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Personaje Militar Político
El marqués de Sobremonte ocupó diferentes cargos administrativos y en 1804 fue nombrado Virrey del Río de la Plata. La invasión inglesa de Buenos Aires de ese mismo año provocó la huida del marqués a Córdoba, lo que significó un gran desprestigio personal, siendo sustituido por Santiago Liniers. En 1809 regresó a España.
fuente
Casulla que se colocaba encima de la cota de malla o armadura, solía llevar los colores e insignia del noble, orden militar o emblema del rey.
obra
Las ciudades, al final de la Edad Media, alcanzaron un gran desarrollo económico gracias a la intensa actividad de los comerciantes, banqueros y artesanos que vivían en ellas. Esta dinamismo fue especialmente perceptible en las ciudades portuarias del Reino de Aragón, como Barcelona, Palma de Mallorca y Valencia, en las que surgen asociaciones gremiales muy influyentes en el gobierno del municipio. Los artesanos se agruparon en corporaciones profesionales que se identificaban por sus propios emblemas, alusivos a la actividad del gremio. Participaron así de la sobreestima que tuvieron las imágenes y los símbolos en este momento. Precisamente el puerto de Valencia va a tener una de sus principales actividades en la exportación de loza azul y dorada de Manises, así como de socarrats, baldosas para los suelos y azulejos decorados para los zócalos de las paredes. Entre los motivos que decoraban estas piezas destacan las representaciones de embarcaciones con el escudo de la corona o las series dedicadas a los oficios, con los símbolos de cada congregación gremial.
contexto
La inestabilidad constante de las últimas décadas de la República había puesto de manifiesto la crisis de muchas normas tradicionales, tanto en lo que afectaba al orden social y a las vías de promoción a los estratos superiores como al consenso ideológico necesario para el mantenimiento de un sistema político estable. Así, mientras se pretendía la continuidad del sistema esclavista, nunca había sido tan fácil el salir de la esclavitud en recompensa por formar parte de bandas armadas al servicio de un oligarca o de auténticos ejércitos como el de Sexto Pompeyo. Y aunque no fuera muy frecuente, algunos libertos o sus hijos llegaron a alcanzar los más altos rangos sociales. A su vez, como consecuencia de los múltiples viajes y de las migraciones internas, había cada día más seguidores en Occidente de las prácticas religiosas o mágicas llegadas de Oriente, así como de los modelos de vida de las grandes ciudades helenísticas. Esos y otros factores estaban contribuyendo a una disgregación social nada conveniente para un poder político que pretendía ser representativo de un mundo coherente y que, por otra parte, tenía vocación de prolongarse en el tiempo. Esa marco ayuda a comprender la actitud de Augusto al intervenir activamente -sirviéndose de sus poderes como censor, de los que le otorgaba el título de vigilante de las costumbres, curator morum, y de los más generales como el de la potestas tribunicia- en la búsqueda de una sociedad romana cohesionada. Los objetivos de su política residían en adaptar a su época el viejo modelo social romano y en potenciar el predominio de las tradiciones occidentales sobre los variados modelos sociales de Oriente. Desde esas perspectivas, hay que entender que, como dice Suetonio (Aug, XL), Augusto considerara de gran interés "el conservar la pureza del pueblo romano, sin contaminación de sangre peregrina o servil". Y ciertamente todos los autores coinciden en constatar que fue muy parco en la concesión de derechos de ciudadanía. Se calcula que, sobre una población total del Imperio de unos 50 millones de personas, los ciudadanos romanos no pasaban en esa época de 5-6 millones, asentados mayoritariamente en Italia y en las provincias muy romanizadas del Occidente. Con la Lex Fufia Caninia del 2 a. C. intentó limitar las manumisiones y con la Lex Aelia Sentia del 4 d.C. ponía trabas para que los esclavos manumitidos se convirtieran en ciudadanos; sólo las formas solemnes de manumisión de esclavos conferían la ciudadanía. En las demás formas de manumisión, el esclavo adquiría el estatuto de latino juniano o de libre peregrino. En esa misma línea política, tomó medidas para organizar los requisitos de pertenencia a los órdenes (senatorial, ecuestre y decurional) así como para la promoción interna de sus miembros y el mantenimiento de su dignidad. Las exigencias económicas mínimas para pertenecer a un orden, ordo, estaban fijadas en unos niveles muy bajos: la mayor parte de los decuriones a los que se ponía la condición de disponer de una fortuna valorada en 100.000 sestercios, superaban los mínimos económicos exigidos a los senadores. El pertenecer a una familia de abolengo que hubiera desempeñado varias magistraturas, el estar libre de condenas y, en definitiva, el haber pasado por la criba del responsable del censo era más importante que el disponer de una enorme fortuna. El orden senatorial y el ecuestre constituían la cantera de los responsables de la administración central como los decuriones lo eran para la administración local. Y para Augusto, los miembros de los órdenes debían ofrecer modelos de familia y de costumbres para el resto de la población. Desde esos presupuestos debe entenderse que Augusto, como padre y patrono, se decidiera a aprobar leyes contra los matrimonios de conveniencia entre o con mayores (Lex Papia Poppaea del 9 d.C.) contra los adulterios (Lex Iulia de adulteriis del 18 a.C.) y contra los solteros pertinaces que podían sufrir incapacitaciones como herederos (Lex Iulia de maritandis ordinibus del 18 a.C.). Aunque no fueran leyes bien recibidas, la voluntad de Augusto para aplicarlas no puede ponerse en duda cuando llegó a condenar al destierro a su propia hija Julia, caracterizada por su libertad de costumbres. Y en otros comportamientos políticos demostró estar más próximo a Tito Livio, quien en su Historia de Roma ofrecía modelos de familias virtuosas del pasado (a pesar de las simpatías de Livio por el régimen de la República), que al también contemporáneo Ovidio, nada alejado del régimen político y quien, en su poesía, estimulaba la libertad de las relaciones sexuales incluso de las casadas. La búsqueda de la dignidad de los órdenes llevó a Augusto a reglamentar la posición de los mismos en los actos y espectáculos públicos, la prohibición a los hijos de senadores y caballeros de que se contrataran como actores en el teatro o como gladiadores, etc. A fines de la República, se habían manifestado síntomas inequívocos del descrédito de la religión tradicional romana entre muchos sectores de la sociedad: algunas cofradías religiosas -así la de los Salii- estaban abandonadas, mientras los seguidores de cultos orientales -ante todo los de Isis- iban en aumento; en Roma pululaban los magos y adivinos que, con sus artes, ponían en descrédito las prácticas adivinatorias romanas. Contra esas amenazas de disgregación ideológica, Augusto definió las pautas a seguir, aunque la obra de reforma religiosa se completó con Tiberio. La política religiosa de Augusto estuvo marcada por estas líneas: revitalización de la religión romana tradicional y marginación de los cultos orientales. No en vano la campaña militar de Accio se había orientado como una lucha del Occidente romano contra el Oriente. Y hablar de Occidente en el plano religioso era referirse a la religión greco-romana pues, desde fines del siglo III a.C., se venia produciendo un sincretismo religioso que había sido beneficioso para la religión romana al recibir mitos organizados y coherentes que daban fuerza a su religión primitiva. Así, la creencia de que el Apolo de Delfos había contribuido a la victoria de Accio llevo a que Augusto le erigiera un templo en sus dominios privados del Palatino; poco más tarde, el Apolo de Augusto pasó a ser el receptor de los Libros Sibilinos, adquiriendo el carácter de un dios público romano. Con el fin de infundir un cierto misticismo en la religión formalista romana, Augusto revitalizó dos viejos conceptos del fondo religioso primitivo: el de Numen o fuerza espiritual de cada divinidad y el de Genius, espíritu protector de personas o lugares. Y a través de intervenciones diversas, se dedicó a potenciar el esplendor de los cultos tradicionales: el propio Augusto enumera en sus "Hechos" su intervención como constructor o restaurador de templos; el emperador vigilaba estrechamente para que el colegio de las Vestales contara con vírgenes elegidas conforme a la tradición, procuraba que los colegios de los Titii, Salii, Fratres Arvales... tuvieran siempre completas las listas de sus miembros y que intervinieran en los rituales públicos. Restauró también el ritual de los Fetiales, sacerdotes encargados de realizar el ritual de declaración de guerra y los pactos de federación con otras ciudades (foedus). Y allí donde resultaba más difícil modificar los cultos locales o bien para dar una mayor cohesión a cultos diversos, permitió el establecimiento del culto al emperador y a la diosa Roma; tal decisión abría la vía para una nueva concepción del poder imperial que traería consecuencias conflictivas con alguno de los emperadores que le sucedieron. De este modo, el fondo religioso tradicional se adaptaba a los nuevos tiempos para presentar una religión oficial del Imperio capaz de ser asumida por los ciudadanos romanos o bien de ser respetada y valorada como superior por los pueblos sometidos.
contexto
Sociedad Hemos comentado a través de Cabeza de Vaca los pueblos norteamericanos que conoció, su grado cultural, desde el neolítico hasta el mesolítico; cómo subsistían: recolectores, cazadores, agricultores. Tan sólo nos falta recapitular los conocimientos que aporta el autor sobre la sociedad india que conoció. La familia es la base de la sociedad indígena norteamericana, pero por encima de ella encontramos algunos tipos de agrupación que tienen a su vez carácter social y político. El matriarcado es la forma más extendida entre los indígenas de la Florida y del golfo de México, y viven en clanes, habitando a veces en casas comunales; la reunión de clanes da lugar a la tribu y la relación entre éstas es a través de la lengua. La jefatura de la tribu, según las directrices del matriarcado, la ejercerá el tío materno, es decir, el hermano de la madre. Alvar Núñez destaca el lugar preeminente de la mujer en esta sociedad indígena norteamericana. Por lo general, suelen tener pocos hijos, y a éstos se les cuida extraordinariamente; no obstante, la mortalidad infantil es una auténtica pesadilla, siendo la causa primera la hostilidad del medio. Ya hemos dicho que la base de la sociedad es la familia; abunda el matrimonio exogámico, basado sobre todo si tenemos en cuenta que el matriarcado se extiende desde la Florida hasta los indios pueblos, en la prestación de servicios a la familia del padre de la novia. Existen también la compra, el rapto, pero son menos usuales. El matrimonio puede ser roto, existiendo de hecho el divorcio; en los pueblos más pobres, golfo de México y la pradera, los ancianos y enfermos se consideran una carga, dándoseles muerte o abandonándolos a su suerte. Finalmente, no queremos dejar de recoger el testimonio del propio Cabeza de Vaca, cuando al comentar las naciones y lenguas del golfo de México, y concretamente de los carancaua, dice: En el tiempo que así estaba entre éstos vi una diablura, y es que vi un hombre casado con otro, y éstos eran unos hombres amarionados, impotentes y andaban tapados como mujeres, y hacen el oficio de mujeres, y tiran arco y llevan una gran carga, y entre éstos vimos muchos de ellos amarionados como digo, y son más membrudos que los otros hombres Y más altos y sufren muy grandes cargas. Tras el comentario de Alvar Núñez, sólo queda decir que no hay nada nuevo sobre el sol15. En cuanto a la propiedad, se puede decir que Alvar Núñez siempre encontró un régimen comunal de la tierra, especialmente entre los pueblos de las praderas, esencialmente cazadores. Pero en todo el recorrido existe el derecho de propiedad de los bienes muebles y los productos, y aún ciertos cargos que tenían carácter hereditario y que se transmitían a través del tío materno, según el régimen matriarcal. No llamó mucho la atención de Alvar Núñez la organización política de estos pueblos, posiblemente por su primitivismo. Cuando habla de naciones, se refiere a tribus con territorios, nombres y lengua propia, con su consejo tribal y su cacique, de autoridad generalmente débil. Las relaciones entre estos pueblos o naciones no suelen ser pacíficas, sino más bien guerreras, como consecuencia de disputarse territorios de caza, robos de cosechas entre los agricultores, etc. Esta belicosidad entre naciones distintas no deja de ser denunciada a Alvar Núñez cuando pasan de un territorio a otro.
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Pocas expresiones como la de feudalismo han sido objeto de tanta controversia. ¿Conjunto de instituciones que relacionaban a los hombres libres entre sí? ¿Modo de producción intermedio entre el esclavista y el capitalista? ¿Peculiar mentalidad de ciertas sociedades cuyo arquetipo es la del Occidente Medieval? En cualquiera de los casos hay algo que no puede ponerse en duda: la Europa de Carlomagno y sus epígonos constituye un jalón del conjunto de cambios que cristalizarán de forma definitiva al doblar el milenario del nacimiento de Cristo. Los autores del Medievo -eclesiásticos en su inmensa mayoría- comulgaron con la idea paulina de la sociedad: cuerpo místico cuya cabeza es Cristo y cuyos miembros son partes de un todo encaminado al mantenimiento de la armonía suprema. Las grandes figuras de los siglos de transición (san Jerónimo, san Ambrosio, san Agustín, Gregorio Magno, etc.) contribuyeron a redondear esta imagen que heredaron más tarde los intelectuales del Renacimiento Carolingio. Durante el reinado de Luis el Piadoso, dos obispos de Orleans, (en su poema "Sobre los hipócritas") y Jonás (en su "Historia translationis") hablan de un ordo trinus en el que se integraban los clérigos (ordo clericorum), los monjes (ordo monachorum) y los laicos (ordo laicorum). El propio Luis en su "Admonitio ad omites regni ordines" se hacía eco de esta división exhortando a todos sus súbditos a cumplir con sus obligaciones solidarias para el conjunto de la sociedad. Al orden de los laicos -o mejor, a sus representantes supremos- le correspondía velar por la justicia. A los monjes, el orar. A los clérigos -obispos fundamentalmente- el vigilar (superintendere) todo el conjunto. La teoría de los ordines gozaría de enorme éxito a lo largo del Medievo, aunque con el discurrir del tiempo los elementos estrictamente carolingios experimentaron sensibles refundiciones y modificaciones. En efecto, la división tripartita clásica -guerreros, campesinos y clérigos- difiere sensiblemente de la de Teodulfo y Jonás de Orleans. Se encuentra por primera vez en la traducción que se hace al anglosajón de la "Consolación de la Filosofía" de Boecio en la corte de Alfredo el Grande. En el prólogo que acompaña a este texto se recomienda al rey que tenga jebedmen (hombre de plegaria), fyrdmen (hombres de caballo) y weorcmen (hombres de trabajo). En los medios monásticos ingleses se conservó esta imagen que, a principios del siglo XI, desarrollaron dos obispos: Adulberón de Laón en su "Carmen ad Robertum regem" y Gerardo de Cambrai en sus "Gesta episcoporum Cameracensium". En el primero de estos textos -el que más se acostumbra a citar- se insiste en que "la casa de Dios, que se cree una, está pues, dividida en tres". Los que ruegan, los que combaten y los que trabajan es una caracterización que se convierte en clásica. Con Adalberón de Laón se da, por tanto, el salto definitivo del ordo trinus carolingio a la trifuncionalidad (sociedad trinitaria) de un feudalismo en sazón. En ambos casos estamos ante imágenes idealizadas. Sobre su significado se han escrito en los últimos años -recordemos la excelente obra de G. Duby- interesantísimas páginas. Cualquiera de las dos divisiones tripartitas ocultan dos patentes dualismos. Uno, el que opone poder espiritual y poder temporal. Otro, el que sitúa a los poderosos frente a la masa de desheredados, los que Adalberón define como "los siervos: esa desgraciada casta que nada posee sino al precio de su trabajo". El primero ponía frente a frente a dos estructuras de poder -la ideológica y la política- que, pese a sus frecuentes roces, necesitaban soportarse mutuamente. El otro será las relación existente entre las capas dirigentes y los mecanismos de solidaridad.
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La continuidad ática se percibe en la aparición temprana de la cerámica geométrica, que enlaza con el submicénico en sus aspectos locales. Pronto se convirtió en paradigma y en modelo, así como en punto de partida de la exportación. En principio, el lugar de la transición se sitúa en el cementerio del Cerámico, a partir de 1100 a.C., pero cuando llega el período de las grandes ánforas funerarias, con la maravillosa decoración poblada de animales, carros y hombres tendentes a reproducir las hazañas de los héroes o sus rituales funerarios, entonces los cementerios más lejanos tienden a contener los mejores ejemplares, mientras que el Cerámico pierde parte de los signos de estatus. Es la época de gran apogeo del llamado Maestro del Dípilon, coincidente con la definición del hierro como material utilitario que tiende a convertir al bronce en objeto de prestigio, ricamente ornamentado. Las tumbas del ágora se llenan de objetos de lujo de metales preciosos. La configuración resulta complicada. La aristocracia que manda en la polis se enriquece, pero también se encuentra en una posición mas complicada con respecto al resto de la población. De hecho, Plutarco atribuye a Teseo la distribución de la población en tres partes, Eupátridas, Geómoros y Demiurgos. A los primeros les habría adjudicado las funciones políticas, legales y religiosas; los segundos destacarían en cambio por su utilidad, y los terceros sólo se caracterizarían por su masa. El sinecismo sintetiza como proceso la creación de un sistema de gobierno aristocrático capaz de integrar no sólo a las poblaciones campesinas, sino también a los que desempeñan las funciones vinculadas a las nuevas características de la ciudad que como centro político tiende a convertirse igualmente en centro redistributivo de las rentas y creador de nuevas actividades secundarias en torno a la producción básica agrícola.
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Durante los dos mandatos sucesivos de Eisenhower, la prosperidad económica siguió siendo el rasgo más destacado de la sociedad norteamericana y se prolongó, además, durante la década siguiente: el crecimiento económico fue un 35% en tan sólo 1960-66. Esta situación contribuye a explicar el optimismo generalizado que tuvo también un evidente resultado demográfico. Los comportamientos tardaron mucho más en cambiar de lo que en principio se podía pensar: los americanos siguieron casándose jóvenes y el llamado "baby boom" no disminuyó su ritmo hasta alrededor de 1964. Durante la década de los cincuenta, la inmigración siguió siendo relativamente débil -unas 250.000 personas al año- y Ellis Island, en otro tiempo el lugar de paso obligado para ella, fue clausurada en 1955. En cuanto a las personas de edad se beneficiaron ampliamente de los avances médicos. El máximo prestigio de los profesionales de la Medicina se puede apreciar en las series de televisión en que muy a menudo desempeñaban el papel de protagonistas. En 1960, se alcanzaron los 69 años de edad media de vida. Algunas de las enfermedades más graves se desvanecieron en un período muy corto de tiempo. En 1955, se anunció el descubrimiento de la vacuna de la polio, cuando se cumplía el décimo aniversario de la muerte de Roosevelt, que la había sufrido, y ya en 1962, solamente hubo 910 casos detectados en todo el país. Mientras tanto, se prolongaba un fenómeno crucial de la posguerra. En 1950, el número de suburbanitas -es decir, de habitantes en hogares individuales de la periferia- era ya de treinta y cinco millones y, en 1970, alcanzaba hasta los setenta y dos. Fue este fenómeno el que hizo desaparecer las grandes salas de exhibición cinematográfica de otros tiempos. En general, en los años cincuenta, al menos hasta su fase final, predominaron los valores heredados del pasado. Este fue el caso de la religiosidad, en parte ligada al temor al comunismo. Dos datos extraídos de la vida cotidiana pueden atestiguarlo. Una importante parte de las grandes superproducciones cinematográficas -como Ben Hur (1959)- eligió temas religiosos y la divisa In God we trust -Confiamos en Dios- que figura en las monedas norteamericanas fue aprobada en esta etapa. La prosperidad económica contribuyó a crear una civilización de consumo, cuyas manifestaciones acabarían de llegar en oleadas sucesivas al conjunto del mundo. En 1952 se inauguró el primer establecimiento Holiday Inn, una cadena hotelera que constituía un buen testimonio del desarrollo del turismo de masas y, en 1955, lo hizo el primer Mc Donalds, hamburguesería destinada a identificarse con los momentos iniciales de esta civilización. El mismo diseño de los automóviles -o, incluso, el decisivo papel de los mismos en esa civilización- nos pone en contacto con una época a la vez dinámica, ostentosa y materialista. Ya en los años sesenta, la obra del artista Andy Warhol vendría a resultar una especie de prueba irónica de que la cultura popular y la elitista estaban viendo desaparecer sus límites, en otro tiempo muy patentes. Un símbolo también muy importante de la civilización de consumo fue la televisión, cuya difusión se produjo en estos años. Ya en 1955 había treinta y dos millones de receptores y en 1960 llegaba al 90% de los hogares. Algunos de los programas llegaron a tener tanto impacto que compitieron con éxito con acontecimientos políticos tan relevantes como el discurso inaugural de Eisenhower. Éste fue el caso de la serie humorística I love Lucy, que llegó a tener el 68% de audiencia. La televisión presentó, en general, un mundo nada conflictivo; en la citada serie uno de los personajes era un hispano, pero ése fue un hecho excepcional e irrelevante. A la televisión se la criticó por ser un medio de entretenimiento que -se dijo- "permite a millones de personas oír la misma broma y, al tiempo, permanecer en soledad", pero no tardó en ser objeto de sofisticada teorización en la obra de Mc Luhan. En ella, se pudo percibir también la extraordinaria difusión de la publicidad. Betty Furness, la locutora que hacía propaganda de las neveras Westinghouse, se convirtió en un personaje de importancia nacional, adaptándose a un modo de belleza que gustaba a la mujer normal y hogareña. Por su parte, en un segundo ejemplo muy característico, la firma de cigarrillos Marlboro desarrolló en sus anuncios un paradójico recuerdo a la vida saludable al aire libre y a la psicología machista. Esta civilización del consumo trajo consigo una revolución en los comportamientos que, poco a poco, fueron introduciendo cambios importantes en los hasta entonces habituales. En 1948, Alfred Kinsey publicó su libro Sexual Behaviour in the human male, una encuesta sobre el comportamiento sexual masculino, que revelaba la discrepancia existente entre las convenciones existentes y la realidad del comportamiento de los norteamericanos. Kinsey, un zoólogo que abordó esta materia como lo hubiera hecho con animales, estuvo influido por una obra teatral nada convencional, Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, que en su versión cinematográfica fue protagonizada por Marlon Brando y dirigida por Elia Kazan, y presentaba un mundo de pasión sexual muy alejada de convencionalismos. Kinsey fue, en realidad, todo lo contrario a un bohemio; estaba casado con la que fue la única mujer en su vida. Sus valores estaban pasados de moda, pero su obra se convirtió en el testimonio de una revolución sexual que ahora comenzaba. A los diez días de su aparición, se habían vendido 185.000 ejemplares de su libro, al que siguió otro, en 1953, sobre el comportamiento sexual de la mujer. Esta presentación desinhibida de datos estadísticos sobre el comportamiento sexual -de los que luego se descubrió que una parte considerable podía ser inexacta- reveló una preocupación por una cuestión considerada hasta el momento como tabú. Como en el caso de la obra de Tennessee Williams, estas cuestiones habían quedado reservadas a obras literarias: aparte del caso citado, Lolita, de Nabokov (1958) tuvo como argumento la pasión de un maduro profesor por una joven adolescente. El interés despertado por los libros de Kinsey, en cambio, reveló un mundo inesperado. Con el paso del tiempo, un signo de la civilización de consumo fue también la felicidad identificada con el hedonismo sexual. El símbolo sexual femenino de los años cincuenta fue Marilyn Monroe, "la chica de oro que era como champán sobre la pantalla", en palabras de uno de sus maridos, el destacado dramaturgo Arthur Miller. Hija ilegítima y en perpetua duda sobre sus capacidades como actriz, gran parte de su éxito derivó de la sensación evanescente, en el fondo ingenua y frágil, que proyectaba. El director Billy Wilder dijo de ella que "cuando está sobre la escena, ya no se mira a los demás actores". En los inicios de su carrera, Monroe había aceptado posar desnuda. Los derechos de esas fotos fueron adquiridos por un joven que protagonizaría un gran negocio y haría nacer un símbolo de esa revolución sexual. En 1953, Hugh Heffner tenía 27 años y quería lanzar una revista masculina, de modo que compró esas fotos; en un año, la revista Playboy había alcanzado una tirada de 100.000 ejemplares. Heffner, que consideraba a Kinsey como un héroe, de forma un tanto pretenciosa quiso aparentar, además, un modelo de vida refinada: declaró su ideal de vida, el poder invitar a una mujer para hablar de jazz, Nietzsche y Picasso (y sexo). En 1956 su revista vendía 600.000 ejemplares al mes. Aunque en otros tiempos y otras latitudes hubiera sido juzgada como una revista pornográfica, los contenidos no se limitaban a mujeres desnudas. A comienzos de los setenta, Playboy llegaba a uno de cada cinco varones norteamericanos. Otro signo de la revolución sexual apareció poco después. En 1950, una ardiente propagandista de la causa de la regulación de nacimientos, Margaret Sanger, que tenía ya 71 años, entabló amistad con Katharine Mc Cormick. Ésta estaba casada con un rico empresario con problemas psiquiátricos y que fue quien financió la investigación acerca de un producto que impidiera la concepción, la píldora. El descubridor fue un médico llamado Gregory Pincus. Ya en 1957, se autorizó por vez primera la venta de la píldora Enovid- para tratar los desarreglos menstruales, pero en 1960 ya apareció como contraceptivo. En 1961, tomaban la píldora unas 400.000 norteamericanas y en 1963 la cifra de consumidoras alcanzó las 2.300.000. Al mismo tiempo, la mujer modificaba su propia concepción acerca del papel que le correspondía en la sociedad, por razones que en buena medida estaban relacionadas con la aparición de una sociedad de consumo. Los políticos tardaron en darse cuenta del cambio acontecido. Eisenhower tan sólo nombró una embajadora y un cargo ministerial femenino; por su parte, el demócrata Stevenson afirmó que lo mejor que podía hacer la mujer era dedicarse a "la humilde tarea de ama de casa". Pero ya por entonces, casi el 38% de las mujeres trabajaba fuera del hogar y, además, éste había cambiado considerablemente gracias a la aparición de los aparatos domésticos a electricidad. El feminismo, en efecto, ha de ponerse en relación con un momento de la vida de la mujer en que tenía ya mucho tiempo porque en la casa había aparecido ese menaje del hogar que simplificaba las tareas. Betty Friedan publicó en 1963 La mística femenina, un libro muy crítico respecto al papel de la mujer en la sociedad norteamericana, y vendió tres millones de ejemplares en un período muy corto de tiempo. También a mediados de los años cincuenta se produjeron revolucionarios cambios en la música popular norteamericana. Rock Around the clock de Bill Haley y The Comets y The Twist de Chubby Checker (1960) constituyen un buen ejemplo de la superación de la música country, las baladas o la música romántica por una fórmula llena de ritmo que inmediatamente encandiló a los jóvenes. En 1954, un disco de Bill Haley llegó por vez primera a vender un millón de ejemplares. No obstante, el protagonista decisivo del cambio en la música popular fue, sin duda, Elvis Presley, que convirtió en realidad lo que en principio parecía una segura promesa de éxito, un hombre blanco que interpretaba una música negra. Nacido en 1935 en una región muy pobre, retraído, inadaptado y proclive a compensar en la forma de vestir o de bailar las insuficiencias de su carácter, lo que quería en realidad era ser artista: era admirador del actor James Dean que, en Rebelde sin causa (1955), presagió por vez primera la futura rebelión juvenil. Presley, que en un principio despertó las iras de los sectores más puritanos, acabó consiguiendo millones de oyentes a través de la radio. El director de música clásica y compositor Leonard Berstein llegó a declarar que el cantante era la primera fuerza cultural del siglo XX. Era también un símbolo de una realidad social. A estas alturas, la prosperidad de la clase media había establecido las condiciones necesarias para que, gracias a los aparatos de reproducción, se produjera una enorme difusión de la música popular. En abril de 1956, Elvis era autor de seis de los 25 discos más vendidos por la compañía RCA, una de las más importantes, y vendía por valor de 75.000 dólares diarios.
contexto
La evolución de la población japonesa en el siglo XVIII ha podido ser conocida con notable fiabilidad gracias a que el primer censo estadístico del período Tokugawa data de 1721. Si ningún historiador pone en duda el notable crecimiento de población durante la centuria precedente, respecto al comportamiento demográfico del siglo XVIII se oponen distintas versiones que enfrentan a quienes sostienen la existencia de crisis malthusianas con los que hablan de un modesto crecimiento. Para la historiografía clásica se produce un claro retroceso, mientras Hamley y Yamamura, estudiando la evolución de la población en las circunscripciones japonesas o kuni, en el período 1721-1872, prefieren hablar de crecimiento moderado al menos en las dos primeras décadas del siglo, atenuado después por la existencia de crisis agrarias de cíclica periodicidad, en 1726, 1732-1733, 1756 y 1786. Destaca, asimismo, la tendencia a la urbanización, indicativa del alto grado de evolución de la sociedad Tokugawa. Cerca de un 10 por 100 de la población japonesa vivía en las ciudades, algunas de las cuales, como Osaka, habían alcanzado a mediados del siglo XVIII la cifra de 400.000 habitantes, mientras Edo sobrepasaba en la misma fecha el millón de habitantes, por delante, pues, de las principales ciudades europeas. Todas las tendencias apuntan a una importante similitud entre las tendencias de la población japonesa y las de la Europa preindustrial; es decir, altas tasas de natalidad y, salvo excepciones, unas tasas de mortalidad ligeramente inferiores, lo que explica un saldo vegetativo para el siglo XVIII caracterizado por un muy lento crecimiento de la población, que, al finalizar la centuria, alcanza la cifra de los 30 millones de habitantes.