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Nie
lugar
Esta bella villa onubense se encuentra a 30 kilómetros de la capital, en la llamada Tierra Llana de Huelva, formando frontera con el Algarve portugués gracias al curso del río Guadiana. La importancia de Niebla viene dada por su situación, en uno de los primeros recodos del río Tinto, existiendo evidencias de habitación en la zona en los milenios IV-III a.C. Pero será a finales de la Edad de Bronce cuando Niebla se manifieste como el centro neurálgico del territorio que la rodea. En estas fechas existen ya restos de murallas, fruto del intenso comercio de metal de plata con los fenicios. La población entra en la órbita romana a raíz de la Segunda Guerra Púnica, en los inicios del siglo II a.C. Se la conoce como Ilipla y de su importancia dan fe las monedas allí acuñadas, los restos del acueducto y el famoso puente, todavía en uso y muy bien conservado. Será en el año 713 cuando la Ilipla romana caiga en manos musulmanas, concretamente de un grupo de origen yemení. En el año 756 se integrará en el emirato cordobés y se construye un nuevo recinto amurallado que defiende la nueva ciudad: Lebla. Tras la caída del califato se convierte en capital del reino taifa dirigido por los Beni Yahya, pero el rey sevillano Al-Mutamid de Sevilla acabará con su independencia en el año 1051. Lebla alcanzará gran esplendor durante la presencia almorávide; sin embargo, sus habitantes se rebelarán contra el poder almohade, lo que supondrá el asesinato de todos los varones y la venta como esclavos de mujeres y niños. Reconstruida y repoblada, la nueva ciudad será una de las más importantes del periodo almohade. Tras la derrota de las Navas de Tolosa, Niebla se convierte en un nuevo reino que será conquistado para Castilla en el año 1262, por parte de Alfonso X. La villa recibía el mismo fuero que Sevilla pero en 1369, Enrique II entrega la ciudad a don Juan Alonso Pérez de Guzmán, desde ese momento conde de Niebla. El amplio patrimonio artístico de la villa ha permitido que desde 1982 sea considerada Conjunto Histórico Artístico. Entre este amplio patrimonio destacan las diversas murallas, el Alcázar de los Guzmán, las iglesias de San Martín y de Santa María de la Granada o el Antiguo Hospital de Nuestra Señora de los Ángeles, sin olvidar el mencionado puente romano sobre el río Tinto.
obra
La época que transcurre desde 1806 hasta 1816 se caracteriza por los distintos contrastes, por la separación enfática del primer plano y el último, sin transición. Sin embargo, al igual que en Monje en la orilla del mar, en este óleo predomina el valor simbólico sobre lo formal. Comparte ciclo con Playa con pescadores. En él, el espacio y la penetración volumétrica son un ejercicio de adivinación: la espesa niebla reduce a intuición el conocimiento de las actividades representadas. La orilla, en sus tonos ocres y rojizos, se ha asociado a la simbolización de la vida terrena; la piedra de anclaje, con el cable cortado, es un signo de la esperanza en la vida eterna. De este modo, Friedrich parece rebatir la idea tópica del siglo XVIII sobre la niebla como lejanía de Dios con la elección de un ambiente esperanzador. Las estacas caídas recuerdan al par de muletas que serán recurrentes en la obra pictórica del pomerano: baste recordar, por ejemplo, Paisaje de invierno con iglesia. Más allá, entre la bruma representada con azules muy pálidos, la silueta de la barca, que transporta a varios pasajeros hacia un velero anclado, representa el último viaje tras la muerte, en un simbolismo de clara estirpe germánica. El artista siempre sintió predilección por la niebla, un elemento muy querido del Romanticismo. Más tarde, el propio Friedrich había de escribir: "Cuando un lugar se cubre de niebla parece mayor, más sublime, y eleva la imaginación, y tensa la expectación como ante una muchacha cubierta por un velo. Ojo y fantasía se sienten más atraídos por la brumosa lejanía que por aquello que yace nítido y cercano ante la vista".
obra
La obra fue expuesta en la Academia de Dresde en 1820. Se inspira en varios estudios que Friedrich realizó durante su viaje al Riesengebirge en julio de 1810, en compañía de Kersting, así como en dibujos del Harz de 1811. En un primer momento, aparecía la figura de un hombre vuelto de espaldas en la parte izquierda, pero fue eliminada por Friedrich durante el proceso creativo. Este paisaje, cuyo contenido es característico en el pintor por la conjunción de niebla, montaña y árboles secos, expresa un contenido alegórico de naturaleza religiosa. Como es usual, el primer plano, en tono oscuro, y el valle simbolizan la vida terrena, amenazada por la muerte, cuyo trasunto son los árboles secos, y la incertidumbre, expresada a través de la niebla. Las rocas aluden a la Fe, mientras que la montaña simboliza la presencia de Dios. Expresa, al igual que otras obras de Friedrich como Bruma matinal en la montaña, el concepto del Romanticismo del "natural sublime", es decir, la concepción -por ejemplo- de que la vista de una montaña alzándose por encima de la niebla y las nubes tiene un atractivo estético pero, sobre todo, inspira un temor reverencial. Esta reacción dual caracteriza lo natural sublime: "el día es bello; la noche, sublime". Por ello, el Romanticismo de Friedrich busca no el encanto (lo bello), sino el movimiento espiritual (lo sublime), aun sin desdeñar los valores estéticos del paisaje.
obra
Friedrich solía opinar que "cuando el paisaje se envuelve en niebla parece más grande y más noble, espolea la imaginación y relaja la expectación como una muchacha cubierta por un velo. La vista y la fantasía en general se sienten más atraídas por la lejanía vaporosa que por lo que se tiene delante con toda claridad". Fiel a su máxima de que para alcanzar la belleza se deben buscar lo más elevado y lo más glorioso, el pintor pomerano realizó, entre 1820 y 1822, varias obras excepcionales sobre la niebla, como Nubes de paso o Barca del Elba en la bruma matinal. Este óleo representa el amanecer junto al río Elba, del que se levantan los característicos jirones de niebla de los días fríos, cuando el sol calienta con sus primeros rayos. A ellos se unen los humos de unas casas y un horno de cal. La obra representa la futilidad, la vanidad de la vida humana, disipada por la acción divina, representada por la acción de los rayos que descienden, entre las nubes, hacia la tierra. Esta experiencia religiosa se ve acrecentada con los símbolos que ocupan la parte "terrena" del cuadro, símbolos reconocibles en otras obras de Friedrich: el curso del agua, el puente que une el paisaje natural y el humano, el campo arado, referido a la muerte, con la que habría que vincular los árboles otoñales de la izquierda, o la montaña que preside la composición, alegoría de la presencia de Dios.
termino
acepcion
Ornamentación de la plata que se obtiene incrustando un esmalte de color negro a base de plomo, cobre y azufre en una serie de ranuras e incisiones finas, previamente practicadas en la plata formando dibujos.