La contribución del sector manufacturero a la renta era escasa en un país dominado por las actividades agropecuarias. Las Reales Fábricas, de inspiración mercantilista, habían sido creadas con el patrocinio del Estado con el doble objetivo de evitar en lo posible las importaciones de manufacturas extranjeras que desequilibraran en demasía la balanza comercial y, en segundo lugar, importar y aplicar conocimientos tecnológicos de los que el país era deficitario. Sin embargo, a fines de siglo las dificultades de estos establecimientos eran muchas, y su mantenimiento sólo obedecía a razones de prestigio y no a criterios económicos. Sus elevados costes de producción, debido a que las técnicas fueron siempre tradicionales, y la elaboración de productos de alta calidad daban como resultado un elevado precio por unidad que, aunado a la escasa demanda, favorecía la acumulación de existencias, sin que se encontrara salida a la mercancía almacenada. Las pérdidas eran, así, cuantiosas. El establecimiento textil más importante y mejor conocido gracias a Agustín González Enciso, la fábrica de Guadalajara, sufrió un déficit crónico, y su supervivencia sólo fue posible por la permanente inyección financiera de la Real Hacienda. Con la excepción de Cataluña, el resto de las regiones españolas poseía una artesanía complementaria de la actividad agrícola, con unos gremios incólumes monopolizándo la artesanía urbana y cuyo horizonte se reducía a satisfacer la demanda doméstica, con escasa comercialización fuera de los límites comarcales. La España interior contaba con una industria rural dispersa, alejada absolutamente de las relaciones capitalistas. El textil segoviano se hallaba deprimido desde los años sesenta, y aunque en Palencia hubo una cierta expansión productiva, ésta era el resultado de haberse multiplicado el número de talleres y no de la incorporación de mejoras técnicas. También Andalucía sufría de anemia industrial, y los intentos habidos en las dos últimas décadas por ensayar fórmulas de organización evolucionadas no llegaron a fructificar debido a la mala comercialización o a la ineficacia de la gestión. En 1780, la Sociedad Económica de Amigos del País de Sevilla puso en marcha en la ciudad una fábrica de quincallería según el modelo británico, pero la falta de máquinas adecuadas frustró el proyecto; cinco años después, un industrial inglés, Nathan Wetherell, logró éxito con una fábrica de curtidos, pero la Guerra de la Independencia la condenó a desaparecer, y también fracasó a principios del siglo XIX una fábrica granadina de lonas para abastecer a la Marina. Sólo la iniciativa estatal fue capaz de mantener en Andalucía una institución duradera, la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, dotada de un magnífico edificio. En Valencia, la industria sedera, estudiada por Santos Isern, había caído en un declive definitivo. A fines de siglo eran muchos los obreros en paro dedicados a la mendicidad, y en 1801 la Sociedad Económica valenciana patrocinó la puesta en marcha de una Junta de Beneficencia que proporcionara alimento a los muchos obreros de la seda que sufrían la paralización de los telares, cuya actividad se había contraído en cerca de un 30 por ciento respecto a 1798 como consecuencia del conflicto con Inglaterra. El caso alcoyano era una excepción en tierras valencianas. El desarrollo de la industria papelera y textil pañera en la segunda mitad del siglo, dado que las condiciones orográficas dificultaban la expansión agrícola, había logrado que la población activa alcoyana dependiera predominantemente del sector secundario. En el resto de la región, la dispersión de las manufacturas, la fuerza gremial, lo reducido del mercado y el atractivo mayor y más seguro de la tierra para invertir el ahorro disponible, cercenaron el avance de las manufacturas. En Galicia, la fundición de Sargadelos, con una fábrica de loza anexa, creada en 1788 por iniciativa del asturiano Antonio Raimundo Ibáñez, también fue excepcional en un territorio donde estaban ausentes las instalaciones industriales. Sin embargo la experiencia de Sargadelos no fue catalizadora de otros intentos similares. Como estudió Casariego, los métodos tradicionales empleados, sobre todo la utilización de carbón vegetal, fueron una rémora importante, pero no lo fue menos el contexto social de rechazo en que tuvo que desarrollar su actividad, con motines como el de abril de 1798, alentado por clérigos e hidalgos opuestos a la modernización que representaba Sargadelos. Galicia sí contó con una industria rural dispersa basada en la lencería, y con la elaboración de mantelerías en La Coruña, dirigida su producción al mercado castellano. Su atraso tecnológico y la falta de redes de comercialización adecuadas acabaron por poner a estas manufacturas en una situación de estancamiento, llegándole su crisis definitiva en los años treinta del siglo XIX. La siderurgia en la cornisa cantábrica en general, y en el País Vasco en particular, tenía rasgos extremadamente tradicionales, por utilizar la definición de Luis María Bilbao y Emiliano Fernández de Pinedo. Aunque las ferrerías vascas contaban con el beneficio de estar situadas en una provincia exenta y, por tanto, en una zona de libre comercio con grandes ventajas arancelarias, lo que le daba más facilidades para la exportación que al hierro cántabro, su atraso tecnológico era tan escandaloso hacia 1790 que estas ventajas no tenían ya ningún efecto positivo. Desde 1770, la producción siderúrgica estaba estabilizada, pero las guerras comenzadas en 1793 afectaron muy negativamente su actividad, iniciándose su declive. La destrucción en 1794 por los franceses de las fábricas de municiones de Orbaiceta, Eugui y La Muga no vino sino a profundizar una situación que ya era crítica. Sólo en Cataluña fue posible la formación de una industria moderna y evolucionada en torno al sector textil algodonero. Según Pierre Vilar, la positiva evolución de la población y de la economía del Principado desde los años treinta, una vez superada la crisis abierta por la Guerra de Sucesión, hizo posible el aumento de la renta agraria y de los beneficios comerciales. Parte del capital acumulado se orientó hacia industrias tradicionales, como la seda y la lana, y otra porción hacia nuevas iniciativas vinculadas al algodón. Las manufacturas textiles tradicionales no lograron superar el modelo protoindustrial. Los gremios lastraban la artesanía sedera, y en 1791, de los 1.500 telares existentes en Barcelona, sólo funcionaba una tercera parte, trabajando a ritmo lento. En el sector pañero, pese a que se generalizó el trabajo rural a domicilio, sobre todo en las primeras etapas productivas (limpieza y cardado de la lana), y a que el gobierno le concedió beneficios en forma de exenciones y franquicias, la producción quedó estancada a fines de la década de los setenta. Fue el sector algodonero la punta de lanza de la industrialización catalana. Tras una primera etapa en que se estampaban tejidos importados se inició la fabricación, en el área Barcelona-Mataró, de telas de algodón que imitaban a las procedentes del Indico, las llamadas indianas. En 1768, Vilar menciona que eran veinticinco las fábricas de indianas de más de doce telares que funcionaban en Cataluña: veintidós en Barcelona, una en Manresa y dos más en Mataró. Doce telares era el mínimo exigido para que la empresa fuera considerada como reglamentada, es decir, con capacidad de ser denominada fábrica y formar parte de un organismo de fabricantes consolidado y con capacidad de representación. En 1784, el número de fábricas de estas características había aumentado a sesenta y dos, y la demanda de hilados de algodón se había multiplicado por tres entre esos mismos años. Una serie de circunstancias positivas había hecho posible esa primera gran expansión espontánea, pero sobre todas ellas se percibe el efecto beneficioso del Reglamento de Libre Comercio de 1778, que permitió a los catalanes la navegación directa a las colonias ultramarinas, seguido, en 1783, del fin de la guerra con Inglaterra, que se había iniciado por franceses y españoles aprovechando el conflicto en que estaba envuelta Gran Bretaña con sus antiguas colonias de América del Norte con el propósito de recuperar las pérdidas de la Guerra de los Siete Años. En 1792, un 21,4 por ciento de la producción textil algodonera se exportaba a América. Según Vilar, "el secreto está en América", pero esta es una afirmación que no engloba toda la verdad de la expansión de la industria algodonera. También cuenta, y mucho, el mercado interior, que fue conquistado por la acción de esforzados comisionistas. Por último, debemos aludir a la mecanización, estimulada por los beneficios que aportan las indianas y los estampados, pero también por los inconvenientes que experimentaba la industria debido a los conflictos bélicos de finales de siglo y primeros años del XIX. Las jenny y las waterframe importadas de Inglaterra sirvieron para incrementar la producción y la eficacia empresarial, pero las muy serias dificultades en que se hallaba la industria al iniciarse el siglo XIX sólo pudieron ser superadas por el carácter innovador de la burguesía, que no cejó en efectuar inversiones conducentes a la modernización tecnológica. En 1803 fue instalada una primera mute jenny en la industria barcelonesa de Clarós y Torner movida por fuerza hidráulica, y en 1807 eran ya catorce las mule jennies que funcionaban para la fabricación de indianas, con fábricas de hilados, como la de Joan Vilaregut en Martorell, que poseía dieciocho máquinas inglesas, al tiempo que se había logrado concentrar todas las fases de la producción en la fábrica. La manufactura había dado paso a la moderna industria mecánica. Pero el caso catalán era una excepción en una realidad manufacturera dominada, a fines del Antiguo Régimen, por un mercado raquítico, con un escaso nivel de consumo; por una falta de alicientes para la inversión, que seguía estando atraída por la tierra; y por una general carencia de innovaciones tecnológicas.
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"Bohemundo, más hábil que nadie a la hora de dirigir un asedio, tanto que superaba al famoso Demetrio Poliorcetes, concentró sus esfuerzos contra Durrës (antigua Dirraquium, en la actual Albania), utilizando contra ella todo lo que sus ingenieros fueron capaces de inventar". El príncipe normando -como cuenta Anna Comneno en su Alexiada- asedió la ciudad el 3 de octubre de 1107 y, durante meses, se entretuvo en la construcción de "maquinas, tortugas, torres, arietes y refugios móviles, adecuados para la protección de trabajadores y zapadores". Finalmente, avanzó sobre Durrës una enorme tortuga, "monstruo indescriptible" que ofrecía "un espectáculo terrorífico": era una gran máquina, construida sobre un armazón cuadrangular dotado de ruedas, que tenía el techo y las paredes cubiertas de pieles de buey. Se movía empujada por millares de hombres que desde su interior la manejaban con cabrestantes y levas. Cuando estuvo al abrigo de la muralla, se desmontaron sus ruedas y la tortuga fue sólidamente fijada al suelo, para que las sacudidas no desunieran sus protecciones; los hombres más robustos se colocaron a derecha e izquierda del enorme ariete que había en su interior, y lo hicieron golpear violentamente, con un movimiento cadencioso, contra la muralla, que a pesar de ello resistía. Entonces, los asaltantes comenzaron a excavar una galería subterránea que les condujera a la ciudad; frente a esta nueva amenaza, los defensores excavaron con rapidez una gran trinchera y calcularon ansiosamente el lugar por donde podría avanzar el enemigo. Apenas descubierto, abrieron, a su vez, una contra-galería y, cuando pudieron ver a los zapadores de Bohemundo a través del agujero abierto, emplearon su principal recurso defensivo: el fuego líquido, compuesto -dice Anna- "por resina de pino mezclada con azufre" (pero calla los otros componentes, que eran secretos). El mortífero fuego, lanzado mediante sifones y tubos de caña, "cae como un rayo, carbonizando el rostro de los enemigos", y los pocos que lograron salvarse salieron "huyendo como enjambres de abejas asustadas por el humo". Bohemundo da la orden de utilizar la más importante de sus máquinas: una torre móvil, también de base cuadrangular, que supera en dos o tres metros la altura de las torres de la ciudad asediada, y está provista de puentes levadizos, que podían bajar sobre la muralla. "La visión de la torre -continua narrando la Alexiada- era terrorífica, más aún por el hecho de que avanzaba sin que se conociera la causa de su movimiento, como un gigante que emerge de las nubes". Efectivamente, se deslizaba sobre muchas ruedas y la impulsaban los soldados que estaban encerrados en su interior o que se escudaban tras ella. Subdividida en varios pisos, tenía en sus costados numerosas troneras, desde las que los atacantes lanzaban contra los defensores proyectiles de todo tipo, en tanto que, en el piso superior, un grupo de guerreros bien armados estaba listo para asaltar la muralla. La guarnición no se desanima ante la presencia de tan amenazador ingenio, cuya aproximación era lenta, pues debía salvar los desniveles del terreno, la empalizada y una pequeña zanja que rodeaba la fortaleza. Sus carpinteros erigieron sobre la muralla una especie de cobertizo de madera, que sobrepasaba la altura de la máquina enemiga, de modo que pudiesen impedir la entrada de los soldados de Bohemundo y, desde allí, tratar de destruirla con fuego líquido. El espacio que existía entre la torre que avanzaba y los muros de la ciudad fue rellenado con todo tipo de materiales inflamables; se lanzó aceite sobre ellos y se prendió todo ello arrojando antorchas. Pronto todo estuvo en llamas y cuando a ellas se añadieron chorros de fuego líquido, la terrible máquina comenzó a arder, ofreciendo un grandioso espectáculo que se podía contemplar desde mucha distancia. La mayoría de los hombres que se encontraban en su interior perecieron abrasados y sólo unos pocos lograron escapar arrojándose desesperadamente desde las alturas, con el riesgo de matarse del golpe. Poco después, el ejército imperial obliga a levantar el asedio de la ciudad y, de este modo, a pesar del impresionante despliegue de medios realizado por Bohemundo, el asedio de Durrës fracasa. La descripción de Anna Comneno, hija del victorioso emperador, describe alguno de los procedimientos de ataque y defensa de una fortaleza asediada. Los atacantes empleaban medios que les permitían alcanzar las murallas para abatirlas o superarlas, bien en superficie, bien bajo tierra; tentativas a las que los asediados, como se ha visto, contraponían las apropiadas medidas defensivas. A las ya vistas deben añadirse una tercera e importante categoría de máquinas, que la autora no menciona; se trata de catapultas y trabucos, equivalentes a la moderna artillería, empleados por ambas partes para golpear de lejos a los enemigos mediante el lanzamiento de grandes proyectiles. El arte de atacar ciudades fortificadas fue puesto a punto por los griegos en la época helenística y una etapa fundamental de su desarrollo fue el asedio de Rodas en el año 304 a.C., durante el cual se reveló el talento del célebre Demetrio, que por ello recibió el sobrenombre de Poliorcetes (es decir, expugnador de ciudades). En los siglos sucesivos, los romanos adoptaron y perfeccionaron los métodos griegos, llevándolos a un nivel considerado insuperable. Julio Frontino -compilador en el siglo II de una colección de Estratagemas- dice, explícitamente, que las máquinas de asedio han alcanzado su máxima perfección y no será posible mejorarlas. A partir de entonces, se produjo una progresiva decadencia, que tuvo su punto más bajo en los primer siglos de la Edad Media. Incluso se dijo que en la Europa Occidental, hasta la época de la Primera Cruzada, se perdieron las técnicas y las informaciones sobre los materiales de asedio.
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Ya toda la guerra giraba en torno a la eliminación del poder aéreo japonés. La campaña de las Marianas se orientó a conquistar los aeródromos, sin los cuales la guarnición podía dejarse olvidada. Como objetivo estratégico, las islas eran muy importantes, ya que tenían Filipinas, Formosa y China al alcance de sus aeródromos. En las islas Saipan, Tinian y Guam estaban las estaciones aéreas y sobre ellas giraría, lógicamente, la batalla. Pero el número de aparatos era relativamente pequeño. Desde febrero, los portaaviones de Mitscher habían atacado el archipiélago y destruido numerosos aviones en tierra o aire. Ahora llegaba el momento de la verdad: había que tomar la isla. En junio de 1944 zarparon en dirección a las Marianas los diversos grupos navales que compondrían la 5.? Flota, bajo el mando de Spruance. Allí estaban los grupos de desembarco, Task Force TF-52 (Turner) y 53 (Conolly), la 7.? Escuadra (Oldendorf), cuyos cañones debían ablandar la resistencia japonesa y apoyar los desembarcos. En total, esas fuerzas se componían de tres divisiones de marines, apoyados por unos 300 aviones con base en 12 portaaviones de escolta y por la artillería de 7 acorazados antiguos, 11 cruceros y 26 destructores. Más atrás navegaba Spruance con el grueso de sus fuerzas aeronavales, destinadas a apoyar el desembarco y, sobre todo, a protegerlo de cualquier posible reacción de la escuadra japonesa. Allí formaban la formidable TF-58 (Mitscher), que disponía de 15 portaaviones, 9 cruceros y dos docenas y media de destructores. Como grupo de fuego, la 5.? Escuadra (Lee), con 7 acorazados nuevos, 4 cruceros y 14 destructores. El día 15 de junio, esta fuerza enorme hizo su primer desembarco en Saipan. Una ola de fuego arrasó las playas y, en sólo veinte minutos, desembarcaron 8.000 marines, que serían 20.000 al oscurecer. Pero aquí el terreno favorecía a los japoneses. Sus posiciones elevadas podían batir las playas sin riesgo y la defensa no se hizo en el interior de la isla. Mientras tanto, el almirante Toyoda vio llegada la ocasión de asestar un golpe mortal a los norteamericanos. En las Marianas disponía de suficientes aeropuertos como para que los aviones de la 1.? Flota Aérea (vicealmirante Kakuta) pudieran emplearse a fondo contra la flota de Spruance, mientras la 1.? Escuadra Móvil (vicealmirante Ozawa), formada por el grueso de las fuerzas navales japonesas, cerraban la celada y aniquilaban a los norteamericanos. Ozawa llegó a revientacalderas desde Borneo, con la radio en completo silencio (los japoneses sabían que su clave estaba en manos norteamericanas desde la muerte de Yamamoto). Sus fuerzas eran las más importantes que Japón pudo reunir en toda la guerra: 9 portaaviones, con 550 aparatos; 5 acorazados, 10 cruceros y 36 destructores. Pero la batalla del destino ya no estaba a tiempo para jugarse: a Japón se le había pasado la hora. Ozawa, con una gran experiencia en la guerra, con ningún error computable en sus maniobras, perdería la batalla. La principal causa es la calidad de material y hombres enfrentados, sobre todo los aéreos. A esas alturas de la guerra, el potencial antiaéreo de los buques norteamericanos era muy superior al de los japoneses, pero la diferencia abismal se producía en el poder aéreo: los aviones norteamericanos eran más rápidos, maniobrables, mejor armados y, sobre todo, más sólidos, mejor protegidos y mucho mejor pilotados. Japón hacía excelentes aparatos frágiles, de gran alcance por su ligereza, pero no resistían ni un disparo, sobre todo porque sus pilotos no iban protegidos. Así, al producirse esta batalla del mar de las Filipinas, Kakuta y Ozawa disponían de aparatos tremendamente vulnerables pilotados por hombres muy bisoños, que hubieron de enfrentarse a aviones mucho más sólidos tripulados por hombres más experimentados. Una comunicación entre Ozawa y Kakuta fue situada por los gonios norteamericanos, pero Spruance, cautamente, no quiso fiarse y frenó la impetuosidad de Mitscher, temiendo una celada. Las posteriores controversias, que dan la razón a este último, no cambiaron el curso de aquella desigual batalla, denominada como de las Filipinas o, como la llamaban los pilotos norteamericanos, la caza de patos en las Marianas, que se produjo el 19 de junio de 1944. Los cazas, bombarderos y aerotorpederos japoneses tuvieron que pasar la dura prueba de los cazas Hellcat americanos. La primera ola lanzada por Ozawa -69 aviones- perdió 42 aparatos y sólo logró varios impactos de poca importancia contra la flota USA, que causaron 27 muertos y 23 heridos. La segunda ola japonesa, formada por 128 aviones, corrió aún peor suerte: 100 aparatos fueron derribados, y a costa de una docena de muertos norteamericanos y ligeras averías en media docena de buques. La tercera fuerza perdió siete aparatos y no logró ni un solo blanco naval. La cuarta fuerza no logró avistar a la flota norteamericana, aunque perdió varios aviones. Paralelamente, los aviones de la primera flota aérea japonesa eran pulverizados por los bombarderos norteamericanos cuando llegaban a los aeropuertos de las islas o en las acciones que emprendieron contra la flota norteamericana. Pero esto no pudo saberlo Ozawa, pues la radió japonesa continuaba en silencio para impedir que su flota fuera localizada. Aquel día negro para la Marina y la Aviación japonesas, los norteamericanos lograron destruir unos 325 aparatos (275 de Ozawa y 50 de Kakuta) a cambio de 30 aviones propios. Aquel día también perdieron los portaaviones Shokaku y Taiho, hundidos por la acción de los submarinos norteamericanos, que se llevaron al abismo 2.013 hombres. Al día siguiente, Ozawa siguió en la zona de combate, confiando en que parte de los aparatos que había perdido estuvieran en las islas y se dispusieran a atacar de nuevo. Esto ya no podía ocurrir, pero los norteamericanos consiguieron descubrirle, y en la tarde del día 20, con luz apenas suficiente para alcanzar a la flota japonesa, Mitscher lanzó 216 aviones contra Ozawa. Los aparatos norteamericanos cayeron sobre los japoneses casi a la puesta de sol y su ataque, con 20 aparatos perdidos en su lucha contra los cazas japoneses, fue nefasto para Ozawa, que perdió el portaaviones Hiyo, tuvo averías diversas en otros tres y en un crucero, y perdió dos petroleros y cerca de un centenar de aviones. Tras su ataque, el regreso de los pilotos norteamericanos hacia sus portaaviones resultó tan dramático como se esperaba y casi la mitad cayeron al agua, perdiendo aquel día 100 aparatos, aunque se salvó la mayoría de las tripulaciones. Para los japoneses, la batalla del mar de las Filipinas fue desastrosa. Kakuta se hizo el harakiri y Ozawa presentó la dimisión, que no le fue aceptada. Para los norteamericanos, aquel encuentro victorioso abrió la posibilidad de continuar la conquista de las Marianas y tres divisiones desembarcaron al sur de Saipán para iniciar la página más estremecedora de la guerra. Alrededor de 31.000 hombres, entre guarnición y civiles japoneses, residían en la isla, cuya mayor elevación, el monte Topotchan, fue ocupado por los americanos el 24 de junio. Al comprobar que a pesar de la terrible resistencia los americanos tomarían la isla, el día 16 de julio se suicidaron los dos jefes supremos. El almirante Nagumo se pegó un tiro en la cabeza y el general Saito se hizo el harakiri. Casi todos los enfermos del hospital se lo hicieron también y los 3.000 supervivientes de la guarnición se lanzaron, al día siguiente, a un ataque suicida contra los americanos. Como última parte del drama, mientras avanzaban hacia el interior, soldados y marines comprobaban horrorizados cómo mujeres, viejos y niños se arrojaban al mar desde los acantilados. El balance de Saipan produjo más de 26.000 muertos japoneses, y su resistencia retrasó la toma de Tinian y Guam, que fueron ocupadas después. En pocos días la primera isla y con más lentitud la segunda. Había terminado la batalla de las Marianas. La carretera de Tokio enfilaba la recta final. En los meses de lucha por las Marianas, la Aviación japonesa había perdido unos 1.200 aviones y, con ellos, los pilotos y tripulantes experimentados de que disponía. En adelante, aparte de su progresivo retraso tecnológico, los japoneses deberían enjugar su bisoñez, su inexperiencia como pilotos, lo que, en general, les convertiría en simples víctimas de los aviadores norteamericanos. Hoy es claro que la guerra estaba decidida entonces y que un solo paso más, la toma de las islas Riu-Kiu, hubiera puesto de rodillas a Tokio. Sin embargo, se siguió con el plan forzado por MacArthur: la toma de Filipinas.
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Italia se autoproclamaba "portaaviones indestructible anclado en el centro del Mediterráneo" y prefirió jugarse la baza de los acorazados y cruceros; Francia, aunque también optó por los grandes calibres, tenía en 1940 dos portaaviones y dos más en los astilleros. Alemania eligió los cañones y terminó dos grandes acorazados que tenía en construcción, prefiriendo a dos portaaviones que estaban en similar situación. La Kriegmarine alemana disponía al inicio de la guerra de siete acorazados de 10.000 a 26.000 toneladas, tres cruceros pesados y seis ligeros, 36 destructores y torpederos y 42 submarinos. Se hallaban en construcción tres acorazados de 35.000 a 40.000 toneladas, dos cruceros pesados y tres ligeros, 22 destructores y 29 submarinos. Gran Bretaña, aunque los innovadores deberían doblegar muchas voluntades conservadoras, optó claramente por la nueva arma: en 1940 disponía de un total de 1.917.178 toneladas, integradas por 15 acorazados y cruceros de batalla en servicio (de 30.000 a 42.000 toneladas) y siete en construcción (de 35.000 toneladas), 7 portaaviones en servicio y 6 en construcción, 15 cruceros pesados (10.000 tons.), 50 cruceros ligeros en servicio y 19 en construcción, 191 destructores y torpederos y 32 en construcción y 54 submarinos en servicio, más diez anticuados y otros cuatro en proceso de construcción. La Marina de guerra francesa ocupaba el cuarto lugar entre las grandes flotas mundiales, desplazando sus unidades un total aproximado de 833.000 toneladas. Al comienzo de la guerra Francia contaba con 7 acorazados (de 22.000 a 26.500 toneladas), 7 cruceros pesados y 12 ligeros, 2 portaaviones, 64 destructores y torpederos y 78 submarinos. Se encontraban, además, en construcción 4 acorazados de 35.000 toneladas y 2 portaaviones. Una diferencia aplastante a favor de los aliados y en contra del Eje, desde el punto de vista cuantitativo y cualitativo, porque los portaaviones terminaron decidiendo; y también porque los británicos disponían de dos grandes avances; el radar -detección en superficie en el aire- y el asdic -detección submarina-. Y si apabullante era la ventaja franco-británica en las escuadras en activo, también lo era en la construcción naval: tenían en los astilleros buques de guerra por 650.000 toneladas, mientras que los italiano-germanos no alcanzaban la mitad de esa cifra. Sólo en un aspecto naval era superior Alemania: los submarinos que causaron graves quebraderos de cabeza a Londres, pero no dieron el dominio del mar a Berlín.
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En casi todo el territorio de Liberia, y desde luego en su zona central, la cultura dominante es la traída desde América por los antiguos esclavos liberados que vinieron a fundar la república; por tanto, se explica la pobreza generalizada de formas tradicionales. Hay que seguir más adelante, llegar hasta las fronteras con Costa de Marfil, si queremos entrar de nuevo en el pintoresco mundo de las aldeas forestales animistas. Pero, eso sí, cuando alcancemos estas regiones, nos parecerá que hemos entrado en el mundo de las máscaras. No es que falten por completo las figuras talladas, y hasta son interesantes las estatuas que encargan los jefes dan para recordar a sus esposas difuntas, pero lo cierto es que en este complejo laberinto donde se entremezclan las etnias guere, wobe, dan y guro, la única autoridad generalmente respetada es la sociedad secreta Poro, que con sus múltiples máscaras supone la mejor introducción a un ambiente misterioso de brujería, rituales agrarios, hechizos y castigos tribales. De los cuatro pueblos citados, hay tres -guere, wobe y dan- que conforman una unidad sin límites internos precisos. Aunque de distinta procedencia -los dan son de origen sudanés-, todos viven en contacto constante a través de la selva, y, en el curso de sus múltiples visitas, se regalan e intercambian los objetos más variados, máscaras incluidas. Así se entiende que, en el interior de un poblado, se puedan descubrir piezas de distintos estilos; pero, por fortuna, ha logrado conservarse en la memoria el origen de cada tipo concreto, y por tanto pueden determinarse con seguridad las técnicas e iconografías de cada etnia. Desde luego, el más creativo es el pueblo dan. Y ello se explica por la propia teoría religiosa que mantienen los dan sobre las máscaras. Según afirman, existen numerosísimos dii, fuerzas naturales que habitan en la selva; y los más poderosos de estos dii son los gle, que expresan a los vivos, a través de sueños, su deseo de encarnarse en una máscara, o incluso en un conjunto de máscaras que habrán de bailar juntas. El que ha recibido tal sueño -un hombre iniciado en la sociedad secreta, pues si no el sueño no es válido se lo comunica al consejo de ancianos, y éste decide si se ordena construir la máscara o el cortejo en cuestión. Recibido el encargo, el escultor, inspirado por el gle también en sueños, realiza su obra -a la que también se llama gle-, y el espíritu se encarna en ella. Por tanto, cada máscara tiene en principio un carácter personal, con su forma peculiar de hablar y de moverse, y con su nombre propio, lo que supone la existencia de infinitas variantes artísticas. Sin embargo, pese a la teoría, el escultor tiene de hecho a su servicio una serie limitada de modelos básicos, una tipología de máscaras a las que se atribuyen diversas virtudes o características, y se basa en tales guías para concebir su nueva obra. Ha de tener en cuenta, por ejemplo, la oposición entre máscaras deangle (para los gle buenos, pacíficos y con carácter considerado femenino) y las máscaras bugle (para los gle guerreros, con rasgos masculinos), y sabe que también existen las máscaras gle va (para los gle más poderosos), que han de servir como jueces en la aldea, y que por tanto llevará quien haya de dirimir pleitos, solucionar querellas o firmar paces. Dentro de estos tres grandes tipos, sin duda conoce múltiples subtipos, que responden a las distintas funciones que cada gle desee cumplir en la aldea a través de la máscara en la que se encarne: los hay que animan las fiestas, otros curan o consuelan a los enfermos, otros jalean a los guerreros, etc. De cualquier forma, siendo imposible dar aquí un esquema, siquiera mínimo, de esta multitud de máscaras, nos limitaremos a recordar, con la mayor admiración, los finísimos y delicados rasgos de las máscaras deangle, que pretenden, y a menudo logran, darnos una limpia imagen de la belleza ideal de la mujer africana, con sus sensuales labios entreabiertos y sus ojos entornados. Frente a tan serena y relajante visión, los ojos cilíndricos (nya gbo: ojos de cacharro) que suelen llevar las máscaras bugle intimidan con su mirada fija y casi demencia]. Las facciones perfectas de la máscara deangle constituyen, por decirlo así, el leitmotiv de todo el arte figurativo dan: adornan sus ya citados retratos fúnebres de mujeres, y las hallamos también en los mangos de las cucharas wunkirmian y en las máscaras en miniatura ma go. Se trata de dos objetos muy típicos de esta cultura: según los dan, el wunkirmian es para las mujeres lo que las máscaras son para los hombres, y en cada barrio de la aldea hay una mujer, elegida por su predecesora antes de morir, que lo empuña en las fiestas para dirigir el reparto del banquete. En cuanto a las mascaritas ma go, son verdaderos fetiches que contienen un di¡, y G. Schwab nos informa así de su uso: "Cada mañana, en secreto, el hombre saca su ma, escupe en su cara, frota la frente de la pieza contra sí mismo, y dice: "Oye, tú, buenos días. No dejes que ningún embrujo llegue a mí. Así sea." Las etnias vecinas a los dan, aunque mucho menos ricas en formas y sugerencias artísticas, merecen un recuerdo, aunque sea de pasada. Así, es difícil olvidar, una vez vista, una de las terribles máscaras que fabrican los guere y los wobe: fortísimos colores, ojos saltones en forma de largos cilindros, alborotada pelambrera y, a veces, un entramado de cuernos tapando una cara abstracta, son los elementos esenciales de este expresionismo salvaje, verdadera personificación de la brujería. En el extremo opuesto de las preferencias artísticas se sitúa, en cambio, el pueblo guro. Acaso su máscara más repetida sea la zamblé, pequeña cabeza de animal híbrido, con cuernos de antílope y fauces de leopardo, que aparece en distintos bailes desempeñando papeles diversos; pero lo que siempre recordará el aficionado, tras la contemplación de varias obras, es la alargadísima estilización de sus caras femeninas, aún más idealizadas que en las máscaras dan, y realizadas con un acabado y pulido tan perfectos que, más de una vez, traen a la memoria el arte cortesano del gótico flamígero.
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Acaso donde más claramente se observa la compleja escala de simbolismos dogon es en el ámbito de las máscaras y de sus danzas, tanto las que tienen lugar en fechas fijas (la más famosa, la fiesta del Sigi, cada sesenta años) como las que presiden los festejos fúnebres, que se celebran con ostentación varios meses después de la muerte de un personaje importante, cuando se decide despedir definitivamente su alma. Según Griaule, el sabio Ogotemmeli decía: "La sociedad de las máscaras es el mundo entero, y cuando se agita en lugar público, danza la marcha del mundo, danza el sistema del mundo". En efecto, el día de la fiesta descienden a la aldea, procedentes de la cueva oculta donde guardan sus objetos sacros, los iniciados recubiertos con sus máscaras y disfraces. Pueden representar los distintos animales que bajaron del arca, y que luego cobraron cometidos míticos o totémicos; también pueden encarnar personajes reales (por ejemplo, los peul, vecinos y enemigos históricos de los dogon); pero sobresalen las máscaras más abstractas. Entre ellas, hallamos la kanaga, que por su forma -un tablón vertical cruzado por dos horizontales- es conocida entre los estudiosos como cruz de Lorena; según la cultura religiosa del dogon que la contempla, representa un pájaro, o cierto cocodrilo que permitió a los dogon cruzar un río, o el gesto de la mano de Amma cuando creó el mundo, o incluso el equilibrio del cielo y la tierra; en cuanto a la sirige, coronada por una alta tabla vertical de varios pisos, unos verán en ella la fachada de la casa del hogon, y por tanto el símbolo de la autoridad religiosa, mientras que otros la considerarán imagen de la escala o arco iris que une el cielo a la tierra. Desde el punto de vista plástico, las máscaras dogon, así como su representación pictórica en las laderas rocosas del precipicio, resultan impresionantes por su colorido y por las danzas agitadísimas en que aparecen, pero, a la vez, pobres por su ejecución y diseño: sobre un par de modelos básicos (el triangular y el cuadrangular), añadiendo o variando atributos, se componen prácticamente todas. Sin embargo, es algo que no debe extrañarnos: en principio, han de tallarlas los propios iniciados durante sus épocas de reclusión y estudio, y estos iniciados no tienen por qué recibir formación escultórica alguna. Por ello, resultan mucho más artísticas las figuras de bulto redondo. Son éstas muy numerosas, y talladas en estilos de muy diversos matices, entre los que destaca, por su simplicidad, el más primitivo, que los dogon atribuyen a los tellem, sus antecesores en el territorio que ellos ocupan desde el siglo XV. Pero, cualquiera que sea la escuela o variante local, todas las piezas ostentan la misma dignidad contenida, la misma afición por lo geométrico, fruto decantado por múltiples generaciones de artistas: maternidades, hombres solos, jinetes, mujeres trabajando, figuras de Nommo levantando los brazos para implorar la lluvia, constituyen el ajuar religioso de todo buen dogon, desde el dirigente de aldea hasta el simple jefe de familia, que las guarda en una hornacina de su casa para mantener vivo el recuerdo de los antepasados de la humanidad y de su linaje concreto. Tanto entre los dogon como entre sus vecinos (bamana, senufo, etc.) destacan, como género artístico, las puertas talladas en relieve de casas, santuarios y graneros. En estas obras, la amplitud del espacio y la posibilidad de un desarrollo bidimensional invitan a la meditación mitológica y a la asociación de símbolos, aunque rara vez los elementos aparezcan trabados en verdaderas composiciones. Además, en el caso de los dogon sobre todo, sugieren de nuevo al espectador el sentido religioso que tienen incluso las fachadas de los edificios: no es casual el número de nichos que adorna la casa de un jefe de clan ni puramente utilitaria la forma de horquilla de los pilares que sostienen la sala de reuniones de una aldea, por ejemplo.
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Entre Zoser y Snefru las mastabas de los príncipes de la corte faraónica no estuvieron sometidas a las normas de sobriedad y uniformidad impuestas por Keops en los cementerios de Giza, Y así encontramos en ellas varios tipos, entre los que predomina, en primer lugar, la mastaba que lleva en el interior de la superestructura una larga capilla-corredor. Un buen ejemplo de este tipo lo tenemos en la tumba de Hesiré, contemporáneo de Zoser, en Sakkara. Los nichos de la pared occidental del corredor estaban cubiertos por los relieves de madera a que ya hemos aludido. El dueño de la tumba aparece en ellos con distintas pelucas y en varias actitudes, de pie o sentado ante la mesa de ofrendas. Un tipo de mastaba muy común a comienzos de la IV Dinastía tiene la capilla de culto de planta cruciforme más o menos nítida. En sus capillas respectivas, la doble mastaba de Nefermaat y Atet -marido y mujer, padres de Hemiun, el visir de Keops- despliega una serie de pinturas con escenas de la vida familiar, entre las que descuella la de los hijos del matrimonio en compañía de monos domesticados, y también escenas campestres, de labranza y de pesca. A una de estas últimas pertenecen las célebres ocas de Meidum, hoy tan admiradas por los visitantes del Museo de El Cairo. Según antes decíamos, todo este risueño panorama se eclipsa en tiempos de Keops; pero los grandes artistas siguieron encontrando ocupación al servicio del rey, de modo que cuando la disciplina se relaja, a fines de la IV Dinastía, la tradición se restablece sin dificultad en los templos y en las grandes mastabas de la época siguiente.
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Los antiguos egipcios no podían formular definiciones, porque su idioma tiene dificultades casi insalvables para la abstracción y la generalización conceptual. De ahí el carácter de sus matemáticas. Cuentan en sistema decimal, escribiendo las cantidades de izquierda a derecha, empezando por las unidades superiores hasta llegar a las más simples. De esta manera suman y restan con facilidad e incluso multiplican por diez, pero el resto de multiplicaciones les plantea problemas graves. La división también trae complicaciones y desconocen las potencias y raíces, pero calculan por aproximación algunos cuadrados y raíces cuadradas. La práctica administrativa de la burocracia egipcia obligaba a tener presente el problema de las fracciones, que resolvieron con cierto ingenio al anotar las que tienen el 1 como denominador; en los demás casos proceden por adicción de fracciones. Las ecuaciones les son totalmente desconocidas. En geometría avanzaron algo más, aunque se quedaron en los comienzos, ya que no les interesó más que el aspecto práctico de los cálculos de superficie de parcelas, ocupándose de los triángulos y rectángulos elementales. Conocieron la relación del diámetro a la longitud de la circunferencia y dieron a pi el valor de 3,16.
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Las matemáticas se convirtieron durante el siglo XVII en el lenguaje de la ciencia moderna y sus progresos condicionaron los de ésta. Sin embargo, las formas matemáticas resultaban aún apenas inteligibles hacia 1600. De hecho, la escritura de los números arábigos estaba casi estabilizada, pero seguían usándose los números romanos, especialmente en contabilidad. El uso de los símbolos modernos para operaciones sencillas, como multiplicar, dividir o sumar, no se normalizó hasta la segunda mitad del siglo XVII, de tal manera que los argumentos matemáticos se habían expuesto hasta entonces de forma retórica. Por su parte, la notación algebraica se resolvió más o menos en la misma época; concretamente, la costumbre de emplear letras para las cantidades desconocidas o indeterminadas la introdujo el matemático francés Viète poco antes de 1600. Las operaciones aritméticas seguían ejecutándose por medio de métodos complejos. Precisamente, uno de los primeros aparatos calculadores se creó para obviar la necesidad de aprenderse de memoria las tablas de multiplicar. En trigonometría los griegos sólo conocían las tablas de cuerdas y durante la Baja Edad Media y el Renacimiento se idearon las tablas de senos y tangentes y se tabularon otras funciones trigonométricas, aunque el cómputo seguía siendo muy engorroso. Justamente, la necesidad de manejar grandes magnitudes en los trabajos astronómicos y la exigencia de facilitar los cálculos que llevaban aparejadas estas funciones estimularon a John Napier para inventar los logaritmos, cuyas tablas dio a conocer en su "Mirífici logarithmorum canonis descriptio", publicadas en 1614, constituyendo con toda justicia el descubrimiento matemático de mayor utilidad científica realizado en el siglo XVII. En geometría y trigonometría lo que se hizo a comienzos del siglo XVII fue asimilar los métodos griegos. El álgebra, en cambio, es una creación moderna sobre la base de fuentes hindúes e islámicas; tanto es así que los procedimientos geométricos griegos para resolver ecuaciones fueron sustituidos por métodos algebraicos. Con todo, las líneas de actividad de las matemáticas durante el siglo XVII fueron dos. La primera, vinculada a la "Geometrie" (1637) de Descartes, fue la introducción de la geometría analítica, esto es, la identificación de cantidades en una figura geométrica con cantidades algebraicas a partir de las cuales se puede formar una ecuación, de tal manera que como método hizo crecer la utilidad de las matemáticas en los problemas de la mecánica. El segundo campo de actividad fue la invención de las cantidades infinitesimales, cuyo punto decisivo fue la publicación de la "Geometría" (1635) de Bonaventura Cavalieri, que tuvo continuadores notables como John Wallis, cuya "Arithmetica infinitorum" sería estudiada con detalle por Newton. Como contribuciones esenciales al establecimiento de las matemáticas modernas es preciso no olvidar la creación de la teoría de los números y la aplicación de los procesos del álgebra a la geometría de Pierre de Fermat y la creación de una nueva técnica geométrica, la geometría proyectiva por Gerard Desargues.