Busqueda de contenidos

contexto
El fenómeno que caracteriza a la sociedad china del siglo XVIII es el rápido crecimiento de la población, tal y como lo reflejan todos los cómputos oficiales. Según éstos, la población china pasa de 143.500.000 habitantes en 1741 a 296 millones de habitantes en 1800. Este empuje demográfico, explicado por la prosperidad económica y las anexiones territoriales, va a tener como contrapartida una consecuencia negativa: el bloqueo del progreso técnico, innecesario por la extraordinaria abundancia de recursos humanos. La mayoría de los autores están de acuerdo en señalar que la nueva dinastía manchú se abstuvo, en general, de toda injerencia en la estructura social china. La sociedad china puede ser definida por tres grandes características: patriarcal, en razón de los estrechos lazos existentes entre los linajes y de la inalterabilidad del culto rendido a los antepasados; esclavista, a causa de la superpoblación y de constituir la forma espontánea de una indigencia sistemática, y campesina, debido a que la inmensa mayoría de ella se hallaba ligada multisecularmente a la tierra. Las diferencias sociales habían adquirido ciertos atributos definidos y permanentes antes de la era imperial. Surgieron en virtud de cualidades religiosas o tribales, como resultado de la situación económica o gracias a la formación política o profesional. El concepto de familia es el principio máximo que sirve como base de la sociedad china. La piedad filial se convierte en la raíz fundamental de todas las demás virtudes. El emperador es el jefe de la familia pero hace delegación de su autoridad absoluta en los miembros de su unidad familiar, quienes a su vez transmiten estos poderes a funcionarios menores. La sociedad se dividiría en dos grandes grupos, la clase de los eruditos-aristócratas-funcionarios y la gran masa de población campesina. La primera disfruta del poder económico que le reporta la propiedad de la tierra, ostenta el poder político ocupando los cargos públicos y fue en la época imperial portavoz activo de la cultura china. Por encima de esta clase se encuentra el Gobierno, compuesto por la poderosa Monarquía y la abundante burocracia. También se integran en el nivel superior los comerciantes, los militares y sus seguidores. Los aristócratas, como gobernantes locales, protegían el sistema de derechos legales y consuetudinarios sobre el uso y tenencia de la tierra. En cada comunidad local, el aristócrata, generalmente letrado, ejercía numerosas funciones públicas, como la recaudación de fondos, la revisión de las obras públicas, el sostenimiento de las instituciones sociales de beneficencia y, en tiempos de disturbios, organizaban la milicia y la dirigían. El dominio continuo de estas familias aristocráticas sobre el campesino no se explica exclusivamente por la propiedad de la tierra sino porque proporcionaban miembros al grupo erudito del que se escogía a los funcionarios. Por su parte, el campesinado se organiza en primer lugar dentro de un sistema de parentesco y de forma secundaria como comunidad vecinal. Normalmente, la aldea estaba constituida por un grupo de familias o clanes. El ciclo vital del campesino chino estaba vinculado a la tierra con el ciclo estacional de agricultura intensiva y, así, el ritmo de la vida y la muerte se relaciona con el cultivo y la recolección de la cosecha. Los emperadores manchúes practicaron con respecto al campesinado una política paternalista de carácter confucionista. A aquellos campesinos cuyas familias cultivaban la tierra durante varias generaciones se los consideró poseedores de un derecho legal sobre la superficie del suelo. El propietario conservaba sus derechos sobre el subsuelo, pero los campesinos podían vender y comprar las superficies. Dispusieron de la propiedad real, mientras que los propietarios conservaban la propiedad eminente. En definitiva, se mejoró la situación del campesinado. Aunque la dinastía Ching sostuvo, en teoría, la posibilidad de ascenso social en virtud de la capacidad o del mérito individual, esto sucedió en raras ocasiones. Bien es cierto que los exámenes de acceso a la función pública eran un mecanismo ciertamente democrático, mas el ingreso en la clase de los funcionarios quedaba, en la práctica, en manos de la aristocracia. Por último, queremos señalar que, a pesar de que tradicionalmente se ha presentado a la China como el ejemplo de una sociedad inalterada, con un orden social equilibrado, en realidad no faltaron crisis sociales, las cuales cristalizarían en la profunda crisis interna que coadyuvó a la penetración occidental. La agricultura experimentó a lo largo del siglo XVIII continuos progresos debido en primer lugar a la política fiscal practicada por los Ching. Se abolieron las prestaciones de trabajo, se eximió del pago de impuestos a los territorios devastados y se concedieron generosas reducciones tributarias en caso de malas cosechas. En 1727 se fundió el impuesto personal con el territorial de tal manera que los campesinos sin tierras quedaron prácticamente exentos. El aumento demográfico condicionó la ampliación de la superficie cultivada, la diversificación de los tipos de cultivo y el aumento de los rendimientos por unidad de superficie de las especies cultivadas. En efecto, a los habituales cultivos (arroz, cebada, trigo), se sumaron nuevas especies todas ellas de origen americano, que permitieron obtener varias cosechas anuales y la puesta en cultivo de tierras marginales y pobres (maíz, cacahuete, patata dulce, sorgo...). En el siglo XVIII los cultivos industriales, tales como el algodón, el té o la caña de azúcar, estaban en plena expansión por su alta rentabilidad. La abolición del sistema de prestaciones personales y de la dependencia administrativa de los obreros cualificados constituyeron dos importantes factores que coadyuvaron a un notable desarrollo de la producción manufacturera. Las manufacturas textiles (algodón, cáñamo, seda) y las de cerámica trabajaban cada vez más para la exportación. Un último factor que contribuyó al dinamismo manufacturero consistió en la decreciente participación en la producción de las empresas estatales y, a la inversa, el papel más activo desempeñado por la empresa privada, como lo demuestra la supresión de la prohibición de superar la cifra de 100 telares para las manufacturas privadas. El desarrollo del comercio acompañó el desenvolvimiento de la producción agrícola y manufacturera. Este comercio se realizó en el Norte con Rusia, a raíz del Tratado de Kiachta de 1727, consistente en el intercambio de pieles rusas por algodón, sedas y té chino. En el Sur se realizó, especialmente a partir de 1757, en Cantón, único puerto abierto al comercio europeo. Comercio importante, pero que no tuvo efectos multiplicadores para la inmensa mayoría de la población, ya que los comerciantes europeos sólo establecían relaciones con una corporación de mercaderes chinos privilegiados, hong, que tenían el monopolio de las compras y las ventas. Se comercia con el oro que en China resultaba más barato a causa de la escasez y alto precio de la plata; con el té, cuya demanda aumenta en Europa de forma acelerada, con las telas de algodón y seda y, finalmente, con los créditos. No obstante, los beneficios comerciales se basaban en gran parte en la usura, a través de los mecanismos de crédito, simplemente mediante la manipulación de los precios de compra y venta. Así pues, el espíritu de empresa consistía en explotar no tanto las condiciones de la producción mercantil, como las de la reglamentación estatal de la economía y del funcionamiento de las finanzas públicas. Pero la economía tradicional china tiene debilidades inherentes. La más grave quizá fuese la escasa capacidad para producir innovaciones institucionales o técnicas. Aunque disponía de capital comercial a gran escala, no logró desarrollar un sistema capitalista genuino como el europeo. Por otro lado, la riqueza obtenida con la actividad comercial no se reinvertía en nuevas empresas comerciales o industriales, sino en la compra de distinciones, privilegios o en el mecenazgo artístico o cultural. Por fin, la ausencia de los derechos de primogenitura y el sistema del clan fueron grandes factores niveladores de la economía. Incapaz China de desarrollar un sistema de ciencia experimental, no pudo producir una gran revolución técnica. En el último cuarto del siglo XVIII era ya evidente que el nivel técnico de la economía no podía ya sostener a una población en continuo crecimiento.
contexto
La originalidad del Maghreb residía en la yuxtaposición de sociedades en un grado desigual de desarrollo; los desniveles que separaban a estas sociedades, sus relaciones forzosamente desiguales caracterizaban el sistema maghrebí mejor que las tradicionales oposiciones entre etnias o géneros de vida diferentes. Cualquiera que fuese su régimen de vida, la organización económica y social de estas comunidades estaba marcada por la ausencia o el débil desarrollo de la propiedad privada, la preponderancia de la economía de autosubsistencia, el estancamiento tecnológico y la falta de nitidez de las diferenciaciones internas de base material. Desde el punto de vista cultural, destaca el triunfo de la tradición puramente oral y del morabitismo particularista. Se puede señalar igualmente la emergencia de una cierta aristocracia guerrera o religiosa en Argelia; el agotamiento de las fuerzas morabíticas, en Marruecos; la acentuación de las desigualdades económicas o la continuación del poder hereditario de ciertos jefes de tribu, en la región de Trípoli. Un poco por todas partes, el Estado buscaba el apoyo de las fuerzas locales tradicionales, familias preponderantes o tribus guerreras, cuyo poder y riqueza consolidaba a expensas del resto. Más próximas a las ciudades a cuyo dominio estaban sometidas, o bien relacionadas con un mercado más o menos amplio, ciertas regiones del Maghreb se distinguían por un régimen económico y social más evolucionado que el de las comunidades rurales del interior. En esta zona evolucionada el hombre se definía primeramente por su arraigo territorial, en gran medida estaba destribalizado, aunque conservara vivo el recuerdo de su origen étnico. Las relaciones sociales eran muy complejas. Si la pequeña propiedad campesina explotada estaba muy extendida, el notable local, y sobre todo el ciudadano y el Estado confiaban, por el contrario, la explotación de sus propiedades a trabajadores, aparceros, plantadores, arrendatarios y más raramente simples trabajadores asalariados. Aun siendo minoritarias en el conjunto del Maghreb, las ciudades, que agrupaban entre un 5 y un 15 por 100 de la población, desempeñaban en él una función desigual. Había desde capitales políticas o regionales, como Fez, Marrakech, Argel, Constantina, Túnez, Kairuán o Susa, Trípoli o Bengasi, hasta las que rozaban la categoría de burgos rurales aunque conservaran funciones urbanas. La ciudad tenía el cuasi-monopolio de la cultura escrita y proveía así funciones tan importantes como las del culto o la enseñanza religiosa, la justicia o el notariado. Era el centro del poder constituido y albergaba la administración y las tropas permanentes. Vivía en buena medida inmersa en la economía monetaria gracias a un artesanado y a un comercio relativamente activos; en estos ámbitos, aunque la pequeña empresa era predominante en número, ciertas actividades sobrepasaban ampliamente el marco local. En el terreno comercial la novedad residía en el desarrollo de las relaciones marítimas con Europa y Oriente, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XVII. El Maghreb vendía los productos de sus campos y de sus industrias, compraba materias primas, géneros alimenticios tropicales y productos manufacturados. Estas relaciones beneficiaban, ante todo, a los hombres de negocios europeos, que tenían en sus manos la iniciativa a los Estados maghrebíes, que obtenían de ellas ingresos substanciales, y, finalmente, a la burguesía de algunos puertos activos, como Túnez. Esta burguesía del dinero disponía, no obstante, de un campo de actividad restringida y un desarrollo limitado, pues socialmente se encontraba aislada y contenida y tecnológicamente era retardataria. El ejército constituía el engranaje esencial. Su núcleo estaba formado por elementos alógenos, en las regencias, jenízaros turcos, a los que se podían añadir los raïs, o capitanes y tripulaciones corsarias, y los abid, antiguos esclavos negros, como en Marruecos. Por su disciplina, sus técnicas y su armamento superiores, estas milicias se imponían con facilidad al resto de la sociedad y constituían la muralla más segura contra el enemigo exterior, pero solían plantear problemas por sus amplios privilegios y ambiciones políticas. La gestión de los asuntos locales se efectuaba ordinariamente sin intervención del poder central; a éste le bastaba que los impuestos fuesen recaudados por intermedio de los jefes naturales y que el orden público no fuese turbado, siendo consideradas las poblaciones colectivamente responsables. La justicia ordinaria era impartida por el magistrado religioso, o cadí, salvo que se tratase de un asunto grave que afectara al orden público o de una apelación al soberano. Culto, enseñanza y caridad estaban asegurados gracias a instituciones piadosas, y las obras públicas, gracias a contribuciones en dinero o trabajo de las poblaciones locales. El jihâd, guerra santa por excelencia, permitía ejercer una presión eficaz sobre las naciones europeas y era un medio de participar en los beneficios del tráfico marítimo, a falta de un comercio a menudo imposible, y una fuente de enriquecimiento para quienes lo practicaban, la mayor parte de las veces alógenos e indirectamente para las ciudades corsarias como Salé o Argel.
contexto
El fascismo suprimió las libertades sindicales y prohibió las huelgas y los sindicatos de clase como contrarios a la unidad y a los intereses nacionales. A raíz de la aprobación de la Ley de Relaciones Laborales de 3 de abril de 1926, obra de Rocco, de la creación del Ministerio de las Corporaciones (2 de julio de 1926) a cuyo frente estuvo Giovanni Bottai, el ideólogo del corporativismo, y de la publicación de la Carta del Trabajo, debida también a Bottai y Rocco, el fascismo fue configurándose como un "Estado corporativo" en virtud del cual los intereses privados, organizados en confederaciones patronales y obreras, quedaban integrados unitariamente bajo la dirección del Estado al servicio de los intereses de la colectividad. Corporativismo y acción social del Estado eran, así, las alternativas del fascismo al capitalismo liberal y al socialismo obrero. En la práctica, ello supuso, en primer lugar, un alto grado de dirigismo estatal en materia laboral. El Consejo Nacional de las Corporaciones, organismo consultivo creado también en 1926 bajo control del ministro del ramo, coordinaba las actividades de los distintos sectores económicos y regulaba las relaciones laborales, elaborando directamente los convenios colectivos o arbitrando, mediante decretos obligatorios, los conflictos. La acción social del Estado se concretó ante todo en la Opera Nazionale Dopolavoro (Obra Nacional de Descanso), creada el 1 de mayo de 1925 bajo la tutela del Ministerio de Economía y luego (1927), de la secretaría del Partido Nacional Fascista. El Dopolavoro consistió básicamente en la organización de actividades recreativas para los trabajadores: casas de recreo, viajes, vacaciones, piscinas, instalaciones deportivas, centros de cultura, salas de cine. Fue un éxito innegable. Ofreció a millones de obreros, campesinos y empleados modestos -en torno a los 4,600.000 inscritos en 1940- una amplia variedad de posibilidades de recreo y esparcimiento, tal vez sin equivalente en la Europa de su tiempo. Con razón pudo decir Achille Starace (1889-1945), el secretario del Partido de 1931 a 1939 y principal artífice del culto al Duce, de la ritualización totalitaria del fascismo, del desarrollo del deporte, de la organización Balilla y del propio Dopolavoro, que éste explicaba la adhesión pasiva al régimen de una parte considerable de la población italiana. Con todo, fue en el ámbito económico donde el dirigismo estatal fascista se hizo más evidente. Desde 1925-26, se dio por finalizada la etapa liberal y la economía italiana quedó sujeta a un creciente control del Estado en razón de las concepciones nacionalistas y autárquicas del fascismo. En 1925, el régimen lanzó, con el respaldo de toda su formidable maquinaria propagandística, su primera batalla, "la batalla del trigo", con el doble objetivo en palabras oficiales de "liberalizar a Italia de la esclavitud del pan extranjero" (las importaciones de trigo en 1924 se habían elevado a 2,3 millones de toneladas) y de aumentar para ello sensiblemente la producción nacional mediante la extensión de la superficie cultivada y la modernización de las técnicas de cultivo (fertilizantes, tractores, simientes, silos, etcétera). El gobierno impuso, así, una fortísima elevación arancelaria para los trigos extranjeros y favoreció por distintos métodos el cultivo nacional, por ejemplo, subsidiando los precios de la nueva tecnología agraria. El resultado fue notable. Las importaciones cayeron drásticamente y la producción de trigo italiano aumentó de la media de 5,39 millones de toneladas anuales de los años 1921-25 a una media de 7,27 millones de toneladas anuales para los años 1931-35. El éxito tuvo graves contrapartidas, pues se hizo a costa del abandono de pastos -que arrastró a la ganadería vacuna y a la industria láctea- y de cultivos de exportación esenciales a la economía italiana como el viñedo, los cítricos y el olivo. Pero ello quedó oculto por la propaganda oficial. En 1927, vino la "batalla de la lira" y en 1928, "la batalla de la bonificación". Por la primera, Italia, en parte por razones de prestigio ante la caída de su moneda, en parte por combatir la inflación, revaluó la lira hasta la llamada "cuota noventa" (paridad 1 libra: 90 liras, frente al valor anterior de 1 libra: 150 liras) y procedió paralelamente a elevar los tipos de interés, a reducir la circulación monetaria y los costes salariales (los salarios fueron reducidos en un 20 por 100 en 1927), medida ésta compensada por la reducción de la jornada laboral y por la concesión de distintas formas de beneficios sociales para las clases modestas como subsidios a familias numerosas, vacaciones pagadas, paga extraordinaria de Navidad y mejoras en los seguros de enfermedad y accidentes (además del Dopolavoro). La "batalla de la lira" produjo una gran estabilidad de precios y hasta una disminución del coste de la vida, estimada en un 16 por 100 entre 1927 y 1932. Lógicamente, perjudicó al comercio exterior, pero con todo, el Producto Interior Bruto creció notablemente, y determinados sectores -construcción, electricidad, química, metalurgia- registraron altas tasas de crecimiento. La Italia fascista tuvo, además, suerte. Las medidas de 1927 harían que el país aguantara bien la gran crisis internacional de 1929 o que, al menos, le afectara de forma menos dramática que a otros países. Sufrieron ciertamente algunos sectores, como el agrícola y el manufacturero. El empleo industrial, por ejemplo, disminuyó en un 7,8 por 100 anual entre 1929 y 1932 (si bien se recuperó notablemente desde ese año). Pero otros sectores, como la construcción, la industria eléctrica, los transportes y el comercio, continuaron prosperando. La balanza de pagos italiana se cerró con superávit en 1931 y 1932. La "batalla de la bonificación", o desecación de grandes zonas pantanosas de la Toscana y de la región del Pontino, cercana a Roma, para su conversión en tierra arable y su colonización -mediante la creación de poblados, construcción de carreteras y pantanos, y repoblación forestal-, fue en cambio un fracaso pese a lo que dijera la propaganda oficial y aunque tuviera beneficiosas consecuencias sanitarias. Los resultados quedaron muy por debajo de los objetivos oficiales: no se alcanzó ni siquiera el 10 por 100 de lo previsto. Se desecaron sólo unas 250.000 hectáreas (y no las casi 5 millones planeadas) y apenas si se asentaron unos 10.000 campesinos. El diseño económico fascista se completó con grandes inversiones públicas en obras de infraestructura y con la creación de un gran sector público tras la constitución en 1933 del IRI (Instituto para la Reconstrucción Italiana), que hizo del Estado en muy pocos años el principal inversor industrial. Las inversiones se concentraron en la construcción de pantanos -elemento sustancial para la electrificación del país y para la renovación de la agricultura- y en el trazado de autovías. Milán y Turín, Florencia y el mar, Roma y la costa, quedaron unidos por grandes autopistas, únicas en Europa. El fascismo electrificó la red ferroviaria prácticamente en su totalidad. La producción italiana de energía eléctrica, dominada por la empresa Edison, pasó de 4,54 millones de kilovatios-hora en 1924 a 15,5 millones en 1939 (cinco veces más, por ejemplo, que la de España). La producción de acero, a favor de las grandes obras del Estado y del proteccionismo arancelario, subió de 1 millón de toneladas en 1923 a 2,2 millones en 1939. El régimen fascista hizo del IRI la pieza fundamental del Estado corporativo y lo presentó como uno de los grandes logros de la dictadura. Lo que el IRI hizo fue nacionalizar, mediante la compra de acciones, muchas de las grandes empresas industriales y proceder luego, merced a la intervención del Estado, a modernizarlas y hacerlas eficaces y competitivas. En 1939, el IRI controlaba tres de las grandes siderurgias del país -entre ellas, los altos hornos de Terni-, algunos de los mejores astilleros (como los Arnaldo), la telefónica, la distribución de la gasolina -para lo que se creó la AGIP, Agencia Italiana de Petróleos, con grandes refinerías en Bari y Livorno-, las principales empresas de electricidad, las más importantes líneas marítimas -cuya flota se renovó con barcos de gran lujo como el Rex- y las incipientes líneas aéreas. El Estado controlaba así los centros neurálgicos de la economía nacional. Italia parecía a punto de conseguir un altísimo grado de independencia económica, uno de los viejos sueños del nacionalismo italiano que el fascismo veía, además, como condición esencial para la realización de la política internacional imperial y de prestigio que ambicionaba para su país (y a lo que se encaminaba la política de construcción de armamentos y material de guerra impulsada por el gobierno). Cuando en 1935 la Sociedad de Naciones ordenó el "bloqueo internacional" contra Italia como castigo por la invasión de Abisinia (2 de octubre), el país parecía disponer de los recursos económicos para resistir. Es más, Italia respondió elevando las cuotas a la importación, impulsó una política de substitución de importaciones -que favoreció sobre todo a las grandes empresas tanto privadas como del IRI- y reforzó los controles estatales sobre la economía nacional (precios, salarios, circulación monetaria): la autarquía, hasta entonces aspiración ideológica del fascismo, pasó a ser una realidad. Las realizaciones económicas y sociales del fascismo no fueron, por tanto, en absoluto desdeñables. Ciertamente, ello se hizo a costa de un gigantesco gasto público y de enormes déficits. El proteccionismo favoreció los monopolios de las grandes empresas tradicionales (Fiat, Pirelli, etcétera) y la supervivencia de empresas pequeñas, poco competitivas y de producción de ínfima calidad: la II Guerra Mundial pondría de relieve la impreparación, pese a todo, de la industria italiana. El fascismo poco o nada hizo respecto al gran problema económico italiano, el problema del Mezzogiorno, el atraso secular del Sur. La política del trigo benefició principalmente a los grandes latifundistas; las desecaciones y nuevas colonizaciones, como se ha indicado, fracasaron. La "ruralización de Italia" que el fascismo prometió en 1925 fue otro eslogan vacío más. La población rural siguió sin otra alternativa a la pobreza que la emigración: unas 500.000 personas emigraron durante los años 1922-1940 hacia Milán, Turín, Génova y Roma (que dobló su población entre 1921 y 1941); otras 650.000 lo hicieron a Francia, y millón y medio a Estados Unidos, Argentina, Brasil, África, Australia y otros países. Pero así y todo, se habían hecho grandes obras de infraestructura. La Italia urbana se había electrificado. El país tenía a su disposición un gran sector público, por lo general eficiente. El PIB registró un crecimiento sostenido anual de un 1,2 por 100 entre 1922 y 1939 -crecimiento muy superior al de la población- y la producción industrial había crecido en el mismo tiempo al 3,9 por 100 anual. Todo ello, más la política asistencial del fascismo, la estabilidad de los precios, la seguridad pública impuesta por la policía- que incluso logró grandes éxitos contra la Mafia siciliana-, explicaría el alto grado de consenso nacional que la dictadura y Mussolini habían conseguido.
contexto
La sociedad ateniense de la época clásica viene determinada por la división entre hombres libres y esclavos, a pesar del sistema democrático vigente. Se considera que de los 500.000 habitantes de la península Ática, sólo 40.000 eran ciudadanos libres. Estos ciudadanos tenían una amplia serie de derechos como el gobierno de la ciudad a través de la participación en la Asamblea y del control sobre los magistrados y los jueces, la propiedad de la tierra o la remuneración por desarrollar actividades públicas (siempre que el ciudadano en cuestión no tuviera suficientes rentas). A cambio de estos derechos deben participar en la guerra y correr con los gastos ocasionados por las campañas militares. Los metecos eran los extranjeros, considerándose que llegarían a los 70.000. Se dedicaban al comercio y a la artesanía, estando sus bienes protegidos. No podían poseer bienes inmuebles ni tierras, ni casarse con ciudadanas atenienses. Participaban en las fiestas sociales y religiosas y podían recibir encargos del Estado y concesiones mineras. Los deberes de los metecos eran acudir al servicio militar y pagar sus impuestos. Los esclavos serían unos 300.000 y carecían de derechos; debían trabajar para el Estado o sus propietarios particulares sin recibir nada a cambio, excepto la manutención. Se podían vender e incluso dar muerte, ya que eran una propiedad más de sus dueños. Los esclavos procedían en su mayoría de las campañas de guerra, siendo capturados como prisioneros. El ciudadano o meteco que no pagara sus impuestos podía ser reducido a la esclavitud. En algunas ocasiones los esclavos eran reclutados para formar parte del ejército, siendo manumitidos si destacaban en alguna acción de armas. Los libertos quedaban vinculados a sus antiguos dueños. La educación ateniense era diferente a la espartana. Los niños acudían a la escuela a los siete años, iniciándose en primer lugar en las humanidades y después en los deportes, entre los 12 y los 14 años. A los 18 eran declarados efebos, siendo desde ese momento el Estado quien se ocupaba de su educación militar, política y administrativa durante tres años. A los 21 eran declarados ciudadanos de pleno derecho.
contexto
Tradicionalmente existe una división social característica en el mundo griego entre las dos poleis principales y rivales entre sí, Atenas y Esparta, incidiendo en diferentes sistemas educativos y sociales. La sociedad espartana está caracterizada por su rigidez. Tres clases constituyen esta sociedad, dividida en espartanos, periecos e ilotas. Los espartanos eran todos los nacidos en Esparta durante generaciones y recibían la categoría de ciudadanos, siendo considerados iguales ante la ley. Los periecos solían ser extranjeros que se dedicaban a la artesanía y el comercio; debían pagar impuestos y servir al ejército en tiempos de guerra. Los ilotas no tenían ningún tipo de derecho, ya que eran siervos del Estado; en caso de necesidad eran reclutados para el ejército y trabajaban las tierras de los ciudadanos a cambio de un tributo. Los espartanos eran educados para formar parte del ejército. Los niños discapacitados eran arrojados al barranco del Taigeto. A los siete años, niños y niñas iniciaban su adiestramiento físico a cargo del Estado mediante carreras, saltos, manejo de las armas o lanzamiento de jabalina. Plutraco, en sus Vidas paralelas, nos describe cómo era la educación en Esparta: "Atenas y Esparta representaban dos formas diferentes de entender la sociedad. La educación del espartano tenía como objetivo hacer de él un buen soldado. Por eso se le adiestraba a vivir en común, y a soportar el frío, el hambre y el dolor. Los niños, al cumplir los doce años, recibían un solo vestido para todo el año. Se acostaban sobre montones de juncos y cañas que arrancaban ellos mismos de las orillas del Eurotas. La comida debían robarla a fuerza de habilidad y destreza, y quien se dejaba coger era castigado con latigazos. Llegados a la mayoría de edad, para fortificar sus hábitos de camaradería, hacían una comida al día en común. Los compañeros de una misma mesa combatían también juntos en la guerra". La música formaba parte del adiestramiento, ya que consideraban que los ejércitos podía asustar al enemigo entonando una canción marcial. Las adolescentes abandonaban el adiestramiento para ser educadas como madres de soldados. Durante trece años los muchachos se preparaban, teniendo que vivir una temporada en solitario en el campo y matar al menos a un ilota. Entre los 20 y 30 años se integraban en el ejército, donde continuaban su perfeccionamiento militar. A los 30 años alcanzaban la edad adulta y pasaban a desempeñar cargos públicos hasta los 60. Los ciudadanos espartanos se regían por una constitución en la que se reflejan las instituciones que forman el poder en la polis. La Diarquía está compuesta por dos reyes con carácter hereditario y tienen como función la máxima autoridad sacerdotal y la jefatura de las fuerzas armadas. El Consejo de Ancianos está constituido por 28 ancianos, miembros de la nobleza y menores de 60 años, cuyas funciones son preparar los asuntos que trata la Asamblea y juzgar los litigios entre los ciudadanos. La Asamblea del Pueblo la forman los espartanos mayores de 30 años y deben aprobar o rechazar las propuestas del Consejo. El Eforato está compuesto por cinco éforos elegidos cada cinco años por los ciudadanos, teniendo en su mano el poder ejecutivo y el control sobre la conducta moral de los magistrados, los reyes y el Estado.
contexto
El período que ahora encaramos estuvo marcado por el comportamiento exitoso de las economías iberoamericanas y el incremento de las exportaciones. Esta situación permitió la consolidación de los sistemas políticos existentes, basados en el predominio oligárquico. En la mayor parte de los países latinoamericanos el panorama político se fue consolidando en torno a un sistema bipartidista, que generalmente oponía a liberales y conservadores. Por encima de todo, se enfrentaban dos maneras diferentes de entender la política y el manejo de la cosa pública, que tenían muy pocas diferencias en la práctica, pero eran compartidas por los mismos grupos sociales: la aristocracia, la burocracia estatal y los profesionales liberales y otros grupos urbanos. Pese al aparente bipartidismo y a las diferencias señaladas, el carácter oligárquico imponía su impronta al sistema, homogeneizando las formas gobernar. Los sistemas políticos eran de participación restringida (el voto universal apenas estaba implantado) y el caciquismo y el fraude electoral estaban difundidos en todos los países, aunque las prácticas latinoamericanas no se apartaban de lo que ocurría en buena parte de Europa a fines del siglo XIX y principios del XX. El sistema de partidos políticos estaba muy poco estructurado y los líderes y sus clientelas pesaban más que las estructuras político-partidarias. Los clubes de opinión y las tertulias eran uno de los principales lugares donde se discutían los asuntos de Estado y los grandes temas políticos y en ellos los padres de la patria tomaban las decisiones más importantes. El funcionamiento del sistema político tendía a favorecer el gobierno de ciertas capas de profesionales y de las burocracias políticas, a la vez que garantizaba su control por parte de los grupos oligárquicos. Uno de los principales problemas que tenían que afrontar los gobiernos era la debilidad del aparato estatal, debida fundamentalmente a la falta de integración al Estado de regiones geográficas marginales. La estructura social y los problemas lingüísticos también marginaban a grupos humanos importantes, como las comunidades indígenas, algo que en países como México o Perú llegó a alcanzar una dimensión importante. Esta situación tendió a revalorizar el papel intermediador de los caciques o caudillos, personajes clave que vinculaban a sus regiones con el poder central. La extensión de la burocracia a los confines más lejanos del país y la profesionalización de las fuerzas armadas fueron dos de los mecanismos que permitieron el reforzamiento del Estado. La debilidad se trasladaba al plano político y se reflejaba en la gran inestabilidad existente en la región. Las dictaduras se solían alternar con otros momentos de gran inestabilidad o con la convocatoria de elecciones.
contexto
El cambio cultural al que asistimos tiene, como cabe esperar, múltiples manifestaciones arqueológicas y múltiples implicaciones sociológicas. Vayan estas últimas por delante en la exposición. Además de los cementerios de urnas se conocen muchos asentamientos asignados a la época y a la cultura de las Urnas. En la Edad de Bronce Antiguo, los poblados conocidos escasean. Abundan, en cambio, los del Bronce Final, y no pasan inadvertidos. Estos se localizan en promontorios y alturas, donde se encontraban bien amurallados. La serie de yacimientos fortificados más sobresaliente y homogénea es la correspondiente a la cultura de Lausitz, en Alemania Oriental y Polonia. Las murallas de dicha cultura se construyeron con un sistema celular de planchas en los frentes y empalizadas en el núcleo de dos y tres metros de espesor, y de gran resistencia en caso de ataque armado. Precisamente, las armas de bronce circularon en grandes cantidades durante esta etapa, tanto las ofensivas -espadas- como las defensivas -cascos, escudos, corazas, rodilleras, etc.-. En ciertos casos, esta panoplia militar acompañó al guerrero a su tumba; pero con mucha más frecuencia los hallazgos de aquellas armas se han producido en depósitos enterrados o entregados a las aguas de los ríos, de los pantanos, de las marismas, etc. Los depósitos de objetos metálicos son un fenómeno que está lejos de ser bien entendido. Muchos de ellos, sin duda, fueron votivos; es decir, fueron donativos de sus dueños a las divinidades de las aguas, de los espíritus de las grutas, o de los montes. Otros depósitos, en cambio, pudieron ser escondrijos en tiempo de peligro; o almacenes de metal; o testimonio de un broncista u orfebre prevenido; o conducto de una táctica orientada precisamente a la retirada del metal. Los depósitos pudieron ser accidentales o responder a un propósito religioso, social, económico, político o tecnológico Atendiendo al mérito artístico de los artesanos del metal, destacan dos áreas geográficas en Europa a fines de la Edad de Bronce. Estas son la Europa nórdica (Jutlandia, las islas danesas y el sureste de Suecia) por sus broncistas y la Europa atlántica (en especial Irlanda) por sus orfebres. A pesar de carecer de yacimientos metalúrgicos, la producción de objetos de bronce (armas, instrumentos, adornos y utensilios personales, vasos, etc.), en Dinamarca superó a la de otras regiones en cantidad y calidad. Su apego a la tradición de los túmulos puede verse reflejada en la proliferación de objetos de bronce requeridos por aquella clase social de los túmulos. Su conservadurismo no fue, sin embargo, inmovilista. Los broncistas daneses mostraron un admirable dominio y superación de las técnicas de su arte. Ello ocurre precisamente al final de la periodización del Bronce Nórdico (Fase V: 900-700 a. C.) cuando el hierro (material muy abundante en Escandinavia) había entrado con pie firme en la trayectoria de la metalurgia europea. En el terreno de la orfebrería, la tradición de las lunulae no debió de pasar sin dejar huella en Irlanda. Los depósitos irlandeses han proporcionado, en efecto, ingentes cantidades de oro. Ahora, el metal dorado y prestigioso no se escatima. Collares, brazaletes, alfileres, botonaduras, etc., son tan sólidas y tan pesadas, que suscitan la duda de si, alguna vez, alguien las ha usado a diario. Una nueva sociedad está a punto de constituirse en la fase de los Campos de Urnas. La serie de factores culturales apuntados (incremento de la producción de armamentos, renovación tecnológica de la metalurgia, rápido expansionismo de las innovaciones materiales, etc.), revelan unas condiciones sociales en las que la guerra es operativa, en las que la jerarquía dominante saca partido económico y beneficio personal a los enfrentamientos bélicos. En la guerra, que bien pudo tener el carácter de razzia o escaramuza, los dirigentes compiten por su prestigio y estatus social, como en el pasado; pero ahora las comunidades que éstos representan se juegan a vida o muerte el acceso a las fuentes de riqueza: los metales, el ámbar, las pieles, y, con seguridad, la posesión de tierras de labor. No faltan en esta fase los símbolos de poder y los objetos de prestigio en las necrópolis de incineración. Tumbas con ajuares ricos son frecuentes en la primera fase de las Urnas (siglos XIII y XII a. C.) en Centroeuropa (Baviera, Austria, Bohemia, Eslovaquia, Hungría, etc.). Los ricos del Norte siguieron haciendo ostentación de sus recursos. Ahora bien, el resorte social de la competitividad por alcanzar una posición social destacada va tendiendo hacia la manifestación de un desafío vital y no tanto a la mera emulación por la riqueza material. En estas condiciones, un mayor contingente de población, por su propio esfuerzo, tiene posibilidades de colocarse en una plataforma digna y contribuir a reforzar el engranaje socio-económico establecido. Llegado un momento, los ajuares de las urnas son muy uniformes. Ello no es necesariamente signo de empobrecimiento, sino de la participación de muchos individuos en los afanes de la guerra, del comercio pequeño y multirregional, del transporte, de la explotación más eficaz de la tierra, etc. En suma, la sociedad del Bronce Final en Europa ha reducido las fronteras regionales; es notoriamente más compleja que la del Bronce Antiguo y más igualitaria. Irreversiblemente, esta sociedad se movilizó con una ideología propia que se vierte ilustrativamente en las obras de arte.
contexto
Tradicionalmente, se ha considerado que sólo hubo feudalismo en los condados catalanes, directamente relacionados con el mundo carolingio. Si esto es cierto por lo que se refiere a la organización temprana de la aristocracia militar, no lo es menos que todos los dominios cristianos de la Península se hallan en una situación similar a la de Europa durante este período y que, en definitiva, aunque no exista un feudalismo pleno, de tipo francés, sí se dan las condiciones económicas y sociales que permiten hablar de una sociedad en diferentes estadios de feudalización. En cada caso, las situaciones peculiares de la sociedad, la situación geográfica, la abundancia o escasez de tierra, la posición militar, los orígenes de los pobladores, las modalidades de repoblación, las influencias externas... influyen y determinan una evolución distinta de esta sociedad, en la que pueden verse todas las fases del proceso feudal: desde la existencia de señoríos aislados en Castilla hasta la organización estricta del grupo militar en los condados catalanes; pero no se trata de situaciones radicalmente distintas sino de diferentes etapas de un mismo proceso. El feudalismo catalán presenta numerosas peculiaridades y un ritmo de evolución propio, que viene determinado por la situación inicial de la sociedad en la que se implanta y por las circunstancias históricas en que se desarrolla.A comienzos del siglo IX coexisten en los condados de la Marca dos estructuras administrativas y dos formas de vida: la de la población autóctona, agrupada en valles en los que predomina la pequeña propiedad y la igualdad social de sus habitantes, y la impuesta por Carlomagno, que divide el territorio en condados y confía su defensa a hispanos o a francos, unidos al emperador por lazos de fidelidad y dotados con tierras situadas en zonas estratégicas que repueblan con la ayuda de sus colonos. La aproximación entre ambos modos de vida y entre ambas estructuras es lenta, sufre avances y retrocesos, y el triunfo de la segunda, de la gran propiedad, no se producirá hasta los siglos XI-XII. El conde, tanto si representa al monarca como si actúa de forma independiente, recibe los juramentos de fidelidad, hace cumplir las órdenes reales, concede los derechos de ocupación de tierras y entabla negociaciones con los musulmanes, está encargado de administrar las tierras fiscales y las personales del rey así como de la administración de los derechos. Como jefe militar del condado se encarga de reclutar y dirigir las tropas y dispone de contingentes permanentes a sus órdenes; garantiza la paz en el territorio y preside los tribunales... tareas para las que cuenta con un cuerpo de funcionarios que actúan como delegados del conde, que fija sus salarios y les paga mediante la atribución de una parte de los beneficios y derechos condales. La reorganización de al-Andalus por Abd al-Rahman III tuvo importantes repercusiones militares en los condados catalanes, al acelerar la construcción de castillos. El conde no puede ocuparse de construir el gran número de fortalezas que se necesitan y es incapaz de atender a la defensa de todas, por lo que, en ocasiones, vende los castillos a las corporaciones eclesiásticas o a los laicos que poseen suficientes medios para garantizar su defensa; y en otros casos autoriza o tolera la construcción de castillos en zonas de frontera ocupadas por laicos o eclesiásticos. Los castillos que dependen del conde y tienen un distrito siguen bajo la autoridad del veguer, cuyas funciones tienden a hacerse hereditarias así como las tierras unidas al castillo, con lo que aumenta la importancia de estos personajes que, de simples delegados, pasan a apropiarse los derechos sobre los campesinos del distrito. Los vegueres se hacen propietarios y señores de campesinos y, en un proceso inverso, los dueños de castillos tienden a dotar a sus fortalezas de un distrito a imitación de los castellanos dependientes del conde y a ejercer su poder sobre cuantos campesinos habitan el distrito. La autoridad y la fuerza que da la posesión de una plaza fuerte se combina con la necesidad de protección sentida por los campesinos, que en muchos casos se encomiendan y entregan sus bienes a estos jefes militares a cambio de protección. La inseguridad no es la única causa de la continua disminución de la pequeña propiedad: por razones todavía mal conocidas pero que se relacionan con el comercio de esclavos y con un desarrollo importante de la agricultura, a fines del siglo X se produce el enriquecimiento de una parte de la población (de los medianos y grandes propietarios y de las corporaciones eclesiásticas) que invierten los beneficios obtenidos en el comercio o en la agricultura, en la compra de castillos y en la obtención de nuevas tierras que les permitan concentrar sus propiedades a costa de los pequeños propietarios. La situación de guerra constante en que se desenvuelven las sociedades navarra y aragonesa, situadas entre los carolingios al norte y los musulmanes al sur, es la causa de las primeras diferenciaciones sociales: a la población agrícola y ganadera se superpone, en los siglos IX y X, un grupo militar cuyos jefes, los barones, son los colaboradores directos del rey o conde. Su número es y será siempre reducido, pero su importancia social aumenta al confiarles los condes y reyes el gobierno de algunos distritos y dotarles de tierras en plena propiedad, autorizarles a poner en cultivo otras, transmitir a éstas su carácter de libres e ingenuas, es decir, declararlas libres de las cargas fiscales, y concederles honores, es decir, tierras que el noble no puede incorporar a sus bienes patrimoniales pero en las que recibe los tributos y derechos del rey sobre quienes habitan en ellas, aunque el alcance de la concesión viene fijado en cada caso por el monarca, que se reserva siempre la mitad de los ingresos y tiene libertad para cambiar el emplazamiento de las dotaciones. La concesión real tiene como finalidad permitir a los barones el cumplimiento del servicio militar con un número determinado de caballeros y el rey les facilita los medios, pero reservándose la decisión de dónde estarán situados los bienes necesarios para atender a estas obligaciones. La posibilidad de cambiar el emplazamiento de los bienes evita la temprana patrimonialización de los honores. De los reinos y condados cristianos surgidos tras la invasión musulmana, el reino asturleonés fue el más influido por la tradición visigótica y teóricamente debería haber sido el más feudalizado si tenemos en cuenta que el reino visigodo se hallaba en el año 711 en un estado similar al del Imperio carolingio cien años más tarde. Sin embargo, no ocurrió así por diversas razones, entre las que importa señalar como fundamental el hecho de que en sus orígenes el reino fue creación de las tribus cantábricas y galaicas entre las que predominaba la pequeña propiedad, y no existió hasta época relativamente tardía una nobleza que pudiera imponerse sobre los campesinos y éstos conservan su libertad mientras haya amplios territorios desiertos o poco poblados cuya colonización interesa al monarca que, por su parte, tiene en Asturias-León un poder muy superior al de los reyes visigodos. Si no existe una total feudalización del reino, sí se dan numerosas instituciones feudales como el vasallaje, el beneficio o prestimonio y la inmunidad, que llevan a la constitución de señoríos laicos y eclesiásticos, pero ni el régimen señorial se generalizó suficientemente ni el grupo nobiliario adquirió conciencia como tal y el rey pudo mantener en todo momento unos derechos básicos que reducían considerablemente la autoridad de los nobles.Las diferencias jurídicas no pueden hacer olvidar, sin embargo, las coincidencias con los demás territorios peninsulares: predominio, con el tiempo, de la gran propiedad y sumisión de los campesinos a los grandes propietarios. La diferencia radica en que en el feudalismo pleno el gran propietario actúa como señor inmune al atribuirse las funciones públicas, mientras que en el reino leonés el privilegio es una concesión del rey, que puede revocarlo y otorgarlo libremente según la fuerza de que disponga; y, a diferencia de lo ocurrido en el imperio carolingio, los reyes leoneses y más tarde los castellanos tuvieron casi siempre la fuerza necesaria para imponerse a la nobleza.También desde comienzos del siglo X se dan en Castilla privilegios por los que los funcionarios reales no pueden actuar en las tierras declaradas inmunes, lo cual suponía, en frase de Sánchez-Albornoz, los siguientes derechos para el propietario: cobrar los tributos y servicios que los habitantes estaban obligados a pagar al soberano; administrar justicia dentro de sus dominios; cobrar las caloñas o penas pecuniarias atribuidas al monarca; recibir fiadores o prendas para garantía de la composición judicial; encargarse de la policía de sus tierras inmunes; exigir el servicio militar a los moradores del coto y nombrar funcionarios que sustituían a los del rey, atribuciones y derechos que, en líneas generales, coinciden con los que tienen los señores feudales.
contexto
En opinión de Wells, cinco son los hechos tecnológicos que afectan y definen lo agrario a partir del Bronce Final en la Europa templada. *El arado. Aunque éste formó parte del complejo tecnológico del segundo milenio, parece que su generalización se produjo a partir del Bronce Final en dos tipos: el recto y el curvo, que nos muestran una cronología o funcionalidad distinta. Sí es destacable que el instrumento debió ser fabricado en madera. *Las hoces en bronce. Es el único instrumental agrícola, junto al hacha para desbrozar, que se realizó de forma general en bronce; un depósito en Frankleben, Alemania, aportó hasta 230, aunque su hallazgo es muy amplio y cubre una banda que se extiende por Suiza y sur de Alemania. *Los campos celtas. Es el nombre que se da a la demarcación y parcelación de tierras en el primer milenio con bancales de tierra, muros de piedra o empalizadas; aunque su uso se constata en el sur de Inglaterra en el tercer milenio, sin embargo, como en los casos anteriores, su generalización parece corresponder al primer milenio. *La estabulación de invierno. De nuevo, como en los casos citados, se trata de una generalización más que de un descubrimiento, lo cierto es que la tradición del estabulado se reafirma conforme se consolida la casa rectangular, que permite distinguir un espacio dentro de la casa para la guarda de los animales. *El silo y el granero. Su generalización se produjo seguramente en relación con factores como la estabulación de invierno o simplemente para el almacenaje de la cosecha; lo cierto es que su presencia se hace constante en los poblados, dando signos de nuevas estrategias agrarias. A las generalizaciones señaladas, que implican en todos los casos una intensificación del modelo económico, se debe añadir una firme tendencia a la especialización como lo avala el gran desarrollo que en algunas áreas debió de tener el centeno, una especie más adaptable a condiciones de frío y humedad, en tanto que en otras áreas la espelta acabó por desplazar al trigo, y la cebada vestida a la desnuda. Tampoco se escapa, en este marco de innovaciones, el fuerte desarrollo que a partir del año 1200 a.C. comienza a tener la explotación de la sal. Es a partir de este momento cuando se desarrollan los trabajos en la región de Halle, en Alemania, en Polonia o la explotación de las sales marinas en las costas francesa y del sur de Inglaterra, por no citar las minas de sal de los Alpes de Hallsttat o las de Camp de Chateau en Francia oriental. El significativo aumento de la producción de sal está en directa relación con los problemas de conservación de la carne, y es por ello el factor paralelo al silo en la agricultura. Intensificación y especialización agraria definen un tercer componente: la conservación del excedente, que va directamente ligada a una estrategia económica que tiene como fin el aumento de la producción. El modelo muestra hasta qué punto la tendencia expansiva de la economía agrícola, iniciada en el Neolítico, había tocado fondo. Pudieron ser razones antrópicas, por el constante mal uso de las tierras, lo que provocó que en algunas zonas aparecieran turberas, con el consiguiente encharcamiento del suelo y, aunque no está suficientemente demostrado, también pudo coincidir el momento con el desarrollo de otros factores naturales, que produjeron un clima más frío, al que se sumó a partir del siglo VIII a.C. un aumento de la humedad que pudo provocar, hacia la mitad del milenio, una subida del nivel del mar del Norte; el caso es que todo el modelo económico que se dibuja durante la fase analizada produjo un inusitado interés por el control de la tierra y seguramente por el ejercicio de la propiedad familiar sobre ella. En el plano de la tecnología metalúrgica, hasta bien entrado el siglo VIII y sobre todo durante el VII a.C., no se hace patente el predominio de la tecnología del hierro, quizá porque como indica Champion, los herreros de la Europa templada no consiguieron dominar adecuadamente el temple del citado metal; el hecho es que hasta que este proceso terminó de consolidarse, los grandes avances se produjeron en el campo de la metalurgia del bronce, al menos a dos niveles; de una parte, en los avances conseguidos en la técnica de fundición, como que observa en el caso de las asas de los calderos o en las empuñaduras de las espadas y en la posibilidad de alargar las hojas de las mismas; de otra, en la introducción en la aleación de cobre y estaño de un porcentaje controlado de plomo, que facilitaba la fundición, si bien ocasionaba un producto menos resistente, pero que suponía un ahorro de las materias primas más complejas de obtener, como el cobre y fundamentalmente el estaño. Este último aspecto es coincidente con los hechos observados en otros horizontes de la información arqueológica, de ahí los escondrijos o depósitos de material de bronce inútil y que seguramente constituían fondos para ser fundidos, tal y como se constata en el cargamento de bronce documentado en dos pecios hundidos en la costa sur de Inglaterra. Todos los investigadores concluyen que la fase supuso, dados los avances en materia de fundición y de ampliación de los sectores que se surtían de bronces, como era el caso de la agricultura, un aumento significativo de la demanda de productos de lujo y de producción de este metal, como con posterioridad sucederá respecto al hierro.
contexto
Los españoles de la primera mitad del siglo XIX, aun los pocos que podemos considerar cultos, no tenían excesivo espíritu asociativo. En 1861, apenas 13.000 eran socios del conjunto de las asociaciones, excluidos los casinos. Sin embargo, con ser una cifra exigua, podemos observar la rápida progresión en la década de 1860 hasta llegar a agrupar a cerca de 21.000 individuos. Lo significativo no era el número sino la enorme actividad que desplegaron y la influencia que estas sociedades tuvieron en las minorías intelectuales y políticas del país. Algunos miles se reunían en torno a las Sociedades Económicas de Amigos del País. Hasta el siglo XIX, la cultura política había sido patrimonio de unas reducidas elites que habían alcanzado su máxima expresión en el siglo XVIII en las Reales Sociedades Económicas de Amigos del País, como símbolo del ambiente racionalista y enciclopedista del despotismo ilustrado. Con frecuencia, éstas promocionaban un espíritu arbitrista lleno de proyectos basados, muchas veces, más en la buena intención que en el conocimiento a fondo de lo que proyectaban cambiar. Sus bibliotecas eran escasas, pobres y mal catalogadas. Las llamadas cátedras, de diferente valor. A medida que fue avanzando el siglo XIX, especialmente en el último tercio, las sociedades económicas perdieron su papel protagonista para cedérselo a los ateneos y algunas otras sociedades científicas. Una institución que había sido hegemónica durante el siglo XVIII, en cuanto a la recepción de las ideas extranjeras, como la Sociedad Económica Matritense, perdía peso específico; para especializarse como centro educativo y sociedad de consultas. Esta decadencia se extendió a las otras Sociedades Económicas de Amigos del País. Las propias Sociedades Económicas se hicieron menos proyectistas, a juzgar por el descenso de los manuscritos en sus bibliotecas y, sin embargo, aumentaron algo el número de sus fondos bibliotecarios. La mayoría de los Ateneos se convirtieron en el centro de la cultura de cada localidad donde se instalaron y mantuvieron este papel hasta bien entrado el siglo XX, sin que lo hayan perdido del todo, hasta ahora, en algunos casos. Los ateneos eran, en primer lugar, centro de reunión y tertulia, quizás su principal función en la vida diaria, sin que por ello se hicieran competencia con los casinos, pues la doble o la triple afiliación no sólo no fue mal vista sino que fue relativamente frecuente. Las tertulias de los ateneos a menudo tenían una altura o al menos una intención próxima al debate. Además, a medida que avanzó el siglo, los ateneos cumplieron un papel decisivo en la introducción y difusión de las literaturas contemporáneas española y europea así como del pensamiento y la divulgación científica, especialmente proveniente de Francia y Alemania. Esta tarea se hizo tanto en las bibliotecas como en las cátedras. El ateneo simboliza más que cualquier otra institución, la crisis de la cultura oficial tutelada, clásica del Antiguo Régimen, porque, en última instancia, sustituye a la Corona, la Iglesia y la nobleza, por la figura del ciudadano en términos de individualismo liberal, libremente asociado para el debate, la crítica y la producción cultural. El Ateneo de Madrid comenzó en 1835. Su nombre completo, Científico, Literario y Artístico, dejaba patente su interés por estas disciplinas y por el debate de las ideas que entonces se barajaban en España y Europa. En los salones se hablaba, se discutía y se jugaba. Desde sus cátedras se difundieron todas las ramas del saber entre las elites culturales y los políticos liberales que, desde toda España, acudían a Madrid. Su influencia en la vida de los grupos intelectuales era mayor que la propia Universidad Complutense que, por entonces, se trasladó a Madrid. Esta trayectoria de difusión crítica de la cultura y permanente oposición política se acentuó desde 1856 hasta 1868. El debate científico y político estuvo animado por una tripleta ideológica: krausismo, librecambismo y el ideario democrático. Durante estos años, el Ateneo tuvo una enorme capacidad para crear opinión. Las conferencias dictadas desde sus cátedras calaron en los sectores ilustrados y constituyeron el tejido cultural de la revolución de septiembre de 1868. El número de ateneos o sociedades similares fue creciendo a lo largo del siglo XIX. En 1861 eran 39, apenas diez años más tarde 73 y en 1882 prácticamente eran el doble. Se multiplicaron progresivamente sus socios, cátedras y bibliotecas. No se trata solamente de ateneos, sino de sociedades creadas con espíritu independiente, como el Liceo Artístico y Literario de Madrid (1836), club más social que académico. No obstante, no faltaron en estas sociedades las conferencias, conciertos, exposiciones y bibliotecas con un elevado interés cultural. Las sociedades especializadas de discusión y crítica fueron vehículo de la cultura y del pensamiento europeo de la época y acogieron en años posteriores a los universitarios y profesionales españoles que habían completado su formación en el extranjero. En el Círculo filosófico tuvieron lugar los primeros debates sobre el krausismo (introducido por Julián Sanz del Río) incorporado a los debates ateneístas y asumido por la Institución Libre de Enseñanza. También colaboraron las Academias de Jurisprudencia y Legislación y de Ciencias Morales y Políticas, creada esta última en 1857.