Cuando los reformadores católicos comenzaron a poner en marcha la educación de las niñas, muchos hombres de letras y eruditos siguieron profundizando en la necesidad de educar a las mujeres, pues estimaban que muchas de sus faltas y errores venían provocados por su falta de instrucción y educación. Tanto Mademoiselle de Scudery como Madame de Sevigné, mujeres de letras, defendieron una ciencia justa y para ambos sexos, mientras que gran parte de la producción de la época se dedicaba a comparar los méritos intelectuales de cada género y dudaba de si la mujer estaba igualmente dotada que el hombre con el mismo nivel de capacidad intelectual. Con el apoyo del método cartesiano, Poullain de La Barre, filósofa y feminista francesa (1674-1725) demostró racionalmente la identidad de las aptitudes y de las funciones femeninas y masculinas. Dicha identidad surgía de la formación recibida, por ello, si la mujer recibía la misma educación que el varón, podría llegar a conseguir el título de Doctor o Maestro en cualquiera de las diferentes disciplinas del saber. Gráfico Este feminismo imbuido de crítica social de La Barre renació 20 años después en Inglaterra, con la pionera feminista Mary Astell, que en 1694 escribió A serious proposal to the ladies (Una oferta seria para las damas), un texto defensor de la educación femenina y fuertemente influido por los escritos de las anteriores. En tono de diálogo coloquial, Mary Astell trató de concienciar a las mujeres de todo lo que se perdían por la falta de instrucción adecuada. Consciente de las dificultades que la vida familiar y conyugal suponían para la educación de la mujer, la autora animaba también a que las mujeres dejasen por un tiempo las obligaciones domésticas, para unirse en colegios donde estudiar con total autonomía. A parte de las querellas literarias, en la Francia del siglo posterior surgieron reflexiones más directamente pedagógicas sobre la educación de las niñas. Pero aún con ello, los primeros programas coherentes de estudio propuestos limitaban la educación femenina, evitando que su acceso al aprendizaje de lenguas antiguas, retórica y filosofía, que continuaron siendo enseñanzas exclusivas para niños. En consecuencia, el reconocimiento de la necesidad de las mujeres de saber leer, escribir y contar, aún sin poner en duda su función social relegada exclusivamente al ámbito familiar y doméstico, abrió una importante brecha para el acceso de las féminas a una nueva cultura y con ello al poder. Con la llegada de la Ilustración y su fiel confianza en la pedagogía, se dotó a esta ciencia del poder de modelar un ser social totalmente nuevo, despojado de todo prejuicio anterior e imbuido por una razón netamente nueva. Con esta nueva pedagogía, comenzaron a impartir clase las primeras educadoras. En un siglo de optimismo pedagógico, los Reformadores Católicos vieron con buenos ojos que la educación de las niñas -al igual que la población infantil de las zonas rurales- comenzara a incluirse en los planes educativos eclesiásticos. Planes como la Oficina permanente de educación pública, ideada por el abad de Saint-Pierre en su Projet pour perfectionner l'education des filles (proyecto de mejora educativo para las niñas) fueron una anticipación de lo que luego se conocería como Ministerio de Educación francés. Esta oficina se encargaba de supervisar una red de colegios de niñas y muchachos en los que ellas estaban escolarizadas desde los cinco a los 18 años, en los que se rozaban todas las ciencias y todas las artes, pero con el fin de que estuvieran preparadas para participar en las conversaciones de sus futuros maridos. Pero no sería hasta la década de los 60 del siglo XVIII cuando el problema educativo (tanto femenino como masculino) invadiese por completo las conciencias ilustradas. Dicho período comienza con la publicación del Emilio(o De la educación) de Jean-Jaques Rousseau, escrito filosófico con parte novelada sobre la naturaleza del hombre, que fue rápidamente condenado por los censores de la Sorbona y por el mismo parlamento francés. En el mismo año de salida de la obra, 1762, la expulsión de Francia de las órdenes Jesuitas provocó una profunda desorganización de la red de colegios, con el gran vacío educativo que eso supone para el país. Estos dos acontecimientos sirvieron de mecha para estimular la creación de planes de estudios, tratados sobre educación y otras reflexiones de tipo pedagógico sometidas al juicio de los académicos educativos pertinentes. Las gacetas de entonces comenzaron a otorgar espacios a toda esta producción, ya como críticas o como correo de lectores, aunque nunca como noticia, hasta la creación por parte de un maestro de internado, Monsieur Leroux, quién creó el Journal d'education, primera publicación especializada en la materia. Siguiendo esta corriente, el rotativo de la capital, Tableau de París, incluyó la sección de educación en la parte del diario dedicada a "las cosas útiles de la vida", donde se señalaban las principales instituciones educativas de la ciudad, tanto masculinas como femeninas. En cuanto se admitió la existencia de la necesidad de reformar -o incluso de crear- una instrucción femenina viable, el debate de la comunidad ilustrada se centró en el lugar donde debía de llevarse a cabo -si en la casa familiar o en una institución dedicada íntegramente a esa labor- y a quién y qué se iba a enseñar. Las reflexiones solamente se ponían de acuerdo en la crítica de los conventos, considerados lugares donde la mujer no aprendía, no se desarrollaba y se marchitaba, privada de aire puro, en un lugar donde mujeres ajenas a la experiencia conyugal, como las religiosas, instruían a las niñas en la vida familiar. El siglo XVIII se inclinaría por la educación familiar, pero como el funcionamiento de esta solo podía asegurarse en casas privilegiadas, la educación pública debía de paliar la falta de medios de las clases bajas, sin dinero para la educación en casa. La inspiración para las defensoras de la educación doméstica fue Rousseau, en el que muchas madres se fijaron para hacer de sus hijas, mediante su obra y la aplicación de sus principios, su obra maestra educativa. Madres como Madame d'Espinay aplicaron con tanto empeño las enseñanzas rousonianas que incluso llegó a publicar un libro ejemplo de cómo educar a una hija, llamado Les conversations d'Emile, conversaciones educadas entre una mujer y su hija de 10 años. Al Emilio de Rousseau le hacía falta una compañera, una homónima educativa que sirviese de modelo pedagógico para las damas, por lo que dedicó su quinto libro a Sofía. La educación que reserva para ella parte de un principio simple: "Toda la educación de las mujeres debe ser relativa a los hombres. Complacerlos, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, criarlos de jóvenes, cuidarlos de ancianos, aconsejarles, consolarlos, hacerles agradable y dulce la vida: estos son los deberes de las mujeres en todas las épocas, y lo que han de aprender desde la infancia". El discurso que desprende el filósofo deja clara la doble cara de la defensa de la educación femenina de la época: educación para la mujer sí, pero para que sirva mejor al hombre. La mujer nunca accede al saber por sí misma, sino únicamente para hacer agradable su presencia a quienes la rodean. Los que luchan por su educación no lo hacen pensando en que la mujer esté hecha para la ciencia, sino en que ha sido creada para el bienestar de su esposo y sus hijos. Mientras tanto, al otro lado del Canal de la Mancha, John Locke se pronunciaba a favor de una educación que permitiese a las madres ser las primeras institutrices de sus hijos. Posteriormente, literatos británicos como Daniel Defoe y Jonathan Swift (autores de Robinson Crusoe y Los viajes de Gulliver, respectivamente) apoyaron la tesis imperante de que una mujer instruida era la mejor compañía para su marido. Las inglesas ilustradas vieron con decepción que la necesidad de instruir a las niñas no iba en beneficio de las principales interesadas, ellas mismas, sino que eran educadas para el bien de sus casas. Las opiniones rusonianas ponen en pie de guerra a Hanna More, María Edgeworth, Catherine Macauley y Mary Wollstonecraft, esta última, como se ha comentado con anterioridad, quizá la que condenó con más virulencia la hostilidad masculina hacia el saber femenino, pasando a los anales de la historia por su labor literaria y su actividad pro-feminista. La situación era tal en las postrimerías del siglo XVIII que un periódico que en principio era favorable a una reforma de la educación femenina, como The Lady's Magazine, publicó: "Nunca podemos desear que al sociedad esté llena de doctores en enaguas que nos deleiten con latín y el griego. En Francia, los debates de las asambleas revolucionarias que querían instaurar un sistema de educación a nivel nacional se toparon de nuevo con la problemática de la instrucción de la mujer. Exceptuando el proyecto de Condorcet, que reivindicaba la enseñanza mixta y la igualdad de los sexos, el resto de planes seguían relegando a las damas al ámbito de los saberes domésticos. Excluidas tanto de los derechos como de las funciones políticas, las mismas mujeres no veían viable que se les proponga otra cosa diferente a una instrucción a nivel muy primario, cosa que no superarán hasta casi un siglo después.
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El Reino de Sicilia vive una compleja situación bajo la reina Juana I, especialmente por el empeño de la Monarquía húngara, a través de Andrés, rey consorte, de ejercer una acción efectiva en el Reino, situación nada conveniente para la diplomacia pontificia que hizo cuanto pudo por evitar la influencia del rey consorte. El asesinato de Andrés, en septiembre de 1345, vino a complicar el panorama político napolitano, revuelto también por las aspiraciones de algunos príncipes de la familia real, incrementadas con el asesinato del esposo de la reina. Tal acontecimiento acabó provocando una intervención militar húngara que forzó a Juana a abandonar Nápoles y trasladarse a Provenza; durante este viaje permaneció en Aviñón desde marzo a julio de 1348, logrando verse libre de cualquier responsabilidad en el asesinato de su marido, sentencia que debe ser entendida en relación con el interés pontificio en impedir cualquier influencia húngara sobre el Reino de Sicilia. La brutal actuación de Luis de Hungría y de sus tropas en Nápoles facilitó, por su parte, el retorno de la reina. A pesar de ello, la presencia de tropas húngaras, la lucha por el poder en torno a la reina y los enfrentamientos con la Casa de Aragón, instalada en Sicilia, hicieron que el Mediodía italiano fuese causa de preocupación constante para la diplomacia pontificia. El Patrimonio no presentó menores problemas. Durante el pontificado de Clemente VI tuvo lugar la pintoresca sublevación de Colà di Rienzo, una mezcla de visionario, dictador y renovador de la grandeza de la Roma clásica. Su acción política nace de la situación de postración actual de la ciudad, contrastando duramente con un brillante pasado, idealizado, además; situación de la que se hace responsable tanto a las querellas entre facciones nobiliarias locales, como al Pontificado; todo ello sazonado con una concepción mesiánica de su propia misión y buenas dosis de misticismo joaquinita y de los "fratricelli". Colà di Rienzo aparece en Aviñón, formando parte de una embajada que viene a ofrecer a Clemente VI los cargos del gobierno municipal y a solicitar el jubileo para la ciudad en el próximo 1350, es decir, a cincuenta años de distancia del anterior; su encendida alabanza de la Roma clásica y la imputación de responsabilidad por la actual situación a la nobleza romana, obtuvieron una benévola acogida en el Papa, reticente, no obstante, ante su intempestiva fogosidad. Volvió a Roma con el nombramiento de notario de la Cámara apostólica, y aprovechando una pacífica revuelta urbana obtuvo la señoría de la ciudad, en la que, inicialmente, impuso una adecuada administración, desplazando del poder a la aristocracia romana que fue abandonando la ciudad. Como instrumento contra la nobleza romana fue benignamente tratado por el Papado, pero sus procedimientos de dictador visionario sembraron muy pronto inquietud. Soñaba con crear un Estado italiano, uno de cuyos primeros pasos consistía en la expulsión de la reina Juana de Nápoles, a cuyo efecto mantenía contactos con Luis de Hungría. Clemente VI se alarmó ante una eventualidad contra la que su diplomacia venía luchando desde hacía varios años: preparó la excomunión contra el tribuno romano si persistía en su propósito. Contra Colà se hallaba, por supuesto, la aristocracia romana y, pronto, una parte cada vez mayor del pueblo romano, hastiado de sus procedimientos autoritarios. En diciembre de 1347, Colà hubo de abandonar Roma donde fue reinstalado un gobierno nobiliario. Este destierro fue fundamental para la sedimentación de las ideas de Colà di Rienzo. Refugiado en los Abruzzos, entre grupos de "fratricelli", quedó penetrado de sus ideas y convencido de su designación divina para resucitar el Imperio y proceder a la renovación de la Iglesia, llegada la edad del espíritu profetizada por Joaquin de Fiore. Marchó a Praga, en junio de 1350, para entrevistarse con Carlos IV, que le retuvo prácticamente como un prisionero; enviado a Aviñón, se le abrió un proceso inquisitorial, mientras en Roma, en diciembre de 1351, triunfaba otra incruenta rebelión popular que elevaba un gobierno, útil en la lucha contra la nobleza, confirmado por el Pontífice. Colà salió absuelto de su proceso en gran parte debido al fallecimiento de Clemente VI y al cambio de actitud de su sucesor, que creyó conveniente utilizar nuevamente al tribuno en la agitada escena política romana. En otros lugares del Patrimonio venían surgiendo señorías prácticamente independientes de la autoridad pontificia, alentadas en su independentismo por la política de conciliación mantenida por Benedicto XII, lo que decidió a Clemente VI a reanudar la intervención armada que Juan XXII desarrollara en su época. La disputa con Juan Visconti por el dominio de Bolonia constituye un enfrentamiento en el que, pese a la utilización de penas espirituales, el verdadero triunfador será el señor de Milán. Tras duras negociaciones, se llegó a un acuerdo, en abril de 1352, por el que se restituía Bolonia a la Iglesia, si bien Juan Visconti era nombrado vicario en la ciudad y su territorio por un periodo de doce años, a cambio del pago de un censo anual; al menos se salvaba el dominio de la Iglesia sobre Bolonia, pero dejando como vencedores a Juan Visconti y a varios de los principales señores del Patrimonio. A pesar de los sacrificios que el acuerdo suponía, creaba una situación de estabilidad en el norte de Italia que permitiría, pocos meses después, la firma de un acuerdo entre las ciudades toscanas y Milán que alejaba la inminencia de conflictos. Dicho de otra forma, abría al Pontificado la posibilidad de recuperar la iniciativa en los asuntos italianos y la de iniciar la efectiva reconquista de los Estados de la Iglesia. Todo ello era presupuesto imprescindible para un eventual retorno a Roma, nunca desmentido y, en muchos momentos, explícitamente señalado como objetivo. Sería la tarea más importante para el sucesor de Clemente VI, fallecido el 6 de diciembre de 1352. El 18 de diciembre era elegido el cardenal Esteban Aubert, penitenciario mayor, un hombre austero, en rotunda oposición a su predecesor, que pronto pondrá en marcha un proyecto de reforma, reanudando la acción de Benedicto XII; la preocupación italiana constituirá el hecho central del pontificado de Inocencio VI.
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Pese a que la palabra apaciguamiento políticamente entendida se acuñó en Europa para la circunstancia hitleriana, de hecho se había inaugurado unos años antes en Extremo Oriente. La gran potencia japonesa jugaba el juego de las otras potencias y aceptaba sus reglas. En los años veinte, Gran Bretaña optó por Estados Unidos a la hora de renovar su alianza con Japón cuando a éste se le prohibía la emigración de sus ciudadanos a USA, se le ponían trabas comerciales y se le había obligado a desalojar territorios de los que consideraba su zona de influencia, lo mismo que los americanos practicaban su doctrina de Monroe y los ingleses tenían su imperio. La crisis económica de 1929 sacudió las bambalinas del parlamentarismo japonés y lo empujó hacia adelante en el mismo contexto que hacía retraerse a las potencias anglosajonas. Las conferencias navales de 1922 y 1930 que habían prorrateado la potencia de las tres grandes flotas de guerra no serían renegociadas por Japón y así lo anunció. En 1931-32 los japoneses arrancaban Manchuria de China, plagiando en cierto modo, pero más violentamente, lo que los soviéticos habían hecho años antes con la Mongolia Exterior. Luego los nipones comenzaron a extenderse por el norte de China, y en guerra abierta en 1937, cuando Hitler era ya todo un problema, Mussolini pasaba de las monerías a la acción y los Estados Unidos caían en el sopor de un aislacionismo-pacifismo patológico. Este muestrario de actitudes podía tomarse en Japón como una aquiescencia a la agresión (1). La firma del pacto germano-soviético en 1939, precipitando lo que sería la guerra mundial, liberó a Rusia de la amenaza europea y le permitió ajustar definitivamente las cuentas a los japoneses que venían tanteando con verdaderas acciones de guerra a los rusos. Tokio quedó tan sorprendido como todo el mundo por aquel pacto, a pesar de estar unidos a los alemanes por el Pacto Antikomintern. En abril de 1940, el presidente F. D. Roosevelt había ordenado desplazarse a la flota del Pacífico de su base de California a la de las islas Hawai, con la intención de disuadir a los japoneses de una aventura oceánica. Pronto se presentarían oportunidades de oro para ellos. En junio, con el frente occidental derrumbado, la Indochina francesa y las Indias Orientales holandesas quedaban en precaria situación, con una Inglaterra concentrada en su propia defensa y en la del Mediterráneo. En septiembre, Berlín, Roma y Tokio firmaban el Pacto Tripartito por el que se prometían mutua asistencia en caso de ser atacados por una potencia que no estuviera ya en guerra, forma oblicua de alusión a la URSS y USA. El rápido éxito alemán había causado desazón a los rusos, pero ahora serían los japoneses quienes devolverían el golpe a sus aliados alemanes al firmar de imprevisto el Pacto de Neutralidad ruso-japonés en abril de 1941, liberando a Moscú de su preocupación por las fronteras asiáticas y permitiendo a su vez reencauzar claramente la política japonesa en otras direcciones, con la intención de cerrar por el sur los suministros que recibían los chinos en guerra. El 2 de julio, días después de que Hitler empezara la invasión de Rusia, Japón ocupaba puntos estratégicos en Indochina, dependiente de Vichy. Ante su negativa a retirarse, el Gobierno americano ordenó la congelación de los capitales japoneses en su territorio, el cierre de los puertos a sus buques, y lo que es más grave, el embargo del acero y, sobre todo, del petróleo, ventas que también negarán de inmediato ingleses y holandeses. Era una "declaración de guerra aplazada" (2). Entre el 9 de abril y el 20 de noviembre de 1941, el Gobierno nipón presentó al americano una serie de propuestas para resolver las diferencias, contraofertando Washington, en julio, peticiones entre las que figuraba la retirada japonesa de China y hasta de Manchuria, donde llevaban diez años. Esto era poner a una potencia cualquiera entre la rendición o la guerra, y más tratándose de Japón. El 6 de agosto, Japón hizo contrapropuestas que Estados Unidos no aceptó, como cabía suponer. Roosevelt y su equipo querían la guerra, pero la guerra contra Alemania, intención que bloqueaba contundentemente el Congreso y la opinión pública. Alemania no picó el anzuelo de las provocaciones americanas. ¿Por qué no intentarlo, pues, en la otra dirección? Japón estaba demasiado embalado y era en demasía dependiente de las materias primas vitales. Los americanos han resumido los acontecimientos que desembocaron en el 7 de diciembre de 1941 en la fórmula "el camino hacia Pearl Harbor" (the road to Pearl Harbor). Pero existe una distorsión, pues si esta base condujo a la guerra del Pacífico, Pearl Harbor "fue, en el contexto más amplio de la guerra de la Gran Asia Oriental, menos importante. Pudiera describirse (...) como una pequeña exhibición táctica para neutralizar a la flota americana y prevenir o posponer su envolvimiento en lo que se intentó fuera una corta guerra de la Gran Asia Oriental" (3). Ni el "camino" a Pearl Harbor era inevitable ni el comportamiento japonés tan aparentemente insólito (4). Japón no se decidió a atacar con el corazón alegre y confiado como fue el caso alemán en Rusia, sino que lo realizó en un acto de desesperación y con la respiración contenida y a sabiendas de que en el mejor de los casos sólo podría llevar la guerra a un punto muerto, no derrotar a una potencia industrialmente diez veces más desarrollada.
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Las mujeres indias, formalmente protegidas y ensalzadas dentro del nuevo orden, sufrieron no obstante una pérdida real de su bienestar y reconocimiento social. Las nobles, exceptuando a las que con su opulenta dote lograron hacer un buen matrimonio, perdieron su antigua posición distinguida, desde el momento en que tuvieron que mezclarse con las pequeñas macehuales en clases de catecismo de los atrios conventuales. En muchos casos se limitaron a conservar la honrosa dignidad de su nombre familiar, que años más tarde proporcionaría a sus descendientes privilegios caballerescos más nominales que reales. Durante 200 años se cerraron para ellas las puertas de colegios y conventos a los que sólo podían ingresar como mozas o sirvientas. Las de familias humildes, mientras residieron en sus antiguas comunidades, sufrieron la pobreza general y se convirtieron en guardianas de viejas tradiciones. Las que vivieron en los barrios de las ciudades o haciendas y reales mineros, se vieron arrastradas por los cambios de sus patrones, se resistieron a renunciar a sus lenguas y costumbres y lograron contribuir a la formación de una nueva cultura y una nueva sociedad, la de los criollos aferrados a su orgullo hispano, pero apegados a un mundo muy diferente al de sus antepasados. Sirvientas, vendedoras o artesanas, estas mujeres indias, capaces de hablar castellano y de asistir a Misa a la vez que invocaban a sus dioses y cantaban en su lengua, no recibieron más instrucción que la de su propio hogar y la de sus patrones criollos. Gráfico Las indias, doncellas o viudas, herederas de ricos cacicazgos o señoríos, fueron solicitadas en matrimonio por los españoles, que podían administrar los bienes de sus esposas, sin menoscabo de los derechos de ellas. Las que carecían de tierras y vasallos permanecieron en sus pueblos o se trasladaron a las ciudades y villas, donde pronto se incorporaron al servicio doméstico. Las más acomodadas se asimilaron a la sociedad criolla, por conveniencia o necesidad; las que permanecieron en el medio rural vivieron con menos dramatismo las transformaciones impuestas por los conquistadores, que en muchos casos eran compatibles con las costumbres prehispánicas. Las que pasaron a ser cocineras, recamareras o mozas de los hogares españoles desempeñaron un papel fundamental en la indianización de los conquistadores que insensiblemente dejaban de ser españoles para convertirse en americanos. Los matrimonios mixtos, fomentados en los primeros momentos de la conquista, como medio de establecer lazos con la población autóctona y consolidar la colonización, fueron tolerados durante el resto del período colonial. Contraer matrimonio con mujeres indígenas, sobre todo si éstas eran descendientes de la nobleza precolombina, podía reportar beneficios económicos y políticos. Fue la Iglesia la que se ocupó de proteger a la mujer indígena, liberándola de antiguas esclavitudes. En el caso de la extirpación de la poligamia se estableció, por ejemplo, se arbitraron medidas para dotar a las mujeres repudiadas o para facilitarles medios de subsistencia. Las mujeres indias reflejaban con su atuendo su lugar social. No era lo mismo vivir en una comunidad que estar desarraigada. Incluso dentro de una comunidad había distintas jerarquías; también había diferencias por regiones. Las mujeres por lo general vestían el huipil (un tipo de delantal) con una gran variedad de diseños y bordados. Había una variante del huipil tradicional, una pieza transparente que se ponía sobre la camisa, en color blanco, bordada o con cintas de colores, posiblemente de gasa o encaje, que no tuvo antecedentes en el mundo prehispánico. Se acompañaba de una amplia basquiña. La elegancia y delicadeza de este huipil y la basquiña con ahuecador permite suponer que este atavío lo usaban sólo las indias pertenecientes a un alto rango social. Sin embargo, el huipil tradicional se combinaba con el enredo, tipo de falda pegada hasta el tobillo o la espinilla, de origen prehispánico. Otra prenda indígena tradicional que sobrevivió fue el queuxquémitl, formado por dos piezas unidas caídas en forma triangular sobre el pecho y la espalda. Las indias solían cubrirse la cabeza con un paño blanco rectangular, doblado con las puntas hacia abajo. Algunos suponen que su función era sostener cargas, pero más bien servía para protegerse del sol, ya que formaba una especie de visera. Algunos más finos se remataban con un encaje. Era frecuente en las indias el uso del ayate, de época prehispánica, para cargar objetos o niños en la espalda. Zapatillas, huaraches o el pie descalzo, corales negros o rojos, chiqueadores en algunos casos y cabellos trenzados completaban el atuendo, en que una vez más se apreciaba la mezcla de prendas y estilos.
obra
Entre sus múltiples cualidades artísticas, los Cholla destacaron como broncistas, engalanado altares con las más bellas imágenes de Siva. La iconografía más divulgada es sin duda (incluso en la actualidad occidental) la del Siva Nataraja o Rey de la Danza. Danza de la muerte y de la vida, porque no hay vida sin muerte según la ley del Karma. Siva, rodeado de un llameante halo cósmico, pisotea la ignorancia: en un paso de danza de atibhanga (extrema flexión) deja fluir suavemente el agua del Ganges a través de su cabello, mientras nos indica con sus manos anteriores que no temamos ante su poder. En su mano posterior derecha lleva el tambor, símbolo de la creación, y en la izquierda una lengua de fuego, símbolo de la destrucción.
lugar
Se trata de un oasis egipcio situado 300 km. al sur de Marsa Matrúh, que visitó Alejandro Magno cuando tuvo que peregrinar al Templo de Amón. Algunos historiadores apuntan la posibilidad de que el oasis de Siwa esté poblado desde época paleolítica y neolítica e, incluso, habría sido la capital de un reino antiguo que incluyó las localidades de Qara, Arashieh y Bahrein. La gente de Siwa es, en su mayor parte, bereber, lo que le diferencia del resto de oasis occidentales. Se cree que fue ocupada bajo reinado de Ramsés III, pero las primeras evidencias de ocupación de Siwa comienzan con la XXVI dinastía. El oasis comenzó a destacar durante el periodo griego, gracias al oráculo de Amón, visitado por Alejandro Magno tras la conquista del reino. En el 708 se produjo la llegada árabe a Siwa, no asentándose, sin embargo, hasta mediados del siglo XII. Los lugares más interesantes del oasis son el Monte de los Muertos, donde se conservan algunas momias antiguas; la sala de coronación de Alejandro Magno, el templo de Amón, consagrado para el culto a dicho dios; el templo de Amón para Pronósticos, es otro templo en honor al dios Amón, construido durante la dinastía XXVI (331 a.C.), donde se acudía para que te leyeran el futuro y para invocar al dios. En él, Alejandro Magno recibió la profecía de Amón; por último, llama la atención Shaly Al-Qadima o vieja Siwa, que consiste en un conjunto de ruinas de un castillo erigido sobre la montaña, detrás de la nueva ciudad.