El siglo XVII fue una época de extraordinaria renovación de la astronomía, la edad de oro de los observadores del cielo, en la que serán confirmadas y completadas las concepciones que Copérnico había defendido durante el siglo XVI. Las supervivencias escolásticas serán eliminadas poco a poco. Por otra parte, se descubrirán instrumentos de observación nuevos. La geografía, el arte de la navegación, la geodesia, la física se beneficiarán de los progresos de la astronomía y de sus novedades instrumentales. La figuras que abren el umbral de la revolución astronómica del siglo XVII fueron Kepler y Galileo. Johannes Kepler (1571-1630) estudió astronomía en Tubinga donde entró en contacto con el copernicanismo, que sería en adelante la idea rectora de toda su obra. Precisamente, en su "Prodromus dissertationum cosmographicarum" (1596), explicó las razones para rechazar el sistema de Ptolomeo, aunque lo más importante de esta obra es la formulación de su primer descubrimiento: los planos de las órbitas de los planetas, próximos entre sí, pero sin confundirse, pasan por el Sol, cuyo papel en los movimientos planetarios es fundamental. En 1601 sucedió como astrónomo imperial a Tycho Brahe, y en 1604 publicó su "Optica", en la que definió el rayo luminoso, explicó la reflexión de la luz y mostró que la refracción atmosférica desvía la luz de todos los astros indistintamente hasta el cenit. Pocos años más tarde publicó su "Dioptrice" (1611), que presenta una teoría de las lentes y las ideas fundamentales del telescopio astronómico. Pero lo más importante de la investigación de Kepler fue el enunciado de sus tres leyes experimentales del movimiento de los planetas alrededor del Sol, que desempeñaron un papel decisivo en la elaboración de la síntesis de Newton. La primera establece que cada planeta describe en sentido directo una órbita elíptica, uno de cuyos focos está ocupado por el Sol. La segunda dice que las áreas descritas por el radio vector que une el centro del planeta con el centro del Sol son proporcionales a los tiempos empleados en barrerlas. Y la tercera, formulada en su "Harmonices, Mundi, Libri" (1619), propone que los cuadrados de los tiempos de las revoluciones siderales de los planetas son proporcionales a los cubos de los semiejes mayores de sus órbitas. Como Kepler, Galileo estaba convencido de la exactitud del sistema de Copérnico. Su fama como astrónomo data de sus observaciones de la "Nova" de 1604, que había aparecido en la constelación de Ofiuco. Lejos de ser una mera observación, Galileo dedujo que si la "Nova" era un fenómeno celeste, un astro lejano, la opinión de Aristóteles sobre la inmutabilidad del cielo era falsa. En 1609 construyó una lente de aproximación y observó con ella el cielo. Los descubrimientos que hace gracias a ella y que publicó en su "Siderus nuncius magna" (1610) son enormes: describe el relieve de la Luna, halla la confirmación de que la Tierra brilla como los demás planetas, descubre estrellas desconocidas en la constelación de Orión y en las Pléyades. La Vía Láctea se le presentó como un compacto conjunto de estrellas y no como una nebulosidad que reflejara el brillo del Sol o de la Luna, ni como un meteoro, de tal manera que corregía con ello las ideas del propio Aristóteles. Igualmente, anunció en el "Siderus" el descubrimiento de los satélites de Júpiter y concluyó, observándolos, que no eran astros fijos sino errantes en revolución alrededor de aquel planeta. También calculó las fases de Venus y de Marte y descubrió en sus observaciones el anillo de Saturno y las manchas solares. Tales descubrimientos aportaban pruebas incontestables en favor del sistema de Copérnico. Él mismo escribía que "estas novedades serán el funeral o más bien el final y el juicio último de la seudofilosofía; han aparecido ya signos en la Luna y el Sol. Y espero oír sobre este punto grandes cosas proclamadas por los peripatéticos para mantener la inmutabilidad de los cielos; no sé ya cómo podrán salvarla y mantenerla". (1612). El fin de los anticopernicanos que anunciaba el propio Galileo era inmediato, pero las resistencias, aunque durarían poco, se volvieron contra él mismo. En 1616 la Inquisición declaró absurda, falsa, impía y herética la opinión que coloca al Sol en el centro del mundo,... puesto "que es contraria al testimonio de la. Sagrada Escritura. Es también absurdo y falso decir que la Tierra no está inmóvil en el centro del mundo...". Galileo contestó en su "Il Saggiatore" (1623) y en el "Diálogo" (1632) explicando su oposición a Aristóteles. Precisamente, tras la publicación de esta obra fue juzgado y encarcelado y obligado a firmar la fórmula de abjuración. La culminación de la revolución astronómica del siglo XVII estuvo representada por los trabajos de Newton. La originalidad del pensamiento newtoniano reside en que desarrolló plenamente el cálculo de las fuerzas centrífugas, dedujo del movimiento de los planetas la intensidad de las fuerzas centrípetas, que contrapesan las centrífugas para que los astros se mantengan permanentemente en su órbita. De ese modo, halló que el Sol atrae a los planetas en razón inversa del cuadrado de la distancia de los mismos respecto a aquél y, finalmente, aportó a la astronomía un nuevo instrumento de observación: el telescopio de reflexión.
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Con este titulo publicaba J. L. Romero un libro en el ano 1967, y en Buenos Aires, en el que preludiaba algunos aspectos fundamentales de la quiebra del sistema feudal que luego otros autores retomarían partiendo de sus postulados o iniciándose en la investigación por cuenta propia, hasta coincidir con él en parte de sus interpretaciones sobre la presencia burguesa en la sociedad feudal. Actualmente sigue, no obstante, pronunciándose la siguiente interrogante: ¿se puede hablar de burguesía en el marco del feudalismo europeo de los siglos XI al XIII? Pues bien, es a través del encaje de las ciudades en la estructura del poder feudal, por un lado, y la defensa de dicho poder feudal frente al movimiento corporativo, por otro, como se puede establecer dicha relación entre dos realidades que en principio deben aparecer como antagónicas e incompatibles: la sociedad feudal de señores y campesinos y la ciudad de mercaderes y artesanos.
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Acaso se haya denominado con excesiva pretensión al despertar comercial posterior al ano mil como "revolución" por equiparación con la que iba a ser la siguiente revolución en importancia socioeconómica de la historia de Europa: la industrial. Pero si bien en esta primera se trató de un impulso minoritario que arrastró e implicó después a la mayoría, las consecuencias en la transformación de las relaciones y dependencias mercantiles fueron de tal calado que han dado pie para poder hablar a continuación de un primer "capitalismo mercantil" como precedente al capitalismo financiero y al industrial, propios de las edades moderna y contemporánea. No obstante, las condiciones en las que se desarrolló el impulso comercial en los años del crecimiento europeo favorecieron desde el comienzo la configuración de un entramado humano y material, soporte de las actividades intercambiadoras propias de un sistema nuevo de valores que hizo del mercader aislado -existente desde mucho antes del siglo X- un eslabón y, a la vez, un dinamizador y canalizador de los excedentes productivos proporcionados por un aumento de la masa trabajadora dependiente e independiente, el estimulo señorial y su presión y codicia sobre los vasallos, y la racionalización en la explotación de sus dominios en las propiedades monacales y episcopales. Porque el abandono de la exclusividad productiva del campo en aras de la dedicación a otras actividades no agrícolas, e impropias también de los privilegiados, dejaba de ser una ejecutoria marginal y perseguida pare enganchar a espíritus inquietos, arriesgados y desprendidos de cualquier tutela dominial que les impedía desarrollar sus capacidades de iniciativa y especulación. Pero no debemos engañarnos, el gran comercio se consolidó, sobre todo, a partir del siglo XIV y lo anterior no fue sino un ensayo general de tres siglos que preparó el terreno para la auténtica profesionalidad mercantil de quienes, en la baja Edad Media, llegaron a constituir grandes fortunas al margen de la herencia familiar y aristocrática o de la percepción de rentas, derechos y propiedades por concesión regia o voluntad testamentaria, como es el caso de la Iglesia en general. Y tampoco cabe pensar en un fenómeno uniforme, sino que la movilización de las diversas áreas comerciales a raíz de la iniciativa italiana, precursora en tantas renovaciones, fue progresiva y dispar.
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La Revolución de 1854 es la versión más parecida a la revolución europea de 1848. Se inició con un conflicto parlamentario entre el Senado y el Gobierno del Conde de San Luis por la aversión general de la Corte, moderados y progresistas, a éste. El Senado venció al Gabinete ministerial, pero éste respondió suspendiendo las sesiones y relevando a los funcionarios y militares -senadores a su vez- que habían votado en contra. En junio de 1854 tuvo lugar un levantamiento, acaudillado por los generales Dulce y O'Donnell, conocido como la Vicalvarada por ser en Vicálvaro, pueblo cercano a Madrid, donde tuvo lugar la principal batalla que deja la situación indecisa. Tras ella, O'Donnell y los demás sublevados se retiraron a Andalucía. Kiernan cree que no perseguían sino un relevo de gobierno para terminar con el autoritarismo antiparlamentario y volver al espíritu de la Constitución de 1845. Lo que se había iniciado como un pronunciamiento clásico, llevado a cabo por militares con la colaboración de algunos civiles, subió de tono por la intervención de los progresistas que se movilizaron a través de un manifiesto de Cánovas del Castillo. El Manifiesto de Manzanares (6 de julio de 1854) reivindicaba una serie de principios para el cambio de la situación con vistas a una regeneración liberal: trono sin camarilla, ley de imprenta, ley electoral, rebaja de los impuestos de consumos, descentralización municipal, nueva milicia nacional. Siguió una fase popular en la que proliferaron los levantamientos. En Madrid tuvieron lugar las Jornadas de Julio, en Barcelona un levantamiento, con un fuerte cariz social al coincidir con escasez de trabajo y bajo nivel de salarios. Siguieron otros en Zaragoza y San Sebastián. El pronunciamiento y la sublevación urbana constituyen una revolución en dos tiempos, con rebelión militar en un principio y algaradas urbanas posteriormente. El espíritu de los militares de Vicálvaro había sido desplazado por los progresistas. La suma de las acciones populares convirtió la situación en una revolución, la versión española de la europea de 1848. Ante la acción revolucionaria, la reina convirtió en ministros a parte de los miembros de la Junta de Madrid, que se convirtió en gobierno provisional presidido por Evaristo San Miguel. El nuevo gobierno impuso la entrega del poder a Espartero quien, a su vez, pactó con O'Donnell, que aceptó la cartera de Guerra. En julio, se formó una coalición de progresistas y liberales moderados. Si en la caída de Espartero de 1843, llevada a cabo por progresistas y moderados, triunfaron estos últimos, en la caída de la década moderada, en la que jugaron las mismas fuerzas, saldría triunfante el progresismo. El bienio fue un régimen inestable, regido por dos caudillos militares: Espartero -al que siguen los progresistas puros- y O'Donnell, que aglutina la Unión Liberal, nacida de la Vicalvarada y formada por moderados y progresistas transigentes de signo ecléctico. El avance del liberalismo se verá reflejado en las casi doscientas leyes del bienio. Entre las más decisivas se pueden citar las que consagraban la libertad de movimientos con la desaparición del pasaporte interno y la permisividad de emigración. Asimismo, la Ley General Desamortizadora (1-V-1855), que incluirá también los bienes de los pueblos, de beneficencia e instrucción pública, dio lugar a la oposición de colectivistas y de eclesiásticos en la medida en que vulneraba el concordato de 1851. El gobierno de Espartero restaura provisionalmente la Constitución de 1837. En septiembre, son convocadas Cortes Constituyentes con una sola Cámara, elegida por la ley de 1837 con un censo electoral considerablemente superior a la que contempla la Constitución de 1837. La Constitución de 1856 será interesante porque plasma la ideología del poder, pero nunca estará vigente. En ella se acepta la soberanía popular, con restricciones a la autoridad real y la forma electiva del Senado, se recogen las antiguas reivindicaciones progresistas -jurados de imprenta para los delitos de opinión, Milicia Nacional, elección directa de alcaldes por los vecinos de cada municipio. Indudablemente, es una constitución con un mayor grado democrático que las anteriores, si bien al trasladar a la misma un programa de partido, no constituye en ese momento una norma de convivencia política, de consenso. La mejor prueba es su no vigencia. A la izquierda del gobierno se encontraban los demócratas, minoría que pedía el sufragio universal. A ella pertenecían, entre otros, Cristino Martos, Castelar y el naciente movimiento obrero que provocó una acción huelguística. La derecha estaba representada por los carlistas, que desencadenaron un levantamiento de las partidas en 1855, que fueron sofocadas en 1856. Por otra parte, las fuerzas del bienio -progresistas y unionistas- se escindieron con motivo de la represión de varios motines urbanos y rurales. O'Donnell venció en julio de 1856, tanto en las Cortes, como en la calle, a la Milicia Nacional Progresista y pasó a ocupar la presidencia del Consejo de Ministros. El 15 de septiembre de 1856, un simple decreto liquida de facto el bienio, estableciendo la vigencia de la Constitución de 1845.
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Pieza básica en la articulación de este nuevo sistema económico mundial fue la revolución de los transportes, representada por la construcción del tendido ferroviario y las condiciones creadas por la navegación a vapor.La longitud total del tendido ferroviario en todo el mundo, que era de 38.000 kilómetros en 1850, se multiplicó por siete en los veinte años siguientes, hasta quedar cerca de los 300.000 kilómetros. En 1850 había en Europa 23.500 kilómetros de ferrocarril construidos mientras que, hacia 1870, se alcanzarían ya los 104.000. El Reino Unido había pasado, durante esos años, de contar con un 45 por 100 del total del tendido ferroviario a sólo un 24, mientras que Alemania había descendido sólo del 25 al 19 por 100 en ese mismo periodo, y Francia había aumentado del 13 al 17. Estados Unidos, por su parte, que tenía casi 15.000 kilómetros construidos en 1850, alcanzó los 90.000 veinte años más tarde, cuando ya se había establecido el primer ferrocarril transcontinental, que unió Nueva York con San Francisco en 1869. En el resto del mundo sólo había 15.000 kilómetros construidos a la altura de 1870.De todas maneras, las cifras de kilómetros de tendido ferroviario no son completamente significativas si no se ponen en relación con otros elementos como pueden ser la población y la extensión del Estado. Tratando de combinar todos esos elementos Paul Bairoch confeccionó índices de desarrollo del ferrocarril que, todavía a la altura de 1880, proporcionaban el liderazgo al Reino Unido, seguido por Suiza, Bélgica, Alemania y Estados Unidos, en ese orden.En todos esos países se registró una tendencia hacia la fusión en grandes compañías ferroviarias. Hacia 1870, cinco grandes compañías controlaban la mitad del tendido ferroviario del Reino Unido, mientras que otras trescientas participaban en la gestión de la otra mitad. En Francia la concentración se realizó durante los años cincuenta, a favor de seis grandes sociedades que obtuvieron concesiones para noventa y nueve años, a la vez que el Estado garantizaba rendimientos superiores al 4 por 100 sobre el capital invertido.La rebaja de los costos de transporte por ferrocarril haría posible que, en los países más avanzados de Europa occidental, el transporte por ferrocarril comenzara a superar al realizado por vías de navegación desde comienzos de los años sesenta, mientras que casi desaparecía el realizado por vías terrestres que apenas habían experimentado mejoras técnicas.En cuanto a la navegación a vapor los grandes avances se produjeron desde finales de los años treinta, con la propulsión por medio de la hélice. Los barcos aumentaron su capacidad de desplazamiento, a la vez que aseguraban la regularidad de los transportes, por lo que se inició la inexorable sustitución de los veleros. Hacia 1850 el conjunto de la flota europea de barcos de vapor no alcanzaba las 200.000 toneladas, pero veinte años más tarde superaba el 1.500.000 y, hacia 1880, se podía considerar que la navegación a vela había perdido ya su hegemonía en el comercio mundial.Un momento destacado en la mejora de las condiciones de la navegación fue la inauguración, en 1869, del canal de Suez que, con sus 160 kilómetros de longitud, dejaba en algo más de la mitad la duración del viaje entre la India y el Reino Unido. La iniciativa, de fuerte inspiración sansimoniana (P. Enfantin había realizado en 1833 las primeras gestiones para la realización del proyecto), fue el resultado de once años de difíciles trabajos de ingeniería, y había exigido solventar difíciles problemas financieros, técnicos y diplomáticos.A estas grandes innovaciones había que añadir la revolución de las comunicaciones que se produjo con la instalación, en 1865, del primer cable transatlántico submarino y la generalización del uso del telégrafo eléctrico, que permitió una rapidez extraordinaria en la transmisión de las noticias. Desde 1851 estaba abierto al uso público y, veinte años más tarde, la red telegráfica daba ya la vuelta al mundo. Los europeos estaban en condiciones de hacer llevar su progreso hasta cualquier confín del mundo, convencidos como estaban de su extraordinaria superioridad tecnológica.
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Hay, sin duda, buenos argumentos para considerar que en 1989 concluyó el siglo XX. Fue en esta fecha cuando por primera vez se convirtió en posible el tránsito de una situación totalitaria a otra que, en un plazo no muy largo de tiempo, fue democrática. Si tal género de transiciones se había hecho durante la tercera oleada de democratizaciones a partir de dictaduras tradicionales, ahora fue posible siendo totalitarios los antecedentes. En el caso de la antigua URSS, como hemos visto, el resultado final fue mucho menos definitivamente democrático que en Europa Oriental, donde sí merece este calificativo. El fenómeno más digno de recuerdo y, al mismo tiempo, más inesperado en todo ello fue la carencia de reacción de los soviéticos, su -por así denominarla- permisividad, sin la cual el proceso hubiera resultado impensable. Pero, antes de aludir a la política de Gorbachov con respecto a Europa del Este, es necesario referirse a los antecedentes de lo que allí sucedió. Hay que tener en cuenta, en efecto, que lo acontecido en 1989 se explica por la evolución precedente. Con perspectiva histórica, resulta evidente que este proceso fue global y uniformemente acelerado. Si el cambio en Polonia duró diez años y en Hungría diez meses, en Alemania duró diez semanas y en Checoslovaquia, diez días. La semejanza entre los regímenes de "democracia popular" del Este de Europa era estrecha. Se trataba de sistemas gerontocráticos: en 1988, cinco de los seis jefes de Partidos Comunistas tenían más de setenta años y dos de ellos llevaban veinticinco años en el poder. En muchos de esos países -principalmente, en los de Europa Central- la democracia había tenido precedentes históricos y tradición cultural, lo que explica que el escritor checo Milan Kundera pudiera presentar la lucha del hombre contra el poder como "el combate de la memoria contra el olvido". Sólo la presencia de las tropas soviéticas puede explicar la implantación del comunismo en Polonia o incluso en Alemania en donde, con el paso del tiempo, la emigración a la zona occidental se convirtió en la más efectiva fórmula propia de revolución. Con el paso del tiempo, en la Europa del Este se había producido una apertura de las economías a los créditos occidentales; la deuda se convirtió en una auténtica adicción que permitía el conservadurismo de los regímenes, aplazando cualquier tipo de reforma. Sólo Rumania trató de solucionar el problema de sus créditos externos y lo hizo con el resultado de una brusca rebaja de su nivel de vida. Con el transcurso de los años, por otro lado, los regímenes de Europa del Este experimentaron transformaciones que bien permiten considerarlos a la altura de finales de los ochenta como postotalitarios. Este calificativo encierra significaciones diversas: desde el otorgamiento de un papel importante a las instituciones más que al partido único, hasta una cierta tolerancia con respecto a la oposición o la sustitución del ideal de identificación de la población con el régimen por la simple aceptación pasiva. Los líderes del postotalitarismo, como el húngaro Kádar, ofrecían una imagen de paternalismo dictatorial más que de líderes carismáticos. En cualquier caso, estos regímenes estaban muy alejados de la concepción de la política como una guerra civil permanente (Djilas) o de "una visión policial de la Historia", dividida entre buenos y malos (Sperber). Las primeras encuestas de opinión realizadas durante los años ochenta dan idea de la pésima imagen del socialismo existente entre los gobernados, en especial en Polonia, Checoslovaquia y Hungría. Por otro lado, la transformación producida en Europa del Este no puede entenderse, en primer lugar, sin tener en cuenta el papel de los intelectuales: el periodista polaco Michnik, el historiador Geremek o el dramaturgo checo Havel. En un contacto como el del totalitarismo, ellos lograron preservar su radical independencia política. Su crítica a la dictadura consistió en afirmar que este régimen nacía de una mentira. Frente a ella, elevaron los principios más esenciales de la persona y la idea de que la democracia era la normalidad, es decir, el régimen que mejor respondía a las exigencias y características del ser humano. Su preocupación por la política, de intensa raíz ética, les llevó a recalcar el valor del sacrificio personal. Más que ejemplo de originalidad en la defensa de unos principios democráticos lo fueron de responsabilidad, integridad y valentía pero, como tales, pueden ser considerados como los verdaderos héroes de nuestro tiempo. La relevancia concedida a esos principios nos conduce al mismo tiempo a la consideración del decisivo papel del factor religioso en la transformación política del Este de Europa. Vale no sólo para Polonia sino, por ejemplo, para Alemania, donde gran parte de la protesta inicial nació en círculos religiosos luteranos. La crítica a partir de los principios explica que lo que entrara en crisis en la Europa del Este fuera primordialmente la legitimidad de los regímenes. Por eso, el fenómeno paralelo de 1989 fue la revolución liberal de 1848. Como entonces, las autoridades políticas se consideraban incapaces de emplear la violencia contra el adversario. Como aseguró Tocqueville en relación con la caída del Antiguo Régimen, la clase dirigente había perdido incluso el convencimiento de que debía mandar. Así se explica que las transformaciones políticas producidas se realizaran a la vez desde arriba y desde abajo, aunque en proporciones diversas. En Polonia, por ejemplo, predominó lo segundo, mientras en Hungría la transformación fue inducida como iniciativa de una parte de la clase dirigente. Un rasgo distintivo fue que en todos los casos los medios de comunicación jugaron un papel esencial en la transformación política: en el final del siglo XX todas las revoluciones demostraron ser telerrevoluciones. El ritmo con el que tuvieron lugar los cambios se explica por la influencia de lo acontecido en países inmediatos que los ciudadanos conocían a través de la televisión. De cualquier modo, nunca la violencia desempeñó un papel importante: en consecuencia, se ha empleado el término "refolución" -síntesis de reforma y revolución- para designar lo acontecido, aunque también se han empleado otros de idéntico sentido, como "revolución de terciopelo". La transformación política de la Europa del Este también fue un acontecimiento de política internacional. Para la URSS, la Europa Central y balcánica había sido hasta entonces un glacis de protección al que concedía una centralidad absoluta en su política exterior. Esta afirmación es válida incluso para aquel período en que los intereses soviéticos se habían hecho ya planetarios. Respecto a la Europa del Este, la URSS hacía compatibles los deseos contradictorios de que aquellos países tuvieran una vida propia y, al mismo tiempo, la urgente necesidad de una absoluta identificación con su política. La Perestroika en cierto modo puede ser entendida como una especie de remodelación de la controversia de otros tiempos de la Historia rusa entre los eslavófilos y los europeístas. En cierto sentido, constituyó algo así como un vasto empuje de Rusia hacia Europa y el mundo occidental, de modo que este objetivo tuvo una prioridad absoluta en el conjunto de los propósitos de los dirigentes. Lo que los líderes soviéticos parecen haber pensado es algo parecido a la idea europea occidental de los años sesenta, de acuerdo con la cual acabaría por producirse una cierta convergencia política y social entre los dos sistemas. Hay que tener en cuenta, además, que, como señaló Michnik, "Gorbachov fue prisionero de sus éxitos en política exterior". Los soviéticos no parecen haber sido conscientes de la impopularidad de aquellos regímenes y muy a menudo sus declaraciones de principio sobre política exterior les llevaron a posiciones que ya no pudieron rectificar. Algo muy característico de la Perestroika fue el tratar de tomar la iniciativa frente al adversario. Los frentes populares de los Países Bálticos obedecieron a este planteamiento (por eso tuvieron el apoyo de los partidarios de Gorbachov), pero, en realidad, a medio plazo alejaron a los Partidos Comunistas hacia tesis democráticas. En el momento de la caída del Muro, todavía Gorbachov no comprendía lo que acontecía e incluso consideró lo sucedido en Rumania como un éxito propio. De todos modos, lo esencial, más novedoso y laudable de la política de los soviéticos fue el no aplicar la violencia impositiva, habitual en anteriores ocasiones. Aun así, pueden distinguirse dos períodos muy claros en la evolución de la política exterior soviética respecto a Europa del Este. Desde 1985 al verano de 1988, lo que hubo por parte soviética fue inmovilismo. Desde un principio, Gorbachov manifestó una clara preferencia por los dirigentes menos conservadores de la zona, como Jaruzelski entre los polacos y los de Hungría. Pero esta actitud la hizo compatible con su negativa a manifestar cualquier tipo de iniciativa dejando que ésta naciera de allí mismo. Esto no quiere decir que sus propias ideas con respecto a la reforma del comunismo fueran muy nuevas y avanzadas. Cuando en 1988 visitó Checoslovaquia, se negó a aceptar como ortodoxa la Primavera de Praga, dejando, por tanto, insatisfechos a los defensores de la misma. Por otro lado, dirigentes que habían defendido políticas reformistas, al menos en comparación con las de la URSS, se vieron decepcionados. Kádar tuvo muy pronto opiniones contrarias a las de Gorbachov, lo que explica que éste admitiera como único dirigente con el que sintonizaba a Jaruzelski. Pero con ello demostraba su real ignorancia del problema: el militar polaco estaba al frente de un país en que sólo la presencia soviética explicaba la perduración del régimen. No era, por tanto, un ejemplo de una vía de reforma, sino de la imposibilidad de llevarla a cabo. Además, a partir del verano de 1988, se produjo un cambio en la política exterior soviética. Yakovlev se ocupó de los asuntos internacionales al mismo tiempo que Ligachov los abandonaba. La prioridad absoluta de Gorbachov era ya un desbloqueo de la situación entre Este y Oeste, de modo que Europa del Este perdió importancia objetiva para los soviéticos y quedó sometida a los vaivenes de la Perestroika y de las relaciones con Occidente. Al mismo tiempo, en el debate interno del PCUS resultaron manifiestas actitudes cada vez más permisivas respecto a una decadencia de la influencia propia en la zona. Hubo incluso tesis relativas a la "libertad de elección" de estos países. Claro está que Gorbachov pensó siempre que la aparente buena recepción que recibía en sus viajes oficiales era la mejor prueba de que el socialismo todavía tenía mucho que hacer en el Este de Europa. A comienzos de 1989, nadie pensaba en un cambio crucial en la zona. Un especialista británico, Ash, elaboró la tesis de una "otomanización", es decir, de una perduración del Imperio soviético con una cierta adecuación a las peculiaridades nacionales en el Este de Europa. Algunos exámenes de los soviéticos especularon sobre la posibilidad de un deslizamiento hacia la órbita occidental, con "socialdemocratización" en el caso de Hungría, o de una cierta situación mixta en el de Polonia. En ambos casos, una intervención soviética moderadora tendría efectos positivos y lograría contrapartidas importantes en otros terrenos de la política exterior. Pero otros informes rechazaban cualquier eventual cambio sustancial que se produjera en la zona. A partir de la conjunción entre estas dos realidades -la evolución postotalitaria de las "democracias populares" y la nueva política exterior soviética- es posible explicar lo acontecido en el año 1989. En Polonia, desde comienzos de los años ochenta existía toda una estructura sindical subversiva, "Solidaridad", al margen de la legalidad pero con la que había que contar para hacer gobernable el país. Jaruzelski aseguró haber amenazado con la dimisión en enero de 1989 si no se aceptaban por los soviéticos y por los comunistas más esclerotizados las negociaciones con el sindicato. Bien es verdad que él pensaba que era segura una victoria electoral en caso de acudir a las urnas. Gorbachov, que debía pensar lo mismo, aceptó con ocasión de su visita a Polonia, durante el verano de 1988, la posibilidad de legalización de "Solidaridad". La mesa redonda de negociaciones entre el Gobierno y el sindicato duró desde agosto de 1988 hasta abril de 1989 y fue muy complicada, principalmente por la actitud de los representantes gubernamentales, siempre oscilando entre la arrogancia, la conciencia de ilegitimidad y la impotencia. La fórmula a la que se llegó, tras haber pensado en listas mixtas entre oposición y comunistas de cara a unas elecciones, consistió en realizar unas elecciones al Senado por completo libres, propuestas por Kwasniewski, futuro presidente de la Polonia poscomunista, mientras en el Parlamento se reservaba sólo el 35% a la oposición, con la exigencia de que el poder obtuviera el 50% de los sufragios en el resto de los escaños. Para entender esta fórmula hay que tener en cuenta que en las elecciones de marzo de 1989 se había presenciado en la Unión Soviética una participación e integración de una parte de la oposición, como sucedía con Sajarov, en las listas oficiales, lo que hace pensar que aquí se pensara en algo parecido. Pero las circunstancias eran muy distintas en Polonia y en Rusia y, además, no todos los dirigentes comunistas consideraron aceptable la fórmula. Ceaucescu, por ejemplo, envió una carta al resto de los dirigentes comunistas de la zona, haciendo mención de la "situación contrarrevolucionaria" existente en Polonia. Cuando Bush estuvo en este país, hizo muy poco para excitar los ánimos contra el comunismo; para él, como para la mayor parte de los dirigentes occidentales, un compromiso en el reparto del poder debía ser bastante. "Solidaridad", sin embargo, obtuvo entre el 60 y el 70% del voto, de modo que los comunistas quedaron por completo humillados cuando se conocieron los resultados. Lo positivo fue, sin embargo, que los vencedores actuaron con una marcadísima prudencia administrándolos bien y algo parecido les sucedió a los derrotados, aceptándolos. Siguiendo la tesis de Michnik, -"Vuestro presidente, nuestro primer ministro"- "Solidaridad" no desplazó de momento a Jaruzelski. El Gobierno Mazowiecki -formado en agosto de 1989-, el primero no comunista de Europa del Este desde 1945, estuvo puesto bajo vigilancia, pues en él los comunistas obtuvieron las carteras decisivas de Interior y Defensa. Por el momento, Gorbachov creía tener seguridad de que el comunismo se mantendría, cuando ya los propios comunistas polacos no compartían en absoluto esta opinión. En Hungría no hubo un sindicato clandestino con fuerte apoyo popular, pero sí una actitud reformista en buena parte de la clase dirigente comunista, que vio en la política de la Perestroika una oportunidad inédita. Karoly Grosz, el representante de la línea más ortodoxa, tuvo la impresión que Gorbachov había decidido simplemente abandonar a Hungría. Además, la línea reformadora tuvo a su favor, aparte de la gestión de Kádar, transformadora en lo económico, otros antecedentes nacionales. En junio de 1989, con la celebración de un funeral por Imre Nagy, el héroe de 1956, se inició el proceso de cambio que muy pronto quedó previsto que concluyera en elecciones plurales y libres. En este caso como el de Polonia, a los comunistas les perdió también el exceso de confianza: en el verano de 1989 las encuestas preveían todavía para el PSOH un porcentaje de votos equivalente al 30-40%, mientras que ningún otro grupo superaba el 20%. Sin embargo, cuando el Partido Comunista se convirtió en socialista, tan sólo el 6% de sus miembros permaneció afiliados. A estas alturas, la socialdemocratización de un Partido Comunista era ya considerada como una posibilidad aceptable incluso por la propia URSS de Gorbachov. De ahí la interpretación de Grosz: no fueron los países del Este los que provocaron el hundimiento de la URSS, sino exactamente al revés: porque ésta ya estaba en el camino del abandono del comunismo, se produjo la transformación de estos países. Los soviéticos no ofrecieron dificultades a cualquier posible decisión húngara y de esta manera fue posible que los turistas procedentes de Alemania del Este acabaran por conseguir ir a la Federal gracias a la benevolencia húngara, convenientemente estimulada desde el punto de vista económico por Kohl. Los soviéticos tan sólo establecieron posibles prevenciones ante un cambio de campo efectuado sin control y sin ventaja concreta, como contrapartida para ellos mismos. Estos acontecimientos necesariamente tenían que producir consecuencias importantes para Alemania Oriental. Gorbachov estuvo allí en julio de 1989 y tuvo una recepción entusiasta, que le hizo pensar en la posibilidad de perduración del comunismo, cuando su popularidad personal no significaba otra cosa que repudio a Honecker. La misma voluntad de una superación de la división de Europa enunciada por los defensores de la Perestroika, en momentos en que los alemanes del Este "votaban con los pies" en contra de su propio régimen, convertía en imposible la supervivencia de éste. En octubre de 1989, Krenz recibió el poder, sustituyendo al anciano líder de Alemania, pero, al mismo tiempo, tuvo noticias de una situación económica muy difícil de superar. Consultó entonces a los soviéticos acerca de la posibilidad de entreabrir la frontera con la otra Alemania durante tan sólo 30 días al año. La definitiva supresión del Muro de Berlín no fue consultada a la URSS ni, en última instancia, tampoco decidida por la dirección misma de la Alemania comunista, sino que las propias masas la impusieron de forma autónoma, presentándose ante los puestos de control o directamente derribándolo, sin que le resultara posible al Gobierno de Pankow ejercer cualquier reacción rectificadora. Por si fuera poco, los soviéticos, por boca de Shevardnadze, su ministro de Exteriores, manifestaron que "estos cambios van en la buena dirección" pues, según él, Europa se encaminaba hacia "una casa común". Fue esta actitud soviética la que hizo viable a los ojos de los alemanes occidentales la idea de la unificación. De ahí el hecho de que Kohl, el 28 de noviembre, propusiera un plan de diez puntos tendentes a llevarla a cabo. Entonces, Gorbachov se dio cuenta de que, a cambio de nada, perdía un pivote esencial de lo que hasta el momento había sido la política exterior soviética. Hasta el momento, había subestimado los peligros e incluso había estimulado los cambios internos de los países comunistas. La caída del Muro fue acogida con sangre fría y sin señales de reacción inmediata. A continuación, ya para Gorbachov era demasiado tarde para reaccionar. En Bulgaria se daban todas las condiciones para que se produjera una especie de Perestroika por mimetismo, realizada por un sector de la dirección comunista. Era el Estado más subvencionado por la URSS de Europa del Este y, por razones de carácter puramente nacional, había seguido siempre de forma muy estrecha la evolución de la política soviética. El propio Zhikov quiso ponerse a la vanguardia de la Perestroika pero al mismo tiempo siguió una política que tenía muy poco que ver con ella, en lo que atañe, por ejemplo, a la persecución de la minoría turca. La conspiración contra Zhikov tuvo como principal dirigente a Mladenov, el ministro de Exteriores. Éste dio noticias de sus propósitos a Gorbachov, quien tan sólo replicó que ésa era una cuestión que debían resolver los mismos búlgaros. En realidad, el líder soviético pareció haber ayudado muy poco a los reformistas. Los herederos de Zhikov no querían, en absoluto, un cambio de sistema, sino de dirección. Aunque en el contexto europeo del momento se sintieron obligados a una apariencia de democracia, en realidad inauguraron, en los Balcanes, un tipo de transición muy distinta de la que se había llevado a cabo en Europa Central, en el sentido de que permanecieron en el poder los mismos que lo habían ejercido hasta entonces. Mientras tanto, tenía lugar la última transición en Checoslovaquia. Como en tantos otros sitios. la iniciativa de reforma de Gorbachov se dirigió en primer lugar a los que estaban en el poder, que respondieron con una manifiesta pasividad. Tampoco Gorbachov fue muy insistente, pues nunca tomó en serio la posibilidad de rehabilitar a los dirigentes de la Primavera de Praga. Sus indicaciones fueron siempre tan genéricas como afirmar que "los que llegan tarde son castigados por la Historia". El propio Havel, conocido disidente intelectual, consideró cinco meses antes de que la transformación se produjera que probablemente ésta no tendría lugar o no pasaría de ser más que una caricatura en comparación con la URSS. A comienzos de diciembre de 1989, ya era demasiado tarde para plantear un cambio en los términos que hubieran podido resultar aceptables para Moscú. Ya no era ni tan siquiera el tiempo del "socialismo con rostro humano", como en 1968, sino de la pura y simple democracia. No puede extrañar, así, que el liderazgo de la nueva situación política fuera desempeñado por Havel y no por Dubcek, el héroe de la Primavera de Praga. El recuerdo de esta ocasión sirvió para disuadir a los soviéticos de cualquier otra posible intervención semejante a la de aquella fecha. Finalmente, en la Rumania de 1984 se había producido un intento de golpe de Estado al que los soviéticos no quisieron prestar ayuda. Gorbachov viajó tarde a Rumania y, además, no escatimó críticas hacia su política. El régimen sultánico establecido allí, con absoluta hegemonía de tan sólo una familia, los Ceaucescu, se había convertido en un peligro para sus vecinos, como la propia Hungría, a la que amenazó incluso cuando surgieron incidentes con la minoría de esta nacionalidad en Transilvania. En marzo de 1989, se hizo pública una carta de antiguos dirigentes que afirmaban que el régimen "africanizaba" a Rumania por el procedimiento de imponer una drástica limitación en el nivel de vida de sus habitantes. Fueron conspiradores en el seno de la propia clase dirigente quienes dieron cuenta de los Ceaucescu. Tras haber organizado una manifestación en su propio favor, el 22 de diciembre de 1989, el dictador, interrumpido por gritos de protesta, huyó de Bucarest pero fue detenido y ejecutado -junto con su esposa- de forma sumaria. Quien le sustituyó, Iliescu, fue defensor de un programa de socialismo renovado que tenía mucho que ver con el lenguaje de Gorbachov. En la práctica, siguieron en el poder los mismos que lo habían ejercido hasta el momento. La perduración del comunismo en Albania se extendió hasta 1991, momento en que quienes estaban en el poder todavía no querían admitir siquiera la posibilidad de compartirlo con la oposición. Este caso, como el de Yugoslavia, entra ya dentro de la patología del poscomunismo y el de esta última nación merece ser tratado en otro apartado, al tratar de los grandes conflictos de la época de la posguerra fría. Lo que nos interesa, de entrada, puesto que tan importante fue la política soviética en la evolución de la Europa del Este, es determinar cuál fue su reacción una vez producido el cambio político en todos esos países. En realidad, su actitud espontánea, pasado el primer momento de perplejidad, consistió en no aceptar lo sucedido e intentar vanamente dar la vuelta a los acontecimientos cuando esto era ya imposible. Con los países de la Europa Central y la balcánica se reprodujo de manera exacta lo sucedido con los frentes populares de los Estados bálticos, donde también hubo una inicial complacencia, como si el cambio se identificara con la Perestroika, y un posterior deseo de rectificación cuando era ya demasiado tarde. En junio de 1990, los dirigentes soviéticos todavía hablaban de la posibilidad de que transcurrieran diez años hasta la unificación de Alemania. Lo más grave desde su punto de vista era la posible pertenencia a la OTAN de la Alemania unificada. Los dirigentes soviéticos demostraron, una vez más, que eran dominados por los acontecimientos en vez de dirigirlos ellos mismos y que no sabían bien qué querían y menos aún lo que podían conseguir. En realidad, sólo lograron retrasar tres o cuatro años la retirada y reducir el Ejército alemán a 370.000 hombres, cuando previamente la República Federal ya tenía medio millón; aparte de ello, consiguieron ventajas económicas, lo que en este preciso momento constituía su mayor preocupación, dada la situación del país. Más adelante, trataremos de forma más detenida de la unificación alemana, pero por el momento es necesario tomar nota de que al hundimiento del comunismo en la Europa del Este le siguió de forma inmediata una modificación del status estratégico de la zona. Todos los antiguos países del Pacto de Varsovia pidieron -y obtuvieron- la retirada de las tropas soviéticas. En febrero de 1991, se levantó acta definitiva de la desaparición de esta alianza militar, en un acto al que ni siquiera asistió Gorbachov; ya antes había sido disuelto el COMECON, lo que no tiene nada de extraño si se tiene en cuenta que desde el punto de vista económico esa colaboración siempre había tenido muy poco sentido y ahora era ya inviable. De cualquier modo, la presión de los acontecimientos había quitado a los soviéticos cualquier posibilidad de reacción en estos momentos. Desde el punto de vista de sus propios intereses en materia de política internacional, parece indudable que Gorbachov hubiera debido, en un primer momento, intervenir más en la política interior de estos países y, a continuación, tratar de moderar la evolución. Pero predicó una reforma que en ellos no podía tener otro resultado que el despegue a la vez del comunismo y de la influencia de la URSS y lo hizo de una forma tan brusca que eso le quitó cualquier posibilidad de intervención posterior. De este modo, contribuyó de modo decisivo a lo sucedido.
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La historiografía francesa ha consagrado el hecho revolucionario de 1789 como el gozne que marca el giro del proceso histórico que hizo entrar al mundo -no solamente a Francia- en una nueva etapa que ella misma bautizó con el nombre de "contemporaine". Pero si es cierto que aquel fenómeno revolucionario fue de trascendental importancia, también hay que tener en cuenta que alrededor de esa fecha se produjeron otros acontecimientos que vinieron a reforzar la idea de cambio. En el mes de abril de aquel mismo año de 1789, George Washington fue nombrado primer presidente de los Estados Unidos de América, y en aquel verano se instaló la primera máquina de vapor para la industria del algodón en Manchester. Fueron tres acontecimientos que, aunque muy diferentes en importancia, simbolizan el comienzo de una nueva edad. El conflicto entre el orden viejo y la nueva realidad en Francia, el nacimiento de una nación en América y el comienzo del predominio de la máquina para la producción industrial.Con todo, la fecha de 1789 prevaleció sólo en los países latinos, y entre ellos, naturalmente, España, fuertemente influida por la historiografía francesa. En los países anglosajones, cuando se habla de Historia Contemporánea, se hace referencia más bien a ese periodo del pasado reciente que se inicia con el siglo XX (Barraclough), o incluso, más adelante, con el estallido de la Primera Guerra Mundial (Thompson). Todo lo anterior es para ellos Historia Moderna o Modern History. Se utiliza, por tanto, un criterio distinto y se retrotrae su comienzo a una fecha más reciente.Sin embargo, aun respetando todos los criterios que, de acuerdo con los argumentos de convencionalidad empleados más arriba, pueden ser perfectamente válidos, hay razones para justificar que alrededor de los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX, se inicia una nueva etapa histórica. Todos los movimientos revolucionarios o independentistas que se produjeron durante estas fechas están marcados por una nueva ideología, por unas notas diferenciales que los distinguen de los fenómenos históricos que se produjeron en la Edad Moderna. Hay quien estima que estas notas estaban también implícitas en la etapa histórica anterior, pero ello no contradice la realidad incontestable del cambio. Es natural la relación entre las distintas épocas históricas. Se ha negado ya la existencia de cortes bruscos en el proceso histórico. Los cambios, aun siendo revolucionarios, no significan la ruptura total con lo anterior, ni la aparición de realidades totalmente nuevas. Por eso suele suceder que los contemporáneos no tengan conciencia de los fenómenos transformadores. Sin embargo, la observación del historiador, con la ayuda que representa la perspectiva del tiempo, puede fácilmente apreciar el contenido diverso de los distintos periodos en los que se suele dividir la Historia.En efecto, por su contenido, la Historia Contemporánea resulta de más fácil aceptación como unidad monográfica. Comprende el desarrollo histórico del Nuevo Régimen salido de la crisis de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, que se contrapone al Antiguo Régimen, anterior a la Revolución. El concepto de Nuevo Régimen fue fijado por los historiadores de la cultura a principios de siglo y constituye una realidad histórica coherente, cuyos supuestos políticos, sociales, económicos e institucionales se han mantenido, cuando menos, hasta la Segunda Guerra Mundial.Aunque el historiador francés Pierre Goubert puso de manifiesto las dificultades existentes para conseguir una definición precisa de lo que se entiende por Antiguo Régimen, aceptaba en líneas generales el criterio propuesto por Tocqueville de considerarlo como "una forma de sociedad" y añadía que "el Antiguo Régimen es una sociedad de una pieza, con sus poderes, sus tradiciones, sus usos, sus costumbres, y en consecuencia, sus mentalidades tanto como sus instituciones. Sus estructuras profundas, estrechamente ligadas, son sociales, jurídicas y mentales". Pues bien, estas estructuras murieron, en algunos lugares mediante una lenta agonía, y en otros, con la rapidez que le proporcionaba la violencia revolucionaria, dando paso a un régimen nuevo que iba consolidando unas nuevas estructuras a medida que se adentraba en el siglo XIX. José Luis Comellas ha señalado lúcidamente, en unos cuanto trazos, la personalidad de esta nueva época: "la inquietud, la búsqueda, la carencia de lo absoluto, la variabilidad de las formas y de las valoraciones, la incertidumbre, la fuera de lo existencial, el ansia de progreso, son rasgos reconocibles a lo largo de toda la Edad Contemporánea, lo mismo en la época de las revoluciones, que bajo el romanticismo, el positivismo o el estruendo de las grandes guerras mundiales. También en lo estructural o institucional, encontramos como rasgos comunes la inflación del concepto de libertad, los regímenes liberales y democráticos, el constitucionalismo, el parlamentarismo, los partidos políticos -larvados o expresos-, el clasismo social, el capitalismo económico y -larvadas o expresas también- la proliferación del proletariado, la lucha de clases y las consiguientes teorías o sistemas de corte socialista".Sin embargo, aunque ninguno de estos rasgos señalados haya perdido del todo su carácter de contemporaneidad, hoy se tiende a admitir un orden de realidades de creación más reciente, como elemento definidor de nuestro tiempo. Es más, el hecho de que los historiadores anglosajones y germanos retrasen el inicio de la Edad Contemporánea hasta situarlo en un jalón, cuando menos un siglo más cercano a nuestro presente, constituye la mejor evidencia de que en el tránsito del siglo XIX al XX se produce otro cambio importante en el proceso histórico. El historiador inglés Geoffrey Barraclough, en su Introducción a la Historia Contemporánea (Madrid, 1965), se muestra defensor de la postura de considerar que la Historia Contemporánea comienza cuando los problemas reales del mundo de hoy se plantean por primera vez de una manera clara. Sin atreverse a señalar una fecha concreta, Barraclough sugiere que el cambio se produce en los años inmediatamente próximos a 1890. Es entonces cuando se produce el impacto de la "segunda revolución industrial", mucho más generalizado que el de la primera. El comienzo de la utilización del teléfono, la electricidad, los transportes, las primeras fibras sintéticas, etc., serían buena prueba de ello. La intervención de la masa en la política a partir de los últimos decenios del siglo XIX, constituye otro importante rasgo diferenciador que permite a este historiador en esos años un cambio de rumbo en la historia. Y por último, para señalar solamente las notas más significativas, el cambio operado en las estructuras de las relaciones internacionales, en el sentido de que Europa, que hasta entonces había ocupado una posición central en el concierto de la política mundial, se vio desbordada por las fuerzas externas a ella. Es la etapa que señala The end of European History, como pomposamente tituló Barraclough una conferencia pronunciada en 1955 en la Universidad de Liverpool.Sin necesidad de aceptar este criterio que establece el inicio de la Edad Contemporánea en los últimos años del siglo pasado, no podemos negar la evidencia de las transformaciones que se producen en ese momento. Esa evidencia nos permite, cuando menos, justificar los límites de este volumen, no ya en cuanto a su extensión cronológica, sino también en lo que se refiere a su contenido histórico. Así pues, hay un siglo XIX histórico, el cual aunque no coincide exactamente con el siglo XIX cronológico, presenta unos rasgos muy homogéneos y unos límites razonablemente claros que lo distinguen del siglo de las Luces por su comienzo y del actual por su terminación.Al siglo XIX se le ha denominado el siglo de las revoluciones liberales y burguesas, y, en efecto, se abre con ese fenómeno de capital importancia para la historia universal como es la Revolución Francesa, cuyas secuelas se dejan sentir en muchos países del mundo a lo largo de toda la centuria y que en definitiva terminan por consolidar una serie de cambios profundos en la organización de la sociedad, en los sistemas políticos y en la propia dinámica de la economía.
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En el último cuarto del siglo XVIII la crisis del antiguo régimen derivó en dos acontecimientos fundamentales, la revolución política y la económica, dentro del primero hay que entroncar la Revolución Francesa ya que se dirigió principalmente a cambiar las estructuras políticas y sociales tradicionales, marcando el comienzo de lo que sería un largo período revolucionario que abarcaría Europa, América y las colonias europeas.Todo comenzaría con la penosa situación económica del estado derivada del sistema impositivo que regía ya que sólo se recaudaban impuestos a la clase llana y estos no cubrían los elevados gastos del estado, paralelamente coincidieron años de malas cosechas con un fuerte aumento demográfico lo que llevó a una situación insostenible para el rey Luis XVI, que decidió convocar a los Estados Generales para resolver la situación, este es el momento en que se puede decir que comienza la revolución pues los representantes del tercer estado aprovecharon para constituirse en Asamblea Nacional y preparar una Constitución que les convertiría en Asamblea Constituyente y más tarde Legislativa. Diferentes enfrentamientos entre el pueblo y el ejercito se sucederían siendo el más famoso el del 14 de Julio de 1789 en el que el pueblo asaltó la fortaleza de la Bastilla (prisión del estado), guardada por los soldados. Dos facciones se sucederían en el poder revolucionario en el siguiente período denominado Convención, los girondinos, más moderados y los jacobinos más radicales. Francia sería proclamada república en 1792 y en 1793 Luis XVI sería guillotinado al igual que su esposa M? Antonieta, es el momento en el que Robespierre al frente de los jacobinos se hace con el poder y dirige el período del terror imponiendo una dictadura. También será guillotinado en 1794 dando paso a una nueva reacción moderada, la termidoriana, de la burguesía. Se creó una nueva Constitución que daría forma al nuevo período denominado Directorio y dirigido por la fuerza militar representada por Napoleón Bonaparte que acabaría con el período revolucionario al dar un golpe de estado que le proporcionó el poder absoluto y más tarde el título de Emperador de Francia.
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En julio de 1830 se produjo una Revolución en Francia que derrocó a Carlos X para instaurar una monarquía liberal encabezada por Luis Felipe de Orleans. Este importante cambio político en el vecino país podía tener una influencia sobre el régimen de la Monarquía absoluta en España. Así lo entendía el entonces embajador en París, el conde de Ofalia, quien en un Informe que redactó poco antes de aquellos acontecimientos afirmaba que "Es indudable que si el partido liberal consiguiese aquí un triunfo completo, si los malvados consiguiesen debilitar la Autoridad Real, o su proyecto sacrílego de mudar la Dinastía en España cuyos principios monárquicos y religiosos les son tan odiosos, sería el blanco de sus intrigas y maquinaciones, si no el de sus agresiones que protegerían más descubiertamente las tramas de los revolucionarios y tratarían de sembrar la discordia en nuestro suelo". Estos presagios no parece que sembrasen la alarma de las autoridades españolas, que no tomaron ninguna medida especial para prevenir las consecuencias del cambio de situación en Francia. Una vez que triunfó la Revolución, los gobiernos de Inglaterra, Austria y Prusia, reconocieron la nueva Monarquía de Luis Felipe de Orleans. España no se decidió a dar ese paso, sino que reforzó al ejército a pesar del esfuerzo económico que ello implicaba en unos momentos en que las finanzas se hallaban en situación de penuria. Si bien pronto se comprobó que la nueva dinastía reinante en Francia adoptaba una actitud moderada, el verdadero temor del gobierno español era la postura que iba a manifestar con respecto a los refugiados liberales, que no habían cesado de intrigar desde el otro lado de la frontera para preparar un golpe destinado a derribar la Monarquía absoluta de Fernando VII. A partir de 1830 muchos de los liberales españoles que habían permanecido en Inglaterra o en Bélgica acudieron a la capital de Francia para reunirse y organizar sus fuerzas con vistas a una acción en España. Protegidos por el nuevo régimen francés, disfrutaron de una absoluta libertad de acción, e incluso fueron objeto de agasajos por parte de los liberales franceses. Lo que los exiliados españoles no advirtieron fue que iban a ser utilizados por Luis Felipe como instrumentos de presión para obtener el reconocimiento oficial por parte de Fernando VII. Así, la negativa española a aceptar la realidad de los hechos en Francia permitió que desde las instancias oficiales y desde los círculos liberales de este país se alentasen las intrigas y las maquinaciones de los refugiados españoles. Este apoyo moral y financiero acrecentó el optimismo de los exiliados hasta tal punto que no solamente estaban seguros de su triunfo, sino que algunos hablaban incluso de que sería uno de los hijos del duque de Orleans el que sustituiría al monarca español. Los españoles habían mantenido serias discrepancias entre sí durante los años del exilio. Pero ahora se pusieron de acuerdo bajo la dirección de un grupo organizador que tomó el nombre de Directorio provisional para el levantamiento de España contra la tiranía que se estableció en Bayona. Los proyectos de invasión se centraban en varios puntos de la frontera pirenaica: Cardona, La Seo de Urgel, Hostalrich, Jaca y Pasajes. Para aumentar el número de los que debían llevar a cabo el levantamiento se crearon en Francia varias oficinas de reclutamiento, tres de las cuales se hallaban en la capital. Se les ofrecía a los interesados dos francos al día y se les facilitaba un medio de transporte hasta Burdeos, y desde allí hasta la frontera. Hasta 700 hombres pasaron por Burdeos para unirse al levantamiento y se supo también que se habían enviado hacia la frontera 1.700 fusiles y 15.000 cartuchos. Todo este movimiento, que contaba con la pasividad de las autoridades francesas, sembró la inquietud en el gobierno español, y ante la ineficacia de las gestiones diplomáticas para que se tomasen medidas para abortarlo desde el otro lado de la frontera, España optó por reconocer a la nueva Monarquía de Luis Felipe. Sin embargo, la decisión llegó tarde, puesto que ya no hubo forma de detener el intento de invasión, que se produjo entre el 10 y el 18 de octubre de 1830 y en el que participaron como dirigentes Mina, Valdés y el coronel De Pablo (Chapalangarra). Espoz y Mina ocupó la localidad de Vera del Bidasoa, cortó las comunicaciones con Irún y se internó hacia Tolosa. Las tropas de Fernando VII le salieron al paso y después de derrotar a los expedicionarios los persiguieron hasta hacerles cruzar de nuevo la frontera. La suerte que les esperaba en Francia era ahora distinta, pues el Gobierno de París los desarmó y los condujo a depósitos militares donde quedaron confinados. Con ser el más importante de todos, no sería éste el último de los movimientos que organizaron desde el exterior los liberales españoles exiliados. Todavía se producirían otras intentonas desde Gibraltar antes de la finalización del reinado de Fernando VII. Ya en 1826 había tenido lugar una nueva expedición de parecidas características a la que había protagonizado Valdés en agosto de 1824. Los cabecillas fueron esta vez los hermanos Bazán, quienes con unos 60 hombres trataron de llevar a cabo un desembarco en algún lugar de la costa de Levante. La operación terminó también con un rotundo fracaso y los hermanos Bazán fueron apresados y fusilados por las autoridades españolas. Desde 1827 se había establecido en la colonia inglesa una Junta de refugiados que tenía como misión la de mantener la comunicación entre los liberales que habían permanecido en España y los que habían tenido que salir al exterior. En septiembre de 1830 llegó al Peñón José María Torrijos procedente de Inglaterra. El general Torrijos movilizó inmediatamente a algunos de los elementos más conspicuos que aún se encontraban en Gibraltar y comenzó a preparar nuevas tramas revolucionarias contra la Monarquía de Fernando VII. Como resultado de estas intrigas, en enero de 1831 se produjo un asalto a las líneas españolas desde la zona neutral que se saldó con algunas pérdidas por parte de los liberales que intentaron pasar la frontera y con un mayor número de bajas por parte de las tropas realistas que la defendían. Los asaltantes fueron rechazados y tuvieron que desistir de momento de sus propósitos. Todavía no había transcurrido un mes desde que se produjeron estos sucesos, cuando tuvo lugar una nueva intentona protagonizada por Salvador de Manzanares, quien desembarcó en Getares procedente de Gibraltar con unos doscientos hombres. Acosado por las tropas realistas del general Quesada, buscaron refugio en la serranía de Ronda, pero fueron reducidos y fusilados cuantos cayeron prisioneros. Por fin, el 30 de noviembre de 1831 partió desde Gibraltar el propio Torrijos, quien al mando de unos 50 hombres desembarcó a la altura de Fuengirola, donde fue cercado en virtud de la emboscada que le tendió el gobernador de Málaga, González Moreno. Los expedicionarios consiguieron internarse hasta Alhaurín de la Torre, en cuyas cercanías fueron obligados a rendirse y todos ellos fueron fusilados en la mañana del 11 de diciembre. Fue la última de las intentonas liberales, que ya no darían muestras de una oposición activa en lo que quedaba del reinado de Fernando VII.
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El bienio de junio de 1835 a agosto de 1837, con el breve intervalo del gobierno Istúriz, constituye el desenlace del largo proceso revolucionario que puso fin al Antiguo Régimen. Ante la situación revolucionaria del verano de 1835, la Corona confió el poder a un liberal con un pasado radical, Mendizábal, quien enunció la necesidad de una declaración de los derechos del ciudadano. Las Juntas, por su parte, pedían la vuelta a la Constitución de 1812. Mendizábal renovó los altos cargos militares y de la administración en beneficio de los que los ocuparon durante el Trienio Liberal. La liquidación de las Juntas fue facilitada por los decretos que regulaban la constitución de diputaciones provinciales (IX-1835) mediante la incorporación de los miembros de las juntas a las mismas. La victoria de los progresistas fue seguida de una serie de disposiciones que afectaron a la configuración del país, como el decreto de 26 de septiembre de 1835 que sentaba las bases de la nueva administración de justicia y otros del mismo año sobre la misma materia. Martín de los Heros reorganizó la milicia nacional con el nombre de Guardia Nacional y el propio Mendizábal volvió de nuevo a poner en marcha la desvinculación y la desamortización al tiempo que se reconocían las ventas realizadas durante el Trienio liberal. La gestión de Mendizábal resultó decisiva: comprometió a la Corona y amplias capas del país en el proceso revolucionario, al mismo tiempo que creaba las condiciones militares para la victoria contra los carlistas, pues en su mandato se constituyó realmente el nuevo ejército. Los siete meses de Mendizábal como presidente del Gobierno significaron la consolidación del proceso iniciado en su período como ministro de Hacienda de Toreno para recuperar la legislación del Trienio Liberal. Con motivo de un punto del proyecto de la ley electoral que fue presentado en las Cortes y la derrota de los seguidores de Mendizábal en una votación, se planteó la cuestión de confianza. La Corona tuvo que elegir entre cambiar el gabinete o disolver las cámaras y proceder a una nueva elección, solución esta última, adoptada tras la consulta con el Consejo de Gobierno. En las elecciones (II-1836), los progresistas obtuvieron mayoría amplia (desde luego sin limpieza electoral, como en todas las elecciones de estos años). Por otra parte, algunas de las figuras más importantes del progresismo (Istúriz, Alcalá Galiano y el Duque de Rivas) se pasaron a los moderados. En mayo de 1836, el gabinete tuvo que dimitir pues la mayoría progresista insiste en que Mendizábal debía rendir cuentas del uso que había hecho del voto de confianza y, por otra parte, la Corona se negó a suscribir una combinación de mandos militares. La Corona nombró presidente a Istúriz, un progresista pasado al moderantismo. Los progresistas de las Cortes le combatieron por métodos parlamentarios, incluso con el voto de censura (no obtienen su confianza los actuales secretarios del despacho, proposición aprobada por gran mayoría). Istúriz respondió a ello solicitando de la Corona el decreto de disolución. María Cristina accedió y, además, adoptó una postura beligerante al publicar un manifiesto condenando la actuación del estamento. Los progresistas intentaron de nuevo el cambio político a través de pronunciamientos. Muchos militares se acercaron al progresismo convencidos de que los moderados no actuaban con energía frente al carlismo y de que la Milicia Nacional era la única fuerza capaz de asegurar la retaguardia. A fines de julio de 1836 se pronuncia la Guardia Nacional. El movimiento, que se declaró por la Constitución de 1812, se extendió a toda Andalucía, Zaragoza, Extremadura y Valencia e incluso alcanzó a algunas unidades del ejército del Norte. La Corona no cedía a estas presiones hasta que, en agosto de 1836, se produjo la rebelión de un grupo de suboficiales de la guarnición del Palacio de La Granja (el Motín de los Sargentos). María Cristina capituló, dio nueva vigencia a la Constitución de 1812 y confió el poder a los progresistas en la persona de Calatrava, quien hizo de Mendizábal su más estrecho colaborador al confiarle la cartera de Hacienda y más tarde la de Marina. El triunfo del movimiento progresista se refleja en una serie de leyes (que en su mayor parte restablecen las de las Cortes de Cádiz y el Trienio) sobre la desvinculación señorial, desamortización, propiedad agrícola, montes, señoríos.... Por otra parte se convocan unas Cortes constituyentes, cuyo fruto será la Constitución de 1837. Más moderada, pero también más precisa, que la de Cádiz y más progresista que el Estatuto Real. Busca el consenso que proporcione una mayor estabilidad política. Mantiene alguno de los puntos clave de 1812 como son la soberanía nacional, la separación de poderes, reconocimiento de ciertos derechos individuales y la convocatoria de las Cortes por el monarca (si bien, al menos una vez al año, se reunirían sin ser convocados). En algunos de sus postulados se modera. No es confesional, por lo que la religión de España ya no es y será perpetuamente la católica, sino sólo la que profesan los españoles. Reconoce a la Corona una decisiva intervención en el proceso político, compensada parcialmente por la ampliación de funciones de las Cortes, que adquieren la iniciativa legal. Establece un sistema bicameral: Congreso de diputados, elegidos directamente por sufragio censitario, y Senado, cuyos miembros eran elegidos por el monarca de entre una lista que establecen los electores en número triple a los puestos a cubrir. Permite la disolución de las Cortes por el monarca (cosa que no podía en la de 1812) lo que, combinado con un sistemático falseamiento de las elecciones, permitió constituir parlamentos siempre ministeriales. Además de la Constitución, hay otra serie de medidas de carácter progresista entre las que destacan las leyes de imprenta (agosto de 1836), cuyos elementos definitorios son la desaparición de la censura previa y el juicio por jurados, y la ley electoral (1837), que amplió el censo electoral del 0,15% del Estatuto Real al 2,2% (o más, según las elecciones). El gabinete Calatrava se mantuvo desde agosto de 1836 al mismo mes del año 1837. Tras un pronunciamiento, mal conocido, caía el gobierno Calatrava. Las elecciones de septiembre dieron mayoría a los moderados, por lo que Bardají, tras una breve presidencia, dejó paso al gabinete de Ofalia, un caracterizado moderado, con quien se inicia una etapa de casi tres años de gobierno de esa tendencia. Si el gobierno, apoyado por María Cristina, fue moderado hasta el verano de 1840, el progresismo iba ganando terreno en los medios urbanos y en el ejército. En las ciudades más grandes, los progresistas contaban con el apoyo de una buena parte de la población, lo que les permitía ganar las elecciones y la mayoría en los ayuntamientos. Esto significaba que dominaban la Milicia Nacional. El conflicto armado contra el carlismo había desarrollado una nueva mentalidad militar, estudiada por Gabriel Cardona. Antiguos cadetes de academia, ex-guerrilleros, aristócratas, ex-seminaristas y suboficiales ascendidos por méritos de guerra en América formaban un cuerpo de oficiales heterogéneo. Combatir contra un enemigo común, al que percibían como el antiliberalismo apoyado por los frailes, desarrolló un código mental anticlerical y otras ideas que convergían con postulados progresistas. Había en el poder militar otra razón pragmática que les aglutinaba. La administración civil era incapaz de cumplir los plazos de los suministros que demandaba el ejército y las pagas no llegaban puntualmente. En el ejército del Norte surgió una fuerza dominante acaudillada por Espartero, héroe popular desde que levantó el sitio de Bilbao en la Navidad de 1836. Durante el verano de 1837 se produjeron motines de soldados que asesinaron a los generales Escalera y Sarsfield. En otoño, Espartero hizo valer sus condiciones ante Madrid. Sólo restauraría la disciplina y alcanzaría la victoria contra el carlismo si era bien pagado, abastecido y se atendía a sus propuestas de ascensos por méritos. El gobierno moderado no podía permitirse nuevas derrotas y cedieron. Espartero pudo ascender a sus amigos y formar un verdadero partido militar en el Norte.