La grave crisis del final del siglo IX y comienzos del X no derribó al poder omeya, que logró mantenerse a pesar de la división política del país y del considerable debilitamiento del poder central hasta su restauración por Abd al-Rahman III. En opinión de Levi-Provençal el emir Abd Allah fue, aunque su poder se había debilitado enormemente, el sostén de una dinastía que se apoyaba todavía en Córdoba y su región, y en una aristocracia estatal constituida por familias omeyas, especialmente de clientes de la dinastía de origen oriental, descendientes de los que habían sido el apoyo inicial de Abd al-Rahman I. Alrededor del emir se movía un alto funcionariado gubernamental en el que figuraban familiares del príncipe como Abd al-Malik b. Abd Allah b. Umayya, clientes omeyas como los hijos del general Hashim b. Abd al-Aziz, el jefe de la cancillería Ubayd Allah b. Muhammad b. Abi Abda, su hayib, Abd al-Rahman b. Umaya b. Shuhayd y algunos esclavones como el eunuco Badr. En el momento decisivo, cuando Ibn Hafsun se había apoderado de Poley (Aguilar) y amenazaba directamente Córdoba, pudo todavía agrupar un ejército de 14.000 hombres de a caballo -compuesto en su mayoría de cordobeses voluntarios aparte de 4.000 soldados regulares- con el que obtuvo la victoria que salvó definitivamente la capital (278/891). Reducido a la mínima expresión, el poder cordobés se siguió considerando el único sultan o poder central legítimo, hecho que llevó a la mayoría de los rebeldes -aparte de lbn Hafsun- a buscar en él su propia legitimación y a reconocer, al fin y al cabo, su soberanía teórica. Una ciudad tan alejada como Tortosa recibió gobernadores en los años 275/888-889, 278/891-892 y 280/893-894. Cuando en el año 902 Isam al-Jawlani emprende a su costa la expedición naval con el objetivo de someter las Baleares al dominio del Islam, la empresa se hizo en nombre del emir de Córdoba. Aparte del caso de Ibn Hafsun, el más peligroso sin duda de estos poderes locales y de los que se limitaban a la preponderancia de un jefe de banda, los jefes locales se preocupaban sobre todo de administrar -la mayoría de las veces concienzudamente- su región y de pelearse eventualmente con sus vecinos, pero nunca pensaron en atacar al poder central y, mucho menos, pusieron en duda su pertenencia a la comunidad islámica. Muhammad al-Tawil, señor muladí de Huesca y de la Barbitania, que ejerció el poder en esta región desde el año 887 hasta su muerte en el 913, luchó enérgicamente contra los condes cristianos de los Pirineos que le rodeaban. Después de él, su hijo Abd al-Malik pidió al emir de Córdoba la confirmación de su gobierno. Puede hablarse, por tanto, de una especie de crisis profunda del poder central, en un país islamizado y casi con seguridad arabizado, pero fragmentado en células heterogéneas autónomas unas respecto de las otras y todavía organizadas según un modelo completamente tribal en el caso de ciertos grupos beréberes. Levi Provençal consideraba que la conversión de Ibn Hafsun al cristianismo le costó el apoyo decisivo de las poblaciones urbanas que habían seguido su epopeya con no disimulada simpatía. ¿Podríamos, tal vez, llegar más lejos -como hizo recientemente Manuel Acién Almansa en su obra sobre Ibn Hafsun- e intentar reinterpretar el episodio de Ibn Hafsun, y detrás de él, la fitna del final del IX y comienzos del X, como una especie de crisis de crecimiento de la organización socio-política omeya? ¿Se habría enfrentado con las resistencias que suscitó su reforzamiento, tanto en el entorno arabo-beréber, cuyas estructuras sociales eran todavía marcadas por el tribalismo, como entre los autóctonos cuya organización era de tipo prefeudal? He defendido en mi Al-Andalus la idea de una coexistencia de dos estructuras sociales antagónicas -que he calificado de occidental y de oriental- en al-Andalus de los primeros siglos. Creo, por otro lado, que se comprende mejor la formación socio-política andalusí si utilizamos para describirla la noción neo-marxista de sociedad tributaria. Se trata de una estructura estatal, de tipo musulmán en este caso, superpuesta a comunidades rurales y urbanas relacionadas con el Estado por el pago de un impuesto o tributo, sin que hubiera apropiación masiva de tierras por la aristocracia cuyos medios de existencia dependían en gran medida de la recaudación fiscal. Hay que tener en cuenta el paso de la estructura socio-política visigótica -que podemos definir, en principio, como prefeudal, en la que la aristocracia vivía de la renta que se le pagaba por ser propietaria del suelo y por dominar a los hombres-, al sistema tributario en al-Andalus de los siglos X-XIII, que cada vez se afirma más. Por otro lado, no podemos negar que los elementos árabes y beréberes llegados en el siglo VIII introdujeron en la Península a la vez modos de organización todavía cercanos al tribalismo -las estructuras orientales a las que hice referencia anteriormente- y el sistema de organización político-religiosa islámica que favorecía la emergencia de una sociedad de tipo tributario. El procedimiento se inicia con el comienzo de la implantación del régimen musulmán en la Península. Vimos la preocupación de los primeros gobernadores por configurar la nueva sociedad según las normas fiscales del sistema islámico. Sobre un gráfico de las emisiones monetarias se puede seguir fácilmente el reforzamiento de una estructura centralizada a la vez emisora de moneda y receptora de impuestos. Podemos admitir por tanto, como Manuel Acién, que se produjo en el último cuarto del siglo IX la ruptura de los antiguos equilibrios cada vez más contradictorios. Coincidirían el reforzamiento del Estado y el aumento de la presión fiscal, el descontento de la población indígena, tanto en el sector aristocrático beneficiario de la renta del suelo como entre las clases dominadas expuestas a la doble presión rentista y fiscal, la crisis de las antiguas solidaridades tribales en las que se afirma el peso de los jefes de linaje. Estas tensiones habrían provocado la crisis política y social en la que se encontraba inmersa la parte musulmana de la Península en los años 880-920.
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Las tendencias descentralizadoras del sistema tributario palacial habían ocasionado la caída del Antiguo Reino. Tras una etapa de confusión y caos, las ambiciones de los distintos gobernadores provinciales generan un nuevo proceso de lucha por la hegemonía que terminará cuajando en torno al nomarca de Tebas. Precisamente, la obra de Montuhotep II será la restauración del sistema central que durante algo más de un siglo había quedado alterado. Y aunque la realidad resultante era diferente al pasado, no podía ser considerada más que como el retorno de Maat. Pero la restauración tiene también un costo histórico: arrebata a Egipto la posibilidad de experimentar un recorrido diferente, caracterizado por la ausencia de un poder central, que hubiera permitido la consolidación de reinos independientes. La unidad, que no tiene necesariamente connotaciones éticas positivas, no era inexorable, pero se impuso. Una tendencia cercenada fue la expresión del arte provincial, considerado por algunos como una desviación de los cánones del arte del Antiguo Reino, que iba introduciendo una cierta independencia expresiva -motivada quizá por la falta de habilidad- y que desaparece cuando la restauración política opta por la recuperación de los cánones reales. Sin duda, el pensamiento colectivo también se había visto alterado por la reciente experiencia histórica. No podemos tomar el pulso de la mentalidad de los iletrados. Algunos textos, en cambio, transmiten la forma en que el grupo dominante observa el tránsito hacia el nuevo orden de cosas. No tenemos garantía de que los textos que se mencionan como referentes de este período hayan sido compuestos inspirándose justamente en aquellos acontecimientos, pero resultan apropiados para la imagen que nosotros mismos queremos obtener de la época, y eso podría suficiente, pues la historia se conforma de manera subjetiva según quien la analiza. En este sentido resulta sugestiva la interpretación que sobre el Periodo Intermedio proporciona un conjunto de textos literarios que probablemente nada tienen que ver entre sí, pero en conexión podrían darnos ciertas claves sobre la forma en que los egipcios letrados percibieron aquellos momentos. Ni siquiera estamos seguros de que todos ellos hagan alusión al Primer Periodo Intermedio, pero buena parte de la critica así los acepta. Quienes leyeran aquellos textos, desde el Reino Medio, podían tener la impresión de que a pesar del caos, había regresado el orden; los tiempos lo demostraban, la literatura lo narraba. El primero de los textos hace referencia a la insurrección social, a la subversión de los órdenes; Ipuer lo dice gráficamente: el país gira como el torno de un alfarero... Su negativa percepción ya ha sido señalada. "Las lamentaciones del sabio Ipuer" se limitan a constatar el efecto del conflicto social. El caos conduce a la desesperación al buen egipcio y puesto que el desorden reina no hay esperanza. Ese es el contenido de la segunda composición, "El diálogo del desesperado con su ba". Se entiende por ba el alma; en realidad es el diálogo de un desesperado consigo mismo, en el que el alter ego está representado por la fuerza interior que dicta la conducta concorde con lo bueno y lo justo, es decir, con maat. Pero el propio ba es una conquista popular arrebatada al grupo aristocrático, único poseedor de ella durante el Reino Antiguo; por ello, este diálogo sólo es posible gracias al conflicto, que paradójicamente conduce al suicidio. Ba se niega a aceptar los argumentos del desesperado que, en un monólogo bellísimo, entre otras cosas afirma: "la muerte es hoy para mí como el deseo de un hombre por volver a ver su casa tras largos anos de cautiverio". Pero es obvio que la propuesta suicida no puede ser compartida por todos los hombres de bien. Entonces se propone otra conducta no menos extrema, la hedonista de "La canción del arpista": "los dioses que existieron antes y reposaban en sus pirámides, los nobles y claros varones que también fueron sepultados en sus pirámides y se construyeron templos, sus sepulcros ya no existen ¿Qué se ha hecho de ellos?... Nadie vuelve del otro mundo a decirnos qué hay por allí, a decirnos como les va, a poner fin a nuestras dudas, hasta que nosotros lleguemos también a donde ellos se han marchado ¡Sigue tus deseos mientras vivas! ¡Ponte mirra en la cabeza! ¡Viste telas preciosas! ¡Úngete con las verdaderas delicias de las ofrendas divinas!... ¡Resuelve tus asuntos en la tierra y no te martirices con preguntas!... ¡Sé feliz y no te canses de ello! ¡Mira, nadie se llevó sus bienes consigo! ¡Mira, no ha vuelto nadie de los que se fueron!" Si el suicidio no era solución, tampoco podía serlo el brutal hedonismo al alcance de unos pocos. Ninguna de las dos alternativas era culturalmente aceptable. Es entonces cuando surge la respuesta adecuada a los problemas, un análisis realista de la situación y unas propuestas de actuación firmes y moderadas como corresponden a un buen gobernante. Son las "Instrucciones a Merikaré", un compendio de desconfianza hacia todos los subordinados, de atención directa a todos los asuntos y de sumisa aceptación del juicio de Osiris: "el hombre permanece solo después de la muerte y sus hechos son amontonados a su lado. Pero la eternidad acredita que se está allí y loco es quien se oponga a ello". Aquí no caben ni la desesperación ni la huera alegría. Es el punto correcto, desde la perspectiva del poder central, para emprender la restauración no sólo política, sino también en la mentalidad colectiva. Las transformaciones afectaron igualmente al ámbito religioso. El auge provincial trajo consigo la recuperación y exaltación de divinidades locales que habían quedado oscurecidas en el primitivo proceso de integración que desemboca en el Antiguo Reino. De entre esos dioses cabría destacar, lógicamente, al de Tebas, Montu, que había tenido un papel insignificante a lo largo del III Milenio. Por otra parte, Osiris, que había participado en los ciclos centrales de las cosmogonías, adquiere una popularidad insospechada en la época anterior, quizá por una modificación en las consideraciones éticas, según las cuales, no sólo ya el monarca, sino todos los mortales serían sopesados en la balanza de Osiris. Por medio de este dios, la divina eternidad era accesible para todos los egipcios y no ya sólo para un reducido número de privilegiados. Estas innovadoras tendencias tienen una función integradora de primera magnitud, pues rompen con el hieratismo del Antiguo Reino e implican a todos los individuos en un orden religioso común que es fuente de equilibrio para el estado. Abidos, lugar central en el culto del dios, se convierte en un lugar de peregrinaje popular y referente ideológico para el control político. Al mismo tiempo se produce otro fenómeno de gran alcance, como es la aplicación de los "Textos de las Pirámides" al ritual funerario de los nobles, llamados ahora "Textos de los Sarcófagos"; se ha dicho, con evidente laxitud que se trata de una democratización de la religión funeraria. Si tenemos en cuenta que los antiguos textos reservados a los faraones aparecen ahora en el interior de los sarcófagos de los nobles, no en la totalidad de las tumbas, habremos de convenir que el término democratización es un exceso; hubiera sido mejor hablar de un empleo oligárquico del antiguo ritual funerario del monarca. En efecto, esa dimensión parece más ajustada, pues responde a la realidad de una época en la que los nomarcas han usurpado las funciones reales en cada localidad e igualmente se han apropiado de la supraestructura que justificaba su poder. Era la tendencia lógica en el proceso de descentralización que podría haber culminado con el triunfo de las monarquías locales. Sin embargo, la constitución de dos bloques, uno en torno a Tebas y otro aglutinado por Heracleópolis, había devuelto la situación a unas condiciones parecidas a las que se dieron cuando se implantó la monarquía tinita. Ahora el agente de la unidad será Montuhotep, que había accedido al poder en Tebas a la muerte de Antef III hacia 2030. Durante tres décadas desarrolla una política hegemónica en la que Heracleópolis prácticamente no interviene. La unificación definitiva tiene lugar en 2000, cuando adopta el nombre de Horus Semataui (El que ha unido las Dos Tierras). Y desde la capital, Tebas, emprende una intensa actividad de construcción, que sorprende por la mala situación en que habían de hallarse las tesorerías. Paralelamente restaura la administración territorial designando para los puestos de mayor confianza a funcionarios tebanos y actúa con firmeza para proteger las fronteras y garantizar las relaciones comerciales. Nubia va a ser escenario de múltiples expediciones que tienen como objetivo doblegar el reino allí establecido y facilitar el acceso a los productos tradicionalmente importados desde aquellas regiones, esencialmente oro. No se trataba pues de un deseo de ocupación, sino más bien de subordinación; esa es probablemente la razón por la que el reino nubio no desaparece. Por otra parte, la corona busca la sumisión de los nómadas del desierto libio y del Sinaí, en este caso además podía obtener pingües beneficios por la importación de cobre y turquesas. En el comercio de largo alcance hay documentación de sus relaciones con el Líbano. De este modo Montuhotep había restaurado el esplendor egipcio de la VI dinastía y para expresar con mayor contundencia el alcance del nuevo orden inaugura una necrópolis real en Tebas. En el circo natural de Deir el-Bahari hizo erigir su monumento funerario, prácticamente destruido cuando se construye a su lado -y no por casualidad- el de la reina Hatshepsut. Se afirma, desde la reconstrucción de su excavador, que estaba rematado por una pirámide, pero no hay certeza al respecto, por lo que no sabemos exactamente cuál sería su referente arquitectónico. Desde el punto de vista funcional es diferente a los templos funerarios del Reino Antiguo porque no está destinado en exclusividad al faraón, sino que tiene como misión dar cabida a toda la corte. Si la interpretación fuera correcta nos proporcionaría una dimensión extraordinaria sobre el programa político del monarca y sus deseos de integración en el ámbito ideológico de todo el grupo dominante. Montuhotep II muere, tras un extenso reinado, hacia 1990, dejando como herencia un país próspero y organizado.
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El empuje árabe que provocó a comienzos del siglo VIII el hundimiento de la España visigoda, coincidió con firmes intentos de reagrupación territorial en otras partes de la Cristiandad: en el Oriente bizantino; en la Italia lombarda gracias a la labor del rey Luitprando; en la Inglaterra anglosajona y, sobre todo, en la Galia Franca. No fueron aquí los monarcas (los peyorativamente designados como reyes holgazanes) los protagonistas del proceso sino las familias que, desde algunas generaciones, ostentaban el titulo de Mayordomos de Palacio. De entre todas ellas, una había de adquirir especial fama: los pipínidas o carolingios. Uno de sus más cualificados representantes -Pipino de Heristal, mayordomo de Austrasia- se impondría a sus rivales en la batalla de Tertry (687) implantando su autoridad también sobre Neustria y Borgoña. Sin embargo, las reunificaciones territoriales en el mundo franco amenazaban siempre con no sobrepasar la vida de quienes las habían promovido. Así, cuando en el 714 Pipino de Heristal muere, la anarquía retoña en la Galia.
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1.La Restauración. La formación del sistema político. El proyecto político de Cánovas. Las bases del sistema: Constitución y partidos. La Constitución de 1876. Los partidos de gobierno. El partido conservador. El partido liberal. La Corona y las elecciones. El recurso al fraude electoral. Las fuerzas contrarias al sistema: republicanos. El carlismo. El movimiento obrero. Economía, sociedad y cultura de la Restauración. La población: volumen y distribución. La economía. La agricultura. La industria y la minería. Las infraestructuras. Comercio y relaciones económicas exteriores. La sociedad: clases altas y medias. Clases trabajadoras rurales y urbanas. La educación y la Institución Libre de Enseñanza. Proyección social de la Iglesia católica. Construcción de una identidad nacional española. El espíritu de la época. El sistema en funcionamiento. Primera experiencia liberal. Paréntesis conservador. El "Parlamento largo". Giro proteccionista de los conservadores. La difícil unidad de los liberales. Las oposiciones al sistema. Los Republicanos. Carlistas e integristas. El problema anarquista. El Partido Socialista Obrero Español. La crisis de fin de siglo. El problema cubano. La situación internacional de España. La guerra de Cuba. La independencia de Filipinas. Después del 98. Bibliografía sobre el reinado de Alfonso XII. 2.El reinado de Alfonso XIII. España a comienzos del reinado. El primer regeneracionismo en el poder. Regeneracionismo y movimientos regionalistas. Viejo y nuevo republicanismo. El gobierno de Maura. El gobierno de Canalejas. La movilización de los católicos. Transformación económica y social. El movimiento obrero: socialistas y anarquistas. España y la Primera Guerra Mundial. Gobiernos de Dato y Romanones. La crisis de la monarquía constitucional. La crisis de 1917. Los gobiernos de concentración. La crisis social de la posguerra. El turno de los conservadores. El catolicismo. Marruecos y Annual. La crisis del sistema. La generación del 98. La generación de 1914 y las artes. La dictadura de Primo de Rivera. El golpe de Estado de Primo de Rivera. El dictador regeneracionista. La reforma política. La Unión Patriótica y los colaboradores de la Dictadura. La persecución del catalanismo. Marruecos y la política exterior de la Dictadura. El Gobierno de 1925: el Directorio Civil. La política económica y social. La Dictadura y los movimientos obreros. Los opositores a la Dictadura. El colapso de la Dictadura. El gobierno Berenguer. El Gobierno Aznar y las elecciones de abril de 1931. La agonía de la Monarquía de Alfonso XIII. Bibliografía sobre el reinado de Alfonso XIII.
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El 29 de diciembre de 1874, en las cercanías de Sagunto (Valencia), el general Martínez Campos, ante una brigada del Ejército, proclamó rey de España al príncipe Alfonso de Borbón. Al éxito del golpe contribuyó la aceptación pasiva por parte de la gran mayoría del Ejército y el escaso apoyo civil que encontró el gobierno presidido por Sagasta. La restauración de los Borbones en el trono de España iniciaba una nueva época, etapa que, aun con más luces que sombras, constituye el sistema más estable y duradero de la historia contemporánea de España. Alfonso XII gobierna entre 1874 y 1885; entre esta fecha y 1902, le sigue la regencia de María Cristina de Austria. Alfonso XIII, hijo de ambos, reinará entre 1902 y 1931, cuando finaliza el periodo con la proclamación de la II República. La Restauración tuvo a su principal figura en Cánovas del Castillo. Excelente orador, su objetivo fue crear un gobierno parlamentario estable en España. Su ideal era el sistema bipartidista inglés, por lo que, en adelante, los conservadores de Cánovas y los liberales de Sagasta se turnarán en el poder. De esta forma, una mayoría gobernará tanto tiempo como le sea posible, cediendo después el puesto a su rival. El sistema liberal propio de la Restauración hubo de enfrentarse a graves enemigos, tanto internos como externos. Entre los primeros, su propia dinámica de pactos falseaba la utilidad de las elecciones, pues el voto estaba controlado por los caciques, con lo que el sistema parlamentario era pura fachada. El cada vez más corrupto y desacreditado sistema engendró antipatía entre las masas de la gente. La respuesta fue la orientación masiva hacia movimientos políticos radicales, como el separatismo, el socialismo o el anarquismo. Especialmente reivindicativo fue el movimiento proletario. Las duras jornadas de trabajo de campesinos y obreros, con jornadas de hasta 14 horas y salarios de miseria, favorecen el surgimiento del movimiento obrero español. La agitación social alcanzó su punto culminante en 1919. Las huelgas se sucedieron, siendo cada vez más radicales y violentas. Frente a esta violencia, la patronal reaccionó creando su propio pistolerismo. El resultado fue catastrófico, radicalizando aun más el conflicto. Uno de los problemas de mayor impacto en la conciencia de la época es la pérdida de los últimos reductos coloniales: Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Carolinas. Especialmente dolorosa es la sublevación de la primera, la "perla del Caribe". Iniciada en 1895, con líderes como José Martí, las tropas al mando de Martínez Campos, primero, y de Weyler, después, apenas pueden contener la rebelión. El estallido del crucero americano Maine, en 1898, fue el pretexto alegado para que los Estados Unidos declararan la guerra a España e intervinieran en Cuba. Muy poco después, la isla ganaba su independencia. Un problema no menor al de Cuba será el de la guerra de Marruecos, ya durante el reinado de Alfonso XIII. La contienda, de carácter colonial, es una auténtica sangría de vidas humanas, pues se lucha en un medio desconocido y hostil. La negativa al embarque de tropas en Barcelona provocará una violenta sublevación popular en 1909, conocida como Semana Trágica. Pese a tanta agitación, en general la población española experimenta un aumento en su calidad de vida. Con la industrialización y el desarrollo tecnológico, las ciudades se hicieron más habitables. La iluminación eléctrica hizo las calles y plazas más seguras. También permitió a las clases medias y populares urbanas prolongar su tiempo de ocio, realizando fiestas o, simplemente, gozando de amplios y modernos paseos. En general, la sociedad urbana albergaba el sentimiento de estar participando de una era de progreso y expansión. Frecuentemente se celebraban grandes exposiciones, en las que se mostraban los últimos adelantos en las materias más diversas. Y también era habitual la creación de museos, con los que se trataba de instruir al público en los más variados saberes. Pero el sistema político se resquebraja. El clima de violencia, el desastre del 98 o la guerra de Marruecos contribuyen a desacreditar a una clase política cada vez peor valorada. El ambiente general es de pesimismo y ansia de renovación. Intelectuales como Unamuno o Costa se interrogan sobre la crisis de conciencia nacional. La inquietud social, la postración económica -pese a los beneficios de la neutralidad española durante la I Guerra Mundial- y los separatismos acabaron por minar el sistema de la Restauración, que da ya sus últimas bocanadas. Éste es el contexto en el que se produjo el golpe de Estado de Primo de Rivera, en 1923, con el beneplácito de Alfonso XIII y el de buena parte de la población. El importante apoyo inicial se va diluyendo a medida que el monarca y la Dictadura pierden partidarios: pronto, en 1931, llegará el momento del triunfo para la oposición republicana.
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El 29 de diciembre de 1874 se produce, cerca de Sagunto, el pronunciamiento del general Martínez Campos, en el que es proclamado rey de España el príncipe Alfonso de Borbón. Mediante este golpe, los Borbones son restaurados en el trono de España, en la persona de Alfonso XII, y pasarán a regir los destinos del país durante las siguientes seis décadas. Alfonso XII gobierna entre 1875 y 1875; entre esta fecha y 1902, le sigue la regencia de María Cristina de Austria. Alfonso XIII, hijo de ambos, reinará entre 1902 y 1931, cuando se proclama la II República. En general, la Restauración ha sido una etapa valorada de forma negativa. El sistema político liberal, especialmente después del Desastre del 98, ha sido muy criticado. Sin embargo, se trata de un periodo que, aun con luces y sombras, supo constituir el sistema más estable y duradero de la historia contemporánea de España. Ya en el siglo XX, durante el reinado de Alfonso XIII se producen importantísimos cambios en la política y en la sociedad españolas, pudiéndose afirmar que es una etapa de modernización.
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A su llegada a Arles en el invierno de 1888, Van Gogh se alojó durante una temporada en el Hotel Restaurante Carrel que aquí vemos representado. Debido a discrepancias con el dueño, en mayo de ese año Vincent abandonó la habitación para irse a vivir al café de la estación regentado por la familia Ginoux con la que entablará amistad. Este trabajo debemos encuadrarlo en la serie de escenas en las que Vincent se siente interesado por las luces nocturnas, concretamente las iluminaciones artificiales de las lámparas de gas. La atmósfera anaranjada que se recoge es característica de este tipo de iluminaciones como también pone de manifiesto en el Café nocturno. Las mesas se nos presentan vacías en primer plano, intentando introducir al espectador en la composición al colocar una mesa en nuestro espacio, de la misma manera que hacía Degas en sus composiciones. Las botellas vacías de licor sirven de enlace con el fondo más poblado, apreciándose a los parroquianos y a las camareras para cerrar el espacio con los cuadros que decoran la pared. Los colores vivos empleados otorgan una sensacional alegría al conjunto, contrastando con la tristeza del mismo espacio a la mañana como se presenta en Interior de un restaurante en Arles.
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En el verano de 1887 Vincent solía acudir con frecuencia a Asnières - un pueblecito al norte de París muy visitado por los amantes de las actividades fluviales - acompañado de Bernard y Gauguin. El restaurante de la Sirène era uno de los más famosos y el pintor quiso inmortalizarlo en este lienzo siguiendo las pautas del puntillismo tomando como referencia a su amigo Signac. Las líneas cortas dominan a los puntos, otorgando así una gran viveza a la superficie como Vincent había aprendido de Anton Mauve e indirectamente de Rubens durante su estancia en Amberes. Estas obras de Asnières - véase el Interior de un restaurante o Pescador y barcas junto al puente de Clichy - son escenas plenas de alegría, empleando un colorido vivo con rojos, verdes, azules o amarillos, plasmando en el lienzo una instantánea moderna, sin ninguna profundidad transcendental, muy similares a las ejecutadas por Toulouse-Lautrec. El interés del artista por plasmar un momento de luz concreto y la sensación ambiental creada le acercan al Impresionismo, aunque los jóvenes creadores intentaran superarlo.
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Van Gogh sentirá una especial admiración por las luces del atardecer - e incluso las nocturnas - como podemos apreciar en esta imagen del restaurante de la Sirène, contrastando con el Restaurante Rispal realizado a plena luz del sol. De esta manera, Vincent enlaza con el Impresionismo al interesarse por ofrecer diferentes imágenes de un mismo objeto ofreciendo la variación de luz y color, mostrando así la instantaneidad de la pintura. El edificio se presenta al fondo mientras en primer plano se muestra un campo florido típico de la primavera. Las luces del ocaso se contemplan tras la silueta del restaurante, engalanado con banderas francesas. Dos árboles dotan de verticalidad a la composición, elaborada con una pincelada rápida y empastada, cercana al Puntillismo. Los colores van tomando protagonismo en la obra del holandés, convirtiéndose en la seña identificativa de la pintura de Van Gogh.
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En esta obra las masas de colores se funden entre sí o se contraponen sin necesitar de la línea, llegando a formar un ritmo lineal que sólo en lo decorativo adquiere sentido. Juegos de luces, colores transformados por ellas y con ellas contrastados. La anécdota llega a perderse en esas distribuciones de las formas, los colores y la luz crecen y se desenvuelven en un espacio libre y abierto.