existencia todavía de un Estado central poderoso, de manera que la fuente principal de los poderes señoriales residía en detentar poderes delegados de ese Estado, considerándose todavía ilegítimas ciertas usurpaciones señoriales, por más que éstas se hayan ido generalizando y se tengan que soportar. Además, las invasiones islámicas provocarían la pérdida de las provincias orientales y Egipto, donde tal vez se encontraban más avanzadas estas relaciones protoseñoriales; mientras que en Asia Menor y los Balcanes la implantación campesina eslava y los cambios forzados por la creación de un sistema defensivo tenderían tanto a recrear comunidades de campesinos libres como el poder autónomo de las autoridades cívico-militares del Estado. Todavía, cuando en los siglos V y VI tendían a consolidarse estas nuevas agrupaciones jerárquicas verticales, muchos campesinos seguirían obteniendo ventajas y libertades en la dialéctica de poder entre las diversas jerarquías de los mismos. A este respecto cabe mencionar el papel jugado por los poderes eclesiásticos. No cabe duda que desde el siglo IV la Iglesia no dejó de aumentar su patrimonio fundiario en todas las provincias del Imperio oriental. Pero como nuevo poder la Iglesia no sólo trató de controlar la mas posible de las viejas formas de propiedad, sino que también procuró hacerse con otros tipos de ingresos provenientes del ejercicio de una autoridad propia, semejante y en paralelo a la política. A este respecto la Iglesia oriental trataría por todos los medios de convertir en regulares y forzosas las tradicionales ofrendas de los fieles. Para legitimarlas la Iglesia recurriría al ejemplo del Estado teocrático reflejado en la Biblia, reutilizando así viejos términos como los de primicias (aparjai), diezmo (dekaté), sacrificios (prosforai) y presentación de frutos (karpoforia). Sin embargo, todavía en tiempos de Justiniano (Codex Iustinianus, 3,38) el Estado seguiría prohibiendo los intentos de la Iglesia en convertir en forzosas y regulares estas entregas. Aunque la misma prohibición permita saber que para entonces en muchos distritos rurales del Imperio los obispos exigían contribuciones de una cierta importancia a los campesinos, en dinero, en especie y, sobre todo, en prestaciones de trabajo personal. Sin duda tales entregas eran forzadas por la coerción que el mismo sentimiento religioso guardaba en su seno. Anatemas y negativa a dar los sacramentos eran algunos de los medios de presión más utilizados por el clero. Pero también con más frecuencia eran el mismo temor y reconocimiento de los campesinos por las virtudes curativas de determinarlo santuario, donde se encontraban las veneradas reliquias de algún mártir o santo, o donde residía algún santón, los que forzaban a las gentes a dichas ofrendas. Sin duda estos ultimas motivos reportaban grandes beneficios a los monasterios, hasta el punto que en algunos momentos pudo surgir una cierta malevolencia y envidia del clero diocesano hacia los monjes por tal motivo. Pero es que bastantes clérigos además de prestar consuelo espiritual y de interceder ante los santos patronos celestiales por sus fieles podían ejercer otro tipo de patronazgo más material sobre los mismos. Peter Brown ha señalado cómo las grandes figuras eremíticas y monacales de Siria en los siglos V y VI, del tipo de san Simeón el Estilita, ejercieron un auténtico patronazgo sobre comunidades campesinas. Un patronazgo que se oponía así a los abusos y exigencias que sobre los campesinos ejercían los propietarios fundiarios absentistas, las autoridades ciudadanas y del propio poder imperial. Unas comunidades campesinas que así habrían visto en estos santones, auténticos atletas de Dios curtidos en mil luchas con el diablo y sus representantes terrestres ocasionales, al hombre fuerte cuya protección todos buscaban en estos tiempos. Una protección que se oponía a otras jerarquías verticales -poder político, poder económico- que en estos momentos pugnaban por engrosar las filas de los agrupamientos sociales que lideraban. El poder de estos santones venía así a demostrar que en la sociedad protobizantina el poder derivado de la propiedad con frecuencia era más débil que el emanado de fuentes extraeconómicas, fuesen la violencia institucional de las autoridades estatales o el monopolio espiritual ejercicio por los representantes de Dios. Sin duda el patrocinio ejercido por monasterios y santones sobre las campiñas de tantas provincias del Imperio tenía en gran medida su equivalente en el de los obispos sobre sus comunidades urbanas. Desde mediados del siglo IV las oligarquías urbanas habían venido monopolizando las sedes episcopales del Oriente bizantino; y, a diferencia del Occidente, esta situación continuaría sin grandes cambios en la siguiente centuria. A ello contribuyeron tanto un mayor poder de dichas aristocracias urbanas como mayores posibilidades para la aristocracia senatorial de ocupar puestos de gobierno en la administración imperial. Pero ya desde los tiempos teodosianos esos obispos se habían convertido en muchos lugares en auténticos patronos de sus comunidades ciudadanas, utilizando para ello el prestigio del culto de algún santo o mártir local. Esos patronazgos se habían reforzado en la mucho más conflictiva y azarosa vida religiosa del Oriente bizantino, comparada con la del Occidente. Prestigiados en la lucha contra los últimos vestigios del paganismo o contra las minorías judaicas, los obispos protobizantinos solidificarían su papel de patronos urbanos liderando determinadas opciones dogmáticas en el seno del Cristianismo. Sin duda la radicalización y fanatismo de las multitudes cristianas urbanas en torno a sus líderes episcopales, ortodoxos y monofisitas principalmente, se explicarían por esos patrocinios episcopales y no por la capacidad de masas semianalfabetas de distinguir las sutilezas de la controversia cristológica. Lo que hacían esas masas era cerrar filas en torno a un líder local en cuya santidad y sabiduría confiaban para ganar la vida eterna, y en su autoridad y poder frente a cualquier injerencia siempre extorsionante de los poderes externos. Sin duda ese patronazgo eclesiástico tenía una de sus bases más sólidas en el desarrollo del evergetismo cristiano, tanto más influyente en la medida en que las ciudades protobizantinas por lo general sufrieron en los siglos V a VI un proceso de afluencia de población campesina por completo falta de recursos para subsistir. Así desde muy pronto se verá a los obispos de las principales ciudades interviniendo en los momentos de escasez de alimentos regalando grano a los pobres, sustituyendo así una función en otro tiempo ejercida por los notables de la ciudad. Y serían precisamente las instituciones eclesiásticas, tanto diocesanas como monásticas, las que poco a poco actuarían como intermediarias entre la caridad tradicional de los ricos cristianos y sus beneficiarios. Desde fines del siglo IV surgirán por iniciativa de determinados líderes eclesiásticos ámbitos precisos para el ejercicio de dicha caridad, desde hospitales y albergues para extranjeros (xenodochyum) y pobres hasta las públicas y diarias distribuciones de alimentos a los pobres desde la misma residencia episcopal. Especial mención debe hacerse de las llamadas diaconías, o asociaciones bajo el liderazgo clerical para ejercer la caridad, que pueden organizarse según el sexo o la profesión de sus cofrades. Es más, el mismo poder imperial que poco a poco ha ido abdicando de su tradicional vocación evergética puede otorgar a tales instituciones de caridad eclesiástica ciertas prestaciones fiscales de los colegios profesionales, o pueden eximir de impuestos a las rentas unidas a dichas instituciones. Mientras que por medio de la muy importante actividad caritativa de los monasterios el tradicional evergetismo urbano era capaz de superar los límites de la ciudad y extenderse también a los campos, a lo largo de las principales rutas, estableciendo así un nuevo nexo entre campo y ciudad en beneficio de unos nuevos liderazgos sociales de carácter eclesiástico. La otra gran innovación de la caridad eclesiástica frente al antiguo evergetismo urbano fue su esencial limitación a un segmento de la población urbana, los pobres. Con lo que se rompía también la vieja identificación entre ciudadano y grupo privilegiado por ese mismo evergetismo frente a la gente del campo, pues entre los pobres asistidos se encontraban muchos campesinos afluidos a la ciudad de manera puntual y momentánea o estable y permanente. Además, a medida que se fue extendiendo la caridad eclesiástica el tradicional evergetismo imperial urbano fue decreciendo en importancia, incluso en la misma capital, Constantinopla. Desde mediados del siglo V los emperadores trataron de limitar, si no de suprimir, las tradicionales entregas de dinero a la plebe capitalina con motivo de la entrada en el consulado, reservando las más importantes a la sola majestad imperial. Y finalmente la más importante faceta de ese evergetismo tradicional y civil, la entrega de grano y otras especies alimenticias a la plebe de Constantinopla, cesaría desde mediados del siglo VII, con la pérdida de las ricas provincias egipcias, cuyas contribuciones de grano fiscal las había sostenido. Pero no sólo fue el evergetismo la única cosa que sufrió decisivas transformaciones en la ciudad protobizantina. Uno de los debates clásicos entre los historiadores ha sido el de la dotación de la crisis de la ciudad protobizantina y de las actividades comerciales y artesanales relacionadas con la misma. Para ello los hallazgos y análisis arqueológicos de los últimos veinte años han resultado decisivos. Una conclusión general sería la de que una ruptura decisiva, una crisis evidente, con abandono o drástica disminución de bastantes asentamientos urbanos, sólo podría datarse a partir de mediados del siglo VII, con el inicio de la marea islámica. Sin embargo, parece evidente que la crisis y el cambio tenía raíces más profundas, que ya antes ciudades y actividades comerciales a larga distancia se habían ido reduciendo a las zonas más apropiadas y cercanas a las líneas de costa. De tal forma que el tipo de ciudad antigua del Mediterráneo oriental había venido sufriendo un debilitamiento desde hacía como mínimo un siglo, de modo que las razzias e invasiones sasánidas e islámicas del siglo VII no constituyeron más que un golpe de gracia decisivo sobre un modelo de ciudad ya en crisis. Por otro lado, cada vez que los datos arqueológicos se han ido haciendo más numerosos se ha ido imponiendo una cronología de la crisis y transformación diferenciada por ámbitos regionales cuando menos. La vida urbana habría sufrido un primer eclipsamiento en los Balcanes y Grecia continental, de la que sería testimonio la desaparición de la ciudad de Olimpia, en el Peloponeso, desde mediados del siglo VI. Por su parte los arqueólogos desde hace ya algún tiempo habían venido observando que en muchos valles del Mediterráneo oriental, en el periodo del 400 al 900, se podía observar la formación de un potente depósito aluvial. A falta de testimonios claros sobre un cambio climático una explicación alternativa para el mismo sería la del abandono y colapso de un sistema tradicional de agricultura basado en el abancalamiento de los valles para el cultivo del olivo y el viñedo. El abandono de unas producciones con claros fines comerciales habría facilitado la rápida erosión de las laderas. Además, la progresiva colmatación aluvial de los valles bajos y estuarios habría tenido desastrosas consecuencias para muchas carreteras, puertos y ciudades costeras, que se habrían visto obturados y convertidos en insalubres marjales. En el caso concreto de las ciudades de Grecia continental su crisis definitiva cabría situarla a finales del siglo VI y en tiempos de Heraclio. Sin duda bastantes de estas ciudades habrían sufrido ya desde finales del siglo IV, con motivo de las invasiones bárbaras de la época; como serían los casos de Atenas y Corinto. No obstante la misma facilidad de las penetraciones y asentamientos eslavos en el siglo VII se explicaría por la misma debilidad de la red de ciudades balcánicas, y el deterioro de su influencia sobre su antiguo hinterland. En Asia Menor la atención se ha focalizado sobre las llamadas veinte ciudades, que incluyen centros de tanta tradición comercial y urbana como Éfeso, Mileto, Pérgamo, Sardes y Esmirna. La Arqueología demuestra la vitalidad de estas ciudades en el siglo V y buena parte del siglo VI, habiendo podido mantener activas relaciones comerciales incluso con el lejano Cartago vándalo. Sin embargo, desde principios del siglo VII el panorama cambia radicalmente, testimoniándose por doquier destrucción y abandono, de las que ofrece un testimonio excepcional Efeso con sus barrios residenciales destruidos por el fuego hacia el 614 y ya no reconstruidos, sino que la ciudad se trasladó unos kilómetros más al norte, al abrigo de la potente fortaleza establecida sobre la colina de Ayasuluk. Esta traslación a lugares de más fácil defensa o su reducción a las antiguas ciudadelas, es decir, un proceso de encastillamiento de los centros urbanos, también se testimonia en otros lugares como Sardes, Pérgamo, Mileto, Priene y Magnesia. En el Norte de Africa el proceso habría seguido pautas semejantes, aunque con una cronología más adelantada. Las importantes excavaciones de Cartago han demostrado que la ciudad siguió manteniendo una muy próspera actividad comercial y artesanal, con una activa interpelación con un hinterland dedicado a la producción de bienes para la exportación, hasta más allá de mediados del siglo V. Sin embargo, desde finales de éste se observa un creciente debilitamiento de Cartago y de sus actividades portuarias, convirtiéndose paulatinamente en un intermediario del comercio y la producción orientales, cosa que se había acentuado radicalmente con la reconquista de Justiniano. Esta última en el norte de Africa testimonia una clara reducción de la importancia de la otrora densísima red de asentamientos urbanos, con una reducción de sus áreas de habitación y su transformación fundamentalmente en puntos de defensa. Cuando desde mediados del siglo VII comenzaron las penetraciones islámicas éstas se encontraron con una red de ciudades en clara decadencia, muchas de ellas con escasa población para servirse de las importantes defensas levantadas por Justiniano y sus sucesores. Lo que explicaría que el invasor y sus aliados bereberes optaran por el abandono de muchas de estas antiguas ciudades, entre ellas Cartago, y la construcción de otros núcleos urbanos más próximos a las zonas de mayor densidad poblacional y actividad económica, en una nueva relación campo-ciudad mucho más autárquica. Sin embargo, sería incierto hablar de colapso puntual del comercio protobizantino y desaparición de la vida urbana tradicional. Prueba de que se trató de un proceso de transformación más pausado y con aceleradores puntuales, y que hasta mediados del siglo VII no todo estaba perdido ha sido el hallazgo hace algunos años de un pecio naufragado frente a Yassi Ada, en la costa sudoccidental de la actual Turquía, hacia el 625. El barco desplazaba unas 30 o 40 toneladas y pertenecía a un tal Jorge, y en el momento de su naufragio transportaba un cargamento de vino en contenedores fabricados en serie, lo que indica toda una agricultura y una industria auxiliar pensada para la comercialización por vía marítima de sus productos en el Oriente bizantino de la época. Además, el barco llevaba un servicio fino de mesa para el capitán, portador también de monedas de oro y cobre. En definitiva, el barco del armador Jorge podía ser muy bien un espécimen propio de un Mediterráneo oriental basado todavía en un activo comercio de bienes de consumo y con una producción de tipo manufacturero; una y otra actividad radicadas en ciudades de tipo antiguo. Y todo ello todavía en el primer cuarto del siglo VII. Sin embargo, no cabe duda que desde tiempo atrás el comercio de bienes alimenticios y la producción manufacturera asociada más o menos al mismo en el Mediterráneo se encontraban sometidos a factores de índole extraeconómica, situados fuera del mercado y relacionados directamente con la esfera de la política, fundamentalmente por medio de instrumentos fiscales. Por lo que el más mínimo cambio en estos últimos habría de afectar gravemente a dichas actividades comerciales y artesanales, y con ello a los grupos sociales urbanos más relacionados con las mismas y a la misma función y existencia de las ciudades. El análisis de las inscripciones funerarias de una ciudad de tipo medio -Koryko, en Cilicia- durante los siglos V a VII ha permitido intuir la distinta importancia social y demográfica de las diversas actividades productivas en una ciudad protobizantina. De ello se deduce la gran importancia cuantitativa que en ella tenían las gentes dedicadas al sector servicios, entre los que se encontraban el numeroso clero y profesionales liberales, dependiendo por tanto un gran número de ellos de instituciones de carácter público. Sin duda el éxodo rural, que el aumento de la población testimonia, encontraría en los servicios más humildes y de menor cualificación profesional la mayoría de sus empleos. Tras el sector servicios aparecen aquellas gentes dedicadas a la transformación y venta de alimentos y de bienes de droguería, con un tercio de actividades que exigirían nula o escasa cualificación. Tras ellos aparece el artesanado textil, basado en la importancia de la producción de lino de la comarca y su fácil importación de Egipto por vía marítima. Fuera de esta producción artesanal otras actividades productivas son inexistentes o presentan muy escasas gentes a ellas dedicadas; posiblemente porque en la construcción se empleaba con frecuencia mano de obra rural itinerante en los meses de escasa o nula actividad agrícola. Los testimonios epigráficos también permiten deducir una clara tendencia a la herencia de los oficios y la escasa movilidad social existente en el seno de la sociedad urbana de la época. De todo lo cual se deduciría unas débiles posibilidades de crecimiento para las actividades productivas desarrolladas en la ciudad protobizantina, con el predominio absoluto de los servicios y de los bienes de consumo, con escasas posibilidades de emplear a inmigrantes del campo salvo en actividades de escasísima o nula rentabilidad: fundamentalmente empleando su fuerza motriz en trabajos ocasionales, o en actividades no productivas, producto de su ingenio, de auténtico desempleo encubierto y en más de una ocasión claramente delictivas, tal como señala para la Constantinopla del 539 una ley de Justiniano (Novella, 99). Por otro lado el comercio y la producción artesanal se encontraban sometidas también a una serie de factores políticos por completo extraños a las leyes del mercado. Aunque no se volvió a realizar una tarifa de precios máximos como intentó Diocleciano a principios del siglo IV lo cierto es que desde mediados del siglo V se dieron intervenciones de las corporaciones y del gobierno para fijar precios y salarios, tratando las primeras de actuar de forma monopolística. Y si el poder imperial al principio trató de atajar tales intentos, a partir del 545 optaría por el camino contrario; aprovecharse fiscalmente de la concesión de monopolios a las corporaciones profesionales. El mismo préstamo monetario lejos de ser un factor de crecimiento económico se presenta como un medio más de extorsión de los pocos que tienen liquidez, el Estado y algunos poderosos, sobre el campesinado, que se sirve de él sobre todo para pagar sus deudas fiscales y la renta fundiaria. En fin, también se detecta en esta época la circulación de numeroso bienes al margen del mercado y la tesorización de determinados objetos de lujo. Esto último se testimonia principalmente por parte de las instituciones eclesiásticas, del emperador y de algunos poderosos. Combinando dicha tesorización tanto objetos de lujos y prestigio -joyas, tejidos de seda- como monedas de oro, como reserva para tiempos de crisis y como signo de prestigio social. En todo caso estas prácticas conseguían drenar del mercado un número significativo de monedas, que iba parejo con una multiplicación de los intercambios sin especies monetarias, concebidos como un ideal a conseguir entre otros por el ideal monástico, tal y como se observa en múltiples textos hagiográficos de la época. Sin embargo sería inexacto hablar de una significación considerable de los intercambios en especie en esta época, que sólo serían mayoritarios al nivel de las pobres economías campesinas; en otros ámbitos, y más concretamente urbanos, sería preferible hablar de intercambios mixtos, con la intervención de la moneda y de bienes de consumo, como se atestigua especialmente en el sector servicios. Testimonio de esa continuidad de la moneda en los intercambios urbanos seria la nueva importancia concedida a la moneda de bronce, apta para los intercambios cotidianos tanto de bienes alimenticios como de servicios no cualificados, por Anastasio. Por su parte el Estado, la Iglesia y los poderosos sustraen una parte considerable de los bienes al mercado, distribuyendo luego una porción de los mismos también al margen del mercado. Esta sustracción se hacía bien de forma directa o bien mediante la intervención del dinero. A este último respecto deberíamos recordar la generalización desde el siglo V y hasta finales del VI, del pago en moneda, fundamentalmente de oro, de los impuestos directos teóricamente expresados en especie en virtud del procedimiento de la adoración. Estas exigencias estatales de oro no habrían hecho más que disminuir el número de piezas en circulación, lo que acarreó un alza de su valor claramente perceptible a partir de Justiniano. Desde entonces se testimonia también una inflación de la moneda de bronce, cuya acuñación deja de interesar al Estado; lo que pudo ir parejo ya en el siglo VII a una misma disminución de los intercambios comerciales pagados en moneda. De esta forma si se quisiera trazar un balance de la evolución de la ciudad protobizantina y de sus fines económicos habría que señalar dos épocas bien distintas. Hasta mediados del siglo VI se podría hablar de un claro crecimiento, detectable arqueológicamente por las múltiples construcciones datables en esos años y en casi todas las ciudades del Imperio. Construcciones que sin duda atraerían mano de obra campesina sin cualificar hacia la ciudad. Pero según se avanza en el tiempo el número mayor de edificaciones serán de índole religiosa, muchas de ellas con una finalidad caritativa. Lo que no dejaba de ser un síntoma de la proletarización creciente de la población urbana, cada vez más obligada a vivir de la economía de caridad eclesiástica. Arqueológicamente en más de un lugar esta proletarización urbana se detecta perfectamente por la aparición de pequeñas habitaciones de pobres materiales que invaden pórticos y calles. Al final una ciudad que había visto aumentar su población no productiva y con escasísimo o nulo poder de consumo, seria colapsada por ésta tan pronto como una coyuntura exterior dramáticamente desfavorable redujera drásticamente las posibilidades de punción fiscal por parte del Estado y obligase a éste a gastar parte de lo atesorado en las mismas instituciones eclesiásticas.