Fotografía cedida por la Sociedade Anónima de Xestión do Plan Xacobeo
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Mientras los gremios se mantenían a la defensiva, adquirieron progresivamente importancia las formas de organización capitalista, bien en los oficios libres -la impresión de libros es uno de los ejemplos característicos- o, muy señaladamente, en el mundo rural. No nos referimos, por supuesto, a los pequeños artesanos autónomos ni a los dedicados a la transformación de productos agrarios (elaboración de aguardiente o, en ciertos países, fabricación de malta para la industria cervecera, por ejemplo), sino a la producción de artículos de consumo destinados al comercio supracomarcal (nacional o internacional). La ruralización de la industria conoció un vigoroso desarrollo al menos a partir del siglo XVII, pero se trataba, en realidad, de un fenómeno muy antiguo, como también lo era la forma mayoritariamente adoptada en su organización -de origen medieval, existía en ciertas zonas europeas con seguridad, afirma F. Braudel, desde la expansión del siglo XIII; en la Europa oriental, sin embargo, comenzaba a desarrollarse ahora-, denominada verlagssystem por la historiografía alemana, putting- out system por la inglesa y que en los idiomas latinos tiende a identificarse con la expresión más imprecisa de industria dispersa o industria a domicilio. Su funcionamiento, en esencia, se basaba en que un mercader-empresario (verleger en alemán: de ahí su nombre), procedente del mundo del comercio o, en menor medida, del artesanado (en este caso, solía ser de los especializados en las últimas fases de la producción) y auxiliado a veces por una red de intermediarios, proporcionaba materia prima y salario a diversos campesinos para que en sus propios domicilios, a tiempo parcial (durante los tiempos muertos de la agricultura) y con la participación de varios miembros de la familia, elaboraran determinados productos que, finalmente, el citado mercader recogía y comercializaba. El sistema, sin embargo, no era rígido y podía presentar variantes en función, por ejemplo, de la dedicación temporal de los aldeanos (había también artesanos a tiempo completo) o de su grado de dependencia con respecto al mercader-empresario: aquéllos que eran propietarios de los utensilios de trabajo disfrutaban de cierta autonomía (para trabajar en algún momento por cuenta propia, para negociar con varios mercaderes... ) de la que carecían quienes habían de arrendarlo, y a precios frecuentemente elevados, al verleger, a quien quedaban vinculados. De todas formas, la dependencia del artesano era deseada y buscada siempre por los mercaderes-empresarios; los préstamos y adelantos a los campesinos en momentos de dificultades constituyeron la vía más habitual para conseguirlo. El caso de artesanos rurales, propietarios de los instrumentos de trabajo y de la materia prima -se daba sobre todo cuando ésta era fácilmente accesible, como solía ocurrir con el lino y el cáñamo-, que vendían directamente el producto al mercader urbano o a algún intermediario suyo, rural o urbano, no suscita unanimidad entre los historiadores: para unos es una simple variante del verlagsystem, mientras otros lo individualizan y denominan con el término alemán kaufsystem (literalmente, sistema de compra). Debemos señalar, por último, que no era raro que los complejos procesos de elaboración de algunos productos requirieran de toda una cadena de artesanos rurales, ni que éstos efectuaran las tareas menos especializadas, quedando las de acabado para el personal más cualificado de los talleres urbanos. El traslado al campo de la industria situaba a los mercaderes en posición ventajosa para competir con la producción gremial, al eludir las reglamentaciones y los altos salarios urbanos. Permitía, pues, experimentar e innovar en materias primas y calidades del producto, pudiendo responder con mayor agilidad que en el marco gremial a las necesidades y gustos cambiantes de la demanda (hay que advertir, no obstante, contra la tendencia a exagerar este aspecto: el ritmo de los cambios en el siglo XVIII era mucho más lento de lo que un lector de finales del siglo XX tiende a imaginar). Los costes de infraestructura, por otra parte, no solían ser elevados: el taller era casi siempre el propio domicilio del campesino; el instrumental, mediocre y de larga duración, y los posibles desembolsos necesarios para su renovación o sustitución por nuevos ingenios podían y solían desviarse hacia el trabajador, obligándole a su alquiler. Y los salarios eran extremadamente bajos, debido a la desprotección, dispersión y docilidad de la mano de obra, la consideración por parte de ésta del trabajo artesanal como actividad complementaria la alternativa, en cualquier caso, seria la inactividad o, quizá, la emigración temporal- y el frecuente y hasta mayoritario empleo de mujeres y niños. Y cuando los mercaderes se limitaban a comprar los productos acabados, eran también quienes fijaban los precios a su conveniencia. Fue un fenómeno bastante generalizado, aunque no universal: "Europa no era una inmensa fábrica", dice gráficamente M. Garden. Lo encontramos, por ejemplo, en el Lancashire inglés y en Silesia, en los Países Bajos austriacos y en el Ulster, en la Francia del Norte y el Oeste y en Bohemia, en el valle del Po y en algunas zonas de Rusia, pero fue bastante débil en la mayor parte de la Europa mediterránea, en comarcas poco pobladas, en muchas zonas marítimas... La industria textil fue, con mucho, la más afectada (la mayor parte de los ejemplos citados se refieren a ella), pero se dio también en otras ramas, como la metalúrgica -cuchillerías y fábricas de armas y alfileres de Sheffield, Birmingham, Solingen, Lieja y Thiers, por ejemplo- o en la relojería inglesa y suiza. Su ámbito preferente, aunque no único, estuvo constituido por las zonas agrícolas poco fértiles, las áreas de montaña y ganaderas y los alrededores de ciertas ciudades, originándose auténticas "nebulosas industriales" -expresión acuñada por la historiografía francesa- a veces de considerables dimensiones. Unos 30 mercaderes de Langres y Nogent-en-Bassigny, por ejemplo, daban trabajo a más de 6.000 cuchilleros de diversos pueblos situados en un radio de varias decenas de kilómetros del entorno. En el ramo del textil se pueden citar casos aún más llamativos, como el de los más de 15.000 campesinos que en el entorno de Sedán trabajaban para los 25 negociantes de la ciudad. Fenómeno predominantemente rural, afectó en ocasiones negativamente a la economía urbana. En Amberes, por ejemplo, los 7.500 artesanos del lino de mediados del siglo XVII se habían reducido a 700 en 1738. Pero no siempre fue así. Por lo pronto, era un sistema dirigido desde las ciudades, donde residían los mercaderes-comerciantes y desde donde se llevaba a cabo la comercialización, aprovechando muchas veces las redes comerciales creadas con anterioridad. Además, también penetró, ocasionalmente, en el mundo urbano. Preferentemente, en ciudades donde no había gremios o donde existían oficios libres. Verviers, en el principado de Lieja, es ejemplo casi obligado: fue no sólo cabeza (residía en la ciudad la veintena de mercaderes-fabricantes, de los que sobresalían siete u ocho) sino también, con más de 1.500 tejedores, tundidores y cardadores, notable eslabón de un vasto taller lanero (lana de origen español, por cierto) que sobrepasaba los límites del principado y se extendía por el Limburgo valón. Hubo también ciudades en que las reglamentaciones corporativistas no lograron impedir la acción de los mercaderes, que a veces contaron incluso con la complicidad de los propios dirigentes gremiales. En Lyon, por ejemplo, 300 o 400 fabricantes sederos (de los que medio centenar controlaban más de la mitad del negocio) daban trabajo en la segunda mitad del siglo a 7.000 tejedores, conocidos popularmente como canuts. Por último, y como hemos señalado, era frecuente la complementariedad entre el mundo rural y el urbano, donde podían realizarse las tareas de acabado, que precisaban de mayor capacitación técnica, solían estar mejor remuneradas y podían requerir mayores desembolsos de capital. En los Países Bajos austriacos los lienzos tejidos en el campo se terminaban, blanqueaban y teñían en Brujas, Courtrai, Roulers y Gante, ciudad esta última donde, además, se comercializaba más de la mitad de la producción. A veces, las tareas de acabado se realizaban de forma concentrada, en locales propiedad del mismo verleger, que se aseguraba así el control definitivo de la producción para proceder a su venta. El número de operarios que trabajaban en estos talleres era, sin embargo, reducido: en los casos más notables (en Verviers, por ejemplo) no sobrepasaban el 25 por 100 del total y la proporción era casi siempre sensiblemente menor. El desarrollo de la industria rural dispersa en el siglo XVIII está en la base de la reciente formulación del concepto de protoindustrialización, que se aplica a un determinado período histórico (no anterior a mediados del siglo XVII), enmarca la producción industrial en un amplio contexto socioeconómico e indaga sobre su evolución futura. Difiere esencialmente, por lo tanto, del apelativo preindustrial con el que se alude genéricamente a la larga época anterior a la industrialización y a los diversos tipos de organización industrial en ella existentes y es, por otra parte, más amplio que el de verlagsystem, que designa un tipo concreto de organización. Definido por Frederik Mendels (1972), matizado después por Peter Kriedte y otros historiadores, el modelo protoindustrial (cuya formulación ha sido un poderoso estímulo de la investigación en este campo en los últimos años) toma como punto de partida esa industria rural dispersa cuyas características acabamos de ver y a las que hay que añadir su influencia estimulante de la agricultura comercial, al precisar los campesinos-artesanos adquirir en el mercado parte de las subsistencias que no producían. Los rasgos definitorios se completan con una serie de hipótesis. El aumento de los ingresos de los campesinos-artesanos por su doble actividad habría permitido el adelanto de la edad de matrimonio, causante del aumento demográfico que abarataría la mano de obra y generaría el excedente necesario para la industrialización. La expansión de la industria rural terminaría por poner de manifiesto, en las últimas décadas del siglo, los límites del sistema: restringida capacidad de producción al estar condicionada a los resultados agrarios (los campesinos, cuya actividad prioritaria seguía siendo la agricultura, sólo tendían a aumentar aquélla los años de malas cosechas, reduciéndola cuando mejoraban); aumento de costes al dificultar la cada vez mayor dispersión geográfica el reparto de la materia prima -de cuyos supuestos o reales robos por parte de los campesinos se quejaban, además, con frecuencia los mercaderes- y la recogida del producto; desigual calidad de éste... La superación de estas tensiones se realizaría mediante la innovación tecnológica y la concentración fabril. La protoindustria, que había supuesto la penetración del capital comercial en la esfera de la producción y había facilitado la acumulación de capitales en manos de terratenientes y mercaderes-empresarios con una notable experiencia en cuanto a organización industrial y comercio, daría paso al nuevo empresariado industrial, con sus capitales invertidos en fábricas mecanizadas y concentradas. Por otra parte, la especialización agraria propiciada o acelerada por la protoindustria llevaría a la consecución de excedentes agrarios y a la reducción de los precios de los alimentos. En resumen: la protoindustrialización habría constituido la primera fase del proceso de industrialización, contribuyendo decisivamente a los cambios esenciales en el uso de la tierra, la mano de obra, el capital y la iniciativa necesarios para la revolución industrial. Las críticas al modelo, sin embargo, han sido numerosas y ni siquiera han perdonado el vocablo elegido para designarlo. Se señala, por ejemplo, que los rasgos característicos de la protoindustria pueden encontrarse en algunas zonas en la Edad Media: ¿podrían relacionarse con la industrialización moderna? También se ven desajustes entre la dimensión regional aceptada en el modelo y su extensión real, que en unos casos desbordaba y en otros era más reducida que la región geográfica. Además, el verlagsystem, como sabemos, no se limitaba al mundo rural ni los bajos salarios agrarios fueron el único factor que atrajo la industria al campo; los sistemas de herencia y el tamaño de las explotaciones agrarias, la intensidad del control señorial, la disponibilidad de materias primas, la posibilidad de usar energía hidráulica, la proximidad de tierras libres, entre otros factores, también condicionaron la extensión de la industria rural, señalará D. C. Coleman para el caso inglés. Parece, además, olvidarse la contribución a la industrialización de sectores -minería, papelería, molinería, etc.- distintos al textil y ciertas ramas de la metalurgia en los que se centraron los estudios sobre la protoindustria. Y los casos en que las tensiones provocadas por el desarrollo de la industria rural desembocaron en la industrialización -Lancashire, Yorkshire, Lille, Alsacia, Renania, Sajonia- se contrarrestan con muchos otros West Country, East Anglia, Ulster, Bretaña, Silesia, Languedoc, Flandes, Bohemia- en que la evolución fue la contraria: la desindustrialización (término, por cierto, también discutido: ¿no habría que decir más bien desprotoindustrialización?). La posibilidad de que se produjera esta dicotomía, ciertamente, fue incorporada al modelo por P. Kriedte y sus colaboradores. Ahora bien, la explicación requerida por cada uno de estos casos es compleja y no parece haber elementos que permitan aventurar, a priori, cuál sería el destino final de cada uno de ellos, lo que cuestiona su inclusión en un modelo común. Y dicha generalización tampoco se consigue invocando las ventajas comparativas entre regiones (la especialización regional agraria o industrial se explicaría en función de la idoneidad de las condiciones naturales de cada una para las diversas actividades) ni, mucho menos, por factores extraeconómicos, como la pervivencia o sustitución de los valores tradicionales del campesino, ajenos a la lógica del mercado (que, además, no estaba totalmente ausente de la mentalidad tradicional; habría que aclarar, en cualquier caso, por qué en unos casos pervivió aquélla y en otros se sustituyó por la nueva mentalidad). Finalmente, Maxine Berg ha criticado la orientación excesivamente evolutiva y genética en las explicaciones de los orígenes de la industrialización. Se tiende a ver, dirá, la factoría centralizada como el modelo al que casi necesariamente se encaminan las otras formas de organización, meros antecedentes de aquélla, cuando la característica esencial, desde el punto de vista organizativo de la industria en el siglo XVIII, habría sido precisamente el polimorfismo, la coexistencia, incluso en el seno del mismo ramo, de diversas formas de organización, desde las diversas modalidades del putting out system hasta la empresa fabril, pasando por formas de producción artesanal más tradicionales y por agrupaciones cooperativas de varios artesanos: la elección entre uno u otro dependería de multitud de factores entre los que destacaría la eficacia productiva y los costes. En definitiva, el modelo protoindustrial constituiría una fase posible, pero no necesariamente general, en el desarrollo industrial de Europa.
estilo
<p>Movimiento artístico que surge en Inglaterra a mediados del siglo XIX constituido por Millais, Hunt y Rossetti -fundadores de la Hermandad de los Prerrafaelitas en 1848- que tiene como objetivos luchar contra el academicismo, los males de la sociedad industrial y el convencionalismo de la época victoriana. Intentan recuperar un arte más espontáneo, buscando la inspiración en la naturaleza y en los maestros antiguos del Renacimiento, anteriores a Rafael -de donde procede el nombre-. Su temática favorita varía entre el intimismo burgués, asuntos de la vida moderna, episodios inspirados en la literatura y escenas religiosas. Manifiestan cierta influencia de los nazarenos alemanes, inspirándose también en ocasiones en la temática medieval. Buena parte de sus obras están envueltas de poesía, anticipando movimientos de vanguardia, especialmente el modernismo y el simbolismo. La crítica y el público no recibió de buen grado las obras de los prerrafaelitas, publicando éstos la revista "The Germ" para hacerse una necesaria propaganda que sirvió para contar con la inestimable defensa del crítico John Ruskin, defensor también de la pintura de Turner. Los integrantes de la Hermandad pronto tomaron su propio camino pero artistas como Burne-Jones, F. Madox Brown, Leighton o William Morris no dudaron en adherirse al movimiento, incorporando una crítica más virulenta al arte oficial de la Inglaterra victoriana.</p>
Personaje
Escultor
Su primer trabajo fue como adornista, pero su interés por la escultura le animó a dejar este oficio y a solicitar su ingreso en el taller de David d'Angers. Sus creaciones quedan inscritas en la corriente romántica, por lo que durante años sus obras fueron rechazadas en distintas exposiciones. Entre estas hay que citar Gilberto moribundo, Dos pobres mujeres o La reina de Saba. También fue el autor del Monumento de Arístides Ollivier y La Paz.
contexto
El clima intelectual existente en el Brasil de finales del siglo XVIII estaba caracterizado por la importante influencia de la Ilustración. El clima de debate intelectual que se vivía entre la elite brasileña propició la creación de la Academia Científica y de la Sociedade Litéraria y facilitó la discusión y difusión de las ideas renovadoras procedentes de los Estados Unidos y de la Revolución Francesa. Pero al igual que ocurrió en las colonias españolas, sólo algunos grupos reducidos y cultos pudieron acceder directamente a las fuentes de las nuevas ideas y, por lo tanto, sólo ellos fueron afectados por esta profunda renovación ideológica. Estos grupos estaban localizados fundamentalmente en Bahía y Río de Janeiro, que eran los principales centros de poder del Brasil colonial. Pese a sus aparentes contradicciones, los plantadores bahianos y la burocracia carioca funcionaban como grupos complementarios, especialmente frente a los intentos de otros sectores regionales, como el desarrollado en Minas Gerais a la sombra de la expansión de la minería del oro. Al igual que en la América española, en Brasil se produjeron en los últimos años del siglo XVIII y principios del XIX una serie de rebeliones, tratadas por muchos historiadores como precedentes de la independencia, pero que en numerosos casos tienen una lógica propia sin contactos con la emancipación y muchas veces de un claro contenido antifiscal. La primera de estas rebeliones es la conocida como "conspiración mineira" y por su propia condición es la que ha merecido mayor atención por parte de los estudiosos. La conspiración se produjo en Ouro Preto, un centro minero en decadencia en la región de Minas Gerais, y fue encabezada por un pequeño grupo de intelectuales locales y otros provenientes de Sáo Paulo. El movimiento tuvo una clara influencia de las ideas independentistas provenientes de América del Norte y también del liberalismo de raíz europea. Entre los líderes de la asonada se encontraban algunos clérigos, un notorio terrateniente local y dos oficiales de dragones, uno de los cuales era el famoso Tiradentes. El principal objetivo de los conspiradores, que no llegaban a veinte, era el establecimiento de una república democrática en Minas Gerais, que derogaría las restricciones que dificultaban las exportaciones de oro y diamantes, estimularía la producción manufacturera y condonaría la deuda con Portugal. El golpe había sido meticulosamente planeado y debería estallar cuando el gobernador anunciara el cobro de la derrama, un impuesto muy gravoso e impopular. Este hecho nos pone sobre aviso del contenido antifiscal del movimiento. Los conspiradores contaban con la existencia de un fuerte sentimiento de rechazo hacia el impuesto entre los sectores populares, de modo que pensaban incorporar a la causa republicana a los numerosos descontentos con la política tributaria. Gracias a algunas filtraciones el gobernador pudo conocer perfectamente lo que se estaba tramando y tras suspender el cobro de la derrama se dedicó a reprimir a los complotados, que habían hecho gala de una gran ingenuidad e inexperiencia. Cinco de los principales líderes fueron expulsados a Angola y el máximo cabecilla, Tiradentes, fue ejecutado, convirtiéndose así en el primer mártir de la emancipación brasileña. En los años siguientes se produjeron otros conatos de rebelión, que fueron igualmente frustrados. Esto ocurrió con el movimiento de 1794 en Río de Janeiro, de marcada influencia ilustrada, o con la "conjura de los sastres" que tuvo lugar en Bahía en 1798. Este último fue severamente reprimido debido a las órdenes emanadas de la corte, ya que se temía que entre los esclavos negros y los mulatos se propagaran las ideas revolucionarias, conduciendo a procesos de una violencia similar a la desencadenada en Haití. El trágico ejemplo caribeño había escarmentado a los gobernantes coloniales portugueses y la prueba de que los temores no eran infundados fue el levantamiento de los esclavos urbanos y rurales, que en 1807 asoló la región de Bahía. Este movimiento fue castigado con numerosas ejecuciones y una dura represión.
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La captación del rostro humano por medio de una interpretación artística se remonta a las primeras grandes civilizaciones de la tierra. Después de un momento inicial, la Prehistoria, en el que no hay apenas retratos, es a partir de culturas como Egipto (por ejemplo, en los tardíos retratos de El-Fayum) o las de Mesopotamia (Sumer, Acad, Babilonia, Persia) cuando surge la necesidad de captar la imagen de los personajes más destacados de esos territorios. En un principio, el arte se muestra al servicio de las clases dirigentes (reyes, faraones, alto clero) que empiezan a comprender el enorme poder que tiene la imagen como vehículo transmisor de mensajes de poder o riqueza. A todos los efectos, la imagen de un dirigente le representa enteramente, es él mismo, por lo que se imponen lenguajes con tendencia a la simplificación, a la abstracción de perfiles y volúmenes. Pero al mismo tiempo surge la otra gran opción estilística que va a perdurar en los siglos posteriores: el naturalismo, la recreación más o menos fidedigna de los rasgos del ser humano, de lo que le diferencia del resto. A este respecto, el periodo "amarniano" del Imperio Nuevo egipcio - hacia el s. XIV a.C. - supone una verdadera revolución, una lección para el arte de otras culturas, como la griega o la romana. Allí aparecen hombres y mujeres alejados de cualquier idealización: ancianos, feos, decrépitos... y, sin embargo, se están plantando las bases del arte como testimonio fundamental de la historia de la Humanidad. Egipto ejerció una influencia decisiva en las culturas del Egeo, en el Mediterráneo Oriental, especialmente en la griega. Así, por ejemplo, en los frescos del palacio cretense de Cnosos vemos desfilar a mujeres coquetas y hombres musculosos, cuya imagen está destinada a reflejar el sofisticado nivel de vida alcanzado. En las fases posteriores del arte griego, el retrato se convirtió en el testimonio perfecto de que se había alcanzado un nuevo grado de civilización. Los valores de libertad y democracia tuvieron que concretarse en una imagen renovada del ser humano, en unos retratos a medio camino entre la idealización y el naturalismo, como en el retrato de Pericles (s. V a.C.) en el periodo clásico o, ya en el helenístico, el de algunos filósofos. Pero aún faltaba un paso más para entrar en la concepción plenamente occidental del retrato. Ese protagonismo le correspondería a Roma, primero en su período republicano, más tarde en el imperial. Existían numerosas razones para ello: la copia de esculturas griegas, un sentimiento exacerbado del individualismo, el orgullo de saberse los dueños de casi todo el mundo conocido, etc. Frente a las concepciones previas del retrato, en Roma se impone el valor exclusivo de documento de época: veremos aparecer senadores, cónsules, emperadores, pero también la narración de las batallas y de los triunfos cosechados en todos los lugares. Esa preeminencia del naturalismo en el retrato romano vendría a ser reprimida por la llegada de una nueva religión, el cristianismo, que valoró la belleza espiritual sobre la física. Éste es el rasgo decisivo en la evolución del retrato en el milenio siguiente, y a través de periodos como el prerrománico, el románico o el gótico los retratos descriptivos son minoría, arrinconados ante la temática religiosa, que consideraba la imagen en términos de educación moral y no de narración. A finales de la Edad Media, una serie de acontecimientos permite iniciar una nueva etapa para la Humanidad: de manera progresiva el hombre sustituye a Dios como centro del universo. Cada uno ocupa su propia parcela y la del hombre es el conocimiento del medio natural, del mundo físico. Como siempre había sucedido, otra vez será el retrato el género artístico encargado de mostrar con toda nitidez el alcance de esas transformaciones. Pronto surgen dos núcleos geográficos donde irradian las nuevas imágenes: los Países Bajos e Italia.
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La pintura española de la primera mitad del siglo XVIII responde todavía a los postulados estéticos del pleno barroco decorativo conformados en la segunda mitad de la centuria anterior (Rizzi, Carreño, Coello...), actualizados con nuevos bríos a finales de siglo con las aportaciones decorativistas de Luca Giordano. Esa pintura barroca castiza, representada por Antonio de Palomino, se va a prolongar, con escasa capacidad innovadora, hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XVIII. Sólo el ámbito cortesano se vio afectado estéticamente con la llegada de pintores de Corte franceses (Houasse, Ranc, L. M. van Loo) o italianos (Procaccini, Bonavia, Rusca, Sani), llamados por Felipe V para atender las necesidades de retratos oficiales o para decorar con frescos y lienzos los Reales Sitios. Serán algunos de estos pintores italianos, llegados en las décadas de 1720 y 1730, los primeros que aporten en sus pinturas españolas la nueva sensibilidad rococó que estaba comenzando a triunfar en Roma, Nápoles y Venecia. Si en la escasa producción de Andrea Procaccini, residente en España entre 1720 y 1730, se atisba un aire prerrococó, será en las alegorías pintadas al fresco por Bartolomeo Rusca, residente en la Corte desde 1734 hasta su muerte en 1750, en los techos de diversas estancias y salas del palacio de La Granja -La Gloria de los príncipes coronando a un guerrero conducido por la Victoria, 1744-, en las que ya encontremos puestas de manifiesto la gracia y la delicadeza rococós. Por lo que se refiere a pintores españoles se observan una atmósfera y una delicadeza cromática que anuncian la sensibilidad rococó, especialmente en algunas obras de Miguel Jacinto Meléndez (1675-1734), como la Anunciación (1718) de colección particular madrileña. Asimismo, los jóvenes pintores de cámara Juan Bautista Peña (1710-73) y, de forma más acusada, el aragonés Pablo Pernicharo (hacia 1705-60), pensionados en Roma, discípulos de Agostino Masucci, muestran en sus obras de la década de 1740 una simbiosis entre lo barroco académico de filiación maratiana y lo rococó. En el Sacrificio de Elías de Pernicharo, firmado y fechado en 1743 (iglesia de San José, Madrid), se detectan dentro de su academicismo formal una cromatura y unos toques de pincel que denotan las relaciones que en Roma había tenido con Giaquinto. Fuera del ámbito cortesano hay que destacar entre los primeros iniciadores de la pintura rococó en España a dos jóvenes pintores formados también en Italia. Uno de ellos, el valenciano Hipólito Rovira y Brocandel (1693-1765), discípulo de Sebastiano Conca en Roma y amigo de Giaquinto, fue una de las figuras malogradas para la pintura rococó, debido a su temperamento depresivo que acabaría en locura, lo que le impidió desarrollar una carrera pictórica regular. En sus momentos de lucidez, aparte de diseños decorativos pintó retratos y temas religiosos, como el techo del camarín de San Luis Beltrán en la iglesia de Santo Domingo, o lienzos para la ermita de San Valero, todo en la ciudad del Turia. El otro pintor pionero del Rococó fue el zaragozano José Luzán Martínez (1710-85), formado entre 1730 y 1735 en Nápoles con Giuseppe Mastroleo, y conocedor y admirador de la obra de Sebastiano Conca. A su vuelta a Zaragoza, tras ser nombrado Pintor Supernumerario de la Real Casa (1741) por Felipe V, pinta al temple la cúpula de la capilla de San Antonio (iglesia de Alagón, Zaragoza, hacia 1740) y los lienzos de la capilla de Santa María Magdalena (iglesia de La Asunción de Ricla, Zaragoza, hacia 1745-50), que suponen la irrupción de la sensibilidad rococó en Aragón.
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Las leyes judías sobre la impureza son sumamente precisas, considerando que lo impuro es contaminante y debe ser eliminado mediante baños y rituales. Estas leyes son especialmente rígidas con los alimentos. Las leyes judías sobre la alimentación reciben el nombre genérico de kashrut, de la palabra hebrea kasher (apto) o kosher, según la pronunciación ashkenazí y yiddish. Para los judíos, los seres humanos primitivos eran vegetarianos, siendo el consumo de carne una concesión de Dios tras el Diluvio. Sin embargo, no todos los animales pueden ser comidos y, aquéllos que sí lo son, deben ser tratados de una manera específica. De las aves y mamíferos aptos para el consumo debe ser extraída toda la sangre, pues ésta es tenida por la fuerza de la vida y no adecuada para el consumo humano. Los animales deben ser sacrificados del modo (shechita) más rápido e indoloro posible. Con un cuchillo muy afilado, el matarife (sochet) -que para poder serlo debe observar una intachable conducta religiosa- debe seccionar las venas del cuello con un golpe seco, evitando sufrimiento al animal y facilitando su sangrado completo. La carne debe ser lavada varias veces antes de ser consumida, eliminando los restos de sangre. Las leyes judías citan una serie de animales impuros, como el cerdo. Además, son impuros e inaptos para el consumo humano los mamíferos que tienen la uña hendida y rumian; entre los peces, los que tienen espinas y escamas; y entre las aves, las rapaces, las gallináceas, la paloma, la tórtola, la codorniz y los ánades. También está prohibido tomar alimentos manipulados por un no judío o mezclar la carne con la leche, debiendo esperarse un tiempo antes de consumir leche después de haber comido carne.
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Una de las consecuencias más espectaculares que aportó la gran depresióm de fines de la Edad Media fue el baile experimentado por los precios y por los salarios. Ello explica que los poderes públicos se vieran obligados a tomar decisiones drásticas en ese sentido, por más que resultaran de hecho inútiles en la práctica. Nos referimos, claro es, a los ordenamientos de precios y de salarios, tan abundantes en la Europa del siglo XIV. Dichos ordenamientos tenían como finalidad esencial fijar los topes máximos que debían alcanzar unos y otros. Lo habitual era que en los años malos los precios de los productos alimenticios subieran, a veces de forma aparatosa. "El pan e la carne encarescen de cada día", se dijo, muy expresivamente, en las Cortes de Castilla celebradas en Burgos en el año 1345. Sin duda ese encarecimiento obedecía, ante todo, a las catastróficas cosechas que acababa de padecer dicho Reino. Simultáneamente el descenso de la mano de obra, a consecuencia de las mortandades, derivó en un aumento de los salarios que cobraban los jornaleros. "Aquellos que yvan labrar demandavan tan grandes preçios e ssoldadas et jornales, quelos que avian las heredades non las podian complir", se dice en el preámbulo a uno de los ordenamientos de menestrales aprobados en las Cortes de Valladolid de 1351. No deja de ser altamente significativo que en esa misma fecha se hubiera aprobado en Inglaterra un texto de características similares, el "Statute of Labourers", elaborado pare hacer frente al alza de los salarios experimentada en aquel país. Sin embargo, sería erróneo sacar la conclusión de que la crisis bajomedieval provocó un incremento, sin más, de los precios y de los salarios. La cuestión fue, ciertamente, mucho más compleja. Los productos agrarios se encarecían en los momentos de dificultades. Veamos un ejemplo muy llamativo: el precio del trigo en París se multiplico por cinco entre mediados de 1314 y finales de 1315, y en Inglaterra se triplicó por las mismas fechas. Pero pasada la tormenta los precios citados no sólo volvieron a sus cotas iniciales, sino que evolucionaron a la baja. Los jornales, por el contrario, mantuvieron su línea ascendente. Así las cosas, la crisis del siglo XIV provocó, en última instancia, una profunda distorsión entre los precios de los productos agrarios, por una parte, y los salarios de los jornaleros del campo y de los artesanos, por otra. Los casos estudiados confirman claramente este aserto. En el obispado inglés de Winchester el precio del grano pasó de una base 100, en las dos primeras décadas del siglo XIV, a otra 79, a mediados del mismo siglo, y a una base 68 en los inicios de la decimoquinta centuria. Paralelamente los salarios de los jornaleros ascendían, en idénticas fechas, desde una base 100 a otras 117 y 130. Parecidas consideraciones pueden hacerse si nuestro punto de mira se centra en los datos procedentes de la comarca francesa de Ile-de-France, en donde el trigo valía, a mediados del siglo XV, un 30 por 100 menos que en los albores del siglo XIV, en tanto que los salarios de los jornaleros se hallaban en 1420 en una cota casi cuatro veces superior a la alcanzada cien años antes. Por su parte, el salario de los viñadores de Marsella, que oscilaba entre los 10 y los 15 denarios en los albores del siglo XIV, se situó en una banda de 48 a 60 denarios en el periodo 1349-1363, y alcanzó los 60-72 en las primeras décadas del siglo XV. Cambiemos de escenario. El estudio efectuado sobre los precios de los cereales en los Países Bajos, a partir de datos procedentes de las ciudades de Brujas y de Gante, revela asimismo bruscas oscilaciones, con elevaciones espectaculares en los malos años, pero posteriores caídas, hasta llegar a situarse en los valores de partida o aún inferiores. Así, por ejemplo, el precio del trigo, sobre una base 100 en el año 1364, había descendido a una base 80 en 1395, pero entre ambas fechas había subido en 1369 a una base 134. Puede afirmarse, por lo tanto, que la crisis afectó muy profundamente al medio rural, que fue su principal víctima. Pero incluso es posible matizar más esa afirmación, en el sentido de que la peor parte se la llevaron los cereales. W. Rosener lo ha dicho a propósito de Alemania: "la gran depresión fue básicamente una crisis del cultivo de cereales: la cría de ganado, la viticultura y los cultivos intensivos muestran incluso una tendencia ascendente". Esta idea, aunque con algunas matizaciones, creemos que puede predicarse para el conjunto de la Europa cristiana. En concreto, la caída del precio de los productos del campo afectó principalmente a los granos, siendo mucho menor su incidencia en el vino o en los productos de origen animal.