Busqueda de contenidos

contexto
Cuando a partir del siglo III Roma pasó a controlar primero la Sicilia Occidental (241), posteriormente Córcega y Cerdeña (237) y, poco después la Sicilia Oriental e Hispania Citerior y Ulterior, después de la segunda Guerra Púnica, se planteó el problema de una administración extra-itálica. Estos territorios, anexionados por Roma, pasaron a ser organizados en distritos que se designaran provinciae. Este término latino significó originariamente esfera de actividad de un magistrado, si bien posteriormente varió su sentido pasando a aludir no ya a la función o misión confiada, sino al propio distrito o territorio provincial, desde el momento en que éste cobró su propia entidad y quedó definido por límites geográficos, jurídicos y temporales. Estos magistrados que ejercían su actividad en los nuevos territorios eran nombrados pretores. Esta magistratura ya existía en Roma desde el año 367 a.C., en que se creó a raíz de una división del trabajo de los cónsules y se adjudicó al pretor la misión de administrar justicia. En el 242 a.C. se creó un segundo pretor, el pretor peregrino, encargado de los procesos relacionados con los extranjeros. En el 227 a.C. se crean otros dos pretores para la provincia de Sicilia, por un lado, y las de Córcega y Cerdeña, por otro. Otros dos pretores son nombrados en el 197 a.C. para las provincias de Hispania. Dentro de cada provincia el pretor tiene dos funciones primordiales a lo largo del año en que dura su mandato. Por una parte, dirige las tropas asentadas por Roma tras la conquista o, si la situación lo requiere, las nuevas tropas que le sean enviadas para asegurar el control militar del territorio. Sería, pues, el sucesor del jefe del ejército conquistador de la provincia. En segundo lugar, se encarga de administrar justicia en los asuntos de su competencia. Estos poderes sólo son restringidos por la lex provinciae, que es una lex data impuesta por el general vencedor asistido por una comisión del Senado en la que se definen las reglas y las bases jurídicas de la actividad administrativa. La doble función de los pretores reconcilia a favor de estos magistrados la unidad de los poderes jurídicos y militares que se pretendía disociar cuando se creó la pretura en el 367 a.C., en que el cónsul se había especializado en la gestión de los asuntos públicos, mientras que el pretor se dedicaba exclusivamente a la administración de la justicia. Los pretores provinciales representaban a Roma en todos los aspectos de la organización provincial y en esta época gozaban de una independencia prácticamente completa. Nadie controla su actividad en la provincia y las quejas que los provinciales puedan dirigir al Senado serán juzgadas por hombres que, a su vez, han sido o esperan ser gobernadores de provincia. De ellos se esperaba que instalaran en el territorio conquistado una administración capaz de superar al anterior estado de guerra que permitió su anexión y, según su grado de romanización, adaptarla a unas nuevas condiciones de paz. Pero las dificultades que se planteaban a la hora de alcanzar tal objetivo, eran diversas. En primer lugar, la falta de una administración estable y cualificada que facilitase su gestión. Por otra parte, en la mayoría de los casos, su escaso conocimiento o falta de iniciación en los problemas particulares del país que les es encomendado, ya que su permanencia en el cargo era anual. La práctica de la prórroga subsanaba en parte este problema. En el caso de provincias como Sicilia principalmente, aunque también en Córcega y Cerdeña, estos objetivos de organización se alcanzaron más rápidamente. En las provincias hispanas, sin embargo, la inestabilidad y la propia desorganización interna de los pueblos indígenas, hicieron que durante mucho tiempo existiese un estado de confusión entre las operaciones militares -que eran primordiales- y la administración civil. En última instancia, fue bastante frecuente que los pretores aprovechasen su permanencia en las provincias para adquirir el dinero que les permitiese posteriormente proseguir su cursus honorum en Roma. Los casos de extorsión y los abusos a que llegaron los pretores son numerosos: así el caso de Quinto Pleminio, en el 204 a.C., las quejas de los hispanos en el 171 y las informaciones al respecto de Catón en el 164 y de Livio sobre el 154 al comentar que "cierto número de pretores, acusados por las provincias a causa de su avidez, fueron condenados". Este comportamiento de los magistrados romanos en las provincias se palió posteriormente, en cierto modo, por las leges repetundarum. La primera, la Lex Calpurnia de repetundis, es del 149 a.C. y pretende luchar contra la avidez de los magistrados provinciales, encomendando su dirección al pretor peregrino que debía formar una lista de jueces entre los que sería designado en cada ocasión el jurado. Contemplaba, además, la restitución a los provinciales de los bienes inicuamente arrebatados. Estas leyes obedecen a un cambio de actitud del Senado de Roma hacia las provincias. Mientras que hasta mediados del siglo II estas son pocas, recientemente anexionadas y, en el caso de las de Hispania, alejadas y poco conocidas, a partir de la época de los Gracos se desarrolló una mayor atención hacia la provincias, así como una política más elaborada que incluía, entre otras medidas, el que los magistrados que servían en provincias presentasen periódicamente sus cuentas al Senado. Hasta mediados del siglo II, las provincias no estaban obligadas a suministrar contingentes militares, si bien estaban sujetas a pesados impuestos: un impuesto directo del 10 %, la decuma, impuestos de alquiler, el vectigal, requisiciones (como la del trigo en Sicilia, para alimentar a la plebe romana), o indirectos, como los de aduanas, portoria. Para las cuestiones financieras, los pretores eran asistidos por los cuestores, que tenían también el rango de magistrados.
contexto
Algunos han dicho que la red de institutos de Segunda Enseñanza de los años cincuenta a ochenta ha sido la mejor institución educativa que ha habido en la historia española. Las oposiciones para acceder a ella como profesor, y sobre todo para sus cátedras, siguen siendo recordadas como la una de las mejores pruebas a que se podía someter un licenciado universitario para "terminar de aprender". La afirmación de que todo lo que hubo en esos años fue el desierto, no merece más atención que la de que todo lo que se enseñaba era Franquismo. Aunque el mundo de la enseñanza estaba tan infiltrado de Franquismo y de política como todos los demás, es igualmente cierto que estaba infiltrado de antifranquismo, y sobre todo de inteligencia, de cultura, de vocación, de esperanza, de honestidad como muy pocos en aquella España.
contexto
La reforma del Estado emprendida por C. Aurelio Valerio Diocleciano (nombre que adoptó tras ser elevado por el ejército al poder en el 284), fue de enorme importancia y revelaba las dotes de estadista que poseía este excelente militar. La compleja situación del Imperio, que contemplaba tanto problemas de orden exterior como problemas que afectaban a las propias estructuras del Imperio, hacia imposible o ineficaz que el mando y la autoridad se concentraran en un solo emperador. Asó procedió a la elaboración de un sistema político, denominado tetrarquía, que sin ser totalmente nuevo (el poder compartido era el habitual durante la República y aún en el Imperio se dio en algunas ocasiones) presentaba perfiles propios y adecuados al momento. Inicialmente, en el 286, nombró a un segundo emperador asociado a él, al que encomendó la solución de los problemas occidentales, tales como la defensa del Rin ante la invasión de alemanes, francos y otras tribus germánicas, las incursiones de los sajones en las costas de Bretaña y las revueltas de los bagaudas (masas campesinas proletarizadas) en la Galia. Este emperador fue designado con el nombre de M. Aurelio Valerio Maximiano. Este nombre intentaba traducir la idea de una filiación, de un parentesco político llevado al terreno de lo personal. Al mismo tiempo, mientras Diocleciano seguía siendo el sumo emperador, el Augusto, Maximiano accedía al Imperio como César. Esta misma jerarquización se establecía entre los epítetos divinos que ambos emperadores decidieron ostentar: Diocleciano es representado siempre como Iovius, mientras que Maximiano lo era, a su vez, como Herculeus. Las razones de atribuirse esta ascendencia divina ficticia son difíciles de explicar. Tal vez se intentara reforzar la autoridad de la persona del Emperador (tan devaluada en los años anteriores), pero la jerarquización entre ambos era evidente: sus relaciones mutuas se expresaban a través de la de Júpiter, el dios supremo y Hércules, el más eminente de los héroes divinizados. La influencia del mundo persa, que atribuía un carácter divino al monarca, sin duda influyó también en esta decisión de Diocleciano, como influyó en todo el ceremonial de la corte: la suntuosidad, la postración ante el emperador, etc. Mientras Maximiano combatía a los germanos en el Rin y rechazaba (a través de sus generales) las invasiones y saqueos de los mauros en Africa, Diocleciano obligaba a los persas a abandonar la Mesopotamia romana que habían ocupado en el 283, vencía a los sármatas en el Alto Danubio, expulsaba a las bandas árabes de Siria y sofocaba una sublevación en Egipto. Las empresas militares eran ingentes, pero la necesidad de abordar un programa de reformas internas era inaplazable para Diocleciano. Así pues, en el 293, procedió a la culminación del sistema político de gobierno. Ese año fueron elegidos otros dos emperadores con el rango de césares: C. Galerio Valerio Maximiano y C. Flavio Valerio Constancio. Ambos, como se ve, asumieron también el patronímico de Valerio. Maximiano se elevó a la categoría de augusto y mientras asoció a la acción en el área occidental al césar Constancio, Diocleciano asociaba al césar Galerio a la parte oriental. Había, pues, dos emperadores vinculados a Júpiter y dos vinculados a Hércules. Para reforzar esta unión y plasmar la imagen no de un imperio disgregado, sino de una única autoridad que sólo contemplaba el reparto de funciones, se establecieron alianzas matrimoniales que unieron a los césares con sus respectivos augustos. Galerio se casó con Valeria, hija de Diocleciano, y Constancio (que antes había vivido con Helena, con la que había tenido un hijo, el futuro emperador Constantino), se casó con Teodora, hija de Maximiano. A ambos césares les fueron asignados los recursos necesarios para administrar y ejercer el poder (en calidad de auxiliares de los augustos) en las áreas asignadas: a Galerio el conjunto de países situados al sur del Danubio, desde el Mar Negro hasta los Alpes, teniendo como centro Salónica. A Constancio Cloro (apelativo con el que era designado) la Galia, a la que se añade después Britania, con la capitalidad en Tréveris. Maximiano actuaría principalmente en Italia y Africa, con capital en Milán, y Diocleciano en las provincias orientales y Egipto, con capital en Nicomedia. No obstante, esta distribución de áreas no era rígida, puesto que en ocasiones debieron actuar donde fuese preciso, con independencia de que se tratase de su zona o no, como por ejemplo Galerio, que fue encargado por Diocleciano de proteger la frontera contra los persas en el 296, librando contra éstos varias batallas que culminaron con la victoria de Galerio y la extensión de la Mesopotamia romana hasta el Tigris superior. Este sistema colegiado de gobierno, que se contemplaba como perdurable, suponía que tras la abdicación de los augustos, los césares pasaran a sustituirlos y designaran a su vez a otros dos césares. Si bien no se prohibía que los nuevos césares pudieran ser hijos de los emperadores, lo cierto es que el principio de la sucesión se fundaba, sobre todo, en la capacidad y experiencia del candidato. También parece que se contemplaba la abdicación de los augustos como regla constitucional. La falta de continuidad posterior impide constatar si este plazo se establecía a los veinte años del acceso al nombramiento de cesar (lo que coincide con la abdicación de los primeros tetrarcas) o se relacionaba con la edad y las facultades físicas y psíquicas de los augustos. Diocleciano se retiró en el 303 y en el 305 obligó a Maximiano a abdicar, que no parecía estar muy dispuesto a retirarse. El sistema tetrárquico era casi perfecto y se adecuaba a la situación presente del imperio. Resultaba no sólo eficaz, sino también más pragmático por lo que se refiere al procedimiento de captación. Mientras vivió Diocleciano, al que se le reconoce un prestigio enorme y gran ascendiente sobre los otros emperadores, no hubo problemas. Las intrigas e intereses personales vulneraron posteriormente el funcionamiento de la institución y su duración fue mucho menor de la que sin duda hubiera deseado Diocleciano.
contexto
Uno de los procesos que caracterizan el desarrollo de la segunda mitad del primer milenio, es la progresiva sustitución de los sistemas de distribución que habían caracterizado el periodo anterior. Los bienes procedentes del Mediterráneo ya no acceden a las grandes tumbas principescas con la misma intensidad y coste, porque los rituales de enterramiento han cambiado sustancialmente y ahora no contemplan la práctica de dar signos de enriquecimiento desmesurado. Tan sólo una zona continúa con la tradición anterior, se trata del área de Hunsrück-Eifel y, en menor medida, de la Champagne, Bélgica y el centro del valle del Mosela, donde son frecuentes los enterramientos con carro, ahora de dos ruedas y con los productos procedentes del norte de Italia. A fines del siglo V a.C. también esta zona acaba por perder esta tradición; los ricos enterramientos de Reinhein y Waldalgeshein, con sus torques y brazaletes de oro, son los últimos en mostrar la vieja tradición. Paralelamente al proceso citado, el desarrollo de las producciones indígenas fue aceptado por su propia población, de tal modo que en el siglo V a.C. ya se puede hablar de un estilo orientalizante celta e incluso en Waldalgeshein de un taller. El armamento de producción celta se hace patente también en la fase más antigua de La Tène en Champagne, donde los productos de importación son también escasos, allí es frecuente encontrar en las tumbas carros, espadas, lanzas, yelmos de bronce y complejos arneses y guarniciones de carro. Con la llegada de los últimos siglos del milenio, la tendencia a cubrir con productos indígenas las demandas locales parece ya un hecho. En algún caso como Suiza, los herreros llegaron a firmar sus espadas, aunque no está claro que llegaran a la especialización entre ellos. De todos modos, los productos de metal sí debieron generar distintos circuitos de distribución según su calidad y función, siendo así que las espadas y las armaduras parecen tener un circuito de distribución mucho más amplio que las fíbulas u otros productos de adorno o formas cerámicas como los recipientes de cerámica grafitada; no obstante, los circuitos fueron en el primer caso poco frecuentes, y en el segundo locales. Incluso el mismo hierro, en forma de lingote de doble punta, también circuló hacia los talleres que no se encontraban cerca de las minas. La distribución de los productos importados y en general de los estandarizados en el mundo indígena, durante la etapa de la cultura de los oppida, se dirige preferentemente al poblado y no a la necrópolis, y no muestra, por lo conocido hasta ahora, una preferencia por un tipo de casa u otra. Es una excepción, sin embargo, el norte de Francia y el sudeste de Inglaterra que, a fines del siglo II y hasta la mitad del siglo I a.C., recuperaron la vieja tradición de concentrar los productos más ricos en las tumbas, como se documenta en Goeblingen-Nospelt en Luxemburgo o Snettisham e Ipswich en Inglaterra, con recipientes de bronce de Campania, copas de plata itálicas, ánforas vinarias Dressel Ib, fíbulas de plata del norte de Italia y torques de oro de producción local. En Europa septentrional no se advierten signos de diferenciación en el acceso a los productos hasta el siglo I a.C. A partir de esa fecha, sin embargo, como ocurre en Inglaterra y el norte de Francia, se documentan los primeros enterramientos ricos y con presencia de carro, con la sustitución de la incineración por la inhumación y el interés por los productos relacionados con el vino. No obstante, el intercambio de productos por el ámbar, que había sido una de las bases de su sistema de relación externa, cayó significativamente durante gran parte del periodo.
contexto
La variedad del panorama político que se ofrece en el mundo helenístico responde a una variedad económica que por lo menos presenta igual complejidad, determinante de aquélla, pero también producto de los distintos caminos que toma en ese enorme espacio territorial el modo de actuación de los gobernantes. En cada uno de los reinos resultantes del proceso de disolución del estado de Alejandro, las formas de explotación se definen de acuerdo con sus tradiciones, pero en todos se impone el hecho político representado por el despotismo en su vertiente económica. El despotismo sirve de vehículo para normalizar los sistemas de explotación. En Egipto perviven las explotaciones faraónicas, mientras que en los territorios asiáticos son las formas heredadas de las estructuras aqueménidas las que subsisten. En el mundo griego de las ciudades, éstas mantienen, a través de los órganos representativos supervivientes, un control sobre la explotación agraria. Sin embargo, todo ello puede estructurarse de acuerdo con un esquema general dentro del que perviven particularidades y se desarrollan elementos específicos, sobre trayectorias previas y a partir de nuevas condiciones integradas en los sistemas de intercambio y contactos que el mundo helenístico permite. De este modo, incluso las entidades que permanecen políticamente al margen de la integración regia están condicionadas por el sistema en que ésta es dominante. Además, la heterogeneidad de los pueblos que llega a ser característica de algunos de los reinos, sobre todo del de Siria, también se hace notar en la persistencia de formas de explotación colectiva que sirven para definir algunas de las medidas étnicas que sobreviven bajo el reino, conservando sus propias características, pero sometidas a las aportaciones tributarias que parcialmente definen el sistema global. En general, la tierra que pertenece a las unidades étnicas (chora ethniké) puede explotarse colectivamente o haberse atribuido a los templos o a los particulares por el rey. La tierra del rey (chora basiliké) puede explotarse directamente por la administración real o por la aldea que entrega el tributo, aunque puede adjudicarse, directamente para su explotación o a través de la cesión del tributo, a los particulares, a los templos o a las ciudades. La entregada a los particulares puede estar asignada o no al territorio de las ciudades (chora politiké), mientras que la entregada a las ciudades puede quedar en manos de la colectividad, de algún particular encargado de gestionarla o de determinados grupos específicos de ciudadanos privilegiados, definidos como politai o klerouchoi. Según los casos, el punto de partida del proceso se lleva a cabo desde la economía regia o desde la economía politiké, de la polis. Dentro de los reinos, todo tiende a quedar integrado en ese sistema, donde un texto atribuido a Aristóteles, distingue, en su período formativo, cuatro formas de economía: basiliké, satrapiké, politiké, idiotiké. Cada término pone el acento en un aspecto específico: la realeza, la percepción regional del tributo, las ciudades y los particulares, pero en el fondo son los modos específicos de una forma de explotación que tiende a la homogeneidad, pues las ciudades y los individuos privados sólo conservan sus privilegios dentro de las garantías proporcionadas por el sistema despótico. Pero ello tiende a ocurrir de la misma manera en las zonas donde la acción política de la monarquía se ejerce indirectamente o en tensiones alternativas con sistemas no personalizados. De hecho, ligas y ciudades terminan gobernadas por sistemas igualmente despóticos, por Arato de Sición o Agis de Esparta, o por la alianza de Demetrio de Fálero con los macedonios.
contexto
Los mesoamericanos expresaron sus números de distintas maneras. Los mayas concibieron un sistema vigesimal en que las unidades se representaban por medio de puntos hasta llegar al número cinco, especificado por una barra. Este método sirvió para contar hasta 20; después, la posición de abajo arriba permitió elaborar cifras más complejas multiplicando por 20. Así, una unidad de primer orden pudo llegar a 20, una del segundo a 400, una del tercero a 800 y así sucesivamente. En realidad, el sistema maya se complicó aún más, debido a que muchos números fueron representados por convención mediante un jeroglífico particular. Fundamental en las elaboraciones científicas mayas fue el descubrimiento del cero, ya que a partir de él se establecieron cálculos superiores. También los aztecas utilizaron un sistema vigesimal, pero la cuenta del 1 al 19 la realizaron mediante puntos; mientras que símbolos arbitrarios sirvieron para conseguir anotaciones superiores: una bandera para el 20, una pluma para el 400, una bolsa de incienso para el 8.000. El hecho de no existir un signo para el cero les impidió seguir un sistema de posición como los mayas. Otros pueblos mesoamericanos participaron de uno u otro método: zapotecos y mixtecos utilizaron la barra para expresar el 5; mientras que Teotihuacan y Xochicalco pudieron conocerla en su historia temprana, pero después se decidieron por el sistema de puntos.
contexto
La organización social en Micronesia se caracteriza por su jerarquización desde el individuo hasta el clan y, desde el punto de vista político, desde las simples parcelas de tierra hasta los grupos organizados de islas. Se trata, por tanto, de una jerarquía vertical y su estudio ha demostrado que existían una serie de criterios para ocupar una determinada posición social, desde aquellos individuos con posición fija gracias a sus antepasados, pasando por la antigüedad del asentamiento y terminando por aquellos que escalaban socialmente por méritos de guerra. Destaca la existencia de una diferenciación entre distritos y también entre islas. Una serie de islas sirven de ejemplo acerca del sistema social en Micronesia: La isla de Kosrae fue una de las que tuvo mayor estratificación social; tenía una mayoría de pobladores sin tributos que trabajaban la tierra bajo el control de un jefe, entregando parte de la producción al responsable de distrito y éste, a su vez, al Jefe Supremo, asentado en Lelu, el distrito más importante de la isla. A pesar de la fuerte estratificación, existía cierta movilidad social gracias a matrimonios ventajosos, acciones de guerra, participación en competiciones de prestigio o una serie de méritos con los jefes más viejos, como alimentarles con los mejores productos o regalarles objetos de valor. La comunidad tenía que realizar dos actividades obligatorias al Jefe Máximo; el denominado "gran trabajo" era una labor comunal en la que mostraban su total obediencia mediante la realización de algunos servicios, y el "pequeño trabajo" consistía en su participación en la guerra en apoyo del jefe. En la isla de Truk (Islas Carolinas) la organización socio-política se basaba en linajes, cada uno de ellos asentado en un distrito diferente y con relativa independencia política los unos de los otros. En cada uno de los distritos mandaba el cabeza de linaje con mayor antigüedad, la cual venía definida por tres aspectos: el orden del asentamiento, la propiedad de la tierra y el éxito en la guerra. El cabeza de linaje contaba con el privilegio de recibir los primeros frutos del árbol del pan y, en caso de no respetarse dicha norma, tenía el derecho de confiscar la tierra y transferir los derechos de explotación de ésta. Con el tiempo, las islas pasaron a organizarse en dos Ligas; la de Sopwuno, donde se asentó el clan más importante y entre las que destacaba la isla de Moeu, y la de Ecun, con la isla de Féfeu a la cabeza. La existencia de ambas provocó que los distritos cambiaran de Liga según las conveniencias económicas, para conseguir unos mayores beneficios. El sistema sociopolítico en las islas Palaos se caracterizó por un dualismo marcado por el poder económico, tanto de tierras como de objetos de valor. La mayoría de los clanes estaban divididos en dos partes, cada uno con un número de linajes, y éstos, a su vez, en grupos domésticos relacionados entre sí. Se cree que cada poblado tenía entre siete y diez clanes jerarquizados. Aquellos con el título más alto formaban el consejo del poblado o Klobak, siendo el jefe el hombre más anciano del linaje más alto dentro del clan más antiguo. Dentro de los poblados también encontramos el Klobak El Dil o consejo de mujeres, con un menor peso político que el formado por los hombres. Por último, llama la atención la división de los poblados en dos mitades, con clubes de hombres en cada una de ellas que compiten con los de la otra mitad.
termino