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Para Segismundo, fracasados los múltiples intentos de pacificar Bohemia por la fuerza, el Concilio de Basilea era el medio de lograrlo, y también la solución a los conflictos de las naciones cristianas, paso previo a la organización de una cruzada que permitiese contener el peligro turco, objetivos por los que se venia esforzando desde el Concilio de Constanza. El Concilio alcanzaba un acuerdo con los husitas en noviembre de 1433; suscitó desconfianza por parte del Papa y oposición en amplios sectores husitas y del Concilio. Abría una vía de solución, pero los sectores armados husitas, opuestos al acuerdo, mantendrían una resistencia sólo extinguida después de prolongadas y sangrientas operaciones; seria también necesaria una prolongada negociación para acordar la aplicación efectiva de los acuerdos y conseguir el reconocimiento de Segismundo como rey de Bohemia. Pese a todas las dificultades, el Concilio era para Segismundo el medio de solucionar sus graves problemas, y donde serían tratadas las numerosas cuestiones pendientes para lograr la total pacificación; lo fue hasta que, desde 1437, pocos meses antes de la muerte del emperador, el Concilio dejó de ser un lugar de sereno debate. La inevitable ruptura a la que conducía la rebelión conciliar induce a Francia y a Castilla a coordinar su acción con Alemania y las demás naciones para adoptar la difícil decisión de abandonar Basilea. Fallecido Segismundo, el nuevo rey de romanos, Alberto II de Habsburgo, convocó una dieta en Maguncia, en cuyo seno se reunieron, además, representantes de las naciones cristianas; en abril de 1439 se acordaba proponer al Concilio una solución que defendía la autoridad conciliar, pero respetuosa con el Papa, con objeto de conjurar la amenaza de Cisma que se anunciaba ya inminente. La negativa del Concilio a aceptar la propuesta provoca la retirada de las naciones de Basilea y decide a aquél a la destitución de Eugenio IV. Para Alemania se trata ya únicamente, como en los casos de otras Monarquías, de salvar todo lo posible de la obra de la reforma. La propuesta alemana de reforma, aprobada en la misma dieta de Maguncia, guarda estrecha relación con la francesa; se queda en cuestiones disciplinares, beneficiales o formales, importantes sin duda, pero no plantea una auténtica y profunda reforma, como la demandada, y puesta en ejecución hacía tiempo, por Castilla. Prestó el Concilio una gran atención a la situación política italiana, sumamente compleja; no había un gran interlocutor, como en el caso de las demás Monarquías, pero los asuntos italianos constituían circunstancias modeladoras de las decisiones conciliares. El enfrentamiento, en el Norte, entre Florencia, Milán y Venecia, y, en el Sur, la pugna entre los Anjou y Alfonso V por el Reino de Nápoles, incidieron de modo importante en los acontecimientos del tiempo. El crecimiento de Milán, dirigido por Felipe Maria Visconti, constituía una amenaza para Florencia y también para Venecia, que buscarán una acción conjunta contra Milán, aunque para ello deban superar sus insuperables rivalidades comerciales. También era el expansionismo milanés una amenaza para el Pontificado; en consecuencia, era vital para el Visconti un acercamiento al Concilio, y, en consecuencia, a Segismundo, interesado en el desarrollo de éste. Era lógico que Eugenio IV, huido de Roma, hallase cálido refugio en Florencia; también lo era que el Concilio, siempre preocupado por la paz entre los cristianos, animase al duque de Milán a soluciones pacíficas, lo que favorecía sus intereses, porque Milán no tenia fuerza suficiente para un enfrentamiento de grandes dimensiones, y debía, además, tener en cuenta la solución de la cuestión napolitana. El equilibrio en Italia es muy difícil tanto por la tensión entre Papa y Concilio, como por las grandes novedades que tienen lugar en 1435: derrota de Alfonso V en Ponza, prisión del rey aragonés en manos del duque de Milán y amistad entre ambos, fruto de sus comunes objetivos. La cuestión meridional se ponía en directa relación con la septentrional y con el enfrentamiento Papa-Concilio; Alfonso V que, desde hacía tiempo presionaba al pontificado para el logro de sus objetivos, hallaba nuevos aliados y hacía suya la causa conciliar, incrementando el tono de su enfrentamiento con Eugenio IV. Alfonso V y Felipe María Visconti serán los príncipes más hostiles a Eugenio IV, quienes aparecerán más distantes de las decisiones de la dieta de Maguncia, aunque acabaran suscribiéndolas, y permanecerán hasta el último momento con el Concilio al que únicamente abandonan en la misma antesala del nuevo Cisma. Eso posibilitará el acuerdo entre Eugenio IV y Alfonso V, y el reconocimiento de éste como rey de Nápoles, olvidando la causa de los Anjou.
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Es muy restrictivo pensar que sólo la ideología franquista dirigía a la mujer hacia el hogar y la maternidad, cuando no era sino la tónica general en una Europa saliente de dos grandes guerras. La mujer española se sintió protagonista de la reconstrucción postbélica española al igual que la mujer europea decidió participar en la recuperación de su futuro, que, entre otras cosas, pasaba por la recuperación demográfica, condición sine quam non, punto de partida obligado tras millones de muertos en los conflictos. En esos momentos, antes de la crisis de los años sesenta, la familia tradicional conoció una inesperada etapa de esplendor en la década de los cincuenta. La etapa dorada del facilismo comienza después de la Guerra mundial hasta el fin del baby boom en 1964. En cualquier caso, en el ámbito internacional, en una época de guerras y tensiones políticas entre los estados, el contexto demográfico había adquirido gran actualidad. La introducción de leyes contra la contracepción y el aborto en la mayor parte de los países, debido al miedo a la despoblación y al declive de la familia en la etapa de entreguerras, constituyó una de las primeras muestras de intervención directa del Estado en la vida familiar. Precisamente en esta etapa de entreguerras, las dificultades económicas y la difusión de ideas contrarias a la familia condujeron a la aparición del movimiento familiar que reivindicó la ayuda del Estado a las familias. En el siglo XIX se habían producido grandes cambios ideológicos que tuvieron gran impacto en el papel de la mujer en la sociedad. La división sexual del trabajo y la domesticidad femenina fueron dos frutos de la industrialización y del desarrollo de una sociedad liberal y urbana, que asistía a la progresiva implantación del capitalismo como sistema económico dominante y al ascenso de la burguesía o clase media como grupo hegemónico. Los cambios drásticos se reflejaron en la estructura y tamaño de la familia, y en la nueva dinámica en las relaciones entre marido y mujer, y entre padres e hijos. Las causas de esta profunda crisis familiar llevaron a la idea de la intervención del Estado a través de una legislación encaminada a proteger a mujeres y niños. Toda esta concatenación de causas, primero los cambios sociales y su efecto en la estructura familiar, y después los dos conflictos mundiales entre los cuales predominaron gobiernos dictatoriales de izquierdas o derechas, llevaron, tras la estabilidad conseguida hacia 1945, a un largo período de estabilidad y gobernabilidad de las democracias instauradas. A partir de 1945, en claro contraste con la época histórica precedente, se vive un largo período de estabilidad. La consolidación de las democracias, salvo en países como España y Portugal, que habían permanecido al margen del conflicto y que conservaron regímenes autoritarios en sus posguerras, coincidió con un crecimiento económico si precedentes durante las décadas que siguieron a la contienda. Esta larga etapa de desarrollo económico se caracterizó por un fuerte impulso de la industrialización, con el consiguiente aumento espectacular del consumo; el éxodo del campo a la ciudad; el crecimiento desmesurado de las ciudades y la demanda de mano de obra. Comenzó asimismo a consolidarse el estado de bienestar o capitalismo social, que garantizaba al ciudadano una existencia digna mediante una red de prestaciones y servicios. La revitalización de la familia se reflejó en un intenso interés por el matrimonio, el hogar y los hijos; en general, la gente comenzó a casarse más joven, a tener más hijos, a divorciarse menos y a valorar el modelo tradicional de separación de roles. Las mujeres, incluso las que tenían estudios superiores, dejaban la actividad laboral para dedicarse al marido y a los hijos. Gráfico El hecho de que nadie predijera este drástico giro de la familia en los años cincuenta indica la medida en la que la institución familiar se había alejado de las tendencias emergentes en los años veinte y treinta. Incluso actualmente no hay acuerdo sobre este fenómeno. Probablemente la teoría más aceptada sea la que contempla que fue una reacción de las familias y de los hijos de la generación de la guerra, que tuvieron que posponer el matrimonio y la llegada de los hijos. Sin embargo la situación de la mujer no fue a la larga tan satisfactoria como pudiera parecer a primera vista. La mujer ama de casa se encontraba relativamente sola en los barrios periféricos de las grandes ciudades, alejada de sus parientes y sin servicio. Los centros urbanos estaban con frecuencia a bastante distancia y excepto por la presencia de los niños, la comunidad suburbana estaba relativamente aislada. Por estas razones, muchas mujeres de la época tuvieron sentimientos no expresados de soledad y aislamiento social. A favor de la situación cambió la consideración política y social con respecto a la familia. Se reconoció, en primer lugar, el derecho de los ciudadanos al bienestar y a la protección por parte del Estado. Con todo, el auge de la familia tradicional entró pronto en crisis. La aparente etapa de esplendor escondía, no obstante, una realidad inevitable: la vida a partir de 1945 no volvió a ser como antes de la guerra. Poco a poco el facilismo se fue desmoronando. La crisis comenzó a percibirse en la progresiva insatisfacción e la mujer, educada de forma más igualitaria, y en la rebeldía de los adolescentes frente al modelo cultural predominante.
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El "Arrozal de Yamato" (Dada Skushintai), es decir, el Servicio de Escuchas Radiofónicas de la Marina imperial japonesa -integrado por 600 especialistas de lenguas extranjeras, universitarios y expertos de todas clases-, comenzó a detectar, ya a fines de 1944, un volumen insólito de comunicaciones aliadas referentes o concentradas en torno al archipiélago de Ogasawara. Era por tanto un hecho que los norteamericanos comenzaban a interesarse por las Bonin y principalmente por Iwo Jima, la isla más vulnerable del conjunto puesto que, pese a poseer dos aeródromos, era muy pequeña y nunca podría contener una gran guarnición. La isla fue poco después objeto de 69 ataques aéreos de envergadura realizados por aviones embarcados o "Superfortalezas", e incluso los acorazados de la flota norteamericana de alta mar la bombardearon con su artillería en nueve ocasiones. Y todo ello bastante antes de que comenzase la preparación del gran asalto final. A este interés de los norteamericanos por Iwo, los japoneses opusieron el nombramiento, como comandante de armas de la isla, del general Tadamichi Kuribayashi, alguien que, como dijo una alta personalidad militar japonesa, "había comprendido perfectamente el problema". El problema militar de Iwo Jima, para los japoneses, era relativamente fácil, es decir, desesperado. La precariedad de la flota japonesa, empeñada en la lucha a muerte en otros teatros de guerra y que había sufrido, y estaba sufriendo a cada día que pasaba, un rudo desgaste, así como la ineficacia creciente de la aviación nipona, escasa, ya superada en número y calidad por los modelos norteamericanos, y que había soportado una sangría casi total tanto en material como en pilotos experimentados, reducían a cero las posibilidades de supervivencia de la guarnición de la isla en el caso de que se produjese un desembarco. Nadie les ayudaría. Sin duda, por eso Kuribayashi escribió resignadamente a su esposa: "Yo voy a morir aquí...". Pero Kuribayashi se dispuso a morir arrastrando en su destrucción a millares de enemigos y retrasando lo más posible el momento fatal en que los B-29 podrían, aligerados de carburante y por tanto más cargados todavía de bombas de fósforo, despegar del aeródromo de Tidori en sus vuelos de destrucción contra Japón. El Estado Mayor imperial puso a disposición del nuevo comandante de Iwo Jima, pese a la escasa extensión de la isla, fuerzas terrestres verdaderamente considerables: dos divisiones completas (la 109 mandada directamente por Kuribayashi, y la 2.? Mixta), dos regimientos de infantería (los núms. 145 y 17), un regimiento de carros de asalto (el núm. 26, dotado de 23 carros), dos batallones de ametralladoras y 7.500 soldados de la Infantería de Marina, la que había conquistado el Pacífico para Japón. En total algo más de 21.000 hombres. También su armamento pesado era excepcional. Kuribayashi dispuso de 120 cañones de calibres superiores al 75 (había en la isla unos 160 cañones en total), doce enormes morteros "Spigot" de 320 mm que lanzaba cargas de 300 kilos, 200 lanzacohetes cuyos proyectiles pesaban 125 kilogramos, casi un centenar de morteros de trinchera del 150. A esta importante variedad de bocas de fuego venían a añadirse los cañones de los 23 carros de combate, enterrados en la arena volcánica hasta las torretas. Había un punto absolutamente negativo: la isla contaba solamente con dos meses y medio de provisiones, lo que quería decir que, si los norteamericanos desembarcaban, la guarnición, dando por descontado la destrucción inevitable de una buena parte de los depósitos o su ocupación por el adversario, apenas podría resistir, teóricamente, más de un mes. Después no tendría sino que esperar la muerte, que por cierto llegaría bastante rápidamente dada la superioridad norteamericana en hombres, técnica y material. Así, para Kuribayashi, la lucha sería a muerte, es decir, hasta su muerte y la de los suyos.
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La obra del GATEPAC intentó abrirse paso en un medio ciertamente complejo e impermeable, no teniendo además la exclusiva en la regeneración de nuestra arquitectura durante los años veinte y treinta de nuestro siglo. En la Escuela de Arquitectura de Barcelona, el catedrático y arquitecto Eusebio Bona hablaba de que la estandardización universal es antinatural y, por tanto, inadmisible ("AC". n.? 17. 1935), afirmación no compartida entonces por el GATEPAC y revalidada en parte hoy día. En la Escuela de Madrid, el catedrático y arquitecto Teodoro de Anasagasti -introductor en esta ciudad del hormigón armado o de la estética de Perret (Cinema Monumental, 1922-1924) y de un racionalismo encubierto tras resabios modernistas vieneses (Teatro-Cinema Pavón,. 1923-1925)- no será tampoco del total agrado del grupo. El debate interior mantenido esporádicamente en los Congresos Nacionales de Arquitectos, apenas lograba alterar el rumbo de la sociedad. En el VI Congreso (1915, San Sebastián), los nacional-regionalistas Aníbal González y Leonardo Rucabado hablaban de Orientaciones para el resurgimiento de una Arquitectura Nacional; mientras que en el VIII Congreso (1919, Zaragoza), Vicente Lampérez y Leopoldo Torres Balbás se enfrentaban hablando sobre el casticismo arquitectónico. Más interés para el grupo podían tener temas abordados desde años atrás sobre la vivienda obrera o la higiene (I Congreso, 1881, Madrid; II Congreso, 1888, Barcelona; V Congreso, 1909, Valencia...) y también sobre el urbanismo (II Congreso; VI Congreso; VII Congreso, 1917, Sevilla; XI Congreso, 1926, Madrid). Desde la memorable ponencia de Lorenzo Alvarez Capra ("Dada la organización actual de la sociedad, ¿es o no conveniente la construcción de barrios obreros?", I Congreso), el problema -tratado también en el siglo pasado por Mesonero, Fernández de los Ríos o Mariano Belmás- será abordado sin éxito. La Ciudad Lineal de Arturo Soria, con el ideario vertido en su revista portavoz (1897-1932) -Para cada familia una casa, en cada casa una huerta y un jardín-, venía a paliarlo y a evitar el barrio obrero marginado, pero su arquitectura acabaría clasificando a las familias y su estilo era de marcado carácter regionalista. Las obras de gran promoción e incidencia urbana estaban llenas de dificultades y a medio hacer, como la Vía Layetana en Barcelona, o la Gran Vía en Madrid, registrando en los particulares edificios de ocupación una lenta y progresiva asimilación de estilos nuevos, con fisonomía polimorfa. Excepcional venía a ser el Anteproyecto del trazado viario y urbanización de Madrid de S. Zuazo y H. Jansen para el Concurso de 1929 declarado desierto, por sus criterios racionales de gran coherencia, que influirá en el crecimiento Norte de la ciudad. Por lo demás, seguía prevaleciendo la obra de autor: el tardío monumentalismo de J. Puig i Cadafalch en los palacios de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, frente a la lección de arquitectura moderna dada por Mies van der Rohe en el Pabellón Alemán de la misma; o el eclecticismo de Antonio Palacios, aun renovado por las nuevas tecnologías (colab. con Joaquín Otamendi), en el Palacio de Comunicaciones (1904-1917) o en el Círculo de Bellas Artes (1919-1926) de Madrid. No obstante, con la realización de la Ciudad Universitaria de Madrid (1927-1936), bajo la dirección de Modesto López Otero, surge una colaboración en equipo a gran escala, participando arquitectos de la llamada por Carlos Flores Generación de 1925, que tratan ya de olvidarse de lo hecho en España y miran de reojo a lo que se hace en el extranjero: Agustín Aguirre, Rafael Bergarmín, Luis Blanco Soler, Pascual Bravo, Miguel de los Santos, Luis Lacasa, Manuel Sánchez Arcas... Algunos de los cuales colaboran también en la revista que da cuenta de sus inquietudes, "Arquitectura" (1918). Es el caso del mismo Sánchez Arcas, que tiene relación temprana con Holanda, manejando el cálido ladrillo en muros desnudos y siendo el único quizás en realizar la obra más avanzada en el recinto (Central Térmica, Hospital Clínico), puesto que las avanzadillas particulares se neutralizaban en un estilo común que logra el volumen relativamente depurado y rasgado por la ventana modulada contínua. Luis Lacasa Navarro, colaborador con Sánchez Arcas en el Instituto Rockefeller (1928-1932. Calle de Serrano, Madrid) -donde experimentaban con una arquitectura artesanal y racional de raíz nórdica- será el autor del también racionalista y funcional complejo Residencial de Estudiantes (1932-1936), integrado actualmente por los Colegios Mayores Cisneros y Antonio de Nebrija en esta misma Ciudad Universitaria (estudiada por Pilar Chías. UCM,1986). Son arquitectos, junto con otros que actúan por libre -Carlos Arniches, Martín Domínguez, Casto Fernández-Shaw, Javier Ferrero, Luis Gutiérrez Soto, Luis Martínez-Feduchi, Secundino Zuazo, etc.-, que adoptan personalmente en su momento la arquitectura moderna y, sin vincularse al grupo GATEPAC, con siguen incluso obras más importantes que muchos miembros formales del mismo.