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INTRODUCCIÓN La colonización española de América no fue una, sino muchas. La imagen del conquistador mataindios, en una mano una espada y en la otra una cruz, codicioso de oro y mujeres, no deja de ser un tópico, lamentablemente real en muchas ocasiones, pero incapaz por sí solo de explicar un proceso tan largo, complejo y rico como a la postre habría de resultar el descubrimiento y colonización del continente americano por los españoles. Un aspecto resaltado en muchas ocasiones por los investigadores ha sido la preocupación permanente y paralela durante todo aquel proceso por garantizar unos mínimos de justicia y equidad en las relaciones de los conquistadores con los indígenas1. Esa aspiración, nunca alcanzada, todo hay que decirlo, dignifica extraordinariamente la tarea colonizadora de los españoles y explica, en buena medida, muchos de los proyectos promovidos durante aquellos siglos. Las tensiones entre las diferentes concepciones de la colonización, cuyo límite se encontraba entre los que negaban incluso la legitimidad de la propia conquista, provocó una polémica inconclusa que, entre otras consecuencias, estableció los orígenes del derecho internacional y de la conciencia humanitaria moderna. Pero sus resultados no se limitarían al terreno ideológico sino que alcanzarían a la propia práctica colonial, dirimiéndose en el terreno de los hechos. Durante muchos años este aspecto esencial se ha visto ocultado por la popularidad de la llamada leyenda negra, en el fondo un resultado espúreo de aquella lucha por la justicia. Apenas podremos entender nada acerca de la historia americana entre 1492 y los inicios del siglo XIX si no tenemos en cuenta esa diversidad de opciones y criterios. Existe incluso una referencia oficial para toda aquella polémica, que son las Leyes de Indias, compromiso trabajosamente establecido entre las diversas tendencias colonialistas, que, pese a sus indiscutibles limitaciones, se hallaba mucho más de un paso adelante con respecto a la realidad colonial. Cuando Carlos V promulgó las Nuevas Leyes de Indias en 1542-43, toda la incipiente sociedad criolla, desde México al Perú, puso el grito en el cielo, porque su aplicación estricta venía a suponer el fin del entramado socioeconómico sobre el que se asentaba la riqueza de los conquistadores y sus descendientes. Tras muchas resistencias, informes desfavorables y alguna que otra revuelta, la más importante sin duda la encabezada por Gonzalo Pizarro en el Perú, las Nuevas Leyes fueron revocadas apenas dos años después de su promulgación. A partir de ese momento la actitud de la Corte irá desde la ignorancia de lo que en América ocurre hasta constantes pero difícilmente aplicables intentos de reforma que mitigasen las consecuencias más dañinas del sistema de encomiendas. Los grupos reformistas, por su parte, apelarán una y otra vez al espíritu de las Nuevas Leyes y a las enseñanzas básicas de la doctrina cristiana, por lo menos durante los primeros siglos de la colonia2, para oponerse a las encomiendas y al servicio personal de los indígenas, porque en el fondo ese era el problema esencial que se discutía. Al parecer fue el propio Colón o el gobernador Ovando quienes comenzaron a repartir a los indígenas de Santo Domingo entre sus compañeros y pese a algún disgusto inicial de los Reyes Católicos, más problema de jurisdicciones que otra cosa, los repartimientos se convirtieron en el sistema implantado desde California hasta el reino de Chile. Aunque en algunos casos, como el de la mita altoperuana, se absorbieron instituciones indígenas precoloniales, modificándolas en función de los nuevos intereses, las raíces feudales de las encomiendas parecen evidentes. Así escribía el inevitable en estos temas, P. Bartolomé de las Casas3: #dando los indios a los españoles encomendados como los tienen o depositados o en feudo, o por vasallos como los quieren, son gravados y fatigados con muchas cargas, servicios e intolerables vejaciones y pesadumbres. Aquella era una sociedad basada en la fuerza de las armas y orientada hacia la extracción de las riquezas minerales y la explotación de la mano de obra indígena; los guerreros vencedores se repartían todo cuanto era susceptible de reparto con el optimismo de los "bárbaros" medievales. Ahora bien, muy pronto habían de comenzar, desde el propio universo de los colonizadores4, diferentes intentos para transformar o al menos moderar las características más sangrantes de la situación creada. Los jesuitas La Compañía de Jesús fue fundada en 1534 por San Ignacio de Loyola y aprobada por el Papa Paulo III en 1540, por lo que sus miembros no participaron en la primera etapa de la conquista. Cuando los jesuitas comienzan a llegar a América en la segunda mitad del siglo XVI encuentran una sociedad relativamente estable y asentada, lejos ya de las convulsiones características de los turbulentos tiempos de formación. La primera actitud que los jesuitas van a adoptar ante la realidad de la sociedad colonial es la de prudencia. La Compañía era una congregación reciente pero con grandes y poderosos apoyos. Algunos virreyes, en particular el famoso Francisco de Toledo, virrey del Perú, la beneficiaron cuanto pudieron. En unas instrucciones redactadas por el tercer General de la Orden, San Francisco de Borja, se ordena claramente que ni se absolviese ni condenase a los conquistadores y encomenderos hasta que los concilios provinciales adoptasen alguna resolución clara. Esta inicial prudencia irá trastocándose con el tiempo y aunque es difícil afirmar taxativamente que la Compañía de Jesús adoptó unas posiciones uniformes en todo el continente ante el problema de la encomienda, (de hecho, los papeles jugados por sus miembros eran muy variados), sí puede decirse que, en términos generales, se alineó entre los grupos más críticos de la situación establecida. Esta toma de posición se produjo por un conjunto de causas que conviene aclarar. 1.?) La propia actuación de los jesuitas entre los indígenas y el establecimiento de sus primeras misiones, no sin reticencias por buena parte de los miembros de la Orden, va a ponerles en contacto con una realidad escandalosa. 2.?) La concepción del Nuevo Mundo como un lugar para la utopía. Como señala J.H. Elliot5: Europa y América se convirtieron en una antítesis, la antítesis de la inocencia y la corrupción. Las utopías renacentistas, entre las que la de Tomás Moro es quizá la más conocida pero en absoluto la única (algunos autores han señalado la importancia que La Ciudad del Sol de Tomás Campanella pudo tener entre los primeros misioneros del Paraguay), gozaron de gran resonancia entre humanistas y religiosos en aquellos siglos de grandes esperanzas. Tampoco debemos olvidar las propias enseñanzas evangélicas, que parecían especialmente aplicables entre aquellas sociedades inocentes. Así, Muratori señalaba que se había sentido impulsado a escribir su apología6 de las misiones, porque creía reconocer en ellas las formas de la primitiva iglesia cristiana, tal como aparecen descritas en los Hechos de los Apóstoles. 3.?) Los jesuitas se inscribían en una amplia corriente de opinión para la que las Leyes de Indias con sus argumentos en contra de la encomienda y del servicio personal suponían el punto de referencia obligado de una reforma ineludible del sistema social de la Colonia. Una confluencia de motivos diferentes puede ser la causa de que los jesuitas terminaran estableciendo la mayor parte de sus misiones como una media luna alrededor del imperio brasileño7. Su tardía llegada al escenario americano provocó que encontrasen a la mayor parte de los indígenas que vivían cerca de los lugares clásicos de la colonización ya reducidos, bien por los encomenderos, bien por otras órdenes religiosas. Además, debe tenerse en cuenta que los presupuestos que avalaban la labor evangelizadora de los jesuitas eran más fácilmente aplicables en regiones marginales y aisladas, donde la tarea de los misioneros estaría menos mediatizada por presiones e intereses de los encomenderos. También hay que considerar el propio interés de las autoridades coloniales, para quienes las misiones jesuitas fueron, durante bastante tiempo, una eficaz barrera que controlaba la hasta entonces irresistible expansión portuguesa8.
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La trascendencia de la organización administrativa de las provincias hispanas creada por Augusto, al igual que la de otros aspectos de su reestructuración del Imperio, se expresan en su perduración en los siglos siguientes con leves modificaciones, que o bien complementan su organigrama o se derivan del papel que Hispania desempeña en las nuevas situaciones históricas a las que hace frente la evolución del mundo romano. Concretamente, la tripartición provincial hispana con sus divisiones conventuales y las fronteras trazadas por las reformas de Augusto perduran hasta las reformas de Diocleciano; la única modificación que hipotéticamente cabe sostener en este esquema está constituida por la posible creación de una nueva circunscripción provincial durante el reinado de Caracalla, que abarcaría el territorio del noroeste correspondiente a Galaecia y Asturia; el fundamento de tal innovación es bastante frágil y está constituido por la presencia en una inscripción votiva de León (CIL. 112661) de las siglas PR. H. N. C., que, interpretadas como abreviaturas de la nueva circunscripción provincial, se desarrollan como Provincia Hispania Nova Citerior. En cambio, el organigrama administrativo se complementa mediante la creación de las asambleas provinciales (concilium); el único elemento que poseemos para fijar su aparición viene dado por su vinculación al culto al emperador, que se documenta como existente ya en época de Tiberio en la provincia imperial Tarraconense, mientras que en la senatorial de la Betica tan sólo se desarrolla a partir de los Flavios. Constituida mediante los representantes enviados por las ciudades y pueblos de cada una de las provincias hispanas, el concilium se reúne en la capital de cada una de las provincias y constituye un instrumento mediante el que las elites provinciales expresan su lealtad al emperador, canalizado a través del culto al mismo; no obstante, la propia asamblea desempeña junto a estas funciones religiosas otras de carácter político en tanto que sirven para canalizar las reivindicaciones de las respectivas provincias, especialmente contra las extorsiones de los gobernadores, como ocurre concretamente con las cometidas en la Betica por los procónsules Bebio Massa y Cecilio Clásico. También los contingentes militares asentados en Hispania sufren modificaciones con posterioridad a la muerte de Augusto; entre los factores que inciden nos encontramos con la contribución de Hispania a la defensa de las fronteras imperiales que fomentan, de otro lado, el reclutamiento en la Península a partir de época flavia, el desarrollo de guerras civiles vinculadas a las crisis dinásticas, y la nueva situación en la que se encuentra Hispania como consecuencia de la conquista mauritana efectuada por el emperador Claudio. Las necesidades defensivas del imperio determinan una importante reducción de los contingentes militares asentados en la Provincia Hispania Citerior; de esta forma, durante el reinado de Calígula, en el 39 d.C., abandona Hispania la Legio IV Macedonica, y en el 63 d.C., en época de Nerón, la Legio X Gemina parte desde los campamentos hispanos para potenciar la defensa de la frontera del Danubio. A su vez, la participación hispana en las guerras civiles que generan los cambios dinásticos se proyectan en modificaciones de las unidades legionarias asentadas en la tarraconense; tal ocurre concretamente durante los conflictos del años 68-69, que ponen fin a la dinastía Julio-Claudia. La aspiración de Galba, gobernador de la Citerior, al trono imperial involucra directamente en el conflicto a la Legio VI Victrix y da lugar a nuevos reclutamientos de hispanos a los que se le concede la ciudadanía y con los que se crea la Legio Galbiana. El desarrollo posterior de los acontecimiento potencia el papel de Hispania en el desarrollo de las guerras civiles hasta el punto de que se constata la presencia en la Península de tres unidades legionarias, la VI Victrix, la X Gemina y la I Adiutrix, que tras el triunfo de Vespasiano abandonan Hispania para dirigirse al frente danubiano, mientras que regresa la Legío VII Gemina, nueva denominación de la reclutada por Galba, que se asienta definitivamente en el solar de la actual León; esta legión constituye, conjuntamente con determinadas unidades auxiliares, tales como el ala II Flavia Híspanorum Civium Romanorum más cuatro cohortes de infantería (I Gallica, II Gallica, I Celtiberorum, III Lucensium), un contingente militar de unos 7.000 hombres, que permanece estacionado en Hispania hasta la Tardía Antigüedad. También las provincias hispanas participarán en las guerras civiles que abren la crisis dinástica tras el asesinato de Cómodo en el 192 d.C. y que terminan con el triunfo de Septimio Severo; concretamente, Clodio Albino, gobernador de Britania, intentó ser reconocido como emperador por las provincias occidentales del Imperio, y especialmente por las galas e hispanas, donde le apoyaban las aristocracias provinciales; su derrota implicó la expropiación de los bienes de sus partidarios. Las modificaciones territoriales que se introducen en el Mediterráneo occidental como consecuencia de la conquista de Mauritania por parte de Claudio arrastran consecuencias para las provincias hispanas, que participan en la conquista y en el control militar de la nueva provincia denominada Mauritania Tingitana mediante el desplazamiento de determinadas alas y cohortes reclutadas en Hispania, tales como el Ala III Asturum, o las cohortes I Bracorum, I Hispanorum y II Hispanorum. Las tensiones existentes en la frontera mauritana se proyectan en el otro lado del Estrecho y afectan a la provincia pacificada de la Betica; concretamente, durante el reinado de Marco Aurelio determinadas tribus africanas de mauri invaden la Betica y logran sitiar a determinadas ciudades como Italica y Singilia Barba, siendo derrotados en el 172 d.C. por el pretor Aufidio Victorino con contingentes militares pertenecientes a la Legio VII Gemina.
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Las Penínsulas Ibérica e Itálica ingresaron en el Pleno Medievo como áreas de frontera. Desde el siglo XI, la presencia islámica fue progresivamente reducida hasta desaparecer definitivamente en Italia. En España, el proceso de expansión hacia el sur de los reinos hispanocristianos constituyó una brillante realidad política y social para éstos. Al cruzar el 1300, sin embargo, quedaba en territorio ibérico un Estado islámico residual -el reino nazarí de Granada- y el peligro continuo de una contraofensiva musulmana procedente del Norte de África: la de los benimerines o meriníes. En estos años, en el territorio hispánico se pasará de la hegemonía imperial leonesa a una nueva distribución de fuerzas: la significada por los Cinco Reinos: Portugal, Castilla, León, Navarra y la confederación catalanoaragonesa. Por lo demás, la superioridad militar de los Estados hispanocristianos sobre sus vecinos musulmanes se traducirá no sólo en el impresionante avance de aquellos hacia el Sur, también en el sometimiento de los reinos musulmanes de taifas a pesados tributos (las parias) con los que en repetidas ocasiones tuvieron que comprar su seguridad a sus agresivos vecinos del Norte.
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Para la decoración de su despacho en el Palacio de El Escorial,Carlos IV eligió asuntos campestres y jocosos, entre los que destacan La boda, las Mozas del cántaro o El pelele. Siguiendo su costumbre, Goya realizó bocetos preparatorios que eran presentados al rey para otorgar su consentimiento o presentar alguna modificación. Apenas existen diferencias entre estos "borroncillos" y los lienzos definitivos lo que indica el grado de aceptación de las obras que presentaba el maestro, a excepción de la rápida pincelada que muestra aquí debido a la rapidez con que estaban realizados. Las pinceladas son fluidas, con rápidos toques empastados, mostrando la maestría del aragonés.
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Las muchas mujeres que tenía Moctezuma en palacio Moctezuma tenía muchas casas dentro y fuera de México, así para recreo y grandeza, como para morada: no hablaremos de todas, pues sería muy largo. Donde él moraba y residía continuamente la llaman Tepac, que es como decir palacio, el cual tenía veinte puertas que responden a la plaza y calles públicas. Tres patios muy grandes, y en uno de ellos una fuente muy hermosa. Había en él muchas salas, cien aposentos de veinticinco y treinta pies de largo y hueco cada uno, cien baños. El edificio, aunque sin clavazón, todo muy bueno; las paredes de canto, mármol, jaspe, pórfido, piedra negra, con unas vetas encarnadas como rubí, piedra blanca, y otra que se trasluce; los techos de madera bien labrada y tallada de cedros, palmas, cipreses, pinos y otros árboles; las cámaras pintadas, esteradas, y muchas con paramentos de algodón, de pelo de conejo y de plumas; las camas, pobres y malas, porque, o eran de mantas sobre esteras o sobre heno, o esteras solas. Pocos hombres dormían dentro de estas casas, mas había mil mujeres, y algunos afirman que tres mil entre señoras, criadas y esclavas. De las señoras, hijas de señores, que eran muchísimas, tomaba para sí Moctezuma las que bien le parecía; las otras las daba por mujeres a sus criados y a otros caballeros y señores. Y así, dicen que hubo vez que tuvo ciento cincuenta preñadas a un tiempo, las cuales, a persuasión del diablo, abortaban, tomando cosas para expulsar a las criaturas, o quizá porque sus hijos no habían de heredar. Tenían estas mujeres muchas viejas para guardarlas, que ni aun mirarlas dejaban a hombre alguno, pues los reyes querían la mayor honestidad en palacio. El escudo de armas que estaba en las puertas de palacio y que llevan las banderas de Moctezuma y las de sus antecesores, es un águila abatida a un tigre, las manos y uñas puestas como para hacer presa. Algunos dicen que es grifo, y no águila, afirmando que en las sierras de Teoacan hay grifos, y que despoblaron el valle de Auacatlan, comiéndose los hombres, y tienen por argumento que se llaman aquellas sierras Cuitlachtepetl, de cuitlachtli, que es grifo, como también león. Ahora creo que no los hay, porque todavía no los han visto los españoles. Los indios muestran estos grifos, que llaman quezalcuitlactli, por sus antiguas figuras, y tienen vello en lugar de pluma, y dicen que rompían con las uñas y dientes los huesos de hombres y venados; tiran mucho a león, y parecen águilas, porque los pintan con cuatro pies, con dientes y con vello, que casi es más lana que pluma; con pico, con uñas, y alas con las que vuela; y en todas estas cosas responde la pintura a nuestra escritura y pinturas, de manera que ni es del todo ave ni del todo bestia. Plinio tiene por mentira esto de los grifos, aunque hay muchos cuentos sobre ellos. También hay otros señores que tienen por armas este grifo, que va volando con un ciervo en las uñas.
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Con esta estampa Goya quiere hacer un homenaje al heroico papel desempeñado por las féminas durante la Guerra de la Independencia, exaltando y apoyando a los combatientes o luchando ellas mismas como en la estampa Y son fieras.
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El papel principal que desempeñarán las mujeres en Roma será el de fiel y abnegada esposa ya que dependían en todo momento de su marido. Los enlaces matrimoniales solían ser concertados por las familias y el padre de la joven debía entregar una dote a la muchacha. Ella tenía derecho de sucesión respecto a su padre e incluso capacidad de testar por lo que se dieron matrimonios donde la esposa era más rica que el marido y rehusaba su autoridad, recibiendo en ocasiones todas las clientelas del padre. Pero lo habitual era que la mujer estuviera absolutamente supeditada a su esposo. Si tradicionalmente es el pater familias el que dirige la casa, quien da las órdenes a los esclavos y dirige la administración del hogar, ¿cuál es el papel de la mujer en las casas respetables de Roma? Lo habitual es que las matronas mataran la mayor parte del tiempo en los trabajos relacionados con la costura y el tejido. Paulatinamente la mujer irá ocupando un papel protagonista en la organización de la familia, incluso por prescripción médica ya que los galenos consideraban que las mujeres debían desarrollar alguna actividad. Algunos hombres empezaron a dejar en manos de sus esposas la dirección del hogar, incluso la llave de la caja de caudales. El contar con varios esclavos permitía a la matrona poder delegar en ellos todos los trabajos de la casa, incluso los relacionados con su propia higiene personal. El esclavo viste y calza a la dama, aunque no lava sus dientes. Los esclavos acompañan a la señora en la alcoba, aunque la matrona duerma sola o en compañía de su esposo. Era frecuente que los esclavos durmieran en las puertas de las alcobas, contándonos un poeta satírico que "cuando Andrómaca hacía el amor con Héctor, sus esclavos, con la oreja pegada a la puerta, se masturbaban". Esta omnipresencia de los esclavos en las vidas de las clases acomodadas romanas provocarán que las infidelidades fueran públicas en la mayor parte de los casos. Para mantener una relación amorosa secreta lo mejor era alquilar una habitación a un sacristán ya que estaba obligado a guardar silencio. Si el esposo fallecía, la matrona vería protegida su virtud por su familia, ante la inminente llegada de una legión de pretendientes que deseaban hacerse con su fortuna. Previamente debía haber muerto el padre porque sino como pater familias era dueño de todo lo que pertenecía a la familia. El sino de esta viuda es volver a contraer matrimonio o buscarse un amante que la complazca en el lecho, a pesar de la indignación de los moralistas romanos. Si era el hombre el que quedaba viudo podía buscarse una concubina, mujer o mujeres con los que un hombre solía acostarse habitualmente. No olvidemos que los emperadores contaban con un amplio harén de concubinas en palacio. Pero llegaría un momento en que ese hombre viudo decidiera establecer un vínculo más estrecho con esa concubina de inferior rango social por lo que se produce una unión de hecho entre ambos denominada concubinato. La concubina debía ser una mujer libre y la unión monogámica. Este concubinato no da lugar a consecuencias jurídicas, siendo libres los hijos nacidos de esa relación.
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A pesar de la existencia de un sistema democrático en Atenas, las mujeres carecían de derechos ciudadanos. Su función primordial era el matrimonio que se realizaba a edad temprana, aproximadamente a los 15 años. Las niñas de las clases acomodadas iniciaban su educación a los seis años, bajo la tutela de sus madres, enfocada al conocimiento de las labores domésticas, el hilado y el tejido. Sólo en época tardía acudirán a las escuelas. El matrimonio solía ser concertado por los padres, quienes debían dotar a la novia. Se hacía pública la intención de casar a una hija e inmediatamente se presentaban los pretendientes que a veces se aposentaban en la casa como se manifiesta en la Odisea cuando el héroe de Itaca no llega y Penélope debe contraer matrimonio. Una vez elegido el mejor pretendiente, éste hace diversos regalos a su futuro suegro. El amor entre los cónyuges, como es lógico pensar, no era el instrumento que llevaba a la boda. La mujer quedaba absolutamente sometida al marido, siendo el objetivo de la esposa tener hijos varones con los que perpetuar la especie. Ni siquiera tenía derecho a las propiedades del esposo y podía ser expulsada del hogar cuando éste fallecía. La viuda era de nuevo casada con otro pretendiente elegido por el tutor. La vida de las mujeres atenienses acomodadas no debía ser muy divertida. Normalmente estaban encerradas en casa, saliendo con ocasión de las fiestas religiosas o para visitar amistades. Su ocupación giraba en torno a la educación de los hijos y a la dirección de las labores domésticas realizadas por la servidumbre. No participaban en los grandes banquetes y dormían separadas de su esposo, que las requería en la cámara nupcial cuando deseaba mantener relaciones sexuales con ella. La dependencia del marido era tal que podía amonestarla, repudiarla o matarla en caso de adulterio, siempre que éste estuviera probado. Las mujeres de menor rango social tenían una vida más agradable ya que podían salir de sus casas sin ningún inconveniente, acudir al mercado o a las fuentes públicas e incluso regentar algún negocio. Al no existir presiones económicas ni sociales, los matrimonios apenas estaban concertados, siendo difícil la existencia de dotes. Si es cierto que numerosas niñas eran abandonadas por sus padres ya que se consideraban auténticas cargas para la familia. Los ciudadanos atenienses con posibles contaban con un buen número de concubinas con las que mantener relaciones sexuales a su deseo. Algunas de ellas vivían en su propia casa, bajo el techo conyugal y con el "visto bueno" de la esposa legítima. Pero también podía acudir a las numerosas prostitutas que vivían en la ciudad. La mayoría eran extranjeras ya que Solón en el siglo VI a. C. reclutó un buen número de mujeres y las introdujo en burdeles (llamados dicteria) dirigidos por un funcionario público, regulando de esa manera la prostitución. En el exterior de los burdeles se colocaban símbolos fálicos para indicar la actividad del negocio. El precio solía rondar el óbolo, la sexta parte de la dracma de plata. Estos establecimientos incluían en sus servicios masajes, baños y comida, la mayoría de carácter afrodisiaco e incluso algunas para estimular la virilidad como los testículos de asno salvaje. Para atraer al público, las mujeres solían vestir atuendos llamativos y llevar el cabello más largo que las atenienses, incluso algunas caminaban con un seno descubierto. Con el paso del tiempo las atenienses imitaron las modas de las prostitutas, proceso que se repetirá en numerosos momentos de la Historia. Así las prostitutas se maquillaban de manera ligeramente escandalosa con vistosos coloretes, utilizaban zapatos que elevasen su altura, se teñían el cabello de rubio y se depilaban, utilizando navajas de afeitar, cremas u otros útiles. Utilizaban todo tipo de postizos y pelucas. Estas modas serán rápidamente adaptadas por las mujeres decentes, provocando continuas equivocaciones según nos cuentan algunos cronistas. Las prostitutas de lujo recibían el nombre de hetairas. Eran una mezcla entre compañera espiritual, poetisa, artista y mercancía sexual. Solían vestir con una ligera gasa que permitía contemplar sus encantos e incluso llevar un pecho descubierto. Los más importantes políticos, artistas y filósofos gozaban de su compañía. El escultor Praxíteles estuvo locamente enamorado de Friné quien sirvió de modelo para algunas estatuas. La encantadora Friné vivía con cierta discreción, acudiendo a tertulias literarias y artísticas, aunque fue acusada de impiedad y condenada a muerte, salvándose al mostrarse desnuda al tribunal por indicación de su abogado. En un momento de su vida, Friné acumuló tal fortuna que decidió reconstruir las murallas de su ciudad natal, Tebas. Aspasia fue la amante y esposa de Pericles, siendo también acusada de impiedad y salvada tras las lágrimas derramadas por su marido. Aspasia colaboraba estrechamente con Pericles según nos cuentan los poetas cómicos, quienes la acusan de ser la promotora de la mayoría de las guerras que vivió Atenas en aquellos momentos. Otra de las más famosas hetairas será Lais de Corinto, considerada la mujer más bella que se haya visto jamás. El escultor Mirón ofreció a la dama todas sus posesiones a cambio de una noche, lo que Lais rechazó. Pero no tuvo inconveniente de entregarse a Diógenes por un óbolo ya que tenía ilusión de acostarse con un filósofo. Targelia será la amante del persa Jerjes I. A pesar de la importancia de la prostitución griega, los filósofos más importantes como Sócrates, Platón o Aristóteles ensalzaron el amor que se daba entre los hombres. Quizá esa homosexualidad impidió una relación más estrecha entre hombres y mujeres.
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Si tradicionalmente es el pater familias el que dirige la casa, quien da las órdenes a los esclavos y dirige la administración del hogar, ¿cuál es el papel de la mujer en las casas de Roma? El papel principal que desempeñarán las mujeres en Roma será el de fiel y abnegada esposa, ya que dependían en todo momento de su marido. Los enlaces matrimoniales solían ser concertados por las familias y el padre de la joven debía entregar una dote a la muchacha. Ella tenía derecho de sucesión respecto a su padre e incluso capacidad de testar, por lo que se dieron matrimonios donde la esposa era más rica que el marido y rehusaba su autoridad, recibiendo en ocasiones todas las clientelas del padre. Pero lo habitual era que la mujer estuviera absolutamente supeditada a su esposo. Lo habitual es que las matronas mataran la mayor parte del tiempo en los trabajos relacionados con la costura y el tejido. Paulatinamente la mujer irá ocupando un papel protagonista en la organización de la familia, incluso por prescripción médica, ya que los galenos consideraban que las mujeres debían desarrollar alguna actividad. Algunos hombres empezaron a dejar en manos de sus esposas la dirección del hogar, incluso la llave de la caja de caudales. El contar con varios esclavos permitía a la matrona poder delegar en ellos todos los trabajos de la casa, inclusive los relacionados con su propia higiene personal. El esclavo viste y calza a la dama, aunque no lava sus dientes. Los esclavos acompañan a la señora en la alcoba, a pesar de que la matrona duerma sola o en compañía de su esposo. Era frecuente que los esclavos durmieran en las puertas de las alcobas. Un poeta satírico nos cuenta que "cuando Andrómaca hacía el amor con Héctor, sus esclavos, con la oreja pegada a la puerta, se masturbaban". Esta omnipresencia de los esclavos en las vidas de las clases acomodadas romanas provocarán que las infidelidades fueran públicas en la mayor parte de los casos. Para mantener una relación amorosa secreta lo mejor era alquilar una habitación a un sacristán, ya que estaba obligado a guardar silencio. Si el esposo fallecía, la matrona vería protegida su virtud por su familia, ante la inminente llegada de una legión de pretendientes que deseaban hacerse con su fortuna. Previamente debía haber muerto el padre, porque si no era así, como pater familias era dueño de todo lo que pertenecía a la familia. El sino de esta viuda es volver a contraer matrimonio o buscarse un amante que la complazca en el lecho, a pesar de la indignación de los moralistas romanos. Si era el hombre el que quedaba viudo podía buscarse una concubina, mujer o mujeres con los que un hombre solía acostarse habitualmente. No olvidemos que los emperadores contaban con un amplio harén de concubinas en palacio. Pero puede llegar un momento en que ese hombre viudo decida establecer un vínculo más estrecho con esa concubina de inferior rango social, lo que produce una unión de hecho entre ambos denominada concubinato. La concubina debía ser una mujer libre y la unión monogámica. Este concubinato no da lugar a consecuencias jurídicas, siendo libres los hijos nacidos de esa relación.
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A pesar de la existencia de un sistema democrático en Atenas, las mujeres carecían de derechos ciudadanos. Su función primordial era el matrimonio, que se realizaba a edad temprana, aproximadamente a los 15 años. Las niñas de las clases acomodadas iniciaban su educación a los seis años, bajo la tutela de sus madres, enfocada al conocimiento de las labores domésticas, el hilado y el tejido. Sólo en época tardía acudirán a las escuelas. El matrimonio solía ser concertado por los padres, quienes debían dotar a la novia. Se hacía pública la intención de casar a una hija e inmediatamente se presentaban los pretendientes, que a veces se aposentaban en la casa, como se manifiesta en la Odisea cuando el héroe de Ítaca no llega y Penélope debe contraer matrimonio. Una vez elegido el mejor pretendiente, éste hace diversos regalos a su futuro suegro. El amor entre los cónyuges, como es lógico pensar, no era el instrumento que llevaba a la boda. La mujer quedaba absolutamente sometida al marido, siendo el objetivo de la esposa tener hijos varones con los que perpetuar la especie. Ni siquiera tenía derecho a las propiedades del esposo y podía ser expulsada del hogar cuando éste fallecía. La viuda era de nuevo casada con otro pretendiente elegido por el tutor. La vida de las mujeres atenienses acomodadas no debía ser muy divertida. Jenofonte nos explica cómo era en el siguiente texto: "Tu obligación será recogerte en casa, hacer salir a los esclavos ocupados en las faenas externas a la mansión, vigilar a los que han de trabajar dentro de ella, recibir lo que se traiga, distribuir lo que se ha de gastar; prever lo que ha de quedar sobrante y velar para que el presupuesto de un año no se malgaste en un mes. Cuando te traigan lana, debes cuidar de que se hagan vestidos a los que lo precisen; también has de procurar que el grano seco se conserve bien comestible. Y quizá una de las tareas que te incumben no será muy de tu agrado: que si un esclavo enferma, debes procurar por todos los medios que sea atendido... Pero otras faenas te serán placenteras: cuando tomes a una esclava ignorante de la hilanza y hagas de ella una buena hilandera, redoblando su valor; y cuando te sea posible recompensar a los esclavos buenos y provechosos para tu hacienda y castigar; en cambio, a los que te resulten malos". Normalmente las mujeres estaban encerradas en casa, saliendo con ocasión de las fiestas religiosas o para visitar amistades. Su ocupación giraba en torno a la educación de los hijos y a la dirección de las labores domésticas realizadas por la servidumbre. No participaban en los grandes banquetes y dormían separadas de su esposo, que las requería en la cámara nupcial cuando deseaba mantener relaciones sexuales con ella. La dependencia de la mujer con respecto al marido era tal que podía amonestarla, repudiarla o matarla en caso de adulterio, siempre que éste estuviera probado. Las mujeres de menor rango social tenían una vida más agradable, ya que podían salir de sus casas sin ningún inconveniente, acudir al mercado o a las fuentes públicas e incluso regentar algún negocio. Al no existir presiones económicas ni sociales, los matrimonios apenas estaban concertados, siendo difícil la existencia de dotes. Numerosas niñas eran abandonadas por sus padres, ya que se consideraban auténticas cargas para la familia.